miércoles, 30 de julio de 2014

Capítulo 8. El gran viaje americano

   Así resultó que su viaje a Estados Unidos de aquel verano fue su Gran Viaje Americano, muy diferente a los viajes anteriores, nerviosos y precipitados.

  Iba a ser un gran viaje. Un viaje bien organizado. En los meses anteriores escribió muchas cartas, llamó por teléfono y puso un anuncio más en una revista de contactos cuidadosamente elegida: lesbiana bellísima de treinta años quería hacer un gran viaje de interés cultural por todo Estados Unidos. Ella correría con todos los gastos. Buscaba compañía femenina interesada en utopías lésbicas. Se requería buen nivel intelectual y feminidad. Imprescindible foto. El viaje empezaría en Nueva York y acabaría en San Francisco.

  Lo de "utopías lésbicas" lo añadió como detalle con pretensión de misterio.

  Recibió muchas contestaciones. Y algunas de ellas eran divertidas porque las tipas ya sabían quién era la anunciante;  la habían conocido en América o en Europa, o bien habían oído hablar de ella. Y con una ya había estado en la cama (una de la comuna de Canadá... recordaba que fue un sexo muy limitado porque venía de operarse los pechitos).

  Alguna le reprochó que encubriera una búsqueda sexual con propósitos presuntamente intelectuales. En alguna ocasión contestó a una corresponsal a ese respecto: ella no era una intelectual académica y consideraba que lo intelectual también tenía un componente lúdico. ¿Qué había de malo en incorporar la vida intelectual al ocio más exquisito? Le parecía que era equivalente a programar un viaje para ver museos. Compartir aficiones. Como si la vida intelectual no pudiera ser la afición de nadie. (En secreto, consideraba que los aficionados eran mejores que los profesionales porque eran más libres y sus intenciones más sinceras).

  Las fotos no estaban mal. Le atrajo sobre todo una estudiante de Nueva York de veinte años. Afirmaba no ser lesbiana “aún”, pero que quería llegar a conocerse a sí misma (también en ese aspecto). En total, se quedó con tres candidatas: una chica negra pobre, que había dejado la militancia en una congregación evangélica por su lesbianismo, una divorciada melancólica y la estudiante.  Se citó con ellas para entrevistarlas. Una limitación para el encuentro era que habían de verse en Nueva York (la revista en la que puso su anuncio era de allí, aunque se leía en todo el país). Una chica de más lejos le hubiera supuesto muchos inconvenientes prácticos. Para cambiar eso, hubiera tenido que ser muy seductora en su presentación por carta...

  Llegó a Nueva York el 9 de julio de 1993. Recordó que había estado por primera vez en aquella ciudad otro mes de julio de hacía siete años, para acostarse con Marcus y convertirse en su concubina después y en su esposa después. También en aquella ocasión no había nadie para recibirla, pero ella era muy distinta a la chica de aquel otro verano. Pasó muy bien el control de pasaportes, pues su carta verde era impecable: poco le había faltado para conseguir la nacionalidad estadounidense. La otra vez llegó como turista, con billete de ida y vuelta, reserva de hotel y carta de invitación.

  Desde su separación de Marcus había vuelto por el aeropuerto de Nueva York en varias ocasiones, de camino siempre a American City. A lo más, unas pocas horas esperando el trasbordo. Solo visitó la ciudad dos veces: su primer año de libertad y aquella otra vez que dio la vuelta al mundo, tras pasar por Rusia y Japón. Vino desde el Oeste, menudo lío. Ya no recordaba los detalles de entonces.  Los que sí recordaba eran los del primer viaje, el que hizo en julio del 86, como prostituta. Entonces hablaba poco inglés. Hablaba tan poco inglés en comparación con lo que había estudiado que una de las chicas inglesas a las que hacía venir a su piso de Madrid para que le diera clases particulares llegó a preguntarle si no se sentía frustrada por hacer tan pocos progresos.

  Cuando dejó los estudios, se había dedicado a aprender inglés (sobre todo, vocabulario) con vistas a su incierto futuro como prostituta. Lo practicó mínimamente en los dos clubs que frecuentó con Paula en la costa catalana en el primer verano: sabía algunas palabras, comenzaba a serle útil, pero eso no era “hablar”.  Solo interrumpió su aprendizaje durante unos meses cuando se puso a estudiar para sacarse el carnet de conducir. Después de eso, se compró un método de aprendizaje con cintas de cassette. Unos meses más tarde, cuando ya ganaba mucho dinero, comenzó a contratar chicas que le venían a casa para enseñarle inglés y a las que pagaba mil pesetas a la hora. Aprendió mucho, pero sabía poco. Y, desde luego, eso seguía sin ser “hablar”.

  Cuando estuvo en Inglaterra, en aquel viaje insensato que hizo para participar en la orgía de millonarios, era de las que menos inglés sabía en medio de aquel rebaño internacional de prostitutas de mayor o menor lujo. Qué experiencia. Con Marcus entonces se entendió bien. Se comunicó suficientemente.

  El primer viaje a Nueva York le hizo ilusión. Su negocio en Madrid, según la costumbre, lo cerró a finales de junio cuando la capital del reino se vació por las vacaciones de verano y después solo tuvo un par de semanas para descansar con su madre y su hermana en Torremolinos. Y todos los días estuvo pendiente de los preparativos: la agencia de viajes, varias llamadas interoceánicas para hablar con Marcus, su maleta, el tren hasta Madrid… Llegó a pensar que al final no iría a Nueva York.

