miércoles, 25 de junio de 2014

Capítulo 3. Anuncios personales

  Lo del apartamento en Torre del Mar no se le ocurrió hasta primeros de 1990, cuando se instaló definitivamente en la finca. No podía recibir mujeres a las que conocía solamente por fotos en "Villa Orchard", ya que la casa era también la de la madre y la hermana (solo traería a casa a las visitas más selectas), así que le vendría bien, como picadero ("love nest", "garçoniere"), un apartamento próximo, cerca de la playa, en una zona poblada y festiva, seis o siete kilómetros más allá (podía a veces ir en bicicleta o corriendo, y hacer deporte). Al principio pensó en alquilar, pero eso era una estupidez en su caso, así que disminuyó otro poco (bastante poco) sus ingresos mensuales y se compró un apartamento pequeño y barato cerca del paseo marítimo (pero sin vistas al mar) que pagaría en doce años a cómodos plazos, y al que sometió a un fastidioso proceso de reforma para hacerlo más cálido y suave para el amor, un poco por el estilo de lo que fue desarrollando a lo largo de mucho más tiempo en su apartamento de prostituta en Madrid: mucha luz, visillos blancos y rosas, espejos, azulejos, espacios que podían despejarse y armarios empotrados llenos de colchas, futones, almohadones. Otra propiedad más.

   En el fondo, no solo le gustaba el dinero, contarlo y manejarlo: también le gustaba verlo adoptar múltiples formas. Le gustaba poseer y sabía con bastante exactitud cuánto poseía y cuánto le rendía. La hermana, que tenía alguna cualidad de artista plástica, confeccionó un álbum de fotos (del que se hicieron varias copias) en el que aparecían sus propiedades, detallándose las características y localización: treinta y tres apartamentos en propiedad (era su tercer álbum de fotos... tras el que usó en Madrid y el que le hizo Marcus en Nueva York). El pisito cerca de la playa y "Villa Orchard" no contaban, porque no estaban en explotación económica. Sí contaba, a partir de 1990, la propiedad  número treinta y cuatro: el chalecito adosado en Torremolinos donde madre y hermana vivieron seis años. También se incorporó al álbum.

   Las citas con mujeres las conseguía, al principio, por una serie de anuncios personales que había puesto en diversas revistas y periódicos de anuncios en toda Europa, algo con lo que había empezado ya en Madrid, cuando su ruptura con Paula, pero que había ido organizando más sistemáticamente sobre todo durante los últimos meses de su reclusión norteamericana. Allí usó dos direcciones. Una, un apartado de correos de Torremolinos (que su hermana le vaciaba regularmente y le reexpedía a América en paquetitos que ella deshacía ilusionada al recibirlos) y otra en Estados Unidos, en su propia casa de mujer casada en American City.

  Nunca se le hubiera ocurrido, cuando era una joven “normal” (más o menos) que los anuncios personales pudieran dar tales resultados. Para la gente “normal” no suelen darlo cuando buscan trabajo, vivienda o relaciones sentimentales. Pero en el mundo excepcional, raro, donde Estrella se había situado, sí que lo daban.

   No solo buscaba relaciones sexuales, también había puesto otros anuncios buscando relaciones de tipo intelectual, “"filosóficas"”, especialmente sobre feminismo, pero no solo sobre eso. De hecho, había puesto uno en una revista española de temas ecológico-alternativos que estaba redactado de tal manera que no podía conocerse ni el sexo ni la edad ni el nivel social del anunciante. Solo que deseaba intercambiar opiniones sobre libros.

  Ese fluir de cartas la había tenido entretenida durante los últimos meses de su encierro, cuando más falta le hacía. Marcus le ocupaba todo el tiempo cuando él no trabajaba, pero seguían siendo muchas horas de estar sola: leer, escuchar música, hacer deporte y ver la tele no eran suficiente. Sus intentos de hacer amigas en la ciudad no habían prosperado y no tuvo más relaciones lésbicas que lo de un toqueteo rápido en el gimnasio (que nunca se repitió) y las dos veces que, por voyeurismo y por complacerla, Marcus había pagado a una prostituta (una mulatita del mejor burdel de la ciudad) para hacer un trío. La chica le pareció simpática, pero no hubo forma de citarla por su cuenta más tarde, sin el marido.

  Así que se pasaba el tiempo leyendo cartas de diverso contenido y en diversos idiomas (incluidos el francés y el italiano) como contestación a sus anuncios personales.

  Sus anuncios eran los siguientes:

  “Mujer lesbiana, interesada en aprender acerca de teorías de vida comunitaria femenina en todas partes del mundo, desea escribirse con mujeres que puedan proporcionarle información y referencias, tanto de libros y otras publicaciones, como de experiencias personales”

  “Mujer lesbiana, interesada en nuevas experiencias de feminismo avanzado en todas partes del mundo.”

  “Chica lesbiana de 25 años, extremadamente hermosa, viviendo en la Costa del Sol española, desea mantener relaciones íntimas con mujeres femeninas y delicadas. Ideal como primera experiencia. Abstenerse hombres.”

  “Desearía intercambiar correspondencia con personas aficionadas a la lectura para conocer autores, críticas y recomendaciones en general.”

   Llegaban muchas cartas, algunas con fotos. A las que se trataba de citas de tipo sexual siempre les decía que, de momento, estaba ocupada haciendo ciertos estudios en Estados Unidos, pero que a finales de 1987 quería viajar por todo el mundo y que, afortunadamente, disponía de medios suficientes para ello. Y que tenía casa en la Costa del Sol española.

