Un millón de dólares en un año sería suficiente. Suficiente para ser libre toda su vida, y escribir y llegar a algo. Le aseguró a Stella que sentía que había algo dentro de ella, y para justificar esta fe ponía como base el talento que su amiga había visto en su propio ser: el amor era algo más que un deseo, había de tener siempre una parte de descubrimiento. Todo esto comprometía emocionalmente a Stella. No solo le había dado ejemplos cuestionables: también la había empujado a la búsqueda de altas metas que nadie garantizaba. Recordaba casos de personas que se habían visto condenadas a la desdicha por haber albergado ambiciones desmesuradas.
Estuvieron comentando las ideas de varios shows de televisión para fomentar su visión del mundo. Había una productora gay en Canadá que quería promover la tolerancia a los homosexuales, y unas guionistas lesbianas en Hollywood parecían también interesadas. Stella quería pegarle a esa porquería de “Sex and the City”, donde la vida de las mujeres supuestamente modernas giraba en torno a encontrar un macho.
Así que todo indicaba que Angie iba a intentar hacer algo en el entorno del cine y la televisión, como guionista o productora. Pensaba asistir a algunos cursos. Pero primero quería su millón de dólares.
¿Propuestas de matrimonio? Varias, pero ninguna en las condiciones ideales, de momento. En todo caso, Angie habría reunido dinero suficiente a finales del año 99. No iba a necesitar más. Recordaba la queja de la misma Stella, de cómo se había dejado embaucar por su marido para quedarse diez meses más por un millón de dólares. En el fondo, todo ese dinero le había dado preocupaciones y con menos lo hubiera pasado igualmente bien. No, no habrían tenido la finca, pero quizá su madre se hubiera conformado con una casita con un pequeño huerto en cualquier urbanización con vecinos educados y apacibles, de clase alta. "Villa Orchard" era demasiado grande, y su soledad, próxima a la hostilidad de los malos vecinos del barrio, a veces sembraba inquietud. Los árboles, sí, eran maravillosos, pero...
De vuelta, le comentó a Puri que Angie le había parecido demasiado implacable en sus planteamientos. No la había encontrado "embrutecida", pero sí "demasiado" segura de sí misma. Se sentía culpable de haber empujado a aquella chica buena a un disparate, a cargarse con un estigma que incluso en la libertina sociedad "de los artistas e intelectuales" podría acabar resultándole excesivo. Angie tomaba sus argumentos, pero los llevaba a extremos que a Estrella la inquietaban. Precisamente, le había dicho Angie, si me enfrento al estigma y demuestro que es superable, habré dado un gran paso en la liberación. Si lograba ganar respetabilidad no a pesar de, sino gracias a haberse convertido en prostituta. Se veía capaz de parar todos los golpes que le vinieran de uno y otro lado.
A Puri le molestaba que Estrella amase tanto a Angie. ¡La muy torpe incluso le comentaba que había cometido un gran error al no querer comprometerse con ella durante aquel primer maravilloso verano que compartieron! ¿No se daba cuenta de que eso hería a Puri, que quería ser la primera, la definitiva, el gran amor de su vida?
(Con el tiempo, Puri se daría cuenta de que aceptar aquellas brutalidades con amor era la prueba que, una vez superada, acabaría dándole el premio. Estrella siempre decía eso de que "había que hablarlo todo". ¡Hablar, hablar! A veces Puri quería protestar: ¡¿por qué hablar tanto?!, ¡hay cosas que no hay que hablarlas! Pero Estrella era así: había que hablar de todo y escribirlo todo...
¿Dónde encontraría Puri, sin embargo, una mujer como Estrella?, ¿cómo renunciar a eso?)
En mayo estaban otra vez en la primavera florida de "Villa Orchard". Una vez más, era conveniente ausentarse de la propia casa en verano para que el cretino del hermano le llevara los nietos a la madre. Fue entonces cuando se les ocurrió pasar una larga temporada en Olivares, el pueblito de Puri. Un verano en Olivares.
