miércoles, 2 de julio de 2014

Capítulo 4. La indignidad

   El deseo de pureza no es raro en las personas que se regodean –se dice- en revolcarse en la indignidad. A Estrella no le importaba que le criticaran sus actitudes extremas porque las encontraba justificadas. De ser una santa a ser una puta solo hay un paso si lo vemos desde cierto tipo de lógica. En eso consisten las religiones, ¿y qué sería del mundo sin religión? ¿Habría llegado a existir el ateísmo, sin religión?

  ¿Había sido valiente cuando decidió convertirse en prostituta? Ella no lo veía así. No había encontrado otra opción, estaba desesperada. Una chica pobre, con pocas habilidades sociales (sin amigas), frustrada en su deseo de elevarse humanamente gracias a los estudios… no tiene mucho donde elegir. No tenía nada que perder y sí dinero -tal vez mucho- que ganar. Y el dinero es libertad.

  Por supuesto, en una familia unida y feliz, esas cosas pueden resolverse antes de llegar a lo melodramático (o grotesco). Lo había visto en las películas norteamericanas: con amor, todo es felicidad, y las desgracias sirven para demostrar y hacer efectivo ese amor siempre existente. Pero en el pisito de barrio andaluz donde vivía Estrella con su madre y su hermana, no había amor, ni dinero, ni porvenir alguno. Lo poco que había era propiedad del padre, un pobre currante pequeñajo, amargado, vulgar y egoísta. Y el padre decía que si Estrella, la niña buena de la casa, la guapa, estudiosa, hacendosa y obediente, ahora ya no servía para estudiar (su fracaso memorístico era incontestable, a sus veinte años) pues “que se buscara un trabajo de mujer y, como era guapa, que se casara”. Esa fue la sentencia emitida por el hombre de la casa, el único que aportaba dinero y, por tanto, el único que tenía la capacidad para decidir.

  Su padre le había llegado a preguntar: “pero, en esa universidad donde tú estás, ¿no hay muchachos de buena familia?, ¿no te invitan a salir?, ¿no los conoces?”. Volvía de nuevo un viejo chiste que nunca había sido un chiste: el decir, ante la azorada belleza de la niña, que "la Estrellita es la que nos va a salvar a todos". Porque una joven tan bella y virtuosa sin duda podía ser deseada por personas de una condición más alta. E incluso ya le buscó algunos "novios", tanteando... Lo hizo a su manera torpe, que tanto las avergonzaba a la madre y dos hermanas. Sin resultado, por supuesto.

  Ella no quería a su padre. La madre lo odiaba. Los otros hermanos, más o menos lo mismo. Unos años antes él había querido abandonarlas, pero al no contar con suficiente dinero para hacer su propia vida y mantener a la ex esposa y las dos hijas (el hijo mayor se casó muy pronto y se largó), se impuso una ruin reconciliación. Pero el mutuo desprecio y resentimiento se mantenían.

  Si Estrellita era estudiosa y se hacía abogada, entonces podía irles bien. Ése era un trabajo que ejercían muchas mujeres listas. Que por supuesto se casaban con hombres de alto nivel. El padre se llevaba ahora el chasco de que, en contra de lo que siempre se había pensado en la casa (y lo que ella misma siempre había creído), la chica no servía para estudiar. Suspendía los exámenes por el motivo que fuera. Bueno, ya no podía estudiar, pero ¿por qué no se echaba un novio que valiera la pena? Era muy guapa y era decente. ¿Por qué no iba a quererla algún “muchacho” que estuviera bien?

  Era indiscutible que si su inteligencia había fracasado, quedaba, por descarte, el valor sexual. Algo que ella siempre había despreciado. ¿Ponerse a buscar novio?, ¿ella? Eso supondría reorientar por completo su estrategia de vida a fin de ser libre. Antes ésta había consistido en estudiar -la más alta distinción, la más inequívoca fuente de respeto- y eso había quedado atrás. ¿Buscar novio… para ser libre?

  A finales del verano de 1982, cuando cumplió veinte años, quedó claro para ella que era una estudiante fracasada. No podía hacer lo que los demás. No podía aprenderse de memoria los cuarenta temas del manual de Derecho Civil (puede que ni siquiera veinte…). Otras podían, ella no. Fin de la historia. Ojalá no hubiera empezado los estudios universitarios, pero cuando tomó la opción lógica que se le ofrecía al acabar la ridícula Enseñanza Media, con sus becas y sus promesas, ¿cómo iba a saber que carecía de esa capacidad? Ahora estaba claro que, en el caso particular del empleo de su cerebro (no en el caso del cerebro de la mayoría, para su desgracia), los examencitos de la Enseñanza Media no tenían mucho que ver con los desempeños memorísticos de la Enseñanza Superior. De eso se enteró después, y el tiempo perdido no podía recuperarse. El asunto quedaba concluido. Estaba incapacitada.

