En París no estuvo mucho tiempo, pero fue revelador. Habían pasado cuatro años desde que conoció a Irene. Ahora la francesa tenía un cargo administrativo de cierta importancia en los servicios sociales de la municipalidad. Y pareja. No hubo enrolle sexual y sí cierta hostilidad dogmática. Stella expuso su idea para el libro e Irene no decía nada, escuchaba seria. Finalmente, opinó que le parecía mal. No hizo esta vez ningún comentario acerca de la falta de preparación intelectual (y, por supuesto, académica) de la aspirante a ensayista. Dijo solo que "estaba mal”. Y al día siguiente le consiguió una audiencia con una reputada escritora feminista.
Tuvo lugar en un apartamento lleno de libros. Stella era consciente del significado de aquel encuentro. La gran autoridad, una profesora, tenía el pelo blanco, arrugas, ropas grises. No vio ningún gato, pero sí a una joven discípula, una de sus alumnas. Podía ser Simone de Beauvoir, Hanna Arendt o Susan Sontag. Alguien. Una mujer sabia. Lo que, en el fondo, ella querría ser cuando se extinguiera su sensualidad… aunque seguían pesando dos de sus estigmas: el ser una prostituta… y el carecer de estudios. Al menos, el otro estigma (el lesbianismo) allí no era reconocido como tal.
La mujer sabia escuchaba. Pero menos tiempo que Irene. Era Irene quien resumía y aclaraba lo que Stella decía. Al fin y al cabo, su francés no era tan bueno como su inglés.
Finalmente, la mujer sabia hizo un gesto, bastante frío, que detuvo las explicaciones de Irene. La jovencita discípula se mantuvo quieta, esperando la Palabra.
La mujer sabia (más sabia que Irene) dijo:
“Hay algo especial en usted. No se sienta halagada por eso. La mera rareza a veces no supone más que una anécdota grotesca y hay muchos que neciamente identifican la rareza con el genio. Usted no es estúpida y es consciente de lo que ha construido. Estoy de acuerdo con Irene en que su creación podría ser peligrosa. Podría ser inofensiva, tan solo risible, los delirios de una prostituta resentida que desahoga su humillación de haber servido a los opresores pretendiendo haber ganado una rara sabiduría por su experiencia extrema. Pero en caso de no ser así, la prevengo, porque la veo honesta, del peligro que supondría que sus creencias pudieran llegar a tener eco. Usted rechaza la Justicia, la Libertad, la Dignidad, y pretende construir una religión femenina, una especie de cristianismo femenino. Su fantasía posee atractivo porque podría atraer el voyeurismo de muchos varones y porque podría seducir a la juventud. De todos los nombres con los que usted especula, sin duda el más acertado es el de angelismo. Usted apuesta por una sensualidad angélica como representación simbólica de la feminidad. Coincide con algunas creaciones cristianas, como bien sabe. Eso me desagrada porque tal tipo de ideales sirven al mundo patriarcal. Los hombres no desean de las santas más que la sumisión. Sus ángeles serían esclavas perfectas como usted lo era con los hombres a los que servía. No socavará su poder.”
“Pero una nueva realidad...” se atrevió a protestar ella.
“No. Esa nueva realidad, solo por el mero hecho de ser nueva no afectaría al mundo del varón. La novedad no es un valor. A usted la amaban sus clientes, ¿no es cierto? Uno de ellos incluso se casó con usted y otros muchos se lo propusieron, ¿no es cierto? Pues bien, despertando su amor no despertará su respeto, sobre todo porque usted pretende no amarlos por su virilidad, sino por su necesidad de mujer que ama universalmente, maternalmente. Eso no es lo que esperan, pero tampoco lo que temen. El hombre es el enemigo. Creo que usted no lo acaba de entender. Su idea de mujer, de feminidad, es masculina.”
“Por supuesto que el hombre es el enemigo… Se trata de domesticar al hombre y anularlo…”
“No. Al hombre hay que vencerlo y extinguirlo. Los movimientos populares son antimasculinos…”
“¡Me va a decir usted que el Che Guevara no era hombre!” protestó Stella, casi indignada e irreverente ante la autoridad, para escándalo de Irene y la discípula estudiante.
“Su ridículo pacifismo es lo que el hombre quiere. Santas sumisas y, además, sensuales. Un gran espectáculo para los sentidos del voyeur. Eso es una gran indignidad.”
Stella miró a Irene y le preguntó:
“¿Le has contado lo de mis vestidos de novia?”
Irene asintió.
“Ahí yo tenía un gran poder. Pero estaba sola. Y ahora también estoy sola. Si usted se diera cuenta de cuál es ese poder…”
“No sabe usted nada, querida. El patriarcado, el capital, la propiedad, las estructuras de dominación: eso es el Hombre. Para destruirlo no importa que nos aliemos con varones. No importa lo más mínimo especular con respecto al futuro, qué será después de esos varones. No importa nada la barba del Che o de Fidel. Eso no importa porque somos seres del presente. Su paraíso de los ángeles vestidos de novia no los atemoriza.”
