miércoles, 25 de junio de 2014

Capítulo 3. Anuncios personales

  Lo del apartamento en Torre del Mar no se le ocurrió hasta primeros de 1990, cuando se instaló definitivamente en la finca. No podía recibir mujeres a las que conocía solamente por fotos en "Villa Orchard", ya que la casa era también la de la madre y la hermana (solo traería a casa a las visitas más selectas), así que le vendría bien, como picadero ("love nest", "garçoniere"), un apartamento próximo, cerca de la playa, en una zona poblada y festiva, seis o siete kilómetros más allá (podía a veces ir en bicicleta o corriendo, y hacer deporte). Al principio pensó en alquilar, pero eso era una estupidez en su caso, así que disminuyó otro poco (bastante poco) sus ingresos mensuales y se compró un apartamento pequeño y barato cerca del paseo marítimo (pero sin vistas al mar) que pagaría en doce años a cómodos plazos, y al que sometió a un fastidioso proceso de reforma para hacerlo más cálido y suave para el amor, un poco por el estilo de lo que fue desarrollando a lo largo de mucho más tiempo en su apartamento de prostituta en Madrid: mucha luz, visillos blancos y rosas, espejos, azulejos, espacios que podían despejarse y armarios empotrados llenos de colchas, futones, almohadones. Otra propiedad más.

   En el fondo, no solo le gustaba el dinero, contarlo y manejarlo: también le gustaba verlo adoptar múltiples formas. Le gustaba poseer y sabía con bastante exactitud cuánto poseía y cuánto le rendía. La hermana, que tenía alguna cualidad de artista plástica, confeccionó un álbum de fotos (del que se hicieron varias copias) en el que aparecían sus propiedades, detallándose las características y localización: treinta y tres apartamentos en propiedad (era su tercer álbum de fotos... tras el que usó en Madrid y el que le hizo Marcus en Nueva York). El pisito cerca de la playa y "Villa Orchard" no contaban, porque no estaban en explotación económica. Sí contaba, a partir de 1990, la propiedad  número treinta y cuatro: el chalecito adosado en Torremolinos donde madre y hermana vivieron seis años. También se incorporó al álbum.

   Las citas con mujeres las conseguía, al principio, por una serie de anuncios personales que había puesto en diversas revistas y periódicos de anuncios en toda Europa, algo con lo que había empezado ya en Madrid, cuando su ruptura con Paula, pero que había ido organizando más sistemáticamente sobre todo durante los últimos meses de su reclusión norteamericana. Allí usó dos direcciones. Una, un apartado de correos de Torremolinos (que su hermana le vaciaba regularmente y le reexpedía a América en paquetitos que ella deshacía ilusionada al recibirlos) y otra en Estados Unidos, en su propia casa de mujer casada en American City.

  Nunca se le hubiera ocurrido, cuando era una joven “normal” (más o menos) que los anuncios personales pudieran dar tales resultados. Para la gente “normal” no suelen darlo cuando buscan trabajo, vivienda o relaciones sentimentales. Pero en el mundo excepcional, raro, donde Estrella se había situado, sí que lo daban.

   No solo buscaba relaciones sexuales, también había puesto otros anuncios buscando relaciones de tipo intelectual, “"filosóficas"”, especialmente sobre feminismo, pero no solo sobre eso. De hecho, había puesto uno en una revista española de temas ecológico-alternativos que estaba redactado de tal manera que no podía conocerse ni el sexo ni la edad ni el nivel social del anunciante. Solo que deseaba intercambiar opiniones sobre libros.

  Ese fluir de cartas la había tenido entretenida durante los últimos meses de su encierro, cuando más falta le hacía. Marcus le ocupaba todo el tiempo cuando él no trabajaba, pero seguían siendo muchas horas de estar sola: leer, escuchar música, hacer deporte y ver la tele no eran suficiente. Sus intentos de hacer amigas en la ciudad no habían prosperado y no tuvo más relaciones lésbicas que lo de un toqueteo rápido en el gimnasio (que nunca se repitió) y las dos veces que, por voyeurismo y por complacerla, Marcus había pagado a una prostituta (una mulatita del mejor burdel de la ciudad) para hacer un trío. La chica le pareció simpática, pero no hubo forma de citarla por su cuenta más tarde, sin el marido.

  Así que se pasaba el tiempo leyendo cartas de diverso contenido y en diversos idiomas (incluidos el francés y el italiano) como contestación a sus anuncios personales.

  Sus anuncios eran los siguientes:

  “Mujer lesbiana, interesada en aprender acerca de teorías de vida comunitaria femenina en todas partes del mundo, desea escribirse con mujeres que puedan proporcionarle información y referencias, tanto de libros y otras publicaciones, como de experiencias personales”

  “Mujer lesbiana, interesada en nuevas experiencias de feminismo avanzado en todas partes del mundo.”

  “Chica lesbiana de 25 años, extremadamente hermosa, viviendo en la Costa del Sol española, desea mantener relaciones íntimas con mujeres femeninas y delicadas. Ideal como primera experiencia. Abstenerse hombres.”

  “Desearía intercambiar correspondencia con personas aficionadas a la lectura para conocer autores, críticas y recomendaciones en general.”

   Llegaban muchas cartas, algunas con fotos. A las que se trataba de citas de tipo sexual siempre les decía que, de momento, estaba ocupada haciendo ciertos estudios en Estados Unidos, pero que a finales de 1987 quería viajar por todo el mundo y que, afortunadamente, disponía de medios suficientes para ello. Y que tenía casa en la Costa del Sol española.

  De aquella correspondencia abundante salió una buena lista de nombres y direcciones que reunió desordenadamente y que le proporcionaría el punto de partida para muchas de sus aventuras en los años siguientes.  Se informó de la existencia de publicaciones lésbicas, un poco de tipo underground, la mayoría de ellas relacionadas con el mundillo gay de San Francisco, así como de algunas experiencias utópicas, tipo comunas y tal. Había corresponsales que parecían muy cultivadas en sus lecturas y que le recomendaron libros que empezó a leer de forma también desordenada, sin hacer fichas.

  Se ilusionaba pensando en lo bien que lo iba a pasar cuando fuera una mujer libre, joven, hermosa, rica y con unos deseos que entonces consideraba muy claros. Ya había tenido algunos anticipos de lo que podía llegar a hacer, como la primera vez que viajó al extranjero por su cuenta, a Suecia, en el verano de 1985, a acostarse con una pareja de chicas lesbis (no eran dos princesas, pero estuvo bien, fue placentero y muy emocionante).

  A Marcus le dolía verla tan feliz esperando que transcurrieran septiembre, octubre, noviembre… porque, cada día que pasaba, Stella (Estrella) soñaba más con los placeres y las amables aventuras que llegarían dentro de poco mientras que él, cada día que pasaba, más enamorado estaba y más se dolía de verse abandonado. Fue entonces cuando le tuvo que prometer que seguirían viéndose de vez en cuando (cada tres meses). También le recomendó -algo de lo que no podía sentirse orgullosa- que se casara con una virgen asiática. Otros millonarios lo hacían.  Era tan charlatana e imprudente que incluso le dijo que, si encontraba su virgen, se comprometía a “entrenarla” para que pudiera complacerlo en la cama tan bien como ella lo hacía. Pero la idea de una virgen filipina o tailandesa no parecía seducir mucho a Marcus por entonces. Conocía Extremo Oriente debido a sus negocios (Singapur y Malasia, sobre todo), y allí había fornicado con muchas de esas chicas pálidas y frágiles, sin sentirse atraído por llevarse una a casa. Le parecían frías e inexpresivas, todo lo contrario que Stella, su esposa (su esposa de pago, su "esposa trofeo", como decían).

  Una sola vez llevó a Stella con él de viaje de negocios a aquella parte del mundo. Estuvieron en un hotel de Singapur muy lujoso, y ella se quedó allí un día sola.

  Casi hubo una buena historia. Sin nada que hacer más que leer sus libros, una vez, caminando por un largo pasillo solitario del hotel vio a una bonita chica asiática limpiando. Le sonrió a la chica, y ésta, poco acostumbrada a gestos amables, reaccionó con modestia y timidez. De alguna forma, Stella, con sus grandes ojos verdes y su cuerpo más poderoso, se envalentonó ante la pobre esclava, tan endeble. La chica hablaba poco inglés. Stella la tomó de la mano y la llevó a su habitación. Nadie las vio. Hizo que se sentara en la cama, le acarició las mejillas y la besó delicadamente. ¿Te gusta? La chica dijo que sí, pero no entendía nada. Volvió a besarla y a abrazarla. La chica no olía tan bien. Hubiera querido bañarla y perfumarla, pero no era posible. Le preguntó si quería ser su amiga, pero probablemente no entendía lo que le dijo. Soñó Stella que podría rescatarla, salvarla, llevarla al país de las oportunidades. Pensó que podía darle su dirección. La chica bajaba la cabeza. No había nada que hacer. No se atrevía a ir a más. Pensó que la había forzado a dejar su trabajo, algo que podían reprocharle. Según Marcus, aquellos chinos eran implacables y brutales como patronos. Stella sacó doscientos dólares y se los metió en el delantal, volvió a besarla en la frente y el pelo, y la hizo salir. Tras volver a quedarse sola, estuvo un rato a punto de llorar, pero no lloró.

  Estrella (Stella) fue libre el 16 de diciembre de 1987 por la noche, en el aeropuerto de Nueva York, hasta donde Marcus la acompañó para despedirse. Parecía desesperado, no podía evitar llorar, él sabía ser ridículo como pocos. Volverían a verse en el mes de marzo, una semana completa, le dijo ella. No siempre se puede tener todo a todas horas. Uno debe resignarse... y ella había cumplido el trato. Él decía que sí, que sí, pero lloraba, y la gente los miraba. Ella, triste, y aquel tipo llorando. Dada la diferencia de edad entre ambos, podía tratarse de cualquier cosa.

  Pero ya en el avión, la llantina del pobre-rico Marcus dejó de impresionarla. Era libre. Era rica. Iba a reunirse con su madre y su hermana, por fin. Era libre. Pasarían las navidades juntas, las tres. De esclava de lujo iba a pasar a gran señora. Era libre. Era rica. Era joven. Aún era muy joven.

  Quiso celebrarlo acostándose con una preciosa mujer rubia. Maggie (como la Thatcher, entonces en la cima de su poder) era una divorciada inglesa con un hijo de once años que ella decía que era muy listo y muy bueno. De su ex marido contaba que era un idiota que la había dejado por una golfa (le contó un poco demasiado acerca de su marido). Maggie echaba de menos el sexo, pero sus citas de divorciada no habían resultado. La tentación del lesbianismo se llegó a asomar de alguna forma, pero no podía hacerlo en su Newcastle. Podía, en cambio, viajar a la Costa del Sol, como tantos británicos, y pasar allí tres noches con aquella bellísima muchacha que se ofrecía de forma tan interesante. Habían intercambiado ya cuatro cartas. Las fotos de Maggie eran buenas y las de Stella (ya no Estrella) resultaban absolutamente espectaculares y difícilmente resistibles para cualquiera. Las había seleccionado de la colección realizada por iniciativa del mismo Marcus en un estudio de Nueva York (el "segundo álbum"; todo un photobook que sumar a las muchas fotos de aficionado que él le había sacado por su cuenta; también le había hecho vídeos). A Estrella le gustaba admirarse, tenía su toque narcisista. Le gustaba pensar en la impresión que podía causar y por eso, entre otras cosas, se operaría más adelante los pechitos para ponérselos más ricos. Le gustaba también pensar que había de hacer que su actitud, sus conocimientos, su "tesoro espiritual" no desmerecieran su aspecto. Esas ideas las comenzó a desarrollar como prostituta. Y después como lesbiana. Y le parecía un planteamiento correcto: existimos para los demás y nos comunicamos con los demás por las manifestaciones de nosotros mismos. El aspecto físico mostraba un ideal. La belleza femenina, maternal, espiritual, bondadosa había de ser una guía. Más adelante llamaría a esta doctrina "angelismo" y la haría formar parte de su ambiciosa concepción de un lesbianismo universal y salvador.

  El 20 de diciembre Maggie llegaría a Málaga: noches del 20, el 21 y el 22; y el 23 de diciembre de vuelta a Inglaterra para preparar la Navidad con su hijo, abuelos, tíos y primos… tras vivir la inconfesable aventura.

  Estrella llegó a Málaga a la mañana del día 17. Su hermana y su madre la estaban esperando. Hacía un año que no se veían (Marcus le permitió pasar la navidad de 1986 con su madre, pero el Año Nuevo fue para él: y bailaron). Fue muy emotivo porque aquella pequeña familia era, en cierto modo desarraigada y trágica. Lo habían pasado mal, pero ahora todo acabó, eran felices. Estaban juntas las tres, pobres mujeres que ahora, increíblemente, como por un premio de lotería, contaban con dinero y libertad.

  En la casa de Torremolinos, que en el verano de 1984 le había parecido tan maravillosa (la primera casa que había comprado con el dinero ganado como prostituta), ahora sentía cierta estrechez, cierta pobreza de país pobre, pequeño y arrinconado. Pero era su casa, una buena casa en un país donde mucha gente vivía en la precariedad y no contaban, como ellas, con apartamentos turísticos alquilados que les proporcionaban rentas suficientes, y donde era raro que la gente fuese tan libre que ya ni necesitara trabajar. Ya no más Marcus. Ya no más acariciarle el sexo con la boca, besar su boca con su boca, hasta besarle los pies, las tetillas y el culo con su boca, y hablarle con su boca y dejarse lamer, chupetear, mordisquear y oírle decir a él cuánto la amaba (tema sobre el que podía extenderse horas y horas). Pobre-rico Marcus.

  “Ahora puedo hacer lo que quiera”, les decía a la madre y hermana, un poco asustadas temiéndose excentricidades inimaginables.

  Explicó que no se había divorciado, que seguía siendo buena amiga de su marido-empleador y que volverían a verse de vez en cuando (y le daría más dinero)

  “Pero para qué quieres más dinero…”, se quejó discretamente la madre.

