La novela que iba a empezar ahora trataba acerca de lo que habría sido de ella de haber nacido hombre. A Puri no le gustaba que fuese tan pesimista.
El origen de la nueva novela estaba en unas charlas de familia en el piso bajo de la casa, durante los primeros meses del año (en verano siempre estaban al fresco, a la entrada, a la sombra bajo el emparrado). La madre ya estaba enferma, necesitada del bastón para caminar y refunfuñando cuando no se le dejaba comer lo que quería. El viejo padre solía quedarse en su dormitorio, aunque a veces parecía escuchar detrás de la puerta. Quienes hablaban era la madre, la tía, la hermana y Puri.
Estrella decía que si hubiera sido hombre, para empezar, ¿cómo se habría llamado él, le preguntó a la madre? La madre recordaba su embarazo en 1962, y que había pensado llamarlo “Antonio”, de haber sido un niño.
Antonio. Bien, entonces Antonio hubiera sido un pobre chico, un poco tonto, desorientado, con pocos amigos, debilucho y asustadizo que, como ella, habría fracasado en la universidad, sin ni siquiera la posibilidad de ser prostituta.
“Pero de haber sido chico, hubieras tenido otras opciones…” objetaba Puri.
¿Qué opciones? Estrella no recordaba servir para nada, excepto para prostituta y quizá como niñera, limpiadora o cualquier otro trabajo de mujer de los peor pagados. Sin estudios ni profesión, no hubiera podido hacer otra cosa. ¿Trabajos de hombre no cualificados? Eso es el peonaje: trabajo de fuertes brazos. Y ella no los tenía.
“Claro, porque eres chica”, objetaba de nuevo Puri, que también era de cuerpo delicado. “Pero de ser chico…”
No. Estrella se pensaba a sí misma como hombre. Tal como era, pero con genitales de hombre. Y sin pechos, claro (los suyos, por lo demás, nunca habían sido lo más espectacular de su físico... hasta que se operó). Recordaba perfectamente la división entre hombres masculinos y no masculinos. Recordaba esa distinción perfectamente porque había tratado a los hombres en la más cruda desnudez física y psicológica. Había hombres que eran como mujeres. Hombres de brazos débiles, piel blanca y suave, penes pequeños, asustadizos y pusilánimes. De haber sido ella un hombre, habría sido ese tipo de hombre, o no habría sido ella misma.
“De hecho, yo buscaba a mis clientes entre los de esa clase…”
Aprendió a conocer a los hombres en los clubs de alterne, cuando estaba con Paula. Sus cuerpos desnudos, su comportamiento desnudo, sus grotescos genitales. Eso fue a partir de mayo de 1983. Habían pasado casi veinte años, Dios mío.
Estrella recordaba muchas cosas de cuando comenzó a trabajar en el club de alterne de Madrid, a finales de aquel mes de mayo. Esos recuerdos eran la base de todo lo que siguió. La compañía de Paula fue vital, su apoyo, imprescindible. Al principio no se separaban nunca, dependía por completo de ella, de modo que las otras putas le habían dirigido miradas conmiserativas: la pobre niña tonta esclavizada por una lesbiana viciosa. En un principio, todo lo que hacía era imitar a la prostituta experta (que tampoco tenía un éxito destacado, por cierto). Los hombres les hablaban, les contaban chistes verdes, se hacían los atrevidos. Ella aprendió enseguida a ponerles la mano entre las piernas y todas aquellas idioteces. Sí, entre ellos estaban los machotes, de piel dura, manos grandes, y los debiluchos de piel fina y manos pequeñas. Calvos, muchas veces.
Había muchos tipos, recordaba Estrella, pero todo giraba en torno a lo mismo. Paula le enseñó enseguida a distinguir el tamaño de los penes por los indicios fácilmente visibles en los hombres, sobre todo por el tamaño de las manos, porque Estrella era un poco estrecha y además le tenía miedo a la sodomía, de modo que, siempre que era posible, evitaba los penes grandes. (Escuchar estas cosas horrorizaba y fascinaba a la vez; pero ninguna de las otras mujeres le pedía que callase).
