miércoles, 16 de julio de 2014

Capítulo 6. Escribir algo, ser algo.

    Solo le quedó regresar a España. Descubrió que estaba ansiosa por regresar, que se sentía extranjera y sola. Se detuvo en Zürich a ver a Martina, tratando, al menos, de quedar como amigas, pero la suiza se mostraba desconfiada y poco cálida, aunque sus ojos seguían siendo tan bonitos como siempre. Condujo dos mil kilómetros de vuelta parando lo mínimo (hizo dos noches en la carretera) y cuando llegó a casa, los árboles ya estaban plantados. Fue entonces cuando el horticultor le confirmó que no existía en español una palabra equivalente a “Orchard” en inglés.

  Tenía muchas ganas de ver cuánto habían avanzado las obras en dos meses. Y todo tenía muy buen aspecto. También tenía muchas ganas de que los obreros se largaran. Demasiado ladrillo, demasiado ruido, cuando se trataba de crear un vergel.

    Aquellas Navidades de 1989 fueron felices, aunque encontraba alguna dificultad en disfrutar de ello. Ya estaban en la nueva casa, en la que quedaban todavía muchas obras por finalizar. Los árboles ya habían comenzado su hermosa carrera para acercarse al sol, el huerto quedó sembrado y el recinto cerrado con un muro. En un par de meses más, los tíos se mudarían a la casa de al lado que estaba a punto de hacerse habitable también. Para el verano, tendrían piscina, instalación de paneles solares, un invernadero y todos los detalles a punto. Claro está que durante el verano ella habría de quitarse de en medio para que su madre pudiera recibir la visita de su hijo y nietos. Esta humillación no la molestaba cuando, fuera del verano, ella era dueña y señora, y todo tenía sentido. En la casa.

  La madre era feliz. Había perdido casi veinte kilos y mejorado su movilidad, a los sesenta y cuatro años. Le encantaba el huerto, la casa en el campo, la vecindad de su cuñada y tener a sus hijas contentas. La hermana hablaba de hacer excursiones por las sierras próximas que tenían tan a la vista, le gustaban las tareas hortícolas y estaba desarrollando la afición a coleccionar plantas y otras cosas. Le gustaba ahora coger su coche y ver a sus numerosas amigas de la asociación naturalista, y chismorrear. Su asexualidad seguía siendo segura, tal como es propio de una mujer sin atractivo.

  Estrella contaba con todo el segundo piso de la casa (cuatro dormitorios y dos baños) más una terraza donde esperaba tomar el sol desnuda y broncearse el año siguiente. Pensaba dedicarse seriamente a escribir. Recibiría amigas de vez en cuando, sin escandalizar a su madre (solo traería a chicas buenas, conocidas), y seguiría leyendo. Estaba escribiendo a la vez dos novelas, la que trataba de la utopía feminista, que estaba ambientando en Estados Unidos (tendría que volver a viajar por allí), y la novela social sobre el chico sodomizado, que había titulado “Los amados extranjeros”. Y, sobre todo, comenzaba a escribir su ensayo filosófico feminista-lésbico. Poco a poco, la teoría se iba formando.

   Entendía que sus teorías estaban relacionadas con sus vivencias personales, y eso le parecía perfectamente lógico, pues el mismo doctor Freud había desarrollado las suyas mediante el mismo proceso. Sin duda el avance social se relacionaba con la liberación femenina, pero no como una consecuencia directa, sino como subproducto. El cristianismo era una religión que había dado lugar a una relativa liberación de las mujeres, dado que antes ellas eran esclavas que se compraban y vendían, y con el cristianismo pasaban a tener alma y a ser dignas del amor de Dios. Ahora, en la sociedad democrática, las mujeres eran legalmente iguales a los hombres. Entendía Estrella que el lesbianismo era un paso más en esa igualdad (el feminismo es la teoría, el lesbianismo es la práctica).

  Antes, a las mujeres se les dejaba lo peor: ser esclavas, ser sirvientas, ser esposas y madres, no podían trabajar, no podían vivir solas, no podían estudiar… y si querían sexo y amor, tenían que conformarse también con lo peor de todo: los hombres. Igual que la familia nuclear iba a desaparecer, también iba a desaparecer la relación amorosa hombre-mujer. Realmente ella no necesitaba a los hombres. Sus vagos deseos amorosos de adolescencia acerca de encontrar a un “príncipe azul” se habían evaporado, y ahora, cuando se tropezaba con un hombre con buen aspecto, culto, educado e interesado en ella, solo se sentía vagamente halagada, pero nada deseosa: se había “limpiado” por completo de heterosexualidad y si pensaba en ello sentía casi euforia, un poco como se sentía cuando pensaba en su dinero y sus propiedades (¡que liberación!). Y ya se había dado cuenta de que las lesbianas con “problemas de identidad sexual” no tenían mucho que ver con ella. Patri y Elena, por ejemplo.

  Solo por haberse convertido en lesbiana, ya valía la pena haber sido prostituta. De haber seguido siendo una estudiante buena chica nunca habría dado aquel paso. O lo habría hecho con más de treinta años, como tantas otras...

    Y en contraste con esto, en la última carta, Martina le confesaba que ahora se había echado novio (probablemente ya lo tenía cuando se encontraron en Zürich, pero no se lo dijo entonces). A Estrella no le sorprendió: comenzaba a decepcionarse con Martina, tenía reacciones de humor un tanto incoherentes, al estilo de la pobre e inculta Violeta, y no era sincera con ella, que siempre lo había sido. Sospechaba que se trataba de algo habitual en las mujeres, siempre intimidadas por el entorno que les exige contrariar sus verdaderos deseos. Además, Martina creía en Dios, formaba parte de asociaciones cristianas, y no aceptaba la religiosidad atea y filosófica de Estrella. Y no quería ser lesbiana, le interesaba el feminismo, pero un feminismo “en busca de la pareja ideal”. Un feminismo falso. Eso sí, sus estudios como dentista eran todo un acierto y más adelante podría darles un contenido social.

