miércoles, 10 de septiembre de 2014

Capítulo 14. De lo que se sabe

  Nunca le había contado la historia completa a Puri. Por supuesto, después de aquel primer reencuentro comiendo pescado, hubo muchas cosas en las vidas de todas, hasta llegar a la apoteosis de “Villa Orchard”, donde la madre (que había perdido bastantes kilos gracias a tratamientos médicos caros) se había convertido casi en una terrateniente, con su fiel cuñada como capataz y amiga, con los árboles frutales, las flores, el huerto, la piscina, las visitas de nietos, hijos y sobrinos, y el aroma a campo andaluz. Todo rodeado de una blanca muralla y en una casa moderna con todas las comodidades.

  Pero Puri misma reconocía el rostro ceñudo de la madre cada vez que alguna conversación se refería a cómo su hija había hecho todo aquel dinero. Y lo del lesbianismo tampoco le gustaba nada. No creía que Estrella fuera de verdad lesbiana. Lo hizo por culpa de verse metida en aquel vicio. A la madre nunca le gustó Paula, que la había pervertido. Pobre Paula.

  Era ya el bonito mes de abril, habían vuelto de Inglaterra. Estrella tenía ganas de ver otra vez a Hanna, en Alemania.

  Hanna era buena en el sexo porque se dejaba llevar con sinceridad y compromiso. Era una buena alemana.

  Volvió a pensar seriamente en escribir un libro de recetas sexuales lésbicas…

  Sí, prostituta. Entonces, todo giraría en torno al sexo. También debía pensar en su edad. Era una mujer muy guapa, pero ya no una jovencita. Antes de su “caída” pretendía que el físico le daba igual porque quería ser amada por su inteligencia. Pero el fracaso en los estudios la hundió y decidió venderse a sí misma como carne. Hizo bien, a la vista de todo lo sucedido después. Aún le quedó la ilusión de ser escritora. Lesbiana. Ser lesbiana le dio la oportunidad de "ser" algo. Como lesbiana podía relacionarse con personas de muy alto nivel, como la doctora Sarah, Hanna o Laurie, la gran novelista. Pero era también una “lesbiana del sexo”, y aunque el sexo entre personas "modernas", "de vanguardia", ya no iba unido a la sordidez y el estigma, seguía siendo una expresión limitada.

  Se había inventado después su teoría de la “sororidad”, e incluso esa teoría circulaba mínimamente por las publicaciones feministas, siempre atribuida, por supuesto, a la doctora Sarah.

  Aún se recordaba el show de la televisión británica, y a la bella española de grandes ojos. Pero su parte había sido la del sexo. Las intelectuales eran Sarah y Laurie.

  Bueno, se trataba de un reparto de papeles. Y ella no tenía mucho amor propio.

  Conversaban sobre eso, Puri y Estrella. Sobre todo cuando llovía. Lluvias de abril: era una delicia ver llover en “Villa Orchard”. Los árboles estaban grandes y muy pronto se pagaría del todo la hipoteca (¡habrían pasado diez años!). La madre y la hermana estaban en el piso de abajo, viendo la tele o chismorreando. Tal vez la tía Reme estuviera con ellas. Visitas no había. Puri y Estrella permanecían desnudas debajo del edredón, mientras afuera llovía. ¿Por qué no iban a ser siempre tan felices como ahora? ¿Por qué no guardar la felicidad, cuidadosamente, extraída de vivencias dulces como la de aquellas tardes de primavera?

