La idea se le ocurrió a ella. Puri ya era una cuarentona, pero seguía contando con una figura grácil y la alegría en los ojos. ¿Por qué desperdiciar esa alegría?
¿Qué haremos en la vejez? Estrella no volvería a operarse para embellecerse. La juventud terminaba, quedaba la experiencia, la mente
. Y esa mente llevaba mucho tiempo planeando el final. No el final de sus proyectos intelectuales y hasta mesiánicos, tan ambiciosos, y que aceptaba que habían fracasado, sino su final personal. Una buena vejez, larga, entretenida y hasta valiosa. Su juventud no había sido mala, aunque muy extravagante. Quería una vejez buena. Otra forma de vida, por supuesto, pero igualmente plena. Tenía dinero para financiarlo.
Fueron largas conversaciones de verano y otoño. Sí, a Puri, mujer casada y feliz, le interesaba. Sí.
Estrella hizo la oferta y Puri aceptó las condiciones, eso demostró confianza. Por primera vez iban a emprender algo juntas en lo que no solo iban a participar por igual, sino en la que, más bien, Puri iba a tener el protagonismo. La administración del dinero, la escritura de libros, la predicación ideológica, el cuidado de la madre no contaban.
El plan era tener una hija. La condición era que se tratara de una chica. Eso podía hacerse en Estados Unidos, en centros especializados. Con dinero. Necesitaban semen, ya que por desgracia las técnicas para obtener esperma femenino (esperma manipulado con ADN de mujer) no se habían desarrollado aún. El donante sería el novio de Sofía, quién si no. Aunque lo vieron un poco aprensivo, no podía negarse, puesto que económicamente dependía de ellas. Y Sofía tendría una sobrina que sería hija biológica de su novio
Un buen entramado de parentesco
.
Lo mejor hubiera sido que Estrella obtuviera la semilla de su hermano o algún sobrino, de modo que la carga genética fuese también en parte suya. Pero no había esperanzas de obtener colaboración por ese lado. Ni se lo planteó. El novio de Sofía estaba bien. Sobre todo porque, al fin y al cabo, Sofía, por sus razones, no quería tener hijos (ni su novio tampoco, ya puestos...).
Viajaron en enero a una clínica en Florida. Permanecieron allí tres semanas, hasta que se confirmó que el embrión había arraigado. Fueron unos días agradables en los que se alojaron en una urbanización muy bien vigilada por equipos de seguridad privada armados hasta los dientes. Era un bungalow muy tipo años cincuenta y el barrio suponía una especie de laberinto por el que era imposible moverse sin un plano. La clínica no estaba lejos y aunque no tenían mucho contacto con los vecinos, por lo visto entre ellos vivía también el personal médico.
Estrella le comentaba a Puri la oferta que le había hecho Marcus en 1987 de quedarse a vivir en Florida (incluso le recomendaba Pensacola, un topónimo que a Puri siempre le hacía reír). Allí se pagaban menos impuestos, el clima era como en España (más o menos) y podía traerse a su madre, ya que había gente que hablaba español por todas partes.
Fue entonces cuando surgió la idea de que se acercara un día a American City a visitar al anciano Marcus, algo que él ya hacía tiempo que le había solicitado. A Puri le pareció bien quedarse sola por un día (American City no estaba tan lejos). No le interesó conocer a aquel viejo.
Durante muchos años a partir de su tercer matrimonio (con la virgen filipina) no supo nada de Marcus, pero volvió a tener noticias de él hacía no demasiado tiempo. Le mandó un email. Dijo que había estado buscando su nombre en Internet (la antigua dirección en Torremolinos ya era inhábil) y encontró la foto de su boda, en 2005.