  En aquel año que empezaba Estrella fue dándose cuenta de que, aunque su solvencia económica estaba asegurada, su futuro era incierto tanto en lo afectivo como en lo social. No gustaba en los ambientes lésbicos. Atraía sexualmente, pero era demasiado diferente a las demás. Para su sorpresa, su ideología no había logrado interesar a nadie. Irène seguía siendo hostil, aunque le daba la impresión de que ya respetaba su intelecto. Y lo que había visto en Norteamérica (en San Francisco) le parecía una chifladura. Por eso necesitaba clarificarlo todo por escrito.

   En cuanto a su talento como escritora, había probado en algunos concursos de cuentos sin conseguir el menor resultado. Le habría venido bien un poco de guía y consejo a ese respecto. Había quienes daban cursos en España, pero sospechaba que se trataba de estafadores. Quizá debería volver a viajar a Estados Unidos para asistir a un curso de escritura, que allí los había buenos. Quizá cuando tuviera más claro qué quería escribir. Desde luego, cualquier cosa al respecto debía hacerla en lengua inglesa. España era solo el país de su madre, la casa de su madre. Viviendo en la costa del Mediterráneo, ella se consideraba una ociosa expatriada angloparlante, como tantas y tantos. Y contaba con el transporte aéreo para ir adonde hiciera falta cuando le apeteciera.

    Estrella tenía que resolver lo de su vida sexual. Tenía tantas oportunidades que se sentía frustrada de no sacarles más partido. No le gustaban las drogas, ni las juergas. Lo que le gustaba era el sexo. De pareja, de trío, de más gente. Consideraba que el sexo podía ser una magnífica forma de crear vínculos afectivos, obtener satisfacción física plena y vivir aventuras nada arriesgadas. Pero no había logrado participar en ninguna orgía lésbica aún, tal como soñaba. Había estado con dos o tres chicas, empezando por las dos suecas de 1985 (las primeras vacaciones de su vida), pero no de la forma cálida, íntima y golosa con la que soñaba. Chicas como Heike, Violeta e incluso Martina podían ser amantes magníficas, muy femeninas y sensuales, pero eso no se compartía, se vivía en pareja y con demasiado dramatismo para su gusto. Y las mejores amantes luego resultaban ser las más reticentes al principio.

    Sus anuncios personales habían tenido el efecto de que a veces le escribieran o hasta le llamaran por teléfono mujeres a las que no conocía en absoluto pero que habían tenido noticia de ella de alguna forma indirecta, no por haber leído sus anuncios personales. Por lo visto, las lesbianas de Londres o París se pasaban sus datos. Eso no le parecía mal a Estrella, pero exigía tomar ciertas precauciones.

  En febrero del 90 fue cuando compró el apartamento baratucho en la próxima barriada costera de Torre del Mar para recibir a una de estas desconocidas y así no imponérsela a su madre. Tuvo que soportar el fastidio de supervisar la obra de reforma, pero creó un habitáculo pintado de blanco, con algunos espejos grandes, un baño muy completo, aire acondicionado. Metió dentro edredones, almohadones, peluches, adornos propios del dormitorio de una niña. Hacía efecto cuando introducía en el apartamento a una invitada. Fue una buena precaución, porque una de las primeras que vino por esas fechas resultó un desastre y al final incluso tuvo que echarla. Habría sido un horror llevarla a casa y demasiado incómodo buscarle un hotel.

  Casi cada mes recibía a una mujer desconocida o casi desconocida, obteniendo resultados variables. Con las lesbianas de Málaga, por otra parte, seguía sin tener éxito pero no podía renunciar a ellas. Todas eran del tipo más bien masculino, por mucho que buscaran disimularlo, o bien eran penosamente feas, tontas y tristes, el tipo de pobre mujer que acepta una relación con otra mujer porque esta finge hacer de hombre. Todo era de un nivel muy bajo en cuanto a lo afectivo. Y lo peor era que a ellas les interesaba su dinero e incluso tirársela, y por eso se mostraban hipócritas y falsas, y a veces lograban engañarla. Era peor incluso que cuando buscó mujeres en Madrid, mientras aún era prostituta.

  Su primer contacto con ellas fue en la primavera del 88, cuando aún vivía en Torremolinos. En Madrid consiguió la dirección de un grupo gay de Málaga y uno de estos gais, un pintor, la puso en contacto con dos amigas lesbianas de la ciudad. Quedaron a tomar un café en la Plaza de la Merced.

  Si las comparaba con las mujeres que había conocido por entonces en Paris (fue poco después de conocer a Irene) o incluso en Madrid, aquellas chicas resultaban personas de muy pobre aspecto. Eso no la sorprendió, pero por lo visto no lo supo disimular lo suficiente. Las chicas le explicaron que estaban intentando empezar a asociarse, siempre un poco llevadas de la mano por el mucho más poderoso movimiento gay masculino.