   Era hija de una sirvienta y de un camarero. Ella también tendría que ser limpiadora, dependienta, operaria. Con suerte, secretaria.… Y se casaría con un hombre de su clase, pese a que el padre, por lo visto, aún consideraba posible que engatusara a uno de clase más alta (guapa… decente… virgen…).

   La perspectiva de ser una esposa de clase trabajadora suponía una infernal circunstancia. No tendría amigas. No tendría amor. Nadie con quien descubrir las excelencias de la vida elevada.

   Desde el principio había tenido claro la vida que quería llevar, aunque nunca le había dado nombre alguno y solo con el tiempo había llegado a comprender cómo explicarlo. La diferencia entre la vida vulgar y la vida elevada. No tenía más que ver el mundo a su alrededor. En su familia, en sus vecinos. Gente que habla a gritos, gente de gustos groseros, gente egoísta, falsa, agresiva, resentida y ruin. La vulgaridad. La vulgaridad.

  Las personas elevadas exponen sus sentimientos, los miman, los enriquecen con los frutos de la civilización y el mutuo apoyo. Hablan de arte, de pensamiento. Se dan comprensión y amor. Crean amistades íntimas. No buscan hacerse daño los unos a los otros por diversión. Son bondadosas, ingeniosas, afectuosas. Son humanas. Las había visto en la televisión.

  Los pobres no, los pobres están embrutecidos.

   No es que su madre fuera mala (su padre, sí, evidentemente), pero no hacía más que quejarse, chismorrear, comer hasta engordar, lo veía todo lleno de amenazas, de sexo degradante, de violencia, de escasez, de humillación. Era una pobre desgraciada.

  Y así todo.

  No tengo nada. Se decía Estrella cuando solo había cumplido veinte años y vivía compartiendo un diminuto dormitorio con su hermana mayor, obesa y tan inútil como ella (el padre y la madre, que se odiaban, dormían en dormitorios separados, y no había más que tres en el piso). La inteligencia y la cultura habían sido su esperanza, pero había fracasado porque no estaba capacitada para memorizar cuarenta temas de Derecho Civil.

  Después de ducharse (cosa que, por abandono, no hacía todos los días por entonces) se peinaba en el espejo del cuarto de baño y se miraba. Se contemplaba. Era muy guapa. Tenía unos grandes ojos verdes, dulces e intensos, unas mejillas rosadas, amplias, redondas, bien proporcionadas. Una boca bonita, de buenos labios, aunque no muy gruesos. Su único defecto eran las orejas grandes, pero las tapaba el pelo. Tenía algún kilito de más, cosa que podía arreglarse. No era demasiado baja (uno sesenta y cinco). Buenas piernas, buen culo. Las tetas, regular, no gran cosa, pero eso no llegaba a ser un defecto. Y la caspa, que la avergonzaba tanto.

   ¿Era eso todo lo que le quedaba? Con su cuerpo podía fregar suelos. Podía trabajar de cajera en un supermercado. Podía cuidar niños, el único trabajo que a veces había hecho (por una propina... o gratis).

  ¿Y ser prostituta? ¿Cuánto podía ganar? Llevaba semanas pensando en ello insistentemente. Las semanas se convirtieron en meses.

  Había oído decir que las “prostitutas de lujo” podían ganar veinte mil pesetas. ¿A la hora? Ella era guapa, joven, educada, culta. A veces incluso había quien la tomaba por una señorita. ¿Valdría eso veinte mil pesetas? Trabajando de limpiadora necesitaría medio mes para ganar eso. Y ni siquiera era tan fácil encontrar trabajo de limpiadora. Y probablemente lo haría mal. Todo lo hacía mal.

