“Clara. 21 años, dulce y preciosa. Hará que se cumplan tus fantasías de amor más tiernas y atrevidas. Apartamento particular.”
Contenía dos veces la estructura de "y", pero en aquel momento no se le ocurrió cómo resolver el problema. Con la conjunción "y" siempre tendría dificultades.
El anuncio le pareció lo bastante sugerente a uno de los trabajadores del periódico donde fue a tramitar su publicación como para que le preguntase cuánto cobraba y cómo era. Estrella, venciendo su timidez (debida a que no se encontraba en aquel momento en el escenario correspondiente a ese tipo de conversaciones), le explicó que se trataba de vivir las escenas eróticas de las películas de buen gusto, con besos, caricias y palabras tiernas, pero sin excluir, por supuesto, el sexo más atrevido y siempre ella mostrándose sumisa. Que cobraba quince mil pesetas una hora (el triple del precio normal de una prostituta en Madrid por entonces).
Después pensó que no tenía por qué haberle contestado nada a su pregunta, aunque había que reconocer que el hombre no la había formulado en un tono ofensivo. El tipo opinó que quince mil a la hora era bastante caro. Las chicas de los clubs buenos cobraban tres mil por un polvo y cinco mil por una hora. Eso son las chicas baratas, dijo ella.
El tipo entonces no dijo nada, no discutió sobre "clubs buenos" y "menos buenos", sin duda consciente, por su experiencia en el mundo comercial, de que existía ciertamente un nivel alto de precios, pero después, al despedirse, le ofreció que esa misma tarde, si quería. Estrella dijo que sí, a pesar de que aún no había arreglado lo de la chica guardaespaldas. Se convenció a sí misma de que aquel hombre no era peligroso -bajo, calvo, con bigote. Y ella tenía mucha prisa por empezar a hacer dinero para compensar tantos gastos.
Cobró las quince mil sin problemas, y el hombre quedó muy contento. Solo comentó que era demasiado caro para su nivel de vida. “Pero ha estado bien, ha estado bien.” Y se fue con la cara un poco seria. Parecía impresionado, pero a la vez disgustado. No era rico y aquel placer iba a estarle vedado en adelante. Por su experiencia posterior, Estrella pensó que tal vez aquel hombre no pudiera volver a sentir un placer comparable en su vida. Ya en aquel momento presintió que había acertado, que iba a conseguirlo, porque pocos hombres pueden hacer sexo por amor con una chica tan joven, tan guapa, tan educada, tan desinhibida y a la vez tan sumisa como ella. Ella era lo suficientemente inteligente y delicada como para hacer la fantasía tan buena como la realidad. Se haría millonaria, y aprendería muchísimas cosas sobre el comportamiento humano. Sobre los hombres, a los que ya había excluido de sus expectativas de relaciones personales, pero que seguían intimidándola y que, al fin y al cabo, siempre dominarían el mundo.
Y le pareció todo muy distinto a cuando lo había hecho en un "club". Ella, en su sumisión y servilismo, había tenido el control. Le había satisfecho su propia eficiencia.
Más tarde se sentiría aún más exaltada en su propio narcisismo profesional. Todavía no había perdido los diez kilos que llegaría a perder en dos meses gracias a la gimnasia intensiva que Patri, la deportista, le indicaría, y le faltaba por aprender algunos trucos. Pero ya era su fórmula, la misma que había hecho que muchos clientes de los "clubs" en los que había trabajado hasta entonces vinieran dos o tres días seguidos preguntando por ella. No se trataba solo de dar muchos besos sino, sobre todo, de mostrarse humilde, sumisa y a la vez activa. Ser toda una "señorita esclava". Mirar con ojos dulces, sin engaño, y después bajar la mirada... la caída de ojos que hacía visible, a la vez, coquetería y modestia. Incluso hizo que Paula y Patri le sacaran fotos para estudiar el aspecto que componía entonces. Ser, en suma, una especie de mártir del sexo, pero sin sufrir violencia. Y dar besos en la boca, en el pene, en los pies, en el culo. Con agua caliente, jabón y buena educación lo hacía absolutamente todo. Y sus frasecitas: "yo estoy aquí para darte placer", "puedes hacer conmigo lo que quieras", "puedes pensar que eres un rey, y yo tu esclava", "¿con quién, sino conmigo?". Y el tratarlos "de usted", si así lo querían. Fue creando un personaje y se hizo consciente del impacto que este personaje hacía en los hombres. Les pedía que hablaran para conocer sus fantasías, lo que los excitaba. Por encima de todo, buscaba hombres débiles que, por una vez, con ella, pudieran sentirse dominadores de una mujer bellísima, devota y exquisitamente educada.
Con el tiempo, conocería muchos hombres que, admirativos, la comparaban con la joven actriz Ángela Molina, entonces muy de moda. Se vio todas sus películas y descubrió otro truco: decir "hay quien dice que me parezco a Ángela Molina", y la respuesta casi siempre era "¡tú eres mucho más guapa que Ángela Molina!". Y era cierto, porque sus rasgos eran más delicados, más dulces, sus grandes ojos aún más grandes e intensos. Por entonces no había ninguna actriz de moda que pudiera comparársele, pero encontró cierto parecido con las fotos de la italiana Lucia Bosé cuando tenía su edad. Esa perfección la conseguiría al cabo de unos meses de que tuviera su apartamento y llegaría a su esplendor cuando Marcus, que tanto dinero había invertido en ella, la instara a perfeccionarse todavía más a la hora de lucirla en sociedad.