Fue un verano extraño. La casita que había comprado para las dos hermanas (también tenían dos hermanos varones) estaba cerca de la de los padres, y era modesta y pueblerina (y un poco ruidosa: pasaban los camiones y los tractores muy cerca). A pesar de que el pueblo ya contaba con una urbanización relativamente moderna en la que vivían algunos guiris, ellas preferían el pueblo, un pueblo de jornaleros. Casi el Tercer Mundo. Un Tercer Mundo en el que se recibía bastante dinero del Primer Mundo. Económicamente, se habían dado ciertas mejoras en los últimos tiempos. Los hombres encontraban trabajo en la construcción. Era cuando aquel político decía lo de “España va bien”.
La convivencia con Sofía era dulce. A Estrella le gustaba reprimirse de tirarle los tejos a la hermanita, aunque la idea de hacer el amor con las dos hermanas a la vez le parecía deliciosa (estaba bien que todavía le quedasen fantasías inalcanzables...). Se preguntaba si Sofía se sentiría interesada. La vivienda era pequeña. Las dos novias dormían juntas y al otro lado del tabique Sofía dormía sola. A veces dormía en el sofá uno de los hermanos, que se había divorciado, el pobre. Estrella no era ruidosa al hacer el amor, pero aun así trataban de tener cuidado, porque sí que eran de hacer el amor todos los días. A Puri le gustaba mucho que le metiera los consoladores y ella sí que podía gritar.
¿Qué se puede hacer en un pueblo? Puri y Sofía lo pasaban estupendamente, por lo visto, aunque a veces resultaba un poco difícil darse cuenta de cómo se las arreglaban para ello: hacían las compras, las tareas caseras y veían a las antiguas amigas y a los padres. Chupaban tele. Paseaban poco, aunque Sofía tenía un perrito con el que estaba encariñada y la criatura las llevaba a realizar diversos recorridos por los alrededores agrarios. A Estrella le fascinaba tanta sencillez. Ella, por su parte, contaba con libros de sobra, y mucha correspondencia. Escribía poco.
Venía gente a pedir. Sabían que aquella tortillera era rica, incluso famosa, porque era muy guapa y había "salido por la tele" (y desnuda "en las revistas"). Como pueblerinos, eran procaces y chismosos, y eso no los cortaba de pedir ayuda para un niño enfermo o una familia a punto de ser desahuciada. En el barrio de Vélez-Málaga quizá era peor aún. Los de Olivares eran más sencillos. Ellas daban algún dinero.
Hicieron algunas excursiones. A Estrella le gustaban las excursiones. A veces se reunían con la hermana de Estrella. Puri y Sofía, que eran de campo, sentían menos interés por la naturaleza. Algún día se acercaron a “Villa Orchard” y vieron de reojo al hermano, la odiosa cuñada y los sobrinos. La sobrina era ya una muchacha hecha y derecha, pero se asustaba en presencia de su perversa tía. Las idioteces de los padres, lo que le habrían dicho. La madre y abuela, por su parte, se mostraba molesta de verlas por allí en verano, "fuera de estación". Se llevaba a Estrella enseguida a ver los árboles, alejándola de la familia “normal”, pero eso no molestaba a la dueña de la casa, que asumía su condición, como siempre había sido, ya que, al fin y al cabo, su fortuna la hizo gracias a carecer de dignidad. Y le gustaba ver a su madre entre los árboles, cargados de fruta, y hablar de ellos. Estrella y Puri pasaban una noche o dos en la casa, y volvían a salir para Olivares o para cualquier excursión.
Para finales de agosto, organizaron una visita de Patri y Elena a “Villa Orchard”. A esa fecha ya se habían marchado el hermano y su tribu. Se sentía cómoda conservando la vieja amistad de la pareja de madrileñas. De aquellos tiempos.
Fue un buen final de verano.
