La presentación del libro implicaba ir a algunos actos, alguna entrevista y aparecer en la tele. Como el tema del libro era sexy, y ella fotogénica, el asunto tendría fácil salida. Al editor, un tipo muy presuntuoso, le había pasado el manuscrito de su novela “Los amados extranjeros”, para ver qué opinaba, y como agente utilizaba a una de por allí, que no le hacía mucho caso. La tipa solo le había comentado que su historia como prostituta podía servir también para algún proyecto comercial. No sería la primera prostituta que contara sus experiencias, pero eso siempre vende…
“Yo no necesito dinero…”
“Pero te haría popular y te permitiría difundir tus ideas…”
El primer acto fue en una importante librería de Barcelona. “Mundo Lesbi” se presentaba como “el primer libro que relata, desde una perspectiva del Estado español y una experiencia personal, las posibilidades de la experiencia lésbica incluso en un sentido de ambiciosa utopía”.
En la librería se llenaron los ciento y pico asientos, lo que era un buen augurio para hacer apariciones en locales más amplios. Se había puesto muy guapa, un maquillaje lindo, pero no chillón, uñas pintadas, vestido elegante. Sabía que sus ojos medio verdes daban el máximo de luz.
Primero la presentó el librero y después habló ella: pretendía proporcionar orientación y aliento a las chicas que tanteaban su propia sexualidad; pero también esperaba sembrar dudas entre las que se consideraban heterosexuales insatisfechas. Que la plasticidad erótica femenina indicaba que el deseo genuino de la mujer no coincidía necesariamente con los intereses de la sociedad masculina. Que todas las que creen en el “príncipe azul” son lesbianas en potencia porque, si de amor se trata, entonces eso es algo de chicas. Otra cosa es a la que le gusten los hombres. Los hombres son una cosa y el amor algo muy distinto. Citó a Doris Lessing y a Juan Goytisolo como ejemplos de androfilia. Leyó al respecto un divertido pasaje de "Bella del Señor".
A la hora de las preguntas, la cosa se animó. Estrella pudo con todas las preguntas. Llevaba tanto tiempo predicando que ya no era fácil sorprenderla y estaba perfectamente preparada para responderlo todo, de manera que causó la impresión de ser una tía muy lista y bastante culta. Sin embargo, todas las chicas parecían disgustadas: a las lesbianas no les atraía mucho el tema de la “plasticidad erótica”, las heteros se enfadaban porque se les dijera que iban con los hombres porque obedecían los dictados de una sociedad masculina cuando en realidad existía una opción mejor. Solo los hombres parecían muy interesados en su rostro gracioso y sensual.
En cualquier caso, nadie se aburrió, la aplaudieron mucho y firmó y vendió libros.
Repitió en Barcelona un par de veces. Se dio cuenta de que su agente era una señora pedante bastante estúpida, pero no se atrevió a despedirla (siempre su pusilanimidad de fondo…). En su última presentación, el editor pareció sinceramente interesado, aunque de la novela no se dijo nada. El editor también dijo algo acerca de ella misma como personaje.
En Madrid no fue peor. Y allí tenía algunas amigas, incluidas Patri y Toñi, si bien las lesbianas locales le dieron de lado, pues a ninguna le gustaban sus teorías.
Consiguió pronto salir en la tele, en tres programas; era la primera época de las televisiones privadas y todas competían por conseguir asuntos llamativos. Un programa era de tema cultural, y allí la dejaron para el final, a altas horas de la madrugada, con una presentadora que no tenía ni idea de qué trataba su libro. Después estuvo en un programa de mediodía, no muy seguido, como rareza. Finalmente, en un programa sensacionalista de máxima audiencia, pero también muy tarde (“late show”). El presentador era un tipo charlatán y presumido, de una vivacidad casi histérica (¡ay!, ¡ya no estaba el señor García Tola, que tanto le habría gustado en su lugar!). Antes del programa, el tipo, de un morboseo que buscaba la proximidad física, le preguntó si podían hablar de su pasado de prostituta de lujo. Por su pusilanimidad (ésa que tanto sorprendía a quienes la tomaban por una mujer muy atrevida) no se atrevió a preguntar cómo se había enterado de esa faceta de su vida, pero dijo que no, que el tema de la prostitución se limitaba a solo una frase al final del libro (donde decía que ese tipo de “acuerdos” entre hombres y mujeres no debían descartarse en el futuro como una forma de coexistencia entre ambos sexos).
En el programa, el tipo empezó por decir que ella propugnaba un regreso a las amazonas, a lo que contestó:
“Ante todo, no cabe tal regreso, pues las amazonas no han existido nunca. No consta que semejante forma social se haya dado jamás. Y de todas formas, el desarrollo social suele ser un camino sin regreso; las formas sociales que hoy tenemos (como la igualdad legal entre el hombre y la mujer) no tienen precedentes y del mismo modo, las formas que vendrán tampoco tendrán precedentes. Por otra parte, las amazonas son una imagen de mujeres que imitan la forma de vida de los hombres, y yo rechazo eso. Preferiría que te imaginaras monjas lesbianas y ateas, a las que le guste el sexo”
“Pero, mujer… eso es un contrasentido”
“No, no creas, el deseo de las mujeres de vivir en sororidad (es decir, hermandad femenina) tiene mucho que ver con las experiencias místicas, como sentimiento que une, pacifica y se comparte. Lo importante es que no se reproduzca la forma de vida de pareja entre mujeres. La amistad íntima femenina puede ser algo mucho más abierto, más flexible y a la vez más intenso.”