A la mañana siguiente de su primera vez en el apartamento conoció a Patri. Se encontró con ella en una cafetería. Era la segunda chica que respondía al reclamo que había aparecido en los tablones de anuncios de tres gimnasios de Madrid donde se daba defensa personal y artes marciales para mujeres: “Se necesita chica con formación en defensa personal, con buena complexión física y decidida, para trabajo de seguridad. Diez mil pesetas diarias. Ideal para estudiantes porque deja mucho tiempo libre para el estudio. Estrella. ”
Diez mil diarias era mucha pasta por entonces y hubo llamadas enseguida. La primera no le gustó (fue la misma mañana de después de haber ido a los periódicos a encargar el anuncio): era fea, antipática y desconfiada. No se negó a trabajar para ella.
Patri le gustó enseguida. Le recordó a la chica aquella de Málaga, aquella de la que había sacado la idea de buscarse una guardaespaldas femenina. Patri, por su parte, había tomado parte en competiciones deportivas, y ahora pensaba en estudiar Educación Física, sacarse la oposición y vivir honrosamente. No era tan fea: pecosa, fortachona, no muy alta.
“Mira, lo principal que tienes que saber es que yo me dedico a la prostitución de lujo. Para banqueros y eso. Recibo sola en mi apartamento, de modo que… Y prefiero que quien me ayude en esto sea una chica. Yo no quiero saber nada de hombres. Es un asunto de mujeres.”
“Pero, entonces, ¿es una casa?”
“Yo sola. A veces viene una amiga mía, pero la que trabaja allí solo soy yo. No hay nada de chulos, ni de droga, ni de delincuencia, de nada malo de eso… Solo se trata de un asunto de dinero.”
“¿Y cuánto sería?”
“Dos mil pesetas todos los días, y dos mil por cada tío que me haga, y te pagaré al contado cada día. Veinte o veinticinco días al mes, según. Tú tienes que sentarte cerca del dormitorio donde recibo a los tipos. Si pasa algo ya te avisaría yo, pero tú no tienes que ver a nadie ni mezclarte con nada. Puedes estar sentada estudiando, o leyendo una revista.”
“Mujer… así parece bueno… Pero eso no son diez mil diarias”
“Son dos mil seguras sin tener que hacer nada, porque si no viene ningún tío, yo no saco nada y tú tampoco tienes que hacer nada… Sería dinero por nada. Supongo que, al menos, me haré cuatro tíos al día, y ahí estarían las diez mil. Quizá haga más… Pienso trabajar todos los días, excepto cuando tenga la regla, claro”
“Tienen que ser diez mil. Si viene un tío o cinco tíos. Si me das diez mil, fijas, acepto”
(Patri le gustaba tanto, y se había expresado con tanta lógica y tranquilidad, que Estrella aceptó también de inmediato con una pequeña corrección: doscientas mil al mes y un máximo de veinticinco días al mes)
“Pero ¿tú te ves capaz de enfrentarte a un tío, si se pone violento o si quiere robarme…?”
“Sí… No hay problema, yo a los tíos los manejo bien. No sería el primero al que le pego una hostia o un empujón para quitármelo de encima…”
“Bueno… Pues si me das tu teléfono…”
Fueron unos días estresantes. Por las mañanas la autoescuela, después acondicionar el piso y esperar a que apareciera el anuncio. La única ventaja era que Paula y ella ya tenían un piso estupendo donde vivir, ya no compartían apartamento con otras putas. Por las noches, el club. Las otras se mostraban escépticas y despectivas sobre su proyecto... del que probablemente ella les estaba contando demasiadas cosas.
“Eso que tú buscas, los banqueros y tal, eso existe… pero tienen sus propios sitios. Y ahí buscan a otras de físico distinto al tuyo: altas y rubias, con buenas tetas, tipo modelo. Tú eres bajita…”
“Y en esos sitios pagan mucho los tíos, sí, pero la casa se lo queda casi todo y tampoco tienes trabajo todos los días. Y hay mal ambiente…”
“Bueno, pero tengo que intentarlo. Si no funciona, pues siempre puedo seguir aquí o intentar otra cosa…”
“Pero ya te has gastado un pastón, en lo del apartamento, los anuncios de los periódicos y la gorila ésa que quieres contratar…”
Paula la apoyaba, aunque sin poner mucha convicción. La verdad era que a Paula el club le gustaba, por lo menos aquél. Le encantaba el chismorreo y sentirse aceptada por mujeres que eran como ella y quizá incluso de un nivel más elevado (ya se habían dado cuenta de que el dueño contrató a Paula solo porque venía con Estrella; que era la jovencita tímida y educada de veinte años, de grandes ojos y mejillas sonrosadas, la que le interesaba a aquel negociante, mientras que Paula no parecía tener nada especial). Desde el punto de vista de Paula, aquel club ("whiskería") era un ambiente relativamente sano donde nadie podría despreciarlas por ser prostitutas. El dueño, Fernando, era un hombre más o menos normal, interesado solo en el dinero y en evitar problemas. Los clientes eran ejecutivos de grado medio, comerciantes, ricos de provincias que venían a Madrid.