   El verano anterior un tipo se la había llevado a Venecia para declararle su amor y disfrutar de su cuerpo. El otro verano estuvo en Mallorca con otro tipo (su primer viaje en avión y su primera experiencia en hoteles como concubina). Así, sus dos meses de vacaciones siempre se quedaban en menos, aunque muchas cosas de aquellos viajes de placer (ajeno) estaban bien, no todo era cosa de ganar dinero. Era muy diferente a cuando pasaba los días encerrada voluntariamente en el piso, del que trataba de salir lo menos posible.

  Pero al final, llegó el día de ir a Nueva York. Tenía la maleta hecha y fue con su hermana a la estación para tomar el tren "Talgo". Iba muy pendiente de los horarios. Si el tren era puntual, en Madrid tendría tres horas para tomar el avión a Nueva York. Iba a ser su cuarto viaje en avión por motivo de trabajo: primero a Mallorca, después a Venecia, después a Londres, ahora a Nueva York. (Hizo un viaje a Suecia por su cuenta, en el verano de 1985: su primer viaje de "turismo lésbico", y tenía planeado otro ese mismo verano, tras su trabajito en Nueva York: a Londres, para preparar lo que esperaba que sería su largo periodo de estancia allí, una vez fuese "libre").

  Su hermana se llevó el coche a casa. Al fin se había sacado el carnet de conducir, pero Estrella siempre temía que la muy torpe acabase sufriendo un accidente.

  En el tren le dieron un asiento junto a un señor gordo. Uno que podría haber sido uno de sus clientes. Ella iba muy arreglada, a lo señorita. Coqueteó con el tipo, actuó. Se sintió complacida de poder manejarlo, de haber desarrollado cierta habilidad. El viaje no duró tanto tiempo. Se despidió del tipo con los modales que suponía eran propios de una chica bien y tomó un taxi. Se sintió satisfecha de haber sido dulce y elegante con un tipo que no le gustaba y al que no iba a sacarle nada: todo en ella se hacía hábito, su rol ya formaba parte de su personalidad, y eso le gustaba. Le gustaba ser amable con los tipos feos y torpes que no le gustaban. ¿Por qué?: porque no eran groseros con ella. Solo por eso. Nada más que por eso. Gracias a haber desarrollado esa habilidad se había enriquecido. De otra forma era imposible.

  El control de pasaportes en el gran aeropuerto de Nueva York la asustó un poco, pero ella lo tenía todo en regla. Ya estaba en los Estados Unidos.

  Al salir de la terminal, y guardando cuidadosamente en la mano la anotación de la reserva del hotel, buscó un taxista. Un negrito pequeño y con barba al que luego olvidó darle propina. El hombre se hizo el simpático, pero ella apenas comprendía lo que decía. Solo le pillaba algunas palabras sueltas.

  Lo que más temió al bajar del taxi con su única maleta fue que el hotel fuese malo. Al principio le había parecido malo porque su mirada se perdió por la fachada de apariencia deteriorada de algún edificio próximo. Le molestó que se le acercara un portero y solo unos segundos después comprendió que si había un portero saliendo a recibirla quería decir que el hotel era bueno.

  En la recepción ya no hubo ninguna duda al respecto: era un amplio y elegante lobby y el recepcionista estaba impecablemente vestido y se dirigía a ella con un inglés norteamericano correctísimo, que se le entendía muy bien. Mostró su pasaporte, identificándose, un poco intimidada, ya que era puta.

  El recepcionista sonrió con eficiente cortesía y avisó para que la llevaran hasta la suite reservada por el señor Marcus Ellis.

  Entonces se vio ella formando parte de una escena que había visto en muchas películas: la bella señorita y el botones llevándole el equipaje, las alfombras, el anticuado ascensor… Los colores eran más vivos que en cualquier película y se acompañaban de aromas que le resultaban sorprendentemente intensos. Ella no sabía dónde mirar. Estaba demasiado lejos, demasiado sola e incomunicada, con un visado de turista para diez días, muy poco dinero encima. Y además era prostituta: casi una delincuente. Y si era una delincuente pero no había hecho mal a nadie, eso añadía a su condición de tal, además, la de víctima.

  En la suite no había nadie. Tuvo una intuición rápida y le dio algo de propina al botones. Después se quedó allí sola. ¿Dónde estaba el tipo? Temía no reconocerlo cuando apareciera. Era feo. Recordaba. Feo, calvo, pequeño y de poco pene. Pero educado, casi caballeroso… y en las circunstancias en que se conocieron eso tenía su importancia.

  Eran dos habitaciones, una gran cama (la cama), un gran baño, buenas vistas a una larga y ancha avenida comercial. Sí, sin duda era un millonario de verdad.

  Observó que “el hombre” ya había dejado allí su equipaje, y ciertas cosas estaban ligeramente desarregladas. Aparecería de un momento a otro. Cuando estuviera allí, cuando le pusiera las manos encima, ella ya sabría cómo seguir. Tenía la habilidad.

 Estaba anocheciendo y tenía sueño por el ajetreo del viaje. Trató de arreglarse ante el espejito. Se limpió por abajo. Se dio cuenta de que, como no viniera “el hombre” pronto, iba a llorar de soledad. ¿No tendría que haber acudido al aeropuerto a esperarla?

  Entonces se oyó un ruido que le pareció terrorífico: la llave de la puerta. Ahí estaba.

  Salió a presentarse ante aquel hombre que aún no la había visto vestida. El hombre le pareció más viejo, más feo y más calvo de lo que recordaba. Pero no más bajo, lo que demostraba que se sentía amedrentada.

