La idea se le ocurrió a ella. Puri ya era una cuarentona, pero seguía contando con una figura grácil y la alegría en los ojos. ¿Por qué desperdiciar esa alegría?
¿Qué haremos en la vejez? Estrella no volvería a operarse para embellecerse. La juventud terminaba, quedaba la experiencia, la mente
. Y esa mente llevaba mucho tiempo planeando el final. No el final de sus proyectos intelectuales y hasta mesiánicos, tan ambiciosos, y que aceptaba que habían fracasado, sino su final personal. Una buena vejez, larga, entretenida y hasta valiosa. Su juventud no había sido mala, aunque muy extravagante. Quería una vejez buena. Otra forma de vida, por supuesto, pero igualmente plena. Tenía dinero para financiarlo.
Fueron largas conversaciones de verano y otoño. Sí, a Puri, mujer casada y feliz, le interesaba. Sí.
Estrella hizo la oferta y Puri aceptó las condiciones, eso demostró confianza. Por primera vez iban a emprender algo juntas en lo que no solo iban a participar por igual, sino en la que, más bien, Puri iba a tener el protagonismo. La administración del dinero, la escritura de libros, la predicación ideológica, el cuidado de la madre no contaban.
El plan era tener una hija. La condición era que se tratara de una chica. Eso podía hacerse en Estados Unidos, en centros especializados. Con dinero. Necesitaban semen, ya que por desgracia las técnicas para obtener esperma femenino (esperma manipulado con ADN de mujer) no se habían desarrollado aún. El donante sería el novio de Sofía, quién si no. Aunque lo vieron un poco aprensivo, no podía negarse, puesto que económicamente dependía de ellas. Y Sofía tendría una sobrina que sería hija biológica de su novio
Un buen entramado de parentesco
.
Lo mejor hubiera sido que Estrella obtuviera la semilla de su hermano o algún sobrino, de modo que la carga genética fuese también en parte suya. Pero no había esperanzas de obtener colaboración por ese lado. Ni se lo planteó. El novio de Sofía estaba bien. Sobre todo porque, al fin y al cabo, Sofía, por sus razones, no quería tener hijos (ni su novio tampoco, ya puestos...).
Viajaron en enero a una clínica en Florida. Permanecieron allí tres semanas, hasta que se confirmó que el embrión había arraigado. Fueron unos días agradables en los que se alojaron en una urbanización muy bien vigilada por equipos de seguridad privada armados hasta los dientes. Era un bungalow muy tipo años cincuenta y el barrio suponía una especie de laberinto por el que era imposible moverse sin un plano. La clínica no estaba lejos y aunque no tenían mucho contacto con los vecinos, por lo visto entre ellos vivía también el personal médico.
Estrella le comentaba a Puri la oferta que le había hecho Marcus en 1987 de quedarse a vivir en Florida (incluso le recomendaba Pensacola, un topónimo que a Puri siempre le hacía reír). Allí se pagaban menos impuestos, el clima era como en España (más o menos) y podía traerse a su madre, ya que había gente que hablaba español por todas partes.
Fue entonces cuando surgió la idea de que se acercara un día a American City a visitar al anciano Marcus, algo que él ya hacía tiempo que le había solicitado. A Puri le pareció bien quedarse sola por un día (American City no estaba tan lejos). No le interesó conocer a aquel viejo.
Durante muchos años a partir de su tercer matrimonio (con la virgen filipina) no supo nada de Marcus, pero volvió a tener noticias de él hacía no demasiado tiempo. Le mandó un email. Dijo que había estado buscando su nombre en Internet (la antigua dirección en Torremolinos ya era inhábil) y encontró la foto de su boda, en 2005.
Ahora, al volver a verse, ya habían pasado más de veinte años desde su último encuentro (primavera de 1989: divorcio en Las Vegas). El activo cincuentón se había convertido en un octogenario debilitado y de movimientos lentos, pero aún no decrépito. Y la sonrisa con la que la recibió pareció sincera. Él seguía viviendo en el lujoso ático donde ella pasó su reclusión como "esposa comprada", pero se vieron en un restaurante del centro para comer. Él le preguntó si recordaba el lugar, ella dijo que no, aunque no se sorprendió cuando él le dijo que allí habían ido muchas veces juntos (ella pensó que más que un lugar con recuerdos íntimos debía de haber sido uno de los locales de alto nivel en la ciudad adonde acudía a comidas y cenas de negocios, aprovechando para exhibir a su bella, joven y educada esposa; se había aburrido bastante en tales ocasiones, pero, bueno... formaba parte de su trabajo).
Hacía poco que él se había retirado de casi todos los negocios. De la filipina había tenido dos hijos varones. El mayor era un desastre, pero el pequeño, que estudiaba en una importante universidad, sí parecía que iba a hacerse un hombre de provecho. Al cerrar su empresa, Marcus había logrado reunir un buen capital y, como todavía tenía la cabeza bien, lo gestionaba obteniendo una rentabilidad suficiente. Para cuando su hijo acabara los estudios, ya vería a qué se dedicaba. Desde luego no al viejo asunto de los materiales de construcción. Quizá a la gestión de aseguradoras inmobiliarias.
"¿Ha sido bueno tu tercer matrimonio?", le preguntó ella. Marcus se lo pensó y dijo que sí, y Stella, considerando que ella había participado un poco en la selección del espécimen, se sintió aliviada al oírlo. La mujer filipina, sin embargo, ni le proporcionó mucho placer ni mucho menos amor. Le dio hijos, compañía, fidelidad y amistad conyugal. El mayor inconveniente fue que él tuvo que ayudar a toda su asiática familia, traerlos poco a poco a Estados Unidos y "colocarlos". No, no abusaron, aseguró, e incluso añadió que entre ellos había gente agradable, pero... él solo recordaba haber sido feliz con Stella, su española. "Eras tan hermosa, tan dulce...", recordaba el viejo. Ahora tenía ante sí a una elegante mujer madura con sus mismos ojos. La mujer madura del presente tenía edad para ser la madre de aquella muchacha del pasado.
Le dijo que se sentía aliviado de que tras el divorcio no hubiera sido de ningún hombre. Mejor lesbiana que de cualquier otro, desde luego. Sabía que había escrito un libro en inglés (con la profesora Sarah), pero no le había interesado leerlo. Eso eran cosas de mujeres.
"Has sido feliz", concluyó él mirándola, con lo que parecía una empatía generosa. Ella le contó a lo que había venido a Florida. "Genial", dijo él. También había buscado un consuelo para la vejez. ¿No era egoísta aquello de hacer venir al mundo seres humanos para ser usados como posible fuente futura de amor incondicional? Evidentemente.
En un par de horas, no les quedó ya mucho de lo que hablar. Él se reía de su acento, casi del todo británico ahora. Le recordó momentos, ocasiones. Cuando la llevaba para exhibirla. Aquello lo hacía feliz. ¿Esa preciosidad es tu esposa? Todos se quedaban admirados. Parecía una actriz francesa, su vocabulario y su dicción eran exquisitos, era educada, culta, contenida e incluso humilde. Una esposa comprada, sí, pero de la mejor calidad.
Se despidieron con cariño, sin precisar si volverían a verse. Él se empeñó no solo en pagar la comida, sino también en pagarle los gastos del desplazamiento desde Florida. Ella aceptó que tenía sentido que él pagara. Le gustó que fuera así. Siempre le gustó que él fuera así: era tacaño en muchas cosas, pero nunca para perjudicar a otros más allá del juego de los negocios. Calculó rápidamente lo que habría costado el avión y el taxi desde el aeropuerto. Soltó billetes con naturalidad. Ella los tomó con naturalidad. No era lo mismo, pero también era tomar dinero de un hombre que había gozado de su cuerpo...
Aquel encuentro dio unos cuantos días de conversación con Puri, y, después, con el embrión ya germinando su nueva vida en el queridísimo vientre, ellas volaron de vuelta a España.
Nadie había visto que hicieron trampa, pero Estrella no se quedó tranquila hasta que un mes más tarde se confirmó en la clínica de Málaga que lo que venía era una chica. Eligieron que se llamase Sofía, con la aquiescencia de la cuñada. El novio estaba un poco asustado por la responsabilidad genética que implicaba la operación, pero, al fin y al cabo, esta vinculación hereditaria suponía también una seguridad económica para él: las dos hermanas se querían mucho, lo que alejaba cualquier posibilidad de conflicto, y había dinero de sobra. Sofía y su novio, curiosamente, no se habían casado, aunque decidieron hacerlo ahora cuando consideraron que podía proporcionarles alguna ventaja legal. Iban a tener una sobrina.
El embarazo fue entretenido, una buena forma de darse amor. Se tomaron todas las angustias del trastorno como lo que eran: afecciones psicosomáticas transitorias. Estrella llevaba tiempo sospechando que Puri tenía dentro de sí un mundo oculto donde la desconfianza se hacía notar. Había tardado mucho su "señora" en declararle su amor en cierto modo exclusivo, un amor que había llegado finalmente por descarte, y la revelación -que sin duda Puri juzgaría cruel- de que la escritora se había equivocado al no luchar por el amor de Angie había supuesto una confirmación de sus peores temores. Sin embargo, nada pasó. ¿Sería un triunfo suyo?
La boda estuvo bien. El embarazo estuvo mejor: Puri disponía de seguridad, pero puesto que su amada era un "ser espiritual", un ser lleno de profundidades intelectuales y sensitivas, siempre quedaría esa desconfianza y recelo. Sí, la tenía segura, pero no por los méritos propios de Puri. No se había ganado su amor, se lo habían concedido. Y la sutileza espiritual de Estrella llegaba hasta el punto de reclamar la humildad a los seres humildes. Puri se sentía confusa de que se le exigiera ser humilde. No la educaron para eso. La educaron, como a todo el mundo, para tener amor propio. Que su amada le hablase del valor de la humildad, de la entrega, de la aceptación de las limitaciones en el sacrificio del amor le sonaba muy profundo, terriblemente profundo. Pero no la habían educado para eso.
A los pobres no se les educa para ser humildes. Estrella decía que si se hiciese así, no tardarían mucho en dejar de ser pobres. Puri prefería no pensar en esas cosas. Solo en que amaba a un ser excepcional y que éste ser ya no se lo iba a disputar nadie. Ahí quedaba la cosa, y ahora iba a ser madre.
Para Puri no había duda del sentido que tendría aquella vida que iba a llegar al mundo: era el triunfo en su historia de amor. Quizá doble triunfo, al no haber sido suya la idea, sino de la disputada Estrella.
Estrella, por su parte, había aprendido algo acerca de las cosas que le convenía callar, después de una vida de indiscreciones. A su regreso de ver al viejo Marcus, no le comentó nada de la reflexión del sentido de "traer más vidas al mundo". Cada vez era más antinatural la reproducción de tal fenómeno. No era ningún misterio por qué Estrella había llegado al mundo. Su madre estaba a punto de quedar solterona cuando un pobre camarero, un vecino, de apariencia bondadosa y un par de años más joven, le aseguró haberse enamorado de ella. Ya no era solterona, ya era mujer casada y, por tanto tenía que ser madre. En cuanto al pobre camarero, ahora que tenía mujer, ahora que se hacía hombre, y su masculinidad -probada primero en el servicio militar, en los burdeles de la tropa- había de confirmarse públicamente dejando embarazada a la mujer, su personalidad inocua cambió muy pronto. Lo que siguió fue un desastre, pero aseguraba la reproducción, cumplía los requisitos familiares, era lo correcto y esperado. Así surgió Estrella.
En el mundo de Estrella y Puri, sin embargo, las cosas ya no eran así. Pocas de sus amigas eran madres. Hanna lo había hecho para celebrar su amor, como una especie de sacrificio sagrado. Así podía surgir un bebé de vez en cuando, pero con tales excepciones apenas podría asegurarse la reproducción de la raza blanca.
Venir al mundo... para darse cuenta de que se está destinado a morir... Igual las generaciones futuras interpretaban tal cosa como una crueldad. Quizá lo mejor era no reproducirse más. El silencio. La muerte sin agonía.
En Internet había leído una alternativa: una humanidad futura, motivada por un amor compasivo de dimensiones grandiosas, podía desarrollar una supertecnología capaz de resucitar a todos los seres vivos. Entonces sí se podría decir que el surgimiento de la vida consciente, allá por el Pleistoceno, no fue un error. Solo entonces.
Una humanidad futura sin obstáculos antisociales -sin maldad, sin ignorancia, sin violencia, ¿sin varones?- podía dedicarse a la investigación científica a gran escala. Un planeta poblado por diez mil millones de aplicadas monjitas científicas, todas ateas y lesbianas. Seguro que fabricarían mecanismos e instrumentos más grandes y costosos que el acelerador de partículas o la cueva esa donde detectan los neutrinos. Construirían un supercomputador tan avanzado intelectualmente al ser humano que sería como Dios, sobre todo cuando le proporcionaran acceso a fuentes de energía equivalentes al poder de las estrellas. Con semejante supermente, de qué no serían capaces aquellos ángeles del futuro. Primero, la vida eterna, después, la resurrección... finalmente, la fusión de todas las inteligencias conscientes del universo en una masa espiritual cósmica a lo Arthur C Clarke.
¿Por qué no escribía esa historia? Incluso tenía una amiga bien versada en las tecnologías modernas -Hanna- que podía asesorarla.
Podía dedicarse a ello cuando viviera en Londres y escribiera y pensara en inglés todos los días. Sería tonto escribir una historia semejante en español...
Porque sus planes privados eran instalarse en Londres, el cercano Londres. A un salto de vuelo "low cost" desde la Costa del Sol...
El parto llegó en octubre.
Durante todo aquel tiempo hicieron planes. Los planes fueron aceptados. En el año 2017 la niña cumpliría tres años y Estrella, cincuenta y cinco. Entonces abandonarían España. La niña y sus madres vivirían en Londres. ¿Dónde, exactamente? Tenían tres años para decidirlo: sería un lugar con baja criminalidad, alto nivel de vida y, a ser posible, con familias lésbicas con hijos en las cercanías. Comprar una casa en Londres era caro. Pero allí vivían Li y Laurie. Y podrían ir y venir a Málaga cuando quisieran, igual que cualquier otro guiri. Sería bueno para el negocio inmobiliario, ya que la mayoría de sus inquilinos eran británicos de todas formas. Tratarían de realizar gestiones directas desde allí y sacar unas libras más. En cuanto al dinero, todo iba a ser poco viviendo en una ciudad tan cara.
El Londres con el que había soñado... Cuando era una adolescente tonta, hubiera preferido irse a Londres de "au pair" en lugar de estudiar en la universidad (¡qué horrible fue aquel fracaso!). Y cuando era puta en Madrid, soñaba con irse a vivir a Londres para siempre. Con el cuento primero de ir a aprender inglés (con sus ingresos seguros, que calculaba entonces que serían como el sueldo mensual de una maestra... pero sin tener que trabajar nunca en la vida...), pero sobre todo para acostarse con chicas lesbianas y quedarse allí a vivir para siempre... Quizá hubiera sido una vida mejor que la que tuvo en "Villa Orchard"... Pero siempre que pensaba en esas cosas... en fin, tampoco le había ido tan mal...
Estrella se sometería a su última operación. Se cortaría el pelo, sí, y haría musculación. Y se amputaría los pechos, incluidas las dos pelotitas de silicona que le habían metido, aquel pequeño lujo frívolo.
A Puri le gustaba que estuviera tan decidida. En cuanto a dinero,
de una forma u otra tendrían siempre de diez mil a veinte mil euros o libras al mes limpios para gastar. Con eso podían vivir bien las tres. Podrían tener dos o tres automóviles y emplear a alguna sirvienta mexicana o filipina de vez en cuando. Y un perro, si la niña lo pedía. Vagamente, pensaban que podrían adoptar otra niña, para que la princesita tuviese una amiga -hermana- con la que jugar. China, africana o algo de eso.
En Internet un día vio un dibujo coloreado que mostraba dos chicas lesbianas besándose. Un dibujo así estaría bien en el dormitorio de la niña. O, mejor aún, podía buscar una chica dibujante que desarrollara un comic de amor para chicas. Que llamara la atención de las niñas. Había personajes parecidos, de cierto aire lésbico, que gustaban mucho. Ella podía escribir el argumento y el guión de un comic lésbico para niñas. Algo que fuera "encantador". Chicas que se abrazan, se toman de las manos, se besan, se miran con ojos dulces y enamorados. Con colores alegres, líneas elegantes... Ella encontraría un argumento, sí. Y lo más difícil sería, quizá, encontrar una buena dibujante. Con dinero la encontraría, sí.
Podía hacer muchas cosas. En Londres, ¿por qué no? La ciudad de Peter Pan y Mary Poppins. Iría a por las niñas. Cuando ella fue niña... No lo supo. Otras llegarían a saberlo. En Londres hablaría de ello. Haría muchas cosas allí.
Solo la hermana de Estrella pareció apesadumbrada por estos proyectos. Podía irse a vivir con ellas, pero en Málaga la hermana contaba con amistades, relaciones que Estrella veía como leves e inocuas, de forma semejante a como su hermana misma aparentaba ser. Además, incluso tenerla en la misma casa en Londres iba a ser demasiado complicado. Prefería distanciarse un poco de ella. Al fin y al cabo, podía volar allí de vez en cuando. Lo que quedaba claro es que la hermana no tendría los privilegios de la madre, no iba a condicionar la vida de Estrella.
Sobre la educación, las teorías de Puri eran convencionales. Las teorías de Estrella eran, como podía esperarse, extravagantes: la niña sería mimada en la medida en que demostrase ser lo suficientemente inteligente para comprender la naturaleza del amor. Según ciertos libros que había leído (y en lo que a lecturas se refería, la cosa no había hecho más que empezar), los niños muestran su personalidad a los tres años. A esa edad, por tanto, se dictaminaría si la niña merecía o no una vida de mimos y amor absolutos que, a juicio de Estrella, era la única forma de vida que valía la pena.
Estrella pensaba que Puri pensaba que ella misma era mimada al precio de negarle el amor propio, pero, en conjunto, el trato que recibía era justo, puesto que no podía esperar ser amada por su esposa de otra forma. Puri tenía que ser feliz.
Al traer una nueva vida al mundo era inevitable plantearse la cuestión de la responsabilidad. Desde el momento en que ella dejó de llevar una vida convencional, desde el momento en que tuvo que elegir por sí misma, sin que nadie le exigiera nada, se había introducido en el terreno de las cargas éticas de valor universal, a lo Kant. Convertirse en prostituta de lujo era algo que tuvo que hacer para sobrevivir y no verse condenada a una vida inane de mujer fracasada de clase baja. Aspirar a la excelencia intelectual en sus condiciones era la única salida después, como justificación ante el mundo real de las personas de alto nivel espiritual. No siempre le dio resultado, pero en conjunto estaba satisfecha. ¿Cómo justificar el nacimiento de la pequeña Sofía? Había nacido fuera del curso natural de la vida. Había surgido con un propósito. En conjunto, la venida al mundo de aquel ser iba a estar muy
justificada. Vendría para servir, por supuesto, su llegada no sería una
consecuencia irreflexiva de las costumbres. Pero tampoco obedecería a
ninguna causa superior a la voluntad del matrimonio. Aunque no lo decía,
se sentía vagamente turbada por el sentimiento de que compraba una hija
como quien compraba un perro, un coche o una casa. Era exactamente así.
Pero haría feliz a mucha gente. Sería útil, aunque no necesaria. Tendría que elaborar una buena historia para cuando tuviese diez, doce años y empezara a hacer preguntas.
Porque Estrella confiaba en que ella también fuese "de alto nivel espiritual". Estaba dispuesta a conformarse con que no lo fuera, con que la combinación de genes y ambiente diera como resultado una cabeza hueca o incluso un ser horrible, como la hija de Paula, aquella niña, hija de prostituta, resentida, astuta y destructiva. Pero haría lo posible porque fuera un ángel.
Alto nivel espiritual... Ya cuando era una adolescente (ignorante, torpe, virgen y heterosexual) sospechaba que había personas que alcanzaban un entorno especial de virtud, que no eran vulgares. Por supuesto, de tal cosa no debía hablarse, pues suponía algo ofensivo para los otros. Vagamente, entendía que estos seres superiores eran personas buenas, sensatas y cultas, que leían libros. Hoy, con lo que sabía de ciencias sociales, habría dicho que eran personas benevolentes, racionales y curiosas. Personas sencillas como la tía Reme y la misma Puri eran personas incultas, nada sofisticadas. Pero eran curiosas, comprensivas y con sentido del humor. Estrella nunca le insistió a Puri a que leyera libros.
Ahora pensaba que el truco consiste en empatizar y ser autoconsciente. Una persona que no se juzga a sí misma no es tan persona como el que sí lo hace. Esas cosas llevaban a una vida mejor para uno mismo y para quienes le rodean. La vida en la sororidad exigiría un constante juego de espejos. Tantos tipos de amistad, de amor, de dependencia, de trivialidades compartidas. Hace falta mucha benevolencia, mucho altruismo y mucha calidez cotidiana para hacer funcionar un entorno así. Ahora lo intentaría con la pequeña Sofía. Le enseñaría a intentar imaginarse cómo la veían los demás, la incitaría a amar a todo el mundo. Le daría, por supuesto, una "base segura" de amor, pero también un mundo seguro exterior. Le enseñaría a ser una santa o un ángel. No caería en la trampa de hacer girar todo en torno a "la felicidad". Se puede ser feliz de muchas maneras, pero ella querría que fuera feliz de una forma en particular.
La incitaría a preguntar por qué había sido llevada al mundo. Recibiría la respuesta de que son posibles muchas maravillas, y la mayor de todas es que la humanidad entera puede formar una fuente firme de conocimiento, voluntad y fuerza. Y se lo diría con alegría, con juegos, con placeres. Le desdramatizaría el placer. Le haría ver que fuera del amor que iba a construir en torno a ella, solo había oscuridad y frío. Lo que llegara de fuera se iba a incorporar a lo de dentro. Un día lo de dentro conquistaría el mundo.
En esa vida de amor plural, Puri sería el centro, la madre. Pero Estrella quería ser maravillosa. Era solo cuestión de organizarse. Se organizó para fascinar a los hombres inteligentes, cultos y poderosos que acudieron a ella. Y para ser lesbiana. Y para crearse una "misión en la vida". Y para crear "Villa Orchard".
¿La veían los demás de otra forma?, ¿no era para los otros la persona que creía ser? Recordaba haber cometido muchas torpezas, pero su esposa, su hermana y pronto su hija tenían que conocerla ya. Ella hablaba mucho. Hacía muchas cosas. ¿Cómo no iban a conocerla? Nada es más importante que darse a conocer a los seres amados.
Analizaba: en su adolescencia se había equivocado por completo porque se había considerado igual, prácticamente igual, a los demás (¡incluso a los varones!). Lo de su fracaso en los estudios encubría algo más profundo: estaba llena de carencias. Era muy cobarde, muy manipulable, muy torpe -"escasa de habilidades sociales"-, ofendía sin darse cuenta, despertaba amor donde menos lo esperaba, era incomprendida.
Tenía momentos de torpeza. Fallos en el mecanismo. Recordaba períodos de pasividad, de fracaso, cuando nada lo justificaba. Recordaba algunos días en que no había salido del dormitorio, cuando fuera todo el mundo se le ofrecía. Por ejemplo, su larga estancia en Frankfurt, un año. Sí, viajó mucho desde allí, pero de repente se sentía atrapada por la amenaza de sus carencias. Algún malentendido, algunas situación frustrante o ridícula (el ridículo era lo peor), la había empujado a quedarse encerrada. Solía compartir piso con otras chicas, no especialmente íntimas. Una cama grande, más lujosa de lo habitual entre las chicas feministas. Y ahí se quedaba, sin salir. Tenía su cochazo. Tenía su libreta llena de direcciones de mujeres que la encontraban, cuando menos, físicamente atractiva. Tenía dinero para ir a cualquier parte. Se quedaba echada en la cama. Se masturbaba (cuando parecía tan fácil conseguir una chica que le hiciera el favor...) y pensaba "qué bien estoy", "qué bien vivo", "lo he conseguido"... pero sin disfrutar de tales pensamientos tranquilizadores, sino más bien despreciando su triunfo consistente solo en haber escapado de la soledad y la miseria. Y ella misma se daba a la soledad y la miseria. Ahora pensaba que ella había estado destinada a la soledad y la miseria. Que era solo un golpe de suerte que su dinero, su atractivo físico y el lesbianismo le hubieran permitido, de alguna forma, hacerse popular. Su popularidad era en cierto modo falsa. Eso lo notaba cuando despertaba el rechazo de quienes, en teoría, lejos de rechazarla debían desearla. Miles de mujeres lesbianas querían hacerle el amor. Muchísimas chicas pobres apreciaban su prodigalidad al pagar meriendas y cenas, al invitarlas de vacaciones a la costa española. Había leído muchos libros, podía contar anécdotas increíbles, muchas creían que se iba a convertir en una escritora famosa (tenía "personalidad de artista")... Y se quedaba en la cama, avergonzada, dejando pasar los días. Se masturbaba. Recordaba los momentos buenos. Debería haber tenido más momentos buenos. Y le pesaban los malos. Las humillaciones que vivió con los hombres. El rechazo de ciertas mujeres, demasiadas mujeres. La pena de su madre. El estigma.
Sabía dar amor, era culta y educada, y, por encima de todo, era "buena": desconocía el rencor, no disfrutaba haciendo el mal a sus enemigos, era generosa, tenía imaginación. Esas cualidades, unidas a su belleza y a su falta de prejuicios, le habían permitido ganar dinero y ganar amigas. ¿Por qué había pasado por esos momentos que casi se diría que fueron "de depresión"? ¿Le dolía el mundo? Una vez conoció a un tipo que admiraba mucho a Tolstoi, y le comentó que para muchos era inexplicable su angustia existencial justo cuando estaba en la cumbre de su fama y de su fortuna. Era un profesorcillo que había encontrado en una de las "presentaciones" de libros. Hablaba de ese enigma relacionado con Tolstoi y el otro de por qué jamás Tolstoi y Dostoievsky se atrevieron a conocerse. Hablaba con entusiasmo de ese enigma depresivo de las "grandes almas", pero otro intelectual sentado junto a ellos, que bebía algo de un vaso con gesto viril alardeó de escéptico: "esos problemas tienen que ver tan solo con la neuroquímica del cerebro, con Prozac se arregla".