Paula a veces bebía de más… En realidad, Paula pertenecía por completo a aquel sub-mundo: era una pobre mujer endurecida por una forma de vivir que no había elegido. Estrella pensaba que la estaba salvando a ella también, porque ahora Paula ahorraba más dinero y tenía proyectos más claros. Y esperaba que su carácter también se hiciera más dulce, más delicado. Desde luego, nunca fue una mala chica.
El día que salió el anuncio en los periódicos, llamó a Patri enseguida.
“Hoy mismo, ¿te vienes? ¿Te interesa?”
“Sí, sí, no hay problema.”
Estaba nerviosísima. Fue al salón de belleza a ponerse guapa. Pasó de la autoescuela. En el apartamento, Paula le dijo que había llamado ya un tipo. La hizo hablar mucho y no parecía serio. De todas formas, le dio la dirección.
Patri apareció pasado mediodía, y entonces le presentó a Paula.
“Es mi amiga, y también mi novia, porque somos lesbianas. Ella no va a trabajar aquí, solo que vivimos aquí, ya que el apartamento es grande.”
Patri se echó a reír. También era lesbiana. Su novia trabajaba en un pequeño negocio familiar; las dos eran también gente de la clase baja. A Estrella le encantó saberlo, y entonces lo consideró una gran casualidad, pues ni siquiera estaba al tanto de que entre las chicas deportistas había muchas más lesbianas que en cualquier otro entorno: se trataba de un hecho simple y conocido que tardó mucho en asimilar, porque no lo relacionaba con su propio caso. A Paula no le gustó tanto enterarse de que otra lesbiana más iba a sumárseles en estrecha convivencia: temía que aquella karateca se convirtiese en una rival, ya que Estrella y Patri iban a pasar mucho tiempo juntas.
El negocio empezó a ir bien. En octubre cubrió gastos y ahorró tanto como en el club. En noviembre ya ganó más que en el club, y de forma mucho más tranquila y relajada. Fue su gran momento, su gran respiro, cuando el mundo entero se le abrió. Visto en retrospectiva, debió de haber sido uno de los mejores momentos de su vida, pero no lo vivió así entonces, porque le angustiaban mucho otras cuestiones y el trabajo nunca le resultó fácil. Ni siquiera cuando empezó a hacer clientes fijos, uno detrás de otro, y cada vez de mejor nivel, cada vez más educados y más dóciles.
Se daba cuenta de que necesitaba poner toda su atención para dejarlos contentos. No era tan fácil. Tan de cerca, tan próxima a las vivencias secretas de aquellos hombres, el menor descuido hacía como un estrépito que todos notaban. Lo que solía salvarla era que (aparte de que nadie más que ella en Madrid ofrecía un servicio semejante) sus clientes sabían de su actitud voluntariosa. Podían decirle: "ha estado bien, pero no tan bien como otras veces", y también decirle: "ha estado muy bien, pero todavía podría estar mejor", lo que equivalía a darse cuenta de que era insustituible. Ella les preguntaba siempre, lograba que le contaran sus caprichos. La mayoría se encariñaba con ella enseguida.
Necesitó años, cuando todo hubo pasado, para darse cuenta del gran valor que tenía su "servicio".
En cualquier caso, el dinero la hizo feliz. Su mayor felicidad, su felicidad inequívoca, era el dinero, el resultado. Triunfaba. Por primera vez en su vida de fracasada.
Enseguida hizo una buena amistad con Patri, una amistad que llegaría a ser muy importante para las dos. A Patri le fue igualmente bien, ya que conseguía un dineral por un trabajo cómodo. Al final de su relación laboral, Estrella incluso le prestó dinero para que pudiera terminar de comprarse su propio apartamento en Madrid. Y muy poco a poco, y muy fielmente, la amiga se lo devolvió a lo largo de los años.
Elena, la novia de Patri, solía venir allí a acompañarlas. También era muy celosa, pero Estrella, de momento, logró convencerlas a todas de que a ella le gustaban las mujeres muy femeninas, tipo muñequitas. Paula no era una muñequita, pero, desde luego, era de una apariencia mucho más femenina que Patri y Elena. Elena también hizo algo de dinero: cuando estaba muchas horas acompañando a su novia, Estrella podía pagarle algo por hacer limpieza, y así se aprovechaba el tiempo.
A mediados de diciembre aprobó la prueba teórica del examen de conducir, lo que le dio otra gran alegría, unida a la gran alegría de ver que iba a ahorrar ese mes más de medio millón de pesetas después de cubrir todos sus gastos. Fue entonces cuando llamó a casa diciendo que por Navidad no podría ir a verlas (a la madre y a la hermana), pero que después encontraría tiempo. La voz de la madre siempre sonaba dolida.