Los menos hombres eran los mejores clientes. Pero la mayoría de las putas preferían a los otros, porque les gustaban los hombres que fuesen hombres, así que Estrella no solía tener problemas para llevarse a los poquita cosa. Su dinero valía lo mismo. Es más: solían repetir porque apreciaban mucho la sumisión, dulzura y educación de aquella putita de mejillas sonrosadas y grandes ojos verdes, siempre dócil, que los hacía sentirse dominadores incluso a ellos. Y que nunca les mostraba desprecio.
Sobre todo al principio, sí, en los puti-clubs… Porque cobrando solo tres mil pesetas “por polvo” (o cinco mil una hora) quienes aparecían por allí no eran los hombres ricos que conoció después. Había albañiles, camioneros, taxistas. Hombres de su clase social. Después fue pasando a los “hombres de negocios” que a veces no eran más que comerciales o mercachifles (como su propio hermano mayor). Eso fue en la "whiskería", donde estuvo más tiempo. Más semanas.
Esos otros tipos, de chaqueta y corbata, iban juntos a los puti-clubs a presumir de hombres de mundo. A burlarse de las putas, a despreciarlas. Muy pronto Estrella tuvo sus clientes fijos. La buscaban, a la vez que ella buscaba a los más inofensivos, los menos machotes, los que tenían pinta de “curitas”, como decían las folclóricas (como Paula misma).
“Chati, ven, siéntate conmigo” le decía un machote. Si podía, lo evitaba, y se iba al menos viril. “¿Me invitas a tomar algo?”, les decía con su mejor sonrisa (una sonrisa buena, no solo con labios, también con ojos).
Con el machote hablaba poco. Al principio, la cuestión consistía en cómo evitar que le metiera su cosa por los agujeros. Ella era muy buena haciéndolo con la boca, así que había que llevarlo por ahí y evitar lo otro…
“Qué bonita eres, pareces una princesita…”
“Y además soy muy buena, muy tontita”
“¿Ah, sí?, pero tontita del todo no serás, ¿verdad?”
“Oh, hay cosas que hago bien… Hay cosas que sí, que hago bien… pero soy muy tontita… No sé disfrutar de la vida… fíjate, no fumo, no bebo alcohol, no tengo novio… Me lo pierdo casi todo…”
“Ay, guapita, yo te puedo enseñar…”
“Claro, porque tú eres hombre… Pero, claro, como yo soy mujer…”
“Pero yo sé lo que una mujer quiere, preciosa… Qué bonita eres, dame un beso, anda. Uf, qué muslitos tan suaves, qué rica estás…”
“Y soy para ti… Si me quieres…”
Y así todo el rato. Pero al final acababan desconcertados y algunos casi enfadados porque ella se mostraba demasiado servil, demasiado esclava, lo cual, como su ironía, tan delicada, les resultaba indescifrable. Se negaba a decir palabrotas y a aplaudir al macho.
“Oye, tú no creerás que te estás riendo de mí, ¿eh?”
“Yo cómo me voy a reír de ti, hombre. De un hombre como tú, con estas manos, y ese bulto entre las piernas… Yo no soy más que una putita tontita para hacer todo lo que tú quieras… Si me dejaras…”
“¿Y a ti que te importa mi bulto entre las piernas si me dices que a ti lo que te gustan son las mujeres?”
“Es eso, que soy tontita… Que un hombre como tú… me impresiona tanto, que no sé qué hacer… Bueno, sí sé qué hacer, si me dejas…”
“No, espera: esto quiero que lo tengas claro: si a ti te gusta, te doy la churra y te la meto bien metida, ¿vale? Las cositas esas tuyas se las haces a los mariconcetes, ¿vale?”
“Pero un hombre como tú… con una cosa tan grande, y tan masculino como eres… No entiendo por qué quieres pagar… Seguro que habría muchas mujeres menos tontas que yo que querrían disfrutar de un hombre como tú…”
“No, si tú vas a disfrutar también, ya verás…”
“A lo mejor te decepciono… En cambio, con lo otro…”
“Claro, porque eres guarrilla y viciosa, ¿verdad?”
“Yo soy solo lo que soy. Yo soy la que soy, como decía Dios…”
“¿Dios?”
“Dios decía que él era el que era. Y era Dios. Yo solo soy una puta, y no soy más que eso. Un hombre como tú…”
“Otra vez con los cojones de “un hombre como yo”, ya vale, ¿no, nena? Venga, vamos al reservado…”
“Yo haré lo que tú quieras…”
Lubricándose bien, podía pasar, aunque no sin costes. Y encima no quedaban contentos. Decían que ella era fría. En realidad, llegados ya a ese plan tendría que negarse. Pero era incapaz de negarse. Y muchas veces le dolían sus cavidades. Por eso tenía que evitarlos. A los que eran tan hombres.