  Estrella se divirtió un poco fascinándolas con su belleza, su dinero y su conocimiento del mundo exterior. Pero con eso también se ganó su resentimiento. Siguieron en contacto y más adelante, muy poco a poco, llegaría a hacer alguna cosa gracias a ellas. La pequeña comunidad lésbica creció y si bien "la millonaria” (o "la puta") nunca dejó de despertar antipatías, era muy conocida por todas y solían llamarla y solicitarla. Incluso hubo algo de sexo porque a Stella el placer le gustaba mucho y le convenía tener a alguna mujer complaciente a mano, cerca de casa, así que durante aquellos años, de forma intermitente, tuvo relaciones con mujeres de Málaga. Las más asiduas, que duraron varios años con contactos esporádicos y más o menos vergonzantes, fueron Merche y Victoria. Con las dos hubo malos momentos, placer suficiente y valiosas enseñanzas acerca de la condición social de las mujeres que no son ni muy bellas, ni muy inteligentes, ni muy bienintencionadas. Sin embargo, no sucedió nada en especial vergonzoso. Las vio durante algún tiempo, se acostó con ellas en ocasiones. Eran de Málaga, de su tierra. Le hicieron ver lo que le hubiera podido esperar en la vida si no hubiese reunido dinero suficiente para organizarse en un mundo más amplio, más extenso y poblado.

  En “Villa Orchard” recibía a sus buenas amigas. Las de Madrid, como Patricia o Toñi (que vino con su novio), una pareja de alemanas tímidas y educadas (con las que no tuvo relación sexual), y una semana que las visitó Silvio y su esposa alemana (pero no Violeta, que estaba teniendo un romance un poco conflictivo con un hombre casado). Por cierto, que ella se dio cuenta de que Violeta les había contado ya lo de sus comienzos como prostituta de burdel. Normalmente, Estrella evitaba contar la historia completa. A lo más, contaba lo del ex marido millonario... aunque al final, siempre acababa hablando de más, y el odio y desprecio de las feministas por las prostitutas (a las que consideraban “esclavas”) era algo que iba siempre en contra de sus intereses. Irene no era una excepción. Si discutían, ella siempre tenía a punto el epíteto despectivo. El estigma persistiría siempre.

  Violeta había contado algo más: Silvio, un poco molesto, le comentó que su hermana se había quejado de que en Amsterdam quedaron mal porque la lesbiana española... había intentado poco menos que violarla cuando tomaron una habitación para dos en el hotel. ¡La muy embustera! Estrella, indignada, le explicó a Silvio que las dos ya se habían enrollado muy apasionadamente en Frankfurt, y que su hermanita ya había tenido rollos lésbicos en Argentina. Lo de Amsterdam fue un cambio repentino, probablemente relacionado con que le había dado vergüenza quedar públicamente como lesbiana ante el personal del hotel...

  Durante la primavera y el principio del verano del 90 hizo bastantes excursiones con la asociación de amigos de la naturaleza de su hermana. Ambas hermanas, la madre y la tía Reme formaban un entorno femenino que le parecía pobre y poco lucido, como de sirvientas, pero cómodo en lo doméstico y no desprovisto de humilde encanto. En cambio, a Estrella le sorprendió el buen nivel social de los miembros de la asociación de amigos de la naturaleza. Entre ellos había personas mayores, de alto estatus. Tenían de bueno que no les sorprendía el dinero, porque casi todos lo tenían. Subían montes, plantaban árboles, coleccionaban plantas y fotografiaban pájaros. También se sumaban algunos guiris, de modo que Estrella hablaba inglés y francés, y mejoraba su alemán.

   A mediados de julio, Estrella dejó el campo libre a su hermano y los nietos. Tomó su automóvil e hizo una visita a Madrid de un par de semanas, donde encontró pocas novedades: solo la amistad de Patricia y Toñi, tan simpáticas siempre.  Con ellas recordaba, casi con nostalgia, sus tres años “de trabajo”, en sus diversos momentos.  Formaron un buen grupo porque eran personas buenas, el trabajo era cómodo (para sus asistentas, porque lo que pasaba en el dormitorio exigía a Estrella poner bastante dedicación) y el dinero fluía. Estrella no era una persona con autoridad como para formar un equipo, pero sus prácticas obscenas eran la fuente de riqueza y todo dependía de ella hasta el punto de que en cualquier momento podía llevarse su valioso cuerpo a otra ciudad (Barcelona, o más lejos) y acabar con todo para perjuicio de todas. Por eso ni Patricia ni Toñi, que eran mujeres con más personalidad, se atrevían a imponérsele: a la más mínima el pájaro precioso podía volar. Y por eso, y porque eran buenas personas, siempre se llevaron bien y siempre fueron amigas. En cambio, cuando buscó mujeres para su placer, obtuvo pobres resultados. Y no fue fácil compaginarlo con su "trabajo". Conoció a unas cuantas (a tres), pero, escarmentada por su fracaso con Paula, interrumpió aquellas relaciones, no muy perfectas, por prevención. No volvió a saber de ellas.

   Después se pasó todo el mes de agosto en Paris con una escapada a Londres de una semana. Era una época en que parisinos y londinenses iban y venían de sus vacaciones al tiempo que las dos ciudades estaban llenas de turistas de todas partes. Estuvo a punto de viajar a Europa del Este, a celebrar la caída del muro, pero prefirió dejarlo para otro momento. Mantuvo unas cuantas relaciones sexuales (dos) y conoció mucha gente. Demasiada gente. Si se iban a un bar o a una discoteca, se aburría enseguida, se sentía sola y confusa (ya era capaz de detectar y admitir la existencia de cierta "escasez de habilidades sociales" en su contradictoria personalidad). Si se iba a la casa de alguien, tampoco alcanzaba la intimidad que ambicionaba. Pero aprender, aprendió. Aprendió más. Oyó opiniones y se obligó a sí misma a tomar notas. Solo le gustó una chica francesa, una estudiante, pero ésta tenía mucho éxito y siempre mantuvo cierta distancia, haciendo ver que no buscaba compromisos. Vivió con ella casi una semana en un apartamento compartido. Después la estudiante se fue a los Alpes y no le pidió que la acompañara.