Quizá esos instantes de fracaso no significaban, en efecto, nada de nada. Aún sospechaba que tenía razón, que era una profetisa adelantada a su tiempo. La antipatía que había despertado en las feministas lesbianas le parecía exagerada. Esa antipatía era irracional, nacía del miedo ante lo que intuitivamente se reconoce como nuevo y acertado. Incluso la profesora Sarah se mostraba sospechosamente poco entusiasta. Estrella estaba segura de que era factible sacar adelante un movimiento social lésbico combativo, informado por la ciencia -la "plasticidad erótica"- que convencería a millones de mujeres que podían elegir una forma mejor de amar y de vivir. Que una cosa es que de vez en cuando algunas mujeres tengan el deseo animal de verse poseídas por el macho -con eso hasta se podía ganar dinero- y otra muy distinta es construir un entorno de afecto, comprensión y ternura entre mujeres, seres más pacíficos y humanamente sensibles que los machos. Incluso muchos gays podían salvarse: sí, bueno, soy gay, y de vez en cuando me gusta que un macho me dé por el culo... pero también soy un ser humano que desea empatía, bondad y confianza... también quiero el mundo de la mujer... Pero todo eso había acabado ya: seguiría manteniendo alguna actividad por Internet, contestaría el correo y eso sería todo. Lo que quedaba, que lo hicieran las jóvenes. Podía ensoñarse pensando en que fue una adelantada a su tiempo...
Otro de sus rasgos buenos era su falta de ambición, correspondiente a su falta de amor propio -puta sin estudios-. Aceptaba las cosas como venían. Aceptaba las derrotas. Al fin y al cabo, le quedaba mucha vida a su alcance. Algunas la rechazaron. Muchas la despreciaron. No todo le salió bien. Pero tenía a Puri, a Hanna, a Angie, a Li, a Patri. Y cuando viviera en Londres sería aún mejor. Allí saben vivir mejor.
Y su cuerpo. Se extinguía hasta el proyectado nuevo cuerpo, casi un esqueleto, que proyectaba para sus 55 años. Eran sus últimos años de cincuentona apetecible. Qué estupidez, y sin embargo qué cierta la satisfacción que obtuvo de la belleza de su cuerpo. Cuando esa belleza le permitió conseguir dinero y ser libre, fue genial. Más tarde le permitió conseguir amor y placer de otras mujeres -las amigas íntimas con las que soñó de niña...-, y le supuso librarse de la complicación de "buscar hombre" que arruinaba la vida de tantas. Tenía mucho que agradecerle a su cuerpo, a pesar de que sabía que era una estupidez, algo efímero y contingente. Se acordaba de cuando se preparaba para los clientes en el piso de Madrid, cuando palpaba sus blancos muslos, suaves y firmes por la gimnasia, y la ropa complicada, con tirantes y encajes, que se ponía para calentarlos. Llegaba a pasar del narcisismo a sentirse harta de tanta feminidad artificiosa, recargada, ñoña... Pero era dinero, era poder... y exigía cierto orden, muy próximo al arte. Cuando se sentía harta de ese tipo de feminidad obscena y a la vez empalagosa se tomaba un minuto de respirar con los ojos cerrados...
Recordaba a un cliente que le dijo, después de excitarse y gozar con ella: a mí me gustan las mujeres, pero entiendo que la belleza del cuerpo masculino es más elegante. Le hizo pensar en aquel novelista, famoso pervertido, que escribió de una mujer que "en ropa interior, tenía una belleza notable y repugnante"... Así tuvo que vivir. En ese mareo de contradicciones...
Así que cuando todo acabara -todo acabara...-, cuando solo quedase el futuro de una criatura nueva del siglo XXI, en una ciudad de vanguardia como Londres... Entonces quizá agradeciera haber dejado atrás a la escritora frustrada, la profetisa sin discípulos, la puta dulce y preciosa...
Recordaría las tardes al fresco, en "Villa Orchard", con la madre, la hermana, la tía... Los frutales, el silencio, la paz. Ese tipo de recuerdos que dicen que uno debería llevarse consigo al lecho de muerte... Había que arrojar de sus recuerdos los dormitorios solitarios en ciudades extrañas.
Ahora, el balcón del apartamento mostraba edificios blancos, un parque, bastante cielo mediterráneo. Estrella miraba por el balcón cuando la niña no exigía más cuidados. Si la madre no exigía más cuidados. Pensó que se iría de España para siempre. Pensó que un día moriría para siempre. Pensó que su hija... que acabaría haciendo lo que quisiera. Que su vida no iba a ser la de ellas. Iba a ser otra vida. Otro mundo. Sin ella.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Capítulo 22. Dos éxitos de ventas
Fue a primeros del año siguiente cuando se le ocurrió que podía ofrecer su experiencia como prostituta enriquecida a las víctimas de la crisis económica del 2008. Lo consultó con Puri. Claro, ¿por qué no? No se trataba de una solución para todo el mundo, pero podía haber muchas chicas que se lo estuvieran planteando, plenamente conscientes de los riesgos psicológicos y de la estigmatización social que implicaba. Y era muy posible que no tuvieran mucha idea acerca de cómo hacerlo. Que les faltara una "orientación práctica", tal como le había sucedido a ella en su momento. En otra época.
Estrella era consciente de que posicionarse una vez más "a favor de la prostitución" significaba ganarse el desprecio y el odio de la inmensa mayoría de feministas. Pero ya no le quedaba nada que perder en ese sentido. Y estaba convencida de que la razón estaba de su parte, y de que alguna vez se la reconocería como una precursora.
Ya tenía, pues, otra tarea por delante. Fue algo que se estuvieron planteando durante varias semanas. Un nuevo proyecto. Comprendió que tenía que informarse y que no bastaba con su experiencia personal de los años ochenta del siglo anterior. Los tiempos habían cambiado. No solo que todo se hacía ahora por Internet, sino también que los gustos sexuales y el enfoque de la sempiterna estigmatización habrían cambiado en veinte años. Ahora, por ejemplo, había muchas ex prostitutas que contaban sus experiencias en libros. Y era mucho más común que antes que aparecieran prostitutas como personajes de ficción (sobre todo en el medio audiovisual). Una vez vio a una "madame" por la tele diciendo que una película como "Pretty Woman" (posterior a su época, por cierto) había hecho mucho daño a las chicas, porque les había metido en la cabeza muchas fantasías tontas. La película era una completa estupidez, desde luego, pero Estrella pensaba en las putas que conoció durante su aprendizaje, y no le extrañaba que hubiera quien se creyera esas cosas. Evidentemente, el personaje que interpretaba el guaperas Richard Gere lo que representaba no era tanto un "príncipe azul" como un chulo.
Puri en ningún momento mostró disgusto porque quisiera volver sobre ese viejo tema que, en el fondo, la hundía más en la marginalidad. Se daba cuenta de que Estrella sabía que ya no iba a cambiar el mundo y que, en cierto modo, deseaba justificarse. Aparentemente, Puri se creía todos los argumentos de su esposa. Estrella también se los creía. Quizá no era tan inteligente. Ciertamente, su inteligencia estaba muy limitada por arriba, por abajo y por los lados. Tal vez nunca llegara a saber en qué consistía. No poseería nunca una inteligencia inequívoca, como la de todas sus otras amigas, las buenas estudiantes, las que sabían hacer cosas. Ser prostituta y buena en la cama no era una cosa. No poseía nada aparte de un montón de mal ganado dinero. Solo quedaban sus rarezas.
Hicieron varios viajes a Madrid. Con Patri y Toñi revivieron recuerdos. Patri pensaba que en lugar de escribir un "manual" debía contar la historia de su vida. Ella dijo que lo haría en el año 2017, el año que había fijado para su metamorfosis (cuando iba a cortarse el pelo, quitarse las tetas y todo eso). De momento, quería hacer una obra que tuviera una utilidad práctica para que cualquier chica que se lo planteara pudiese acceder a esa opción.
Al explicarles el estilo de servicios sexuales que la llevó al triunfo económico, Patri observó que no recordaba que entonces lo hubiera organizado con tanto detalle. Estrella se extrañó, porque creía haberlo hecho. Pero había pasado mucho tiempo. Patri sí recordaba algunas cosas, como que se ofrecía a los clientes como "la esclava de un rey", aunque, por ejemplo, no recordaba que ella inicialmente se dirigiera a ellos tratándolos "de usted". Admitió que, por teléfono, cuando llamaban preguntando por su oferta, sí recordaba que Estrella les hablaba "de usted", aunque lo más notable siempre era su tono de voz, delicado y sin doblez, como el de la telefonista de un hotel de lujo. Cuando contrató a Mari como telefonista le enseñó a imitar ese tono y atenerse a una serie de fórmulas preconcebidas: en poco tiempo la nueva empleada aprendió a hacerlo de forma automática y eficiente.
Le dijo a Patri que quería reivindicarse a sí misma. Mencionó algunos sabios, psicólogos, filósofos, que apoyaban su postura. Lo que había hecho no había sido algo malo. No había sido malo para ella (¡menuda vida de desgraciada habría llevado si no hubiera ahorrado dinero de la única forma posible!). Y, en cuanto a que hubiera permitido extender las libertades y hacer retroceder los prejuicios, también habría sido algo bueno para todo el mundo.
Patri, persona prudente, sin embargo, ante Elena, ante Toñi y ante Puri, proclamó, con una seriedad inapelable, que "Estrella es más inteligente que todas nosotras juntas" y que, en consecuencia "estaba de acuerdo en todo con ella". No había ironía en el tono de voz. Patri apelaba a un tipo de inteligencia no convencional, a una inteligencia sin duda no práctica y nada convincente, pero que ella reverenciaba porque la amistad, los años, le habrían dado la sabiduría. Patri siempre había sido un poco condescendiente con Estrella, a la vez que levemente admirativa y un tanto crítica desde su reserva que cualquier otra hubiera considerado ofensiva. Ahora, sin embargo, parecía rendirse ante ella. Pero lo hacía de una forma tan resignada que casi parecía una despedida: ¿por qué me pide consejo?
Ahí quedó todo. Toñi sonrió con cariño. Elena reconoció que nunca habían sido enemigas.
Después trataron con algunas agencias de citas (proxenetas) y se pusieron en contacto con chicas que se ofrecían por Internet. Fue divertido. En una ocasión se ofreció ella misma, como espectacular mujer madura y famosa escritora en apuros por la crisis inmobiliaria. También llamaron a chicas como clientas y hablaron con ellas en esa situación altamente coactiva, muy diferente a cuando se queda en un café.
Estas visitas a Madrid duraron hasta el verano y todo resultó bastante entretenido. Sobre todo para Puri que, al fin y al cabo, era una virgen.
Aquel verano no viajaron y Estrella estuvo escribiendo el libro que se llamaría Manual de la buena puta. En ningún otro libro Puri le fue de tanta ayuda. A veces incluso recurrían al novio de Sofía que era un hombre, aunque nunca había recurrido a la prostitución. Aportaba su punto de vista masculino. Estrella, por primera vez, y gracias a las relaciones de parentesco, tenía un hombre amigo, bien rodeado de mujeres (esposa y cuñada). Era inteligente y escéptico, y muchas de sus opiniones valía la pena que se considerasen seriamente. Fue en aquella época que él se ganó finalmente su confianza.
Puesto que el libro lo escribía en español, sin duda se trataba de un manual de orientación para las chicas españolas (o extranjeras que se prostituían en España) pero, por si acaso, y puesto que vivían en un mundo global, incluyó cosas que había conocido gracias a la carrera como prostituta de Angie, la ya prestigiosa novelista norteamericana. Entre las muchas cosas que hablaron en la época en que vivieron juntas en Los Ángeles estuvo la planificación de una organización-empresa-cooperativa de prostitutas lesbianas que hubiera podido establecerse en Nevada, en los condados donde la prostitución es legal. Hubiera necesitado mucha inversión y un control muy estricto, pero durante unas semanas les divirtió planificarlo (y a Puri le entró miedo de que se atreviesen a llevarlo a cabo). Se imaginaban un terreno eficientemente urbanizado, en condiciones idílicas, en cualquiera de los espacios disponibles en el desierto, con un equipo eficiente de seguridad a cargo de muchas "Patris" norteamericanas, con hoteles, bares, restaurantes y administración, todo manejado por mujeres, a ser posible lesbianas, y a docenas o centenares de prostitutas dulces, educadas y hábiles (todas lesbianas) que atenderían a los caballeros que llegarían constantemente del mundo entero buscando algo único a precios razonablemente altos. ¡Menuda mierda para las "señoritas feministas" (como gustaba de llamarlas), cuyos machos ahora podrían encontrar placer intenso y feminidad completa a precios competitivos!
Por el salario mensual de un obrero no cualificado yankee, un hombre podría estar durante una hora con una chica dulce y preciosa en cuyos ojos no vería desprecio, ni indiferencia ni malicia, que le haría esto y lo otro, que lo encantaría con sus besos, que le acariciaría con palabras amables y medidas, que sería dedicada, humilde y sumisa, y que le daría un placer perfecto, concentrado y redondo. Sería el fin del romance heterosexual. El fin del matrimonio. El fin de todo. El comienzo de todo...
Las chicas podrían acudir a subastar su virginidad a altísimos precios. Las prostitutas endurecidas harían cursos para reconducir su comportamiento erróneo. Las limpiadoras o administrativas contratadas se elegirían entre mujeres atractivas... a sabiendas de que en poco tiempo la mayoría iba a decirse que por qué no, por qué no ganar un millón de dólares en un año si estaba ahí, tan cerquita, a su alcance. Crecerían. Surgiría una franquicia... El mundo no volvería a ser el mismo.
Pero solo puso una página de todo esto, como una anécdota fantasiosa...
En septiembre llevaron el manuscrito a la editorial y en noviembre del 2010 ya estaba en las librerías. Llegó entonces una nueva etapa de promoción y apariciones en los medios. Enseguida consideraron que ella era un buitre más de la crisis y recibió el esperado aluvión de críticas feministas negativas y furibundas. Pero Estrella ya no esperaba nada de las feministas. Las "señoritas feministas". Ni de las lesbianas, las "del uno por ciento", como gustaba también de llamarlas. ¿Y cómo la llamaban a ella?, pues "la puta", claro está. Ya había dejado de molestarle, porque, finalmente, tenía a sus amigas, sus buenas amigas que eran personas de calidad: Laurie, Li, Angie, Hanna... Y las otras amigas, las más queridas y próximas. No estaba sola y nadie la convencería nunca de que se equivocaba. Y su madre estaba muerta.
A primeros del año siguiente quedó claro que se trataba de su mayor éxito. El libro estaba vendiéndose y, sumando todos sus libros, ahora resultaba que Estrella Morán había resultado más o menos rentable como fenómeno editorial. Había perdido con la mayoría de sus libros, pero siempre había ingresado algo y ahora había tenido un éxito que compensaba los anteriores fracasos. Más puta que lesbiana, al final. La comunidad lésbica no la había querido como profetisa, pero como prostituta siempre había sido la mejor.
Todo el año 2011 estuvo defendiendo su libro. Abrió un sitio web por el cual se pusieron en contacto con ella chicas que lo habían leído y que aseguraban estar usando los métodos que proponía. La mayoría no eran fraudes, y tuvo más tarde algunos encuentros con ellas. En realidad, todo aquel año aquellas entrevistas con chicas que se prostituían le resultaron entretenidas y llenas de contenido humano (social, psicológico, antropológico). Tenía edad para ser la madre de todas ellas. Incluso le proponían que se convirtiese en madame. Les explicaba que no necesitaba dinero, que ya era rica porque había ahorrado. En su libro había dedicado un capítulo entero al tema del ahorro: ser prostituta sin ahorrar no tiene sentido. Hacerlo "para salir del paso" es un error, y hacerlo para pagarse los estudios... depende de cómo se haga (con la mayor discreción posible).
No envidiaba a sus "alumnas". La prostitución, estigmatizada o no, aunque emocionante y nada aburrida, es también una actividad cansada y triste, no exenta de riesgos, por mucho que se tomen precauciones inteligentes. Tal como ella lo veía, lo triste no era tanto que no fuese sexo con amor (no concebía el amor con hombres), sino que se trataba de utilizar el sexo de pago como forma de desahogar la triste necesidad que la mujer tenía del macho. Así se había hecho mujer. No siendo una andrófila, no una mujer que cayese en la desgracia de amar a los hombres (si quieres amor, cómprate un perro), sin embargo casi todas las mujeres necesitan algo de macho. Necesitan ser utilizadas, penetradas, utilizadas, folladas. Soy una mujer. Soy una mujer y necesito amor y necesito hombre, por ese orden y nunca al mismo tiempo, ése era el mensaje, y la prostitución podía satisfacer el segundo deseo. A veces.
Por lo demás, las chicas que conoció a raíz del libro, en realidad, no le gustaron. La mayoría eran vulgares, taimadas, agresivas, fulanescas. Las demás parecían unas infelices. Muy pocas eran realmente atractivas y en sus encuentros con ellas vivió momentos desagradables porque muchas se sintieron maltratadas debido a que Estrella no podía disimular lo poco interesantes que las encontraba.
Quizá era ya hora de reconstruir todos sus recuerdos, de ponerlos en orden. Confundía cosas, lugares y personas. Incluso situaciones que creía recordar muy bien luego resultaba que tampoco se habían producido como a primera vista pensaba que fueron.
Prostituta, lesbiana, escritora, intelectual, aventurera Personaje extravagante, en todo caso. Modelo para nadie, pero quizá enseñanza para muchas
En abril de aquel 2011 recibió una llamada de su agente. Decía que el manual de la buena puta había ido tan bien que era una tontería no aprovechar la cresta de la ola para sacar el otro libro, su autobiografía. ¿Por qué esperar a 2017?
Ciertamente, tampoco había por qué esperar. ¿Dejar algo por hacer más adelante, por temor a aburrirse? ¿Y si podía vivir tan ricamente sin hacer nada? En el fondo, temía a la vejez y tal vez hubiera de concentrarse a fondo para organizar su vida "tras los 55". Si iba a vivir una larga ancianidad (hasta los noventa o cien años) estaba claro que esa "segunda vida" no podía basarse más en sus sueños de escritora. Era mejor entonces escribirlo todo antes. Mientras más diferente fuera a ser su "segunda vida", tanto más valiosa sería como experiencia completa. No escribiría más, no más "vida pública".
Lo consultó con Puri y dijo que de acuerdo.
Así que antes del verano ya estaba en marcha la autobiografía, y casi enseguida encontró el título: Vida de una puta feminista.
Fue una oportunidad para estrechar su amor con Puri, porque juntas, incluso con lápiz y papel, fueron organizando una cronología, asignando episodios, acontecimientos, personajes. Aunque pensaba que se lo había contado todo a su compañera del alma, resultó que faltaban cosas. Se descubrían momentos, sentimientos. Los duros primeros meses de prostituta novata siempre volvían a aparecer como causa y origen de muchas de sus emociones más persistentes. Un trauma. Y los tres años en el piso de Madrid. Y su soledad en American City. Todo lo que vino después... Veinte años de libertad... Quizá los veinte años de "Villa Orchard" no justificaron el pasado. Pero fueron veinte años felices. ¿Verdad, mi amor?... hemos sido felices... ¿no lo ves tú así?
Y se abrazaban, sin besarse mucho, porque ya eran mujeres maduras, y Puri confirmaba que sí, que habían sido afortunadas y felices. En "Villa Orchard", la sirvienta virgen se había casado con la ama puta...
En el mundo exterior, las esperanzas de que la crisis económica iba a mejorar desaparecieron. El gobierno que había aprobado el matrimonio gay desapareció también con las esperanzas de recuperación económica, y volvieron los conservadores porque la crisis continuaba y la gente quería probar cualquier cosa (estaban desesperados). Crisis y más crisis. Ella estaba a salvo, como siempre lo había estado gracias a su sacrificio. De hecho, aprovechó la crisis para, venciendo su natural pereza, invertir en la adquisición de más apartamentos turísticos. Los precios habían bajado y redondeó el número de propiedades. De treinta y cuatro a cincuenta. Adquirió dieciséis apartamentos (la mayoría un poco más alejados, ya no en una zona turística tan frecuentada) a precios relativamente bajos. Fueron unas cuatro operaciones, al término de las cuales se había hipotecado con mínimo riesgo. De hecho, la mitad de los pagos estarían cubiertos con la rentabilidad que sacaría a los apartamentos, porque no había tanta crisis en Inglaterra, que era de donde venían sus clientes. En diez años lo tendría todo pagado. La diferencia de ingresos apenas se notaría. Propietaria de cincuenta apartamentos. Y de una empresa que gestionaba el doble de ese número en total. Más sus otras propiedades. Y daba trabajo a siete personas. Y era profesora de inglés. Y escritora... aunque no de prestigio.
Todo tenía sentido. Siempre tenía sentido. Y, sin embargo, lo que había hecho, aunque salvó su vida, la condenó a la infamia. La tristeza de su madre, la tristeza con la que había muerto, pese al esplendor de los árboles del "Orchard", era la prueba de ello. No era raro que a veces se sorprendiera satisfecha de tener todo su dinero, sus propiedades inmobiliarias, su seguridad económica, su vida ociosa. Y bien: tengo todo esto. Si hubiera sido "buena" no habría tenido nada. Una vida desgraciada como la de su madre. La sociedad fue injusta con ella, condenándola, siendo una chica buena, a la pobreza y la humillación del fracaso en los estudios del cual no tenía ninguna culpa (los psicólogos psicometristas lo habían confirmado: su cerebro solo funcionaba de cierta manera, su fracaso académico era inevitable). La habían arrinconado. Reaccionó bien. Fuera por casualidad, por desesperación o por sus propias flaquezas en la vida social, al final lo consiguió: ganó dinero, estatus social, experiencias únicas y el lesbianismo. Ganó. Ahora había crisis, y ella estaba a salvo e incluso especulando a su favor. Ganó. Qué alivio. Por eso el dinero es tan importante.
En el sitio web seguían las consultas y los insultos. En Málaga acudió a algunos actos sobre el libro en el que enseñaba a las jóvenes cómo prostituirse, que llevaba ya cien mil ejemplares vendidos. La mayoría de los compradores eran tipos que querían pasar el rato, excitarse con los detalles picantes, que no faltaban, quizá precisamente por el tono serio con el que estaba escrito todo La misma técnica que ella utilizó para hacerse rica entonces. Una chica tan seria y tan educada, tan humilde, servil y, a la vez, culta y sensible. Una combinación única. Pudo haber hecho mucho más dinero del que hizo.
Con el novio siguió acudiendo a conocer los clubs de lectura de la ciudad. Eran cosas bastante tontas, para gente de barrio, muchas mujeres ociosas con gustos tipo Isabel Allende, pero le permitía hablar y hablar. No se peleaban con ella como las feministas y resultaba fácil impresionarles. Además, le servían para calibrar cómo se aceptaría el libro de su vida.
Durante el verano se fue a hacer una gira europea. Reencontró viejas amistades, que le parecieron increíblemente envejecidas. Conoció a algunas personas jóvenes y Puri y ella apenas tuvieron sexo con nadie más. En realidad, fue un viaje muy turístico. De ver monumentos, museos. En Londres invitaron a la hermana y se reencontraron con Li, que no había olvidado el español. Tres o cinco mujeres de mediana edad paseando y charlando y chismorreando por la gran ciudad llena de turistas. Su belleza ya no llamaba la atención. Atraía a hombres de edad, y a los tipos que están dispuestos a todo. Era una elegante mujer madura. Pero solo eso. Y no lo sería durante mucho tiempo más. Le esperaba la ancianidad, la segunda vida.
En septiembre le pidió a Puri que le dejara ir sola a ver a Angie. A Puri no le gustó, pero lo aceptó. Era la primera vez que la excluía deliberadamente.
Angie estaba en el Medio Oeste, en el campo, un lugar muy bonito. Allí vivía con su novia jovencita. Estaba muy guapa, pero ya no se notaba tanta diferencia de edad entre ellas. Hacía casi veinte años que se habían conocido.
Estuvieron paseando solas por un bosque y entonces tuvieron una charla profunda. Stella se daba cuenta de que Angie había sido la mujer de su vida. Que podía haberlo sido. Angie admitió que nadie le había influido tanto como ella. Pero tal vez, si se hubiera quedado con Angie, hubiera acabado decepcionándola...
Cuando se despidieron, las dos concluyeron que la vida incluye equivocaciones, y que no hay que amargarse por ello. Ya era tarde para las dos, pero bueno era haberlo sabido. Y no eran desgraciadas.
A su regreso a Málaga se lo contó a Puri, que por primera vez lloró y rabió, a pesar de que Estrella le aseguró -y de su franqueza no se podía dudar- que deliberadamente había excluido tener relaciones sexuales con Angie. El malhumor les duró hasta Navidad, y aunque no llegaron a discutir, les llevó tiempo madurar aquellos sentimientos nuevos. Las hermanas respectivas no pudieron entender lo que pasaba. Hubo una cosa buena que salió de ello: los emails que intercambiaba con Angie cobraron entonces un valor especial. Angie ya no era solo una de sus grandes amigas, como Laurie y Hanna. Ahora Angie era su gran amor, su alma gemela. No le ocultaba nada a Puri, y la esposa comprendió que estaba satisfecha con que, al fin y al cabo, era con ella con la que su esposa se acostaba. De hecho, a punto de cumplir los cincuenta, Estrella ya no tenía mucho interés en las experiencias sexuales. El apetito no le había desaparecido pero la cosa se limitaba a que se masturbaban juntas (la una a la otra). Todos los días. Antes se bañaban y después hacían el amor. Ahora se masturbaban la una a la otra y se duchaban después.
