miércoles, 24 de septiembre de 2014

Capítulo 16. Poco hombre

  La novela que iba a empezar ahora trataba acerca de lo que habría sido de ella de haber nacido hombre. A Puri no le gustaba que fuese tan pesimista.

  El origen de la nueva novela estaba en unas charlas de familia en el piso bajo de la casa, durante los primeros meses del año (en verano siempre estaban al fresco, a la entrada, a la sombra bajo el emparrado). La madre ya estaba enferma, necesitada del bastón para caminar y refunfuñando cuando no se le dejaba comer lo que quería. El viejo padre solía quedarse en su dormitorio, aunque a veces parecía escuchar detrás de la puerta. Quienes hablaban era la madre, la tía, la hermana y Puri.

  Estrella decía que si hubiera sido hombre, para empezar, ¿cómo se habría llamado él, le preguntó a la madre? La madre recordaba su embarazo en 1962, y que había pensado llamarlo “Antonio”, de haber sido un niño.

  Antonio. Bien, entonces Antonio hubiera sido un pobre chico, un poco tonto, desorientado, con pocos amigos, debilucho y asustadizo que, como ella, habría fracasado en la universidad, sin ni siquiera la posibilidad de ser prostituta.

  “Pero de haber sido chico, hubieras tenido otras opciones…” objetaba Puri.

  ¿Qué opciones? Estrella no recordaba servir para nada, excepto para prostituta y quizá como niñera, limpiadora o cualquier otro trabajo de mujer de los peor pagados. Sin estudios ni profesión, no hubiera podido hacer otra cosa. ¿Trabajos de hombre no cualificados? Eso es el peonaje: trabajo de fuertes brazos. Y ella no los tenía.

  “Claro, porque eres chica”, objetaba de nuevo Puri, que también era de cuerpo delicado. “Pero de ser chico…”

  No. Estrella se pensaba a sí misma como hombre. Tal como era, pero con genitales de hombre. Y sin pechos, claro (los suyos, por lo demás, nunca habían sido lo más espectacular de su físico... hasta que se operó). Recordaba perfectamente la división entre hombres masculinos y no masculinos. Recordaba esa distinción perfectamente porque había tratado a los hombres en la más cruda desnudez física y psicológica. Había hombres que eran como mujeres. Hombres de brazos débiles, piel blanca y suave, penes pequeños, asustadizos y pusilánimes. De haber sido ella un hombre, habría sido ese tipo de hombre, o no habría sido ella misma.

  “De hecho, yo buscaba a mis clientes entre los de esa clase…”

  Aprendió a conocer a los hombres en los clubs de alterne, cuando estaba con Paula. Sus cuerpos desnudos, su comportamiento desnudo, sus grotescos genitales. Eso fue a partir de mayo de 1983. Habían pasado casi veinte años, Dios mío.

  Estrella recordaba muchas cosas de cuando comenzó a trabajar en el club de alterne de Madrid, a finales de aquel mes de mayo. Esos recuerdos eran la base de todo lo que siguió. La compañía de Paula fue vital, su apoyo, imprescindible. Al principio no se separaban nunca, dependía por completo de ella, de modo que las otras putas le habían dirigido miradas conmiserativas: la pobre niña tonta esclavizada por una lesbiana viciosa. En un principio, todo lo que hacía era imitar a la prostituta experta (que tampoco tenía un éxito destacado, por cierto). Los hombres les hablaban, les contaban chistes verdes, se hacían los atrevidos. Ella aprendió enseguida a ponerles la mano entre las piernas y todas aquellas idioteces. Sí, entre ellos estaban los machotes, de piel dura, manos grandes, y los debiluchos de piel fina y manos pequeñas. Calvos, muchas veces.

  Había muchos tipos, recordaba Estrella, pero todo giraba en torno a lo mismo. Paula le enseñó enseguida a distinguir el tamaño de los penes por los indicios fácilmente visibles en los hombres, sobre todo por el tamaño de las manos, porque Estrella era un poco estrecha y además le tenía miedo a la sodomía, de modo que, siempre que era posible, evitaba los penes grandes. (Escuchar estas cosas horrorizaba y fascinaba a la vez; pero ninguna de las otras mujeres le pedía que callase).

  Los menos hombres eran los mejores clientes. Pero la mayoría de las putas preferían a los otros, porque les gustaban los hombres que fuesen hombres, así que Estrella no solía tener problemas para llevarse a los poquita cosa. Su dinero valía lo mismo. Es más: solían repetir porque apreciaban mucho la sumisión, dulzura y educación de aquella putita de mejillas sonrosadas y grandes ojos verdes, siempre dócil, que los hacía sentirse dominadores incluso a ellos. Y que nunca les mostraba desprecio.

  Sobre todo al principio, sí, en los puti-clubs… Porque cobrando solo tres mil pesetas “por polvo” (o cinco mil una hora) quienes aparecían por allí no eran los hombres ricos que conoció después. Había albañiles, camioneros, taxistas. Hombres de su clase social. Después fue pasando a los “hombres de negocios” que a veces no eran más que comerciales o mercachifles (como su propio hermano mayor). Eso fue en la "whiskería", donde estuvo más tiempo. Más semanas.

  Esos otros tipos, de chaqueta y corbata, iban juntos a los puti-clubs a presumir de hombres de mundo. A burlarse de las putas, a despreciarlas. Muy pronto Estrella tuvo sus clientes fijos. La buscaban, a la vez que ella buscaba a los más inofensivos, los menos machotes, los que tenían pinta de “curitas”, como decían las folclóricas (como Paula misma).

  “Chati, ven, siéntate conmigo” le decía un machote. Si podía, lo evitaba, y se iba al menos viril. “¿Me invitas a tomar algo?”, les decía con su mejor sonrisa (una sonrisa buena, no solo con labios, también con ojos).

  Con el machote hablaba poco. Al principio, la cuestión consistía en cómo evitar que le metiera su cosa por los agujeros. Ella era muy buena haciéndolo con la boca, así que había que llevarlo por ahí y evitar lo otro…

  “Qué bonita eres, pareces una princesita…”
  “Y además soy muy buena, muy tontita”
  “¿Ah, sí?, pero tontita del todo no serás, ¿verdad?”
  “Oh, hay cosas que hago bien… Hay cosas que sí, que hago bien… pero soy muy tontita… No sé disfrutar de la vida… fíjate, no fumo, no bebo alcohol, no tengo novio… Me lo pierdo casi todo…”
  “Ay, guapita, yo te puedo enseñar…”
  “Claro, porque tú eres hombre… Pero, claro, como yo soy mujer…”
  “Pero yo sé lo que una mujer quiere, preciosa… Qué bonita eres, dame un beso, anda. Uf, qué muslitos tan suaves, qué rica estás…”
  “Y soy para ti… Si me quieres…”

  Y así todo el rato. Pero al final acababan desconcertados y algunos casi enfadados porque ella se mostraba demasiado servil, demasiado esclava, lo cual, como su ironía, tan delicada, les resultaba indescifrable. Se negaba a decir palabrotas y a aplaudir al macho.

  “Oye, tú no creerás que te estás riendo de mí, ¿eh?”
  “Yo cómo me voy a reír de ti, hombre. De un hombre como tú, con estas manos, y ese bulto entre las piernas… Yo no soy más que una putita tontita para hacer todo lo que tú quieras… Si me dejaras…”
  “¿Y a ti que te importa mi bulto entre las piernas si me dices que a ti lo que te gustan son las mujeres?”
  “Es eso, que soy tontita… Que un hombre como tú… me impresiona tanto, que no sé qué hacer… Bueno, sí sé qué hacer, si me dejas…”
  “No, espera: esto quiero que lo tengas claro: si a ti te gusta, te doy la churra y te la meto bien metida, ¿vale? Las cositas esas tuyas se las haces a los mariconcetes, ¿vale?”
  “Pero un hombre como tú… con una cosa tan grande, y tan masculino como eres… No entiendo por qué quieres pagar… Seguro que habría muchas mujeres menos tontas que yo que querrían disfrutar de un hombre como tú…”
  “No, si tú vas a disfrutar también, ya verás…”
  “A lo mejor te decepciono… En cambio, con lo otro…”
  “Claro, porque eres guarrilla y viciosa, ¿verdad?”
  “Yo soy solo lo que soy. Yo soy la que soy, como decía Dios…”
  “¿Dios?”
  “Dios decía que él era el que era. Y era Dios. Yo solo soy una puta, y no soy más que eso. Un hombre como tú…”
  “Otra vez con los cojones de “un hombre como yo”, ya vale, ¿no, nena? Venga, vamos al reservado…”
  “Yo haré lo que tú quieras…”

  Lubricándose bien, podía pasar, aunque no sin costes. Y encima no quedaban contentos. Decían que ella era fría. En realidad, llegados ya a ese plan tendría que negarse. Pero era incapaz de negarse. Y muchas veces le dolían sus cavidades. Por eso tenía que evitarlos. A los que eran tan hombres.

  Con los otros, era otra cosa.

  “De verdad que eres guapísima, de verdad…”
  “Qué suerte que a ti te guste. Ven, déjame…”
  “¿Qué haces?”
  “¿Te gustan mis manos? Trato de que estén muy suaves…”
  “Sí que son suaves, sí. Me gusta… qué buena eres…”
  “¿Y a qué te dedicas?”
  “Bueno, llevo una sección en unos grandes almacenes…”
  “Mucha responsabilidad…”
  “A veces. Pero suele ser aburrido.”
  “Y seguro que ves muchas mujeres bonitas en el trabajo. Las vendedoras, las clientas… Y no puedes tocarlas, como aquí…”
  “Yo ahora no recuerdo a ninguna tan guapa como tú…”
  “¿Y la belleza interior? ¿te interesa la belleza interior?”
  “¿La belleza interior?, ¿lo espiritual?”
  “Eso es. La empatía, que yo me preocupe por ti… Ahora estoy contigo y me pregunto, ¿cómo haré que se sienta a gusto conmigo? Y si quiere irse conmigo al reservado, ¿cómo podré dejarlo contento?”
  “Con una chica tan guapa como tú, eso es muy fácil. Contigo sí que quedaré a gusto… Y sí, casi seguro que sí que iremos al reservado, aunque ahora me pillas con poco dinero…”
  “Qué fastidio eso del dinero. Sin embargo, a veces uno se puede dar una fiesta, digo yo…”
  “¿Qué es lo que te gusta hacer a ti?”
  “Pues… no lo sé. A mí me dicen que soy un poco aburrida. Quizá es que, como soy joven, me quedan muchas cosas por conocer”
  “¿Vas al cine?”
  “Sí, a veces, con mi mejor amiga… Y ver la tele… pocas cosas… Bailar no me gusta mucho, qué lástima…”
  “¿Te puedo dar un beso?”

  Sí, muy pronto aprendió a manejarlos. Cuando eran muy dóciles hasta se podía encariñar con ellos, como con un animalito feo. Cuando empezó a recibir en el piso los hombres fueron ascendiendo de nivel social, pero en el puti-club, durante aquellos tres o cuatro meses, aprendió a conocer a los hombres del pueblo, los de su clase.

  ¿Quiénes van al puti-club? Los sinvergüenzas y los desgraciados, los dos extremos. ¿Y qué hombre habría sido ella?

  Las otras putas, a las que les gustaban los hombres, decían a veces que los clientes "no eran hombres": eran aquellos tipos, aquella chusma, viciosos. Los hombres de verdad estaban fuera. Los hombres que valían la pena. De donde ellas sacaban sus novios y hasta sus maridos. Estrella decía que, por ser lesbiana, era incapaz de distinguir unos de otros. Era el tipo de cosas que, cuando las decía, no le ayudaban a hacer amigas. Paula trataba de hacerla callar. Y muchas veces se ponía de parte de las otras.

  Recordando, veinte años después, la conversación seguía. Con las mujeres. ¿Otras mujeres? ¿Las putas "no eran mujeres", tampoco? ¿Y las lesbianas? ¿Las de qué clase? ¿Las del uno por ciento? ¿Las "viciosas", como ella? ¿La sororidad futura? Las de "Villa Orchard" se hartaban de oírle disparatar. Entonces tenía que seguir sola en su imaginación. O en la pantalla del computador.

  De haber sido hombre, habría tenido que ir al servicio militar al fracasar en los estudios. Y al salir, no habría tenido a donde ir. Sin profesión, sin familia. ¿Cómo hubiera podido ganarse la vida? Los únicos que se ganaban la vida con el sexo eran tipos superdotados, muy masculinos… los mismos que también se podían ganar la vida trabajando de peones de albañil…

  Pensaba en aquel desgraciado que conocieron en las navidades de 1984, aquel que hacía auto-stop en una gasolinera para buscar trabajo de cosecha en la aceituna, pero que no era un campesino sino un pobre infeliz que no servía para nada y aspiraba a un “trabajo tranquilito”.

  Eso habría sido ella. Un pobre vagabundo, un pordiosero.

  Quizá, con el tiempo, con suerte, habría encontrado el “trabajo tranquilito”. Lo que la habría llevado a una vida infeliz. Sola (solo) en el pisucho de siempre, acompañado por su pobre madre y la hermana solterona. Una vida aburrida y tonta por el estilo de la que había llevado ella hasta los veinte años, como estudiante sin novio ni amigas. Ver la tele, hablar de tonterías con la madre y hermana. Nada.

  A propósito de esto, recordaba un cliente que había tenido una vez, uno de los primeros de cuando puso el piso. Entonces ella estaba muy nerviosa, muy asustada, temiendo que se había metido en un gasto tremendo (el piso en el centro con teléfono, dos baños y portero automático, y la guardaespaldas) que le podía hacer perder lo que tan duramente había ahorrado en sus primeros meses. Podía no resultar y tener que dejar el piso. Si fracasaba por no poder con tanto gasto, habría tenido que regresar al club, con Paula. Una hora, una prostituta en Madrid cobraba cinco mil pesetas por entonces (el doble del jornal de un peón: “un polvo” equivalía a ese gasto con bastante exactitud, con ancestral exactitud). Ella pensaba pedir el triple, pero el primer día, en respuesta a su anuncio aparecido en el periódico, no hizo ningún cliente a ese precio. El segundo día pidió diez mil y enganchó al primero. Después tomó la costumbre de un día pedir diez y otro pedir quince. Hasta que finalmente enganchaba tanto a los de quince como a los de diez. Así que se puso a pedir siempre quince. Después veinte. Hasta las treinta mil que pedía por hora ya en el último año, cuando se casó con el americano.

  Pero a finales del primer mes de octubre pedía solo diez mil a la hora, lo que no era mucho (solo el doble que una prostituta común), y fue entonces cuando le llamó Pepe.

  “Mmm, bueno… ¿Pero eso es quedar en un hotel o algo así?”
  “No, tú vienes a mí casa. Un piso muy tranquilo, en el centro… no es un local… público. Es algo muy íntimo”.

  Pepe tenía unos cuarenta años, era feo, con barba, y tenía las manos pequeñas, el pene pequeño y fláccido. Un poco de barriga, y una especie de espinillas o cráteres entre la barba. Era muy dócil.

    Por diez mil pesetas lo trabajó a fondo, y en la última media hora estaba completamente en sus manos, locamente enamorado. Ella no lo trató con condescendencia ni desprecio. Le daba besos, le hablaba con ternura y buscaba aplicadamente su placer.