“Pero eso sería una utopía futura…”
“Sí, pero ya puede ofrecer fórmulas a muchas mujeres hoy. A las mujeres nos encanta el amor”
“¿Y los hombres no nos merecemos nada?”
“Bueno, eso depende de cómo os portéis… además, siempre habrá mujeres a las que le gusten los hombres. Si los hombres gustan a los homosexuales ¿cómo no va a haber también mujeres a las que también les gusten?”
“¿Tú nunca has estado con un hombre?”
“He pasado por esa experiencia. El medio social me presionaba a ello. A las mujeres nos educan desde niñas para tener novio y casarnos. En países como Marruecos, en cambio, mantener relaciones entre hombres es algo relativamente tolerado bajo diversas fórmulas. Son diversas culturas.”
“Pero la fórmula que tú sugieres, aún no existe… menos mal”
“No, apenas existe. Pero ya sabes que muchas de las formas de organizar la vida íntima que hoy conocemos eran totalmente desconocidas hace cien años. Una mujer que viva sola y haga el amor con el hombre que quiera… ¿cómo se llamaba eso hace cien años?”
“Uff…”
Luego se dio cuenta de que no tenía que haber contestado a su pregunta sobre si había tenido relaciones con hombres. Siempre hablaba demasiado.
Por lo demás, se había puesto una falda más bien corta, enseñando sus blancas piernas (no de modelo por su longitud, ciertamente, pero apetitosas y bien proporcionadas, con buenos muslos). Buscaba explotar su físico por una buena causa.
Volvió a Villa Orchard poco después, tras reunirse con sus amigas en una cenita festiva. Pero tras despedirse de ellas había hecho una finta para quedarse en Madrid dos noches más: una agente de la editorial que la había presentado en dos de los actos de firmas se le había ofrecido, y Estrella quiso probar. Estuvo bien, y en la cama esa mujer divorciada y con dos hijos le confesó que era su primera vez. Fue entonces cuando se le ocurrió que con eso podía escribir otro libro, porque ya empezaban a ser muchas las iniciadas. Nunca olvidaría a aquella querida Maggie, la primera, de cuando se liberó por fin de su matrimonio. Muchas mujeres en busca de una “experiencia” tierna e intensa llegaron después. Y siempre era lo mismo: llegaban muy nerviosas y muy ansiosas, gozaban muchísimo, se justificaban en términos casi místicos... pero después decían que nunca volverían a hacerlo, como asustadas. Asustadas de lo mucho que les había gustado...
(A Estrella no se le ocurrió por entonces el que si huían era porque no encontraban en ella un ofrecimiento amoroso en proporción a la sensación que habían vivido. Estrella se mostraba cálida y dulce, ofrecía su amistad eterna... pero no un compromiso amoroso. Tardó tiempo en darse cuenta de que ése era su error. Y cuando se dio cuenta, le echó la culpa a la inexistencia de la "sororidad". Solo una "sororidad" firmemente establecida podría compensar la falta del ofrecimiento personal -"matrimonio"-. A las mujeres les gusta casarse porque les gusta la seguridad.)
De sus anuncios de contactos que aparecían en publicaciones de todo tipo (desde las proposiciones más groseras de los periódicos de anuncios hasta revistas para mujeres “normales”), el que ella seguía invariablemente manteniendo era el de una mujer bellísima y delicada que se ofrecía como “primera experiencia”. Y ahora pensaba que podía desarrollar esos recuerdos y experiencias propias como un tema que refrendara la teoría de la “plasticidad erótica”.
Permaneció un par de semanas en casa, dándole vueltas a aquel nuevo tema. En ese tiempo le llamó por televisión uno de los guionistas del presentador-estrella de la tele. Ella había gustado y querían incluirla en más programas a horas de mayor audiencia. Aquel tipo y sus guionistas habían formado una especie de galería de freaks en las que aparecían desde asesinos ex convictos que proclamaban su inocencia hasta transexuales drogadictos que se prostituían en la Casa de Campo. Aquello era para pensárselo. Esta vez no podría callarse de lo de su pasado de prostituta. Tenía que explotarlo.
No habría sido la primera prostituta en salir en televisión. Desde el auge de las televisiones privadas en España había unas cuantas chicas de placer (una de ellas bastante mona, por cierto) que aparecían en ese tipo de programas de telebasura.
Ella podía ser prostituta, lesbiana y profetisa. Necesitaba pensar en ello y organizarlo. Su agente de Barcelona no le servía para nada. ¿A quién podía recurrir? De entre sus conocidas, no había nadie de confianza dentro del mundo del espectáculo.
¿Y qué saldría de todo ello? ¿Convertirse en un personaje de los programas de variedades? ¿Conseguiría con ello expandir sus creencias? Hubiera preferido que eso se produjera en otros entornos. Pero podía tratarse de un primer paso. Al hacerse popular pasaría a otros programas de la tele más conocidos. Y su libro se vendería. Y sus siguientes libros.