Pero con Angie había alcanzado la intimidad final. Espiritual. Platónica, si se quería. Angie era la auténtica novelista. Y era inteligente y valiente. No tenía cosas raras en el cerebro, como lo que fuese que había hecho fracasar a Estrella en los estudios. Angie era normal. Era una mujer buena, inteligente, valiente y normal. Puri leía a veces aquellos emails, si bien no dominaba mucho el inglés escrito: Estrella se los traducía. Puri se conformaba con ser la esposa y con que Estrella le fuese fiel. Aceptaba su inferioridad intelectual o artística o lo que fuese. Al fin y al cabo, Estrella también había aceptado su relativo fracaso como escritora. El relativo fracaso de su cerebro. Pobre sororidad: de haber sido Estrella más intelectualmente perfecta, habría salvado a muchas, a todas. A la humanidad entera. Hubiera sido la primera profetisa, la primera mesías femenina. Angie quizá llegara a ganar el Pulitzer, pero nunca habría podido hacerlo. Tal vez una combinación genética futura permitiera la aparición de aquella mujer que ni Angie ni Estrella habían podido llegar a ser.
Aquellos meses de primeros del 2012 siguió dedicándolos a escribir la autobiografía de Estrella: Vida de una puta feminista. Aprovechó para hacerse una nueva operación. Tras él, su rostro pareció un poco diferente, pero los ojos no cambiaron. Gracias a aquel retoque, la distancia que suponía la edad entre las dos esposas se acortó. Tampoco le toleraba mucho a la otra que se descuidara.
Puri no dejaba de hacerle preguntas para conocer con detalle los años anteriores. Sobre todo el periodo de su caída en el fango, de mayo de 1983 a junio de 1986. Estrella había perdido algunos de sus diarios, de sus antiguas cartas. Algunos acontecimientos no los recordaba bien. Qué fue antes y qué fue después.
Para su cumpleaños, el libro estaba listo, y para noviembre de 2012, cuando todavía se estaba vendiendo el Manual de la buena puta, salió a las librerías la otra puta, la "feminista". Se vendió bien, pero no tan bien como el manual. Era más divertido, más literariamente exigente y los críticos opinaron de forma desigual. Pero todos admitieron el libro como libro: entró dentro de la literatura, ocupó su lugar.
Ahora ya se sabía todo. Esta vez, sin embargo, no fue a las teles. Concedió alguna entrevista si se la pidieron, sobre todo a la prensa de papel, pero estaba harta de la tele, de las discusiones, el griterío.
Cuando llegó el año 2013 le apeteció llevarse a Puri al invierno norteamericano. Estuvieron de nuevo con Angie, que había fracasado con su última novela. Puree se sintió cómoda por ese fracaso. Angie siempre era buena y humilde con ella, pero en esta ocasión no se trataba de una consecuencia de su grandeza (o santidad) sino de su perceptible abatimiento. A Stella le gustó mostrarse cariñosa con las dos. Hasta durmieron juntas las tres, aunque no hicieron nada sexualmente. Las dos eran buenas. La sororidad existió de nuevo en aquel momento.
Suponía que ya solo le quedaba terminar de vivir, y terminar bien. Casi tenía ganas de que llegara el año 2017, sus 55 años, y cortarse el pelo y todo el ritual que había ideado. Igual podía escribir algo sobre eso. Le quedaban unos cuantos años de madurez activa. Todavía recibía amistades e incluso hacía amistades nuevas. Ya no contendía por alcanzar la excelencia de profetisa o escritora. Incluso le divertía ser honrada por personas sencillas que la respetaban simplemente porque había publicado unos cuantos libros. O, simplemente, porque era rica y todavía era bella.
Como entretenimiento, se puso aquel año a escribir las fantasías que nunca se atrevió a hacer. La gente no solía creer que ella fuese tímida y timorata. Pero era verdad. Nunca o casi nunca había ligado. Nunca se había lanzado a por una de las muchachitas inocentes que habían simpatizado con ella durante sus viajes. Así que fantaseó con esas cosas, con haber sido una especie de vampiresa o reina de las hadas.
Algo de eso salía en la novela de Angie (lo había sugerido Estrella). Lo de tener esclavas. Le hubiera encantado. Puri le dijo que ella hubiera aceptado ser su esclava, pero Estrella nunca se atrevió a pedírselo. Incluso hubiera podido retener a Guenia mostrándose más dominante. Le dio demasiada libertad y se escapó. Lo último que supo de ella es que se había perdido en Alemania o más lejos, divorciándose también del primo que se la había quitado.
Quizá por eso no había funcionado lo de la sororidad. Las mujeres, en el fondo, gustan de ser dominadas. Brutalizadas por el macho, sí, pero, además, ser dominadas por hombre o por mujer.
Le había dado demasiadas vueltas a todo eso. Lo que escribía ahora no iba a publicarse nunca. Al menos, le seguía mandando ideas a Angie.
Durante el verano del 2013 volvieron a viajar. El verano anterior se habían quedado por casa. Esta vez fueron un montón en el viaje. Se llevó a la hermana, a la otra hermana y al novio (éste solo un mes, porque tenía que cuidar del negocio). Fueron a América del Sur, a Argentina, donde estaba comenzando la primavera. Después viajaron a Norteamérica otra vez. Otra visita a Angie, y regreso. Y entonces surgió un último proyecto.
Estrella era consciente de que posicionarse una vez más "a favor de la prostitución" significaba ganarse el desprecio y el odio de la inmensa mayoría de feministas. Pero ya no le quedaba nada que perder en ese sentido. Y estaba convencida de que la razón estaba de su parte, y de que alguna vez se la reconocería como una precursora.
Ya tenía, pues, otra tarea por delante. Fue algo que se estuvieron planteando durante varias semanas. Un nuevo proyecto. Comprendió que tenía que informarse y que no bastaba con su experiencia personal de los años ochenta del siglo anterior. Los tiempos habían cambiado. No solo que todo se hacía ahora por Internet, sino también que los gustos sexuales y el enfoque de la sempiterna estigmatización habrían cambiado en veinte años. Ahora, por ejemplo, había muchas ex prostitutas que contaban sus experiencias en libros. Y era mucho más común que antes que aparecieran prostitutas como personajes de ficción (sobre todo en el medio audiovisual). Una vez vio a una "madame" por la tele diciendo que una película como "Pretty Woman" (posterior a su época, por cierto) había hecho mucho daño a las chicas, porque les había metido en la cabeza muchas fantasías tontas. La película era una completa estupidez, desde luego, pero Estrella pensaba en las putas que conoció durante su aprendizaje, y no le extrañaba que hubiera quien se creyera esas cosas. Evidentemente, el personaje que interpretaba el guaperas Richard Gere lo que representaba no era tanto un "príncipe azul" como un chulo.
Puri en ningún momento mostró disgusto porque quisiera volver sobre ese viejo tema que, en el fondo, la hundía más en la marginalidad. Se daba cuenta de que Estrella sabía que ya no iba a cambiar el mundo y que, en cierto modo, deseaba justificarse. Aparentemente, Puri se creía todos los argumentos de su esposa. Estrella también se los creía. Quizá no era tan inteligente. Ciertamente, su inteligencia estaba muy limitada por arriba, por abajo y por los lados. Tal vez nunca llegara a saber en qué consistía. No poseería nunca una inteligencia inequívoca, como la de todas sus otras amigas, las buenas estudiantes, las que sabían hacer cosas. Ser prostituta y buena en la cama no era una cosa. No poseía nada aparte de un montón de mal ganado dinero. Solo quedaban sus rarezas.
Hicieron varios viajes a Madrid. Con Patri y Toñi revivieron recuerdos. Patri pensaba que en lugar de escribir un "manual" debía contar la historia de su vida. Ella dijo que lo haría en el año 2017, el año que había fijado para su metamorfosis (cuando iba a cortarse el pelo, quitarse las tetas y todo eso). De momento, quería hacer una obra que tuviera una utilidad práctica para que cualquier chica que se lo planteara pudiese acceder a esa opción.
Al explicarles el estilo de servicios sexuales que la llevó al triunfo económico, Patri observó que no recordaba que entonces lo hubiera organizado con tanto detalle. Estrella se extrañó, porque creía haberlo hecho. Pero había pasado mucho tiempo. Patri sí recordaba algunas cosas, como que se ofrecía a los clientes como "la esclava de un rey", aunque, por ejemplo, no recordaba que ella inicialmente se dirigiera a ellos tratándolos "de usted". Admitió que, por teléfono, cuando llamaban preguntando por su oferta, sí recordaba que Estrella les hablaba "de usted", aunque lo más notable siempre era su tono de voz, delicado y sin doblez, como el de la telefonista de un hotel de lujo. Cuando contrató a Mari como telefonista le enseñó a imitar ese tono y atenerse a una serie de fórmulas preconcebidas: en poco tiempo la nueva empleada aprendió a hacerlo de forma automática y eficiente.
Le dijo a Patri que quería reivindicarse a sí misma. Mencionó algunos sabios, psicólogos, filósofos, que apoyaban su postura. Lo que había hecho no había sido algo malo. No había sido malo para ella (¡menuda vida de desgraciada habría llevado si no hubiera ahorrado dinero de la única forma posible!). Y, en cuanto a que hubiera permitido extender las libertades y hacer retroceder los prejuicios, también habría sido algo bueno para todo el mundo.
Patri, persona prudente, sin embargo, ante Elena, ante Toñi y ante Puri, proclamó, con una seriedad inapelable, que "Estrella es más inteligente que todas nosotras juntas" y que, en consecuencia "estaba de acuerdo en todo con ella". No había ironía en el tono de voz. Patri apelaba a un tipo de inteligencia no convencional, a una inteligencia sin duda no práctica y nada convincente, pero que ella reverenciaba porque la amistad, los años, le habrían dado la sabiduría. Patri siempre había sido un poco condescendiente con Estrella, a la vez que levemente admirativa y un tanto crítica desde su reserva que cualquier otra hubiera considerado ofensiva. Ahora, sin embargo, parecía rendirse ante ella. Pero lo hacía de una forma tan resignada que casi parecía una despedida: ¿por qué me pide consejo?
Ahí quedó todo. Toñi sonrió con cariño. Elena reconoció que nunca habían sido enemigas.
Después trataron con algunas agencias de citas (proxenetas) y se pusieron en contacto con chicas que se ofrecían por Internet. Fue divertido. En una ocasión se ofreció ella misma, como espectacular mujer madura y famosa escritora en apuros por la crisis inmobiliaria. También llamaron a chicas como clientas y hablaron con ellas en esa situación altamente coactiva, muy diferente a cuando se queda en un café.
Estas visitas a Madrid duraron hasta el verano y todo resultó bastante entretenido. Sobre todo para Puri que, al fin y al cabo, era una virgen.
Aquel verano no viajaron y Estrella estuvo escribiendo el libro que se llamaría Manual de la buena puta. En ningún otro libro Puri le fue de tanta ayuda. A veces incluso recurrían al novio de Sofía que era un hombre, aunque nunca había recurrido a la prostitución. Aportaba su punto de vista masculino. Estrella, por primera vez, y gracias a las relaciones de parentesco, tenía un hombre amigo, bien rodeado de mujeres (esposa y cuñada). Era inteligente y escéptico, y muchas de sus opiniones valía la pena que se considerasen seriamente. Fue en aquella época que él se ganó finalmente su confianza.
Puesto que el libro lo escribía en español, sin duda se trataba de un manual de orientación para las chicas españolas (o extranjeras que se prostituían en España) pero, por si acaso, y puesto que vivían en un mundo global, incluyó cosas que había conocido gracias a la carrera como prostituta de Angie, la ya prestigiosa novelista norteamericana. Entre las muchas cosas que hablaron en la época en que vivieron juntas en Los Ángeles estuvo la planificación de una organización-empresa-cooperativa de prostitutas lesbianas que hubiera podido establecerse en Nevada, en los condados donde la prostitución es legal. Hubiera necesitado mucha inversión y un control muy estricto, pero durante unas semanas les divirtió planificarlo (y a Puri le entró miedo de que se atreviesen a llevarlo a cabo). Se imaginaban un terreno eficientemente urbanizado, en condiciones idílicas, en cualquiera de los espacios disponibles en el desierto, con un equipo eficiente de seguridad a cargo de muchas "Patris" norteamericanas, con hoteles, bares, restaurantes y administración, todo manejado por mujeres, a ser posible lesbianas, y a docenas o centenares de prostitutas dulces, educadas y hábiles (todas lesbianas) que atenderían a los caballeros que llegarían constantemente del mundo entero buscando algo único a precios razonablemente altos. ¡Menuda mierda para las "señoritas feministas" (como gustaba de llamarlas), cuyos machos ahora podrían encontrar placer intenso y feminidad completa a precios competitivos!
Por el salario mensual de un obrero no cualificado yankee, un hombre podría estar durante una hora con una chica dulce y preciosa en cuyos ojos no vería desprecio, ni indiferencia ni malicia, que le haría esto y lo otro, que lo encantaría con sus besos, que le acariciaría con palabras amables y medidas, que sería dedicada, humilde y sumisa, y que le daría un placer perfecto, concentrado y redondo. Sería el fin del romance heterosexual. El fin del matrimonio. El fin de todo. El comienzo de todo...
Las chicas podrían acudir a subastar su virginidad a altísimos precios. Las prostitutas endurecidas harían cursos para reconducir su comportamiento erróneo. Las limpiadoras o administrativas contratadas se elegirían entre mujeres atractivas... a sabiendas de que en poco tiempo la mayoría iba a decirse que por qué no, por qué no ganar un millón de dólares en un año si estaba ahí, tan cerquita, a su alcance. Crecerían. Surgiría una franquicia... El mundo no volvería a ser el mismo.
Pero solo puso una página de todo esto, como una anécdota fantasiosa...
En septiembre llevaron el manuscrito a la editorial y en noviembre del 2010 ya estaba en las librerías. Llegó entonces una nueva etapa de promoción y apariciones en los medios. Enseguida consideraron que ella era un buitre más de la crisis y recibió el esperado aluvión de críticas feministas negativas y furibundas. Pero Estrella ya no esperaba nada de las feministas. Las "señoritas feministas". Ni de las lesbianas, las "del uno por ciento", como gustaba también de llamarlas. ¿Y cómo la llamaban a ella?, pues "la puta", claro está. Ya había dejado de molestarle, porque, finalmente, tenía a sus amigas, sus buenas amigas que eran personas de calidad: Laurie, Li, Angie, Hanna... Y las otras amigas, las más queridas y próximas. No estaba sola y nadie la convencería nunca de que se equivocaba. Y su madre estaba muerta.
A primeros del año siguiente quedó claro que se trataba de su mayor éxito. El libro estaba vendiéndose y, sumando todos sus libros, ahora resultaba que Estrella Morán había resultado más o menos rentable como fenómeno editorial. Había perdido con la mayoría de sus libros, pero siempre había ingresado algo y ahora había tenido un éxito que compensaba los anteriores fracasos. Más puta que lesbiana, al final. La comunidad lésbica no la había querido como profetisa, pero como prostituta siempre había sido la mejor.
Todo el año 2011 estuvo defendiendo su libro. Abrió un sitio web por el cual se pusieron en contacto con ella chicas que lo habían leído y que aseguraban estar usando los métodos que proponía. La mayoría no eran fraudes, y tuvo más tarde algunos encuentros con ellas. En realidad, todo aquel año aquellas entrevistas con chicas que se prostituían le resultaron entretenidas y llenas de contenido humano (social, psicológico, antropológico). Tenía edad para ser la madre de todas ellas. Incluso le proponían que se convirtiese en madame. Les explicaba que no necesitaba dinero, que ya era rica porque había ahorrado. En su libro había dedicado un capítulo entero al tema del ahorro: ser prostituta sin ahorrar no tiene sentido. Hacerlo "para salir del paso" es un error, y hacerlo para pagarse los estudios... depende de cómo se haga (con la mayor discreción posible).
No envidiaba a sus "alumnas". La prostitución, estigmatizada o no, aunque emocionante y nada aburrida, es también una actividad cansada y triste, no exenta de riesgos, por mucho que se tomen precauciones inteligentes. Tal como ella lo veía, lo triste no era tanto que no fuese sexo con amor (no concebía el amor con hombres), sino que se trataba de utilizar el sexo de pago como forma de desahogar la triste necesidad que la mujer tenía del macho. Así se había hecho mujer. No siendo una andrófila, no una mujer que cayese en la desgracia de amar a los hombres (si quieres amor, cómprate un perro), sin embargo casi todas las mujeres necesitan algo de macho. Necesitan ser utilizadas, penetradas, utilizadas, folladas. Soy una mujer. Soy una mujer y necesito amor y necesito hombre, por ese orden y nunca al mismo tiempo, ése era el mensaje, y la prostitución podía satisfacer el segundo deseo. A veces.
Por lo demás, las chicas que conoció a raíz del libro, en realidad, no le gustaron. La mayoría eran vulgares, taimadas, agresivas, fulanescas. Las demás parecían unas infelices. Muy pocas eran realmente atractivas y en sus encuentros con ellas vivió momentos desagradables porque muchas se sintieron maltratadas debido a que Estrella no podía disimular lo poco interesantes que las encontraba.
Quizá era ya hora de reconstruir todos sus recuerdos, de ponerlos en orden. Confundía cosas, lugares y personas. Incluso situaciones que creía recordar muy bien luego resultaba que tampoco se habían producido como a primera vista pensaba que fueron.
Prostituta, lesbiana, escritora, intelectual, aventurera Personaje extravagante, en todo caso. Modelo para nadie, pero quizá enseñanza para muchas
En abril de aquel 2011 recibió una llamada de su agente. Decía que el manual de la buena puta había ido tan bien que era una tontería no aprovechar la cresta de la ola para sacar el otro libro, su autobiografía. ¿Por qué esperar a 2017?
Ciertamente, tampoco había por qué esperar. ¿Dejar algo por hacer más adelante, por temor a aburrirse? ¿Y si podía vivir tan ricamente sin hacer nada? En el fondo, temía a la vejez y tal vez hubiera de concentrarse a fondo para organizar su vida "tras los 55". Si iba a vivir una larga ancianidad (hasta los noventa o cien años) estaba claro que esa "segunda vida" no podía basarse más en sus sueños de escritora. Era mejor entonces escribirlo todo antes. Mientras más diferente fuera a ser su "segunda vida", tanto más valiosa sería como experiencia completa. No escribiría más, no más "vida pública".
Lo consultó con Puri y dijo que de acuerdo.
Así que antes del verano ya estaba en marcha la autobiografía, y casi enseguida encontró el título: Vida de una puta feminista.
Fue una oportunidad para estrechar su amor con Puri, porque juntas, incluso con lápiz y papel, fueron organizando una cronología, asignando episodios, acontecimientos, personajes. Aunque pensaba que se lo había contado todo a su compañera del alma, resultó que faltaban cosas. Se descubrían momentos, sentimientos. Los duros primeros meses de prostituta novata siempre volvían a aparecer como causa y origen de muchas de sus emociones más persistentes. Un trauma. Y los tres años en el piso de Madrid. Y su soledad en American City. Todo lo que vino después... Veinte años de libertad... Quizá los veinte años de "Villa Orchard" no justificaron el pasado. Pero fueron veinte años felices. ¿Verdad, mi amor?... hemos sido felices... ¿no lo ves tú así?
Y se abrazaban, sin besarse mucho, porque ya eran mujeres maduras, y Puri confirmaba que sí, que habían sido afortunadas y felices. En "Villa Orchard", la sirvienta virgen se había casado con la ama puta...
En el mundo exterior, las esperanzas de que la crisis económica iba a mejorar desaparecieron. El gobierno que había aprobado el matrimonio gay desapareció también con las esperanzas de recuperación económica, y volvieron los conservadores porque la crisis continuaba y la gente quería probar cualquier cosa (estaban desesperados). Crisis y más crisis. Ella estaba a salvo, como siempre lo había estado gracias a su sacrificio. De hecho, aprovechó la crisis para, venciendo su natural pereza, invertir en la adquisición de más apartamentos turísticos. Los precios habían bajado y redondeó el número de propiedades. De treinta y cuatro a cincuenta. Adquirió dieciséis apartamentos (la mayoría un poco más alejados, ya no en una zona turística tan frecuentada) a precios relativamente bajos. Fueron unas cuatro operaciones, al término de las cuales se había hipotecado con mínimo riesgo. De hecho, la mitad de los pagos estarían cubiertos con la rentabilidad que sacaría a los apartamentos, porque no había tanta crisis en Inglaterra, que era de donde venían sus clientes. En diez años lo tendría todo pagado. La diferencia de ingresos apenas se notaría. Propietaria de cincuenta apartamentos. Y de una empresa que gestionaba el doble de ese número en total. Más sus otras propiedades. Y daba trabajo a siete personas. Y era profesora de inglés. Y escritora... aunque no de prestigio.
Todo tenía sentido. Siempre tenía sentido. Y, sin embargo, lo que había hecho, aunque salvó su vida, la condenó a la infamia. La tristeza de su madre, la tristeza con la que había muerto, pese al esplendor de los árboles del "Orchard", era la prueba de ello. No era raro que a veces se sorprendiera satisfecha de tener todo su dinero, sus propiedades inmobiliarias, su seguridad económica, su vida ociosa. Y bien: tengo todo esto. Si hubiera sido "buena" no habría tenido nada. Una vida desgraciada como la de su madre. La sociedad fue injusta con ella, condenándola, siendo una chica buena, a la pobreza y la humillación del fracaso en los estudios del cual no tenía ninguna culpa (los psicólogos psicometristas lo habían confirmado: su cerebro solo funcionaba de cierta manera, su fracaso académico era inevitable). La habían arrinconado. Reaccionó bien. Fuera por casualidad, por desesperación o por sus propias flaquezas en la vida social, al final lo consiguió: ganó dinero, estatus social, experiencias únicas y el lesbianismo. Ganó. Ahora había crisis, y ella estaba a salvo e incluso especulando a su favor. Ganó. Qué alivio. Por eso el dinero es tan importante.
En el sitio web seguían las consultas y los insultos. En Málaga acudió a algunos actos sobre el libro en el que enseñaba a las jóvenes cómo prostituirse, que llevaba ya cien mil ejemplares vendidos. La mayoría de los compradores eran tipos que querían pasar el rato, excitarse con los detalles picantes, que no faltaban, quizá precisamente por el tono serio con el que estaba escrito todo La misma técnica que ella utilizó para hacerse rica entonces. Una chica tan seria y tan educada, tan humilde, servil y, a la vez, culta y sensible. Una combinación única. Pudo haber hecho mucho más dinero del que hizo.
Con el novio siguió acudiendo a conocer los clubs de lectura de la ciudad. Eran cosas bastante tontas, para gente de barrio, muchas mujeres ociosas con gustos tipo Isabel Allende, pero le permitía hablar y hablar. No se peleaban con ella como las feministas y resultaba fácil impresionarles. Además, le servían para calibrar cómo se aceptaría el libro de su vida.
Durante el verano se fue a hacer una gira europea. Reencontró viejas amistades, que le parecieron increíblemente envejecidas. Conoció a algunas personas jóvenes y Puri y ella apenas tuvieron sexo con nadie más. En realidad, fue un viaje muy turístico. De ver monumentos, museos. En Londres invitaron a la hermana y se reencontraron con Li, que no había olvidado el español. Tres o cinco mujeres de mediana edad paseando y charlando y chismorreando por la gran ciudad llena de turistas. Su belleza ya no llamaba la atención. Atraía a hombres de edad, y a los tipos que están dispuestos a todo. Era una elegante mujer madura. Pero solo eso. Y no lo sería durante mucho tiempo más. Le esperaba la ancianidad, la segunda vida.
En septiembre le pidió a Puri que le dejara ir sola a ver a Angie. A Puri no le gustó, pero lo aceptó. Era la primera vez que la excluía deliberadamente.
Angie estaba en el Medio Oeste, en el campo, un lugar muy bonito. Allí vivía con su novia jovencita. Estaba muy guapa, pero ya no se notaba tanta diferencia de edad entre ellas. Hacía casi veinte años que se habían conocido.
Estuvieron paseando solas por un bosque y entonces tuvieron una charla profunda. Stella se daba cuenta de que Angie había sido la mujer de su vida. Que podía haberlo sido. Angie admitió que nadie le había influido tanto como ella. Pero tal vez, si se hubiera quedado con Angie, hubiera acabado decepcionándola...
Cuando se despidieron, las dos concluyeron que la vida incluye equivocaciones, y que no hay que amargarse por ello. Ya era tarde para las dos, pero bueno era haberlo sabido. Y no eran desgraciadas.
A su regreso a Málaga se lo contó a Puri, que por primera vez lloró y rabió, a pesar de que Estrella le aseguró -y de su franqueza no se podía dudar- que deliberadamente había excluido tener relaciones sexuales con Angie. El malhumor les duró hasta Navidad, y aunque no llegaron a discutir, les llevó tiempo madurar aquellos sentimientos nuevos. Las hermanas respectivas no pudieron entender lo que pasaba. Hubo una cosa buena que salió de ello: los emails que intercambiaba con Angie cobraron entonces un valor especial. Angie ya no era solo una de sus grandes amigas, como Laurie y Hanna. Ahora Angie era su gran amor, su alma gemela. No le ocultaba nada a Puri, y la esposa comprendió que estaba satisfecha con que, al fin y al cabo, era con ella con la que su esposa se acostaba. De hecho, a punto de cumplir los cincuenta, Estrella ya no tenía mucho interés en las experiencias sexuales. El apetito no le había desaparecido pero la cosa se limitaba a que se masturbaban juntas (la una a la otra). Todos los días. Antes se bañaban y después hacían el amor. Ahora se masturbaban la una a la otra y se duchaban después.
