Aunque a su madre y hermana no les decía nada, Estrella quería ser escritora. De adolescente escribía novelas de ciencia-ficción que eran malísimas. En una de ellas la humanidad sucumbía en una guerra contra una invasión de extraterrestres que eran tecnológica y moralmente superiores, y que acababan mostrándose como unos buenos amos.
Cuando era prostituta en Madrid quería escribir una novela para reivindicar su experiencia. Era algo natural porque se había leído todas las novelas que trataban acerca de la prostitución, como “La dama de las camelias” o “Belle de jour”. Por algo que también había leído, al principio pensaba que jamás una prostituta había escrito un libro. Después se enteró de que había precedentes. Aunque ninguna había sido considerada una autora estimable, como es natural.
Le parecía que la manera que ella tenía de hacerlo era avanzada y moderna, que contaba con aspectos revolucionarios. También llevaba un diario que había comenzado por motivos meramente prácticos, ya que le costaba diferenciar entre unos y otros clientes, a la vez que ponía empeño en atenderlos de forma muy personalizada (eso le exigía organizarse por escrito, planificar), todo lo cual, sumado a la gran cantidad de tiempo libre para dedicarse a la lectura y la reflexión, le había permitido definir sus emociones. Así, lo que había empezado como una agenda de sus citas y sus ingresos financieros fue evolucionando hasta una especie de anecdotario costumbrista.
La primera fecha que guardaba era la del 12 de marzo de 1984. Por entonces se sentía casi contenta, porque estaba a punto de comprar la casa de Torremolinos y su relación con Paula iba bien. Ahora lo recordaba como que estaba realmente contenta, no "casi contenta", pese al cansancio y al estrés, aunque es probable que en aquel momento no fuese consciente de ello, que no se atreviese a disfrutarlo.
El dinero, la estabilidad, la seguridad y las buenas expectativas de futuro la satisfacían. El dinero lo justificaba todo, porque era mucho dinero y ella había nacido pobre. Además, el dinero le gustaba mucho. Le gustaba tenerlo, contarlo, pensar en él, hacer planes con él... Era joven y sabía que el ser capaz de ganarlo, de ganar mucho más que otros que sin duda por sus merecimientos creerían tener más derecho a ello, semejante poder, las posibilidades de gasto... resultaba algo bastante portentoso. Aunque no lograra hacerle olvidar los meses anteriores, los más humillantes e indignos, los de sus comienzos… y la indignidad general, insuperable, propia de su condición, una certidumbre tan funesta como la misma muerte.
Pero ahora que era libre, pensar que su época más nefanda fue buena suponía renunciar al futuro que ya se había hecho presente. ¿Por qué no podía ser escritora, escritora de cuestiones que interesaran a personas distinguidas y no solo a lectores de gustos morbosos? Podía escribir un ensayo sobre feminismo lésbico. Podía incluso pagar la edición y distribución, según le había comentado alguien, lo cual representaría para ella un mínimo gasto. Y tenía algunas ideas para novelas, aunque ya no de ciencia-ficción (bueno, de ciencia-ficción tenía aún alguna idea… como aquella de un planeta donde se mantenía a las mujeres reducidas al estado animal, sin que los varones sospecharan siquiera que una mujer, si recibía el don del lenguaje, podía llegar a comportarse de forma inteligente).
No pensaba escribir acerca de su condición infame. Ya no poseía la capacidad de autoengañarse que tan conveniente le fue mientras pasaba horas y horas encerrada en su piso a la espera de los clientes, cuando se decía a sí misma que lo que hacía era algo avanzado y creativo. Aquello que había hecho estaba bien, sí, pero ahora consideraba que no tenía valor alguno como experiencia humana. Un par de líneas, un párrafo (negarlo, nunca), pero no un libro. Esa historia ya está contada, pensaba, y no valía la pena… el dinero sí valió la pena. Era cierto que ella lo había hecho de una forma diferente pero seguía siendo prostitución.
Cuando era una ingenua jovencita se había imaginado que se implicaría intelectualmente con las personas (de ambos géneros) que participaran en la vanguardia social (personas de elevada humanidad... ¿de alto nivel espiritual?). El verse limitada o estigmatizada por su condición femenina era algo que no había considerado entonces y las advertencias al respecto de su pobre madre, la pueblerina casi analfabeta, siempre las había desdeñado. Pero al fracasar en los estudios y caer en la infamia su horizonte humano quedó muy restringido (no salía de su piso en Madrid, trataba a muy pocas personas aparte de a los clientes) y ahora, al ser ya libre, mujer rica ociosa, joven y muy atractiva, forrada de dinero, hablando inglés perfectamente, conocedora de bastantes cosas del comportamiento humano y con muchos libros leídos, ese horizonte se había ampliado de forma espectacular.
Pero sus expectativas nunca volverían a abarcar la totalidad, porque ahora su condición de mujer la limitaba, a lo más, a la mitad de todo. Su condición de lesbiana podía limitarla todavía en mayor grado, y su oscuro pasado aún más. A su favor, contaba con tres posibles ventajas: la primera era que, con su dinero, su atractivo físico, su tiempo libre y su dominio del inglés la comunidad lésbica mundial que quedaba a su alcance suponía un montón de gente en términos absolutos (no relativos); la segunda era que diariamente se robustecía para ella la sospecha de que el lesbianismo (feminismo lésbico) tenía las claves no solo de la resolución de la problemática de la inadaptación de la mujer al mundo construido por los hombres, sino de la resolución del mismo problema humano en sí; y la tercera ventaja podía ser que el lesbianismo, sobre todo el tipo de lesbianismo que ella practicaba, muy próximo al estilo erótico del "porno de lujo", era sensual y estéticamente atractivo para todos o para casi todos los públicos en el aquí y el ahora.