Ahora, al volver a verse, ya habían pasado más de veinte años desde su último encuentro (primavera de 1989: divorcio en Las Vegas). El activo cincuentón se había convertido en un octogenario debilitado y de movimientos lentos, pero aún no decrépito. Y la sonrisa con la que la recibió pareció sincera. Él seguía viviendo en el lujoso ático donde ella pasó su reclusión como "esposa comprada", pero se vieron en un restaurante del centro para comer. Él le preguntó si recordaba el lugar, ella dijo que no, aunque no se sorprendió cuando él le dijo que allí habían ido muchas veces juntos (ella pensó que más que un lugar con recuerdos íntimos debía de haber sido uno de los locales de alto nivel en la ciudad adonde acudía a comidas y cenas de negocios, aprovechando para exhibir a su bella, joven y educada esposa; se había aburrido bastante en tales ocasiones, pero, bueno... formaba parte de su trabajo).
Hacía poco que él se había retirado de casi todos los negocios. De la filipina había tenido dos hijos varones. El mayor era un desastre, pero el pequeño, que estudiaba en una importante universidad, sí parecía que iba a hacerse un hombre de provecho. Al cerrar su empresa, Marcus había logrado reunir un buen capital y, como todavía tenía la cabeza bien, lo gestionaba obteniendo una rentabilidad suficiente. Para cuando su hijo acabara los estudios, ya vería a qué se dedicaba. Desde luego no al viejo asunto de los materiales de construcción. Quizá a la gestión de aseguradoras inmobiliarias.
"¿Ha sido bueno tu tercer matrimonio?", le preguntó ella. Marcus se lo pensó y dijo que sí, y Stella, considerando que ella había participado un poco en la selección del espécimen, se sintió aliviada al oírlo. La mujer filipina, sin embargo, ni le proporcionó mucho placer ni mucho menos amor. Le dio hijos, compañía, fidelidad y amistad conyugal. El mayor inconveniente fue que él tuvo que ayudar a toda su asiática familia, traerlos poco a poco a Estados Unidos y "colocarlos". No, no abusaron, aseguró, e incluso añadió que entre ellos había gente agradable, pero... él solo recordaba haber sido feliz con Stella, su española. "Eras tan hermosa, tan dulce...", recordaba el viejo. Ahora tenía ante sí a una elegante mujer madura con sus mismos ojos. La mujer madura del presente tenía edad para ser la madre de aquella muchacha del pasado.
Le dijo que se sentía aliviado de que tras el divorcio no hubiera sido de ningún hombre. Mejor lesbiana que de cualquier otro, desde luego. Sabía que había escrito un libro en inglés (con la profesora Sarah), pero no le había interesado leerlo. Eso eran cosas de mujeres.
"Has sido feliz", concluyó él mirándola, con lo que parecía una empatía generosa. Ella le contó a lo que había venido a Florida. "Genial", dijo él. También había buscado un consuelo para la vejez. ¿No era egoísta aquello de hacer venir al mundo seres humanos para ser usados como posible fuente futura de amor incondicional? Evidentemente.
En un par de horas, no les quedó ya mucho de lo que hablar. Él se reía de su acento, casi del todo británico ahora. Le recordó momentos, ocasiones. Cuando la llevaba para exhibirla. Aquello lo hacía feliz. ¿Esa preciosidad es tu esposa? Todos se quedaban admirados. Parecía una actriz francesa, su vocabulario y su dicción eran exquisitos, era educada, culta, contenida e incluso humilde. Una esposa comprada, sí, pero de la mejor calidad.
Se despidieron con cariño, sin precisar si volverían a verse. Él se empeñó no solo en pagar la comida, sino también en pagarle los gastos del desplazamiento desde Florida. Ella aceptó que tenía sentido que él pagara. Le gustó que fuera así. Siempre le gustó que él fuera así: era tacaño en muchas cosas, pero nunca para perjudicar a otros más allá del juego de los negocios. Calculó rápidamente lo que habría costado el avión y el taxi desde el aeropuerto. Soltó billetes con naturalidad. Ella los tomó con naturalidad. No era lo mismo, pero también era tomar dinero de un hombre que había gozado de su cuerpo...
Aquel encuentro dio unos cuantos días de conversación con Puri, y, después, con el embrión ya germinando su nueva vida en el queridísimo vientre, ellas volaron de vuelta a España.
