Así resultó que su viaje a Estados Unidos de aquel verano fue su Gran Viaje Americano, muy diferente a los viajes anteriores, nerviosos y precipitados.
Iba a ser un gran viaje. Un viaje bien organizado. En los meses anteriores escribió muchas cartas, llamó por teléfono y puso un anuncio más en una revista de contactos cuidadosamente elegida: lesbiana bellísima de treinta años quería hacer un gran viaje de interés cultural por todo Estados Unidos. Ella correría con todos los gastos. Buscaba compañía femenina interesada en utopías lésbicas. Se requería buen nivel intelectual y feminidad. Imprescindible foto. El viaje empezaría en Nueva York y acabaría en San Francisco.
Lo de "utopías lésbicas" lo añadió como detalle con pretensión de misterio.
Recibió muchas contestaciones. Y algunas de ellas eran divertidas porque las tipas ya sabían quién era la anunciante; la habían conocido en América o en Europa, o bien habían oído hablar de ella. Y con una ya había estado en la cama (una de la comuna de Canadá... recordaba que fue un sexo muy limitado porque venía de operarse los pechitos).
Alguna le reprochó que encubriera una búsqueda sexual con propósitos presuntamente intelectuales. En alguna ocasión contestó a una corresponsal a ese respecto: ella no era una intelectual académica y consideraba que lo intelectual también tenía un componente lúdico. ¿Qué había de malo en incorporar la vida intelectual al ocio más exquisito? Le parecía que era equivalente a programar un viaje para ver museos. Compartir aficiones. Como si la vida intelectual no pudiera ser la afición de nadie. (En secreto, consideraba que los aficionados eran mejores que los profesionales porque eran más libres y sus intenciones más sinceras).
Las fotos no estaban mal. Le atrajo sobre todo una estudiante de Nueva York de veinte años. Afirmaba no ser lesbiana “aún”, pero que quería llegar a conocerse a sí misma (también en ese aspecto). En total, se quedó con tres candidatas: una chica negra pobre, que había dejado la militancia en una congregación evangélica por su lesbianismo, una divorciada melancólica y la estudiante. Se citó con ellas para entrevistarlas. Una limitación para el encuentro era que habían de verse en Nueva York (la revista en la que puso su anuncio era de allí, aunque se leía en todo el país). Una chica de más lejos le hubiera supuesto muchos inconvenientes prácticos. Para cambiar eso, hubiera tenido que ser muy seductora en su presentación por carta...
Llegó a Nueva York el 9 de julio de 1993. Recordó que había estado por primera vez en aquella ciudad otro mes de julio de hacía siete años, para acostarse con Marcus y convertirse en su concubina después y en su esposa después. También en aquella ocasión no había nadie para recibirla, pero ella era muy distinta a la chica de aquel otro verano. Pasó muy bien el control de pasaportes, pues su carta verde era impecable: poco le había faltado para conseguir la nacionalidad estadounidense. La otra vez llegó como turista, con billete de ida y vuelta, reserva de hotel y carta de invitación.
Desde su separación de Marcus había vuelto por el aeropuerto de Nueva York en varias ocasiones, de camino siempre a American City. A lo más, unas pocas horas esperando el trasbordo. Solo visitó la ciudad dos veces: su primer año de libertad y aquella otra vez que dio la vuelta al mundo, tras pasar por Rusia y Japón. Vino desde el Oeste, menudo lío. Ya no recordaba los detalles de entonces. Los que sí recordaba eran los del primer viaje, el que hizo en julio del 86, como prostituta. Entonces hablaba poco inglés. Hablaba tan poco inglés en comparación con lo que había estudiado que una de las chicas inglesas a las que hacía venir a su piso de Madrid para que le diera clases particulares llegó a preguntarle si no se sentía frustrada por hacer tan pocos progresos.
Cuando dejó los estudios, se había dedicado a aprender inglés (sobre todo, vocabulario) con vistas a su incierto futuro como prostituta. Lo practicó mínimamente en los dos clubs que frecuentó con Paula en la costa catalana en el primer verano: sabía algunas palabras, comenzaba a serle útil, pero eso no era “hablar”. Solo interrumpió su aprendizaje durante unos meses cuando se puso a estudiar para sacarse el carnet de conducir. Después de eso, se compró un método de aprendizaje con cintas de cassette. Unos meses más tarde, cuando ya ganaba mucho dinero, comenzó a contratar chicas que le venían a casa para enseñarle inglés y a las que pagaba mil pesetas a la hora. Aprendió mucho, pero sabía poco. Y, desde luego, eso seguía sin ser “hablar”.
Cuando estuvo en Inglaterra, en aquel viaje insensato que hizo para participar en la orgía de millonarios, era de las que menos inglés sabía en medio de aquel rebaño internacional de prostitutas de mayor o menor lujo. Qué experiencia. Con Marcus entonces se entendió bien. Se comunicó suficientemente.
El primer viaje a Nueva York le hizo ilusión. Su negocio en Madrid, según la costumbre, lo cerró a finales de junio cuando la capital del reino se vació por las vacaciones de verano y después solo tuvo un par de semanas para descansar con su madre y su hermana en Torremolinos. Y todos los días estuvo pendiente de los preparativos: la agencia de viajes, varias llamadas interoceánicas para hablar con Marcus, su maleta, el tren hasta Madrid… Llegó a pensar que al final no iría a Nueva York.
El verano anterior un tipo se la había llevado a Venecia para declararle su amor y disfrutar de su cuerpo. El otro verano estuvo en Mallorca con otro tipo (su primer viaje en avión y su primera experiencia en hoteles como concubina). Así, sus dos meses de vacaciones siempre se quedaban en menos, aunque muchas cosas de aquellos viajes de placer (ajeno) estaban bien, no todo era cosa de ganar dinero. Era muy diferente a cuando pasaba los días encerrada voluntariamente en el piso, del que trataba de salir lo menos posible.
Pero al final, llegó el día de ir a Nueva York. Tenía la maleta hecha y fue con su hermana a la estación para tomar el tren "Talgo". Iba muy pendiente de los horarios. Si el tren era puntual, en Madrid tendría tres horas para tomar el avión a Nueva York. Iba a ser su cuarto viaje en avión por motivo de trabajo: primero a Mallorca, después a Venecia, después a Londres, ahora a Nueva York. (Hizo un viaje a Suecia por su cuenta, en el verano de 1985: su primer viaje de "turismo lésbico", y tenía planeado otro ese mismo verano, tras su trabajito en Nueva York: a Londres, para preparar lo que esperaba que sería su largo periodo de estancia allí, una vez fuese "libre").
Su hermana se llevó el coche a casa. Al fin se había sacado el carnet de conducir, pero Estrella siempre temía que la muy torpe acabase sufriendo un accidente.
En el tren le dieron un asiento junto a un señor gordo. Uno que podría haber sido uno de sus clientes. Ella iba muy arreglada, a lo señorita. Coqueteó con el tipo, actuó. Se sintió complacida de poder manejarlo, de haber desarrollado cierta habilidad. El viaje no duró tanto tiempo. Se despidió del tipo con los modales que suponía eran propios de una chica bien y tomó un taxi. Se sintió satisfecha de haber sido dulce y elegante con un tipo que no le gustaba y al que no iba a sacarle nada: todo en ella se hacía hábito, su rol ya formaba parte de su personalidad, y eso le gustaba. Le gustaba ser amable con los tipos feos y torpes que no le gustaban. ¿Por qué?: porque no eran groseros con ella. Solo por eso. Nada más que por eso. Gracias a haber desarrollado esa habilidad se había enriquecido. De otra forma era imposible.
El control de pasaportes en el gran aeropuerto de Nueva York la asustó un poco, pero ella lo tenía todo en regla. Ya estaba en los Estados Unidos.
Al salir de la terminal, y guardando cuidadosamente en la mano la anotación de la reserva del hotel, buscó un taxista. Un negrito pequeño y con barba al que luego olvidó darle propina. El hombre se hizo el simpático, pero ella apenas comprendía lo que decía. Solo le pillaba algunas palabras sueltas.
Lo que más temió al bajar del taxi con su única maleta fue que el hotel fuese malo. Al principio le había parecido malo porque su mirada se perdió por la fachada de apariencia deteriorada de algún edificio próximo. Le molestó que se le acercara un portero y solo unos segundos después comprendió que si había un portero saliendo a recibirla quería decir que el hotel era bueno.
En la recepción ya no hubo ninguna duda al respecto: era un amplio y elegante lobby y el recepcionista estaba impecablemente vestido y se dirigía a ella con un inglés norteamericano correctísimo, que se le entendía muy bien. Mostró su pasaporte, identificándose, un poco intimidada, ya que era puta.
El recepcionista sonrió con eficiente cortesía y avisó para que la llevaran hasta la suite reservada por el señor Marcus Ellis.
Entonces se vio ella formando parte de una escena que había visto en muchas películas: la bella señorita y el botones llevándole el equipaje, las alfombras, el anticuado ascensor… Los colores eran más vivos que en cualquier película y se acompañaban de aromas que le resultaban sorprendentemente intensos. Ella no sabía dónde mirar. Estaba demasiado lejos, demasiado sola e incomunicada, con un visado de turista para diez días, muy poco dinero encima. Y además era prostituta: casi una delincuente. Y si era una delincuente pero no había hecho mal a nadie, eso añadía a su condición de tal, además, la de víctima.
En la suite no había nadie. Tuvo una intuición rápida y le dio algo de propina al botones. Después se quedó allí sola. ¿Dónde estaba el tipo? Temía no reconocerlo cuando apareciera. Era feo. Recordaba. Feo, calvo, pequeño y de poco pene. Pero educado, casi caballeroso… y en las circunstancias en que se conocieron eso tenía su importancia.
Eran dos habitaciones, una gran cama (la cama), un gran baño, buenas vistas a una larga y ancha avenida comercial. Sí, sin duda era un millonario de verdad.
Observó que “el hombre” ya había dejado allí su equipaje, y ciertas cosas estaban ligeramente desarregladas. Aparecería de un momento a otro. Cuando estuviera allí, cuando le pusiera las manos encima, ella ya sabría cómo seguir. Tenía la habilidad.
Estaba anocheciendo y tenía sueño por el ajetreo del viaje. Trató de arreglarse ante el espejito. Se limpió por abajo. Se dio cuenta de que, como no viniera “el hombre” pronto, iba a llorar de soledad. ¿No tendría que haber acudido al aeropuerto a esperarla?
Entonces se oyó un ruido que le pareció terrorífico: la llave de la puerta. Ahí estaba.
Salió a presentarse ante aquel hombre que aún no la había visto vestida. El hombre le pareció más viejo, más feo y más calvo de lo que recordaba. Pero no más bajo, lo que demostraba que se sentía amedrentada.
Su sonrisa era estúpida, pero ella compuso una de las sonrisas sumisas y apacibles de su especialidad. Se acercó a ella y la besó suavemente. Su inglés era muy difícil de entender: hablaba muy deprisa y además, como luego supo, tenía un acento provinciano peculiar, por completo distinto del impecable acento estándar del recepcionista. Le pidió que repitiera lo que decía. Pero no lograba entenderlo. Vagamente decidió que él se estaba disculpando por no haberla recibido.
Volvió a besarla y ella lo tocó. Se lo hizo al minuto. Estaba encendido, era un hombre muy vicioso.
En los años ochenta, el sexo ya no era una moda, sino una forma de vida. Alguien como Marcus Ellis aprovechaba a fondo sus oportunidades. El placer sexual suponía para él una de sus grandes recompensas: ¿cómo no iba a serlo si era tan feo y solo podía disfrutar pagando?
No cenaron. Pasaron la noche en la cama. Poco a poco lograba comprender lo que él decía, la mayor parte. Sexualmente, ella lo complacía mucho; se trataba, sin duda, de uno de los clientes más afines a sus tácticas. Pero le daba miedo darse cuenta de que no era capaz de hablarle del dinero. Le había prometido diez mil dólares. ¿Y si no cumplía?
Y el sueño. Se quedaba dormida porque estaba muy cansada. Él se mostró condescendiente y la dejó dormir.
A la mañana siguiente estaba hambrienta. Había dormido mal, despertándose cada tanto, pero aún así comprendió que tenía que bañarse y arreglarse.
El tipo, Marcus, le hablaba muy deprisa, parecía estarle gastando bromas amables y a veces hablaba por teléfono. Moviéndose del dormitorio al baño, costaba saber cuándo le estaba hablando a ella y cuando lo hacía a alguno de sus interlocutores al teléfono. A veces le hablaba a ella de forma extraña, a voces, como si lo hiciera con un niño sordo.
Bajaron a desayunar. Allí, los modales de Marcus la conquistaron. La trataba con deferencia, casi con elegancia. Los camareros se mostraban también ceremoniosos y amables con su juventud. Acabó dándose cuenta de que Marcus estaba muy feliz con su adquisición. Le daba besos, le manoseaba las rodillas, la miraba con ojos encendidos de nuevo. Tras el desayuno la hizo subir, y otra vez.
Después, él se enamoró. Y ella, con lágrimas en los ojos, se atrevió por fin a hablarle de dinero. Él se disculpó. Empezó a hablarle con cuidado, para que ella comprendiera sus palabras. Resultó que estaba acostumbrado a hablar con extranjeros de extremo oriente (chinos) y por eso tenía alguna experiencia a expresarse de forma alterada, inarticulada, redundante, para hacerse comprender.
Los últimos días, la trató como a una novia. La llevó a ver la estatua de la libertad, a pasear en barco alrededor de Manhattan. Y la besaba una y otra vez. Ella le respondía con su estilo dulce, sumiso y humilde. Le contó sus proyectos. De que para fin de aquel año ya habría adquirido todas las propiedades que ambicionaba y entonces dejaría la prostitución.
“¡Quédate conmigo!”, le dijo él.
Y ahora volvía a estar en Nueva York. Y también era verano. Pero su inglés era excelente, era una millonaria y no una prostituta (aunque cuando llegó como prostituta ya tenía ahorrados unos cuantos millones de pesetas), e iba a ser ella la que iba a emplear a una mujer, a seleccionar una acompañante, una dama de compañía lésbica.
Además, tenía un gran proyecto. Creía haber construido una base intelectual sólida para su búsqueda.
Era ya tarde y fue directamente al hotel, no lujoso, solo tipo “de turistas”, pero cerca de un conocido bar de lesbianas que conocía de las otras visitas. Por eso lo había elegido. Como hacía medio año que no viajaba le emocionó volver al mundo, fuera del enclaustramiento frutal de "Villa Orchard". Sintió que ahora, con mucha pasta, con mucho tiempo y con las ideas muy claras, iba a disfrutar más de su viaje. En cierto modo, iba a ser su último viaje. Ya estaba bien de viajar tanto, de viajar por viajar. En alguna parte había leído que eso era vulgar. Viajar tanto por presumir de viajar mucho.
No llevaba mucha ropa, pero incluyó en su equipaje un vestido más o menos vistoso, aunque barato. Se arregló y salió a cenar con la primera de las tres candidatas, la chica estudiante, su favorita.
No quedaron en el bar de mujeres, donde sin duda se acordarían de ella, sino en un restaurante de cierto nivel. La chica estudiante llegó muy puntual, vestida con pantalones y el pelo recogido en un moño. Era pecosilla, menuda, bastante infantil, más que en la foto. Veinte años.
Fascinarla fue fácil, la tomó de las manos y se pusieron a comer algo ligerito con pescado y verdura (comida de chicas). La historia estaba bien. Era hija de unos papás buenos, universitarios, y estudiaba una solemne tontería como era literatura y humanidades porque –más tontería- quería ser escritora. En el primer año de Universidad tuvo un novio que era muy guapo, inteligente y educado, todo un caballero, que “la hizo mujer”. Pero luego descubrió que en aquel encuentro la virginidad había sido su mayor atractivo y que luego el chico, que recibía ofertas sexuales constantes, la había encontrado aburrida. Al dejarla le dijo que no estaban casados y que aunque lo estuviesen, el matrimonio no era indisoluble. Después, nada: pensar y pensar.
Stella le contó su plan de viaje: alquilar un automóvil para hacerse todas las grandes autopistas y llevar a cabo ocho visitas programadas, por lo menos. Quería una road movie lésbica en toda regla. Le encantaba hacer el amor y no tenía vicios. Por el camino le contaría su teoría lésbica y el tipo de libro que quería escribir en español: no iba a ser una novela, sino un ensayo. El viaje duraría dos meses como mínimo.
Stella añadió que había otras dos candidatas y que decidiría al día siguiente. A la estudiante le pareció bien. Quería ir. Quería lanzarse a sus brazos. Aceptaba todo lo que decía. Le parecía sensato, profundo y emocionante.
“¿Quieres dormir conmigo esta noche?”
La chica se puso coloradísima y después, muy asustada, dijo que sí.
Se la llevó al hotel, donde la tuvo que desnudar, bañar, secar y acostar, para después proceder a besarla muy despacito, calentándola poco a poco. Funcionó, por supuesto, pero requirió esfuerzo y a la mañana siguiente la estudiante no estaba menos nerviosa que por la noche.
Desayunaron juntas y Stella le habló de cómo le había acomplejado su fracaso en los estudios. Y de su boda con un millonario norteamericano (no le dijo aún cómo lo había conocido). Eso pareció tranquilizar un poco a la chica, humanizarla ante ella.
A la hora de comer, quedó con la chica negra. No era bonita, pero parecía muy noble y sincera. Sorprendentemente, no había perdido la fe religiosa. Cuando Stella le contó su idea de la religión como una fuerza emotiva que para nada requería de lo sobrenatural, la chica negra tuvo ganas de discutir. Lo hizo con cierta dulzura, a lo monja, pero con firmeza. Stella se mostró conforme. “Me dices lo que has decidido. Me apetece mucho ir contigo”. Así se despidieron. La chica no le pareció una mala opción, pero lo de su creencia en lo sobrenatural no le había gustado. Aunque por una parte era aceptable en un país como aquel. Y todavía podía volverla atea. Luego se dio cuenta de que no habían hablado de sexo.
A la hora de la merienda se encontró con la divorciada. La descartó enseguida: parecía una chiflada, con ganas de casarse ahora mismo con ella, de tomarla como marido. Le recordó un poco a la pobre Paula.
Tras la merienda, se acercó por fin al local lésbico. Solo una chica la reconoció de las otras veces pero fueron docenas las que la rondaron, hasta el punto de que se agobió pronto. Sería la estudiante. Era lo más atractivo: tierna, manejable, una alumna. Se haría la ilusión de ser una profesora con su alumna.
Hizo tres llamadas. La chica, Angie, había aceptado, incluso con entusiasmo.
Se encontraron a la hora de comer al día siguiente. Angie vestía como cualquier estudiante modesta, con su pelo ensortijado, de pelirroja, metido ahora en una coleta. La veía muy nerviosa, pero Stella decidió que estaba emocionada. La primera parada iba a ser, como no, en Harvard. Había que empezar por Harvard. De momento, Angie contaba con cuatro días para ir a las afueras a despedirse de sus buenos padres y contarles un cuento acerca del tipo de vacaciones que iba a pasar con una amiga extranjera, adinerada y diez años mayor. Entre tanto, Stella se dedicaría a sus entrevistas en Nueva York: dos editoras lesbianas, una profesora lesbiana y la presidenta de una asociación de lesbianas. Les contaba que iba a escribir un pequeño libro para las lesbianas españolas. A todas les parecía bien y una le hizo la inteligente advertencia de que, siendo el libro en lengua española, debería tener en cuenta a las latinoamericanas. Todas, menos una, quisieron acostarse con ella. Ella aceptó solo con la que le ofreció hacer un trío con su novia. Estuvo bien y cimentó una amistad. Se llevó un montón de revistas, panfletos, libros y otros papeluchos.