Existía además, según fue averiguando, una cierta tradición lésbica, con sus escritoras, poetas y artistas. Le llevó tiempo conocer esas referencias y más aún desenredar sus muy diferentes significados. De momento, leía desordenadamente cosas sobre Gertrude Stein, la dichosa Safo y autoras aún más recónditas, como Natalie Barney. Poco a poco leía.
Durante el año y medio que había sido la fiel y dedicada esposa de Marcus Ellis había leído mucho. Había tenido mucho tiempo para pensar mientras su marido trabajaba en la oficina, haciendo dinero para ella (o más bien: haciendo dinero para pagarse él su caro capricho de tener una esposa-esclava). Todavía más tiempo que el que tenía cuando esperaba, pasiva, casi inmóvil, dentro del piso de Madrid, porque en American City había estado mucho más sola (sin Paula, sin Patri, sin Toñi…). Quizá fue una etapa que se podía comparar al servicio militar de los varones, una reclusión forzosa cuyo abundante tiempo libre había que emplear en algo.
Aprender inglés, por supuesto, fue su primer objetivo. Lo había sido siempre, y una de las buenas razones por las que accedió a casarse con el tipo aquel. Eso lo dominó en los primeros meses gracias a lo que ya sabía antes de conocer a Marcus, a lo mucho que a éste le gustaba hablar con ella (era un gran charlatán) y a las clases particulares que le daba una simpática negrita que hacía venir a su casa por las mañanas. La tele y los libros le permitieron incrementar su vocabulario y el dominio de la sintaxis bastante más allá de las capacidades de su marido mismo. Traspasado el umbral (algo que fue para ella más difícil que para la mayoría de las personas que se hubieran encontrado en sus muy favorables circunstancias), su rápido aprendizaje permitió que, en adelante, nadie se diera cuenta de que no era una hablante nativa. Ni por su acento, ni por su vocabulario ni por su uso de expresiones y giros. Pensar en su dominio del inglés siempre le proporcionaba una satisfacción equiparable a la de pensar en el dinero que había reunido.
Más allá de aquel aprendizaje desprovisto de contenido, el tiempo que no dedicaba a complacer a su esposo (que no se puede decir que desatendiera sus prerrogativas) lo dedicó a leer, a escuchar música (se aficionó incluso a la ópera, que había empezado a conocer en Madrid) y a entablar una complicada red de amistades por correspondencia en la que se combinaba el puro interés sexual y las utopías feministas y religiosas. Así, cuando saliera de su encierro tendría a mucha gente que visitar, muchas experiencias que conocer. Sin embargo, la relativa euforia de su puesta en libertad se vio seguida por una cierta desorientación acerca de sus opciones. De lo que quería hacer a partir del momento en que podía hacer lo que quisiera. El dinero es libertad, pero la libertad también presenta el problema de la responsabilidad al equivocarse una sin poder echarle la culpa a nadie.
Ahora podía hacer muchas cosas y resultaba inevitable que aquello que iba a hacer era escribir. Su pobre madre pensaba que lo que temía era aburrirse, pero no se trataba de eso: en su vida se hacía necesaria una justificación y su fracaso como estudiante tenía que compensarlo con la expresión de algún talento. La causa profunda de su fracaso persistiría siempre. Quien no es capaz de sacar unos estudios universitarios del montón, ¿iba a poder sacar adelante una empresa intelectual revolucionaria? Muy revolucionaria tendría que ser si partía de cualidades tan anormales.
En la primavera de 1987, cuando ya dominaba el inglés (con un vocabulario más amplio que el de su marido), se dio el capricho de pagar los servicios de un gabinete psicológico en American City. Les explicó lo que le había pasado. Lo que ella era: que, a simple vista, la juzgaban inteligente, pero que había fracasado en los estudios superiores y había tenido enormes dificultades para aprender inglés. El psicólogo (o psicometrista) observó que, sin embargo, pese a las dificultades intelectuales que mencionaba, ahora dominaba el inglés con una perfección que no era habitual en una extranjera (sin acento, sin errores gramaticales, con un vocabulario rico y elegante). A primera vista, su tipo de inteligencia tenía una estructura particular, pero eso no quería decir que ella no fuese inteligente. Tal vez un poco siguiendo las expectativas de la clienta, aquel psicólogo le dedicó unos días (la puso a hacer tests muy variados) y elaboró un informe que venía a decir que su cociente intelectual era alto, del nivel que, en efecto, solía garantizar el éxito académico en los estudios superiores (de 115 en adelante), pero que existían algunas peculiaridades que podían responder a su propia intuición al respecto. La inteligencia humana es una estructura compleja, modular, como eso de que las mujeres no saben aparcar los automóviles o que hay gente que no reconoce los rostros (eso le sucedía también un poco a ella, y se llama prosopagnosia). La estructura de Estrella implicaba una inteligencia no convencional, en la que, entre otras cosas, destacaba una memoria inconsciente deficitaria -le constaba memorizar aquello que no podía comprender conscientemente... por eso no pudo aprender inglés solo "oyendo hablar". En cualquier caso, era correcto pensar que su fracaso en los estudios no había sido "culpa" suya. Quizá aún pudiera lograr cierto éxito académico ("sacarse una carrera"), sugirió el psicólogo, si empleaba determinadas técnicas de estudio especiales... o incluso algún psicofármaco (¿anfetaminas?)... Sin embargo, a Stella ya le tenían sin cuidado las "carreras"; el ser rica compensaba su esterilidad académica.