Nadie había visto que hicieron trampa, pero Estrella no se quedó tranquila hasta que un mes más tarde se confirmó en la clínica de Málaga que lo que venía era una chica. Eligieron que se llamase Sofía, con la aquiescencia de la cuñada. El novio estaba un poco asustado por la responsabilidad genética que implicaba la operación, pero, al fin y al cabo, esta vinculación hereditaria suponía también una seguridad económica para él: las dos hermanas se querían mucho, lo que alejaba cualquier posibilidad de conflicto, y había dinero de sobra. Sofía y su novio, curiosamente, no se habían casado, aunque decidieron hacerlo ahora cuando consideraron que podía proporcionarles alguna ventaja legal. Iban a tener una sobrina.
El embarazo fue entretenido, una buena forma de darse amor. Se tomaron todas las angustias del trastorno como lo que eran: afecciones psicosomáticas transitorias. Estrella llevaba tiempo sospechando que Puri tenía dentro de sí un mundo oculto donde la desconfianza se hacía notar. Había tardado mucho su "señora" en declararle su amor en cierto modo exclusivo, un amor que había llegado finalmente por descarte, y la revelación -que sin duda Puri juzgaría cruel- de que la escritora se había equivocado al no luchar por el amor de Angie había supuesto una confirmación de sus peores temores. Sin embargo, nada pasó. ¿Sería un triunfo suyo?
La boda estuvo bien. El embarazo estuvo mejor: Puri disponía de seguridad, pero puesto que su amada era un "ser espiritual", un ser lleno de profundidades intelectuales y sensitivas, siempre quedaría esa desconfianza y recelo. Sí, la tenía segura, pero no por los méritos propios de Puri. No se había ganado su amor, se lo habían concedido. Y la sutileza espiritual de Estrella llegaba hasta el punto de reclamar la humildad a los seres humildes. Puri se sentía confusa de que se le exigiera ser humilde. No la educaron para eso. La educaron, como a todo el mundo, para tener amor propio. Que su amada le hablase del valor de la humildad, de la entrega, de la aceptación de las limitaciones en el sacrificio del amor le sonaba muy profundo, terriblemente profundo. Pero no la habían educado para eso.
A los pobres no se les educa para ser humildes. Estrella decía que si se hiciese así, no tardarían mucho en dejar de ser pobres. Puri prefería no pensar en esas cosas. Solo en que amaba a un ser excepcional y que éste ser ya no se lo iba a disputar nadie. Ahí quedaba la cosa, y ahora iba a ser madre.
Para Puri no había duda del sentido que tendría aquella vida que iba a llegar al mundo: era el triunfo en su historia de amor. Quizá doble triunfo, al no haber sido suya la idea, sino de la disputada Estrella.
Estrella, por su parte, había aprendido algo acerca de las cosas que le convenía callar, después de una vida de indiscreciones. A su regreso de ver al viejo Marcus, no le comentó nada de la reflexión del sentido de "traer más vidas al mundo". Cada vez era más antinatural la reproducción de tal fenómeno. No era ningún misterio por qué Estrella había llegado al mundo. Su madre estaba a punto de quedar solterona cuando un pobre camarero, un vecino, de apariencia bondadosa y un par de años más joven, le aseguró haberse enamorado de ella. Ya no era solterona, ya era mujer casada y, por tanto tenía que ser madre. En cuanto al pobre camarero, ahora que tenía mujer, ahora que se hacía hombre, y su masculinidad -probada primero en el servicio militar, en los burdeles de la tropa- había de confirmarse públicamente dejando embarazada a la mujer, su personalidad inocua cambió muy pronto. Lo que siguió fue un desastre, pero aseguraba la reproducción, cumplía los requisitos familiares, era lo correcto y esperado. Así surgió Estrella.
En el mundo de Estrella y Puri, sin embargo, las cosas ya no eran así. Pocas de sus amigas eran madres. Hanna lo había hecho para celebrar su amor, como una especie de sacrificio sagrado. Así podía surgir un bebé de vez en cuando, pero con tales excepciones apenas podría asegurarse la reproducción de la raza blanca.