A la vuelta, la estudiante parecía más ilusionada que nunca. Alquilaron un coche a una agencia de ámbito interestatal, de modo que podrían devolverlo en Frisco.
En el camino a Harvard durmieron en un hotel de pequeña ciudad. Stella se empeñó en que fuese en uno de esos moteles norteamericanos tan llamativos para los europeos, de cabañitas individuales… Con cama grande. Juntaron dos camitas. Comenzó entonces un periodo de enamoramiento adolescente, con lágrimas y juramentos.
La visita a Harvard fue la más intelectualmente elevada de todas, como no podía ser menos. No se trataba de una mujer lesbiana, sino de un científico afable, un poco a lo Einstein, aunque mucho menos célebre.
Las recibió en su casa, con su esposa viejecita, como él. Judíos los dos, como no podía ser menos. Stella se esforzó en hacer un buen papel, tomando notas, desplegando sus fichas, citando los dos libros de aquel hombre que había leído.
“En suma, señorita, creo que es correcta la conclusión que usted ha extraído. Siempre, naturalmente, con la precaución de que tales conclusiones siempre tienen que ser provisionales”.
Se trataba de un concepto glorioso: “plasticidad erótica femenina”. Suponía la confirmación de una sospecha que siempre le habían dicho que no pasaba de ser una superstición muy conveniente para sus propias circunstancias.
No existían dos sexos, sino tres:
-andrófilos
-ginófilos
-plasticidad erótica femenina.
Los andrófilos eran los homosexuales masculinos: gustan de ser abusados por machos brutales. Andrófilas también eran buena parte de las mujeres (según el profesor, poco menos de la mitad): gustaban de ser abusadas por machos brutales o bien “se enamoraban” de los hombres.
Los ginófilos son la inmensa mayoría de los hombres: les gustan las mujeres, las vulgares vacas como Marilyn Monroe o las delicadas y tiernas como Estrella la prostituta de Madrid y ex esposa de Marcus Ellis. Hay una pequeña minoría de lesbianas hombrunas que reaccionan de forma parecida, en la misma amplitud de gustos particulares, y que suponen el "uno por ciento" del total de mujeres.
Las mujeres, en su mayoría, en opinión del profesor, entraban dentro de la categoría de la plasticidad erótica. Es decir: en el fondo, no les gustaban los hombres o solo muy transitoriamente (como experiencia sexual limite), pero nunca “para el amor”. Las mujeres gustan del amor, del placer y de la belleza, pero, si fuesen libres y no estuviesen coaccionadas por el entorno, podrían ser, en su mayoría, lesbianas. La mujer está definida principalmente por la maternidad: ama la ternura, la delicadeza, el afecto y los placeres táctiles e insistentes, no el orgasmo meteórico masculino. Es otro mundo. Un mundo probablemente mejor.
Ni a Stella, ni a su madre ni a su hermana, ni a la dulce Angie les habían gustado jamás los hombres, nunca habían sido andrófilas. La historia de Angie en este sentido era por el estilo de la suya propia: el entorno social la había hecho emparejarse con uno de los chicos más guapos de la clase. Un chico de aspecto elegante e incluso pulido. Aunque tenía gruesos músculos de deportista dispuestos a entrar en acción en cualquier momento, muchos de sus rasgos eran gráciles (Angie le mostró una foto... y después la destruyeron solemnemente). Ella se había enamorado locamente porque deseaba amar y ser amada. La madre de Stella también se había enamorado del cretino de su padre porque pensaba que era “un chico bueno”. Y, desde luego, en las fotos de los años cincuenta que había visto, el padre de Estrella, cuando joven, no tenía un aspecto muy viril.
Estrella, además, había vivido experiencias extremas con hombres como prostituta. La habían sometido. Se la habían metido. Hicieron con ella lo que quisieron. Aquello tuvo su atractivo morboso, levemente andrófilo, pero no tenía nada que ver con el amor y ése era el punto fundamental. Cualquier mujer podía conseguir ser “hecha mujer” por un macho. Incluso podía servir para ganar algo de dinero. Como los hombres iban al fútbol los domingos, las mujeres podían dejarse “tomar” como prostitutas de vez en cuando para desahogar no ya su propia violencia, sino su necesidad de someterse transitoriamente a la violencia masculina.
Así que estaba ya todo resuelto, para fastidio de la izquierdista Irene, que despreciaba semejantes teorías biológicas.
El profesor explicó que la psicología evolutiva no requería para nada que la mujer se sintiese atraída por el macho de la misma forma que éste por ella. Para la reproducción de la especie lo más importante era que la mujer fuese fecundada y que el bebé fuese amorosamente cuidado por la madre. Todo lo demás era accesorio, asunto cultural y no instintivo. Quizá en el paleolítico había sido necesario que la mujer desease ser penetrada y vincularse afectivamente con el macho, compañero de andanzas de cazadores-recolectores, pero con la civilización agraria los varones habían seleccionado siempre las mujeres más dóciles, más maternales y más fieles, no aquellas que se sintiesen deseosas de ser penetradas por el macho más viril. Una mujer así, que gustase de los hombres, observaba el profesor en sus libros, podría fácilmente ser infiel si el hombre perdía atractivo o aparecía un seductor extraño. Así que resultaba mejor seleccionar una mujer a la que los hombres no le gustaran mucho: una mujer reticente, pero maternal, una mujer que pudiese ser sometida y que no tuviese interés en engañar. De esa forma, su erotismo podía ser moldeado al gusto de la sociedad (masculina). Las mujeres habían sido domesticadas igual que el ganado: mujeres sumisas seleccionadas propagaban su temperamento a sus hijas, nietas y bisnietas... Ahí estaba la justificación evolutiva de la plasticidad erótica.
Pero ahora las mujeres eran libres y, en efecto, podían crear sus propios entornos sociales para moldearse a sí mismas. Podían crear sus propias familias femeninas, con sus propias peculiaridades eróticas. Su carácter dulce ya no tenía porqué equivaler a sumisión al hombre en una sociedad libre. Pero su poco gusto por el varón, que en otro tiempo había dado ciertas garantías de fidelidad, ahora podía dar lugar a infinitas tendencias sexuales y afectivas... Ninguna de ellas tendente a ser una esposa fiel de un hombre cualquiera.
Se divirtió el profesor con las fantasías de Stella: una colmena de lesbianas en las cuales los papeles de novia, amiga, hermana, madre e hija fuesen intercambiables y sexualmente activos, donde los vínculos amorosos no fuesen rígidos, excluyentes ni tiránicos, sino dulces, flexibles y cálidos. Una especie de convento de monjas lesbianas anarquistas, narcisistas y maternales, que, dirigido por lesbianas activas, cobijaría a todas las mujeres, niños e incluso hombres discapacitados y débiles.
“Todo podría ser posible, señorita”, sonreía el buen judío. “Pero recuerde que todo está también por saber. Tal vez, por “prueba y error”, el resultado sea muy diferente del de su fantasía”.
Stella aceptaba esto, pero de todas formas se trataba de una aventura fascinante. Y entonces contó lo de que había sido prostituta, con lo que se ganó un interés especial por parte de quienes lo oían.
“¿No podría ser la prostitución una forma aceptable de relaciones entre hombres y mujeres en el futuro?”
El profesor indicó que, hoy por hoy, la prostitución era una actividad sexual fuertemente estigmatizada… aunque, por supuesto, lo mismo había sucedido con el adulterio y el aborto en otros tiempos. Quizá su teoría de que los hombres podían ser honestamente satisfechos en lo afectivo y sexual mediante relaciones esporádicas bajo pago (como Marcus) así como que las mismas mujeres podían aprovecharlas como desahogo “andrófilo” acabara siendo escuchada. Pero hoy por hoy tropezaría con un fuerte prejuicio.
“Me basta con esto”, sonrió Stella.
El profesor le dio varias revistas en las que aparecían artículos científicos acerca de experimentos de la conducta sexual femenina. Todos venían a confirmar, en opinión del profesor, la opinión que apoyaba la plasticidad erótica femenina: las mujeres solían mentir a la hora de decir que encontraban atractivos a los hombres, pues buscaban sobre todo someterse a la opinión convencional del momento. De la misma forma, la mayoría de las mujeres tenía mucha sensibilidad para estimar y admirar la belleza de otras mujeres. Y no faltaban datos que demostraban atracción por los episodios violentos de sometimiento al macho: fantasías de ser violadas, de ser prostitutas, de ser fornicadas por varios machos brutales a la vez. Algunas realizaban tales fantasías en la realidad. Cada vez más. Y ninguna consideraba que esto tuviera nada que ver con el amor.
El profesor lamentó que Stella no iba a tener oportunidad de encontrarse con una famosa psicóloga feminista del mismo Harvard. Le había escrito y no le había contestado. El profesor por supuesto la conocía y admiraba, pero juzgaba que, por una parte, estaba muy ocupada y, por otra, que no simpatizaba con el feminismo lésbico, que estaba muy interesada, por el contrario, en ser escuchada en ámbitos más mayoritarios. El profesor se oponía al prejuicio contra lo extravagante, pero...
A la noche, ya fuera de Boston (dirección Chicago), en el hotel, Angie se la abrazó y la besó apasionadamente. Has sido prostituta. Con docenas de hombres. Has debido de sufrir mucho. Te quiero…
Cuando el viaje acabó, Angie tenía prisa por volver a Nueva York a matricularse. Habían sido ocho semanas.
“Las más intensas de mi vida, Stella”.
Estaban en el aeropuerto de San Francisco. Angie saldría dentro de un par de horas. En ocho semanas no se habían peleado ni una sola vez. En varias ocasiones la ternura las había llevado al amor y después de regreso a la amistad. Habían participado en tres orgías lésbicas, una de ellas, con la californiana Jess, absolutamente deliciosa. Habían hablado de todo, se lo habían contado todo.
“Mi amiguita americana…”
Stella se quedó una semana más en San Francisco y después volvió a España, a escribir su libro. Cumplió treinta y un años.
Aparte de algún viaje a Madrid y a Barcelona (donde estaba el editor), Estrella se movió poco de casa durante todo el tiempo que pasó desde su regreso del gran viaje americano al final del verano de 1993 hasta la publicación de “Mundo Lesbi” en la primavera de 1995. La larga gestación del libro se debió a muchos motivos, más los retrasos de la editorial, pero durante todo ese tiempo, Estrella pensó que tenía que hacer algo con su vida. Podía ser escritora. Primero había conseguido el dinero, después el título de “profesora de inglés” (incluso el título de “mujer divorciada”) y ahora iba a tener un libro y, por tanto, iba a ser escritora. Ni siquiera iba a necesitar autopublicarse, cosa a la que estaba dispuesta (¿para qué quería el dinero?), puesto que a los editores de Barcelona el tema les parecía sugestivo y ella había sido dócil a sus sugerencias más comerciales (que el libro fuese “picante”, y explotar incluso el aspecto seductor de la joven autora).
Si el libro iba a ser un éxito, era lo de menos. Tenía muchas ideas para otros libros, incluidas dos novelas que estuvo terminando al mismo tiempo que elaboraba su ensayo o lo que fuese.
Otro proyecto que le costó dinero fue lanzar la primera revista española para lesbianas, inspirada en algunas publicaciones que había conocido en Estados Unidos. En Madrid conoció a una novelista chilena lesbiana, cuarentona, de la que ya hacía tiempo que tenía noticia puesto que había ganado un premio literario de cierta importancia. No congeniaron mucho pero los intereses comunes las unieron. Sobre todo porque Estrella se ofreció a financiar la revista. El plan era lanzar semanalmente mil ejemplares y distribuirlos en librerías y algunos quioscos grandes, con el apoyo de la relativamente poderosa comunidad gay masculina. Cincuenta mil ejemplares al año podían financiarse con tal de que se lograse la venta de la mitad y se pillara algo de publicidad. La chilena pondría su prestigio, algunas otras se encargarían de la edición y Estrella se encargaría de buena parte del contenido, incluidas muchas traducciones.
También eligió el título: se llamó “Más amor” y en lugar de un soso papel reciclado se editó con cierto colorido, incluyendo imágenes sugestivas, muy próximas al lesbianismo exquisito para voyeurs… Estrella se gastó en “Más amor” casi una quinta parte de los ingresos netos anuales de su negocio inmobiliario. El primer ejemplar salió en la primavera.
Lo más importante en la vida es el amor. Y en el caso de Estrella, pensaba que tenía derecho tanto al amor como al placer. Sin embargo, su idea de una “colmena” de abejas enamoradas, hundidas hasta el cuello en la cálida miel del sexo lésbico, y que a la vez dejaran espacio a todo tipo de mujeres menos glamourosas que necesitaran refugio (pensaba ella en “Villa Orchard”, en sus propias madre y hermana) comenzaba a difuminarse. Eso no iba a encontrarlo nunca. Apenas si encontraba mujeres que creyeran en sus ideas. Sin embargo, la revista llegó a circular aunque no fue un éxito. Algunos hombres la compraban como si fuese una revista erótica, lo cual no gustaba mucho a la novelista chilena.
La británica Ann la visitó durante el verano siguiente a su viaje americano. Se quedó todo un mes en España, con sus dos hijos, unos chicos (chico y chica) muy educados, que se esforzaban realmente en pasarlo bien. Había engordado y no era especialmente atractiva, pero tuvieron sexo conyugal, lo que hizo anular todas las previsibles visitas de otras amigas lesbianas durante aquel mes.
Con Ann fue confiándose. Era un poco triste darse cuenta de que no podía plantearse formar su colmena con alguien como Ann, diez años mayor que ella, no atractiva, con dos hijos demasiado mayores e inteligentes. En realidad, Estrella se dio cuenta de que con Ann se daba una situación parecida a la que había vivido con Paula diez años antes: la ruptura con la que fue su primera novia, la prostituta pueblerina e inculta. Pero aquello fue un desastre, con gritos, llantos y amenazas de suicidio, mientras que Ann, muy británica, aceptaba sus limitaciones y, en el fondo, era feliz con ellas. Stella, su amante latina, demostraba también autocontrol anglosajón.
Lo mejor con Ann, durante aquel verano, había sido fantasear con lo de la colmena lésbica, idea que solo tímidamente había introducido al final de su libro como ejemplo de utopía futura ante el desarrollo de un posible fenómeno nuevo: el lesbianismo universal como consecuencia de la “plasticidad erótica femenina”.
En una colmena así, Ann y sus dos hijos serían felices, pues la colmena funcionaría en diferentes secciones amorosas: desde el amor adolescente, a la maternidad madura hasta la ancianidad sabia y sosegada. Y también los niños tendrían su lugar en un entorno poblado de amor.
A finales de julio, la familia británica regresó a su gran isla verde. Le dejaron a Stella un buen recuerdo, pero la verdad era que se había aburrido un poco con ellos. La niña era menos bonita y más reservada de lo que a Stella le habría gustado. El niño era muy inteligente, pero tímido. Más tarde, Ann le escribió que se había enamorado de la amante de su madre. Aquel niño, como el Klaus, el hermano de Hanna, le hacía pensar que no estaba todo perdido con los hombres, sobre todo cuando eran jóvenes y se encontraban sometidos a buenas influencias femeninas.
Sin viajar, aquel verano fue una experiencia nueva. “Villa Orchard” estaba en su apogeo. Cinco años después de ser plantados, los arbolitos ya daban fruto y sombra, aunque estaban lejos todavía de su futuro esplendor. También la madre se había amoldado magníficamente a la casa, en la que tenía una perra (y una gata: solo hembras), una cuñada, una piscina y, sobre todo, tenía las visitas de sus nietos, sobrinas y derivados. Se había creado una especie de hogar, una localización confortable, humanizada, apta para generar nostalgias.
Durante el verano anterior, mientras Estrella hacía su delicioso viaje en compañía de la pequeña Angie, la madre había estado recibiendo visitas todos los días. El principal de todos, el hijo, con los tres nietos. Al hermano, por lo visto, la vida le iba más o menos bien, hacía negocios relacionados con la construcción e incluso esperaba hacerse rico, como tantos sinvergüenzas de la Costa del Sol. Ahora vivía en un chalecito adosado por Marbella (una casa no muy diferente a la que había comprado Estrella al principio de todo en Torremolinos), tenía también un buen automóvil y sus hijos iban a un colegio privado (sin mucho aprovechamiento). Pero nada comparable a “Villa Orchard”, con su piscina, su huerto e incluso un parquecito infantil que había construido el tío Eusebio para sus propios nietos. Las visitas se repitieron el verano siguiente, aunque esta vez Estrella no viajó. No es que la aceptaran (lo cual a ella no le importaba), pero tampoco rehuyeron su presencia.
La cuñada era una individua horrible. Una mujer falsa y envidiosa pero con el suficiente civismo para ser amable con su inofensiva suegra. Procedía de la clase baja, como ellos, e incluso tenía un hermano delincuente y yonki, y otro homosexual afeminado que había trabajado de proxeneta (Estrella lo trató un poco en Madrid, pero siempre con precaución). Desde esa perspectiva, la peligrosa cuñadita era vista como algo doblemente raro, una desconfianza que a Estrella le recordaba sus dolorosos comienzos en los clubs de alterne, entre otras putas. Tener una hija puta no era algo demasiado chocante entre las pobres madres del barrio, pero aquella puta en particular se había hecho millonaria, era lesbiana, hablaba idiomas, leía libros, tenía amigas extranjeras supuestamente distinguidas y alardeaba de una insultante elegancia. Pero no dejaba de ser una puta, y una puta sería toda su vida. Y una viciosa de gustos antinaturales.
Con todo, la madre lo pasó estupendamente aquel verano y eso era todo lo que Estrella quería, eso demostraba el acierto de todas sus acciones. A los nietos se añadían algunos primos de la parte de la familia de la nuera (incluidas las hijas del yonki), más la rama propia de la familia materna, con las sobrinas fanáticas religiosas. Y se les sumaba, como siempre, la familia abundante de la tía Reme, con sus propios nietos medio alemanes. E incluso pasaban otros por allí. A veces se veían niños no identificados, tal vez vecinitos del barrio. Reme debía conocerlos y, desde luego, sabía manejarlos.
Y un día de aquel verano, tras que Estrella diese su despreocupado consentimiento, apareció incluso su padre. Los dos ancianos, esposa y esposo, llevaban casi diez años sin verse. Al viejo no le había ido bien. Tuvo mala suerte justo unas semanas después de que esposa e hija se largaran del pisucho del bloque de clase obrera andaluza para instalarse en la casa que Estrella compró en la primavera de 1984. Al viejo lo habían despedido del trabajo y a partir de entonces tuvo que malvivir con subsidios y empleos eventuales. Eso sí, era libre: el piso era para él solo, traía a sus amigotes y a sus casi sesenta años tuvo algún amorío crepuscular rápidamente fracasado. Por entonces, si alguna vez hablaba de la esposa e hijas que lo habían abandonado, siempre recalcaba, con amargura y desprecio, que la gorda de su ex mujer se había ido a vivir “del coño de su hija”. Y que era una vergüenza tener una hija prostituta, y cuando supo que ganaba millones al mes, acostándose con los banqueros, le dio por reivindicar la lucha de clases. Y cuando supo que se había casado con un millonario norteamericano, despotricaba contra el imperialismo yankee, los escuadrones de la muerte de Reagan en Centroamérica y la adhesión de España a la OTAN.
