Sus tres libros por ahí andaban. Se vendía algo y se había hecho alguna nueva edición, pero eran demasiados libros, así que Estrella ya no tenía prisa por desarrollar nuevos proyectos de esa clase.
Recibía cartas, pero tampoco eran tantas como esperaba. En octubre vino Laurie y su nueva novia (una periodista de pelo largo y muy coqueta). Hubo sexo (a cinco) y conversaciones ingeniosas. Quizá lo más feliz fue una tarde (después) en que, a petición de Laurie, Stella leyó parte de su única novela a la novelista de éxito británica. Traducía como podía, ya que Laurie no conocía el español. Pero Laurie pareció interesada por la historia. Captó, por ejemplo, que el personaje de la prostituta “Clara” (“Clara” había sido también el nombre que Stella había usado para prostituirse al principio) no era exactamente como su amiga española: era más audaz, incluso llegaba a ser violenta. Y tomaba drogas. Esa diferencia le había parecido una buena idea. En cuanto al chico sodomizado, le preguntó a Stella de dónde había sacado la idea. Le aseguró que se lo había inventado por completo. Nunca había conocido a un chico así. Klaus, el hermano de Hanna, no era así.
“Podría publicarse en mi país, no sé…”
Eso a Stella la dejó contenta, aunque no se lo tomó en serio. Tampoco le pareció que Laurie se hubiese limitado a ser amable. La habilidad de Estrella como escritora tal vez no existiese, pero sería necesaria cierta atención para darse cuenta de sus carencias. Ante Laurie, se había apuntado un tanto.
Cuando se fueron, la madre estaba disgustada. Cinco. Estrella había bajado al primer piso a encender la chimenea justo cuando estaban de visita las terribles sobrinas fanáticas religiosas. Sonrió y dijo que necesitaban más calor.
“Vosotras en el piso de arriba haciendo vuestras cosas…”
“Pues apenas hemos hecho ruido…”
“¿No tienes para eso el piso de Torre del Mar?”
“Es un poco pequeño…”
En realidad, el piso ahora apenas lo usaba. Quizá tuviera que ponerlo en alquiler. O venderlo. Tardó tiempo en darse cuenta de que lo usaba mucho menos desde que Puri estaba instalada en casa.
La madre engordaba otra vez. Habría que llevarla de nuevo a la clínica a que la pusieran a punto. Estrella, por otra parte, ya con treinta y cuatro años, corría un par de kilómetros diarios por el “sendero perimetral” dentro de la finca amurallada. Tres vueltas eran un kilómetro. Después, hacía un poco de pesas y las tablas de gimnasia que le enseñó Patri en el piso de Madrid, más el trabajo en el huerto de vez en cuando. Toda esa disciplina resultaba casi fastidiosa (si una mañana llovía y no podía correr, se sentía aliviada), pero le hubiera resultado insoportable abandonar, descuidarse. Le había ayudado mucho ocuparse de su cuerpo. Porque entonces valía dinero, mucho dinero. Ahora le proporcionaba placer y amistad.
A veces se sentía incómoda por vivir con su madre. Y eso que la quería mucho, los momentos en que estaban a solas, o apenas con la hermana y la tía Reme (Puri era también bien aceptada) resultaban muy agradables, propiamente familiares; el tono de la conversación era siempre cálido y relajado. La madre veía la tele, paseaba por el huerto (los frutales estaban espléndidos), incluso conversaba con “el viejo” en la otra casa. Tenía motivos para estar contenta. Pero siempre quedaba "eso". Y era como si vivir con la madre equivaliese al reconocimiento de una culpa, de una vergüenza. Viajar mucho no la compensaba. Era millonaria y no siempre se sentía libre.
Siempre quedaba "eso". Todo estaba dicho.
En noviembre se publicó “La sororidad” en español, una traducción revisada. Tuvo poca difusión. Concha, sin embargo, le consiguió participar en un par de programas culturales de la tele. Gente educada que, a petición suya, no le preguntaron por su turbio pasado. Le llegaron más propuestas de televisión, pero no del nivel que ella deseaba.
La Navidad decidió pasarla en Alemania. Puri la pasó en su pueblo, con sus hermanas. Li viajó a Londres, invitada por Laurie. Para año nuevo se les reuniría Stella allí.
Con Hanna y Brigitte estuvo muy bien. Hanna iba a acabar sus estudios de ingeniería después de siete años de cursos, ampliaciones y prácticas de especialización. Iba a conseguir entrar en un centro de estudios avanzados en la costa báltica. Brigitte la seguiría, como su compañera y tal vez la futura madre de sus hijos. Brigitte tenía la cara pequeña, morena, pecosa, el cuerpecillo huesudo. En cierto modo, recordaba a Puri, pues era muy humilde: trabajaba de camarera y había hecho cursos de peluquería y contabilidad. Eso era práctico: podía acompañar a su amada a cualquier parte y obtener empleo. No hubo mucha charla acerca de colmenas o monjas lesbianas. Pese a su humildad, Brigitte no toleraba los tríos y Stella no sentía un deseo especial por Hanna. Lo que sí sentía era mucho amor. Con su seriedad y su discreción, la joven ingeniera era un modelo de delicadeza de sentimientos. Dedicaron dos días a una larguísima conversación acerca de la maternidad. Hanna quería ser madre. No solo quería criar a una niña (o a un niño) con su novia. Quería sentir su cuerpo hincharse. Estaba al tanto de las incomodidades, pero pensaba que valían la pena. En cuanto estuviera en el Báltico, después de Navidad, se pondría a ello. Querían hacerlo juntas, quedarse embarazadas a la vez, para compartirlo. Stella les ofreció su casa para unas vacaciones relajadas, antes, durante o después. Ella y Puri podían cuidar de las dos sí se diera la feliz casualidad de que quedasen "incapacitadas" al mismo tiempo. "Hoy en día, eso es poco probable", le dijeron, felices de sentirse queridas.
“Tú, en vez de hijos, tienes libros…”
Stella sonrió:
“E igual que los hijos, los quiero lo mismo si son buenos como si son malos…”
Les comentó que le hubiera gustado recuperar el contacto con Irene. Les habló de cómo la había excomulgado aquella profesora feminista en París.
Una vez en Londres, se alojó en casa de Laurie. Tenía un poco ganas de hacer sexo, y eso las unió mucho en aquellos días. Li, fuera de “Villa Orchard” se mostraba como más mujer, más madura, más canadiense, y menos “turista”. Expresaba ideas propias y había decidido quedarse más tiempo allí, lo que indicaba, probablemente, que ya estaba dando por concluida su larga estancia en España. La sorprendió como muy partidaria de poner en marcha la colmena. ¿Por qué no en Londres? Había un trío de chicas jóvenes, estudiantes de último año, que se habían puesto en contacto con Sarah y parecían muy interesadas. Laurie misma estaba dispuesta a tomar parte.
Por un momento, Stella temió alejarse demasiado de su madre y de los queridos frutales pero, por otra parte, Londres estaba como quien dice al lado de Málaga, dado el gran número de vuelos diarios que traían y llevaban turistas.
Un día de enero acudieron a un programa de la tele británica, Laurie y ella, a hablar de feminismo lésbico. La idea de la “lovely sisterhood” era vagamente conocida gracias a algunos artículos de prensa. El programa se emitió a la hora del té y lo vio bastante gente. Hubo llamadas de personas interesadas.
A la salida, la agente de Laurie comentó que ahí podía haber algo. Laurie tenía prestigio y Stella estaba muy guapa y contaba con aquel curioso acento difícil de identificar (medio español, medio norteamericano). Las dos habían hablado muy bien, con mucha serenidad y dominio.
“Yo solo he venido a Londres a pasar unos días contigo…”
Pasó la última tarde con las tres estudiantes inglesas. Una de ellas era una mulatita que le recordó a las mulatitas que empleó en Estados Unidos cuando era la esposa de un hombre rico que se daba caprichos: una mulatita para aprender inglés, otra para aprender a bailar y otra para…
Las vio sensatas y entusiastas, las vio bien. Con sus pantalones, su pelo recogido, su apartamento lleno de cojines y peluches. Salvo la mulata, que se había salvado de un entorno poco recomendable, las otras dos procedían de internados femeninos, eran hijas de padres educados y cultos, y querían tener más amigas. Stella les confesó que suponía para ella casi una obsesión el cuantificar la felicidad: si lograba reunir en una casa –colmena- a todas las mujeres que amaba…
“Y si esa casa pudiera vivir por sí misma… quiero decir que el amor que depositáramos en él revertiera en… la misma casa. Quiero decir, que ese amor se incorporara a la casa. Que cualquier chica que entrara lo percibiera… y que fuera poseído por él…”
“No ha de ser euforia. La euforia es privada. Ha de ser… hogar…”
Las chicas asentían, obedientes y atentas.
“¿Vendría Laurie?”
“Pues claro”.
Las chicas asentían.
Se fue a Málaga a pensarlo, consultó con Puri, en la cama, abrazadas, desnudas, calentadas por los mutuos besos. Puri no lo dijo entonces, pero aquellas semanas separadas de ella, en su pueblo, con sus padres y hermanos, mientras la mujer que amaba departía con sus amigas extranjeras, la habían hecho sentirse abandonada. Había llorado y pasado mucho miedo de quedarse sola. Cuando regresó a "Villa Orchard", a esperarla, la madre y la hermana se dieron cuenta de que aquella muchachita tan alegre estaba profundamente triste porque en la casa no estaba la dueña y señora.
Pero Estrella había vuelto, y no se podía dudar de la sinceridad de sus besos. Y Li se había quedado en Londres.
“Vivir en Inglaterra…”
“Como yo quería cuando era una jovencita virgen, como tú: irme allí a cuidar niños... y a vivir”
“¿Y esas tres chicas son majas?”
“Mucho. Son como gatitos.”
Le hacía ilusión. Por esos días su padre enfermó. Incluso se temió que fuera un cáncer, pero no. Era algo intestinal que tenía arreglo. Sin embargo, quedó más débil y desvalido que nunca. Ya no podía conducir su viejo automóvil.
“La vejez… es así”, le dijo su hija. Aquel tipo ya no significaba nada para ella. Ya no lo odiaba, como cuando formó aquella pelea atroz con su madre, siendo ella una adolescente. Recordaba su rostro grotesco, cuando la mimoseaba y le daba asco, de niña, aunque ella se negaba a aceptar que era asco. En el fondo, su padre le recordaba a los hombres con los que se había prostituido. Solo que era pobre. Con dinero, por dinero, las relaciones se delimitaban bien y se hacían más tolerables.
Su padre: su resentimiento, su falsedad, su maldad de hombre cobarde que se desahogaba con la esposa e hijas de las humillaciones que recibía de los otros hombres. Mundo de hombres.
Su hijo varón, por lo demás, ni siquiera fue a verlo al hospital. Ése no era un cobarde, pero sí falso y canalla.
Ya es suficiente.
“¿Y te vas a quedar a vivir allí?” le preguntó la madre, un poco triste, pero no mucho.
Estaban frente a la chimenea que caldeaba toda la casa. Habían apagado la tele y comido morcillas a la brasa. Estrella temía que la salud de su madre empeorara si la dejaba sola con la hermana y la tía. Iba a comer cualquier cosa y a hacer menos ejercicio. Habría que ingresarla otra vez. Mantenerla con vida, y con salud, a toda costa.
“Vendré de vez en cuando. No tengo obligaciones. Para mirar lo de los libros, y eso. Quizá me ponga a escribir en inglés. Laurie me dice que tengo que intentarlo.”
“¿Puri se va contigo?”. A la madre le gustaba Puri.
“Claro. Está como loca de contenta: vivir en Inglaterra. Es muy lista, ya ha aprendido inglés solo de estar con Li y conmigo.”
“A lo mejor se queda un poco sola la casa…”
“Tus nietos vendrán más, si yo no estoy…”
La madre se puso a llorar. Hubo que esperar a que se le pasara, sin decir nada.
En abril, Inglaterra florecía. La gente usaba los teléfonos móviles con mucha más asiduidad que en España. Todo resultaba más colorido y la gente, incluso la gente sencilla, añadía una frase ingeniosa a cualquier comentario casual. En el Metro muchos leían libros y la oferta de espectáculos era una especie de bombardeo constante. A Stella le encantaban el té y las galletas de mantequilla.
Alquilaron una casa al sur de Londres. Una típica casa inglesa con jardín. Había cuatro baños y diez dormitorios.
Una noche, después de un día muy divertido, con ocho mujeres en la casa ya instaladas, la agente de Laurie tuvo una conversación con las dos “jefas”.
Querían hacer un reality show. ¿Qué mejor forma de promover la “lovely sisterhood”? Eso daría dinero, por cierto, pero, sobre todo, haría que la nueva idea fuera conocida por el público en general. A Sarah no le gustaba la tele, pero a los de la tele les gustaba mucho Stella, y Laurie era una novelista de prestigio.
“Para el público masculino, la idea de entrar en una casa de lesbianas guapas y simpáticas resulta muy sexy. A las chicas, les puede despertar la curiosidad”
“Esto hay que pensarlo bien. Tú, Laurie, ¿lo aceptas totalmente?”
“Claro que sí. Pero me tienes que dejar que escriba yo el libro. Tú ya has escrito el tuyo con tu profesora americana.”
“¿Qué libro?”
“Uno sobre el show.”
Todas ganarían. Pero había que convencer a las otras. La toma de decisiones también era un asunto importante. La mulatita dijo que sus padres no volverían a hablarle, pero estaba dispuesta a aceptarlo.
En cierto modo, existía un precedente de aquella experiencia: unas
hippies lesbianas habían montado una comuna urbana en los años setenta a
la que le dieron cierta publicidad. Duró poco y eran tipas duras, más
bien agresivas y feas, pero lo importante era que había surgido esa
idea, de que tenía sentido pensar en nuevas formas
"familiares", expansivas de la sociabilidad femenina. Veintitantos años
después, Stella había conocido a alguna de aquellas mujeres durante sus
indagaciones en norteamérica. Pero lo que iban a proponer ahora,
esperaba, sería distinto, más basado en una feminidad universal, y menos
en esquemas combativos dentro del contexto "contracultural", que a ella
le seguía pareciendo básicamente masculino.
Había que discutir los guiones.
Se decidió que el show se lanzaría en septiembre.
Fueron unas semanas felices. Estrella hizo un solo viaje a España aquella primavera. No le gustó ver a su madre menos animada y a su hermana más indolente. Faltaba Puri en la casa, y eso se notaba en el desorden. Incluso tía Reme estaba más vieja, un poco enferma. El viejo, muy decaído. Y los nietos no venían tanto como se esperaba. Quizá en verano, cuando pudieran bañarse en la piscina. Los que estaban maravillosos eran los árboles.
En la colmena inglesa, tendría ella misma que limpiar y fregar. Eso estaba bien. Para el show. De todas formas, cuando Puri limpiaba en "Villa Orchard", ella solía ayudarla. También lo hacía con Toñi, en el piso de Madrid. Poniéndose guantes para preservar sus delicadas manos, por supuesto. Toñi pensaba que lo hacía por magnanimidad de mujer poderosa. En realidad, le explicaría Estrella más tarde, lo hacía como parte de su entrenamiento como "esclava": ante los hombres, ella había de ser humilde y servicial; le convenía asumir el rol en tantos actos de su vida como fuese posible.
Cuando volvió a Londres, Laurie le presentó a otra voluntaria: una pintora madura y heterosexual. ¿Una colonia de artistas? Las tres estudiantes eran muy modestas: dos iban para farmacéuticas, y la mulatita iba a ser fisioterapeuta (eso estaba bien: hadas buenas, mujeres que curan). La pintora le pareció una persona casi conflictiva, pero había hecho exposiciones y, sin ser rica, se ganaba bien la vida. Se quedó con el dormitorio más iluminado.
Cuando Laurie y ella se encontraban, consultaban los guiones que estaban planeando. El proyecto le interesaba a Stella cada vez más. Y el sexo estaba bastante bien, de lo mejorcito en su gran experiencia: las tres chicas eran tiernas y Puri se había vuelto muy atrevida. Li, en cambio, se dedicaba a trabajar y a ganar dinero, le gustaba volver a tener un trabajo estable, y no estaba tan pendiente de la vida sentimental como las jovencitas. A Li le sentaba bien vestirse para ir a la oficina donde ya le habían dado un despacho propio. Se le alejaban las utopías y parecía encontrar crecientes recompensas en el mundo iluminado del éxito profesional.
Durante el verano, se dispersaron. En una rápida visita, Estrella se dio cuenta enseguida de que los nietos habían vuelto ya a “Villa Orchard” y a la madre se le había pasado el decaimiento. Su sobrina tenía ya diecisiete años. Apenas la reconoció. Se quedó un día, pero se supo despreciada desde el primer momento por su hermano. El rechazo era mutuo, así que Estrella se llevó a Puri. Pasaron dos semanas juntas viajando. Fue una experiencia nueva.
Tenían gente a la que visitar por España, pero sobre todo viajaron en coche. A Puri le gustaba conducir y a Estrella le gustaba verla al volante.
Y hubo un día que tuvo lugar una extraña historia con una camarerita en un pueblo de Albacete. Habían ido hasta allí solo por el paisaje. No había nadie en el restaurante de carretera.
“Son maravillosos estos llanos”
La chica parecía encantada con las dos visitantes, tan educadas y simpáticas, muy diferentes a la gente que veía todos los días. Se notaba enseguida que quería que la rescatasen de allí.
“Esperad a que haya tormentas. Son espectaculares.”
No venía casi nadie por el establecimiento. La chica parecía estar sola. Tenía un aspecto modesto, más rellenita que Puri, que no tenía pechos, con la cara más redondita y formada. Se apetecía.
“¿Tienes novio?”
La chica se rió. ¿Por qué preguntaba eso?
“He salido en la tele alguna vez. ¿no sabes quién soy?”
La chica abrió mucho los ojos: ¡una famosa!
“Me gustaría llevarte conmigo. Vamos a hacer un show en la tele”
Puri estalló a carcajadas, casi se ahogaba.
“Sí, en Inglaterra. Ya verás, aprender inglés es fácil”
Entonces fue Estrella la que casi no podía hablar de la risa, intentó decir (y al final lo consiguió):
“Déjalo todo, y sígueme.”
La chica se quedó con la boca abierta. Debía de tener veinte años. Probablemente era la hija de la casa. ¿Dispondría de planes de futuro? Era el momento de averiguarlo. ¿Sería aquello cierto? Puri le había contado a Estrella que muchas chicas de pueblo a veces vivían un arrebato y desaparecían. Normalmente, se iban con un tío. O se metían a puta, como la pobre Paula.
O no salían nunca de casa. No salían nunca del pueblo. Salvo que tomaran el camino de los estudios… si no…
“Pero… no sé de qué me hablas…”
“Tienes que venirte conmigo ahora mismo. Ahora, te montas en el coche… Cierras la puerta, dejas una nota a quién sea, y te montas con nosotras… Yo me haré cargo de tu vida…”
Puri se puso seria y un poco resplandeciente:
“Conmigo lo hizo… y no me ha ido mal… Yo soy de un pueblecito peor que éste…”
La chica de verdad se lo estaba tomando en serio. ¿Qué sabía de aquella belleza tan excéntrica? Que había viajado mucho. Que tenía un Mercedes. Que mostraba sensibilidad, buen juicio, dulzura y había leído muchos libros. Que había salido en la tele. Era alguien importante.
Ni siquiera había dicho su nombre.
Intentaba sonreír. Entonces entraron dos pueblerinos que se habían bajado de una furgoneta y que demostraban conocer a la chica. Podían ser parientes suyos. Se sobresaltaron al ver su expresión cuando las interrumpieron.
“Bueno, nos vamos”, dijo Estrella, tontamente acobardada.
Aquella noche, cuarenta kilómetros más allá, abrazadas las dos en la cama (la señora del hotel no disimuló su disgusto porque pidieron una habitación para dos con cama de matrimonio), comentaron que no lo habían hecho bien. Que al final no lo habían hecho bien.
“Volvamos mañana a por ella”, insistió Puri.
Estrella dijo que estaba bien así. No podían hacer eso todos los días.
“Pero si no lo hemos hecho nunca”.
A la mañana siguiente volvieron y fue un grave error. La chica reconoció enseguida el coche y salió a su encuentro cuando apenas se estaban bajando. Era otra. Estaba enfadada y asustada.
“Marchaos de aquí. Ya sé quién eres.”
Esta vez Puri aceptó sin decir nada. No se podía protestar. No hablaron hasta que estuvieron a muchos kilómetros de aquí.
“Ya está. No pasa nada”. Y no volvieron a hablar de ello.
Aquel humillante fracaso tuvo la virtud de unirlas más aún. Estrella sospechaba que estaba perdiendo a Li, a la que parecía gustarle la vida en Gran Bretaña. Bueno, precisamente era ése uno de los asuntos que más la interesaban: cómo un amor angélico bien construido permitía afrontar las pérdidas. Cuando hablaba con Puri de ese asunto ella estaba plenamente de acuerdo: no se puede construir un amor desde el punto de vista del deseo de la posesión y la angustia del temor a la pérdida.
Por eso, cuando al final del verano volvieron a la casa británica, se consideraron muy doctrinalmente unidas.
Entonces se produjo un reencuentro con Ann. La apacible Ann había perdido más atractivo físico aún (¿por qué engordaba?, ¿no implica eso abandono?), pero resultaba una alumna muy buena. No quiso sexo, ni implicarse en la casa. Tenía su propia vida, una vida inofensiva y, por lo visto, feliz. Solo había venido a ver a sus amigas, y a sentirse querida por ellas. Cuando se fue (no, Ann no era feliz), tras besos y abrazos, Stella se sintió bastante insatisfecha. Era triste. ¿Así es la vida? ¿Y no puede corregirse? Ann había sido su partidaria aparentemente más entusiasta, pero Stella nunca había querido tomarse en serio su entusiasmo.
Al final, entre Laurie y Concha la habían convencido de no escribir su historia erótica. La escribió para ella, para divertirse. Desde que tenía procesador de texto, escribir era más divertido que nunca. Quizá ya no iba a hacer nada. Sus cuatro libros estaban ahí, y lo de escribir un ensayo a lo “Shere Hite” no tenía mucho sentido, pues ya había escrito la profesora Sarah el suyo. También podía escribir la vieja historia de ciencia-ficción.