  Por la noche, en la oscuridad bajo las sábanas, calculaba sus opciones: convertirse en una solterona desgraciada que trabaja de limpiadora o dependienta, engordar tal vez como su madre. Casarse. ¿Con un albañil?, ¿con un camionero? Ser prostituta: a veinte mil pesetas. Una profesora de universidad, con su doctorado, su cátedra, podía ganar doscientas mil mensuales al cabo de diez o quince años de duros esfuerzos con su hábil memoria. Su padre nunca había ganado ni ochenta mil. En casa comían todos (los cuatro) con menos de mil pesetas al día. Estrella solo se compraba ropa una vez al año. Un piso como aquel en el que vivían -viejo y pequeño, en barrio obrero- costaba dos millones. Si se hacía cien hombres a veinte mil pesetas podía comprarse un piso. ¿En un mes?

    Necesitaba información. En otro momento había fantaseado con irse a Inglaterra de au pair y aprender inglés, y vivir oportunidades y aventuras propias de una persona joven en un país lujoso y moderno. Por supuesto, no había contado con el menor apoyo de su familia para tal empresa, y aquella idea no pasó de ser una fantasía. Nunca supo siquiera encontrar información fiable al respecto. Quizá preguntando más, insistiendo…

  Por otra parte, debía enfrentarse al sexo. Tenía veinte años y era virgen. Nunca había tenido novio ni le habían dado siquiera un beso. Su virginidad la avergonzaba. Se sentía empujada a dejar de ser virgen. A estar con hombres. Pues en tal caso...

  La prostitución llama la atención de las muchachas. Se presta atención a las historias que se cuentan. En la Facultad había oído decir que había chicas estudiantes en Madrid… que “ganaban veinte mil” y que con eso se pagaban los estudios y vivían tan bien.

  Pero si ganaban tanto… ¿para qué querían estudiar? Ganando tanto…

  Una fuente de información insospechada fueron las revistas pornográficas del padre de Estrella. Las había dejado medio ocultas en un rincón del diminuto lavadero. A veces aparecían en su dormitorio. A escondidas, Estrella empezó a mirar las fotografías y leer las historias, increíblemente morbosas, que aparecían junto a las fotografías. Vio penes, vaginas de mujer, penetraciones, lesbianismo, felaciones, sodomía… Los gestos, el estilo, la presentación de aquellas formas indicaba una extrema vulgaridad, muy próxima a lo que Estrella consideraba el entorno delincuencial. Pero también era atrayente, asombroso y siniestramente excitante. El mundo real.

  En una de las historias volvía a repetirse la cifra: “veinte mil”. Una chica decidía prostituirse, por diversión, lo pasaba bien y se llevaba ese dinero. Había historias supuestamente de ficción, “testimonios" supuestamente veraces, “consultorio sexológico”, viajes de turismo sexual a Holanda o a Marruecos…

  Un “polvo” salía a dos mil pesetas. Una hora, cinco mil. Los anuncios de ofertas de trabajo para prostitutas en el periódico de su ciudad hablaban de “tres mil diarias y cincuenta por ciento”. Había anuncios de “saunas”, “barra americana” y “bellas señoritas”. No faltaban ofertas. En cuanto a trabajo, era la única clase de trabajo en la que no faltaban ofertas.

  ¿Cuánto?, ¿cómo?

  Decidió empezar. Era su último curso. Ya no iba a aprobar. En febrero tuvo el último examen, y sabía que no iba a aprobar, como así fue. Mucho menos en junio: era el fin. Había que empezar por algún lado.

  Fue al ginecólogo para tomar la píldora. Siguió las indicaciones de “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir y comenzó a perforarse el himen poco a poco introduciéndose objetos en la vagina. Leyó las novelas sobre prostitutas que encontraba en la biblioteca pública (“La dama de las camelias”, “Marion De Lorme”, “Belle de Jour”, “Nana”, “Lola, espejo oscuro”). Estuvo atenta a cualquier conversación que tuviera que ver con el sexo. Las mismas series de televisión norteamericanas que habían aparecido últimamente, basadas en novelas de éxito, como "Avenida del Parque 79" o "De aquí a la eternidad" incluían episodios atrevidos relacionados con la prostitución. Algo había oído de que las prostitutas podían ganar mucho dinero, pero que suelen despilfarrarlo. Sin embargo, el personaje que interpretaba Kim Basinger en la serie "De aquí a la eternidad" ahorraba mucho. Si Estrella pudiera hacer dinero, desde luego no iba a despilfarrarlo. Lo ahorraría para irse a vivir al extranjero, aprender inglés y comenzar una nueva vida. Aún era joven. Tenía veinte años. Al fin y al cabo, incluso si los estudios le hubieran ido bien, hasta los veintidós no habría acabado la carrera, y después de eso, aunque sin duda el estatus social iba a estar asegurado, su futuro económico seguiría siendo incierto.