Pero hacia aquel verano se sentía desvalido y asustado. Iban a operarlo del corazón y tenía miedo a morir, y a vivir en soledad lo que le quedara de tiempo. Necesitaba que cuidaran de él. Durante sus dos días de visita, como invitado de su hermana, la tía Reme, tanteó qué posibilidades tenía de refugiarse allí. Fue un movimiento astuto, porque a la madre, blandengue y sentimental, algo se le movió por dentro (no, desde luego, amor, pero sí apego por el “hombre de su vida”), Reme, por supuesto, no quería que quedase abandonado, y ofreció la misma casa que ocupaba, aunque, por supuesto, las dos casas de “Villa Orchard” pertenecían por igual a "la millonaria".
Estrella no hizo de aquello una situación dramática. Consideraba que su padre no se lo merecía. Habló con él por primera vez al cabo de más de diez años. Él sentado, a la sombra del típico emparrado andaluz, casi custodiado por su medio hermana Reme, y ella de pie, displicente o indiferente. Un minuto. "Aquí no molestas", fue lo que concluyó. El viejo se puso a lagrimear. Luego lo comentó a la madre y a la hermana. Qué le importaba ya aquel viejo. La hermana, en cambio, decía que no quería saber nada de él, pero las demás mujeres eran mayoría y el viejo se quedó hasta que se repuso de la operación y pudo volver a su piso en Málaga. Y dijo por ahí, como era de esperar, que su hija "no era solo viciosa, sino también fría como una serpiente”.
Así que fue un verano emocionante para la madre en muchos aspectos. Y divertido: hacían paellas, espetos de sardinas y barbacoas. La madre, pese a su edad y su obesidad, se bañaba en la piscina, que estaba adaptada para sus limitaciones, y le gustaba el agua tibia del verano. Y le encantaba el huerto, con sus árboles ya grandes, y los niños, sobrinos, nietos, primos segundos y terceros. Hubo alguna disputa, pero la tía Reme, sobre todo, era capaz de imponer paz.
Lo mejor eran las tardes del verano, se quedaban todos al fresco, la madre, la hija, la tía Reme, la nuera, algunos niños y algunos hombres. El hijo iba y venía de sus negocios (y de sus puteríos también, probablemente… Estrella conocía a los hombres y se daba cuenta de que su hermano era "muy hombre" en todos los aspectos) y aprovechaba siempre para remover el morbo de la hermana a la que apenas había visto en años. Sobre todo si “la millonaria" no estaba presente (por ejemplo, si se había llevado a Ann y a sus hijos a hacer turismo). El hermano, como padre de sus nietos y como único hombre (junto con el tío Eusebio), siempre tendría un gran poder sobre la madre.
“Entonces, ¿ahora quiere ser escritora?”
“Quiere escribir algo de sus cosas…”
“Pero ¿de qué cosas? De lo de Madrid o lo de…”
“De eso, del lesbianismo. De cómo las muchachas pueden hacerlo. Ya ves, si dice que hasta yo lo habría sido de haber vivido hoy en día, que a mí nunca me gustaron los hombres…”
“Vaya… Decirle eso a su propia madre” (la nuera)
“Dice que eso tiene que ver con la educación” (la otra hija)
“Eso son cosas que le han pasado solo a ella, y ahora pretende que todas las mujeres son así. Si no se hubiera ido a lo que fue, nunca habría ella hecho las demás cosas…”
“Eso ella misma también lo dice. La primera novia que tuvo, aquella Paula, la cateta aquella de Sevilla…”
“Después se pelearon” (la hija)
“Era muy rara… muy… así”
“Luego las que ha traído siempre han sido extranjeras” (la hija)
“Bueno, a su manera se ha divertido…”
“Igual eso no son cosas tan raras como nos parecen a nosotros” (la tía Reme)
“Son las circunstancias de la vida” (la nuera)
“Siempre se las dio de mucho. Cuando falló en los estudios no se pudo conformar con ser una mujer trabajadora normal…”
“Ella no hubiera servido para casarse y tener hijos…”
miércoles, 30 de julio de 2014
jueves, 24 de julio de 2014
Capítulo 7. Estancia en Centroeuropa
En París no estuvo mucho tiempo, pero fue revelador. Habían pasado cuatro años desde que conoció a Irene. Ahora la francesa tenía un cargo administrativo de cierta importancia en los servicios sociales de la municipalidad. Y pareja. No hubo enrolle sexual y sí cierta hostilidad dogmática. Stella expuso su idea para el libro e Irene no decía nada, escuchaba seria. Finalmente, opinó que le parecía mal. No hizo esta vez ningún comentario acerca de la falta de preparación intelectual (y, por supuesto, académica) de la aspirante a ensayista. Dijo solo que "estaba mal”. Y al día siguiente le consiguió una audiencia con una reputada escritora feminista.
Tuvo lugar en un apartamento lleno de libros. Stella era consciente del significado de aquel encuentro. La gran autoridad, una profesora, tenía el pelo blanco, arrugas, ropas grises. No vio ningún gato, pero sí a una joven discípula, una de sus alumnas. Podía ser Simone de Beauvoir, Hanna Arendt o Susan Sontag. Alguien. Una mujer sabia. Lo que, en el fondo, ella querría ser cuando se extinguiera su sensualidad… aunque seguían pesando dos de sus estigmas: el ser una prostituta… y el carecer de estudios. Al menos, el otro estigma (el lesbianismo) allí no era reconocido como tal.
La mujer sabia escuchaba. Pero menos tiempo que Irene. Era Irene quien resumía y aclaraba lo que Stella decía. Al fin y al cabo, su francés no era tan bueno como su inglés.
Finalmente, la mujer sabia hizo un gesto, bastante frío, que detuvo las explicaciones de Irene. La jovencita discípula se mantuvo quieta, esperando la Palabra.
La mujer sabia (más sabia que Irene) dijo:
“Hay algo especial en usted. No se sienta halagada por eso. La mera rareza a veces no supone más que una anécdota grotesca y hay muchos que neciamente identifican la rareza con el genio. Usted no es estúpida y es consciente de lo que ha construido. Estoy de acuerdo con Irene en que su creación podría ser peligrosa. Podría ser inofensiva, tan solo risible, los delirios de una prostituta resentida que desahoga su humillación de haber servido a los opresores pretendiendo haber ganado una rara sabiduría por su experiencia extrema. Pero en caso de no ser así, la prevengo, porque la veo honesta, del peligro que supondría que sus creencias pudieran llegar a tener eco. Usted rechaza la Justicia, la Libertad, la Dignidad, y pretende construir una religión femenina, una especie de cristianismo femenino. Su fantasía posee atractivo porque podría atraer el voyeurismo de muchos varones y porque podría seducir a la juventud. De todos los nombres con los que usted especula, sin duda el más acertado es el de angelismo. Usted apuesta por una sensualidad angélica como representación simbólica de la feminidad. Coincide con algunas creaciones cristianas, como bien sabe. Eso me desagrada porque tal tipo de ideales sirven al mundo patriarcal. Los hombres no desean de las santas más que la sumisión. Sus ángeles serían esclavas perfectas como usted lo era con los hombres a los que servía. No socavará su poder.”
“Pero una nueva realidad...” se atrevió a protestar ella.
“No. Esa nueva realidad, solo por el mero hecho de ser nueva no afectaría al mundo del varón. La novedad no es un valor. A usted la amaban sus clientes, ¿no es cierto? Uno de ellos incluso se casó con usted y otros muchos se lo propusieron, ¿no es cierto? Pues bien, despertando su amor no despertará su respeto, sobre todo porque usted pretende no amarlos por su virilidad, sino por su necesidad de mujer que ama universalmente, maternalmente. Eso no es lo que esperan, pero tampoco lo que temen. El hombre es el enemigo. Creo que usted no lo acaba de entender. Su idea de mujer, de feminidad, es masculina.”
“Por supuesto que el hombre es el enemigo… Se trata de domesticar al hombre y anularlo…”
“No. Al hombre hay que vencerlo y extinguirlo. Los movimientos populares son antimasculinos…”
“¡Me va a decir usted que el Che Guevara no era hombre!” protestó Stella, casi indignada e irreverente ante la autoridad, para escándalo de Irene y la discípula estudiante.
“Su ridículo pacifismo es lo que el hombre quiere. Santas sumisas y, además, sensuales. Un gran espectáculo para los sentidos del voyeur. Eso es una gran indignidad.”
Stella miró a Irene y le preguntó:
“¿Le has contado lo de mis vestidos de novia?”
Irene asintió.
“Ahí yo tenía un gran poder. Pero estaba sola. Y ahora también estoy sola. Si usted se diera cuenta de cuál es ese poder…”
“No sabe usted nada, querida. El patriarcado, el capital, la propiedad, las estructuras de dominación: eso es el Hombre. Para destruirlo no importa que nos aliemos con varones. No importa lo más mínimo especular con respecto al futuro, qué será después de esos varones. No importa nada la barba del Che o de Fidel. Eso no importa porque somos seres del presente. Su paraíso de los ángeles vestidos de novia no los atemoriza.”
“Si usted me diera un poco del poder que tiene… No puede imaginarse el poder que tendría si, de repente, surgiera una religión sensual solo para mujeres. Ángeles y brujas, santas y profetisas. Las feministas no triunfarán nunca. El izquierdismo está ya asumido y es cosa de hombres. Una nueva realidad…”
“Espero que fracase, señorita. Semejante distracción podría hacer daño a la juventud inexperta. Usted no conoce el mundo, ha sido afectada por sus excepcionales circunstancias. Es un desperdicio de su inteligencia, pero creo que usted es irrecuperable.”
Stella no dijo nada más. Pensó que si podía causar ese efecto en semejante autoridad, tal vez pudiera hacerlo en otras… y en otros. No se sentía desalentada en lo más mínimo. Asintió, agradeciéndole su tiempo al oráculo.
“Es usted muy hermosa, joven. E Irene me ha contado que es muy desinhibida, que, de acuerdo con su filosofía, las relaciones sexuales entre mujeres tendrían que ser una especie de lenguaje social entre personas que comparten franqueza. Yo soy muy franca. Me apetecería tener sexo con usted.”
Nunca se sintió Stella más halagada.
“Nunca me he sentido tan halagada por una proposición. Pero mi idea de sensualidad implica… una cierta imagen plástica. Usted no es hermosa igual que yo dentro de algunos años dejaré también de serlo. Es cierto que he mantenido sexo con muchos hombres, ninguno de los cuales era hermoso, pero ellos me pagaban. ¿Me pagaría usted?”
“Por supuesto que no”
“Entonces, no hay trato. Y, de todas formas, yo ya no necesito dinero.”
“¿Le excitaba el ganar dinero?”
“Muchísimo.”
La mujer sabia pareció pensar un poco en ello. Sin duda no quería caer en el tópico del desprecio al dinero sin haber antes reflexionado acerca de qué podía significar en concreto en tales circunstancias.
“¿Por el poder?”
“Por mi condición de mujer. Yo, mujer, sometida al hombre por dinero. Hecha prostituta por el hombre. Una forma de violencia. La mujer siempre tiene tendencias andrófilas de someterse al hombre. Prostituyéndome, me hacía indigna y, por tanto, me hacía mujer. Pero con el dinero lo compensaba: ganaba poder, vencía al hombre.”
“¡Vencer al hombre!, ¡los que la pagaban a usted disponían de mucho dinero!, ¡no se sacrificaban!”
“Jamás hubiera consentido que se sacrificasen. El rencor no es femenino. Pero los vencía porque demostraban su deseo. Deme usted cien mil chicas bonitas vestidas de novia de rodillas ante los hombres para besarles la polla, sin odio ni desprecio, a cien mil francos cada tío y ese poder acabará con todo”.
La mujer sabia iba a decir algo. Abrió la boca para decir algo. Sus ojos quedaron fijos y por ellos Stella vio la sabiduría. Al fondo de sus ojos. Pero el amor propio impidió que saliera de allí.
La entrevista había terminado, Irene la acompañó a la puerta y salió con ella.
Se metieron en un ascensor, no se miraron. Solo al salir del ascensor, en la despedida:
“No creo que lo consigas”.
Se preguntó si volvería a ver a Irene.
De París se fue a Alemania, y no pasó por Zurich, puesto que Martina estaba estudiando y liada con un chico. Creía haber entendido que no quería verla. Martina ya no le despertaba frustración. Lo que la frustraba era la hermosura de los ojos de Martina en los bosques donde la había conocido. Ninguna mujer con la que había mantenido relaciones después había igualado esa profundidad contemplativa. Ni tampoco el placer extremo de cuando estuvo con aquella Maggie en la cama, unas semanas antes. Eran sus primeras sensaciones en libertad. ¿Nada podía igualar tales experiencias porque estaban asociadas a la libertad recién recuperada? Esperaba que no fuese eso.
Fue a Alemania por el norte, pasando por Holanda, donde se reencontró a Agathe, que estaba emprendiendo sus primeras aventuras lésbicas tras la exitosa "primera experiencia" en el Mediterráneo. No hizo el amor con ella y trato de hacer ver que eso no la decepcionaba. Pero la antes inexperta ahora tenía su primera novia... Creyó entender que lo conocido sobre el turbio pasado de Stella ahora suponía un inconveniente. Aunque parecía sentir admiración por ella. Una buena amistad femenina, al fin y al cabo. Stella no se quejó. Esa noche se masturbó en el hotel holandés, anticipando los placeres que suponía le esperaban de todas maneras en Frankfurt.
Cuando llegó a Frankfurt encontró a algunas de las mujeres que había conocido en la estancia anterior. Heike estaba con un chico y Jutta con una chica (y, además, era rencorosa), pero había hecho relaciones cordiales, menos íntimas, con otras mujeres, y fue por ellas que decidió establecer en aquella ciudad de nuevo su campamento base. La otra vez había pensado viajar por toda Alemania y no lo había hecho por el tema de Violeta, de Heike y otras cuestiones. Además, por entonces aún no había caído el Muro y después de su viaje a Rusia el asunto del ex comunismo le interesaba. ¿Hubiera sido ella comunista en los tiempos de madame de Beauvoir?
En tres años encontró el ambiente muy cambiado en Frankfurt. Estaba claro que las lesbianas seguían siendo mujeres inestables. El lesbianismo “electivo” (derivado del feminismo) era como una nación joven, incluso en países socialmente avanzados como Alemania y, al menos en Alemania, y a diferencia de en España, no estaba vinculado al movimiento gay masculino, e incluso se lo veía menos politizado (un poco menos) que en Francia. En Alemania todavía duraba la marea verde y pensaba que por eso las lesbianas nórdicas eran más dulces que las del sur. Y menos chifladas que las norteamericanas. Pero eso eran solo sus impresiones de entonces. Todo cambiaba muy deprisa, no había formas firmemente asentadas. Tenía que profundizar más en ello, a ver si era capaz de captar el ritmo de los cambios. Ahora se consideraba mucho mejor preparada intelectualmente.
De nuevo volvió a experimentar la soledad en compañía de sus admiradoras. La misma que había experimentado tres años antes. La sospecha de que se aprovechaban de su cuerpo y su dinero, y de que se comportaban falsamente con ella. Sin embargo, lo hacían con cierta elegancia alejada de la tosquedad que conocía de las lesbianas españolas. Hablar con ellas la hacía pensar. Eran inteligentes y educadas. Llegaba hasta ellas. La tenían en cuenta.
Con casi treinta años seguía siendo muy bella y por eso todas se le acercaban igual que antes, por el deseo, si bien no siempre experimentaba esa calidez femenina que la atraía tanto. Existía allí el elemento despectivo típico de la seducción. Sin duda también influía, en toda aquella "inadecuación", sus propias torpezas. Demasiado tímida a veces, demasiado arrogante otras, demasiado poco hábil al moverse entre personas muy susceptibles (si no acomplejadas).
Y aún le faltaba terminar de aprender el alemán. De momento, compartía un piso con dos estudiantes. Una era lesbiana y la otra no. Acabó haciendo el amor con las dos durante las primeras dos semanas. Sin embargo, no fue algo emocionalmente profundo. En ambos casos, las chicas no le proporcionaron un placer recíproco. Una de ellas por mala voluntad, lo que la desechaba en adelante. La otra por torpeza… a la que se sumaba el que no se quisiera dejar enseñar. No servían. Por otra parte, además de frecuentar los locales donde se reunían las lesbis, puso anuncios incitantes en la sección de contactos de la prensa local: mujer hermosa se ofrece para "primeras experiencias". Y dieron fruto.
Volvió a encontrar a Silvio y a Violeta. Silvio había cambiado mucho. Resultó que cuando la visitaron en “Villa Orchard” él y su esposa alemana estaban a punto de divorciarse (ella no se dio cuenta de nada). Ahora Silvio vivía con otra chica que estaba embarazada y compartían piso, un poco en plan comuna, con otros dos tipos. No eran jovencitos, sino gente de más de treinta años. Uno de ellos era un activista político que hacía propaganda a favor de los terroristas de la banda Baader-Meinhof (“luchadores de la resistencia de la Fracción del Ejército Rojo”). A Stella le pareció algo ya un poco anticuado en la Alemania de los noventa, pero por España estaba acostumbrada a las simpatías izquierdistas por el terrorismo y la violencia en general (el equivalente a la pasión por el estalinismo de los años cincuenta). Todos fueron encantadores con ella. El militante político, un tipo apuesto, intentó ligársela, pero ella prefirió acercarse a la rubia enamorada y embarazada. El tema de la maternidad la intrigaba. Ella era poco maternal y en 1983 se había hecho una ligadura de trompas con el primer dinero que ganó como prostituta. El embarazo le parecía algo importante y fascinante, al tiempo que monstruoso y truculento, temible, por mucho que intentaran arreglarlo haciéndolas parir en una piscinita de agua tibia. Y una pequeña perversión que aún no había hecho era saborear la leche materna. Ya tendría oportunidad para ello.
En cuanto a Violeta, sus líos amorosos con hombres en Amsterdam al final no habían dado ningún giro importante a su vida. Volvió a Frankfurt, cerca de su hermano, tuvo un novio bastante normal (estudiante, músico aficionado, muy apuesto), pero al final rompió con él para liarse con un drogadicto. Para sorpresa de Estrella, mantenía también algunas relaciones lésbicas y la acompañó a visitar ciertos locales, algunos de los cuales ya conocía de la otra vez. Volvieron a ser amigas.
Hizo varios viajes en coche. A Berlin, a Hamburg, a Viena. Como Violeta no tenía dinero, a ella le encantaba acompañarla. Normalmente se apuntaban tres o cuatro y, si había asientos libres, también recogían algún autoestopista. Entre las chicas siempre había alguna que se acostaba con Stella: entre ellas solían contarse estudiantes, obreras y aventureras un poco bohemias del ambiente de Violeta. Eso sí, a Violeta nunca le consintió que llevara un tío a los viajes. “Los tipos te los buscas tú, pero a mi auto no suben”. Excepto los autoestopistas, claro.