“Así que estás muy ocupada…”
“Sí, mamá. Pero todo me está yendo muy bien, ya verás. Ya he aprobado el examen teórico del carnet de conducir. Cuando apruebe la práctica y me compre un coche iré a veros…”
“Y no nos quieres decir dónde estás…”
“Mamá, deja eso, por favor. Ya os lo contaré todo. No te preocupes, estoy bien. Ahora es cuando me va mejor… Voy a empezar a estudiar inglés en serio. ¿Te acuerdas de lo de irme a Inglaterra? Pues pronto quizá pueda hacerlo, ya verás…”
“¿Ir al extranjero?”
“Ya veremos, mamá. Aguanta un par de meses que me saque el carnet y me compre el coche, ¿vale?”
A Paula le gustaba mucho lo de la relación con la madre. Hablaba de la suya. De cómo se había quedado con la nieta. La familia de Paula era de jornaleros de lo más pobre de Andalucía. De cinco hermanos, el mayor estaba en la cárcel. Otro trabajaba en la construcción por todas partes de España, rara vez pasaba por la casa de sus padres y nunca mandaba dinero. Paula tuvo su hija a los dieciocho y desde los veinte era prostituta. Una hermana menor trabajaba en el campo y se había casado muy joven con otro jornalero. El hermano más pequeño estaba hecho un golfo y pronto iba a ir a la mili. El padre estaba enfermo y además vivía con otra mujer, en otra casa, con otros hijos, y se pasaba el tiempo viendo la tele. La madre y la hija de Paula vivían en una casita mísera, cobraban un poco de subsidio más el dinero con el que ayudaban Paula y la hermana casada. Y todo así: Estrella conocía la pobreza, pero no la de esa clase, aunque no le sorprendió. En su momento, a primeros del verano anterior, todo aquel ambiente la había conmovido. Sobre todo la conmovió que Paula no se diera cuenta de nada, que le pareciera que su familia era normal y corriente. Probablemente lo era (o un poco menos) en el pueblo en el que vivían.
La primera pelea con Paula fue porque Estrella no quiso pasar la Navidad en casa de sus padres. Dijo que no podía dejar el negocio y que, en el fondo, no se había encontrado muy a gusto cuando estuvieron allí la vez primera (durmieron sobre un colchón viejo en el suelo). Paula comenzaba a darse cuenta de que, en contra de lo prometido en las primeras semanas de amor, la relación no iba a ser para siempre. Estrella, ahora que había acabado con la obsesión del examen de Tráfico, leía novelas, estudiaba inglés, hacía casi una hora de gimnasia al día, se confiaba más con Patri. Se había alejado del mundo de las putas y quería trabajar con los banqueros, los aristócratas. O incluso volver un poco al ambiente perdido del mundo del estudio, ya que Patri estaba decidida a estudiar Educación Física y a financiarlo con su nuevo y provechoso empleo.
El sexo que ofrecía Estrella no era algo supuestamente alegre y despreocupado, como en el club (“haces un par de cosas, y que se lo pasen bien”), sino besos, ensoñaciones románticas, perversiones complicadas, intimidades. Algo mucho más obsceno y retorcido, desde el punto de vista de Paula. Más vicioso.
Estrella lloró un poco por la pelea, pero Paula al final se fue, le pidió perdón y se separaron con cariño por unos días. Sí, Estrella ya no veía futuro en la relación, pero quería mucho a Paula y se proponía amarla toda la vida, como a una amiga íntima. Estrella hablaba mucho, y le hablaba de eso a Patri, que lo veía todo desde el punto de vista de la seguridad.
“Paula puede dar problemas. Se pone muy furiosa.”
“Paula no es violenta, solo que me quiere, y yo también la quiero a ella.”
“Sí, pero no estás enamorada de ella.”
“Yo nunca he estado enamorada de nadie… solo que, al principio… fue mi primera mujer… y es buena, y la quiero. ¿Qué hay de malo en el cariño?”
“El cariño no es el amor”
“Hay cariño y hay sexo. ¿Por qué no va a ser amor? Lo que pasa es que hay muchas clases de amor…”
“Ya, pero Paula está enamorada de ti, y eso tuyo no es amor-amor…”
Así fue como a Estrella se le empezó a ocurrir la teoría de la sororidad…
Durante la Navidad se quedó sola en el piso. No hubo clientes en Nochebuena. Estrella estuvo leyendo, viendo la tele, masturbándose, comiendo dulces y haciendo gimnasia un poco. Sin Patri. Lloró un poco por estar sola, naturalmente. Paula no llamó. En casa de Paula, en el pueblo, no había teléfono.
Con el año nuevo, todo fue mucho mejor. Estrella –“Clara”, aunque a sus clientes fijos les revelaba pronto su verdadero nombre- subió los precios. Había acabado el año 1983 con casi dos millones de pesetas ahorrados –contando las doscientas mil de la fianza del alquiler del piso-, lo que para una chica pobre suponía una enormidad de dinero. Suficiente ya para comprarse un apartamento malo en Málaga o una casita o piso mejor en el pueblo de Paula. Y nada en Madrid, claro...