  Cuando caminaba por la calle se cruzaba, naturalmente, con hombres. Con hombres viejos, gordos, feos, calvos… Y se decía “me lo haría con éste”, “con éste también”, “me lo haría con todos: con éste, con éste, con éste”… Recordaba las fotografías de las revistas porno de su padre. Las tenía en la cabeza. La chica en sujetador, de rostro delicado, de rodillas, con la boca abierta, recibiendo el monstruoso pene de un tipo con pinta de degenerado. Sí que lo haría. Lo hacen todas. Gratis. Ella lo haría.

  Por la noche, ya no soñaba con bellos jóvenes, enamorados, bondadosos, caballerosos, cultos, que la abrazasen con nobleza y ternura… No. Se imaginaba besando en la boca a viejos babosos. Metiéndose sus penes en la boca. Y cuando se metía los dedos entre las piernas, o un tubo desodorante, o un pepino que luego usarían para la ensalada, imaginaba el pene de un hombre viejo, feo, con voz de vicioso…

  Por fin tuvo una idea, una idea para empezar a actuar: lo de ir al ginecólogo y el perforarse el himen no era todavía "hacer algo". Actuar significaba entrar en contacto con los hombres. El mundo real, no el mundo de la fantasía, por muy terrible que apareciese. Había que entrar en el mundo de los otros. El mundo en el que los otros pueden hacer contigo lo que quieran.

  Como era guapa, siempre había tenido pretendientes. Algunos de aquellos jóvenes estudiantes parecían inofensivos: eso era.

    En las bullas de los pasillos de la Facultad, de la gran aula, era fácil hacerse la encontradiza. Se puso falda, se vistió un poco mejor. Fue fácil comenzar la conversación con el Primero.

  El Primero era bajo, feo, gordo, con espinillas. Lo que a Estrella le importó averiguar cuanto antes sobre él era si su familia tenía dinero. Sí, lo tenían, en efecto. Ahora había que salir con él. Ir al cine.

  “Me gustaría ir a ver esa película, pero no tengo dinero ni para eso…” El Primero se atrevió a invitarla. Si se hubiera negado, tal vez ella no habría sabido después qué paso dar.

  Ya estaba en la calle. Era la primera vez que salía con un chico. Con un tío. El Primero, con su fealdad y su torpeza, era ciento por ciento seguro virgen como ella misma. Sí, debía de estar nervioso también él.

  Vieron "La decisión de Sophie". Ella ya había tomado su propia decisión, pero no se le ocurría de qué clase era la que Sophie iba a tomar. Resultó una decisión inevitable. Le pareció lógica, dadas las circunstancias y el poco tiempo con el que contó para tomarla. La de Estrella también era lógica. En el cine, ella agarró la mano fofa y sudosa de El Primero. Tan pronto, ya hizo el que sería su gran descubrimiento: que le convenían los hombres feos y débiles. Tal vez no fuesen los que con más facilidad hacían dinero, pero como había tantos, tantos, tantísimos hombres...

  A la salida del cine se sentía insegura, asustada. Le costaba hablar, pero no podía posponerlo, había que atreverse. Él se alarmó. ¿Podemos ir a tomar un café?

  Y una conversación: la más importante de su vida.

  Le dijo que se sentía fatal. Que iba a dejar los estudios. Y que quería irse a Inglaterra de au pair, a aprender inglés. Pero sus padres no querían y ella no tenía dinero. Si él le pudiera prestar… veinte mil pesetas. Se las devolvería desde Inglaterra. Se atrevía a pedírselas porque le tenía mucha confianza. Pero, por favor, no contara a nadie que…

  El Primero titubeó solo un segundo. Quizá sus padres no le permitían manejar tanto dinero. Invitarla al cine y al café no costaba ni quinientas pesetas, pero a lo mejor veinte mil resultaba ser también para él una cantidad inalcanzable.

  Estrella no sabía si en realidad se las iba a devolver o no. Como no sabía cuánto iba a ganar, si iba a servir para prostituta o no (pero ¿alguien podía no servir para eso?), le resultaba impensable verse a sí misma dándole (o devolviéndole) dinero a alguien. Pero lo que sí tenía claro era que El Primero iba a follarla. Ya se había perforado el himen. Se metía los dedos y cualquier cosa. Incluso lo había intentado por el ano, empresa que, de momento, había abandonado para más adelante.