Pero con Angie había alcanzado la intimidad final. Espiritual. Platónica, si se quería. Angie era la auténtica novelista. Y era inteligente y valiente. No tenía cosas raras en el cerebro, como lo que fuese que había hecho fracasar a Estrella en los estudios. Angie era normal. Era una mujer buena, inteligente, valiente y normal. Puri leía a veces aquellos emails, si bien no dominaba mucho el inglés escrito: Estrella se los traducía. Puri se conformaba con ser la esposa y con que Estrella le fuese fiel. Aceptaba su inferioridad intelectual o artística o lo que fuese. Al fin y al cabo, Estrella también había aceptado su relativo fracaso como escritora. El relativo fracaso de su cerebro. Pobre sororidad: de haber sido Estrella más intelectualmente perfecta, habría salvado a muchas, a todas. A la humanidad entera. Hubiera sido la primera profetisa, la primera mesías femenina. Angie quizá llegara a ganar el Pulitzer, pero nunca habría podido hacerlo. Tal vez una combinación genética futura permitiera la aparición de aquella mujer que ni Angie ni Estrella habían podido llegar a ser.
Aquellos meses de primeros del 2012 siguió dedicándolos a escribir la autobiografía de Estrella: Vida de una puta feminista. Aprovechó para hacerse una nueva operación. Tras él, su rostro pareció un poco diferente, pero los ojos no cambiaron. Gracias a aquel retoque, la distancia que suponía la edad entre las dos esposas se acortó. Tampoco le toleraba mucho a la otra que se descuidara.
Puri no dejaba de hacerle preguntas para conocer con detalle los años anteriores. Sobre todo el periodo de su caída en el fango, de mayo de 1983 a junio de 1986. Estrella había perdido algunos de sus diarios, de sus antiguas cartas. Algunos acontecimientos no los recordaba bien. Qué fue antes y qué fue después.
Para su cumpleaños, el libro estaba listo, y para noviembre de 2012, cuando todavía se estaba vendiendo el Manual de la buena puta, salió a las librerías la otra puta, la "feminista". Se vendió bien, pero no tan bien como el manual. Era más divertido, más literariamente exigente y los críticos opinaron de forma desigual. Pero todos admitieron el libro como libro: entró dentro de la literatura, ocupó su lugar.
Ahora ya se sabía todo. Esta vez, sin embargo, no fue a las teles. Concedió alguna entrevista si se la pidieron, sobre todo a la prensa de papel, pero estaba harta de la tele, de las discusiones, el griterío.
Cuando llegó el año 2013 le apeteció llevarse a Puri al invierno norteamericano. Estuvieron de nuevo con Angie, que había fracasado con su última novela. Puree se sintió cómoda por ese fracaso. Angie siempre era buena y humilde con ella, pero en esta ocasión no se trataba de una consecuencia de su grandeza (o santidad) sino de su perceptible abatimiento. A Stella le gustó mostrarse cariñosa con las dos. Hasta durmieron juntas las tres, aunque no hicieron nada sexualmente. Las dos eran buenas. La sororidad existió de nuevo en aquel momento.
Suponía que ya solo le quedaba terminar de vivir, y terminar bien. Casi tenía ganas de que llegara el año 2017, sus 55 años, y cortarse el pelo y todo el ritual que había ideado. Igual podía escribir algo sobre eso. Le quedaban unos cuantos años de madurez activa. Todavía recibía amistades e incluso hacía amistades nuevas. Ya no contendía por alcanzar la excelencia de profetisa o escritora. Incluso le divertía ser honrada por personas sencillas que la respetaban simplemente porque había publicado unos cuantos libros. O, simplemente, porque era rica y todavía era bella.
Como entretenimiento, se puso aquel año a escribir las fantasías que nunca se atrevió a hacer. La gente no solía creer que ella fuese tímida y timorata. Pero era verdad. Nunca o casi nunca había ligado. Nunca se había lanzado a por una de las muchachitas inocentes que habían simpatizado con ella durante sus viajes. Así que fantaseó con esas cosas, con haber sido una especie de vampiresa o reina de las hadas.
Algo de eso salía en la novela de Angie (lo había sugerido Estrella). Lo de tener esclavas. Le hubiera encantado. Puri le dijo que ella hubiera aceptado ser su esclava, pero Estrella nunca se atrevió a pedírselo. Incluso hubiera podido retener a Guenia mostrándose más dominante. Le dio demasiada libertad y se escapó. Lo último que supo de ella es que se había perdido en Alemania o más lejos, divorciándose también del primo que se la había quitado.
Quizá por eso no había funcionado lo de la sororidad. Las mujeres, en el fondo, gustan de ser dominadas. Brutalizadas por el macho, sí, pero, además, ser dominadas por hombre o por mujer.
Le había dado demasiadas vueltas a todo eso. Lo que escribía ahora no iba a publicarse nunca. Al menos, le seguía mandando ideas a Angie.
Durante el verano del 2013 volvieron a viajar. El verano anterior se habían quedado por casa. Esta vez fueron un montón en el viaje. Se llevó a la hermana, a la otra hermana y al novio (éste solo un mes, porque tenía que cuidar del negocio). Fueron a América del Sur, a Argentina, donde estaba comenzando la primavera. Después viajaron a Norteamérica otra vez. Otra visita a Angie, y regreso. Y entonces surgió un último proyecto.
miércoles, 29 de octubre de 2014
Capítulo 21. La muerte sin paz
Debido a la enfermedad de la madre, que iba lentamente a peor (apenas podía moverse ya), Estrella ya no recibía visitas ni viajaba ni hacía gran cosa aparte de apesadumbrarse. La cuidadora ucraniana no era suficiente y hubo que contratar a una mujer forzuda (una rumana) para mover a la enferma. Le daban calmantes. La ingresaron varias veces en la mejor clínica de Málaga.
Para el verano, con el calor, se convino que mejor era hospitalizarla para un tratamiento largo. Fue en la Costa, y Estrella tomó uno de sus propios pisos para vivir, abandonándose ya un poco "Villa Orchard", de una forma que presagiaba el abandono total por venir. La muerte de la madre se alargaba. Se trataba de que muriera lo más tarde posible y con el menor dolor posible, pero el cuerpo seguía pesándole demasiado a la pobre mujer y estaba cada vez más débil, de modo que, pese a los calmantes, el dolor estaba presente. Aquel dolor inútil.
Se gastaba mucho dinero (tenía mucho dinero) pero los resultados eran escasos. Aquel verano fue siniestro. Discutió con la hermana y casi con Puri. No escribió nada, ni siquiera leyó mucho.
Hablaba con la madre, y ella medio deliraba, recordaba, se apenaba. Se apenaba por su mala vida. Le reconocía a la hija, a veces, que ésta había mejorado en los últimos veinte años, cuando pudo librarse del marido, ¡pero a qué precio! Una y otra vez volvía al tema del sacrificio de su hija y de la vergüenza de su hija. Todo lo que había hecho Estrella, al final resultaba que había sido para nada. Habría sido más feliz si la hija fracasada en los estudios se hubiera casado con un albañil, hubiera engordado y le hubiera dado nietos.
El periodo de hospitalización, que incluía determinadas terapias de rehabilitación, continuó hasta fin del verano. El médico, que no rechazaba el dinero, pero que en el fondo parecía un poco harto, logró convencerla de que ya estaba lo suficientemente preparada para morir en casa sin dolor. No pasaría del invierno.
Las tres mujeres cuarentonas sentadas frente a él asintieron. Había que pensar en qué alegrías poder darle en esos últimos tres o cuatro meses.
El regreso a Villa Orchard fue un gran desbarajuste, de coches, de personal, de dinero que pagar a unos y a otros. Una enfermera, una sirvienta para la casa y una mujer forzuda para asistir a la enfermera. El médico vendría dos veces por semana.
En Villa Orchard, Estrella se organizó mejor para esperar la muerte de la madre. El huerto se abandonó casi por completo, después de constatar los efectos del descuido de los meses anteriores. Apenas un trocito para mantener verdura fresca. Los árboles se regaban, y a veces ni eso. Le decía a la hermana que se ocupara ella, y la hermana tenía las mismas pocas ganas que ella de hacer cualquier cosa. Estrella se conectaba a Internet, donde tenía un website sobre la sororidad, que no gozaba de mucho éxito. Veía series de televisión, enviaba emails a sus amigas. Volvía a leer. Hacía más deporte a fin de mantenerse como una atractiva cuarentona. Hacía el amor con Puri, pero con nadie más.
Incluso recibió algunas visitas. Le gustó tener a Hanna. La tuvo en la casa. Y también a Patri. A ambas las consideraba sus amigas más estables, las más serenas, a la altura de la muerte de una madre. Li permanecía más distanciada.
El día de su cumpleaños no hubo fiesta, pero sí una pequeña reunión en el huerto. Apenas un día por semana eran capaces de sacar a la madre para que viera los árboles, que a veces le gustaban, aunque se fatigaba enseguida y probablemente no tenía ocasión de darse cuenta de la decadencia generalizada de aquel huerto de frutales que tanto tiempo había necesitado para llegar a su esplendor, fugaz esplendor. La madre, inundada de calmantes, se pasaba casi todo el tiempo dormitando, con lo que al menos no se quejaba ya de dolor.
En la reunión del cumpleaños de la propietaria estuvo Sofía. Parecía más joven de lo que era, cuando tenía casi la misma edad que su hermana Puri. Les comentó que ahora tenía novio. Qué sorpresa. Nunca había tenido ninguno. Estrella tontamente la felicitó, pero todas se dieron cuenta de que en el fondo eso no era nada que mereciera celebración. ¿Por qué no se había hecho lesbiana? Era una especie de traición, pero Sofía era lo bastante inteligente para saber que contaba con la condescendiente simpatía de su cuñada. No era mala cosa que existiera cariño entre ambas. Al menos, en "Villa Orchard" sí funcionaba un poco "la sororidad".
Durante el otoño comentaban lo que se refería a la crisis económica que estaba comenzando. Esperaban que para el 2010 mejorase. Se había acabado el boom inmobiliario (pasó la oportunidad de sacar un fortunón vendiéndolo todo) pero permanecía la riqueza, de todas formas. Y los turistas seguirían alquilando los apartamentos en la Costa del Sol. Nunca había dejado de gustarle el dinero: contarlo, calcularlo. Daba lo mismo entregar a beneficencia cien mil o doscientos mil: lo importante era disponer de ese dinero, no tanto el gastarlo ni conservarlo.
La enfermera, la asistenta y la sirvienta no se llevaban bien. Había que cuidar de todo aquello. Por separado, parecían buenas, pero eran recelosas y, en el fondo, vulgares. Y ocupaban toda la casa. Solo amigas muy íntimas podían venir de visita. Tampoco estaban de humor para nada más.
¿Y el huerto? No perdía toda su belleza a pesar de que su función principal, el consolar a la anciana por la deshonra de su hija, ya la había perdido. Estrella descubrió que no sentía aprecio por aquellos árboles, de los que una vez había dicho que le parecían seres vivos -mentira, ganas de dársela de poeta. Puri era la única que seguía ocupándose un poco de ellos, pero había que pagar a gente, y recuperaron algo de dinero vendiendo los frutos. Lo que sí abandonaron fueron las verduras, salvo alguna lechuga y algún tomate.
Con todo, algo le seguía gustando de los frutales en la primavera y el verano: tumbarse en el suelo húmedo y mirar a través de las ramas. La luz, el verdor. Incluso aunque la belleza coincidiera con su sentir triste, su alegría animal persistía. Encontraba una contradicción entre su tristeza y el azul y el verde luminosos. "Villa Orchard" era un paraíso. Qué triste.
Algunos árboles estaban enfermos. Otros mal regados. Todos mal podados. Pero aún persistía la belleza. Aún la madre seguía viva.
Llegó el frío y la madre disfrutaba viendo el fuego en la chimenea. Esos ojos perdidos de la agonía, un poco estúpidos, un poco espirituales. Por Navidad se volvió más lúcida. Contó sobre abusos sexuales que había padecido en la infancia. Lo habitual: manoseos por parte de parientes varones. A veces traían de visita a la hermana y las sobrinas, las fanáticas religiosas. La prima Loli, su ídolo cuando niña, que le había dirigido tanto desprecio y condescendencia cuando supo que se había metido a puta... ahora se miraban la una a la otra como seres muy extraños y lejanamente hostiles. Se trataban educadamente. Ya no intentaba convertirla. Había dejado de intentarlo desde que se había hecho rica y, por tanto, poderosa.
También venía tía Reme, ya también casi inválida, y eso estaba mejor. Pero a veces las dos ancianas lloraban. Se acordaban del marido y casi parecía que lo echaban de menos. El pobre viejo. Estrella pensaba que él no había tenido una mala muerte.
La muerte de la madre estaba durando mucho. Las impacientaba, a su pesar. Cosas de la medicina moderna. Puri le decía que lo tomara como algo normal. Pero, de todas formas, a ella no se le ocurría mucho que pudiera hacer. Cuando muriera, harían un viaje, aunque fuera adonde siempre, a Alemania a ver a Hanna, a Inglaterra a ver a Laurie y a Li, a Norteamérica a ver a Angie Habían logrado hacer unas cuantas amigas, al fin y al cabo. Empezó a pensar que cuando la madre muriera ya no tendría motivo para seguir viviendo en España. Recordó que Marcus intentó convencerla de que trajera a su madre a los Estados Unidos, a Florida, donde todo el mundo hablaba español y la mujer no se sentiría sola. Una de las fórmulas que él probó para que ella no lo abandonara.
Llegó enero de 2009, otro año. Los árboles se quedaron pelados, sin fruta. El frío de la costa mediterránea, un frío leve, pero aun así incongruente. Parecía un buen momento para morir. Hospitalización. Renunciaron a podar los árboles.
Mamá no volvió a Villa Orchard. Murió en el hospital a primeros de febrero. Sin mucho dolor, a los 83 años de edad. Estrella incluso lloró en brazos de su hermano y la cerda de su cuñada.
En el fondo, tuvieron la honradez de considerarlo una liberación. Se la enterró en Marbella, ¿por qué no?, qué más daba. Unos pocos parientes, un poco de sacerdote. Ya está. Ya está.
Eso había de ser el fin de Villa Orchard. La casa, sin la madre, ya no tenía sentido. Se había comprado para ella. Para que tuviera un huerto y un orchard. Durante bastante tiempo la madre tuvo a una amiga, la ahora llorosa y decrépita tía Reme.
Además, la casa se quedaba desierta. Se iban los sirvientes, se llevaban y regalaban todos los accesorios para la asistencia de la anciana inválida. No tenía sentido vivir allí. Traía malos recuerdos. Además, tres mujeres solas y no queridas por los nativos (los vecinos pueblerinos, diferentes de la población residencial) podían estar incluso en peligro físico. Estrella sabía que la odiaban, y que la habían tolerado por la anciana porque, a su manera, aquellos seres un poco viles se mostraban compasivos con la pobre mujer, que era una de ellos y tenía una hija puta. Ahora había que marchar.
Cómo había cambiado el paisaje del barrio en veinte años. Cuando llegaron, recién se habían recalificado aquellas huertas para ampliar la pequeña ciudad. Por eso la tentaron con la compra. Ahora la finca amurallada estaba rodeada de pequeños y coloridos bloques de apartamentos, mientras que el barrio pobre quedaba más distanciado. Pero no tan lejos. Los del barrio seguían allí y ellas se marcharían.
Hubo una reunión con Álvaro y Pilar, y finalmente se arregló todo, el abandono y la futura obra en la finca. Fue la última gran operación con Álvaro. Ellos ya no se gustaban, pero la relación de más de veinte años había sido fructífera, sobre todo para él.
Puri y la hermana se dedicaron a buscar dos pisos contiguos en la ciudad de Málaga, mientras ella se iba de vacaciones de duelo. Quiso hacer una especie de road movie melancólica, en solitario, conduciendo por cualquier carretera. Puri, que lo comprendía todo, comprendió también eso. Quizá, en el fondo, Estrella solo había querido librarse de tener que elegir un piso.
Las vacaciones de duelo duraron tres semanas de conducir su viejo Mercedes sin rumbo fijo. Pero a ella nunca le había gustado conducir y se detuvo pronto. Granada. La ciudad más turisteada de Andalucía debido a su monumento. Solo hacía un par de años que Bill Clinton había alabado la belleza de una puesta de sol y los efectos de la celebridad perduraban. Se preguntó cómo habría sido estar en la cama con ese tipo. Sospechaba que habría logrado dejarlo muy complacido y tal vez le hubiera contado alguna cosa que hubiera valido la pena apreciar. La tal Mónica parecía un poco tonta.
Pero lo bueno de Granada era lo poblada que estaba de jóvenes estudiantes guiris. Encontró un alojamiento caro para lo que valía, pero fue suficiente. Desconectó el móvil. Ante el espejo estudió su rostro: una cuarentona guapa guapa. "Elegante", que se dice. Y su madre había muerto. Sin marido ni hijos, la madre era su única familia. No contaba ni a Puri ni a la hermana. No las contaba. Las quería, pero no las contaba. Porque no se daba en el vínculo eso que no puede elegirse. A la hora de vivir, no siempre se puede elegir. La vida ancestral era la que no se elegía. Y los seres humanos somos ancestrales porque morimos. Morir y nacer es ancestral. La familia se compone de nacimientos y muerte.
Paseó sola. Se le acercó algún moscón y lo rechazó con su inglés norteamericano impecable. Cenó sola. Se preguntó si podría conseguir parecer una mujer decente que por circunstancias ha sido dejada sola por su amante marido. Igual que cuando Marcus se sintió tan orgulloso de que la tomaran por su hija.
Le hubiera gustado hablar con alguna chica joven. Las había de rostros dulces. Las típicas estudiantes guiris mochileras. Nunca había dejado de tener atractivo para las chicas jóvenes: una muchacha (o señora) tan bella, con unos ojos tan atentos y una voz tan delicada. Le era fácil ganarse su confianza. Pero nunca había sido capaz de ligar. Nunca había ligado. Lo del gimnasio de American City, tan rápido y tan torpe, era lo único que recordaba. Y aquello de Nueva York. Pero ella no tomó la iniciativa. Simplemente, la reconocieron, la captaron...
No quería ligar. Solo hacer amigas. Nunca había hecho amigas cuando niña y jovencita. Para hacer una amiga por primera vez en su vida tuvo que hacerse lesbiana.
No hizo nada en Granada. Estuvo cuatro días casi sin salir de la habitación. Después conectó el teléfono y se fue una semana con sus amigas de Madrid (las dos viejas amigas: Patri y Toñi, sus empleadas, cuyo aspecto había cambiado más que el suyo), y el resto del tiempo condujo y vio paisajes. Se alojaba en hoteles y se pasaba un par de días en la habitación viendo la tele y masturbándose. Ideas artísticas no le surgieron. Hablaba por teléfono.
De vuelta a casa, la esperaban con una serie de pequeñas cuestiones prácticas. Pequeñísimas en comparación con la pérdida que habían experimentado.
Los dos pisos, ahora que estaban bajando los precios, salieron por 300.000 euros. Eran grandecitos, casi en el centro de Málaga, cerca de un gran centro comercial y con vecinos de clase media-alta. Se pagarían con una cómoda hipoteca que supondría una pequeña merma en el patrimonio de Estrella. La casa en Vélez-Málaga, una vez liberada de muebles y recuerdos, se incorporó al conjunto de bienes. Las dos casas darían una renta. El huerto y el orchard podían ser utilizados para edificación: saldrían otras cuatro casas. Eso suponía una inversión y una complicación de supervisar las obras. Con todo, no era mal momento, porque los precios de la construcción habían bajado con la crisis. Ya entonces pensó que para cuando las cuatro casas estuvieran terminadas la crisis habría amainado y podría venderlas o alquilarlas o hacer cualquier cosa con ellas. En cualquier caso, se acabaron los árboles. Habían vivido veinte años, algunos. Ya no servían para nada. Ladrillo. Cemento. Dinero. Olvidar.
En la nueva casa, donde a lo mejor iba a vivir el resto de su vida, todo era conforme y convencional. Según una contabilidad sensata, estaba a la mitad de su vida, puesto que era verosímil que, cuidando la salud y siendo mujer, alcanzara los noventa. Habría que hacer alguna cosa en ese tiempo.
La hermana vivía en la puerta de al lado, y solían comer juntas las tres. La hermana decía sentirse sola e inútil. Estrella pensaba que la hermana siempre había sido inútil, excepto para sí misma. La verdad es que tenía ya unos conocimientos de botánica bastante buenos, fruto de muchos años de excursionismo organizado y de cuidar de los árboles. Se asoció al Jardín Botánico, donde encontraba a muchas personas de edad parecida. Adquirió una parcela de huerto urbano. A veces iban también Estrella y Puri a ayudar. No era supersticiosa, pero podía pensarse que quería desagraviar los árboles y plantas de "Villa Orchard", sacrificados de una forma casi vengativa.
Estrella se apuntó a un gimnasio. Dedicaba a éste como una hora de ejercicio. Después, leía, veía vídeos, curioseaba la wikipedia o preparaba la visita de sus amigas extranjeras, para las cuales contaba con un par de buenos dormitorios de invitadas. Al principio, era como una máquina que empezaba a funcionar. Debía tratar de poner orden en sus recuerdos. Tenía muchas cartas, y diarios, e intentos de libros fracasados. Había que hacer algo con todo eso.
Un día de mayo tuvieron un momento divertido. Sofía, muy tímida, les dijo que quería presentarles a su novio. ¡Un hombre! Puri ya lo había visto, y decía que era un chico bueno, ¡incluso con ciertas aspiraciones literarias! Para intimidarlo menos, quedaron en un restaurán próximo, tranquilo, donde se podía conversar. Puesto que Estrella era rica (y el novio no), puso como condición que le dejaran pagar a ella.
El novio resultó un hombre ya madurito, pero de talante juvenil, ingenuo. Para el gusto de Estrella, la prostituta, no era un hombre peligroso, sino de los manejables, de los que a ella le gustaban como clientes (aunque el tamaño de las manos hacía pensar que contaba con un pene grande). Parecía bastante culto, tenía unos estudios universitarios (aunque no le habían rendido fruto en cuanto a éxito social) y se podía hablar con él de muchas cosas y con agrado. Y era de Málaga, de clase trabajadora de origen. Sofía lo había conocido por Internet.
La primera conversación fue alegre y entretenida, totalmente centrada en la atención de Estrella, la millonaria escritora, pervertida sexual y cosmopolita. Naturalmente, le dio el aprobado al "chico", y Sofía y Puri quedaron muy contentas. Estrella pensó en lo fácil que era ser buena cuando se tiene poder...
Aquella noche, en la cama, Estrella le comentó a su esposa que le había gustado sentirse tratada como una celebridad. Apenas había ganado dinero con sus libros, las críticas favorables no habían sido muchas y ni siquiera contaba con el apoyo de la comunidad lésbica, pero en una ciudad como Málaga y con alguien como el novio de Sofía, ella podía sentirse un personaje. Incluso la había invitado a presentarse en los clubs de lectura que funcionaban en algunas bibliotecas públicas y librerías de la ciudad. ¿Por qué no?
Se presentó, pues, en un local municipal, donde la recibieron como celebridad una veintena de personas, la mayoría mujeres de mediana edad, que estaban comentando la reciente lectura de Madame Bovary. Todas decían que la Bovary era una tonta.
Con deseo de mostrarse original, ella dijo que la pobre no tenía culpa del tipo de imaginación que había encendido sus ilusiones. Por supuesto, era una andrófila les explicó lo que ella entendía por eso-, pero había que perdonarle porque bueno, no era una asesina ni nada de eso. Sí, claro, se portaba mal con el pobre señor Bovary, pero pensaba que quien peor se portaba con él era el propio señor Flaubert, el autor. En vez de ponerlo como un tonto, debería haber dado alguna pincelada acerca de que, al fin y al cabo, siendo un hombre bueno, también eso le permitía alcanzar algún tipo de felicidad. No era tan feliz como merecía, pero tampoco tan desgraciado como lo retrataba. La bondad no le parecía a Estrella una mala forma de vida, incluso aunque no fuese correspondida.
Otra vez había hablado demasiado, pero el novio le dijo más tarde que había dejado impresionado a todo el club.
Luego llegó el verano y decidieron llevarse a la hermana a las islas Fidji. Por aquello de que estaban allí, y porque sería el primer y único viaje de ese tipo que harían en la vida. En las islas Fidji comieron langosta, tomaron el sol (con mucha precaución) y se pasaron un mes entero, cuando se trataba de un destino más apropiado para una sola semana.
Para su cuarenta y siete cumpleaños, planeaba otra pasada de quirófano.
A la salida del quirófano tuvo un conflicto final con Álvaro. Ahora, viviendo en Málaga, ella se acercaba más a menudo a inspeccionar el negocio y las cuentas no le parecieron claras No le parecía que había gestionado bien el asunto de las obras de Villa Orchard ni tampoco le convencía el rendimiento de la empresa. El administrador atribuía a la crisis el descenso de ingresos en los alquileres, pero ella veía falta de justificantes. Álvaro en este momento parecía verse en problemas debido a sus otros negocios. Estrella le dijo, simplemente, que sus otros negocios le ocupaban demasiado tiempo y que comenzaría a confiarle la gestión de sus propiedades a otra persona. Ya estaba pensando en el novio de Sofía. Tenía un título universitario y parecía buen tipo. Al fin y al cabo, hacerse cargo de la gestión de los alquileres, el mantenimiento de los apartamentos y el tema de los impuestos no podía estar fuera de sus capacidades. Podía hacerlo con Internet, que era un ámbito en el que se desenvolvía bien. Todavía utilizaba a Pilar y su bufete para las cosas complicadas.