Durante el otoño, Estrella comenzó a preocuparse por el transcurso del tiempo. Ya cuando comenzó todo -su "salida del mundo"- pensaba en la vejez. Un pensamiento sombrío en una mujer hermosa de veinte años que, al ver perdida su inteligencia -y su honra-, había hecho de su belleza una profesión. Ya entonces tenía la idea de que una mujer que ya no era hermosa, que había perdido la hermosura, debía cortarse el pelo y vestir con un chándal, asexuarse, quedándose solo con el cerebro: la sabiduría y los recuerdos sobre un mero soporte funcional, incluso precario en su pobreza de huesos y piel. Frágil. Humanísimo, por tanto. Pero para eso todavía le faltaban unos años más. Cálculos realistas hacían pensar que ella podría ser una cincuentona muy apetecible y, de momento, todavía no había cumplido los cuarenta. Eso exigía seguir haciendo deporte, alimentarse bien y quizá incluso procurarse algún retoque de quirófano al llegar a los cuarenta y cinco. Nada grave.
Le contaba a Puri que "antes de todo" era guapa, pero le sobraban seis o siete kilos, no sabía vestirse y tenía caspa. Y que durante el tiempo en que estuvo trabajando en los “clubs de alterne”, quizá engordó un poco más todavía, y mientras esperaba a resolver lo de su pelo, a veces usaba peluca. Seguía siendo muy guapa, por supuesto, su piel y sus ojos eran magníficos, su cuerpecito estaba muy bien, aparte del problema de cintura, pero se había dicho que tenía que estar perfecta si quería juntar la gran pasta. Patri, una chica de gimnasio, fue quien la animó. Le gustaba recordar aquello, de cuando renunció a su cerebro (el fracaso en los estudios) y decidió sacarle partido a su cuerpo, porque el dinero lo justificaba todo. Y fue una dedicación coherente. El cuerpo de Puri, por otra parte, nunca tuvo ese tipo de problemas. Comiendo de todo y sin hacer deporte, siempre estaba muy delgada.
Pero para Estrella, "en aquella época", cuidar su cuerpo fue todo un logro, como lo de sacarse el carnet de conducir, aprender inglés y hacerse millonaria... Se puso a ello enseguida, a finales de octubre de 1983, siguiendo, dócilmente, las indicaciones de su empleada Patri. Le ayudaba además a liberarse un poco de la tensión. Se había gastado todo su dinero tan duramente ahorrado en el intento de enriquecerse recibiendo a solas en su piso. Los primeros días vivía ansiosa esperando las llamadas de los tíos a su anuncio en la prensa. Se ofrecía a apenas diez mil a la hora la primera vez (solo el doble de lo que se pagaba en cualquier burdel de Madrid). Tardó un par de semanas en darse cuenta de que pedir más es lo que ayuda a atraer a los clientes buenos. Pero necesitó ese tiempo para convencerse de que no le iban a faltar hombres. Tenía muchísimo miedo de que no la llamaran.
“Dime cómo lo tengo que hacer”, le preguntó a Patri. Y Patri, bonachona, le dijo que empezara con unas flexiones y torsiones. Se puso a contabilizar minutos de gimnasia. Consiguió un cronómetro y una pizarrita donde anotaba los tiempos (siempre le gustó hacer cuentas). El primer día hizo solo cinco minutos y tuvo agujetas. A la semana siguiente hizo diez minutos diarios de gimnasia de promedio.
Los tíos iban bien. En octubre ganó dinero, tanto como en el club de alterne, pese a los grandes gastos del carísimo apartamento y el sueldazo de Patri. Pero era mucho más cómodo que estar en el club. En noviembre ya sacó más dinero que en el club. En noviembre ya hacía media hora de gimnasia, repartida a diferentes horas. Al levantarse, hacía estiramientos y algunas flexiones. Antes de comer, hacía más. Por la tarde, más. Como tenía dinero para comprar cualquier nadería, se compró una bicicleta estática (la pobre no sabía ir en bicicleta por entonces, de todas formas).