Venir al mundo... para darse cuenta de que se está destinado a morir... Igual las generaciones futuras interpretaban tal cosa como una crueldad. Quizá lo mejor era no reproducirse más. El silencio. La muerte sin agonía.
En Internet había leído una alternativa: una humanidad futura, motivada por un amor compasivo de dimensiones grandiosas, podía desarrollar una supertecnología capaz de resucitar a todos los seres vivos. Entonces sí se podría decir que el surgimiento de la vida consciente, allá por el Pleistoceno, no fue un error. Solo entonces.
Una humanidad futura sin obstáculos antisociales -sin maldad, sin ignorancia, sin violencia, ¿sin varones?- podía dedicarse a la investigación científica a gran escala. Un planeta poblado por diez mil millones de aplicadas monjitas científicas, todas ateas y lesbianas. Seguro que fabricarían mecanismos e instrumentos más grandes y costosos que el acelerador de partículas o la cueva esa donde detectan los neutrinos. Construirían un supercomputador tan avanzado intelectualmente al ser humano que sería como Dios, sobre todo cuando le proporcionaran acceso a fuentes de energía equivalentes al poder de las estrellas. Con semejante supermente, de qué no serían capaces aquellos ángeles del futuro. Primero, la vida eterna, después, la resurrección... finalmente, la fusión de todas las inteligencias conscientes del universo en una masa espiritual cósmica a lo Arthur C Clarke.
¿Por qué no escribía esa historia? Incluso tenía una amiga bien versada en las tecnologías modernas -Hanna- que podía asesorarla.
Podía dedicarse a ello cuando viviera en Londres y escribiera y pensara en inglés todos los días. Sería tonto escribir una historia semejante en español...
Porque sus planes privados eran instalarse en Londres, el cercano Londres. A un salto de vuelo "low cost" desde la Costa del Sol...
El parto llegó en octubre.
Durante todo aquel tiempo hicieron planes. Los planes fueron aceptados. En el año 2017 la niña cumpliría tres años y Estrella, cincuenta y cinco. Entonces abandonarían España. La niña y sus madres vivirían en Londres. ¿Dónde, exactamente? Tenían tres años para decidirlo: sería un lugar con baja criminalidad, alto nivel de vida y, a ser posible, con familias lésbicas con hijos en las cercanías. Comprar una casa en Londres era caro. Pero allí vivían Li y Laurie. Y podrían ir y venir a Málaga cuando quisieran, igual que cualquier otro guiri. Sería bueno para el negocio inmobiliario, ya que la mayoría de sus inquilinos eran británicos de todas formas. Tratarían de realizar gestiones directas desde allí y sacar unas libras más. En cuanto al dinero, todo iba a ser poco viviendo en una ciudad tan cara.
El Londres con el que había soñado... Cuando era una adolescente tonta, hubiera preferido irse a Londres de "au pair" en lugar de estudiar en la universidad (¡qué horrible fue aquel fracaso!). Y cuando era puta en Madrid, soñaba con irse a vivir a Londres para siempre. Con el cuento primero de ir a aprender inglés (con sus ingresos seguros, que calculaba entonces que serían como el sueldo mensual de una maestra... pero sin tener que trabajar nunca en la vida...), pero sobre todo para acostarse con chicas lesbianas y quedarse allí a vivir para siempre... Quizá hubiera sido una vida mejor que la que tuvo en "Villa Orchard"... Pero siempre que pensaba en esas cosas... en fin, tampoco le había ido tan mal...
Estrella se sometería a su última operación. Se cortaría el pelo, sí, y haría musculación. Y se amputaría los pechos, incluidas las dos pelotitas de silicona que le habían metido, aquel pequeño lujo frívolo.