  De aquella correspondencia abundante salió una buena lista de nombres y direcciones que reunió desordenadamente y que le proporcionaría el punto de partida para muchas de sus aventuras en los años siguientes.  Se informó de la existencia de publicaciones lésbicas, un poco de tipo underground, la mayoría de ellas relacionadas con el mundillo gay de San Francisco, así como de algunas experiencias utópicas, tipo comunas y tal. Había corresponsales que parecían muy cultivadas en sus lecturas y que le recomendaron libros que empezó a leer de forma también desordenada, sin hacer fichas.

  Se ilusionaba pensando en lo bien que lo iba a pasar cuando fuera una mujer libre, joven, hermosa, rica y con unos deseos que entonces consideraba muy claros. Ya había tenido algunos anticipos de lo que podía llegar a hacer, como la primera vez que viajó al extranjero por su cuenta, a Suecia, en el verano de 1985, a acostarse con una pareja de chicas lesbis (no eran dos princesas, pero estuvo bien, fue placentero y muy emocionante).

  A Marcus le dolía verla tan feliz esperando que transcurrieran septiembre, octubre, noviembre… porque, cada día que pasaba, Stella (Estrella) soñaba más con los placeres y las amables aventuras que llegarían dentro de poco mientras que él, cada día que pasaba, más enamorado estaba y más se dolía de verse abandonado. Fue entonces cuando le tuvo que prometer que seguirían viéndose de vez en cuando (cada tres meses). También le recomendó -algo de lo que no podía sentirse orgullosa- que se casara con una virgen asiática. Otros millonarios lo hacían.  Era tan charlatana e imprudente que incluso le dijo que, si encontraba su virgen, se comprometía a “entrenarla” para que pudiera complacerlo en la cama tan bien como ella lo hacía. Pero la idea de una virgen filipina o tailandesa no parecía seducir mucho a Marcus por entonces. Conocía Extremo Oriente debido a sus negocios (Singapur y Malasia, sobre todo), y allí había fornicado con muchas de esas chicas pálidas y frágiles, sin sentirse atraído por llevarse una a casa. Le parecían frías e inexpresivas, todo lo contrario que Stella, su esposa (su esposa de pago, su "esposa trofeo", como decían).

  Una sola vez llevó a Stella con él de viaje de negocios a aquella parte del mundo. Estuvieron en un hotel de Singapur muy lujoso, y ella se quedó allí un día sola.

  Casi hubo una buena historia. Sin nada que hacer más que leer sus libros, una vez, caminando por un largo pasillo solitario del hotel vio a una bonita chica asiática limpiando. Le sonrió a la chica, y ésta, poco acostumbrada a gestos amables, reaccionó con modestia y timidez. De alguna forma, Stella, con sus grandes ojos verdes y su cuerpo más poderoso, se envalentonó ante la pobre esclava, tan endeble. La chica hablaba poco inglés. Stella la tomó de la mano y la llevó a su habitación. Nadie las vio. Hizo que se sentara en la cama, le acarició las mejillas y la besó delicadamente. ¿Te gusta? La chica dijo que sí, pero no entendía nada. Volvió a besarla y a abrazarla. La chica no olía tan bien. Hubiera querido bañarla y perfumarla, pero no era posible. Le preguntó si quería ser su amiga, pero probablemente no entendía lo que le dijo. Soñó Stella que podría rescatarla, salvarla, llevarla al país de las oportunidades. Pensó que podía darle su dirección. La chica bajaba la cabeza. No había nada que hacer. No se atrevía a ir a más. Pensó que la había forzado a dejar su trabajo, algo que podían reprocharle. Según Marcus, aquellos chinos eran implacables y brutales como patronos. Stella sacó doscientos dólares y se los metió en el delantal, volvió a besarla en la frente y el pelo, y la hizo salir. Tras volver a quedarse sola, estuvo un rato a punto de llorar, pero no lloró.

  Estrella (Stella) fue libre el 16 de diciembre de 1987 por la noche, en el aeropuerto de Nueva York, hasta donde Marcus la acompañó para despedirse. Parecía desesperado, no podía evitar llorar, él sabía ser ridículo como pocos. Volverían a verse en el mes de marzo, una semana completa, le dijo ella. No siempre se puede tener todo a todas horas. Uno debe resignarse... y ella había cumplido el trato. Él decía que sí, que sí, pero lloraba, y la gente los miraba. Ella, triste, y aquel tipo llorando. Dada la diferencia de edad entre ambos, podía tratarse de cualquier cosa.

  Pero ya en el avión, la llantina del pobre-rico Marcus dejó de impresionarla. Era libre. Era rica. Iba a reunirse con su madre y su hermana, por fin. Era libre. Pasarían las navidades juntas, las tres. De esclava de lujo iba a pasar a gran señora. Era libre. Era rica. Era joven. Aún era muy joven.

