viernes, 6 de junio de 2014

Capítulo 1. El huerto de frutales

  "Esto es un huerto... Un huerto con árboles de fruta..."  A Estrella le hubiera gustado que existiera una palabra más exacta para aquel tipo de espacios (en inglés sí existía una: Orchard). Se trataba de algo menos de dos mil metros cuadrados, un rectángulo de tierra allanada, un magnífico lugar. Frágiles, ochenta arbolitos -casi como unas cañas al viento, ramas solitarias y cortas que salían de la tierra de labor- estaban dispuestos en hileras no muy largas. A cada uno se le puso un pequeño cartel indicador: había de todas clases y variedades, siempre elegidas siguiendo las instrucciones y consejo del dueño del vivero, un hombre de aspecto simple pero con un asomo de inteligencia y honestidad, un tipo que para nada hacía pensar en un entusiasta de la naturaleza, y para quien las plantas eran solo su trabajo. Al cabo de cinco años, o incluso antes, dispondrían de naranjas, limones, peras, manzanas, melocotones, cerezas, ciruelas, aguacates, mangos, papayas, chirimoyas y alguna variedad intermedia. Más los almendros, higueras, granados y nogales propios de la tierra. No se estorbarían unos a otros pero tampoco producirían muchos kilos, ya que se trataba de un huerto para el mero placer. Para el técnico, un capricho de personas ricas que no le despertaba desprecio. Al fin y al cabo, a todo el mundo le gusta tener su propia fruta.

  Pero a la protesta de su hermosa empleadora de que debería haber una palabra específica para denominar un huerto de frutales, ya que, en inglés, por lo menos, sí existía, el hombre respondió que él no sabía nada de eso y dejó ver que semejante cuestión le parecía una estupidez. Con nombre o sin nombre, se trataba de la misma cosa.

  Se plantaron los árboles en el otoño de 1989, cuando todavía las dos casas no estaban terminadas, pero Estrella y su madre siempre que podían se acercaban a seguir los progresos en las obras. Era una gran felicidad darse cuenta de que había acertado, de que a la madre le hacía sonreír ver la tierra, las dos casas en construcción, toda la riqueza que la rodeaba ahora, pobre mujer hasta entonces desgraciada. Los pobres saben apreciar el dinero, y Estrella había encontrado una buena forma de gastarlo. Un poco por tacañería, había contraído una hipoteca por treinta millones de pesetas y contaba con pagarlo todo al cabo de diez años, cuando los árboles estarían en su mejor momento. Durante ese tiempo, ella se iba a conformar con que sus ingresos personales derivados de las rentas fueran menores (aunque no modestos), lejos de la cifra exagerada de la que hubiera podido disponer de no haberse metido en aquella empresa.

  Ella comparaba sus ingresos con lo que pagaba el estado a las profesoras (funcionarias de grado superior). Era, al fin y al cabo, el mismo cálculo que había hecho al principio de todo y, puesto que, además, contaba ahora con muchas propiedades, su sensación de riqueza no había disminuido. En el principio se hubiera conformado con el equivalente al sueldo mensual de una maestra, y después al de una profesora de Universidad. Al final, incluso contando la hipoteca y resto de gastos asociados a la finca, más los cuantiosos e inevitables impuestos, disponía aún de unos ingresos aproximadamente dobles de lo que ganaba por entonces una catedrática, que a su vez equivalían a lo que cobraban una decena de pobres dependientas: diez o doce horas diarias de pie, despachando chuletas de cerdo, o zapatos, o barras de pan. El futuro del que ella se libró. No se gana nada quejándose de la propia suerte. No se gana nada sintiéndose culpable por ser afortunada.

 A Estrella le encantaba el dinero, le encantaba hacer cálculos. No era una buena mujer de negocios, pero sí una buena ahorradora. Era rica. Rica, y ahora su madre poseía una finca, con un huerto de frutales, y otro huerto, y una piscina, y dos casas, y un muro que rodeaba toda la zona (media hectárea en terreno casi llano, bien regado, bien comunicado, con electricidad y teléfono, en las afueras de un gran pueblo andaluz). En aquel momento no pensaban mucho en cómo se revalorizaría aquel terreno, en realidad urbano, en los años venideros.