A Puri le gustaba que estuviera tan decidida. En cuanto a dinero,
de una forma u otra tendrían siempre de diez mil a veinte mil euros o libras al mes limpios para gastar. Con eso podían vivir bien las tres. Podrían tener dos o tres automóviles y emplear a alguna sirvienta mexicana o filipina de vez en cuando. Y un perro, si la niña lo pedía. Vagamente, pensaban que podrían adoptar otra niña, para que la princesita tuviese una amiga -hermana- con la que jugar. China, africana o algo de eso.
En Internet un día vio un dibujo coloreado que mostraba dos chicas lesbianas besándose. Un dibujo así estaría bien en el dormitorio de la niña. O, mejor aún, podía buscar una chica dibujante que desarrollara un comic de amor para chicas. Que llamara la atención de las niñas. Había personajes parecidos, de cierto aire lésbico, que gustaban mucho. Ella podía escribir el argumento y el guión de un comic lésbico para niñas. Algo que fuera "encantador". Chicas que se abrazan, se toman de las manos, se besan, se miran con ojos dulces y enamorados. Con colores alegres, líneas elegantes... Ella encontraría un argumento, sí. Y lo más difícil sería, quizá, encontrar una buena dibujante. Con dinero la encontraría, sí.
Podía hacer muchas cosas. En Londres, ¿por qué no? La ciudad de Peter Pan y Mary Poppins. Iría a por las niñas. Cuando ella fue niña... No lo supo. Otras llegarían a saberlo. En Londres hablaría de ello. Haría muchas cosas allí.
Solo la hermana de Estrella pareció apesadumbrada por estos proyectos. Podía irse a vivir con ellas, pero en Málaga la hermana contaba con amistades, relaciones que Estrella veía como leves e inocuas, de forma semejante a como su hermana misma aparentaba ser. Además, incluso tenerla en la misma casa en Londres iba a ser demasiado complicado. Prefería distanciarse un poco de ella. Al fin y al cabo, podía volar allí de vez en cuando. Lo que quedaba claro es que la hermana no tendría los privilegios de la madre, no iba a condicionar la vida de Estrella.
Sobre la educación, las teorías de Puri eran convencionales. Las teorías de Estrella eran, como podía esperarse, extravagantes: la niña sería mimada en la medida en que demostrase ser lo suficientemente inteligente para comprender la naturaleza del amor. Según ciertos libros que había leído (y en lo que a lecturas se refería, la cosa no había hecho más que empezar), los niños muestran su personalidad a los tres años. A esa edad, por tanto, se dictaminaría si la niña merecía o no una vida de mimos y amor absolutos que, a juicio de Estrella, era la única forma de vida que valía la pena.
Estrella pensaba que Puri pensaba que ella misma era mimada al precio de negarle el amor propio, pero, en conjunto, el trato que recibía era justo, puesto que no podía esperar ser amada por su esposa de otra forma. Puri tenía que ser feliz.
Al traer una nueva vida al mundo era inevitable plantearse la cuestión de la responsabilidad. Desde el momento en que ella dejó de llevar una vida convencional, desde el momento en que tuvo que elegir por sí misma, sin que nadie le exigiera nada, se había introducido en el terreno de las cargas éticas de valor universal, a lo Kant. Convertirse en prostituta de lujo era algo que tuvo que hacer para sobrevivir y no verse condenada a una vida inane de mujer fracasada de clase baja. Aspirar a la excelencia intelectual en sus condiciones era la única salida después, como justificación ante el mundo real de las personas de alto nivel espiritual. No siempre le dio resultado, pero en conjunto estaba satisfecha. ¿Cómo justificar el nacimiento de la pequeña Sofía? Había nacido fuera del curso natural de la vida. Había surgido con un propósito. En conjunto, la venida al mundo de aquel ser iba a estar muy
justificada. Vendría para servir, por supuesto, su llegada no sería una
consecuencia irreflexiva de las costumbres. Pero tampoco obedecería a
ninguna causa superior a la voluntad del matrimonio. Aunque no lo decía,
se sentía vagamente turbada por el sentimiento de que compraba una hija
como quien compraba un perro, un coche o una casa. Era exactamente así.