Comenzó a planearlo. Lo hacía en la cama, con Puri, que le daba besos mientras hablaba y le decía que sí a todo. Podía publicar dos libros más (y, quizá, la novela). El segundo libro sería sobre las “primeras experiencias” y la “plasticidad erótica” (algo que apenas había figurado como unos pocos párrafos en “Mundo Lesbi”). El tercer libro sería la descripción de su utopía.
“Y un cuarto libro… y un quinto libro…”, reía Puri, desnuda y feliz en la cama de cálidas sábanas, abrazada a su “señora”.
“Más las novelas…”
Al describir la utopía hablaría ya más francamente de la prostitución. Y también quería hablar de la educación de las niñas. A veces había sentido la tentación de seducir a chicas menores. Colegialas de uniforme, muñequitas. Aunque no estaba segura, pensaba que las experiencias lésbicas a esa edad tan tierna habían de ser irresistibles: podía tratarse de la "prueba científica" de la plasticidad erótica.
A veces sentía un fuerte deseo. Si iba de compras (eso ya le había pasado en Estados Unidos, cuando era la concubina de su marido) le resultaba fácil hacerse amiga de una colegiala tímida con la que se había tropezado en un centro comercial. Ella siempre les gustaba: las niñas también se enamoran de sus maestras: “chicas de uniforme”…
Pero nunca se había atrevido. En Norteamérica la hubieran condenado a cadena perpetua por eso. En España, curiosamente, de los trece años de edad en adelante era admisible el “consentimiento sexual”. Pero nunca se había atrevido.
Poco antes del verano hizo otra gira de promoción de su libro en diversas ciudades (exactamente cuatro). El libro se vendía lo suficiente y algunas revistas le habían concedido reportajes. Explotaba su belleza, igual que hacía Shere Hite (Hite, por cierto, había rechazado sus ideas sobre la plasticidad erótica). Se aburrió pronto de aquellas “giras”. Al principio estaba muy bien eso de ir de “escritora”, y ser recibida por los agentes, editores, libreros, enchufados “culturales”… Pero los tipos se mostraban tontamente libidinosos y las mujeres estúpidamente hostiles. Así una se aburría pronto.
Al menos, fue en esas ocasiones cuando creyó encontrar por fin la persona adecuada para sus planes televisivos. No le quedaba mucho tiempo: pasado el verano ella podía pasar de moda.
Se llamaba Concha y parecía más presentable que la mayoría de quienes trataban en ese entorno pernicioso de los medios de comunicación. Era una mujer casada, bastante seria y todavía joven. Se había metido en esos negocios de representación sobre todo por su marido, que era periodista.
“Lo que no sé es si podría convertirme en tu agente literaria, eso es un ramo que no suelo trabajar…”
“Ahora mismo, me falta mucho para tener el siguiente libro, por cierto que el tema…”
Se lo explicó. Concha se sonrojó fugazmente.
“Es un buen tema, pero imagino que, aparte de tus experiencias personales, tendrías que documentarte…”
“Bueno, para hacer un libro que sea ameno…”
“Y te falta un título.”
“Estoy en ello…”
Concha fue la que negoció con el periodista de la tele, y apareció de nuevo en el show a primeros de junio, a horas de gran audiencia.
“Con nosotros tenemos esta noche a una mujer impresionante. No se la puede comparar con nadie… mejor que se presente a sí misma después de que nosotros nos dejemos deslumbrar por su belleza…”
Aplausos y aparece ella, caminando con cuidado, luciendo piernas y sonrisa a lo Gioconda.
“Estrella, tú eres una lesbiana que predicas la buena nueva a muchas mujeres para que sigan su propio camino separado del de los hombres. Pero tú has estado próxima a muchos hombres. Nos conoces. Y porque nos conoces no nos quieres, ¿es eso lo que enseñas en tu libro?”
“No me gusta que se diga que yo no quiero a los hombres. Hay muchas formas de querer a las personas, de ayudarles, de complacerlos y comprenderlos. Pero el amor de una mujer nunca puede ser correspondido por el de un hombre. El amor de mujer es demasiado tierno y dulce como para el hombre pueda igualarlo.”
“Hablas de complacer. Pero algo sorprendente en ti es que has complacido a muchos hombres a pesar de que no te gustan. Has estado casada y admites abiertamente haber ejercido la prostitución de lujo, algo sobre lo que no hay precedente en las escritoras.”
“No es exacto lo de que no hay precedentes de prostitutas escritoras, al menos Albertine Sarrazin, Jeanne Cordelier, Xaviera Hollander y Griselidis Real me han precedido. Y, por cierto, no siempre lo ejercí “de lujo”. También estuve en bares de alterne algún tiempo, y conmigo pudieron acostarse camioneros o taxistas.”
“Pero acabaste casándote con un millonario… norteamericano, según creo”
“No era una mala persona, y yo necesitaba el dinero. Fue una relación honrada, y ese podría ser un buen ejemplo de relaciones honestas entre hombres y mujeres. No me estoy refiriendo, desde luego, a la prostitución que se ejerce hoy en el mundo entero en un 99 %, que es un tráfico infame. Estoy hablando de una experiencia excepcional mía y tal vez de un ideal futuro.”