Y podía escribir una novela sobre ella misma cuando fuese una anciana (tenía planes para eso), y otra sobre ella misma si hubiese sido un hombre…
Podía también escribir su vida, pero, pensándolo bien, era demasiado pronto para eso y, además, no había llegado a hacerse realmente famosa. Ningún crítico literario la había considerado una escritora realmente buena (y habría sido todavía peor de no haber contado con correctores y lectores previos que con sus advertencias permitieron que sus textos alcanzasen un mínimo de estilo). En cuanto a la invención sobre la “sororidad”… le faltaba una base concreta, científica o anecdótica, sobre la que construirse. Solo lo del show británico.
Con Puri de nuevo en sus brazos, pasó muchas horas hablando de eso. Algo había aprendido. Algo había hecho. Suficiente como para ser capaz de hacer algo más, algo que tuviera auténtico valor.
Por otra parte, en aquel año 1998 que iba a empezar, estaría pagada la hipoteca, los diez años. Su dinero disponible se duplicaría. Calculaba que a primeros de 1999 estaría otra vez con un montón de pasta en sus manos. Tendría que hacer algo con eso. Quizá comprarle una casa a Puri. O mandarlo a las oenegés, como quería Martina, que decía que tenía que deshacerse de todo ese sucio dinero, dejar de vivir frívolamente y ponerse a trabajar. Ah, no. Trabajar, no. Ya fue puta. Nunca trabajaría: le debían eso.
Bueno, entre una cosa y otra, pensándolo bien, aún le quedaba un año para decidirlo. Lo que tenía que hacer era…
El show acabó antes de Navidad. Había sido un moderado éxito, pero en cuanto detectaron un descenso de la audiencia, Laurie y Stella se desinteresaron. Se quedaron las chicas en la casa, todo funcionaba bien. Objetivo cumplido y muchos besos de despedida. Lo habían hecho bien y Estrella seguía teniendo a su madre.
El mes de enero fue un reencuentro apacible con una rutina hogareña bien constituida. Los inviernos andaluces eran buenos, nada crudos, suaves y dignos. Tía Reme se subía a la escalera y podaba tranquilamente los frutales. Aquella vieja mujer seguía incansable, ganándose su sueldo como campesina. Y todavía encontraba tiempo para ayudar al marido con sus propios árboles en la otra finca: a veces eran ellos quienes pagaban jornales a otros para recoger frutos. Estrella ya se cansaba viéndolos trabajar. Y la cosa era que, en realidad, ellos no necesitaban trabajar. Lo que hacía Reme no era muy duro, pues lo hacía a su aire y ella también se comía la fruta, pero lo del propio cortijo sí que era duro, sobre todo porque había que bajar y subir laderas muy pendientes. ¿No vivirían mejor en “Villa Orchard” los dos? Con el sueldo de Reme por cuidar el huerto, lo que el tío sacara de que alguien le arrendara sus árboles y alguna chapucilla de vez en cuando…
Era cosa de orgullo, suponía. En cualquier caso, el tío Eusebio había envejecido y ahora le caía más simpático que antes (los hombres débiles...). Los dos tenían achaques, ya eran ancianos. Claro que, si se quedaba en “Villa Orchard” permanentemente, era posible que Eusebio y el padre de Estrella se pelearan si pasaban más tiempo juntos (ya habían estado cerca de ello, alguna vez). Entonces habría que separarlos. Mandaría a su padre a un asilo. Le costaría dinero, pero lo tendría que hacer. Aunque tal vez no fuese una buena idea, porque ahora el padre y la madre se llevaban bien, se hablaban casi como amigos, y no era cosa de privar a la madre de entretenimientos. Los viejos se ablandan al envejecer. El momento de autoridad y cólera de los viejos solo es un momento, después es todo la búsqueda de la resignación...
Su pasado, su origen.
En febrero tuvo de invitados a Concha y a su esposo. Aquella pareja de españoles “normales” le gustó mucho a la madre. Fue una semana agradable, de comidas, paseos por el huerto y excursiones a la playa de Torre del Mar en invierno.
Concha le comentó que se podía intentar un programa de televisión propio, no un “reality” como el de Inglaterra, sino una especie de documental por capítulos sobre el mundo gay. El que una lesbiana tan guapa como ella, que había viajado tanto y había escrito unos cuantos libros, apareciera en la tele podía atraer audiencia. Doce capítulos de una hora.
Lo rechazó enseguida: ella no sabía mucho del mundo gay. No creía mucho en eso. Creía en la “plasticidad erótica”. El mundo gay era otra cosa. Era, sobre todo, algo "de tíos". Que lo presentara un tío. No guardaba buen recuerdo de cuando buscaba en Madrid gente que la aceptara entre los gays. Demasiado guapa, demasiado culta, demasiado prostituta. Los gays de la movida no tenían nada que ver con ella. Ella daba todo su apoyo a quienes sufrían rechazo por su condición sexual (o racial, o económica), pero no era su mundo.
Concha le había arreglado, por otra parte, un reportaje con un famoso periodista televisivo, que tenía un no menos famoso programa de entrevistas. A ella no le gustaba mucho el tipo aquel, pero contaba con mucha audiencia y había que hacerlo "por las chicas"...
Le comentó a Concha que quizá podía dar por terminada su relación laboral con ella. Al fin y al cabo, ya había conseguido sus objetivos en el mundo de los medios: igual que consiguió su título de "profesora" de inglés, había conseguido su título de “escritora”. Tenía cuatro libros publicados y unos cuantos artículos. También había conseguido elaborar su teoría gracias a la doctora Sarah (Sarah ya era doctora). No parecía haber tenido gran repercusión, pero de vez en cuando le llegaba algún artículo en que se mencionaba la teoría.
Ya no quedaban más proyectos. En realidad, igual que dejó de “trabajar” como prostituta a los 23 años, cuando se casó con Marcus, igual podía decir que ya había cesado con sus ambiciones literarias. De niña quería ser escritora, pues ya lo era. En adelante, ya no iba a buscar objetivos. Lo que viniera, bien estaría.
En presencia de Puri, comentó que con ella había encontrado el amor y estabilidad deseados. Podía ser feliz. (Puri no hizo ningún comentario entonces, pero más tarde la propietaria supo que aquella ocasión había sido muy importante para ella)
Concha sonrió y opinó que seguro que pronto se le iba a ocurrir algo nuevo. Se despidieron muy amigablemente. Concha le gustaba mucho: una mujer inteligente, culta, educada y cordial. Representaba a la sociedad a la que siempre había aspirado Estrella desde sus humildes orígenes. Todo muy diferente a lo que había llegado a vivir después en mundos un tanto histéricos y extravagantes, como las prostitutas o las lesbianas.
Era a lo que aspiraba cuando estudiaba: ser normal en el mundo de “la parte de arriba”. La gente educada y correcta. Para eso, por supuesto, habría tenido que casarse con un buen hombre, sacarse unos estudios, trabajar en un despacho… Una vida quizá menos divertida que la que había llevado, pero con menos sobresaltos. Sin embargo, había conocido el amor, y estaba segura de que era posible conseguir un mundo todavía mejor que el de la normalidad próspera, refinada y cordial.
En marzo, las dos viajaron a Inglaterra y se quedaron por allí casi un mes. Encontraron a Li tan afectuosa como siempre, pero muy integrada en su nueva vida en Londres, mucho mejor para ella que Málaga. No hubo trío, porque la novia de Li, una lesbiana fea y hombruna, no lo hubiera consentido. A Estrella le sorprendía lo bien que hablaba Puri el inglés. A veces le preguntaba qué había dicho y Puri solo recordaba las frases enteras, y otras veces no entendía lo que se le decía pero lo sacaba por el contexto. Eso es el talento natural.
A Laurie, por su parte, le iba todo estupendamente, pero tenía muy poco tiempo. Estaba escribiendo una novela de intriga que tenía que ver con el espionaje de la segunda guerra mundial. La que estaba mal era Ann. Su última relación había acabado en desastre y se la veía triste. Le hubiera gustado pasar una temporada en Villa Orchard, pero no podía dejar su trabajo. Físicamente, seguía empeorando. Estrella la complació por compasión, como a un hombre bueno y débil. Vio también a las chicas de la casa, cada vez más bisexual que lésbica. Estaban muy centradas en sus propias historias personales, así que no se quedaron mucho tiempo con ellas.
Ya andaban pensando en regresar cuando, tras despedirse de Laurie, ésta le sugirió una especie de pequeña orgía lésbica que tal vez fuese de su agrado. Eran buenas chicas, jóvenes y guapas, que se habían sentido muy estimuladas por el show de la sororidad.
Al principio la cosa no parecía prometer. Un piso en un barrio obrero y cuatro chicas chismosas y ruidosas de diverso origen étnico. Pero cuando apartaron los muebles y sembraron la moqueta de colchoncillos y cojines para después quitarse todas los jerseys y los pantalones, la cosa mejoró extraordinariamente. La iluminación era suave, la música delicada y las miradas y gestos bastante intensos.
Estrella dirigió la obra de acuerdo con sus conocimientos. Las chicas se iban calentando, después se iban entusiasmando, después se iban autocontrolando y, finalmente, Estrella (Stella) las iban haciendo alcanzar el clímax una a una, siempre ayudada por Puri que conocía perfectamente sus procedimientos. Les metió los consoladores a las cuatro, y dos gritaron de placer, mientras que otra sollozó de placer y la última pareció alcanzar una especie de experiencia mística.
Y después vino el aftermath, bebiendo refrescos y comiendo dulces (también se fumaron un porro). Estrella era ahora el centro, le daban besos, se turnaban en sus brazos, le contaban sus vidas. De repente se daban cuenta de la presencia de Puri y se ponían también a besarla en la boca. La temperatura atmosférica era la que a Stella le gustaba: todas desnudas, necesitaban de abrazos y de algunas mantas para no enfriarse. Eso beneficiaba mucho la temperatura afectiva. Pero, sobre todo, lo más sexy era siempre la bondad. El sexo lésbico no podía prescindir de la bondad por sus propias características estructurales: al no estar fisiológicamente trazado (no existía algo parecido al coito, que evolutivamente se había diseñado para complacer a cada uno dentro de la pareja: orgasmo simultáneo) se ejecutaba solo en base a la voluntad de dar placer, de modo que la empatía resultaba imprescindible. Ése era el tipo de teorías de las que le gustaba hablar.
Hablando de su obra como escritora, una de las chicas, la que parecía la más culta, y que era medio india y medio caribeña, comentó que hacía tan bien el amor que quizá debería escribir un libro sobre técnica amorosa lésbica. De esas cosas de las que le gustaba hablar.
Fue esa idea (y unas cuantas amistades más) lo que se trajo Estrella de vuelta aquella primavera. ¿Por qué no? Uno de los mayores defectos del mundo lésbico parecía ser el sexo. Se decía que las chicas lesbis hacían poco el amor, que era solo amistad femenina cariñosa. Y que cuando lo hacían, imitaban los roles hombre-mujer.
Puri opinaba que la técnica que había aprendido Estrella en su época de prostituta podía incluso aplicarse mejor a las mujeres. Lo del orgasmo simultáneo de los hombres y mujeres no se podía aplicar a las lesbianas, igual que no se podía aplicar a los clientes de la prostituta, donde hay un complacido y una complaciente. Lo de la bondad. Oh, sí, las putas son "chicas malas"... por eso ganan poco. Estrella recordó que, alguna vez que, animada por Paula, había vuelto a la "whiskería", a ver a sus antiguas compañeras, y que ella había presumido de eso, de que se estaba haciendo millonaria siendo buena. Que lo que en verdad se pagaba era la bondad. Y qué curioso, aquellas tipas, la mayoría de las cuales se habían mostrado antipáticas y hostiles con ella, ahora que sabían que tenía dinero, y solo porque tenía dinero, la escuchaban con atención y, según Paula, incluso con admiración. Eso debió de haber sido en 1984. También Paula se estaba agotando por entonces. Paula desaparecía de su vida. Nunca desapareció de sus recuerdos y Estrella no la recordaba tan solo por las últimas horribles semanas.
Y ahora, su experiencia indigna... Al fin y al cabo, ella era una prostituta, y si se es prostituta una vez, se es toda la vida (siempre tuvo eso en cuenta, desde el primer día). ¿Por qué no aprovecharlo? Si se hacía ver que el sexo lésbico podía ser más gratificante que el sexo con hombres… que no era solo un consuelo de mujeres solas y desengañadas, sino una exquisitez... Por otra parte, a los hombres les encantaba el sexo lésbico como espectáculo.
Le contó a Puri cuando se reencontró con su madre y su hermana después de su fuga. Habían pasado quince años desde entonces, pero parecía otra vida. A mediados de mayo se había largado de Málaga a Sevilla con el dinero que le había sacado a sus dos primeros clientes, aquellos dos chicos admiradores suyos de la Facultad, feos y torpes. No dijo nada en casa. Salió por la mañana, como si fuera a clase, se metió en el tren y a mediodía estaba en Sevilla. Lo primero que hizo al bajar del tren, fue comprar los principales periódicos y buscarse una habitacioncita en la primera pensión que encontró. Allí permaneció encerrada unas horas. Sola. Sola. Muy sola.
Estrella necesitó unos dos años para llegar a la decisión de convertirse en prostituta. Comenzó a pensarlo cuando se dio cuenta de que iba a fracasar en la universidad. Fracasó también en un intento de sacar unas oposiciones a administrativa. Había un examen en febrero. Se dijo que si lo suspendía se haría prostituta. Como todas las chicas, había oído chismes acerca de estudiantes-prostitutas “a las que les va muy bien”. Chismes que se referían a personas tal vez imaginarias. También había leído, a escondidas, algunas historias procaces en las revistas pornográficas que leía su padre y que guardaba en casa con cierto descuido, pues en aquella casa todo se hacía con descuido. También había novelas: “La dama de las camelias”, “Nana” y “Belle de jour”. En secundaria leyeron "La colmena", donde aparecían prostitutas muy entrañables.
Esas lecturas la prepararon, pero lo más difícil fue, como siempre, el principio. Localizar a los dos chicos, sus primeros clientes. Ser capaz de citarse con ellos y hacerles la propuesta. Se dijo que, si la rechazaban o, peor todavía, lo contaban luego por ahí, se iría igual sola, virgen, al burdel. Al menos, físicamente lo había solucionado metiéndose objetos lubricados por la vagina.
En la privacidad de la pensión de Sevilla estuvo mirando los anuncios de ofertas de prostitutas y de empleos de prostituta. Por fin, a media tarde se atrevió a llamar, y esa misma tarde estaba en un burdel.
Cuando salió del burdel por la noche, con su primer dinero ganado, su vagina dolorida, y ya estigmatizada por siempre (si no iba a estarlo cuando en la Facultad comenzaran a circular los rumores de lo que había hecho con los dos admiradores, uno de los cuales, en efecto, habló), llamó a casa para decir que iba a pasar unos días fuera, porque le había salido un trabajo. Mencionó otra vez aquel cuento de que quería irse de au pair a Inglaterra. A la hora que llamó, el teléfono lo cogió su padre, muy enfadado. Ella estaba harta de él, le pidió que le pusiera con la madre. Se negó a decir dónde estaba.
No llamó al siguiente día, que fue cuando comenzó a dejar que Paula se le acercara en el burdel. Era la menos hostil con ella. Las otras se daban cuenta de su inexperiencia y, al mismo tiempo, de que gustaba a los tíos: uno de los dos primeros clientes que había tenido el primer día había vuelto al día siguiente preguntando por ella. La alarmó la agresividad que todas, menos Paula, mostraron hacia una chica joven y asustada. Ella había esperado encontrar compañeras. ¿Qué les había hecho para que desde el primer momento la trataran así?
Pero fue el tercer día cuando se dejó llevar por Paula a su cama, y ya no durmió en la pensión. Fue su gran descubrimiento. Qué delicia y qué emoción, qué diferente a sus dramáticas y hasta físicamente dolorosas experiencias con los hombres (cuando la penetraban). Hablaron un poco. Fue Paula quien le sugirió que contara a su madre por teléfono que estaba trabajando “de camarera”. Diciendo eso, ya darían por sentado lo demás. E incluso le recomendó una frase: “no me hagáis más preguntas o no vuelvo a llamar”. Eso fue lo que dijo el día siguiente. A partir de entonces llamaría una vez por semana, siempre por la mañana, cuando su padre estaba en el trabajo. También fue Paula la que le aconsejó que fuese a una farmacia a ver si le arreglaban el problema de la caspa en el pelo, que el champú no solucionaba (y, más tarde, que usara peluca, cosa que hizo). Muchos pequeños detalles, muy humillantes precisamente por su insignificancia, fueron aliviados por el sentido práctico de Paula. Y por sus deseos de mostrarse dominadora con la pobre chica perdida.
Así siguió, siempre unida a Paula. Apenas una semana y pico después se fueron las dos a Madrid, donde trabajaron en un club y después en otro club. Tres mil diarias y el 50 % eran la norma. En el primero las cosas fueron muy mal, aunque ganó dinero y aprendió mucho. En el segundo las cosas fueron mejor. En el mes de julio, cuando Madrid se vacía por las vacaciones y el calor, pasaron un par de semanas en el pueblo de Paula, con su madre y su hija. Aquello era bastante triste y un poco sórdido. La gente las miraba con burla y desprecio, la niña sufría todo eso y se mostraba agresiva y caprichosa, condenada ya. La madre de Paula parecía resignada y amargada, casi animalizada. Eran muy pobres, y el dinero que traía Paula tampoco era mucho y no cambiaba nada las cosas. Sorprendentemente, Paula decía que su pueblo le gustaba y que en él quería comprarse una casa, poner un negocio y hacer su vida… con ella… si ella, a la que tanto amaba, estaba de acuerdo. Estrella le decía a todo que sí. Estaba enamorada de Paula. Se daba cuenta de sus defectos, de sus limitaciones, de su simpleza, pero era su primer amor y la piel suave, perfumada y acolchada de una mujer la fascinaba... tan diferente del cuerpo de los hombres. Era el auténtico placer, el auténtico sexo. Y Paula era su primera amiga íntima, aquello con lo que siempre había soñado de niña.
Después estuvieron en dos puti-clubs de la costa catalana. Le habían recomendado uno de Salou, pero aquello tenía mala pinta. Había tipos, chulos, vividores, que las rondaban. Mucho alcohol y droga. Lo bueno de aquello de los puti-clubs era que podías elegir porque había muchos y siempre necesitaban chicas. Fueron a otro en Casteldefells, y ése estuvo mejor. Mejor ambiente, más gente, turistas guiris, más dinero.
Aquel verano, cuando Paula y ella estaban solas en la cama hablaban de lo que podían hacer. Paula hablaba de comprarse una casa y poner una tienda, o un bar. Estrella hablaba de ir a por los banqueros. De poner a prueba hasta cuánto podían ganar. Ya había oído muchas historias de la “prostitución de lujo”. Que había agencias, intermediarios. Chicas finas. Alguien les habían dicho, quizá unas envidiosas, que para eso solo querían azafatas y tipas altas y rubias, con idiomas. Estrella era morena y media uno sesenta y cinco. Tampoco hablaba idiomas, y apenas si sabía vestirse con elegancia.
Pero también se podía hacer de forma independiente. Decían que eso era arriesgado, porque cualquier tío podía entrar en tu casa y hacerte lo que quisiera. Tan arriesgado como ir a casas particulares. Lo mejor eran los clubs, decían todas, donde entraba y salía la gente. Los burdeles “cerrados”, como aquel donde conoció a Paula tenían riesgo también. Lo mismo pasaba con las “saunas”. Otra opción era ir a los hoteles. Pero así difícilmente podía hacerse más de un par de tíos al día.
Fue por entonces, por el mes de agosto, que un mediodía que estaban abrazadas en la cama, Estrella le recordó a Paula que en Málaga había conocido a una chica que trabajaba en un gimnasio, hacía lucha libre y, encima, tiro con pistola. En Madrid tenía que haber chicas como aquella: estudiantes, buenas tías, sanas y “normales”, que podían encargarse de su protección. Empezaron a hacer planes. ¿Por qué no intentarlo cuando hubiera podido ahorrar medio kilo y pico?
Nada más volver a Madrid, puntualmente a primeros de septiembre (la “rentrée”), Estrella puso en marcha su plan. Paula, un poco escéptica, la veía hacer. Era tan buena amiga que le aportaba ideas, aunque no pensaba participar de momento. El hecho era, sin embargo, que ahora Paula era más trabajadora, ahorraba más. Aquel mes de septiembre, en el club de Madrid, cada una ahorró más de doscientas mil pesetas, cuatro veces lo que podía ganar una dependienta trabajando seis días a la semana, de la mañana a la noche. Compartían un dormitorio, con el colchón en el suelo, con otras chicas. Pero Estrella dedicaba las mañanas a otras cosas. Se apuntó con Paula a una autoescuela para sacarse el carnet de conducir (ya pensaba en hacer escapadas para visitar a su madre) y comenzó a buscar un apartamento.
Mientras tanto seguían trabajando en el club. La "whiskería", un sitio un poco mejor que otros, donde el dueño solo se preocupaba porque se hiciera dinero. Y se hacía. Ahorrar trescientas mil al mes era factible, y eso ya les daba cierta seguridad. Los clientes parecían de más categoría que en el otro club. Pequeños ejecutivos, comerciantes, tipos habituados a llevar trajes y corbata. Eran menos brutos que los albañiles o taxistas. Entre ellos aparecía gente simpática. Unos cuantos clientes se aficionaron a Estrella. Repetían, la miraban con ojos tiernos. Lo peor, como siempre, eran las otras putas. Envidiosas, chismosas, malas. Y cuando había alguna que le caía bien a Estrella, los celos de Paula se interponían. No, todo aquello había que dejarlo atrás. Había que intentar lo del piso por su cuenta.
Uno de sus pequeños clientes era un hombre más bien pobre, pero muy aficionado a Estrella. El típico gordito acomplejado. Ella sabía ser mimosa con aquellos hombres débiles. Por una parte, le gustaba el efecto que hacía en ellos, y por la otra, los encontraba cómodos. Las otras putas solían preferir los tipos atractivos, masculinos. Aquel pequeño cliente un día salió con Paula y ella, y estuvo llamando a todos los anuncios de chicas que salían en la prensa desde un teléfono público. Así se hicieron una idea acerca de los precios. Algunas chicas se ofrecían por quince mil a la hora, en un hotel. De ahí sacó Estrella la idea de que ella podía pedir quince mil y ahorrar el hotel al cliente, ofreciéndose en un piso.