  “Yo puedo ser la del sexo”
  “¿Qué quieres decir?”
  “Pues como en esos tebeos de aventuras para adolescentes: está el héroe, su amigo el fortachón, el otro que es el gracioso, el otro que es… qué sé yo… Eso vendrá de los siete enanitos de Blancanieves, ¿no te parece?”
  “¿Y tú eres “la del sexo”?”
  “Eso es: Hanna es la ingeniera, Laurie la novelista, Sarah la profesora… Yo soy la del sexo. Yo sé de sexo. ¿No dices tú que yo lo hago muy bien?”
  “Eres la mejor. Vamos, no se te puede comparar con nadie… Yo…”
  “Pues eso haré. ¿No quiero ser escritora? ¿No he fracasado como novelista y ensayista?”
  “Tus libros se han vendido…”
  “Apenas se han vendido. Si hubiera tenido que vivir de eso… Creo que lo que me he gastado en Concha, y en correctores y en… De no haber sido rica nunca hubiera podido ser escritora. No tengo talento. Nunca lo tuve. Si no tienes talento para sacarte unos estudios del montón, ¿cómo vas a tenerlo para ser escritora? Pero yo sé de sexo. Y el sexo es también importante.”
  “Contigo el sexo es todo…”

  Puri luego pareció arrepentirse de lo que había dicho, quiso rectificar:

  “Quiero decir, que cuando tú haces sexo, es tan maravilloso, tan profundo, con tanto amor…”
  “Pues eso. Ya está. Voy a escribir un libro para enseñar a las chicas a hacer sexo.”
  “¿De lesbianas?”
  “Y también a masturbarse. Todo eso de los consoladores, las cremas, las bolitas…”

  Se sentó en la cama, mientras seguía lloviendo hermosamente.

  “También enseñaré que es una delicia hacer el amor en una casa de campo cuando está lloviendo…”

  Hasta el mes de mayo se dedicó a darle vueltas a su libro sobre el sexo. Se le ocurrió un título que Puri aprobó, entusiasta: “Más amor”. Era el título de su fracasada revista. Era el título y la solución.

  Como las otras veces, organizó un índice posible que sería el esquema inicial:

1. Lo que dice la ciencia
2. Los besos, los ojos y el amor
3. La querida vulva
4. Ofrecimientos y devociones
5. Orgasmos, orgasmitos y orgasmazos
6. Decorar una tarta, cuidar un jardín
7. Ser mujeres, antes y después
8. A solas
9. Ilusiones y recuerdos

  Podía poner más capítulos, pero le parecía el número ideal para un librito de menos de doscientas páginas. Con fotos guapas. Puri se entusiasmó, le dijo que era un genio, una "genia".

  “Yo era la mejor prostituta de Madrid. También puedo ser la mejor en recetas eróticas para chicas”

  En junio fueron a ver a Concha. De nuevo en Madrid. Otra vez ver a Patri y a Toñi, que seguían pareciendo felices. O, al menos, se mostraban felices en su presencia.

  Concha y su marido, por supuesto, lo aprobaron. El marido sugirió incluir algo de bisexualidad. Al fin y al cabo, aunque el libro se escribía para que los hombres lo leyeran por morbo y algunas chicas a escondidas (por si acaso…), tendría más éxito si se incluía algo sobre los varones.

  “Ése sería otro libro que yo podría escribir: un manual para ser prostituta como yo lo fui. Puede llegarle su momento, pero ahora no”.

  Le dio la impresión de que el muy apacible marido de Concha (en presencia de la bella extravagante siempre parecía esmerar aún más su corrección) hubiera querido precisar detalles muy concretos. Quizá que dejara espacio para los hombres "buenos" como él, que no querían pagar, pero que también querían mujer. Hubieran podido discutirlo, pero Estrella no le dio opción.

  Quería escribir bien el nuevo libro. Tenía que volver a viajar, y reunir más experiencias y testimonios. Iría a Alemania, para estar con Hanna, sobre todo. Después a Norteamérica (Sarah y Angie). Y se acostaría con el mayor número de lesbianas posible.

  Y solo esta vez, cuando se despidió de Concha, estando ausente su marido, al abrazarla, con Puri un poco retirada, le susurró, totalmente en serio: “siempre me quedaré con las ganas de hacértelo a ti”, Concha se sonrojó sin hacer ningún chiste. Era una mujer poco dada a los chistes y supuestamente feliz en su matrimonio, con su amable marido y algunos niños bien educados. Quizá era el tipo de amiga que hubiera querido tener Estrella de haber sido “normal”. Como Pilar, la abogada...