“¿Cuándo vas a venir a vernos?”, preguntaba la madre por teléfono.
“Espera un poco todavía, mamá. Todavía no tengo el carnet de conducir…”
Necesitaba muchas prácticas para pasar el examen práctico, porque, como muchas mujeres, era torpe de reflejos y más bien miedosa. Por fin, a finales de enero aprobó el examen a la primera. Igual lo hubiese aprobado antes de haberse confiado más y adelantado su presentación al examen.
El negocio iba formidablemente: por lo menos, tres clientes a veinte mil cada uno al día. Pagaba gastos y ahorraba casi un millón de pesetas al mes. Ahí entraron los clientes buenos: el “heredero gordito” (un aristócrata joven y acomplejado, que le ofreció matrimonio), el “banquero viejito” (un viejo vicioso que había conocido los antiguos burdeles de la posguerra), el “financiero feíto” (un tipo maduro, muy acomplejado también y poco comunicativo… y que le ofreció asimismo matrimonio) y el “abogado astuto” (el más desenvuelto de todos, que, además, viajaba por el mundo, hablaba idiomas y le daba noticias acerca del sexo de pago de alto nivel en el extranjero). Sexualmente, todos tenían en común penes pequeños y poco vivaces que ella estimulaba a la perfección, lo que los convertía en muy dependientes de sus servicios. Ella ya había descubierto que, debido a cierta estrechez de su vagina, debía concentrarse en esos hombres de pene pequeño. Los hombres de pene pequeño y endeble eran los mejores, los más agradecidos, los que tenían que pagar y siempre estaban temerosos de que la puta se burlara de ellos. Ella los mimaba y así los mantenía fieles. Tenían mucho dinero y se mostraban contentos de haber encontrado en qué gastarlo. Le contaban muchas cosas. De ellos aprendió mucho acerca del mundo de los hombres.
En realidad, Patri ya apenas le hacía falta. Solo tuvo que intervenir una vez, al principio, con un tipo que parecía un chulo en busca de novedades. Cuando vio entrar a Patri sonrió y se largó sin dar más problemas. Había empezado a chulear diciendo: “Ahora devuélveme el dinero que te he dado”.
Pero Patri valía la pena. No solo le proporcionaba seguridad, era también una amiga sensata y le daba muy buenos consejos. También le sirvió como preparadora física, porque a Estrella siempre le habían sobrado siete u ocho kilos, y trabajando en los clubs, donde ella solo bebía refrescos y no alcohol, había ganado todavía más. Patri le dijo que hiciera gimnasia de cintura y le impuso cierta disciplina, y Estrella se disciplinaba fácilmente con poco que la orientaran. Hacía media hora diaria de bicicleta estática, más otra media hora de torsiones y flexiones, y hasta un poquito de pesas. Un día Paula la vio charlando con Patri mientras se movía de un lado a otro con la cabeza y las piernas abiertas, en pijama. Patri miraba con gusto. Hubo pelea por eso.
Ganó una figura perfecta y el narcisismo llegó al extremo cuando empezó a sacarle partido a su cinturita vistiéndose de novia, con ropa interior de encaje blanco (a Ángela Molina la había visto con esa pinta en alguna peli). Los tipos se volvían locos con sus disfraces. El viejito la baboseaba toda, el aristócrata gordito lloraba de amor, el financiero feíto reaccionaba enardecido y hasta el abogado astuto, el más mundano y flemático de todos, reconocía que estaba impresionado. Era su número infalible. Ella vestida de novia besando en la boca a aquellos hombres entusiastas que mientras tanto le achuchaban el culo, y luego arrodillándose ante ellos, sacándoles el pene (que ellos traían siempre muy limpio para la ocasión) y mimándoselo a besos hasta que se corrían en sus rojos labios. Su voz y su mirada mientras los trataba así no era para bromas: seria, dulce, delicada, concentrada en la fantasía amorosa, servil y humilde como la hurí de un harén (también conseguiría más tarde un disfraz de odalisca). Se volvían locos. Y a la media hora de confidencias y sumisión le pedían más. Y antes de irse, otra vez querían más. Se sentían supermachos, dominadores, triunfadores, en lugar de unos pobres desgraciados (con dinero) de virilidad dudosa. Más tarde Estrella supo que lo que hacía hubiese podido convertirla en la esposa de un jefe de Estado o de un multimillonario internacional. Así que sus clientes eran unos afortunados por encima de su propio nivel adquisitivo. Y presumían de ello, por cierto, lo que le trajo más clientes.
Contrató a Toñi, una vecina de Patri, para que le hiciera de "asistenta": cambiaba las sábanas y las toallas, fregaba, limpiaba, hacía la casa. Y habitaba la casa con ellas. Era una amiga. No lesbiana. Se volvió muy maniática del lavado y el planchado, de modo que siguió dándole un poco de trabajo también a Elena. Elena limpiaba las "zonas comunes" del piso (la cocina, el dormitorio de Estrella y Paula) mientras que Toñi se concentraba en tener siempre a punto el "dormitorio de trabajo".