Lo del apartamento era lo más problemático. Debía tener dos baños, uno junto al dormitorio. Y tenía que tener teléfono y portero automático, y estar cerca del centro. Ella no era buena compradora. Los de la inmobiliaria o bien la rechazaban cuando se daban cuenta de para qué quería el piso, o bien le imponían precios abusivos. A primeros de octubre, por fin, encontró un apartamento que le gustaba, y fue gracias a la intercesión interesada del gerente de la whiskería. El tipo de la inmobiliaria le pidió una enormidad: ciento y pico mil al mes, doscientas mil de fianza y un polvo. Pero Estrella aceptó. Paula le ayudó: exigió que se firmara bien clarito lo de la fianza y la acompañó en lo del polvo. Estrella se tumbó en la cama, se levantó la falda, se abrió de piernas y se lubricó bien. El tipo se la metió con una cosa corta y dura. Después se quejó de que la había encontrado fría, y le dijo, resentido, que dudaba de que fuera a ganar mucho dinero.
jueves, 28 de agosto de 2014
jueves, 21 de agosto de 2014
Capítulo 11. Las experiencias
Gracias a Li, comenzó a escribir “Primeras experiencias” en inglés y en español. Ya tenía un tema. Con el tiempo, tendría una filosofía.
En cuanto a la novela “Los amados extranjeros” se publicó en noviembre, pero no se preocupó mucho por promoverla. Concha temía no estar haciendo bien su trabajo. Sin embargo, le consiguió aparecer en varios programas de televisión. La apremiaba un poco para que “Primeras experiencias” saliera cuanto antes, pues veía algo especialmente atractivo en el tema, algo original. Desde el Medio Oeste, la profesora Sarah le mandaba materiales: el libro "importante" se llamaría “The lovely sisterhood”.
Ahora estaba muy ocupada, y así llegó un nuevo año, el 96. Un año del que esperaba mucho. Un año además, que tenía que ser feliz: su madre contaba con suficiente salud, los árboles estaban crecidos y hermosos, ella seguía siendo una gran belleza, rica y ociosa. Había escrito libros, tenía muchas amigas y por la noche se metía en la cama con dos mujeres que la amaban.
Su objetivo principal era convertirse por fin en escritora, creía que ahora era factible y tenía un montón de proyectos que discutía diariamente con Puri y Li, y a veces con quienes la visitaban. Por teléfono consultaba con Hanna, Laurie y, por supuesto, Concha. A Sarah la trataba solo por carta, como si la lejanía al otro lado del océano impusiera el ahorro de teléfono. Li, una experta en informática, la estuvo instruyendo acerca de las posibilidades de utilizar conexión de Internet, una especie de telegramas instantáneos, una herramienta de intercambio de archivos. También se estaban generalizando los teléfonos móviles, aunque parecían aparatosos y fallaban mucho.
“Los amados extranjeros” no tuvo mala crítica e incluso se hizo una segunda edición. Bueno, ya era novelista, que era lo que buscaba.
En marzo viajó a Norteamérica, para consultar con Sarah, dejó a Li y a Puri solas en casa. Ese hecho la hizo muy feliz, porque las dos chicas, tan diferentes, y que al principio ni siquiera tenían un idioma común, se habían hecho íntimas, y no se mostraban celosas de que su amada fuese a Norteamérica, no solo a consultar con la austera Sarah, sino también para hacer el amor con Angie.
A la pequeña pelirroja la encontró tan encantadora como siempre. Vivía con sus dos novias, pero su relación con ellas parecía como más distanciada. Angie le juró que no se habían peleado. Hablaron mucho de la “lovely sisterhood”. Trató de controlar sus emociones durante la visita, porque se daba cuenta de que la intimidad que habían creado en su gran viaje ahora maduraba con el tiempo. Hablaban mucho y hablaban bien. Las otras dos no se entrometían y se iban a pasear juntas, a tomar refrescos en los parques, en un vecindario apacible, de estudiantes, de personas felices y prósperas. Hablaban de la sororidad, de cómo el amor podía perseverar, perdurar. Buscaban palabras para el "amor": vida, ensueño, delicadeza, sensibilidad... Se hacían narcisistas de las palabras y sobre todo de los gestos, de los acentos: el enemigo era la pasión, la locura del paso del tiempo. Se tomaban de la mano, se sonreían tratando de no ruborizarse. Trataban también de evitar las palabras demasiado torpes, admirativas, superlativas... tontas. El amor tiene que ser inteligente, modesto, rico y exacto.
Entonces se pusieron a hablar de religión. Stella dijo que la religión era sobre todo para amansar a los hombres, pero las mujeres podían vivir en religión a través del amor. Faltaba una religión del amor. Una religión que fuera todo amor. Así el amor no sería sospechoso, demasiado dependiente, ansioso. Una religión del amor sería vivir sin leyes, sin ansiedades y sin ignorancia. La sororidad. Todavía era algo de poesía, de arte. Todavía no era pensamiento. Pero podía llegar a serlo. Lo que caracteriza a la religión es la emotividad ideológica, una unidad de discurso en torno a la cual se produce una identidad emotiva. Por eso, una religión del amor debía incluir una creencia encarnada en símbolos que despertaran emociones de admiración, de trascendencia, que sirvieran para educar a las jóvenes y alentar a las mayores. Y debía contener una visión del mundo, una explicación de todo. La mejor simbología la encontraba en el amor de las muchachas. Stella ya no era una muchacha, y, rodeada allí de estudiantes, añoraba no haber vivido una juventud tierna y cálida, y en su lugar haber padecido la sórdida humillación de los clubs de alterne.
De eso hablaban, y lo disfrutaban. Nunca se había sentido tan libre para hablar del amor. Nunca antes había sentido que esa palabra pudiera usarse con tanta precisión y con tanta naturalidad. Decirle a alguien esa palabra con pureza en la voz, pronunciando las sílabas como si fueran besos, sin dudas. Porque aquel amor era puro, sin compromiso ni pasión: de consumación imposible.
Incluso eso vino bien para su encuentro con Sarah. En el apartamento de su amiga y la novia y maestra de su amiga, se dio el acabado final al libro. Se editaría antes del verano (como lectura para el veraneo) en una pequeña editorial y Stella puso cinco mil dólares para financiarlo y asegurar una buena distribución. “Dulce sororidad” aparecería más tarde en España, pues Concha todavía estaba esperando “Primeras experiencias”.
Y todavía planeaba escribir la novela erótica para su propia diversión: la historia se iba concretando cada vez más, pero Estrella disfrutaba sobre todo con sus fantasías. Se había agudizado su sensibilidad erótica y todavía rondaba su cabeza una fantasía que no había realizado (bueno, en su cabeza había más de una). Lo comentó con Sarah y su novia y les pareció un poco excesivo, una especie de anti-Lolita, lo del internado de niñas sistemáticamente pervertidas.
Se le había ocurrido ambientarlo en Suiza: dos chicas alemanas nacidas en 1930 habrían sido violadas en un internado por los soldados rusos invasores en Alemania del Este. Hanna le había hecho algún comentario al respecto de aquellos sucesos (¿los alemanes no habían violado mujeres rusas mientras estuvieron invadiendo por allí?), y después Estrella había leído alguna cosa más (aunque, por supuesto, pensaba documentarse mejor). Transformadas por la agresión masculina, pero unidas por su amor con el que reparaban el daño sufrido, las dos escapaban al Oeste a los veinte años, y en la Alemania de la posguerra tomaban caminos distintos, aunque siempre unidas. Una se hacía profesora y la otra prostituta de lujo.
Finalmente, se instalaban en la rica Suiza, y una vez la prostituta se hubiera forrado (como Estrella), surgía la idea de poner en marcha el internado para desarrollar una alternativa al mundo masculino. Ya viajaría Estrella a Suiza a buscar entornos adecuados (¿qué habría sido de la quejosa Martina?). El internado empezaría a funcionar en 1965 (la "Alemania del Milagro", la época en que su tío Eusebio emigró) y seleccionarían a profesoras de diversos países. Primero se harían con las profesoras y resto de personal. Una vez consolidado este aspecto, comenzarían a trabajarse a las niñas, un poco como en una historia de terror gótica, pero con libidinosa ternura (¡mucho mejor que en "Mädchen in Uniform"!). Inventaba detalles, escenas… le faltaba aún localizar un momento dramático a partir del cual desarrollar la historia. Estrella comenzaba a pensar en sus propios cuarenta años, cuando esperaba alcanzar su esplendor como hermosa mujer madura y mujer sabia. En su historia, eso sería 1970. Una buena época para el amor…
En mayo, salió por fin “Primeras experiencias”. Se lamentó con Concha de que se trataba de un libro con no demasiada documentación. Pensándolo bien, ella solo había iniciado en el lesbianismo a una docena de mujeres. Hubieran debido ser más.
Y no había iniciado niñas. Siempre había deseado a las colegialas de los internados religiosos. Desde niña había soñado con ese tipo de amistad íntima. Había ido a un colegio religioso en su barrio (relativamente barato) hasta los trece años, pero ella estaba como externa, y las chicas internas (pueblerinas) tampoco le parecieron tan dulces. De los catorce a los diecisiete estuvo en un “instituto” en el centro de Málaga, público pero por entonces solo femenino. Tampoco allí halló amistad íntima, aunque sí chicas a las que deseó (por supuesto, la horrible perversión sexual del lesbianismo jamás se le hubiera pasado entonces por la cabeza). Fue curiosamente en su último curso de enseñanza media (el último curso en el que fue una alumna brillante) cuando conoció chicas estupendas, de una clase social más elevada que la suya, procedentes precisamente de esos colegios religiosos elitistas que tanto había envidiado. Pero tampoco llegó a hacer amistades íntimas, quizá por timidez e inseguridad, y quizá también porque, al fin y al cabo, hasta los dieciocho años su madre ejercía sobre ella una extrema vigilancia. De hecho, no podía salir sola nunca salvo para ir a clase.
Después vino su libertad, en la universidad, como estudiante becada. Pero inmediatamente apareció el fracaso y, tras una agonía de dos años, el suicidio social… y cierta fortuna…
Había necesitado mucho tiempo y mucho dinero, viajar mucho, aprender muchos idiomas y leer muchos libros para poder hacer, por fin, buenas amigas íntimas. Por supuesto que había valido la pena, pero era curioso que para ello hubiera necesitado degradarse socialmente como prostituta. E incluso parecía poco.
Levantarse una mañana de primavera de 1996 oyendo piar los pájaros en una estupenda casa de campo, con dos chicas tan buenas como Li y Puri, una a cada lado de la cama junto con ella, sabiendo que en el piso de abajo su madre y su hermana vivían bastante felices, y poder dedicarse después a escribir sus libros, leer sus cartas y ordenar sus profundos pensamientos, no era desde luego un fracaso en la vida. Era sin duda un triunfo… pero parecía poco si se consideraba lo lógico que debería ser el vivir rodeadas de un amor universal. ¿Por qué solo esto, y al cabo de tanto tiempo? ¿Qué menos que el mundo entero convertido en una comunidad de bondad, conocimiento, alegría, belleza y placer?
Los libros que le mandaba Sarah abordaban ese tipo de temas desde el punto de vista científico. Como mujeres, tenían la ventaja de la maternidad y los datos científicos que demostraban que la agresividad era cosa de los machos. Pero no había motivo para la complacencia, porque las mujeres también podían volverse malas, y no solo cuando se peleaban por los hombres (recordaba a algunas putas que había conocido en la época en que con Paula frecuentó los bares de alterne, unas cuantas semanas... demasiadas semanas). Y las mujeres, había que reconocerlo, seguían siendo demasiado débiles, demasiado pusilánimes.
Puri no aceptaba eso. Li sí. Sarah se atenía a los datos estadísticos. Patri decía que eso podía superarse. Irene se negaba a hablar en esos términos (hacía mucho que no sabía nada de ella). Hanna, como Li, admitía que solo la unión permitía superar la debilidad de carácter. Laurie dudaba de los datos estadísticos que, en todo caso, no eran su campo.
Cosas de mujeres. Los hombres -los hipócritas- decían amar a las mujeres, pero la mejor forma que tenían ellos de insultar a otro hombre era llamarlo “mujer”.
Lo último que había leído sobre la cobardía y “falta de carácter” eran descripciones bastante prosaicas. Le había comentado a Sarah que esa flaqueza era un equivalente psicológico de la debilidad física: una apreciación exagerada del peligro, cosa de reflejos. ¿Por qué, sin embargo, se hacía de ello una forma de ataque a la autoestima? Quizá el error era la misma autoestima.
Bien, sí, las mujeres eran pusilánimes. Los hombres eran valientes. Y puesto que valientes, crueles. Y puesto que crueles, falsos. La violencia del macho iba unida también a su hipocresía y su astucia, las cuales, a su vez, estaban motivadas por su imparable deseo de dominación.
El desarrollo humano consistía en estimular unos instintos y reprimir otros. Pero no valía la pena estimular aquellos que eran débiles de por sí. Convertir a las mujeres en valerosas luchadoras no iba a servir para equipararlas a los hombres. ¿Y quién quería ser hombre? No, lo que había que estimular era la maternidad, la dulzura de sentimientos, la curiosidad y la alegría.
Cada día, Estrella se daba cuenta de que tenía más razón incluso de lo que había pensado en principio: agrupar a las mujeres en comunidad significaba estimularlas a hacer lo que podrían hacer mejor: amar de forma extensa y flexible.
El pobre doctor Freud pensaba que el amor era escaso, que el amor que se da a uno hay que quitárselo a otro. Eso es lo que se llama “juego de suma cero”. Pero el amor de la mujer no funcionaba así: puede multiplicarse, extenderse. No es un depósito que se vacía, sino una sinergia.
Si lograba crear esa "lovely sisterhood", ganaría el mundo entero. Si lograba seducir a las colegialas, ganaría el mundo entero. Las posibilidades eran enormes. Se veía como una revolucionaria del pensamiento, una profetisa. Después de Darwin, Freud y Marx, ella, Stella la prostituta.
No iba a necesitar menos para desprenderse del estigma de la indignidad…
“Estás loca, pero te adoro…” Eso lo decía Puri.
Le había costado trabajo aprender a ser amada. Al fin y al cabo, su carácter también tenía defectos. Era pusilánime, por supuesto, pero también hablaba demasiado, y era indiscreta, y demasiado entusiasta y cerrada en sí misma. A veces hería a la gente más susceptible. Necesitaba tener cerca de ella a mujeres pacientes y tranquilas como Hanna o Li. Entonces funcionaba perfectamente. Sus ojos verdes y sus labios funcionaban perfectamente.
En el fondo, lo había aprendido siendo prostituta. En el fondo, vivir era actuar. Durante año y medio fue la esposa perfecta de Marcus Ellis. ¿Qué le había dicho en los últimos días, cuando temía que él se volviera loco de amor y la asesinase?: le había dicho que la vida consiste en atesorar recuerdos mientras se puede. No se puede vivir eternamente, lo mismo que tampoco se pueden extender las sensaciones eternamente. Durante año y medio se había comprometido consigo misma en hacer feliz a aquel hombre a cambio de millón y pico de dólares. Era un trabajo. Un trabajo, sin duda, para el que tenía cierta vocación. Igual que un médico cura el cáncer para sentirse satisfecho de sí mismo… pero tampoco lo haría gratis.
Había aprendido, haciendo de puta en Madrid, a mostrarse humilde, sumisa, ingeniosa, sexualmente activa, siempre educada y afectuosa. Había aprendido a mantener las pupilas dilatadas, algo que no es nada fácil (por lo visto, algunas cortesanas de la antigüedad utilizaban colirios para producir ese efecto). Relajar los músculos de la cara. Suavizar su voz.
Pero para eso tenía que trabajar la mente. “Concienciarse”
“No entiendo cómo puedes tratarlos así” se indignaba Paula cada vez más.
“¿Qué hay de malo en que sean felices?”
“¡No se lo merecen!”
“Todo el mundo se merece ser feliz. Ellos se comportan educadamente conmigo, y me pagan. Muchos me ofrecen matrimonio creyendo que me hacen un gran honor. Cumplen su parte”
“¡Pero tú los engañas!” así empezaba Paula sus discusiones. Eso fue cuando estuvo pensando en irse de Madrid para evitar aquellas escenas o que acabara pasándole algo peor.
“¿Cómo que los engaño? Soy una actriz. Represento una esclava feliz de servir a un buen amo”
Paula se mordía los labios de rabia. Tres días antes, Estrella le había explicado, muy contenta, cómo casi había enloquecido de placer a uno de sus clientes por haber perfeccionado –según su gusto- el numerito del vestido de novia. Ella lo había recibido vestida de novia, maquillada y con la corona de flores en el pelo que él mismo le había regalado la otra vez. El tipo, un viejo feo y con cara de pervertido, aristócrata y millonario ocioso, un parásito, la había besado intensamente en la boca, palpado las suavidades y delicadezas –un tanto sobadas ya- del vestido blanco. Luego la hizo dar la vuelta y le ató las manos a la espalda. La puso de rodillas y ella agachó la cabeza. La estuvo contemplando. Una preciosa chica de 22 años, vestida de virgen, atada y arrodillada, con los párpados bajos, silenciosa, a la espera de que la sacrificasen. El viejo se agachó, volvió a besarla, a babearla, a apretarla. Ella pensó que iba a pedirle que hablase, pero no. Temblando de deseo y de indecisión, la puso de pie para echarla a la cama boca abajo, le levantó el vestido, descubrió sus nalgas blancas, redondas, perfectas y abundantes, la lubricó y la sodomizó con un vigor desesperado impensable en un anciano. Estrella no sufrió mucho daño por la punzada, pero temió que, dada su extrema excitación y su edad, el tipo se muriera de un ataque.
Y cuando se lo contó, la que se puso al borde del ataque fue Paula. Porque no solo Estrella hacía esas cosas sin vergüenza alguna (incluso con cierta fascinación) sino que estaba aprendiendo inglés, leyendo libros, buscando amigas lesbianas por correspondencia. Hablaba mucho con Patri. Hablaba mucho con los clientes. Se había comprado el piso en las afueras de Madrid sin contar con ella (aunque le había dicho que podría usarlo cuando quisiera). No iba a ser la compañera de Paula para toda la vida. No iban a criar a su hija juntas. El verano del año anterior había pagado la mitad del piso comprado en el pueblo de Paula (para su madre y su hija) y cometió la torpeza de decirle que debía devolverle el dinero, poquito a poco, eso sí, pero que no lo olvidara. Tardaría mucho tiempo en darse cuenta del odio -envidia- que despierta el dinero que los demás tienen y tú no.
¿De qué le servía a Paula que Estrella insistiera en que siempre iban a quererse? ¡no quería vivir sin ella!
“¡Esas cosas que haces!” jadeaba “¡y cómo te lo tomas todo, con tus libros de mierda y tus clases de inglés…!”
“¿Y el amor?, ¿el amor que siento por ti, no vale?”
“¡Qué amor ni qué cuernos sientes tú! ¡Conmigo también finges!”
“Yo no finjo. Te quiero. Y no desprecio a los clientes. No se portan mal conmigo…”
“¡Me quieres, pero no mucho! ¡Ya no me dices lo que me dijiste en Sevilla, las primeras noches!, ¡que yo era tu vida!”
“Pero es que yo tenía muy poca vida entonces… Siempre serás parte de mi vida…”
“¡Quiero ser toda tu vida, so guarra!”
Y entonces temió que le pegase, y Estrella se puso a llorar, como hacen las mujeres. Paula también lloró, la abrazó y siguió quejándose, desfallecida: “no me quieres… no me quieres… Para ti soy poco…”
Estrella odiaba eso. Li y Puri no se quejaban de tener cada una la mitad o menos de la mitad.
Sarah le había descubierto, hasta el momento, dos únicos testimonios de amores lésbicos en el mundo antiguo: en China, las obreras textiles de la seda formaban parejas o tríos; en África, las mujeres casadas, cuando sus maridos se iban a cazar búfalos, tomaban a chicas adolescentes para el amor y a aquello lo llamaban “jugar a mamás y a bebés”… No "a marido y mujer”…
Plasticidad erótica: el paraíso al alcance de un beso…
¿Dónde estaría Paula? No se atrevió a buscarla después de que, tras el último arrebato, se fuera amenazando que iba a suicidarse, que ni podía vivir sin Estrella ni podía soportar más que la humillase (por no considerarla “toda su vida”).
Siempre esperaba saber algo de ella. Al fin y al cabo, conocía la casa de su madre en Torremolinos, habían pasado allí un verano casi feliz, el de 1984. La hija de Paula sería ya una adolescente (no valía mucho aquella niña, eso no ayudó: era falsa, caprichosa, egoísta, mala y vulgar).
Cuando hizo sus bolsas y se fue, Estrella fue demasiado cobarde para suplicarle que se quedara. En el fondo, tenía demasiado miedo de su violencia. Algo parecido a lo que luego le pasaría con Marcus. No, no siempre había sido todo tan feliz. La gente no sabe amar…
Si el amor no nos hiciera mejores… entonces, ¿para qué? La pasión es el enemigo.
A primeros de junio fue a Madrid a presentar el libro y vio a las amigas. Toñi se había casado con un tío: un buenazo que se ganaba muy bien la vida con la electrónica.
El chico estaba un poco intimidado en la cena que se dieron y en la que él era el único hombre, pero Estrella cada vez dominaba mejor las artes de su propio encanto. Supo fascinar sin ofender. Patri y Elena estaban muy bien. Habían tenido un pequeño fracaso económico (un gimnasio), pero salían adelante. Aunque no se decía, estaba claro que contaban con la ayuda económica de Estrella por si todo iba muy mal. Puri y Li también asistían, y se lo pasaban bien. Li hablaba ya un español perfecto.
Aquella cena precedió al acto que se dio en el mismo Ateneo, con participación de algún famoso (un escritor homosexual muy popular y no malo) y fue posterior a una comida muy cordial con Concha y su marido. Fue un momento feliz, de triunfo.
“Tengo tres libros publicados pero apenas gano dinero con ellos. Puede que gane algo con algunas colaboraciones en prensa que me van a ofrecer… Sin embargo, las críticas no son malas, y eso me hace feliz. Pronto tendré el libro bueno en la calle, mi gran obra, y entonces ya seré feliz del todo. Solo me tocará divertirme.”
“¿Vas a viajar este verano?” preguntó Patri, que apenas viajaba.
“Sí… en el fondo, a mi madre le gusta que le deje los dos meses del verano libre… Conmigo en la casa mi hermano no le trae sus nietos a que los vea… Tengo una sobrina de dieciséis años… Mi hermano no quiere que se me acerque. Apenas la conozco, ciertamente. Y lo mismo pasa con una primita que me gusta mucho.”
“Eso es bueno. Si te temen, es porque saben que tienen sus razones” observó Puri.
“Yo le conté a Jose el rollete nuestro, y no le pareció mal”, semejante revelación pública de un episodio que Estrella suponía secreto fue una sorpresa por parte de Toñi. La sorpresa de la noche. El pobre Jose se ruborizó tanto como Estrella misma, cuya sorprendente timidez encantó a todos.