  Quiso celebrarlo acostándose con una preciosa mujer rubia. Maggie (como la Thatcher, entonces en la cima de su poder) era una divorciada inglesa con un hijo de once años que ella decía que era muy listo y muy bueno. De su ex marido contaba que era un idiota que la había dejado por una golfa (le contó un poco demasiado acerca de su marido). Maggie echaba de menos el sexo, pero sus citas de divorciada no habían resultado. La tentación del lesbianismo se llegó a asomar de alguna forma, pero no podía hacerlo en su Newcastle. Podía, en cambio, viajar a la Costa del Sol, como tantos británicos, y pasar allí tres noches con aquella bellísima muchacha que se ofrecía de forma tan interesante. Habían intercambiado ya cuatro cartas. Las fotos de Maggie eran buenas y las de Stella (ya no Estrella) resultaban absolutamente espectaculares y difícilmente resistibles para cualquiera. Las había seleccionado de la colección realizada por iniciativa del mismo Marcus en un estudio de Nueva York (el "segundo álbum"; todo un photobook que sumar a las muchas fotos de aficionado que él le había sacado por su cuenta; también le había hecho vídeos). A Estrella le gustaba admirarse, tenía su toque narcisista. Le gustaba pensar en la impresión que podía causar y por eso, entre otras cosas, se operaría más adelante los pechitos para ponérselos más ricos. Le gustaba también pensar que había de hacer que su actitud, sus conocimientos, su "tesoro espiritual" no desmerecieran su aspecto. Esas ideas las comenzó a desarrollar como prostituta. Y después como lesbiana. Y le parecía un planteamiento correcto: existimos para los demás y nos comunicamos con los demás por las manifestaciones de nosotros mismos. El aspecto físico mostraba un ideal. La belleza femenina, maternal, espiritual, bondadosa había de ser una guía. Más adelante llamaría a esta doctrina "angelismo" y la haría formar parte de su ambiciosa concepción de un lesbianismo universal y salvador.

  El 20 de diciembre Maggie llegaría a Málaga: noches del 20, el 21 y el 22; y el 23 de diciembre de vuelta a Inglaterra para preparar la Navidad con su hijo, abuelos, tíos y primos… tras vivir la inconfesable aventura.

  Estrella llegó a Málaga a la mañana del día 17. Su hermana y su madre la estaban esperando. Hacía un año que no se veían (Marcus le permitió pasar la navidad de 1986 con su madre, pero el Año Nuevo fue para él: y bailaron). Fue muy emotivo porque aquella pequeña familia era, en cierto modo desarraigada y trágica. Lo habían pasado mal, pero ahora todo acabó, eran felices. Estaban juntas las tres, pobres mujeres que ahora, increíblemente, como por un premio de lotería, contaban con dinero y libertad.

  En la casa de Torremolinos, que en el verano de 1984 le había parecido tan maravillosa (la primera casa que había comprado con el dinero ganado como prostituta), ahora sentía cierta estrechez, cierta pobreza de país pobre, pequeño y arrinconado. Pero era su casa, una buena casa en un país donde mucha gente vivía en la precariedad y no contaban, como ellas, con apartamentos turísticos alquilados que les proporcionaban rentas suficientes, y donde era raro que la gente fuese tan libre que ya ni necesitara trabajar. Ya no más Marcus. Ya no más acariciarle el sexo con la boca, besar su boca con su boca, hasta besarle los pies, las tetillas y el culo con su boca, y hablarle con su boca y dejarse lamer, chupetear, mordisquear y oírle decir a él cuánto la amaba (tema sobre el que podía extenderse horas y horas). Pobre-rico Marcus.

  “Ahora puedo hacer lo que quiera”, les decía a la madre y hermana, un poco asustadas temiéndose excentricidades inimaginables.

  Explicó que no se había divorciado, que seguía siendo buena amiga de su marido-empleador y que volverían a verse de vez en cuando (y le daría más dinero)

  “Pero para qué quieres más dinero…”, se quejó discretamente la madre.

  “No lo voy a hacer gratis, repuso ella. (Y esa frase no le gustó a la madre.)

  La pobre mujer nunca podría superarlo. Tener una hija prostituta…. Aunque hubiera acabado casándose con un millonario americano… Y aunque ahora lo hubiera dejado "todo". Pero ya desde el primer día de la dramática confesión Estrella misma la había advertido: “si se es una vez, se es para siempre”. Aunque eso produjo mucho dolor sirvió para justificar que no tenía por qué dejarlo justo cuando estaba ganando tanto: el estigma no iba a perderse por hacer de puta un par de años menos.

  Ahora, ya libre, y hasta el día 20 de diciembre, su vida fue hasta cierto punto parecida a la de su reclusión: salía un poco a hacer deporte, a hacer compras, y el resto del tiempo lo pasaba leyendo. Estaba de vuelta en España. En Andalucía. La gente hablaba español por todas partes. Con su acento. Era "su país". Y ahora era rica. Era libre. De vuelta "a casa", y como mujer rica y libre. Triunfadora. Podía hacer muchas cosas. Y ya tenía pensado hacer unas cuantas.

  Todo le resultaba curioso en España. Miraba España como una turista norteamericana. Todo pequeño y apretado, un poco sucio. Colores demasiado simples, gente mal vestida. Falta de simetría. Poca funcionalidad. En cierto modo, le gustaba más American City. Pero se trataba de España. Ese viejo país. Y Andalucía. Y su familia. Algo de su pasado, de su persona.

   Hasta le gustaba la televisión en español, después de tantísima tele en inglés. Qué graciosa la tele en español, qué pueblerina, qué pequeñita, qué ingenua. En las noticias todos los días salía el entonces jefe de gobierno Felipe González, que se parecía poquísimo a los arrogantes políticos norteamericanos.  Y los atentados terroristas eran horribles.

 El día 20 por la mañana fue a ponerse guapa. Después fue al hotel a comprobar si la reserva estaba en orden para su amiga Maggie.

  El encuentro en el aeropuerto fue muy emocionante. Allí estaba la rubia, tímida, a lo lady Di, pero mucho más dulce y con una permanente mejor. Se la veía nerviosa, aunque también aliviada al comprobar que la belleza deslumbrante de Stella no desmerecía de las fotos, esa belleza un poco seria y católica. Maggie, por su parte, era toda una británica que aparentaba una cortés frialdad a pesar de que dentro debía de estar produciéndose una previsible sucesión de encontronazos emocionales (¿qué hago yo aquí?, ¿qué estoy haciendo?, ¿en qué lío me voy a meter?).