En resumen, que no perdía nada en pensar en que, siendo ella una persona rara y diferente desde un punto de vista psicológico… tal vez fuese también una persona genial. ¿Por qué no apostar por ello?
En la vida, por supuesto, también contaba el placer. Y en su caso, el placer no podía ser otro que el del sexo. Sabía cómo darlo, y también sabía cómo recibirlo. Carecía de prejuicios. El placer es muy agradable, es un pasatiempo irresistible. El placer del sexo es, además, sano. Y permite hacer amistades y vivir relaciones humanamente complejas.
Siendo bella, rica y lesbiana, disponía de mucho placer a su alcance. La belleza femenina probablemente era algo que no valía mucho (aparte del dinero que le había permitido ganar) aunque existieran ciertas sospechas al respecto (algún filósofo opinaba que la belleza femenina contaba con un significado existencial). En cualquier caso, estaba claro que podía obtener placer para sí misma, no solo darlo a otras.
“A ti, que de niña te gustaba tan poco arreglarte, ahora resulta que vives de tu apariencia”, le comentaba la madre, resignada. Y era verdad. De niña era un desastre. Muy guapa, inevitablemente, debido a la grandeza de sus ojos verdes de mirada dulce, seria y profunda; a la blancura y suavidad de la piel; y a un buen cuerpo... pero mal vestida, despeinada, con caspa y muy torpe y vergonzosa. De adolescente, durante el año o dos que había sido una estudiante más o menos normal, había tratado de mostrarse como una intelectual, incluso como una inconformista. En cuanto descubrió los vaqueros y las zapatillas deportivas baratas, ya no se preocupó de vestirse de otra forma. Apenas sabía maquillarse, no le interesaban las coqueterías. Ella iba a estudiar. La primera en su familia que estudiase. Todo el mundo le decía que era muy guapa, incluso muy creída y mimada (o todo lo contrario, pero raramente le decían cosas agradables en cuanto a su aspecto). Pues bien, demostraría su talento intelectual trascendiendo a una clase humana superior.
Luego resultó que no tenía el talento que tantas y tantos otros tienen (la tercera parte de la población mundial... como mínimo). Aceptó su fracaso, bebió del amargo cáliz de la humillación, la soledad y la conmiseración, y se suicidó socialmente a consecuencia de ello: se hizo prostituta. Y eso la obligó a cambiar de aspecto de nuevo. Lo aceptó al instante, casi como una mortificación. Desde luego, depilarse y calzar zapatos de tacón era molesto, y el maquillarse siempre la hacía sentir insegura. Y las cosas de la entrepierna... peor todavía...
Ahora seguiría haciendo uso de su belleza, otro bien cuantificable que poseía, como el dinero, las propiedades inmobiliarias y su dominio del inglés. Haría uso de su belleza con cierto cinismo: no tengo talento, pero soy guapa y soy millonaria; es lo que tengo. La que tenga más, que lo disfrute. Yo no tengo más. Y la que tenga menos, peor para ella, yo ya tengo bastante con mis problemas…
La belleza suponía placer. Y le gustaba el placer. No le gustaba coquetear, ni divertirse ni presumir de lo que no tenía mérito ni entrometerse en la vida de otros. Pero el placer sí le gustaba. El lesbianismo no estaba mal. Estaba muy bien, y para disfrutarlo a fondo, mientras más bella se fuese, mejor. Tenía suficiente experiencia en lo otro como para saber que el coito, las cosas genitales, las de los tíos, lo animal... todo eso se regía por reglas brutales que nadie puede modificar. En cambio, el lesbianismo bien hecho, bien vivido y gozado a fondo requiere de cuanta más belleza mejor. Belleza de todo tipo.
La inteligencia y el talento también eran elegantes, decoraban muy bien la belleza sensual. Qué le pasaba a su inteligencia. Ella siempre había tenido pinta de inteligente, por su forma de hablar, por su afición por los libros… Como puta, había sido una especie de Einstein, pero ahora, en el mundo normal… y con lo que no era tan normal, el mundo de las lesbianas, con todas esas universitarias… las admiradoras de Simone de Beauvoir y Virginia Woolf…
Cuando le comentó a Marcus Ellis la existencia de lo que ella (y el psicólogo contratado) consideraban un error en su cableado neurológico, éste, divertido y enamorado, se puso a darle besos en el pelo suave y perfumado, como reconociendo su cráneo, y agradeció al providencial Dios de los norteamericanos el defecto neurológico sin el cual aquella chica tan guapa, tan inteligente y tan buena jamás se hubiera convertido en prostituta y, como consecuencia de ello, en su esposa a sueldo. A Marcus, el comerciante inculto y astuto, le encantaba constatar que él sabía hacer buenos negocios.