  Como necesitaban un nombre para la casa, ella propuso “Villa Orchard”, con la esperanza de que en el vocabulario español se abriera paso una palabra tan bonita y tan precisa.
  …
  Aquel otoño, madre e hija se habían reencontrado tras sus respectivos veranos y se solemnizó el reencuentro al pasear por entre los frágiles arbolillos recién plantados. Estrella, usando su nombre “de viaje”, Stella, venía de pasar unos tres meses por Alemania, Suiza y Holanda, y lo había disfrutado bastante. La madre, por su parte, ingresada en un centro médico de la Costa del Sol, se había visto sometida a un largo tratamiento y a un par de operaciones. Aunque estuvo acompañada por la otra hija y recibido visitas del hijo, nietos y otros parientes, en general la anciana se había aburrido en el hospital y tenía muchas ganas de volver a la casa en Torremolinos y curiosear después cómo iban las obras en la que sería su futura casa de Vélez-Málaga, la tierra de la que ella procedía. Cuando hablaban por teléfono, lo hacían sobre la finca. Entre una cosa y otra, aquel verano apenas ninguna de las tres mujeres (madre y dos hermanas) había ido por allí a supervisar las obras, confiando, quizá excesivamente, en el tío Eusebio.

  La madre llevaba ya dos semanas en la casa de Torremolinos, retornada del hospital, cuando Estrella –ya no Stella- volvió de Centroeuropa. Siempre decía que disfrutaba de los largos viajes por carretera, pero en aquella ocasión, al menos, había ido un poco apresurada, impaciente por ver a su madre, ver cómo estaba la finca, e incluso llegó a sentirse un poco inquieta por viajar sola, sobre todo cuando entraba en España, un país que cada vez le parecía más caótico y hasta peligroso. No se detuvo en Madrid para ver a sus amigas y conocidas. Ya iría más tarde. Le sobraba el tiempo.

  La temporada turística había acabado y era entonces cuando la costa más le gustaba a ella. Al meter el coche en el garaje del chalecito adosado se dio cuenta de que estaban de visita su prima y su tía, las fanáticas religiosas.

  Le molestó que hubiera visitas, pese a que la madre y la hermana la estaban esperando. Aparte de la tía Reme, la esposa de Eusebio, a Estrella no le gustaba ninguno de sus familiares, y encima se trataba de su prima y tía maternas, las insoportables.

 Aquella mañana Stella se había despertado en un hotel de carretera a la salida de Albacete y después había comido en Granada para llegar a Torremolinos en la sobremesa. Se había puesto guapa, para que su madre sonriera ante su hermosura, pero todavía estaban allí la tía y la prima que enseguida ironizaron acerca de su elegancia, su pelo suelto, sus grandes ojos verdes, el vestido de amplio vuelo.

  La tía era una víbora de mucho cuidado, mujer hipócrita, fría y retorcida, a la que su madre, sin embargo, se sentía necesariamente vinculada por los largos años de juventud. La prima, a la que Estrella había admirado tanto de jovencita, era ahora una pobre solterona, con su fondo de dureza y rencor. Al darse un beso, Estrella disfrutó de su mal disimulado sobresalto.

  Comentaron que viajaba mucho. Siempre se lo estaba pasando bien, qué suerte tenía. Querían hacerle hablar, hacerle contar anécdotas morbosas por las que luego denigrarla a sus espaldas, mientras que Estrella hubiera preferido quedarse a solas con su madre y su hermana. Hubiera podido mandarlas a la mierda, decirles francamente que quería eso, quedarse a solas con quienes ella consideraba su única familia y de quienes había estado separada un tiempo largo, pero, a pesar de todo, era tímida y pusilánime, y no se vio capaz de echarlas. Y a la madre, por supuesto, no le hubiera gustado una actitud semejante, por lo que se imponía el soportarlas un poco más.

  Para aquella rama de la familia, Estrella, la guapa hija de la pobre tía, era un raro y monstruoso caso de perversión sin precedentes. Sin embargo, tenían que admitir que conservaba cierta frescura y que su maldad se disimulaba bien. A Estrella le habría gustado que la prima comprendiera la naturaleza de su pecado y el que nunca iba a arrepentirse. Pero no eran personas de hablar las cosas, no eran personas que valiesen, y se quedaron todas sentadas en círculo, en el saloncito de la casa.