  A veces le gustaba vivir en los hoteles. Nunca reservaba por mucho tiempo porque era habitual que la invitaran a casas y camas inesperadas, pero los hoteles le daban seguridad, en ellos se sentía cuidada por la profesional dedicación de la servidumbre. Algo que solo podía obtenerse con dinero. Allá donde iba, el dinero siempre le hacía compañía. Un hotel, un taxi, un libro, un regalo. Para ser una mujer rica, tenía poca ropa, y la que tenía, casi nunca la escogía ella, sino las dependientas de los grandes almacenes. Le gustaba coquetear con las dependientas. Eso también hacía compañía.

  El mes de agosto se acercó a su fin, y su hermano volvió a su casa, dejándole “Villa Orchard” a la legítima propietaria. Por esta época él tenía aspiraciones de grandes negocios. Se haría rico también, pero como un trabajador honorable, un hombre de familia, nada como lo que había hecho su hermana, la prostituta. El mutuo desprecio entre ambos se agigantaba, sobre todo a medida que los sobrinos (los nietos de su madre) se iban haciendo mayores. Prácticamente tenían prohibido hablar acerca de su misteriosa tía, aunque lo pasaban muy bien en la piscina y jugando en el amplio jardín.

  En septiembre le llegó una chica inglesa que acababa de terminar sus estudios de literatura. Le sorprendió su inteligencia. Quería también ser escritora y enseguida Estrella comprendió que aquella sí que podía llegar a tener éxito. Estaba muy interesada en temas históricos, en el lesbianismo durante la época grecorromana y cosas por el estilo. Dada su inteligencia y su cultura, el sexo resultaba satisfactorio, aunque no era mi muy bonita ni muy femenina. Se llamaba Laurie.

  Estrella mandó su novela utópica a un premio literario al final del verano y después se decidió a dar una nueva vuelta al mundo, ya con el otoño avanzado, lo que le parecía a ella más romántico, más evocador. Contaba con direcciones de mujeres con las que llevaba carteándose desde hacía tres años, a las que no había conocido aún, pero a las que había enviado sus sugerentes fotos, que siempre despertaban interés.

  A Londres fue a encontrarse con Laurie. Lo pasó muy bien. Laurie compartía piso con otras dos chicas lesbis. Era un ambiente muy británico: bebían té, contaban con un sentido del humor agudo y eran cultas. Allí no hizo sexo, porque Laurie estaba ahora comprometida. Quizá lo más interesante fue al final de todo, cuando conoció en una pequeña ciudad a la que habían ido de visita a una lesbiana que se interesó sinceramente por la teoría de Stella. Era una cuarentona que había estado casada muchos años, con dos hijos, interesada en la religión. Había perdido su fe cristiana al tiempo que la heterosexualidad. Se llamaba Ann. Quedaron en contacto. Era la primera vez.

     Pegó un salto a Copenhague, donde no vivió nada especial. Después visitó la Rusia de la perestroika. En Moscú ya hacía mucho frío y la ciudad era sorprendentemente cara, pero le sorprendió la facilidad con la que las chicas rusas, que apenas hablaban un poco de inglés, se metían en su cama. Parecían abiertas a cualquier oferta, a cualquier experiencia. Eran increíblemente dóciles. Estuvo un mes en Moscú. Allí conoció a Guenia y a Lara, dos estudiantes pobres. Una de ellas se había prostituido una vez con extranjeros. Las conoció por separado y luego las emparejó. A Stella se le ocurrió que podía llevarse a una (o a las dos) a España, para que ayudaran en la casa como sirvientas. Allí tenían que pagar de vez en cuando para hacer la limpieza (aparte de pagar a la tía Reme y al tío Eusebio para que cuidaran la finca y los huertos) pero a Estrella no le gustaban las mujeres que venían a hacer esas tareas, eran chismosas, vulgares y mal encaradas. La hermana, por su parte, hacía muy poco (aunque le gustaba cultivar verduras en el huerto) y la madre, aunque tenía a su cuñada, a veces necesitaba también ayuda. Las dos rusas podían no costar mucho, y parecían buenas. Por lo demás, Moscú era una ciudad peligrosa para una mujer sola, y la mayor parte del tiempo lo pasó en el hotel. Aunque se había comprado un abrigo muy calentito (no de pieles).

  Después voló a Japón: llevaba tiempo queriendo conocer el Lejano Oriente. Las lesbianas japonesas le sorprendieron por su desapego por el sexo. No eran realmente lesbianas. No les gustaba el contacto físico, lo que les gustaba era el coqueteo, el jugar a ser niñas. También encontró lesbianas comunistas, de un stalinismo rabioso. De todas formas, solo fueron diez días. Demasiado poco tiempo en un país demasiado extraño poblado de mujeres muy reservadas.

  A primeros de diciembre, California otra vez -San Francisco. Reencontró a una chica muy culta que había conocido en 1988 -en aquella breve visita-, y ahora se sintió intelectualmente preparada para confrontarla, pero eso no llevó a nada. También tuvo un rollo con una bisexual muy sexy. Fue una cosa surgida de forma espontánea, en la calle. Por su timidez, tenía pocas experiencias de ese tipo. Oía contar de ese tipo de historias y, como era guapa y graciosa, muchas mujeres le sonreían y se mostraban amigables… sin estar nunca segura de si podía añadir un roce, una insinuación. Sus años de prostituta la habían acostumbrado a ser muy explícita, a ofrecer sus dones de forma inmediata. El mundo del flirteo se le escapaba y le desagradaba un poco. De todas formas, como solía suceder, las mujeres que se lanzaban a una “primera experiencia” y después cortaban toda relación, como asustadas, eran las mejores amantes, las más íntimas, femeninas e intensas.