  “No lo voy a hacer gratis, repuso ella. (Y esa frase no le gustó a la madre.)

  La pobre mujer nunca podría superarlo. Tener una hija prostituta…. Aunque hubiera acabado casándose con un millonario americano… Y aunque ahora lo hubiera dejado "todo". Pero ya desde el primer día de la dramática confesión Estrella misma la había advertido: “si se es una vez, se es para siempre”. Aunque eso produjo mucho dolor sirvió para justificar que no tenía por qué dejarlo justo cuando estaba ganando tanto: el estigma no iba a perderse por hacer de puta un par de años menos.

  Ahora, ya libre, y hasta el día 20 de diciembre, su vida fue hasta cierto punto parecida a la de su reclusión: salía un poco a hacer deporte, a hacer compras, y el resto del tiempo lo pasaba leyendo. Estaba de vuelta en España. En Andalucía. La gente hablaba español por todas partes. Con su acento. Era "su país". Y ahora era rica. Era libre. De vuelta "a casa", y como mujer rica y libre. Triunfadora. Podía hacer muchas cosas. Y ya tenía pensado hacer unas cuantas.

  Todo le resultaba curioso en España. Miraba España como una turista norteamericana. Todo pequeño y apretado, un poco sucio. Colores demasiado simples, gente mal vestida. Falta de simetría. Poca funcionalidad. En cierto modo, le gustaba más American City. Pero se trataba de España. Ese viejo país. Y Andalucía. Y su familia. Algo de su pasado, de su persona.

   Hasta le gustaba la televisión en español, después de tantísima tele en inglés. Qué graciosa la tele en español, qué pueblerina, qué pequeñita, qué ingenua. En las noticias todos los días salía el entonces jefe de gobierno Felipe González, que se parecía poquísimo a los arrogantes políticos norteamericanos.  Y los atentados terroristas eran horribles.

 El día 20 por la mañana fue a ponerse guapa. Después fue al hotel a comprobar si la reserva estaba en orden para su amiga Maggie.

  El encuentro en el aeropuerto fue muy emocionante. Allí estaba la rubia, tímida, a lo lady Di, pero mucho más dulce y con una permanente mejor. Se la veía nerviosa, aunque también aliviada al comprobar que la belleza deslumbrante de Stella no desmerecía de las fotos, esa belleza un poco seria y católica. Maggie, por su parte, era toda una británica que aparentaba una cortés frialdad a pesar de que dentro debía de estar produciéndose una previsible sucesión de encontronazos emocionales (¿qué hago yo aquí?, ¿qué estoy haciendo?, ¿en qué lío me voy a meter?).

  La tomó de la mano y la llevó al hotel. No hubo pegas en lo de acompañarla a su habitación.

  Era delicioso. Su rubor. Tenía poco más de treinta años. Las manos tan suaves y cálidas. Perfumada, depilada. Era una maravilla. Una mujer. Todo tierno, confortable, delicado… Era como hacer el amor con un ángel, ¿cómo era posible que hubiera gente a la que aquello no le gustara? ¡Llevaba más de un año soñando con un momento así!

  “Todo lo que quiero es mimarte. Voy a ser muy cuidadosa. Te va a gustar.”

  Por supuesto, lo más peligroso era precisamente eso, que le gustara.

  Qué diferencia de hacerlo con un hombre. La fue desnudando poco a poco (el invierno tiene ese encanto en la intimidad) dándole besitos, lametones, tranquilizándola con su más cálido tono de voz de acento norteamericano. La tenía ya con los pechos desnudos cuando se desencadenaron ciertos espasmos. Pero le mordisqueó el lóbulo de la oreja y se desactivó la amenaza.

  Por fin, la boca. Dos bocas de mujer.

  A la noche llamó a la madre desde el teléfono del hotel. Estaba pasando la noche con una amiga que había venido de Inglaterra. A su madre eso seguía también sin gustarle. Le parecería muy pronto para que "volviera a las andadas". No comprendía que precisamente estaba ansiosa de hacer lo que más le gustaba y que durante un año y pico... Bah, que se acostumbrara.… No se acostumbraría nunca. Ni a lo uno ni a lo otro.

  Maggie fue un éxito maravilloso. En realidad, fue su primera mujer. Paula, en una época que ahora le parecía lejana, formó parte (la parte mejor, sin duda) de una desagradable “etapa sexual” de su vida. Cuando el sexo era “algo a lo que acostumbrarse”. En un principio, el lesbianismo había sido algo como el coito anal, aunque más fácil. Una cosa de prostitutas, de vicio. Le vino muy bien por la amistad y la camaradería, y, desde luego, era muy sensible al placer, pero Paula no había sido nunca suficiente. Al principio, dadas las circunstancias, incluso se sintió enamorada de ella, pero en los meses sucesivos mantener la armonía ya le estaba exigiendo un esfuerzo. Tampoco tuvo éxito en sus intentos de mantener relaciones placenteras sin compromiso en Madrid, después de Paula. El primer ser realmente angélico que había llegado a tener en sus brazos fue Maggie.

  Incluso se la presentó a la madre y hermana, bastante cohibidas. Maggie, por supuesto, no hablaba nada de español.

  El sexo fue una maravilla porque Maggie, aunque inexperta, era dócil, humilde y generosa, totalmente femenina. Ese día Estrella aprendió que no hay nada como las mujeres heterosexuales para que una lesbiana disfrute en la cama. Y más si son madres (o vírgenes).

  No se sorprendió mucho cuando, al despedirse, Maggie le dijo que aquella delicia no debería volverse a repetir.

  “Sabes dónde estoy”, repuso ella, encogiéndose de hombros. Maggie, al alejarse, miró por última vez hacia atrás, asustada, y no dijo más.

  Nunca volvió a tener noticias de ella. Iba a dedicarse a la educación de su excelente hijo.

  Fue su experiencia más satisfactoria en aquel periodo. Tuvo otra visita, pero mucho menos valiosa, unos días después, ya en enero. Una alemana, más fea y antipática de lo que había deducido por la foto y las cartas. Se sintió avergonzada de haberse ido a la cama con ella la primera noche pese a que no le había gustado a primera vista. Se sintió como si estuviera con un hombre al que, al fin y al cabo, no podía rechazar porque un trato es un trato. Después, cuando al despedirse le dejó claro que no volverían a verse (como siempre, Estrella hablaba demasiado), la otra se puso a insultarla.

  Al cabo de ese episodio desagradable vino el viaje a la comunidad religiosa, donde se enamoró de Martina.

    Después fue a Paris, conoció a Iréne y se vio poco menos decepcionada que en Madrid. Consideraba al feminismo lésbico “su nación”, pero no lograba hacerse un sitio en ella. Estaba lejos de su ideal. Comenzó a preocuparse para hacer una buena definición de éste. Iréne, que pretendía solo apreciarla para la cama, le reprochaba su confusión y su incultura. Tenía que leer más. Tenía que hacer fichas, esquemas, sistematizar lo que sabía, lo que no sabía y los medios para llegar a saber. El estudio era una tarea seria y no una charleta de café.

  En París no se aburrió. Con Iréne o con otras, pudo pasear por la ciudad, conocer determinados ambientes promiscuos y, en suma, gozar de las atenciones que reciben habitualmente las mujeres adineradas y hermosas, y que tantos hombres envidian.

 Entre otras cosas, Iréne y sus amigas le proporcionaron más direcciones de asociaciones de lesbianas de toda Europa. Fue la primera vez que comenzó a darse cuenta de que muchas se comportaban con ella con falsedad, que le seguían la corriente porque era muy guapa, muy sexy y tenía dinero para invitar a cafés, meriendas y hasta cenas. Pero se encontraba tan necesitada de afecto que en esta época no siempre fue consciente de ello.

  Tras Iréne, llegó su primer encuentro con Marcus tras la separación. Su marido apenas pudo contener la ansiedad por eyacular constantemente en su cuerpo. Era curioso porque, hasta cierto punto, se alegró de volver a verlo y reencontrarse con la rutina de su oficio de esposa. Y le gustó llevarse los veinticinco mil dólares, a pesar de que ya no los necesitaba. Ida y vuelta en avión, un poco cansado (Paris-Nueva York-American City-Nueva York-Paris). Todavía más cansado, e inútil, fue el regreso de los dos mil kilómetros en automóvil. No tenía ganas de conducir. Lo hizo en tres días. Hizo una noche en un hotelito en las afueras de Angouleme. Quiso presumir de mujer misteriosa. Una camarera fea fue simpática con ella. Practicó su francés. Habló mucho por teléfono sobre sus negocios pendientes (la inversión de su fortuna y el arreglo futuro de sus medios de vida). Se sorprendió a sí misma por la noche, en su camita de hotel, contando los dólares de Marcus (los diez mil que se trajo en metálico). Se masturbó. Hizo después una noche cerca de Madrid. Dudó en llamar a las amigas y quedar con ellas, pero decidió que no. Estaba cansada.

  Y después, vuelta a casa, con la madre y hermana. Escribiendo, leyendo, tratando de sistematizar sus ideales. Pensó que ya no iba a escribir novelas. Sistematizaría sus teorías, se informaría acerca del vocabulario, lo imprescindible sobre psicología y antropología. Poco a poco empezaba a saber dónde buscar. E hizo caso a Irène: comenzó a redactar tarjetas y resúmenes que luego pasaba a máquina y metía en carpetas. En otro orden de cosas, se reunió con Álvaro, su gestor en la empresa que planeaba fundar, iba al banco, participaba en la organización de la empresa de renta inmobiliaria. Iban al notario, consultaban con la abogada Pilar.

    Pensaba en la dulce Martina, su segundo ser angélico, y el único con el que se mantenía en contacto. Por otra parte, durante aquellos meses de primavera recibió hasta tres visitas de mujeres que vinieron a acostarse con ella a la Costa del Sol: una pareja de danesas (un poco frías), una holandesa (dulce, que a punto estuvo de enamorarla pero que luego no dejó rastro, como Maggie: tercer ser angélico) y otra inglesa (amable, pero poco dada a la intimidad y no muy atractiva). Todo ello tuvo su interés, pero creía tener derecho a obtener más. Sí, la hermosura no vale nada. Y el dinero es malo. Sí. Pero la felicidad humana tiene que ver con las experiencias emocionales, y en la belleza femenina ella encontraba, a lo Platón, un referente de bondad universal.

  Las feministas como Iréne rechazaban la explicación maternal del comportamiento femenino. Estrella comenzaba a pensar lo contrario. De niña le gustaban las muñecas. De mayor, gustaba a las niñas. Las lesbianas bonitas hacían el amor como niñas cariñosas, pero inteligentes y ávidas. Eso gustaba a los hombres, sí, a los voyeurs, pero es que los hombres no son tontos. Si la mujer feminista debe conseguir lo que el hombre le niega, también debía conseguir el amor de las mujeres bonitas.

  Durante su primera primavera, entre lectura y lectura, se dio a la vida hogareña, con sus buenas madre y hermana. Las llevaba a ver a sus parientes, y pronto se aficionó a la más simpática de sus tías, la tía Reme, la del campo. Como pequeño entretenimiento, empezó a aprender alemán. También comenzó a elaborar varios proyectos en su mente. Incluido el de operarse del pecho: ¿por qué conformarse con sus pequeños pechos?, podía ponerse un par de cositas monas, que gustara tocar. Antes no lo había hecho porque exigía una recuperación de tres meses (pechos vendados...). Otro proyecto era el de comprar una finca para que su madre tuviese un huerto. Y sacarse un título: de profesora de inglés, o incluso de traductora...

  Hizo un primer intento de conocer lesbianas de Málaga. Un desastre: acomplejadas, codiciosas, insinceras, vulgares, masculinas… A lo largo del tiempo estos encuentros con lesbianas de su tierra se sucederían con mayor o menor éxito, pero sin dar lugar a nada especialmente valioso (hasta que conoció a Puri). Por su parte, las lesbianas de Málaga hablaban mucho de ella. No podían rechazarla aunque se notaba que no la querían. Pero era muy hermosa, muy rica y viajaba por todas partes. Todas sospechaban que llegaría a ser una gran escritora.

   En un mes y pico constituyó su empresa de gestión inmobiliaria. Compró un bajo para la oficina. Álvaro contrató una secretaria. En total, disponían de treinta y tres apartamentos en propiedad. Sobraba dinero en efectivo y se pagaron impuestos. Un disparate (yéndose a vivir a Suiza o a Florida, como sugería Marcus, habría contado con un 50% más de dinero y sin necesidad de estar pendiente de nada ni de nadie). Álvaro parecía muy contento. Era su propio jefe, cobraba mucho más que cuando era un empleado y, a medida que más propietarios les confiaran sus propiedades, incrementaría más aún sus ingresos con las comisiones. Estrella podría dedicarse a disfrutar de la vida....

  En mayo volvió a viajar, y tuvo su gran momento con Martina.

  En junio, otra vez Marcus. Esta vez más relajado. Bien. A la vuelta, viajó a Suiza a reencontrarse con Martina e hicieron el amor. Fue entonces cuando cometió el error de contarle lo de la prostitución, y a raíz de ese momento Martina nunca volvió a concederle su gran cuerpo. La acompañó a una excursión a las montañas. Se cansó mucho (todavía no estaba acostumbrada a los esfuerzos físicos de ese tipo), los amigos de ella no le gustaron y se marchó de forma imprevista, sintiéndose mal. Más tarde Martina le reprochó haberse portado groseramente con sus amigos (chicos educados, estudiantes, no tenía nada que reprocharles).

  Se quedó entonces sola en medio del verano, en medio de la Europa de en medio, “Mitteleuropa”. Su automóvil no era cualquier cosa. Era un Mercedes nuevo (aunque no un modelo muy grande) y ella contaba con cheques de viaje y varios miles de dólares americanos.