Teniendo en cuenta que se había visto también afectado por la crisis, fue fácil llegar a un acuerdo con el nuevo gerente. En total, era realista pensar en unos ingresos de trescientos mil euros anuales por los alquileres de más de treinta propiedades, más lo que gestionaban de otros propietarios. Él se podría quedar con treinta mil, para él y para Sofía (que trabajaría en la oficina), lo que suponía un sueldito confortable. La hipoteca de los dos pisos nuevos donde vivían Estrella y su hermana, más los gastos de la obra en Velez-Málaga se llevaría otros cien mil. Con diez mil euros al mes, Estrella, Puri y la hermana tenían de sobra. De hecho, seguiría entregando a la caridad (con las correspondientes desgravaciones) buena parte de todo ello.
Le vino bien deshacerse de Álvaro, cuyo carácter empeoraba más y más. Siempre seguiría resentido con ella, por haberle intencionadamente despertado el deseo solo para ganarse su atención como gestor. Pero en realidad él no tenía motivo de queja, porque gracias a eso, al fin y al cabo, era como se había hecho rico. Por sí solo nunca lo habría conseguido.
Para fin del año 2009, casi toda la gestión de sus propiedades había pasado ya al novio. Tuvo que hacer con él un par de viajes a Londres para establecer contacto con una agencia británica que enviaba guiris a la costa. Se llevaron a Sofía y lo disfrutaron. Era incluso posible que Estrella perdiera algo de dinero utilizándolo a él en lugar del experto Álvaro pero Puri estaba feliz por su hermana y ella encontraba mucho más apacible la situación. No le importaba ganar menos si la mala gestión era consecuencia de la torpeza y la inexperiencia y no del engaño deliberado. A la porra con Álvaro.
Además, había proporcionado un puesto de trabajo a un desempleado en plena crisis. A finales de aquel año, la coyuntura económica y social estaba creando el caos y el desastre. El gobierno aseguraba que iba a pasar pronto, pero el optimismo parecía más bien gratuito.
Durante algún tiempo visitó la tumba de su madre. Era idea de Puri, que en muchos aspectos continuaba siendo una pueblerina de ideas tradicionales y que no había asimilado muchas de las extravagantes creencias de Estrella. Dejaron de hacerlo cuando Puri se dio cuenta de que su esposa se sentía forzada a hacer aquellas macabras visitas. No significaba nada. No la consolaba el recuerdo, la ponía en tensión.
Salían del cementerio y paseaban cogidas de la mano. A veces Estrella lloraba un poco. Llorar le recordaba otras lágrimas suyas, surgidas en momentos de tensión, especialmente con hombres, y aquella cosa horrible con Paula. Alguna vez había llorado de amor o de alegría, pero sus llantos en general le recordaban humillantes sufrimientos.
¿Por qué tengo que llorar ahora?, se decía. En cierto modo, aquellos años que venían por delante iban a ser buenos. La madre había tenido unos veinte últimos años buenos. Estrella había tenido una juventud en cierto modo esplendorosa. Ahora tenía derecho a una buena madurez. Algo tranquilo, reinando en un hogar sencillo y amable, una pequeña proyección pública como una celebridad local. Una buena relación de pareja. Buenas amigas. No habría nada que lamentar.
Para el verano, con el calor, se convino que mejor era hospitalizarla para un tratamiento largo. Fue en la Costa, y Estrella tomó uno de sus propios pisos para vivir, abandonándose ya un poco "Villa Orchard", de una forma que presagiaba el abandono total por venir. La muerte de la madre se alargaba. Se trataba de que muriera lo más tarde posible y con el menor dolor posible, pero el cuerpo seguía pesándole demasiado a la pobre mujer y estaba cada vez más débil, de modo que, pese a los calmantes, el dolor estaba presente. Aquel dolor inútil.
Se gastaba mucho dinero (tenía mucho dinero) pero los resultados eran escasos. Aquel verano fue siniestro. Discutió con la hermana y casi con Puri. No escribió nada, ni siquiera leyó mucho.
Hablaba con la madre, y ella medio deliraba, recordaba, se apenaba. Se apenaba por su mala vida. Le reconocía a la hija, a veces, que ésta había mejorado en los últimos veinte años, cuando pudo librarse del marido, ¡pero a qué precio! Una y otra vez volvía al tema del sacrificio de su hija y de la vergüenza de su hija. Todo lo que había hecho Estrella, al final resultaba que había sido para nada. Habría sido más feliz si la hija fracasada en los estudios se hubiera casado con un albañil, hubiera engordado y le hubiera dado nietos.
El periodo de hospitalización, que incluía determinadas terapias de rehabilitación, continuó hasta fin del verano. El médico, que no rechazaba el dinero, pero que en el fondo parecía un poco harto, logró convencerla de que ya estaba lo suficientemente preparada para morir en casa sin dolor. No pasaría del invierno.
Las tres mujeres cuarentonas sentadas frente a él asintieron. Había que pensar en qué alegrías poder darle en esos últimos tres o cuatro meses.
El regreso a Villa Orchard fue un gran desbarajuste, de coches, de personal, de dinero que pagar a unos y a otros. Una enfermera, una sirvienta para la casa y una mujer forzuda para asistir a la enfermera. El médico vendría dos veces por semana.
En Villa Orchard, Estrella se organizó mejor para esperar la muerte de la madre. El huerto se abandonó casi por completo, después de constatar los efectos del descuido de los meses anteriores. Apenas un trocito para mantener verdura fresca. Los árboles se regaban, y a veces ni eso. Le decía a la hermana que se ocupara ella, y la hermana tenía las mismas pocas ganas que ella de hacer cualquier cosa. Estrella se conectaba a Internet, donde tenía un website sobre la sororidad, que no gozaba de mucho éxito. Veía series de televisión, enviaba emails a sus amigas. Volvía a leer. Hacía más deporte a fin de mantenerse como una atractiva cuarentona. Hacía el amor con Puri, pero con nadie más.
Incluso recibió algunas visitas. Le gustó tener a Hanna. La tuvo en la casa. Y también a Patri. A ambas las consideraba sus amigas más estables, las más serenas, a la altura de la muerte de una madre. Li permanecía más distanciada.
El día de su cumpleaños no hubo fiesta, pero sí una pequeña reunión en el huerto. Apenas un día por semana eran capaces de sacar a la madre para que viera los árboles, que a veces le gustaban, aunque se fatigaba enseguida y probablemente no tenía ocasión de darse cuenta de la decadencia generalizada de aquel huerto de frutales que tanto tiempo había necesitado para llegar a su esplendor, fugaz esplendor. La madre, inundada de calmantes, se pasaba casi todo el tiempo dormitando, con lo que al menos no se quejaba ya de dolor.
En la reunión del cumpleaños de la propietaria estuvo Sofía. Parecía más joven de lo que era, cuando tenía casi la misma edad que su hermana Puri. Les comentó que ahora tenía novio. Qué sorpresa. Nunca había tenido ninguno. Estrella tontamente la felicitó, pero todas se dieron cuenta de que en el fondo eso no era nada que mereciera celebración. ¿Por qué no se había hecho lesbiana? Era una especie de traición, pero Sofía era lo bastante inteligente para saber que contaba con la condescendiente simpatía de su cuñada. No era mala cosa que existiera cariño entre ambas. Al menos, en "Villa Orchard" sí funcionaba un poco "la sororidad".
Durante el otoño comentaban lo que se refería a la crisis económica que estaba comenzando. Esperaban que para el 2010 mejorase. Se había acabado el boom inmobiliario (pasó la oportunidad de sacar un fortunón vendiéndolo todo) pero permanecía la riqueza, de todas formas. Y los turistas seguirían alquilando los apartamentos en la Costa del Sol. Nunca había dejado de gustarle el dinero: contarlo, calcularlo. Daba lo mismo entregar a beneficencia cien mil o doscientos mil: lo importante era disponer de ese dinero, no tanto el gastarlo ni conservarlo.
La enfermera, la asistenta y la sirvienta no se llevaban bien. Había que cuidar de todo aquello. Por separado, parecían buenas, pero eran recelosas y, en el fondo, vulgares. Y ocupaban toda la casa. Solo amigas muy íntimas podían venir de visita. Tampoco estaban de humor para nada más.
¿Y el huerto? No perdía toda su belleza a pesar de que su función principal, el consolar a la anciana por la deshonra de su hija, ya la había perdido. Estrella descubrió que no sentía aprecio por aquellos árboles, de los que una vez había dicho que le parecían seres vivos -mentira, ganas de dársela de poeta. Puri era la única que seguía ocupándose un poco de ellos, pero había que pagar a gente, y recuperaron algo de dinero vendiendo los frutos. Lo que sí abandonaron fueron las verduras, salvo alguna lechuga y algún tomate.
Con todo, algo le seguía gustando de los frutales en la primavera y el verano: tumbarse en el suelo húmedo y mirar a través de las ramas. La luz, el verdor. Incluso aunque la belleza coincidiera con su sentir triste, su alegría animal persistía. Encontraba una contradicción entre su tristeza y el azul y el verde luminosos. "Villa Orchard" era un paraíso. Qué triste.
Algunos árboles estaban enfermos. Otros mal regados. Todos mal podados. Pero aún persistía la belleza. Aún la madre seguía viva.
Llegó el frío y la madre disfrutaba viendo el fuego en la chimenea. Esos ojos perdidos de la agonía, un poco estúpidos, un poco espirituales. Por Navidad se volvió más lúcida. Contó sobre abusos sexuales que había padecido en la infancia. Lo habitual: manoseos por parte de parientes varones. A veces traían de visita a la hermana y las sobrinas, las fanáticas religiosas. La prima Loli, su ídolo cuando niña, que le había dirigido tanto desprecio y condescendencia cuando supo que se había metido a puta... ahora se miraban la una a la otra como seres muy extraños y lejanamente hostiles. Se trataban educadamente. Ya no intentaba convertirla. Había dejado de intentarlo desde que se había hecho rica y, por tanto, poderosa.
También venía tía Reme, ya también casi inválida, y eso estaba mejor. Pero a veces las dos ancianas lloraban. Se acordaban del marido y casi parecía que lo echaban de menos. El pobre viejo. Estrella pensaba que él no había tenido una mala muerte.
La muerte de la madre estaba durando mucho. Las impacientaba, a su pesar. Cosas de la medicina moderna. Puri le decía que lo tomara como algo normal. Pero, de todas formas, a ella no se le ocurría mucho que pudiera hacer. Cuando muriera, harían un viaje, aunque fuera adonde siempre, a Alemania a ver a Hanna, a Inglaterra a ver a Laurie y a Li, a Norteamérica a ver a Angie Habían logrado hacer unas cuantas amigas, al fin y al cabo. Empezó a pensar que cuando la madre muriera ya no tendría motivo para seguir viviendo en España. Recordó que Marcus intentó convencerla de que trajera a su madre a los Estados Unidos, a Florida, donde todo el mundo hablaba español y la mujer no se sentiría sola. Una de las fórmulas que él probó para que ella no lo abandonara.
Llegó enero de 2009, otro año. Los árboles se quedaron pelados, sin fruta. El frío de la costa mediterránea, un frío leve, pero aun así incongruente. Parecía un buen momento para morir. Hospitalización. Renunciaron a podar los árboles.
Mamá no volvió a Villa Orchard. Murió en el hospital a primeros de febrero. Sin mucho dolor, a los 83 años de edad. Estrella incluso lloró en brazos de su hermano y la cerda de su cuñada.
En el fondo, tuvieron la honradez de considerarlo una liberación. Se la enterró en Marbella, ¿por qué no?, qué más daba. Unos pocos parientes, un poco de sacerdote. Ya está. Ya está.
Eso había de ser el fin de Villa Orchard. La casa, sin la madre, ya no tenía sentido. Se había comprado para ella. Para que tuviera un huerto y un orchard. Durante bastante tiempo la madre tuvo a una amiga, la ahora llorosa y decrépita tía Reme.
Además, la casa se quedaba desierta. Se iban los sirvientes, se llevaban y regalaban todos los accesorios para la asistencia de la anciana inválida. No tenía sentido vivir allí. Traía malos recuerdos. Además, tres mujeres solas y no queridas por los nativos (los vecinos pueblerinos, diferentes de la población residencial) podían estar incluso en peligro físico. Estrella sabía que la odiaban, y que la habían tolerado por la anciana porque, a su manera, aquellos seres un poco viles se mostraban compasivos con la pobre mujer, que era una de ellos y tenía una hija puta. Ahora había que marchar.
Cómo había cambiado el paisaje del barrio en veinte años. Cuando llegaron, recién se habían recalificado aquellas huertas para ampliar la pequeña ciudad. Por eso la tentaron con la compra. Ahora la finca amurallada estaba rodeada de pequeños y coloridos bloques de apartamentos, mientras que el barrio pobre quedaba más distanciado. Pero no tan lejos. Los del barrio seguían allí y ellas se marcharían.
Hubo una reunión con Álvaro y Pilar, y finalmente se arregló todo, el abandono y la futura obra en la finca. Fue la última gran operación con Álvaro. Ellos ya no se gustaban, pero la relación de más de veinte años había sido fructífera, sobre todo para él.
Puri y la hermana se dedicaron a buscar dos pisos contiguos en la ciudad de Málaga, mientras ella se iba de vacaciones de duelo. Quiso hacer una especie de road movie melancólica, en solitario, conduciendo por cualquier carretera. Puri, que lo comprendía todo, comprendió también eso. Quizá, en el fondo, Estrella solo había querido librarse de tener que elegir un piso.
Las vacaciones de duelo duraron tres semanas de conducir su viejo Mercedes sin rumbo fijo. Pero a ella nunca le había gustado conducir y se detuvo pronto. Granada. La ciudad más turisteada de Andalucía debido a su monumento. Solo hacía un par de años que Bill Clinton había alabado la belleza de una puesta de sol y los efectos de la celebridad perduraban. Se preguntó cómo habría sido estar en la cama con ese tipo. Sospechaba que habría logrado dejarlo muy complacido y tal vez le hubiera contado alguna cosa que hubiera valido la pena apreciar. La tal Mónica parecía un poco tonta.
Pero lo bueno de Granada era lo poblada que estaba de jóvenes estudiantes guiris. Encontró un alojamiento caro para lo que valía, pero fue suficiente. Desconectó el móvil. Ante el espejo estudió su rostro: una cuarentona guapa guapa. "Elegante", que se dice. Y su madre había muerto. Sin marido ni hijos, la madre era su única familia. No contaba ni a Puri ni a la hermana. No las contaba. Las quería, pero no las contaba. Porque no se daba en el vínculo eso que no puede elegirse. A la hora de vivir, no siempre se puede elegir. La vida ancestral era la que no se elegía. Y los seres humanos somos ancestrales porque morimos. Morir y nacer es ancestral. La familia se compone de nacimientos y muerte.
Paseó sola. Se le acercó algún moscón y lo rechazó con su inglés norteamericano impecable. Cenó sola. Se preguntó si podría conseguir parecer una mujer decente que por circunstancias ha sido dejada sola por su amante marido. Igual que cuando Marcus se sintió tan orgulloso de que la tomaran por su hija.
Le hubiera gustado hablar con alguna chica joven. Las había de rostros dulces. Las típicas estudiantes guiris mochileras. Nunca había dejado de tener atractivo para las chicas jóvenes: una muchacha (o señora) tan bella, con unos ojos tan atentos y una voz tan delicada. Le era fácil ganarse su confianza. Pero nunca había sido capaz de ligar. Nunca había ligado. Lo del gimnasio de American City, tan rápido y tan torpe, era lo único que recordaba. Y aquello de Nueva York. Pero ella no tomó la iniciativa. Simplemente, la reconocieron, la captaron...
No quería ligar. Solo hacer amigas. Nunca había hecho amigas cuando niña y jovencita. Para hacer una amiga por primera vez en su vida tuvo que hacerse lesbiana.
No hizo nada en Granada. Estuvo cuatro días casi sin salir de la habitación. Después conectó el teléfono y se fue una semana con sus amigas de Madrid (las dos viejas amigas: Patri y Toñi, sus empleadas, cuyo aspecto había cambiado más que el suyo), y el resto del tiempo condujo y vio paisajes. Se alojaba en hoteles y se pasaba un par de días en la habitación viendo la tele y masturbándose. Ideas artísticas no le surgieron. Hablaba por teléfono.
De vuelta a casa, la esperaban con una serie de pequeñas cuestiones prácticas. Pequeñísimas en comparación con la pérdida que habían experimentado.
Los dos pisos, ahora que estaban bajando los precios, salieron por 300.000 euros. Eran grandecitos, casi en el centro de Málaga, cerca de un gran centro comercial y con vecinos de clase media-alta. Se pagarían con una cómoda hipoteca que supondría una pequeña merma en el patrimonio de Estrella. La casa en Vélez-Málaga, una vez liberada de muebles y recuerdos, se incorporó al conjunto de bienes. Las dos casas darían una renta. El huerto y el orchard podían ser utilizados para edificación: saldrían otras cuatro casas. Eso suponía una inversión y una complicación de supervisar las obras. Con todo, no era mal momento, porque los precios de la construcción habían bajado con la crisis. Ya entonces pensó que para cuando las cuatro casas estuvieran terminadas la crisis habría amainado y podría venderlas o alquilarlas o hacer cualquier cosa con ellas. En cualquier caso, se acabaron los árboles. Habían vivido veinte años, algunos. Ya no servían para nada. Ladrillo. Cemento. Dinero. Olvidar.
En la nueva casa, donde a lo mejor iba a vivir el resto de su vida, todo era conforme y convencional. Según una contabilidad sensata, estaba a la mitad de su vida, puesto que era verosímil que, cuidando la salud y siendo mujer, alcanzara los noventa. Habría que hacer alguna cosa en ese tiempo.
La hermana vivía en la puerta de al lado, y solían comer juntas las tres. La hermana decía sentirse sola e inútil. Estrella pensaba que la hermana siempre había sido inútil, excepto para sí misma. La verdad es que tenía ya unos conocimientos de botánica bastante buenos, fruto de muchos años de excursionismo organizado y de cuidar de los árboles. Se asoció al Jardín Botánico, donde encontraba a muchas personas de edad parecida. Adquirió una parcela de huerto urbano. A veces iban también Estrella y Puri a ayudar. No era supersticiosa, pero podía pensarse que quería desagraviar los árboles y plantas de "Villa Orchard", sacrificados de una forma casi vengativa.
Estrella se apuntó a un gimnasio. Dedicaba a éste como una hora de ejercicio. Después, leía, veía vídeos, curioseaba la wikipedia o preparaba la visita de sus amigas extranjeras, para las cuales contaba con un par de buenos dormitorios de invitadas. Al principio, era como una máquina que empezaba a funcionar. Debía tratar de poner orden en sus recuerdos. Tenía muchas cartas, y diarios, e intentos de libros fracasados. Había que hacer algo con todo eso.
Un día de mayo tuvieron un momento divertido. Sofía, muy tímida, les dijo que quería presentarles a su novio. ¡Un hombre! Puri ya lo había visto, y decía que era un chico bueno, ¡incluso con ciertas aspiraciones literarias! Para intimidarlo menos, quedaron en un restaurán próximo, tranquilo, donde se podía conversar. Puesto que Estrella era rica (y el novio no), puso como condición que le dejaran pagar a ella.
El novio resultó un hombre ya madurito, pero de talante juvenil, ingenuo. Para el gusto de Estrella, la prostituta, no era un hombre peligroso, sino de los manejables, de los que a ella le gustaban como clientes (aunque el tamaño de las manos hacía pensar que contaba con un pene grande). Parecía bastante culto, tenía unos estudios universitarios (aunque no le habían rendido fruto en cuanto a éxito social) y se podía hablar con él de muchas cosas y con agrado. Y era de Málaga, de clase trabajadora de origen. Sofía lo había conocido por Internet.
La primera conversación fue alegre y entretenida, totalmente centrada en la atención de Estrella, la millonaria escritora, pervertida sexual y cosmopolita. Naturalmente, le dio el aprobado al "chico", y Sofía y Puri quedaron muy contentas. Estrella pensó en lo fácil que era ser buena cuando se tiene poder...
Aquella noche, en la cama, Estrella le comentó a su esposa que le había gustado sentirse tratada como una celebridad. Apenas había ganado dinero con sus libros, las críticas favorables no habían sido muchas y ni siquiera contaba con el apoyo de la comunidad lésbica, pero en una ciudad como Málaga y con alguien como el novio de Sofía, ella podía sentirse un personaje. Incluso la había invitado a presentarse en los clubs de lectura que funcionaban en algunas bibliotecas públicas y librerías de la ciudad. ¿Por qué no?
Se presentó, pues, en un local municipal, donde la recibieron como celebridad una veintena de personas, la mayoría mujeres de mediana edad, que estaban comentando la reciente lectura de Madame Bovary. Todas decían que la Bovary era una tonta.
Con deseo de mostrarse original, ella dijo que la pobre no tenía culpa del tipo de imaginación que había encendido sus ilusiones. Por supuesto, era una andrófila les explicó lo que ella entendía por eso-, pero había que perdonarle porque bueno, no era una asesina ni nada de eso. Sí, claro, se portaba mal con el pobre señor Bovary, pero pensaba que quien peor se portaba con él era el propio señor Flaubert, el autor. En vez de ponerlo como un tonto, debería haber dado alguna pincelada acerca de que, al fin y al cabo, siendo un hombre bueno, también eso le permitía alcanzar algún tipo de felicidad. No era tan feliz como merecía, pero tampoco tan desgraciado como lo retrataba. La bondad no le parecía a Estrella una mala forma de vida, incluso aunque no fuese correspondida.
Otra vez había hablado demasiado, pero el novio le dijo más tarde que había dejado impresionado a todo el club.
Luego llegó el verano y decidieron llevarse a la hermana a las islas Fidji. Por aquello de que estaban allí, y porque sería el primer y único viaje de ese tipo que harían en la vida. En las islas Fidji comieron langosta, tomaron el sol (con mucha precaución) y se pasaron un mes entero, cuando se trataba de un destino más apropiado para una sola semana.
Para su cuarenta y siete cumpleaños, planeaba otra pasada de quirófano.
A la salida del quirófano tuvo un conflicto final con Álvaro. Ahora, viviendo en Málaga, ella se acercaba más a menudo a inspeccionar el negocio y las cuentas no le parecieron claras No le parecía que había gestionado bien el asunto de las obras de Villa Orchard ni tampoco le convencía el rendimiento de la empresa. El administrador atribuía a la crisis el descenso de ingresos en los alquileres, pero ella veía falta de justificantes. Álvaro en este momento parecía verse en problemas debido a sus otros negocios. Estrella le dijo, simplemente, que sus otros negocios le ocupaban demasiado tiempo y que comenzaría a confiarle la gestión de sus propiedades a otra persona. Ya estaba pensando en el novio de Sofía. Tenía un título universitario y parecía buen tipo. Al fin y al cabo, hacerse cargo de la gestión de los alquileres, el mantenimiento de los apartamentos y el tema de los impuestos no podía estar fuera de sus capacidades. Podía hacerlo con Internet, que era un ámbito en el que se desenvolvía bien. Todavía utilizaba a Pilar y su bufete para las cosas complicadas.
Teniendo en cuenta que se había visto también afectado por la crisis, fue fácil llegar a un acuerdo con el nuevo gerente. En total, era realista pensar en unos ingresos de trescientos mil euros anuales por los alquileres de más de treinta propiedades, más lo que gestionaban de otros propietarios. Él se podría quedar con treinta mil, para él y para Sofía (que trabajaría en la oficina), lo que suponía un sueldito confortable. La hipoteca de los dos pisos nuevos donde vivían Estrella y su hermana, más los gastos de la obra en Velez-Málaga se llevaría otros cien mil. Con diez mil euros al mes, Estrella, Puri y la hermana tenían de sobra. De hecho, seguiría entregando a la caridad (con las correspondientes desgravaciones) buena parte de todo ello.
Le vino bien deshacerse de Álvaro, cuyo carácter empeoraba más y más. Siempre seguiría resentido con ella, por haberle intencionadamente despertado el deseo solo para ganarse su atención como gestor. Pero en realidad él no tenía motivo de queja, porque gracias a eso, al fin y al cabo, era como se había hecho rico. Por sí solo nunca lo habría conseguido.
Para fin del año 2009, casi toda la gestión de sus propiedades había pasado ya al novio. Tuvo que hacer con él un par de viajes a Londres para establecer contacto con una agencia británica que enviaba guiris a la costa. Se llevaron a Sofía y lo disfrutaron. Era incluso posible que Estrella perdiera algo de dinero utilizándolo a él en lugar del experto Álvaro pero Puri estaba feliz por su hermana y ella encontraba mucho más apacible la situación. No le importaba ganar menos si la mala gestión era consecuencia de la torpeza y la inexperiencia y no del engaño deliberado. A la porra con Álvaro.
Además, había proporcionado un puesto de trabajo a un desempleado en plena crisis. A finales de aquel año, la coyuntura económica y social estaba creando el caos y el desastre. El gobierno aseguraba que iba a pasar pronto, pero el optimismo parecía más bien gratuito.
Durante algún tiempo visitó la tumba de su madre. Era idea de Puri, que en muchos aspectos continuaba siendo una pueblerina de ideas tradicionales y que no había asimilado muchas de las extravagantes creencias de Estrella. Dejaron de hacerlo cuando Puri se dio cuenta de que su esposa se sentía forzada a hacer aquellas macabras visitas. No significaba nada. No la consolaba el recuerdo, la ponía en tensión.
Salían del cementerio y paseaban cogidas de la mano. A veces Estrella lloraba un poco. Llorar le recordaba otras lágrimas suyas, surgidas en momentos de tensión, especialmente con hombres, y aquella cosa horrible con Paula. Alguna vez había llorado de amor o de alegría, pero sus llantos en general le recordaban humillantes sufrimientos.