Con los otros, era otra cosa.
“De verdad que eres guapísima, de verdad…”
“Qué suerte que a ti te guste. Ven, déjame…”
“¿Qué haces?”
“¿Te gustan mis manos? Trato de que estén muy suaves…”
“Sí que son suaves, sí. Me gusta… qué buena eres…”
“¿Y a qué te dedicas?”
“Bueno, llevo una sección en unos grandes almacenes…”
“Mucha responsabilidad…”
“A veces. Pero suele ser aburrido.”
“Y seguro que ves muchas mujeres bonitas en el trabajo. Las vendedoras, las clientas… Y no puedes tocarlas, como aquí…”
“Yo ahora no recuerdo a ninguna tan guapa como tú…”
“¿Y la belleza interior? ¿te interesa la belleza interior?”
“¿La belleza interior?, ¿lo espiritual?”
“Eso es. La empatía, que yo me preocupe por ti… Ahora estoy contigo y me pregunto, ¿cómo haré que se sienta a gusto conmigo? Y si quiere irse conmigo al reservado, ¿cómo podré dejarlo contento?”
“Con una chica tan guapa como tú, eso es muy fácil. Contigo sí que quedaré a gusto… Y sí, casi seguro que sí que iremos al reservado, aunque ahora me pillas con poco dinero…”
“Qué fastidio eso del dinero. Sin embargo, a veces uno se puede dar una fiesta, digo yo…”
“¿Qué es lo que te gusta hacer a ti?”
“Pues… no lo sé. A mí me dicen que soy un poco aburrida. Quizá es que, como soy joven, me quedan muchas cosas por conocer”
“¿Vas al cine?”
“Sí, a veces, con mi mejor amiga… Y ver la tele… pocas cosas… Bailar no me gusta mucho, qué lástima…”
“¿Te puedo dar un beso?”
Sí, muy pronto aprendió a manejarlos. Cuando eran muy dóciles hasta se podía encariñar con ellos, como con un animalito feo. Cuando empezó a recibir en el piso los hombres fueron ascendiendo de nivel social, pero en el puti-club, durante aquellos tres o cuatro meses, aprendió a conocer a los hombres del pueblo, los de su clase.
¿Quiénes van al puti-club? Los sinvergüenzas y los desgraciados, los dos extremos. ¿Y qué hombre habría sido ella?
Las otras putas, a las que les gustaban los hombres, decían a veces que los clientes "no eran hombres": eran aquellos tipos, aquella chusma, viciosos. Los hombres de verdad estaban fuera. Los hombres que valían la pena. De donde ellas sacaban sus novios y hasta sus maridos. Estrella decía que, por ser lesbiana, era incapaz de distinguir unos de otros. Era el tipo de cosas que, cuando las decía, no le ayudaban a hacer amigas. Paula trataba de hacerla callar. Y muchas veces se ponía de parte de las otras.
Recordando, veinte años después, la conversación seguía. Con las mujeres. ¿Otras mujeres? ¿Las putas "no eran mujeres", tampoco? ¿Y las lesbianas? ¿Las de qué clase? ¿Las del uno por ciento? ¿Las "viciosas", como ella? ¿La sororidad futura? Las de "Villa Orchard" se hartaban de oírle disparatar. Entonces tenía que seguir sola en su imaginación. O en la pantalla del computador.
De haber sido hombre, habría tenido que ir al servicio militar al fracasar en los estudios. Y al salir, no habría tenido a donde ir. Sin profesión, sin familia. ¿Cómo hubiera podido ganarse la vida? Los únicos que se ganaban la vida con el sexo eran tipos superdotados, muy masculinos… los mismos que también se podían ganar la vida trabajando de peones de albañil…
Pensaba en aquel desgraciado que conocieron en las navidades de 1984, aquel que hacía auto-stop en una gasolinera para buscar trabajo de cosecha en la aceituna, pero que no era un campesino sino un pobre infeliz que no servía para nada y aspiraba a un “trabajo tranquilito”.
Eso habría sido ella. Un pobre vagabundo, un pordiosero.