  ¿Qué hacer? Podía hacer lo que quisiera en aquel verano de 1988. Pero se había olvidado los papeles que le dieron en París, con las direcciones y números de teléfono de grupos feministas de Alemania y Holanda. Tampoco tenía con ella la colección de cartas y direcciones de las mujeres que le habían estado escribiendo, ofreciéndose, ya cuando vivía en American City, e incluso de antes. ¿Volverse a España? ¿Tan pronto? Había contado con pasar los meses de julio y agosto con Martina y al final le había salido mal. Llamó a casa y la madre le comentó que estaba esperando que su hijo el mayor, el padre de sus tres nietos, viniera a pasar unos días. Claro, iban a alojarse en el piso de arriba de la casa... Ya habían estado de visita el verano anterior (con ella en American City), y entonces Estrella comprendió que no solo se trataba de la cuestión del alojamiento, sino que su hermano (un golfo en su juventud) y su espantosa cuñada no querían exponer a sus hijos (el mayor, de once años) a la presencia de su tía, la pervertida sexual.

  Así que condujo hacia el este, hacia Austria, por en medio de los espectaculares paisajes del Tirol. Una bella chica sola que viaja en lujoso automóvil y que está forrada de dinero: una buena estampa. Pero no podía ser todo sentarse a tomar un helado en un bonito restaurante tirolés con vistas a las montañas y a los lagos. Necesitaba una chica. Solo después de pasado aquel confuso verano se le ocurrió que había sido una gran tonta, porque la hermana pudo haberle remitido a la dirección de cualquier hotel, por correo urgente, un paquetito con sus papeles, incluyendo las cartas de mujeres deseosas en casi cada ciudad de Europa, un paquetito sustancioso lleno de promesas cálidas, como cuando vivía en American City. Así no se hubiera aburrido.

  Tuvo solo unos días entretenidos. Se tropezó con un matrimonio escocés de vacaciones, con dos niñas pequeñas. Eran médicos, jóvenes, casi guapos, muy británicos. Las niñas eran dos muñecas y enseguida se las ganó. Los acompañó a un par de excursiones. Si se hacía cargo de las niñas, el matrimonio contaba con más privacidad para compartir los bellos paisajes de "The sound of the music".

  El último día les comentó lo de sus peculiares gustos, pero como eran médicos, eso les pareció solo interesante desde el punto de vista científico. Ella explicó que había sido una elección. La médica hizo algunas preguntas adicionales: ¿de adolescente le gustaban los chicos? Y entonces Stella (no Estrella) hizo uno de sus pequeños descubrimientos: de adolescente solo vagamente esperaba un príncipe azul (un chico bueno, tímido, guapo, inteligente y muy enamorado de ella). Y ahora caía en la cuenta de que tampoco a su madre ni a su hermana los hombres les habían atraído mucho tampoco. Conclusión (provisional): hay mujeres a las que les gustan los hombres, y mujeres a las que les gusta el amor. Las mujeres a las que les gustan los hombres son un poco como los gais. Las mujeres a las que les gusta el amor o buscan al príncipe azul (improbable) o pueden optar por hacerse lesbianas (culturalmente inadecuado... de momento). La médica dijo que a una mujer le podían gustar los hombres y enamorarse de ellos. Stella dudó de eso. Los médicos dijeron que su teoría requería ser comprobada. Y ahí quedó la cosa. Le dejaron su dirección, pero cuando Estrella les escribió, no le contestaron y nunca más supo de ellos.

  El resto del mes de agosto lo pasó conduciendo por Europa. Varias veces repitió lo de juntarse con alguna familia con niños, sobre todo en la visita a museos. La recibían bien, pues era muy guapa, muy educada, hablaba un inglés perfecto y gustaba a los niños a rabiar. En cuanto a los ligones, los apartaba fácil. Descubrió varias cosas ese mes: que podía aburrirse, que no era nada fácil ligar mujeres en un entorno convencional (no logró nada, apenas intentó nada, por timidez) y que el dinero no le abría todas las puertas. Para el sexo, se masturbó mucho. Iba bien equipada de juguetes (en Berlín compró de todo).

  Volvió a España a primeros de septiembre y fue entonces cuando se puso en serio a la tarea de adquirir la finca. Las visitas a los tíos de aquellos días tenían que ver con aquel proyecto. También se propuso entrenarse un poco como excursionista, con vistas a compartir esos bonitos paseos; con Martina o con quien saliese: el campo le gustaba, con sus aromas, su libertad y su silencio.  Así que por primera vez acompañó a la hermana en sus excursiones y así diversificaba sus opciones para mantenerse en forma, pues temía que se le sumara algún kilito de más (también le gustaba comer, para qué negarlo). Después, tercer Marcus. Fue todo bien, pero empezó a parecerle que cuatro veces al año era un poco demasiado. No parecía mucho cuando lo propuso como una alternativa a complacer a su marido todos los días... Pero entonces quería librarse de la angustia de Marcus. Incluso se había asustado temiendo que él "hiciera una locura". Lo más importante de aquella "tercera visita marital" fue que decidió operarse los pechos. Fue dejar a su marido y meterse en una buena clínica. Estuvo un mes convaleciente -una semana en hospital y el resto en un confortable hotelito próximo- y después viajó a San Francisco, Nueva York y Canadá. A pesar de haber vivido con Marcus durante un año y medio, ella no conocía apenas los Estados Unidos. Por American City, una pequeña ciudad para la escala de Estados Unidos (era como Málaga, de grande), rara vez salía, pues ni siquiera le gustaba ir de compras, y cuando iba con Marcus, era su esposa, y él la llevaba en su avión privado (tampoco algo espectacular, como admitía el marido, más resignado que modesto) a Las Vegas, o a Nueva York, pero solo como esposa. Estaba bien, pero no sabía nada del mundo real. Y todavía menos de las lesbianas. Tuvo su intercambio de correspondencia, y recibió libros, publicaciones, cosas de lesbianas que a veces, por diversión, comentaba con el mismo Marcus. Por charlatanería, pero también porque pensaba que un hombre feo como él apreciaría su activismo lésbico como garantía de fidelidad conyugal. Algo así decía él mismo: mi querida esposa es una extravagante.

     Tuvo que esperar un mes para que le quitaran los vendajes, lo que la libró de ciertas incomodidades, pero aún durante dos meses debía ser cuidadosa con lo que hacía con su cuerpo, lo cual la limitó en sus relaciones. Tuvo, así, algunos días, e incluso semanas, que pasaba en el hotel entregada a la lectura y en particular al estudio de la gramática inglesa con vistas al examen que pensaba hacer en Inglaterra. Pero después, ya casi restablecida del todo, llegaría a Canadá en octubre (tras breves visitas a San Francisco y Nueva York), vería una especie de comuna de lesbianas rurales (le había gustado lo de la comunidad gandhiana en los montes de Francia) y luego, huyendo de los rigores invernales, quería pasar un par de semanas en Inglaterra, para hacer el examen que esperaba le proporcionara el título de profesora de inglés.

   Fueron unas doce semanas entre todo, incluida la última semana para Marcus, que pareció complacido al palpar sus nuevos pechitos. Descubrió al cabo de semejante periodo de complicados viajes que también una puede cansarse de viajar, pese a las constantes comodidades disponibles.

  En Inglaterra, pasó dos semanas de angustia, como cuando se sacó el carnet de conducir, pues la orientadora de la academia de inglés le dijo que, aunque era verdad que su inglés (americano) era muy bueno, eso no le aseguraba aprobar el curso así como así. Una cosa es saber, y otra saber enseñar... Fue un susto tonto, porque el examen después salió facilísimo (en las dos semanas se había aprendido todas las previsibles trampas gramaticales), y así volvió para Navidad siendo ya "profesora": cualquier colegio privado o academia de idiomas de Málaga la hubiera empleado, no solo por el titulito (modesto) y porque hablaba, oía y pensaba en un inglés perfecto y con mucho vocabulario, sino también y sobre todo porque era guapa (ahora ¡con globitos!) y muy educada. Pero ella nunca trabajaría. No lo necesitaba para "sentirse realizada". Lo importante es que, si le preguntaban por su profesión, podía decir "profesora de inglés". Le fastidió que las amigas de Irene, en Paris, le hicieran notar que era una "sin profesión". Todas ellas estaban muy tituladas.

   Para la Navidad, cuando regresó a casa, había estado más de tres meses fuera. Y echó de menos a la madre y a la hermana, y a sus tíos del campo. Incluso a Álvaro y sus negocios. Había querido viajar y ser libre, algo que tanto había ansiado durante su reclusión, primero en Madrid y luego en American City, pero ahora se sentía cansada, un tanto decepcionada y necesitada de un hogar. La madre le decía que su casa era España, Málaga, ella y la hermana, pero Estrella había esperado más del mundo.

  Comprendía que muchos la veían como una triunfadora. Con su dinero y su belleza hacía lo que quería. Recorría el mundo, la gente se le ofrecía. En todas partes la gente se mostraba tan atenta, tan educada... tan cuidadosos con ella. Una deslumbrante extranjera que habla inglés perfectamente y puede gastar en lo que quiere. Sus modales de esclava cultivada, de esposa elegante, de estudiante aplicada, daban muy buen resultado al principio. En el trato más prolongado, algunas inseguridades producían menos aprobación, pero el efecto, en general, era bueno. Y, sin embargo, no había sido tan bueno, no había vivido realmente aquellas recompensas que parecían tan evidentes. La única ventaja era que su actitud seguía siendo modesta, que por mucho que esperara, nunca exigía y nunca desarrollaba resentimiento. Por eso, por su falta de ambición, no le faltaban momentos de felicidad. Valoraba lo que ya tenía.

    La finca se compró, finalmente, al año siguiente, y tanto el tío Eusebio como Álvaro se pusieron de acuerdo en cuanto a que lo encontrado a las afueras de Vélez-Málaga reunía todos los requisitos. Se buscó un arquitecto y se encargó al tío Eusebio de supervisar las obras preliminares. Se trataba de un trabajo añadido sobre su propio cortijo y sus propias tierras, pero era dinero en mano, y en tal caso no había prisa. 

   Apenas un par de días después de comprar la finca, en febrero del 89, por teléfono, Marcus le comentó que por fin se había decidido por lo de la virgen asiática: en Filipinas (hablaban inglés). Le pidió ayuda, recordándole que había sido idea suya. Aunque a Estrella le interesaba seguir recibiendo los 25.000 dólares trimestrales, todavía le interesaba más librarse de la obligación que ese beneficio conllevaba, así que acudió a Manila a encontrarse con él y la virgen. Eso fue a primeros de marzo de 1989. Fue muy interesante aunque un poco canalla. Marcus la fornicó (le explicó que no quería estar demasiado deseoso en presencia de su prometida y sus codiciosos padres) y después le hizo conocer a la chica, para que le diera su opinión.  Le gustó a Stella, le hizo pensar en que la serenidad con la que aceptaba su destino, su vocación de servir a un hombre, tenía un contenido religioso, como la chica que se mete a monja de clausura. Cuando estuvo a solas con ella, solo le dio un beso, aunque sabía que Marcus esperaba más. Se limitó a hablar con ella y ganar su confianza (algo que resultó fácil: la joven no tenía malicia). Le dio el aprobado y le hizo a Marcus un elogio que a éste automáticamente complacía: que había hecho una buena compra. También le dijo a Betty (así se llamaba) que aquel americano era un buen hombre, que cuidaría de ella.

  Después viajaron a Estados Unidos a divorciarse (fue una vuelta al mundo, pues ella llegó a Filipinas por la India), y recibió solo 10.000 dólares (más los cuantiosos gastos pagados, claro está), pues solo habían hecho el amor dos veces. Esta tacañería divirtió más que fastidió a Estrella que tras ducharse por última vez delante de su ya ex marido sintió un profundo alivio. Con los diez mil dólares, los últimos de Marcus, regresó a Málaga bastante agotada.

  Fue a su regreso que complació a Álvaro, como quien paga una deuda. Cómo afectó eso a Álvaro, no se pudo saber hasta después. Más adelante, durante toda la primavera no se movió de España. Iba y venía de Torremolinos a Vélez-Málaga, a ver cómo iba la puesta en marcha de las obras. Se veía con el arquitecto, con el tío Eusebio, con Álvaro. A veces iba de excursión al campo con la hermana. Llevaba a la madre de visita. Llevaba a la madre de compras. Hablaban mucho, reían. ¿Qué habría sido de ellas si se hubieran quedado donde estaban, en aquel pisito de barrio, con aquel padre y marido amargado, vulgar, hostil? Tres pobres mujeres, un cuadro a lo Dostoievsky. Pero ahora vivían bien. Y ella seguiría teniendo aventuras. Y un porvenir.

  En abril llevó a la madre y a la hermana a Roma, a que vieran al Papa (aunque la madre no era practicante). Así, la madre también viajó y se hospedó en un gran hotel. Italia les parecía a todas un país muy divertido. A finales de ese mes, Patri, su ex guardaespaldas, vino de visita con Elena, su novia. A la madre y a la hermana les gustaban: eran mujeres simpáticas y sencillas. La única rareza era el lesbianismo, que en ellas (mujeres tipo "deportista") parecían considerar como algo "natural" y no "vicioso" (el caso de Estrella). La prostituta ilustrada pronto se acostumbró a llamar a las "lesbianas naturales" "las del uno por ciento", pues ése era el porcentaje habitual de tal tendencia sexual según los estudios más conocidos. Uno por ciento las chicas y tres por ciento los chicos. Mucha gente en cualquier caso. Minorías. Pero ella no pertenecía a ellas. Ella había elegido, no había sido señalada por las circunstancias biológicas.

  En mayo recibió a una chica alemana, Jutta. Fue la que le habló de Frankfurt como un buen sitio donde empezar a conocer el lesbianismo alemán. La alemana era un poco por el estilo de Irene, no especialmente atractiva, aunque tampoco horrible ni hombruna. Su nivel intelectual no parecía muy alto, solo que los alemanes siempre impresionaban intelectualmente, por su buena educación, por el sonido de su lengua y por su historia nacional solemne y terrible.