Pero haría feliz a mucha gente. Sería útil, aunque no necesaria. Tendría que elaborar una buena historia para cuando tuviese diez, doce años y empezara a hacer preguntas.
Porque Estrella confiaba en que ella también fuese "de alto nivel espiritual". Estaba dispuesta a conformarse con que no lo fuera, con que la combinación de genes y ambiente diera como resultado una cabeza hueca o incluso un ser horrible, como la hija de Paula, aquella niña, hija de prostituta, resentida, astuta y destructiva. Pero haría lo posible porque fuera un ángel.
Alto nivel espiritual... Ya cuando era una adolescente (ignorante, torpe, virgen y heterosexual) sospechaba que había personas que alcanzaban un entorno especial de virtud, que no eran vulgares. Por supuesto, de tal cosa no debía hablarse, pues suponía algo ofensivo para los otros. Vagamente, entendía que estos seres superiores eran personas buenas, sensatas y cultas, que leían libros. Hoy, con lo que sabía de ciencias sociales, habría dicho que eran personas benevolentes, racionales y curiosas. Personas sencillas como la tía Reme y la misma Puri eran personas incultas, nada sofisticadas. Pero eran curiosas, comprensivas y con sentido del humor. Estrella nunca le insistió a Puri a que leyera libros.
Ahora pensaba que el truco consiste en empatizar y ser autoconsciente. Una persona que no se juzga a sí misma no es tan persona como el que sí lo hace. Esas cosas llevaban a una vida mejor para uno mismo y para quienes le rodean. La vida en la sororidad exigiría un constante juego de espejos. Tantos tipos de amistad, de amor, de dependencia, de trivialidades compartidas. Hace falta mucha benevolencia, mucho altruismo y mucha calidez cotidiana para hacer funcionar un entorno así. Ahora lo intentaría con la pequeña Sofía. Le enseñaría a intentar imaginarse cómo la veían los demás, la incitaría a amar a todo el mundo. Le daría, por supuesto, una "base segura" de amor, pero también un mundo seguro exterior. Le enseñaría a ser una santa o un ángel. No caería en la trampa de hacer girar todo en torno a "la felicidad". Se puede ser feliz de muchas maneras, pero ella querría que fuera feliz de una forma en particular.
La incitaría a preguntar por qué había sido llevada al mundo. Recibiría la respuesta de que son posibles muchas maravillas, y la mayor de todas es que la humanidad entera puede formar una fuente firme de conocimiento, voluntad y fuerza. Y se lo diría con alegría, con juegos, con placeres. Le desdramatizaría el placer. Le haría ver que fuera del amor que iba a construir en torno a ella, solo había oscuridad y frío. Lo que llegara de fuera se iba a incorporar a lo de dentro. Un día lo de dentro conquistaría el mundo.
En esa vida de amor plural, Puri sería el centro, la madre. Pero Estrella quería ser maravillosa. Era solo cuestión de organizarse. Se organizó para fascinar a los hombres inteligentes, cultos y poderosos que acudieron a ella. Y para ser lesbiana. Y para crearse una "misión en la vida". Y para crear "Villa Orchard".
¿La veían los demás de otra forma?, ¿no era para los otros la persona que creía ser? Recordaba haber cometido muchas torpezas, pero su esposa, su hermana y pronto su hija tenían que conocerla ya. Ella hablaba mucho. Hacía muchas cosas. ¿Cómo no iban a conocerla? Nada es más importante que darse a conocer a los seres amados.
Analizaba: en su adolescencia se había equivocado por completo porque se había considerado igual, prácticamente igual, a los demás (¡incluso a los varones!). Lo de su fracaso en los estudios encubría algo más profundo: estaba llena de carencias. Era muy cobarde, muy manipulable, muy torpe -"escasa de habilidades sociales"-, ofendía sin darse cuenta, despertaba amor donde menos lo esperaba, era incomprendida.