Hasta el verano estuvieron viviendo así. Normalmente, Violeta y sus amigas se iban a los bares, y Stella y alguna acompañante (normalmente aquella con la que se estaba acostando por entonces) quedaban con lesbianas locales. Si eran intelectuales, mejor. Tomaba notas para su libro.
“En España las chicas lesbianas reciben poca orientación. Mi libro no va a ser ninguna obra revolucionaria, pero podrá ayudarlas”
“¿Y tu propia teoría?”
“La dejaré como una anécdota. Me parece que debemos tener un espíritu abierto. Nadie sabe si va a salir algo del lesbianismo opcional. Es demasiado pronto. Mi teoría puede ser un ejemplo del pluralismo de opciones una vez se haya optado por rechazar el modelo andrófilo”.
En Leipzig, una chica del Este pareció interesada en profundizar en la cuestión teórica. Tanto la interesó que aceptó formar un trío con Stella y su acompañante de Frankfurt. Sexualmente fue bien, pero después de que las tres hubieran quedado satisfechas fue todavía mejor. Stella sintió esa atmósfera de ternura, confianza y complicidad entre mujeres extrañas a la que aspiraba. De hecho, a la chica que se había traído de Frankfurt la acababa de conocer. Era una obrera de una ciudad pequeña próxima a Frankfurt que llevaba diez años intentando completar sus estudios de Psicología. Menudita, morenita y con el pelo corto, nada coqueta pero tampoco masculina, parecía encontrarse en la primera fase de enamoramiento de la exótica ex prostituta de ojos verdes (“pareces una actriz francesa”) pero no mostraba celos ni arrebatos posesivos. La de Leipzig, una rubia educada, sensata y tranquila les hacía té y les ofrecía dulces baratos. La calefacción daba más intimidad a la colchoneta en el suelo, los almohadones, las sábanas desarregladas. Tres mujeres jóvenes y desnudas que bebían de sus tazas con cierta elegancia, como damas inglesas.
Stella tenía muchas teorías y pensaba que era posible perfeccionar lo que había comunicado a Irene y a la mujer sabia, pero su alemán no llegaba a ser aún lo suficientemente bueno para poder crear tales teorías al tiempo que les hablaba, y aquellas dos sabían poco inglés.
Tenía que atenerse a las fórmulas que ya había ideado. Por ejemplo: ¿y si se educara a las niñas para ser lesbianas? No iba a ser difícil. Diversas estrategias de psicoterapia podían tomar forma religiosa entre chicas. El recogimiento, la meditación, rituales inocuos. Y el sexo en grupo, por supuesto, una vez se alcanzase el necesario estado de empatía, generosidad y emoción erótica. La colmena.
La de Leipzig, que se llamaba Hanna, y la de Frankfurt, que se llamaba Sabine, empezaban a verle atractivo a eso. Las chicas vivirían juntas, en sororidades donde se compartiría la intimidad de una forma extrema. Se compartiría la vida económica, el espacio vital, la sexualidad, la maternidad. Grandes familias femeninas en las que se mezclarían las jóvenes, las maduras, las madres, las estudiantes, las obreras, incluso las niñas y las ancianas, e incluso las heterosexuales solitarias. Había opiniones de feministas famosas que podían servir como precedentes teóricos. Lo más importante, remarcaba Stella, era la preparación emocional previa. No se puede perder el refugio de la privacidad a cambio de las recompensas de la colmena -la familia electiva- si no existía previamente una educación emocional en el sentido angélico. Para ser una santa, hay que prepararse psicológicamente. Ser una hippy es una tontería.
Stella dijo que toda la cuestión masculina sería tenida en cuenta. Las pasiones andrófilas se vivirían fuera del entorno de la sororidad, pero no serían secretas y se supervisarían en común para que ninguna chica confundiera el fugaz sometimiento al macho primitivo (fornidos trabajadores de la construcción de origen inmigrante y con antecedentes penales, por ejemplo) con el “amor”. La prostitución podría ser un buen recurso financiero tanto como un vehículo de relaciones de vecindad bien delimitadas con muchos hombres. Los gays recibirían apoyo como cualquier grupo perseguido. Y si aparecía algún hombre extraordinario, algún San Francisco o Mahatma Gandhi, sería reconocido por sus merecimientos. (La verdad era que Stella no había conocido a ningún hombre así. Silvio era un buen hombre, pero también a veces un poco falso, demasiado encantador. Su fragilidad física, su aspecto andrógino, en el fondo lo acomplejaba y le gustaba ejercer la astucia masculina para conseguir sus metas femeninas. En suma, también era conquistador y depredador en la medida de lo posible. Con todo, fuera de sus antiguos clientes, a los que no pensaba volver a ver, quizá Silvio era su único amigo varón.)
Hanna opinó que su hermano pequeño ya era una especie de santo, un comentario que a Stella naturalmente le interesó, y le trajo a la cabeza algunas historias de Dostoievsky (aunque también era un poco así el personaje de novela que ella misma había ideado, el chico sodomizado). Hanna explicó que su hermano pequeño era casi tan bello como una chica, absolutamente bondadoso, y no era gay. Stella quiso conocerlo.
Lo invitaron al día siguiente, y en el encuentro estuvo Sabine y también Violeta y la otra chica de Frankfurt que había venido con ellas y con la que el día anterior había estado de copas y porros mientras Stella hacía su trío.
El chico era un rubio muy mono (aunque no de aspecto femenino) que estaba terminando el bachillerato. A Estrella le recordó un poco a aquel chico del que estuvo a punto de enamorarse en la Facultad (demasiado tarde: su fracaso en los estudios la había ahogado emocionalmente por entonces). Rodeado de mujeres jóvenes (pero todas mayores que él) el chico se comportó con timidez y modestia. Realmente, no manifestaba ninguna violencia, ninguna astucia. Su inocencia sexual no le hacía mostrar resentimiento. Se notaba que él y su hermana se adoraban, los dos tan educados y afectuosos. Hanna se había ido a vivir sola hacía poco y entonces Stella se atrevió a preguntarle al chico si envidiaba el lesbianismo de su hermana.
Él dijo que creía que sí, que le parecía más fácil la amistad entre mujeres. Claro que, qué sabía él. Quería dedicarse, naturalmente, a las ciencias, le gustaba ir en bicicleta, la naturaleza y todo eso que gusta a los buenos chicos. ¿La música? No, en la ciudad de Bach su familia no tenía tradición musical. Lástima. No contaba con muchos amigos. Los dados a las ciencias. Física y astronomía, un poco de matemáticas, pero no tanto la biología. En la sabiduría estaba la virtud, de eso no había dudas. Esperaba que su vida social mejorara en la Universidad. Y tener una novia, claro. Stella se reconoció a sí misma. Al menos, si ese chico fracasaba en los estudios tendría siempre a su hermana para apoyarle. Podría hacerse enfermero o funcionario.
Su inexperiencia y su relativa soledad, pues, no embrutecían al hermanito de Hanna. La tonta de Violeta lo animaba a salir, a divertirse, y el chico reaccionó con confusión y humildad pietista. Stella dijo que muchos jóvenes tímidos desean no serlo, envidian a los más extrovertidos. El chico dijo que no. Estaba científicamente seguro de que no. No, sí, era probable que fuese como ella decía: que habría querido ser lesbiana, como su hermana, pasarse una tarde charlando, tomando té y dulces después de haber hecho el amor en buena compañía, de una forma tan poco cruenta como suponía que era el amor físico entre mujeres.
La cosa se planteó al día siguiente, cuando Stella ya estaba dispuesta a volver a Frankfurt con sus amigas (Sabine, Violeta y la otra) sin tener muy claro aún cómo de serio había de tomarse a Hanna, que era un poco reservada. Lo hablaron mientras paseaban por una avenida poco transitada, con árboles y charcos de una lluvia anterior. La nueva amiga, en un momento, le preguntó si podía pedirle un favor, que ella podía por supuesto negarse, y que no quería ofenderla…
Resultaba que, puesto que ella era prostituta, tal vez quisiera iniciar en el sexo al hermanito. Hanna, muy blanca de piel (se parecía un poco a Martina, pero no era tan bella), se ruborizó al pedirlo. Probablemente pensó que tratar de aprovechar su condición de ex prostituta (pero ¿una prostituta no ha de serlo toda su vida, por siempre, por mucho tiempo que pase después de haber ejercido por última vez?) era una forma de insultar a su nueva amiga. Pero Stella no se ofendió. Primero le dijo que, aparte de su ex marido (Las Vegas, primavera de 1989), hacía tres años que no se acostaba con ningún hombre (no mencionó a Álvaro… pues se había limitado a dejarse penetrar una sola vez). También admitió que la verdad era que nunca le habían mandado a un jovencito para que lo iniciara. Y eso que ella, pensaba, hubiera podido ser ideal para tal cosa (pero no se dio el caso: ninguno de sus clientes le mandó jamás a su hijo, nieto o sobrino adolescente; lo de la iniciación con prostituta debía de seguir haciéndose, como en los tiempos clásicos, de hecho a ella le constaba que se hacía... pero no conoció ningún caso en su propia vagina; ninguno, por lo menos, lo admitió jamás, y ella jamás preguntó; aunque, era cierto, le dio la impresión más de una vez de que algún chico joven que llegaba era del todo inexperto... pero ella ponía tal empeño en que se sintieran cómodos, en no hacerles notar torpeza alguna que cometieran, que al final ella misma no podía juzgar un asunto que tampoco le interesaba; y por una razón fundamental: nunca le interesó sentirse superior a sus clientes, ya que la esclava era ella; por lo demás, nunca ningún hombre maduro le propuso iniciar a su hijo).
“No, no me parece una mala idea. Tú quieres a tu hermanito y, al fin y al cabo, pareces estar de acuerdo conmigo en que el sexo hay que desdramatizarlo”
Y entonces le preguntó, con una sonrisa irónica, que por qué no lo hacía ella misma.
Y Hanna tampoco se ofendió y dijo que, “efecto Westermarck” aparte (la barrera psicológica que se crea entre los jóvenes de sexo diferente que se crían juntos en la infancia, científicamente comprobada y probablemente relacionada con las feromonas), habría sido muy difícil que ella pudiera hacerlo, puesto que era virgen también, lo cual hizo sonreír de nuevo a Stella, que no se había dado cuenta antes, puesto que su nueva amiga debía de haberse perforado el himen por otros medios.
Se quedaron calladas, mirándose, y Stella dijo finalmente que se alegraba de que Hanna no le hubiera pedido que, por favor, tratara bien a su hermanito. Entonces fue Hanna la que sonrió: “te quiero, sé que eres buena”.
La ceremonia tuvo lugar al día siguiente. Por la mañana metió a Sabine, Violeta y a la otra en un tren hacia Frankfurt (ella pagó los billetes, por supuesto) y estuvo comiendo después con Hanna. La cosa iba bien. Le gustaba Hanna. Podría incluso enamorarse de ella. ¿Qué era “enamorarse” de una mujer? Se había enamorado de Martina, se había encariñado muchísimo con Genia. ¿Y, ahora, con Hanna? Las miradas se volvían un poco tontas, el corazón cosquilleaba. Qué seria era Hanna. Estudiaba ingeniería y, como tantas chicas alemanas que estudiaban lo mismo, quería dedicarse a producir energías limpias y renovables. El amor también podía ser limpio y renovable.
“Voy a llamar por teléfono”, dijo a la sobremesa, y Stella se quedó sola, allí, en Leipzig, en la primavera de 1992, dispuesta a reencontrarse con su pasado de prostituta. Hacía ocho años que había llamado por teléfono tras leer el anuncio de un burdel en Sevilla, donde ofrecían “trato familiar”. Acudió sola, arriesgándose. Ni siquiera era lesbiana y solo hacía unas pocas semanas que había mantenido sus primeras relaciones sexuales… por dinero. Ni siquiera sabía maquillarse, ni siquiera sabía caminar con tacones. Se trataba solo de suicidarse socialmente. Hubo suerte. O quizá la suerte no tuvo nada que ver. ¿Qué otra cosa podía haber hecho?, ¿y qué otra cosa podía haberle sucedido sino hacerse rica y lesbiana?
A la vuelta, Hanna dijo que el hermanito ya estaba en el apartamento de ella, esperando. Stella le dio un beso y se fue tan tranquila.
Lo encontró en bata, sentado a la cama (en aquel apartamentito de estudiante no había mucho más). El chico estaba nervioso, pero lo disimulaba con su mansedumbre habitual. No era poca cosa: el primer chico bueno con el que iba a hacer el amor por encargo de un familiar. Por otra parte, ¿no era aquel chico lo que soñaba cuando era jovencita? Un buen chico como novio, más o menos de esa edad.
“Hola, Klaus. Ahora voy un momento al baño, perdona”
No orinó (lo había hecho en el restaurante), sino que solo se quitó las botas, los pantalones y el jersey. Y las bragas, claro. Se fregoteó y perfumó por debajo y se miró en el espejito espejito. No estaba maquillada, pero así, en camiseta, con sus pechos bien señalados, seguía estando muy guapa. Con unos meses menos de los treinta años seguía siendo una chica, una muchacha. Deporte, vida sana, buena alimentación. La camiseta blanca le cubría lo justo para ocultar su pubis. Tomó el lubricante de su mochila y lo medio ocultó en su mano para llevarlo hasta la cama. No hacía falta preservativo. Ella era estéril y el chico no podía estar enfermo, de modo que bien estaba que la encharcara toda, así sería más genuino.
Tomó una actitud de enfermera, que era, por lo demás, la habitual en ella (lo que le había permitido enriquecerse). Le quitó la bata, le dio un beso en la mejilla, le habló con dulzura y lo hizo tenderse desnudo boca arriba. Tuvo una idea:
“Te voy a hacer el amor como se lo hago a tu hermana, a lo chica…” y vio que los ojos del joven se iluminaban de agradecimiento y esperanza. Chico bueno.
Él cerró los ojos y ella estuvo a punto de protestar por eso, pero se contuvo a tiempo. Aprovechó para quitarse la camiseta. Se sentó sobre él y comenzó a besarlo y a buscarle los rinconcitos tiernos. Olía a baño. Esos jabones ecológicos, tan poco resultones, que usaban los estudiantes alemanes. Bien, bien. Fácil.
No había que complicarse. Con los muslos iba vigilando cómo andaba el pene del chico. Le dio un buen besazo en la boca, le lameteó los pezones (a lo chica…). Ya estaba listo.
Se untó bien de lubricante.
“Ahora, estate quieto. Ya lo hago todo yo. Es muy fácil”
Y, con la mano, se introdujo suavemente aquella cosita caliente. No era muy grande (aunque tampoco pequeña). Entró fácilmente… y como también ella podía disfrutar un poco de aquella ocupación tan cálida y cremosa comenzó a moverse, a bailar con sus caderas. Le gustaba, le gustaba… Bien, bien, bien…
El chico gemía y transpiraba. Chico bueno. Bien, bien, bien… El gemido se hizo más irregular y sonoro, casi como un chirrido. Un momento, había algo…
“¡Mierda!” dijo en español y se sacó al chico de dentro tratando de no empeorar las cosas. Sangre. Qué asco. Sangre. Pues claro, so tonta…
“Cariño, no te muevas, voy a ver si…”
Estaba tan nerviosa que no encontró ni desinfectante, ni nada. Utilizó papel higiénico y toallas para secar la sangre. ¿Cómo se decía “frenillo” en alemán? ¡Mierda!, ¡tonta!, ¡tonta… ¡ ¿cómo no lo pensó? Un chico tan bueno… Y ese susto…
Pero era poca cosa, solo el enchastre, las sábanas, las toallas… Nada que no se arreglara con unos marcos para que compraran ropa de cama nueva. La sangre dejó de salir. Se tranquilizaron: no habría que ir a Urgencias.
“Me ha asustado más que tú, mi vida… Nunca me había pasado…”
El chico parecía avergonzado. Él sí había pensado en esa posibilidad. Quizá tenía que haber ido al médico antes…
Stella no tenía mucha idea de tales arreglos masculinos, muy rara vez le había pasado algo parecido y el tipo entonces se hacía cargo sin problemas (pero en el dormitorio tenía un pequeño botiquín). Era cosa de nada, por lo visto.
“Vamos a cambiar las sábanas”, dijo él.
“Nada de eso, quédate acostado un rato”. (Haciendo de prostituta, adoptaba automáticamente el rol de sirvienta).
Ella hizo té. Se limpió ella, se puso un poco de ropa (de Hanna). Hablaron de cosas. Se hicieron amigos, algo muy fácil entre personas amables y benevolentes.
Y entonces le dijo:
“Prométeme que nunca te portarás mal con las chicas. Que serás un buen marido”.
“Bueno, primero necesitaré una novia…”
“Bah, eso sale solo, en los estudios…”
El chico le dijo que ojalá ella y su hermana pudieran crear ese mundo nuevo con el que soñaban. Un mundo de mujeres. En ese mundo, él se sentiría protegido.
No quiso dormir allí, esperaron a que regresara Hanna, la explicaron cómo había ido todo, se besaron y se largó. Durmió en un hotel de carretera en Alemania del Este, “entre comunistas”. Solo aquella noche se le ocurrió que era la primera vez que hacía el amor con un hombre gratis. Sin contar las tres violaciones, claro está… Lo de Álvaro no debía contarse como "gratis": se había limitado a gratificar a alguien que trabajaba para ella.
Después, dejó pasar un par de días antes de volver a Frankfurt. Estuvo en Berlín, hizo un par de visitas (nada de sexo) y fue sola de museos. Vio a Nefertiti. Varios turistas flirtearon con ella, pero ella prefirió acercarse a una muchachita australiana que visitaba el museo con sus padres. Qué bonita. Soy profesora de inglés, les explicó. Al final, comieron juntos y hablaron de la Antigüedad. Ellos, australianos, se sentían muy impresionados por la edad de la humanidad. Le hablaron de Gordon Childe. Stella no sabía quién era. Se propuso leer un poco más de esas cosas. Tanto feminismo, tanto feminismo… Le faltaba un punto de antropología general… Solo había leído a Margaret Mead y a Ruth Benedict porque se había enterado de que estuvieron enrolladas.
Cuando volvió a Frankfurt encontró todo más o menos normal. Había noticias de España, el paquetito que le enviaba su hermana con más cartas (las que le recogía en su apartado de correos de Vélez-Málaga). Estuvo entretenida. Más tarde se enteró de que Violeta, en el tren de vuelta desde Leipzig, había conocido a un chico español muy simpático y que ahora tenía novio nuevo.
Llegaba el verano y ya iba siendo hora de volver a “Villa Orchard”. Pero regresaría a Frankfurt, se había sentido a gusto en la ciudad, tenía amigos allí, y Alemania le interesaba. También estaba Hanna. Aún no estaba decidida con respecto a ella. ¿Sería su primera discípula? Y estaba la señora inglesa…
Paró en Zurich, donde Martina estaba haciendo ya sus primeras prácticas como profesional dentista. Pasaron un par de días paseando. Le presentó a sus amigos, la mayoría relacionados con círculos cristianos de trabajo social. Todo aquello le pareció un poco tonto. Comprobó, por cierto, que su alemán seguía estando lejos de ser tan bueno como su inglés. Quizá como su francés. Martina le pareció más ajena. Seguía siendo, eso sí, bellísima, pero desconfiada. Tenía novio, pero justo por entonces no estaba por allí, o ella lo había alejado.