Ahora, gracias al abundante dinero ella creía tener una nueva oportunidad. Podía escribir un ensayo. Podía convertir sus circunstancias aberrantes en la base de una teoría. Primero los libros, y ahora las personas que estaba conociendo. Comenzaba todo a tomar forma, pero ¿cuánto tiempo iba a llevar? Calculó que necesitaba leer unos doscientos libros. Y leerlos bien. Haciendo fichas, resúmenes. Irène le enseñó un poco acerca de eso, con su tono condescendiente e irritante. Pensaba que la vergüenza que había pasado con ella, cuando le demostraba su incultura, había acabado por valer la pena.
Esta Irène tuvo su importancia. La conoció en París en febrero de 1988, durante sus primeras búsquedas al fin de su reclusión. Era una típica lesbiana feminista intelectual (con el pelo corto, la cara pequeña, con gafas, casi masculina) que trabajaba en un centro de servicios sociales (orientación a la mujer) en una localidad al sur de Paris con ayuntamiento comunista. No guapa pero tampoco fea, su forma de hacer el amor no era de las favoritas de Estrella -en cierto modo, lo más parecido a un hombre con lo que se había relacionado sexualmente por propia voluntad- aunque tenía sus momentos apasionados... no era aburrida. Irène se había sentido muy atraída por la bella española y aparte de abrirle su cama también le abrió algunos pequeños secretos de la vida intelectual.
Como todas las feministas de izquierda, Irène defendía a la mujer como clase oprimida, es decir, como parte de la lucha política, lo cual a Estrella le parecía un asco, porque ella consideraba que tanto la política como el izquierdismo eran cosas de hombres (y en esto nunca cambiaría de opinión). Estrella pensaba que las mujeres deberían buscar un campo de actividad social no político. Irène le decía que eso era imposible, pues todo lo social es político.
En los meses que siguieron, poco a poco, Estrella comenzó a sospechar que, en base a los textos que había leído, las fichas que estaba haciendo, sí que era posible hablar de activismo social no político. Estaba pensando en la religión y comenzaba a razonar los límites entre una y otra cosa. Gracias a los libros pensaba que le estaba comenzando a salir un discurso coherente. Irène había logrado avergonzarla por su anterior descuido en la metodología intelectual, pero eso no iba a pasar otra vez.
La religión siempre le había gustado. Hasta los diecisiete años había creído en Dios y hasta soñó con ser monja (nunca se lo dijo a nadie, pero la madre la había prevenido en contra, por si acaso). La santidad de las mujeres la excitaba. Lo que más le atraía de ello era el recogimiento ante Dios, y la dulce sororidad de la comunidad femenina. El deseo de ser monja o santa, de recibir la caricia pura del buen Dios (padre) y el dulce Jesús (esposo), junto con sus amoríos infantiles con las muñecas más esponjosas, más maternales y menos huesudas, formaron la base infantil de su sensualidad adulta. Como prostituta se había comprado dos disfraces de monja (el más celebrado era el de novicia, la Doña Inés de toda la vida). A algunos de sus clientes los había vuelto locos cuando la vieron arrodillada, los ojos bajos, el gesto devoto, con el rosario en las manos y rezando el “Ave María” con voz susurrante. Solo hubo uno que se indignó y dijo que aquella broma no le gustaba.
Estuvo bien burlarse de su propio narcisismo espiritual. Pero la religión le seguía gustando.
Por una revista que recibió por correo desde España cuando estaba en Estados Unidos, se había enterado de que existía en Francia una especie de comunidad religiosa de seguidores del Mahatma Gandhi (después se enteró de que también estaban en España e Italia). Les escribió y le ofrecieron visitarlos a primeros de 1988, lo que coincidiría con el fin de su trabajo como esposa-concubina.
Así que había pasado poco más de un mes en aquella comunidad religiosa (mucho más cristiana que hinduista) en las montañas del sur de Francia, en un paraje natural bellísimo, muy frío y misterioso. Allí conoció a muchas mujeres hermosas, vestidas como campesinas medievales. No hacía mucho del gran éxito de la película de acción ambientada entre los amish, y por entonces no faltaban quienes se sentían atraídos por la pureza de la vida granjera en armonía.
La que no vestía de campesina medieval, sino de pantalones y zapatillas, porque también era una visitante, era una chica suizoalemana llamada Martina, con un precioso rostro infantil y un encanto angelical que a la vez se combinaba con su gran estatura y un tono de voz como de niño. Hablaba español maravillosamente porque había pasado una temporada en España y planeaba irse de cooperante a América Latina. Tenía veintiún años, cuatro menos que Estrella. Compartieron un dormitorio de camas de litera con una chica belga un poco tonta. Se enamoró.
(Antes de llegar a aquel lugar, durante sus primeras semanas de libertad, había visitado Madrid, donde se reencontró con sus antiguas empleadas -la guardaespaldas, la limpiadora y la peluquera- y había tanteado algunos ambientes lésbicos de la “movida” que eran casi por completo dependientes del mundo gay masculino. Todo le pareció vulgar. Mucha juerga, mucha droga, mucho izquierdismo revolucionario de apoyo a Cuba y el terrorismo vasco. Casi no había chicas guapas y las poquitas que había le estaban vedadas por sus novias celosas y hombrunas. No fue la primera celebración de su nueva libertad, pero supuso un buen contraste con la experiencia en la comunidad religiosa que vino después, y donde la gente era, según la tradición, más o menos defensora de la abstinencia sexual.)