Quizá, con el tiempo, con suerte, habría encontrado el “trabajo tranquilito”. Lo que la habría llevado a una vida infeliz. Sola (solo) en el pisucho de siempre, acompañado por su pobre madre y la hermana solterona. Una vida aburrida y tonta por el estilo de la que había llevado ella hasta los veinte años, como estudiante sin novio ni amigas. Ver la tele, hablar de tonterías con la madre y hermana. Nada.
A propósito de esto, recordaba un cliente que había tenido una vez, uno de los primeros de cuando puso el piso. Entonces ella estaba muy nerviosa, muy asustada, temiendo que se había metido en un gasto tremendo (el piso en el centro con teléfono, dos baños y portero automático, y la guardaespaldas) que le podía hacer perder lo que tan duramente había ahorrado en sus primeros meses. Podía no resultar y tener que dejar el piso. Si fracasaba por no poder con tanto gasto, habría tenido que regresar al club, con Paula. Una hora, una prostituta en Madrid cobraba cinco mil pesetas por entonces (el doble del jornal de un peón: “un polvo” equivalía a ese gasto con bastante exactitud, con ancestral exactitud). Ella pensaba pedir el triple, pero el primer día, en respuesta a su anuncio aparecido en el periódico, no hizo ningún cliente a ese precio. El segundo día pidió diez mil y enganchó al primero. Después tomó la costumbre de un día pedir diez y otro pedir quince. Hasta que finalmente enganchaba tanto a los de quince como a los de diez. Así que se puso a pedir siempre quince. Después veinte. Hasta las treinta mil que pedía por hora ya en el último año, cuando se casó con el americano.
Pero a finales del primer mes de octubre pedía solo diez mil a la hora, lo que no era mucho (solo el doble que una prostituta común), y fue entonces cuando le llamó Pepe.
“Mmm, bueno… ¿Pero eso es quedar en un hotel o algo así?”
“No, tú vienes a mí casa. Un piso muy tranquilo, en el centro… no es un local… público. Es algo muy íntimo”.
Pepe tenía unos cuarenta años, era feo, con barba, y tenía las manos pequeñas, el pene pequeño y fláccido. Un poco de barriga, y una especie de espinillas o cráteres entre la barba. Era muy dócil.
Por diez mil pesetas lo trabajó a fondo, y en la última media hora estaba completamente en sus manos, locamente enamorado. Ella no lo trató con condescendencia ni desprecio. Le daba besos, le hablaba con ternura y buscaba aplicadamente su placer.
Pepe trabajaba de oficinista en una gestoría. Una especie de peón de oficina (el "trabajo tranquilito"). Diez mil pesetas era todo el dinero que tenía al mes para gastar. No tenía coche, vivía con su madre. No tenía profesión. Una vez se había gastado dos mil pesetas en comer en un restaurante de lujo, solo, como capricho. Se vestía casi bien y le habló de un pañuelo de seda que se había comprado una vez, como capricho. Vivía al día. Lo de ir de putas lo había hecho solo un par de veces, pero le sedujo el anuncio de Estrella, que prometía “tiernas fantasías de amor”. Y ella había cumplido sus expectativas. Porque un pobre hombre como aquel Pepe nunca había recibido más que burlas y desprecios por parte tanto de las mujeres como de los hombres.
Pepe volvió a llamar en diciembre, antes de Navidad. Para entonces ella ya había subido a quince mil.
“Creí que eran diez mil…”
“Lo sé, Pepe. Me acuerdo de ti, pero es que tú fuiste de los primeros en llamar. Ahora estoy subiendo los precios…”
“Bueno, por una vez…”
Pepe volvió, y se gastó más de lo que podía. Se pasó la hora casi todo el tiempo dándole besos en la boca. Aquella pasión por su boca era común, y resultaba un tanto cansada, como todo lo que no permite variedad. Prefería entonces hacerles una buena felación que los dejara totalmente tranquilos durante un cuarto de hora que ella podía aprovechar para descansar mientras mantenía con ellos una conversación cariñosa y su conducta servil habitual (se entretenía, por ejemplo, en secarles el sudor con una toalla). A veces eso hacía que ya no le pidieran más besos por el mero hecho de haber eyaculado antes en su boca.
“Sí”, les decía por entonces a las mujeres que mantenía (madre, hermana, tía, novia). “Yo habría sido uno de esos hombres. Aspirando a un “trabajo tranquilito. Y puede que no lo hubiera obtenido jamás.”