  Pepe trabajaba de oficinista en una gestoría. Una especie de peón de oficina (el "trabajo tranquilito"). Diez mil pesetas era todo el dinero que tenía al mes para gastar. No tenía coche, vivía con su madre. No tenía profesión. Una vez se había gastado dos mil pesetas en comer en un restaurante de lujo, solo, como capricho. Se vestía casi bien y le habló de un pañuelo de seda que se había comprado una vez, como capricho. Vivía al día. Lo de ir de putas lo había hecho solo un par de veces, pero le sedujo el anuncio de Estrella, que prometía “tiernas fantasías de amor”. Y ella había cumplido sus expectativas. Porque un pobre hombre como aquel Pepe nunca había recibido más que burlas y desprecios por parte tanto de las mujeres como de los hombres.

 Pepe volvió a llamar en diciembre, antes de Navidad. Para entonces ella ya había subido a quince mil.

  “Creí que eran diez mil…”
  “Lo sé, Pepe. Me acuerdo de ti, pero es que tú fuiste de los primeros en llamar. Ahora estoy subiendo los precios…”
  “Bueno, por una vez…”

  Pepe volvió, y se gastó más de lo que podía. Se pasó la hora casi todo el tiempo dándole besos en la boca. Aquella pasión por su boca era común, y resultaba un tanto cansada, como todo lo que no permite variedad. Prefería entonces hacerles una buena felación que los dejara totalmente tranquilos durante un cuarto de hora que ella podía aprovechar para descansar mientras mantenía con ellos una conversación cariñosa y su conducta servil habitual (se entretenía, por ejemplo, en secarles el sudor con una toalla). A veces eso hacía que ya no le pidieran más besos por el mero hecho de haber eyaculado antes en su boca.

  “Sí”, les decía por entonces a las mujeres que mantenía (madre, hermana, tía, novia). “Yo habría sido uno de esos hombres. Aspirando a un “trabajo tranquilito. Y puede que no lo hubiera obtenido jamás.”

  Se ponía a pensar en ello. Sentía la vergüenza, la humillación, de ser un hombre débil. Ella había complacido compasivamente al admirador de Li. El último hombre con el que había estado (y esperaba que no hubiera más).

  Como mujer, ella había sufrido mucha vergüenza, muchas humillaciones, algo de violencia. Pero eso era algo de mujer. La mujer está sometida al hombre y toda mujer se conforma en mayor o menor medida con ese trato. Se comparte esa condición entre las mujeres. La humillación del hombre debía de ser algo especialmente solitario y horrible.

  “¿Tu ex marido era así?”, le preguntaban.
  “¡No!”

  Qué va. Marcus Ellis era pequeño (también de pene), de cuerpo frágil, feo y un poco ridículo… pero era puro nervio. Lleno de energía, de resentimiento, de voluntad de triunfo. Sus ojillos se concentraban, se volvían fríos y exactos antes de lanzarse, y después venía el relámpago de la acción. Era capitalismo puro.

  “Antonio” (ella misma) nunca habría sido así. Habría sido como una mujer. Como una mujer lesbiana despreciada por todas. También había conocido lesbianas así: lesbianas hombrunas a su pesar, solitarias, desgraciadas, feas, torpes.

  En realidad, la hermana de Estrella era un poco así, aunque no era lesbiana (por suerte). Pero quizá era más feliz, más inocente. Tenía amigos. Estrella, como hombre, probablemente no los habría tenido.

  “Necesito saber más sobre esos hombres”, pensó Estrella en voz alta. Si quería escribir un libro sobre los hombres desgraciados, extremadamente desgraciados, los hombres que eran como ella habría sido de haber sido hombre, debía documentarse.

  Le preguntó a Puri por sus hermanos. Uno de sus hermanos varones parecía un poco un infeliz.

  “No es exactamente como eso que piensas”, le dijo su amada.

  Fernando era un pobre sin profesión y sin suerte, pero no un inadaptado. Tenía sus amigos en el bar, lo pasaba bien en las fiestas cuando contaba con dinero. Tenía una moto vieja.

  “Pero tal vez conozca a otros…”

    Así que, puesta a empezar por algún sitio, unos días más tarde, quedaron a comer los tres en un restaurante de buen nivel cerca del pueblo de la familia. Fernando se parecía físicamente a Puri, pero era lo suficientemente masculino. No parecía un mal tipo. Muy pueblerino.

  “Mi hermana me ha dicho que quieres saber cosas sobre los hombres…”
  “Sobre los hombres sin suerte. Sobre los hombres pobres. ¿Te ha contado mi proyecto?”

  Se lo contó, y Fernando pareció sorprendido. Él no sabía nada de libros y con respecto a la literatura no se mostraba ni admirativo ni despreciativo. Sabía que aquella mujer tan bella, tan rara, y que hacía feliz a su hermana, había publicado algunos libros, viajado por el mundo entero y hasta salido en la televisión (y dos veces desnuda en la famosa revista de papel cuché). Y que era muy rica. El que hubiese sido prostituta no le causaba repugnancia alguna: por tantísimo dinero quién le podía reprochar a nadie que hubiese hecho eso. Él mismo había ido alguna vez a un puti-club.

  La conversación fue bien, mientras Fernando lo pasaba también bien atiborrándose de alimentos caros de los que rara vez podía disfrutar. La hermana escuchaba con interés.

  Fernando había trabajado en muchas cosechas, de jornalero. En los campos del pueblo y en otras regiones de España. Alguna vez en Francia, cogiendo fruta y uva. Sí, se encontraba a muchos desgraciados por ahí. Muchos de ellos no eran gente de campo. Él mismo no era realmente de campo. Vivía en un pueblo, sí, y trabajaba en el campo, también, pero no sabía podar ni injertar árboles, no sabía manejar un tractor. Sólo sabía participar en las cosechas: recoger algodón, aceitunas o frutas. Él se había encontrado con otros en esas faenas. Que ni siquiera vivían en pueblos. Gente de ciudad. Inmigrantes sin papeles también, por supuesto.

  Fernando, por su edad, no conocía mucho la época de los años ochenta (Fernando se había iniciado en el trabajo a primeros de los noventa), aunque quizá los tiempos no eran tan diferentes. Estrella calculaba que, al salir del servicio militar, “Antonio” se habría encontrado a primeros de 1985. No habría tenido adonde ir. Su horrible padre, que la había condenado a ella a ser limpiadora o dependienta, o a buscarse un novio rico (o simplemente casarse con cualquiera que le diese de comer), sin duda le habría dicho que “se buscara la vida”. Y, además, había que recordar que, en la realidad, su padre se había quedado sin trabajo por entonces. No hubiera tenido adonde ir.

  ¿Trabajar de cosechero, como Fernando? Quizá al final se hubiera visto así. Tal vez “Antonio” hubiera optado por alguna forma de suicidio social, un poco como ella hizo, convirtiéndose en prostituta, lo que más degradante puede ser para cualquier mujer. Convertirse en vagabundo, quizá. Claro que ella se dio a la prostitución no solo por el gusto de degradarse a sí misma, sino sobre todo porque suponía que así era posible ahorrar mucho dinero y ser libre. ¿Hubiera sido la libertad del vagabundo una alternativa?

  Una fantasía típica, quizá. Un vagabundo, un hippy errante. Un ser libre a merced del viento, que viaja en auto-stop mientras alberga sueños espirituales. Eso le recordaba a Estrella sus fantasías de niña, cuando no podía salir sola a la calle. Siempre envidiaba a quienes contaban con la libertad de perderse por las esquinas. Pasear. Ir sola. Nunca se le permitía. De adolescente se le controlaban los horarios cuando iba a clase en autobús (en la parada se juntaban siempre tres chicas con el mismo destino para no ir solas). Nunca fue a casa de amigas (aunque era verdad que tampoco tenía muchas, que las otras la encontraban aburrida). Ansiaba ser libre y no se planteaba el hecho de que no habría sabido sacar provecho de esa libertad de haberla tenido.

   Su madre, en el fondo, tenía razón. Si la Estrella adolescente hubiera puesto el pie sola en la calle, enseguida algún tipo se la habría llevado para hacerle esto y lo otro. De jovencita, pensaba que su madre exageraba su miedo "a los hombres", pero ahora sabía que era todo verdad.

  ¿Qué había soñado ella misma cuando decidió prostituirse? Había pensado en el dinero. Reunir un poco de dinero y luego irse a Inglaterra. Eso le daba opciones. No sabía cuánto podía ganar, lo que sí sabía era que prostituirse suponía una decisión radical, irreversible, que era dejarlo todo atrás y reconocer su propio autodesprecio. Era degradarse hasta el mundo de la marginalidad, muy cerca de la delincuencia (y, en efecto, conoció hombres y mujeres delincuentes, y en particular prostitutas drogadictas y expresidiarias). ¿Y si hubiera fracasado como prostituta? Aunque no se le ocurría cómo podría haberse dado eso (quizá algo del inconsciente...), de todas formas... que pasara cualquier cosa. Resignarse. Pero siempre consideró que ganaría algo. Que en vender su cuerpo no podía fracasar porque partía del hecho que ésa era la única oferta de trabajo que abundaba en los anuncios de prensa...

  Como vagabundo no hubiera tenido esa opción, la del dinero. Pero ella quería el dinero para ser libre. “Antonio”, como vagabundo, también habría esperado ser libre. Como hombre, sí hubiera podido ir por cualquier parte. Sin dinero.

  Le comentó eso a Fernando. Se encogió de hombros.

  “Los que van por ahí, son unos desgraciados y unos vividores. Se las dan de listos, pero viven de pedir, de que les den un bocadillo. Luego acaban volviendo a sus casas”.
 “¿Y si no tienen casa?”
  “Pues entonces no sé. Quizá alguien los recoge por lástima. No sé. Si se tratara de uno como este que tú te imaginas, que no sirve para trabajar… Yo no sé. Nunca he conocido un caso así. Supongo que seguiría en la calle. O se daría al vino. El vino casi siempre les resulta.”

  Puri intervino:

  “Tal vez lo recogería la Iglesia… No sé. Hay refugios para indigentes”.

  Estrella se acordó de la comunidad religiosa que visitó en Francia, cuando conoció a la lejana Martina, la suiza. Eso fue en 1988, apenas unas semanas después de dejar a su marido. Allí llegaron dos chicos holandeses que iban de hippies, o algo así. Decían que eran libres. Resultaban bastante educados. Uno de ellos había estado con los Hari Krishna y se mostraba trabajador. El otro era más un vago y un poco arrogante, casi agresivo.

  “Sí, hay algunos que van viviendo en las comunas. Están un rato y luego se van, o los echan…”

  Estrella recordaba los hippies rurales aquellos que conoció en la provincia de Huesca. En Norteamérica recordaba lo de Canadá, en aquella comuna femenina. Comentaban que la vida del campo era dura.

  En tales ocasiones tuvo una visión de las montañas, los bosques, los lugares recónditos, con sus aromas. “Villa Orchard” también tenía buenos aromas, por supuesto, estupendos aromas, con tantas flores y árboles, pero estaba rodeada de un gran muro y la ciudad quedaba muy cerca, cada vez más cerca, porque en aquel momento todos los terrenos próximos estaban en obras. Iban a construir edificios de apartamentos.

 ¿En qué habría creído “Antonio”? Ella, por ser mujer, había creído en el feminismo y en el lesbianismo, había creado su propia ideología y creado su propia utopía… fracasada ya, a aquellas alturas. Él…

  Tal vez él hubiera creído en una especie de anarquismo pacifista. Estrella era atea, lo cual excluía las comunidades religiosas. ¿Existía una ideología anarquista-pacifista laica? Tal vez. Desde luego, no existía el ideal de la sororidad que ella había defendido. Un ideal con el cual, de todas maneras, ni Angie, ni Hanna, ni ninguna de aquellas mujeres dulces, brillantes y sensatas se había comprometido. No lo habían necesitado.

  Siendo un vagabundo, hubiera podido soñar que era un profeta errante que predicaba la paz mundial. Por supuesto, solo habría logrado ser ridículo. Ella también se había sentido estafada y ridiculizada. Se habían aprovechado de su dinero y de su cuerpo, pues las lesbianas no creían en la sororidad. Le decían que su ideal lésbico era el de las fotos eróticas de lesbianas de pega que salían en “Playboy”. Que el que las mujeres fuesen "femeninas" era una convención social. Que un marimacho también podía ser femenino. No era cierto: incluso niños muy pequeños transgénero identificaban con cuatro o cinco años los valores femeninos reales. Los que ella también reivindicaba.

  Pero no le había ido tan mal, en el fondo. Había gozado mucho con su cuerpo. Había viajado, hablado con gente, conocido cosas, tenía amigas. Su hermana le decía que había hecho una vida estupenda. Porque siempre había contado con dinero y atractivo físico.

  Como vagabundo, su vida habría sido miserable. No habría tenido amigos porque no habría contado ni con dinero ni con atractivo sexual. Nunca habría aprendido inglés ni salido del país. Tal vez sí hubiera vuelto a casa. Tal vez habría decidido reunir algo de dinero como cosechero. A lo mejor hubiera encontrado trabajo como peón ligero, como limpiador, o dependiente, o mozo de almacén, en algún sitio. ¿Y después?

  El “trabajo tranquilito”. Claro está: habría querido ser escritor y profeta. Más ridículo.

  Cuando hubiera reunido un poco de dinero, hubiera ido de putas. Con una como Paula. Paula no era mala. Y tampoco era cara. Seguramente habría fracasado también en lo sexual. Estrella había conocido a muchos que fracasaban como hombres. Por eso se había hecho rica: ella podía darles placer igualmente, y no se comportaban así las putas baratas.

   Era para ponerse enferma de pensar en todo eso. Era peor que recordar su primer día en el burdel. No se dio cuenta entonces del peligro en el que se encontraba. Era eso que siempre pasa: como si se viera a otra persona haciéndolo.

  Su primer cliente. No era su primer pene… Pero aquellos dos primeros chicos, sus primeros clientes en sentido estricto, estaban enamorados de ella, y eran chicos educados. Su primer cliente de burdel fue algo distinto. El pene. Sobre todo, el pene.

  Penes. Ella, ¿con pene? Menuda idiota la que escribió eso de la "envidia de pene". ¿Para qué quieres un pene?

  Fernando terminó el postre y se mostró relajado y tranquilo. La terrible lesbiana millonaria (la novia de su hermana) no era una persona que le desagradara. Incluso él parecía estar pasándoselo bien mientras respondía a sus preguntas.

  “A ti te veo muy inteligente”, le dijo, medio adulador medio sincero. “No creo que, de haber sido hombre, te hubiera ido tan mal”.

  Ella sonrió con tristeza y resignación. Qué sabía él.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Capítulo 15. Ser un mal ejemplo

  Antes de volver a España, en abril fueron a Las Vegas, a ver cómo le iba a Angie. La encontraron de pareja con la chica guardaespaldas, que adoptaba una actitud demasiado masculina para el gusto de Stella, aunque igual no era para tanto. Hicieron el amor a cuatro y, de hecho, estuvo bien; no debía de ser mala chica y, desde luego, era más sexy que Patri, aunque no más culta. En cuanto al dinero, Angie había triunfado, tal como esperaba: había alquilado una pequeña mansión en un buen barrio de Las Vegas, y había logrado reproducir en aquel entorno cosmopolita (y a escala norteamericana) los éxitos de Estrella en Madrid como sumisa. Venían tipos de Japón o el Golfo Pérsico a disfrutar de la dulce e inteligente sumisión de aquella chica pelirroja. Cien mil dólares de ahorro mensual para Angie en el mes de abril, y la chica guardaespaldas más los otros gastos se llevaban, aparte, casi la mitad de eso. ¿Tenía Angie alguna meta económica?