  La tomó de la mano y la llevó al hotel. No hubo pegas en lo de acompañarla a su habitación.

  Era delicioso. Su rubor. Tenía poco más de treinta años. Las manos tan suaves y cálidas. Perfumada, depilada. Era una maravilla. Una mujer. Todo tierno, confortable, delicado… Era como hacer el amor con un ángel, ¿cómo era posible que hubiera gente a la que aquello no le gustara? ¡Llevaba más de un año soñando con un momento así!

  “Todo lo que quiero es mimarte. Voy a ser muy cuidadosa. Te va a gustar.”

  Por supuesto, lo más peligroso era precisamente eso, que le gustara.

  Qué diferencia de hacerlo con un hombre. La fue desnudando poco a poco (el invierno tiene ese encanto en la intimidad) dándole besitos, lametones, tranquilizándola con su más cálido tono de voz de acento norteamericano. La tenía ya con los pechos desnudos cuando se desencadenaron ciertos espasmos. Pero le mordisqueó el lóbulo de la oreja y se desactivó la amenaza.

  Por fin, la boca. Dos bocas de mujer.

  A la noche llamó a la madre desde el teléfono del hotel. Estaba pasando la noche con una amiga que había venido de Inglaterra. A su madre eso seguía también sin gustarle. Le parecería muy pronto para que "volviera a las andadas". No comprendía que precisamente estaba ansiosa de hacer lo que más le gustaba y que durante un año y pico... Bah, que se acostumbrara.… No se acostumbraría nunca. Ni a lo uno ni a lo otro.

  Maggie fue un éxito maravilloso. En realidad, fue su primera mujer. Paula, en una época que ahora le parecía lejana, formó parte (la parte mejor, sin duda) de una desagradable “etapa sexual” de su vida. Cuando el sexo era “algo a lo que acostumbrarse”. En un principio, el lesbianismo había sido algo como el coito anal, aunque más fácil. Una cosa de prostitutas, de vicio. Le vino muy bien por la amistad y la camaradería, y, desde luego, era muy sensible al placer, pero Paula no había sido nunca suficiente. Al principio, dadas las circunstancias, incluso se sintió enamorada de ella, pero en los meses sucesivos mantener la armonía ya le estaba exigiendo un esfuerzo. Tampoco tuvo éxito en sus intentos de mantener relaciones placenteras sin compromiso en Madrid, después de Paula. El primer ser realmente angélico que había llegado a tener en sus brazos fue Maggie.

  Incluso se la presentó a la madre y hermana, bastante cohibidas. Maggie, por supuesto, no hablaba nada de español.

  El sexo fue una maravilla porque Maggie, aunque inexperta, era dócil, humilde y generosa, totalmente femenina. Ese día Estrella aprendió que no hay nada como las mujeres heterosexuales para que una lesbiana disfrute en la cama. Y más si son madres (o vírgenes).

  No se sorprendió mucho cuando, al despedirse, Maggie le dijo que aquella delicia no debería volverse a repetir.

  “Sabes dónde estoy”, repuso ella, encogiéndose de hombros. Maggie, al alejarse, miró por última vez hacia atrás, asustada, y no dijo más.

  Nunca volvió a tener noticias de ella. Iba a dedicarse a la educación de su excelente hijo.

  Fue su experiencia más satisfactoria en aquel periodo. Tuvo otra visita, pero mucho menos valiosa, unos días después, ya en enero. Una alemana, más fea y antipática de lo que había deducido por la foto y las cartas. Se sintió avergonzada de haberse ido a la cama con ella la primera noche pese a que no le había gustado a primera vista. Se sintió como si estuviera con un hombre al que, al fin y al cabo, no podía rechazar porque un trato es un trato. Después, cuando al despedirse le dejó claro que no volverían a verse (como siempre, Estrella hablaba demasiado), la otra se puso a insultarla.

  Al cabo de ese episodio desagradable vino el viaje a la comunidad religiosa, donde se enamoró de Martina.

    Después fue a Paris, conoció a Iréne y se vio poco menos decepcionada que en Madrid. Consideraba al feminismo lésbico “su nación”, pero no lograba hacerse un sitio en ella. Estaba lejos de su ideal. Comenzó a preocuparse para hacer una buena definición de éste. Iréne, que pretendía solo apreciarla para la cama, le reprochaba su confusión y su incultura. Tenía que leer más. Tenía que hacer fichas, esquemas, sistematizar lo que sabía, lo que no sabía y los medios para llegar a saber. El estudio era una tarea seria y no una charleta de café.

  En París no se aburrió. Con Iréne o con otras, pudo pasear por la ciudad, conocer determinados ambientes promiscuos y, en suma, gozar de las atenciones que reciben habitualmente las mujeres adineradas y hermosas, y que tantos hombres envidian.

 Entre otras cosas, Iréne y sus amigas le proporcionaron más direcciones de asociaciones de lesbianas de toda Europa. Fue la primera vez que comenzó a darse cuenta de que muchas se comportaban con ella con falsedad, que le seguían la corriente porque era muy guapa, muy sexy y tenía dinero para invitar a cafés, meriendas y hasta cenas. Pero se encontraba tan necesitada de afecto que en esta época no siempre fue consciente de ello.