  Su sonrisa era estúpida, pero ella compuso una de las sonrisas sumisas y apacibles de su especialidad. Se acercó a ella y la besó suavemente. Su inglés era muy difícil de entender: hablaba muy deprisa y además, como luego supo, tenía un acento provinciano peculiar, por completo distinto del impecable acento estándar del recepcionista. Le pidió que repitiera lo que decía. Pero no lograba entenderlo. Vagamente decidió que él se estaba disculpando por no haberla recibido.

  Volvió a besarla y ella lo tocó. Se lo hizo al minuto. Estaba encendido, era un hombre muy vicioso.

  En los años ochenta, el sexo ya no era una moda, sino una forma de vida. Alguien como Marcus Ellis aprovechaba a fondo sus oportunidades. El placer sexual suponía para él una de sus grandes recompensas: ¿cómo no iba a serlo si era tan feo y solo podía disfrutar pagando?

  No cenaron. Pasaron la noche en la cama. Poco a poco lograba comprender lo que él decía, la mayor parte. Sexualmente, ella lo complacía mucho; se trataba, sin duda, de uno de los clientes más afines a sus tácticas. Pero le daba miedo darse cuenta de que no era capaz de hablarle del dinero. Le había prometido diez mil dólares. ¿Y si no cumplía?

  Y el sueño. Se quedaba dormida porque estaba muy cansada. Él se mostró condescendiente y la dejó dormir.

  A la mañana siguiente estaba hambrienta. Había dormido mal, despertándose cada tanto, pero aún así comprendió que tenía que bañarse y arreglarse.

  El tipo, Marcus, le hablaba muy deprisa, parecía estarle gastando bromas amables y a veces hablaba por teléfono. Moviéndose del dormitorio al baño, costaba saber cuándo le estaba hablando a ella y cuando lo hacía a alguno de sus interlocutores al teléfono. A veces le hablaba a ella de forma extraña, a voces, como si lo hiciera con un niño sordo.

  Bajaron a desayunar. Allí, los modales de Marcus la conquistaron. La trataba con deferencia, casi con elegancia. Los camareros se mostraban también ceremoniosos y amables con su juventud. Acabó dándose cuenta de que Marcus estaba muy feliz con su adquisición. Le daba besos, le manoseaba las rodillas, la miraba con ojos encendidos de nuevo. Tras el desayuno la hizo subir, y otra vez.

  Después, él se enamoró. Y ella, con lágrimas en los ojos, se atrevió por fin a hablarle de dinero. Él se disculpó. Empezó a hablarle con cuidado, para que ella comprendiera sus palabras. Resultó que estaba acostumbrado a hablar con extranjeros de extremo oriente (chinos) y por eso tenía alguna experiencia a expresarse de forma alterada, inarticulada, redundante, para hacerse comprender.

  Los últimos días, la trató como a una novia. La llevó a ver la estatua de la libertad, a pasear en barco alrededor de Manhattan. Y la besaba una y otra vez. Ella le respondía con su estilo dulce, sumiso y humilde. Le contó sus proyectos. De que para fin de aquel año ya habría adquirido todas las propiedades que ambicionaba y entonces dejaría la prostitución.

  “¡Quédate conmigo!”, le dijo él.

  Y ahora volvía a estar en Nueva York. Y también era verano. Pero su inglés era excelente, era una millonaria y no una prostituta (aunque cuando llegó como prostituta ya tenía ahorrados unos cuantos millones de pesetas), e iba a ser ella la que iba a emplear a una mujer, a seleccionar una acompañante, una dama de compañía lésbica.

  Además, tenía un gran proyecto. Creía haber construido una base intelectual sólida para su búsqueda.

  Era ya tarde y fue directamente al hotel, no lujoso, solo tipo “de turistas”, pero cerca de un conocido bar de lesbianas que conocía de las otras visitas. Por eso lo había elegido. Como hacía medio año que no viajaba le emocionó volver al mundo, fuera del enclaustramiento frutal de "Villa Orchard". Sintió que ahora, con mucha pasta, con mucho tiempo y con las ideas muy claras, iba a disfrutar más de su viaje. En cierto modo, iba a ser su último viaje. Ya estaba bien de viajar tanto, de viajar por viajar. En alguna parte había leído que eso era vulgar. Viajar tanto por presumir de viajar mucho.

  No llevaba mucha ropa, pero incluyó en su equipaje un vestido más o menos vistoso, aunque barato. Se arregló y salió a cenar con la primera de las tres candidatas, la chica estudiante, su favorita.

  No quedaron en el bar de mujeres, donde sin duda se acordarían de ella, sino en un restaurante de cierto nivel. La chica estudiante llegó muy puntual, vestida con pantalones y el pelo recogido en un moño. Era pecosilla, menuda, bastante infantil, más que en la foto. Veinte años.

  Fascinarla fue fácil, la tomó de las manos y se pusieron a comer algo ligerito con pescado y verdura (comida de chicas). La historia estaba bien. Era hija de unos papás buenos, universitarios, y estudiaba una solemne tontería como era literatura y humanidades porque –más tontería- quería ser escritora. En el primer año de Universidad tuvo un novio que era muy guapo, inteligente y educado, todo un caballero, que “la hizo mujer”. Pero luego descubrió que en aquel encuentro la virginidad había sido su mayor atractivo y que luego el chico, que recibía ofertas sexuales constantes, la había encontrado aburrida. Al dejarla le dijo que no estaban casados y que aunque lo estuviesen, el matrimonio no era indisoluble. Después, nada: pensar y pensar.