Se ponía a pensar en ello. Sentía la vergüenza, la humillación, de ser un hombre débil. Ella había complacido compasivamente al admirador de Li. El último hombre con el que había estado (y esperaba que no hubiera más).
Como mujer, ella había sufrido mucha vergüenza, muchas humillaciones, algo de violencia. Pero eso era algo de mujer. La mujer está sometida al hombre y toda mujer se conforma en mayor o menor medida con ese trato. Se comparte esa condición entre las mujeres. La humillación del hombre debía de ser algo especialmente solitario y horrible.
“¿Tu ex marido era así?”, le preguntaban.
“¡No!”
Qué va. Marcus Ellis era pequeño (también de pene), de cuerpo frágil, feo y un poco ridículo… pero era puro nervio. Lleno de energía, de resentimiento, de voluntad de triunfo. Sus ojillos se concentraban, se volvían fríos y exactos antes de lanzarse, y después venía el relámpago de la acción. Era capitalismo puro.
“Antonio” (ella misma) nunca habría sido así. Habría sido como una mujer. Como una mujer lesbiana despreciada por todas. También había conocido lesbianas así: lesbianas hombrunas a su pesar, solitarias, desgraciadas, feas, torpes.
En realidad, la hermana de Estrella era un poco así, aunque no era lesbiana (por suerte). Pero quizá era más feliz, más inocente. Tenía amigos. Estrella, como hombre, probablemente no los habría tenido.
“Necesito saber más sobre esos hombres”, pensó Estrella en voz alta. Si quería escribir un libro sobre los hombres desgraciados, extremadamente desgraciados, los hombres que eran como ella habría sido de haber sido hombre, debía documentarse.
Le preguntó a Puri por sus hermanos. Uno de sus hermanos varones parecía un poco un infeliz.
“No es exactamente como eso que piensas”, le dijo su amada.
Fernando era un pobre sin profesión y sin suerte, pero no un inadaptado. Tenía sus amigos en el bar, lo pasaba bien en las fiestas cuando contaba con dinero. Tenía una moto vieja.
“Pero tal vez conozca a otros…”
Así que, puesta a empezar por algún sitio, unos días más tarde, quedaron a comer los tres en un restaurante de buen nivel cerca del pueblo de la familia. Fernando se parecía físicamente a Puri, pero era lo suficientemente masculino. No parecía un mal tipo. Muy pueblerino.
“Mi hermana me ha dicho que quieres saber cosas sobre los hombres…”
“Sobre los hombres sin suerte. Sobre los hombres pobres. ¿Te ha contado mi proyecto?”
Se lo contó, y Fernando pareció sorprendido. Él no sabía nada de libros y con respecto a la literatura no se mostraba ni admirativo ni despreciativo. Sabía que aquella mujer tan bella, tan rara, y que hacía feliz a su hermana, había publicado algunos libros, viajado por el mundo entero y hasta salido en la televisión (y dos veces desnuda en la famosa revista de papel cuché). Y que era muy rica. El que hubiese sido prostituta no le causaba repugnancia alguna: por tantísimo dinero quién le podía reprochar a nadie que hubiese hecho eso. Él mismo había ido alguna vez a un puti-club.
La conversación fue bien, mientras Fernando lo pasaba también bien atiborrándose de alimentos caros de los que rara vez podía disfrutar. La hermana escuchaba con interés.
Fernando había trabajado en muchas cosechas, de jornalero. En los campos del pueblo y en otras regiones de España. Alguna vez en Francia, cogiendo fruta y uva. Sí, se encontraba a muchos desgraciados por ahí. Muchos de ellos no eran gente de campo. Él mismo no era realmente de campo. Vivía en un pueblo, sí, y trabajaba en el campo, también, pero no sabía podar ni injertar árboles, no sabía manejar un tractor. Sólo sabía participar en las cosechas: recoger algodón, aceitunas o frutas. Él se había encontrado con otros en esas faenas. Que ni siquiera vivían en pueblos. Gente de ciudad. Inmigrantes sin papeles también, por supuesto.