  Tras Iréne, llegó su primer encuentro con Marcus tras la separación. Su marido apenas pudo contener la ansiedad por eyacular constantemente en su cuerpo. Era curioso porque, hasta cierto punto, se alegró de volver a verlo y reencontrarse con la rutina de su oficio de esposa. Y le gustó llevarse los veinticinco mil dólares, a pesar de que ya no los necesitaba. Ida y vuelta en avión, un poco cansado (Paris-Nueva York-American City-Nueva York-Paris). Todavía más cansado, e inútil, fue el regreso de los dos mil kilómetros en automóvil. No tenía ganas de conducir. Lo hizo en tres días. Hizo una noche en un hotelito en las afueras de Angouleme. Quiso presumir de mujer misteriosa. Una camarera fea fue simpática con ella. Practicó su francés. Habló mucho por teléfono sobre sus negocios pendientes (la inversión de su fortuna y el arreglo futuro de sus medios de vida). Se sorprendió a sí misma por la noche, en su camita de hotel, contando los dólares de Marcus (los diez mil que se trajo en metálico). Se masturbó. Hizo después una noche cerca de Madrid. Dudó en llamar a las amigas y quedar con ellas, pero decidió que no. Estaba cansada.

  Y después, vuelta a casa, con la madre y hermana. Escribiendo, leyendo, tratando de sistematizar sus ideales. Pensó que ya no iba a escribir novelas. Sistematizaría sus teorías, se informaría acerca del vocabulario, lo imprescindible sobre psicología y antropología. Poco a poco empezaba a saber dónde buscar. E hizo caso a Irène: comenzó a redactar tarjetas y resúmenes que luego pasaba a máquina y metía en carpetas. En otro orden de cosas, se reunió con Álvaro, su gestor en la empresa que planeaba fundar, iba al banco, participaba en la organización de la empresa de renta inmobiliaria. Iban al notario, consultaban con la abogada Pilar.

    Pensaba en la dulce Martina, su segundo ser angélico, y el único con el que se mantenía en contacto. Por otra parte, durante aquellos meses de primavera recibió hasta tres visitas de mujeres que vinieron a acostarse con ella a la Costa del Sol: una pareja de danesas (un poco frías), una holandesa (dulce, que a punto estuvo de enamorarla pero que luego no dejó rastro, como Maggie: tercer ser angélico) y otra inglesa (amable, pero poco dada a la intimidad y no muy atractiva). Todo ello tuvo su interés, pero creía tener derecho a obtener más. Sí, la hermosura no vale nada. Y el dinero es malo. Sí. Pero la felicidad humana tiene que ver con las experiencias emocionales, y en la belleza femenina ella encontraba, a lo Platón, un referente de bondad universal.

  Las feministas como Iréne rechazaban la explicación maternal del comportamiento femenino. Estrella comenzaba a pensar lo contrario. De niña le gustaban las muñecas. De mayor, gustaba a las niñas. Las lesbianas bonitas hacían el amor como niñas cariñosas, pero inteligentes y ávidas. Eso gustaba a los hombres, sí, a los voyeurs, pero es que los hombres no son tontos. Si la mujer feminista debe conseguir lo que el hombre le niega, también debía conseguir el amor de las mujeres bonitas.

  Durante su primera primavera, entre lectura y lectura, se dio a la vida hogareña, con sus buenas madre y hermana. Las llevaba a ver a sus parientes, y pronto se aficionó a la más simpática de sus tías, la tía Reme, la del campo. Como pequeño entretenimiento, empezó a aprender alemán. También comenzó a elaborar varios proyectos en su mente. Incluido el de operarse del pecho: ¿por qué conformarse con sus pequeños pechos?, podía ponerse un par de cositas monas, que gustara tocar. Antes no lo había hecho porque exigía una recuperación de tres meses (pechos vendados...). Otro proyecto era el de comprar una finca para que su madre tuviese un huerto. Y sacarse un título: de profesora de inglés, o incluso de traductora...

  Hizo un primer intento de conocer lesbianas de Málaga. Un desastre: acomplejadas, codiciosas, insinceras, vulgares, masculinas… A lo largo del tiempo estos encuentros con lesbianas de su tierra se sucederían con mayor o menor éxito, pero sin dar lugar a nada especialmente valioso (hasta que conoció a Puri). Por su parte, las lesbianas de Málaga hablaban mucho de ella. No podían rechazarla aunque se notaba que no la querían. Pero era muy hermosa, muy rica y viajaba por todas partes. Todas sospechaban que llegaría a ser una gran escritora.

   En un mes y pico constituyó su empresa de gestión inmobiliaria. Compró un bajo para la oficina. Álvaro contrató una secretaria. En total, disponían de treinta y tres apartamentos en propiedad. Sobraba dinero en efectivo y se pagaron impuestos. Un disparate (yéndose a vivir a Suiza o a Florida, como sugería Marcus, habría contado con un 50% más de dinero y sin necesidad de estar pendiente de nada ni de nadie). Álvaro parecía muy contento. Era su propio jefe, cobraba mucho más que cuando era un empleado y, a medida que más propietarios les confiaran sus propiedades, incrementaría más aún sus ingresos con las comisiones. Estrella podría dedicarse a disfrutar de la vida....

  En mayo volvió a viajar, y tuvo su gran momento con Martina.

  En junio, otra vez Marcus. Esta vez más relajado. Bien. A la vuelta, viajó a Suiza a reencontrarse con Martina e hicieron el amor. Fue entonces cuando cometió el error de contarle lo de la prostitución, y a raíz de ese momento Martina nunca volvió a concederle su gran cuerpo. La acompañó a una excursión a las montañas. Se cansó mucho (todavía no estaba acostumbrada a los esfuerzos físicos de ese tipo), los amigos de ella no le gustaron y se marchó de forma imprevista, sintiéndose mal. Más tarde Martina le reprochó haberse portado groseramente con sus amigos (chicos educados, estudiantes, no tenía nada que reprocharles).