  Un millón de dólares en un año sería suficiente. Suficiente para ser libre toda su vida, y escribir y llegar a algo. Le aseguró a Stella que sentía que había algo dentro de ella, y para justificar esta fe ponía como base el talento que su amiga había visto en su propio ser: el amor era algo más que un deseo, había de tener siempre una parte de descubrimiento. Todo esto comprometía emocionalmente a Stella. No solo le había dado ejemplos cuestionables: también la había empujado a la búsqueda de altas metas que nadie garantizaba. Recordaba casos de personas que se habían visto condenadas a la desdicha por haber albergado ambiciones desmesuradas.

   Estuvieron comentando las ideas de varios shows de televisión para fomentar su visión del mundo. Había una productora gay en Canadá que quería promover la tolerancia a los homosexuales, y unas guionistas lesbianas en Hollywood parecían también interesadas. Stella quería pegarle a esa porquería de “Sex and the City”, donde la vida de las mujeres supuestamente modernas giraba en torno a encontrar un macho.

  Así que todo indicaba que Angie iba a intentar hacer algo en el entorno del cine y la televisión, como guionista o productora. Pensaba asistir a algunos cursos. Pero primero quería su millón de dólares.

  ¿Propuestas de matrimonio? Varias, pero ninguna en las condiciones ideales, de momento. En todo caso, Angie habría reunido dinero suficiente a finales del año 99. No iba a necesitar más. Recordaba la queja de la misma Stella, de cómo se había dejado embaucar por su marido para quedarse diez meses más por un millón de dólares. En el fondo, todo ese dinero le había dado preocupaciones y con menos lo hubiera pasado igualmente bien. No, no habrían tenido la finca, pero quizá su madre se hubiera conformado con una casita con un pequeño huerto en cualquier urbanización con vecinos educados y apacibles, de clase alta. "Villa Orchard" era demasiado grande, y su soledad, próxima a la hostilidad de los malos vecinos del barrio, a veces sembraba inquietud. Los árboles, sí, eran maravillosos, pero...

  De vuelta, le comentó a Puri que Angie le había parecido demasiado implacable en sus planteamientos. No la había encontrado "embrutecida", pero sí "demasiado" segura de sí misma. Se sentía culpable de haber empujado a aquella chica buena a un disparate, a cargarse con un estigma que incluso en la libertina sociedad "de los artistas e intelectuales" podría acabar resultándole excesivo. Angie tomaba sus argumentos, pero los llevaba a extremos que a Estrella la inquietaban. Precisamente, le había dicho Angie, si me enfrento al estigma y demuestro que es superable, habré dado un gran paso en la liberación. Si lograba ganar respetabilidad no a pesar de, sino gracias a haberse convertido en prostituta. Se veía capaz de parar todos los golpes que le vinieran de uno y otro lado.

  A Puri le molestaba que Estrella amase tanto a Angie. ¡La muy torpe incluso le comentaba que había cometido un gran error al no querer comprometerse con ella durante aquel primer maravilloso verano que compartieron! ¿No se daba cuenta de que eso hería a Puri, que quería ser la primera, la definitiva, el gran amor de su vida?

  (Con el tiempo, Puri se daría cuenta de que aceptar aquellas brutalidades con amor era la prueba que, una vez superada, acabaría dándole el premio. Estrella siempre decía eso de que "había que hablarlo todo". ¡Hablar, hablar! A veces Puri quería protestar: ¡¿por qué hablar tanto?!, ¡hay cosas que no hay que hablarlas! Pero Estrella era así: había que hablar de todo y escribirlo todo...

  ¿Dónde encontraría Puri, sin embargo, una mujer como Estrella?, ¿cómo renunciar a eso?)

  En mayo estaban otra vez en la primavera florida de "Villa Orchard". Una vez más, era conveniente ausentarse de la propia casa en verano para que el cretino del hermano le llevara los nietos a la madre. Fue entonces cuando se les ocurrió pasar una larga temporada en Olivares, el pueblito de Puri. Un verano en Olivares.

  Fue un verano extraño. La casita que había comprado para las dos hermanas (también tenían dos hermanos varones) estaba cerca de la de los padres, y era modesta y pueblerina (y un poco ruidosa: pasaban los camiones y los tractores muy cerca). A pesar de que el pueblo ya contaba con una urbanización relativamente moderna en la que vivían algunos guiris, ellas preferían el pueblo, un pueblo de jornaleros. Casi el Tercer Mundo. Un Tercer Mundo en el que se recibía bastante dinero del Primer Mundo. Económicamente, se habían dado ciertas mejoras en los últimos tiempos. Los hombres encontraban trabajo en la construcción. Era cuando aquel político decía lo de “España va bien”.

  La convivencia con Sofía era dulce. A Estrella le gustaba reprimirse de tirarle los tejos a la hermanita, aunque la idea de hacer el amor con las dos hermanas a la vez le parecía deliciosa (estaba bien que todavía le quedasen fantasías inalcanzables...). Se preguntaba si Sofía se sentiría interesada. La vivienda era pequeña. Las dos novias dormían juntas y al otro lado del tabique Sofía dormía sola. A veces dormía en el sofá uno de los hermanos, que se había divorciado, el pobre.  Estrella no era ruidosa al hacer el amor, pero aun así trataban de tener cuidado, porque sí que eran de hacer el amor todos los días. A Puri le gustaba mucho que le metiera los consoladores y ella sí que podía gritar.

  ¿Qué se puede hacer en un pueblo? Puri y Sofía lo pasaban estupendamente, por lo visto, aunque a veces resultaba un poco difícil darse cuenta de cómo se las arreglaban para ello: hacían las compras, las tareas caseras y veían a las antiguas amigas y a los padres. Chupaban tele. Paseaban poco, aunque Sofía tenía un perrito con el que estaba encariñada y la criatura las llevaba a realizar diversos recorridos por los alrededores agrarios. A Estrella le fascinaba tanta sencillez. Ella, por su parte, contaba con libros de sobra, y mucha correspondencia. Escribía poco.

  Venía gente a pedir. Sabían que aquella tortillera era rica, incluso famosa, porque era muy guapa y había "salido por la tele" (y desnuda "en las revistas"). Como pueblerinos, eran procaces y chismosos, y eso no los cortaba de pedir ayuda para un niño enfermo o una familia a punto de ser desahuciada. En el barrio de Vélez-Málaga quizá era peor aún. Los de Olivares eran más sencillos. Ellas daban algún dinero.

  Hicieron algunas excursiones. A Estrella le gustaban las excursiones. A veces se reunían con la hermana de Estrella. Puri y Sofía, que eran de campo, sentían menos interés por la naturaleza. Algún día se acercaron a “Villa Orchard” y vieron de reojo al hermano, la odiosa cuñada y los sobrinos. La sobrina era ya una muchacha hecha y derecha, pero se asustaba en presencia de su perversa tía. Las idioteces de los padres, lo que le habrían dicho. La madre y abuela, por su parte, se mostraba molesta de verlas por allí en verano, "fuera de estación". Se llevaba a Estrella enseguida a ver los árboles, alejándola de la familia “normal”, pero eso no molestaba a la dueña de la casa, que asumía su condición, como siempre había sido, ya que, al fin y al cabo, su fortuna la hizo gracias a carecer de dignidad. Y le gustaba ver a su madre entre los árboles, cargados de fruta, y hablar de ellos. Estrella y Puri pasaban una noche o dos en la casa, y volvían a salir para Olivares o para cualquier excursión.

  Para finales de agosto, organizaron una visita de Patri y Elena a “Villa Orchard”. A esa fecha ya se habían marchado el hermano y su tribu. Se sentía cómoda conservando la vieja amistad de la pareja de madrileñas. De aquellos tiempos.

  Fue un buen final de verano.

  Durante el otoño, Estrella comenzó a preocuparse por el transcurso del tiempo. Ya cuando comenzó todo -su "salida del mundo"- pensaba en la vejez. Un pensamiento sombrío en una mujer hermosa de veinte años que, al ver perdida su inteligencia -y su honra-, había hecho de su belleza una profesión. Ya entonces tenía la idea de que una mujer que ya no era hermosa, que había perdido la hermosura, debía cortarse el pelo y vestir con un chándal, asexuarse, quedándose solo con el cerebro: la sabiduría y los recuerdos sobre un mero soporte funcional, incluso precario en su pobreza de huesos y piel. Frágil. Humanísimo, por tanto. Pero para eso todavía le faltaban unos años más. Cálculos realistas hacían pensar que ella podría ser una cincuentona muy apetecible y, de momento, todavía no había cumplido los cuarenta. Eso exigía seguir haciendo deporte, alimentarse bien  y quizá incluso procurarse algún retoque de quirófano al llegar a los cuarenta y cinco. Nada grave.

  Le contaba a Puri que "antes de todo" era guapa, pero le sobraban seis o siete kilos, no sabía vestirse y tenía caspa. Y que durante el tiempo en que estuvo trabajando en los “clubs de alterne”, quizá engordó un poco más todavía, y mientras esperaba a resolver lo de su pelo, a veces usaba peluca. Seguía siendo muy guapa, por supuesto, su piel y sus ojos eran magníficos, su cuerpecito estaba muy bien, aparte del problema de cintura, pero se había dicho que tenía que estar perfecta si quería juntar la gran pasta. Patri, una chica de gimnasio, fue quien la animó. Le gustaba recordar aquello, de cuando renunció a su cerebro (el fracaso en los estudios) y decidió sacarle partido a su cuerpo, porque el dinero lo justificaba todo. Y fue una dedicación coherente. El cuerpo de Puri, por otra parte, nunca tuvo ese tipo de problemas. Comiendo de todo y sin hacer deporte, siempre estaba muy delgada.

  Pero para Estrella, "en aquella época", cuidar su cuerpo fue todo un logro, como lo de sacarse el carnet de conducir, aprender inglés y hacerse millonaria... Se puso a ello enseguida, a finales de octubre de 1983, siguiendo, dócilmente, las indicaciones de su empleada Patri. Le ayudaba además a liberarse un poco de la tensión. Se había gastado todo su dinero tan duramente ahorrado en el intento de enriquecerse recibiendo a solas en su piso. Los primeros días vivía ansiosa esperando las llamadas de los tíos a su anuncio en la prensa. Se ofrecía a apenas diez mil a la hora la primera vez (solo el doble de lo que se pagaba en cualquier burdel de Madrid). Tardó un par de semanas en darse cuenta de que pedir más es lo que ayuda a atraer a los clientes buenos. Pero necesitó ese tiempo para convencerse de que no le iban a faltar hombres. Tenía muchísimo miedo de que no la llamaran. 

   “Dime cómo lo tengo que hacer”, le preguntó a Patri. Y Patri, bonachona, le dijo que empezara con unas flexiones y torsiones. Se puso a contabilizar minutos de gimnasia. Consiguió un cronómetro y una pizarrita donde anotaba los tiempos (siempre le gustó hacer cuentas). El primer día hizo solo cinco minutos y tuvo agujetas. A la semana siguiente hizo diez minutos diarios de gimnasia de promedio.

  Los tíos iban bien. En octubre ganó dinero, tanto como en el club de alterne, pese a los grandes gastos del carísimo apartamento y el sueldazo de Patri. Pero era mucho más cómodo que estar en el club. En noviembre ya sacó más dinero que en el club. En noviembre ya hacía media hora de gimnasia, repartida a diferentes horas. Al levantarse, hacía estiramientos y algunas flexiones. Antes de comer, hacía más. Por la tarde, más. Como tenía dinero para comprar cualquier nadería, se compró una bicicleta estática (la pobre no sabía ir en bicicleta por entonces, de todas formas).

  En diciembre ganó más que en noviembre, ganó el doble que en el club, de modo que para fin de año tenía casi dos millones ahorrados y ya sabía que podría comprarle la casa a la madre antes del verano. Y se sacó el carnet de conducir. Y llegó a hacer una hora diaria de gimnasia sumando casi una decena de breves pero enérgicos episodios a lo largo de todo el día. El cuerpo se le puso maravilloso. La cintura, perfecta. La agilidad le facilitaba también algunas habilidades sexuales. Media hora de bici (en dos tramos de quince minutos cada uno). Cinco minutos de pesas. Cinco de abdominales y flexiones de suelo. Todo lo demás eran ejercicios de cintura (cuatro tandas diarias de cinco minutos). Hop. Hop. Lo que hacía menos era caminar. Cuando salía era con Paula y entonces le gustaba pasear, pero solo de vez en cuando. En realidad, le gustaba poco salir del piso, solo que tenía que hacerlo para llevar el dinero al banco, ir a la peluquería, las compras. Cuando contrató a Chelo, dejó de ir a la peluquería. Y Toñi a veces también le traía la compra, sino se la llevaban a casa directamente. No quería salir. También contrató a Mari como telefonista, lo que le supuso un gran alivio al no tener que estar pendiente de las llamadas.

  Solo le gustaba ir al banco, a "meter dinero". El dinero le gustaba muchísimo. Y también le gustaba contarlo, igual que contaba sus minutos de gimnasia con el cronómetro y los apuntaba en la pizarrita todos los días hasta sumar una hora.

  Ya no perdió la costumbre de hacer gimnasia porque sabía que en las mujeres de su familia había tendencia a la obesidad. Cuando se organizó “Villa Orchard” quiso que quedara un circuito perimetral interior: cuatro vueltas al circuito hacían un kilómetro. Se acostumbró a correr, aprendió a montar en bicicleta. Comenzó a caminar mucho en las excursiones a la montaña. Solo en natación hizo muy pocos progresos (pero le gustaba chapotear en la piscina, que tampoco era grande).

  Los cambios físicos, los cambios de aspecto, siempre le habían dado libertad. Algunos de sus disfraces los había comprado en un comercio que trabajaba con los teatros de Madrid. La dueña era una tipa cincuentona, delgada y con cierto atractivo físico. Gustaba de manosear a la bella prostituta que le compraba hábitos de monja, uniformes de enfermera y cosas así. De ahí sacó la idea de hacerse un álbum de fotos de ella luciéndose con diversos disfraces.

   Le llevó meses planificarlo, un poco siguiendo el ejemplo de algunos álbumes que se hacían de las fotos de las bodas. Encontró un estudio donde se lo organizaron, e incluso consiguió que quien le hiciera las fotos fuese una mujer (la esposa de uno de los fotógrafos). Eligió diez disfraces: el hada, la princesa, la novia, la prostituta, la sirvienta, la colegiala, la monja, la odalisca, la enfermera y la bailarina. Una foto de cuerpo entero a la derecha y a la izquierda tres más pequeñas, en las que podía aparecer desnudándose, o en cualquier otra postura incitante... y acompañado de unos versitos elegidos por ella de un libro de "Antología de poemas de amor contemporáneos". Fue una buena idea, porque a lo nuevos clientes, tras darles la primera satisfacción -lo que llevaba de diez a quince minutos-, los entretenía mostrándoles las fotos, exponiéndoles las fantasías a las que podía someterse. La tendera teatrera le dio muy buenos consejos sobre ropitas caprichosas y, aunque no llegaron a hacerse amigas, gustaban de chismorrear frivolidades. Un día Estrella le pidió una barba postiza. Se dejó sobar en cuello y mejillas mientras la tipa se la ajustaba. Con las gafitas negras redondas, una gorra y ropa suelta parecía un tipo raro, un músico bohemio, quizá. A veces usó ese disfraz para callejear, incluso de noche, sin llamar la atención de los varones, siempre alerta como perros por si aparecía una mujer atractiva. Esos cambios los consideraba defensivos.

  Con Marcus durante algún tiempo fue a un gimnasio. Mientras el marido trabajaba y ganaba dinero para ella, la "esposa comprada" iba a un gimnasio para señoras ricas. Allí solo tuvo un breve encuentro con una rubia. El resto del tiempo lo pasaba con las máquinas. A Marcus le gustaba que estuviera ágil, pero no quería que se pusiera demasiado musculosa. A Stella le gustaba ser el objeto sexual según el gusto del marido. Que la modelase. Él también le compraba los vestidos y los elegía para cuando la llevaba a exhibirla en las numerosas reuniones de negocios e incluso políticas a las que acudía con ella del brazo, bien agarrado a su cintura.