“Si usted me diera un poco del poder que tiene… No puede imaginarse el poder que tendría si, de repente, surgiera una religión sensual solo para mujeres. Ángeles y brujas, santas y profetisas. Las feministas no triunfarán nunca. El izquierdismo está ya asumido y es cosa de hombres. Una nueva realidad…”
“Espero que fracase, señorita. Semejante distracción podría hacer daño a la juventud inexperta. Usted no conoce el mundo, ha sido afectada por sus excepcionales circunstancias. Es un desperdicio de su inteligencia, pero creo que usted es irrecuperable.”
Stella no dijo nada más. Pensó que si podía causar ese efecto en semejante autoridad, tal vez pudiera hacerlo en otras… y en otros. No se sentía desalentada en lo más mínimo. Asintió, agradeciéndole su tiempo al oráculo.
“Es usted muy hermosa, joven. E Irene me ha contado que es muy desinhibida, que, de acuerdo con su filosofía, las relaciones sexuales entre mujeres tendrían que ser una especie de lenguaje social entre personas que comparten franqueza. Yo soy muy franca. Me apetecería tener sexo con usted.”
Nunca se sintió Stella más halagada.
“Nunca me he sentido tan halagada por una proposición. Pero mi idea de sensualidad implica… una cierta imagen plástica. Usted no es hermosa igual que yo dentro de algunos años dejaré también de serlo. Es cierto que he mantenido sexo con muchos hombres, ninguno de los cuales era hermoso, pero ellos me pagaban. ¿Me pagaría usted?”
“Por supuesto que no”
“Entonces, no hay trato. Y, de todas formas, yo ya no necesito dinero.”
“¿Le excitaba el ganar dinero?”
“Muchísimo.”
La mujer sabia pareció pensar un poco en ello. Sin duda no quería caer en el tópico del desprecio al dinero sin haber antes reflexionado acerca de qué podía significar en concreto en tales circunstancias.
“¿Por el poder?”
“Por mi condición de mujer. Yo, mujer, sometida al hombre por dinero. Hecha prostituta por el hombre. Una forma de violencia. La mujer siempre tiene tendencias andrófilas de someterse al hombre. Prostituyéndome, me hacía indigna y, por tanto, me hacía mujer. Pero con el dinero lo compensaba: ganaba poder, vencía al hombre.”
“¡Vencer al hombre!, ¡los que la pagaban a usted disponían de mucho dinero!, ¡no se sacrificaban!”
“Jamás hubiera consentido que se sacrificasen. El rencor no es femenino. Pero los vencía porque demostraban su deseo. Deme usted cien mil chicas bonitas vestidas de novia de rodillas ante los hombres para besarles la polla, sin odio ni desprecio, a cien mil francos cada tío y ese poder acabará con todo”.
La mujer sabia iba a decir algo. Abrió la boca para decir algo. Sus ojos quedaron fijos y por ellos Stella vio la sabiduría. Al fondo de sus ojos. Pero el amor propio impidió que saliera de allí.
La entrevista había terminado, Irene la acompañó a la puerta y salió con ella.
Se metieron en un ascensor, no se miraron. Solo al salir del ascensor, en la despedida:
“No creo que lo consigas”.
Se preguntó si volvería a ver a Irene.
De París se fue a Alemania, y no pasó por Zurich, puesto que Martina estaba estudiando y liada con un chico. Creía haber entendido que no quería verla. Martina ya no le despertaba frustración. Lo que la frustraba era la hermosura de los ojos de Martina en los bosques donde la había conocido. Ninguna mujer con la que había mantenido relaciones después había igualado esa profundidad contemplativa. Ni tampoco el placer extremo de cuando estuvo con aquella Maggie en la cama, unas semanas antes. Eran sus primeras sensaciones en libertad. ¿Nada podía igualar tales experiencias porque estaban asociadas a la libertad recién recuperada? Esperaba que no fuese eso.
Fue a Alemania por el norte, pasando por Holanda, donde se reencontró a Agathe, que estaba emprendiendo sus primeras aventuras lésbicas tras la exitosa "primera experiencia" en el Mediterráneo. No hizo el amor con ella y trato de hacer ver que eso no la decepcionaba. Pero la antes inexperta ahora tenía su primera novia... Creyó entender que lo conocido sobre el turbio pasado de Stella ahora suponía un inconveniente. Aunque parecía sentir admiración por ella. Una buena amistad femenina, al fin y al cabo. Stella no se quejó. Esa noche se masturbó en el hotel holandés, anticipando los placeres que suponía le esperaban de todas maneras en Frankfurt.