  Se quedó entonces sola en medio del verano, en medio de la Europa de en medio, “Mitteleuropa”. Su automóvil no era cualquier cosa. Era un Mercedes nuevo (aunque no un modelo muy grande) y ella contaba con cheques de viaje y varios miles de dólares americanos.

  ¿Qué hacer? Podía hacer lo que quisiera en aquel verano de 1988. Pero se había olvidado los papeles que le dieron en París, con las direcciones y números de teléfono de grupos feministas de Alemania y Holanda. Tampoco tenía con ella la colección de cartas y direcciones de las mujeres que le habían estado escribiendo, ofreciéndose, ya cuando vivía en American City, e incluso de antes. ¿Volverse a España? ¿Tan pronto? Había contado con pasar los meses de julio y agosto con Martina y al final le había salido mal. Llamó a casa y la madre le comentó que estaba esperando que su hijo el mayor, el padre de sus tres nietos, viniera a pasar unos días. Claro, iban a alojarse en el piso de arriba de la casa... Ya habían estado de visita el verano anterior (con ella en American City), y entonces Estrella comprendió que no solo se trataba de la cuestión del alojamiento, sino que su hermano (un golfo en su juventud) y su espantosa cuñada no querían exponer a sus hijos (el mayor, de once años) a la presencia de su tía, la pervertida sexual.

  Así que condujo hacia el este, hacia Austria, por en medio de los espectaculares paisajes del Tirol. Una bella chica sola que viaja en lujoso automóvil y que está forrada de dinero: una buena estampa. Pero no podía ser todo sentarse a tomar un helado en un bonito restaurante tirolés con vistas a las montañas y a los lagos. Necesitaba una chica. Solo después de pasado aquel confuso verano se le ocurrió que había sido una gran tonta, porque la hermana pudo haberle remitido a la dirección de cualquier hotel, por correo urgente, un paquetito con sus papeles, incluyendo las cartas de mujeres deseosas en casi cada ciudad de Europa, un paquetito sustancioso lleno de promesas cálidas, como cuando vivía en American City. Así no se hubiera aburrido.

  Tuvo solo unos días entretenidos. Se tropezó con un matrimonio escocés de vacaciones, con dos niñas pequeñas. Eran médicos, jóvenes, casi guapos, muy británicos. Las niñas eran dos muñecas y enseguida se las ganó. Los acompañó a un par de excursiones. Si se hacía cargo de las niñas, el matrimonio contaba con más privacidad para compartir los bellos paisajes de "The sound of the music".

  El último día les comentó lo de sus peculiares gustos, pero como eran médicos, eso les pareció solo interesante desde el punto de vista científico. Ella explicó que había sido una elección. La médica hizo algunas preguntas adicionales: ¿de adolescente le gustaban los chicos? Y entonces Stella (no Estrella) hizo uno de sus pequeños descubrimientos: de adolescente solo vagamente esperaba un príncipe azul (un chico bueno, tímido, guapo, inteligente y muy enamorado de ella). Y ahora caía en la cuenta de que tampoco a su madre ni a su hermana los hombres les habían atraído mucho tampoco. Conclusión (provisional): hay mujeres a las que les gustan los hombres, y mujeres a las que les gusta el amor. Las mujeres a las que les gustan los hombres son un poco como los gais. Las mujeres a las que les gusta el amor o buscan al príncipe azul (improbable) o pueden optar por hacerse lesbianas (culturalmente inadecuado... de momento). La médica dijo que a una mujer le podían gustar los hombres y enamorarse de ellos. Stella dudó de eso. Los médicos dijeron que su teoría requería ser comprobada. Y ahí quedó la cosa. Le dejaron su dirección, pero cuando Estrella les escribió, no le contestaron y nunca más supo de ellos.

  El resto del mes de agosto lo pasó conduciendo por Europa. Varias veces repitió lo de juntarse con alguna familia con niños, sobre todo en la visita a museos. La recibían bien, pues era muy guapa, muy educada, hablaba un inglés perfecto y gustaba a los niños a rabiar. En cuanto a los ligones, los apartaba fácil. Descubrió varias cosas ese mes: que podía aburrirse, que no era nada fácil ligar mujeres en un entorno convencional (no logró nada, apenas intentó nada, por timidez) y que el dinero no le abría todas las puertas. Para el sexo, se masturbó mucho. Iba bien equipada de juguetes (en Berlín compró de todo).

  Volvió a España a primeros de septiembre y fue entonces cuando se puso en serio a la tarea de adquirir la finca. Las visitas a los tíos de aquellos días tenían que ver con aquel proyecto. También se propuso entrenarse un poco como excursionista, con vistas a compartir esos bonitos paseos; con Martina o con quien saliese: el campo le gustaba, con sus aromas, su libertad y su silencio.  Así que por primera vez acompañó a la hermana en sus excursiones y así diversificaba sus opciones para mantenerse en forma, pues temía que se le sumara algún kilito de más (también le gustaba comer, para qué negarlo). Después, tercer Marcus. Fue todo bien, pero empezó a parecerle que cuatro veces al año era un poco demasiado. No parecía mucho cuando lo propuso como una alternativa a complacer a su marido todos los días... Pero entonces quería librarse de la angustia de Marcus. Incluso se había asustado temiendo que él "hiciera una locura". Lo más importante de aquella "tercera visita marital" fue que decidió operarse los pechos. Fue dejar a su marido y meterse en una buena clínica. Estuvo un mes convaleciente -una semana en hospital y el resto en un confortable hotelito próximo- y después viajó a San Francisco, Nueva York y Canadá. A pesar de haber vivido con Marcus durante un año y medio, ella no conocía apenas los Estados Unidos. Por American City, una pequeña ciudad para la escala de Estados Unidos (era como Málaga, de grande), rara vez salía, pues ni siquiera le gustaba ir de compras, y cuando iba con Marcus, era su esposa, y él la llevaba en su avión privado (tampoco algo espectacular, como admitía el marido, más resignado que modesto) a Las Vegas, o a Nueva York, pero solo como esposa. Estaba bien, pero no sabía nada del mundo real. Y todavía menos de las lesbianas. Tuvo su intercambio de correspondencia, y recibió libros, publicaciones, cosas de lesbianas que a veces, por diversión, comentaba con el mismo Marcus. Por charlatanería, pero también porque pensaba que un hombre feo como él apreciaría su activismo lésbico como garantía de fidelidad conyugal. Algo así decía él mismo: mi querida esposa es una extravagante.