 “Pues tengo muchas ganas de acercarme a Vélez, a ver qué tal van las obras”

   La hermana dijo que había estado la semana pasada y hablado largo y tendido con el tío Eusebio y con la tía Reme, y que no iban demasiado retrasados. El terreno estaba limpio y nivelado, el muro que circundaba la propiedad se había terminado y los árboles ya se habían plantado. Una docena de hombres trabajaban en la construcción de las casas. El arquitecto quería verla. La hermana, un poco tonta, puso cierto retintín en eso. Estrella siempre se ponía guapa para el arquitecto o para cualquier hombre que trabajase para ella (como era el caso de Álvaro, el administrador) con la esperanza de que eso despertara su interés en cumplir fielmente con la tarea, e incluso con poner buen precio.

 “¿Y sigues sin pensar en cambiar tu forma de vida?”, preguntó la prima.

  Estrella reconocía que su prima, a la que a veces consideraba un poco imbécil, sin embargo sabía ser descarada. Eso se debía al gran resentimiento que guardaba dentro de sí. Dos veces le había sermoneado. La primera, en una ocasión parecida, poco después de que lograra que la madre y la hermana abandonaran al padre para irse a vivir al chalecito en Torremolinos que les había comprado, cuando el escándalo estaba en el punto álgido del chismorreo. Volvió a intentarlo dos veranos más tarde, poco antes de que Estrella se casara con Marcus Ellis, ahora su ex marido.

  “Yo pienso mucho, Loli. Pero algunas cosas, naturalmente, no van a cambiar nunca. Tú tampoco vas a cambiar, ¿no?
  “¿Y por qué iba a cambiar yo?”
  “¿Y por qué iba a cambiar yo?, ¿por darte gusto? A mí, desde luego, me da exactamente igual que tú cambies”

  Se quedaron calladas. Cinco mujeres. Dos ancianas, dos solteronas… y ella, el monstruo de angelical aspecto…. Cinco mujeres sin hombre.

 “ Algún día te darás cuenta”, dijo la Loli, un poco más agresiva.
  “Viajo mucho, hablo con mucha gente, leo mucho.… Comprenderás que tu opinión no me impresione especialmente de entre las de todos las demás...”

  Entonces pensó que le iba a hablar de Dios, que está en todas partes, que lo sabe todo y que tiene un libro. Pero se quedaron calladas y la madre cambió de tema. Al fin se fueron.

  La madre después estuvo comentando que quería a Loli como a una hija. Siendo la hermana menor, la madre había sido la chacha de los hijos de la hermana mayor, hasta que finalmente, cuando ya casi era un poco tarde, se casó con el cretino que había engendrado a Estrella, a la hermana y a otro más. (Luego preguntaría lo que se sabía de él, del padre, del tipo aquel. Sabía que, al final, el padre había tenido mala suerte: poco después de que su esposa y sus hijas lo abandonasen se había quedado sin trabajo, de modo que no pudo disfrutar mucho de su libertad, fallido amorío otoñal incluido. De eso hacía cinco años. Estrella no lo echaba de menos, pero ahora pensaba que el padre, aunque no era buena persona, tampoco llegaba a ser tan malo como algunos otros. Pensándolo bien, a lo mejor ni el padre ni el hermano eran mucho peores personas que Marcus, su ex marido, aunque sí menos inteligentes. Solo habrían sido diferentes las circunstancias. Esos eran los tres hombres de su vida. Y ya no habría más.)

  La charla fue animada hasta la noche, pero hasta les dio tiempo a ver un poco de tele. La madre decía que estaba contenta de verla feliz. Estrella comentó que la madre había perdido mucho peso y mejorado su aspecto tras el tratamiento. Y todas irían a la finca al día siguiente a ver qué tal habían quedado los árboles. Llamaron al tío Eusebio y la madre habló con la tía Reme, que en realidad era su cuñada, pero que, por ser su mejor amiga, había sido una de las principales razones para comprar la propiedad (se edificarían dos buenas casas, a una de las dos irían los tíos, empleados como cuidadores de la finca, y de esa forma la madre y la tía Reme podrían verse y charlar todos los días; un trato que tal vez presentara dificultades, porque del Eusebio no se fiaban mucho).
  …
  Todas estaban, pues, ilusionadas cuando acudieron a ver la finca ya en marcha y empezaron a disfrutar de los arbolitos, especie de solitarias espigas un poco gruesas, recién plantados en espacios despejados de veinte a treinta metros cuadrados. El hombre del vivero apareció por allí y Estrella dejó que el viento agitara ante él su falda y su pelo. El tipo aparentaba impasibilidad rústica. Pero parecía honrado y trabajador. Y no le importaba nada que no existiera en español una palabra específica para decir “Huerto de frutales”.