En diciembre ganó más que en noviembre, ganó el doble que en el club, de modo que para fin de año tenía casi dos millones ahorrados y ya sabía que podría comprarle la casa a la madre antes del verano. Y se sacó el carnet de conducir. Y llegó a hacer una hora diaria de gimnasia sumando casi una decena de breves pero enérgicos episodios a lo largo de todo el día. El cuerpo se le puso maravilloso. La cintura, perfecta. La agilidad le facilitaba también algunas habilidades sexuales. Media hora de bici (en dos tramos de quince minutos cada uno). Cinco minutos de pesas. Cinco de abdominales y flexiones de suelo. Todo lo demás eran ejercicios de cintura (cuatro tandas diarias de cinco minutos). Hop. Hop. Lo que hacía menos era caminar. Cuando salía era con Paula y entonces le gustaba pasear, pero solo de vez en cuando. En realidad, le gustaba poco salir del piso, solo que tenía que hacerlo para llevar el dinero al banco, ir a la peluquería, las compras. Cuando contrató a Chelo, dejó de ir a la peluquería. Y Toñi a veces también le traía la compra, sino se la llevaban a casa directamente. No quería salir. También contrató a Mari como telefonista, lo que le supuso un gran alivio al no tener que estar pendiente de las llamadas.
Solo le gustaba ir al banco, a "meter dinero". El dinero le gustaba muchísimo. Y también le gustaba contarlo, igual que contaba sus minutos de gimnasia con el cronómetro y los apuntaba en la pizarrita todos los días hasta sumar una hora.
Ya no perdió la costumbre de hacer gimnasia porque sabía que en las mujeres de su familia había tendencia a la obesidad. Cuando se organizó “Villa Orchard” quiso que quedara un circuito perimetral interior: cuatro vueltas al circuito hacían un kilómetro. Se acostumbró a correr, aprendió a montar en bicicleta. Comenzó a caminar mucho en las excursiones a la montaña. Solo en natación hizo muy pocos progresos (pero le gustaba chapotear en la piscina, que tampoco era grande).
Los cambios físicos, los cambios de aspecto, siempre le habían dado libertad. Algunos de sus disfraces los había comprado en un comercio que trabajaba con los teatros de Madrid. La dueña era una tipa cincuentona, delgada y con cierto atractivo físico. Gustaba de manosear a la bella prostituta que le compraba hábitos de monja, uniformes de enfermera y cosas así. De ahí sacó la idea de hacerse un álbum de fotos de ella luciéndose con diversos disfraces.
Le llevó meses planificarlo, un poco siguiendo el ejemplo de algunos álbumes que se hacían de las fotos de las bodas. Encontró un estudio donde se lo organizaron, e incluso consiguió que quien le hiciera las fotos fuese una mujer (la esposa de uno de los fotógrafos). Eligió diez disfraces: el hada, la princesa, la novia, la prostituta, la sirvienta, la colegiala, la monja, la odalisca, la enfermera y la bailarina. Una foto de cuerpo entero a la derecha y a la izquierda tres más pequeñas, en las que podía aparecer desnudándose, o en cualquier otra postura incitante... y acompañado de unos versitos elegidos por ella de un libro de "Antología de poemas de amor contemporáneos". Fue una buena idea, porque a lo nuevos clientes, tras darles la primera satisfacción -lo que llevaba de diez a quince minutos-, los entretenía mostrándoles las fotos, exponiéndoles las fantasías a las que podía someterse. La tendera teatrera le dio muy buenos consejos sobre ropitas caprichosas y, aunque no llegaron a hacerse amigas, gustaban de chismorrear frivolidades. Un día Estrella le pidió una barba postiza. Se dejó sobar en cuello y mejillas mientras la tipa se la ajustaba. Con las gafitas negras redondas, una gorra y ropa suelta parecía un tipo raro, un músico bohemio, quizá. A veces usó ese disfraz para callejear, incluso de noche, sin llamar la atención de los varones, siempre alerta como perros por si aparecía una mujer atractiva. Esos cambios los consideraba defensivos.