 También en mayo decidió ingresar a su madre en la clínica. Lo había intentado en los años en que estuvo en Madrid, pero la hermana no había insistido lo suficiente. Ahora ella sí tenía el control y podía gastarse en eso los diez mil dólares de Marcus. La madre, sexagenaria, tenía que perder peso y mejorar su salud general (problemas cardiacos, diabetes, reumatismo…). La quería en buena forma para cuando viviesen en la casa de campo, por la cual podría pasear y ver crecer los árboles, incluso bañarse en una piscina que estaría adaptada para ella.

  Camino de Frankfurt pasó por Zurich, donde Martina y ella ahora eran solo “amigas”. Martina estaba en sus exámenes finales de su primer año como técnico dentista. El encuentro fue cordial, pero le molestó un poco que se mostrara tensa. Compartía un piso con unos amigos, con los que habló en inglés (su alemán era demasiado pobre aún). En un momento dado comentaron que suponían que dormiría en la habitación de Martina. Pues claro, dijo su amiga, antes de que Stella anunciase que ella era rica y podía buscarse un hotel sin problemas. Por la noche le pareció un poco tonto que la otra quisiera alargar la velada (una casi discusión no menos tonta acerca de las bondades de la democracia norteamericana) para que a la hora de irse a dormir estuvieran las dos cansadas y no tuviesen ocasión de intimar… Qué poco la conocía, al fin y al cabo. Bueno, si Martina no conocía a Stella lo suficiente era culpa de que no había sabido darse a conocer lo suficiente. Rodeada de tanta gente convencional e incluso mediocre, Martina no era fácil. A Martina la había perdido. Si Martina era un ángel, y no solo una muchacha buena, inteligente y bonita, ya no podría estar a su alcance. Tal vez no era un ángel. ¿Se puede ser un ángel y depender de los convencionalismos?

   Al día siguiente Martina se envalentonó y le dijo a Stella que no podía volver a suceder. Fácilmente, la amiga lesbiana le dijo que lo entendía, aunque de repente se moría de ganas y deseaba hablarle de las mujeres que iban a la Costa del Sol a vivir experiencias lésbicas con la belleza de ojos verdes. Aquello acabó medio regular. Y era cierto que Martina tenía que estudiar mucho para sus exámenes. Había que dejarla sola. Había que seguir buscando.

miércoles, 18 de junio de 2014

Capítulo 2. Dinero en libertad

  Aunque a su madre y hermana no les decía nada, Estrella quería ser escritora. De adolescente escribía novelas de ciencia-ficción que eran malísimas. En una de ellas la humanidad sucumbía en una guerra contra una invasión de extraterrestres que eran tecnológica y moralmente superiores, y que acababan mostrándose como unos buenos amos.

  Cuando era prostituta en Madrid quería escribir una novela para reivindicar su experiencia. Era algo natural porque se había leído todas las novelas que trataban acerca de la prostitución, como “La dama de las camelias” o “Belle de jour”. Por algo que también había leído, al principio pensaba que jamás una prostituta había escrito un libro. Después se enteró de que había precedentes. Aunque ninguna había sido considerada una autora estimable, como es natural.

  Le parecía que la manera que ella tenía de hacerlo era avanzada y moderna, que contaba con aspectos revolucionarios. También llevaba un diario que había comenzado por motivos meramente prácticos, ya que le costaba diferenciar entre unos y otros clientes, a la vez que ponía empeño en atenderlos de forma muy personalizada (eso le exigía organizarse por escrito, planificar), todo lo cual, sumado a la gran cantidad de tiempo libre para dedicarse a la lectura y la reflexión, le había permitido definir sus emociones. Así, lo que había empezado como una agenda de sus citas y sus ingresos financieros fue evolucionando hasta una especie de anecdotario costumbrista.

   La primera fecha que guardaba era la del 12 de marzo de 1984. Por entonces se sentía casi contenta, porque estaba a punto de comprar la casa de Torremolinos y su relación con Paula iba bien.  Ahora lo recordaba como que estaba realmente contenta, no "casi contenta", pese al cansancio y al estrés, aunque es probable que en aquel momento no fuese consciente de ello, que no se atreviese a disfrutarlo.

   El dinero, la estabilidad, la seguridad y las buenas expectativas de futuro la satisfacían. El dinero lo justificaba todo, porque era mucho dinero y ella había nacido pobre. Además, el dinero le gustaba mucho. Le gustaba tenerlo, contarlo, pensar en él, hacer planes con él... Era joven y sabía que el ser capaz de ganarlo, de ganar mucho más que otros que sin duda por sus merecimientos creerían tener más derecho a ello, semejante poder, las posibilidades de gasto... resultaba algo bastante portentoso. Aunque no lograra hacerle olvidar los meses anteriores, los más humillantes e indignos, los de sus comienzos… y la indignidad general, insuperable, propia de su condición, una certidumbre tan funesta como la misma muerte.

  Pero ahora que era libre, pensar que su época más nefanda fue buena suponía renunciar al futuro que ya se había hecho presente. ¿Por qué no podía ser escritora, escritora de cuestiones que interesaran a personas distinguidas y no solo a lectores de gustos morbosos? Podía escribir un ensayo sobre feminismo lésbico. Podía incluso pagar la edición y distribución, según le había comentado alguien, lo cual representaría para ella un mínimo gasto. Y tenía algunas ideas para novelas, aunque ya no de ciencia-ficción (bueno, de ciencia-ficción tenía aún alguna idea… como aquella de un planeta donde se mantenía a las mujeres reducidas al estado animal, sin que los varones sospecharan siquiera que una mujer, si recibía el don del lenguaje, podía llegar a comportarse de forma inteligente).

    No pensaba escribir acerca de su condición infame. Ya no poseía la capacidad de autoengañarse que tan conveniente le fue mientras pasaba horas y horas encerrada en su piso a la espera de los clientes, cuando se decía a sí misma que lo que hacía era algo avanzado y creativo. Aquello que había hecho estaba bien, sí, pero ahora consideraba que no tenía valor alguno como experiencia humana. Un par de líneas, un párrafo (negarlo, nunca), pero no un libro. Esa historia ya está contada, pensaba, y no valía la pena… el dinero sí valió la pena. Era cierto que ella lo había hecho de una forma diferente pero seguía siendo prostitución.

  Cuando era una ingenua jovencita se había imaginado que se implicaría intelectualmente con las personas (de ambos géneros) que participaran en la vanguardia social (personas de elevada humanidad... ¿de alto nivel espiritual?). El verse limitada o estigmatizada por su condición femenina era algo que no había considerado entonces y las advertencias al respecto de su pobre madre, la pueblerina casi analfabeta, siempre las había desdeñado. Pero al fracasar en los estudios y caer en la infamia su horizonte humano quedó muy restringido (no salía de su piso en Madrid, trataba a muy pocas personas aparte de a los clientes) y ahora, al ser ya libre, mujer rica ociosa, joven y muy atractiva, forrada de dinero, hablando inglés perfectamente, conocedora de bastantes cosas del comportamiento humano y con muchos libros leídos, ese horizonte se había ampliado de forma espectacular.

  Pero sus expectativas nunca volverían a abarcar la totalidad, porque ahora su condición de mujer la limitaba, a lo más, a la mitad de todo. Su condición de lesbiana podía limitarla todavía en mayor grado, y su oscuro pasado aún más. A su favor, contaba con tres posibles ventajas: la primera era que, con su dinero, su atractivo físico, su tiempo libre y su dominio del inglés la comunidad lésbica mundial que quedaba a su alcance suponía un montón de gente en términos absolutos (no relativos); la segunda era que diariamente se robustecía para ella la sospecha de que el lesbianismo (feminismo lésbico) tenía las claves no solo de la resolución de la problemática de la inadaptación de la mujer al mundo construido por los hombres, sino de la resolución del mismo problema humano en sí; y la tercera ventaja podía ser que el lesbianismo, sobre todo el tipo de lesbianismo que ella practicaba, muy próximo al estilo erótico del "porno de lujo", era sensual y estéticamente atractivo para todos o para casi todos los públicos en el aquí y el ahora.

  Existía además, según fue averiguando, una cierta tradición lésbica, con sus escritoras, poetas y artistas. Le llevó tiempo conocer esas referencias y más aún desenredar sus muy diferentes significados. De momento, leía desordenadamente cosas sobre Gertrude Stein, la dichosa Safo y autoras aún más recónditas, como Natalie Barney. Poco a poco leía.

  Durante el año y medio que había sido la fiel y dedicada esposa de Marcus Ellis había leído mucho. Había tenido mucho tiempo para pensar mientras su marido trabajaba en la oficina, haciendo dinero para ella (o más bien: haciendo dinero para pagarse él su caro capricho de tener una esposa-esclava). Todavía más tiempo que el que tenía cuando esperaba, pasiva, casi inmóvil, dentro del piso de Madrid, porque en American City había estado mucho más sola (sin Paula, sin Patri, sin Toñi…). Quizá fue una etapa que se podía comparar al servicio militar de los varones, una reclusión forzosa cuyo abundante tiempo libre había que emplear en algo.

  Aprender inglés, por supuesto, fue su primer objetivo. Lo había sido siempre, y una de las buenas razones por las que accedió a casarse con el tipo aquel. Eso lo dominó en los primeros meses gracias a lo que ya sabía antes de conocer a Marcus, a lo mucho que a éste le gustaba hablar con ella (era un gran charlatán) y a las clases particulares que le daba una simpática negrita que hacía venir a su casa por las mañanas. La tele y los libros le permitieron incrementar su vocabulario y el dominio de la sintaxis bastante más allá de las capacidades de su marido mismo. Traspasado el umbral (algo que fue para ella más difícil que para la mayoría de las personas que se hubieran encontrado en sus muy favorables circunstancias), su rápido aprendizaje permitió que, en adelante, nadie se diera cuenta de que no era una hablante nativa. Ni por su acento, ni por su vocabulario ni por su uso de expresiones y giros. Pensar en su dominio del inglés siempre le proporcionaba una satisfacción equiparable a la de pensar en el dinero que había reunido.

  Más allá de aquel aprendizaje desprovisto de contenido, el tiempo que no dedicaba a complacer a su esposo (que no se puede decir que desatendiera sus prerrogativas) lo dedicó a leer, a escuchar música (se aficionó incluso a la ópera, que había empezado a conocer en Madrid) y a entablar una complicada red de amistades por correspondencia en la que se combinaba el puro interés sexual y las utopías feministas y religiosas. Así, cuando saliera de su encierro tendría a mucha gente que visitar, muchas experiencias que conocer. Sin embargo, la relativa euforia de su puesta en libertad se vio seguida por una cierta desorientación acerca de sus opciones. De lo que quería hacer a partir del momento en que podía hacer lo que quisiera. El dinero es libertad, pero la libertad también presenta el problema de la responsabilidad al equivocarse una sin poder echarle la culpa a nadie.

  Ahora podía hacer muchas cosas y resultaba inevitable que aquello que iba a hacer era escribir. Su pobre madre pensaba que lo que temía era aburrirse, pero no se trataba de eso: en su vida se hacía necesaria una justificación y su fracaso como estudiante tenía que compensarlo con la expresión de algún talento. La causa profunda de su fracaso persistiría siempre. Quien no es capaz de sacar unos estudios universitarios del montón, ¿iba a poder sacar adelante una empresa intelectual revolucionaria? Muy revolucionaria tendría que ser si partía de cualidades tan anormales.

  En la primavera de 1987, cuando ya dominaba el inglés (con un vocabulario más amplio que el de su marido), se dio el capricho de pagar los servicios de un gabinete psicológico en American City. Les explicó lo que le había pasado. Lo que ella era: que, a simple vista, la juzgaban inteligente, pero que había fracasado en los estudios superiores y había tenido enormes dificultades para aprender inglés. El psicólogo (o psicometrista) observó que, sin embargo, pese a las dificultades intelectuales que mencionaba, ahora dominaba el inglés con una perfección que no era habitual en una extranjera (sin acento, sin errores gramaticales, con un vocabulario rico y elegante). A primera vista, su tipo de inteligencia tenía una estructura particular, pero eso no quería decir que ella no fuese inteligente. Tal vez un poco siguiendo las expectativas de la clienta, aquel psicólogo le dedicó unos días (la puso a hacer tests muy variados) y elaboró un informe que venía a decir que su cociente intelectual era alto, del nivel que, en efecto, solía garantizar el éxito académico en los estudios superiores (de 115 en adelante), pero que existían algunas peculiaridades que podían responder a su propia intuición al respecto. La inteligencia humana es una estructura compleja, modular, como eso de que las mujeres no saben aparcar los automóviles o que hay gente que no reconoce los rostros (eso le sucedía también un poco a ella, y se llama prosopagnosia). La estructura de Estrella implicaba una inteligencia no convencional, en la que, entre otras cosas, destacaba una memoria inconsciente deficitaria -le constaba memorizar aquello que no podía comprender conscientemente... por eso no pudo aprender inglés solo "oyendo hablar". En cualquier caso, era correcto pensar que su fracaso en los estudios no había sido "culpa" suya. Quizá aún pudiera lograr cierto éxito académico ("sacarse una carrera"), sugirió el psicólogo, si empleaba determinadas técnicas de estudio especiales... o incluso algún psicofármaco (¿anfetaminas?)... Sin embargo, a Stella ya le tenían sin cuidado las "carreras"; el ser rica compensaba su esterilidad académica.
 
  En resumen, que no perdía nada en pensar en que, siendo ella una persona rara y diferente desde un punto de vista psicológico… tal vez fuese también una persona genial. ¿Por qué no apostar por ello?

   En la vida, por supuesto, también contaba el placer. Y en su caso, el placer no podía ser otro que el del sexo. Sabía cómo darlo, y también sabía cómo recibirlo. Carecía de prejuicios. El placer es muy agradable, es un pasatiempo irresistible. El placer del sexo es, además, sano. Y permite hacer amistades y vivir relaciones humanamente complejas.