“Mi amiga Stella, de España. Es profesora de inglés”.
Hablaron de naturaleza, de temas sociales. Un poco de horticultura. Stella había aprendido algo de sus tíos y era un tema agradable. Pero se aburrió pronto y los dejó de forma repentina. Le daba la impresión de que Martina se estaba echando a perder.
Volvió a casa, recorriendo de nuevo en coche los dos mil kilómetros: quinientos por la mañana y quinientos por la tarde, dos días.
Tres años después de haber sido plantados, bien regados, labrados y abonados, los arbolitos frutales ya empezaban a dar sombra, e incluso algo de fruto…
Pasó un buen verano. Vinieron Hanna y su hermano, y también Silvio, su esposa y el bebé. Venía gente. Los veranos en Villa Orchard eran animados. La gente se bañaba en la piscina, tomaba el sol en la terraza, se comían las hortalizas y no molestaban a su madre. También venían los hijos y nietos de los tíos. Mucha animación. Lo que había construido ella. Esta vez no se hizo a un lado para que viniera su hermano con los sobrinos. Esta vez no. Y resultó que convivieron una semana de agosto. A Estrella le gustó su sobrina, que ya tenía doce años, pero la tiparraca de su cuñada hizo lo indecible para que no se quedaran nunca a solas. El sobrino mayor, de dieciséis, que era un inútil, parecía asustado en su presencia.
Permaneció algunas semanas más en “Villa Orchard”. No se apresuró a viajar. Volvió a tratar a las dispersas y casi amorfas lesbianas de Malaga. Solo recibió una “visita sexy”. En todo lo demás, hizo vida familiar, porque ella tenía una familia: tenía una madre, una hermana, una tía.
Fue en aquel otoño, de regreso a Frankfurt, cuando conoció a Frida, una chica alemana muy dulce, no especialmente guapa, que tocaba música rock y a la que le gustaba la droga un poco de más. Pero era una delicia y vivía en un apartamento con muchos gatos. Stella se la llevó a Inglaterra, y volvió a ver a Ann, su “discípula”, junto con Hanna. Frida no hablaba inglés, así que se ponía a escuchar música rock con unos auriculares. Encontró algo maravilloso en Ann, porque para ella, la filosofía de Stella era como una fantasía acerca de la que disfrutaba al leer, pero probablemente no quería dejar su vida hogareña, más bien solitaria y provinciana. Al menos, aceptaba la fantasía. En aquel momento no se dio cuenta de que Ann no era feliz.
A finales de aquel año dejó Alemania por fin, con ciertas esperanzas. Pensó que iba a escribir su libro. Lo compondría en la primavera, y en el verano volvería a viajar, especialmente a Norteamérica. Sería un viaje más pensado, porque su estancia en Alemania había sido solo vaguear. Acostarse con chicas, aprender el idioma alemán, que en realidad tampoco era tan útil, y... Bueno, la amistad de Hanna presentía que iba a ser duradera.
Habló por teléfono con el editor, al que acababa de enviarle un plan para el libro. El tipo parecía medianamente interesado. Era mejor, desde luego, la oferta de Barcelona. Le explicó que iría a Norteamérica a reunir un poco más de información, y a traerse de allí unas cuantas publicaciones.
Tuvo lugar en un apartamento lleno de libros. Stella era consciente del significado de aquel encuentro. La gran autoridad, una profesora, tenía el pelo blanco, arrugas, ropas grises. No vio ningún gato, pero sí a una joven discípula, una de sus alumnas. Podía ser Simone de Beauvoir, Hanna Arendt o Susan Sontag. Alguien. Una mujer sabia. Lo que, en el fondo, ella querría ser cuando se extinguiera su sensualidad… aunque seguían pesando dos de sus estigmas: el ser una prostituta… y el carecer de estudios. Al menos, el otro estigma (el lesbianismo) allí no era reconocido como tal.
La mujer sabia escuchaba. Pero menos tiempo que Irene. Era Irene quien resumía y aclaraba lo que Stella decía. Al fin y al cabo, su francés no era tan bueno como su inglés.
Finalmente, la mujer sabia hizo un gesto, bastante frío, que detuvo las explicaciones de Irene. La jovencita discípula se mantuvo quieta, esperando la Palabra.
La mujer sabia (más sabia que Irene) dijo:
“Hay algo especial en usted. No se sienta halagada por eso. La mera rareza a veces no supone más que una anécdota grotesca y hay muchos que neciamente identifican la rareza con el genio. Usted no es estúpida y es consciente de lo que ha construido. Estoy de acuerdo con Irene en que su creación podría ser peligrosa. Podría ser inofensiva, tan solo risible, los delirios de una prostituta resentida que desahoga su humillación de haber servido a los opresores pretendiendo haber ganado una rara sabiduría por su experiencia extrema. Pero en caso de no ser así, la prevengo, porque la veo honesta, del peligro que supondría que sus creencias pudieran llegar a tener eco. Usted rechaza la Justicia, la Libertad, la Dignidad, y pretende construir una religión femenina, una especie de cristianismo femenino. Su fantasía posee atractivo porque podría atraer el voyeurismo de muchos varones y porque podría seducir a la juventud. De todos los nombres con los que usted especula, sin duda el más acertado es el de angelismo. Usted apuesta por una sensualidad angélica como representación simbólica de la feminidad. Coincide con algunas creaciones cristianas, como bien sabe. Eso me desagrada porque tal tipo de ideales sirven al mundo patriarcal. Los hombres no desean de las santas más que la sumisión. Sus ángeles serían esclavas perfectas como usted lo era con los hombres a los que servía. No socavará su poder.”
“Pero una nueva realidad...” se atrevió a protestar ella.
“No. Esa nueva realidad, solo por el mero hecho de ser nueva no afectaría al mundo del varón. La novedad no es un valor. A usted la amaban sus clientes, ¿no es cierto? Uno de ellos incluso se casó con usted y otros muchos se lo propusieron, ¿no es cierto? Pues bien, despertando su amor no despertará su respeto, sobre todo porque usted pretende no amarlos por su virilidad, sino por su necesidad de mujer que ama universalmente, maternalmente. Eso no es lo que esperan, pero tampoco lo que temen. El hombre es el enemigo. Creo que usted no lo acaba de entender. Su idea de mujer, de feminidad, es masculina.”
“Por supuesto que el hombre es el enemigo… Se trata de domesticar al hombre y anularlo…”
“No. Al hombre hay que vencerlo y extinguirlo. Los movimientos populares son antimasculinos…”
“¡Me va a decir usted que el Che Guevara no era hombre!” protestó Stella, casi indignada e irreverente ante la autoridad, para escándalo de Irene y la discípula estudiante.
“Su ridículo pacifismo es lo que el hombre quiere. Santas sumisas y, además, sensuales. Un gran espectáculo para los sentidos del voyeur. Eso es una gran indignidad.”
Stella miró a Irene y le preguntó:
“¿Le has contado lo de mis vestidos de novia?”
Irene asintió.
“Ahí yo tenía un gran poder. Pero estaba sola. Y ahora también estoy sola. Si usted se diera cuenta de cuál es ese poder…”
“No sabe usted nada, querida. El patriarcado, el capital, la propiedad, las estructuras de dominación: eso es el Hombre. Para destruirlo no importa que nos aliemos con varones. No importa lo más mínimo especular con respecto al futuro, qué será después de esos varones. No importa nada la barba del Che o de Fidel. Eso no importa porque somos seres del presente. Su paraíso de los ángeles vestidos de novia no los atemoriza.”
“Si usted me diera un poco del poder que tiene… No puede imaginarse el poder que tendría si, de repente, surgiera una religión sensual solo para mujeres. Ángeles y brujas, santas y profetisas. Las feministas no triunfarán nunca. El izquierdismo está ya asumido y es cosa de hombres. Una nueva realidad…”
“Espero que fracase, señorita. Semejante distracción podría hacer daño a la juventud inexperta. Usted no conoce el mundo, ha sido afectada por sus excepcionales circunstancias. Es un desperdicio de su inteligencia, pero creo que usted es irrecuperable.”
Stella no dijo nada más. Pensó que si podía causar ese efecto en semejante autoridad, tal vez pudiera hacerlo en otras… y en otros. No se sentía desalentada en lo más mínimo. Asintió, agradeciéndole su tiempo al oráculo.
“Es usted muy hermosa, joven. E Irene me ha contado que es muy desinhibida, que, de acuerdo con su filosofía, las relaciones sexuales entre mujeres tendrían que ser una especie de lenguaje social entre personas que comparten franqueza. Yo soy muy franca. Me apetecería tener sexo con usted.”
Nunca se sintió Stella más halagada.
“Nunca me he sentido tan halagada por una proposición. Pero mi idea de sensualidad implica… una cierta imagen plástica. Usted no es hermosa igual que yo dentro de algunos años dejaré también de serlo. Es cierto que he mantenido sexo con muchos hombres, ninguno de los cuales era hermoso, pero ellos me pagaban. ¿Me pagaría usted?”
“Por supuesto que no”
“Entonces, no hay trato. Y, de todas formas, yo ya no necesito dinero.”
“¿Le excitaba el ganar dinero?”
“Muchísimo.”
La mujer sabia pareció pensar un poco en ello. Sin duda no quería caer en el tópico del desprecio al dinero sin haber antes reflexionado acerca de qué podía significar en concreto en tales circunstancias.
“¿Por el poder?”
“Por mi condición de mujer. Yo, mujer, sometida al hombre por dinero. Hecha prostituta por el hombre. Una forma de violencia. La mujer siempre tiene tendencias andrófilas de someterse al hombre. Prostituyéndome, me hacía indigna y, por tanto, me hacía mujer. Pero con el dinero lo compensaba: ganaba poder, vencía al hombre.”
“¡Vencer al hombre!, ¡los que la pagaban a usted disponían de mucho dinero!, ¡no se sacrificaban!”
“Jamás hubiera consentido que se sacrificasen. El rencor no es femenino. Pero los vencía porque demostraban su deseo. Deme usted cien mil chicas bonitas vestidas de novia de rodillas ante los hombres para besarles la polla, sin odio ni desprecio, a cien mil francos cada tío y ese poder acabará con todo”.
La mujer sabia iba a decir algo. Abrió la boca para decir algo. Sus ojos quedaron fijos y por ellos Stella vio la sabiduría. Al fondo de sus ojos. Pero el amor propio impidió que saliera de allí.
La entrevista había terminado, Irene la acompañó a la puerta y salió con ella.
Se metieron en un ascensor, no se miraron. Solo al salir del ascensor, en la despedida:
“No creo que lo consigas”.
Se preguntó si volvería a ver a Irene.
De París se fue a Alemania, y no pasó por Zurich, puesto que Martina estaba estudiando y liada con un chico. Creía haber entendido que no quería verla. Martina ya no le despertaba frustración. Lo que la frustraba era la hermosura de los ojos de Martina en los bosques donde la había conocido. Ninguna mujer con la que había mantenido relaciones después había igualado esa profundidad contemplativa. Ni tampoco el placer extremo de cuando estuvo con aquella Maggie en la cama, unas semanas antes. Eran sus primeras sensaciones en libertad. ¿Nada podía igualar tales experiencias porque estaban asociadas a la libertad recién recuperada? Esperaba que no fuese eso.
Fue a Alemania por el norte, pasando por Holanda, donde se reencontró a Agathe, que estaba emprendiendo sus primeras aventuras lésbicas tras la exitosa "primera experiencia" en el Mediterráneo. No hizo el amor con ella y trato de hacer ver que eso no la decepcionaba. Pero la antes inexperta ahora tenía su primera novia... Creyó entender que lo conocido sobre el turbio pasado de Stella ahora suponía un inconveniente. Aunque parecía sentir admiración por ella. Una buena amistad femenina, al fin y al cabo. Stella no se quejó. Esa noche se masturbó en el hotel holandés, anticipando los placeres que suponía le esperaban de todas maneras en Frankfurt.
Cuando llegó a Frankfurt encontró a algunas de las mujeres que había conocido en la estancia anterior. Heike estaba con un chico y Jutta con una chica (y, además, era rencorosa), pero había hecho relaciones cordiales, menos íntimas, con otras mujeres, y fue por ellas que decidió establecer en aquella ciudad de nuevo su campamento base. La otra vez había pensado viajar por toda Alemania y no lo había hecho por el tema de Violeta, de Heike y otras cuestiones. Además, por entonces aún no había caído el Muro y después de su viaje a Rusia el asunto del ex comunismo le interesaba. ¿Hubiera sido ella comunista en los tiempos de madame de Beauvoir?
En tres años encontró el ambiente muy cambiado en Frankfurt. Estaba claro que las lesbianas seguían siendo mujeres inestables. El lesbianismo “electivo” (derivado del feminismo) era como una nación joven, incluso en países socialmente avanzados como Alemania y, al menos en Alemania, y a diferencia de en España, no estaba vinculado al movimiento gay masculino, e incluso se lo veía menos politizado (un poco menos) que en Francia. En Alemania todavía duraba la marea verde y pensaba que por eso las lesbianas nórdicas eran más dulces que las del sur. Y menos chifladas que las norteamericanas. Pero eso eran solo sus impresiones de entonces. Todo cambiaba muy deprisa, no había formas firmemente asentadas. Tenía que profundizar más en ello, a ver si era capaz de captar el ritmo de los cambios. Ahora se consideraba mucho mejor preparada intelectualmente.
De nuevo volvió a experimentar la soledad en compañía de sus admiradoras. La misma que había experimentado tres años antes. La sospecha de que se aprovechaban de su cuerpo y su dinero, y de que se comportaban falsamente con ella. Sin embargo, lo hacían con cierta elegancia alejada de la tosquedad que conocía de las lesbianas españolas. Hablar con ellas la hacía pensar. Eran inteligentes y educadas. Llegaba hasta ellas. La tenían en cuenta.
Con casi treinta años seguía siendo muy bella y por eso todas se le acercaban igual que antes, por el deseo, si bien no siempre experimentaba esa calidez femenina que la atraía tanto. Existía allí el elemento despectivo típico de la seducción. Sin duda también influía, en toda aquella "inadecuación", sus propias torpezas. Demasiado tímida a veces, demasiado arrogante otras, demasiado poco hábil al moverse entre personas muy susceptibles (si no acomplejadas).
Y aún le faltaba terminar de aprender el alemán. De momento, compartía un piso con dos estudiantes. Una era lesbiana y la otra no. Acabó haciendo el amor con las dos durante las primeras dos semanas. Sin embargo, no fue algo emocionalmente profundo. En ambos casos, las chicas no le proporcionaron un placer recíproco. Una de ellas por mala voluntad, lo que la desechaba en adelante. La otra por torpeza… a la que se sumaba el que no se quisiera dejar enseñar. No servían. Por otra parte, además de frecuentar los locales donde se reunían las lesbis, puso anuncios incitantes en la sección de contactos de la prensa local: mujer hermosa se ofrece para "primeras experiencias". Y dieron fruto.
Volvió a encontrar a Silvio y a Violeta. Silvio había cambiado mucho. Resultó que cuando la visitaron en “Villa Orchard” él y su esposa alemana estaban a punto de divorciarse (ella no se dio cuenta de nada). Ahora Silvio vivía con otra chica que estaba embarazada y compartían piso, un poco en plan comuna, con otros dos tipos. No eran jovencitos, sino gente de más de treinta años. Uno de ellos era un activista político que hacía propaganda a favor de los terroristas de la banda Baader-Meinhof (“luchadores de la resistencia de la Fracción del Ejército Rojo”). A Stella le pareció algo ya un poco anticuado en la Alemania de los noventa, pero por España estaba acostumbrada a las simpatías izquierdistas por el terrorismo y la violencia en general (el equivalente a la pasión por el estalinismo de los años cincuenta). Todos fueron encantadores con ella. El militante político, un tipo apuesto, intentó ligársela, pero ella prefirió acercarse a la rubia enamorada y embarazada. El tema de la maternidad la intrigaba. Ella era poco maternal y en 1983 se había hecho una ligadura de trompas con el primer dinero que ganó como prostituta. El embarazo le parecía algo importante y fascinante, al tiempo que monstruoso y truculento, temible, por mucho que intentaran arreglarlo haciéndolas parir en una piscinita de agua tibia. Y una pequeña perversión que aún no había hecho era saborear la leche materna. Ya tendría oportunidad para ello.
En cuanto a Violeta, sus líos amorosos con hombres en Amsterdam al final no habían dado ningún giro importante a su vida. Volvió a Frankfurt, cerca de su hermano, tuvo un novio bastante normal (estudiante, músico aficionado, muy apuesto), pero al final rompió con él para liarse con un drogadicto. Para sorpresa de Estrella, mantenía también algunas relaciones lésbicas y la acompañó a visitar ciertos locales, algunos de los cuales ya conocía de la otra vez. Volvieron a ser amigas.
Hizo varios viajes en coche. A Berlin, a Hamburg, a Viena. Como Violeta no tenía dinero, a ella le encantaba acompañarla. Normalmente se apuntaban tres o cuatro y, si había asientos libres, también recogían algún autoestopista. Entre las chicas siempre había alguna que se acostaba con Stella: entre ellas solían contarse estudiantes, obreras y aventureras un poco bohemias del ambiente de Violeta. Eso sí, a Violeta nunca le consintió que llevara un tío a los viajes. “Los tipos te los buscas tú, pero a mi auto no suben”. Excepto los autoestopistas, claro.
Hasta el verano estuvieron viviendo así. Normalmente, Violeta y sus amigas se iban a los bares, y Stella y alguna acompañante (normalmente aquella con la que se estaba acostando por entonces) quedaban con lesbianas locales. Si eran intelectuales, mejor. Tomaba notas para su libro.
“En España las chicas lesbianas reciben poca orientación. Mi libro no va a ser ninguna obra revolucionaria, pero podrá ayudarlas”
“¿Y tu propia teoría?”
“La dejaré como una anécdota. Me parece que debemos tener un espíritu abierto. Nadie sabe si va a salir algo del lesbianismo opcional. Es demasiado pronto. Mi teoría puede ser un ejemplo del pluralismo de opciones una vez se haya optado por rechazar el modelo andrófilo”.
En Leipzig, una chica del Este pareció interesada en profundizar en la cuestión teórica. Tanto la interesó que aceptó formar un trío con Stella y su acompañante de Frankfurt. Sexualmente fue bien, pero después de que las tres hubieran quedado satisfechas fue todavía mejor. Stella sintió esa atmósfera de ternura, confianza y complicidad entre mujeres extrañas a la que aspiraba. De hecho, a la chica que se había traído de Frankfurt la acababa de conocer. Era una obrera de una ciudad pequeña próxima a Frankfurt que llevaba diez años intentando completar sus estudios de Psicología. Menudita, morenita y con el pelo corto, nada coqueta pero tampoco masculina, parecía encontrarse en la primera fase de enamoramiento de la exótica ex prostituta de ojos verdes (“pareces una actriz francesa”) pero no mostraba celos ni arrebatos posesivos. La de Leipzig, una rubia educada, sensata y tranquila les hacía té y les ofrecía dulces baratos. La calefacción daba más intimidad a la colchoneta en el suelo, los almohadones, las sábanas desarregladas. Tres mujeres jóvenes y desnudas que bebían de sus tazas con cierta elegancia, como damas inglesas.