  De vuelta a Andalucía, Puri no sabía si quería ir a Alemania. No hablaba alemán, y Hanna le parecía muy seria, la hacía sentirse avergonzada. Esto sorprendió a Estrella. Le parecía increíble que dos chicas buenas como Puri y Hanna no se gustasen. Puri decía que no aprendería alemán en la vida, y que el inglés que le hablaban en Alemania tampoco lo entendía. Que no quería ir.

  Estrella se asustó, ¿celos?

  Ya en casa, mientras recorrían el huerto y recogían cerezas, Puri le dijo que no, que no eran celos. Pero no quería viajar más por ahora. Quería pasar unas semanas en su pueblo, y luego todo el verano en “Villa Orchard”.

  “A la vuelta me lo cuentas todo”.

  Se besaron. Puri era de fiar.

  Fue un verano divertido. Primero fue a América. Llamaba por teléfono y enviaba fotos. Por entonces comenzaba a difundirse Internet, sobre todo en Estados Unidos. Desde luego, escribir con procesador de texto a Estrella le encantaba. Pensaba que era un sistema ideal para los malos escritores.

  Angie estaba cambiada, pero no para mal. Ya se había licenciado y quería trabajar en el mundo editorial. No muy vinculada con el feminismo. Eso sí, el dinero iba a ser un problema.

  Le preguntó si le parecía mal que hiciera lo que ella: prostituirse. No quería trabajar de profesora en cualquier sitio alejado.

  Hacía mucho tiempo que Angie no estaba con un hombre, y sus relaciones lésbicas eran buenas, pero no muy profundas. A Estrella le pareció un poco confusa, pero se sintió muy halagada de cómo le hacía confidencias y confiaba en ella. Sospechó que su amiga quizá no valiera tanto en el mercado sexual de élite (no cabía plantearse otro tipo de mercado). Angie era inteligente y guapa, pero le faltaba (creía) el dramatismo femenino que ella había utilizado. No se la imaginaba como esclava. Demasiada buena educación. Demasiada libertad.

  Durante tres semanas estuvieron acudiendo a orgías lésbicas en Nueva York. Había cierto nivel, pero le parecía todo un tanto deliberadamente perverso, no tan dulce como en Alemania, el país de los poetas y los cuentos.

  Después se llevó a la joven licenciada a California. Seguían hablando de la prostitución. Estaba claro que Angie iba a hacerlo, que se sentía atraída por la experiencia de su amiga europea. Desde luego, en Norteamérica ganarse la vida no era difícil, pero los estudios de Angie solo le permitían trabajar de profesora de primaria o secundaria, o quizá hacer un cursillo preparatorio de cualquier otra cosa. Y Angie no tenía una relación sentimental estable. Lo de ser prostituta… eso también conllevaba estigma en Estados Unidos. En eso, no era mucho mejor que en España, aunque fuese legal en el estado de Nevada.

  Pero el principal problema que veía Angie era su edad: había cumplido veinticinco años y le parecía demasiado mayor para empezar. Eso a Stella le pareció una tontería, pero sí que tenía que aprender algunas cosas para excitar a los hombres: caminar con tacones, contonearse y todo eso. Stella ya lo había olvidado, aunque a su marido le gustaba que fuese coqueta: tantas cosas que tuvo que aprender para complacerlo, lo de bailar y más cosas.

  Era claro que Angie esperaba aprender mucho de su amiga española. En California, aunque tomaron parte en  varias orgías lésbicas (entre ellas, algunas organizadas por gente del mundo del cine), Angie siempre le hacía preguntas que su amiga trataba de responder.