¿Por qué tengo que llorar ahora?, se decía. En cierto modo, aquellos años que venían por delante iban a ser buenos. La madre había tenido unos veinte últimos años buenos. Estrella había tenido una juventud en cierto modo esplendorosa. Ahora tenía derecho a una buena madurez. Algo tranquilo, reinando en un hogar sencillo y amable, una pequeña proyección pública como una celebridad local. Una buena relación de pareja. Buenas amigas. No habría nada que lamentar.
miércoles, 22 de octubre de 2014
Capítulo 20. Tomar buenas costumbres
A primeros del nuevo año, Estrella publicó Diez mujeres. Sabía que era su mejor libro porque lo había repasado mucho y puesto mucho de sí en cada párrafo. Además, la experiencia también rendía su fruto, como en todas las cosas. Por aquellas fechas volvió a mandar a la madre a la clínica, a que la recompusieran un poco, y se fue con Puri para presentar la obra por diversas ciudades. La entrevistaron en la tele un par de veces y le dedicaron otro par de pequeños reportajes en la prensa nacional. Estaba clasificada como la "única escritora lésbica española". En uno de los reportajes mencionaban su amistad con Laurie, mucho más famosa e importante que ella. Las fotos que le sacaban mostraban una mujer bella, de ojos grandes y femeninos. Eso ayudaba siempre.
En febrero llegaron las críticas. Y fueron buenas. El libro no se vendió mucho (eran diez historias, como diez relatos, y eso siempre gusta menos que las novelas), pero gustó al mundo gay y a muchos intelectuales. Tuvo más entrevistas, y siendo todavía tan hermosa, la volvieron a invitar a algunos programas de sobremesa muy populares. ¿Lograría por fin ser una celebridad?
Cuando en abril estuvieron de vuelta de algunos viajes, el viejo, su padre, se moría. Llegó a ser fastidioso lo de su estado de salud, su decrepitud y su inconsciencia. La senilidad era total. Los cuidados costaban más, pero había dinero, como siempre. Cuando contemplaba su cuerpo escaso, decrépito, trataba de decirse a sí misma que era normal que ese tipo de espectáculo conmoviese. Se tratase de quien se tratase. Y ella había conocido hombres peores que él. Había conocido muchos hombres, y su padre (y su hermano) cabían perfectamente en la definición de "hombres". Eran auténticos "hombres" y tenían muy poco de "personas". Un hombre es un hombre es un hombre.
Al final se murió. En mayo.
La madre lloró. La hermana lloró. La tía Reme lloró. Hasta ella, la muy estúpida, lloró. Solo su hermano, que probablemente no era mejor que el muerto, estuvo sin llorar. Ni siquiera fue al entierro.
A su muerte, dejó poca cosa. Casi todo el dinero del viejo piso se había gastado en la asistencia de su enfermedad. Lo que quedó era la parte de sus hermanos. Su hermano mayor, el que la metía en el cuarto de baño a que lo masturbara (algo que ahora sabía que era bastante común entre los hermanos mayores con sus hermanas pequeñas), no se había hecho rico al final, y quizá lamentaba no haber explotado la riqueza de su hermana, la puta. Ahora había pillado un poquito de la muerte del padre, mientras que el que se había hecho rico gestionando las mal ganadas propiedades de su hermana había sido Álvaro, no él. Ella sentía un poco de asco y un poco de superioridad con respecto a su hermano, que parecía cada vez respetarla más a medida que él envejecía y se veía resignado a la pobreza. Gente de toda España y de fuera de España habían llegado a la Costa del Sol a forrarse dando pelotazos, y él, que era de allí y estaba allí desde el principio, no había logrado nada...
Quizá su hermano iba ahora a ocupar el lugar que ocupó su padre en vida: el hombre de la casa. Una razón para sentir asco, repulsión y vergüenza del género humano, reducido al error de la masculinidad. Se solazaba pensando que cuando la madre muriese, ella podría tener el consuelo de que cesaría el único motivo para mantener algún vínculo con él. Era como cuando consolidó su "negocio" en Madrid: al otro lado de la puerta, al otro lado de un biombo que ponían en el pasillo, ella recibía a los hombres, todos los hombres. Y al otro lado, cuando terminaba su trabajo y era libre, todo eran mujeres: Patri, su guardaespaldas, Toñi, su asistenta, Chelo, su peluquera. Solo mujeres. La misma perfección que sentía al rozar la entrepierna femenina, perfectamente ajustada, sin irregularidades. La piel de la mujer, los ojos grandes... Solo mujeres.
Un alivio momentáneo. Porque siempre estaba la sospecha de que el mundo lo habían hecho los hombres. La inferioridad que no había dejado de sentir cuando niña y adolescente, cuando, ingenua y tonta, había querido ser "persona", participar en el mundo "normal", donde las mujeres "eran iguales". Todo eso acabó. Pero quedaba la sospecha, el miedo a la agresividad, fuerza y astucia de los varones. Rechazarlos estaba bien. Huir de ellos. Nada con ellos. Cuando su madre muriera, daría la espalda también a su hermano. Incluso estaba harta de Álvaro y sus quejas, de no atreverse a decirle que desconfiaba de él. Si pudiera encontrar una mujer para sustituirle... Estrella ahora veía poco a Álvaro. un hombre en principio sin grandes ambiciones pero que gracias a ella había logrado ascender en la vida, lo cual inevitablemente lo había cambiado. Él debía de haber superado la antigua pasión. O a lo mejor no, qué importaba. Álvaro era un cincuentón, padre de familia. Tenía su chalecito, vivía bien.
Y llegó el matrimonio gay. En verano. Siendo una de las lesbianas mediáticas más bellas, su boda atrajo interés (tras hacerse unas llamadas para que acudiera la prensa). Fue la boda gay más atrayente del año. Se gastó un dinero en vestidos. Se vistieron de rosa las dos, se adornaron como princesas, con muchas flores. Puri, que no era guapa ni fea, pero sí de figura grácil (y de poco pecho), contribuyó con su juventud y el brillo ilusionado de sus ojos, lo que la volvió más atractiva.
Hasta la madre se emocionó. Fue una auténtica boda, y no aquello que organizó Marcus Ellis en Las Vegas. Estrella recordó otra boda, un poco como la que salía en la peli "Pretty Woman": un cliente la contrató para acompañarlo en una de aquellas celebraciones. Por las mañanas Estrella podía organizarlo sin que le estorbara a sus clientes vespertinos. Se puso guapa y fue del brazo del cliente que a veces no podía evitar besarla y achucharla. Era un pobre tipo que quería que lo vieran con una chica así. Hubo un buen momento. Nadie pensó que era una prostituta, dada su educación, su juventud y su encanto de chica buena. Pero llamó mucho la atención y un grupo de chicas jóvenes cotillas la acorraló en un momento preguntándole si era la novia del tonto aquel. Ella dijo que no, que venía a acompañarlo porque "aquella mañana no tenía nada mejor que hacer". Es un buen chico, dijo ella. Pero te besa. Sí, pobrecito, le hace ilusión. Pero él no te gusta. Oh, sí me gusta. Es un buen chico, ¿no es eso suficiente? Y las tontas se quedaron con la boca abierta. Aquello le encantó. Después fue otra vez hasta él y se colgó de su brazo, ocupando de nuevo su lugar. ¿Qué hay de malo en hacer feliz a la gente y, de paso, coquetear un poco?
Pero su boda pública, mediático, fue algo mejor que eso. Al fin y al cabo, ella de verdad amaba a Puri. Su esposa.
Marimar, su mejor amiga de Málaga, comentó, al besarlas a ambas, que aquella boda había sido su mejor obra. Y que con ella había ayudado a muchas.
Tal vez muchas chicas las habían envidiado. ¡Eso sí que era una boda! Pero a Estrella también le dio un poco de vergüenza, como cuando posó desnuda en las páginas de papel cuché. Se decía a sí misma, de nuevo, que era necesario para ayudar a las chicas, para dar ejemplo.
Según la costumbre, el verano lo dedicaron a viajar, ya de recién casadas. Estuvieron donde siempre, en Alemania y en Inglaterra, a ver a las amigas, como esposas.
Hubo un día una pequeña discusión porque ella dijo que seguían sin darle mucha confianza los gays, pero que pensaba que el cálido vínculo del matrimonio se adaptaba mucho al lesbianismo. Una psicóloga americana decía que la altísima tasa de divorcios solo significaba que se pasaba del matrimonio para toda la vida al matrimonio consecutivo. Stella pensaba que aceptar matrimonios consecutivos era aceptar el fracaso. Sí estaba de acuerdo en los matrimonios acumulativos: a la pareja lésbica podían agregarse más mujeres (la sororidad, en una de sus funciones), pero los gays eran hombres, violentos y posesivos, y, como decía Proust, condenados a la desgracia porque al homosexual no le gustan los otros homosexuales, sino los hombres realmente viriles. Aunque decía solidarizarse con la terrible represión soportada por los hombres gays y aunque tendría que agradecerles a ellos que cedieran mucho de sus espacios organizativos a las pobrecitas lesbianas, no podía evitar sentir desconfianza hacia ellos. Solo una vez sintió simpatía por un gay: cuando le confesó que, en el fondo, consideraba, en efecto, una desgracia haber nacido de tal forma que le atrajeran los hombres. Era lo que muchas mujeres decían. Pero lo decían en privado. Solo ella lo había dicho en público.
Aquel otoño Marimar se fue de Málaga por motivos de trabajo. Siguieron en contacto, pero se vieron poco. Había sido la única amiga verdadera que había hecho entre las lesbianas de Málaga. Para las otras, la boda despertó más envidias que otra cosa, como era habitual. Nunca tendría amigas sinceras entre las lesbianas de la ciudad.
Durante aquel año aún salió un poco en la tele y la invitaron a escribir artículos de prensa. También organizó algo en Internet, un vago intento de resucitar la idea de la sororidad, pero sin resultado
En Inglaterra, cuando vieron a Laurie, ésta había preguntado por sus nuevos proyectos. Laurie, que no sabía nada de español, no había leído nada que Stella hubiera escrito. Solo lo de la sororidad, que era obra suya a medias con la profesora Sarah.
Stella siempre tenía proyectos, pero no solían pasar de un cierto estadio de vaguedad. Un poco por complacer a Laurie, le había relatado la idea de una novela sobre la compra de una esposa. Se acordó de cuando Marcus Ellis presumía de que había comprado una esposa por cien mil dólares mensuales que ningún rico más rico que él hubiera podido conseguir ni por diez veces ese precio. Podía ser una novela de ambiente norteamericano. Podía comentarlo con Angie. Incluso, si Angie quería la historia, la podía escribir ella. Stella se sentía en deuda con Angie: pensaba que había ejercido una mala influencia sobre una chica joven e impresionable. ¿Se hubiera prostituido Angie si no hubiese conocido su propia historia? Lo que había hecho solo podía compensarse si a cambio conseguía un éxito grandísimo. Y no era así. Angie nunca ganaría el premio Pullitzer. Quizá haber buscado aquella experiencia tremenda, aún en el siglo XXI, no había valido la pena. El feminismo estaba en contra. Stella sospechaba que Angie se había arrepentido. Y acabaría culpándola a ella.
Stella, incluso, pensaba ahora que la prostitución difícilmente podría ser asimilada por la sociedad. Las mafias, la ruindad del tráfico, la vulgaridad Por lo que sabía, la prostitución en la década del dos mil era todavía peor que en los años ochenta. En los años ochenta había aún cierta inocencia, pese al susto que ella se llevó al desmentirse sus primeras e ingenuas suposiciones. Con todo, las putas, como Paula y otras, eran solo mujeres pobres. Había droga, sí, pero ese tipo de prostitución se reconocía fácilmente por sus propias características. La pastillita o la coca eran una cosa, y la heroína algo muy distinto. Se bebía mucho, también. Pero no había tantas mafias.
El tipo que llevaba el último club en el que trabajó -la "whiskería"-, Fernando, era un señor bastante tranquilo: el dueño de un bar o un restaurante, interesado sobre todo por el dinero, y que sabía reconocer pronto a las chicas conflictivas, de las que se deshacía rápido. Cuando una periodista entrevistó a Stella sobre el asunto fue ésa la opinión que dio. Sin olvidarse de lo más desagradable que ella había vivido, que no fue poco.
Pero en realidad, no sabía mucho de esas cosas. Una vez se habían parado ante una mulatita con buena pinta que hacía prostitución callejera, Puri y ella. La invitaron a venir, le ofrecieron buen dinero, pero aquella infeliz se negó a subir a un coche con dos mujeres.
De momento, en lugar de investigar ese mundo y en lugar de considerar seriamente que lo más importante de su vida había sido el dinero que había ganado con la prostitución, se dedicó a ese asunto de una manera más indirecta, planeando la novela norteamericana sobre la compra de una esposa, cuyo título podía ser algo así como the best price.
Para fin de año le mandó lo que tenía a Angie, para que le diera la opinión. A Angie le pareció una buena idea.
Para año nuevo, fueron a Nueva York, donde ahora vivía Angie. Angie estaba guapísima y tenía una novia más joven. La vieron mucho mejor, quizá debido a que la chica joven mostraba un amor muy puro. Hicieron el amor las cuatro. La jovencita, una chica judía llamada Rachel, se mostró muy tímida. Se volcaron en ella, y Stella reconoció el amor de Angie por Rachel por la forma en que se organizó el acto. Tendieron a la pequeña Rachel sobre almohadones, quedó Angie dominando su cara, besándola y mimándola, y conformándose solo con ponerse la mano de la pequeña judía entre sus piernas, mientras las dos amigas extranjeras le trabajaban a fondo entre los muslos. Stella se aplicó con toda su sabiduría, hasta que la chica vivió su prolongado orgasmo con los ojos abiertos fijos en los de su amada, que le mantenía apretada la cara con sus dos manos en las ardientes mejillas. Así tenía que ser la sororidad.
Escribe tú la novela, le dijo a Angie. No puedo escribir una novela norteamericana siendo extranjera
Es tu historia.
Tú también fuiste prostituta. Te ayudaré a escribirla, pero debes escribirla tú.
Se quedaron calladas. Rachel, aunque inocente y buena, desconfiaba un poco de la influencia que ejercía sobre su amada aquella europea. Angie quería vencer su orgullo. Puree pensaba que no estaba bien que la otra se quedara con una historia que se le había ocurrido a su esposa.
Pero al final Angie cedió, porque le atrajo la oportunidad. Comenzaron a escribir The best Price entre las dos (o las cuatro). Pero Angie ponía su técnica narrativa, su buena prosa, su capacidad evocadora, en la que siempre superaría a Stella. También añadió una intriga dramática, e hizo los cortes necesarios las elipsis.
A primeros del año siguiente la novela estaba funcionando en el sólido y flexible cerebro de Angie. Y esta vez Estrella no tenía proyectos. Solo que el año siguiente iba a hacerse su primera operación de cirugía estética: estiramientos y rellenos, oh sí. Algo muy diferente a lo de los pechitos que se puso en 1988... aquello lo había hecho con alegría y ahora se trataba de reparar el paso de los años.
A los cuarenta y cinco, su primera operación. A los cincuenta y cinco, su renuncia al esplendor.
Sería una ceremonia que tenía planeada desde que encauzó su vida como prostituta y lesbiana veinte años antes: cortarse el pelo, vestir con chándal, muscular sus miembros, arrancarse los pechos (decían que prevenía el cáncer).
No más mujer. Se acabó. Solo sería intelecto y humanidad. Pero no más mujer. Ser mujer es algo más que tener una vagina. Había logrado serlo, y en el futuro viviría recordando lo que había sido y lo que esto significaba. Si evitaba la decadencia lograría que el recuerdo de su plenitud permaneciera con más fuerza. Pero eso sería en 2017, cuando cumpliera los 55. 55 y no más.
¿Y yo qué?, se quejaba Puri. Ella era diez años más joven.
Tú, haz lo que quieras. Eres mi esposa.
Y por primera vez le sugirió la maternidad. Podían ser madres. El útero de Puri era fértil. La esposa se lo quedó pensando. Ser esposa y madre.
Estrella ya no necesitaba nada. Excepto cuidar de su madre y su hermana. Cuidar de sus amigas. Cuidar de la limitada fama conseguida. Ni sororidad, ni seguidoras, ni nada. Vida tranquila. No había logrado lo que había querido, pero había logrado mucho, y todavía le quedaba mucha felicidad por vivir. Tenía la suerte de poder fijarse en los buenos recuerdos, disfrutar con ellos. Eso daba mayor esplendor a los logros alcanzados.
El huerto seguía tan hermoso. La madre ya necesitaba de silla de ruedas, pero a veces lograba entusiasmarle el aspecto de aquellos árboles frutales y las ordenadas hileras de hortalizas. Conversaba con los cuidadores. Quería mucho a Sofía, la hermana de Puri. A veces la llevaban a ver a la tía Reme o traían a los tíos a Villa Orchard. Incluso se presentaba el hermano con la nieta, una joven de veintitantos, que ya tenía novio con el que se pensaba casar. Esta sobrina le gustaba a Estrella. El novio también. Era un buen chico, muy trabajador, experto en electrónica.
Aquel verano no viajaron, lo pasaron en Villa Orchard. Pero al final hubo una pequeña disrupción: Sofía iba a dejarlas porque le había salido una buena oferta de trabajo en su pueblo. Trabajaría de administrativa, en una oficina. Le parecía que eso era un progreso. Tuvieron que ir contratando inmigrantes. La mejor que encontraron fue una ucraniana madura y obesa, educada.
En octubre viajaron a Norteamérica otra vez. La novela de Angie ya iba bien, y pasaron horas y horas leyéndola, corrigiéndola, añadiendo sugerencias. Estuvieron las cuatro juntas otra vez. Viajaron y buscaron escenarios para la historia. Angie prometió que sería la mejor novela escrita por ella. Se la iba a dedicar a su amiga Stella.
A Stella y a Rachel.
No, solo a ti. Rachel ya me tiene a mí. Tú tendrás la novela.
Una sola dedicatoria que sería un reconocimiento de que, en cierto modo, la novela no era suya. A Puree le pareció bien. Algo es algo.
The best Price se publicó en noviembre de 2006.
Aquellas navidades estuvieron muy pendientes de si la novela triunfaba o no. Laurie estaba entusiasmada: decía que era una historia buenísima y que la veía a ella, Stella, en la novela, y no a Angie. Y era una novela lésbica. Angie había introducido una fantasía frustrada de Stella: el tener esclavas. Siempre lo había deseado, pero nunca se había atrevido. Ni Guenia ni Puri fueron esclavas, pero en el fondo de su corazón, Estrella hubiera querido que se esclavizaran a ella. Hacer que la trataran de usted, vestirlas con uniforme, ordenarles que se agacharan para complacerla.
A lo largo de la primavera de 2007, The best Price comenzó a entrar en las listas de los libros más vendidos. La mejor novela de la joven escritora Angie. Lo consiguió. Estrella consideró que también, por delegación, ella lo había conseguido. La dedicatoria de la novela era clarísima: A Stella. Era todo lo que le había pedido. La fama y la pela se la podía quedar toda Angie. La fama de Angie podría tener mejores consecuencias que la suya. Y dinero, ya tenía. Lo había logrado con el estigma, y convertirse en una gran escritora había, tal vez, de librarla del estigma. Simone de Beauvoir era una libertina, una bisexual, y logró superar el estigma. Tal vez Angie, en el siglo XXI, lo lograra también. Y recordarían a Stella, la española, como la influencia decisiva en su vida.
En mayo, Estrella se metió por primera vez en el quirófano para que la retocaran. Puri reconoció que la habían dejado mejor, sin dejar de ser ella misma. Se había tratado sobre todo de algunos estiramientos, que no habían llegado a deformarla mucho. Crearía un nuevo ser en el otoño del año 2017. Sentía bastante curiosidad por el aspecto que tendría entonces. Claro que, de momento, le gustaba seguir siendo una guapa madurita.
El verano lo volvieron a pasar en Villa Orchard. No quería dejar sola a su madre. Los médicos aseguraban estar haciendo lo que podían por ella. La madre había perdido mucho peso, se la había operado de una hernia y de cataratas, pero la fatiga del corazón no podía curarse. La decadencia se hacía inevitable. Era una octogenaria que había sufrido de obesidad y diabetes, así como un infarto y un accidente vascular. Ya no regía bien. Por las tardes, sobre todo, quedaba como adormecida y balbuceaba recuerdos. Los buenos días de verano la llevaban hasta el huerto, bajo los árboles. Allí estaba mejor. A veces divagaba y rememoraba su infelicidad en la infancia, juventud y matrimonio. Y ni siquiera le compensaba los últimos veinte años, desde que en mayo de 1984 abandonó por fin a su marido y se instaló en el chalecito adosado de Torremolinos. El origen del dinero que su hija había obtenido nunca dejaría de dolerle. Y el lesbianismo. Aunque quería a Puri, todavía lloraba a veces cuando pensaba en cómo su hija había tomado un camino tan extravagante, tan alejado de lo más íntimo de la naturaleza. Su hija rica, escritora, amada No, su hija prostituta, rara, sexualmente pervertida
Una de aquellas noches, con la hermana y Puri presentes, comenzó a recordar los meses de mayo y junio del año 1984, recién instaladas en el chalecito adosado de Torremolinos. No tenían teléfono, la hermana aún no se había sacado el carnet de conducir. Dos pobres mujeres solas, en una urbanización más bien desértica, alejada del centro, con cuatro o cinco muebles que habían comprado apresuradamente, entre unas paredes extrañas. Sin un hombre. Con la hija en Madrid, que había cambiado tanto que apenas la conocían. Que era prostituta y les mandaba dinero a las cuentas de ahorro que les había hecho que abriesen. A veces venían de visita el hijo casado y la tía y las sobrinas. A reprocharles que aceptaran vivir del fruto de la prostitución de su hija de veintiún años. ¿Tan mal estaban en casa que habían abandonado al pobre marido y padre?
Estrella nunca pensó entonces que aquellas semanas antes del verano del 84 habían sido tan dramáticas. Pensó que habían estado contentas, pues la casa era mucho mejor que el pisucho donde siempre habían vivido, y la tenían en propiedad, y, sobre todo, porque se habían deshecho del viejo para siempre No pensó en la soledad de aquellas dos mujeres.
Estrella ya no discutía con ella sobre eso, como cuando estaba mejor de salud. Incluso una vez le había hecho reconocer ala madre que ella, de haber vivido en los nuevos tiempos, tal vez hubiera sido lesbiana también: la madre era de esas mujeres cuyo ideal de hombre era un hombre bueno, sensible y cariñoso, lo que a Estrella le parecía el síntoma decisivo de la lesbiana reprimida. Por supuesto, el marido no había sido nada de eso, pero eso era todo a lo que había aspirado, y había creído que podría encontrarlo en aquel pequeño camarero de pueblo, de aspecto frágil, un tanto femenino, que se había comportado con ella, en el cortejo, con rastrera humildad. Después resultó que siempre había vivido acomplejado de acusaciones de falta de hombría. Bien demostró ser después todo un hombre. Cobarde y fracasado, sí, pero también egoísta, grosero, resentido y cruel con los más débiles que él: todo un hombre.
A la madre siempre le habían gustado las mujeres. A veces, viendo la tele, no podía dejar de admirar la belleza de alguna joven. Estrella reconocía esa actitud. Cualquier mujer reconoce e incluso admira la belleza dulce de una chica, pero no todas las mujeres asocian a ese reconocimiento ideales de intimidad.
Cuando adolescente, cuando era una colegiala empollona y un poco rara, Estrella había sentido un intenso deseo de intimidad con algunas compañeritas especialmente dulces. Entonces había pensado que lo que deseaba era una amistad tierna, femenina. Pero le había avergonzado ese sentimiento. Ahora había comprendido que eso era lesbianismo, la sororidad.
Las ambiciosas investigaciones que había soñado que la doctora Sarah emprendiera, nunca se llevarían a cabo, pero Estrella estaba segura de que más de la mitad de las mujeres eran lesbianas (por defecto, dada la plasticidad y flexibilidad eróticas femeninas). Algunas de ellas necesitarían de vez en cuando pasar por una experiencia brutal de ser hechas mujeres por un macho (igual que los hombres necesitan pelearse o gritar en el fútbol de vez en cuando), pero el número de mujeres que de verdad necesitan amor de hombre le parecía muy inferior. ¿Enamorarse de hombres?
Si hubiera podido hacerle comprender esto a la madre... Ella nunca quiso prolongar las discusiones sobre la cuestión que obsesionaba a su hija. Con la casa llena de lesbianas, la anciana seguía pensando que lo antinatural era algo feo, una enfermedad mental. Que su hija se había vuelto loca por culpa del padre que había tenido. Incluso que por culpa de eso había fracasado en los estudios.
A Estrella le gustaba mostrarse cariñosa con la anciana, sobre todo entre los árboles llenos de frutos y verdor, pero la anciana lloraba: con lo guapa, inteligente y buena que eres, por qué has tenido que llevar esta vida
No había manera. Puri decía que no había que tomárselo a pecho. Decía que su propia madre lo sentía igual, pero no era cierto. La madre de Puri era una campesina divertida y casi despreocupada, que la quería incondicionalmente y que se sentía feliz si su hija era feliz.
La madre de Estrella poseía cierta capacidad para la infelicidad. Pero tal vez, si las cosas hubieran ido de otra manera
A pesar de todo, aquel verano hubo momentos buenos.
Venía el hijo, con los nietos e incluso con un bisnietillo. Estrella no departía con ellos. Era muy raro que comieran todos juntos. Detestaba a su cuñada, por lo demás, una mujeruca vulgar, hipócrita y malintencionada. Por cierto, que dos de sus hermanos eran también marginales: uno, un preso drogadicto (ya fallecido de Sida) y el otro, un homosexual amanerado que, entre otras cosas, había regentado un club de alterne. La cuñada odiaba a Estrella, quizá, porque ésta, aparte de haber sido puta siempre sería puta por haberlo sido una vez, por supuesto- , además se había hecho millonaria.
Lo de que Puri fuera a ser madre los hacía rabiar. No era nada decidido, pero eso supondría que la criatura que naciera (adoptada o fruto de una fertilización) se llevaría toda la pasta de la herencia. No quedaría nada para los sobrinos.