Tenía momentos de torpeza. Fallos en el mecanismo. Recordaba períodos de pasividad, de fracaso, cuando nada lo justificaba. Recordaba algunos días en que no había salido del dormitorio, cuando fuera todo el mundo se le ofrecía. Por ejemplo, su larga estancia en Frankfurt, un año. Sí, viajó mucho desde allí, pero de repente se sentía atrapada por la amenaza de sus carencias. Algún malentendido, algunas situación frustrante o ridícula (el ridículo era lo peor), la había empujado a quedarse encerrada. Solía compartir piso con otras chicas, no especialmente íntimas. Una cama grande, más lujosa de lo habitual entre las chicas feministas. Y ahí se quedaba, sin salir. Tenía su cochazo. Tenía su libreta llena de direcciones de mujeres que la encontraban, cuando menos, físicamente atractiva. Tenía dinero para ir a cualquier parte. Se quedaba echada en la cama. Se masturbaba (cuando parecía tan fácil conseguir una chica que le hiciera el favor...) y pensaba "qué bien estoy", "qué bien vivo", "lo he conseguido"... pero sin disfrutar de tales pensamientos tranquilizadores, sino más bien despreciando su triunfo consistente solo en haber escapado de la soledad y la miseria. Y ella misma se daba a la soledad y la miseria. Ahora pensaba que ella había estado destinada a la soledad y la miseria. Que era solo un golpe de suerte que su dinero, su atractivo físico y el lesbianismo le hubieran permitido, de alguna forma, hacerse popular. Su popularidad era en cierto modo falsa. Eso lo notaba cuando despertaba el rechazo de quienes, en teoría, lejos de rechazarla debían desearla. Miles de mujeres lesbianas querían hacerle el amor. Muchísimas chicas pobres apreciaban su prodigalidad al pagar meriendas y cenas, al invitarlas de vacaciones a la costa española. Había leído muchos libros, podía contar anécdotas increíbles, muchas creían que se iba a convertir en una escritora famosa (tenía "personalidad de artista")... Y se quedaba en la cama, avergonzada, dejando pasar los días. Se masturbaba. Recordaba los momentos buenos. Debería haber tenido más momentos buenos. Y le pesaban los malos. Las humillaciones que vivió con los hombres. El rechazo de ciertas mujeres, demasiadas mujeres. La pena de su madre. El estigma.
Sabía dar amor, era culta y educada, y, por encima de todo, era "buena": desconocía el rencor, no disfrutaba haciendo el mal a sus enemigos, era generosa, tenía imaginación. Esas cualidades, unidas a su belleza y a su falta de prejuicios, le habían permitido ganar dinero y ganar amigas. ¿Por qué había pasado por esos momentos que casi se diría que fueron "de depresión"? ¿Le dolía el mundo? Una vez conoció a un tipo que admiraba mucho a Tolstoi, y le comentó que para muchos era inexplicable su angustia existencial justo cuando estaba en la cumbre de su fama y de su fortuna. Era un profesorcillo que había encontrado en una de las "presentaciones" de libros. Hablaba de ese enigma relacionado con Tolstoi y el otro de por qué jamás Tolstoi y Dostoievsky se atrevieron a conocerse. Hablaba con entusiasmo de ese enigma depresivo de las "grandes almas", pero otro intelectual sentado junto a ellos, que bebía algo de un vaso con gesto viril alardeó de escéptico: "esos problemas tienen que ver tan solo con la neuroquímica del cerebro, con Prozac se arregla".