 Comprendió que tenía que besarlo. Pero en el café no lo podía hacer. Tenía que haberlo hecho en el cine. Bueno, estaba la posibilidad de ir otra vez al cine. Pero eso le costaría a él más dinero. Se había hecho de noche. En la calle estaba oscuro. Se estaba haciendo tarde y solo lo había cogido un poco de la mano ¡y quería ser prostituta!

  Al salir del café, en una zona de sombras (era de noche) ella se atrevió a tropezarse con él. Sus cuerpos colisionaban blandamente. Ella se atrevió a más. Su pelo rozó la cara de él. Más. Su mejilla rozó las orejas o la nariz de él. Él permanecía quieto, pero no actuaba. Un poco más. Entonces lo besó. Fue posible porque él, pese a su torpeza, adivinó el movimiento. El beso fue un éxito aunque técnicamente resultó un desastre. Percibió que él estaba excitado.

  “Si me voy a Inglaterra, quiero tener una experiencia. Ayúdame también en eso…”

    Era un poco como eso de no querer morir sin hacer el amor por primera vez. “Ir a Inglaterra”, para Estrella, era, en aquel momento, un eufemismo por prostituirse: la indignidad, la muerte social.

  Nunca podría ella entender lo volcánico del deseo masculino. El torpe, amorfo y sudoso Primero se encendió, como casi todos los hombres que conocería en adelante. No hubo que seguir tirando de él. Fueron a su casa al día siguiente, por la mañana, a la hora en que tenían que haber estado en clase y los padres de él trabajaban (trabajos de alto nivel). Aunque tenían un poco de miedo de que los sorprendieran, todo resultó. Y ese mismo día, fuera el chico consciente o no de las circunstancias exactas que se estaban dando, Estrella recibió las primeras veinte mil pesetas. Se las pidió después de besarlo y tocarlo, con las lágrimas asomando (lo que a él lo alarmó: las lágrimas le serían siempre muy convenientes). Ella guardó el sagrado dinero cuidadosamente y después prosiguió, calentando su cuerpo con el cuerpo vivo del joven feo. Después llegó la desnudez, increíblemente extraña al mundo de las personas vestidas.

  Imaginó que el acto le había dañado la entrepierna. Pero en casa no encontró nada. Era posible que la penetración no hubiera sido completa. En cualquier caso, ella había visto el pene. Incluso lo había tocado. Cómo se había puesto él: parecía medio enfermo, medio enloquecido. El sexo no tenía nada de glamuroso. Era molesto y difícil.

    Entonces se dio prisa: llevaba días rondando al Segundo. Menos gordo, pero igualmente feo, con una voz ridícula. Pequeño. Y educado. Ni el Primero ni el Segundo formaban parte de los grupitos de estudiantes atrevidos y alegres. Eran jóvenes grises, tenidos en poco y que probablemente se aburrían.

  También le propuso al Segundo lo del cine, y sin que el Primero se enterase. A la salida, la propuesta. Lo de Inglaterra, sí, pero no como un préstamo. Como un precio (“sé que te gusto; por qué no; pero necesito que me ayudes; había pensado en diez mil pesetas”). El Segundo se quedó muy sorprendido, pero reaccionó rápido. Sorprendido, pero rápido, como en un movimiento reflejo.

  “Te puedo dar diez mil pesetas y vamos a un hotel”. Pese a que también era torpe, no muy brillante, feo, con pocos amigos, algo le hizo sospechar a ella que no era inexperto.

    Fue al día siguiente. Le dio las diez mil. Entonces lo supo: no era inexperto, pagaba mujeres. A veces lo había hecho. Hubiera sido una oportunidad para ella el que le contara lo que sabía sobre el asunto, pero estaba demasiado sorprendida para preguntar más. Él no demostró ser un gran amante, pero sí se mostró educado y con una compasión que a Estrella le resultó molesta y que la avergonzó mucho (pero ella se decía que la vergüenza era merecida). “Eres guapísima…” Cuando ella le dijo que había fracasado en los estudios él asintió y no dijo nada.

  Ya tenía treinta mil.

  Al día siguiente volvió a intentarlo. Como la “Nana” de Zola, quería ver si era capaz de presionar al Primero de nuevo. Llamó por teléfono el domingo por la mañana desde una cabina, tratando de que nadie se enterara.  ¿Estaría fascinado por ella, por el descubrimiento del sexo? Le dijo que le había surgido una urgencia, que no le llegaba con el dinero que tenía para el viaje a Inglaterra.  ¿Le prestaría otras veinte mil, ya, mañana mismo? Podían quedar otra vez en su casa, "como la otra vez".