En cualquier caso, cuando venía la tribu solían llevarse a la hermana de excursión. A Estrella le gustaba mucho subir los montes de Andalucía en verano. Se unían al grupo excursionista de la hermana o se iban por su cuenta, tres mujeres maduras solas. O más de tres. Sofía solía sumarse también. O cualquier amiga más. A veces se reunían siete u ocho mujeres (la mayoría, lesbianas) para recorrer la Sierra de Cazorla o de Grazalema.
Cuando llegó el otoño, Estrella se dedicó a no hacer nada. Ya no más libros, le dijo a Puri. Pero tienes que hacer algo. ¿Y qué haces tú?
¿Qué hacía Puri? Ella no necesitaba hacer algo para vivir. Ella sabía vivir. Incluso sabía vivir antes de conocer a la que ahora era su sofisticada esposa. Ella decía que no, pero Estrella estaba segura de que sí.
En octubre hicieron una escapada a Estados Unidos, a ver a Angie.
Angie estaba en la cumbre de su éxito, y muy metida en su nueva novela, y en el inevitable asunto del guión de Hollywood pendiente para The best Price. El matrimonio español observó dos cosas: que Angie no explicaba ante otras personas quién era Stella salvo que se lo preguntaran, y que Angie no quería hablarles del libro que ahora estaba escribiendo.
Puree se indignó, y Stella se lo tomó muy bien. Era normal que Angie estuviese celosa de la parte de su propio éxito que le debía a su amiga. Y, además, ya no hicieron el amor todas juntas. Angie tenía como nueva novia a una actriz muy presumida y posesiva, no a la pequeña y cariñosa Rachel ("ella ahora está muy bien", decía Angie, "seguimos siendo amigas"). Eso sí le dolió a Stella: la preciosa chica cuyo sexo habían besado había desaparecido sin que Angie diera explicación alguna. Stella no se atrevió a pedirle el email, pero podía haberlo hecho. Había sido también su amiga durante aquellos días.
Después estuvieron en otras partes del país. Vieron a la profesora Sarah, e incluso participó en un pequeño acto público, donde la presentaron como la más conocida escritora lésbica española, lo que no era decir mucho.
Allí estuvo hablando con un tipo que no llegó a saber quién era. Un tipo calvo y de aspecto correcto, con pinta de profesor. Se pusieron hablar de filosofía de la religión. Para qué sirve la religión. La conversación fue muy interesante para ella y aburridísima para Puree que tuvo que buscarse otro pasatiempo.
Después, durante la noche, en la cama, Estrella se lo estuvo explicando a su esposa: iba a diseñar de una vez por todas una religión femenina.
Hay dos formas de cambiar el mundo: la política y la religión. La política cambia el sistema del poder, es decir, la violencia, y es el método de los tíos. La religión cambia la forma de pensar: ésa es la forma buena, y es el método de las tías.
Pero ya hay muchas religiones, y todas las han hecho hombres, y muchas son malísimas
Lo que hace falta es la religión perfecta. Una religión para chicas. La religión de la sororidad. Primero tengo que crear una religión, y solo entonces surgirá la sororidad.
Volvía a pensar en cómo le había impactado aquella comunidad de gandhianos en el sur de Francia, donde conoció a Martina, que después se volvió tonta.
Una buena religión de chicas no consistirá en hacer rituales bonitos y disfrazarse de hadas de los bosques, no señora, no. Una buena religión femenina será una enseñanza de vida, un sistema de condicionamiento de la conducta que nos vuelva a todas santas santas de una puta vez.
De puta a santa. Tú siempre igual
El paraíso no es para los mediocres. Al paraíso se va por la ascesis o por la orgía. Por la degradación. Por la exaltación.
Estás como una cabra. Te quiero con locura.
En noviembre estaban de vuelta en casa. La madre no se encontraba muy mal. Habría una buena Navidad.
A Puri le pareció muy bien que volviera a escribir. Se ponía en contacto con sus conocidas por Internet. Perdía el contacto con muchas mujeres del extranjero (algunas hasta habían muerto) y no ganaba muchas relaciones en España. No había mucho interés en una religión racional para mujeres. De hecho, nadie se interesaba por una religión racional en ninguna parte del mundo.
Había una famosa historiadora de las religiones, que había sido monja y todo, con la que intentó ponerse en contacto a través de Laurie. Pero aquella mujer, cuya idea de la religión era parecida a la que el tipo calvo aquel le había comunicado, no se interesó por sus ideas. La monja no quiso saber nada de la puta. Una santa quizá se hubiera mostrado más comprensiva, pero una monja no.
Para fin de año, ya tenía un esquemita. Se lo enseñó a Puri, que no entendió nada, pero le dio muchos besos.
Resultó un buen entretenimiento para el invierno, pero para primeros del nuevo año ya sabía que la cosa no iba a dar mucho de sí. No tenía capacidad erudita para construir un ensayo coherente. Necesitaría a otra Sarah para eso. Y Sarah misma ya no creía en la historia de la sororidad que había encontrado tan poco eco. En realidad, todo era intrascendente. Quizá resultara más entretenido escribirlo en forma de novela.
Por lo demás, aquel nuevo año que comenzaba iba a girar más en torno a la salud de la madre. Por mucho que se los presionase, los médicos dudaban de que pudiera vivir más de unos cuantos meses. Y su estado mental se deterioraba. A veces tenía algún momento bueno, pero la mayor parte del tiempo estaba quejosa y tristona. Sufría dolores, ya no podía caminar ni unos pocos pasos, se le administraban calmantes, el invierno le estaba sentando mal.
La hermana, Puri y ella hablaban en voz bajita, frente a la chimenea, sobre el futuro, con la madre dormida más allá. Habían puesto un micrófono para oír si respiraba bien. Decían que estaban bajando los precios de las fincas, que estaba estallando ya la burbuja inmobiliaria a la que se debía la temporada de prosperidad y de afluencia de trabajadores inmigrantes que se habían vivido en los últimos años. De momento, no se notaba mucho. Pero ya había pasado la oportunidad de vender todas las propiedades y forrarse. Álvaro había propuesto la venta ya en el 2006. Calculaba que se podían sacar hasta diez millones de euros por venderlo todo, un beneficio de casi cinco veces con respecto a la pasta que ella había reunido en 1989, con los últimos dineros de Marcus, cuando se compró Villa Orchard. Pero no era tan claro que se pudiera sacar tanto.
Álvaro hablaba de métodos originales para evadir los impuestos y llevarlo todo a un gran fondo financiero internacional. Álvaro no era un experto en esas cosas. Llegó a sospechar incluso que quería robarle (pero Estrella siempre podía recurrir a la fiel abogada Pilar). Podía ser un admirador resentido. No valía la pena correr riesgos. En teoría, en un gran fondo sin fondo en el extranjero, si sacaba diez millones de euros, podría conseguir un mínimo de medio millón de euros para ella sola al año. Ahora, explotando los alquileres (treinta de su propiedad y otros tantos de otros propietarios), lo que sacaba eran unos trescientos mil. Un pastizal que dedicaba casi la mitad a obras de caridad (canalizada en buena parte al pueblo de Puri). Los cuidados a su madre costaban bastante, pero la finca incluso producía beneficios por la abundancia de fruta y verduras.
Lo que pasaba también era que Estrella viajaba menos, gastaba menos. Se pasaba el tiempo en casa, con Puri y la hermana. Se iban de excursión por Andalucía. A veces iban a alguna reunión en Málaga e incluso en Vélez-Málaga, con feministas o lesbianas, donde ella todavía gozaba de cierta celebridad, pero poca estima.
Le venía bien pensar en la religión. Le gustaba la religión, no lo podía evitar. De hecho, cuando prostituta, uno de sus grandes éxitos era las representaciones devotas que hacía a sus clientes.
La religión es, sobre todo, recogimiento
¿Y eso qué es? preguntaban la esposa y la hermana.
Pues no lo tenía tan claro. Google y la wikipedia no lo explicaban del todo.
Por encima de todo, alcanzar un estado de benevolencia en comunidad. Amar y ser amado. Es verdad que, aparte de las religiones compasivas, también había otras, de tipo militarista, como las religiones de los aztecas o la de los nazis. Los nazis o el comunismo seguían siendo religiones porque unían a la gente alrededor de determinados mitos, ritos o doctrinas que simbolizaban pautas de comportamiento.
Toda religión, incluso la peor de todas, servía para unir a la gente. A veces se unía la gente en hacer el mal a otra gente, pero eso pasaba con todos los comportamientos de grupo. La religión compasiva era la buena de verdad: se unían en amor dentro del grupo también para amar a los que estaban fuera del grupo.
Para alcanzar ese estado hace falta ser muy benevolente. Estrella había buscado ese estado mediante la sororidad. Había estado cerca de ese estado en las orgías de chicas. Recordaba la orgía primera con Hanna. Y las que había pasado con Puri, Li y Angie. Había escrito sobre ello en Más amor, pero no quedó satisfecha. Lo había relatado, lo mejor que podía, como un estado de dulzura infantil, de amor tierno infinito. Pero no había añadido la palabra religioso, en el sentido de que era algo que podía perdurar una vez se almacenaba como recuerdo.
Recogimiento era algo parecido. Alcanzar un perfecto estado de recogimiento venía a ser alcanzar ese estado de amor infantil de niñas- que había llegado a conocer, pero de forma más barata. No era fácil ser una lesbiana guapa y, encima, adinerada. Ni siquiera era fácil conocer a mujeres tan buenas como Hanna, Puri, Li o Angie. Además, el placer sexual, al ser tan intenso, podía degenerar en pasión. Sí, de acuerdo, parte de la maravilla de aquellos recuerdos se basaba en que ni ella, ni Hanna, ni Puri, ni Angie poseían naturalezas apasionadas
No, no importaba (decidía ahora), no importaba porque, al fin y al cabo, aunque solo unos pocos astronautas hubiesen llegado a la Luna, eso no había impedido que millones y millones compartieran la emoción y el símbolo creados.
Ahora bien, a la hora de definir el recogimiento, no podía evocar, a modo de sentimiento oceánico (aunque probablemente se trataba de otra cosa que lío), el imaginar a cuatro lesbianas jóvenes y guapas, desnudas, enroscadas en un nidito de sábanas, almohadas y edredones, satisfechas y enamoradas, compartiendo té y dulces
Cuando niña, había atesorado imágenes deliciosas de sus catecismos. Un Jesús infantil, cabezón, sonriente y encantador, dando la ostia consagrada a una preciosa niña rubia con hábito monjil, también cabezona y sonriente, pero con los ojos dulcemente cerrados y las manos unidas en devota oración, todo en alegres colores. Eso sí que era potencia y recogimiento. Si se pudiera vivir así
Ahora que ya había cumplido cuarenta y cinco, se daba cuenta de todas las cosas que no había hecho. En el fondo, era una tímida. Nunca había seducido a una heterosexual que hubiese conocido casualmente (siempre recordaba su fracaso con Erika, la dulce profesora de alemán en Frankfurt). No se lo había hecho con Sofía y Puri, las dos hermanas. No había seducido a ninguna niña. ¿Cómo sería el sexo con una niña de doce años, uno de esos ángeles? Ni siquiera ella, a los doce años, había sido todo lo dulce y lo buena que hubiera podido ser. Su madre decía que sí, que era buenísima, que era una niña demasiado buena (insinuando que por ello luego se había desquitado haciéndose puta y viciosa ). Pero Estrella pensaba que podía haber sido todavía más buena. Buena hasta el punto de disfrutar de ello. Porque la bondad normalmente perjudica, pero si la bondad fuese gozosa, entonces la santidad estaría al alcance de la mano.
El problema que solucionaba el recogimiento era que obviaba el hecho de que la santidad estaba lejos. Mediante el recogimiento evocábamos la santidad.
¿Podría escribir un libro con eso? Necesitaría hablar de eso con alguien, pero ¿con quién?, ¿existía una psicología de la santidad y el recogimiento para ateos? Incluso había ateos dados al misticismo. Pero no a la santidad. La sororidad iba en ese sentido, aunque se conformaba con menos: simplemente, que las mujeres se dieran amor en familias extensas, abiertas y flexibles. A lo mejor había sido poco ambiciosa. Aunque lo lógico era pensar que si no se pudo lo menos, aún más imposible sería conseguir lo más
Se le ocurrió pensar que nunca podría escribir un libro de religión. Un libro de religión tiene que ser para todo el mundo, y ella no podía escribir sobre lo que necesitaban los hombres. Hubiera necesitado ser hombre. Igual ella, de haber sido hombre, un hombre desgraciado, débil y humillado, hubiera podido escribir un libro sobre religión, que es algo para los hombres débiles especialmente (es decir: los hombres débiles enseñan a los fuertes cómo debilitarse para beneficiarse después de ello). Claro que mejor haber sido mujer y haber podido disfrutar del amor real. Porque había conocido el amor real. Quizá menos de lo que hubiera podido ser (porque el amor es inmenso, inagotable), pero había tenido bastante.
No escribiría el libro de religión. Podría escribir algo sobre religión, pero no un libro. Escribió lo de la sororidad, y eso era todo lo que podía escribir. La religión la necesitan los hombres, mientras que las mujeres tal vez, algún día, podrían tener la sororidad.
Entonces no escribiría nada. Nada más. ¿Y por qué no?
Y pasó la primavera y llegó otro verano. Y al final no escribía nada. Vagas tentativas. Pero no se angustiaba. Eran etapas que pasaban. Intentó interesarse por el Orchard, pero era demasiado complicado y los campesinos que pagaba para cuidar de los árboles resultaban antipáticos. Debería despedirlos, pero le desagradaba pensarlo.
En febrero llegaron las críticas. Y fueron buenas. El libro no se vendió mucho (eran diez historias, como diez relatos, y eso siempre gusta menos que las novelas), pero gustó al mundo gay y a muchos intelectuales. Tuvo más entrevistas, y siendo todavía tan hermosa, la volvieron a invitar a algunos programas de sobremesa muy populares. ¿Lograría por fin ser una celebridad?
Cuando en abril estuvieron de vuelta de algunos viajes, el viejo, su padre, se moría. Llegó a ser fastidioso lo de su estado de salud, su decrepitud y su inconsciencia. La senilidad era total. Los cuidados costaban más, pero había dinero, como siempre. Cuando contemplaba su cuerpo escaso, decrépito, trataba de decirse a sí misma que era normal que ese tipo de espectáculo conmoviese. Se tratase de quien se tratase. Y ella había conocido hombres peores que él. Había conocido muchos hombres, y su padre (y su hermano) cabían perfectamente en la definición de "hombres". Eran auténticos "hombres" y tenían muy poco de "personas". Un hombre es un hombre es un hombre.
Al final se murió. En mayo.
La madre lloró. La hermana lloró. La tía Reme lloró. Hasta ella, la muy estúpida, lloró. Solo su hermano, que probablemente no era mejor que el muerto, estuvo sin llorar. Ni siquiera fue al entierro.
A su muerte, dejó poca cosa. Casi todo el dinero del viejo piso se había gastado en la asistencia de su enfermedad. Lo que quedó era la parte de sus hermanos. Su hermano mayor, el que la metía en el cuarto de baño a que lo masturbara (algo que ahora sabía que era bastante común entre los hermanos mayores con sus hermanas pequeñas), no se había hecho rico al final, y quizá lamentaba no haber explotado la riqueza de su hermana, la puta. Ahora había pillado un poquito de la muerte del padre, mientras que el que se había hecho rico gestionando las mal ganadas propiedades de su hermana había sido Álvaro, no él. Ella sentía un poco de asco y un poco de superioridad con respecto a su hermano, que parecía cada vez respetarla más a medida que él envejecía y se veía resignado a la pobreza. Gente de toda España y de fuera de España habían llegado a la Costa del Sol a forrarse dando pelotazos, y él, que era de allí y estaba allí desde el principio, no había logrado nada...
Quizá su hermano iba ahora a ocupar el lugar que ocupó su padre en vida: el hombre de la casa. Una razón para sentir asco, repulsión y vergüenza del género humano, reducido al error de la masculinidad. Se solazaba pensando que cuando la madre muriese, ella podría tener el consuelo de que cesaría el único motivo para mantener algún vínculo con él. Era como cuando consolidó su "negocio" en Madrid: al otro lado de la puerta, al otro lado de un biombo que ponían en el pasillo, ella recibía a los hombres, todos los hombres. Y al otro lado, cuando terminaba su trabajo y era libre, todo eran mujeres: Patri, su guardaespaldas, Toñi, su asistenta, Chelo, su peluquera. Solo mujeres. La misma perfección que sentía al rozar la entrepierna femenina, perfectamente ajustada, sin irregularidades. La piel de la mujer, los ojos grandes... Solo mujeres.
Un alivio momentáneo. Porque siempre estaba la sospecha de que el mundo lo habían hecho los hombres. La inferioridad que no había dejado de sentir cuando niña y adolescente, cuando, ingenua y tonta, había querido ser "persona", participar en el mundo "normal", donde las mujeres "eran iguales". Todo eso acabó. Pero quedaba la sospecha, el miedo a la agresividad, fuerza y astucia de los varones. Rechazarlos estaba bien. Huir de ellos. Nada con ellos. Cuando su madre muriera, daría la espalda también a su hermano. Incluso estaba harta de Álvaro y sus quejas, de no atreverse a decirle que desconfiaba de él. Si pudiera encontrar una mujer para sustituirle... Estrella ahora veía poco a Álvaro. un hombre en principio sin grandes ambiciones pero que gracias a ella había logrado ascender en la vida, lo cual inevitablemente lo había cambiado. Él debía de haber superado la antigua pasión. O a lo mejor no, qué importaba. Álvaro era un cincuentón, padre de familia. Tenía su chalecito, vivía bien.
Y llegó el matrimonio gay. En verano. Siendo una de las lesbianas mediáticas más bellas, su boda atrajo interés (tras hacerse unas llamadas para que acudiera la prensa). Fue la boda gay más atrayente del año. Se gastó un dinero en vestidos. Se vistieron de rosa las dos, se adornaron como princesas, con muchas flores. Puri, que no era guapa ni fea, pero sí de figura grácil (y de poco pecho), contribuyó con su juventud y el brillo ilusionado de sus ojos, lo que la volvió más atractiva.
Hasta la madre se emocionó. Fue una auténtica boda, y no aquello que organizó Marcus Ellis en Las Vegas. Estrella recordó otra boda, un poco como la que salía en la peli "Pretty Woman": un cliente la contrató para acompañarlo en una de aquellas celebraciones. Por las mañanas Estrella podía organizarlo sin que le estorbara a sus clientes vespertinos. Se puso guapa y fue del brazo del cliente que a veces no podía evitar besarla y achucharla. Era un pobre tipo que quería que lo vieran con una chica así. Hubo un buen momento. Nadie pensó que era una prostituta, dada su educación, su juventud y su encanto de chica buena. Pero llamó mucho la atención y un grupo de chicas jóvenes cotillas la acorraló en un momento preguntándole si era la novia del tonto aquel. Ella dijo que no, que venía a acompañarlo porque "aquella mañana no tenía nada mejor que hacer". Es un buen chico, dijo ella. Pero te besa. Sí, pobrecito, le hace ilusión. Pero él no te gusta. Oh, sí me gusta. Es un buen chico, ¿no es eso suficiente? Y las tontas se quedaron con la boca abierta. Aquello le encantó. Después fue otra vez hasta él y se colgó de su brazo, ocupando de nuevo su lugar. ¿Qué hay de malo en hacer feliz a la gente y, de paso, coquetear un poco?
Pero su boda pública, mediático, fue algo mejor que eso. Al fin y al cabo, ella de verdad amaba a Puri. Su esposa.
Marimar, su mejor amiga de Málaga, comentó, al besarlas a ambas, que aquella boda había sido su mejor obra. Y que con ella había ayudado a muchas.
Tal vez muchas chicas las habían envidiado. ¡Eso sí que era una boda! Pero a Estrella también le dio un poco de vergüenza, como cuando posó desnuda en las páginas de papel cuché. Se decía a sí misma, de nuevo, que era necesario para ayudar a las chicas, para dar ejemplo.
Según la costumbre, el verano lo dedicaron a viajar, ya de recién casadas. Estuvieron donde siempre, en Alemania y en Inglaterra, a ver a las amigas, como esposas.
Hubo un día una pequeña discusión porque ella dijo que seguían sin darle mucha confianza los gays, pero que pensaba que el cálido vínculo del matrimonio se adaptaba mucho al lesbianismo. Una psicóloga americana decía que la altísima tasa de divorcios solo significaba que se pasaba del matrimonio para toda la vida al matrimonio consecutivo. Stella pensaba que aceptar matrimonios consecutivos era aceptar el fracaso. Sí estaba de acuerdo en los matrimonios acumulativos: a la pareja lésbica podían agregarse más mujeres (la sororidad, en una de sus funciones), pero los gays eran hombres, violentos y posesivos, y, como decía Proust, condenados a la desgracia porque al homosexual no le gustan los otros homosexuales, sino los hombres realmente viriles. Aunque decía solidarizarse con la terrible represión soportada por los hombres gays y aunque tendría que agradecerles a ellos que cedieran mucho de sus espacios organizativos a las pobrecitas lesbianas, no podía evitar sentir desconfianza hacia ellos. Solo una vez sintió simpatía por un gay: cuando le confesó que, en el fondo, consideraba, en efecto, una desgracia haber nacido de tal forma que le atrajeran los hombres. Era lo que muchas mujeres decían. Pero lo decían en privado. Solo ella lo había dicho en público.
Aquel otoño Marimar se fue de Málaga por motivos de trabajo. Siguieron en contacto, pero se vieron poco. Había sido la única amiga verdadera que había hecho entre las lesbianas de Málaga. Para las otras, la boda despertó más envidias que otra cosa, como era habitual. Nunca tendría amigas sinceras entre las lesbianas de la ciudad.
Durante aquel año aún salió un poco en la tele y la invitaron a escribir artículos de prensa. También organizó algo en Internet, un vago intento de resucitar la idea de la sororidad, pero sin resultado
En Inglaterra, cuando vieron a Laurie, ésta había preguntado por sus nuevos proyectos. Laurie, que no sabía nada de español, no había leído nada que Stella hubiera escrito. Solo lo de la sororidad, que era obra suya a medias con la profesora Sarah.
Stella siempre tenía proyectos, pero no solían pasar de un cierto estadio de vaguedad. Un poco por complacer a Laurie, le había relatado la idea de una novela sobre la compra de una esposa. Se acordó de cuando Marcus Ellis presumía de que había comprado una esposa por cien mil dólares mensuales que ningún rico más rico que él hubiera podido conseguir ni por diez veces ese precio. Podía ser una novela de ambiente norteamericano. Podía comentarlo con Angie. Incluso, si Angie quería la historia, la podía escribir ella. Stella se sentía en deuda con Angie: pensaba que había ejercido una mala influencia sobre una chica joven e impresionable. ¿Se hubiera prostituido Angie si no hubiese conocido su propia historia? Lo que había hecho solo podía compensarse si a cambio conseguía un éxito grandísimo. Y no era así. Angie nunca ganaría el premio Pullitzer. Quizá haber buscado aquella experiencia tremenda, aún en el siglo XXI, no había valido la pena. El feminismo estaba en contra. Stella sospechaba que Angie se había arrepentido. Y acabaría culpándola a ella.
Stella, incluso, pensaba ahora que la prostitución difícilmente podría ser asimilada por la sociedad. Las mafias, la ruindad del tráfico, la vulgaridad Por lo que sabía, la prostitución en la década del dos mil era todavía peor que en los años ochenta. En los años ochenta había aún cierta inocencia, pese al susto que ella se llevó al desmentirse sus primeras e ingenuas suposiciones. Con todo, las putas, como Paula y otras, eran solo mujeres pobres. Había droga, sí, pero ese tipo de prostitución se reconocía fácilmente por sus propias características. La pastillita o la coca eran una cosa, y la heroína algo muy distinto. Se bebía mucho, también. Pero no había tantas mafias.
El tipo que llevaba el último club en el que trabajó -la "whiskería"-, Fernando, era un señor bastante tranquilo: el dueño de un bar o un restaurante, interesado sobre todo por el dinero, y que sabía reconocer pronto a las chicas conflictivas, de las que se deshacía rápido. Cuando una periodista entrevistó a Stella sobre el asunto fue ésa la opinión que dio. Sin olvidarse de lo más desagradable que ella había vivido, que no fue poco.
Pero en realidad, no sabía mucho de esas cosas. Una vez se habían parado ante una mulatita con buena pinta que hacía prostitución callejera, Puri y ella. La invitaron a venir, le ofrecieron buen dinero, pero aquella infeliz se negó a subir a un coche con dos mujeres.
De momento, en lugar de investigar ese mundo y en lugar de considerar seriamente que lo más importante de su vida había sido el dinero que había ganado con la prostitución, se dedicó a ese asunto de una manera más indirecta, planeando la novela norteamericana sobre la compra de una esposa, cuyo título podía ser algo así como the best price.
Para fin de año le mandó lo que tenía a Angie, para que le diera la opinión. A Angie le pareció una buena idea.
Para año nuevo, fueron a Nueva York, donde ahora vivía Angie. Angie estaba guapísima y tenía una novia más joven. La vieron mucho mejor, quizá debido a que la chica joven mostraba un amor muy puro. Hicieron el amor las cuatro. La jovencita, una chica judía llamada Rachel, se mostró muy tímida. Se volcaron en ella, y Stella reconoció el amor de Angie por Rachel por la forma en que se organizó el acto. Tendieron a la pequeña Rachel sobre almohadones, quedó Angie dominando su cara, besándola y mimándola, y conformándose solo con ponerse la mano de la pequeña judía entre sus piernas, mientras las dos amigas extranjeras le trabajaban a fondo entre los muslos. Stella se aplicó con toda su sabiduría, hasta que la chica vivió su prolongado orgasmo con los ojos abiertos fijos en los de su amada, que le mantenía apretada la cara con sus dos manos en las ardientes mejillas. Así tenía que ser la sororidad.