  En el gimnasio, entre la ida y el retorno, la ducha, más el salón de belleza y un poco de compra, podía perder casi dos horas. Le sobraba tiempo para leer y escuchar música. Durante los primeros meses estuvo pagando a la profesora de inglés, hasta que su dominio del idioma ya fue absoluto, a nivel bilingüe. Más las clases de baile. En realidad, no tenía mal recuerdo de los primeros seis meses. Después Marcus se puso pesado para prorrogar el trato diez meses más. Acabó accediendo, tentada por el millón de dólares, pero los últimos meses fueron casi malos. La obsesión de Marcus, el miedo.  Ella tenía pesadillas en las que descubría que no tenía dinero, que la había engañado todo el tiempo, que los ingresos en su cuenta eran falsos. Sin embargo, el dinero llegaba cada mes a España, pagaba sus impuestos y la hermana, ayudada por Álvaro y la abogada Pilar, lo utilizaba para comprar apartamentos. A veces le enviaban fotos y fotocopias de lo que se compraba, de los apartamentos y de las escrituras de propiedad. Eso la consolaba.

  Después le vino el miedo de que él fuese a matarla. Que su marido la matara si no lograba retenerla. Lo temió de verdad, a pesar de que Marcus nunca se mostró violento, aunque sí muy tenso y amargado. Fue por aquel telefilme “basado en hechos reales” que vio: un hombre respetable se arruinaba para retener a una preciosa prostituta -pero Stella era aún más preciosa-, y cuando se le acababa el dinero y ella iba -lógicamente- a abandonarlo, la asesinó.

  Los recuerdos se encadenaban siempre. Siempre quería encontrarle un sentido a toda su trayectoria. Hacer de su biografía un hecho único y coherente. Sabía suficiente psicología como para considerar ésta una tendencia natural...

  Aquel otoño de 1999, le comentó a Puri que solo le quedaba por escribir la historia de su vida. O, quizá, primero, un manual para practicar la prostitución. Eso era. Escribiría un manual para practicar la prostitución y después la historia de su vida. En total, tendría siete libros. Tal vez pudiera escribir otra novela. Había pensado en muchas, pero solo “Los amados extranjeros” la atrajo lo bastante como historia.

    No olvidaba que las feministas odiaban la prostitución y la pornografía. Debía defender su punto de vista. A veces también pensaba en el cine. Lo de producir la serie de tv satírica. Tal vez si Angie se decidía a meterse en ese mundo. Quizá Angie fuese su heredera. Otro motivo para defender la prostitución: Angie ya había elegido, tenía que apoyar el paso que, quizá por su culpa, la pequeña y querida amiga había dado.

  Quizá era mejor seguir viviendo su vida antes de escribirla.

   En octubre de aquel año hicieron un viaje turístico por el sur de Francia, con las hermanas. Después Estrella hizo una nueva escapada a ver a Hanna. Comprendía que aquella alemana era probablemente su mejor amiga. Su calma, su educación, su inteligencia brillante y sin pretensiones. Se la veía feliz y Estrella no podía ofrecerle nada más que amistad. Pero aunque de espíritu existía, al final no se había dado la sororidad soñada. El libro que había escrito con la profesora Sarah no había dado lugar a una nueva tendencia contracultural.

  Después volvió para pasar las navidades en casa. Llegó el año 2000

  En febrero vino Angie de vacaciones. Era la primera vez que se veían en España. Ya no estaba con la chica guardaespaldas. Decía que era celosa. No se había casado con un millonario tampoco. Había juntado un par de millones de dólares finalmente (al igual que Estrella, le tentó superar sus expectativas de ahorro). Los japoneses le habían dado mucho dinero. El dinero lo había invertido e incluso había hecho un curso para gestionar sus bienes. Parecía más sencillo y productivo que lo de alquilar apartamentos (pero a Estrella le gustaba poseer). Angie pensaba dedicarse a la tele. Escribir y producir. Se estableció en Los Ángeles y estaba organizándose. La invitó.

  Por aquellas fechas comenzó a funcionar Internet. A trancas y barrancas, y demostrando Puri una vez más la habilidad natural que la caracterizaba, durante aquella primavera comenzaron a utilizar Internet para comunicarse.

  De esa forma, Angie y Stella intercambiaban opiniones acerca de una producción televisiva. Angie estaba asistiendo ahora a unos cursos para guionistas y productores, y se relacionaba con la amplia colonia lésbica de Hollywood. Contaban, además, con la experiencia de Londres de Stella y Laurie. La profesora Sarah también intervenía desde su universidad.

  Durante toda la primavera estuvieron intercambiando ideas y aquello resultó de lo más entretenido. Llegó a pensar que estaba muy cerca de algo grande. Para principios del verano, ya tenían una idea más o menos completa, y, como otras veces, dejarían la casa libre durante la temporada de vacaciones. Durante la primavera Estrella había supervisado el último tratamiento médico para su madre, que ya había cumplido 75 años y necesitaba andar con bastón. Aparte la inevitable penosidad de cuidar de la anciana enferma, también durante la primavera hubo visitas y circunstancias alegres: vinieron Hanna, Ann, Laurie y dos amigas alemanas. Y una danesa desconocida y espectacular que se ofreció para un encuentro sexual que resultó fructífero.

  A finales de junio del 2000, Estrella y Puri se fueron a Hollywood. Por estas fechas, las cosas no iban mal en “Villa Orchard”, el nieto mayor de la madre tiene ya veinticuatro años, e incluso había producido un bisnietillo. Lo peor era que los tíos se resentían también de la edad y comenzaban a hablar de dejar el campo, vender su propiedad e irse vivir con una hija en un piso, en Málaga. Eso podría ser un problema, pues era la tía Reme la que llevaba el huerto, con los árboles en su momento de mayor esplendor. La madre se sentiría sola sin ella.

  En Los Ángeles, formaron un trío con Angie. Durante el verano, todo era turismo, piscinas, sexo y hablar por hablar. Stella sabía que la arriesgada experiencia de haber sido prostituta de lujo había cambiado a Angie. Hizo mucho dinero pero la estigmatización acabaría haciendo efecto, algo de lo que pensaba Stella que no la había advertido lo suficiente, aunque Angie aseguraba que todo era estupendo, que había aprendido muchas cosas. Angie, en cualquier caso, tenía 28 años, la misma edad que Puree, y sabía que era su momento mejor anímica e intelectualmente.

   Stella quería que Angie lo hiciera mejor que ella. La mayor alegría de la situación, sin embargo, era que Puree no estaba celosa, hacían el amor las tres juntas, sin problema, y a veces tenían encuentros con otras mujeres. A veces, Stella y Angie mantenían una conversación íntima en la que Puree no participaba (y puede que tampoco entendiera mucho). La conversación íntima pasaba a besos y caricias. Angie rodeaba con su brazo izquierdo la pequeña cintura de Puree y apretaba la mano de Stella con la derecha. Puree se pegaba a su cuello y era besada en la cara por Angie: indistintamente usaba el cuerpo de Puree para las caricias que otras pensarían que estaban destinadas a Stella. Pero tenía su lógica: Angie podía besar a Stella en el pelo, en el hombro o en la cara de Puree. Y comportándose así hacía más feliz a Stella. Y recibía aún más placer cuando hacían el amor entre las tres. Nunca se preocupaban por la presencia de Puree, como si se tratase de una mascota muda querida a la vez por ambas. El amor existía.

  Fue en septiembre cuando se lo montaron con Maude y su novia Pam. Maude era una guionista lesbiana de Hollywood que había llegado por su propia cuenta a la idea de crear una serie de televisión sobre “hermanas lesbianas”. Ya existía el precedente del show británico sobre hombres gays, del que se estaba produciendo en Canadá una versión para Norteamérica. Por lo tanto, la idea de una serie lésbica era inevitable. Maude no era la única lesbiana de Hollywood, pero sí la más profesional y militante. Entre suspiro y suspiro, Stella y Angie presentaron sus ideas, que incluían dos de su propia cosecha: la sororidad y la prostitución como recurso de mantener relaciones con los hombres. Las dos estaban de acuerdo también en que el atractivo erótico debía explotarse. Todas odiaban “Sex and the City”.

 El principal problema con Maude era que ella estaba de acuerdo con la idea feminista contraria a la prostitución y la pornografía, si bien entendía que el éxito de la serie podría encontrarse en el atractivo para el público que desea espectáculos eróticos televisivos.

  Aunque Stella y Angie tenían algo de dinero, producir una serie de tele era muy caro y, además, se necesitaba trabajar con las grandes distribuidoras.

  En la intimidad, según Estrella llegaría a saber, Maude y Pam (una joven actriz) no estaban nada interesadas en un porno lésbico que iba a hacer apología de la prostitución… pero encontraban al trío muy bueno en la cama, y siempre se podían encontrar buenas ideas también.

  Angie se había comprado una casita en Los Ángeles, no muy lujosa, pero en un buen barrio, en una zona donde vivía gente relacionada con la industria audiovisual. A Angie le gustaba un poco el famoseo y el mundo de los escritores, así que acudían a fiestas. Stella encontraba que Angie era su mejor discípula pero le acomplejaba un poco haberla influido tanto, algo que al principio no esperaba.

  Por las mañanas se levantaban un poco tarde, hacían deporte y escribían (y Angie iba a clases esporádicas sobre escritura de guiones). A la sobremesa hacían el amor (con más gente, si había invitadas). Era por la noche cuando hacían una vida un poco diferente. Angie iba a todas las fiestas que podía, Stella y Puree solo a algunas.

  Sería una larga estancia que iba a producir escritos y experiencias, pero cuando Estrella y Puri volvieron a España por Navidad pensaron que, al fin y al cabo, no habían hecho gran cosa. Apenas Angie había logrado trabajar en un par de guiones. La mayor parte del tiempo se lo pasaron ociosamente.

  La Navidad la repartieron entre “Villa Orchard” y Olivares. Pero Estrella vio que la salud de sus padres se deterioraba, y que los tíos ya estaban decididos a mudarse. Si los tíos se mudaban, la casa de al lado quedaba vacía. Se podía alquilar a cualquier guiri, pero ¿dónde meter al viejo inválido? La madre y la hermana parecían resignadas a aceptarlo en la habitación de invitados. También era posible convencer a su primo divorciado, el "más campestre" de los hijos de la tía Reme, para que se hiciera cargo de la finca en lugar de sus padres.

  En enero ingresó a la madre para un nuevo tratamiento y hasta febrero Estrella no quedó tranquila para retornar a Los Ángeles con Puri, que ya parecía menos entusiasmada con la apacible y animada vida en California.

  En Los Ángeles, encontraron en cambio a Angie comprometida con el primer proyecto serio en el que colaboraba, que no tenía nada que ver con Maude ni con el proyecto de la serie lésbica: se trataba de formar parte de un equipo de guionistas de prestigio para una serie dramática de temática familiar. No le pagaban nada, pero podría aprender si se consideraba que contribuía al equipo.

    Así que durante dos meses, Stella y Puree se encontraron más desvinculadas de su amiga, ahora inmersa en un proyecto que no era el inicial. Dedicaron esos dos meses a hacer viajes de turismo. Fueron a Nueva York, a Las Vegas, pasaron una semana con la profesora Sarah y se encontraron con Li, que vino a Canadá a ver a sus padres. No lo pasaron mal, pero estuvieron de acuerdo en que, si no había un proyecto concreto, no valía la pena quedarse más tiempo en Los Angeles.

  Sin embargo, cuando volvieron en abril, encontraron a Angie en muy buena sintonía con Maude, que ahora parecía que estaba en serio metida en el proyecto de la serie lésbica y aceptaba el personaje de la prostituta lesbiana, pero con una perspectiva diferente. A Angie no le gustó, pero a Stella sí. En este proyecto de personaje, la prostituta lesbiana era una especie de neurótica benigna, acomplejada y un poco sádica. Se trataba de una vieja fantasía que Estrella desarrolló durante su época de prostituta: cuando soñó con ser la gran señora de una mansión con sirvientas vírgenes sometidas a su capricho. Este personaje medio loco, dominador y acomplejado, no era nada ejemplar, no demostraba la inteligencia de ser prostituta-lesbiana, pero poseía una personalidad llamativa y creíble. Para Angie supondría, sin embargo, reconocer que se equivocó. Para Stella suponía un poco expresar arrepentimiento por haberle hecho, sin querer, una sugerencia imprudente a Angie.

  Esto creó una dinámica de dramatismo entre ellas, que no llegó a enfrentamiento, pero que sí que dio lugar a la aceptación mutua de que ambas tendrían que seguir caminos diferentes.

   Al final, el personaje que aceptó Maude era una especie de caricatura de la fantasía de Stella.

  Durante el verano, Angie quiso volver con sus padres, en el Este, y escribir un borrador de una novela semiautobiográfica. Las tres fueron al Este, donde Stella y Puree conocieron a los padres de Angie, personas buenas, pero un tanto preocupadas por el sesgo extravagante que había tomado la vida de su hija. También conocieron a algunas amigas de la infancia de Angie que se esforzaron en mostrarse simpáticas con las extrañas nuevas amigas de esta nueva Angie un tanto rara, aunque sin duda brillante y que llevaba una vida nada aburrida. A diferencia de Stella, Angie había tenido muchas buenas amigas en el colegio. Después, Stella y Puree se fueron a pasar el verano con sus amigas de Europa: Hanna en Alemania, y Laurie, Anna y Li en Inglaterra.

  A primeros de septiembre, fueron por “Villa Orchard”. Se mantenían en contacto por Internet con Angie. La novela evolucionaba bien. Stella le hacía muchas correcciones a medida que su amiga le enviaba páginas ya escritas. Quedaron de acuerdo para reunirse en Los Angeles a finales de septiembre.

  El 11 de septiembre, Estrella estaba viendo la tele, las noticias de las tres, cuando se produjeron los atentados. Para entonces, Angie aún no había viajado a California.

  Los atentados lo cambiaron todo en Hollywood. Angie no volvería hasta octubre, pero en noviembre fue a “Villa Orchard”.  Para Estrella y Puri, la experiencia hollywoodense había terminado.

   En diciembre los tíos se fueron a vivir con su hija en Málaga, vendiendo sus propiedades: el cortijo en el que invirtieron casi veinte años de esfuerzos al mismo tiempo que levantaban "Villa Orchard". El padre pasó a la casa de la madre y hermana, e incluso contrataron a Sofía, la hermana de Puri, para que cuidara de ellos. La otra casa se puso en alquiler tras llevar a cabo algunas reformas que la hacían más independiente.

  Con el nuevo año, Estrella se encontró sin proyectos, y decidió empezar a escribir una novela, un poco envidiosa de lo bien que iba la novela de Angie, que ella pensaba que le debía mucho a sus correcciones y aportaciones.

  Este año Estrella cumpliría los cuarenta.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Capítulo 14. De lo que se sabe

  Nunca le había contado la historia completa a Puri. Por supuesto, después de aquel primer reencuentro comiendo pescado, hubo muchas cosas en las vidas de todas, hasta llegar a la apoteosis de “Villa Orchard”, donde la madre (que había perdido bastantes kilos gracias a tratamientos médicos caros) se había convertido casi en una terrateniente, con su fiel cuñada como capataz y amiga, con los árboles frutales, las flores, el huerto, la piscina, las visitas de nietos, hijos y sobrinos, y el aroma a campo andaluz. Todo rodeado de una blanca muralla y en una casa moderna con todas las comodidades.