Fernando, por su edad, no conocía mucho la época de los años ochenta (Fernando se había iniciado en el trabajo a primeros de los noventa), aunque quizá los tiempos no eran tan diferentes. Estrella calculaba que, al salir del servicio militar, “Antonio” se habría encontrado a primeros de 1985. No habría tenido adonde ir. Su horrible padre, que la había condenado a ella a ser limpiadora o dependienta, o a buscarse un novio rico (o simplemente casarse con cualquiera que le diese de comer), sin duda le habría dicho que “se buscara la vida”. Y, además, había que recordar que, en la realidad, su padre se había quedado sin trabajo por entonces. No hubiera tenido adonde ir.
¿Trabajar de cosechero, como Fernando? Quizá al final se hubiera visto así. Tal vez “Antonio” hubiera optado por alguna forma de suicidio social, un poco como ella hizo, convirtiéndose en prostituta, lo que más degradante puede ser para cualquier mujer. Convertirse en vagabundo, quizá. Claro que ella se dio a la prostitución no solo por el gusto de degradarse a sí misma, sino sobre todo porque suponía que así era posible ahorrar mucho dinero y ser libre. ¿Hubiera sido la libertad del vagabundo una alternativa?
Una fantasía típica, quizá. Un vagabundo, un hippy errante. Un ser libre a merced del viento, que viaja en auto-stop mientras alberga sueños espirituales. Eso le recordaba a Estrella sus fantasías de niña, cuando no podía salir sola a la calle. Siempre envidiaba a quienes contaban con la libertad de perderse por las esquinas. Pasear. Ir sola. Nunca se le permitía. De adolescente se le controlaban los horarios cuando iba a clase en autobús (en la parada se juntaban siempre tres chicas con el mismo destino para no ir solas). Nunca fue a casa de amigas (aunque era verdad que tampoco tenía muchas, que las otras la encontraban aburrida). Ansiaba ser libre y no se planteaba el hecho de que no habría sabido sacar provecho de esa libertad de haberla tenido.
Su madre, en el fondo, tenía razón. Si la Estrella adolescente hubiera puesto el pie sola en la calle, enseguida algún tipo se la habría llevado para hacerle esto y lo otro. De jovencita, pensaba que su madre exageraba su miedo "a los hombres", pero ahora sabía que era todo verdad.
¿Qué había soñado ella misma cuando decidió prostituirse? Había pensado en el dinero. Reunir un poco de dinero y luego irse a Inglaterra. Eso le daba opciones. No sabía cuánto podía ganar, lo que sí sabía era que prostituirse suponía una decisión radical, irreversible, que era dejarlo todo atrás y reconocer su propio autodesprecio. Era degradarse hasta el mundo de la marginalidad, muy cerca de la delincuencia (y, en efecto, conoció hombres y mujeres delincuentes, y en particular prostitutas drogadictas y expresidiarias). ¿Y si hubiera fracasado como prostituta? Aunque no se le ocurría cómo podría haberse dado eso (quizá algo del inconsciente...), de todas formas... que pasara cualquier cosa. Resignarse. Pero siempre consideró que ganaría algo. Que en vender su cuerpo no podía fracasar porque partía del hecho que ésa era la única oferta de trabajo que abundaba en los anuncios de prensa...
Como vagabundo no hubiera tenido esa opción, la del dinero. Pero ella quería el dinero para ser libre. “Antonio”, como vagabundo, también habría esperado ser libre. Como hombre, sí hubiera podido ir por cualquier parte. Sin dinero.
Le comentó eso a Fernando. Se encogió de hombros.
“Los que van por ahí, son unos desgraciados y unos vividores. Se las dan de listos, pero viven de pedir, de que les den un bocadillo. Luego acaban volviendo a sus casas”.
“¿Y si no tienen casa?”
“Pues entonces no sé. Quizá alguien los recoge por lástima. No sé. Si se tratara de uno como este que tú te imaginas, que no sirve para trabajar… Yo no sé. Nunca he conocido un caso así. Supongo que seguiría en la calle. O se daría al vino. El vino casi siempre les resulta.”
Puri intervino:
“Tal vez lo recogería la Iglesia… No sé. Hay refugios para indigentes”.
Estrella se acordó de la comunidad religiosa que visitó en Francia, cuando conoció a la lejana Martina, la suiza. Eso fue en 1988, apenas unas semanas después de dejar a su marido. Allí llegaron dos chicos holandeses que iban de hippies, o algo así. Decían que eran libres. Resultaban bastante educados. Uno de ellos había estado con los Hari Krishna y se mostraba trabajador. El otro era más un vago y un poco arrogante, casi agresivo.