Cuando llegó a Frankfurt encontró a algunas de las mujeres que había conocido en la estancia anterior. Heike estaba con un chico y Jutta con una chica (y, además, era rencorosa), pero había hecho relaciones cordiales, menos íntimas, con otras mujeres, y fue por ellas que decidió establecer en aquella ciudad de nuevo su campamento base. La otra vez había pensado viajar por toda Alemania y no lo había hecho por el tema de Violeta, de Heike y otras cuestiones. Además, por entonces aún no había caído el Muro y después de su viaje a Rusia el asunto del ex comunismo le interesaba. ¿Hubiera sido ella comunista en los tiempos de madame de Beauvoir?
En tres años encontró el ambiente muy cambiado en Frankfurt. Estaba claro que las lesbianas seguían siendo mujeres inestables. El lesbianismo “electivo” (derivado del feminismo) era como una nación joven, incluso en países socialmente avanzados como Alemania y, al menos en Alemania, y a diferencia de en España, no estaba vinculado al movimiento gay masculino, e incluso se lo veía menos politizado (un poco menos) que en Francia. En Alemania todavía duraba la marea verde y pensaba que por eso las lesbianas nórdicas eran más dulces que las del sur. Y menos chifladas que las norteamericanas. Pero eso eran solo sus impresiones de entonces. Todo cambiaba muy deprisa, no había formas firmemente asentadas. Tenía que profundizar más en ello, a ver si era capaz de captar el ritmo de los cambios. Ahora se consideraba mucho mejor preparada intelectualmente.
De nuevo volvió a experimentar la soledad en compañía de sus admiradoras. La misma que había experimentado tres años antes. La sospecha de que se aprovechaban de su cuerpo y su dinero, y de que se comportaban falsamente con ella. Sin embargo, lo hacían con cierta elegancia alejada de la tosquedad que conocía de las lesbianas españolas. Hablar con ellas la hacía pensar. Eran inteligentes y educadas. Llegaba hasta ellas. La tenían en cuenta.
Con casi treinta años seguía siendo muy bella y por eso todas se le acercaban igual que antes, por el deseo, si bien no siempre experimentaba esa calidez femenina que la atraía tanto. Existía allí el elemento despectivo típico de la seducción. Sin duda también influía, en toda aquella "inadecuación", sus propias torpezas. Demasiado tímida a veces, demasiado arrogante otras, demasiado poco hábil al moverse entre personas muy susceptibles (si no acomplejadas).
Y aún le faltaba terminar de aprender el alemán. De momento, compartía un piso con dos estudiantes. Una era lesbiana y la otra no. Acabó haciendo el amor con las dos durante las primeras dos semanas. Sin embargo, no fue algo emocionalmente profundo. En ambos casos, las chicas no le proporcionaron un placer recíproco. Una de ellas por mala voluntad, lo que la desechaba en adelante. La otra por torpeza… a la que se sumaba el que no se quisiera dejar enseñar. No servían. Por otra parte, además de frecuentar los locales donde se reunían las lesbis, puso anuncios incitantes en la sección de contactos de la prensa local: mujer hermosa se ofrece para "primeras experiencias". Y dieron fruto.
Volvió a encontrar a Silvio y a Violeta. Silvio había cambiado mucho. Resultó que cuando la visitaron en “Villa Orchard” él y su esposa alemana estaban a punto de divorciarse (ella no se dio cuenta de nada). Ahora Silvio vivía con otra chica que estaba embarazada y compartían piso, un poco en plan comuna, con otros dos tipos. No eran jovencitos, sino gente de más de treinta años. Uno de ellos era un activista político que hacía propaganda a favor de los terroristas de la banda Baader-Meinhof (“luchadores de la resistencia de la Fracción del Ejército Rojo”). A Stella le pareció algo ya un poco anticuado en la Alemania de los noventa, pero por España estaba acostumbrada a las simpatías izquierdistas por el terrorismo y la violencia en general (el equivalente a la pasión por el estalinismo de los años cincuenta). Todos fueron encantadores con ella. El militante político, un tipo apuesto, intentó ligársela, pero ella prefirió acercarse a la rubia enamorada y embarazada. El tema de la maternidad la intrigaba. Ella era poco maternal y en 1983 se había hecho una ligadura de trompas con el primer dinero que ganó como prostituta. El embarazo le parecía algo importante y fascinante, al tiempo que monstruoso y truculento, temible, por mucho que intentaran arreglarlo haciéndolas parir en una piscinita de agua tibia. Y una pequeña perversión que aún no había hecho era saborear la leche materna. Ya tendría oportunidad para ello.