   La casa estaba ya en pie. Faltaba el tejado, faltaba casi todo, pero ya contaban con la estructura básica, así que la perspectiva de pasar allí las Navidades parecía confirmarse. Eusebio estuvo muy hablador, chapurreó un poco en alemán con su sobrina, comprobando el antiguo emigrante que ella había aprendido mucho de esa lengua durante su estancia en Frankfurt.

   Por la tarde fueron a cenar pescado al paseo marítimo de Torre del Mar, a cinco kilómetros de allí. Estrella invitaba, por supuesto. Todos los familiares estaban contentos. Eusebio decía que tenía mucho trabajo, supervisando las obras y a la vez cuidando de su propio cortijo, diez kilómetros más arriba de lo que sería “Villa Orchard”, en los montes. Hablaron y hablaron, viendo florecer sus sueños, perfectamente viables. Estrella dijo que, cuando estuviese la otra casa terminada, seguro que los tíos podrían ofrecerle un buen alojamiento a sus hijos en las vacaciones. Ahora iban a tener una piscina, seis dormitorios y dos baños mientras que el cortijillo de los tíos, comprado en buena parte a la herencia de los hermanos con el dinero ahorrado en Alemania, aunque había quedado bien acondicionado (luz y teléfono, muy recientemente instalados), era un poco estrecho. Además, la finca nueva estaba en un llano (las máquinas habían aterrazado algún desnivel) y eso era mejor que los estrechos montecillos y barrancos propiedad de Reme y Eusebio. De los seis hijos de sus tíos, varios de ellos ya tenían niños, medio españoles, medio alemanes o españoles del todo. Sin duda que estas posibilidades de atraer a hijos y nietos habían pesado en la decisión de los tíos de aceptar el trato, pero, visto en retrospectiva, la jactancia de Estrella con respecto a todo lo que podía ofrecer a los demás a cambio de que colaborasen en sus planes venía a hacer mal efecto.…

  En cualquier caso, esa noche ellas iban a ser las invitadas en ese mismo cortijillo. No valía la pena volverse a Torremolinos, ya que al día siguiente tenían que hablar con el arquitecto, ver los planos y más asuntos.

  Y tras oscurecer y conducir ella cuidadosamente por los caminos rurales hasta la escondida casita blanca de sus tíos en la cresta de una loma, las dos hermanas durmieron juntas. Estaba claro que la mayor admiraba mucho a su hermana pequeña, la aventurera, la guapa, la rica, la monstruosa. La buena, también, porque Estrella era hábil a la hora de mostrar delicadeza y bondad. No solía cometer muchos errores en eso. De hecho, ése había sido su mayor recurso financiero: en determinados negocios, mostrar bondad era extraordinariamente productivo. Se trataba de interiorizar un rol.
  …
  Y aquellos días de preparativos, de anticipación al triunfo final, no fueron los mejores. Los mejores fueron el triunfo que siguió. “Tenemos dinero”, decía Estrella a la madre y hermana. El dinero lo es todo. Todo. Y si había dinero, Estrella sería feliz. El dinero le había dado a ella sus mejores momentos. Sin dinero, su vida habría sido horrible.

  “Tienes razón, hija. El dinero es lo principal”.

  Y la hija confirmaba:

  “Solo los idiotas son infelices teniendo dinero.”

   ¿Qué hubiera sido de ellas sin dinero? Porque se daba cuenta de que no valía tanto como persona. Para llegar a ser algo tenía que cambiar el mundo, nada menos, ya que el mundo no se adaptaba a ella. Su triunfo, su dinero, la impresión que causaba con su físico, todas esas cosas tenían un origen indigno.
  …
  “Con el talento que tú tienes”, le comentó el tío Eusebio a Estrella al día siguiente, cuando esperaban al arquitecto. Era en uno de esos momentos en los que ella temía que, estando a solas dando vueltas por la finca en plena obra, el tipo aquel le tocara el culo. Se preguntaba qué haría entonces. Mandarlo a la mierda y dejarlo sin trabajo era una opción. Pero entonces a lo mejor se perdía la oportunidad de que la tía Reme y la madre fuesen vecinas. Así que, puesto que preveía el caso, se había preparado mentalmente para darle una buena bronca y hacer así que no se repitiera. Como todas las mujeres, había soportado muchos abusos de ese tipo, y como tantas de ellas, también la habían violado alguna vez, de modo que al final había llegado a adecuarse a dar respuestas rápidas al comportamiento macho. El tío Eusebio debía de sospechar ese tipo de resolución.