  Un poco para asustarla y que se lo pensara bien, le habló de cuando conoció a su marido, en aquella orgía en Inglaterra, en abril de 1986. Acudió allí más que nada para aprender inglés y para conocer un poco el mundo de la prostitución de lujo internacional, porque entre el viaje, el tiempo de espera y el cambio de moneda, tampoco ganó mucho más que si se hubiera quedado en Madrid, cuando por entonces estaba en la cima de su carrera. El ambiente era tétrico, intencionadamente aterrador. Cuando tuvieron reunido el rebaño de chicas en la mansión donde tendría lugar la orgía, la madame y los proxenetas, rodeados por los espectaculares matones paramilitares, les dieron una charla que para ella significó poca cosa porque apenas se enteró de nada, dado sus escasos conocimientos de inglés por entonces, pero que para las otras debió de resultar alarmante. Cuando quiso después preguntar sobre lo dicho, las otras, que eran antipáticas, apenas le dijeron nada. Pero alguna hizo su bolsa y se marchó.

  Aquel mal ambiente era deliberado, pues lo que habían planeado los proxenetas (como encargo de los poderosos que habían promovido aquella fiesta) era una especie de "fiesta caníbal" en la cual las mujeres serían aterrorizadas por los machos. De eso era sin duda de lo que las habían advertido: de que se trataría de una performance sádica, de que los machos las tomarían como los lobos toman a las ovejas. Por eso el ambiente era de frialdad y crueldad. Sí que entendió que algunas iban a ser marcadas para recibir golpes y ser ensuciadas con excrementos. Se les escribía unas letras en el brazo para eso. Cobraban más. Ella estuvo entre la mayoría que no aceptó. En realidad, ella fue de las que menos dinero ganó: era morena, relativamente baja y no vino muy recomendada.

  Los matones, con los que las más estúpidas intentaron coquetear, eran -decían- excombatientes de la guerra de las Malvinas y permanecían muy firmes en su papel, con voces duras, estridentes y roncas, cuarteleras.

  El día de la orgía habían dormido todas apelotonadas en las habitaciones para sirvientes de la mansión, en las buhardillas. A gritos les dijeron que se prepararan, más o menos a la hora del té. Se pusieron unos "bodies" muy frágiles, transparentes, y se aderezaron con tacones y maquillaje, para después ser ordenadas en fila. Algunas se lubricaron los orificios utilizando diversos pequeños y manoseados envases que se pasaban unas a otras, cosa que ella también se apresuró a hacer. Mientras, la madame y los proxenetas las inspeccionaban deliberadamente como si fueran ganado. Las altas rubias con buenas tetas delante. Entremezcladas, las marcadas para ser golpeadas y vejadas (la mayoría tenían aspecto de drogadictas), a ella la pusieron entre las últimas. Calculó que eran unas cincuenta. Siguieron las órdenes y los gritos, encaminándolas hacia la gran sala de baile de la mansión, al final de la escalera que habían de bajar desfilando. Y particularmente se oía una voz tronante de un tipo que gritaba a los que esperaban abajo. Al principio no entendió lo que decía, pero las chicas se estremecieron de miedo. Más tarde Marcus se lo explicó, divertido: lo que gritaba era "¡Carne!, ¡baja la carne!, ¡deliciosa carne de mujer!, ¡tomen su carne!, ¡carne de mujer!, ¡magnífica, tierna y sabrosa carne de mujer!, ¡carne!". Como en un mercado. Alguna dudó, y entonces los guardianes las coaccionaban a gritos despiadados, aunque sin tocarlas.