Con Marcus durante algún tiempo fue a un gimnasio. Mientras el marido trabajaba y ganaba dinero para ella, la "esposa comprada" iba a un gimnasio para señoras ricas. Allí solo tuvo un breve encuentro con una rubia. El resto del tiempo lo pasaba con las máquinas. A Marcus le gustaba que estuviera ágil, pero no quería que se pusiera demasiado musculosa. A Stella le gustaba ser el objeto sexual según el gusto del marido. Que la modelase. Él también le compraba los vestidos y los elegía para cuando la llevaba a exhibirla en las numerosas reuniones de negocios e incluso políticas a las que acudía con ella del brazo, bien agarrado a su cintura.
En el gimnasio, entre la ida y el retorno, la ducha, más el salón de belleza y un poco de compra, podía perder casi dos horas. Le sobraba tiempo para leer y escuchar música. Durante los primeros meses estuvo pagando a la profesora de inglés, hasta que su dominio del idioma ya fue absoluto, a nivel bilingüe. Más las clases de baile. En realidad, no tenía mal recuerdo de los primeros seis meses. Después Marcus se puso pesado para prorrogar el trato diez meses más. Acabó accediendo, tentada por el millón de dólares, pero los últimos meses fueron casi malos. La obsesión de Marcus, el miedo. Ella tenía pesadillas en las que descubría que no tenía dinero, que la había engañado todo el tiempo, que los ingresos en su cuenta eran falsos. Sin embargo, el dinero llegaba cada mes a España, pagaba sus impuestos y la hermana, ayudada por Álvaro y la abogada Pilar, lo utilizaba para comprar apartamentos. A veces le enviaban fotos y fotocopias de lo que se compraba, de los apartamentos y de las escrituras de propiedad. Eso la consolaba.
Después le vino el miedo de que él fuese a matarla. Que su marido la matara si no lograba retenerla. Lo temió de verdad, a pesar de que Marcus nunca se mostró violento, aunque sí muy tenso y amargado. Fue por aquel telefilme “basado en hechos reales” que vio: un hombre respetable se arruinaba para retener a una preciosa prostituta -pero Stella era aún más preciosa-, y cuando se le acababa el dinero y ella iba -lógicamente- a abandonarlo, la asesinó.
Los recuerdos se encadenaban siempre. Siempre quería encontrarle un sentido a toda su trayectoria. Hacer de su biografía un hecho único y coherente. Sabía suficiente psicología como para considerar ésta una tendencia natural...
Aquel otoño de 1999, le comentó a Puri que solo le quedaba por escribir la historia de su vida. O, quizá, primero, un manual para practicar la prostitución. Eso era. Escribiría un manual para practicar la prostitución y después la historia de su vida. En total, tendría siete libros. Tal vez pudiera escribir otra novela. Había pensado en muchas, pero solo “Los amados extranjeros” la atrajo lo bastante como historia.
No olvidaba que las feministas odiaban la prostitución y la pornografía. Debía defender su punto de vista. A veces también pensaba en el cine. Lo de producir la serie de tv satírica. Tal vez si Angie se decidía a meterse en ese mundo. Quizá Angie fuese su heredera. Otro motivo para defender la prostitución: Angie ya había elegido, tenía que apoyar el paso que, quizá por su culpa, la pequeña y querida amiga había dado.
Quizá era mejor seguir viviendo su vida antes de escribirla.
En octubre de aquel año hicieron un viaje turístico por el sur de Francia, con las hermanas. Después Estrella hizo una nueva escapada a ver a Hanna. Comprendía que aquella alemana era probablemente su mejor amiga. Su calma, su educación, su inteligencia brillante y sin pretensiones. Se la veía feliz y Estrella no podía ofrecerle nada más que amistad. Pero aunque de espíritu existía, al final no se había dado la sororidad soñada. El libro que había escrito con la profesora Sarah no había dado lugar a una nueva tendencia contracultural.