“Pero eso fue… curiosidad” se atrevió a comentar la autora de “Primeras experiencias”, que pensó entonces que había sido igual el tema del libro lo que había impulsado a Toñi a hacer la confesión.
“Si los hombres te gustaran, éste te gustaría”, afirmó Toñi modestamente, refiriéndose al joven enamorado y caballeroso que guardaba un intimidado silencio.
Estrella sonrió pero no dijo nada. Hubiera podido decir aquello de que, simplemente, Jose era un hombre débil.
El día siguiente fue un gran éxito. La sala estaba llena, le hicieron muchas preguntas y se vendieron un montón de libros.
“No deberías irte ahora”, opinó Concha.
“Mañana tengo que ir a la tele, ¿no?”
“Sí, pero quédate más tiempo… algo más saldrá”
No, no valía la pena. Le dio un beso a Concha en la mejilla.
Aquel verano se fue a Alemania y Puri la acompañó: nunca había viajado en avión. Li, por su parte, voló a Canadá sola, a ver a sus padres
En Alemania estuvieron con Hanna y su novia, y después fueron todas juntas a Suiza, a ver escenarios para la posible novela lésbica. Volvió a ver a Martina, que estaba con un tío muy macho, un rubio muy guapo. Eso no iba a funcionar nunca. La amistad tampoco funcionó. Martina era rencorosa y poco sincera.
Quizá la había sobrevalorado cuando la conoció en aquel entorno tan romántico del sur de Francia, ocho años atrás. O quizá Martina se había estropeado. Seguía creyendo en Dios y en la agricultura ecológica. Volvió a reprocharle a Estrella su frivolidad y su dinero.
Estrella comparó a Hanna (acompañada por su discreta novia, Brigitte) con Martina y pensó que todo aquello era absurdo. Mujeres como Paula, como Martina, como Violeta… Qué frágiles son las mujeres…
Después voló a América, se reunió con Angie, y en Indianapolis se juntaron todas con la profesora Sarah, en una cabaña junto a un lago azul. Pero no encontraron arándanos cuando pasearon por los bosques. Puri resplandecía entre tanto verdor y tantas flores, qué diferente de la ardiente Andalucía de las cosechas de aceituna y algodón.
“No escribas esa novela pornográfica, Stella. No te diviertas tanto”, le reprochó Sarah.
“La verdad es que no tengo prisa por escribirla… tengo más proyectos… tengo tantos… Pienso también en producir películas lésbicas, pornografía. Quiero hacer atractivo el lesbianismo. Mi amiga Laurie, la escritora inglesa, dice que podemos sacarle partido a la popularidad del lesbianismo. Es una belleza objetiva, y la plasticidad erótica está de nuestra parte. Puede ser solo una circunstancia personal, pero así es como funciona la evolución natural, ¿no? Los peces tenían la vejiga natatoria y la acabaron usando los anfibios para respirar; los dinosaurios tenían plumas para calentarse y las acabaron usando los pájaros para volar. Aprovechemos que yo he sido prostituta y lesbiana elegante para promover nuevas formas de vida. El objetivo es alcanzar la colmena, el reino de las hadas, el convento lésbico. Da igual que se trate de adaptaciones oportunistas…”
“En biología se las llama exaptaciones…”
“Eso. A muchas chicas les da vergüenza ser vírgenes, y se buscan novio para no ser menos que las otras. Mejor que se hagan prostitutas y ganen dinero, como yo hice. Les será más fácil que a mí… De hecho, estoy pensando en escribir un manual para orientar a las chicas que quieran hacerlo… Fíjate tú: ¿qué chica querrá buscar novio, si su novio puede obtener placer de una prostituta fuera del mundo de la marginalidad? Si se pierde el estigma de la prostitución, las relaciones hombre-mujer perderán su carácter sacramental. Acostarse con un tío no será nada especial: solo una forma inteligente de negociar con los sentidos y los instintos.”
“Estoy de acuerdo en superar los prejuicios… Pero todo eso hará depender de nuevo a la mujer de su atractivo para el hombre… Las lesbianas se promoverán porque a los hombres les gusta verlas… Las chicas se independizarán de los roles sociales complaciendo a los hombres…”
“Pero al final de ese camino seremos libres, Sarah… Piénsalo: lo esencial es que el amor no se desperdicie, que las mujeres no derrochen su amor en el hombre. Es una ruina: es un juego de suma cero, mientas que la suma positiva es mi propuesta de amor plural.”
“No podemos saber cómo lo van a entender los demás, Stella… No puedes precipitarte así en sacar conclusiones…”
“No es sacar conclusiones: es hacer una propuesta. No podemos quedarnos en la indefinición, sin hacer nada. Yo haré una propuesta, y si fracaso, de mi fracaso algo se aprenderá…”
Sarah había dado a su libro un giro más general. Había recopilado ensayos acerca de comunidades femeninas. Había aceptado las ideas de Stella, pero no les había dado el protagonismo. Lo que interesaba a Sarah era la amistad íntima femenina y el hecho de que no se explotaban sus posibilidades. Las posibilidades de la amistad íntima femenina no explotadas eran especialmente dos: el placer sexual lésbico, por supuesto, pero también la comunidad plural: las mujeres podían vivir juntas, buscando placeres sexuales o no, en parejas, trios o cuartetos, criar a sus hijos juntas, adoptar uniones flexibles: mujeres heterosexuales, lesbianas, estudiantes adolescentes, profesionales, jubiladas.
“También algún hombre”, aceptaba Stella.
Sarah había recopilado incluido testimonios de mujeres que recordaban su época de felicidad en internados o residencias universitarias. Había aceptado todas las sugerencias de Stella acerca de realizar actividades de “counselling” para desarrollar la pureza de sentimientos. Incluso habían logrado una buena definición del comportamiento dulce, del angelismo psicológico.
“Es el fin de las feministas rabiosas”, sonrió Sarah.
En cuanto a la novela “Los amados extranjeros” se publicó en noviembre, pero no se preocupó mucho por promoverla. Concha temía no estar haciendo bien su trabajo. Sin embargo, le consiguió aparecer en varios programas de televisión. La apremiaba un poco para que “Primeras experiencias” saliera cuanto antes, pues veía algo especialmente atractivo en el tema, algo original. Desde el Medio Oeste, la profesora Sarah le mandaba materiales: el libro "importante" se llamaría “The lovely sisterhood”.
Ahora estaba muy ocupada, y así llegó un nuevo año, el 96. Un año del que esperaba mucho. Un año además, que tenía que ser feliz: su madre contaba con suficiente salud, los árboles estaban crecidos y hermosos, ella seguía siendo una gran belleza, rica y ociosa. Había escrito libros, tenía muchas amigas y por la noche se metía en la cama con dos mujeres que la amaban.
Su objetivo principal era convertirse por fin en escritora, creía que ahora era factible y tenía un montón de proyectos que discutía diariamente con Puri y Li, y a veces con quienes la visitaban. Por teléfono consultaba con Hanna, Laurie y, por supuesto, Concha. A Sarah la trataba solo por carta, como si la lejanía al otro lado del océano impusiera el ahorro de teléfono. Li, una experta en informática, la estuvo instruyendo acerca de las posibilidades de utilizar conexión de Internet, una especie de telegramas instantáneos, una herramienta de intercambio de archivos. También se estaban generalizando los teléfonos móviles, aunque parecían aparatosos y fallaban mucho.
“Los amados extranjeros” no tuvo mala crítica e incluso se hizo una segunda edición. Bueno, ya era novelista, que era lo que buscaba.
En marzo viajó a Norteamérica, para consultar con Sarah, dejó a Li y a Puri solas en casa. Ese hecho la hizo muy feliz, porque las dos chicas, tan diferentes, y que al principio ni siquiera tenían un idioma común, se habían hecho íntimas, y no se mostraban celosas de que su amada fuese a Norteamérica, no solo a consultar con la austera Sarah, sino también para hacer el amor con Angie.
A la pequeña pelirroja la encontró tan encantadora como siempre. Vivía con sus dos novias, pero su relación con ellas parecía como más distanciada. Angie le juró que no se habían peleado. Hablaron mucho de la “lovely sisterhood”. Trató de controlar sus emociones durante la visita, porque se daba cuenta de que la intimidad que habían creado en su gran viaje ahora maduraba con el tiempo. Hablaban mucho y hablaban bien. Las otras dos no se entrometían y se iban a pasear juntas, a tomar refrescos en los parques, en un vecindario apacible, de estudiantes, de personas felices y prósperas. Hablaban de la sororidad, de cómo el amor podía perseverar, perdurar. Buscaban palabras para el "amor": vida, ensueño, delicadeza, sensibilidad... Se hacían narcisistas de las palabras y sobre todo de los gestos, de los acentos: el enemigo era la pasión, la locura del paso del tiempo. Se tomaban de la mano, se sonreían tratando de no ruborizarse. Trataban también de evitar las palabras demasiado torpes, admirativas, superlativas... tontas. El amor tiene que ser inteligente, modesto, rico y exacto.
Entonces se pusieron a hablar de religión. Stella dijo que la religión era sobre todo para amansar a los hombres, pero las mujeres podían vivir en religión a través del amor. Faltaba una religión del amor. Una religión que fuera todo amor. Así el amor no sería sospechoso, demasiado dependiente, ansioso. Una religión del amor sería vivir sin leyes, sin ansiedades y sin ignorancia. La sororidad. Todavía era algo de poesía, de arte. Todavía no era pensamiento. Pero podía llegar a serlo. Lo que caracteriza a la religión es la emotividad ideológica, una unidad de discurso en torno a la cual se produce una identidad emotiva. Por eso, una religión del amor debía incluir una creencia encarnada en símbolos que despertaran emociones de admiración, de trascendencia, que sirvieran para educar a las jóvenes y alentar a las mayores. Y debía contener una visión del mundo, una explicación de todo. La mejor simbología la encontraba en el amor de las muchachas. Stella ya no era una muchacha, y, rodeada allí de estudiantes, añoraba no haber vivido una juventud tierna y cálida, y en su lugar haber padecido la sórdida humillación de los clubs de alterne.
De eso hablaban, y lo disfrutaban. Nunca se había sentido tan libre para hablar del amor. Nunca antes había sentido que esa palabra pudiera usarse con tanta precisión y con tanta naturalidad. Decirle a alguien esa palabra con pureza en la voz, pronunciando las sílabas como si fueran besos, sin dudas. Porque aquel amor era puro, sin compromiso ni pasión: de consumación imposible.
Incluso eso vino bien para su encuentro con Sarah. En el apartamento de su amiga y la novia y maestra de su amiga, se dio el acabado final al libro. Se editaría antes del verano (como lectura para el veraneo) en una pequeña editorial y Stella puso cinco mil dólares para financiarlo y asegurar una buena distribución. “Dulce sororidad” aparecería más tarde en España, pues Concha todavía estaba esperando “Primeras experiencias”.
Y todavía planeaba escribir la novela erótica para su propia diversión: la historia se iba concretando cada vez más, pero Estrella disfrutaba sobre todo con sus fantasías. Se había agudizado su sensibilidad erótica y todavía rondaba su cabeza una fantasía que no había realizado (bueno, en su cabeza había más de una). Lo comentó con Sarah y su novia y les pareció un poco excesivo, una especie de anti-Lolita, lo del internado de niñas sistemáticamente pervertidas.
Se le había ocurrido ambientarlo en Suiza: dos chicas alemanas nacidas en 1930 habrían sido violadas en un internado por los soldados rusos invasores en Alemania del Este. Hanna le había hecho algún comentario al respecto de aquellos sucesos (¿los alemanes no habían violado mujeres rusas mientras estuvieron invadiendo por allí?), y después Estrella había leído alguna cosa más (aunque, por supuesto, pensaba documentarse mejor). Transformadas por la agresión masculina, pero unidas por su amor con el que reparaban el daño sufrido, las dos escapaban al Oeste a los veinte años, y en la Alemania de la posguerra tomaban caminos distintos, aunque siempre unidas. Una se hacía profesora y la otra prostituta de lujo.
Finalmente, se instalaban en la rica Suiza, y una vez la prostituta se hubiera forrado (como Estrella), surgía la idea de poner en marcha el internado para desarrollar una alternativa al mundo masculino. Ya viajaría Estrella a Suiza a buscar entornos adecuados (¿qué habría sido de la quejosa Martina?). El internado empezaría a funcionar en 1965 (la "Alemania del Milagro", la época en que su tío Eusebio emigró) y seleccionarían a profesoras de diversos países. Primero se harían con las profesoras y resto de personal. Una vez consolidado este aspecto, comenzarían a trabajarse a las niñas, un poco como en una historia de terror gótica, pero con libidinosa ternura (¡mucho mejor que en "Mädchen in Uniform"!). Inventaba detalles, escenas… le faltaba aún localizar un momento dramático a partir del cual desarrollar la historia. Estrella comenzaba a pensar en sus propios cuarenta años, cuando esperaba alcanzar su esplendor como hermosa mujer madura y mujer sabia. En su historia, eso sería 1970. Una buena época para el amor…
En mayo, salió por fin “Primeras experiencias”. Se lamentó con Concha de que se trataba de un libro con no demasiada documentación. Pensándolo bien, ella solo había iniciado en el lesbianismo a una docena de mujeres. Hubieran debido ser más.
Y no había iniciado niñas. Siempre había deseado a las colegialas de los internados religiosos. Desde niña había soñado con ese tipo de amistad íntima. Había ido a un colegio religioso en su barrio (relativamente barato) hasta los trece años, pero ella estaba como externa, y las chicas internas (pueblerinas) tampoco le parecieron tan dulces. De los catorce a los diecisiete estuvo en un “instituto” en el centro de Málaga, público pero por entonces solo femenino. Tampoco allí halló amistad íntima, aunque sí chicas a las que deseó (por supuesto, la horrible perversión sexual del lesbianismo jamás se le hubiera pasado entonces por la cabeza). Fue curiosamente en su último curso de enseñanza media (el último curso en el que fue una alumna brillante) cuando conoció chicas estupendas, de una clase social más elevada que la suya, procedentes precisamente de esos colegios religiosos elitistas que tanto había envidiado. Pero tampoco llegó a hacer amistades íntimas, quizá por timidez e inseguridad, y quizá también porque, al fin y al cabo, hasta los dieciocho años su madre ejercía sobre ella una extrema vigilancia. De hecho, no podía salir sola nunca salvo para ir a clase.
Después vino su libertad, en la universidad, como estudiante becada. Pero inmediatamente apareció el fracaso y, tras una agonía de dos años, el suicidio social… y cierta fortuna…
Había necesitado mucho tiempo y mucho dinero, viajar mucho, aprender muchos idiomas y leer muchos libros para poder hacer, por fin, buenas amigas íntimas. Por supuesto que había valido la pena, pero era curioso que para ello hubiera necesitado degradarse socialmente como prostituta. E incluso parecía poco.
Levantarse una mañana de primavera de 1996 oyendo piar los pájaros en una estupenda casa de campo, con dos chicas tan buenas como Li y Puri, una a cada lado de la cama junto con ella, sabiendo que en el piso de abajo su madre y su hermana vivían bastante felices, y poder dedicarse después a escribir sus libros, leer sus cartas y ordenar sus profundos pensamientos, no era desde luego un fracaso en la vida. Era sin duda un triunfo… pero parecía poco si se consideraba lo lógico que debería ser el vivir rodeadas de un amor universal. ¿Por qué solo esto, y al cabo de tanto tiempo? ¿Qué menos que el mundo entero convertido en una comunidad de bondad, conocimiento, alegría, belleza y placer?
Los libros que le mandaba Sarah abordaban ese tipo de temas desde el punto de vista científico. Como mujeres, tenían la ventaja de la maternidad y los datos científicos que demostraban que la agresividad era cosa de los machos. Pero no había motivo para la complacencia, porque las mujeres también podían volverse malas, y no solo cuando se peleaban por los hombres (recordaba a algunas putas que había conocido en la época en que con Paula frecuentó los bares de alterne, unas cuantas semanas... demasiadas semanas). Y las mujeres, había que reconocerlo, seguían siendo demasiado débiles, demasiado pusilánimes.
Puri no aceptaba eso. Li sí. Sarah se atenía a los datos estadísticos. Patri decía que eso podía superarse. Irene se negaba a hablar en esos términos (hacía mucho que no sabía nada de ella). Hanna, como Li, admitía que solo la unión permitía superar la debilidad de carácter. Laurie dudaba de los datos estadísticos que, en todo caso, no eran su campo.
Cosas de mujeres. Los hombres -los hipócritas- decían amar a las mujeres, pero la mejor forma que tenían ellos de insultar a otro hombre era llamarlo “mujer”.
Lo último que había leído sobre la cobardía y “falta de carácter” eran descripciones bastante prosaicas. Le había comentado a Sarah que esa flaqueza era un equivalente psicológico de la debilidad física: una apreciación exagerada del peligro, cosa de reflejos. ¿Por qué, sin embargo, se hacía de ello una forma de ataque a la autoestima? Quizá el error era la misma autoestima.
Bien, sí, las mujeres eran pusilánimes. Los hombres eran valientes. Y puesto que valientes, crueles. Y puesto que crueles, falsos. La violencia del macho iba unida también a su hipocresía y su astucia, las cuales, a su vez, estaban motivadas por su imparable deseo de dominación.
El desarrollo humano consistía en estimular unos instintos y reprimir otros. Pero no valía la pena estimular aquellos que eran débiles de por sí. Convertir a las mujeres en valerosas luchadoras no iba a servir para equipararlas a los hombres. ¿Y quién quería ser hombre? No, lo que había que estimular era la maternidad, la dulzura de sentimientos, la curiosidad y la alegría.
Cada día, Estrella se daba cuenta de que tenía más razón incluso de lo que había pensado en principio: agrupar a las mujeres en comunidad significaba estimularlas a hacer lo que podrían hacer mejor: amar de forma extensa y flexible.
El pobre doctor Freud pensaba que el amor era escaso, que el amor que se da a uno hay que quitárselo a otro. Eso es lo que se llama “juego de suma cero”. Pero el amor de la mujer no funcionaba así: puede multiplicarse, extenderse. No es un depósito que se vacía, sino una sinergia.
Si lograba crear esa "lovely sisterhood", ganaría el mundo entero. Si lograba seducir a las colegialas, ganaría el mundo entero. Las posibilidades eran enormes. Se veía como una revolucionaria del pensamiento, una profetisa. Después de Darwin, Freud y Marx, ella, Stella la prostituta.
No iba a necesitar menos para desprenderse del estigma de la indignidad…
“Estás loca, pero te adoro…” Eso lo decía Puri.
Le había costado trabajo aprender a ser amada. Al fin y al cabo, su carácter también tenía defectos. Era pusilánime, por supuesto, pero también hablaba demasiado, y era indiscreta, y demasiado entusiasta y cerrada en sí misma. A veces hería a la gente más susceptible. Necesitaba tener cerca de ella a mujeres pacientes y tranquilas como Hanna o Li. Entonces funcionaba perfectamente. Sus ojos verdes y sus labios funcionaban perfectamente.
En el fondo, lo había aprendido siendo prostituta. En el fondo, vivir era actuar. Durante año y medio fue la esposa perfecta de Marcus Ellis. ¿Qué le había dicho en los últimos días, cuando temía que él se volviera loco de amor y la asesinase?: le había dicho que la vida consiste en atesorar recuerdos mientras se puede. No se puede vivir eternamente, lo mismo que tampoco se pueden extender las sensaciones eternamente. Durante año y medio se había comprometido consigo misma en hacer feliz a aquel hombre a cambio de millón y pico de dólares. Era un trabajo. Un trabajo, sin duda, para el que tenía cierta vocación. Igual que un médico cura el cáncer para sentirse satisfecho de sí mismo… pero tampoco lo haría gratis.
Había aprendido, haciendo de puta en Madrid, a mostrarse humilde, sumisa, ingeniosa, sexualmente activa, siempre educada y afectuosa. Había aprendido a mantener las pupilas dilatadas, algo que no es nada fácil (por lo visto, algunas cortesanas de la antigüedad utilizaban colirios para producir ese efecto). Relajar los músculos de la cara. Suavizar su voz.
Pero para eso tenía que trabajar la mente. “Concienciarse”
“No entiendo cómo puedes tratarlos así” se indignaba Paula cada vez más.
“¿Qué hay de malo en que sean felices?”
“¡No se lo merecen!”
“Todo el mundo se merece ser feliz. Ellos se comportan educadamente conmigo, y me pagan. Muchos me ofrecen matrimonio creyendo que me hacen un gran honor. Cumplen su parte”
“¡Pero tú los engañas!” así empezaba Paula sus discusiones. Eso fue cuando estuvo pensando en irse de Madrid para evitar aquellas escenas o que acabara pasándole algo peor.
“¿Cómo que los engaño? Soy una actriz. Represento una esclava feliz de servir a un buen amo”
Paula se mordía los labios de rabia. Tres días antes, Estrella le había explicado, muy contenta, cómo casi había enloquecido de placer a uno de sus clientes por haber perfeccionado –según su gusto- el numerito del vestido de novia. Ella lo había recibido vestida de novia, maquillada y con la corona de flores en el pelo que él mismo le había regalado la otra vez. El tipo, un viejo feo y con cara de pervertido, aristócrata y millonario ocioso, un parásito, la había besado intensamente en la boca, palpado las suavidades y delicadezas –un tanto sobadas ya- del vestido blanco. Luego la hizo dar la vuelta y le ató las manos a la espalda. La puso de rodillas y ella agachó la cabeza. La estuvo contemplando. Una preciosa chica de 22 años, vestida de virgen, atada y arrodillada, con los párpados bajos, silenciosa, a la espera de que la sacrificasen. El viejo se agachó, volvió a besarla, a babearla, a apretarla. Ella pensó que iba a pedirle que hablase, pero no. Temblando de deseo y de indecisión, la puso de pie para echarla a la cama boca abajo, le levantó el vestido, descubrió sus nalgas blancas, redondas, perfectas y abundantes, la lubricó y la sodomizó con un vigor desesperado impensable en un anciano. Estrella no sufrió mucho daño por la punzada, pero temió que, dada su extrema excitación y su edad, el tipo se muriera de un ataque.