“No sé si has conocido ya a Yasmín…”
“No hasta ahora, pero es un gusto conocerte ahora, Yasmín. Te he visto en otros programas…”
“Yo también estoy muy contenta de conocerte. Ya me he leído tu libro… Aunque no soy lesbiana”
“Nunca digas de “ese agua no beberé…”
(Aplausos y gritos del público)
“Estrella y Yasmín son dos auténticas bellezas, dos mujeres distinguidas, encantadoras, dos auténticas preciosidades. Ambas han tenido la generosidad de calmar el apetito de muchos hombres… pero ante tanta belleza uno se siente insaciable…”
“A veces es peor el remedio que la enfermedad, es cierto…”
“Yasmín, ¿tienes alguna pregunta que hacerle a Estrella?”
“Uy… tengo muchísimas… ¿Tú qué crees que ocurriría si hubiera en el mundo más chicas como nosotras, que hacemos el amor por dinero, pero con elegancia y delicadeza?”
“Bueno, ante todo, decir que yo dejé el oficio –si se le puede llamar así- cuando me casé, y que no he estado con ningún hombre desde 1989 y muy probablemente no volveré a estar nunca con ningún hombre…”
(Gritos y protestas del público)
“… pero en todo caso te diré que podrían ocurrir varias cosas. La primera de ellas, por supuesto, es que los precios bajarían…”
(gritos y aplausos)
“…la segunda es que disminuiría mucho con ello ese mundo horrible del proxenetismo y la trata de mujeres, del que algo sé, y la tercera sería que eso ayudaría mucho a normalizar las relaciones entre hombres y mujeres… Yo creo que si un hombre quiere estar con una mujer y gozar con ella, debería tener la opción de satisfacer su deseo de una forma inmediata, y no enredarse en una serie de engaños y abusos solo para conseguir algo que, en el fondo, es bastante simple…”
“Pero, Estrella, siempre habría mujeres a los que les gustarían los hombres…”
“Yo sospecho que no son ni la mitad, algunas experiencias en laboratorios de psicología hacen pensar eso. Además, hay una disputa tremenda entre hombres atractivos y menos atractivos. Muchos hombres con poco éxito con las mujeres se frustran mucho…”
“Pero es que depende de ellos el llegar a tener éxito…”
“No. Eso no es verdad. Un hombre feo es feo. Un hombre fracasado es fracasado. A las mujeres a las que les gustan los hombres no les interesan ni los feos ni los fracasados…”
“No estoy de acuerdo. Un hombre con encanto puede ser pobre e incluso feo…”
“No tengo ni idea de a qué te refieres. A mí los hombres, cuando me acostaba con ellos, me bastaba con que fueran limpios y educados.”
“Está claro que estas dos hermosuras nunca se van a poner de acuerdo acerca de sus particulares gustos. ¿Te gusta Yasmín, Estrella?”
“Claro que sí, es muy graciosa y muy femenina.”
“¿Te acostarías con ella esta misma noche?”
“Si ella quiere, pues por supuesto…”
(Gritos, aplausos y aullidos entre el público)
“Lo siento mucho, Estrella, me siento muy halagada, pero…”
“¿Y si Estrella, que es millonaria, te pagara por ello?”
(Estrella no había previsto semejante pregunta, no había venido en el guión indicativo que habían estado estudiando con Concha)
“Oh, no podría resolverse en tan corto espacio de tiempo, yo…”
“Eres un encanto, Yasmín, pero yo no pago…”
(Entonces recordó que Marcus había pagado dos veces por ella, para hacer un trío con una mulatita preciosa… Y que también le había pagado a aquella pobre chica, Carmen, cuando estuvieron en la comuna hippy. Y una vez sí pago a una escort, para probar, hacía un par de años… y si no repitió fue porque no le supuso nada especialmente excitante)
“Desde luego, no pareces el tipo de persona que necesitaría pagar por sexo… Pero oigamos que dice nuestra amiga Merche, feminista furiosa… y heterosexual…”
“Bueno, pues yo pienso que todo esto es muy gracioso y muy picante, pero no se debe frivolizar lo que, un poco avergonzada, me parece, Estrella ha referido como un drama real de esclavización de millones de mujeres. Y quiero aprovechar para decir que soy heterosexual, pero tengo muchas amigas lesbianas y ninguna está de acuerdo con la barbaridad de decir que prostituirse puede ayudar a las mujeres a liberarse…”
“Todo el mal de la prostitución viene del estigma que le asignan tanto el Santo Padre como las señoritas feministas como tú…”
“¡Esto no lo tolero! El estigma procede de la misma condición infame de que los hombres compren carne de mujer para complacerse… No hay mayor indignidad que comerciar con el propio cuerpo…”
“Cualquier actriz que se muestra desnuda en la gran pantalla comercia con su cuerpo. Cualquier modelo que se muestra en bikini para vender yogures… solo que a ellas no se les asigna el estigma…”
“Un momento, Estrella. A mí tampoco me parece bien que la prostitución se compare con el trabajo de una actriz o una modelo…”
“Bueno, pues que no te parezca bien. Es como los esclavistas del siglo XIX que encontraban intolerable que se comparase la esclavitud de los negros de África con la esclavitud de hombres blancos civilizados…”
“¡Y tú que defiendes la prostitución te atreves a comparar distintos tipos de esclavitud!”