     Tuvo que esperar un mes para que le quitaran los vendajes, lo que la libró de ciertas incomodidades, pero aún durante dos meses debía ser cuidadosa con lo que hacía con su cuerpo, lo cual la limitó en sus relaciones. Tuvo, así, algunos días, e incluso semanas, que pasaba en el hotel entregada a la lectura y en particular al estudio de la gramática inglesa con vistas al examen que pensaba hacer en Inglaterra. Pero después, ya casi restablecida del todo, llegaría a Canadá en octubre (tras breves visitas a San Francisco y Nueva York), vería una especie de comuna de lesbianas rurales (le había gustado lo de la comunidad gandhiana en los montes de Francia) y luego, huyendo de los rigores invernales, quería pasar un par de semanas en Inglaterra, para hacer el examen que esperaba le proporcionara el título de profesora de inglés.

   Fueron unas doce semanas entre todo, incluida la última semana para Marcus, que pareció complacido al palpar sus nuevos pechitos. Descubrió al cabo de semejante periodo de complicados viajes que también una puede cansarse de viajar, pese a las constantes comodidades disponibles.

  En Inglaterra, pasó dos semanas de angustia, como cuando se sacó el carnet de conducir, pues la orientadora de la academia de inglés le dijo que, aunque era verdad que su inglés (americano) era muy bueno, eso no le aseguraba aprobar el curso así como así. Una cosa es saber, y otra saber enseñar... Fue un susto tonto, porque el examen después salió facilísimo (en las dos semanas se había aprendido todas las previsibles trampas gramaticales), y así volvió para Navidad siendo ya "profesora": cualquier colegio privado o academia de idiomas de Málaga la hubiera empleado, no solo por el titulito (modesto) y porque hablaba, oía y pensaba en un inglés perfecto y con mucho vocabulario, sino también y sobre todo porque era guapa (ahora ¡con globitos!) y muy educada. Pero ella nunca trabajaría. No lo necesitaba para "sentirse realizada". Lo importante es que, si le preguntaban por su profesión, podía decir "profesora de inglés". Le fastidió que las amigas de Irene, en Paris, le hicieran notar que era una "sin profesión". Todas ellas estaban muy tituladas.

   Para la Navidad, cuando regresó a casa, había estado más de tres meses fuera. Y echó de menos a la madre y a la hermana, y a sus tíos del campo. Incluso a Álvaro y sus negocios. Había querido viajar y ser libre, algo que tanto había ansiado durante su reclusión, primero en Madrid y luego en American City, pero ahora se sentía cansada, un tanto decepcionada y necesitada de un hogar. La madre le decía que su casa era España, Málaga, ella y la hermana, pero Estrella había esperado más del mundo.

  Comprendía que muchos la veían como una triunfadora. Con su dinero y su belleza hacía lo que quería. Recorría el mundo, la gente se le ofrecía. En todas partes la gente se mostraba tan atenta, tan educada... tan cuidadosos con ella. Una deslumbrante extranjera que habla inglés perfectamente y puede gastar en lo que quiere. Sus modales de esclava cultivada, de esposa elegante, de estudiante aplicada, daban muy buen resultado al principio. En el trato más prolongado, algunas inseguridades producían menos aprobación, pero el efecto, en general, era bueno. Y, sin embargo, no había sido tan bueno, no había vivido realmente aquellas recompensas que parecían tan evidentes. La única ventaja era que su actitud seguía siendo modesta, que por mucho que esperara, nunca exigía y nunca desarrollaba resentimiento. Por eso, por su falta de ambición, no le faltaban momentos de felicidad. Valoraba lo que ya tenía.

    La finca se compró, finalmente, al año siguiente, y tanto el tío Eusebio como Álvaro se pusieron de acuerdo en cuanto a que lo encontrado a las afueras de Vélez-Málaga reunía todos los requisitos. Se buscó un arquitecto y se encargó al tío Eusebio de supervisar las obras preliminares. Se trataba de un trabajo añadido sobre su propio cortijo y sus propias tierras, pero era dinero en mano, y en tal caso no había prisa. 

   Apenas un par de días después de comprar la finca, en febrero del 89, por teléfono, Marcus le comentó que por fin se había decidido por lo de la virgen asiática: en Filipinas (hablaban inglés). Le pidió ayuda, recordándole que había sido idea suya. Aunque a Estrella le interesaba seguir recibiendo los 25.000 dólares trimestrales, todavía le interesaba más librarse de la obligación que ese beneficio conllevaba, así que acudió a Manila a encontrarse con él y la virgen. Eso fue a primeros de marzo de 1989. Fue muy interesante aunque un poco canalla. Marcus la fornicó (le explicó que no quería estar demasiado deseoso en presencia de su prometida y sus codiciosos padres) y después le hizo conocer a la chica, para que le diera su opinión.  Le gustó a Stella, le hizo pensar en que la serenidad con la que aceptaba su destino, su vocación de servir a un hombre, tenía un contenido religioso, como la chica que se mete a monja de clausura. Cuando estuvo a solas con ella, solo le dio un beso, aunque sabía que Marcus esperaba más. Se limitó a hablar con ella y ganar su confianza (algo que resultó fácil: la joven no tenía malicia). Le dio el aprobado y le hizo a Marcus un elogio que a éste automáticamente complacía: que había hecho una buena compra. También le dijo a Betty (así se llamaba) que aquel americano era un buen hombre, que cuidaría de ella.