  Llegó a Málaga a tiempo para la Navidad. Había dado la vuelta al mundo: Europa Occidental, Rusia, Japón, California… Se dijo a sí misma que estaba bien hacer algo así una vez en la vida, pero que en conjunto no suponía más que una extravagancia excesiva. Aunque tampoco era su primera vuelta al mundo. Cuando el año anterior se reunió con Marcus en Filipinas también viajó de oeste a este, pero aquello fue un asunto de negocios, no de placer.

  Si quería escribir libros, le convenía viajar, por mucho que a veces viajaba demasiado deprisa, un poco como leía los libros, demasiado deprisa.

  Por supuesto, no ganó el certamen de novela, pero su ensayo ya estaba casi listo. O quizá no lo estaba. Pero sí parecía haber llegado al límite para escribirlo.

  El cansancio de su viaje le duró unos cuantos meses. La vida en “Villa Orchard” siguió apacible y la madre opinó que ya se le había acabado la época de las tonterías y le convenía asentarse. No dijo en qué consistiría ese cambio, aparte de que ya no iba a viajar tanto. En realidad, la madre no podía imaginarse nada concreto a ese respecto. Solo que la casa estaba más en orden, más organizada, cuando la dueña de todo regresaba de sus aventuras. Charlaban juntas, con la tía. Paseaban por los huertos y trabajaban en ellos. La piscina estaba adaptada para que la madre disfrutara del agua tibia, que aliviaba sus problemas de movilidad; era bonito estar con ella en el agua. A veces salían con el coche. Una buena vida para una anciana que disfrutaba de paz y tranquilidad, de confort, por primera vez en su penosa vida. Pero para alguien como Estrella, naturalmente, ese confort se limitaba a tomarse su tiempo para planear el paso futuro. Iba a cumplir treinta años y por eso el futuro no podía esperar. Le gustaría tener una novia, un amor siempre a mano, pero sin cerrarse a conocer más gente.

 En febrero hizo la prueba de hacer venir a una de las chicas rusas, como turista, lo que exigió ciertos papeleos. Resultó muy placentero. La chica era dulce. Solo quería ser amada y trabajar, así que Guenia se quedó. Tenía veintidós años, había intentado compaginar diversos empleos con unos estudios que tampoco le habían ido muy bien y no manifestaba deseo alguno fuera de la paz, el placer y los mimos que su ama le ofrecía. Llevó tiempo hacerle los papeles de residencia, y más tiempo aún que aprendiera algo de español.

  Guenia dio a Estrella una estabilidad sexual. La acostaba con ella y una vez la hizo participar en un juego erótico con una chica alemana que vino de visita, cosa que no la molestó. Aparte del sexo, Guenia solo se divertía en la piscina y montando en bicicleta. Aunque era de ciudad, le gustaba el campo, y parecía no tener grandes deseos de nada. Con la hermana, la madre y la tía se llevaba bien.

   En su momento (demasiado tarde), Estrella descubriría que la humilde inmigrante hubiera preferido casarse con un hombre y ser ama de casa, madre de sus hijos, pero carecía de astucia y en general siempre había confiado en que la inocencia le proporcionara protectores. Su lesbianismo se debía a que la compañía de mujeres la atemorizaba menos que la de los hombres. Hubiera sido también una buena prostituta.

    “Pero esta chica, ¿cuánto se va a quedar?”, preguntó la madre.
    “Le pagaremos un sueldo, se encargará de la casa”

      A la madre no le gustó eso. Era como tener una esclava. Limpiaba, cocinaba y se acostaba con su hija. Sexualmente era perfecta porque seguía las instrucciones de Estrella con docilidad y aplicación, alcanzando ambas un gran placer todos los días. Le gustaban mucho las complicadas penetraciones que Estrella organizaba con sus consoladores. De hecho, nunca se había sentido tan libre para hacer experimentos sexuales como con Guenia: calor, movimiento, intensidad… Lograba dar tanto placer a la chica que ésta tenía que morder la sábana para no alarmar con sus gritos a la madre y hermana que estaban en el piso de abajo. Pero Estrella no era un marido, ni siquiera era fiel.

  Al llegar el siguiente verano, Estrella se aprestó a un nuevo viaje. Esta vez los nietos vendrían en julio, así que Estrella lo arregló para ese mes. El problema era llevarse a Guenia. Vagamente había planeado un viaje por España. Habría una especie de festival gay en Cataluña al que las chicas también podían acudir, como siempre ocupando el pequeño espacio que se les concediera (por lo visto, si venían chicas, también venían más periodistas y todo ayudaba a difundir la causa...). Coincidió con que Patri y Elena estaban de celebración porque Patri había aprobado sus oposiciones a profesora de educación física (se había financiado los estudios gracias a lo que había ganado con Estrella). Propuso que fuesen las tres a Cataluña y luego ya verían.

   ¿Y qué hacía con Guenia? Se le ocurrió que la chica rusa llevaba ya tres meses en España, demasiado apegada a ella, y que le vendría bien quedarse sola, con la madre y la hermana. Le dio la impresión de que eso a ella no la molestaba. Por entonces pensaba que Guenia solucionaría su futuro cuando aprendiera mejor el idioma, en el que no hacía demasiados progresos. Una vez alcanzado ese punto, podría ponerla a estudiar o a aprender una profesión provechosa. Era tan dócil que Estrella contaba con hacerse cargo de su vida sin ninguna complicación. Tendría una “protegida”. Ese tipo de fantasías decimonónicas también le gustaban.