Al final se atrevió a declararle su amor a Martina. Fue uno de los últimos días, aprovechando un paseo a solas por aquellos bosques maravillosamente densos, verdes y húmedos. La chica se asustó y cambió la actitud que hasta entonces había estado madurando hacia una bonita amistad femenina cada vez más íntima. Estrella se fue a París, pero la experiencia religiosa le había gustado y, durante un tiempo, conservaría la amistad de Martina.
Y después, en París, conoció a Irène y tuvo alguna relación de tipo social (o asociativa) un poco mejor que en Madrid, aunque esencialmente la ideología era la misma: feminismo como parte del batiburrillo de la izquierda radical, ecologista, tercermundista, terrorista y tremendista. A finales de marzo, cumpliendo lo acordado, viajó a Estados Unidos para complacer a su todavía marido durante una semana, y volvió con 25.000 dólares más. Fue entonces cuando pensó en lo de comprarle a su madre una finca, con un huerto. La experiencia en el campo le había gustado también a ella, y sabía que a su madre, de origen campesino, le encantaría tener una casa así. Marcus Ellis le había enseñado la palabra “Orchard”, una vez que la llevó al pueblo del que procedía, en una zona rural pobre (pobre para ser en los Estados Unidos). Marcus le enseñó un terreno que quería comprar, donde iba a construirse una mansión y plantar un "Orchard"... pero el proyecto se vino abajo porque ese dinero se lo había gastado en ella... Eso le dijo, de buen humor -te prefiero a ti...
El chalecito adosado de Torremolinos no estaba tan bien. Tenía dos pisos y dos baños, y eso suponía un palacio para unas pobres mujeres como ellas, procedentes de un barrio obrero, pero aunque en verano, con el sol que se reflejaba en la blanca fachada y algunas flores, mejoraba bastante, el resto del año resultaba frío y desangelado. Se había comprado con prisas (la primera compra con su dinero indigno) y solo contaba con un pequeño jardín de dos metros cuadrados. Los vecinos no eran malos, pero estaba un poco aislado, sin la ventaja del silencio ni la de contar con la abundancia vegetal que a su buena madre le atraía tanto.
Cuando volvió a casa desde París (había volado a América desde allí) tras un largo viaje en automóvil de dos mil kilómetros ya iba gestando la idea en su cabeza, y tras una semana de feliz vida casera en Torremolinos con la madre y la hermana, visitaron a sus tíos en el cortijillo. Estos estaban muy atareados reformándolo ya que no hacía mucho que habían vuelto de Alemania con sus ahorros.
Por entonces, precisamente, Estrella estaba empezando a aprender alemán, la lengua de Martina, y sus persecuciones espirituales-religiosas no habían cesado (¿la compra de una finca con "Orchard" no implicaba también cierto contenido espiritual?). Además, había conocido a alguna lesbiana alemana en París -para su sorpresa, y a diferencia de suecas y holandesas, no hablaban todas inglés- y esta había hecho lo posible por atraerla, asegurándole que había un ambiente lésbico muy bueno en ciudades como Berlín, Frankfurt o Hamburgo. Alemania era el país de Kant y de Beethoven, y la lengua alemana sonaba profunda y solemne. De momento, pensó en ir a Alemania como “turista sexual” adinerada, algo muy diferente a como habían estado allí sus tíos, doce o catorce años poniendo ladrillos o fregando suelos. De camino, pasaría por Suiza para volver a ver a Martina, su ángel rubio. Todo eso eran cosas que se podían hacer con dinero. Algo surgiría.
La tía Reme era cálida y divertida, le gustaba mucho a la madre, y el tío Eusebio no era un hombre antipático tampoco. Aparte de su calidez natural, había algo en la tía Reme que la hacía sentirse especialmente unida a ella, y era que la madre de Reme también fue prostituta. El abuelo, el padre de su padre, pequeño propietario y comerciante, había enviudado y se casó con una mujer joven que ya había tenido un hijo de soltera, al que reconoció como suyo (aunque todo el mundo pensaba que no lo era). No es que el abuelo fuese rico, pero algo tenía: unas viñas, unos olivos y algún negocio de estraperlo al por menor. De aquel segundo matrimonio nació Reme (solo medio hermana entonces del padre de Estrella) pero el asunto tuvo mal final. Por lo visto, la joven esposa se enrolló con un pariente del marido, más joven y sin duda muy varonil, y los adúlteros hubieron de escapar, llevándose todo el dinero que pillaron en la casa. Años más tarde, alguien la había visto casualmente en Madrid, y ella se había jactado de que se ganaba bien la vida, dejando entender la forma en que lo hacía. En realidad, la tía Reme apenas había conocido a su madre.
Ese tipo de historias sórdidas no eran demasiado raras en su familia. Estrella aceptaba ser una edición moderna de la misma tradición. Claro que, dentro de tal contexto, sus millones de pesetas la convertían en una triunfadora.
A Estrella le interesó también que sus tíos le contaran de su experiencia en Alemania. Los seis hijos del matrimonio, sus primos, la mayor parte de los cuales se habían criado en el entorno de la clase trabajadora alemana, sin duda tendrían otra visión. Y ella, cuando viajara allí por su cuenta, tendría una visión diferente. Ya conocía un poco el mundo anglosajón de Estados Unidos (aunque había vivido allí como propiedad sexual de Marcus, una situación muy especial, muy anormal) y algo del mundo francés. Necesitaba una visión más profunda ya que, al fin al cabo, pretendía llegar a los límites de sus posibilidades de conocimiento.