Y cuando se lo contó, la que se puso al borde del ataque fue Paula. Porque no solo Estrella hacía esas cosas sin vergüenza alguna (incluso con cierta fascinación) sino que estaba aprendiendo inglés, leyendo libros, buscando amigas lesbianas por correspondencia. Hablaba mucho con Patri. Hablaba mucho con los clientes. Se había comprado el piso en las afueras de Madrid sin contar con ella (aunque le había dicho que podría usarlo cuando quisiera). No iba a ser la compañera de Paula para toda la vida. No iban a criar a su hija juntas. El verano del año anterior había pagado la mitad del piso comprado en el pueblo de Paula (para su madre y su hija) y cometió la torpeza de decirle que debía devolverle el dinero, poquito a poco, eso sí, pero que no lo olvidara. Tardaría mucho tiempo en darse cuenta del odio -envidia- que despierta el dinero que los demás tienen y tú no.
¿De qué le servía a Paula que Estrella insistiera en que siempre iban a quererse? ¡no quería vivir sin ella!
“¡Esas cosas que haces!” jadeaba “¡y cómo te lo tomas todo, con tus libros de mierda y tus clases de inglés…!”
“¿Y el amor?, ¿el amor que siento por ti, no vale?”
“¡Qué amor ni qué cuernos sientes tú! ¡Conmigo también finges!”
“Yo no finjo. Te quiero. Y no desprecio a los clientes. No se portan mal conmigo…”
“¡Me quieres, pero no mucho! ¡Ya no me dices lo que me dijiste en Sevilla, las primeras noches!, ¡que yo era tu vida!”
“Pero es que yo tenía muy poca vida entonces… Siempre serás parte de mi vida…”
“¡Quiero ser toda tu vida, so guarra!”
Y entonces temió que le pegase, y Estrella se puso a llorar, como hacen las mujeres. Paula también lloró, la abrazó y siguió quejándose, desfallecida: “no me quieres… no me quieres… Para ti soy poco…”
Estrella odiaba eso. Li y Puri no se quejaban de tener cada una la mitad o menos de la mitad.
Sarah le había descubierto, hasta el momento, dos únicos testimonios de amores lésbicos en el mundo antiguo: en China, las obreras textiles de la seda formaban parejas o tríos; en África, las mujeres casadas, cuando sus maridos se iban a cazar búfalos, tomaban a chicas adolescentes para el amor y a aquello lo llamaban “jugar a mamás y a bebés”… No "a marido y mujer”…
Plasticidad erótica: el paraíso al alcance de un beso…
¿Dónde estaría Paula? No se atrevió a buscarla después de que, tras el último arrebato, se fuera amenazando que iba a suicidarse, que ni podía vivir sin Estrella ni podía soportar más que la humillase (por no considerarla “toda su vida”).
Siempre esperaba saber algo de ella. Al fin y al cabo, conocía la casa de su madre en Torremolinos, habían pasado allí un verano casi feliz, el de 1984. La hija de Paula sería ya una adolescente (no valía mucho aquella niña, eso no ayudó: era falsa, caprichosa, egoísta, mala y vulgar).
Cuando hizo sus bolsas y se fue, Estrella fue demasiado cobarde para suplicarle que se quedara. En el fondo, tenía demasiado miedo de su violencia. Algo parecido a lo que luego le pasaría con Marcus. No, no siempre había sido todo tan feliz. La gente no sabe amar…
Si el amor no nos hiciera mejores… entonces, ¿para qué? La pasión es el enemigo.
A primeros de junio fue a Madrid a presentar el libro y vio a las amigas. Toñi se había casado con un tío: un buenazo que se ganaba muy bien la vida con la electrónica.
El chico estaba un poco intimidado en la cena que se dieron y en la que él era el único hombre, pero Estrella cada vez dominaba mejor las artes de su propio encanto. Supo fascinar sin ofender. Patri y Elena estaban muy bien. Habían tenido un pequeño fracaso económico (un gimnasio), pero salían adelante. Aunque no se decía, estaba claro que contaban con la ayuda económica de Estrella por si todo iba muy mal. Puri y Li también asistían, y se lo pasaban bien. Li hablaba ya un español perfecto.
Aquella cena precedió al acto que se dio en el mismo Ateneo, con participación de algún famoso (un escritor homosexual muy popular y no malo) y fue posterior a una comida muy cordial con Concha y su marido. Fue un momento feliz, de triunfo.
“Tengo tres libros publicados pero apenas gano dinero con ellos. Puede que gane algo con algunas colaboraciones en prensa que me van a ofrecer… Sin embargo, las críticas no son malas, y eso me hace feliz. Pronto tendré el libro bueno en la calle, mi gran obra, y entonces ya seré feliz del todo. Solo me tocará divertirme.”
“¿Vas a viajar este verano?” preguntó Patri, que apenas viajaba.
“Sí… en el fondo, a mi madre le gusta que le deje los dos meses del verano libre… Conmigo en la casa mi hermano no le trae sus nietos a que los vea… Tengo una sobrina de dieciséis años… Mi hermano no quiere que se me acerque. Apenas la conozco, ciertamente. Y lo mismo pasa con una primita que me gusta mucho.”
“Eso es bueno. Si te temen, es porque saben que tienen sus razones” observó Puri.
“Yo le conté a Jose el rollete nuestro, y no le pareció mal”, semejante revelación pública de un episodio que Estrella suponía secreto fue una sorpresa por parte de Toñi. La sorpresa de la noche. El pobre Jose se ruborizó tanto como Estrella misma, cuya sorprendente timidez encantó a todos.
“Pero eso fue… curiosidad” se atrevió a comentar la autora de “Primeras experiencias”, que pensó entonces que había sido igual el tema del libro lo que había impulsado a Toñi a hacer la confesión.
“Si los hombres te gustaran, éste te gustaría”, afirmó Toñi modestamente, refiriéndose al joven enamorado y caballeroso que guardaba un intimidado silencio.
Estrella sonrió pero no dijo nada. Hubiera podido decir aquello de que, simplemente, Jose era un hombre débil.
El día siguiente fue un gran éxito. La sala estaba llena, le hicieron muchas preguntas y se vendieron un montón de libros.
“No deberías irte ahora”, opinó Concha.
“Mañana tengo que ir a la tele, ¿no?”
“Sí, pero quédate más tiempo… algo más saldrá”
No, no valía la pena. Le dio un beso a Concha en la mejilla.
Aquel verano se fue a Alemania y Puri la acompañó: nunca había viajado en avión. Li, por su parte, voló a Canadá sola, a ver a sus padres
En Alemania estuvieron con Hanna y su novia, y después fueron todas juntas a Suiza, a ver escenarios para la posible novela lésbica. Volvió a ver a Martina, que estaba con un tío muy macho, un rubio muy guapo. Eso no iba a funcionar nunca. La amistad tampoco funcionó. Martina era rencorosa y poco sincera.
Quizá la había sobrevalorado cuando la conoció en aquel entorno tan romántico del sur de Francia, ocho años atrás. O quizá Martina se había estropeado. Seguía creyendo en Dios y en la agricultura ecológica. Volvió a reprocharle a Estrella su frivolidad y su dinero.
Estrella comparó a Hanna (acompañada por su discreta novia, Brigitte) con Martina y pensó que todo aquello era absurdo. Mujeres como Paula, como Martina, como Violeta… Qué frágiles son las mujeres…
Después voló a América, se reunió con Angie, y en Indianapolis se juntaron todas con la profesora Sarah, en una cabaña junto a un lago azul. Pero no encontraron arándanos cuando pasearon por los bosques. Puri resplandecía entre tanto verdor y tantas flores, qué diferente de la ardiente Andalucía de las cosechas de aceituna y algodón.
“No escribas esa novela pornográfica, Stella. No te diviertas tanto”, le reprochó Sarah.
“La verdad es que no tengo prisa por escribirla… tengo más proyectos… tengo tantos… Pienso también en producir películas lésbicas, pornografía. Quiero hacer atractivo el lesbianismo. Mi amiga Laurie, la escritora inglesa, dice que podemos sacarle partido a la popularidad del lesbianismo. Es una belleza objetiva, y la plasticidad erótica está de nuestra parte. Puede ser solo una circunstancia personal, pero así es como funciona la evolución natural, ¿no? Los peces tenían la vejiga natatoria y la acabaron usando los anfibios para respirar; los dinosaurios tenían plumas para calentarse y las acabaron usando los pájaros para volar. Aprovechemos que yo he sido prostituta y lesbiana elegante para promover nuevas formas de vida. El objetivo es alcanzar la colmena, el reino de las hadas, el convento lésbico. Da igual que se trate de adaptaciones oportunistas…”
“En biología se las llama exaptaciones…”
“Eso. A muchas chicas les da vergüenza ser vírgenes, y se buscan novio para no ser menos que las otras. Mejor que se hagan prostitutas y ganen dinero, como yo hice. Les será más fácil que a mí… De hecho, estoy pensando en escribir un manual para orientar a las chicas que quieran hacerlo… Fíjate tú: ¿qué chica querrá buscar novio, si su novio puede obtener placer de una prostituta fuera del mundo de la marginalidad? Si se pierde el estigma de la prostitución, las relaciones hombre-mujer perderán su carácter sacramental. Acostarse con un tío no será nada especial: solo una forma inteligente de negociar con los sentidos y los instintos.”
“Estoy de acuerdo en superar los prejuicios… Pero todo eso hará depender de nuevo a la mujer de su atractivo para el hombre… Las lesbianas se promoverán porque a los hombres les gusta verlas… Las chicas se independizarán de los roles sociales complaciendo a los hombres…”
“Pero al final de ese camino seremos libres, Sarah… Piénsalo: lo esencial es que el amor no se desperdicie, que las mujeres no derrochen su amor en el hombre. Es una ruina: es un juego de suma cero, mientas que la suma positiva es mi propuesta de amor plural.”
“No podemos saber cómo lo van a entender los demás, Stella… No puedes precipitarte así en sacar conclusiones…”
“No es sacar conclusiones: es hacer una propuesta. No podemos quedarnos en la indefinición, sin hacer nada. Yo haré una propuesta, y si fracaso, de mi fracaso algo se aprenderá…”
Sarah había dado a su libro un giro más general. Había recopilado ensayos acerca de comunidades femeninas. Había aceptado las ideas de Stella, pero no les había dado el protagonismo. Lo que interesaba a Sarah era la amistad íntima femenina y el hecho de que no se explotaban sus posibilidades. Las posibilidades de la amistad íntima femenina no explotadas eran especialmente dos: el placer sexual lésbico, por supuesto, pero también la comunidad plural: las mujeres podían vivir juntas, buscando placeres sexuales o no, en parejas, trios o cuartetos, criar a sus hijos juntas, adoptar uniones flexibles: mujeres heterosexuales, lesbianas, estudiantes adolescentes, profesionales, jubiladas.
“También algún hombre”, aceptaba Stella.
Sarah había recopilado incluido testimonios de mujeres que recordaban su época de felicidad en internados o residencias universitarias. Había aceptado todas las sugerencias de Stella acerca de realizar actividades de “counselling” para desarrollar la pureza de sentimientos. Incluso habían logrado una buena definición del comportamiento dulce, del angelismo psicológico.
“Es el fin de las feministas rabiosas”, sonrió Sarah.
miércoles, 13 de agosto de 2014
Capítulo 10. En la tele
La presentación del libro implicaba ir a algunos actos, alguna entrevista y aparecer en la tele. Como el tema del libro era sexy, y ella fotogénica, el asunto tendría fácil salida. Al editor, un tipo muy presuntuoso, le había pasado el manuscrito de su novela “Los amados extranjeros”, para ver qué opinaba, y como agente utilizaba a una de por allí, que no le hacía mucho caso. La tipa solo le había comentado que su historia como prostituta podía servir también para algún proyecto comercial. No sería la primera prostituta que contara sus experiencias, pero eso siempre vende…
“Yo no necesito dinero…”
“Pero te haría popular y te permitiría difundir tus ideas…”
El primer acto fue en una importante librería de Barcelona. “Mundo Lesbi” se presentaba como “el primer libro que relata, desde una perspectiva del Estado español y una experiencia personal, las posibilidades de la experiencia lésbica incluso en un sentido de ambiciosa utopía”.
En la librería se llenaron los ciento y pico asientos, lo que era un buen augurio para hacer apariciones en locales más amplios. Se había puesto muy guapa, un maquillaje lindo, pero no chillón, uñas pintadas, vestido elegante. Sabía que sus ojos medio verdes daban el máximo de luz.
Primero la presentó el librero y después habló ella: pretendía proporcionar orientación y aliento a las chicas que tanteaban su propia sexualidad; pero también esperaba sembrar dudas entre las que se consideraban heterosexuales insatisfechas. Que la plasticidad erótica femenina indicaba que el deseo genuino de la mujer no coincidía necesariamente con los intereses de la sociedad masculina. Que todas las que creen en el “príncipe azul” son lesbianas en potencia porque, si de amor se trata, entonces eso es algo de chicas. Otra cosa es a la que le gusten los hombres. Los hombres son una cosa y el amor algo muy distinto. Citó a Doris Lessing y a Juan Goytisolo como ejemplos de androfilia. Leyó al respecto un divertido pasaje de "Bella del Señor".
A la hora de las preguntas, la cosa se animó. Estrella pudo con todas las preguntas. Llevaba tanto tiempo predicando que ya no era fácil sorprenderla y estaba perfectamente preparada para responderlo todo, de manera que causó la impresión de ser una tía muy lista y bastante culta. Sin embargo, todas las chicas parecían disgustadas: a las lesbianas no les atraía mucho el tema de la “plasticidad erótica”, las heteros se enfadaban porque se les dijera que iban con los hombres porque obedecían los dictados de una sociedad masculina cuando en realidad existía una opción mejor. Solo los hombres parecían muy interesados en su rostro gracioso y sensual.
En cualquier caso, nadie se aburrió, la aplaudieron mucho y firmó y vendió libros.
Repitió en Barcelona un par de veces. Se dio cuenta de que su agente era una señora pedante bastante estúpida, pero no se atrevió a despedirla (siempre su pusilanimidad de fondo…). En su última presentación, el editor pareció sinceramente interesado, aunque de la novela no se dijo nada. El editor también dijo algo acerca de ella misma como personaje.
En Madrid no fue peor. Y allí tenía algunas amigas, incluidas Patri y Toñi, si bien las lesbianas locales le dieron de lado, pues a ninguna le gustaban sus teorías.
Consiguió pronto salir en la tele, en tres programas; era la primera época de las televisiones privadas y todas competían por conseguir asuntos llamativos. Un programa era de tema cultural, y allí la dejaron para el final, a altas horas de la madrugada, con una presentadora que no tenía ni idea de qué trataba su libro. Después estuvo en un programa de mediodía, no muy seguido, como rareza. Finalmente, en un programa sensacionalista de máxima audiencia, pero también muy tarde (“late show”). El presentador era un tipo charlatán y presumido, de una vivacidad casi histérica (¡ay!, ¡ya no estaba el señor García Tola, que tanto le habría gustado en su lugar!). Antes del programa, el tipo, de un morboseo que buscaba la proximidad física, le preguntó si podían hablar de su pasado de prostituta de lujo. Por su pusilanimidad (ésa que tanto sorprendía a quienes la tomaban por una mujer muy atrevida) no se atrevió a preguntar cómo se había enterado de esa faceta de su vida, pero dijo que no, que el tema de la prostitución se limitaba a solo una frase al final del libro (donde decía que ese tipo de “acuerdos” entre hombres y mujeres no debían descartarse en el futuro como una forma de coexistencia entre ambos sexos).
En el programa, el tipo empezó por decir que ella propugnaba un regreso a las amazonas, a lo que contestó:
“Ante todo, no cabe tal regreso, pues las amazonas no han existido nunca. No consta que semejante forma social se haya dado jamás. Y de todas formas, el desarrollo social suele ser un camino sin regreso; las formas sociales que hoy tenemos (como la igualdad legal entre el hombre y la mujer) no tienen precedentes y del mismo modo, las formas que vendrán tampoco tendrán precedentes. Por otra parte, las amazonas son una imagen de mujeres que imitan la forma de vida de los hombres, y yo rechazo eso. Preferiría que te imaginaras monjas lesbianas y ateas, a las que le guste el sexo”
“Pero, mujer… eso es un contrasentido”
“No, no creas, el deseo de las mujeres de vivir en sororidad (es decir, hermandad femenina) tiene mucho que ver con las experiencias místicas, como sentimiento que une, pacifica y se comparte. Lo importante es que no se reproduzca la forma de vida de pareja entre mujeres. La amistad íntima femenina puede ser algo mucho más abierto, más flexible y a la vez más intenso.”
“Pero eso sería una utopía futura…”
“Sí, pero ya puede ofrecer fórmulas a muchas mujeres hoy. A las mujeres nos encanta el amor”
“¿Y los hombres no nos merecemos nada?”
“Bueno, eso depende de cómo os portéis… además, siempre habrá mujeres a las que le gusten los hombres. Si los hombres gustan a los homosexuales ¿cómo no va a haber también mujeres a las que también les gusten?”
“¿Tú nunca has estado con un hombre?”
“He pasado por esa experiencia. El medio social me presionaba a ello. A las mujeres nos educan desde niñas para tener novio y casarnos. En países como Marruecos, en cambio, mantener relaciones entre hombres es algo relativamente tolerado bajo diversas fórmulas. Son diversas culturas.”
“Pero la fórmula que tú sugieres, aún no existe… menos mal”
“No, apenas existe. Pero ya sabes que muchas de las formas de organizar la vida íntima que hoy conocemos eran totalmente desconocidas hace cien años. Una mujer que viva sola y haga el amor con el hombre que quiera… ¿cómo se llamaba eso hace cien años?”
“Uff…”
Luego se dio cuenta de que no tenía que haber contestado a su pregunta sobre si había tenido relaciones con hombres. Siempre hablaba demasiado.
Por lo demás, se había puesto una falda más bien corta, enseñando sus blancas piernas (no de modelo por su longitud, ciertamente, pero apetitosas y bien proporcionadas, con buenos muslos). Buscaba explotar su físico por una buena causa.
Volvió a Villa Orchard poco después, tras reunirse con sus amigas en una cenita festiva. Pero tras despedirse de ellas había hecho una finta para quedarse en Madrid dos noches más: una agente de la editorial que la había presentado en dos de los actos de firmas se le había ofrecido, y Estrella quiso probar. Estuvo bien, y en la cama esa mujer divorciada y con dos hijos le confesó que era su primera vez. Fue entonces cuando se le ocurrió que con eso podía escribir otro libro, porque ya empezaban a ser muchas las iniciadas. Nunca olvidaría a aquella querida Maggie, la primera, de cuando se liberó por fin de su matrimonio. Muchas mujeres en busca de una “experiencia” tierna e intensa llegaron después. Y siempre era lo mismo: llegaban muy nerviosas y muy ansiosas, gozaban muchísimo, se justificaban en términos casi místicos... pero después decían que nunca volverían a hacerlo, como asustadas. Asustadas de lo mucho que les había gustado...
(A Estrella no se le ocurrió por entonces el que si huían era porque no encontraban en ella un ofrecimiento amoroso en proporción a la sensación que habían vivido. Estrella se mostraba cálida y dulce, ofrecía su amistad eterna... pero no un compromiso amoroso. Tardó tiempo en darse cuenta de que ése era su error. Y cuando se dio cuenta, le echó la culpa a la inexistencia de la "sororidad". Solo una "sororidad" firmemente establecida podría compensar la falta del ofrecimiento personal -"matrimonio"-. A las mujeres les gusta casarse porque les gusta la seguridad.)
De sus anuncios de contactos que aparecían en publicaciones de todo tipo (desde las proposiciones más groseras de los periódicos de anuncios hasta revistas para mujeres “normales”), el que ella seguía invariablemente manteniendo era el de una mujer bellísima y delicada que se ofrecía como “primera experiencia”. Y ahora pensaba que podía desarrollar esos recuerdos y experiencias propias como un tema que refrendara la teoría de la “plasticidad erótica”.
Permaneció un par de semanas en casa, dándole vueltas a aquel nuevo tema. En ese tiempo le llamó por televisión uno de los guionistas del presentador-estrella de la tele. Ella había gustado y querían incluirla en más programas a horas de mayor audiencia. Aquel tipo y sus guionistas habían formado una especie de galería de freaks en las que aparecían desde asesinos ex convictos que proclamaban su inocencia hasta transexuales drogadictos que se prostituían en la Casa de Campo. Aquello era para pensárselo. Esta vez no podría callarse de lo de su pasado de prostituta. Tenía que explotarlo.
No habría sido la primera prostituta en salir en televisión. Desde el auge de las televisiones privadas en España había unas cuantas chicas de placer (una de ellas bastante mona, por cierto) que aparecían en ese tipo de programas de telebasura.
Ella podía ser prostituta, lesbiana y profetisa. Necesitaba pensar en ello y organizarlo. Su agente de Barcelona no le servía para nada. ¿A quién podía recurrir? De entre sus conocidas, no había nadie de confianza dentro del mundo del espectáculo.
¿Y qué saldría de todo ello? ¿Convertirse en un personaje de los programas de variedades? ¿Conseguiría con ello expandir sus creencias? Hubiera preferido que eso se produjera en otros entornos. Pero podía tratarse de un primer paso. Al hacerse popular pasaría a otros programas de la tele más conocidos. Y su libro se vendería. Y sus siguientes libros.
Comenzó a planearlo. Lo hacía en la cama, con Puri, que le daba besos mientras hablaba y le decía que sí a todo. Podía publicar dos libros más (y, quizá, la novela). El segundo libro sería sobre las “primeras experiencias” y la “plasticidad erótica” (algo que apenas había figurado como unos pocos párrafos en “Mundo Lesbi”). El tercer libro sería la descripción de su utopía.
“Y un cuarto libro… y un quinto libro…”, reía Puri, desnuda y feliz en la cama de cálidas sábanas, abrazada a su “señora”.
“Más las novelas…”
Al describir la utopía hablaría ya más francamente de la prostitución. Y también quería hablar de la educación de las niñas. A veces había sentido la tentación de seducir a chicas menores. Colegialas de uniforme, muñequitas. Aunque no estaba segura, pensaba que las experiencias lésbicas a esa edad tan tierna habían de ser irresistibles: podía tratarse de la "prueba científica" de la plasticidad erótica.
A veces sentía un fuerte deseo. Si iba de compras (eso ya le había pasado en Estados Unidos, cuando era la concubina de su marido) le resultaba fácil hacerse amiga de una colegiala tímida con la que se había tropezado en un centro comercial. Ella siempre les gustaba: las niñas también se enamoran de sus maestras: “chicas de uniforme”…
Pero nunca se había atrevido. En Norteamérica la hubieran condenado a cadena perpetua por eso. En España, curiosamente, de los trece años de edad en adelante era admisible el “consentimiento sexual”. Pero nunca se había atrevido.