Después volvió para pasar las navidades en casa. Llegó el año 2000
En febrero vino Angie de vacaciones. Era la primera vez que se veían en España. Ya no estaba con la chica guardaespaldas. Decía que era celosa. No se había casado con un millonario tampoco. Había juntado un par de millones de dólares finalmente (al igual que Estrella, le tentó superar sus expectativas de ahorro). Los japoneses le habían dado mucho dinero. El dinero lo había invertido e incluso había hecho un curso para gestionar sus bienes. Parecía más sencillo y productivo que lo de alquilar apartamentos (pero a Estrella le gustaba poseer). Angie pensaba dedicarse a la tele. Escribir y producir. Se estableció en Los Ángeles y estaba organizándose. La invitó.
Por aquellas fechas comenzó a funcionar Internet. A trancas y barrancas, y demostrando Puri una vez más la habilidad natural que la caracterizaba, durante aquella primavera comenzaron a utilizar Internet para comunicarse.
De esa forma, Angie y Stella intercambiaban opiniones acerca de una producción televisiva. Angie estaba asistiendo ahora a unos cursos para guionistas y productores, y se relacionaba con la amplia colonia lésbica de Hollywood. Contaban, además, con la experiencia de Londres de Stella y Laurie. La profesora Sarah también intervenía desde su universidad.
Durante toda la primavera estuvieron intercambiando ideas y aquello resultó de lo más entretenido. Llegó a pensar que estaba muy cerca de algo grande. Para principios del verano, ya tenían una idea más o menos completa, y, como otras veces, dejarían la casa libre durante la temporada de vacaciones. Durante la primavera Estrella había supervisado el último tratamiento médico para su madre, que ya había cumplido 75 años y necesitaba andar con bastón. Aparte la inevitable penosidad de cuidar de la anciana enferma, también durante la primavera hubo visitas y circunstancias alegres: vinieron Hanna, Ann, Laurie y dos amigas alemanas. Y una danesa desconocida y espectacular que se ofreció para un encuentro sexual que resultó fructífero.
A finales de junio del 2000, Estrella y Puri se fueron a Hollywood. Por estas fechas, las cosas no iban mal en “Villa Orchard”, el nieto mayor de la madre tiene ya veinticuatro años, e incluso había producido un bisnietillo. Lo peor era que los tíos se resentían también de la edad y comenzaban a hablar de dejar el campo, vender su propiedad e irse vivir con una hija en un piso, en Málaga. Eso podría ser un problema, pues era la tía Reme la que llevaba el huerto, con los árboles en su momento de mayor esplendor. La madre se sentiría sola sin ella.
En Los Ángeles, formaron un trío con Angie. Durante el verano, todo era turismo, piscinas, sexo y hablar por hablar. Stella sabía que la arriesgada experiencia de haber sido prostituta de lujo había cambiado a Angie. Hizo mucho dinero pero la estigmatización acabaría haciendo efecto, algo de lo que pensaba Stella que no la había advertido lo suficiente, aunque Angie aseguraba que todo era estupendo, que había aprendido muchas cosas. Angie, en cualquier caso, tenía 28 años, la misma edad que Puree, y sabía que era su momento mejor anímica e intelectualmente.
Stella quería que Angie lo hiciera mejor que ella. La mayor alegría de la situación, sin embargo, era que Puree no estaba celosa, hacían el amor las tres juntas, sin problema, y a veces tenían encuentros con otras mujeres. A veces, Stella y Angie mantenían una conversación íntima en la que Puree no participaba (y puede que tampoco entendiera mucho). La conversación íntima pasaba a besos y caricias. Angie rodeaba con su brazo izquierdo la pequeña cintura de Puree y apretaba la mano de Stella con la derecha. Puree se pegaba a su cuello y era besada en la cara por Angie: indistintamente usaba el cuerpo de Puree para las caricias que otras pensarían que estaban destinadas a Stella. Pero tenía su lógica: Angie podía besar a Stella en el pelo, en el hombro o en la cara de Puree. Y comportándose así hacía más feliz a Stella. Y recibía aún más placer cuando hacían el amor entre las tres. Nunca se preocupaban por la presencia de Puree, como si se tratase de una mascota muda querida a la vez por ambas. El amor existía.