   Hacia 1970, Eusebio se había ido a trabajar a Alemania y dejado a la pobre Reme con los niños sola en el cortijillo (la había embarazado siendo ella poco más que una niña, no sabía Estrella en qué circunstancias), sin luz ni agua corriente ni mucho menos teléfono. Ni mucha comida tampoco. Apenas les mandaba dinero a ella y a los seis hijos un poquito asalvajados en el monte. Se lo gastaba en parrandas de ciudad y se acostaba con alemanas deseosas de un poco de macho latino. Luego ella también marchó a Alemania y llegó a ganar más dinero que él, trabajando de limpiadora, de cocinera, de lo que fuese, y los niños se dispersaron entre parientes e internados, hasta que también fueron reagrupados más adelante (siendo asimismo, la mayoría de ellos, germanizados). Hasta tres trabajos llegó a tener la tía Reme al mismo tiempo. Regresaron a los diez años con unos cuantos ahorros y dispuestos a prosperar modestamente en sus pequeñas tierras, ampliadas con la compra de la herencia paterna a los hermanos. Una circunstancia habitual.

  Pero para la madre de Estrella, el tío Eusebio era un cateto que pensaba todo el tiempo en las hembras. Y la sobrina era una hembra muy guapa. Y puta. Y viciosa. Pero “con talento”.

    A la mañana del día siguiente, pues, el tío Eusebio y ella habían estado en la obra, un poco rodeados de los otros obreros, esperando al arquitecto, y fue entonces cuando dijo eso del talento que tenía. Estrella se había maquillado un poco y sabía que estaba estupenda, esplendorosa, a la espera del imprescindible profesional de clase alta que se encargaba de los planos, los papeles, de todo lo serio, lo que no tenía que ver con trabajos groseros.

  Llegó en su cuatro por cuatro a la hora puntual, lo que era un buen síntoma, con el rollo de los planos para repasar los temas que faltaban, bastante importantes, sobre el depósito del agua, la electricidad y los residuos. Era un tipo de aspecto viril, cuarentón, con sus vaqueros de marca, sus botas. Aparcó cuidadosamente al lado del Mercedes de Estrella, emparejándose ambos vehículos.

  Ella tenía cuidado ahora de no coquetear y de mantener cerca al tío Eusebio, convertido ahora en jefe de obra. Su presencia la salvaguardaba del otro. Una mujer atractiva tiene que preocuparse de mantener esas combinaciones.

  Sin ninguna duda, para Navidad habría agua y electricidad en la casa principal. La otra (la que ocuparían los tíos) estaría lista un par de meses más tarde. La piscina, para el verano. El precio…, bien, lo que se esperaba. Pero ahora Estrella no contaba ya con los veinticinco mil dólares trimestrales que le pasaba Marcus Ellis. Un poco tacaño, Marcus: en Filipinas solo le dio a su todavía esposa diez mil por los servicios, más gastos. Tal vez pensó que ella ya se había cobrado por su parte, por la perversión (que en realidad no llegó a darse). Marcus parecía contento del nuevo trato, pero también debía de sentirse molesto por el hecho evidente de que Stella (no Estrella) se sentía no menos contenta de por fin librarse de él.

    Tampoco había gastado mucho en Alemania, y en cuanto se mudasen, la casa de Torremolinos se pondría en alquiler, como ya estaban sus otras propiedades, generando más ingresos todavía (su negocio). Qué maravilloso era el dinero.

  De todas las cosas de la finca, lo que más impresionaba era el llano donde crecerían los árboles. La otra franja de tierra, el huerto para la verdura, también le iba a gustar mucho a la madre, pero los árboles crecerían y darían sombra, los árboles serían aún más bellos, aunque algo menos entretenidos. Al cabo de unos cuantos años, claro está.