Stella tenía muchas teorías y pensaba que era posible perfeccionar lo que había comunicado a Irene y a la mujer sabia, pero su alemán no llegaba a ser aún lo suficientemente bueno para poder crear tales teorías al tiempo que les hablaba, y aquellas dos sabían poco inglés.
Tenía que atenerse a las fórmulas que ya había ideado. Por ejemplo: ¿y si se educara a las niñas para ser lesbianas? No iba a ser difícil. Diversas estrategias de psicoterapia podían tomar forma religiosa entre chicas. El recogimiento, la meditación, rituales inocuos. Y el sexo en grupo, por supuesto, una vez se alcanzase el necesario estado de empatía, generosidad y emoción erótica. La colmena.
La de Leipzig, que se llamaba Hanna, y la de Frankfurt, que se llamaba Sabine, empezaban a verle atractivo a eso. Las chicas vivirían juntas, en sororidades donde se compartiría la intimidad de una forma extrema. Se compartiría la vida económica, el espacio vital, la sexualidad, la maternidad. Grandes familias femeninas en las que se mezclarían las jóvenes, las maduras, las madres, las estudiantes, las obreras, incluso las niñas y las ancianas, e incluso las heterosexuales solitarias. Había opiniones de feministas famosas que podían servir como precedentes teóricos. Lo más importante, remarcaba Stella, era la preparación emocional previa. No se puede perder el refugio de la privacidad a cambio de las recompensas de la colmena -la familia electiva- si no existía previamente una educación emocional en el sentido angélico. Para ser una santa, hay que prepararse psicológicamente. Ser una hippy es una tontería.
Stella dijo que toda la cuestión masculina sería tenida en cuenta. Las pasiones andrófilas se vivirían fuera del entorno de la sororidad, pero no serían secretas y se supervisarían en común para que ninguna chica confundiera el fugaz sometimiento al macho primitivo (fornidos trabajadores de la construcción de origen inmigrante y con antecedentes penales, por ejemplo) con el “amor”. La prostitución podría ser un buen recurso financiero tanto como un vehículo de relaciones de vecindad bien delimitadas con muchos hombres. Los gays recibirían apoyo como cualquier grupo perseguido. Y si aparecía algún hombre extraordinario, algún San Francisco o Mahatma Gandhi, sería reconocido por sus merecimientos. (La verdad era que Stella no había conocido a ningún hombre así. Silvio era un buen hombre, pero también a veces un poco falso, demasiado encantador. Su fragilidad física, su aspecto andrógino, en el fondo lo acomplejaba y le gustaba ejercer la astucia masculina para conseguir sus metas femeninas. En suma, también era conquistador y depredador en la medida de lo posible. Con todo, fuera de sus antiguos clientes, a los que no pensaba volver a ver, quizá Silvio era su único amigo varón.)
Hanna opinó que su hermano pequeño ya era una especie de santo, un comentario que a Stella naturalmente le interesó, y le trajo a la cabeza algunas historias de Dostoievsky (aunque también era un poco así el personaje de novela que ella misma había ideado, el chico sodomizado). Hanna explicó que su hermano pequeño era casi tan bello como una chica, absolutamente bondadoso, y no era gay. Stella quiso conocerlo.
Lo invitaron al día siguiente, y en el encuentro estuvo Sabine y también Violeta y la otra chica de Frankfurt que había venido con ellas y con la que el día anterior había estado de copas y porros mientras Stella hacía su trío.
El chico era un rubio muy mono (aunque no de aspecto femenino) que estaba terminando el bachillerato. A Estrella le recordó un poco a aquel chico del que estuvo a punto de enamorarse en la Facultad (demasiado tarde: su fracaso en los estudios la había ahogado emocionalmente por entonces). Rodeado de mujeres jóvenes (pero todas mayores que él) el chico se comportó con timidez y modestia. Realmente, no manifestaba ninguna violencia, ninguna astucia. Su inocencia sexual no le hacía mostrar resentimiento. Se notaba que él y su hermana se adoraban, los dos tan educados y afectuosos. Hanna se había ido a vivir sola hacía poco y entonces Stella se atrevió a preguntarle al chico si envidiaba el lesbianismo de su hermana.
Él dijo que creía que sí, que le parecía más fácil la amistad entre mujeres. Claro que, qué sabía él. Quería dedicarse, naturalmente, a las ciencias, le gustaba ir en bicicleta, la naturaleza y todo eso que gusta a los buenos chicos. ¿La música? No, en la ciudad de Bach su familia no tenía tradición musical. Lástima. No contaba con muchos amigos. Los dados a las ciencias. Física y astronomía, un poco de matemáticas, pero no tanto la biología. En la sabiduría estaba la virtud, de eso no había dudas. Esperaba que su vida social mejorara en la Universidad. Y tener una novia, claro. Stella se reconoció a sí misma. Al menos, si ese chico fracasaba en los estudios tendría siempre a su hermana para apoyarle. Podría hacerse enfermero o funcionario.
Su inexperiencia y su relativa soledad, pues, no embrutecían al hermanito de Hanna. La tonta de Violeta lo animaba a salir, a divertirse, y el chico reaccionó con confusión y humildad pietista. Stella dijo que muchos jóvenes tímidos desean no serlo, envidian a los más extrovertidos. El chico dijo que no. Estaba científicamente seguro de que no. No, sí, era probable que fuese como ella decía: que habría querido ser lesbiana, como su hermana, pasarse una tarde charlando, tomando té y dulces después de haber hecho el amor en buena compañía, de una forma tan poco cruenta como suponía que era el amor físico entre mujeres.
La cosa se planteó al día siguiente, cuando Stella ya estaba dispuesta a volver a Frankfurt con sus amigas (Sabine, Violeta y la otra) sin tener muy claro aún cómo de serio había de tomarse a Hanna, que era un poco reservada. Lo hablaron mientras paseaban por una avenida poco transitada, con árboles y charcos de una lluvia anterior. La nueva amiga, en un momento, le preguntó si podía pedirle un favor, que ella podía por supuesto negarse, y que no quería ofenderla…
Resultaba que, puesto que ella era prostituta, tal vez quisiera iniciar en el sexo al hermanito. Hanna, muy blanca de piel (se parecía un poco a Martina, pero no era tan bella), se ruborizó al pedirlo. Probablemente pensó que tratar de aprovechar su condición de ex prostituta (pero ¿una prostituta no ha de serlo toda su vida, por siempre, por mucho tiempo que pase después de haber ejercido por última vez?) era una forma de insultar a su nueva amiga. Pero Stella no se ofendió. Primero le dijo que, aparte de su ex marido (Las Vegas, primavera de 1989), hacía tres años que no se acostaba con ningún hombre (no mencionó a Álvaro… pues se había limitado a dejarse penetrar una sola vez). También admitió que la verdad era que nunca le habían mandado a un jovencito para que lo iniciara. Y eso que ella, pensaba, hubiera podido ser ideal para tal cosa (pero no se dio el caso: ninguno de sus clientes le mandó jamás a su hijo, nieto o sobrino adolescente; lo de la iniciación con prostituta debía de seguir haciéndose, como en los tiempos clásicos, de hecho a ella le constaba que se hacía... pero no conoció ningún caso en su propia vagina; ninguno, por lo menos, lo admitió jamás, y ella jamás preguntó; aunque, era cierto, le dio la impresión más de una vez de que algún chico joven que llegaba era del todo inexperto... pero ella ponía tal empeño en que se sintieran cómodos, en no hacerles notar torpeza alguna que cometieran, que al final ella misma no podía juzgar un asunto que tampoco le interesaba; y por una razón fundamental: nunca le interesó sentirse superior a sus clientes, ya que la esclava era ella; por lo demás, nunca ningún hombre maduro le propuso iniciar a su hijo).
“No, no me parece una mala idea. Tú quieres a tu hermanito y, al fin y al cabo, pareces estar de acuerdo conmigo en que el sexo hay que desdramatizarlo”
Y entonces le preguntó, con una sonrisa irónica, que por qué no lo hacía ella misma.
Y Hanna tampoco se ofendió y dijo que, “efecto Westermarck” aparte (la barrera psicológica que se crea entre los jóvenes de sexo diferente que se crían juntos en la infancia, científicamente comprobada y probablemente relacionada con las feromonas), habría sido muy difícil que ella pudiera hacerlo, puesto que era virgen también, lo cual hizo sonreír de nuevo a Stella, que no se había dado cuenta antes, puesto que su nueva amiga debía de haberse perforado el himen por otros medios.
Se quedaron calladas, mirándose, y Stella dijo finalmente que se alegraba de que Hanna no le hubiera pedido que, por favor, tratara bien a su hermanito. Entonces fue Hanna la que sonrió: “te quiero, sé que eres buena”.
La ceremonia tuvo lugar al día siguiente. Por la mañana metió a Sabine, Violeta y a la otra en un tren hacia Frankfurt (ella pagó los billetes, por supuesto) y estuvo comiendo después con Hanna. La cosa iba bien. Le gustaba Hanna. Podría incluso enamorarse de ella. ¿Qué era “enamorarse” de una mujer? Se había enamorado de Martina, se había encariñado muchísimo con Genia. ¿Y, ahora, con Hanna? Las miradas se volvían un poco tontas, el corazón cosquilleaba. Qué seria era Hanna. Estudiaba ingeniería y, como tantas chicas alemanas que estudiaban lo mismo, quería dedicarse a producir energías limpias y renovables. El amor también podía ser limpio y renovable.
“Voy a llamar por teléfono”, dijo a la sobremesa, y Stella se quedó sola, allí, en Leipzig, en la primavera de 1992, dispuesta a reencontrarse con su pasado de prostituta. Hacía ocho años que había llamado por teléfono tras leer el anuncio de un burdel en Sevilla, donde ofrecían “trato familiar”. Acudió sola, arriesgándose. Ni siquiera era lesbiana y solo hacía unas pocas semanas que había mantenido sus primeras relaciones sexuales… por dinero. Ni siquiera sabía maquillarse, ni siquiera sabía caminar con tacones. Se trataba solo de suicidarse socialmente. Hubo suerte. O quizá la suerte no tuvo nada que ver. ¿Qué otra cosa podía haber hecho?, ¿y qué otra cosa podía haberle sucedido sino hacerse rica y lesbiana?
A la vuelta, Hanna dijo que el hermanito ya estaba en el apartamento de ella, esperando. Stella le dio un beso y se fue tan tranquila.
Lo encontró en bata, sentado a la cama (en aquel apartamentito de estudiante no había mucho más). El chico estaba nervioso, pero lo disimulaba con su mansedumbre habitual. No era poca cosa: el primer chico bueno con el que iba a hacer el amor por encargo de un familiar. Por otra parte, ¿no era aquel chico lo que soñaba cuando era jovencita? Un buen chico como novio, más o menos de esa edad.
“Hola, Klaus. Ahora voy un momento al baño, perdona”
No orinó (lo había hecho en el restaurante), sino que solo se quitó las botas, los pantalones y el jersey. Y las bragas, claro. Se fregoteó y perfumó por debajo y se miró en el espejito espejito. No estaba maquillada, pero así, en camiseta, con sus pechos bien señalados, seguía estando muy guapa. Con unos meses menos de los treinta años seguía siendo una chica, una muchacha. Deporte, vida sana, buena alimentación. La camiseta blanca le cubría lo justo para ocultar su pubis. Tomó el lubricante de su mochila y lo medio ocultó en su mano para llevarlo hasta la cama. No hacía falta preservativo. Ella era estéril y el chico no podía estar enfermo, de modo que bien estaba que la encharcara toda, así sería más genuino.
Tomó una actitud de enfermera, que era, por lo demás, la habitual en ella (lo que le había permitido enriquecerse). Le quitó la bata, le dio un beso en la mejilla, le habló con dulzura y lo hizo tenderse desnudo boca arriba. Tuvo una idea:
“Te voy a hacer el amor como se lo hago a tu hermana, a lo chica…” y vio que los ojos del joven se iluminaban de agradecimiento y esperanza. Chico bueno.
Él cerró los ojos y ella estuvo a punto de protestar por eso, pero se contuvo a tiempo. Aprovechó para quitarse la camiseta. Se sentó sobre él y comenzó a besarlo y a buscarle los rinconcitos tiernos. Olía a baño. Esos jabones ecológicos, tan poco resultones, que usaban los estudiantes alemanes. Bien, bien. Fácil.
No había que complicarse. Con los muslos iba vigilando cómo andaba el pene del chico. Le dio un buen besazo en la boca, le lameteó los pezones (a lo chica…). Ya estaba listo.
Se untó bien de lubricante.
“Ahora, estate quieto. Ya lo hago todo yo. Es muy fácil”
Y, con la mano, se introdujo suavemente aquella cosita caliente. No era muy grande (aunque tampoco pequeña). Entró fácilmente… y como también ella podía disfrutar un poco de aquella ocupación tan cálida y cremosa comenzó a moverse, a bailar con sus caderas. Le gustaba, le gustaba… Bien, bien, bien…
El chico gemía y transpiraba. Chico bueno. Bien, bien, bien… El gemido se hizo más irregular y sonoro, casi como un chirrido. Un momento, había algo…
“¡Mierda!” dijo en español y se sacó al chico de dentro tratando de no empeorar las cosas. Sangre. Qué asco. Sangre. Pues claro, so tonta…
“Cariño, no te muevas, voy a ver si…”
Estaba tan nerviosa que no encontró ni desinfectante, ni nada. Utilizó papel higiénico y toallas para secar la sangre. ¿Cómo se decía “frenillo” en alemán? ¡Mierda!, ¡tonta!, ¡tonta… ¡ ¿cómo no lo pensó? Un chico tan bueno… Y ese susto…
Pero era poca cosa, solo el enchastre, las sábanas, las toallas… Nada que no se arreglara con unos marcos para que compraran ropa de cama nueva. La sangre dejó de salir. Se tranquilizaron: no habría que ir a Urgencias.
“Me ha asustado más que tú, mi vida… Nunca me había pasado…”
El chico parecía avergonzado. Él sí había pensado en esa posibilidad. Quizá tenía que haber ido al médico antes…
Stella no tenía mucha idea de tales arreglos masculinos, muy rara vez le había pasado algo parecido y el tipo entonces se hacía cargo sin problemas (pero en el dormitorio tenía un pequeño botiquín). Era cosa de nada, por lo visto.
“Vamos a cambiar las sábanas”, dijo él.
“Nada de eso, quédate acostado un rato”. (Haciendo de prostituta, adoptaba automáticamente el rol de sirvienta).
Ella hizo té. Se limpió ella, se puso un poco de ropa (de Hanna). Hablaron de cosas. Se hicieron amigos, algo muy fácil entre personas amables y benevolentes.
Y entonces le dijo:
“Prométeme que nunca te portarás mal con las chicas. Que serás un buen marido”.
“Bueno, primero necesitaré una novia…”
“Bah, eso sale solo, en los estudios…”
El chico le dijo que ojalá ella y su hermana pudieran crear ese mundo nuevo con el que soñaban. Un mundo de mujeres. En ese mundo, él se sentiría protegido.
No quiso dormir allí, esperaron a que regresara Hanna, la explicaron cómo había ido todo, se besaron y se largó. Durmió en un hotel de carretera en Alemania del Este, “entre comunistas”. Solo aquella noche se le ocurrió que era la primera vez que hacía el amor con un hombre gratis. Sin contar las tres violaciones, claro está… Lo de Álvaro no debía contarse como "gratis": se había limitado a gratificar a alguien que trabajaba para ella.
Después, dejó pasar un par de días antes de volver a Frankfurt. Estuvo en Berlín, hizo un par de visitas (nada de sexo) y fue sola de museos. Vio a Nefertiti. Varios turistas flirtearon con ella, pero ella prefirió acercarse a una muchachita australiana que visitaba el museo con sus padres. Qué bonita. Soy profesora de inglés, les explicó. Al final, comieron juntos y hablaron de la Antigüedad. Ellos, australianos, se sentían muy impresionados por la edad de la humanidad. Le hablaron de Gordon Childe. Stella no sabía quién era. Se propuso leer un poco más de esas cosas. Tanto feminismo, tanto feminismo… Le faltaba un punto de antropología general… Solo había leído a Margaret Mead y a Ruth Benedict porque se había enterado de que estuvieron enrolladas.
Cuando volvió a Frankfurt encontró todo más o menos normal. Había noticias de España, el paquetito que le enviaba su hermana con más cartas (las que le recogía en su apartado de correos de Vélez-Málaga). Estuvo entretenida. Más tarde se enteró de que Violeta, en el tren de vuelta desde Leipzig, había conocido a un chico español muy simpático y que ahora tenía novio nuevo.
Llegaba el verano y ya iba siendo hora de volver a “Villa Orchard”. Pero regresaría a Frankfurt, se había sentido a gusto en la ciudad, tenía amigos allí, y Alemania le interesaba. También estaba Hanna. Aún no estaba decidida con respecto a ella. ¿Sería su primera discípula? Y estaba la señora inglesa…
Paró en Zurich, donde Martina estaba haciendo ya sus primeras prácticas como profesional dentista. Pasaron un par de días paseando. Le presentó a sus amigos, la mayoría relacionados con círculos cristianos de trabajo social. Todo aquello le pareció un poco tonto. Comprobó, por cierto, que su alemán seguía estando lejos de ser tan bueno como su inglés. Quizá como su francés. Martina le pareció más ajena. Seguía siendo, eso sí, bellísima, pero desconfiada. Tenía novio, pero justo por entonces no estaba por allí, o ella lo había alejado.
“Mi amiga Stella, de España. Es profesora de inglés”.
Hablaron de naturaleza, de temas sociales. Un poco de horticultura. Stella había aprendido algo de sus tíos y era un tema agradable. Pero se aburrió pronto y los dejó de forma repentina. Le daba la impresión de que Martina se estaba echando a perder.
Volvió a casa, recorriendo de nuevo en coche los dos mil kilómetros: quinientos por la mañana y quinientos por la tarde, dos días.
Tres años después de haber sido plantados, bien regados, labrados y abonados, los arbolitos frutales ya empezaban a dar sombra, e incluso algo de fruto…
Pasó un buen verano. Vinieron Hanna y su hermano, y también Silvio, su esposa y el bebé. Venía gente. Los veranos en Villa Orchard eran animados. La gente se bañaba en la piscina, tomaba el sol en la terraza, se comían las hortalizas y no molestaban a su madre. También venían los hijos y nietos de los tíos. Mucha animación. Lo que había construido ella. Esta vez no se hizo a un lado para que viniera su hermano con los sobrinos. Esta vez no. Y resultó que convivieron una semana de agosto. A Estrella le gustó su sobrina, que ya tenía doce años, pero la tiparraca de su cuñada hizo lo indecible para que no se quedaran nunca a solas. El sobrino mayor, de dieciséis, que era un inútil, parecía asustado en su presencia.
Permaneció algunas semanas más en “Villa Orchard”. No se apresuró a viajar. Volvió a tratar a las dispersas y casi amorfas lesbianas de Malaga. Solo recibió una “visita sexy”. En todo lo demás, hizo vida familiar, porque ella tenía una familia: tenía una madre, una hermana, una tía.