Fue en septiembre cuando se lo montaron con Maude y su novia Pam. Maude era una guionista lesbiana de Hollywood que había llegado por su propia cuenta a la idea de crear una serie de televisión sobre “hermanas lesbianas”. Ya existía el precedente del show británico sobre hombres gays, del que se estaba produciendo en Canadá una versión para Norteamérica. Por lo tanto, la idea de una serie lésbica era inevitable. Maude no era la única lesbiana de Hollywood, pero sí la más profesional y militante. Entre suspiro y suspiro, Stella y Angie presentaron sus ideas, que incluían dos de su propia cosecha: la sororidad y la prostitución como recurso de mantener relaciones con los hombres. Las dos estaban de acuerdo también en que el atractivo erótico debía explotarse. Todas odiaban “Sex and the City”.
El principal problema con Maude era que ella estaba de acuerdo con la idea feminista contraria a la prostitución y la pornografía, si bien entendía que el éxito de la serie podría encontrarse en el atractivo para el público que desea espectáculos eróticos televisivos.
Aunque Stella y Angie tenían algo de dinero, producir una serie de tele era muy caro y, además, se necesitaba trabajar con las grandes distribuidoras.
En la intimidad, según Estrella llegaría a saber, Maude y Pam (una joven actriz) no estaban nada interesadas en un porno lésbico que iba a hacer apología de la prostitución… pero encontraban al trío muy bueno en la cama, y siempre se podían encontrar buenas ideas también.
Angie se había comprado una casita en Los Ángeles, no muy lujosa, pero en un buen barrio, en una zona donde vivía gente relacionada con la industria audiovisual. A Angie le gustaba un poco el famoseo y el mundo de los escritores, así que acudían a fiestas. Stella encontraba que Angie era su mejor discípula pero le acomplejaba un poco haberla influido tanto, algo que al principio no esperaba.
Por las mañanas se levantaban un poco tarde, hacían deporte y escribían (y Angie iba a clases esporádicas sobre escritura de guiones). A la sobremesa hacían el amor (con más gente, si había invitadas). Era por la noche cuando hacían una vida un poco diferente. Angie iba a todas las fiestas que podía, Stella y Puree solo a algunas.
Sería una larga estancia que iba a producir escritos y experiencias, pero cuando Estrella y Puri volvieron a España por Navidad pensaron que, al fin y al cabo, no habían hecho gran cosa. Apenas Angie había logrado trabajar en un par de guiones. La mayor parte del tiempo se lo pasaron ociosamente.
La Navidad la repartieron entre “Villa Orchard” y Olivares. Pero Estrella vio que la salud de sus padres se deterioraba, y que los tíos ya estaban decididos a mudarse. Si los tíos se mudaban, la casa de al lado quedaba vacía. Se podía alquilar a cualquier guiri, pero ¿dónde meter al viejo inválido? La madre y la hermana parecían resignadas a aceptarlo en la habitación de invitados. También era posible convencer a su primo divorciado, el "más campestre" de los hijos de la tía Reme, para que se hiciera cargo de la finca en lugar de sus padres.
En enero ingresó a la madre para un nuevo tratamiento y hasta febrero Estrella no quedó tranquila para retornar a Los Ángeles con Puri, que ya parecía menos entusiasmada con la apacible y animada vida en California.
En Los Ángeles, encontraron en cambio a Angie comprometida con el primer proyecto serio en el que colaboraba, que no tenía nada que ver con Maude ni con el proyecto de la serie lésbica: se trataba de formar parte de un equipo de guionistas de prestigio para una serie dramática de temática familiar. No le pagaban nada, pero podría aprender si se consideraba que contribuía al equipo.