Aunque todavía no dominaba el francés, encontraba que aprender alemán era interesante. Y había otro asunto pendiente: varias personas le habían preguntado (en la granja gandhiana, en Madrid, en París) si tenía estudios o profesión, pero ella no tenía nada y eso quedaba mal en cualquier "intercambio interpersonal" (“tengo la suerte de ser una mujer rica", era lo que solía contestar, tratando de aparentar despreocupación). Sin embargo, hacía tiempo que había oído decir que se podía pasar un examen en Inglaterra y obtener un certificado que en España permitía dar clases de inglés a niños de primaria en colegios privados (y a particulares en academias privadas, por supuesto), con lo cual tendría todo el derecho del mundo (el título) a presentarse como “profesora”: eso le interesó. Ser profesora de algo le podía permitir salir del paso en cualquier circunstancia, lo que esperaba que le aportara ciertas ventajas en la vida social, algo a lo que no tenía por qué renunciar, de modo que empezó a reunir información más concreta acerca de cómo conseguir su objetivo, su "título". Podría decir: "soy profesora de inglés, pero no ejerzo". Y añadir entonces lo de que, “por suerte, soy rica”. Podía también decir, honradamente, que era empresaria, puesto que en efecto tenía una empresa (de cuya gestión se encargaba otro) con todos sus apartamentos turísticos en alquiler. Aunque quizá era más honrado decir: “estuve casada con un hombre adinerado”. (Pero al final, ella, que era charlatana y no siempre podía controlarse, confesaría: “he sido prostituta”).
Aprender inglés siempre fue una de sus ambiciones. Cuando su fracaso en la Universidad ya era innegable planeó vagamente irse a Inglaterra a aprender inglés como chica "au pair". Pero carecía de información concreta sobre el tema, de dinero para ponerlo en marcha y, por supuesto, sus padres no apoyaban semejante iniciativa (había una famosa película del posfranquismo en la que se narraba cómo a las estudiantes españolas vírgenes las violaban en Inglaterra). En cuanto renunció a los estudios y se decidió a caer en la indignidad a cambio de dinero, se buscó un manual de inglés barato y, tras la necesaria pausa para sacarse el carnet de conducir, reemprendió el paciente aprendizaje, con libros y cassettes. Y en cuanto tuvo más dinero, se buscó una profesora particular que venía todas las mañanas a darle clase en su piso de Madrid, y por eso, cuando conoció a Marcus en Inglaterra, ya era capaz de hablar con él. Pero no aprendió deprisa.
En los días de la primera mitad del año 1988 fue también cuando finalizó los papeleos y trámites para organizar la gestión definitiva de todas sus propiedades. Antes de salir a América para convivir con Marcus durante seis meses (en un principio, no contaba con que le propusiera matrimonio) ya había tenido un par de semanas en España para informarse sobre cuestiones de impuestos, depósitos, transferencias y cambios de moneda. Para conseguir consejo jurídico, contactó con la abogada Pilar, una ex-compañera de clase (ya había contactado antes con ella en el verano del 85, en especial para organizar el divorcio de sus padres), dio un poder notarial a la hermana y llegó a un acuerdo con Álvaro, el "empleado de confianza" de la agencia inmobiliaria que ya desde 1985 gestionaba los primeros pisos en alquiler que ella había comprado (y que era de donde salían los ingresos de los que vivían la madre y la hermana). Este Álvaro, impresionado por la belleza de Estrella, se había mostrado siempre muy atento, y ahora había aceptado dedicarse a buscar los nuevos apartamentos que la hermana (carente del menor atractivo físico y de cualquier desenvoltura personal) podía ir comprando con el dinero que cada mes llegaría de América como maná del cielo.
Por aquellos tiempos el dólar estaba muy alto y, según el consejo que recibió, lo más conveniente era comprar cuanto antes y poner los apartamentos en alquiler cuanto antes. Así que desde American City tenía que empujar a su indolente hermana a que fuera adquiriendo los apartamentos que Álvaro, al tanto de lo más demandado en el negocio de los alquileres para turistas, le iba señalando. Estrella le decía a la hermana que siempre consultara con Pilar cualquier duda acerca de trámites notariales, bancarios y de impuestos. No era mucho trabajo, pero la hermana carecía de vocación alguna de propietaria (y mucho menos, de empresaria). Pese a todo, salió bien. Estrella sabía de la honestidad de Pilar y era evidente que Álvaro ponía un interés personal en el asunto. Ambos se llevaban también sus correspondientes retribuciones por el asesoramiento y no cayeron en la tentación de estafarla. Fue así como se compraron los veintinueve apartamentos, que, sumados a los cuatro que ya tenía (sin contar la vivienda en Torremolinos), sumaban su patrimonio, su riqueza, de treinta y tres propiedades que generaban ingresos regulares. Serían treinta y cuatro cuando se mudaran a "Villa Orchard", y la casa de Torremolinos también quedó disponible para producir rentas.
A su regreso ya tenía la idea de crear su propia empresa inmobiliaria. No tenía sentido que casi la mitad de las rentas se las llevara la agencia y los impuestos. Para Álvaro era una gran oportunidad. Con la ayuda de Pilar constituyeron la empresa. Álvaro se convirtió en gerente, ganando el triple de lo que sacaba en su antiguo trabajo y Estrella se encontró con unas ganancias equivalentes también al triple de lo que ganaba una catedrática por entonces. Todavía podrían ganar más, porque Álvaro pensaba captar clientes nuevos, otros propietarios que les confiaran la gestión (él se llevaría la mitad de los beneficios comerciales).