Fue en aquel otoño, de regreso a Frankfurt, cuando conoció a Frida, una chica alemana muy dulce, no especialmente guapa, que tocaba música rock y a la que le gustaba la droga un poco de más. Pero era una delicia y vivía en un apartamento con muchos gatos. Stella se la llevó a Inglaterra, y volvió a ver a Ann, su “discípula”, junto con Hanna. Frida no hablaba inglés, así que se ponía a escuchar música rock con unos auriculares. Encontró algo maravilloso en Ann, porque para ella, la filosofía de Stella era como una fantasía acerca de la que disfrutaba al leer, pero probablemente no quería dejar su vida hogareña, más bien solitaria y provinciana. Al menos, aceptaba la fantasía. En aquel momento no se dio cuenta de que Ann no era feliz.
A finales de aquel año dejó Alemania por fin, con ciertas esperanzas. Pensó que iba a escribir su libro. Lo compondría en la primavera, y en el verano volvería a viajar, especialmente a Norteamérica. Sería un viaje más pensado, porque su estancia en Alemania había sido solo vaguear. Acostarse con chicas, aprender el idioma alemán, que en realidad tampoco era tan útil, y... Bueno, la amistad de Hanna presentía que iba a ser duradera.
Habló por teléfono con el editor, al que acababa de enviarle un plan para el libro. El tipo parecía medianamente interesado. Era mejor, desde luego, la oferta de Barcelona. Le explicó que iría a Norteamérica a reunir un poco más de información, y a traerse de allí unas cuantas publicaciones.
miércoles, 16 de julio de 2014
Capítulo 6. Escribir algo, ser algo.
Solo le quedó regresar a España. Descubrió que estaba ansiosa por regresar, que se sentía extranjera y sola. Se detuvo en Zürich a ver a Martina, tratando, al menos, de quedar como amigas, pero la suiza se mostraba desconfiada y poco cálida, aunque sus ojos seguían siendo tan bonitos como siempre. Condujo dos mil kilómetros de vuelta parando lo mínimo (hizo dos noches en la carretera) y cuando llegó a casa, los árboles ya estaban plantados. Fue entonces cuando el horticultor le confirmó que no existía en español una palabra equivalente a “Orchard” en inglés.
Tenía muchas ganas de ver cuánto habían avanzado las obras en dos meses. Y todo tenía muy buen aspecto. También tenía muchas ganas de que los obreros se largaran. Demasiado ladrillo, demasiado ruido, cuando se trataba de crear un vergel.
Aquellas Navidades de 1989 fueron felices, aunque encontraba alguna dificultad en disfrutar de ello. Ya estaban en la nueva casa, en la que quedaban todavía muchas obras por finalizar. Los árboles ya habían comenzado su hermosa carrera para acercarse al sol, el huerto quedó sembrado y el recinto cerrado con un muro. En un par de meses más, los tíos se mudarían a la casa de al lado que estaba a punto de hacerse habitable también. Para el verano, tendrían piscina, instalación de paneles solares, un invernadero y todos los detalles a punto. Claro está que durante el verano ella habría de quitarse de en medio para que su madre pudiera recibir la visita de su hijo y nietos. Esta humillación no la molestaba cuando, fuera del verano, ella era dueña y señora, y todo tenía sentido. En la casa.
La madre era feliz. Había perdido casi veinte kilos y mejorado su movilidad, a los sesenta y cuatro años. Le encantaba el huerto, la casa en el campo, la vecindad de su cuñada y tener a sus hijas contentas. La hermana hablaba de hacer excursiones por las sierras próximas que tenían tan a la vista, le gustaban las tareas hortícolas y estaba desarrollando la afición a coleccionar plantas y otras cosas. Le gustaba ahora coger su coche y ver a sus numerosas amigas de la asociación naturalista, y chismorrear. Su asexualidad seguía siendo segura, tal como es propio de una mujer sin atractivo.
Estrella contaba con todo el segundo piso de la casa (cuatro dormitorios y dos baños) más una terraza donde esperaba tomar el sol desnuda y broncearse el año siguiente. Pensaba dedicarse seriamente a escribir. Recibiría amigas de vez en cuando, sin escandalizar a su madre (solo traería a chicas buenas, conocidas), y seguiría leyendo. Estaba escribiendo a la vez dos novelas, la que trataba de la utopía feminista, que estaba ambientando en Estados Unidos (tendría que volver a viajar por allí), y la novela social sobre el chico sodomizado, que había titulado “Los amados extranjeros”. Y, sobre todo, comenzaba a escribir su ensayo filosófico feminista-lésbico. Poco a poco, la teoría se iba formando.
Entendía que sus teorías estaban relacionadas con sus vivencias personales, y eso le parecía perfectamente lógico, pues el mismo doctor Freud había desarrollado las suyas mediante el mismo proceso. Sin duda el avance social se relacionaba con la liberación femenina, pero no como una consecuencia directa, sino como subproducto. El cristianismo era una religión que había dado lugar a una relativa liberación de las mujeres, dado que antes ellas eran esclavas que se compraban y vendían, y con el cristianismo pasaban a tener alma y a ser dignas del amor de Dios. Ahora, en la sociedad democrática, las mujeres eran legalmente iguales a los hombres. Entendía Estrella que el lesbianismo era un paso más en esa igualdad (el feminismo es la teoría, el lesbianismo es la práctica).
Antes, a las mujeres se les dejaba lo peor: ser esclavas, ser sirvientas, ser esposas y madres, no podían trabajar, no podían vivir solas, no podían estudiar… y si querían sexo y amor, tenían que conformarse también con lo peor de todo: los hombres. Igual que la familia nuclear iba a desaparecer, también iba a desaparecer la relación amorosa hombre-mujer. Realmente ella no necesitaba a los hombres. Sus vagos deseos amorosos de adolescencia acerca de encontrar a un “príncipe azul” se habían evaporado, y ahora, cuando se tropezaba con un hombre con buen aspecto, culto, educado e interesado en ella, solo se sentía vagamente halagada, pero nada deseosa: se había “limpiado” por completo de heterosexualidad y si pensaba en ello sentía casi euforia, un poco como se sentía cuando pensaba en su dinero y sus propiedades (¡que liberación!). Y ya se había dado cuenta de que las lesbianas con “problemas de identidad sexual” no tenían mucho que ver con ella. Patri y Elena, por ejemplo.
Solo por haberse convertido en lesbiana, ya valía la pena haber sido prostituta. De haber seguido siendo una estudiante buena chica nunca habría dado aquel paso. O lo habría hecho con más de treinta años, como tantas otras...
Y en contraste con esto, en la última carta, Martina le confesaba que ahora se había echado novio (probablemente ya lo tenía cuando se encontraron en Zürich, pero no se lo dijo entonces). A Estrella no le sorprendió: comenzaba a decepcionarse con Martina, tenía reacciones de humor un tanto incoherentes, al estilo de la pobre e inculta Violeta, y no era sincera con ella, que siempre lo había sido. Sospechaba que se trataba de algo habitual en las mujeres, siempre intimidadas por el entorno que les exige contrariar sus verdaderos deseos. Además, Martina creía en Dios, formaba parte de asociaciones cristianas, y no aceptaba la religiosidad atea y filosófica de Estrella. Y no quería ser lesbiana, le interesaba el feminismo, pero un feminismo “en busca de la pareja ideal”. Un feminismo falso. Eso sí, sus estudios como dentista eran todo un acierto y más adelante podría darles un contenido social.
En aquel año que empezaba Estrella fue dándose cuenta de que, aunque su solvencia económica estaba asegurada, su futuro era incierto tanto en lo afectivo como en lo social. No gustaba en los ambientes lésbicos. Atraía sexualmente, pero era demasiado diferente a las demás. Para su sorpresa, su ideología no había logrado interesar a nadie. Irène seguía siendo hostil, aunque le daba la impresión de que ya respetaba su intelecto. Y lo que había visto en Norteamérica (en San Francisco) le parecía una chifladura. Por eso necesitaba clarificarlo todo por escrito.
En cuanto a su talento como escritora, había probado en algunos concursos de cuentos sin conseguir el menor resultado. Le habría venido bien un poco de guía y consejo a ese respecto. Había quienes daban cursos en España, pero sospechaba que se trataba de estafadores. Quizá debería volver a viajar a Estados Unidos para asistir a un curso de escritura, que allí los había buenos. Quizá cuando tuviera más claro qué quería escribir. Desde luego, cualquier cosa al respecto debía hacerla en lengua inglesa. España era solo el país de su madre, la casa de su madre. Viviendo en la costa del Mediterráneo, ella se consideraba una ociosa expatriada angloparlante, como tantas y tantos. Y contaba con el transporte aéreo para ir adonde hiciera falta cuando le apeteciera.
Estrella tenía que resolver lo de su vida sexual. Tenía tantas oportunidades que se sentía frustrada de no sacarles más partido. No le gustaban las drogas, ni las juergas. Lo que le gustaba era el sexo. De pareja, de trío, de más gente. Consideraba que el sexo podía ser una magnífica forma de crear vínculos afectivos, obtener satisfacción física plena y vivir aventuras nada arriesgadas. Pero no había logrado participar en ninguna orgía lésbica aún, tal como soñaba. Había estado con dos o tres chicas, empezando por las dos suecas de 1985 (las primeras vacaciones de su vida), pero no de la forma cálida, íntima y golosa con la que soñaba. Chicas como Heike, Violeta e incluso Martina podían ser amantes magníficas, muy femeninas y sensuales, pero eso no se compartía, se vivía en pareja y con demasiado dramatismo para su gusto. Y las mejores amantes luego resultaban ser las más reticentes al principio.
Sus anuncios personales habían tenido el efecto de que a veces le escribieran o hasta le llamaran por teléfono mujeres a las que no conocía en absoluto pero que habían tenido noticia de ella de alguna forma indirecta, no por haber leído sus anuncios personales. Por lo visto, las lesbianas de Londres o París se pasaban sus datos. Eso no le parecía mal a Estrella, pero exigía tomar ciertas precauciones.
En febrero del 90 fue cuando compró el apartamento baratucho en la próxima barriada costera de Torre del Mar para recibir a una de estas desconocidas y así no imponérsela a su madre. Tuvo que soportar el fastidio de supervisar la obra de reforma, pero creó un habitáculo pintado de blanco, con algunos espejos grandes, un baño muy completo, aire acondicionado. Metió dentro edredones, almohadones, peluches, adornos propios del dormitorio de una niña. Hacía efecto cuando introducía en el apartamento a una invitada. Fue una buena precaución, porque una de las primeras que vino por esas fechas resultó un desastre y al final incluso tuvo que echarla. Habría sido un horror llevarla a casa y demasiado incómodo buscarle un hotel.
Casi cada mes recibía a una mujer desconocida o casi desconocida, obteniendo resultados variables. Con las lesbianas de Málaga, por otra parte, seguía sin tener éxito pero no podía renunciar a ellas. Todas eran del tipo más bien masculino, por mucho que buscaran disimularlo, o bien eran penosamente feas, tontas y tristes, el tipo de pobre mujer que acepta una relación con otra mujer porque esta finge hacer de hombre. Todo era de un nivel muy bajo en cuanto a lo afectivo. Y lo peor era que a ellas les interesaba su dinero e incluso tirársela, y por eso se mostraban hipócritas y falsas, y a veces lograban engañarla. Era peor incluso que cuando buscó mujeres en Madrid, mientras aún era prostituta.
Su primer contacto con ellas fue en la primavera del 88, cuando aún vivía en Torremolinos. En Madrid consiguió la dirección de un grupo gay de Málaga y uno de estos gais, un pintor, la puso en contacto con dos amigas lesbianas de la ciudad. Quedaron a tomar un café en la Plaza de la Merced.
Si las comparaba con las mujeres que había conocido por entonces en Paris (fue poco después de conocer a Irene) o incluso en Madrid, aquellas chicas resultaban personas de muy pobre aspecto. Eso no la sorprendió, pero por lo visto no lo supo disimular lo suficiente. Las chicas le explicaron que estaban intentando empezar a asociarse, siempre un poco llevadas de la mano por el mucho más poderoso movimiento gay masculino.
Estrella se divirtió un poco fascinándolas con su belleza, su dinero y su conocimiento del mundo exterior. Pero con eso también se ganó su resentimiento. Siguieron en contacto y más adelante, muy poco a poco, llegaría a hacer alguna cosa gracias a ellas. La pequeña comunidad lésbica creció y si bien "la millonaria” (o "la puta") nunca dejó de despertar antipatías, era muy conocida por todas y solían llamarla y solicitarla. Incluso hubo algo de sexo porque a Stella el placer le gustaba mucho y le convenía tener a alguna mujer complaciente a mano, cerca de casa, así que durante aquellos años, de forma intermitente, tuvo relaciones con mujeres de Málaga. Las más asiduas, que duraron varios años con contactos esporádicos y más o menos vergonzantes, fueron Merche y Victoria. Con las dos hubo malos momentos, placer suficiente y valiosas enseñanzas acerca de la condición social de las mujeres que no son ni muy bellas, ni muy inteligentes, ni muy bienintencionadas. Sin embargo, no sucedió nada en especial vergonzoso. Las vio durante algún tiempo, se acostó con ellas en ocasiones. Eran de Málaga, de su tierra. Le hicieron ver lo que le hubiera podido esperar en la vida si no hubiese reunido dinero suficiente para organizarse en un mundo más amplio, más extenso y poblado.
En “Villa Orchard” recibía a sus buenas amigas. Las de Madrid, como Patricia o Toñi (que vino con su novio), una pareja de alemanas tímidas y educadas (con las que no tuvo relación sexual), y una semana que las visitó Silvio y su esposa alemana (pero no Violeta, que estaba teniendo un romance un poco conflictivo con un hombre casado). Por cierto, que ella se dio cuenta de que Violeta les había contado ya lo de sus comienzos como prostituta de burdel. Normalmente, Estrella evitaba contar la historia completa. A lo más, contaba lo del ex marido millonario... aunque al final, siempre acababa hablando de más, y el odio y desprecio de las feministas por las prostitutas (a las que consideraban “esclavas”) era algo que iba siempre en contra de sus intereses. Irene no era una excepción. Si discutían, ella siempre tenía a punto el epíteto despectivo. El estigma persistiría siempre.
Violeta había contado algo más: Silvio, un poco molesto, le comentó que su hermana se había quejado de que en Amsterdam quedaron mal porque la lesbiana española... había intentado poco menos que violarla cuando tomaron una habitación para dos en el hotel. ¡La muy embustera! Estrella, indignada, le explicó a Silvio que las dos ya se habían enrollado muy apasionadamente en Frankfurt, y que su hermanita ya había tenido rollos lésbicos en Argentina. Lo de Amsterdam fue un cambio repentino, probablemente relacionado con que le había dado vergüenza quedar públicamente como lesbiana ante el personal del hotel...
Durante la primavera y el principio del verano del 90 hizo bastantes excursiones con la asociación de amigos de la naturaleza de su hermana. Ambas hermanas, la madre y la tía Reme formaban un entorno femenino que le parecía pobre y poco lucido, como de sirvientas, pero cómodo en lo doméstico y no desprovisto de humilde encanto. En cambio, a Estrella le sorprendió el buen nivel social de los miembros de la asociación de amigos de la naturaleza. Entre ellos había personas mayores, de alto estatus. Tenían de bueno que no les sorprendía el dinero, porque casi todos lo tenían. Subían montes, plantaban árboles, coleccionaban plantas y fotografiaban pájaros. También se sumaban algunos guiris, de modo que Estrella hablaba inglés y francés, y mejoraba su alemán.
A mediados de julio, Estrella dejó el campo libre a su hermano y los nietos. Tomó su automóvil e hizo una visita a Madrid de un par de semanas, donde encontró pocas novedades: solo la amistad de Patricia y Toñi, tan simpáticas siempre. Con ellas recordaba, casi con nostalgia, sus tres años “de trabajo”, en sus diversos momentos. Formaron un buen grupo porque eran personas buenas, el trabajo era cómodo (para sus asistentas, porque lo que pasaba en el dormitorio exigía a Estrella poner bastante dedicación) y el dinero fluía. Estrella no era una persona con autoridad como para formar un equipo, pero sus prácticas obscenas eran la fuente de riqueza y todo dependía de ella hasta el punto de que en cualquier momento podía llevarse su valioso cuerpo a otra ciudad (Barcelona, o más lejos) y acabar con todo para perjuicio de todas. Por eso ni Patricia ni Toñi, que eran mujeres con más personalidad, se atrevían a imponérsele: a la más mínima el pájaro precioso podía volar. Y por eso, y porque eran buenas personas, siempre se llevaron bien y siempre fueron amigas. En cambio, cuando buscó mujeres para su placer, obtuvo pobres resultados. Y no fue fácil compaginarlo con su "trabajo". Conoció a unas cuantas (a tres), pero, escarmentada por su fracaso con Paula, interrumpió aquellas relaciones, no muy perfectas, por prevención. No volvió a saber de ellas.
Después se pasó todo el mes de agosto en Paris con una escapada a Londres de una semana. Era una época en que parisinos y londinenses iban y venían de sus vacaciones al tiempo que las dos ciudades estaban llenas de turistas de todas partes. Estuvo a punto de viajar a Europa del Este, a celebrar la caída del muro, pero prefirió dejarlo para otro momento. Mantuvo unas cuantas relaciones sexuales (dos) y conoció mucha gente. Demasiada gente. Si se iban a un bar o a una discoteca, se aburría enseguida, se sentía sola y confusa (ya era capaz de detectar y admitir la existencia de cierta "escasez de habilidades sociales" en su contradictoria personalidad). Si se iba a la casa de alguien, tampoco alcanzaba la intimidad que ambicionaba. Pero aprender, aprendió. Aprendió más. Oyó opiniones y se obligó a sí misma a tomar notas. Solo le gustó una chica francesa, una estudiante, pero ésta tenía mucho éxito y siempre mantuvo cierta distancia, haciendo ver que no buscaba compromisos. Vivió con ella casi una semana en un apartamento compartido. Después la estudiante se fue a los Alpes y no le pidió que la acompañara.
A veces le gustaba vivir en los hoteles. Nunca reservaba por mucho tiempo porque era habitual que la invitaran a casas y camas inesperadas, pero los hoteles le daban seguridad, en ellos se sentía cuidada por la profesional dedicación de la servidumbre. Algo que solo podía obtenerse con dinero. Allá donde iba, el dinero siempre le hacía compañía. Un hotel, un taxi, un libro, un regalo. Para ser una mujer rica, tenía poca ropa, y la que tenía, casi nunca la escogía ella, sino las dependientas de los grandes almacenes. Le gustaba coquetear con las dependientas. Eso también hacía compañía.
El mes de agosto se acercó a su fin, y su hermano volvió a su casa, dejándole “Villa Orchard” a la legítima propietaria. Por esta época él tenía aspiraciones de grandes negocios. Se haría rico también, pero como un trabajador honorable, un hombre de familia, nada como lo que había hecho su hermana, la prostituta. El mutuo desprecio entre ambos se agigantaba, sobre todo a medida que los sobrinos (los nietos de su madre) se iban haciendo mayores. Prácticamente tenían prohibido hablar acerca de su misteriosa tía, aunque lo pasaban muy bien en la piscina y jugando en el amplio jardín.