En cuanto a Violeta, sus líos amorosos con hombres en Amsterdam al final no habían dado ningún giro importante a su vida. Volvió a Frankfurt, cerca de su hermano, tuvo un novio bastante normal (estudiante, músico aficionado, muy apuesto), pero al final rompió con él para liarse con un drogadicto. Para sorpresa de Estrella, mantenía también algunas relaciones lésbicas y la acompañó a visitar ciertos locales, algunos de los cuales ya conocía de la otra vez. Volvieron a ser amigas.
Hizo varios viajes en coche. A Berlin, a Hamburg, a Viena. Como Violeta no tenía dinero, a ella le encantaba acompañarla. Normalmente se apuntaban tres o cuatro y, si había asientos libres, también recogían algún autoestopista. Entre las chicas siempre había alguna que se acostaba con Stella: entre ellas solían contarse estudiantes, obreras y aventureras un poco bohemias del ambiente de Violeta. Eso sí, a Violeta nunca le consintió que llevara un tío a los viajes. “Los tipos te los buscas tú, pero a mi auto no suben”. Excepto los autoestopistas, claro.
Hasta el verano estuvieron viviendo así. Normalmente, Violeta y sus amigas se iban a los bares, y Stella y alguna acompañante (normalmente aquella con la que se estaba acostando por entonces) quedaban con lesbianas locales. Si eran intelectuales, mejor. Tomaba notas para su libro.
“En España las chicas lesbianas reciben poca orientación. Mi libro no va a ser ninguna obra revolucionaria, pero podrá ayudarlas”
“¿Y tu propia teoría?”
“La dejaré como una anécdota. Me parece que debemos tener un espíritu abierto. Nadie sabe si va a salir algo del lesbianismo opcional. Es demasiado pronto. Mi teoría puede ser un ejemplo del pluralismo de opciones una vez se haya optado por rechazar el modelo andrófilo”.
En Leipzig, una chica del Este pareció interesada en profundizar en la cuestión teórica. Tanto la interesó que aceptó formar un trío con Stella y su acompañante de Frankfurt. Sexualmente fue bien, pero después de que las tres hubieran quedado satisfechas fue todavía mejor. Stella sintió esa atmósfera de ternura, confianza y complicidad entre mujeres extrañas a la que aspiraba. De hecho, a la chica que se había traído de Frankfurt la acababa de conocer. Era una obrera de una ciudad pequeña próxima a Frankfurt que llevaba diez años intentando completar sus estudios de Psicología. Menudita, morenita y con el pelo corto, nada coqueta pero tampoco masculina, parecía encontrarse en la primera fase de enamoramiento de la exótica ex prostituta de ojos verdes (“pareces una actriz francesa”) pero no mostraba celos ni arrebatos posesivos. La de Leipzig, una rubia educada, sensata y tranquila les hacía té y les ofrecía dulces baratos. La calefacción daba más intimidad a la colchoneta en el suelo, los almohadones, las sábanas desarregladas. Tres mujeres jóvenes y desnudas que bebían de sus tazas con cierta elegancia, como damas inglesas.
Stella tenía muchas teorías y pensaba que era posible perfeccionar lo que había comunicado a Irene y a la mujer sabia, pero su alemán no llegaba a ser aún lo suficientemente bueno para poder crear tales teorías al tiempo que les hablaba, y aquellas dos sabían poco inglés.
Tenía que atenerse a las fórmulas que ya había ideado. Por ejemplo: ¿y si se educara a las niñas para ser lesbianas? No iba a ser difícil. Diversas estrategias de psicoterapia podían tomar forma religiosa entre chicas. El recogimiento, la meditación, rituales inocuos. Y el sexo en grupo, por supuesto, una vez se alcanzase el necesario estado de empatía, generosidad y emoción erótica. La colmena.
La de Leipzig, que se llamaba Hanna, y la de Frankfurt, que se llamaba Sabine, empezaban a verle atractivo a eso. Las chicas vivirían juntas, en sororidades donde se compartiría la intimidad de una forma extrema. Se compartiría la vida económica, el espacio vital, la sexualidad, la maternidad. Grandes familias femeninas en las que se mezclarían las jóvenes, las maduras, las madres, las estudiantes, las obreras, incluso las niñas y las ancianas, e incluso las heterosexuales solitarias. Había opiniones de feministas famosas que podían servir como precedentes teóricos. Lo más importante, remarcaba Stella, era la preparación emocional previa. No se puede perder el refugio de la privacidad a cambio de las recompensas de la colmena -la familia electiva- si no existía previamente una educación emocional en el sentido angélico. Para ser una santa, hay que prepararse psicológicamente. Ser una hippy es una tontería.