Poco antes del verano hizo otra gira de promoción de su libro en diversas ciudades (exactamente cuatro). El libro se vendía lo suficiente y algunas revistas le habían concedido reportajes. Explotaba su belleza, igual que hacía Shere Hite (Hite, por cierto, había rechazado sus ideas sobre la plasticidad erótica). Se aburrió pronto de aquellas “giras”. Al principio estaba muy bien eso de ir de “escritora”, y ser recibida por los agentes, editores, libreros, enchufados “culturales”… Pero los tipos se mostraban tontamente libidinosos y las mujeres estúpidamente hostiles. Así una se aburría pronto.
Al menos, fue en esas ocasiones cuando creyó encontrar por fin la persona adecuada para sus planes televisivos. No le quedaba mucho tiempo: pasado el verano ella podía pasar de moda.
Se llamaba Concha y parecía más presentable que la mayoría de quienes trataban en ese entorno pernicioso de los medios de comunicación. Era una mujer casada, bastante seria y todavía joven. Se había metido en esos negocios de representación sobre todo por su marido, que era periodista.
“Lo que no sé es si podría convertirme en tu agente literaria, eso es un ramo que no suelo trabajar…”
“Ahora mismo, me falta mucho para tener el siguiente libro, por cierto que el tema…”
Se lo explicó. Concha se sonrojó fugazmente.
“Es un buen tema, pero imagino que, aparte de tus experiencias personales, tendrías que documentarte…”
“Bueno, para hacer un libro que sea ameno…”
“Y te falta un título.”
“Estoy en ello…”
Concha fue la que negoció con el periodista de la tele, y apareció de nuevo en el show a primeros de junio, a horas de gran audiencia.
“Con nosotros tenemos esta noche a una mujer impresionante. No se la puede comparar con nadie… mejor que se presente a sí misma después de que nosotros nos dejemos deslumbrar por su belleza…”
Aplausos y aparece ella, caminando con cuidado, luciendo piernas y sonrisa a lo Gioconda.
“Estrella, tú eres una lesbiana que predicas la buena nueva a muchas mujeres para que sigan su propio camino separado del de los hombres. Pero tú has estado próxima a muchos hombres. Nos conoces. Y porque nos conoces no nos quieres, ¿es eso lo que enseñas en tu libro?”
“No me gusta que se diga que yo no quiero a los hombres. Hay muchas formas de querer a las personas, de ayudarles, de complacerlos y comprenderlos. Pero el amor de una mujer nunca puede ser correspondido por el de un hombre. El amor de mujer es demasiado tierno y dulce como para el hombre pueda igualarlo.”
“Hablas de complacer. Pero algo sorprendente en ti es que has complacido a muchos hombres a pesar de que no te gustan. Has estado casada y admites abiertamente haber ejercido la prostitución de lujo, algo sobre lo que no hay precedente en las escritoras.”
“No es exacto lo de que no hay precedentes de prostitutas escritoras, al menos Albertine Sarrazin, Jeanne Cordelier, Xaviera Hollander y Griselidis Real me han precedido. Y, por cierto, no siempre lo ejercí “de lujo”. También estuve en bares de alterne algún tiempo, y conmigo pudieron acostarse camioneros o taxistas.”
“Pero acabaste casándote con un millonario… norteamericano, según creo”
“No era una mala persona, y yo necesitaba el dinero. Fue una relación honrada, y ese podría ser un buen ejemplo de relaciones honestas entre hombres y mujeres. No me estoy refiriendo, desde luego, a la prostitución que se ejerce hoy en el mundo entero en un 99 %, que es un tráfico infame. Estoy hablando de una experiencia excepcional mía y tal vez de un ideal futuro.”
“No sé si has conocido ya a Yasmín…”
“No hasta ahora, pero es un gusto conocerte ahora, Yasmín. Te he visto en otros programas…”
“Yo también estoy muy contenta de conocerte. Ya me he leído tu libro… Aunque no soy lesbiana”
“Nunca digas de “ese agua no beberé…”
(Aplausos y gritos del público)
“Estrella y Yasmín son dos auténticas bellezas, dos mujeres distinguidas, encantadoras, dos auténticas preciosidades. Ambas han tenido la generosidad de calmar el apetito de muchos hombres… pero ante tanta belleza uno se siente insaciable…”
“A veces es peor el remedio que la enfermedad, es cierto…”
“Yasmín, ¿tienes alguna pregunta que hacerle a Estrella?”
“Uy… tengo muchísimas… ¿Tú qué crees que ocurriría si hubiera en el mundo más chicas como nosotras, que hacemos el amor por dinero, pero con elegancia y delicadeza?”
“Bueno, ante todo, decir que yo dejé el oficio –si se le puede llamar así- cuando me casé, y que no he estado con ningún hombre desde 1989 y muy probablemente no volveré a estar nunca con ningún hombre…”
(Gritos y protestas del público)
“… pero en todo caso te diré que podrían ocurrir varias cosas. La primera de ellas, por supuesto, es que los precios bajarían…”
(gritos y aplausos)
“…la segunda es que disminuiría mucho con ello ese mundo horrible del proxenetismo y la trata de mujeres, del que algo sé, y la tercera sería que eso ayudaría mucho a normalizar las relaciones entre hombres y mujeres… Yo creo que si un hombre quiere estar con una mujer y gozar con ella, debería tener la opción de satisfacer su deseo de una forma inmediata, y no enredarse en una serie de engaños y abusos solo para conseguir algo que, en el fondo, es bastante simple…”
“Pero, Estrella, siempre habría mujeres a los que les gustarían los hombres…”
“Yo sospecho que no son ni la mitad, algunas experiencias en laboratorios de psicología hacen pensar eso. Además, hay una disputa tremenda entre hombres atractivos y menos atractivos. Muchos hombres con poco éxito con las mujeres se frustran mucho…”
“Pero es que depende de ellos el llegar a tener éxito…”
“No. Eso no es verdad. Un hombre feo es feo. Un hombre fracasado es fracasado. A las mujeres a las que les gustan los hombres no les interesan ni los feos ni los fracasados…”
“No estoy de acuerdo. Un hombre con encanto puede ser pobre e incluso feo…”
“No tengo ni idea de a qué te refieres. A mí los hombres, cuando me acostaba con ellos, me bastaba con que fueran limpios y educados.”
“Está claro que estas dos hermosuras nunca se van a poner de acuerdo acerca de sus particulares gustos. ¿Te gusta Yasmín, Estrella?”
“Claro que sí, es muy graciosa y muy femenina.”
“¿Te acostarías con ella esta misma noche?”
“Si ella quiere, pues por supuesto…”
(Gritos, aplausos y aullidos entre el público)
“Lo siento mucho, Estrella, me siento muy halagada, pero…”
“¿Y si Estrella, que es millonaria, te pagara por ello?”
(Estrella no había previsto semejante pregunta, no había venido en el guión indicativo que habían estado estudiando con Concha)
“Oh, no podría resolverse en tan corto espacio de tiempo, yo…”
“Eres un encanto, Yasmín, pero yo no pago…”
(Entonces recordó que Marcus había pagado dos veces por ella, para hacer un trío con una mulatita preciosa… Y que también le había pagado a aquella pobre chica, Carmen, cuando estuvieron en la comuna hippy. Y una vez sí pago a una escort, para probar, hacía un par de años… y si no repitió fue porque no le supuso nada especialmente excitante)
“Desde luego, no pareces el tipo de persona que necesitaría pagar por sexo… Pero oigamos que dice nuestra amiga Merche, feminista furiosa… y heterosexual…”
“Bueno, pues yo pienso que todo esto es muy gracioso y muy picante, pero no se debe frivolizar lo que, un poco avergonzada, me parece, Estrella ha referido como un drama real de esclavización de millones de mujeres. Y quiero aprovechar para decir que soy heterosexual, pero tengo muchas amigas lesbianas y ninguna está de acuerdo con la barbaridad de decir que prostituirse puede ayudar a las mujeres a liberarse…”
“Todo el mal de la prostitución viene del estigma que le asignan tanto el Santo Padre como las señoritas feministas como tú…”
“¡Esto no lo tolero! El estigma procede de la misma condición infame de que los hombres compren carne de mujer para complacerse… No hay mayor indignidad que comerciar con el propio cuerpo…”
“Cualquier actriz que se muestra desnuda en la gran pantalla comercia con su cuerpo. Cualquier modelo que se muestra en bikini para vender yogures… solo que a ellas no se les asigna el estigma…”
“Un momento, Estrella. A mí tampoco me parece bien que la prostitución se compare con el trabajo de una actriz o una modelo…”
“Bueno, pues que no te parezca bien. Es como los esclavistas del siglo XIX que encontraban intolerable que se comparase la esclavitud de los negros de África con la esclavitud de hombres blancos civilizados…”
“¡Y tú que defiendes la prostitución te atreves a comparar distintos tipos de esclavitud!”
“Es que yo he sido prostituta y nunca he sido esclava. Y creo que Yasmín tampoco. Mucho más esclavas son las pobres mujeres casadas que cometieron la estupidez de ceder a las presiones del entorno para…”
“Bueno, bueno… Ya basta de discusión, no quiero que os enfadéis”
“¡Es que es indignante! Esta guapita es una…”
“Ay, Yasmín… qué malas son las feas…”
(Carcajadas tremendas en el público, no se oyen los gritos de Merche, la feminista)
Tras los aplausos, salieron del plató porque cambiaba el espectáculo (iban a entrevistar a un famoso cantante que luego haría un play back). Merche, la feminista, se alejó de allí, enfadada de verdad. Estrella sabía quién era. Una de extrema izquierda, que incluso había estado presa por terrorismo. Decía que las mujeres eran una clase oprimida desde el punto de vista marxista. Las había más feas, era verdad.
Yasmín y ella se quedaron allí de pie, sonriéndose.
“Entonces, ¿conociste a tu marido en un club?”
Estrella podría haber rechazado la conversación con aquella señorita de compañía de coquetería un poco falsa, pero le gustaba la situación. Además, Estrella era dulce de carácter y no veía por qué iba a despreciar a aquella chica, aunque tuviera sus defectillos.
“Lo conocí en una orgía internacional, en el año 1986. ¿Se siguen haciendo esas cosas?”
“¿Una orgía internacional?, ¿qué es eso?”
“Sí, se reúnen grandes banqueros, políticos, jeques árabes. Se reúne un rebaño de chicas guapas desnudas, y los tipos se sirven, como en un buffet libre.”
“Qué horror. Sí, claro, conozco orgías, aunque no así tan organizados. ¿Eso fue en Las Vegas?”
“No, en Inglaterra, en una mansión en medio del campo. Un abogado me habló de aquello, yo entonces estaba estudiando inglés. Llamé, me dijeron lo que me iban a pagar y fui. En realidad, no gané tanto, contándolo todo, pero conocí a mi marido…”
“No me puedo creer que no te gusten los hombres. Si solo conoces a los clientes, entonces, claro…”
“Siempre hay tipos guapos que quieren ligar. Claro que sé que hay hombres guapos y feos, pero una chica guapa como tú es siempre mucho más guapa que cualquier hombre…”
“Mira, si quieres, hablo con mi novio…”
“No hago tríos, corazón.” (lo que no era muy exacto, pues recordaba habérselo propuesto ella a aquella preciosa chica francesa que conoció en Alemania, que tenía novio e iba a casarse; pero no le atraía liarse gratis con un proxeneta, que era lo que sería el "novio")
Entonces aparecieron Concha y su marido, y Estrella y Yasmín se despidieron sin entregarse sus números de teléfono. Quién sabe, pensó Estrella, quizá aquella coqueta un poco falsa podía haber llegado a hacerse amiga suya. Le habría gustado tener por amiga a una prostituta que hubiera pasado por experiencias “amables”, como las suyas.
Concha no parecía contenta:
“Te has comportado como si fueras del mundo del espectáculo, cuando tú quieres darte a conocer como escritora…”
“Pero lo importante es que se fijen en mí. Mi libro no sé si se va a vender o no. Y es solo el primero.”
“Vamos a ver si te consigo aparecer en un programa de más nivel que esto. Tengo que pensar en ello. Eres lesbiana, millonaria, ex prostituta y mujer hermosa. Supone una buena combinación de muchos elementos llamativos, pero hay que ordenarlos. Aquí no conviene que vuelvas, aunque supongo que te volverán a llamarán.”
“La pasta que te hayan dado te la quedas tú, Concha… Siempre y cuando aceptes encargarte también de mis libros…”
Concha aceptó: era una oferta buena.
De regreso a “Villa Orchard”, encontró a la madre disgustada por el espectáculo. Daba la impresión de que ella creía que, gracias a su riqueza, su cultura y su elegancia, había recuperado algo de respeto y ahora lo había perdido al meterse en la tele-basura.
Estrella pensaba que eso era un error: la gente simple que rodeaba a la madre, los que acudían a sus comidas, a sus reuniones en una finca bonita con piscina, nunca le habían otorgado a Estrella el menor respeto. Era la “puta millonaria”.
Puri, en cambio, quedó encantada, aquella primera noche después de su regreso se mostró cariñosísima.
Le comentó a la fiel sirvienta que andaba pensando en… no sabía bien… en demostrarle su amor con alguna forma de compromiso…
Sorprendentemente, Puri era una buena alumna y aceptaba que el amor no requería de ataduras formales, que lo principal era la sinceridad.
“¿Quieres que te organice lo de irte al extranjero de au pair?”
Puri dijo que, de momento, no. Que era feliz con su trabajo. Y que ella no sería como la rusita aquella, Guenia, que la dejó plantada de un día para otro.
Luego estuvieron hablando de muchas cosas. Puri tenía mucho sentido común campesino. En cierto modo, le recordaba a la tía Reme con la que, por supuesto, se llevaba maravillosamente. Todo el mundo quería a Puri. Menos el cretino del padre, cada vez más molesto, con su pesimismo trágico y ridículo, su decrepitud amargada.
A pesar de todo, el viejo molestaba poco. Pasaba casi todo el tiempo en casa de su hermana, salía a pasear. Todavía tenía su viejo cacharro y conducía e iba a Málaga a ver a sus amigos. Sin duda quejándose de tener que vivir albergado por su hija la prostituta, que había dicho tonterías en la televisión y que era viciosa y rara y...
“Has hecho bien en recogerlo, después de su operación”.
Le preguntó a Puri por la maternidad. ¿Le gustaban los niños? Pues claro. Y a ella también tenía que gustarle: ¿no había ganado algunas pesetillas cuidando de ellos cuando era estudiante?
Se estaba poniendo de moda la adopción de niñas chinas. Si ella y Puri adoptaran una niña china y la educaran para ser lesbiana…
“Uff, con eso sí que tendrías otro escándalo en la tele…”
Fue por entonces cuando se le metió en la cabeza escribir una novela erótica sobre unas profesoras que planeaban corromper a todas las chicas de un internado. Algo subversivo. Se acordó de la película aquella con Audrey Hepburn. Siempre sospechaba que era una tontería, pero le gustaba pensar en ella y escribir páginas.
Concha la llamó con una propuesta: una famosa revista “para hombres” quería hacerle una entrevista. Esa revista la leía mucha gente (muchos más que quienes la compraban). En la entrevista querían preguntarle por su pasado de prostituta. Y si se dejaba fotografiar desnuda y en actitud lésbica, le pagarían un dinero. Estrella no se avergonzaba de su cuerpo y ya había trabajado con un fotógrafo profesional cuando su entonces marido le hizo el reportaje fotográfico del que ahora ella gustaba de presumir (siempre en tono de broma), pero no necesitaba dinero ni tampoco aparecer en una revista que leían mayoritariamente los hombres. Declinó la oferta.
Pero después se le ocurrió algo y fue ella la que llamó a Concha. ¿El grupo editorial que publicaba la revista “para hombres”, no publicaba también revistas femeninas? Sí. Entonces éste era el trato: haría la entrevista, sin desnudos, gratis, a cambio de aparecer en la portada de una revista para mujeres.
Siguió un regateo: sin el reportaje de desnudos no había nada que hacer. Estrella convino finalmente: quería aparecer en la portada de dos revistas femeninas y no una sola, y quería supervisar el contenido de las tres entrevistas. El dinero (aparte de lo que correspondía a Concha) se daría a una fundación benéfica (y así se daría a conocer).
Vinieron a entrevistarla a “Villa Orchard”, a finales de junio. Rodeada de flores y de árboles frutales. Las fotos quedaron muy bien, y el contenido de la entrevista le permitió resumir sus propuestas. Se hicieron a la vez las fotos (diferentes) para los tres reportajes. Después estuvo en Madrid tres días para las fotos eróticas en un estudio. La pusieron con una modelo rusa, una prostituta, sin duda. Era muy fría y de mirada dura, pero con buen cuerpo. Se abrazaron desnudas y en ropa interior, se enroscaron, posaron. Apenas hablaron. De hecho, aquella mujer apenas hablaba español ni inglés. Sabía algo de alemán.
Después se sintió algo avergonzada de haber posado. A la madre no le gustó nada. Pero tuvo sus dos reportajes en las revistas femeninas que tantas chicas leían en la peluquería. Pensó que lo había hecho por ellas, intentando salvarlas. Todavía volvió a promover su libro en otras dos entrevistas a revistas literarias. Pero en cuanto comenzó el verano decidió viajar de nuevo, alejarse de aquella inaudita exposición pública. Sospechaba que había cometido un terrible error.
En cualquier caso, estaba bien visitar Centroeuropa cuando todo está tan verde y florido. Su plan era consultar con sus buenas amigas acerca de “lo que había hecho”. Ni Ann, ni Hanna, ni Laurie, ni Angie sabían español, luego no podrían leer su libro, pero… Se llevó un video de la grabación del programa de la tele escandaloso y de algunos otros en los que había aparecido.
Primera parada en Alemania. El avión aterrizó en Berlin y desde allí fue a Leipzig, donde encontró a Hanna. Con su bondad habitual, Hanna le mostró su desaprobación: ¿y si estaba echando a perder una posibilidad al mostrar sus ideas en un contexto tan frívolo? Por lo demás, a la alemana los estudios y el amor le iban bien. Sobre los libros que quería escribir, le recomendó que el siguiente fuera “Primeras experiencias”, acerca de la iniciación lésbica, que desechara la novela erótica, y que se documentara bien para escribir un ensayo tipo Shere Hite acerca de la plasticidad dichosa. Necesitaba porcentajes más claros: ¿cuántas eran de verdad las mujeres andrófilas y cuántas las que podrían verse plenamente satisfechas viviendo en “sororidades”? Tenía que reunir todos los datos posible, dar una estimación creíble.
“Envíame libros, todo lo que pilles…”
“Pero tú lees mal el alemán, y yo, de inglés…”
Preguntó por el hermanito. Hanna sonrió: tenía una novia veinte años mayor, una mujer muy maternal y muy seria, lo ideal para un estudiante.
Después fue a Londres, donde se encontró a Laurie, cuya novela había sido un gran éxito de crítica. Incluso iban a traducirla al español. Por eso le fue difícil encontrar tiempo para la amiga que venía a visitarla, pero después tuvieron un par de veladas extraordinariamente valiosas (sin sexo). Aprovechó para ver a Ann, que no le aportó muchas ideas, pero sí ternura. Tenía una novia muy celosa, una antillana con dos niños que le despertó a Stella un poco de desconfianza. Ojalá no le pasara nada a aquella mujer tan buena.
De Londres viajó a Nueva York. Angie acababa de volver de pasar una temporada con sus padres, y estaba en una cabaña cerca de la frontera de Canadá con sus dos novias. Aquello fue muy feliz. Hubo mucho sexo y mucha circulación de ideas.
Le recomendaron que fuera a ver a una profesora del Medio Oeste, en Indianapolis. Lo retrasó todo lo que pudo para disfrutar de tan grata compañía (una auténtica sororidad) y a principios de curso, ya en septiembre, encontró a la profesora.
Era joven, judía, menuda y de ojos insignificantes, pero simpática y rigurosa. La profesora Sarah. Surgió la idea de una colaboración. Podría escribirse un libro sobre el tema, ciertamente. Había que madurar un poco aquello. Sarah era lesbiana, pero no muy sexual. Dormía con su amante, una profesora que había sido su propia mentora, pero hacían poco sexo, lo cual venía a conformar el tópico del lesbianismo “de profesoras”: mucha amistad, mucha ternura… pero hacían poco uso de las maravillosas posibilidades del sexo lésbico que tanto éxito tenía en la imaginería erótica. Sin embargo, la vieja profesora feminista no estaba muy de acuerdo con lo de la “sororidad” o “colmena”.
“Eso es una fantasía masculina, incluso aunque excluya a los varones físicamente. Es masculina a nivel de voyeurismo”
Stella no se enfadaba por las críticas razonadas. La profesora más veterana admitía que el bisexualismo justificaba el concepto de “plasticidad erótica”, pero no estaba de acuerdo ni con la prostitución ni con la poliamoría comunal.
“Sin embargo” objetó Stella, “mi idea de sororidad dejaría espacio a actitudes discretas como la tuya. Lo maravilloso sería experimentar hasta dónde se podría llegar. Incluso algún matrimonio heterosexual podría tener espacio en un entorno que estaría determinado por la benignidad, la empatía y la delicadeza.”
La profesora se rió un poco, miró a la profesora joven y comentó:
“¿No la encuentras seductora?”, la profesora Sarah se sonrojó.
Dos días después cruzó hasta Canadá en un coche alquilado. En Toronto iba a hacer una visita. Hacía años que se carteaba con una melancólica oficinista de aquella ciudad canadiense. No había estado en aquel país tan “europeo” desde su visita a la comuna de amazonas en los profundos bosques, que resultó solo regular de fructífero.
La tal Li, que era de ascendencia china, estaba muy nerviosa cuando se encontraron en un restaurante de las afueras. Ya estaba lloviendo, lo que era un fastidio.
“Al fin te conozco”. Se habían intercambiado fotos, y siempre se había pospuesto el encuentro.
Se tomaron de las manos por encima de la mesa nada más sentarse la una frente a la otra. Tomaron infusión y un postre. Era fácil darse cuenta de que Li quería darse por entero, hacer las maletas e instalarse en “Villa Orchard” para siempre. ¿No había hablado con Puri de adoptar una niña china?
“El lesbianismo me decepcionó” dijo Li. En los años que llevaban escribiéndose, había tenido dos relaciones con mujeres y una con un hombre. El hombre era feo, pobre, poco masculino, pero devotamente enamorado. Las dos mujeres, en cambio, le parecieron unas chifladas.
“Siempre supe que eras maravillosa. Desde la primera carta. Y tu foto…”
Le habló de su trabajo mediocre, y de cómo había acabado renunciando a cursar estudios superiores. Se había limitado a hacerse una experta en ofimática. Era bastante buena, pues le habían dado un despacho propio y constantemente la consultaban sobre problemas de organización.