  Sorprendido, dijo que sí, que enseguida. El lunes le dio las veinte mil. Y esta vez ella tomó el pene de él, y lo llevó hasta la boca, tal como suponía que era lo que hacían las mujeres en las fotografías pornográficas. No le supo a orín, le supo a otra cosa.

  Ahora había que irse cuanto antes. Había que quitarse de enmedio y el día siguiente era martes 10 de mayo de 1983. No había que perder tiempo. Contaba con cincuenta y cinco mil pesetas en total, una fortuna (había tomado otras cinco mil de casa, del dinero para la comida). Por la mañana salió, como siempre, pero vistiendo falda, lo que no era habitual, y llevando una bolsa que en lugar de libros y apuntes contenía un poco de ropa interior. Se dijo que nunca volvería a aquel piso. (Solo lo hizo, emocionada, con la vista nublada, veinte años después, tras la muerte de su padre).

  Conocedora ya de los horarios, llegó a la estación de tren y tomó uno barato a Sevilla, doscientos kilómetros más lejos. Al mediodía estaba en aquella ciudad por completo desconocida para ella, pero no muy diferente a Málaga (aunque no había mar...). Se metió en una pensión después de haber comprado los periódicos.  En la habitacioncita de la pensión (mil pesetas, con el baño en el pasillo) estuvo mirando los anuncios, las ofertas para prostitutas. Pensó (ya lo había estado pensando durante meses) que primero tenía que concertar una cita, después tenía que comer algo e ir a la peluquería. No: primero preguntar desde dónde podía llamar por teléfono (no desde una cabina, no desde un bar), después llamar (no a "sauna", no a "bar"), después bañarse, después ir a la peluquería (preguntar antes dónde había una peluquería) y después presentarse donde le dijeran. Llevaría la misma ropa. Era una ropa normal. Después llamaría a casa, diciendo que le había salido un trabajo y que estaría fuera unos días. Pero eso, después. Cuando "ya hubiera estado".

  Por teléfono, dijo que llamaba por el anuncio. Le dijeron que se pasase por allí. Preguntó "qué tipo de establecimiento es ese". La mujer al teléfono no entendió la pregunta, el anuncio decía que "se necesitaban bellas señoritas para un establecimiento selecto". Ella preguntó si era un bar o una agencia, o qué. La mujer, de voz enérgica pero no autoritaria, dijo que era "un piso". Eso fue suficiente. Le dio la dirección y la hora a la que había que ir.

  Estrella no comió caliente. Miraba el reloj cada pocos minutos. Volvió a la pensión y se duchó. Salió a la peluquería, que acababa de abrir a esa hora. Dijo que iba a una oferta de trabajo y que "quería estar bien". Le pareció que le cobraban mucho, pero lo dio por bueno. Les preguntó seriamente por soluciones posibles para la caspa (le recomendaron un champú en particular, pero más tarde comprobaría que ese producto no iba a ser suficiente). Antes nunca se había preocupado de estar guapa. Lo poco que sabía de coqueterías femeninas se lo había enseñado su misma madre para lucirla un poco cuando la mostraba a sus familiares. Ahora, en cambio, ella estaba dispuesta a pasar por todo: lo del maquillaje, los tacones, los vestidos... y el depilado integral. Ella ya no consideraba que valiese nada como persona, dada la vergüenza de su fracaso en los estudios. Solo un cuerpo. Si conseguía dinero...

  No le dieron una hora exacta para presentarse. Que a partir de las siete de la tarde. Había buena luz y se trataba de un piso en una calle del centro. Subió dos pisos y llamó. Le abrió una señora de aspecto agitanado, cuarentona y algo obesa. La típica madame andaluza. Al segundo, aquella mujer calibró la juventud y la tensión del rostro de su "víctima". Estrella trató de aparentar calma. Dijo que era la chica que había llamado por el anuncio. La tipa le preguntó si era mayor de edad. Sacó su carnet. Vio que tenía veinte años y era de Málaga. La hizo entrar y la llevó, por un largo pasillo por el que todas las puertas estaban cuidadosamente cerradas, hasta una cocinita, donde hablaron de pie. Por una puerta entreabierta vio algo que sabía que era terrible, pero que se esforzó en no sentirlo así: cuatro mujeres medio desnudas, sentadas, fumando, charlando y mirando de reojo a la madame hablando con una "nueva".