Stella dijo que toda la cuestión masculina sería tenida en cuenta. Las pasiones andrófilas se vivirían fuera del entorno de la sororidad, pero no serían secretas y se supervisarían en común para que ninguna chica confundiera el fugaz sometimiento al macho primitivo (fornidos trabajadores de la construcción de origen inmigrante y con antecedentes penales, por ejemplo) con el “amor”. La prostitución podría ser un buen recurso financiero tanto como un vehículo de relaciones de vecindad bien delimitadas con muchos hombres. Los gays recibirían apoyo como cualquier grupo perseguido. Y si aparecía algún hombre extraordinario, algún San Francisco o Mahatma Gandhi, sería reconocido por sus merecimientos. (La verdad era que Stella no había conocido a ningún hombre así. Silvio era un buen hombre, pero también a veces un poco falso, demasiado encantador. Su fragilidad física, su aspecto andrógino, en el fondo lo acomplejaba y le gustaba ejercer la astucia masculina para conseguir sus metas femeninas. En suma, también era conquistador y depredador en la medida de lo posible. Con todo, fuera de sus antiguos clientes, a los que no pensaba volver a ver, quizá Silvio era su único amigo varón.)
Hanna opinó que su hermano pequeño ya era una especie de santo, un comentario que a Stella naturalmente le interesó, y le trajo a la cabeza algunas historias de Dostoievsky (aunque también era un poco así el personaje de novela que ella misma había ideado, el chico sodomizado). Hanna explicó que su hermano pequeño era casi tan bello como una chica, absolutamente bondadoso, y no era gay. Stella quiso conocerlo.
Lo invitaron al día siguiente, y en el encuentro estuvo Sabine y también Violeta y la otra chica de Frankfurt que había venido con ellas y con la que el día anterior había estado de copas y porros mientras Stella hacía su trío.
El chico era un rubio muy mono (aunque no de aspecto femenino) que estaba terminando el bachillerato. A Estrella le recordó un poco a aquel chico del que estuvo a punto de enamorarse en la Facultad (demasiado tarde: su fracaso en los estudios la había ahogado emocionalmente por entonces). Rodeado de mujeres jóvenes (pero todas mayores que él) el chico se comportó con timidez y modestia. Realmente, no manifestaba ninguna violencia, ninguna astucia. Su inocencia sexual no le hacía mostrar resentimiento. Se notaba que él y su hermana se adoraban, los dos tan educados y afectuosos. Hanna se había ido a vivir sola hacía poco y entonces Stella se atrevió a preguntarle al chico si envidiaba el lesbianismo de su hermana.
Él dijo que creía que sí, que le parecía más fácil la amistad entre mujeres. Claro que, qué sabía él. Quería dedicarse, naturalmente, a las ciencias, le gustaba ir en bicicleta, la naturaleza y todo eso que gusta a los buenos chicos. ¿La música? No, en la ciudad de Bach su familia no tenía tradición musical. Lástima. No contaba con muchos amigos. Los dados a las ciencias. Física y astronomía, un poco de matemáticas, pero no tanto la biología. En la sabiduría estaba la virtud, de eso no había dudas. Esperaba que su vida social mejorara en la Universidad. Y tener una novia, claro. Stella se reconoció a sí misma. Al menos, si ese chico fracasaba en los estudios tendría siempre a su hermana para apoyarle. Podría hacerse enfermero o funcionario.
Su inexperiencia y su relativa soledad, pues, no embrutecían al hermanito de Hanna. La tonta de Violeta lo animaba a salir, a divertirse, y el chico reaccionó con confusión y humildad pietista. Stella dijo que muchos jóvenes tímidos desean no serlo, envidian a los más extrovertidos. El chico dijo que no. Estaba científicamente seguro de que no. No, sí, era probable que fuese como ella decía: que habría querido ser lesbiana, como su hermana, pasarse una tarde charlando, tomando té y dulces después de haber hecho el amor en buena compañía, de una forma tan poco cruenta como suponía que era el amor físico entre mujeres.
La cosa se planteó al día siguiente, cuando Stella ya estaba dispuesta a volver a Frankfurt con sus amigas (Sabine, Violeta y la otra) sin tener muy claro aún cómo de serio había de tomarse a Hanna, que era un poco reservada. Lo hablaron mientras paseaban por una avenida poco transitada, con árboles y charcos de una lluvia anterior. La nueva amiga, en un momento, le preguntó si podía pedirle un favor, que ella podía por supuesto negarse, y que no quería ofenderla…
Resultaba que, puesto que ella era prostituta, tal vez quisiera iniciar en el sexo al hermanito. Hanna, muy blanca de piel (se parecía un poco a Martina, pero no era tan bella), se ruborizó al pedirlo. Probablemente pensó que tratar de aprovechar su condición de ex prostituta (pero ¿una prostituta no ha de serlo toda su vida, por siempre, por mucho tiempo que pase después de haber ejercido por última vez?) era una forma de insultar a su nueva amiga. Pero Stella no se ofendió. Primero le dijo que, aparte de su ex marido (Las Vegas, primavera de 1989), hacía tres años que no se acostaba con ningún hombre (no mencionó a Álvaro… pues se había limitado a dejarse penetrar una sola vez). También admitió que la verdad era que nunca le habían mandado a un jovencito para que lo iniciara. Y eso que ella, pensaba, hubiera podido ser ideal para tal cosa (pero no se dio el caso: ninguno de sus clientes le mandó jamás a su hijo, nieto o sobrino adolescente; lo de la iniciación con prostituta debía de seguir haciéndose, como en los tiempos clásicos, de hecho a ella le constaba que se hacía... pero no conoció ningún caso en su propia vagina; ninguno, por lo menos, lo admitió jamás, y ella jamás preguntó; aunque, era cierto, le dio la impresión más de una vez de que algún chico joven que llegaba era del todo inexperto... pero ella ponía tal empeño en que se sintieran cómodos, en no hacerles notar torpeza alguna que cometieran, que al final ella misma no podía juzgar un asunto que tampoco le interesaba; y por una razón fundamental: nunca le interesó sentirse superior a sus clientes, ya que la esclava era ella; por lo demás, nunca ningún hombre maduro le propuso iniciar a su hijo).