“Es que yo he sido prostituta y nunca he sido esclava. Y creo que Yasmín tampoco. Mucho más esclavas son las pobres mujeres casadas que cometieron la estupidez de ceder a las presiones del entorno para…”
“Bueno, bueno… Ya basta de discusión, no quiero que os enfadéis”
“¡Es que es indignante! Esta guapita es una…”
“Ay, Yasmín… qué malas son las feas…”
(Carcajadas tremendas en el público, no se oyen los gritos de Merche, la feminista)
Tras los aplausos, salieron del plató porque cambiaba el espectáculo (iban a entrevistar a un famoso cantante que luego haría un play back). Merche, la feminista, se alejó de allí, enfadada de verdad. Estrella sabía quién era. Una de extrema izquierda, que incluso había estado presa por terrorismo. Decía que las mujeres eran una clase oprimida desde el punto de vista marxista. Las había más feas, era verdad.
Yasmín y ella se quedaron allí de pie, sonriéndose.
“Entonces, ¿conociste a tu marido en un club?”
Estrella podría haber rechazado la conversación con aquella señorita de compañía de coquetería un poco falsa, pero le gustaba la situación. Además, Estrella era dulce de carácter y no veía por qué iba a despreciar a aquella chica, aunque tuviera sus defectillos.
“Lo conocí en una orgía internacional, en el año 1986. ¿Se siguen haciendo esas cosas?”
“¿Una orgía internacional?, ¿qué es eso?”
“Sí, se reúnen grandes banqueros, políticos, jeques árabes. Se reúne un rebaño de chicas guapas desnudas, y los tipos se sirven, como en un buffet libre.”
“Qué horror. Sí, claro, conozco orgías, aunque no así tan organizados. ¿Eso fue en Las Vegas?”
“No, en Inglaterra, en una mansión en medio del campo. Un abogado me habló de aquello, yo entonces estaba estudiando inglés. Llamé, me dijeron lo que me iban a pagar y fui. En realidad, no gané tanto, contándolo todo, pero conocí a mi marido…”
“No me puedo creer que no te gusten los hombres. Si solo conoces a los clientes, entonces, claro…”
“Siempre hay tipos guapos que quieren ligar. Claro que sé que hay hombres guapos y feos, pero una chica guapa como tú es siempre mucho más guapa que cualquier hombre…”
“Mira, si quieres, hablo con mi novio…”
“No hago tríos, corazón.” (lo que no era muy exacto, pues recordaba habérselo propuesto ella a aquella preciosa chica francesa que conoció en Alemania, que tenía novio e iba a casarse; pero no le atraía liarse gratis con un proxeneta, que era lo que sería el "novio")
Entonces aparecieron Concha y su marido, y Estrella y Yasmín se despidieron sin entregarse sus números de teléfono. Quién sabe, pensó Estrella, quizá aquella coqueta un poco falsa podía haber llegado a hacerse amiga suya. Le habría gustado tener por amiga a una prostituta que hubiera pasado por experiencias “amables”, como las suyas.
Concha no parecía contenta:
“Te has comportado como si fueras del mundo del espectáculo, cuando tú quieres darte a conocer como escritora…”
“Pero lo importante es que se fijen en mí. Mi libro no sé si se va a vender o no. Y es solo el primero.”
“Vamos a ver si te consigo aparecer en un programa de más nivel que esto. Tengo que pensar en ello. Eres lesbiana, millonaria, ex prostituta y mujer hermosa. Supone una buena combinación de muchos elementos llamativos, pero hay que ordenarlos. Aquí no conviene que vuelvas, aunque supongo que te volverán a llamarán.”
“La pasta que te hayan dado te la quedas tú, Concha… Siempre y cuando aceptes encargarte también de mis libros…”
Concha aceptó: era una oferta buena.
De regreso a “Villa Orchard”, encontró a la madre disgustada por el espectáculo. Daba la impresión de que ella creía que, gracias a su riqueza, su cultura y su elegancia, había recuperado algo de respeto y ahora lo había perdido al meterse en la tele-basura.
Estrella pensaba que eso era un error: la gente simple que rodeaba a la madre, los que acudían a sus comidas, a sus reuniones en una finca bonita con piscina, nunca le habían otorgado a Estrella el menor respeto. Era la “puta millonaria”.
Puri, en cambio, quedó encantada, aquella primera noche después de su regreso se mostró cariñosísima.
Le comentó a la fiel sirvienta que andaba pensando en… no sabía bien… en demostrarle su amor con alguna forma de compromiso…
Sorprendentemente, Puri era una buena alumna y aceptaba que el amor no requería de ataduras formales, que lo principal era la sinceridad.
“¿Quieres que te organice lo de irte al extranjero de au pair?”