  Dio la hora de comer y Estrella se dio por satisfecha. Eusebio dijo que se quedaría con “los hombres” e irían a comer a un restaurante en el barrio próximo, una especie de antro para obreros que Estrella se imaginó con olor a tabaco, voces roncas, televisión a todo volumen y la musiquita de la máquina tragaperras. Ella se volvió al cortijo a recoger a la madre. Dio un beso en la mejilla a su tío, como cuando era niña.
  
  Al día siguiente, ya de vuelta en Torremolinos, adonde llegaron a la hora de comer, estaban cansadas, pero seguían hablando de los árboles, las casas y el futuro. De repente, tenían algo de lo que hablar todo el tiempo. De los planes de cuando se fueran del chalecito de Torremolinos, que tampoco les había dejado malos recuerdos.

  Y a la tarde, mientras caminaban lentamente por el paseo marítimo de Torremolinos (la madre necesitaba apoyarse en el bastón), Estrella comentó que al tío Eusebio le gustaba eso de ser jefe de obra. Nunca había sido jefe. Albañil, muchos años, pero solo uno más entre los otros. Ahora era capataz de sus hombres. Se iban a comer juntos y hablaban de sus cosas de hombres.

  “Seguro que hablan mucho de mí”.

  La madre puso mala cara. La hermana se dio cuenta y miró para otra parte.

  Y Estrella podía imaginarse a aquellos seis o siete hombres comiendo ensalada, choto al ajillo y unas sardinas, todo regado con vino de la tierra, en el barullo del bar-restaurante-para-currantes. Y fumando. Se les habría juntado un conocido y se habría puesto con ellos, a chismorrear, a la manera de los hombres.

  Estamos arreglando una finca de ahí al lado. Dos casas, una piscina, un huerto y un muro.… Tenemos tarea. Trabajillo no falta.
  Y quien paga es la sobrina de éste.
  Mi sobrina, la puta.
  Manda huevos, en vez de pagar a una puta, una puta nos paga a todos…
  ¿No la has visto hoy?
  Yo estaba a lo mío. Vi el coche, un Mercedes azul…
  Ya la verás otro día, merece la pena. Es guapa tu sobrina, ¿eh, jefe?
  En realidad, no es sobrina mía. Mi mujer es medio hermana de su padre. En realidad, no es nada mío. Tiene talento, eso sí.… Si la hubieras visto de niña…... una muñequita. Y muy buena, muy obediente, muy estudiosa, siempre pegada a la madre…
  Ésas son las peores…
  Las mejores, macho, las mejores. Porque a ésta no se la tiraban ni los quintos ni los camioneros. De banqueros para arriba. Políticos y cosas de esas.
  Los explotadores.…
  Casi todo el dinero se lo ha sacado a un americano que se casó con ella. Ésa habla inglés y todo… y francés, y alemán.… Ahora, por lo visto, se ha divorciado. Eso podría ser malo para nosotros, porque cada vez que se veía con el marido, le soltaba dos o tres millones de pesetas más. Esperemos que no se cierre el grifo…
  ¿Quién no sería puta así? Si tu hija, ¿eh…?
  Al menos, lo hace por un motivo. ¿Cuánto tiene esa criatura? Se compró como treinta pisos en la Costa, por Marbella, y esta misma finca, cuando esté lista, con las dos casas…, lo que valdrá.
  Trabajando como desgraciados toda la vida, ¿y qué tenemos? Una casilla, un huertecillo.… Nada.… Y tu sobrina, ¿qué edad tiene?
  Treinta no tiene. Espera, ayer lo dijeron, porque los acaba de cumplir: veintisiete años recién cumplidos.
  Y es millonaria…
  Es millonaria desde que vino de América, o quizá ya lo era antes, cuando estaba de puta en Madrid, porque en comprarle la casa a la madre, la que tienen en Torremolinos, no tardó mucho.
  En Madrid conocería al americano, ¿no?
  Supongo…
  Y luego, lo que pasa con las putas, que por muy guapas y muy finas que sean, luego tienen un chulo que se lo saca todo…
  Mi sobrina no. Es viciosa. Lo que le gustan a ella son las mujeres…. O eso dice….  En casa de la madre se ha acostado con mujeres, eso es verdad.
  Pues por mucho dinero que tenga, a mi me daría vergüenza tener una hija así…
  Bueno, la madre…...

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