  Pero Puri misma reconocía el rostro ceñudo de la madre cada vez que alguna conversación se refería a cómo su hija había hecho todo aquel dinero. Y lo del lesbianismo tampoco le gustaba nada. No creía que Estrella fuera de verdad lesbiana. Lo hizo por culpa de verse metida en aquel vicio. A la madre nunca le gustó Paula, que la había pervertido. Pobre Paula.

  Era ya el bonito mes de abril, habían vuelto de Inglaterra. Estrella tenía ganas de ver otra vez a Hanna, en Alemania.

  Hanna era buena en el sexo porque se dejaba llevar con sinceridad y compromiso. Era una buena alemana.

  Volvió a pensar seriamente en escribir un libro de recetas sexuales lésbicas…

  Sí, prostituta. Entonces, todo giraría en torno al sexo. También debía pensar en su edad. Era una mujer muy guapa, pero ya no una jovencita. Antes de su “caída” pretendía que el físico le daba igual porque quería ser amada por su inteligencia. Pero el fracaso en los estudios la hundió y decidió venderse a sí misma como carne. Hizo bien, a la vista de todo lo sucedido después. Aún le quedó la ilusión de ser escritora. Lesbiana. Ser lesbiana le dio la oportunidad de "ser" algo. Como lesbiana podía relacionarse con personas de muy alto nivel, como la doctora Sarah, Hanna o Laurie, la gran novelista. Pero era también una “lesbiana del sexo”, y aunque el sexo entre personas "modernas", "de vanguardia", ya no iba unido a la sordidez y el estigma, seguía siendo una expresión limitada.

  Se había inventado después su teoría de la “sororidad”, e incluso esa teoría circulaba mínimamente por las publicaciones feministas, siempre atribuida, por supuesto, a la doctora Sarah.

  Aún se recordaba el show de la televisión británica, y a la bella española de grandes ojos. Pero su parte había sido la del sexo. Las intelectuales eran Sarah y Laurie.

  Bueno, se trataba de un reparto de papeles. Y ella no tenía mucho amor propio.

  Conversaban sobre eso, Puri y Estrella. Sobre todo cuando llovía. Lluvias de abril: era una delicia ver llover en “Villa Orchard”. Los árboles estaban grandes y muy pronto se pagaría del todo la hipoteca (¡habrían pasado diez años!). La madre y la hermana estaban en el piso de abajo, viendo la tele o chismorreando. Tal vez la tía Reme estuviera con ellas. Visitas no había. Puri y Estrella permanecían desnudas debajo del edredón, mientras afuera llovía. ¿Por qué no iban a ser siempre tan felices como ahora? ¿Por qué no guardar la felicidad, cuidadosamente, extraída de vivencias dulces como la de aquellas tardes de primavera?

  “Yo puedo ser la del sexo”
  “¿Qué quieres decir?”
  “Pues como en esos tebeos de aventuras para adolescentes: está el héroe, su amigo el fortachón, el otro que es el gracioso, el otro que es… qué sé yo… Eso vendrá de los siete enanitos de Blancanieves, ¿no te parece?”
  “¿Y tú eres “la del sexo”?”
  “Eso es: Hanna es la ingeniera, Laurie la novelista, Sarah la profesora… Yo soy la del sexo. Yo sé de sexo. ¿No dices tú que yo lo hago muy bien?”
  “Eres la mejor. Vamos, no se te puede comparar con nadie… Yo…”
  “Pues eso haré. ¿No quiero ser escritora? ¿No he fracasado como novelista y ensayista?”
  “Tus libros se han vendido…”
  “Apenas se han vendido. Si hubiera tenido que vivir de eso… Creo que lo que me he gastado en Concha, y en correctores y en… De no haber sido rica nunca hubiera podido ser escritora. No tengo talento. Nunca lo tuve. Si no tienes talento para sacarte unos estudios del montón, ¿cómo vas a tenerlo para ser escritora? Pero yo sé de sexo. Y el sexo es también importante.”
  “Contigo el sexo es todo…”

  Puri luego pareció arrepentirse de lo que había dicho, quiso rectificar:

  “Quiero decir, que cuando tú haces sexo, es tan maravilloso, tan profundo, con tanto amor…”
  “Pues eso. Ya está. Voy a escribir un libro para enseñar a las chicas a hacer sexo.”
  “¿De lesbianas?”
  “Y también a masturbarse. Todo eso de los consoladores, las cremas, las bolitas…”

  Se sentó en la cama, mientras seguía lloviendo hermosamente.

  “También enseñaré que es una delicia hacer el amor en una casa de campo cuando está lloviendo…”

  Hasta el mes de mayo se dedicó a darle vueltas a su libro sobre el sexo. Se le ocurrió un título que Puri aprobó, entusiasta: “Más amor”. Era el título de su fracasada revista. Era el título y la solución.

  Como las otras veces, organizó un índice posible que sería el esquema inicial:

1. Lo que dice la ciencia
2. Los besos, los ojos y el amor
3. La querida vulva
4. Ofrecimientos y devociones
5. Orgasmos, orgasmitos y orgasmazos
6. Decorar una tarta, cuidar un jardín
7. Ser mujeres, antes y después
8. A solas
9. Ilusiones y recuerdos

  Podía poner más capítulos, pero le parecía el número ideal para un librito de menos de doscientas páginas. Con fotos guapas. Puri se entusiasmó, le dijo que era un genio, una "genia".

  “Yo era la mejor prostituta de Madrid. También puedo ser la mejor en recetas eróticas para chicas”

  En junio fueron a ver a Concha. De nuevo en Madrid. Otra vez ver a Patri y a Toñi, que seguían pareciendo felices. O, al menos, se mostraban felices en su presencia.

  Concha y su marido, por supuesto, lo aprobaron. El marido sugirió incluir algo de bisexualidad. Al fin y al cabo, aunque el libro se escribía para que los hombres lo leyeran por morbo y algunas chicas a escondidas (por si acaso…), tendría más éxito si se incluía algo sobre los varones.

  “Ése sería otro libro que yo podría escribir: un manual para ser prostituta como yo lo fui. Puede llegarle su momento, pero ahora no”.

  Le dio la impresión de que el muy apacible marido de Concha (en presencia de la bella extravagante siempre parecía esmerar aún más su corrección) hubiera querido precisar detalles muy concretos. Quizá que dejara espacio para los hombres "buenos" como él, que no querían pagar, pero que también querían mujer. Hubieran podido discutirlo, pero Estrella no le dio opción.

  Quería escribir bien el nuevo libro. Tenía que volver a viajar, y reunir más experiencias y testimonios. Iría a Alemania, para estar con Hanna, sobre todo. Después a Norteamérica (Sarah y Angie). Y se acostaría con el mayor número de lesbianas posible.

  Y solo esta vez, cuando se despidió de Concha, estando ausente su marido, al abrazarla, con Puri un poco retirada, le susurró, totalmente en serio: “siempre me quedaré con las ganas de hacértelo a ti”, Concha se sonrojó sin hacer ningún chiste. Era una mujer poco dada a los chistes y supuestamente feliz en su matrimonio, con su amable marido y algunos niños bien educados. Quizá era el tipo de amiga que hubiera querido tener Estrella de haber sido “normal”. Como Pilar, la abogada...

  De vuelta a Andalucía, Puri no sabía si quería ir a Alemania. No hablaba alemán, y Hanna le parecía muy seria, la hacía sentirse avergonzada. Esto sorprendió a Estrella. Le parecía increíble que dos chicas buenas como Puri y Hanna no se gustasen. Puri decía que no aprendería alemán en la vida, y que el inglés que le hablaban en Alemania tampoco lo entendía. Que no quería ir.

  Estrella se asustó, ¿celos?

  Ya en casa, mientras recorrían el huerto y recogían cerezas, Puri le dijo que no, que no eran celos. Pero no quería viajar más por ahora. Quería pasar unas semanas en su pueblo, y luego todo el verano en “Villa Orchard”.

  “A la vuelta me lo cuentas todo”.

  Se besaron. Puri era de fiar.

  Fue un verano divertido. Primero fue a América. Llamaba por teléfono y enviaba fotos. Por entonces comenzaba a difundirse Internet, sobre todo en Estados Unidos. Desde luego, escribir con procesador de texto a Estrella le encantaba. Pensaba que era un sistema ideal para los malos escritores.

  Angie estaba cambiada, pero no para mal. Ya se había licenciado y quería trabajar en el mundo editorial. No muy vinculada con el feminismo. Eso sí, el dinero iba a ser un problema.

  Le preguntó si le parecía mal que hiciera lo que ella: prostituirse. No quería trabajar de profesora en cualquier sitio alejado.

  Hacía mucho tiempo que Angie no estaba con un hombre, y sus relaciones lésbicas eran buenas, pero no muy profundas. A Estrella le pareció un poco confusa, pero se sintió muy halagada de cómo le hacía confidencias y confiaba en ella. Sospechó que su amiga quizá no valiera tanto en el mercado sexual de élite (no cabía plantearse otro tipo de mercado). Angie era inteligente y guapa, pero le faltaba (creía) el dramatismo femenino que ella había utilizado. No se la imaginaba como esclava. Demasiada buena educación. Demasiada libertad.

  Durante tres semanas estuvieron acudiendo a orgías lésbicas en Nueva York. Había cierto nivel, pero le parecía todo un tanto deliberadamente perverso, no tan dulce como en Alemania, el país de los poetas y los cuentos.

  Después se llevó a la joven licenciada a California. Seguían hablando de la prostitución. Estaba claro que Angie iba a hacerlo, que se sentía atraída por la experiencia de su amiga europea. Desde luego, en Norteamérica ganarse la vida no era difícil, pero los estudios de Angie solo le permitían trabajar de profesora de primaria o secundaria, o quizá hacer un cursillo preparatorio de cualquier otra cosa. Y Angie no tenía una relación sentimental estable. Lo de ser prostituta… eso también conllevaba estigma en Estados Unidos. En eso, no era mucho mejor que en España, aunque fuese legal en el estado de Nevada.

  Pero el principal problema que veía Angie era su edad: había cumplido veinticinco años y le parecía demasiado mayor para empezar. Eso a Stella le pareció una tontería, pero sí que tenía que aprender algunas cosas para excitar a los hombres: caminar con tacones, contonearse y todo eso. Stella ya lo había olvidado, aunque a su marido le gustaba que fuese coqueta: tantas cosas que tuvo que aprender para complacerlo, lo de bailar y más cosas.

  Era claro que Angie esperaba aprender mucho de su amiga española. En California, aunque tomaron parte en  varias orgías lésbicas (entre ellas, algunas organizadas por gente del mundo del cine), Angie siempre le hacía preguntas que su amiga trataba de responder.

  Un poco para asustarla y que se lo pensara bien, le habló de cuando conoció a su marido, en aquella orgía en Inglaterra, en abril de 1986. Acudió allí más que nada para aprender inglés y para conocer un poco el mundo de la prostitución de lujo internacional, porque entre el viaje, el tiempo de espera y el cambio de moneda, tampoco ganó mucho más que si se hubiera quedado en Madrid, cuando por entonces estaba en la cima de su carrera. El ambiente era tétrico, intencionadamente aterrador. Cuando tuvieron reunido el rebaño de chicas en la mansión donde tendría lugar la orgía, la madame y los proxenetas, rodeados por los espectaculares matones paramilitares, les dieron una charla que para ella significó poca cosa porque apenas se enteró de nada, dado sus escasos conocimientos de inglés por entonces, pero que para las otras debió de resultar alarmante. Cuando quiso después preguntar sobre lo dicho, las otras, que eran antipáticas, apenas le dijeron nada. Pero alguna hizo su bolsa y se marchó.

  Aquel mal ambiente era deliberado, pues lo que habían planeado los proxenetas (como encargo de los poderosos que habían promovido aquella fiesta) era una especie de "fiesta caníbal" en la cual las mujeres serían aterrorizadas por los machos. De eso era sin duda de lo que las habían advertido: de que se trataría de una performance sádica, de que los machos las tomarían como los lobos toman a las ovejas. Por eso el ambiente era de frialdad y crueldad. Sí que entendió que algunas iban a ser marcadas para recibir golpes y ser ensuciadas con excrementos. Se les escribía unas letras en el brazo para eso. Cobraban más. Ella estuvo entre la mayoría que no aceptó. En realidad, ella fue de las que menos dinero ganó: era morena, relativamente baja y no vino muy recomendada.

  Los matones, con los que las más estúpidas intentaron coquetear, eran -decían- excombatientes de la guerra de las Malvinas y permanecían muy firmes en su papel, con voces duras, estridentes y roncas, cuarteleras.

  El día de la orgía habían dormido todas apelotonadas en las habitaciones para sirvientes de la mansión, en las buhardillas. A gritos les dijeron que se prepararan, más o menos a la hora del té. Se pusieron unos "bodies" muy frágiles, transparentes, y se aderezaron con tacones y maquillaje, para después ser ordenadas en fila. Algunas se lubricaron los orificios utilizando diversos pequeños y manoseados envases que se pasaban unas a otras, cosa que ella también se apresuró a hacer. Mientras, la madame y los proxenetas las inspeccionaban deliberadamente como si fueran ganado. Las altas rubias con buenas tetas delante. Entremezcladas, las marcadas para ser golpeadas y vejadas (la mayoría tenían aspecto de drogadictas), a ella la pusieron entre las últimas. Calculó que eran unas cincuenta. Siguieron las órdenes y los gritos, encaminándolas hacia la gran sala de baile de la mansión, al final de la escalera que habían de bajar desfilando. Y particularmente se oía una voz tronante de un tipo que gritaba a los que esperaban abajo. Al principio no entendió lo que decía, pero las chicas se estremecieron de miedo. Más tarde Marcus se lo explicó, divertido: lo que gritaba era "¡Carne!, ¡baja la carne!, ¡deliciosa carne de mujer!, ¡tomen su carne!, ¡carne de mujer!, ¡magnífica, tierna y sabrosa carne de mujer!, ¡carne!". Como en un mercado. Alguna dudó, y entonces los guardianes las coaccionaban a gritos despiadados, aunque sin tocarlas.

  Con una iluminación escogida, ellas eran perfectamente visibles mientras bajaban, temblorosas y asustadas: se marcaban sus muslos blancos, sus brazos delicados, sus ojos y labios maquillados, sus cabelleras esponjosas. Abajo había poca luz, o a ellas les parecía poca, como si fueran hundiéndose en un pozo infernal, poblado de demonios. Ésa era la idea: ellos estaban abajo y a veces coreaban al bruto que les gritaba que estaba bajando la carne de mujer para su placer de hombres. Muchos iban disfrazados con máscaras: de demonios, en efecto, o de fieras salvajes (leones, tigres, lobos...). Los matones guardaban el orden: que esperaran a que las víctimas llegasen al final de la escalera, y solo entonces podían agarrar del brazo la carne que les apeteciera ("buffet libre"). Los matones indicaban cuáles eran las que aceptaban ser maltratadas, para que no se dieran confusiones lamentables. Tironeaban de las rubias y se oía entonces sus gritos de susto y cómo sus bodies frágiles eran rasgados. Las fornicaban allí mismo, como violándolas. Como ella iba entre las últimas, encontró solo una confusión de empujones, en la cual un tipo ágil pero menudo, de dedos fríos, delgados y duros como garras, la asió y se la llevó a un sofá donde "la hizo suya": era Marcus Ellis, su futuro esposo.

  Cuando vio la película "Eyes Wide Shut" pensó que la escena de la orgía se parecía un tanto a aquella. La escenificación fue tan perfecta, tan intencionada, que se preguntó si no la organizó el mismo Kubrick, que por entonces ya era un hombre rico y famoso. En aquella época había estado rodando en Inglaterra "Full Metal Jacket", así que podía haber estado allí, ser uno de los brutos que se divertían con la despiadada violencia verbal de los militares que gritaban "¡Carne!, ¡carne de mujer!"