  Así fue como, aprovechando la ausencia de la propietaria, uno de los primos de Estrella, un hijo de Eusebio que vino a pasar las vacaciones desde Alemania y que acababa de divorciarse, se encaprichó de ella. Y lo tuvo fácil.

  Nunca se le hubiera ocurrido. Hasta que, en una llamada a casa, su madre, bastante incómoda, le comunicó la sorprendente novedad de la fuga de Guenia.

   Hasta ese momento, aquel verano había sido bastante bueno. Se divirtieron mucho en el viaje por carretera a la costa catalana (tan diferente al que hizo con Paula, en autobús, las dos pobres putas, en el verano de 1983...), comieron mucho, rieron mucho, llevaron autoestopistas y se sintieron las mejores amigas. En el festival gay encontraron pocas chicas. Se enrolló un poco con una, pero le pareció vulgar. Patri propuso largarse de allí e ir a San Sebastián, cruzando media España, a otra celebración por el estilo. A las afueras de Barcelona encontraron a una autoestopista con mochila (no prostituta de carretera, por tanto). Se llamaba Carmen, no estaba mal y parecía buena chica. Resultó que vivía en una especie de comuna rural cerca de un pantano en el campo del norte de Aragón. Como a Estrella le gustaban el campo y la agricultura la llevaron hasta allí. El lugar era estupendo, muy aislado, rodeado de bosques, en plena naturaleza. El jefe del grupo era un machote hippy llamado Jose, pero su pareja, una mujercita fea y graciosa llamada Piti, les pareció encantadora a todas, una versión contracultural de la tía Reme. Al final se quedaron allí un mes. Fue muy divertido: todo el rato en pelota, trabajando en el campo, haciendo excursiones, bañándose en el pantano y conociendo gente extravagante que iba y venía. El dinero de Estrella, naturalmente, fue muy bien recibido.

  Pero acabó mal cuando fueron a un pueblo próximo a hacer compras y llamó a casa y se enteró de lo de Guenia. Trató de disimular el daño que sentía por su abandono. Y más aún porque se dio cuenta de que la rusita probablemente se había sentido a su vez abandonada cuando su ama pensó que le había otorgado libertad. Se fue a Alemania con el primo, el cual se casó con ella para ser más tarde también abandonado. No volvió a verla, Guenia nunca quiso volver por Villa Orchard.

    De regreso en casa, sin Guenia, se sintió un poco sola. Había sido como perder a una especie de animal doméstico. Sobre todo porque apenas podían comunicarse verbalmente (y porque a Guenia tampoco parecía gustarle mucho hablar, aunque fuese en su propia idioma). Necesitó un par de días tras el regreso, sola en su gran apartamento privado encima de la casa de su madre, para darse cuenta de la gravedad del error que había cometido. Guenia se había sentido abandonada cuando ella se fue sin ningún motivo especial. Sin palabras, sin compromisos, habían vivido un amor muy intenso y privado. Y entonces Estrella se iba, la dejaba sola con aquella gente a la que apenas había llegado a conocer, en un país lejano cuya lengua no comprendía. El primo lo había tenido fácil.

  Y habían vuelto a humillarla. Estrella se solía decir a sí misma que solo por el hecho de ser prostituta no tenía derecho al amor propio y que, además, el amor propio resultaba un estorbo en general. Sin embargo, puesto que estaba sola, el amor propio debía de serle necesario. Su hermano la espantaba todos los veranos, la insultaba con su desprecio al hacerla huir como única forma de que trajese a sus horribles hijos para que la abuela los viera. El primo le había quitado a su novia. Las mujeres del barrio chismorreaban y se burlaban. Envidiaban su dinero y despreciaban su condición, un poco como pasaba con las lesbianas de Málaga. Lo que hacía viajando tanto era huir.

  Sin embargo, algunas personas la amaban. Pero no vivía con ellas.

   Pensó que tenía que ponerse de una vez con su libro. No con las novelas, sino con el ensayo sobre el lesbianismo. Lo escribiría en español y, por tanto, exigía que conociera mejor los ambientes lésbicos en la España de su época. Así que en septiembre comenzó otra gira.

  Tuvo que empezar por Madrid y Barcelona. De Málaga había poco que contar: las lesbianas dependían por completo de la comunidad gay, de los tíos, que se organizaban mucho mejor. Conocía a algunas, le contaban historias. No la querían, pero aprendía de ellas.

  En Madrid había algo de todo. Se alojó con Toñi, que no era lesbiana, pero sí una buena amiga. Con Patri no podía ser: la luchadora y antigua guardaespaldas tenía una novia muy celosa y eso no tenía arreglo. Y por cierto que el piso de Patri y Elena se había comprado en parte con dinero prestado por Estrella (y el otro dinero, claro está, era el que Patri había ahorrado cuando trabajaba para Estrella). Toñi vivía con su vieja madre en un piso de barrio, pero contaban con un dormitorio libre. Le dijo que nada de hotel. Que con ella.

  Era la primera vez que se alojaba así (sin sexo). Toñi era muy alta, divertida y más bien bonita. La madre era una mujer del pueblo simpática, animosa, que la acogió con afecto. Otra de esas grandes mujeres de la clase popular. El padre se había largado hacía tiempo. Los otros hijos, independizados. Solo Toñi seguía en casa, tras una convivencia fracasada con el novio que una vez Estrella había alojado también en su casa durante unas vacaciones (se hacía el buen chico, parecía inofensivo). Toñi ahora trabajaba en una heladería y no ganaba mucho.