Fue en esa situación económicamente gloriosa cuando, tras sacarse por fin el carnet de conducir, se compró al día siguiente un cochecito de segunda mano. Llamó a casa:
“Mamá, ya tengo el carnet y el coche. La semana que viene, si queréis, bajo a visitaros. Ahora estoy en Madrid”
“Ay, hija… por fin… Mira, habla con tu hermana que ella te dirá…”
A una hora del día en que el padre estaría trabajando, a mediodía, ella iba a recogerlas con el coche en su barrio y llevarlas unos kilómetros más allá, por la costa, a comer en un restaurante.
Paula quiso acompañarla también, pero no protestó mucho cuando, con lágrimas en los ojos, le dijo que “iba a ser muy fuerte”, que tenía que contarles todo, lo de ser puta y lo de ser lesbiana, y todo, y, además, el proyecto de comprar una casa. Lo de la casa desarmó a Paula:
“Un chalet adosado sería lo mejor. Por Torremolinos cuesta unos seis millones, ya lo he mirado en los anuncios de inmobiliarias. Con dos pisos y dos baños. El de arriba para ti y para mí. Pasaremos juntas este verano. Dos meses juntas, mi vida. Con tu hija. Iremos a la playa, conocerás a mi mamá y a mi hermana, ya verás cómo te querrán…”
Todo eso lo decía en serio, pero Paula lo interpretaba siempre un poco diferente a como lo vivía Estrella.
Todavía le dio tiempo ese día a hacer un cliente. Uno de los antiguos. Lo dejó contento, y el tipo se fue exactamente a las 16.30, según lo convenido. Llamó a Toñi para que lo dejara todo en orden y se cambió de ropa enseguida, sin ducharse siquiera, oliendo "a tío" aún, cuando el procedimiento habitual era que mientras ella se duchaba y preparaba para el siguiente, Toñi hacía la cama, limpiaba el dormitorio e inmediatamente después el baño.
“¿No te duchas?” le preguntó Toñi, viéndola vestirse enseguida con vaqueros y zapatillas
“Me ducharé por el camino, en un hotel.”
Tomó su bolsa, besó a Patri, a Paula y a Toñi, y se largó. A las cinco de la tarde de un día de finales de enero (llovía un poco) ya estaba saliendo de Madrid por la nacional cuatro, rumbo a Andalucía.
Muchas años después, en la cama, abrazada a Puri, una chica de un origen parecido al de Paula, recordaba aquel viaje como algo casi místico.
Tenía que conducir con mucha prudencia, ya que era inexperta. El cochecito, un Citroen blanco de cuatro puertas, a gasoil, funcionaba muy bien. Era muy suave, con buena amortiguación, lo que le daba confianza. Quiso pasar Despeñaperros cuando aún era de día, pero no lo logró. Se cansó y paró a tomarse un vaso de leche. Ahora le gustaba beber leche, al contrario de cuando niña. La leche le comunicaba feminidad, pureza. Ella estaba hecha de leche, piel suave y grasas finas. Igual que había cambiado sus costumbres en cuanto a higiene, cultura física y acicalamiento, también la había cambiado en la cuestión alimentaria: ahora consumía "comida femenina", sin carnes rojas, ni grasas ni fritos, todo pescado, carne de ave, ensaladas, fruta, lácteos y cereales integrales.
Tomaba su leche caliente en un restaurante de camioneros, en La Mancha. Estaba sola. Cualquiera de aquellos brutos podía violarla. Siempre veía a los hombres así, como constante amenaza, pues su relación con los hombres se centraba exclusivamente en el sexo, en dar rienda suelta a sus deseos. Iba vestida con discreción, su pelo un poco revuelto, su maquillaje desarreglado, en vaqueros, zapatillas y con un abrigo negro. Pero sus ojos eran llamativos, sus mejillas rosadas también. El camarero de la barra se mostró muy atento con ella, veía su emoción. Entonces Estrella pensó que su coche era blanco. Blanco y con muy buena amortiguación, blanco como la leche y como los vestidos de novia que usaba con sus clientes, blanco como su piel. Dulce y preciosa. La deseaban mucho. Comenzaba a comprender cuál era su poder y la fragilidad que ese poder significaba, a la vez, para ella. Hasta entonces había comprendido cuál era su valor monetario, el gusto de los viciosos por ella. Poco a poco iba a comprendiendo que su poder iba más allá de eso. Que todos, hombres, mujeres y niños, buscan el refugio de la tierna feminidad.
No pasaría nada si pasaba por allí de noche. Iría conduciendo despacio. Que la adelantaran los de atrás.
Estaba sola, e iba a confesarse con su madre. Estaba nerviosa, pero se aferraba a una seguridad, un conocimiento que le daba mucha fuerza, que era su gran baza: el dinero. Ya era millonaria en pesetas. E iba a serlo mucho más. También contaba con una frase que Paula le había recomendado decir (Patri aprobó también la idea).