  El relato interesó mucho a Angie, pero no la asustó. Aseguró que se hubiera prestado, como Stella, a la experiencia de sumisión y humillación.

  Fue en San Francisco, después de una agradable cena en la que tomó parte la profesora Sarah, que se había desplazado hasta allí para estar con sus amigas, cuando Angie y Stella tuvieron su conversación más reveladora. Angie comenzaba a pensar que tal vez se había precipitado en convertirse en lesbiana. Aunque no empleó un tono de reproche, opinó que la seducción que ejercía una mujer tan bella como Stella podía impresionar demasiado a una muchachita como la que Angie era cuando se conocieron. Notaba el hecho de que ya no le atrajeran los chicos como una especie de infección que había contraído. A Angie siempre le habían gustado los chicos. Sí, de acuerdo, le gustaban solo los chicos “buenos”, tendencia que Stella identificaba como síntoma inequívoco de lesbianismo innato (que le gustaban los chicos que eran “como mujeres”), pero ¿por qué ahora ya ni esos chicos le gustaban? Podía estar con una pareja de chico y chica, darse cuenta de que el chico era dulce, incluso guapo… y sentirse más atraído por la chica. Eso no le parecía normal. Incluso le gustaban rasgos del cuerpo de las chicas que antes no le llamaban la atención. Se educaba el gusto. En un principio, solo se sentía atraída por los rostros dulces y maternales (el amor infantil por las muñecas). Siempre se empieza así. Pero ahora le atraían las figuras bonitas, incluso los culos y las tetas. Incluso cosas en las que nunca había pensado, como los brazos y los deditos de los pies. Las vaginas.

  Y, por encima de todo, odiaba ser pobre. Pensaba que para ser una lesbiana feliz hace falta dinero. Y la mejor forma de conseguirlo era la prostitución. No quería hacerlo en Nueva York, así que tenía que hacerlo en Los Ángeles. O en Las Vegas, claro.

  Sintiéndose en parte responsable, bastante fascinada y un poco enamorada, Stella se fue a Los Ángeles con Angie y la ayudó a iniciarse en la prostitución. Recurrieron a una agencia a la que acudían aspirantes a actrices, modelos y todo eso. Pero en Los Ángeles estaba prohibida la prostitución y eso podía significar que acabasen detenidas. Hubo que irse un poquito más al este, a Las Vegas, la inevitable. Allí contrataron a una chica guardaespaldas. Una nueva “Patri”.

  La cosa empezó a funcionar. La chica guardaespaldas era una robusta negrita de Los Ángeles, que se enamoró enseguida de ambas, pero que parecía buena. Con todo, Angie pensaba que podía ganar más. Pronto se dio cuenta Stella de que lo de Patri había sido un descubrimiento: la unión entre una chica guardaespaldas y una putita culta y ambiciosa podía resultar muy fructífera tanto en lo económico como en lo personal. El problema era que esta negrita se estaba enamorando muy rápido. Patri siempre se controló gracias a la vigilancia de Elena y a las convicciones lésbicas de Estrella: para el gusto de Estrella, Patri se parecía bastante a un hombre; pero Angie, en cambio, tenía sus dudas en cuanto a sus gustos personales. De todas formas, la pasión abrió también los sentimientos y lo que se descubrió parecía algo bastante bueno. Su querida amiga no contraía las pupilas llevada por el resentimiento y los secretos inconfesables. Solo quería ganar dinero y vivir aventuras.

  A primeros de septiembre, cuando Stella regresó a España, Angie ya estaba sacando mil dólares diarios, aunque se cansaba porque tenía que ir a domicilios y hoteles. Lo bueno era recibir en casa, hacerlo como ella lo había estado haciendo en Madrid. Y tal vez pescar un millonario. En realidad, mil dólares diarios de beneficio (sin contar, por supuesto, los gastos) no era mucho aún. El objetivo era sacar un millón de dólares en un año. En un año bueno...

  Todo eso dio para muchas conversaciones con Puri en “Villa Orchard”. Hicieron muy buen sexo a la vuelta. Y coincidió con una prolongada visita de la hermana pequeña de Puri, Sofía, que era una muchachita más linda que Puri, muy tímida, pero que ya no sentía miedo del lesbianismo. A Estrella le despertó ciertos deseos, pero también resultaba que era bueno reprimirse. La hermanita no coqueteaba con ella en absoluto. No parecía interesada en nada del sexo.

  En este entorno, Estrella terminó su libro de recetas sexuales ("Más amor") añadiendo todas las cosas que se le habían ocurrido durante sus viajes. Redactó el libro en inglés y en español, contando con que podría venderse en ambos países. Con Concha planeó su promoción.

  Salió a mediados de diciembre, para Navidad y Año Nuevo.

  Fue un buen invierno. La vida hogareña estaba muy estabilizada. A Estrella incluso le divertía la presencia de su padre en la casa de la tía Reme. La madre se entretenía hablando con él. Era curioso ver cómo fallidamente ocultaba su resentimiento aquel viejo. Un modelo masculino. Un tipo inofensivo. Un viejo que no valía nada.

  Además, se terminó de pagar la hipoteca. Ahora Estrella era mucho más rica. Decidió comprarle una casa a Puri en su pueblo, para ella y su hermana. Una especie de gratificación por su trabajo en casa (y Sofía había ayudado mucho durante su estancia). Pero eso solo consumía un año de los intereses. Para el año siguiente, Estrella cancelaría la hipoteca del piso de Torre del Mar. Más propiedades. Le gustaba poseer. Por supuesto, también donaba a caridad, pero solo una parte.

 Dedicó los primeros meses del año 99 a promover su libro. Estuvo en la tele, en algunos actos públicos. Su libro consiguió cierta popularidad y le permitió volver a sacar sus libros anteriores. Se sintió más “escritora”. La invitaron a fiestas y conoció a algunos famosos. Puri la acompañaba, bastante divertida.

  En marzo se fueron a Inglaterra. Allí estuvieron con Laurie y las otras (con Li…), y encontraron editor en inglés. El libro saldría antes del verano. Laurie le comentó el éxito de la teleserie “Sex and the City”, que a Stella le pareció asquerosa. Fue entonces cuando se le ocurrió lo de escribir una sátira que se llamaría “Crazy for cocks…” Laurie encontró divertida la idea. Laurie estaba saliendo ya del nicho de “novelista lésbica”, y quería alcanzar a un público más amplio, pero no desdeñaba las novedades dentro de su mundo aún de límites indeterminados.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Capítulo 13. Dulce y preciosa

  Ya tenía el piso con teléfono. Inmediatamente después buscó lo demás. Fue a los dos periódicos elegidos para que le pusieran el anuncio, destacado, en la sección de “Relax” o "Masajistas":

  “Clara. 21 años, dulce y preciosa. Hará que se cumplan tus fantasías de amor más tiernas y atrevidas. Apartamento particular.”

  Contenía dos veces la estructura de "y", pero en aquel momento no se le ocurrió cómo resolver el problema. Con la conjunción "y" siempre tendría dificultades.

  El anuncio le pareció lo bastante sugerente a uno de los trabajadores del periódico donde fue a tramitar su publicación como para que le preguntase cuánto cobraba y cómo era. Estrella, venciendo su timidez (debida a que no se encontraba en aquel momento en el escenario correspondiente a ese tipo de conversaciones), le explicó que se trataba de vivir las escenas eróticas de las películas de buen gusto, con besos, caricias y palabras tiernas, pero sin excluir, por supuesto, el sexo más atrevido y siempre ella mostrándose sumisa. Que cobraba quince mil pesetas una hora (el triple del precio normal de una prostituta en Madrid por entonces).

  Después pensó que no tenía por qué haberle contestado nada a su pregunta, aunque había que reconocer que el hombre no la había formulado en un tono ofensivo. El tipo opinó que quince mil a la hora era bastante caro. Las chicas de los clubs buenos cobraban tres mil por un polvo y cinco mil por una hora. Eso son las chicas baratas, dijo ella.

  El tipo entonces no dijo nada, no discutió sobre "clubs buenos" y "menos buenos", sin duda consciente, por su experiencia en el mundo comercial, de que existía ciertamente un nivel alto de precios, pero después, al despedirse, le ofreció que esa misma tarde, si quería. Estrella dijo que sí, a pesar de que aún no había arreglado lo de la chica guardaespaldas. Se convenció a sí misma de que aquel hombre no era peligroso  -bajo, calvo, con bigote. Y ella tenía mucha prisa por empezar a hacer dinero para compensar tantos gastos.

  Cobró las quince mil sin problemas, y el hombre quedó muy contento. Solo comentó que era demasiado caro para su nivel de vida. “Pero ha estado bien, ha estado bien.” Y se fue con la cara un poco seria. Parecía impresionado, pero a la vez disgustado. No era rico y aquel placer iba a estarle vedado en adelante. Por su experiencia posterior, Estrella pensó que tal vez aquel hombre no pudiera volver a sentir un placer comparable en su vida. Ya en aquel momento presintió que había acertado, que iba a conseguirlo, porque pocos hombres pueden hacer sexo por amor con una chica tan joven, tan guapa, tan educada, tan desinhibida y a la vez tan sumisa como ella. Ella era lo suficientemente inteligente y delicada como para hacer la fantasía tan buena como la realidad. Se haría millonaria, y aprendería muchísimas cosas sobre el comportamiento humano. Sobre los hombres, a los que ya había excluido de sus expectativas de relaciones personales, pero que seguían intimidándola y que, al fin y al cabo, siempre dominarían el mundo.

  Y le pareció todo muy distinto a cuando lo había hecho en un "club". Ella, en su sumisión y servilismo, había tenido el control. Le había satisfecho su propia eficiencia.

  Más tarde se sentiría aún más exaltada en su propio narcisismo profesional. Todavía no había perdido los diez kilos que llegaría a perder en dos meses gracias a la gimnasia intensiva que Patri, la deportista, le indicaría, y le faltaba por aprender algunos trucos. Pero ya era su fórmula, la misma que había hecho que muchos clientes de los "clubs" en los que había trabajado hasta entonces vinieran dos o tres días seguidos preguntando por ella. No se trataba solo de dar muchos besos sino, sobre todo, de mostrarse humilde, sumisa y a la vez activa. Ser toda una "señorita esclava". Mirar con ojos dulces, sin engaño, y después bajar la mirada... la caída de ojos que hacía visible, a la vez, coquetería y modestia. Incluso hizo que Paula y Patri le sacaran fotos para estudiar el aspecto que componía entonces. Ser, en suma, una especie de mártir del sexo, pero sin sufrir violencia. Y dar besos en la boca, en el pene, en los pies, en el culo. Con agua caliente, jabón y buena educación lo hacía absolutamente todo. Y sus frasecitas: "yo estoy aquí para darte placer", "puedes hacer conmigo lo que quieras", "puedes pensar que eres un rey, y yo tu esclava", "¿con quién, sino conmigo?". Y el tratarlos "de usted", si así lo querían. Fue creando un personaje y se hizo consciente del impacto que este personaje hacía en los hombres. Les pedía que hablaran para conocer sus fantasías, lo que los excitaba. Por encima de todo, buscaba hombres débiles que, por una vez, con ella, pudieran sentirse dominadores de una mujer bellísima, devota y exquisitamente educada.

  Con el tiempo, conocería muchos hombres que, admirativos, la comparaban con la joven actriz Ángela Molina, entonces muy de moda. Se vio todas sus películas y descubrió otro truco: decir "hay quien dice que me parezco a Ángela Molina", y la respuesta casi siempre era "¡tú eres mucho más guapa que Ángela Molina!". Y era cierto, porque sus rasgos eran más delicados, más dulces, sus grandes ojos aún más grandes e intensos. Por entonces no había ninguna actriz de moda que pudiera comparársele, pero encontró cierto parecido con las fotos de la italiana Lucia Bosé cuando tenía su edad. Esa perfección la conseguiría al cabo de unos meses de que tuviera su apartamento y llegaría a su esplendor cuando Marcus, que tanto dinero había invertido en ella, la instara a perfeccionarse todavía más a la hora de lucirla en sociedad.

  A la mañana siguiente de su primera vez en el apartamento conoció a Patri. Se encontró con ella en una cafetería. Era la segunda chica que respondía al reclamo que había aparecido en los tablones de anuncios de tres gimnasios de Madrid donde se daba defensa personal y artes marciales para mujeres: “Se necesita chica con formación en defensa personal, con buena complexión física y decidida, para trabajo de seguridad. Diez mil pesetas diarias. Ideal para estudiantes porque deja mucho tiempo libre para el estudio. Estrella. ”

  Diez mil diarias era mucha pasta por entonces y hubo llamadas enseguida. La primera no le gustó (fue la misma mañana de después de haber ido a los periódicos a encargar el anuncio): era fea, antipática y desconfiada. No se negó a trabajar para ella.

  Patri le gustó enseguida. Le recordó a la chica aquella de Málaga, aquella de la que había sacado la idea de buscarse una guardaespaldas femenina. Patri, por su parte, había tomado parte en competiciones deportivas, y ahora pensaba en estudiar Educación Física, sacarse la oposición y vivir honrosamente. No era tan fea: pecosa, fortachona, no muy alta.

  “Mira, lo principal que tienes que saber es que yo me dedico a la prostitución de lujo. Para banqueros y eso. Recibo sola en mi apartamento, de modo que… Y prefiero que quien me ayude en esto sea una chica. Yo no quiero saber nada de hombres. Es un asunto de mujeres.”
  “Pero, entonces, ¿es una casa?”
  “Yo sola. A veces viene una amiga mía, pero la que trabaja allí solo soy yo. No hay nada de chulos, ni de droga, ni de delincuencia, de nada malo de eso… Solo se trata de un asunto de dinero.”
  “¿Y cuánto sería?”
  “Dos mil pesetas todos los días, y dos mil por cada tío que me haga, y te pagaré al contado cada día. Veinte o veinticinco días al mes, según. Tú tienes que sentarte cerca del dormitorio donde recibo a los tipos. Si pasa algo ya te avisaría yo, pero tú no tienes que ver a nadie ni mezclarte con nada. Puedes estar sentada estudiando, o leyendo una revista.”
  “Mujer… así parece bueno… Pero eso no son diez mil diarias”
  “Son dos mil seguras sin tener que hacer nada, porque si no viene ningún tío, yo no saco nada y tú tampoco tienes que hacer nada… Sería dinero por nada. Supongo que, al menos, me haré cuatro tíos al día, y ahí estarían las diez mil. Quizá haga más… Pienso trabajar todos los días, excepto cuando tenga la regla, claro”
  “Tienen que ser diez mil. Si viene un tío o cinco tíos. Si me das diez mil, fijas, acepto”

  (Patri le gustaba tanto, y se había expresado con tanta lógica y tranquilidad, que Estrella aceptó también de inmediato con una pequeña corrección: doscientas mil al mes y un máximo de veinticinco días al mes)

  “Pero ¿tú te ves capaz de enfrentarte a un tío, si se pone violento o si quiere robarme…?”
  “Sí… No hay problema, yo a los tíos los manejo bien. No sería el primero al que le pego una hostia o un empujón para quitármelo de encima…”
  “Bueno… Pues si me das tu teléfono…”

  Fueron unos días estresantes. Por las mañanas la autoescuela, después acondicionar el piso y esperar a que apareciera el anuncio. La única ventaja era que Paula y ella ya tenían un piso estupendo donde vivir, ya no compartían apartamento con otras putas. Por las noches, el club. Las otras se mostraban escépticas y despectivas sobre su proyecto... del que probablemente ella les estaba contando demasiadas cosas.