“No, no me parece una mala idea. Tú quieres a tu hermanito y, al fin y al cabo, pareces estar de acuerdo conmigo en que el sexo hay que desdramatizarlo”
Y entonces le preguntó, con una sonrisa irónica, que por qué no lo hacía ella misma.
Y Hanna tampoco se ofendió y dijo que, “efecto Westermarck” aparte (la barrera psicológica que se crea entre los jóvenes de sexo diferente que se crían juntos en la infancia, científicamente comprobada y probablemente relacionada con las feromonas), habría sido muy difícil que ella pudiera hacerlo, puesto que era virgen también, lo cual hizo sonreír de nuevo a Stella, que no se había dado cuenta antes, puesto que su nueva amiga debía de haberse perforado el himen por otros medios.
Se quedaron calladas, mirándose, y Stella dijo finalmente que se alegraba de que Hanna no le hubiera pedido que, por favor, tratara bien a su hermanito. Entonces fue Hanna la que sonrió: “te quiero, sé que eres buena”.
La ceremonia tuvo lugar al día siguiente. Por la mañana metió a Sabine, Violeta y a la otra en un tren hacia Frankfurt (ella pagó los billetes, por supuesto) y estuvo comiendo después con Hanna. La cosa iba bien. Le gustaba Hanna. Podría incluso enamorarse de ella. ¿Qué era “enamorarse” de una mujer? Se había enamorado de Martina, se había encariñado muchísimo con Genia. ¿Y, ahora, con Hanna? Las miradas se volvían un poco tontas, el corazón cosquilleaba. Qué seria era Hanna. Estudiaba ingeniería y, como tantas chicas alemanas que estudiaban lo mismo, quería dedicarse a producir energías limpias y renovables. El amor también podía ser limpio y renovable.
“Voy a llamar por teléfono”, dijo a la sobremesa, y Stella se quedó sola, allí, en Leipzig, en la primavera de 1992, dispuesta a reencontrarse con su pasado de prostituta. Hacía ocho años que había llamado por teléfono tras leer el anuncio de un burdel en Sevilla, donde ofrecían “trato familiar”. Acudió sola, arriesgándose. Ni siquiera era lesbiana y solo hacía unas pocas semanas que había mantenido sus primeras relaciones sexuales… por dinero. Ni siquiera sabía maquillarse, ni siquiera sabía caminar con tacones. Se trataba solo de suicidarse socialmente. Hubo suerte. O quizá la suerte no tuvo nada que ver. ¿Qué otra cosa podía haber hecho?, ¿y qué otra cosa podía haberle sucedido sino hacerse rica y lesbiana?
A la vuelta, Hanna dijo que el hermanito ya estaba en el apartamento de ella, esperando. Stella le dio un beso y se fue tan tranquila.
Lo encontró en bata, sentado a la cama (en aquel apartamentito de estudiante no había mucho más). El chico estaba nervioso, pero lo disimulaba con su mansedumbre habitual. No era poca cosa: el primer chico bueno con el que iba a hacer el amor por encargo de un familiar. Por otra parte, ¿no era aquel chico lo que soñaba cuando era jovencita? Un buen chico como novio, más o menos de esa edad.
“Hola, Klaus. Ahora voy un momento al baño, perdona”
No orinó (lo había hecho en el restaurante), sino que solo se quitó las botas, los pantalones y el jersey. Y las bragas, claro. Se fregoteó y perfumó por debajo y se miró en el espejito espejito. No estaba maquillada, pero así, en camiseta, con sus pechos bien señalados, seguía estando muy guapa. Con unos meses menos de los treinta años seguía siendo una chica, una muchacha. Deporte, vida sana, buena alimentación. La camiseta blanca le cubría lo justo para ocultar su pubis. Tomó el lubricante de su mochila y lo medio ocultó en su mano para llevarlo hasta la cama. No hacía falta preservativo. Ella era estéril y el chico no podía estar enfermo, de modo que bien estaba que la encharcara toda, así sería más genuino.