Así que durante dos meses, Stella y Puree se encontraron más desvinculadas de su amiga, ahora inmersa en un proyecto que no era el inicial. Dedicaron esos dos meses a hacer viajes de turismo. Fueron a Nueva York, a Las Vegas, pasaron una semana con la profesora Sarah y se encontraron con Li, que vino a Canadá a ver a sus padres. No lo pasaron mal, pero estuvieron de acuerdo en que, si no había un proyecto concreto, no valía la pena quedarse más tiempo en Los Angeles.
Sin embargo, cuando volvieron en abril, encontraron a Angie en muy buena sintonía con Maude, que ahora parecía que estaba en serio metida en el proyecto de la serie lésbica y aceptaba el personaje de la prostituta lesbiana, pero con una perspectiva diferente. A Angie no le gustó, pero a Stella sí. En este proyecto de personaje, la prostituta lesbiana era una especie de neurótica benigna, acomplejada y un poco sádica. Se trataba de una vieja fantasía que Estrella desarrolló durante su época de prostituta: cuando soñó con ser la gran señora de una mansión con sirvientas vírgenes sometidas a su capricho. Este personaje medio loco, dominador y acomplejado, no era nada ejemplar, no demostraba la inteligencia de ser prostituta-lesbiana, pero poseía una personalidad llamativa y creíble. Para Angie supondría, sin embargo, reconocer que se equivocó. Para Stella suponía un poco expresar arrepentimiento por haberle hecho, sin querer, una sugerencia imprudente a Angie.
Esto creó una dinámica de dramatismo entre ellas, que no llegó a enfrentamiento, pero que sí que dio lugar a la aceptación mutua de que ambas tendrían que seguir caminos diferentes.
Al final, el personaje que aceptó Maude era una especie de caricatura de la fantasía de Stella.
Durante el verano, Angie quiso volver con sus padres, en el Este, y escribir un borrador de una novela semiautobiográfica. Las tres fueron al Este, donde Stella y Puree conocieron a los padres de Angie, personas buenas, pero un tanto preocupadas por el sesgo extravagante que había tomado la vida de su hija. También conocieron a algunas amigas de la infancia de Angie que se esforzaron en mostrarse simpáticas con las extrañas nuevas amigas de esta nueva Angie un tanto rara, aunque sin duda brillante y que llevaba una vida nada aburrida. A diferencia de Stella, Angie había tenido muchas buenas amigas en el colegio. Después, Stella y Puree se fueron a pasar el verano con sus amigas de Europa: Hanna en Alemania, y Laurie, Anna y Li en Inglaterra.
A primeros de septiembre, fueron por “Villa Orchard”. Se mantenían en contacto por Internet con Angie. La novela evolucionaba bien. Stella le hacía muchas correcciones a medida que su amiga le enviaba páginas ya escritas. Quedaron de acuerdo para reunirse en Los Angeles a finales de septiembre.
El 11 de septiembre, Estrella estaba viendo la tele, las noticias de las tres, cuando se produjeron los atentados. Para entonces, Angie aún no había viajado a California.
Los atentados lo cambiaron todo en Hollywood. Angie no volvería hasta octubre, pero en noviembre fue a “Villa Orchard”. Para Estrella y Puri, la experiencia hollywoodense había terminado.
En diciembre los tíos se fueron a vivir con su hija en Málaga, vendiendo sus propiedades: el cortijo en el que invirtieron casi veinte años de esfuerzos al mismo tiempo que levantaban "Villa Orchard". El padre pasó a la casa de la madre y hermana, e incluso contrataron a Sofía, la hermana de Puri, para que cuidara de ellos. La otra casa se puso en alquiler tras llevar a cabo algunas reformas que la hacían más independiente.
Con el nuevo año, Estrella se encontró sin proyectos, y decidió empezar a escribir una novela, un poco envidiosa de lo bien que iba la novela de Angie, que ella pensaba que le debía mucho a sus correcciones y aportaciones.
Este año Estrella cumpliría los cuarenta.
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