  “Eso que tú buscas, los banqueros y tal, eso existe… pero tienen sus propios sitios. Y ahí buscan a otras de físico distinto al tuyo: altas y rubias, con buenas tetas, tipo modelo. Tú eres bajita…”
  “Y en esos sitios pagan mucho los tíos, sí, pero la casa se lo queda casi todo y tampoco tienes trabajo todos los días. Y hay mal ambiente…”
  “Bueno, pero tengo que intentarlo. Si no funciona, pues siempre puedo seguir aquí o intentar otra cosa…”
  “Pero ya te has gastado un pastón, en lo del apartamento, los anuncios de los periódicos y la gorila ésa que quieres contratar…”

  Paula la apoyaba, aunque sin poner mucha convicción. La verdad era que a Paula el club le gustaba, por lo menos aquél. Le encantaba el chismorreo y sentirse aceptada por mujeres que eran como ella y quizá incluso de un nivel más elevado (ya se habían dado cuenta de que el dueño contrató a Paula solo porque venía con Estrella; que era la jovencita tímida y educada de veinte años, de grandes ojos y mejillas sonrosadas, la que le interesaba a aquel negociante, mientras que Paula no parecía tener nada especial). Desde el punto de vista de Paula, aquel club ("whiskería") era un ambiente relativamente sano donde nadie podría despreciarlas por ser prostitutas. El dueño, Fernando, era un hombre más o menos normal, interesado solo en el dinero y en evitar problemas. Los clientes eran ejecutivos de grado medio, comerciantes, ricos de provincias que venían a Madrid.

  Paula a veces bebía de más… En realidad, Paula pertenecía por completo a aquel sub-mundo: era una pobre mujer endurecida por una forma de vivir que no había elegido. Estrella pensaba que la estaba salvando a ella también, porque ahora Paula ahorraba más dinero y tenía proyectos más claros. Y esperaba que su carácter también se hiciera más dulce, más delicado. Desde luego, nunca fue una mala chica.

  El día que salió el anuncio en los periódicos, llamó a Patri enseguida.

  “Hoy mismo, ¿te vienes? ¿Te interesa?”
   “Sí, sí, no hay problema.”

  Estaba nerviosísima. Fue al salón de belleza a ponerse guapa. Pasó de la autoescuela. En el apartamento, Paula le dijo que había llamado ya un tipo. La hizo hablar mucho y no parecía serio. De todas formas, le dio la dirección.

  Patri apareció pasado mediodía, y entonces le presentó a Paula.

  “Es mi amiga, y también mi novia, porque somos lesbianas. Ella no va a trabajar aquí, solo que vivimos aquí, ya que el apartamento es grande.”

  Patri se echó a reír. También era lesbiana. Su novia trabajaba en un pequeño negocio familiar; las dos eran también gente de la clase baja. A Estrella le encantó saberlo, y entonces lo consideró una gran casualidad, pues ni siquiera estaba al tanto de que entre las chicas deportistas había muchas más lesbianas que en cualquier otro entorno: se trataba de un hecho simple y conocido que tardó mucho en asimilar, porque no lo relacionaba con su propio caso. A Paula no le gustó tanto enterarse de que otra lesbiana más iba a sumárseles en estrecha convivencia: temía que aquella karateca se convirtiese en una rival, ya que Estrella y Patri iban a pasar mucho tiempo juntas.

  El negocio empezó a ir bien. En octubre cubrió gastos y ahorró tanto como en el club. En noviembre ya ganó más que en el club, y de forma mucho más tranquila y relajada. Fue su gran momento, su gran respiro, cuando el mundo entero se le abrió. Visto en retrospectiva, debió de haber sido uno de los mejores momentos de su vida, pero no lo vivió así entonces, porque le angustiaban mucho otras cuestiones y el trabajo nunca le resultó fácil. Ni siquiera cuando empezó a hacer clientes fijos, uno detrás de otro, y cada vez de mejor nivel, cada vez más educados y más dóciles.

  Se daba cuenta de que necesitaba poner toda su atención para dejarlos contentos. No era tan fácil. Tan de cerca, tan próxima a las vivencias secretas de aquellos hombres, el menor descuido hacía como un estrépito que todos notaban. Lo que solía salvarla era que (aparte de que nadie más que ella en Madrid ofrecía un servicio semejante) sus clientes sabían de su actitud voluntariosa. Podían decirle: "ha estado bien, pero no tan bien como otras veces", y también decirle: "ha estado muy bien, pero todavía podría estar mejor", lo que equivalía a darse cuenta de que era insustituible. Ella les preguntaba siempre, lograba que le contaran sus caprichos. La mayoría se encariñaba con ella enseguida.

  Necesitó años, cuando todo hubo pasado, para darse cuenta del gran valor que tenía su "servicio".

  En cualquier caso, el dinero la hizo feliz. Su mayor felicidad, su felicidad inequívoca, era el dinero, el resultado. Triunfaba. Por primera vez en su vida de fracasada.

   Enseguida hizo una buena amistad con Patri, una amistad que llegaría a ser muy importante para las dos. A Patri le fue igualmente bien, ya que conseguía un dineral por un trabajo cómodo. Al final de su relación laboral, Estrella incluso le prestó dinero para que pudiera terminar de comprarse su propio apartamento en Madrid. Y muy poco a poco, y muy fielmente, la amiga se lo devolvió a lo largo de los años.

  Elena, la novia de Patri, solía venir allí a acompañarlas. También era muy celosa, pero Estrella, de momento, logró convencerlas a todas de que a ella le gustaban las mujeres muy femeninas, tipo muñequitas. Paula no era una muñequita, pero, desde luego, era de una apariencia mucho más femenina que Patri y Elena. Elena también hizo algo de dinero: cuando estaba muchas horas acompañando a su novia, Estrella podía pagarle algo por hacer limpieza, y así se aprovechaba el tiempo.

  A mediados de diciembre aprobó la prueba teórica del examen de conducir, lo que le dio otra gran alegría, unida a la gran alegría de ver que iba a ahorrar ese mes más de medio millón de pesetas después de cubrir todos sus gastos. Fue entonces cuando llamó a casa diciendo que por Navidad no podría ir a verlas (a la madre y a la hermana), pero que después encontraría tiempo. La voz de la madre siempre sonaba dolida.

  “Así que estás muy ocupada…”
  “Sí, mamá. Pero todo me está yendo muy bien, ya verás. Ya he aprobado el examen teórico del carnet de conducir. Cuando apruebe la práctica y me compre un coche iré a veros…”
  “Y no nos quieres decir dónde estás…”
  “Mamá, deja eso, por favor. Ya os lo contaré todo. No te preocupes, estoy bien. Ahora es cuando me va mejor… Voy a empezar a estudiar inglés en serio. ¿Te acuerdas de lo de irme a Inglaterra? Pues pronto quizá pueda hacerlo, ya verás…”
  “¿Ir al extranjero?”
  “Ya veremos, mamá. Aguanta un par de meses que me saque el carnet y me compre el coche, ¿vale?”

  A Paula le gustaba mucho lo de la relación con la madre. Hablaba de la suya. De cómo se había quedado con la nieta. La familia de Paula era de jornaleros de lo más pobre de Andalucía. De cinco hermanos, el mayor estaba en la cárcel. Otro trabajaba en la construcción por todas partes de España, rara vez pasaba por la casa de sus padres y nunca mandaba dinero. Paula tuvo su hija a los dieciocho y desde los veinte era prostituta. Una hermana menor trabajaba en el campo y se había casado muy joven con otro jornalero. El hermano más pequeño estaba hecho un golfo y pronto iba a ir a la mili. El padre estaba enfermo y además vivía con otra mujer, en otra casa, con otros hijos, y se pasaba el tiempo viendo la tele. La madre y la hija de Paula vivían en una casita mísera, cobraban un poco de subsidio más el dinero con el que ayudaban Paula y la hermana casada. Y todo así: Estrella conocía la pobreza, pero no la de esa clase, aunque no le sorprendió. En su momento, a primeros del verano anterior, todo aquel ambiente la había conmovido. Sobre todo la conmovió que Paula no se diera cuenta de nada, que le pareciera que su familia era normal y corriente. Probablemente lo era (o un poco menos) en el pueblo en el que vivían.

  La primera pelea con Paula fue porque Estrella no quiso pasar la Navidad en casa de sus padres. Dijo que no podía dejar el negocio y que, en el fondo, no se había encontrado muy a gusto cuando estuvieron allí la vez primera (durmieron sobre un colchón viejo en el suelo). Paula comenzaba a darse cuenta de que, en contra de lo prometido en las primeras semanas de amor, la relación no iba a ser para siempre. Estrella, ahora que había acabado con la obsesión del examen de Tráfico, leía novelas, estudiaba inglés, hacía casi una hora de gimnasia al día, se confiaba más con Patri. Se había alejado del mundo de las putas y quería trabajar con los banqueros, los aristócratas. O incluso volver un poco al ambiente perdido del mundo del estudio, ya que Patri estaba decidida a estudiar Educación Física y a financiarlo con su nuevo y provechoso empleo.

  El sexo que ofrecía Estrella no era algo supuestamente alegre y despreocupado, como en el club (“haces un par de cosas, y que se lo pasen bien”), sino besos, ensoñaciones románticas, perversiones complicadas, intimidades. Algo mucho más obsceno y retorcido, desde el punto de vista de Paula. Más vicioso.

  Estrella lloró un poco por la pelea, pero Paula al final se fue, le pidió perdón y se separaron con cariño por unos días. Sí, Estrella ya no veía futuro en la relación, pero quería mucho a Paula y se proponía amarla toda la vida, como a una amiga íntima. Estrella hablaba mucho, y le hablaba de eso a Patri, que lo veía todo desde el punto de vista de la seguridad.

  “Paula puede dar problemas. Se pone muy furiosa.”
  “Paula no es violenta, solo que me quiere, y yo también la quiero a ella.”
  “Sí, pero no estás enamorada de ella.”
  “Yo nunca he estado enamorada de nadie… solo que, al principio… fue mi primera mujer… y es buena, y la quiero. ¿Qué hay de malo en el cariño?”
  “El cariño no es el amor”
  “Hay cariño y hay sexo. ¿Por qué no va a ser amor? Lo que pasa es que hay muchas clases de amor…”
 “Ya, pero Paula está enamorada de ti, y eso tuyo no es amor-amor…”

  Así fue como a Estrella se le empezó a ocurrir la teoría de la sororidad…

  Durante la Navidad se quedó sola en el piso. No hubo clientes en Nochebuena. Estrella estuvo leyendo, viendo la tele, masturbándose, comiendo dulces y haciendo gimnasia un poco. Sin Patri. Lloró un poco por estar sola, naturalmente. Paula no llamó. En casa de Paula, en el pueblo, no había teléfono.

    Con el año nuevo, todo fue mucho mejor. Estrella –“Clara”, aunque a sus clientes fijos les revelaba pronto su verdadero nombre- subió los precios. Había acabado el año 1983 con casi dos millones de pesetas ahorrados –contando las doscientas mil de la fianza del alquiler del piso-, lo que para una chica pobre suponía una enormidad de dinero. Suficiente ya para comprarse un apartamento malo en Málaga o una casita o piso mejor en el pueblo de Paula. Y nada en Madrid, claro...

  “¿Cuándo vas a venir a vernos?”, preguntaba la madre por teléfono.
  “Espera un poco todavía, mamá. Todavía no tengo el carnet de conducir…”

  Necesitaba muchas prácticas para pasar el examen práctico, porque, como muchas mujeres, era torpe de reflejos y más bien miedosa. Por fin, a finales de enero aprobó el examen a la primera. Igual lo hubiese aprobado antes de haberse confiado más y adelantado su presentación al examen.

  El negocio iba formidablemente: por lo menos, tres clientes a veinte mil cada uno al día. Pagaba gastos y ahorraba casi un millón de pesetas al mes. Ahí entraron los clientes buenos: el “heredero gordito” (un aristócrata joven y acomplejado, que le ofreció matrimonio), el “banquero viejito” (un viejo vicioso que había conocido los antiguos burdeles de la posguerra), el “financiero feíto” (un tipo maduro, muy acomplejado también y poco comunicativo… y que le ofreció asimismo matrimonio) y el “abogado astuto” (el más desenvuelto de todos, que, además, viajaba por el mundo, hablaba idiomas y le daba noticias acerca del sexo de pago de alto nivel en el extranjero). Sexualmente, todos tenían en común penes pequeños y poco vivaces que ella estimulaba a la perfección, lo que los convertía en muy dependientes de sus servicios. Ella ya había descubierto que, debido a cierta estrechez de su vagina, debía concentrarse en esos hombres de pene pequeño. Los hombres de pene pequeño y endeble eran los mejores, los más agradecidos, los que tenían que pagar y siempre estaban temerosos de que la puta se burlara de ellos. Ella los mimaba y así los mantenía fieles. Tenían mucho dinero y se mostraban contentos de haber encontrado en qué gastarlo. Le contaban muchas cosas. De ellos aprendió mucho acerca del mundo de los hombres.

  En realidad, Patri ya apenas le hacía falta. Solo tuvo que intervenir una vez, al principio, con un tipo que parecía un chulo en busca de novedades. Cuando vio entrar a Patri sonrió y se largó sin dar más problemas. Había empezado a chulear diciendo: “Ahora devuélveme el dinero que te he dado”.

  Pero Patri valía la pena. No solo le proporcionaba seguridad, era también una amiga sensata y le daba muy buenos consejos. También le sirvió como preparadora física, porque a Estrella siempre le habían sobrado siete u ocho kilos, y trabajando en los clubs, donde ella solo bebía refrescos y no alcohol, había ganado todavía más. Patri le dijo que hiciera gimnasia de cintura y le impuso cierta disciplina, y Estrella se disciplinaba fácilmente con poco que la orientaran. Hacía media hora diaria de bicicleta estática, más otra media hora de torsiones y flexiones, y hasta un poquito de pesas. Un día Paula la vio charlando con Patri mientras se movía de un lado a otro con la cabeza y las piernas abiertas, en pijama. Patri miraba con gusto. Hubo pelea por eso.

  Ganó una figura perfecta y el narcisismo llegó al extremo cuando empezó a sacarle partido a su cinturita vistiéndose de novia, con ropa interior de encaje blanco (a Ángela Molina la había visto con esa pinta en alguna peli). Los tipos se volvían locos con sus disfraces. El viejito la baboseaba toda, el aristócrata gordito lloraba de amor, el financiero feíto reaccionaba enardecido y hasta el abogado astuto, el más mundano y flemático de todos, reconocía que estaba impresionado. Era su número infalible. Ella vestida de novia besando en la boca a aquellos hombres entusiastas que mientras tanto le achuchaban el culo, y luego arrodillándose ante ellos, sacándoles el pene (que ellos traían siempre muy limpio para la ocasión) y mimándoselo a besos hasta que se corrían en sus rojos labios. Su voz y su mirada mientras los trataba así no era para bromas: seria, dulce, delicada, concentrada en la fantasía amorosa, servil y humilde como la hurí de un harén (también conseguiría más tarde un disfraz de odalisca). Se volvían locos. Y a la media hora de confidencias y sumisión le pedían más. Y antes de irse, otra vez querían más. Se sentían supermachos, dominadores, triunfadores, en lugar de unos pobres desgraciados (con dinero) de virilidad dudosa. Más tarde Estrella supo que lo que hacía hubiese podido convertirla en la esposa de un jefe de Estado o de un multimillonario internacional. Así que sus clientes eran unos afortunados por encima de su propio nivel adquisitivo. Y presumían de ello, por cierto, lo que le trajo más clientes.