Puri dijo que, de momento, no. Que era feliz con su trabajo. Y que ella no sería como la rusita aquella, Guenia, que la dejó plantada de un día para otro.
Luego estuvieron hablando de muchas cosas. Puri tenía mucho sentido común campesino. En cierto modo, le recordaba a la tía Reme con la que, por supuesto, se llevaba maravillosamente. Todo el mundo quería a Puri. Menos el cretino del padre, cada vez más molesto, con su pesimismo trágico y ridículo, su decrepitud amargada.
A pesar de todo, el viejo molestaba poco. Pasaba casi todo el tiempo en casa de su hermana, salía a pasear. Todavía tenía su viejo cacharro y conducía e iba a Málaga a ver a sus amigos. Sin duda quejándose de tener que vivir albergado por su hija la prostituta, que había dicho tonterías en la televisión y que era viciosa y rara y...
“Has hecho bien en recogerlo, después de su operación”.
Le preguntó a Puri por la maternidad. ¿Le gustaban los niños? Pues claro. Y a ella también tenía que gustarle: ¿no había ganado algunas pesetillas cuidando de ellos cuando era estudiante?
Se estaba poniendo de moda la adopción de niñas chinas. Si ella y Puri adoptaran una niña china y la educaran para ser lesbiana…
“Uff, con eso sí que tendrías otro escándalo en la tele…”
Fue por entonces cuando se le metió en la cabeza escribir una novela erótica sobre unas profesoras que planeaban corromper a todas las chicas de un internado. Algo subversivo. Se acordó de la película aquella con Audrey Hepburn. Siempre sospechaba que era una tontería, pero le gustaba pensar en ella y escribir páginas.
Concha la llamó con una propuesta: una famosa revista “para hombres” quería hacerle una entrevista. Esa revista la leía mucha gente (muchos más que quienes la compraban). En la entrevista querían preguntarle por su pasado de prostituta. Y si se dejaba fotografiar desnuda y en actitud lésbica, le pagarían un dinero. Estrella no se avergonzaba de su cuerpo y ya había trabajado con un fotógrafo profesional cuando su entonces marido le hizo el reportaje fotográfico del que ahora ella gustaba de presumir (siempre en tono de broma), pero no necesitaba dinero ni tampoco aparecer en una revista que leían mayoritariamente los hombres. Declinó la oferta.
Pero después se le ocurrió algo y fue ella la que llamó a Concha. ¿El grupo editorial que publicaba la revista “para hombres”, no publicaba también revistas femeninas? Sí. Entonces éste era el trato: haría la entrevista, sin desnudos, gratis, a cambio de aparecer en la portada de una revista para mujeres.
Siguió un regateo: sin el reportaje de desnudos no había nada que hacer. Estrella convino finalmente: quería aparecer en la portada de dos revistas femeninas y no una sola, y quería supervisar el contenido de las tres entrevistas. El dinero (aparte de lo que correspondía a Concha) se daría a una fundación benéfica (y así se daría a conocer).
Vinieron a entrevistarla a “Villa Orchard”, a finales de junio. Rodeada de flores y de árboles frutales. Las fotos quedaron muy bien, y el contenido de la entrevista le permitió resumir sus propuestas. Se hicieron a la vez las fotos (diferentes) para los tres reportajes. Después estuvo en Madrid tres días para las fotos eróticas en un estudio. La pusieron con una modelo rusa, una prostituta, sin duda. Era muy fría y de mirada dura, pero con buen cuerpo. Se abrazaron desnudas y en ropa interior, se enroscaron, posaron. Apenas hablaron. De hecho, aquella mujer apenas hablaba español ni inglés. Sabía algo de alemán.
Después se sintió algo avergonzada de haber posado. A la madre no le gustó nada. Pero tuvo sus dos reportajes en las revistas femeninas que tantas chicas leían en la peluquería. Pensó que lo había hecho por ellas, intentando salvarlas. Todavía volvió a promover su libro en otras dos entrevistas a revistas literarias. Pero en cuanto comenzó el verano decidió viajar de nuevo, alejarse de aquella inaudita exposición pública. Sospechaba que había cometido un terrible error.
En cualquier caso, estaba bien visitar Centroeuropa cuando todo está tan verde y florido. Su plan era consultar con sus buenas amigas acerca de “lo que había hecho”. Ni Ann, ni Hanna, ni Laurie, ni Angie sabían español, luego no podrían leer su libro, pero… Se llevó un video de la grabación del programa de la tele escandaloso y de algunos otros en los que había aparecido.
Primera parada en Alemania. El avión aterrizó en Berlin y desde allí fue a Leipzig, donde encontró a Hanna. Con su bondad habitual, Hanna le mostró su desaprobación: ¿y si estaba echando a perder una posibilidad al mostrar sus ideas en un contexto tan frívolo? Por lo demás, a la alemana los estudios y el amor le iban bien. Sobre los libros que quería escribir, le recomendó que el siguiente fuera “Primeras experiencias”, acerca de la iniciación lésbica, que desechara la novela erótica, y que se documentara bien para escribir un ensayo tipo Shere Hite acerca de la plasticidad dichosa. Necesitaba porcentajes más claros: ¿cuántas eran de verdad las mujeres andrófilas y cuántas las que podrían verse plenamente satisfechas viviendo en “sororidades”? Tenía que reunir todos los datos posible, dar una estimación creíble.