Tomó una actitud de enfermera, que era, por lo demás, la habitual en ella (lo que le había permitido enriquecerse). Le quitó la bata, le dio un beso en la mejilla, le habló con dulzura y lo hizo tenderse desnudo boca arriba. Tuvo una idea:
“Te voy a hacer el amor como se lo hago a tu hermana, a lo chica…” y vio que los ojos del joven se iluminaban de agradecimiento y esperanza. Chico bueno.
Él cerró los ojos y ella estuvo a punto de protestar por eso, pero se contuvo a tiempo. Aprovechó para quitarse la camiseta. Se sentó sobre él y comenzó a besarlo y a buscarle los rinconcitos tiernos. Olía a baño. Esos jabones ecológicos, tan poco resultones, que usaban los estudiantes alemanes. Bien, bien. Fácil.
No había que complicarse. Con los muslos iba vigilando cómo andaba el pene del chico. Le dio un buen besazo en la boca, le lameteó los pezones (a lo chica…). Ya estaba listo.
Se untó bien de lubricante.
“Ahora, estate quieto. Ya lo hago todo yo. Es muy fácil”
Y, con la mano, se introdujo suavemente aquella cosita caliente. No era muy grande (aunque tampoco pequeña). Entró fácilmente… y como también ella podía disfrutar un poco de aquella ocupación tan cálida y cremosa comenzó a moverse, a bailar con sus caderas. Le gustaba, le gustaba… Bien, bien, bien…
El chico gemía y transpiraba. Chico bueno. Bien, bien, bien… El gemido se hizo más irregular y sonoro, casi como un chirrido. Un momento, había algo…
“¡Mierda!” dijo en español y se sacó al chico de dentro tratando de no empeorar las cosas. Sangre. Qué asco. Sangre. Pues claro, so tonta…
“Cariño, no te muevas, voy a ver si…”
Estaba tan nerviosa que no encontró ni desinfectante, ni nada. Utilizó papel higiénico y toallas para secar la sangre. ¿Cómo se decía “frenillo” en alemán? ¡Mierda!, ¡tonta!, ¡tonta… ¡ ¿cómo no lo pensó? Un chico tan bueno… Y ese susto…
Pero era poca cosa, solo el enchastre, las sábanas, las toallas… Nada que no se arreglara con unos marcos para que compraran ropa de cama nueva. La sangre dejó de salir. Se tranquilizaron: no habría que ir a Urgencias.
“Me ha asustado más que tú, mi vida… Nunca me había pasado…”
El chico parecía avergonzado. Él sí había pensado en esa posibilidad. Quizá tenía que haber ido al médico antes…
Stella no tenía mucha idea de tales arreglos masculinos, muy rara vez le había pasado algo parecido y el tipo entonces se hacía cargo sin problemas (pero en el dormitorio tenía un pequeño botiquín). Era cosa de nada, por lo visto.
“Vamos a cambiar las sábanas”, dijo él.
“Nada de eso, quédate acostado un rato”. (Haciendo de prostituta, adoptaba automáticamente el rol de sirvienta).
Ella hizo té. Se limpió ella, se puso un poco de ropa (de Hanna). Hablaron de cosas. Se hicieron amigos, algo muy fácil entre personas amables y benevolentes.
Y entonces le dijo:
“Prométeme que nunca te portarás mal con las chicas. Que serás un buen marido”.
“Bueno, primero necesitaré una novia…”
“Bah, eso sale solo, en los estudios…”
El chico le dijo que ojalá ella y su hermana pudieran crear ese mundo nuevo con el que soñaban. Un mundo de mujeres. En ese mundo, él se sentiría protegido.
No quiso dormir allí, esperaron a que regresara Hanna, la explicaron cómo había ido todo, se besaron y se largó. Durmió en un hotel de carretera en Alemania del Este, “entre comunistas”. Solo aquella noche se le ocurrió que era la primera vez que hacía el amor con un hombre gratis. Sin contar las tres violaciones, claro está… Lo de Álvaro no debía contarse como "gratis": se había limitado a gratificar a alguien que trabajaba para ella.
Después, dejó pasar un par de días antes de volver a Frankfurt. Estuvo en Berlín, hizo un par de visitas (nada de sexo) y fue sola de museos. Vio a Nefertiti. Varios turistas flirtearon con ella, pero ella prefirió acercarse a una muchachita australiana que visitaba el museo con sus padres. Qué bonita. Soy profesora de inglés, les explicó. Al final, comieron juntos y hablaron de la Antigüedad. Ellos, australianos, se sentían muy impresionados por la edad de la humanidad. Le hablaron de Gordon Childe. Stella no sabía quién era. Se propuso leer un poco más de esas cosas. Tanto feminismo, tanto feminismo… Le faltaba un punto de antropología general… Solo había leído a Margaret Mead y a Ruth Benedict porque se había enterado de que estuvieron enrolladas.