  Stella le contó su plan de viaje: alquilar un automóvil para hacerse todas las grandes autopistas y llevar a cabo ocho visitas programadas, por lo menos. Quería una road movie lésbica en toda regla. Le encantaba hacer el amor y no tenía vicios. Por el camino le contaría su teoría lésbica y el tipo de libro que quería escribir en español: no iba a ser una novela, sino un ensayo. El viaje duraría dos meses como mínimo.

  Stella añadió que había otras dos candidatas y que decidiría al día siguiente. A la estudiante le pareció bien. Quería ir. Quería lanzarse a sus brazos. Aceptaba todo lo que decía. Le parecía sensato, profundo y emocionante.

  “¿Quieres dormir conmigo esta noche?”

  La chica se puso coloradísima y después, muy asustada, dijo que sí.

  Se la llevó al hotel, donde la tuvo que desnudar, bañar, secar y acostar, para después proceder a besarla muy despacito, calentándola poco a poco. Funcionó, por supuesto, pero requirió esfuerzo y a la mañana siguiente la estudiante no estaba menos nerviosa que por la noche.

  Desayunaron juntas y Stella le habló de cómo le había acomplejado su fracaso en los estudios. Y de su boda con un millonario norteamericano (no le dijo aún cómo lo había conocido). Eso pareció tranquilizar un poco a la chica, humanizarla ante ella.

  A la hora de comer, quedó con la chica negra. No era bonita, pero parecía muy noble y sincera. Sorprendentemente, no había perdido la fe religiosa. Cuando Stella le contó su idea de la religión como una fuerza emotiva que para nada requería de lo sobrenatural, la chica negra tuvo ganas de discutir. Lo hizo con cierta dulzura, a lo monja, pero con firmeza. Stella se mostró conforme. “Me dices lo que has decidido. Me apetece mucho ir contigo”. Así se despidieron. La chica no le pareció una mala opción, pero lo de su creencia en lo sobrenatural no le había gustado. Aunque por una parte era aceptable en un país como aquel. Y todavía podía volverla atea. Luego se dio cuenta de que no habían hablado de sexo.

  A la hora de la merienda se encontró con la divorciada. La descartó enseguida: parecía una chiflada, con ganas de casarse ahora mismo con ella, de tomarla como marido. Le recordó un poco a la pobre Paula.

    Tras la merienda, se acercó por fin al local lésbico. Solo una chica la reconoció de las otras veces pero fueron docenas las que la rondaron, hasta el punto de que se agobió pronto. Sería la estudiante. Era lo más atractivo: tierna, manejable, una alumna. Se haría la ilusión de ser una profesora con su alumna.

    Hizo tres llamadas. La chica, Angie, había aceptado, incluso con entusiasmo.

    Se encontraron a la hora de comer al día siguiente. Angie vestía como cualquier estudiante modesta, con su pelo ensortijado, de pelirroja, metido ahora en una coleta. La veía muy nerviosa, pero Stella decidió que estaba emocionada. La primera parada iba a ser, como no, en Harvard. Había que empezar por Harvard. De momento, Angie contaba con cuatro días para ir a las afueras a despedirse de sus buenos padres y contarles un cuento acerca del tipo de vacaciones que iba a pasar con una amiga extranjera, adinerada y diez años mayor. Entre tanto, Stella se dedicaría a sus entrevistas en Nueva York: dos editoras lesbianas, una profesora lesbiana y la presidenta de una asociación de lesbianas. Les contaba que iba a escribir un pequeño libro para las lesbianas españolas. A todas les parecía bien y una le hizo la inteligente advertencia de que, siendo el libro en lengua española, debería tener en cuenta a las latinoamericanas. Todas, menos una, quisieron acostarse con ella. Ella aceptó solo con la que le ofreció hacer un trío con su novia. Estuvo bien y cimentó una amistad. Se llevó un montón de revistas, panfletos, libros y otros papeluchos.

   A la vuelta, la estudiante parecía más ilusionada que nunca. Alquilaron un coche a una agencia de ámbito interestatal, de modo que podrían devolverlo en Frisco.

  En el camino a Harvard durmieron en un hotel de pequeña ciudad. Stella se empeñó en que fuese en uno de esos moteles norteamericanos tan llamativos para los europeos, de cabañitas individuales… Con cama grande. Juntaron dos camitas. Comenzó entonces un periodo de enamoramiento adolescente, con lágrimas y juramentos.

  La visita a Harvard fue la más intelectualmente elevada de todas, como no podía ser menos. No se trataba de una mujer lesbiana, sino de un científico afable, un poco a lo Einstein, aunque mucho menos célebre.

  Las recibió en su casa, con su esposa viejecita, como él. Judíos los dos, como no podía ser menos. Stella se esforzó en hacer un buen papel, tomando notas, desplegando sus fichas, citando los dos libros de aquel hombre que había leído.

  “En suma, señorita, creo que es correcta la conclusión que usted ha extraído. Siempre, naturalmente, con la precaución de que tales conclusiones siempre tienen que ser provisionales”.

  Se trataba de un concepto glorioso: “plasticidad erótica femenina”. Suponía la confirmación de una sospecha que siempre le habían dicho que no pasaba de ser una superstición muy conveniente para sus propias circunstancias.

    No existían dos sexos, sino tres:
  -andrófilos
  -ginófilos
  -plasticidad erótica femenina.

  Los andrófilos eran los homosexuales masculinos: gustan de ser abusados por machos brutales. Andrófilas también eran buena parte de las mujeres (según el profesor, poco menos de la mitad): gustaban de ser abusadas por machos brutales o bien “se enamoraban” de los hombres.