“Envíame libros, todo lo que pilles…”
“Pero tú lees mal el alemán, y yo, de inglés…”
Preguntó por el hermanito. Hanna sonrió: tenía una novia veinte años mayor, una mujer muy maternal y muy seria, lo ideal para un estudiante.
Después fue a Londres, donde se encontró a Laurie, cuya novela había sido un gran éxito de crítica. Incluso iban a traducirla al español. Por eso le fue difícil encontrar tiempo para la amiga que venía a visitarla, pero después tuvieron un par de veladas extraordinariamente valiosas (sin sexo). Aprovechó para ver a Ann, que no le aportó muchas ideas, pero sí ternura. Tenía una novia muy celosa, una antillana con dos niños que le despertó a Stella un poco de desconfianza. Ojalá no le pasara nada a aquella mujer tan buena.
De Londres viajó a Nueva York. Angie acababa de volver de pasar una temporada con sus padres, y estaba en una cabaña cerca de la frontera de Canadá con sus dos novias. Aquello fue muy feliz. Hubo mucho sexo y mucha circulación de ideas.
Le recomendaron que fuera a ver a una profesora del Medio Oeste, en Indianapolis. Lo retrasó todo lo que pudo para disfrutar de tan grata compañía (una auténtica sororidad) y a principios de curso, ya en septiembre, encontró a la profesora.
Era joven, judía, menuda y de ojos insignificantes, pero simpática y rigurosa. La profesora Sarah. Surgió la idea de una colaboración. Podría escribirse un libro sobre el tema, ciertamente. Había que madurar un poco aquello. Sarah era lesbiana, pero no muy sexual. Dormía con su amante, una profesora que había sido su propia mentora, pero hacían poco sexo, lo cual venía a conformar el tópico del lesbianismo “de profesoras”: mucha amistad, mucha ternura… pero hacían poco uso de las maravillosas posibilidades del sexo lésbico que tanto éxito tenía en la imaginería erótica. Sin embargo, la vieja profesora feminista no estaba muy de acuerdo con lo de la “sororidad” o “colmena”.
“Eso es una fantasía masculina, incluso aunque excluya a los varones físicamente. Es masculina a nivel de voyeurismo”
Stella no se enfadaba por las críticas razonadas. La profesora más veterana admitía que el bisexualismo justificaba el concepto de “plasticidad erótica”, pero no estaba de acuerdo ni con la prostitución ni con la poliamoría comunal.
“Sin embargo” objetó Stella, “mi idea de sororidad dejaría espacio a actitudes discretas como la tuya. Lo maravilloso sería experimentar hasta dónde se podría llegar. Incluso algún matrimonio heterosexual podría tener espacio en un entorno que estaría determinado por la benignidad, la empatía y la delicadeza.”
La profesora se rió un poco, miró a la profesora joven y comentó:
“¿No la encuentras seductora?”, la profesora Sarah se sonrojó.
Dos días después cruzó hasta Canadá en un coche alquilado. En Toronto iba a hacer una visita. Hacía años que se carteaba con una melancólica oficinista de aquella ciudad canadiense. No había estado en aquel país tan “europeo” desde su visita a la comuna de amazonas en los profundos bosques, que resultó solo regular de fructífero.
La tal Li, que era de ascendencia china, estaba muy nerviosa cuando se encontraron en un restaurante de las afueras. Ya estaba lloviendo, lo que era un fastidio.
“Al fin te conozco”. Se habían intercambiado fotos, y siempre se había pospuesto el encuentro.
Se tomaron de las manos por encima de la mesa nada más sentarse la una frente a la otra. Tomaron infusión y un postre. Era fácil darse cuenta de que Li quería darse por entero, hacer las maletas e instalarse en “Villa Orchard” para siempre. ¿No había hablado con Puri de adoptar una niña china?
“El lesbianismo me decepcionó” dijo Li. En los años que llevaban escribiéndose, había tenido dos relaciones con mujeres y una con un hombre. El hombre era feo, pobre, poco masculino, pero devotamente enamorado. Las dos mujeres, en cambio, le parecieron unas chifladas.
“Siempre supe que eras maravillosa. Desde la primera carta. Y tu foto…”
Le habló de su trabajo mediocre, y de cómo había acabado renunciando a cursar estudios superiores. Se había limitado a hacerse una experta en ofimática. Era bastante buena, pues le habían dado un despacho propio y constantemente la consultaban sobre problemas de organización.
“Pensaba en meterme en comprar una casa. Pero cuando me dijiste que vendrías… lo he puesto todo a… Bueno, todo ya no…”
Durante aquellos años se habían intercambiado unas diez o doce cartas, no más. Una vez Li había estado a punto de viajar a España, pero justo le salió a Stella otro compromiso por esas mismas fechas.
“Era como si me rehuyeras. En el 93 viajaste por todo Estados Unidos y no encontraste un momento para venir. Te estaba esperando.”