  Siendo bella, rica y lesbiana, disponía de mucho placer a su alcance. La belleza femenina probablemente era algo que no valía mucho (aparte del dinero que le había permitido ganar) aunque existieran ciertas sospechas al respecto (algún filósofo opinaba que la belleza femenina contaba con un significado existencial). En cualquier caso, estaba claro que podía obtener placer para sí misma, no solo darlo a otras.

    “A ti, que de niña te gustaba tan poco arreglarte, ahora resulta que vives de tu apariencia”, le comentaba la madre, resignada. Y era verdad. De niña era un desastre. Muy guapa, inevitablemente, debido a la grandeza de sus ojos verdes de mirada dulce, seria y profunda; a la blancura y suavidad de la piel; y a un buen cuerpo... pero mal vestida, despeinada, con caspa y muy torpe y vergonzosa. De adolescente, durante el año o dos que había sido una estudiante más o menos normal, había tratado de mostrarse como una intelectual, incluso como una inconformista. En cuanto descubrió los vaqueros y las zapatillas deportivas baratas, ya no se preocupó de vestirse de otra forma. Apenas sabía maquillarse, no le interesaban las coqueterías. Ella iba a estudiar. La primera en su familia que estudiase. Todo el mundo le decía que era muy guapa, incluso muy creída y mimada (o todo lo contrario, pero raramente le decían cosas agradables en cuanto a su aspecto). Pues bien, demostraría su talento intelectual trascendiendo a una clase humana superior.

  Luego resultó que no tenía el talento que tantas y tantos otros tienen (la tercera parte de la población mundial... como mínimo). Aceptó su fracaso, bebió del amargo cáliz de la humillación, la soledad y la conmiseración, y se suicidó socialmente a consecuencia de ello: se hizo prostituta. Y eso la obligó a cambiar de aspecto de nuevo. Lo aceptó al instante, casi como una mortificación. Desde luego, depilarse y calzar zapatos de tacón era molesto, y el maquillarse siempre la hacía sentir insegura. Y las cosas de la entrepierna... peor todavía...

  Ahora seguiría haciendo uso de su belleza, otro bien cuantificable que poseía, como el dinero, las propiedades inmobiliarias y su dominio del inglés. Haría uso de su belleza con cierto cinismo: no tengo talento, pero soy guapa y soy millonaria; es lo que tengo. La que tenga más, que lo disfrute. Yo no tengo más. Y la que tenga menos, peor para ella, yo ya tengo bastante con mis problemas…

   La belleza suponía placer. Y le gustaba el placer. No le gustaba coquetear, ni divertirse ni presumir de lo que no tenía mérito ni entrometerse en la vida de otros. Pero el placer sí le gustaba. El lesbianismo no estaba mal. Estaba muy bien, y para disfrutarlo a fondo, mientras más bella se fuese, mejor. Tenía suficiente experiencia en lo otro como para saber que el coito, las cosas genitales, las de los tíos, lo animal... todo eso se regía por reglas brutales que nadie puede modificar. En cambio, el lesbianismo bien hecho, bien vivido y gozado a fondo requiere de cuanta más belleza mejor. Belleza de todo tipo.

  La inteligencia y el talento también eran elegantes, decoraban muy bien la belleza sensual. Qué le pasaba a su inteligencia. Ella siempre había tenido pinta de inteligente, por su forma de hablar, por su afición por los libros… Como puta, había sido una especie de Einstein, pero ahora, en el mundo normal… y con lo que no era tan normal, el mundo de las lesbianas, con todas esas universitarias… las admiradoras de Simone de Beauvoir y Virginia Woolf…

   Cuando le comentó a Marcus Ellis la existencia de lo que ella (y el psicólogo contratado) consideraban un error en su cableado neurológico, éste, divertido y enamorado, se puso a darle besos en el pelo suave y perfumado, como reconociendo su cráneo, y agradeció al providencial Dios de los norteamericanos el defecto neurológico sin el cual aquella chica tan guapa, tan inteligente y tan buena jamás se hubiera convertido en prostituta y, como consecuencia de ello, en su esposa a sueldo. A Marcus, el comerciante inculto y astuto, le encantaba constatar que él sabía hacer buenos negocios.

   Ahora, gracias al abundante dinero ella creía tener una nueva oportunidad. Podía escribir un ensayo. Podía convertir sus circunstancias aberrantes en la base de una teoría. Primero los libros, y ahora las personas que estaba conociendo. Comenzaba todo a tomar forma, pero ¿cuánto tiempo iba a llevar? Calculó que necesitaba leer unos doscientos libros. Y leerlos bien. Haciendo fichas, resúmenes. Irène le enseñó un poco acerca de eso, con su tono condescendiente e irritante. Pensaba que la vergüenza que había pasado con ella, cuando le demostraba su incultura, había acabado por valer la pena.

  Esta Irène tuvo su importancia. La conoció en París en febrero de 1988, durante sus primeras búsquedas al fin de su reclusión. Era una típica lesbiana feminista intelectual (con el pelo corto, la cara pequeña, con gafas, casi masculina) que trabajaba en un centro de servicios sociales (orientación a la mujer) en una localidad al sur de Paris con ayuntamiento comunista. No guapa pero tampoco fea, su forma de hacer el amor no era de las favoritas de Estrella -en cierto modo, lo más parecido a un hombre con lo que se había relacionado sexualmente por propia voluntad- aunque tenía sus momentos apasionados... no era aburrida. Irène se había sentido muy atraída por la bella española y aparte de abrirle su cama también le abrió algunos pequeños secretos de la vida intelectual.

   Como todas las feministas de izquierda, Irène defendía a la mujer como clase oprimida, es decir, como parte de la lucha política, lo cual a Estrella le parecía un asco, porque ella consideraba que tanto la política como el izquierdismo eran cosas de hombres (y en esto nunca cambiaría de opinión). Estrella pensaba que las mujeres deberían buscar un campo de actividad social no político. Irène le decía que eso era imposible, pues todo lo social es político.

  En los meses que siguieron, poco a poco, Estrella comenzó a sospechar que, en base a los textos que había leído, las fichas que estaba haciendo, sí que era posible hablar de activismo social no político. Estaba pensando en la religión y comenzaba a razonar los límites entre una y otra cosa. Gracias a los libros pensaba que le estaba comenzando a salir un discurso coherente. Irène había logrado avergonzarla por su anterior descuido en la metodología intelectual, pero eso no iba a pasar otra vez.

  La religión siempre le había gustado. Hasta los diecisiete años había creído en Dios y hasta soñó con ser monja (nunca se lo dijo a nadie, pero la madre la había prevenido en contra, por si acaso). La santidad de las mujeres la excitaba. Lo que más le atraía de ello era el recogimiento ante Dios, y la dulce sororidad de la comunidad femenina. El deseo de ser monja o santa, de recibir la caricia pura del buen Dios (padre) y el dulce Jesús (esposo), junto con sus amoríos infantiles con las muñecas más esponjosas, más maternales y menos huesudas, formaron la base infantil de su sensualidad adulta. Como prostituta se había comprado dos disfraces de monja (el más celebrado era el de novicia, la Doña Inés de toda la vida). A algunos de sus clientes los había vuelto locos cuando la vieron arrodillada, los ojos bajos, el gesto devoto, con el rosario en las manos y rezando el “Ave María” con voz susurrante. Solo hubo uno que se indignó y dijo que aquella broma no le gustaba.

  Estuvo bien burlarse de su propio narcisismo espiritual. Pero la religión le seguía gustando.

   Por una revista que recibió por correo desde España cuando estaba en Estados Unidos, se había enterado de que existía en Francia una especie de comunidad religiosa de seguidores del Mahatma Gandhi (después se enteró de que también estaban en España e Italia). Les escribió y le ofrecieron visitarlos a primeros de 1988, lo que coincidiría con el fin de su trabajo como esposa-concubina.

   Así que había pasado poco más de un mes en aquella comunidad religiosa (mucho más cristiana que hinduista) en las montañas del sur de Francia, en un paraje natural bellísimo, muy frío y misterioso. Allí conoció a muchas mujeres hermosas, vestidas como campesinas medievales. No hacía mucho del gran éxito de la película de acción ambientada entre los amish, y por entonces no faltaban quienes se sentían atraídos por la pureza de la vida granjera en armonía.

  La que no vestía de campesina medieval, sino de pantalones y zapatillas, porque también era una visitante, era una chica suizoalemana llamada Martina, con un precioso rostro infantil y un encanto angelical que a la vez se combinaba con su gran estatura y un tono de voz como de niño. Hablaba español maravillosamente porque había pasado una temporada en España y planeaba irse de cooperante a América Latina. Tenía veintiún años, cuatro menos que Estrella. Compartieron un dormitorio de camas de litera con una chica belga un poco tonta. Se enamoró.

  (Antes de llegar a aquel lugar, durante sus primeras semanas de libertad, había visitado Madrid, donde se reencontró con sus antiguas empleadas -la guardaespaldas, la limpiadora y la peluquera- y había tanteado algunos ambientes lésbicos de la “movida” que eran casi por completo dependientes del mundo gay masculino. Todo le pareció vulgar. Mucha juerga, mucha droga, mucho izquierdismo revolucionario de apoyo a Cuba y el terrorismo vasco. Casi no había chicas guapas y las poquitas que había le estaban vedadas por sus novias celosas y hombrunas. No fue la primera celebración de su nueva libertad, pero supuso un buen contraste con la experiencia en la comunidad religiosa que vino después, y donde la gente era, según la tradición, más o menos defensora de la abstinencia sexual.)

  Al final se atrevió a declararle su amor a Martina. Fue uno de los últimos días, aprovechando un paseo a solas por aquellos bosques maravillosamente densos, verdes y húmedos. La chica se asustó y cambió la actitud que hasta entonces había estado madurando hacia una bonita amistad femenina cada vez más íntima. Estrella se fue a París, pero la experiencia religiosa le había gustado y, durante un tiempo, conservaría la amistad de Martina.

  Y después, en París, conoció a Irène y tuvo alguna relación de tipo social (o asociativa) un poco mejor que en Madrid, aunque esencialmente la ideología era la misma: feminismo como parte del batiburrillo de la izquierda radical, ecologista, tercermundista, terrorista y tremendista. A finales de marzo, cumpliendo lo acordado, viajó a Estados Unidos para complacer a su todavía marido durante una semana, y volvió con 25.000 dólares más. Fue entonces cuando pensó en lo de comprarle a su madre una finca, con un huerto. La experiencia en el campo le había gustado también a ella, y sabía que a su madre, de origen campesino, le encantaría tener una casa así. Marcus Ellis le había enseñado la palabra “Orchard”, una vez que la llevó al pueblo del que procedía, en una zona rural pobre (pobre para ser en los Estados Unidos). Marcus le enseñó un terreno que quería comprar, donde iba a construirse una mansión y plantar un "Orchard"... pero el proyecto se vino abajo porque ese dinero se lo había gastado en ella... Eso le dijo, de buen humor -te prefiero a ti...

  El chalecito adosado de Torremolinos no estaba tan bien. Tenía dos pisos y dos baños, y eso suponía un palacio para unas pobres mujeres como ellas, procedentes de un barrio obrero, pero aunque en verano, con el sol que se reflejaba en la blanca fachada y algunas flores, mejoraba bastante, el resto del año resultaba frío y desangelado. Se había comprado con prisas (la primera compra con su dinero indigno) y solo contaba con un pequeño jardín de dos metros cuadrados. Los vecinos no eran malos, pero estaba un poco aislado, sin la ventaja del silencio ni la de contar con la abundancia vegetal que a su buena madre le atraía tanto.
 
  Cuando volvió a casa desde París (había volado a América desde allí) tras un largo viaje en automóvil de dos mil kilómetros ya iba gestando la idea en su cabeza, y tras una semana de feliz vida casera en Torremolinos con la madre y la hermana, visitaron a sus tíos en el cortijillo. Estos estaban muy atareados reformándolo ya que no hacía mucho que habían vuelto de Alemania con sus ahorros.

  Por entonces, precisamente, Estrella estaba empezando a aprender alemán, la lengua de Martina, y sus persecuciones espirituales-religiosas no habían cesado (¿la compra de una finca con "Orchard" no implicaba también cierto contenido espiritual?). Además, había conocido a alguna lesbiana alemana en París -para su sorpresa, y a diferencia de suecas y holandesas, no hablaban todas inglés- y esta había hecho lo posible por atraerla, asegurándole que había un ambiente lésbico muy bueno en ciudades como Berlín, Frankfurt o Hamburgo. Alemania era el país de Kant y de Beethoven, y la lengua alemana sonaba profunda y solemne. De momento, pensó en ir a Alemania como “turista sexual” adinerada, algo muy diferente a como habían estado allí sus tíos, doce o catorce años poniendo ladrillos o fregando suelos. De camino, pasaría por Suiza para volver a ver a Martina, su ángel rubio. Todo eso eran cosas que se podían hacer con dinero. Algo surgiría.

  La tía Reme era cálida y divertida, le gustaba mucho a la madre, y el tío Eusebio no era un hombre antipático tampoco. Aparte de su calidez natural, había algo en la tía Reme que la hacía sentirse especialmente unida a ella, y era que la madre de Reme también fue prostituta. El abuelo, el padre de su padre, pequeño propietario y comerciante, había enviudado y se casó con una mujer joven que ya había tenido un hijo de soltera, al que reconoció como suyo (aunque todo el mundo pensaba que no lo era). No es que el abuelo fuese rico, pero algo tenía: unas viñas, unos olivos y algún negocio de estraperlo al por menor. De aquel segundo matrimonio nació Reme (solo medio hermana entonces del padre de Estrella) pero el asunto tuvo mal final. Por lo visto, la joven esposa se enrolló con un pariente del marido, más joven y sin duda muy varonil, y los adúlteros hubieron de escapar, llevándose todo el dinero que pillaron en la casa. Años más tarde, alguien la había visto casualmente en Madrid, y ella se había jactado de que se ganaba bien la vida, dejando entender la forma en que lo hacía. En realidad, la tía Reme apenas había conocido a su madre.