  Los ginófilos son la inmensa mayoría de los hombres: les gustan las mujeres, las vulgares vacas como Marilyn Monroe o las delicadas y tiernas como Estrella la prostituta de Madrid y ex esposa de Marcus Ellis. Hay una pequeña minoría de lesbianas hombrunas que reaccionan de forma parecida, en la misma amplitud de gustos particulares, y que suponen el "uno por ciento" del total de mujeres.

  Las mujeres, en su mayoría, en opinión del profesor, entraban dentro de la categoría de la plasticidad erótica. Es decir: en el fondo, no les gustaban los hombres o solo muy transitoriamente (como experiencia sexual limite), pero nunca “para el amor”. Las mujeres gustan del amor, del placer y de la belleza, pero, si fuesen libres y no estuviesen coaccionadas por el entorno, podrían ser, en su mayoría, lesbianas. La mujer está definida principalmente por la maternidad: ama la ternura, la delicadeza, el afecto y los placeres táctiles e insistentes, no el orgasmo meteórico masculino. Es otro mundo. Un mundo probablemente mejor.

  Ni a Stella, ni a su madre ni a su hermana, ni a la dulce Angie les habían gustado jamás los hombres, nunca habían sido andrófilas. La historia de Angie en este sentido era por el estilo de la suya propia: el entorno social la había hecho emparejarse con uno de los chicos más guapos de la clase. Un chico de aspecto elegante e incluso pulido. Aunque tenía gruesos músculos de deportista dispuestos a entrar en acción en cualquier momento, muchos de sus rasgos eran gráciles (Angie le mostró una foto... y después la destruyeron solemnemente). Ella se había enamorado locamente porque deseaba amar y ser amada. La madre de Stella también se había enamorado del cretino de su padre porque pensaba que era “un chico bueno”. Y, desde luego, en las fotos de los años cincuenta que había visto, el padre de Estrella, cuando joven, no tenía un aspecto muy viril.

  Estrella, además, había vivido experiencias extremas con hombres como prostituta. La habían sometido. Se la habían metido. Hicieron con ella lo que quisieron. Aquello tuvo su atractivo morboso, levemente andrófilo, pero no tenía nada que ver con el amor y ése era el punto fundamental. Cualquier mujer podía conseguir ser “hecha mujer” por un macho. Incluso podía servir para ganar algo de dinero. Como los hombres iban al fútbol los domingos, las mujeres podían dejarse “tomar” como prostitutas de vez en cuando para desahogar no ya su propia violencia, sino su necesidad de someterse transitoriamente a la violencia masculina.

  Así que estaba ya todo resuelto, para fastidio de la izquierdista Irene, que despreciaba semejantes teorías biológicas.

  El profesor explicó que la psicología evolutiva no requería para nada que la mujer se sintiese atraída por el macho de la misma forma que éste por ella. Para la reproducción de la especie lo más importante era que la mujer fuese fecundada y que el bebé fuese amorosamente cuidado por la madre. Todo lo demás era accesorio, asunto cultural y no instintivo. Quizá en el paleolítico había sido necesario que la mujer desease ser penetrada y vincularse afectivamente con el macho, compañero de andanzas de cazadores-recolectores, pero con la civilización agraria los varones habían seleccionado siempre las mujeres más dóciles, más maternales y más fieles, no aquellas que se sintiesen deseosas de ser penetradas por el macho más viril. Una mujer así, que gustase de los hombres, observaba el profesor en sus libros, podría fácilmente ser infiel si el hombre perdía atractivo o aparecía un seductor extraño. Así que resultaba mejor seleccionar una mujer a la que los hombres no le gustaran mucho: una mujer reticente, pero maternal, una mujer que pudiese ser sometida y que no tuviese interés en engañar. De esa forma, su erotismo podía ser moldeado al gusto de la sociedad (masculina). Las mujeres habían sido domesticadas igual que el ganado: mujeres sumisas seleccionadas propagaban su temperamento a sus hijas, nietas y bisnietas... Ahí estaba la justificación evolutiva de la plasticidad erótica.

  Pero ahora las mujeres eran libres y, en efecto, podían crear sus propios entornos sociales para moldearse a sí mismas. Podían crear sus propias familias femeninas, con sus propias peculiaridades eróticas. Su carácter dulce ya no tenía porqué equivaler a sumisión al hombre en una sociedad libre. Pero su poco gusto por el varón, que en otro tiempo había dado ciertas garantías de fidelidad, ahora podía dar lugar a infinitas tendencias sexuales y afectivas... Ninguna de ellas tendente a ser una esposa fiel de un hombre cualquiera.

  Se divirtió el profesor con las fantasías de Stella: una colmena de lesbianas en las cuales los papeles de novia, amiga, hermana, madre e hija fuesen intercambiables y sexualmente activos, donde los vínculos amorosos no fuesen rígidos, excluyentes ni tiránicos, sino dulces, flexibles y cálidos. Una especie de convento de monjas lesbianas anarquistas, narcisistas y maternales, que, dirigido por lesbianas activas, cobijaría a todas las mujeres, niños e incluso hombres discapacitados y débiles.

  “Todo podría ser posible, señorita”, sonreía el buen judío. “Pero recuerde que todo está también por saber. Tal vez, por “prueba y error”, el resultado sea muy diferente del de su fantasía”.

    Stella aceptaba esto, pero de todas formas se trataba de una aventura fascinante. Y entonces contó lo de que había sido prostituta, con lo que se ganó un interés especial por parte de quienes lo oían.

  “¿No podría ser la prostitución una forma aceptable de relaciones entre hombres y mujeres en el futuro?”