  Contrató a Toñi, una vecina de Patri, para que le hiciera de "asistenta": cambiaba las sábanas y las toallas, fregaba, limpiaba, hacía la casa. Y habitaba la casa con ellas. Era una amiga. No lesbiana. Se volvió muy maniática del lavado y el planchado, de modo que siguió dándole un poco de trabajo también a Elena. Elena limpiaba las "zonas comunes" del piso (la cocina, el dormitorio de Estrella y Paula) mientras que Toñi se concentraba en tener siempre a punto el "dormitorio de trabajo".

    Fue en esa situación económicamente gloriosa cuando, tras sacarse por fin el carnet de conducir, se compró al día siguiente un cochecito de segunda mano. Llamó a casa:

  “Mamá, ya tengo el carnet y el coche. La semana que viene, si queréis, bajo a visitaros. Ahora estoy en Madrid”
  “Ay, hija… por fin… Mira, habla con tu hermana que ella te dirá…”

  A una hora del día en que el padre estaría trabajando, a mediodía, ella iba a recogerlas con el coche en su barrio y llevarlas unos kilómetros más allá, por la costa, a comer en un restaurante.

  Paula quiso acompañarla también, pero no protestó mucho cuando, con lágrimas en los ojos, le dijo que “iba a ser muy fuerte”, que tenía que contarles todo, lo de ser puta y lo de ser lesbiana, y todo, y, además, el proyecto de comprar una casa. Lo de la casa desarmó a Paula:

  “Un chalet adosado sería lo mejor. Por Torremolinos cuesta unos seis millones, ya lo he mirado en los anuncios de inmobiliarias. Con dos pisos y dos baños. El de arriba para ti y para mí. Pasaremos juntas este verano. Dos meses juntas, mi vida. Con tu hija. Iremos a la playa, conocerás a mi mamá y a mi hermana, ya verás cómo te querrán…”

  Todo eso lo decía en serio, pero Paula lo interpretaba siempre un poco diferente a como lo vivía Estrella.

  Todavía le dio tiempo ese día a hacer un cliente. Uno de los antiguos. Lo dejó contento, y el tipo se fue exactamente a las 16.30, según lo convenido. Llamó a Toñi para que lo dejara todo en orden y se cambió de ropa enseguida, sin ducharse siquiera, oliendo "a tío" aún, cuando el procedimiento habitual era que mientras ella se duchaba y preparaba para el siguiente, Toñi hacía la cama, limpiaba el dormitorio e inmediatamente después el baño.

  “¿No te duchas?” le preguntó Toñi, viéndola vestirse enseguida con vaqueros y zapatillas
  “Me ducharé por el camino, en un hotel.”

  Tomó su bolsa, besó a Patri, a Paula y a Toñi, y se largó. A las cinco de la tarde de un día de finales de enero (llovía un poco) ya estaba saliendo de Madrid por la nacional cuatro, rumbo a Andalucía.

  Muchas años después, en la cama, abrazada a Puri, una chica de un origen parecido al de Paula, recordaba aquel viaje como algo casi místico.

  Tenía que conducir con mucha prudencia, ya que era inexperta. El cochecito, un Citroen blanco de cuatro puertas, a gasoil, funcionaba muy bien. Era muy suave, con buena amortiguación, lo que le daba confianza. Quiso pasar Despeñaperros cuando aún era de día, pero no lo logró. Se cansó y paró a tomarse un vaso de leche. Ahora le gustaba beber leche, al contrario de cuando niña. La leche le comunicaba feminidad, pureza. Ella estaba hecha de leche, piel suave y grasas finas. Igual que había cambiado sus costumbres en cuanto a higiene, cultura física y acicalamiento, también la había cambiado en la cuestión alimentaria: ahora consumía "comida femenina", sin carnes rojas, ni grasas ni fritos, todo pescado, carne de ave, ensaladas, fruta, lácteos y cereales integrales.

   Tomaba su leche caliente en un restaurante de camioneros, en La Mancha. Estaba sola. Cualquiera de aquellos brutos podía violarla. Siempre veía a los hombres así, como constante amenaza, pues su relación con los hombres se centraba exclusivamente en el sexo, en dar rienda suelta a sus deseos. Iba vestida con discreción, su pelo un poco revuelto, su maquillaje desarreglado, en vaqueros, zapatillas y con un abrigo negro. Pero sus ojos eran llamativos, sus mejillas rosadas también. El camarero de la barra se mostró muy atento con ella, veía su emoción. Entonces Estrella pensó que su coche era blanco. Blanco y con muy buena amortiguación, blanco como la leche y como los vestidos de novia que usaba con sus clientes, blanco como su piel. Dulce y preciosa. La deseaban mucho. Comenzaba a comprender cuál era su poder y la fragilidad que ese poder significaba, a la vez, para ella. Hasta entonces había comprendido cuál era su valor monetario, el gusto de los viciosos por ella. Poco a poco iba a comprendiendo que su poder iba más allá de eso. Que todos, hombres, mujeres y niños, buscan el refugio de la tierna feminidad.

   No pasaría nada si pasaba por allí de noche. Iría conduciendo despacio. Que la adelantaran los de atrás.

  Estaba sola, e iba a confesarse con su madre. Estaba nerviosa, pero se aferraba a una seguridad, un conocimiento que le daba mucha fuerza, que era su gran baza: el dinero. Ya era millonaria en pesetas. E iba a serlo mucho más. También contaba con una frase que Paula le había recomendado decir (Patri aprobó también la idea).

  Se le hizo de noche entrando en Andalucía. Era una conductora prudente. Calculó que por la hora a la que había quedado con su madre, convenía que durmiera en alguna localidad de la provincia de Granada o de Córdoba. Pasada la ciudad de Córdoba ya iba pendiente de cualquier anuncio luminoso que indicara un alojamiento. Al final aparcó en un hotel de carretera en Lucena, ya cerca de la provincia de Málaga.

  No le gustó el encargado, pero no era capaz de irse solo por eso. Ése era uno de los defectos de su carácter que tenía que corregir. Con los hombres también le pasaba. A veces tenía que haberlos despedido de inmediato pese a sus quejas. Tenía a Patri para reforzar su voluntad, pero una vez, de hecho, se había dejado violar, incluso teniendo a Patri al otro lado de la puerta. Otras veces, aunque no habían llegado a violarla, había sido demasiado desagradable con un tipo grosero y hasta sucio. Tenía que aprender a imponerse. El carácter de una persona no cambia, pero los hábitos sí pueden cambiar.

  El encargado del hotel, poco simpático y además libidinoso mientras enseñaba la habitación a una chica joven y tímida que viajaba sola, hubiera podido violarla de haber querido (siempre podían violarla). Pero no lo hizo porque, al fin y al cabo, eso no suele suceder. En adelante iría solo a hoteles buenos, de lujo. Una vez incluso le dijeron que la mayoría de las personas que trabajan en esos hoteles de categoría son homosexuales, que por eso nunca importunan a las señoras. Una exageración, por supuesto.

  Aquella noche no durmió tranquila. Le inquietaba mucho el encuentro del día siguiente. Pensaba que no había cuidado todos los detalles. Le preocupaba llegar tarde al encuentro, que pasara algo, una avería del coche, un accidente de tráfico, un atasco (aunque siempre podía llamar por teléfono antes de que la madre y la hermana salieran de casa). Se sentía sola. Se daba cuenta de que dependía mucho de Paula y de Patri.

  Le daban miedo los hombres. Era una prostituta buenísima, pero lo era en el contexto organizado de su piso. La cita recibida a la hora esperada, Patri siempre atenta, sin ser vista, ella predispuesta a hacer todo lo que pidieran y ofreciendo el menú de todas las refinadas y delicadas perversiones que proporcionaba según su estilo. Todo seguía el guión prescrito. Todo era según lo esperado, y eso la tranquilizaba mucho, le daba mucha confianza, pero en la calle tenía miedo de todos los hombres ya que sabía como pocas cuál era el objeto de sus deseos. Piensan en el sexo todo el tiempo.

  Apenas durmió nada. Se desvelaba cada cuarto de hora y miraba el reloj. No tenía despertador.

  Se fue muy rápido del hotel, y desayunó ya cerca de Málaga. Le sobraba tiempo.

  Como le sobraba tiempo se acercó a la zona donde pensaba invitar a comer a su madre y hermana. Pescado y ensalada. Encontró un restaurante que estaba bien junto a la playa. Se tomó un té. Todavía le sobraba tiempo. Se dio cuenta de que no podía llevar a su madre y a su hermana al restaurante y esperar a que el camarero las dejara solas para "contarles todo". Tendría que hacerlo antes, de otra manera. Se le ocurrió cómo. Se compró un periódico y estuvo mirando otra vez los anuncios de ventas de casas. Cinco millones era lo que podía costar un chalecito adosado, nuevo, con dos pisos y dos baños. Un millón más para los gastos de escritura, unos muebles... y lo suficiente para los gastos de dos mujeres acostumbradas a la pobreza.

  Por fin llegó la hora. Estaba nerviosísima.

  Allí estaban su madre y su hermana. Obesas las dos. La madre, con bastón, su sobrepeso le causaba problemas con la columna vertebral, aparte del corazón y la diabetes. Ahora se daba cuenta de que había elegido mal el sitio donde pararse a recogerlas: pasaba mucha gente. Iban a verlas. Las vecinas del barrio chismorrearían.

  Paró, y salió rápidamente del coche. Besó a la madre, que empezó a llorar. Rápidamente, hizo que entraran en el coche y arrancó.

  “Venga, venga, que aquí estoy mal aparcada”

  La madre quería hacerle preguntas.

  “Mamá, ahora no, que estoy conduciendo, vamos hasta aquí cerca, nos paramos y comemos.”
  “Hija, ¿tienes dinero?”

  Como la madre y la hermana sabían que hacía poco que se había sacado el carnet de conducir, por seguridad, no quisieron interrumpirla. El haber preparado el lugar de encuentro la tranquilizó un poco más.

  Había comprendido que debía hablarles una vez hubiera aparcado, dentro del coche (sentadas de tal forma que no se mirasen cara a cara). Después, cuando la principal descarga emocional hubiera pasado, entonces saldrían a sentarse a la mesa… Tenía preparadas las frases.

  Ahora. Ya había aparcado. A un lado, la playa, al otro, casitas con vistas al mar, merenderos y restaurantes, con menos actividad por ser invierno. Ahora. El motor se había parado, había silencio. Tres mujeres dentro de un coche recién aparcado. Ni siquiera había muchos otros coches aparcados cerca. Habló:

  “Mamá, yo estoy muy bien…” Y entonces dijo la frase que Paula le había recomendado: “Lo hecho, hecho está, ahora hay que pensar en el futuro. Todo va a ir muy bien. Tengo mucho dinero y voy a comprar una casa”

  Y añadió otra frase que también habían preparado:

  “Ahora necesito que me apoyéis, que no me dejéis sola…”

  Su madre empezó a llorar en silencio.

  Y diez minutos más tarde, ya estaban sentadas junto a la playa para comer pescado. El camarero llegó, y ella pidió ensaladas y agua para beber a fin de quitárselo de encima. Luego pedirían más. Se fue.

  Temió que no hubieran entendido lo de “comprar una casa”, como si les estuviera hablando de un lejano sueño, pero el dinero de ella era un “gran dinero”, y era toda su fuerza, todo lo que podía utilizar para ganarse la comprensión de aquellas dos pobres mujeres. En seguida se hizo efectivo el valor que tenía el dinero entre los humildes. Lo vio ante sus ojos, cómo lo cambiaba todo.

  “Quiero decir que ya tengo el dinero para la casa. Ya tengo cinco o seis millones de pesetas. Fíjate si me van bien las cosas. Y a ti –señaló a la hermana- te toca ir a mirar. Puedes echar un vistazo a esto…”

   Tenía preparados unos anuncios de prensa que había recortado del periódico de Málaga que había adquirido en Madrid. Sobre todo uno que vendía chalecitos adosados en Torremolinos. Se puso a hablar de ir a las inmobiliarias, de mirar casas por el estilo de esa casa adosada.

  La madre volvió a llorar: era la mención al dinero lo que le dolía. Cómo lo había ganado.

  “El piso estará a tu nombre”, le dijo a la hermana. “Vas a ser propietaria…”

  Mientras la hermana ayudaba con un pañuelo a la llorosa madre, Estrella se levantó a buscar al camarero y evitar que volviera a interrumpir. Pidió pescado a la plancha con verdura para las tres.

  Poco a poco, la madre se calmó.

  “Tantísimo dinero… ¿para qué quieres tanto?”
  “Lo hecho, hecho está. Y ya que está hecho, veré de reunir suficiente en dos años para vivir bien el resto de mi vida. No quiero estudiar ni trabajar. Quiero vivir bien. Estoy aprendiendo inglés, quiero viajar por el mundo, cambiar de ambiente. Vivir bien. Y vosotras también vais a vivir bien. Os librareis del viejo de aquí a un par de meses, y para siempre.”

  Era sin duda una gran aventura. Librarse de aquel hombre malhumorado, despectivo, frío, estúpido y malintencionado para siempre. Tener una casa para las tres.

  “Quiero un chalecito como éste –insistió ella, señalando el anuncio- o algo parecido. Cinco, seis o siete millones, tú verás. Tiene que tener dos pisos y dos baños. Yo me quedo con el de arriba, y el de abajo para vosotras. En Torremolinos estaría bien. O incluso aquí…”

  La madre sacudía la cabeza.

  “Entonces, ¿no vas a volver?”
  “Mamá: quiero comprar una casa para que estemos juntas. ¿No queréis también libraros del viejo? Que se quede con el piso y que viva su vida sin molestarnos nunca más… Este verano quiero dos meses de vacaciones: julio y agosto… Por eso tenéis que empezar a buscar la casa ya. El dinero no es un problema. Por una vez, en nuestra vida, el dinero no es problema.”

  Las dos pobres la miraban sin saber qué decir. Estrella añadió:

  “Y nunca volverá a serlo. Vamos a ser ricas.”
  “Eso no es tan fácil…”
  “¡Mamá!” –insistió ella- “Ya lo he hecho. Esto no es el cuento de la lechera. Ya tengo el dinero”

  La madre sacudía la cabeza, pero fue calmándose poco a poco. Y ni siquiera perdió el apetito, se comió el pescado y comentó que estaba muy bueno. Poco a poco el dinero -el dinero que ya estaba, que ya era- iba surtiendo su efecto tranquilizador.

  “Tú te tienes que cuidar la salud, mamá. Ya me encargaré yo. He oído hablar de clínicas para casos como el tuyo. Y que comas mejor, comida que no engorde.”

  Y ya se le olvidaba. A la hermana:

  “Tienes que apuntarte a una autoescuela y empezar a prepararte para sacarte el carnet de conducir. Por lo menos, sácate el teórico antes del verano. Durante el verano yo te enseñaré a conducir. Así, en septiembre o así ya te podré comprar un coche para que puedas llevar a mamá a donde quiera… Y abre una cuenta bancaria, ahí te mandaré dinero para vuestros gastos, y más adelante, cuando estéis en la casa, para que viváis.”

  La hermana parecía que desde el primer momento se veía incapaz de sacarse el carnet de conducir, algo demasiado difícil para ella.

  A partir de ese día, la madre y la hermana aceptaron la nueva situación y, por incapacidad para hacer otra cosa, pues eran dos pobres mujeres que no tenían nada, se dispusieron a compartir aquel destino. Al menos, iban a contar con una casa. En propiedad. No un simple pisucho de barrio a pagar en quince años. Una casa de verdad, pagada a tocateja. Una vida mejor.