  Ese tipo de historias sórdidas no eran demasiado raras en su familia. Estrella aceptaba ser una edición moderna de la misma tradición. Claro que, dentro de tal contexto, sus millones de pesetas la convertían en una triunfadora.

  A Estrella le interesó también que sus tíos le contaran de su experiencia en Alemania. Los seis hijos del matrimonio, sus primos, la mayor parte de los cuales se habían criado en el entorno de la clase trabajadora alemana, sin duda tendrían otra visión. Y ella, cuando viajara allí por su cuenta, tendría una visión diferente. Ya conocía un poco el mundo anglosajón de Estados Unidos (aunque había vivido allí como propiedad sexual de Marcus, una situación muy especial, muy anormal) y algo del mundo francés. Necesitaba una visión más profunda ya que, al fin al cabo, pretendía llegar a los límites de sus posibilidades de conocimiento.

  Aunque todavía no dominaba el francés, encontraba que aprender alemán era interesante.  Y había otro asunto pendiente: varias personas le habían preguntado (en la granja gandhiana, en Madrid, en París) si tenía estudios o profesión, pero ella no tenía nada y eso quedaba mal en cualquier "intercambio interpersonal" (“tengo la suerte de ser una mujer rica", era lo que solía contestar, tratando de aparentar despreocupación). Sin embargo, hacía tiempo que había oído decir que se podía pasar un examen en Inglaterra y obtener un certificado que en España permitía dar clases de inglés a niños de primaria en colegios privados (y a particulares en academias privadas, por supuesto), con lo cual tendría todo el derecho del mundo (el título) a presentarse como “profesora”: eso le interesó. Ser profesora de algo le podía permitir salir del paso en cualquier circunstancia, lo que esperaba que le aportara ciertas ventajas en la vida social, algo a lo que no tenía por qué renunciar, de modo que empezó a reunir información más concreta acerca de cómo conseguir su objetivo, su "título". Podría decir: "soy profesora de inglés, pero no ejerzo". Y añadir entonces lo de que, “por suerte, soy rica”. Podía también decir, honradamente, que era empresaria, puesto que en efecto tenía una empresa (de cuya gestión se encargaba otro) con todos sus apartamentos turísticos en alquiler. Aunque quizá era más honrado decir: “estuve casada con un hombre adinerado”. (Pero al final, ella, que era charlatana y no siempre podía controlarse, confesaría: “he sido prostituta”).

  Aprender inglés siempre fue una de sus ambiciones. Cuando su fracaso en la Universidad ya era innegable planeó vagamente irse a Inglaterra a aprender inglés como chica "au pair". Pero carecía de información concreta sobre el tema, de dinero para ponerlo en marcha y, por supuesto, sus padres no apoyaban semejante iniciativa (había una famosa película del posfranquismo en la que se narraba cómo a las estudiantes españolas vírgenes las violaban en Inglaterra). En cuanto renunció a los estudios y se decidió a caer en la indignidad a cambio de dinero, se buscó un manual de inglés barato y, tras la necesaria pausa para sacarse el carnet de conducir, reemprendió el paciente aprendizaje, con libros y cassettes. Y en cuanto tuvo más dinero, se buscó una profesora particular que venía todas las mañanas a darle clase en su piso de Madrid, y por eso, cuando conoció a Marcus en Inglaterra, ya era capaz de hablar con él. Pero no aprendió deprisa.

  En los días de la primera mitad del año 1988 fue también cuando finalizó los papeleos y trámites para organizar la gestión definitiva de todas sus propiedades. Antes de salir a América para convivir con Marcus durante seis meses (en un principio, no contaba con que le propusiera matrimonio) ya había tenido un par de semanas en España para informarse sobre cuestiones de impuestos, depósitos, transferencias y cambios de moneda. Para conseguir consejo jurídico, contactó con la abogada Pilar, una ex-compañera de clase (ya había contactado antes con ella en el verano del 85, en especial para organizar el divorcio de sus padres), dio un poder notarial a la hermana y llegó a un acuerdo con Álvaro, el "empleado de confianza" de la agencia inmobiliaria que ya desde 1985 gestionaba los primeros pisos en alquiler que ella había comprado (y que era de donde salían los ingresos de los que vivían la madre y la hermana). Este Álvaro, impresionado por la belleza de Estrella, se había mostrado siempre muy atento, y ahora había aceptado dedicarse a buscar los nuevos apartamentos que la hermana (carente del menor atractivo físico y de cualquier desenvoltura personal) podía ir comprando con el dinero que cada mes llegaría de América como maná del cielo.

  Por aquellos tiempos el dólar estaba muy alto y, según el consejo que recibió, lo más conveniente era comprar cuanto antes y poner los apartamentos en alquiler cuanto antes. Así que desde American City tenía que empujar a su indolente hermana a que fuera adquiriendo los apartamentos que Álvaro, al tanto de lo más demandado en el negocio de los alquileres para turistas, le iba señalando. Estrella le decía a la hermana que siempre consultara con Pilar cualquier duda acerca de trámites notariales, bancarios y de impuestos. No era mucho trabajo, pero la hermana carecía de vocación alguna de propietaria (y mucho menos, de empresaria). Pese a todo, salió bien. Estrella sabía de la honestidad de Pilar y era evidente que Álvaro ponía un interés personal en el asunto. Ambos se llevaban también sus correspondientes retribuciones por el asesoramiento y no cayeron en la tentación de estafarla. Fue así como se compraron los veintinueve apartamentos, que, sumados a los cuatro que ya tenía (sin contar la vivienda en Torremolinos), sumaban su patrimonio, su riqueza, de treinta y tres propiedades que generaban ingresos regulares. Serían treinta y cuatro cuando se mudaran a "Villa Orchard", y la casa de Torremolinos también quedó disponible para producir rentas.

   A su regreso ya tenía la idea de crear su propia empresa inmobiliaria. No tenía sentido que casi la mitad de las rentas se las llevara la agencia y los impuestos. Para Álvaro era una gran oportunidad. Con la ayuda de Pilar constituyeron la empresa. Álvaro se convirtió en gerente, ganando el triple de lo que sacaba en su antiguo trabajo y Estrella se encontró con unas ganancias equivalentes también al triple de lo que ganaba una catedrática por entonces. Todavía podrían ganar más, porque Álvaro pensaba captar clientes nuevos, otros propietarios que les confiaran la gestión (él se llevaría la mitad de los beneficios comerciales).

  Para decepción de su nuevo gestor financiero (tenía la carrerita de Empresariales), le tuvo que comunicar que no podía regalarle una tarde de "amor" porque seguía casada con Marcus, y un trato es un trato: en tanto que ella era lesbiana, tanta más razón tenía el marido para exigir fidelidad. Sin embargo, Estrella no pensaba negarle el capricho caso de quedar libre de su compromiso conyugal. Al fin y al cabo, era solo cuestión de echarse en la cama y lubricarse. Recordaba cómo lo había hecho en Madrid con el de la inmobiliaria que le alquiló el primer piso donde había ejercido la prostitución por su cuenta. Era bastante menos complicado que complacer un hombre de la forma en que ella lo hacía cuando necesitaba asegurarse de que el cliente quedara contento hasta el punto de querer repetir... y pagando cuatro veces (y después cinco, seis, y más) el precio normal de una prostituta joven y guapa.

  Fue, pues, con sus tíos exemigrantes, a la vuelta de su viaje de Francia, cuando comenzó a rumiar en alta voz la idea de comprar una buena casa por la zona, con un buen huerto, con frutales. De inmediato el tío Eusebio reaccionó con interés: se trataba de dinero.

  En mayo volvió a viajar. Estancia en Madrid (donde lo que más le gustó fue volver a ver a sus ex empleadas), visita a Barcelona (donde no encontró nada mucho mejor que en Madrid) y visita a Suiza, a Zurich, donde Martina aún vivía con sus padres pero planeaba ponerse a estudiar para fisioterapeuta o dentista, aunque sin abandonar su idealismo ni su amor a la naturaleza. Estrella había tomado una habitación que era casi una casita independiente para su visita de una semana. Un poco caro, pero ella disponía de muchísimo dinero.

  Martina aceptó la aventura de pasar por su experiencia lésbica: el emocionante momento había llegado. Inevitablemente sintió placer y amor, pero al día siguiente, cuando volvió de dormir en casa de sus padres, pareció otra vez asustada: durante la tarde de amor, Estrella se lo había contado todo, lo de la prostitución, lo de su marido americano y cuando llegó la noche, cada una por su lado, a Martina, solita en su cama de niña, todo aquello se le había venido encima. Ella era de mentalidad progresista pero de origen completamente burgués (y cristiana creyente, además). Era raro en Estrella que no se lo hubiera dicho ya antes, cuando estaban en la granja francesa. Sí la había informado de su matrimonio en Estados Unidos, pero no de la manera en que había conocido a Marcus y en qué había consistido realmente aquella relación.

  Estrella estaba enamorada, pero no sabía qué iba a pasar. Después de separarse de su amada continuó el viaje. Esperaba cartas. No sabía qué iba a pasar. Recordaba su disgusto con Paula, su primera amante y compañera de burdel. Martina le parecía adorable, sin punto de comparación con la tosca Paula, pero era difícil juzgar lo que sentía y cómo actuaba. Le daba la impresión de que aquella sociedad centroeuropea era diferente. Le parecía que todo el mundo allí era o muy sólido o muy frágil. No sabía a qué atenerse.

  En París, descubrió que Irène se conmovía por su presencia más de lo que quería reconocer. A ella también se lo contó todo. No se dejó impresionar, pero la intelectual de izquierdas un tanto endurecida lo juzgó, simplemente, perverso. A finales de junio, nuevo viaje a América, y regreso con otros 25.000. Vino entonces el periodo de tiempo de su primer verano en libertad, en el que se encontró perdida y desorientada en plena Europa. Un extraño intervalo que siempre recordaría por el cielo azul, los paisajes ostentosamente verdes y floridos, y las carreteras de montaña perfectamente cuidadas por las que ella circulaba con su coche lujoso, ella, la joven lujosa. Ésa fue otra oportunidad de experimentar la belleza espiritual. Por las mañanas, en los hoteles, sola, rumiaba en el duermevela inquietudes bondadosas y universales. A la tarde, experimentaba inquietud y una rara soledad.

  Al final del verano fue a por otros 25.000 (la rutina trimestral comenzaba a hartarla) y ahora ya estaba decidida a buscar una finca. Aunque se quedó hasta mediados de diciembre por Norteamérica e Inglaterra -se operó los pechos y se sacó el título de "profesora de inglés"- dio instrucciones para la compra. Álvaro y el tío Eusebio se habían puesto a ello y proporcionaban emplazamientos posibles para el proyecto, con nombres, números de teléfono y estimaciones de posibles precios. Álvaro también se llevaría su parte por gestionarlo todo, por supuesto, de modo que no podía quejarse de los beneficios que obtenía de su relación con la adinerada cliente… aunque Estrella lo estropeaba un poco al recordárselo de vez en cuando: que Álvaro, al principio, cuando lo conoció unos años atrás, era solo un empleadillo y ahora tenía su propio negocio, con buenas expectativas de futuro. Todo eso era cierto, pero a nadie le gusta que se le restriegue que su buena suerte se debe a la voluntad de otro. Y si se está, además, enamorado o sexualmente fascinado por esa persona, pues peor aún. Estrella cometía aún muchos errores de ese tipo con la gente. Y tardaría en darse cuenta de ello. En cuanto al tío Eusebio, él y su esposa iban a tener mucho que ganar, tanto en las obras que habría que llevar a cabo como a la hora de contar con un cómodo y bien remunerado empleo como cuidadores de la finca que iba a comprarse.

  Cuando volvió en diciembre -en Inglaterra se había sacado ya el título de "profesora" y en Norteamérica se había dado el otro capricho-, con las fincas ya localizadas, el tío Eusebio la llevó a echar un vistazo a algunas ofertas. El tío Eusebio argumentaba sobre cuestiones razonables: el agua, la electricidad, los permisos, el trabajo que habría que hacer para preparar el terreno, los costes de la construcción.

  Los propietarios tenían todos mala pinta. Brutos rústicos, codiciosos y desconfiados, pero Álvaro descubrió muy pronto a su hombre: uno que parecía el más bruto de todos.

  La finca estaba un poco demasiado cerca de la pequeña ciudad de Vélez-Málaga, a juicio de Estrella (en realidad, se trataba de un barrio periférico), pero Álvaro señaló que precisamente por eso se trataba de una inversión con futuro: el terreno era urbanizable, quizá dentro de veinte o treinta años valdría mucho más y, de hecho, el bruto ya estaba recibiendo ofertas por él.  Por sus propias razones particulares, el tío Eusebio apoyó la opinión de Álvaro. Al tío quizá le atraía estar cerca de las tabernas y resto de ambiente “masculino” de una población más crecida que la de los pueblillos y aldeas. A la madre le atraía asimismo: sería más fácil para que sus nietos vinieran a verla y estaban cerca de donde vivía otra de sus queridas sobrinas (una infeliz cuya propia historia no carecía de detalles sórdidos).

   La otra opción mejor que había aparecido era un pueblecito, ocho kilómetros más arriba o, mejor dicho, hacia la izquierda y hacia arriba: peor comunicado. Allí por poco dinero se podían comprar casi un reino con una casa ya construida, pero Estrella tenía en cuenta dos factores sobre todo: que la casa atrajera a los tíos, para que se instalaran a vivir allí y se hicieran cargo de su cuidado, y que estuviera lo mejor comunicada posible para caso de que la madre necesitara asistencia sanitaria y para recibir visitas. También contaba el asunto de la seguridad. Las fincas aisladas sufrían asaltos, y aunque la finca que ofrecía el bruto estaba a unos quinientos metros de un barrio pobre de Vélez-Málaga con un poco de mala pinta, la Guardia Civil no andaba tampoco muy lejos.