 Le explicó las condiciones. Estrella entendió que si se hacía cinco o seis tíos al día podría llevarse unas diez mil pesetas. Siempre que no fuese demasiado poco, a Estrella le daba igual la cantidad de dinero, porque se trataba de empezar. Contó su historia: había dejado los estudios y quería probar si podía ganar algo de dinero así. Si servía... No, no lo había hecho nunca. Había tenido "rollos" con "gente conocida" y "ganado algo"... La madame, llamada Celia, dijo que nada de drogas. Y que si tenía novio era cosa suya, pero a la casa no podía entrar. Estrella dijo que sí a todo.

  Entonces la presentó a las otras. Eran cuatro y todas vestían igual, con unos "bodys" de color crema, sin medias, con zapatos de tacón. En el primer momento le parecieron todas iguales, con peinados voluminosos, maquilladas, fumadoras, de ojos grandes pero duros. Putas. Estaban buenas. La presentó. Jovencita, veinte años. Necesita que la enseñen. Todo esto incluyendo ciertos chistecitos a los que ella respondía con una sonrisa asustada de labios cerrados. Una de ellas la miró fijamente, casi agresiva. Otra le sonrió dándole ánimos. Las otras dos se aburrieron enseguida de la novedad.

  Pero había que vestirla. La chica que se había mostrado más simpática se levantó voluntaria para llevarla al ropero. Pero otra se le adelantó y la hizo sentar de nuevo, haciendo que todas rieran, sin que Estrella comprendiera por qué. Supo al instante que iba a ser objeto de muchas burlas.

  Una habitacioncita un poco más lejos (el piso parecía ser de muchas habitaciones) era donde se cambiaban. Se quedó desnuda delante de la otra, una morena con una gran cabellera. Era como en la peluquería donde le hicieron las piernas o en el médico: la desnudez no la molestaba. La morena se reía aún de cómo había "cortado" a la otra. Le dijo que ésa tan simpática era lesbiana y quería verla desnuda y manosearla. Estrella no se asustó por eso, ya que, influida sobre todo por el exhaustivo examen de las revistas pornográficas, estaba tan predispuesta al lesbianismo como a las felaciones o al coito anal (aunque no se le ocurría qué utilidad podía tener el lesbianismo en lo que a ganar dinero se refería). Preguntó sobre "el servicio", ¿qué les hacéis? Pensó que la otra se iba a reír de ella, pero se limitó a decir que había que hacer un poco de francés y luego, el polvo. Que el tipo se duchase y se pusiera condón.

  Sentada con ellas, ahora eran cinco. Todas vestidas igual. Se sentó junto a la lesbiana, pensando que era más simpática que las otras. La lesbiana dijo que se llamaba Paula y que era de un pueblo de Sevilla. No aceptó el cigarrillo que le ofrecieron. Dijo que ni fumaba ni bebía. Dijo que las estudiantes no solían hacerlo. Pero que ella ya no era estudiante. Aunque igual era bueno no fumar ni beber. Ahorrativo. Le dio la impresión de que, salvo para la lesbiana, a las otras, ella ya les parecía rara y aburrida. Que siguiera así, pensó, porque aquellas mujeres, de una edad entre veinticinco y treinta y cinco, le daban miedo.

  La madame anunció un cliente. Entonces comenzó el desfile. Tenían que ir hasta una habitacioncita (otra) donde esperaba "el tío". Tenían que llegar hasta él, decir su nombre y darle un besito. Una tras otra. Entonces "el tío" le decía después a la madame cuál le gustaba más, cuánto tiempo quería, pagaba y esperaba en el dormitorio. Eso era todo.

  Estrella fue la última en desfilar. Las otras habían hecho muecas y comentarios ahogados acerca de que era un tío muy feo. A Estrella eso le daba igual, lo que le preocupaba era caminar con los tacones. Lo hizo con torpeza, sin la gracia de las otras. Vio al "tío". Aspecto de campesino flaco de piel morena, cincuentón, con ojos pequeños y cara de vicioso, exactamente lo que esperaba. Dio su nombre y los dos besitos. El tipo la miró apreciativamente y le hizo repetir el nombre. Al minuto supo que era la elegida. Una de las putas la miró con desprecio y casi odio. Otra, con burla: "Te ha elegido a ti porque ha visto que tienes miedo". Paula le echó una mirada conmiserativa que le resultó aún más molesta.