Cuando volvió a Frankfurt encontró todo más o menos normal. Había noticias de España, el paquetito que le enviaba su hermana con más cartas (las que le recogía en su apartado de correos de Vélez-Málaga). Estuvo entretenida. Más tarde se enteró de que Violeta, en el tren de vuelta desde Leipzig, había conocido a un chico español muy simpático y que ahora tenía novio nuevo.
Llegaba el verano y ya iba siendo hora de volver a “Villa Orchard”. Pero regresaría a Frankfurt, se había sentido a gusto en la ciudad, tenía amigos allí, y Alemania le interesaba. También estaba Hanna. Aún no estaba decidida con respecto a ella. ¿Sería su primera discípula? Y estaba la señora inglesa…
Paró en Zurich, donde Martina estaba haciendo ya sus primeras prácticas como profesional dentista. Pasaron un par de días paseando. Le presentó a sus amigos, la mayoría relacionados con círculos cristianos de trabajo social. Todo aquello le pareció un poco tonto. Comprobó, por cierto, que su alemán seguía estando lejos de ser tan bueno como su inglés. Quizá como su francés. Martina le pareció más ajena. Seguía siendo, eso sí, bellísima, pero desconfiada. Tenía novio, pero justo por entonces no estaba por allí, o ella lo había alejado.
“Mi amiga Stella, de España. Es profesora de inglés”.
Hablaron de naturaleza, de temas sociales. Un poco de horticultura. Stella había aprendido algo de sus tíos y era un tema agradable. Pero se aburrió pronto y los dejó de forma repentina. Le daba la impresión de que Martina se estaba echando a perder.
Volvió a casa, recorriendo de nuevo en coche los dos mil kilómetros: quinientos por la mañana y quinientos por la tarde, dos días.
Tres años después de haber sido plantados, bien regados, labrados y abonados, los arbolitos frutales ya empezaban a dar sombra, e incluso algo de fruto…
Pasó un buen verano. Vinieron Hanna y su hermano, y también Silvio, su esposa y el bebé. Venía gente. Los veranos en Villa Orchard eran animados. La gente se bañaba en la piscina, tomaba el sol en la terraza, se comían las hortalizas y no molestaban a su madre. También venían los hijos y nietos de los tíos. Mucha animación. Lo que había construido ella. Esta vez no se hizo a un lado para que viniera su hermano con los sobrinos. Esta vez no. Y resultó que convivieron una semana de agosto. A Estrella le gustó su sobrina, que ya tenía doce años, pero la tiparraca de su cuñada hizo lo indecible para que no se quedaran nunca a solas. El sobrino mayor, de dieciséis, que era un inútil, parecía asustado en su presencia.
Permaneció algunas semanas más en “Villa Orchard”. No se apresuró a viajar. Volvió a tratar a las dispersas y casi amorfas lesbianas de Malaga. Solo recibió una “visita sexy”. En todo lo demás, hizo vida familiar, porque ella tenía una familia: tenía una madre, una hermana, una tía.
Fue en aquel otoño, de regreso a Frankfurt, cuando conoció a Frida, una chica alemana muy dulce, no especialmente guapa, que tocaba música rock y a la que le gustaba la droga un poco de más. Pero era una delicia y vivía en un apartamento con muchos gatos. Stella se la llevó a Inglaterra, y volvió a ver a Ann, su “discípula”, junto con Hanna. Frida no hablaba inglés, así que se ponía a escuchar música rock con unos auriculares. Encontró algo maravilloso en Ann, porque para ella, la filosofía de Stella era como una fantasía acerca de la que disfrutaba al leer, pero probablemente no quería dejar su vida hogareña, más bien solitaria y provinciana. Al menos, aceptaba la fantasía. En aquel momento no se dio cuenta de que Ann no era feliz.
A finales de aquel año dejó Alemania por fin, con ciertas esperanzas. Pensó que iba a escribir su libro. Lo compondría en la primavera, y en el verano volvería a viajar, especialmente a Norteamérica. Sería un viaje más pensado, porque su estancia en Alemania había sido solo vaguear. Acostarse con chicas, aprender el idioma alemán, que en realidad tampoco era tan útil, y... Bueno, la amistad de Hanna presentía que iba a ser duradera.
Habló por teléfono con el editor, al que acababa de enviarle un plan para el libro. El tipo parecía medianamente interesado. Era mejor, desde luego, la oferta de Barcelona. Le explicó que iría a Norteamérica a reunir un poco más de información, y a traerse de allí unas cuantas publicaciones.
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