  El profesor indicó que, hoy por hoy, la prostitución era una actividad sexual fuertemente estigmatizada… aunque, por supuesto, lo mismo había sucedido con el adulterio y el aborto en otros tiempos. Quizá su teoría de que los hombres podían ser honestamente satisfechos en lo afectivo y sexual mediante relaciones esporádicas bajo pago (como Marcus) así como que las mismas mujeres podían aprovecharlas como desahogo “andrófilo” acabara siendo escuchada. Pero hoy por hoy tropezaría con un fuerte prejuicio.

  “Me basta con esto”, sonrió Stella.

  El profesor le dio varias revistas en las que aparecían artículos científicos acerca de experimentos de la conducta sexual femenina. Todos venían a confirmar, en opinión del profesor, la opinión que apoyaba la plasticidad erótica femenina: las mujeres solían mentir a la hora de decir que encontraban atractivos a los hombres, pues buscaban sobre todo someterse a la opinión convencional del momento. De la misma forma, la mayoría de las mujeres tenía mucha sensibilidad para estimar y admirar la belleza de otras mujeres. Y no faltaban datos que demostraban atracción por los episodios violentos de sometimiento al macho: fantasías de ser violadas, de ser prostitutas, de ser fornicadas por varios machos brutales a la vez. Algunas realizaban tales fantasías en la realidad. Cada vez más. Y ninguna consideraba que esto tuviera nada que ver con el amor.

  El profesor lamentó que Stella no iba a tener oportunidad de encontrarse con una famosa psicóloga feminista del mismo Harvard. Le había escrito y no le había contestado. El profesor por supuesto la conocía y admiraba, pero juzgaba que, por una parte, estaba muy ocupada y, por otra, que no simpatizaba con el feminismo lésbico, que estaba muy interesada, por el contrario, en ser escuchada en ámbitos más mayoritarios. El profesor se oponía al prejuicio contra lo extravagante, pero...

  A la noche, ya fuera de Boston (dirección Chicago), en el hotel, Angie se la abrazó y la besó apasionadamente. Has sido prostituta. Con docenas de hombres. Has debido de sufrir mucho. Te quiero…

  Cuando el viaje acabó, Angie tenía prisa por volver a Nueva York a matricularse. Habían sido ocho semanas.

  “Las más intensas de mi vida, Stella”.

  Estaban en el aeropuerto de San Francisco. Angie saldría dentro de un par de horas. En ocho semanas no se habían peleado ni una sola vez. En varias ocasiones la ternura las había llevado al amor y después de regreso a la amistad. Habían participado en tres orgías lésbicas, una de ellas, con la californiana Jess, absolutamente deliciosa. Habían hablado de todo, se lo habían contado todo.

  “Mi amiguita americana…”

  Stella se quedó una semana más en San Francisco y después volvió a España, a escribir su libro. Cumplió treinta y un años.

  Aparte de algún viaje a Madrid y a Barcelona (donde estaba el editor), Estrella se movió poco de casa durante todo el tiempo que pasó desde su regreso del gran viaje americano al final del verano de 1993 hasta la publicación de “Mundo Lesbi” en la primavera de 1995. La larga gestación del libro se debió a muchos motivos, más los retrasos de la editorial, pero durante todo ese tiempo, Estrella pensó que tenía que hacer algo con su vida. Podía ser escritora. Primero había conseguido el dinero, después el título de “profesora de inglés” (incluso el título de “mujer divorciada”) y ahora iba a tener un libro y, por tanto, iba a ser escritora. Ni siquiera iba a necesitar autopublicarse, cosa a la que estaba dispuesta (¿para qué quería el dinero?), puesto que a los editores de Barcelona el tema les parecía sugestivo y ella había sido dócil a sus sugerencias más comerciales (que el libro fuese “picante”, y explotar incluso el aspecto seductor de la joven autora).

  Si el libro iba a ser un éxito, era lo de menos. Tenía muchas ideas para otros libros, incluidas dos novelas que estuvo terminando al mismo tiempo que elaboraba su ensayo o lo que fuese.

  Otro proyecto que le costó dinero fue lanzar la primera revista española para lesbianas, inspirada en algunas publicaciones que había conocido en Estados Unidos. En Madrid conoció a una novelista chilena lesbiana, cuarentona, de la que ya hacía tiempo que tenía noticia puesto que había ganado un premio literario de cierta importancia. No congeniaron mucho pero los intereses comunes las unieron. Sobre todo porque Estrella se ofreció a financiar la revista. El plan era lanzar semanalmente mil ejemplares y distribuirlos en librerías y algunos quioscos grandes, con el apoyo de la relativamente poderosa comunidad gay masculina. Cincuenta mil ejemplares al año podían financiarse con tal de que se lograse la venta de la mitad y se pillara algo de publicidad. La chilena pondría su prestigio, algunas otras se encargarían de la edición y Estrella se encargaría de buena parte del contenido, incluidas muchas traducciones.

  También eligió el título: se llamó “Más amor” y en lugar de un soso papel reciclado se editó con cierto colorido, incluyendo imágenes sugestivas, muy próximas al lesbianismo exquisito para voyeurs… Estrella se gastó en “Más amor” casi una quinta parte de los ingresos netos anuales de su negocio inmobiliario. El primer ejemplar salió en la primavera.