  Con una iluminación escogida, ellas eran perfectamente visibles mientras bajaban, temblorosas y asustadas: se marcaban sus muslos blancos, sus brazos delicados, sus ojos y labios maquillados, sus cabelleras esponjosas. Abajo había poca luz, o a ellas les parecía poca, como si fueran hundiéndose en un pozo infernal, poblado de demonios. Ésa era la idea: ellos estaban abajo y a veces coreaban al bruto que les gritaba que estaba bajando la carne de mujer para su placer de hombres. Muchos iban disfrazados con máscaras: de demonios, en efecto, o de fieras salvajes (leones, tigres, lobos...). Los matones guardaban el orden: que esperaran a que las víctimas llegasen al final de la escalera, y solo entonces podían agarrar del brazo la carne que les apeteciera ("buffet libre"). Los matones indicaban cuáles eran las que aceptaban ser maltratadas, para que no se dieran confusiones lamentables. Tironeaban de las rubias y se oía entonces sus gritos de susto y cómo sus bodies frágiles eran rasgados. Las fornicaban allí mismo, como violándolas. Como ella iba entre las últimas, encontró solo una confusión de empujones, en la cual un tipo ágil pero menudo, de dedos fríos, delgados y duros como garras, la asió y se la llevó a un sofá donde "la hizo suya": era Marcus Ellis, su futuro esposo.

  Cuando vio la película "Eyes Wide Shut" pensó que la escena de la orgía se parecía un tanto a aquella. La escenificación fue tan perfecta, tan intencionada, que se preguntó si no la organizó el mismo Kubrick, que por entonces ya era un hombre rico y famoso. En aquella época había estado rodando en Inglaterra "Full Metal Jacket", así que podía haber estado allí, ser uno de los brutos que se divertían con la despiadada violencia verbal de los militares que gritaban "¡Carne!, ¡carne de mujer!"

  El relato interesó mucho a Angie, pero no la asustó. Aseguró que se hubiera prestado, como Stella, a la experiencia de sumisión y humillación.

  Fue en San Francisco, después de una agradable cena en la que tomó parte la profesora Sarah, que se había desplazado hasta allí para estar con sus amigas, cuando Angie y Stella tuvieron su conversación más reveladora. Angie comenzaba a pensar que tal vez se había precipitado en convertirse en lesbiana. Aunque no empleó un tono de reproche, opinó que la seducción que ejercía una mujer tan bella como Stella podía impresionar demasiado a una muchachita como la que Angie era cuando se conocieron. Notaba el hecho de que ya no le atrajeran los chicos como una especie de infección que había contraído. A Angie siempre le habían gustado los chicos. Sí, de acuerdo, le gustaban solo los chicos “buenos”, tendencia que Stella identificaba como síntoma inequívoco de lesbianismo innato (que le gustaban los chicos que eran “como mujeres”), pero ¿por qué ahora ya ni esos chicos le gustaban? Podía estar con una pareja de chico y chica, darse cuenta de que el chico era dulce, incluso guapo… y sentirse más atraído por la chica. Eso no le parecía normal. Incluso le gustaban rasgos del cuerpo de las chicas que antes no le llamaban la atención. Se educaba el gusto. En un principio, solo se sentía atraída por los rostros dulces y maternales (el amor infantil por las muñecas). Siempre se empieza así. Pero ahora le atraían las figuras bonitas, incluso los culos y las tetas. Incluso cosas en las que nunca había pensado, como los brazos y los deditos de los pies. Las vaginas.

  Y, por encima de todo, odiaba ser pobre. Pensaba que para ser una lesbiana feliz hace falta dinero. Y la mejor forma de conseguirlo era la prostitución. No quería hacerlo en Nueva York, así que tenía que hacerlo en Los Ángeles. O en Las Vegas, claro.

  Sintiéndose en parte responsable, bastante fascinada y un poco enamorada, Stella se fue a Los Ángeles con Angie y la ayudó a iniciarse en la prostitución. Recurrieron a una agencia a la que acudían aspirantes a actrices, modelos y todo eso. Pero en Los Ángeles estaba prohibida la prostitución y eso podía significar que acabasen detenidas. Hubo que irse un poquito más al este, a Las Vegas, la inevitable. Allí contrataron a una chica guardaespaldas. Una nueva “Patri”.