  Y había que reconocer que el emplazamiento era muy bello: en una dirección se contemplaba a lo lejos el castillo y el casco antiguo de Vélez-Málaga, en las laderas del monte que sustentaba la vieja fortificación árabe, y en la otra dirección se podía ver la altura de la sierra Tejeda, cuyo pico más alto, la Maroma, de dos mil metros, se decoraba de blanca nieve en invierno. A cinco kilómetros estaba la playa de Torre del Mar (amplia barriada con apartamentos turísticos que era casi como otra ciudad), donde vivía la sobrina por la que la madre sentía afecto. Diez kilómetros más arriba estaba el cortijillo de los tíos, que aceptaron enseguida el trato de convertirse en los cuidadores de la finca, de modo que podrían seguir haciéndose cargo también de sus propias tierras (no le faltaba ambición al tío Eusebio, pero a Estrella lo que le interesaba era que la tía Reme y la madre iban a vivir cada una en una de las dos casas que iba a construir para ellas).

    Lo que resultó para convencer al bruto de venderle el terreno había sido la mención de que parte del precio de la compra se pagaría bajo mano… y en dólares norteamericanos. Aunque para entonces el dólar ya no estaba tan alto, el billete verde seguía poseyendo un atractivo casi comparable al valor de cambio del atractivo sexual de la misma Estrella (pero no se habría acostado con el bruto: el contrato matrimonial con Marcus seguía vigente).

    Finalmente, la finca se compró a primeros de febrero de 1989, costó seis kilos de pesetas ante el notario, más 50.000 dólares en efectivo bajo mano (lo que doblaba la cifra inicial). Y no parecía mal precio. Era un terreno bueno en el mismo municipio de Vélez-Málaga, rural de siempre y ahora legalmente urbano. Eso sí, la finca agrícola, antes dedicada a los tomates y las lechugas, no tenía nada aprovechable para convertirse en residencia, solo era media hectárea de tierra llana. Arreglarlo todo, construir y todo, costaría otros treinta kilos y llevaría más de un año que se pudiera vivir en la propiedad. Ella podía conseguir pagarlo todo en diez años con una hipoteca a tres kilos al año. Podía pagar eso y más.

  Supuso una disminución drástica de su dinero disponible al mes, pero, al fin y al cabo, ella no sabía qué otra cosa hacer con él. No compraba joyas ni consumía drogas, y en sus viajes no gastaba tanto. Compraría árboles de fruta, belleza natural, la felicidad de su madre.

  Seguía siendo rica. Le quedaba mucho al mes para vivir y hacer lo que quisiera. Aparte de los gastos para la madre y hermana (lo que incluía a toda la finca), aún le quedaba el equivalente al doble del salario mensual de una catedrática de universidad para gastarlo en lo que quisiera…. No estaba mal para una puta de veintiséis años.

viernes, 6 de junio de 2014

Capítulo 1. El huerto de frutales

  "Esto es un huerto... Un huerto con árboles de fruta..."  A Estrella le hubiera gustado que existiera una palabra más exacta para aquel tipo de espacios (en inglés sí existía una: Orchard). Se trataba de algo menos de dos mil metros cuadrados, un rectángulo de tierra allanada, un magnífico lugar. Frágiles, ochenta arbolitos -casi como unas cañas al viento, ramas solitarias y cortas que salían de la tierra de labor- estaban dispuestos en hileras no muy largas. A cada uno se le puso un pequeño cartel indicador: había de todas clases y variedades, siempre elegidas siguiendo las instrucciones y consejo del dueño del vivero, un hombre de aspecto simple pero con un asomo de inteligencia y honestidad, un tipo que para nada hacía pensar en un entusiasta de la naturaleza, y para quien las plantas eran solo su trabajo. Al cabo de cinco años, o incluso antes, dispondrían de naranjas, limones, peras, manzanas, melocotones, cerezas, ciruelas, aguacates, mangos, papayas, chirimoyas y alguna variedad intermedia. Más los almendros, higueras, granados y nogales propios de la tierra. No se estorbarían unos a otros pero tampoco producirían muchos kilos, ya que se trataba de un huerto para el mero placer. Para el técnico, un capricho de personas ricas que no le despertaba desprecio. Al fin y al cabo, a todo el mundo le gusta tener su propia fruta.

  Pero a la protesta de su hermosa empleadora de que debería haber una palabra específica para denominar un huerto de frutales, ya que, en inglés, por lo menos, sí existía, el hombre respondió que él no sabía nada de eso y dejó ver que semejante cuestión le parecía una estupidez. Con nombre o sin nombre, se trataba de la misma cosa.

  Se plantaron los árboles en el otoño de 1989, cuando todavía las dos casas no estaban terminadas, pero Estrella y su madre siempre que podían se acercaban a seguir los progresos en las obras. Era una gran felicidad darse cuenta de que había acertado, de que a la madre le hacía sonreír ver la tierra, las dos casas en construcción, toda la riqueza que la rodeaba ahora, pobre mujer hasta entonces desgraciada. Los pobres saben apreciar el dinero, y Estrella había encontrado una buena forma de gastarlo. Un poco por tacañería, había contraído una hipoteca por treinta millones de pesetas y contaba con pagarlo todo al cabo de diez años, cuando los árboles estarían en su mejor momento. Durante ese tiempo, ella se iba a conformar con que sus ingresos personales derivados de las rentas fueran menores (aunque no modestos), lejos de la cifra exagerada de la que hubiera podido disponer de no haberse metido en aquella empresa.

  Ella comparaba sus ingresos con lo que pagaba el estado a las profesoras (funcionarias de grado superior). Era, al fin y al cabo, el mismo cálculo que había hecho al principio de todo y, puesto que, además, contaba ahora con muchas propiedades, su sensación de riqueza no había disminuido. En el principio se hubiera conformado con el equivalente al sueldo mensual de una maestra, y después al de una profesora de Universidad. Al final, incluso contando la hipoteca y resto de gastos asociados a la finca, más los cuantiosos e inevitables impuestos, disponía aún de unos ingresos aproximadamente dobles de lo que ganaba por entonces una catedrática, que a su vez equivalían a lo que cobraban una decena de pobres dependientas: diez o doce horas diarias de pie, despachando chuletas de cerdo, o zapatos, o barras de pan. El futuro del que ella se libró. No se gana nada quejándose de la propia suerte. No se gana nada sintiéndose culpable por ser afortunada.

 A Estrella le encantaba el dinero, le encantaba hacer cálculos. No era una buena mujer de negocios, pero sí una buena ahorradora. Era rica. Rica, y ahora su madre poseía una finca, con un huerto de frutales, y otro huerto, y una piscina, y dos casas, y un muro que rodeaba toda la zona (media hectárea en terreno casi llano, bien regado, bien comunicado, con electricidad y teléfono, en las afueras de un gran pueblo andaluz). En aquel momento no pensaban mucho en cómo se revalorizaría aquel terreno, en realidad urbano, en los años venideros.

  Como necesitaban un nombre para la casa, ella propuso “Villa Orchard”, con la esperanza de que en el vocabulario español se abriera paso una palabra tan bonita y tan precisa.
  …
  Aquel otoño, madre e hija se habían reencontrado tras sus respectivos veranos y se solemnizó el reencuentro al pasear por entre los frágiles arbolillos recién plantados. Estrella, usando su nombre “de viaje”, Stella, venía de pasar unos tres meses por Alemania, Suiza y Holanda, y lo había disfrutado bastante. La madre, por su parte, ingresada en un centro médico de la Costa del Sol, se había visto sometida a un largo tratamiento y a un par de operaciones. Aunque estuvo acompañada por la otra hija y recibido visitas del hijo, nietos y otros parientes, en general la anciana se había aburrido en el hospital y tenía muchas ganas de volver a la casa en Torremolinos y curiosear después cómo iban las obras en la que sería su futura casa de Vélez-Málaga, la tierra de la que ella procedía. Cuando hablaban por teléfono, lo hacían sobre la finca. Entre una cosa y otra, aquel verano apenas ninguna de las tres mujeres (madre y dos hermanas) había ido por allí a supervisar las obras, confiando, quizá excesivamente, en el tío Eusebio.

  La madre llevaba ya dos semanas en la casa de Torremolinos, retornada del hospital, cuando Estrella –ya no Stella- volvió de Centroeuropa. Siempre decía que disfrutaba de los largos viajes por carretera, pero en aquella ocasión, al menos, había ido un poco apresurada, impaciente por ver a su madre, ver cómo estaba la finca, e incluso llegó a sentirse un poco inquieta por viajar sola, sobre todo cuando entraba en España, un país que cada vez le parecía más caótico y hasta peligroso. No se detuvo en Madrid para ver a sus amigas y conocidas. Ya iría más tarde. Le sobraba el tiempo.

  La temporada turística había acabado y era entonces cuando la costa más le gustaba a ella. Al meter el coche en el garaje del chalecito adosado se dio cuenta de que estaban de visita su prima y su tía, las fanáticas religiosas.

  Le molestó que hubiera visitas, pese a que la madre y la hermana la estaban esperando. Aparte de la tía Reme, la esposa de Eusebio, a Estrella no le gustaba ninguno de sus familiares, y encima se trataba de su prima y tía maternas, las insoportables.

 Aquella mañana Stella se había despertado en un hotel de carretera a la salida de Albacete y después había comido en Granada para llegar a Torremolinos en la sobremesa. Se había puesto guapa, para que su madre sonriera ante su hermosura, pero todavía estaban allí la tía y la prima que enseguida ironizaron acerca de su elegancia, su pelo suelto, sus grandes ojos verdes, el vestido de amplio vuelo.

  La tía era una víbora de mucho cuidado, mujer hipócrita, fría y retorcida, a la que su madre, sin embargo, se sentía necesariamente vinculada por los largos años de juventud. La prima, a la que Estrella había admirado tanto de jovencita, era ahora una pobre solterona, con su fondo de dureza y rencor. Al darse un beso, Estrella disfrutó de su mal disimulado sobresalto.

  Comentaron que viajaba mucho. Siempre se lo estaba pasando bien, qué suerte tenía. Querían hacerle hablar, hacerle contar anécdotas morbosas por las que luego denigrarla a sus espaldas, mientras que Estrella hubiera preferido quedarse a solas con su madre y su hermana. Hubiera podido mandarlas a la mierda, decirles francamente que quería eso, quedarse a solas con quienes ella consideraba su única familia y de quienes había estado separada un tiempo largo, pero, a pesar de todo, era tímida y pusilánime, y no se vio capaz de echarlas. Y a la madre, por supuesto, no le hubiera gustado una actitud semejante, por lo que se imponía el soportarlas un poco más.

  Para aquella rama de la familia, Estrella, la guapa hija de la pobre tía, era un raro y monstruoso caso de perversión sin precedentes. Sin embargo, tenían que admitir que conservaba cierta frescura y que su maldad se disimulaba bien. A Estrella le habría gustado que la prima comprendiera la naturaleza de su pecado y el que nunca iba a arrepentirse. Pero no eran personas de hablar las cosas, no eran personas que valiesen, y se quedaron todas sentadas en círculo, en el saloncito de la casa.

 “Pues tengo muchas ganas de acercarme a Vélez, a ver qué tal van las obras”

   La hermana dijo que había estado la semana pasada y hablado largo y tendido con el tío Eusebio y con la tía Reme, y que no iban demasiado retrasados. El terreno estaba limpio y nivelado, el muro que circundaba la propiedad se había terminado y los árboles ya se habían plantado. Una docena de hombres trabajaban en la construcción de las casas. El arquitecto quería verla. La hermana, un poco tonta, puso cierto retintín en eso. Estrella siempre se ponía guapa para el arquitecto o para cualquier hombre que trabajase para ella (como era el caso de Álvaro, el administrador) con la esperanza de que eso despertara su interés en cumplir fielmente con la tarea, e incluso con poner buen precio.

 “¿Y sigues sin pensar en cambiar tu forma de vida?”, preguntó la prima.

  Estrella reconocía que su prima, a la que a veces consideraba un poco imbécil, sin embargo sabía ser descarada. Eso se debía al gran resentimiento que guardaba dentro de sí. Dos veces le había sermoneado. La primera, en una ocasión parecida, poco después de que lograra que la madre y la hermana abandonaran al padre para irse a vivir al chalecito en Torremolinos que les había comprado, cuando el escándalo estaba en el punto álgido del chismorreo. Volvió a intentarlo dos veranos más tarde, poco antes de que Estrella se casara con Marcus Ellis, ahora su ex marido.

  “Yo pienso mucho, Loli. Pero algunas cosas, naturalmente, no van a cambiar nunca. Tú tampoco vas a cambiar, ¿no?
  “¿Y por qué iba a cambiar yo?”
  “¿Y por qué iba a cambiar yo?, ¿por darte gusto? A mí, desde luego, me da exactamente igual que tú cambies”

  Se quedaron calladas. Cinco mujeres. Dos ancianas, dos solteronas… y ella, el monstruo de angelical aspecto…. Cinco mujeres sin hombre.

 “ Algún día te darás cuenta”, dijo la Loli, un poco más agresiva.
  “Viajo mucho, hablo con mucha gente, leo mucho.… Comprenderás que tu opinión no me impresione especialmente de entre las de todos las demás...”

  Entonces pensó que le iba a hablar de Dios, que está en todas partes, que lo sabe todo y que tiene un libro. Pero se quedaron calladas y la madre cambió de tema. Al fin se fueron.

  La madre después estuvo comentando que quería a Loli como a una hija. Siendo la hermana menor, la madre había sido la chacha de los hijos de la hermana mayor, hasta que finalmente, cuando ya casi era un poco tarde, se casó con el cretino que había engendrado a Estrella, a la hermana y a otro más. (Luego preguntaría lo que se sabía de él, del padre, del tipo aquel. Sabía que, al final, el padre había tenido mala suerte: poco después de que su esposa y sus hijas lo abandonasen se había quedado sin trabajo, de modo que no pudo disfrutar mucho de su libertad, fallido amorío otoñal incluido. De eso hacía cinco años. Estrella no lo echaba de menos, pero ahora pensaba que el padre, aunque no era buena persona, tampoco llegaba a ser tan malo como algunos otros. Pensándolo bien, a lo mejor ni el padre ni el hermano eran mucho peores personas que Marcus, su ex marido, aunque sí menos inteligentes. Solo habrían sido diferentes las circunstancias. Esos eran los tres hombres de su vida. Y ya no habría más.)