Había sido por Angie. Pensó que Li, tan apasionada y romántica, iba a exigir demasiada atención, y con Angie todo era ligero y alegre. De todas formas, se lo pensaron al salir de Chicago, pero entonces apareció otro compromiso…
¿Y si había hecho perder su tiempo a aquella mujer, que no parecía mala en absoluto?
Fueron a su apartamento. Pequeño, ordenado, decorado con sencillez. Muy femenino. Había un retrato puesto en lugar preferente.
“La foto de mi gran amor”
Una canadiense rubia, de larga melena y aspecto sosegado. Otra Hanna, pensó Stella. Se había enamorado locamente de ella en la secundaria. Nunca se atrevió a decírselo. Tenía un buen novio. Pero dramáticamente le confesó su amor cuando le nació el primer hijo. La generosa rubia le dedicó entonces la foto cuando la chinita la convenció de que mirarla cada día no iba a hacerla sentirse mal.
“¿Y es cierto?”
“Después de esta noche pondré tu foto al lado. Porque sé que será maravilloso”.
Stella admitió para sí que lo más probable era que, en efecto, acabara siendo algo extremadamente sensible.
A la mañana siguiente, Li, que luchaba por serenarse, llamó a su trabajo para faltar por primera vez en toda su vida. Stella se dio cuenta de que ella se estaba comportando tal como lo hacía cuando era prostituta con los clientes "buenos" (como lo había hecho con su marido): deliberada y cuidadosamente hacía todo lo posible por evitar ponerse en una posición de superioridad. Se mostraba silenciosa, humilde, con gestos inocuos, como juntar las manos. Solo se delataba por la extrema atención de su mirada. Y cuando hablaba decía cosas como "¿qué te gustaría hacer ahora?" o "dime lo que te haría más feliz". Solo le faltó la frase de "¿con quién, si no conmigo?", tan característica de aquella etapa suya.
Permanecieron todo el día juntas, en la cama. Se lo contaron todo y se besaban en la boca cada pocos minutos. Hicieron planes, ¿por qué no? Si ella leía cosas de psicología, ya iba siendo hora de que aprendiera a confiar en las personas.
“Seguro que podré aprender español. Tú no puedes dejar a tu madre ni a esa campesina que tanto te quiere”.
Una experta en temas informáticos seguramente encontraría trabajo en Vélez-Málaga. Sabía de todo: software, hardware, organización administrativa, contabilidad…
Li tardó tres semanas en organizar su renuncia en el trabajo, recoger sus ahorros, despedirse de sus pocas amistades y comenzar a aprender español. El español no es, ciertamente, el idioma más difícil de aprender.
Invitaron a cenar al enamorado de Li para despedirse. A Stella le gustó aquel hombre. Siempre le consolaba encontrar hombres afables e inofensivos. Le quitaba el miedo que siempre les tenía. No se olvidaba de que, al fin y al cabo, el mundo en el que vivían había sido hecho por ellos, y que ellos lo seguían dominando. Y que ella no era más que una mujer indefensa. Solo que tenía dinero. Pero nada más. Sin embargo, los hombres débiles eran tan víctimas como las mujeres. Era un poco como el marxismo soviético: ¿solo los obreros son el pueblo elegido, excluyendo a todos los propietarios?: no, aparte de obreros, también entre la clase explotada puede contarse a los "campesinos pobres" y a los "pequeños comerciantes". Los hombres débiles eran casi como mujeres, porque eran explotados. Los hombres débiles y las mujeres feas y las del uno por ciento...
“Armand ha perdido diez kilos desde que se enamoró de mí. Se lo impuso como una disciplina, como una forma de mejorar.”
Pero Armand, que era incluso un poco más joven que Li, había dejado de estudiar por pánico al acoso escolar. Trabajaba como cristalero, siempre solo. Era un ser tristísimo, otro caso de melancolía resignada. Y, sin embargo, era inteligente y amable.
“¿Te acostaste con él por compasión?”
Li iba a tomarse dos segundos para contestar, pero Armand se adelantó:
“Sí, solo por compasión”
Stella les habló de Marcus, su ex marido. Él también había sufrido algo de acoso escolar, y el desprecio en los adultos. Un hombrecillo charlatán, un vendedor de material de construcción. De ello había resultado un formidable impulso de revancha que, sin embargo, no había llegado a convertirlo en un hombre horrible. Eso último no lo dijo, no fuese a dolerle al pobre Armand el que se le juzgara como que no había luchado.
Las dos amigas le hicieron el amor a Armand. Stella insistía en que los recuerdos de felicidad no tenían necesariamente que llevar a la frustración. Desconocía el mecanismo de la frustración y pensaba que una persona podía "mentalizarse" concentrando la memoria en los buenos recuerdos, de manera que si llegaba a producirse un "recuerdo perfecto", este consolaría siempre.
Así lo explicó en aquella ocasión y Armand y Li, como buenos alumnos asintieron a su sabiduría. De esa forma, Li colaboró en que Armand viviese una experiencia extrema de placer y amor, concentrada en unas cinco horas. Un trabajo a conciencia. Después lo empujaron con suavidad fuera del paraíso, y él se dejó expulsar dócilmente, llevando en su memoria lo sucedido. Estrella se preguntó si algún día llegaría a saber si aquello había salido bien o no.
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