  El cochazo, Estrella lo metió en un parking vigilado, porque no era cosa de aparcar el Mercedes en un barrio popular. La madre de Toñi lo sabía todo sobre ella, y se divertía con sus historias de prostitución, lesbianismo y millonarios. Mientras que a la madre de Estrella no le gustaba hablar de semejantes temas, a aquella mujer (como a la tía Reme) se le ocurrían toda clase de preguntas. No procaces, sino ingeniosas y a veces muy agudas.

  Toñi recordaba aquellos dos años y medio en que trabajó como limpiadora (o "asistenta") de una prostituta de lujo. Estrella la había contratado en febrero de 1984, cuando había empezado a cobrar veinte mil pesetas a la hora. Todavía no había comprado la casa en Torremolinos, pero ya ganaba bien y no quería seguir limpiando ella. No tenía por qué. Por tres mil pesetas diarias era fácil conseguir una limpiadora para todo el día, y había muchísimos anuncios de mujeres que buscaban trabajo. Ella lo subiría hasta cuatro mil y la comida. Patri era vecina suya y fue quien la recomendó.

  “Lo más grave es lo de mi dormitorio. Tienes que estar cerca cuando yo estoy con el tío, pendiente de cuando termine. En cuanto se va, tienes media hora para arreglarlo todo mientras yo me baño, y después arreglar el baño, claro. Cambiar las toallas, las sábanas, todo. El resto del tiempo, tranquilamente: haces la cocina, el resto de la casa, la lavadora, planchas un poco, a tu ritmo… puedes hacerte de comer lo que quieras. Tú misma eliges lo que comes…”

  Le dijo que no iba a estar sola, porque aparte de Patri, iba a contratar también a una peluquera (en realidad, tardó casi un año más en decidirse por lo de la peluquera, fue en enero del 85). Serían muchas mujeres. Y de vez en cuando vería también a su novia, Paula. Más las frecuentes visitas de Elena, la novia de Patri (que acabó trabajando también, ayudando algunas horas a Toñi, que no daba abasto). Y, finalmente, hasta contrató a una "telefonista" para que atendiera las llamadas de los clientes. Todo mujeres. Así Toñi se enteró de lo de su segundo estigma, lo cual no le extrañó, ya que era conocida de Patri.

  Toñi dijo que sí, que se atrevía, que no habría pegas. Y esa misma tarde se quedó allí.

    Aquella primavera de 1984 fue estresante para Estrella en muchas cosas, pero hubo bastantes días buenos. Solía encontrar “huecos” en su horario "de atención al público". Porque no tenía suficientes citas, o porque uno fallaba (más adelante encontró la forma de evitar que quedasen demasiados “huecos”, sancionando a los que no avisaban y utilizando sustitutos, "comodines", a precio más barato y que acudían en taxi a aprovechar la oportunidad). Lo pasaban muy bien, chismorreando. A Estrella le gustaba ser la jefa, a pesar de sus obvios problemas de carácter. Paula, que seguía en el puti-club, solía pasarse, a vigilar, celosa también. Patri, la lesbiana un poco hombruna, se mantenía seria, pero cordial, cada vez más digna de confianza y generadora de tranquilo afecto.

  Y la más divertida era siempre Toñi, la limpiadora. Paula se daba cuenta de que a Estrella le gustaba Toñi y de que a Patri le gustaba Estrella, pero que Patri no quería serle infiel a Elena, que no era menos celosa que Paula. Elena daba problemas. Llegó a pedir que le pagara más a Patri cuando ella subió los precios a los clientes. Estrella trató de no perder la calma. Recordó que ahora los tíos eran mucho más fáciles, casi todos clientes fijos, que muchos días la mandaba a casa antes porque no necesitaba realmente a Patri (cuando no entraban clientes nuevos) y que, en todo caso, si el trato no les gustaba, ella podía buscarse a otra guardaespaldas por menos precio. Elena nunca perdonó eso a Estrella. Además, se dio cuenta de que Patri no quería perder la amistad de Estrella y por eso hizo todo lo que pudo para evitar que hubiera pelea. Esto sucedió en 1985, después de que Paula desapareciese (aquella crisis las había unido mucho a Patri y ella). Por otra parte, ayudaba a la convivencia el que Estrella a veces pagara a Elena para que ayudase a Toñi con la limpieza, porque nada más el lavado de sábanas, ropita y toallas, y el correspondiente planchado consumía la mayor parte de su tiempo.

  De los primeros tiempos fue cuando en abril del 84 por fin reunieron los primeros millones de pesetas necesarios para comprar la casa de Torremolinos, Estrella necesitó dos testigos para la notaría. Salieron muy de mañana de Madrid, Estrella, Paula y Patri. Estrella condujo a la salida de Madrid. Por la Mancha tomó el volante Patri (Paula aún no tenía el carnet: la habían suspendido por tercera vez). Al mediodía Estrella entró en Málaga. Llevaban diez cheques de diferentes bancos y bastante dinero en efectivo, siguiendo los consejos que le habían dado sobre blanqueo de dinero. Tenía un miedo terrible a que le tironeasen el bolso por el centro de Málaga. Aparcaron y después caminaron hasta la notaría. Allí esperaron a la hermana. Encontró que la hermana estaba un poco asustada mientras Paula y Patri trataban de ganarse su confianza, pero la hermana no podía dejar de pensar que ambas eran también prostitutas.

  El papeleo fue un poco tenso, se intercambiaron los cheques y los fajos de billetes ante el notario con cara de poker, probablemente disgustado por la tensión que se observaba en el grupo de mujeres. Se firmó todo. La hermana, una semi-obesa infeliz, sin estudios ni profesión ni amigos, era ya propietaria de una casa. Una casa que Estrella no había visto. Ni la madre tampoco.