“Sí, hay algunos que van viviendo en las comunas. Están un rato y luego se van, o los echan…”
Estrella recordaba los hippies rurales aquellos que conoció en la provincia de Huesca. En Norteamérica recordaba lo de Canadá, en aquella comuna femenina. Comentaban que la vida del campo era dura.
En tales ocasiones tuvo una visión de las montañas, los bosques, los lugares recónditos, con sus aromas. “Villa Orchard” también tenía buenos aromas, por supuesto, estupendos aromas, con tantas flores y árboles, pero estaba rodeada de un gran muro y la ciudad quedaba muy cerca, cada vez más cerca, porque en aquel momento todos los terrenos próximos estaban en obras. Iban a construir edificios de apartamentos.
¿En qué habría creído “Antonio”? Ella, por ser mujer, había creído en el feminismo y en el lesbianismo, había creado su propia ideología y creado su propia utopía… fracasada ya, a aquellas alturas. Él…
Tal vez él hubiera creído en una especie de anarquismo pacifista. Estrella era atea, lo cual excluía las comunidades religiosas. ¿Existía una ideología anarquista-pacifista laica? Tal vez. Desde luego, no existía el ideal de la sororidad que ella había defendido. Un ideal con el cual, de todas maneras, ni Angie, ni Hanna, ni ninguna de aquellas mujeres dulces, brillantes y sensatas se había comprometido. No lo habían necesitado.
Siendo un vagabundo, hubiera podido soñar que era un profeta errante que predicaba la paz mundial. Por supuesto, solo habría logrado ser ridículo. Ella también se había sentido estafada y ridiculizada. Se habían aprovechado de su dinero y de su cuerpo, pues las lesbianas no creían en la sororidad. Le decían que su ideal lésbico era el de las fotos eróticas de lesbianas de pega que salían en “Playboy”. Que el que las mujeres fuesen "femeninas" era una convención social. Que un marimacho también podía ser femenino. No era cierto: incluso niños muy pequeños transgénero identificaban con cuatro o cinco años los valores femeninos reales. Los que ella también reivindicaba.
Pero no le había ido tan mal, en el fondo. Había gozado mucho con su cuerpo. Había viajado, hablado con gente, conocido cosas, tenía amigas. Su hermana le decía que había hecho una vida estupenda. Porque siempre había contado con dinero y atractivo físico.
Como vagabundo, su vida habría sido miserable. No habría tenido amigos porque no habría contado ni con dinero ni con atractivo sexual. Nunca habría aprendido inglés ni salido del país. Tal vez sí hubiera vuelto a casa. Tal vez habría decidido reunir algo de dinero como cosechero. A lo mejor hubiera encontrado trabajo como peón ligero, como limpiador, o dependiente, o mozo de almacén, en algún sitio. ¿Y después?
El “trabajo tranquilito”. Claro está: habría querido ser escritor y profeta. Más ridículo.
Cuando hubiera reunido un poco de dinero, hubiera ido de putas. Con una como Paula. Paula no era mala. Y tampoco era cara. Seguramente habría fracasado también en lo sexual. Estrella había conocido a muchos que fracasaban como hombres. Por eso se había hecho rica: ella podía darles placer igualmente, y no se comportaban así las putas baratas.
Era para ponerse enferma de pensar en todo eso. Era peor que recordar su primer día en el burdel. No se dio cuenta entonces del peligro en el que se encontraba. Era eso que siempre pasa: como si se viera a otra persona haciéndolo.
Su primer cliente. No era su primer pene… Pero aquellos dos primeros chicos, sus primeros clientes en sentido estricto, estaban enamorados de ella, y eran chicos educados. Su primer cliente de burdel fue algo distinto. El pene. Sobre todo, el pene.
Penes. Ella, ¿con pene? Menuda idiota la que escribió eso de la "envidia de pene". ¿Para qué quieres un pene?
Fernando terminó el postre y se mostró relajado y tranquilo. La terrible lesbiana millonaria (la novia de su hermana) no era una persona que le desagradara. Incluso él parecía estar pasándoselo bien mientras respondía a sus preguntas.
“A ti te veo muy inteligente”, le dijo, medio adulador medio sincero. “No creo que, de haber sido hombre, te hubiera ido tan mal”.
Ella sonrió con tristeza y resignación. Qué sabía él.
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