Se le hizo de noche entrando en Andalucía. Era una conductora prudente. Calculó que por la hora a la que había quedado con su madre, convenía que durmiera en alguna localidad de la provincia de Granada o de Córdoba. Pasada la ciudad de Córdoba ya iba pendiente de cualquier anuncio luminoso que indicara un alojamiento. Al final aparcó en un hotel de carretera en Lucena, ya cerca de la provincia de Málaga.
No le gustó el encargado, pero no era capaz de irse solo por eso. Ése era uno de los defectos de su carácter que tenía que corregir. Con los hombres también le pasaba. A veces tenía que haberlos despedido de inmediato pese a sus quejas. Tenía a Patri para reforzar su voluntad, pero una vez, de hecho, se había dejado violar, incluso teniendo a Patri al otro lado de la puerta. Otras veces, aunque no habían llegado a violarla, había sido demasiado desagradable con un tipo grosero y hasta sucio. Tenía que aprender a imponerse. El carácter de una persona no cambia, pero los hábitos sí pueden cambiar.
El encargado del hotel, poco simpático y además libidinoso mientras enseñaba la habitación a una chica joven y tímida que viajaba sola, hubiera podido violarla de haber querido (siempre podían violarla). Pero no lo hizo porque, al fin y al cabo, eso no suele suceder. En adelante iría solo a hoteles buenos, de lujo. Una vez incluso le dijeron que la mayoría de las personas que trabajan en esos hoteles de categoría son homosexuales, que por eso nunca importunan a las señoras. Una exageración, por supuesto.
Aquella noche no durmió tranquila. Le inquietaba mucho el encuentro del día siguiente. Pensaba que no había cuidado todos los detalles. Le preocupaba llegar tarde al encuentro, que pasara algo, una avería del coche, un accidente de tráfico, un atasco (aunque siempre podía llamar por teléfono antes de que la madre y la hermana salieran de casa). Se sentía sola. Se daba cuenta de que dependía mucho de Paula y de Patri.
Le daban miedo los hombres. Era una prostituta buenísima, pero lo era en el contexto organizado de su piso. La cita recibida a la hora esperada, Patri siempre atenta, sin ser vista, ella predispuesta a hacer todo lo que pidieran y ofreciendo el menú de todas las refinadas y delicadas perversiones que proporcionaba según su estilo. Todo seguía el guión prescrito. Todo era según lo esperado, y eso la tranquilizaba mucho, le daba mucha confianza, pero en la calle tenía miedo de todos los hombres ya que sabía como pocas cuál era el objeto de sus deseos. Piensan en el sexo todo el tiempo.
Apenas durmió nada. Se desvelaba cada cuarto de hora y miraba el reloj. No tenía despertador.
Se fue muy rápido del hotel, y desayunó ya cerca de Málaga. Le sobraba tiempo.
Como le sobraba tiempo se acercó a la zona donde pensaba invitar a comer a su madre y hermana. Pescado y ensalada. Encontró un restaurante que estaba bien junto a la playa. Se tomó un té. Todavía le sobraba tiempo. Se dio cuenta de que no podía llevar a su madre y a su hermana al restaurante y esperar a que el camarero las dejara solas para "contarles todo". Tendría que hacerlo antes, de otra manera. Se le ocurrió cómo. Se compró un periódico y estuvo mirando otra vez los anuncios de ventas de casas. Cinco millones era lo que podía costar un chalecito adosado, nuevo, con dos pisos y dos baños. Un millón más para los gastos de escritura, unos muebles... y lo suficiente para los gastos de dos mujeres acostumbradas a la pobreza.
Por fin llegó la hora. Estaba nerviosísima.
Allí estaban su madre y su hermana. Obesas las dos. La madre, con bastón, su sobrepeso le causaba problemas con la columna vertebral, aparte del corazón y la diabetes. Ahora se daba cuenta de que había elegido mal el sitio donde pararse a recogerlas: pasaba mucha gente. Iban a verlas. Las vecinas del barrio chismorrearían.
Paró, y salió rápidamente del coche. Besó a la madre, que empezó a llorar. Rápidamente, hizo que entraran en el coche y arrancó.
“Venga, venga, que aquí estoy mal aparcada”
La madre quería hacerle preguntas.
“Mamá, ahora no, que estoy conduciendo, vamos hasta aquí cerca, nos paramos y comemos.”
“Hija, ¿tienes dinero?”
Como la madre y la hermana sabían que hacía poco que se había sacado el carnet de conducir, por seguridad, no quisieron interrumpirla. El haber preparado el lugar de encuentro la tranquilizó un poco más.
Había comprendido que debía hablarles una vez hubiera aparcado, dentro del coche (sentadas de tal forma que no se mirasen cara a cara). Después, cuando la principal descarga emocional hubiera pasado, entonces saldrían a sentarse a la mesa… Tenía preparadas las frases.
Ahora. Ya había aparcado. A un lado, la playa, al otro, casitas con vistas al mar, merenderos y restaurantes, con menos actividad por ser invierno. Ahora. El motor se había parado, había silencio. Tres mujeres dentro de un coche recién aparcado. Ni siquiera había muchos otros coches aparcados cerca. Habló:
“Mamá, yo estoy muy bien…” Y entonces dijo la frase que Paula le había recomendado: “Lo hecho, hecho está, ahora hay que pensar en el futuro. Todo va a ir muy bien. Tengo mucho dinero y voy a comprar una casa”
Y añadió otra frase que también habían preparado:
“Ahora necesito que me apoyéis, que no me dejéis sola…”
Su madre empezó a llorar en silencio.