  “La escritura, para ti. Y toma esto, hay casi un millón para que vayáis tirando: los muebles y eso. Y ponte a sacarte el carnet de conducir. Yo me tengo que volver enseguida a Madrid. Que pongan teléfono cuanto antes, quiero hablar con mamá a cualquier hora, ¿de acuerdo?”

    Y besó a su hermana, algo que rara vez había hecho.

    Se había gastado casi todo el dinero. Por la noche, ya en Madrid, durmió como un tronco, pero la casa olía a limpio por el trabajo de Toñi. Al día siguiente ganó casi cien mil pesetas.

  “Qué buena eres, cariño”, decía ahora, seis años más tarde, la madre de Toñi. “Cuánto has hecho por tu pobre madre”.
  “Pero, señora, ¿a usted le habría parecido bien que lo hiciera Toñi?”
  “Pero, hija, tú eres lesbiana. Toñi, no. Tú has hecho bien en sacarle dinero a los tíos.”
  “Pues lesbiana o no lesbiana”, intervino Toñi. “A veces pienso que también tendría que hacerlo”.

  La madre se encogió de hombros, no muy hostil.

  “Ya encontrarás un buen hombre que te aprecie, hija. Y un buen trabajo.”

  Toñi había empezado a trabajar muy pronto, de dependienta y cosas así. De jovencita le gustaba mucho salir, ir de fiestas. Vagamente había querido ser enfermera. Después había hecho un cursillo de secretariado. Pero no todas las mujeres sin estudios universitarios podían ser enfermeras, secretarias o peluqueras. La verdad era que a Toñi no le interesaba nada en especial. Era alegre, aunque ya parecía haber madurado más.

  Mientras Toñi estaba en la heladería, Estrella hacía visitas lésbicas. Poco a poco el ambiente lésbico de Madrid se iba desligando del poderoso ambiente gay de la movida madrileña. Conoció a una chica que también se dedicaba a la prostitución pero su mirada era muy dura, le pareció hasta cierto punto embrutecida.

  Habló con un tipo de una editorial, y le explicó el libro que quería escribir. Le ofrecieron publicación si ella ponía dinero para los gastos de edición. Puesto que la editorial era una realidad, de cierto nivel, Estrella no lo descartó. En cualquier caso, pues, su libro se daría a conocer.

  “Eres muy atractiva”, le dijo el editor, “eso podría explotarse, con una buena foto en la contraportada y tal…”
  “Y que el libro no sea muy malo…”
  “Por supuesto. Espero no llevarme un susto cuando me pases el manuscrito”.

  Estrella esperaba que no. Pensaba imitar en buena medida el plan de algunos libros parecidos que había adquirido en Estados Unidos.

  Conoció a una famosa actriz lesbiana. No le gustó. Había oído hablar de otra famosa actriz lesbiana mucho más interesante, pero no estaba disponible. Se acordó de Marcus. A Marcus le divertía pensar que su esposa pudiera tener un affair lésbico con alguna famosa actriz. Escribieron a tres famosas actrices, adjuntando espectaculares fotografías de la belleza de ojos verdes que se les ofrecía. Pero ninguna respondió. A Stella le habría encantado hacer el amor con Jodie Foster, que decían que era tan inteligente.

  Ya a punto de salir para Barcelona, una noche fue a recoger a Toñi de la heladería. Los ojos de su amiga los tenía pícaros en aquella ocasión. La tomó del brazo y se fueron juntas.

  “Tengo una sorpresa esta noche para ti”.

  Pensó que tal vez había localizado a Chelo, la peluquera, que decían que se había ido a las islas Canarias. Nunca lograron ganarse su confianza, aunque llegó a formar parte del grupo. Con Mari, la estudiante de psicología que empleó de telefonista, tampoco se mantuvo el vínculo.

  “Quiero que me hagas el amor. Quiero mi primera experiencia lésbica”.
  “¡Pero eso es peligroso!” casi gritó Estrella.

    De Madrid a Barcelona recogió a un mochilero. Era el típico hippy vago drogadicto que decía que él quería ser siempre libre. Peligroso no era, desde luego, pero tampoco dio mucha conversación. No volvería a llevar a un tipo de esos, no valía la pena. Lo dejó a la entrada de Barcelona.

  “Tía, si te enrollas déjame algo.”
  “Pues no.”

  Y él se encogió de hombros (no la insultó ni nada). Mientras volvía a arrancar vio cómo al instante se ponía a pedir limosna a los que pasaban por la calle. Toda la gente era vulgar. La inmensa mayoría. Las lesbianas también. Toñi había estado maravillosa, pero había sido solo “una experiencia” (siempre pasaba lo mismo). Qué buena, Toñi. Qué emocionante y qué sabroso.

  Así que, en Barcelona, un poco aburrida de lo de siempre (y, encima, el nacionalismo catalán), no hacía más que pensar que las lesbianas realmente buenas eran las que se limitaban a “experiencias”. Su nación no existía. Así surgió una idea.

  En Barcelona también habló con el de una editorial (más importante que la de Madrid) que le dijo más o menos lo mismo que el otro: si pagaba los gastos de edición y la calidad era aceptable, la distribuirían y publicitarían. Volvió a casa antes de Navidad y todavía tuvo tiempo de vivir una de sus mejores aventuras eventuales en su piso picadero: una holandesa llamada Agathe, otra "primera experiencia", dulce de verdad; también la dejo ir, libre, guardando un recuerdo feliz para ambas...

  A primeros del año siguiente se trasladó de nuevo a Frankfurt pasando por Paris.

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