    Lo más importante en la vida es el amor. Y en el caso de Estrella, pensaba que tenía derecho tanto al amor como al placer. Sin embargo, su idea de una “colmena” de abejas enamoradas, hundidas hasta el cuello en la cálida miel del sexo lésbico, y que a la vez dejaran espacio a todo tipo de mujeres menos glamourosas que necesitaran refugio (pensaba ella en “Villa Orchard”, en sus propias madre y hermana) comenzaba a difuminarse. Eso no iba a encontrarlo nunca. Apenas si encontraba mujeres que creyeran en sus ideas. Sin embargo, la revista llegó a circular aunque no fue un éxito. Algunos hombres la compraban como si fuese una revista erótica, lo cual no gustaba mucho a la novelista chilena.

  La británica Ann la visitó durante el verano siguiente a su viaje americano. Se quedó todo un mes en España, con sus dos hijos, unos chicos (chico y chica) muy educados, que se esforzaban realmente en pasarlo bien. Había engordado y no era especialmente atractiva, pero tuvieron sexo conyugal, lo que hizo anular todas las previsibles visitas de otras amigas lesbianas durante aquel mes.

  Con Ann fue confiándose. Era un poco triste darse cuenta de que no podía plantearse formar su colmena con alguien como Ann, diez años mayor que ella, no atractiva, con dos hijos demasiado mayores e inteligentes. En realidad, Estrella se dio cuenta de que con Ann se daba una situación parecida a la que había vivido con Paula diez años antes: la ruptura con la que fue su primera novia, la prostituta pueblerina e inculta. Pero aquello fue un desastre, con gritos, llantos y amenazas de suicidio, mientras que Ann, muy británica, aceptaba sus limitaciones y, en el fondo, era feliz con ellas. Stella, su amante latina, demostraba también autocontrol anglosajón.

  Lo mejor con Ann, durante aquel verano, había sido fantasear con lo de la colmena lésbica, idea que solo tímidamente había introducido al final de su libro como ejemplo de utopía futura ante el desarrollo de un posible fenómeno nuevo: el lesbianismo universal como consecuencia de la “plasticidad erótica femenina”.

  En una colmena así, Ann y sus dos hijos serían felices, pues la colmena funcionaría en diferentes secciones amorosas: desde el amor adolescente, a la maternidad madura hasta la ancianidad sabia y sosegada. Y también los niños tendrían su lugar en un entorno poblado de amor.

   A finales de julio, la familia británica regresó a su gran isla verde. Le dejaron a Stella un buen recuerdo, pero la verdad era que se había aburrido un poco con ellos. La niña era menos bonita y más reservada de lo que a Stella le habría gustado. El niño era muy inteligente, pero tímido. Más tarde, Ann le escribió que se había enamorado de la amante de su madre. Aquel niño, como el Klaus, el hermano de Hanna, le hacía pensar que no estaba todo perdido con los hombres, sobre todo cuando eran jóvenes y se encontraban sometidos a buenas influencias femeninas.

  Sin viajar, aquel verano fue una experiencia nueva. “Villa Orchard” estaba en su apogeo. Cinco años después de ser plantados, los arbolitos ya daban fruto y sombra, aunque estaban lejos todavía de su futuro esplendor. También la madre se había amoldado magníficamente a la casa, en la que tenía una perra (y una gata: solo hembras), una cuñada, una piscina y, sobre todo, tenía las visitas de sus nietos, sobrinas y derivados. Se había creado una especie de hogar, una localización confortable, humanizada, apta para generar nostalgias.

  Durante el verano anterior, mientras Estrella hacía su delicioso viaje en compañía de la pequeña Angie, la madre había estado recibiendo visitas todos los días. El principal de todos, el hijo, con los tres nietos. Al hermano, por lo visto, la vida le iba más o menos bien, hacía negocios relacionados con la construcción e incluso esperaba hacerse rico, como tantos sinvergüenzas de la Costa del Sol. Ahora vivía en un chalecito adosado por Marbella (una casa no muy diferente a la que había comprado Estrella al principio de todo en Torremolinos), tenía también un buen automóvil y sus hijos iban a un colegio privado (sin mucho aprovechamiento). Pero nada comparable a “Villa Orchard”, con su piscina, su huerto e incluso un parquecito infantil que había construido el tío Eusebio para sus propios nietos. Las visitas se repitieron el verano siguiente, aunque esta vez Estrella no viajó. No es que la aceptaran (lo cual a ella no le importaba), pero tampoco rehuyeron su presencia.

    La cuñada era una individua horrible. Una mujer falsa y envidiosa pero con el suficiente civismo para ser amable con su inofensiva suegra. Procedía de la clase baja, como ellos, e incluso tenía un hermano delincuente y yonki, y otro homosexual afeminado que había trabajado de proxeneta (Estrella lo trató un poco en Madrid, pero siempre con precaución). Desde esa perspectiva, la peligrosa cuñadita era vista como algo doblemente raro, una desconfianza que a Estrella le recordaba sus dolorosos comienzos en los clubs de alterne, entre otras putas. Tener una hija puta no era algo demasiado chocante entre las pobres madres del barrio, pero aquella puta en particular se había hecho millonaria, era lesbiana, hablaba idiomas, leía libros, tenía amigas extranjeras supuestamente distinguidas y alardeaba de una insultante elegancia. Pero no dejaba de ser una puta, y una puta sería toda su vida. Y una viciosa de gustos antinaturales.

  Con todo, la madre lo pasó estupendamente aquel verano y eso era todo lo que Estrella quería, eso demostraba el acierto de todas sus acciones. A los nietos se añadían algunos primos de la parte de la familia de la nuera (incluidas las hijas del yonki), más la rama propia de la familia materna, con las sobrinas fanáticas religiosas. Y se les sumaba, como siempre, la familia abundante de la tía Reme, con sus propios nietos medio alemanes. E incluso pasaban otros por allí. A veces se veían niños no identificados, tal vez vecinitos del barrio. Reme debía conocerlos y, desde luego, sabía manejarlos.