  Dos minutos después, tras recibir instrucciones de la madame (por el estilo de lo que le había dicho la otra mientras se cambiaba), caminó por otro largo pasillo hasta la segunda puerta, que estaría ligeramente entornada y donde esperaba "el tío".

  Ahí estaba. Ahora sí que estaba. Vestido, de pie, con las manos en los bolsillos. Lo primero que hizo fue besarla en la boca. Ella no se negó y después le habló un poco como a los niños que ella había cuidado por dinero: tenía que ducharse. Pues claro, el tipo ya conocía las reglas de la casa.

  Se quedó de pie viendo cómo mostraba su cuerpo flaco, desnudo, moreno, más bien musculoso. Pensó que estaba bien que no fuese un gordo. Entendió, como había entendido desde el principio, que los hombres que pagan son los no atractivos, los que no pueden conseguir mujeres gratis. Por supuesto que tenían que ser feos y viejos. Trató de seguirle la conversación. Sí, era nueva. De Málaga. Gracias por decirle lo guapa que era. Pero allí había muchas chicas guapas. El tipo dijo que la Celia tenía las mejores chicas de Sevilla. ¿De verdad?, pensó ella; entonces, había tenido suerte a la primera. Pero allí no se ganaba mucho... No podía ser un sitio tan bueno...

  Cuando el tipo salió de la ducha el pene ya mostraba cierta erección. No era grande. Como había bastante luz lo veía bien. Entonces ella tuvo una revelación que más tarde comprendió que iba a ser decisiva en su "carrera". Tomó la toalla para secarlo. El tipo se sorprendió. Vio a la chica medio desnuda agacharse para secarle las piernas  y un poco el pene, cada vez más erecto. Lo secó por atrás. La espalda, el culo, las pantorrillas y muslos, por atrás. "Qué servicial eres", dijo el tipo. "Yo estoy aquí para servirte", dijo, con voz humilde y simpática. "Qué chica más buena eres,", dijo el tipo, quizás con algo de sinceridad.

  Entonces la volvió a besar en la boca. La manoseó. Cuando se separaron, vio que estaba excitadísimo. Para no verle la cara, Estrella se arrodilló y comenzó a acariciarle la cosa con la boca. No sabía mucho de técnica de felación, así que se limitó a rozarle los contornos del sexo con sus labios y punta de la lengua, sin preocuparse por el sabor. De todas formas, no era grave: acababa de lavárselo. El tipo reaccionó apartándola suavemente. "Todavía no, niña..." Ella no lo entendió, pero obedeció. Se había propuesto obedecer en todo momento, mostrarse simpática, dulce, sumisa y cooperativa.

  Estrella se desnudó del todo. Su cuerpo blanco, joven y tierno contrastaba con el moreno, viejo y duro de él, que volvió a besarla y a tocarla, haciendo comentarios entusiastas. Fueron a la cama. Siguieron los besos y los abrazos. Estrella no sintió nada especial. Era algo que se hacía con el cuerpo y que todas las mujeres hacían. Le seguía el juego a él, hacía lo que él quería. "Prueba otra vez ahora", le dijo, cuando él estaba tendido boca arriba. No entendió. Entonces él, un poco impaciente, hizo como para empujarla hacia abajo. Ella se puso a cuatro patas sobre la cama, de nuevo haciéndole caricias con la boca. El tipo estaba complaciéndose. La hizo parar, se puso el condón él solito (Estrella ni siquiera sabía por entonces que solo era posible ponerse el condón con el pene erecto) y la hizo copular sentada sobre él. Le dolió: primera experiencia del problema de la lubricación y de su vagina un poco estrecha. Ella apenas se había movido.

  Todo acabó. Volvió con las otras y dijo que estaba bien. Hubo dos tipos más ese día. Por la noche llamó a casa, donde su madre estaba alarmada por la hora que era y sin que ella hubiera llamado. Y, desde luego, nunca había dormido por ahí sola. Contó su historia inventada (que se había ido por ahí con amigos) y colgó, dolida del estupor que adivinaba en su pobre madre. Llamaría al día siguiente. El día siguiente el mismo tipo volvió preguntando por ella. Y hubo otros cuatro (la vagina le seguía doliendo). Esa noche se fue a dormir a casa de Paula y ya no volvió a la pensión.

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