  La cosa empezó a funcionar. La chica guardaespaldas era una robusta negrita de Los Ángeles, que se enamoró enseguida de ambas, pero que parecía buena. Con todo, Angie pensaba que podía ganar más. Pronto se dio cuenta Stella de que lo de Patri había sido un descubrimiento: la unión entre una chica guardaespaldas y una putita culta y ambiciosa podía resultar muy fructífera tanto en lo económico como en lo personal. El problema era que esta negrita se estaba enamorando muy rápido. Patri siempre se controló gracias a la vigilancia de Elena y a las convicciones lésbicas de Estrella: para el gusto de Estrella, Patri se parecía bastante a un hombre; pero Angie, en cambio, tenía sus dudas en cuanto a sus gustos personales. De todas formas, la pasión abrió también los sentimientos y lo que se descubrió parecía algo bastante bueno. Su querida amiga no contraía las pupilas llevada por el resentimiento y los secretos inconfesables. Solo quería ganar dinero y vivir aventuras.

  A primeros de septiembre, cuando Stella regresó a España, Angie ya estaba sacando mil dólares diarios, aunque se cansaba porque tenía que ir a domicilios y hoteles. Lo bueno era recibir en casa, hacerlo como ella lo había estado haciendo en Madrid. Y tal vez pescar un millonario. En realidad, mil dólares diarios de beneficio (sin contar, por supuesto, los gastos) no era mucho aún. El objetivo era sacar un millón de dólares en un año. En un año bueno...

  Todo eso dio para muchas conversaciones con Puri en “Villa Orchard”. Hicieron muy buen sexo a la vuelta. Y coincidió con una prolongada visita de la hermana pequeña de Puri, Sofía, que era una muchachita más linda que Puri, muy tímida, pero que ya no sentía miedo del lesbianismo. A Estrella le despertó ciertos deseos, pero también resultaba que era bueno reprimirse. La hermanita no coqueteaba con ella en absoluto. No parecía interesada en nada del sexo.

  En este entorno, Estrella terminó su libro de recetas sexuales ("Más amor") añadiendo todas las cosas que se le habían ocurrido durante sus viajes. Redactó el libro en inglés y en español, contando con que podría venderse en ambos países. Con Concha planeó su promoción.

  Salió a mediados de diciembre, para Navidad y Año Nuevo.

  Fue un buen invierno. La vida hogareña estaba muy estabilizada. A Estrella incluso le divertía la presencia de su padre en la casa de la tía Reme. La madre se entretenía hablando con él. Era curioso ver cómo fallidamente ocultaba su resentimiento aquel viejo. Un modelo masculino. Un tipo inofensivo. Un viejo que no valía nada.

  Además, se terminó de pagar la hipoteca. Ahora Estrella era mucho más rica. Decidió comprarle una casa a Puri en su pueblo, para ella y su hermana. Una especie de gratificación por su trabajo en casa (y Sofía había ayudado mucho durante su estancia). Pero eso solo consumía un año de los intereses. Para el año siguiente, Estrella cancelaría la hipoteca del piso de Torre del Mar. Más propiedades. Le gustaba poseer. Por supuesto, también donaba a caridad, pero solo una parte.

 Dedicó los primeros meses del año 99 a promover su libro. Estuvo en la tele, en algunos actos públicos. Su libro consiguió cierta popularidad y le permitió volver a sacar sus libros anteriores. Se sintió más “escritora”. La invitaron a fiestas y conoció a algunos famosos. Puri la acompañaba, bastante divertida.

  En marzo se fueron a Inglaterra. Allí estuvieron con Laurie y las otras (con Li…), y encontraron editor en inglés. El libro saldría antes del verano. Laurie le comentó el éxito de la teleserie “Sex and the City”, que a Stella le pareció asquerosa. Fue entonces cuando se le ocurrió lo de escribir una sátira que se llamaría “Crazy for cocks…” Laurie encontró divertida la idea. Laurie estaba saliendo ya del nicho de “novelista lésbica”, y quería alcanzar a un público más amplio, pero no desdeñaba las novedades dentro de su mundo aún de límites indeterminados.

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