Y diez minutos más tarde, ya estaban sentadas junto a la playa para comer pescado. El camarero llegó, y ella pidió ensaladas y agua para beber a fin de quitárselo de encima. Luego pedirían más. Se fue.
Temió que no hubieran entendido lo de “comprar una casa”, como si les estuviera hablando de un lejano sueño, pero el dinero de ella era un “gran dinero”, y era toda su fuerza, todo lo que podía utilizar para ganarse la comprensión de aquellas dos pobres mujeres. En seguida se hizo efectivo el valor que tenía el dinero entre los humildes. Lo vio ante sus ojos, cómo lo cambiaba todo.
“Quiero decir que ya tengo el dinero para la casa. Ya tengo cinco o seis millones de pesetas. Fíjate si me van bien las cosas. Y a ti –señaló a la hermana- te toca ir a mirar. Puedes echar un vistazo a esto…”
Tenía preparados unos anuncios de prensa que había recortado del periódico de Málaga que había adquirido en Madrid. Sobre todo uno que vendía chalecitos adosados en Torremolinos. Se puso a hablar de ir a las inmobiliarias, de mirar casas por el estilo de esa casa adosada.
La madre volvió a llorar: era la mención al dinero lo que le dolía. Cómo lo había ganado.
“El piso estará a tu nombre”, le dijo a la hermana. “Vas a ser propietaria…”
Mientras la hermana ayudaba con un pañuelo a la llorosa madre, Estrella se levantó a buscar al camarero y evitar que volviera a interrumpir. Pidió pescado a la plancha con verdura para las tres.
Poco a poco, la madre se calmó.
“Tantísimo dinero… ¿para qué quieres tanto?”
“Lo hecho, hecho está. Y ya que está hecho, veré de reunir suficiente en dos años para vivir bien el resto de mi vida. No quiero estudiar ni trabajar. Quiero vivir bien. Estoy aprendiendo inglés, quiero viajar por el mundo, cambiar de ambiente. Vivir bien. Y vosotras también vais a vivir bien. Os librareis del viejo de aquí a un par de meses, y para siempre.”
Era sin duda una gran aventura. Librarse de aquel hombre malhumorado, despectivo, frío, estúpido y malintencionado para siempre. Tener una casa para las tres.
“Quiero un chalecito como éste –insistió ella, señalando el anuncio- o algo parecido. Cinco, seis o siete millones, tú verás. Tiene que tener dos pisos y dos baños. Yo me quedo con el de arriba, y el de abajo para vosotras. En Torremolinos estaría bien. O incluso aquí…”
La madre sacudía la cabeza.
“Entonces, ¿no vas a volver?”
“Mamá: quiero comprar una casa para que estemos juntas. ¿No queréis también libraros del viejo? Que se quede con el piso y que viva su vida sin molestarnos nunca más… Este verano quiero dos meses de vacaciones: julio y agosto… Por eso tenéis que empezar a buscar la casa ya. El dinero no es un problema. Por una vez, en nuestra vida, el dinero no es problema.”
Las dos pobres la miraban sin saber qué decir. Estrella añadió:
“Y nunca volverá a serlo. Vamos a ser ricas.”
“Eso no es tan fácil…”
“¡Mamá!” –insistió ella- “Ya lo he hecho. Esto no es el cuento de la lechera. Ya tengo el dinero”
La madre sacudía la cabeza, pero fue calmándose poco a poco. Y ni siquiera perdió el apetito, se comió el pescado y comentó que estaba muy bueno. Poco a poco el dinero -el dinero que ya estaba, que ya era- iba surtiendo su efecto tranquilizador.
“Tú te tienes que cuidar la salud, mamá. Ya me encargaré yo. He oído hablar de clínicas para casos como el tuyo. Y que comas mejor, comida que no engorde.”
Y ya se le olvidaba. A la hermana:
“Tienes que apuntarte a una autoescuela y empezar a prepararte para sacarte el carnet de conducir. Por lo menos, sácate el teórico antes del verano. Durante el verano yo te enseñaré a conducir. Así, en septiembre o así ya te podré comprar un coche para que puedas llevar a mamá a donde quiera… Y abre una cuenta bancaria, ahí te mandaré dinero para vuestros gastos, y más adelante, cuando estéis en la casa, para que viváis.”
La hermana parecía que desde el primer momento se veía incapaz de sacarse el carnet de conducir, algo demasiado difícil para ella.
A partir de ese día, la madre y la hermana aceptaron la nueva situación y, por incapacidad para hacer otra cosa, pues eran dos pobres mujeres que no tenían nada, se dispusieron a compartir aquel destino. Al menos, iban a contar con una casa. En propiedad. No un simple pisucho de barrio a pagar en quince años. Una casa de verdad, pagada a tocateja. Una vida mejor.
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