  Y un día de aquel verano, tras que Estrella diese su despreocupado consentimiento, apareció incluso su padre. Los dos ancianos, esposa y esposo, llevaban casi diez años sin verse. Al viejo no le había ido bien. Tuvo mala suerte justo unas semanas después de que esposa e hija se largaran del pisucho del bloque de clase obrera andaluza para instalarse en la casa que Estrella compró en la primavera de 1984. Al viejo lo habían despedido del trabajo y a partir de entonces tuvo que malvivir con subsidios y empleos eventuales. Eso sí, era libre: el piso era para él solo, traía a sus amigotes y a sus casi sesenta años tuvo algún amorío crepuscular rápidamente fracasado.  Por entonces, si alguna vez hablaba de la esposa e hijas que lo habían abandonado, siempre recalcaba, con amargura y desprecio, que la gorda de su ex mujer se había ido a vivir “del coño de su hija”. Y que era una vergüenza tener una hija prostituta, y cuando supo que ganaba millones al mes, acostándose con los banqueros, le dio por reivindicar la lucha de clases. Y cuando supo que se había casado con un millonario norteamericano, despotricaba contra el imperialismo yankee, los escuadrones de la muerte de Reagan en Centroamérica y la adhesión de España a la OTAN.

  Pero hacia aquel verano se sentía desvalido y asustado. Iban a operarlo del corazón y tenía miedo a morir, y a vivir en soledad lo que le quedara de tiempo. Necesitaba que cuidaran de él. Durante sus dos días de visita, como invitado de su hermana, la tía Reme, tanteó qué posibilidades tenía de refugiarse allí. Fue un movimiento astuto, porque a la madre, blandengue y sentimental, algo se le movió por dentro (no, desde luego, amor, pero sí apego por el “hombre de su vida”), Reme, por supuesto, no quería que quedase abandonado, y ofreció la misma casa que ocupaba, aunque, por supuesto, las dos casas de “Villa Orchard” pertenecían por igual a "la millonaria".

  Estrella no hizo de aquello una situación dramática. Consideraba que su padre no se lo merecía. Habló con él por primera vez al cabo de más de diez años. Él sentado, a la sombra del típico emparrado andaluz, casi custodiado por su medio hermana Reme, y ella de pie, displicente o indiferente. Un minuto. "Aquí no molestas", fue lo que concluyó. El viejo se puso a lagrimear. Luego lo comentó a la madre y a la hermana. Qué le importaba ya aquel viejo. La hermana, en cambio, decía que no quería saber nada de él, pero las demás mujeres eran mayoría y el viejo se quedó hasta que se repuso de la operación y pudo volver a su piso en Málaga. Y dijo por ahí, como era de esperar, que su hija "no era solo viciosa, sino también fría como una serpiente”.

  Así que fue un verano emocionante para la madre en muchos aspectos. Y divertido: hacían  paellas, espetos de sardinas y barbacoas. La madre, pese a su edad y su obesidad, se bañaba en la piscina, que estaba adaptada para sus limitaciones, y le gustaba el agua tibia del verano. Y le encantaba el huerto, con sus árboles ya grandes, y los niños, sobrinos, nietos, primos segundos y terceros. Hubo alguna disputa, pero la tía Reme, sobre todo, era capaz de imponer paz.

  Lo mejor eran las tardes del verano, se quedaban todos al fresco, la madre, la hija, la tía Reme, la nuera, algunos niños y algunos hombres. El hijo iba y venía de sus negocios (y de sus puteríos también, probablemente… Estrella conocía a los hombres y se daba cuenta de que su hermano era "muy hombre" en todos los aspectos) y aprovechaba siempre para remover el morbo de la hermana a la que apenas había visto en años. Sobre todo si “la millonaria" no estaba presente (por ejemplo, si se había llevado a Ann y a sus hijos a hacer turismo). El hermano, como padre de sus nietos y como único hombre (junto con el tío Eusebio), siempre tendría un gran poder sobre la madre.

  “Entonces, ¿ahora quiere ser escritora?”
  “Quiere escribir algo de sus cosas…”
  “Pero ¿de qué cosas? De lo de Madrid o lo de…”
  “De eso, del lesbianismo. De cómo las muchachas pueden hacerlo. Ya ves, si dice que hasta yo lo habría sido de haber vivido hoy en día, que a mí nunca me gustaron los hombres…”
  “Vaya… Decirle eso a su propia madre” (la nuera)
  “Dice que eso tiene que ver con la educación” (la otra hija)
  “Eso son cosas que le han pasado solo a ella, y ahora pretende que todas las mujeres son así. Si no se hubiera ido a lo que fue, nunca habría ella hecho las demás cosas…”
  “Eso ella misma también lo dice. La primera novia que tuvo, aquella Paula, la cateta aquella de Sevilla…”
  “Después se pelearon” (la hija)
  “Era muy rara… muy… así”
  “Luego las que ha traído siempre han sido extranjeras” (la hija)
  “Bueno, a su manera se ha divertido…”
  “Igual eso no son cosas tan raras como nos parecen a nosotros” (la tía Reme)
  “Son las circunstancias de la vida” (la nuera)
  “Siempre se las dio de mucho. Cuando falló en los estudios no se pudo conformar con ser una mujer trabajadora normal…”
  “Ella no hubiera servido para casarse y tener hijos…”

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