  Después viajaron a Estados Unidos a divorciarse (fue una vuelta al mundo, pues ella llegó a Filipinas por la India), y recibió solo 10.000 dólares (más los cuantiosos gastos pagados, claro está), pues solo habían hecho el amor dos veces. Esta tacañería divirtió más que fastidió a Estrella que tras ducharse por última vez delante de su ya ex marido sintió un profundo alivio. Con los diez mil dólares, los últimos de Marcus, regresó a Málaga bastante agotada.

  Fue a su regreso que complació a Álvaro, como quien paga una deuda. Cómo afectó eso a Álvaro, no se pudo saber hasta después. Más adelante, durante toda la primavera no se movió de España. Iba y venía de Torremolinos a Vélez-Málaga, a ver cómo iba la puesta en marcha de las obras. Se veía con el arquitecto, con el tío Eusebio, con Álvaro. A veces iba de excursión al campo con la hermana. Llevaba a la madre de visita. Llevaba a la madre de compras. Hablaban mucho, reían. ¿Qué habría sido de ellas si se hubieran quedado donde estaban, en aquel pisito de barrio, con aquel padre y marido amargado, vulgar, hostil? Tres pobres mujeres, un cuadro a lo Dostoievsky. Pero ahora vivían bien. Y ella seguiría teniendo aventuras. Y un porvenir.

  En abril llevó a la madre y a la hermana a Roma, a que vieran al Papa (aunque la madre no era practicante). Así, la madre también viajó y se hospedó en un gran hotel. Italia les parecía a todas un país muy divertido. A finales de ese mes, Patri, su ex guardaespaldas, vino de visita con Elena, su novia. A la madre y a la hermana les gustaban: eran mujeres simpáticas y sencillas. La única rareza era el lesbianismo, que en ellas (mujeres tipo "deportista") parecían considerar como algo "natural" y no "vicioso" (el caso de Estrella). La prostituta ilustrada pronto se acostumbró a llamar a las "lesbianas naturales" "las del uno por ciento", pues ése era el porcentaje habitual de tal tendencia sexual según los estudios más conocidos. Uno por ciento las chicas y tres por ciento los chicos. Mucha gente en cualquier caso. Minorías. Pero ella no pertenecía a ellas. Ella había elegido, no había sido señalada por las circunstancias biológicas.

  En mayo recibió a una chica alemana, Jutta. Fue la que le habló de Frankfurt como un buen sitio donde empezar a conocer el lesbianismo alemán. La alemana era un poco por el estilo de Irene, no especialmente atractiva, aunque tampoco horrible ni hombruna. Su nivel intelectual no parecía muy alto, solo que los alemanes siempre impresionaban intelectualmente, por su buena educación, por el sonido de su lengua y por su historia nacional solemne y terrible.

 También en mayo decidió ingresar a su madre en la clínica. Lo había intentado en los años en que estuvo en Madrid, pero la hermana no había insistido lo suficiente. Ahora ella sí tenía el control y podía gastarse en eso los diez mil dólares de Marcus. La madre, sexagenaria, tenía que perder peso y mejorar su salud general (problemas cardiacos, diabetes, reumatismo…). La quería en buena forma para cuando viviesen en la casa de campo, por la cual podría pasear y ver crecer los árboles, incluso bañarse en una piscina que estaría adaptada para ella.

  Camino de Frankfurt pasó por Zurich, donde Martina y ella ahora eran solo “amigas”. Martina estaba en sus exámenes finales de su primer año como técnico dentista. El encuentro fue cordial, pero le molestó un poco que se mostrara tensa. Compartía un piso con unos amigos, con los que habló en inglés (su alemán era demasiado pobre aún). En un momento dado comentaron que suponían que dormiría en la habitación de Martina. Pues claro, dijo su amiga, antes de que Stella anunciase que ella era rica y podía buscarse un hotel sin problemas. Por la noche le pareció un poco tonto que la otra quisiera alargar la velada (una casi discusión no menos tonta acerca de las bondades de la democracia norteamericana) para que a la hora de irse a dormir estuvieran las dos cansadas y no tuviesen ocasión de intimar… Qué poco la conocía, al fin y al cabo. Bueno, si Martina no conocía a Stella lo suficiente era culpa de que no había sabido darse a conocer lo suficiente. Rodeada de tanta gente convencional e incluso mediocre, Martina no era fácil. A Martina la había perdido. Si Martina era un ángel, y no solo una muchacha buena, inteligente y bonita, ya no podría estar a su alcance. Tal vez no era un ángel. ¿Se puede ser un ángel y depender de los convencionalismos?

   Al día siguiente Martina se envalentonó y le dijo a Stella que no podía volver a suceder. Fácilmente, la amiga lesbiana le dijo que lo entendía, aunque de repente se moría de ganas y deseaba hablarle de las mujeres que iban a la Costa del Sol a vivir experiencias lésbicas con la belleza de ojos verdes. Aquello acabó medio regular. Y era cierto que Martina tenía que estudiar mucho para sus exámenes. Había que dejarla sola. Había que seguir buscando.

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