“Pensaba en meterme en comprar una casa. Pero cuando me dijiste que vendrías… lo he puesto todo a… Bueno, todo ya no…”
Durante aquellos años se habían intercambiado unas diez o doce cartas, no más. Una vez Li había estado a punto de viajar a España, pero justo le salió a Stella otro compromiso por esas mismas fechas.
“Era como si me rehuyeras. En el 93 viajaste por todo Estados Unidos y no encontraste un momento para venir. Te estaba esperando.”
Había sido por Angie. Pensó que Li, tan apasionada y romántica, iba a exigir demasiada atención, y con Angie todo era ligero y alegre. De todas formas, se lo pensaron al salir de Chicago, pero entonces apareció otro compromiso…
¿Y si había hecho perder su tiempo a aquella mujer, que no parecía mala en absoluto?
Fueron a su apartamento. Pequeño, ordenado, decorado con sencillez. Muy femenino. Había un retrato puesto en lugar preferente.
“La foto de mi gran amor”
Una canadiense rubia, de larga melena y aspecto sosegado. Otra Hanna, pensó Stella. Se había enamorado locamente de ella en la secundaria. Nunca se atrevió a decírselo. Tenía un buen novio. Pero dramáticamente le confesó su amor cuando le nació el primer hijo. La generosa rubia le dedicó entonces la foto cuando la chinita la convenció de que mirarla cada día no iba a hacerla sentirse mal.
“¿Y es cierto?”
“Después de esta noche pondré tu foto al lado. Porque sé que será maravilloso”.
Stella admitió para sí que lo más probable era que, en efecto, acabara siendo algo extremadamente sensible.
A la mañana siguiente, Li, que luchaba por serenarse, llamó a su trabajo para faltar por primera vez en toda su vida. Stella se dio cuenta de que ella se estaba comportando tal como lo hacía cuando era prostituta con los clientes "buenos" (como lo había hecho con su marido): deliberada y cuidadosamente hacía todo lo posible por evitar ponerse en una posición de superioridad. Se mostraba silenciosa, humilde, con gestos inocuos, como juntar las manos. Solo se delataba por la extrema atención de su mirada. Y cuando hablaba decía cosas como "¿qué te gustaría hacer ahora?" o "dime lo que te haría más feliz". Solo le faltó la frase de "¿con quién, si no conmigo?", tan característica de aquella etapa suya.
Permanecieron todo el día juntas, en la cama. Se lo contaron todo y se besaban en la boca cada pocos minutos. Hicieron planes, ¿por qué no? Si ella leía cosas de psicología, ya iba siendo hora de que aprendiera a confiar en las personas.
“Seguro que podré aprender español. Tú no puedes dejar a tu madre ni a esa campesina que tanto te quiere”.
Una experta en temas informáticos seguramente encontraría trabajo en Vélez-Málaga. Sabía de todo: software, hardware, organización administrativa, contabilidad…
Li tardó tres semanas en organizar su renuncia en el trabajo, recoger sus ahorros, despedirse de sus pocas amistades y comenzar a aprender español. El español no es, ciertamente, el idioma más difícil de aprender.
Invitaron a cenar al enamorado de Li para despedirse. A Stella le gustó aquel hombre. Siempre le consolaba encontrar hombres afables e inofensivos. Le quitaba el miedo que siempre les tenía. No se olvidaba de que, al fin y al cabo, el mundo en el que vivían había sido hecho por ellos, y que ellos lo seguían dominando. Y que ella no era más que una mujer indefensa. Solo que tenía dinero. Pero nada más. Sin embargo, los hombres débiles eran tan víctimas como las mujeres. Era un poco como el marxismo soviético: ¿solo los obreros son el pueblo elegido, excluyendo a todos los propietarios?: no, aparte de obreros, también entre la clase explotada puede contarse a los "campesinos pobres" y a los "pequeños comerciantes". Los hombres débiles eran casi como mujeres, porque eran explotados. Los hombres débiles y las mujeres feas y las del uno por ciento...
“Armand ha perdido diez kilos desde que se enamoró de mí. Se lo impuso como una disciplina, como una forma de mejorar.”
Pero Armand, que era incluso un poco más joven que Li, había dejado de estudiar por pánico al acoso escolar. Trabajaba como cristalero, siempre solo. Era un ser tristísimo, otro caso de melancolía resignada. Y, sin embargo, era inteligente y amable.
“¿Te acostaste con él por compasión?”
Li iba a tomarse dos segundos para contestar, pero Armand se adelantó:
“Sí, solo por compasión”
Stella les habló de Marcus, su ex marido. Él también había sufrido algo de acoso escolar, y el desprecio en los adultos. Un hombrecillo charlatán, un vendedor de material de construcción. De ello había resultado un formidable impulso de revancha que, sin embargo, no había llegado a convertirlo en un hombre horrible. Eso último no lo dijo, no fuese a dolerle al pobre Armand el que se le juzgara como que no había luchado.
Las dos amigas le hicieron el amor a Armand. Stella insistía en que los recuerdos de felicidad no tenían necesariamente que llevar a la frustración. Desconocía el mecanismo de la frustración y pensaba que una persona podía "mentalizarse" concentrando la memoria en los buenos recuerdos, de manera que si llegaba a producirse un "recuerdo perfecto", este consolaría siempre.
Así lo explicó en aquella ocasión y Armand y Li, como buenos alumnos asintieron a su sabiduría. De esa forma, Li colaboró en que Armand viviese una experiencia extrema de placer y amor, concentrada en unas cinco horas. Un trabajo a conciencia. Después lo empujaron con suavidad fuera del paraíso, y él se dejó expulsar dócilmente, llevando en su memoria lo sucedido. Estrella se preguntó si algún día llegaría a saber si aquello había salido bien o no.
“Yo no necesito dinero…”
“Pero te haría popular y te permitiría difundir tus ideas…”
El primer acto fue en una importante librería de Barcelona. “Mundo Lesbi” se presentaba como “el primer libro que relata, desde una perspectiva del Estado español y una experiencia personal, las posibilidades de la experiencia lésbica incluso en un sentido de ambiciosa utopía”.
En la librería se llenaron los ciento y pico asientos, lo que era un buen augurio para hacer apariciones en locales más amplios. Se había puesto muy guapa, un maquillaje lindo, pero no chillón, uñas pintadas, vestido elegante. Sabía que sus ojos medio verdes daban el máximo de luz.
Primero la presentó el librero y después habló ella: pretendía proporcionar orientación y aliento a las chicas que tanteaban su propia sexualidad; pero también esperaba sembrar dudas entre las que se consideraban heterosexuales insatisfechas. Que la plasticidad erótica femenina indicaba que el deseo genuino de la mujer no coincidía necesariamente con los intereses de la sociedad masculina. Que todas las que creen en el “príncipe azul” son lesbianas en potencia porque, si de amor se trata, entonces eso es algo de chicas. Otra cosa es a la que le gusten los hombres. Los hombres son una cosa y el amor algo muy distinto. Citó a Doris Lessing y a Juan Goytisolo como ejemplos de androfilia. Leyó al respecto un divertido pasaje de "Bella del Señor".
A la hora de las preguntas, la cosa se animó. Estrella pudo con todas las preguntas. Llevaba tanto tiempo predicando que ya no era fácil sorprenderla y estaba perfectamente preparada para responderlo todo, de manera que causó la impresión de ser una tía muy lista y bastante culta. Sin embargo, todas las chicas parecían disgustadas: a las lesbianas no les atraía mucho el tema de la “plasticidad erótica”, las heteros se enfadaban porque se les dijera que iban con los hombres porque obedecían los dictados de una sociedad masculina cuando en realidad existía una opción mejor. Solo los hombres parecían muy interesados en su rostro gracioso y sensual.
En cualquier caso, nadie se aburrió, la aplaudieron mucho y firmó y vendió libros.
Repitió en Barcelona un par de veces. Se dio cuenta de que su agente era una señora pedante bastante estúpida, pero no se atrevió a despedirla (siempre su pusilanimidad de fondo…). En su última presentación, el editor pareció sinceramente interesado, aunque de la novela no se dijo nada. El editor también dijo algo acerca de ella misma como personaje.
En Madrid no fue peor. Y allí tenía algunas amigas, incluidas Patri y Toñi, si bien las lesbianas locales le dieron de lado, pues a ninguna le gustaban sus teorías.
Consiguió pronto salir en la tele, en tres programas; era la primera época de las televisiones privadas y todas competían por conseguir asuntos llamativos. Un programa era de tema cultural, y allí la dejaron para el final, a altas horas de la madrugada, con una presentadora que no tenía ni idea de qué trataba su libro. Después estuvo en un programa de mediodía, no muy seguido, como rareza. Finalmente, en un programa sensacionalista de máxima audiencia, pero también muy tarde (“late show”). El presentador era un tipo charlatán y presumido, de una vivacidad casi histérica (¡ay!, ¡ya no estaba el señor García Tola, que tanto le habría gustado en su lugar!). Antes del programa, el tipo, de un morboseo que buscaba la proximidad física, le preguntó si podían hablar de su pasado de prostituta de lujo. Por su pusilanimidad (ésa que tanto sorprendía a quienes la tomaban por una mujer muy atrevida) no se atrevió a preguntar cómo se había enterado de esa faceta de su vida, pero dijo que no, que el tema de la prostitución se limitaba a solo una frase al final del libro (donde decía que ese tipo de “acuerdos” entre hombres y mujeres no debían descartarse en el futuro como una forma de coexistencia entre ambos sexos).
En el programa, el tipo empezó por decir que ella propugnaba un regreso a las amazonas, a lo que contestó:
“Ante todo, no cabe tal regreso, pues las amazonas no han existido nunca. No consta que semejante forma social se haya dado jamás. Y de todas formas, el desarrollo social suele ser un camino sin regreso; las formas sociales que hoy tenemos (como la igualdad legal entre el hombre y la mujer) no tienen precedentes y del mismo modo, las formas que vendrán tampoco tendrán precedentes. Por otra parte, las amazonas son una imagen de mujeres que imitan la forma de vida de los hombres, y yo rechazo eso. Preferiría que te imaginaras monjas lesbianas y ateas, a las que le guste el sexo”
“Pero, mujer… eso es un contrasentido”
“No, no creas, el deseo de las mujeres de vivir en sororidad (es decir, hermandad femenina) tiene mucho que ver con las experiencias místicas, como sentimiento que une, pacifica y se comparte. Lo importante es que no se reproduzca la forma de vida de pareja entre mujeres. La amistad íntima femenina puede ser algo mucho más abierto, más flexible y a la vez más intenso.”
“Pero eso sería una utopía futura…”
“Sí, pero ya puede ofrecer fórmulas a muchas mujeres hoy. A las mujeres nos encanta el amor”
“¿Y los hombres no nos merecemos nada?”
“Bueno, eso depende de cómo os portéis… además, siempre habrá mujeres a las que le gusten los hombres. Si los hombres gustan a los homosexuales ¿cómo no va a haber también mujeres a las que también les gusten?”
“¿Tú nunca has estado con un hombre?”
“He pasado por esa experiencia. El medio social me presionaba a ello. A las mujeres nos educan desde niñas para tener novio y casarnos. En países como Marruecos, en cambio, mantener relaciones entre hombres es algo relativamente tolerado bajo diversas fórmulas. Son diversas culturas.”
“Pero la fórmula que tú sugieres, aún no existe… menos mal”
“No, apenas existe. Pero ya sabes que muchas de las formas de organizar la vida íntima que hoy conocemos eran totalmente desconocidas hace cien años. Una mujer que viva sola y haga el amor con el hombre que quiera… ¿cómo se llamaba eso hace cien años?”
“Uff…”
Luego se dio cuenta de que no tenía que haber contestado a su pregunta sobre si había tenido relaciones con hombres. Siempre hablaba demasiado.
Por lo demás, se había puesto una falda más bien corta, enseñando sus blancas piernas (no de modelo por su longitud, ciertamente, pero apetitosas y bien proporcionadas, con buenos muslos). Buscaba explotar su físico por una buena causa.
Volvió a Villa Orchard poco después, tras reunirse con sus amigas en una cenita festiva. Pero tras despedirse de ellas había hecho una finta para quedarse en Madrid dos noches más: una agente de la editorial que la había presentado en dos de los actos de firmas se le había ofrecido, y Estrella quiso probar. Estuvo bien, y en la cama esa mujer divorciada y con dos hijos le confesó que era su primera vez. Fue entonces cuando se le ocurrió que con eso podía escribir otro libro, porque ya empezaban a ser muchas las iniciadas. Nunca olvidaría a aquella querida Maggie, la primera, de cuando se liberó por fin de su matrimonio. Muchas mujeres en busca de una “experiencia” tierna e intensa llegaron después. Y siempre era lo mismo: llegaban muy nerviosas y muy ansiosas, gozaban muchísimo, se justificaban en términos casi místicos... pero después decían que nunca volverían a hacerlo, como asustadas. Asustadas de lo mucho que les había gustado...
(A Estrella no se le ocurrió por entonces el que si huían era porque no encontraban en ella un ofrecimiento amoroso en proporción a la sensación que habían vivido. Estrella se mostraba cálida y dulce, ofrecía su amistad eterna... pero no un compromiso amoroso. Tardó tiempo en darse cuenta de que ése era su error. Y cuando se dio cuenta, le echó la culpa a la inexistencia de la "sororidad". Solo una "sororidad" firmemente establecida podría compensar la falta del ofrecimiento personal -"matrimonio"-. A las mujeres les gusta casarse porque les gusta la seguridad.)
De sus anuncios de contactos que aparecían en publicaciones de todo tipo (desde las proposiciones más groseras de los periódicos de anuncios hasta revistas para mujeres “normales”), el que ella seguía invariablemente manteniendo era el de una mujer bellísima y delicada que se ofrecía como “primera experiencia”. Y ahora pensaba que podía desarrollar esos recuerdos y experiencias propias como un tema que refrendara la teoría de la “plasticidad erótica”.
Permaneció un par de semanas en casa, dándole vueltas a aquel nuevo tema. En ese tiempo le llamó por televisión uno de los guionistas del presentador-estrella de la tele. Ella había gustado y querían incluirla en más programas a horas de mayor audiencia. Aquel tipo y sus guionistas habían formado una especie de galería de freaks en las que aparecían desde asesinos ex convictos que proclamaban su inocencia hasta transexuales drogadictos que se prostituían en la Casa de Campo. Aquello era para pensárselo. Esta vez no podría callarse de lo de su pasado de prostituta. Tenía que explotarlo.
No habría sido la primera prostituta en salir en televisión. Desde el auge de las televisiones privadas en España había unas cuantas chicas de placer (una de ellas bastante mona, por cierto) que aparecían en ese tipo de programas de telebasura.
Ella podía ser prostituta, lesbiana y profetisa. Necesitaba pensar en ello y organizarlo. Su agente de Barcelona no le servía para nada. ¿A quién podía recurrir? De entre sus conocidas, no había nadie de confianza dentro del mundo del espectáculo.
¿Y qué saldría de todo ello? ¿Convertirse en un personaje de los programas de variedades? ¿Conseguiría con ello expandir sus creencias? Hubiera preferido que eso se produjera en otros entornos. Pero podía tratarse de un primer paso. Al hacerse popular pasaría a otros programas de la tele más conocidos. Y su libro se vendería. Y sus siguientes libros.
Comenzó a planearlo. Lo hacía en la cama, con Puri, que le daba besos mientras hablaba y le decía que sí a todo. Podía publicar dos libros más (y, quizá, la novela). El segundo libro sería sobre las “primeras experiencias” y la “plasticidad erótica” (algo que apenas había figurado como unos pocos párrafos en “Mundo Lesbi”). El tercer libro sería la descripción de su utopía.
“Y un cuarto libro… y un quinto libro…”, reía Puri, desnuda y feliz en la cama de cálidas sábanas, abrazada a su “señora”.
“Más las novelas…”
Al describir la utopía hablaría ya más francamente de la prostitución. Y también quería hablar de la educación de las niñas. A veces había sentido la tentación de seducir a chicas menores. Colegialas de uniforme, muñequitas. Aunque no estaba segura, pensaba que las experiencias lésbicas a esa edad tan tierna habían de ser irresistibles: podía tratarse de la "prueba científica" de la plasticidad erótica.
A veces sentía un fuerte deseo. Si iba de compras (eso ya le había pasado en Estados Unidos, cuando era la concubina de su marido) le resultaba fácil hacerse amiga de una colegiala tímida con la que se había tropezado en un centro comercial. Ella siempre les gustaba: las niñas también se enamoran de sus maestras: “chicas de uniforme”…
Pero nunca se había atrevido. En Norteamérica la hubieran condenado a cadena perpetua por eso. En España, curiosamente, de los trece años de edad en adelante era admisible el “consentimiento sexual”. Pero nunca se había atrevido.
Poco antes del verano hizo otra gira de promoción de su libro en diversas ciudades (exactamente cuatro). El libro se vendía lo suficiente y algunas revistas le habían concedido reportajes. Explotaba su belleza, igual que hacía Shere Hite (Hite, por cierto, había rechazado sus ideas sobre la plasticidad erótica). Se aburrió pronto de aquellas “giras”. Al principio estaba muy bien eso de ir de “escritora”, y ser recibida por los agentes, editores, libreros, enchufados “culturales”… Pero los tipos se mostraban tontamente libidinosos y las mujeres estúpidamente hostiles. Así una se aburría pronto.
Al menos, fue en esas ocasiones cuando creyó encontrar por fin la persona adecuada para sus planes televisivos. No le quedaba mucho tiempo: pasado el verano ella podía pasar de moda.
Se llamaba Concha y parecía más presentable que la mayoría de quienes trataban en ese entorno pernicioso de los medios de comunicación. Era una mujer casada, bastante seria y todavía joven. Se había metido en esos negocios de representación sobre todo por su marido, que era periodista.
“Lo que no sé es si podría convertirme en tu agente literaria, eso es un ramo que no suelo trabajar…”
“Ahora mismo, me falta mucho para tener el siguiente libro, por cierto que el tema…”
Se lo explicó. Concha se sonrojó fugazmente.
“Es un buen tema, pero imagino que, aparte de tus experiencias personales, tendrías que documentarte…”
“Bueno, para hacer un libro que sea ameno…”
“Y te falta un título.”
“Estoy en ello…”
Concha fue la que negoció con el periodista de la tele, y apareció de nuevo en el show a primeros de junio, a horas de gran audiencia.
“Con nosotros tenemos esta noche a una mujer impresionante. No se la puede comparar con nadie… mejor que se presente a sí misma después de que nosotros nos dejemos deslumbrar por su belleza…”
Aplausos y aparece ella, caminando con cuidado, luciendo piernas y sonrisa a lo Gioconda.
“Estrella, tú eres una lesbiana que predicas la buena nueva a muchas mujeres para que sigan su propio camino separado del de los hombres. Pero tú has estado próxima a muchos hombres. Nos conoces. Y porque nos conoces no nos quieres, ¿es eso lo que enseñas en tu libro?”
“No me gusta que se diga que yo no quiero a los hombres. Hay muchas formas de querer a las personas, de ayudarles, de complacerlos y comprenderlos. Pero el amor de una mujer nunca puede ser correspondido por el de un hombre. El amor de mujer es demasiado tierno y dulce como para el hombre pueda igualarlo.”
“Hablas de complacer. Pero algo sorprendente en ti es que has complacido a muchos hombres a pesar de que no te gustan. Has estado casada y admites abiertamente haber ejercido la prostitución de lujo, algo sobre lo que no hay precedente en las escritoras.”
“No es exacto lo de que no hay precedentes de prostitutas escritoras, al menos Albertine Sarrazin, Jeanne Cordelier, Xaviera Hollander y Griselidis Real me han precedido. Y, por cierto, no siempre lo ejercí “de lujo”. También estuve en bares de alterne algún tiempo, y conmigo pudieron acostarse camioneros o taxistas.”
“Pero acabaste casándote con un millonario… norteamericano, según creo”
“No era una mala persona, y yo necesitaba el dinero. Fue una relación honrada, y ese podría ser un buen ejemplo de relaciones honestas entre hombres y mujeres. No me estoy refiriendo, desde luego, a la prostitución que se ejerce hoy en el mundo entero en un 99 %, que es un tráfico infame. Estoy hablando de una experiencia excepcional mía y tal vez de un ideal futuro.”
“No sé si has conocido ya a Yasmín…”
“No hasta ahora, pero es un gusto conocerte ahora, Yasmín. Te he visto en otros programas…”
“Yo también estoy muy contenta de conocerte. Ya me he leído tu libro… Aunque no soy lesbiana”
“Nunca digas de “ese agua no beberé…”
(Aplausos y gritos del público)
“Estrella y Yasmín son dos auténticas bellezas, dos mujeres distinguidas, encantadoras, dos auténticas preciosidades. Ambas han tenido la generosidad de calmar el apetito de muchos hombres… pero ante tanta belleza uno se siente insaciable…”
“A veces es peor el remedio que la enfermedad, es cierto…”
“Yasmín, ¿tienes alguna pregunta que hacerle a Estrella?”
“Uy… tengo muchísimas… ¿Tú qué crees que ocurriría si hubiera en el mundo más chicas como nosotras, que hacemos el amor por dinero, pero con elegancia y delicadeza?”
“Bueno, ante todo, decir que yo dejé el oficio –si se le puede llamar así- cuando me casé, y que no he estado con ningún hombre desde 1989 y muy probablemente no volveré a estar nunca con ningún hombre…”
(Gritos y protestas del público)
“… pero en todo caso te diré que podrían ocurrir varias cosas. La primera de ellas, por supuesto, es que los precios bajarían…”
(gritos y aplausos)
“…la segunda es que disminuiría mucho con ello ese mundo horrible del proxenetismo y la trata de mujeres, del que algo sé, y la tercera sería que eso ayudaría mucho a normalizar las relaciones entre hombres y mujeres… Yo creo que si un hombre quiere estar con una mujer y gozar con ella, debería tener la opción de satisfacer su deseo de una forma inmediata, y no enredarse en una serie de engaños y abusos solo para conseguir algo que, en el fondo, es bastante simple…”
“Pero, Estrella, siempre habría mujeres a los que les gustarían los hombres…”
“Yo sospecho que no son ni la mitad, algunas experiencias en laboratorios de psicología hacen pensar eso. Además, hay una disputa tremenda entre hombres atractivos y menos atractivos. Muchos hombres con poco éxito con las mujeres se frustran mucho…”
“Pero es que depende de ellos el llegar a tener éxito…”
“No. Eso no es verdad. Un hombre feo es feo. Un hombre fracasado es fracasado. A las mujeres a las que les gustan los hombres no les interesan ni los feos ni los fracasados…”
“No estoy de acuerdo. Un hombre con encanto puede ser pobre e incluso feo…”
“No tengo ni idea de a qué te refieres. A mí los hombres, cuando me acostaba con ellos, me bastaba con que fueran limpios y educados.”