Para decepción de su nuevo gestor financiero (tenía la carrerita de Empresariales), le tuvo que comunicar que no podía regalarle una tarde de "amor" porque seguía casada con Marcus, y un trato es un trato: en tanto que ella era lesbiana, tanta más razón tenía el marido para exigir fidelidad. Sin embargo, Estrella no pensaba negarle el capricho caso de quedar libre de su compromiso conyugal. Al fin y al cabo, era solo cuestión de echarse en la cama y lubricarse. Recordaba cómo lo había hecho en Madrid con el de la inmobiliaria que le alquiló el primer piso donde había ejercido la prostitución por su cuenta. Era bastante menos complicado que complacer un hombre de la forma en que ella lo hacía cuando necesitaba asegurarse de que el cliente quedara contento hasta el punto de querer repetir... y pagando cuatro veces (y después cinco, seis, y más) el precio normal de una prostituta joven y guapa.
Fue, pues, con sus tíos exemigrantes, a la vuelta de su viaje de Francia, cuando comenzó a rumiar en alta voz la idea de comprar una buena casa por la zona, con un buen huerto, con frutales. De inmediato el tío Eusebio reaccionó con interés: se trataba de dinero.
En mayo volvió a viajar. Estancia en Madrid (donde lo que más le gustó fue volver a ver a sus ex empleadas), visita a Barcelona (donde no encontró nada mucho mejor que en Madrid) y visita a Suiza, a Zurich, donde Martina aún vivía con sus padres pero planeaba ponerse a estudiar para fisioterapeuta o dentista, aunque sin abandonar su idealismo ni su amor a la naturaleza. Estrella había tomado una habitación que era casi una casita independiente para su visita de una semana. Un poco caro, pero ella disponía de muchísimo dinero.
Martina aceptó la aventura de pasar por su experiencia lésbica: el emocionante momento había llegado. Inevitablemente sintió placer y amor, pero al día siguiente, cuando volvió de dormir en casa de sus padres, pareció otra vez asustada: durante la tarde de amor, Estrella se lo había contado todo, lo de la prostitución, lo de su marido americano y cuando llegó la noche, cada una por su lado, a Martina, solita en su cama de niña, todo aquello se le había venido encima. Ella era de mentalidad progresista pero de origen completamente burgués (y cristiana creyente, además). Era raro en Estrella que no se lo hubiera dicho ya antes, cuando estaban en la granja francesa. Sí la había informado de su matrimonio en Estados Unidos, pero no de la manera en que había conocido a Marcus y en qué había consistido realmente aquella relación.
Estrella estaba enamorada, pero no sabía qué iba a pasar. Después de separarse de su amada continuó el viaje. Esperaba cartas. No sabía qué iba a pasar. Recordaba su disgusto con Paula, su primera amante y compañera de burdel. Martina le parecía adorable, sin punto de comparación con la tosca Paula, pero era difícil juzgar lo que sentía y cómo actuaba. Le daba la impresión de que aquella sociedad centroeuropea era diferente. Le parecía que todo el mundo allí era o muy sólido o muy frágil. No sabía a qué atenerse.
En París, descubrió que Irène se conmovía por su presencia más de lo que quería reconocer. A ella también se lo contó todo. No se dejó impresionar, pero la intelectual de izquierdas un tanto endurecida lo juzgó, simplemente, perverso. A finales de junio, nuevo viaje a América, y regreso con otros 25.000. Vino entonces el periodo de tiempo de su primer verano en libertad, en el que se encontró perdida y desorientada en plena Europa. Un extraño intervalo que siempre recordaría por el cielo azul, los paisajes ostentosamente verdes y floridos, y las carreteras de montaña perfectamente cuidadas por las que ella circulaba con su coche lujoso, ella, la joven lujosa. Ésa fue otra oportunidad de experimentar la belleza espiritual. Por las mañanas, en los hoteles, sola, rumiaba en el duermevela inquietudes bondadosas y universales. A la tarde, experimentaba inquietud y una rara soledad.
Al final del verano fue a por otros 25.000 (la rutina trimestral comenzaba a hartarla) y ahora ya estaba decidida a buscar una finca. Aunque se quedó hasta mediados de diciembre por Norteamérica e Inglaterra -se operó los pechos y se sacó el título de "profesora de inglés"- dio instrucciones para la compra. Álvaro y el tío Eusebio se habían puesto a ello y proporcionaban emplazamientos posibles para el proyecto, con nombres, números de teléfono y estimaciones de posibles precios. Álvaro también se llevaría su parte por gestionarlo todo, por supuesto, de modo que no podía quejarse de los beneficios que obtenía de su relación con la adinerada cliente… aunque Estrella lo estropeaba un poco al recordárselo de vez en cuando: que Álvaro, al principio, cuando lo conoció unos años atrás, era solo un empleadillo y ahora tenía su propio negocio, con buenas expectativas de futuro. Todo eso era cierto, pero a nadie le gusta que se le restriegue que su buena suerte se debe a la voluntad de otro. Y si se está, además, enamorado o sexualmente fascinado por esa persona, pues peor aún. Estrella cometía aún muchos errores de ese tipo con la gente. Y tardaría en darse cuenta de ello. En cuanto al tío Eusebio, él y su esposa iban a tener mucho que ganar, tanto en las obras que habría que llevar a cabo como a la hora de contar con un cómodo y bien remunerado empleo como cuidadores de la finca que iba a comprarse.