  La charla fue animada hasta la noche, pero hasta les dio tiempo a ver un poco de tele. La madre decía que estaba contenta de verla feliz. Estrella comentó que la madre había perdido mucho peso y mejorado su aspecto tras el tratamiento. Y todas irían a la finca al día siguiente a ver qué tal habían quedado los árboles. Llamaron al tío Eusebio y la madre habló con la tía Reme, que en realidad era su cuñada, pero que, por ser su mejor amiga, había sido una de las principales razones para comprar la propiedad (se edificarían dos buenas casas, a una de las dos irían los tíos, empleados como cuidadores de la finca, y de esa forma la madre y la tía Reme podrían verse y charlar todos los días; un trato que tal vez presentara dificultades, porque del Eusebio no se fiaban mucho).
  …
  Todas estaban, pues, ilusionadas cuando acudieron a ver la finca ya en marcha y empezaron a disfrutar de los arbolitos, especie de solitarias espigas un poco gruesas, recién plantados en espacios despejados de veinte a treinta metros cuadrados. El hombre del vivero apareció por allí y Estrella dejó que el viento agitara ante él su falda y su pelo. El tipo aparentaba impasibilidad rústica. Pero parecía honrado y trabajador. Y no le importaba nada que no existiera en español una palabra específica para decir “Huerto de frutales”.

   La casa estaba ya en pie. Faltaba el tejado, faltaba casi todo, pero ya contaban con la estructura básica, así que la perspectiva de pasar allí las Navidades parecía confirmarse. Eusebio estuvo muy hablador, chapurreó un poco en alemán con su sobrina, comprobando el antiguo emigrante que ella había aprendido mucho de esa lengua durante su estancia en Frankfurt.

   Por la tarde fueron a cenar pescado al paseo marítimo de Torre del Mar, a cinco kilómetros de allí. Estrella invitaba, por supuesto. Todos los familiares estaban contentos. Eusebio decía que tenía mucho trabajo, supervisando las obras y a la vez cuidando de su propio cortijo, diez kilómetros más arriba de lo que sería “Villa Orchard”, en los montes. Hablaron y hablaron, viendo florecer sus sueños, perfectamente viables. Estrella dijo que, cuando estuviese la otra casa terminada, seguro que los tíos podrían ofrecerle un buen alojamiento a sus hijos en las vacaciones. Ahora iban a tener una piscina, seis dormitorios y dos baños mientras que el cortijillo de los tíos, comprado en buena parte a la herencia de los hermanos con el dinero ahorrado en Alemania, aunque había quedado bien acondicionado (luz y teléfono, muy recientemente instalados), era un poco estrecho. Además, la finca nueva estaba en un llano (las máquinas habían aterrazado algún desnivel) y eso era mejor que los estrechos montecillos y barrancos propiedad de Reme y Eusebio. De los seis hijos de sus tíos, varios de ellos ya tenían niños, medio españoles, medio alemanes o españoles del todo. Sin duda que estas posibilidades de atraer a hijos y nietos habían pesado en la decisión de los tíos de aceptar el trato, pero, visto en retrospectiva, la jactancia de Estrella con respecto a todo lo que podía ofrecer a los demás a cambio de que colaborasen en sus planes venía a hacer mal efecto.…

  En cualquier caso, esa noche ellas iban a ser las invitadas en ese mismo cortijillo. No valía la pena volverse a Torremolinos, ya que al día siguiente tenían que hablar con el arquitecto, ver los planos y más asuntos.

  Y tras oscurecer y conducir ella cuidadosamente por los caminos rurales hasta la escondida casita blanca de sus tíos en la cresta de una loma, las dos hermanas durmieron juntas. Estaba claro que la mayor admiraba mucho a su hermana pequeña, la aventurera, la guapa, la rica, la monstruosa. La buena, también, porque Estrella era hábil a la hora de mostrar delicadeza y bondad. No solía cometer muchos errores en eso. De hecho, ése había sido su mayor recurso financiero: en determinados negocios, mostrar bondad era extraordinariamente productivo. Se trataba de interiorizar un rol.
  …
  Y aquellos días de preparativos, de anticipación al triunfo final, no fueron los mejores. Los mejores fueron el triunfo que siguió. “Tenemos dinero”, decía Estrella a la madre y hermana. El dinero lo es todo. Todo. Y si había dinero, Estrella sería feliz. El dinero le había dado a ella sus mejores momentos. Sin dinero, su vida habría sido horrible.

  “Tienes razón, hija. El dinero es lo principal”.

  Y la hija confirmaba:

  “Solo los idiotas son infelices teniendo dinero.”

   ¿Qué hubiera sido de ellas sin dinero? Porque se daba cuenta de que no valía tanto como persona. Para llegar a ser algo tenía que cambiar el mundo, nada menos, ya que el mundo no se adaptaba a ella. Su triunfo, su dinero, la impresión que causaba con su físico, todas esas cosas tenían un origen indigno.
  …
  “Con el talento que tú tienes”, le comentó el tío Eusebio a Estrella al día siguiente, cuando esperaban al arquitecto. Era en uno de esos momentos en los que ella temía que, estando a solas dando vueltas por la finca en plena obra, el tipo aquel le tocara el culo. Se preguntaba qué haría entonces. Mandarlo a la mierda y dejarlo sin trabajo era una opción. Pero entonces a lo mejor se perdía la oportunidad de que la tía Reme y la madre fuesen vecinas. Así que, puesto que preveía el caso, se había preparado mentalmente para darle una buena bronca y hacer así que no se repitiera. Como todas las mujeres, había soportado muchos abusos de ese tipo, y como tantas de ellas, también la habían violado alguna vez, de modo que al final había llegado a adecuarse a dar respuestas rápidas al comportamiento macho. El tío Eusebio debía de sospechar ese tipo de resolución.

   Hacia 1970, Eusebio se había ido a trabajar a Alemania y dejado a la pobre Reme con los niños sola en el cortijillo (la había embarazado siendo ella poco más que una niña, no sabía Estrella en qué circunstancias), sin luz ni agua corriente ni mucho menos teléfono. Ni mucha comida tampoco. Apenas les mandaba dinero a ella y a los seis hijos un poquito asalvajados en el monte. Se lo gastaba en parrandas de ciudad y se acostaba con alemanas deseosas de un poco de macho latino. Luego ella también marchó a Alemania y llegó a ganar más dinero que él, trabajando de limpiadora, de cocinera, de lo que fuese, y los niños se dispersaron entre parientes e internados, hasta que también fueron reagrupados más adelante (siendo asimismo, la mayoría de ellos, germanizados). Hasta tres trabajos llegó a tener la tía Reme al mismo tiempo. Regresaron a los diez años con unos cuantos ahorros y dispuestos a prosperar modestamente en sus pequeñas tierras, ampliadas con la compra de la herencia paterna a los hermanos. Una circunstancia habitual.

  Pero para la madre de Estrella, el tío Eusebio era un cateto que pensaba todo el tiempo en las hembras. Y la sobrina era una hembra muy guapa. Y puta. Y viciosa. Pero “con talento”.

    A la mañana del día siguiente, pues, el tío Eusebio y ella habían estado en la obra, un poco rodeados de los otros obreros, esperando al arquitecto, y fue entonces cuando dijo eso del talento que tenía. Estrella se había maquillado un poco y sabía que estaba estupenda, esplendorosa, a la espera del imprescindible profesional de clase alta que se encargaba de los planos, los papeles, de todo lo serio, lo que no tenía que ver con trabajos groseros.

  Llegó en su cuatro por cuatro a la hora puntual, lo que era un buen síntoma, con el rollo de los planos para repasar los temas que faltaban, bastante importantes, sobre el depósito del agua, la electricidad y los residuos. Era un tipo de aspecto viril, cuarentón, con sus vaqueros de marca, sus botas. Aparcó cuidadosamente al lado del Mercedes de Estrella, emparejándose ambos vehículos.

  Ella tenía cuidado ahora de no coquetear y de mantener cerca al tío Eusebio, convertido ahora en jefe de obra. Su presencia la salvaguardaba del otro. Una mujer atractiva tiene que preocuparse de mantener esas combinaciones.

  Sin ninguna duda, para Navidad habría agua y electricidad en la casa principal. La otra (la que ocuparían los tíos) estaría lista un par de meses más tarde. La piscina, para el verano. El precio…, bien, lo que se esperaba. Pero ahora Estrella no contaba ya con los veinticinco mil dólares trimestrales que le pasaba Marcus Ellis. Un poco tacaño, Marcus: en Filipinas solo le dio a su todavía esposa diez mil por los servicios, más gastos. Tal vez pensó que ella ya se había cobrado por su parte, por la perversión (que en realidad no llegó a darse). Marcus parecía contento del nuevo trato, pero también debía de sentirse molesto por el hecho evidente de que Stella (no Estrella) se sentía no menos contenta de por fin librarse de él.

    Tampoco había gastado mucho en Alemania, y en cuanto se mudasen, la casa de Torremolinos se pondría en alquiler, como ya estaban sus otras propiedades, generando más ingresos todavía (su negocio). Qué maravilloso era el dinero.

  De todas las cosas de la finca, lo que más impresionaba era el llano donde crecerían los árboles. La otra franja de tierra, el huerto para la verdura, también le iba a gustar mucho a la madre, pero los árboles crecerían y darían sombra, los árboles serían aún más bellos, aunque algo menos entretenidos. Al cabo de unos cuantos años, claro está.

  Dio la hora de comer y Estrella se dio por satisfecha. Eusebio dijo que se quedaría con “los hombres” e irían a comer a un restaurante en el barrio próximo, una especie de antro para obreros que Estrella se imaginó con olor a tabaco, voces roncas, televisión a todo volumen y la musiquita de la máquina tragaperras. Ella se volvió al cortijo a recoger a la madre. Dio un beso en la mejilla a su tío, como cuando era niña.
  
  Al día siguiente, ya de vuelta en Torremolinos, adonde llegaron a la hora de comer, estaban cansadas, pero seguían hablando de los árboles, las casas y el futuro. De repente, tenían algo de lo que hablar todo el tiempo. De los planes de cuando se fueran del chalecito de Torremolinos, que tampoco les había dejado malos recuerdos.

  Y a la tarde, mientras caminaban lentamente por el paseo marítimo de Torremolinos (la madre necesitaba apoyarse en el bastón), Estrella comentó que al tío Eusebio le gustaba eso de ser jefe de obra. Nunca había sido jefe. Albañil, muchos años, pero solo uno más entre los otros. Ahora era capataz de sus hombres. Se iban a comer juntos y hablaban de sus cosas de hombres.

  “Seguro que hablan mucho de mí”.

  La madre puso mala cara. La hermana se dio cuenta y miró para otra parte.

  Y Estrella podía imaginarse a aquellos seis o siete hombres comiendo ensalada, choto al ajillo y unas sardinas, todo regado con vino de la tierra, en el barullo del bar-restaurante-para-currantes. Y fumando. Se les habría juntado un conocido y se habría puesto con ellos, a chismorrear, a la manera de los hombres.

  Estamos arreglando una finca de ahí al lado. Dos casas, una piscina, un huerto y un muro.… Tenemos tarea. Trabajillo no falta.
  Y quien paga es la sobrina de éste.
  Mi sobrina, la puta.
  Manda huevos, en vez de pagar a una puta, una puta nos paga a todos…
  ¿No la has visto hoy?
  Yo estaba a lo mío. Vi el coche, un Mercedes azul…
  Ya la verás otro día, merece la pena. Es guapa tu sobrina, ¿eh, jefe?
  En realidad, no es sobrina mía. Mi mujer es medio hermana de su padre. En realidad, no es nada mío. Tiene talento, eso sí.… Si la hubieras visto de niña…... una muñequita. Y muy buena, muy obediente, muy estudiosa, siempre pegada a la madre…
  Ésas son las peores…
  Las mejores, macho, las mejores. Porque a ésta no se la tiraban ni los quintos ni los camioneros. De banqueros para arriba. Políticos y cosas de esas.
  Los explotadores.…
  Casi todo el dinero se lo ha sacado a un americano que se casó con ella. Ésa habla inglés y todo… y francés, y alemán.… Ahora, por lo visto, se ha divorciado. Eso podría ser malo para nosotros, porque cada vez que se veía con el marido, le soltaba dos o tres millones de pesetas más. Esperemos que no se cierre el grifo…
  ¿Quién no sería puta así? Si tu hija, ¿eh…?
  Al menos, lo hace por un motivo. ¿Cuánto tiene esa criatura? Se compró como treinta pisos en la Costa, por Marbella, y esta misma finca, cuando esté lista, con las dos casas…, lo que valdrá.
  Trabajando como desgraciados toda la vida, ¿y qué tenemos? Una casilla, un huertecillo.… Nada.… Y tu sobrina, ¿qué edad tiene?
  Treinta no tiene. Espera, ayer lo dijeron, porque los acaba de cumplir: veintisiete años recién cumplidos.
  Y es millonaria…
  Es millonaria desde que vino de América, o quizá ya lo era antes, cuando estaba de puta en Madrid, porque en comprarle la casa a la madre, la que tienen en Torremolinos, no tardó mucho.
  En Madrid conocería al americano, ¿no?
  Supongo…
  Y luego, lo que pasa con las putas, que por muy guapas y muy finas que sean, luego tienen un chulo que se lo saca todo…
  Mi sobrina no. Es viciosa. Lo que le gustan a ella son las mujeres…. O eso dice….  En casa de la madre se ha acostado con mujeres, eso es verdad.
  Pues por mucho dinero que tenga, a mi me daría vergüenza tener una hija así…
  Bueno, la madre…...