Escribe tú la novela, le dijo a Angie. No puedo escribir una novela norteamericana siendo extranjera
Es tu historia.
Tú también fuiste prostituta. Te ayudaré a escribirla, pero debes escribirla tú.
Se quedaron calladas. Rachel, aunque inocente y buena, desconfiaba un poco de la influencia que ejercía sobre su amada aquella europea. Angie quería vencer su orgullo. Puree pensaba que no estaba bien que la otra se quedara con una historia que se le había ocurrido a su esposa.
Pero al final Angie cedió, porque le atrajo la oportunidad. Comenzaron a escribir The best Price entre las dos (o las cuatro). Pero Angie ponía su técnica narrativa, su buena prosa, su capacidad evocadora, en la que siempre superaría a Stella. También añadió una intriga dramática, e hizo los cortes necesarios las elipsis.
A primeros del año siguiente la novela estaba funcionando en el sólido y flexible cerebro de Angie. Y esta vez Estrella no tenía proyectos. Solo que el año siguiente iba a hacerse su primera operación de cirugía estética: estiramientos y rellenos, oh sí. Algo muy diferente a lo de los pechitos que se puso en 1988... aquello lo había hecho con alegría y ahora se trataba de reparar el paso de los años.
A los cuarenta y cinco, su primera operación. A los cincuenta y cinco, su renuncia al esplendor.
Sería una ceremonia que tenía planeada desde que encauzó su vida como prostituta y lesbiana veinte años antes: cortarse el pelo, vestir con chándal, muscular sus miembros, arrancarse los pechos (decían que prevenía el cáncer).
No más mujer. Se acabó. Solo sería intelecto y humanidad. Pero no más mujer. Ser mujer es algo más que tener una vagina. Había logrado serlo, y en el futuro viviría recordando lo que había sido y lo que esto significaba. Si evitaba la decadencia lograría que el recuerdo de su plenitud permaneciera con más fuerza. Pero eso sería en 2017, cuando cumpliera los 55. 55 y no más.
¿Y yo qué?, se quejaba Puri. Ella era diez años más joven.
Tú, haz lo que quieras. Eres mi esposa.
Y por primera vez le sugirió la maternidad. Podían ser madres. El útero de Puri era fértil. La esposa se lo quedó pensando. Ser esposa y madre.
Estrella ya no necesitaba nada. Excepto cuidar de su madre y su hermana. Cuidar de sus amigas. Cuidar de la limitada fama conseguida. Ni sororidad, ni seguidoras, ni nada. Vida tranquila. No había logrado lo que había querido, pero había logrado mucho, y todavía le quedaba mucha felicidad por vivir. Tenía la suerte de poder fijarse en los buenos recuerdos, disfrutar con ellos. Eso daba mayor esplendor a los logros alcanzados.
El huerto seguía tan hermoso. La madre ya necesitaba de silla de ruedas, pero a veces lograba entusiasmarle el aspecto de aquellos árboles frutales y las ordenadas hileras de hortalizas. Conversaba con los cuidadores. Quería mucho a Sofía, la hermana de Puri. A veces la llevaban a ver a la tía Reme o traían a los tíos a Villa Orchard. Incluso se presentaba el hermano con la nieta, una joven de veintitantos, que ya tenía novio con el que se pensaba casar. Esta sobrina le gustaba a Estrella. El novio también. Era un buen chico, muy trabajador, experto en electrónica.
Aquel verano no viajaron, lo pasaron en Villa Orchard. Pero al final hubo una pequeña disrupción: Sofía iba a dejarlas porque le había salido una buena oferta de trabajo en su pueblo. Trabajaría de administrativa, en una oficina. Le parecía que eso era un progreso. Tuvieron que ir contratando inmigrantes. La mejor que encontraron fue una ucraniana madura y obesa, educada.
En octubre viajaron a Norteamérica otra vez. La novela de Angie ya iba bien, y pasaron horas y horas leyéndola, corrigiéndola, añadiendo sugerencias. Estuvieron las cuatro juntas otra vez. Viajaron y buscaron escenarios para la historia. Angie prometió que sería la mejor novela escrita por ella. Se la iba a dedicar a su amiga Stella.
A Stella y a Rachel.
No, solo a ti. Rachel ya me tiene a mí. Tú tendrás la novela.
Una sola dedicatoria que sería un reconocimiento de que, en cierto modo, la novela no era suya. A Puree le pareció bien. Algo es algo.
The best Price se publicó en noviembre de 2006.
Aquellas navidades estuvieron muy pendientes de si la novela triunfaba o no. Laurie estaba entusiasmada: decía que era una historia buenísima y que la veía a ella, Stella, en la novela, y no a Angie. Y era una novela lésbica. Angie había introducido una fantasía frustrada de Stella: el tener esclavas. Siempre lo había deseado, pero nunca se había atrevido. Ni Guenia ni Puri fueron esclavas, pero en el fondo de su corazón, Estrella hubiera querido que se esclavizaran a ella. Hacer que la trataran de usted, vestirlas con uniforme, ordenarles que se agacharan para complacerla.
A lo largo de la primavera de 2007, The best Price comenzó a entrar en las listas de los libros más vendidos. La mejor novela de la joven escritora Angie. Lo consiguió. Estrella consideró que también, por delegación, ella lo había conseguido. La dedicatoria de la novela era clarísima: A Stella. Era todo lo que le había pedido. La fama y la pela se la podía quedar toda Angie. La fama de Angie podría tener mejores consecuencias que la suya. Y dinero, ya tenía. Lo había logrado con el estigma, y convertirse en una gran escritora había, tal vez, de librarla del estigma. Simone de Beauvoir era una libertina, una bisexual, y logró superar el estigma. Tal vez Angie, en el siglo XXI, lo lograra también. Y recordarían a Stella, la española, como la influencia decisiva en su vida.
En mayo, Estrella se metió por primera vez en el quirófano para que la retocaran. Puri reconoció que la habían dejado mejor, sin dejar de ser ella misma. Se había tratado sobre todo de algunos estiramientos, que no habían llegado a deformarla mucho. Crearía un nuevo ser en el otoño del año 2017. Sentía bastante curiosidad por el aspecto que tendría entonces. Claro que, de momento, le gustaba seguir siendo una guapa madurita.
El verano lo volvieron a pasar en Villa Orchard. No quería dejar sola a su madre. Los médicos aseguraban estar haciendo lo que podían por ella. La madre había perdido mucho peso, se la había operado de una hernia y de cataratas, pero la fatiga del corazón no podía curarse. La decadencia se hacía inevitable. Era una octogenaria que había sufrido de obesidad y diabetes, así como un infarto y un accidente vascular. Ya no regía bien. Por las tardes, sobre todo, quedaba como adormecida y balbuceaba recuerdos. Los buenos días de verano la llevaban hasta el huerto, bajo los árboles. Allí estaba mejor. A veces divagaba y rememoraba su infelicidad en la infancia, juventud y matrimonio. Y ni siquiera le compensaba los últimos veinte años, desde que en mayo de 1984 abandonó por fin a su marido y se instaló en el chalecito adosado de Torremolinos. El origen del dinero que su hija había obtenido nunca dejaría de dolerle. Y el lesbianismo. Aunque quería a Puri, todavía lloraba a veces cuando pensaba en cómo su hija había tomado un camino tan extravagante, tan alejado de lo más íntimo de la naturaleza. Su hija rica, escritora, amada No, su hija prostituta, rara, sexualmente pervertida
Una de aquellas noches, con la hermana y Puri presentes, comenzó a recordar los meses de mayo y junio del año 1984, recién instaladas en el chalecito adosado de Torremolinos. No tenían teléfono, la hermana aún no se había sacado el carnet de conducir. Dos pobres mujeres solas, en una urbanización más bien desértica, alejada del centro, con cuatro o cinco muebles que habían comprado apresuradamente, entre unas paredes extrañas. Sin un hombre. Con la hija en Madrid, que había cambiado tanto que apenas la conocían. Que era prostituta y les mandaba dinero a las cuentas de ahorro que les había hecho que abriesen. A veces venían de visita el hijo casado y la tía y las sobrinas. A reprocharles que aceptaran vivir del fruto de la prostitución de su hija de veintiún años. ¿Tan mal estaban en casa que habían abandonado al pobre marido y padre?
Estrella nunca pensó entonces que aquellas semanas antes del verano del 84 habían sido tan dramáticas. Pensó que habían estado contentas, pues la casa era mucho mejor que el pisucho donde siempre habían vivido, y la tenían en propiedad, y, sobre todo, porque se habían deshecho del viejo para siempre No pensó en la soledad de aquellas dos mujeres.
Estrella ya no discutía con ella sobre eso, como cuando estaba mejor de salud. Incluso una vez le había hecho reconocer ala madre que ella, de haber vivido en los nuevos tiempos, tal vez hubiera sido lesbiana también: la madre era de esas mujeres cuyo ideal de hombre era un hombre bueno, sensible y cariñoso, lo que a Estrella le parecía el síntoma decisivo de la lesbiana reprimida. Por supuesto, el marido no había sido nada de eso, pero eso era todo a lo que había aspirado, y había creído que podría encontrarlo en aquel pequeño camarero de pueblo, de aspecto frágil, un tanto femenino, que se había comportado con ella, en el cortejo, con rastrera humildad. Después resultó que siempre había vivido acomplejado de acusaciones de falta de hombría. Bien demostró ser después todo un hombre. Cobarde y fracasado, sí, pero también egoísta, grosero, resentido y cruel con los más débiles que él: todo un hombre.
A la madre siempre le habían gustado las mujeres. A veces, viendo la tele, no podía dejar de admirar la belleza de alguna joven. Estrella reconocía esa actitud. Cualquier mujer reconoce e incluso admira la belleza dulce de una chica, pero no todas las mujeres asocian a ese reconocimiento ideales de intimidad.
Cuando adolescente, cuando era una colegiala empollona y un poco rara, Estrella había sentido un intenso deseo de intimidad con algunas compañeritas especialmente dulces. Entonces había pensado que lo que deseaba era una amistad tierna, femenina. Pero le había avergonzado ese sentimiento. Ahora había comprendido que eso era lesbianismo, la sororidad.
Las ambiciosas investigaciones que había soñado que la doctora Sarah emprendiera, nunca se llevarían a cabo, pero Estrella estaba segura de que más de la mitad de las mujeres eran lesbianas (por defecto, dada la plasticidad y flexibilidad eróticas femeninas). Algunas de ellas necesitarían de vez en cuando pasar por una experiencia brutal de ser hechas mujeres por un macho (igual que los hombres necesitan pelearse o gritar en el fútbol de vez en cuando), pero el número de mujeres que de verdad necesitan amor de hombre le parecía muy inferior. ¿Enamorarse de hombres?
Si hubiera podido hacerle comprender esto a la madre... Ella nunca quiso prolongar las discusiones sobre la cuestión que obsesionaba a su hija. Con la casa llena de lesbianas, la anciana seguía pensando que lo antinatural era algo feo, una enfermedad mental. Que su hija se había vuelto loca por culpa del padre que había tenido. Incluso que por culpa de eso había fracasado en los estudios.
A Estrella le gustaba mostrarse cariñosa con la anciana, sobre todo entre los árboles llenos de frutos y verdor, pero la anciana lloraba: con lo guapa, inteligente y buena que eres, por qué has tenido que llevar esta vida
No había manera. Puri decía que no había que tomárselo a pecho. Decía que su propia madre lo sentía igual, pero no era cierto. La madre de Puri era una campesina divertida y casi despreocupada, que la quería incondicionalmente y que se sentía feliz si su hija era feliz.
La madre de Estrella poseía cierta capacidad para la infelicidad. Pero tal vez, si las cosas hubieran ido de otra manera
A pesar de todo, aquel verano hubo momentos buenos.
Venía el hijo, con los nietos e incluso con un bisnietillo. Estrella no departía con ellos. Era muy raro que comieran todos juntos. Detestaba a su cuñada, por lo demás, una mujeruca vulgar, hipócrita y malintencionada. Por cierto, que dos de sus hermanos eran también marginales: uno, un preso drogadicto (ya fallecido de Sida) y el otro, un homosexual amanerado que, entre otras cosas, había regentado un club de alterne. La cuñada odiaba a Estrella, quizá, porque ésta, aparte de haber sido puta siempre sería puta por haberlo sido una vez, por supuesto- , además se había hecho millonaria.
Lo de que Puri fuera a ser madre los hacía rabiar. No era nada decidido, pero eso supondría que la criatura que naciera (adoptada o fruto de una fertilización) se llevaría toda la pasta de la herencia. No quedaría nada para los sobrinos.
En cualquier caso, cuando venía la tribu solían llevarse a la hermana de excursión. A Estrella le gustaba mucho subir los montes de Andalucía en verano. Se unían al grupo excursionista de la hermana o se iban por su cuenta, tres mujeres maduras solas. O más de tres. Sofía solía sumarse también. O cualquier amiga más. A veces se reunían siete u ocho mujeres (la mayoría, lesbianas) para recorrer la Sierra de Cazorla o de Grazalema.
Cuando llegó el otoño, Estrella se dedicó a no hacer nada. Ya no más libros, le dijo a Puri. Pero tienes que hacer algo. ¿Y qué haces tú?
¿Qué hacía Puri? Ella no necesitaba hacer algo para vivir. Ella sabía vivir. Incluso sabía vivir antes de conocer a la que ahora era su sofisticada esposa. Ella decía que no, pero Estrella estaba segura de que sí.
En octubre hicieron una escapada a Estados Unidos, a ver a Angie.
Angie estaba en la cumbre de su éxito, y muy metida en su nueva novela, y en el inevitable asunto del guión de Hollywood pendiente para The best Price. El matrimonio español observó dos cosas: que Angie no explicaba ante otras personas quién era Stella salvo que se lo preguntaran, y que Angie no quería hablarles del libro que ahora estaba escribiendo.
Puree se indignó, y Stella se lo tomó muy bien. Era normal que Angie estuviese celosa de la parte de su propio éxito que le debía a su amiga. Y, además, ya no hicieron el amor todas juntas. Angie tenía como nueva novia a una actriz muy presumida y posesiva, no a la pequeña y cariñosa Rachel ("ella ahora está muy bien", decía Angie, "seguimos siendo amigas"). Eso sí le dolió a Stella: la preciosa chica cuyo sexo habían besado había desaparecido sin que Angie diera explicación alguna. Stella no se atrevió a pedirle el email, pero podía haberlo hecho. Había sido también su amiga durante aquellos días.
Después estuvieron en otras partes del país. Vieron a la profesora Sarah, e incluso participó en un pequeño acto público, donde la presentaron como la más conocida escritora lésbica española, lo que no era decir mucho.
Allí estuvo hablando con un tipo que no llegó a saber quién era. Un tipo calvo y de aspecto correcto, con pinta de profesor. Se pusieron hablar de filosofía de la religión. Para qué sirve la religión. La conversación fue muy interesante para ella y aburridísima para Puree que tuvo que buscarse otro pasatiempo.
Después, durante la noche, en la cama, Estrella se lo estuvo explicando a su esposa: iba a diseñar de una vez por todas una religión femenina.
Hay dos formas de cambiar el mundo: la política y la religión. La política cambia el sistema del poder, es decir, la violencia, y es el método de los tíos. La religión cambia la forma de pensar: ésa es la forma buena, y es el método de las tías.
Pero ya hay muchas religiones, y todas las han hecho hombres, y muchas son malísimas
Lo que hace falta es la religión perfecta. Una religión para chicas. La religión de la sororidad. Primero tengo que crear una religión, y solo entonces surgirá la sororidad.
Volvía a pensar en cómo le había impactado aquella comunidad de gandhianos en el sur de Francia, donde conoció a Martina, que después se volvió tonta.
Una buena religión de chicas no consistirá en hacer rituales bonitos y disfrazarse de hadas de los bosques, no señora, no. Una buena religión femenina será una enseñanza de vida, un sistema de condicionamiento de la conducta que nos vuelva a todas santas santas de una puta vez.
De puta a santa. Tú siempre igual
El paraíso no es para los mediocres. Al paraíso se va por la ascesis o por la orgía. Por la degradación. Por la exaltación.
Estás como una cabra. Te quiero con locura.
En noviembre estaban de vuelta en casa. La madre no se encontraba muy mal. Habría una buena Navidad.
A Puri le pareció muy bien que volviera a escribir. Se ponía en contacto con sus conocidas por Internet. Perdía el contacto con muchas mujeres del extranjero (algunas hasta habían muerto) y no ganaba muchas relaciones en España. No había mucho interés en una religión racional para mujeres. De hecho, nadie se interesaba por una religión racional en ninguna parte del mundo.
Había una famosa historiadora de las religiones, que había sido monja y todo, con la que intentó ponerse en contacto a través de Laurie. Pero aquella mujer, cuya idea de la religión era parecida a la que el tipo calvo aquel le había comunicado, no se interesó por sus ideas. La monja no quiso saber nada de la puta. Una santa quizá se hubiera mostrado más comprensiva, pero una monja no.
Para fin de año, ya tenía un esquemita. Se lo enseñó a Puri, que no entendió nada, pero le dio muchos besos.
Resultó un buen entretenimiento para el invierno, pero para primeros del nuevo año ya sabía que la cosa no iba a dar mucho de sí. No tenía capacidad erudita para construir un ensayo coherente. Necesitaría a otra Sarah para eso. Y Sarah misma ya no creía en la historia de la sororidad que había encontrado tan poco eco. En realidad, todo era intrascendente. Quizá resultara más entretenido escribirlo en forma de novela.
Por lo demás, aquel nuevo año que comenzaba iba a girar más en torno a la salud de la madre. Por mucho que se los presionase, los médicos dudaban de que pudiera vivir más de unos cuantos meses. Y su estado mental se deterioraba. A veces tenía algún momento bueno, pero la mayor parte del tiempo estaba quejosa y tristona. Sufría dolores, ya no podía caminar ni unos pocos pasos, se le administraban calmantes, el invierno le estaba sentando mal.
La hermana, Puri y ella hablaban en voz bajita, frente a la chimenea, sobre el futuro, con la madre dormida más allá. Habían puesto un micrófono para oír si respiraba bien. Decían que estaban bajando los precios de las fincas, que estaba estallando ya la burbuja inmobiliaria a la que se debía la temporada de prosperidad y de afluencia de trabajadores inmigrantes que se habían vivido en los últimos años. De momento, no se notaba mucho. Pero ya había pasado la oportunidad de vender todas las propiedades y forrarse. Álvaro había propuesto la venta ya en el 2006. Calculaba que se podían sacar hasta diez millones de euros por venderlo todo, un beneficio de casi cinco veces con respecto a la pasta que ella había reunido en 1989, con los últimos dineros de Marcus, cuando se compró Villa Orchard. Pero no era tan claro que se pudiera sacar tanto.
Álvaro hablaba de métodos originales para evadir los impuestos y llevarlo todo a un gran fondo financiero internacional. Álvaro no era un experto en esas cosas. Llegó a sospechar incluso que quería robarle (pero Estrella siempre podía recurrir a la fiel abogada Pilar). Podía ser un admirador resentido. No valía la pena correr riesgos. En teoría, en un gran fondo sin fondo en el extranjero, si sacaba diez millones de euros, podría conseguir un mínimo de medio millón de euros para ella sola al año. Ahora, explotando los alquileres (treinta de su propiedad y otros tantos de otros propietarios), lo que sacaba eran unos trescientos mil. Un pastizal que dedicaba casi la mitad a obras de caridad (canalizada en buena parte al pueblo de Puri). Los cuidados a su madre costaban bastante, pero la finca incluso producía beneficios por la abundancia de fruta y verduras.
Lo que pasaba también era que Estrella viajaba menos, gastaba menos. Se pasaba el tiempo en casa, con Puri y la hermana. Se iban de excursión por Andalucía. A veces iban a alguna reunión en Málaga e incluso en Vélez-Málaga, con feministas o lesbianas, donde ella todavía gozaba de cierta celebridad, pero poca estima.
Le venía bien pensar en la religión. Le gustaba la religión, no lo podía evitar. De hecho, cuando prostituta, uno de sus grandes éxitos era las representaciones devotas que hacía a sus clientes.
La religión es, sobre todo, recogimiento
¿Y eso qué es? preguntaban la esposa y la hermana.
Pues no lo tenía tan claro. Google y la wikipedia no lo explicaban del todo.
Por encima de todo, alcanzar un estado de benevolencia en comunidad. Amar y ser amado. Es verdad que, aparte de las religiones compasivas, también había otras, de tipo militarista, como las religiones de los aztecas o la de los nazis. Los nazis o el comunismo seguían siendo religiones porque unían a la gente alrededor de determinados mitos, ritos o doctrinas que simbolizaban pautas de comportamiento.
Toda religión, incluso la peor de todas, servía para unir a la gente. A veces se unía la gente en hacer el mal a otra gente, pero eso pasaba con todos los comportamientos de grupo. La religión compasiva era la buena de verdad: se unían en amor dentro del grupo también para amar a los que estaban fuera del grupo.
Para alcanzar ese estado hace falta ser muy benevolente. Estrella había buscado ese estado mediante la sororidad. Había estado cerca de ese estado en las orgías de chicas. Recordaba la orgía primera con Hanna. Y las que había pasado con Puri, Li y Angie. Había escrito sobre ello en Más amor, pero no quedó satisfecha. Lo había relatado, lo mejor que podía, como un estado de dulzura infantil, de amor tierno infinito. Pero no había añadido la palabra religioso, en el sentido de que era algo que podía perdurar una vez se almacenaba como recuerdo.
Recogimiento era algo parecido. Alcanzar un perfecto estado de recogimiento venía a ser alcanzar ese estado de amor infantil de niñas- que había llegado a conocer, pero de forma más barata. No era fácil ser una lesbiana guapa y, encima, adinerada. Ni siquiera era fácil conocer a mujeres tan buenas como Hanna, Puri, Li o Angie. Además, el placer sexual, al ser tan intenso, podía degenerar en pasión. Sí, de acuerdo, parte de la maravilla de aquellos recuerdos se basaba en que ni ella, ni Hanna, ni Puri, ni Angie poseían naturalezas apasionadas
No, no importaba (decidía ahora), no importaba porque, al fin y al cabo, aunque solo unos pocos astronautas hubiesen llegado a la Luna, eso no había impedido que millones y millones compartieran la emoción y el símbolo creados.
Ahora bien, a la hora de definir el recogimiento, no podía evocar, a modo de sentimiento oceánico (aunque probablemente se trataba de otra cosa que lío), el imaginar a cuatro lesbianas jóvenes y guapas, desnudas, enroscadas en un nidito de sábanas, almohadas y edredones, satisfechas y enamoradas, compartiendo té y dulces
Cuando niña, había atesorado imágenes deliciosas de sus catecismos. Un Jesús infantil, cabezón, sonriente y encantador, dando la ostia consagrada a una preciosa niña rubia con hábito monjil, también cabezona y sonriente, pero con los ojos dulcemente cerrados y las manos unidas en devota oración, todo en alegres colores. Eso sí que era potencia y recogimiento. Si se pudiera vivir así
Ahora que ya había cumplido cuarenta y cinco, se daba cuenta de todas las cosas que no había hecho. En el fondo, era una tímida. Nunca había seducido a una heterosexual que hubiese conocido casualmente (siempre recordaba su fracaso con Erika, la dulce profesora de alemán en Frankfurt). No se lo había hecho con Sofía y Puri, las dos hermanas. No había seducido a ninguna niña. ¿Cómo sería el sexo con una niña de doce años, uno de esos ángeles? Ni siquiera ella, a los doce años, había sido todo lo dulce y lo buena que hubiera podido ser. Su madre decía que sí, que era buenísima, que era una niña demasiado buena (insinuando que por ello luego se había desquitado haciéndose puta y viciosa ). Pero Estrella pensaba que podía haber sido todavía más buena. Buena hasta el punto de disfrutar de ello. Porque la bondad normalmente perjudica, pero si la bondad fuese gozosa, entonces la santidad estaría al alcance de la mano.
El problema que solucionaba el recogimiento era que obviaba el hecho de que la santidad estaba lejos. Mediante el recogimiento evocábamos la santidad.
¿Podría escribir un libro con eso? Necesitaría hablar de eso con alguien, pero ¿con quién?, ¿existía una psicología de la santidad y el recogimiento para ateos? Incluso había ateos dados al misticismo. Pero no a la santidad. La sororidad iba en ese sentido, aunque se conformaba con menos: simplemente, que las mujeres se dieran amor en familias extensas, abiertas y flexibles. A lo mejor había sido poco ambiciosa. Aunque lo lógico era pensar que si no se pudo lo menos, aún más imposible sería conseguir lo más
Se le ocurrió pensar que nunca podría escribir un libro de religión. Un libro de religión tiene que ser para todo el mundo, y ella no podía escribir sobre lo que necesitaban los hombres. Hubiera necesitado ser hombre. Igual ella, de haber sido hombre, un hombre desgraciado, débil y humillado, hubiera podido escribir un libro sobre religión, que es algo para los hombres débiles especialmente (es decir: los hombres débiles enseñan a los fuertes cómo debilitarse para beneficiarse después de ello). Claro que mejor haber sido mujer y haber podido disfrutar del amor real. Porque había conocido el amor real. Quizá menos de lo que hubiera podido ser (porque el amor es inmenso, inagotable), pero había tenido bastante.
No escribiría el libro de religión. Podría escribir algo sobre religión, pero no un libro. Escribió lo de la sororidad, y eso era todo lo que podía escribir. La religión la necesitan los hombres, mientras que las mujeres tal vez, algún día, podrían tener la sororidad.
Entonces no escribiría nada. Nada más. ¿Y por qué no?
Y pasó la primavera y llegó otro verano. Y al final no escribía nada. Vagas tentativas. Pero no se angustiaba. Eran etapas que pasaban. Intentó interesarse por el Orchard, pero era demasiado complicado y los campesinos que pagaba para cuidar de los árboles resultaban antipáticos. Debería despedirlos, pero le desagradaba pensarlo.
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