Cuando volvió en diciembre -en Inglaterra se había sacado ya el título de "profesora" y en Norteamérica se había dado el otro capricho-, con las fincas ya localizadas, el tío Eusebio la llevó a echar un vistazo a algunas ofertas. El tío Eusebio argumentaba sobre cuestiones razonables: el agua, la electricidad, los permisos, el trabajo que habría que hacer para preparar el terreno, los costes de la construcción.
Los propietarios tenían todos mala pinta. Brutos rústicos, codiciosos y desconfiados, pero Álvaro descubrió muy pronto a su hombre: uno que parecía el más bruto de todos.
La finca estaba un poco demasiado cerca de la pequeña ciudad de Vélez-Málaga, a juicio de Estrella (en realidad, se trataba de un barrio periférico), pero Álvaro señaló que precisamente por eso se trataba de una inversión con futuro: el terreno era urbanizable, quizá dentro de veinte o treinta años valdría mucho más y, de hecho, el bruto ya estaba recibiendo ofertas por él. Por sus propias razones particulares, el tío Eusebio apoyó la opinión de Álvaro. Al tío quizá le atraía estar cerca de las tabernas y resto de ambiente masculino de una población más crecida que la de los pueblillos y aldeas. A la madre le atraía asimismo: sería más fácil para que sus nietos vinieran a verla y estaban cerca de donde vivía otra de sus queridas sobrinas (una infeliz cuya propia historia no carecía de detalles sórdidos).
La otra opción mejor que había aparecido era un pueblecito, ocho kilómetros más arriba o, mejor dicho, hacia la izquierda y hacia arriba: peor comunicado. Allí por poco dinero se podían comprar casi un reino con una casa ya construida, pero Estrella tenía en cuenta dos factores sobre todo: que la casa atrajera a los tíos, para que se instalaran a vivir allí y se hicieran cargo de su cuidado, y que estuviera lo mejor comunicada posible para caso de que la madre necesitara asistencia sanitaria y para recibir visitas. También contaba el asunto de la seguridad. Las fincas aisladas sufrían asaltos, y aunque la finca que ofrecía el bruto estaba a unos quinientos metros de un barrio pobre de Vélez-Málaga con un poco de mala pinta, la Guardia Civil no andaba tampoco muy lejos.
Y había que reconocer que el emplazamiento era muy bello: en una dirección se contemplaba a lo lejos el castillo y el casco antiguo de Vélez-Málaga, en las laderas del monte que sustentaba la vieja fortificación árabe, y en la otra dirección se podía ver la altura de la sierra Tejeda, cuyo pico más alto, la Maroma, de dos mil metros, se decoraba de blanca nieve en invierno. A cinco kilómetros estaba la playa de Torre del Mar (amplia barriada con apartamentos turísticos que era casi como otra ciudad), donde vivía la sobrina por la que la madre sentía afecto. Diez kilómetros más arriba estaba el cortijillo de los tíos, que aceptaron enseguida el trato de convertirse en los cuidadores de la finca, de modo que podrían seguir haciéndose cargo también de sus propias tierras (no le faltaba ambición al tío Eusebio, pero a Estrella lo que le interesaba era que la tía Reme y la madre iban a vivir cada una en una de las dos casas que iba a construir para ellas).
Lo que resultó para convencer al bruto de venderle el terreno había sido la mención de que parte del precio de la compra se pagaría bajo mano
y en dólares norteamericanos. Aunque para entonces el dólar ya no estaba tan alto, el billete verde seguía poseyendo un atractivo casi comparable al valor de cambio del atractivo sexual de la misma Estrella (pero no se habría acostado con el bruto: el contrato matrimonial con Marcus seguía vigente).
Finalmente, la finca se compró a primeros de febrero de 1989, costó seis kilos de pesetas ante el notario, más 50.000 dólares en efectivo bajo mano (lo que doblaba la cifra inicial). Y no parecía mal precio. Era un terreno bueno en el mismo municipio de Vélez-Málaga, rural de siempre y ahora legalmente urbano. Eso sí, la finca agrícola, antes dedicada a los tomates y las lechugas, no tenía nada aprovechable para convertirse en residencia, solo era media hectárea de tierra llana. Arreglarlo todo, construir y todo, costaría otros treinta kilos y llevaría más de un año que se pudiera vivir en la propiedad. Ella podía conseguir pagarlo todo en diez años con una hipoteca a tres kilos al año. Podía pagar eso y más.
Supuso una disminución drástica de su dinero disponible al mes, pero, al fin y al cabo, ella no sabía qué otra cosa hacer con él. No compraba joyas ni consumía drogas, y en sus viajes no gastaba tanto. Compraría árboles de fruta, belleza natural, la felicidad de su madre.
Seguía siendo rica. Le quedaba mucho al mes para vivir y hacer lo que quisiera. Aparte de los gastos para la madre y hermana (lo que incluía a toda la finca), aún le quedaba el equivalente al doble del salario mensual de una catedrática de universidad para gastarlo en lo que quisiera
. No estaba mal para una puta de veintiséis años.
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