“Está claro que estas dos hermosuras nunca se van a poner de acuerdo acerca de sus particulares gustos. ¿Te gusta Yasmín, Estrella?”
“Claro que sí, es muy graciosa y muy femenina.”
“¿Te acostarías con ella esta misma noche?”
“Si ella quiere, pues por supuesto…”
(Gritos, aplausos y aullidos entre el público)
“Lo siento mucho, Estrella, me siento muy halagada, pero…”
“¿Y si Estrella, que es millonaria, te pagara por ello?”
(Estrella no había previsto semejante pregunta, no había venido en el guión indicativo que habían estado estudiando con Concha)
“Oh, no podría resolverse en tan corto espacio de tiempo, yo…”
“Eres un encanto, Yasmín, pero yo no pago…”
(Entonces recordó que Marcus había pagado dos veces por ella, para hacer un trío con una mulatita preciosa… Y que también le había pagado a aquella pobre chica, Carmen, cuando estuvieron en la comuna hippy. Y una vez sí pago a una escort, para probar, hacía un par de años… y si no repitió fue porque no le supuso nada especialmente excitante)
“Desde luego, no pareces el tipo de persona que necesitaría pagar por sexo… Pero oigamos que dice nuestra amiga Merche, feminista furiosa… y heterosexual…”
“Bueno, pues yo pienso que todo esto es muy gracioso y muy picante, pero no se debe frivolizar lo que, un poco avergonzada, me parece, Estrella ha referido como un drama real de esclavización de millones de mujeres. Y quiero aprovechar para decir que soy heterosexual, pero tengo muchas amigas lesbianas y ninguna está de acuerdo con la barbaridad de decir que prostituirse puede ayudar a las mujeres a liberarse…”
“Todo el mal de la prostitución viene del estigma que le asignan tanto el Santo Padre como las señoritas feministas como tú…”
“¡Esto no lo tolero! El estigma procede de la misma condición infame de que los hombres compren carne de mujer para complacerse… No hay mayor indignidad que comerciar con el propio cuerpo…”
“Cualquier actriz que se muestra desnuda en la gran pantalla comercia con su cuerpo. Cualquier modelo que se muestra en bikini para vender yogures… solo que a ellas no se les asigna el estigma…”
“Un momento, Estrella. A mí tampoco me parece bien que la prostitución se compare con el trabajo de una actriz o una modelo…”
“Bueno, pues que no te parezca bien. Es como los esclavistas del siglo XIX que encontraban intolerable que se comparase la esclavitud de los negros de África con la esclavitud de hombres blancos civilizados…”
“¡Y tú que defiendes la prostitución te atreves a comparar distintos tipos de esclavitud!”
“Es que yo he sido prostituta y nunca he sido esclava. Y creo que Yasmín tampoco. Mucho más esclavas son las pobres mujeres casadas que cometieron la estupidez de ceder a las presiones del entorno para…”
“Bueno, bueno… Ya basta de discusión, no quiero que os enfadéis”
“¡Es que es indignante! Esta guapita es una…”
“Ay, Yasmín… qué malas son las feas…”
(Carcajadas tremendas en el público, no se oyen los gritos de Merche, la feminista)
Tras los aplausos, salieron del plató porque cambiaba el espectáculo (iban a entrevistar a un famoso cantante que luego haría un play back). Merche, la feminista, se alejó de allí, enfadada de verdad. Estrella sabía quién era. Una de extrema izquierda, que incluso había estado presa por terrorismo. Decía que las mujeres eran una clase oprimida desde el punto de vista marxista. Las había más feas, era verdad.
Yasmín y ella se quedaron allí de pie, sonriéndose.
“Entonces, ¿conociste a tu marido en un club?”
Estrella podría haber rechazado la conversación con aquella señorita de compañía de coquetería un poco falsa, pero le gustaba la situación. Además, Estrella era dulce de carácter y no veía por qué iba a despreciar a aquella chica, aunque tuviera sus defectillos.
“Lo conocí en una orgía internacional, en el año 1986. ¿Se siguen haciendo esas cosas?”
“¿Una orgía internacional?, ¿qué es eso?”
“Sí, se reúnen grandes banqueros, políticos, jeques árabes. Se reúne un rebaño de chicas guapas desnudas, y los tipos se sirven, como en un buffet libre.”
“Qué horror. Sí, claro, conozco orgías, aunque no así tan organizados. ¿Eso fue en Las Vegas?”
“No, en Inglaterra, en una mansión en medio del campo. Un abogado me habló de aquello, yo entonces estaba estudiando inglés. Llamé, me dijeron lo que me iban a pagar y fui. En realidad, no gané tanto, contándolo todo, pero conocí a mi marido…”
“No me puedo creer que no te gusten los hombres. Si solo conoces a los clientes, entonces, claro…”
“Siempre hay tipos guapos que quieren ligar. Claro que sé que hay hombres guapos y feos, pero una chica guapa como tú es siempre mucho más guapa que cualquier hombre…”
“Mira, si quieres, hablo con mi novio…”
“No hago tríos, corazón.” (lo que no era muy exacto, pues recordaba habérselo propuesto ella a aquella preciosa chica francesa que conoció en Alemania, que tenía novio e iba a casarse; pero no le atraía liarse gratis con un proxeneta, que era lo que sería el "novio")
Entonces aparecieron Concha y su marido, y Estrella y Yasmín se despidieron sin entregarse sus números de teléfono. Quién sabe, pensó Estrella, quizá aquella coqueta un poco falsa podía haber llegado a hacerse amiga suya. Le habría gustado tener por amiga a una prostituta que hubiera pasado por experiencias “amables”, como las suyas.
Concha no parecía contenta:
“Te has comportado como si fueras del mundo del espectáculo, cuando tú quieres darte a conocer como escritora…”
“Pero lo importante es que se fijen en mí. Mi libro no sé si se va a vender o no. Y es solo el primero.”
“Vamos a ver si te consigo aparecer en un programa de más nivel que esto. Tengo que pensar en ello. Eres lesbiana, millonaria, ex prostituta y mujer hermosa. Supone una buena combinación de muchos elementos llamativos, pero hay que ordenarlos. Aquí no conviene que vuelvas, aunque supongo que te volverán a llamarán.”
“La pasta que te hayan dado te la quedas tú, Concha… Siempre y cuando aceptes encargarte también de mis libros…”
Concha aceptó: era una oferta buena.
De regreso a “Villa Orchard”, encontró a la madre disgustada por el espectáculo. Daba la impresión de que ella creía que, gracias a su riqueza, su cultura y su elegancia, había recuperado algo de respeto y ahora lo había perdido al meterse en la tele-basura.
Estrella pensaba que eso era un error: la gente simple que rodeaba a la madre, los que acudían a sus comidas, a sus reuniones en una finca bonita con piscina, nunca le habían otorgado a Estrella el menor respeto. Era la “puta millonaria”.
Puri, en cambio, quedó encantada, aquella primera noche después de su regreso se mostró cariñosísima.
Le comentó a la fiel sirvienta que andaba pensando en… no sabía bien… en demostrarle su amor con alguna forma de compromiso…
Sorprendentemente, Puri era una buena alumna y aceptaba que el amor no requería de ataduras formales, que lo principal era la sinceridad.
“¿Quieres que te organice lo de irte al extranjero de au pair?”
Puri dijo que, de momento, no. Que era feliz con su trabajo. Y que ella no sería como la rusita aquella, Guenia, que la dejó plantada de un día para otro.
Luego estuvieron hablando de muchas cosas. Puri tenía mucho sentido común campesino. En cierto modo, le recordaba a la tía Reme con la que, por supuesto, se llevaba maravillosamente. Todo el mundo quería a Puri. Menos el cretino del padre, cada vez más molesto, con su pesimismo trágico y ridículo, su decrepitud amargada.
A pesar de todo, el viejo molestaba poco. Pasaba casi todo el tiempo en casa de su hermana, salía a pasear. Todavía tenía su viejo cacharro y conducía e iba a Málaga a ver a sus amigos. Sin duda quejándose de tener que vivir albergado por su hija la prostituta, que había dicho tonterías en la televisión y que era viciosa y rara y...
“Has hecho bien en recogerlo, después de su operación”.
Le preguntó a Puri por la maternidad. ¿Le gustaban los niños? Pues claro. Y a ella también tenía que gustarle: ¿no había ganado algunas pesetillas cuidando de ellos cuando era estudiante?
Se estaba poniendo de moda la adopción de niñas chinas. Si ella y Puri adoptaran una niña china y la educaran para ser lesbiana…
“Uff, con eso sí que tendrías otro escándalo en la tele…”
Fue por entonces cuando se le metió en la cabeza escribir una novela erótica sobre unas profesoras que planeaban corromper a todas las chicas de un internado. Algo subversivo. Se acordó de la película aquella con Audrey Hepburn. Siempre sospechaba que era una tontería, pero le gustaba pensar en ella y escribir páginas.
Concha la llamó con una propuesta: una famosa revista “para hombres” quería hacerle una entrevista. Esa revista la leía mucha gente (muchos más que quienes la compraban). En la entrevista querían preguntarle por su pasado de prostituta. Y si se dejaba fotografiar desnuda y en actitud lésbica, le pagarían un dinero. Estrella no se avergonzaba de su cuerpo y ya había trabajado con un fotógrafo profesional cuando su entonces marido le hizo el reportaje fotográfico del que ahora ella gustaba de presumir (siempre en tono de broma), pero no necesitaba dinero ni tampoco aparecer en una revista que leían mayoritariamente los hombres. Declinó la oferta.
Pero después se le ocurrió algo y fue ella la que llamó a Concha. ¿El grupo editorial que publicaba la revista “para hombres”, no publicaba también revistas femeninas? Sí. Entonces éste era el trato: haría la entrevista, sin desnudos, gratis, a cambio de aparecer en la portada de una revista para mujeres.
Siguió un regateo: sin el reportaje de desnudos no había nada que hacer. Estrella convino finalmente: quería aparecer en la portada de dos revistas femeninas y no una sola, y quería supervisar el contenido de las tres entrevistas. El dinero (aparte de lo que correspondía a Concha) se daría a una fundación benéfica (y así se daría a conocer).
Vinieron a entrevistarla a “Villa Orchard”, a finales de junio. Rodeada de flores y de árboles frutales. Las fotos quedaron muy bien, y el contenido de la entrevista le permitió resumir sus propuestas. Se hicieron a la vez las fotos (diferentes) para los tres reportajes. Después estuvo en Madrid tres días para las fotos eróticas en un estudio. La pusieron con una modelo rusa, una prostituta, sin duda. Era muy fría y de mirada dura, pero con buen cuerpo. Se abrazaron desnudas y en ropa interior, se enroscaron, posaron. Apenas hablaron. De hecho, aquella mujer apenas hablaba español ni inglés. Sabía algo de alemán.
Después se sintió algo avergonzada de haber posado. A la madre no le gustó nada. Pero tuvo sus dos reportajes en las revistas femeninas que tantas chicas leían en la peluquería. Pensó que lo había hecho por ellas, intentando salvarlas. Todavía volvió a promover su libro en otras dos entrevistas a revistas literarias. Pero en cuanto comenzó el verano decidió viajar de nuevo, alejarse de aquella inaudita exposición pública. Sospechaba que había cometido un terrible error.
En cualquier caso, estaba bien visitar Centroeuropa cuando todo está tan verde y florido. Su plan era consultar con sus buenas amigas acerca de “lo que había hecho”. Ni Ann, ni Hanna, ni Laurie, ni Angie sabían español, luego no podrían leer su libro, pero… Se llevó un video de la grabación del programa de la tele escandaloso y de algunos otros en los que había aparecido.
Primera parada en Alemania. El avión aterrizó en Berlin y desde allí fue a Leipzig, donde encontró a Hanna. Con su bondad habitual, Hanna le mostró su desaprobación: ¿y si estaba echando a perder una posibilidad al mostrar sus ideas en un contexto tan frívolo? Por lo demás, a la alemana los estudios y el amor le iban bien. Sobre los libros que quería escribir, le recomendó que el siguiente fuera “Primeras experiencias”, acerca de la iniciación lésbica, que desechara la novela erótica, y que se documentara bien para escribir un ensayo tipo Shere Hite acerca de la plasticidad dichosa. Necesitaba porcentajes más claros: ¿cuántas eran de verdad las mujeres andrófilas y cuántas las que podrían verse plenamente satisfechas viviendo en “sororidades”? Tenía que reunir todos los datos posible, dar una estimación creíble.
“Envíame libros, todo lo que pilles…”
“Pero tú lees mal el alemán, y yo, de inglés…”
Preguntó por el hermanito. Hanna sonrió: tenía una novia veinte años mayor, una mujer muy maternal y muy seria, lo ideal para un estudiante.
Después fue a Londres, donde se encontró a Laurie, cuya novela había sido un gran éxito de crítica. Incluso iban a traducirla al español. Por eso le fue difícil encontrar tiempo para la amiga que venía a visitarla, pero después tuvieron un par de veladas extraordinariamente valiosas (sin sexo). Aprovechó para ver a Ann, que no le aportó muchas ideas, pero sí ternura. Tenía una novia muy celosa, una antillana con dos niños que le despertó a Stella un poco de desconfianza. Ojalá no le pasara nada a aquella mujer tan buena.
De Londres viajó a Nueva York. Angie acababa de volver de pasar una temporada con sus padres, y estaba en una cabaña cerca de la frontera de Canadá con sus dos novias. Aquello fue muy feliz. Hubo mucho sexo y mucha circulación de ideas.
Le recomendaron que fuera a ver a una profesora del Medio Oeste, en Indianapolis. Lo retrasó todo lo que pudo para disfrutar de tan grata compañía (una auténtica sororidad) y a principios de curso, ya en septiembre, encontró a la profesora.
Era joven, judía, menuda y de ojos insignificantes, pero simpática y rigurosa. La profesora Sarah. Surgió la idea de una colaboración. Podría escribirse un libro sobre el tema, ciertamente. Había que madurar un poco aquello. Sarah era lesbiana, pero no muy sexual. Dormía con su amante, una profesora que había sido su propia mentora, pero hacían poco sexo, lo cual venía a conformar el tópico del lesbianismo “de profesoras”: mucha amistad, mucha ternura… pero hacían poco uso de las maravillosas posibilidades del sexo lésbico que tanto éxito tenía en la imaginería erótica. Sin embargo, la vieja profesora feminista no estaba muy de acuerdo con lo de la “sororidad” o “colmena”.
“Eso es una fantasía masculina, incluso aunque excluya a los varones físicamente. Es masculina a nivel de voyeurismo”
Stella no se enfadaba por las críticas razonadas. La profesora más veterana admitía que el bisexualismo justificaba el concepto de “plasticidad erótica”, pero no estaba de acuerdo ni con la prostitución ni con la poliamoría comunal.
“Sin embargo” objetó Stella, “mi idea de sororidad dejaría espacio a actitudes discretas como la tuya. Lo maravilloso sería experimentar hasta dónde se podría llegar. Incluso algún matrimonio heterosexual podría tener espacio en un entorno que estaría determinado por la benignidad, la empatía y la delicadeza.”
La profesora se rió un poco, miró a la profesora joven y comentó:
“¿No la encuentras seductora?”, la profesora Sarah se sonrojó.
Dos días después cruzó hasta Canadá en un coche alquilado. En Toronto iba a hacer una visita. Hacía años que se carteaba con una melancólica oficinista de aquella ciudad canadiense. No había estado en aquel país tan “europeo” desde su visita a la comuna de amazonas en los profundos bosques, que resultó solo regular de fructífero.
La tal Li, que era de ascendencia china, estaba muy nerviosa cuando se encontraron en un restaurante de las afueras. Ya estaba lloviendo, lo que era un fastidio.
“Al fin te conozco”. Se habían intercambiado fotos, y siempre se había pospuesto el encuentro.
Se tomaron de las manos por encima de la mesa nada más sentarse la una frente a la otra. Tomaron infusión y un postre. Era fácil darse cuenta de que Li quería darse por entero, hacer las maletas e instalarse en “Villa Orchard” para siempre. ¿No había hablado con Puri de adoptar una niña china?
“El lesbianismo me decepcionó” dijo Li. En los años que llevaban escribiéndose, había tenido dos relaciones con mujeres y una con un hombre. El hombre era feo, pobre, poco masculino, pero devotamente enamorado. Las dos mujeres, en cambio, le parecieron unas chifladas.
“Siempre supe que eras maravillosa. Desde la primera carta. Y tu foto…”
Le habló de su trabajo mediocre, y de cómo había acabado renunciando a cursar estudios superiores. Se había limitado a hacerse una experta en ofimática. Era bastante buena, pues le habían dado un despacho propio y constantemente la consultaban sobre problemas de organización.
“Pensaba en meterme en comprar una casa. Pero cuando me dijiste que vendrías… lo he puesto todo a… Bueno, todo ya no…”
Durante aquellos años se habían intercambiado unas diez o doce cartas, no más. Una vez Li había estado a punto de viajar a España, pero justo le salió a Stella otro compromiso por esas mismas fechas.
“Era como si me rehuyeras. En el 93 viajaste por todo Estados Unidos y no encontraste un momento para venir. Te estaba esperando.”
Había sido por Angie. Pensó que Li, tan apasionada y romántica, iba a exigir demasiada atención, y con Angie todo era ligero y alegre. De todas formas, se lo pensaron al salir de Chicago, pero entonces apareció otro compromiso…
¿Y si había hecho perder su tiempo a aquella mujer, que no parecía mala en absoluto?
Fueron a su apartamento. Pequeño, ordenado, decorado con sencillez. Muy femenino. Había un retrato puesto en lugar preferente.
“La foto de mi gran amor”
Una canadiense rubia, de larga melena y aspecto sosegado. Otra Hanna, pensó Stella. Se había enamorado locamente de ella en la secundaria. Nunca se atrevió a decírselo. Tenía un buen novio. Pero dramáticamente le confesó su amor cuando le nació el primer hijo. La generosa rubia le dedicó entonces la foto cuando la chinita la convenció de que mirarla cada día no iba a hacerla sentirse mal.
“¿Y es cierto?”
“Después de esta noche pondré tu foto al lado. Porque sé que será maravilloso”.
Stella admitió para sí que lo más probable era que, en efecto, acabara siendo algo extremadamente sensible.
A la mañana siguiente, Li, que luchaba por serenarse, llamó a su trabajo para faltar por primera vez en toda su vida. Stella se dio cuenta de que ella se estaba comportando tal como lo hacía cuando era prostituta con los clientes "buenos" (como lo había hecho con su marido): deliberada y cuidadosamente hacía todo lo posible por evitar ponerse en una posición de superioridad. Se mostraba silenciosa, humilde, con gestos inocuos, como juntar las manos. Solo se delataba por la extrema atención de su mirada. Y cuando hablaba decía cosas como "¿qué te gustaría hacer ahora?" o "dime lo que te haría más feliz". Solo le faltó la frase de "¿con quién, si no conmigo?", tan característica de aquella etapa suya.
Permanecieron todo el día juntas, en la cama. Se lo contaron todo y se besaban en la boca cada pocos minutos. Hicieron planes, ¿por qué no? Si ella leía cosas de psicología, ya iba siendo hora de que aprendiera a confiar en las personas.
“Seguro que podré aprender español. Tú no puedes dejar a tu madre ni a esa campesina que tanto te quiere”.
Una experta en temas informáticos seguramente encontraría trabajo en Vélez-Málaga. Sabía de todo: software, hardware, organización administrativa, contabilidad…
Li tardó tres semanas en organizar su renuncia en el trabajo, recoger sus ahorros, despedirse de sus pocas amistades y comenzar a aprender español. El español no es, ciertamente, el idioma más difícil de aprender.
Invitaron a cenar al enamorado de Li para despedirse. A Stella le gustó aquel hombre. Siempre le consolaba encontrar hombres afables e inofensivos. Le quitaba el miedo que siempre les tenía. No se olvidaba de que, al fin y al cabo, el mundo en el que vivían había sido hecho por ellos, y que ellos lo seguían dominando. Y que ella no era más que una mujer indefensa. Solo que tenía dinero. Pero nada más. Sin embargo, los hombres débiles eran tan víctimas como las mujeres. Era un poco como el marxismo soviético: ¿solo los obreros son el pueblo elegido, excluyendo a todos los propietarios?: no, aparte de obreros, también entre la clase explotada puede contarse a los "campesinos pobres" y a los "pequeños comerciantes". Los hombres débiles eran casi como mujeres, porque eran explotados. Los hombres débiles y las mujeres feas y las del uno por ciento...
“Armand ha perdido diez kilos desde que se enamoró de mí. Se lo impuso como una disciplina, como una forma de mejorar.”
Pero Armand, que era incluso un poco más joven que Li, había dejado de estudiar por pánico al acoso escolar. Trabajaba como cristalero, siempre solo. Era un ser tristísimo, otro caso de melancolía resignada. Y, sin embargo, era inteligente y amable.
“¿Te acostaste con él por compasión?”
Li iba a tomarse dos segundos para contestar, pero Armand se adelantó:
“Sí, solo por compasión”
Stella les habló de Marcus, su ex marido. Él también había sufrido algo de acoso escolar, y el desprecio en los adultos. Un hombrecillo charlatán, un vendedor de material de construcción. De ello había resultado un formidable impulso de revancha que, sin embargo, no había llegado a convertirlo en un hombre horrible. Eso último no lo dijo, no fuese a dolerle al pobre Armand el que se le juzgara como que no había luchado.
Las dos amigas le hicieron el amor a Armand. Stella insistía en que los recuerdos de felicidad no tenían necesariamente que llevar a la frustración. Desconocía el mecanismo de la frustración y pensaba que una persona podía "mentalizarse" concentrando la memoria en los buenos recuerdos, de manera que si llegaba a producirse un "recuerdo perfecto", este consolaría siempre.
Así lo explicó en aquella ocasión y Armand y Li, como buenos alumnos asintieron a su sabiduría. De esa forma, Li colaboró en que Armand viviese una experiencia extrema de placer y amor, concentrada en unas cinco horas. Un trabajo a conciencia. Después lo empujaron con suavidad fuera del paraíso, y él se dejó expulsar dócilmente, llevando en su memoria lo sucedido. Estrella se preguntó si algún día llegaría a saber si aquello había salido bien o no.
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