Quizá esos instantes de fracaso no significaban, en efecto, nada de nada. Aún sospechaba que tenía razón, que era una profetisa adelantada a su tiempo. La antipatía que había despertado en las feministas lesbianas le parecía exagerada. Esa antipatía era irracional, nacía del miedo ante lo que intuitivamente se reconoce como nuevo y acertado. Incluso la profesora Sarah se mostraba sospechosamente poco entusiasta. Estrella estaba segura de que era factible sacar adelante un movimiento social lésbico combativo, informado por la ciencia -la "plasticidad erótica"- que convencería a millones de mujeres que podían elegir una forma mejor de amar y de vivir. Que una cosa es que de vez en cuando algunas mujeres tengan el deseo animal de verse poseídas por el macho -con eso hasta se podía ganar dinero- y otra muy distinta es construir un entorno de afecto, comprensión y ternura entre mujeres, seres más pacíficos y humanamente sensibles que los machos. Incluso muchos gays podían salvarse: sí, bueno, soy gay, y de vez en cuando me gusta que un macho me dé por el culo... pero también soy un ser humano que desea empatía, bondad y confianza... también quiero el mundo de la mujer... Pero todo eso había acabado ya: seguiría manteniendo alguna actividad por Internet, contestaría el correo y eso sería todo. Lo que quedaba, que lo hicieran las jóvenes. Podía ensoñarse pensando en que fue una adelantada a su tiempo...
Otro de sus rasgos buenos era su falta de ambición, correspondiente a su falta de amor propio -puta sin estudios-. Aceptaba las cosas como venían. Aceptaba las derrotas. Al fin y al cabo, le quedaba mucha vida a su alcance. Algunas la rechazaron. Muchas la despreciaron. No todo le salió bien. Pero tenía a Puri, a Hanna, a Angie, a Li, a Patri. Y cuando viviera en Londres sería aún mejor. Allí saben vivir mejor.
Y su cuerpo. Se extinguía hasta el proyectado nuevo cuerpo, casi un esqueleto, que proyectaba para sus 55 años. Eran sus últimos años de cincuentona apetecible. Qué estupidez, y sin embargo qué cierta la satisfacción que obtuvo de la belleza de su cuerpo. Cuando esa belleza le permitió conseguir dinero y ser libre, fue genial. Más tarde le permitió conseguir amor y placer de otras mujeres -las amigas íntimas con las que soñó de niña...-, y le supuso librarse de la complicación de "buscar hombre" que arruinaba la vida de tantas. Tenía mucho que agradecerle a su cuerpo, a pesar de que sabía que era una estupidez, algo efímero y contingente. Se acordaba de cuando se preparaba para los clientes en el piso de Madrid, cuando palpaba sus blancos muslos, suaves y firmes por la gimnasia, y la ropa complicada, con tirantes y encajes, que se ponía para calentarlos. Llegaba a pasar del narcisismo a sentirse harta de tanta feminidad artificiosa, recargada, ñoña... Pero era dinero, era poder... y exigía cierto orden, muy próximo al arte. Cuando se sentía harta de ese tipo de feminidad obscena y a la vez empalagosa se tomaba un minuto de respirar con los ojos cerrados...
Recordaba a un cliente que le dijo, después de excitarse y gozar con ella: a mí me gustan las mujeres, pero entiendo que la belleza del cuerpo masculino es más elegante. Le hizo pensar en aquel novelista, famoso pervertido, que escribió de una mujer que "en ropa interior, tenía una belleza notable y repugnante"... Así tuvo que vivir. En ese mareo de contradicciones...
Así que cuando todo acabara -todo acabara...-, cuando solo quedase el futuro de una criatura nueva del siglo XXI, en una ciudad de vanguardia como Londres... Entonces quizá agradeciera haber dejado atrás a la escritora frustrada, la profetisa sin discípulos, la puta dulce y preciosa...
Recordaría las tardes al fresco, en "Villa Orchard", con la madre, la hermana, la tía... Los frutales, el silencio, la paz. Ese tipo de recuerdos que dicen que uno debería llevarse consigo al lecho de muerte... Había que arrojar de sus recuerdos los dormitorios solitarios en ciudades extrañas.
Ahora, el balcón del apartamento mostraba edificios blancos, un parque, bastante cielo mediterráneo. Estrella miraba por el balcón cuando la niña no exigía más cuidados. Si la madre no exigía más cuidados. Pensó que se iría de España para siempre. Pensó que un día moriría para siempre. Pensó que su hija... que acabaría haciendo lo que quisiera. Que su vida no iba a ser la de ellas. Iba a ser otra vida. Otro mundo. Sin ella.
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