En septiembre le llegó una chica inglesa que acababa de terminar sus estudios de literatura. Le sorprendió su inteligencia. Quería también ser escritora y enseguida Estrella comprendió que aquella sí que podía llegar a tener éxito. Estaba muy interesada en temas históricos, en el lesbianismo durante la época grecorromana y cosas por el estilo. Dada su inteligencia y su cultura, el sexo resultaba satisfactorio, aunque no era mi muy bonita ni muy femenina. Se llamaba Laurie.
Estrella mandó su novela utópica a un premio literario al final del verano y después se decidió a dar una nueva vuelta al mundo, ya con el otoño avanzado, lo que le parecía a ella más romántico, más evocador. Contaba con direcciones de mujeres con las que llevaba carteándose desde hacía tres años, a las que no había conocido aún, pero a las que había enviado sus sugerentes fotos, que siempre despertaban interés.
A Londres fue a encontrarse con Laurie. Lo pasó muy bien. Laurie compartía piso con otras dos chicas lesbis. Era un ambiente muy británico: bebían té, contaban con un sentido del humor agudo y eran cultas. Allí no hizo sexo, porque Laurie estaba ahora comprometida. Quizá lo más interesante fue al final de todo, cuando conoció en una pequeña ciudad a la que habían ido de visita a una lesbiana que se interesó sinceramente por la teoría de Stella. Era una cuarentona que había estado casada muchos años, con dos hijos, interesada en la religión. Había perdido su fe cristiana al tiempo que la heterosexualidad. Se llamaba Ann. Quedaron en contacto. Era la primera vez.
Pegó un salto a Copenhague, donde no vivió nada especial. Después visitó la Rusia de la perestroika. En Moscú ya hacía mucho frío y la ciudad era sorprendentemente cara, pero le sorprendió la facilidad con la que las chicas rusas, que apenas hablaban un poco de inglés, se metían en su cama. Parecían abiertas a cualquier oferta, a cualquier experiencia. Eran increíblemente dóciles. Estuvo un mes en Moscú. Allí conoció a Guenia y a Lara, dos estudiantes pobres. Una de ellas se había prostituido una vez con extranjeros. Las conoció por separado y luego las emparejó. A Stella se le ocurrió que podía llevarse a una (o a las dos) a España, para que ayudaran en la casa como sirvientas. Allí tenían que pagar de vez en cuando para hacer la limpieza (aparte de pagar a la tía Reme y al tío Eusebio para que cuidaran la finca y los huertos) pero a Estrella no le gustaban las mujeres que venían a hacer esas tareas, eran chismosas, vulgares y mal encaradas. La hermana, por su parte, hacía muy poco (aunque le gustaba cultivar verduras en el huerto) y la madre, aunque tenía a su cuñada, a veces necesitaba también ayuda. Las dos rusas podían no costar mucho, y parecían buenas. Por lo demás, Moscú era una ciudad peligrosa para una mujer sola, y la mayor parte del tiempo lo pasó en el hotel. Aunque se había comprado un abrigo muy calentito (no de pieles).
Después voló a Japón: llevaba tiempo queriendo conocer el Lejano Oriente. Las lesbianas japonesas le sorprendieron por su desapego por el sexo. No eran realmente lesbianas. No les gustaba el contacto físico, lo que les gustaba era el coqueteo, el jugar a ser niñas. También encontró lesbianas comunistas, de un stalinismo rabioso. De todas formas, solo fueron diez días. Demasiado poco tiempo en un país demasiado extraño poblado de mujeres muy reservadas.
A primeros de diciembre, California otra vez -San Francisco. Reencontró a una chica muy culta que había conocido en 1988 -en aquella breve visita-, y ahora se sintió intelectualmente preparada para confrontarla, pero eso no llevó a nada. También tuvo un rollo con una bisexual muy sexy. Fue una cosa surgida de forma espontánea, en la calle. Por su timidez, tenía pocas experiencias de ese tipo. Oía contar de ese tipo de historias y, como era guapa y graciosa, muchas mujeres le sonreían y se mostraban amigables… sin estar nunca segura de si podía añadir un roce, una insinuación. Sus años de prostituta la habían acostumbrado a ser muy explícita, a ofrecer sus dones de forma inmediata. El mundo del flirteo se le escapaba y le desagradaba un poco. De todas formas, como solía suceder, las mujeres que se lanzaban a una “primera experiencia” y después cortaban toda relación, como asustadas, eran las mejores amantes, las más íntimas, femeninas e intensas.
Llegó a Málaga a tiempo para la Navidad. Había dado la vuelta al mundo: Europa Occidental, Rusia, Japón, California… Se dijo a sí misma que estaba bien hacer algo así una vez en la vida, pero que en conjunto no suponía más que una extravagancia excesiva. Aunque tampoco era su primera vuelta al mundo. Cuando el año anterior se reunió con Marcus en Filipinas también viajó de oeste a este, pero aquello fue un asunto de negocios, no de placer.
Si quería escribir libros, le convenía viajar, por mucho que a veces viajaba demasiado deprisa, un poco como leía los libros, demasiado deprisa.
Por supuesto, no ganó el certamen de novela, pero su ensayo ya estaba casi listo. O quizá no lo estaba. Pero sí parecía haber llegado al límite para escribirlo.
El cansancio de su viaje le duró unos cuantos meses. La vida en “Villa Orchard” siguió apacible y la madre opinó que ya se le había acabado la época de las tonterías y le convenía asentarse. No dijo en qué consistiría ese cambio, aparte de que ya no iba a viajar tanto. En realidad, la madre no podía imaginarse nada concreto a ese respecto. Solo que la casa estaba más en orden, más organizada, cuando la dueña de todo regresaba de sus aventuras. Charlaban juntas, con la tía. Paseaban por los huertos y trabajaban en ellos. La piscina estaba adaptada para que la madre disfrutara del agua tibia, que aliviaba sus problemas de movilidad; era bonito estar con ella en el agua. A veces salían con el coche. Una buena vida para una anciana que disfrutaba de paz y tranquilidad, de confort, por primera vez en su penosa vida. Pero para alguien como Estrella, naturalmente, ese confort se limitaba a tomarse su tiempo para planear el paso futuro. Iba a cumplir treinta años y por eso el futuro no podía esperar. Le gustaría tener una novia, un amor siempre a mano, pero sin cerrarse a conocer más gente.
En febrero hizo la prueba de hacer venir a una de las chicas rusas, como turista, lo que exigió ciertos papeleos. Resultó muy placentero. La chica era dulce. Solo quería ser amada y trabajar, así que Guenia se quedó. Tenía veintidós años, había intentado compaginar diversos empleos con unos estudios que tampoco le habían ido muy bien y no manifestaba deseo alguno fuera de la paz, el placer y los mimos que su ama le ofrecía. Llevó tiempo hacerle los papeles de residencia, y más tiempo aún que aprendiera algo de español.
Guenia dio a Estrella una estabilidad sexual. La acostaba con ella y una vez la hizo participar en un juego erótico con una chica alemana que vino de visita, cosa que no la molestó. Aparte del sexo, Guenia solo se divertía en la piscina y montando en bicicleta. Aunque era de ciudad, le gustaba el campo, y parecía no tener grandes deseos de nada. Con la hermana, la madre y la tía se llevaba bien.
En su momento (demasiado tarde), Estrella descubriría que la humilde inmigrante hubiera preferido casarse con un hombre y ser ama de casa, madre de sus hijos, pero carecía de astucia y en general siempre había confiado en que la inocencia le proporcionara protectores. Su lesbianismo se debía a que la compañía de mujeres la atemorizaba menos que la de los hombres. Hubiera sido también una buena prostituta.
“Pero esta chica, ¿cuánto se va a quedar?”, preguntó la madre.
“Le pagaremos un sueldo, se encargará de la casa”
A la madre no le gustó eso. Era como tener una esclava. Limpiaba, cocinaba y se acostaba con su hija. Sexualmente era perfecta porque seguía las instrucciones de Estrella con docilidad y aplicación, alcanzando ambas un gran placer todos los días. Le gustaban mucho las complicadas penetraciones que Estrella organizaba con sus consoladores. De hecho, nunca se había sentido tan libre para hacer experimentos sexuales como con Guenia: calor, movimiento, intensidad… Lograba dar tanto placer a la chica que ésta tenía que morder la sábana para no alarmar con sus gritos a la madre y hermana que estaban en el piso de abajo. Pero Estrella no era un marido, ni siquiera era fiel.
Al llegar el siguiente verano, Estrella se aprestó a un nuevo viaje. Esta vez los nietos vendrían en julio, así que Estrella lo arregló para ese mes. El problema era llevarse a Guenia. Vagamente había planeado un viaje por España. Habría una especie de festival gay en Cataluña al que las chicas también podían acudir, como siempre ocupando el pequeño espacio que se les concediera (por lo visto, si venían chicas, también venían más periodistas y todo ayudaba a difundir la causa...). Coincidió con que Patri y Elena estaban de celebración porque Patri había aprobado sus oposiciones a profesora de educación física (se había financiado los estudios gracias a lo que había ganado con Estrella). Propuso que fuesen las tres a Cataluña y luego ya verían.
¿Y qué hacía con Guenia? Se le ocurrió que la chica rusa llevaba ya tres meses en España, demasiado apegada a ella, y que le vendría bien quedarse sola, con la madre y la hermana. Le dio la impresión de que eso a ella no la molestaba. Por entonces pensaba que Guenia solucionaría su futuro cuando aprendiera mejor el idioma, en el que no hacía demasiados progresos. Una vez alcanzado ese punto, podría ponerla a estudiar o a aprender una profesión provechosa. Era tan dócil que Estrella contaba con hacerse cargo de su vida sin ninguna complicación. Tendría una “protegida”. Ese tipo de fantasías decimonónicas también le gustaban.
Así fue como, aprovechando la ausencia de la propietaria, uno de los primos de Estrella, un hijo de Eusebio que vino a pasar las vacaciones desde Alemania y que acababa de divorciarse, se encaprichó de ella. Y lo tuvo fácil.
Nunca se le hubiera ocurrido. Hasta que, en una llamada a casa, su madre, bastante incómoda, le comunicó la sorprendente novedad de la fuga de Guenia.
Hasta ese momento, aquel verano había sido bastante bueno. Se divirtieron mucho en el viaje por carretera a la costa catalana (tan diferente al que hizo con Paula, en autobús, las dos pobres putas, en el verano de 1983...), comieron mucho, rieron mucho, llevaron autoestopistas y se sintieron las mejores amigas. En el festival gay encontraron pocas chicas. Se enrolló un poco con una, pero le pareció vulgar. Patri propuso largarse de allí e ir a San Sebastián, cruzando media España, a otra celebración por el estilo. A las afueras de Barcelona encontraron a una autoestopista con mochila (no prostituta de carretera, por tanto). Se llamaba Carmen, no estaba mal y parecía buena chica. Resultó que vivía en una especie de comuna rural cerca de un pantano en el campo del norte de Aragón. Como a Estrella le gustaban el campo y la agricultura la llevaron hasta allí. El lugar era estupendo, muy aislado, rodeado de bosques, en plena naturaleza. El jefe del grupo era un machote hippy llamado Jose, pero su pareja, una mujercita fea y graciosa llamada Piti, les pareció encantadora a todas, una versión contracultural de la tía Reme. Al final se quedaron allí un mes. Fue muy divertido: todo el rato en pelota, trabajando en el campo, haciendo excursiones, bañándose en el pantano y conociendo gente extravagante que iba y venía. El dinero de Estrella, naturalmente, fue muy bien recibido.
Pero acabó mal cuando fueron a un pueblo próximo a hacer compras y llamó a casa y se enteró de lo de Guenia. Trató de disimular el daño que sentía por su abandono. Y más aún porque se dio cuenta de que la rusita probablemente se había sentido a su vez abandonada cuando su ama pensó que le había otorgado libertad. Se fue a Alemania con el primo, el cual se casó con ella para ser más tarde también abandonado. No volvió a verla, Guenia nunca quiso volver por Villa Orchard.
De regreso en casa, sin Guenia, se sintió un poco sola. Había sido como perder a una especie de animal doméstico. Sobre todo porque apenas podían comunicarse verbalmente (y porque a Guenia tampoco parecía gustarle mucho hablar, aunque fuese en su propia idioma). Necesitó un par de días tras el regreso, sola en su gran apartamento privado encima de la casa de su madre, para darse cuenta de la gravedad del error que había cometido. Guenia se había sentido abandonada cuando ella se fue sin ningún motivo especial. Sin palabras, sin compromisos, habían vivido un amor muy intenso y privado. Y entonces Estrella se iba, la dejaba sola con aquella gente a la que apenas había llegado a conocer, en un país lejano cuya lengua no comprendía. El primo lo había tenido fácil.
Y habían vuelto a humillarla. Estrella se solía decir a sí misma que solo por el hecho de ser prostituta no tenía derecho al amor propio y que, además, el amor propio resultaba un estorbo en general. Sin embargo, puesto que estaba sola, el amor propio debía de serle necesario. Su hermano la espantaba todos los veranos, la insultaba con su desprecio al hacerla huir como única forma de que trajese a sus horribles hijos para que la abuela los viera. El primo le había quitado a su novia. Las mujeres del barrio chismorreaban y se burlaban. Envidiaban su dinero y despreciaban su condición, un poco como pasaba con las lesbianas de Málaga. Lo que hacía viajando tanto era huir.
Sin embargo, algunas personas la amaban. Pero no vivía con ellas.
Pensó que tenía que ponerse de una vez con su libro. No con las novelas, sino con el ensayo sobre el lesbianismo. Lo escribiría en español y, por tanto, exigía que conociera mejor los ambientes lésbicos en la España de su época. Así que en septiembre comenzó otra gira.
Tuvo que empezar por Madrid y Barcelona. De Málaga había poco que contar: las lesbianas dependían por completo de la comunidad gay, de los tíos, que se organizaban mucho mejor. Conocía a algunas, le contaban historias. No la querían, pero aprendía de ellas.
En Madrid había algo de todo. Se alojó con Toñi, que no era lesbiana, pero sí una buena amiga. Con Patri no podía ser: la luchadora y antigua guardaespaldas tenía una novia muy celosa y eso no tenía arreglo. Y por cierto que el piso de Patri y Elena se había comprado en parte con dinero prestado por Estrella (y el otro dinero, claro está, era el que Patri había ahorrado cuando trabajaba para Estrella). Toñi vivía con su vieja madre en un piso de barrio, pero contaban con un dormitorio libre. Le dijo que nada de hotel. Que con ella.
Era la primera vez que se alojaba así (sin sexo). Toñi era muy alta, divertida y más bien bonita. La madre era una mujer del pueblo simpática, animosa, que la acogió con afecto. Otra de esas grandes mujeres de la clase popular. El padre se había largado hacía tiempo. Los otros hijos, independizados. Solo Toñi seguía en casa, tras una convivencia fracasada con el novio que una vez Estrella había alojado también en su casa durante unas vacaciones (se hacía el buen chico, parecía inofensivo). Toñi ahora trabajaba en una heladería y no ganaba mucho.
El cochazo, Estrella lo metió en un parking vigilado, porque no era cosa de aparcar el Mercedes en un barrio popular. La madre de Toñi lo sabía todo sobre ella, y se divertía con sus historias de prostitución, lesbianismo y millonarios. Mientras que a la madre de Estrella no le gustaba hablar de semejantes temas, a aquella mujer (como a la tía Reme) se le ocurrían toda clase de preguntas. No procaces, sino ingeniosas y a veces muy agudas.
Toñi recordaba aquellos dos años y medio en que trabajó como limpiadora (o "asistenta") de una prostituta de lujo. Estrella la había contratado en febrero de 1984, cuando había empezado a cobrar veinte mil pesetas a la hora. Todavía no había comprado la casa en Torremolinos, pero ya ganaba bien y no quería seguir limpiando ella. No tenía por qué. Por tres mil pesetas diarias era fácil conseguir una limpiadora para todo el día, y había muchísimos anuncios de mujeres que buscaban trabajo. Ella lo subiría hasta cuatro mil y la comida. Patri era vecina suya y fue quien la recomendó.
“Lo más grave es lo de mi dormitorio. Tienes que estar cerca cuando yo estoy con el tío, pendiente de cuando termine. En cuanto se va, tienes media hora para arreglarlo todo mientras yo me baño, y después arreglar el baño, claro. Cambiar las toallas, las sábanas, todo. El resto del tiempo, tranquilamente: haces la cocina, el resto de la casa, la lavadora, planchas un poco, a tu ritmo… puedes hacerte de comer lo que quieras. Tú misma eliges lo que comes…”
Le dijo que no iba a estar sola, porque aparte de Patri, iba a contratar también a una peluquera (en realidad, tardó casi un año más en decidirse por lo de la peluquera, fue en enero del 85). Serían muchas mujeres. Y de vez en cuando vería también a su novia, Paula. Más las frecuentes visitas de Elena, la novia de Patri (que acabó trabajando también, ayudando algunas horas a Toñi, que no daba abasto). Y, finalmente, hasta contrató a una "telefonista" para que atendiera las llamadas de los clientes. Todo mujeres. Así Toñi se enteró de lo de su segundo estigma, lo cual no le extrañó, ya que era conocida de Patri.
Toñi dijo que sí, que se atrevía, que no habría pegas. Y esa misma tarde se quedó allí.
Aquella primavera de 1984 fue estresante para Estrella en muchas cosas, pero hubo bastantes días buenos. Solía encontrar “huecos” en su horario "de atención al público". Porque no tenía suficientes citas, o porque uno fallaba (más adelante encontró la forma de evitar que quedasen demasiados “huecos”, sancionando a los que no avisaban y utilizando sustitutos, "comodines", a precio más barato y que acudían en taxi a aprovechar la oportunidad). Lo pasaban muy bien, chismorreando. A Estrella le gustaba ser la jefa, a pesar de sus obvios problemas de carácter. Paula, que seguía en el puti-club, solía pasarse, a vigilar, celosa también. Patri, la lesbiana un poco hombruna, se mantenía seria, pero cordial, cada vez más digna de confianza y generadora de tranquilo afecto.
Y la más divertida era siempre Toñi, la limpiadora. Paula se daba cuenta de que a Estrella le gustaba Toñi y de que a Patri le gustaba Estrella, pero que Patri no quería serle infiel a Elena, que no era menos celosa que Paula. Elena daba problemas. Llegó a pedir que le pagara más a Patri cuando ella subió los precios a los clientes. Estrella trató de no perder la calma. Recordó que ahora los tíos eran mucho más fáciles, casi todos clientes fijos, que muchos días la mandaba a casa antes porque no necesitaba realmente a Patri (cuando no entraban clientes nuevos) y que, en todo caso, si el trato no les gustaba, ella podía buscarse a otra guardaespaldas por menos precio. Elena nunca perdonó eso a Estrella. Además, se dio cuenta de que Patri no quería perder la amistad de Estrella y por eso hizo todo lo que pudo para evitar que hubiera pelea. Esto sucedió en 1985, después de que Paula desapareciese (aquella crisis las había unido mucho a Patri y ella). Por otra parte, ayudaba a la convivencia el que Estrella a veces pagara a Elena para que ayudase a Toñi con la limpieza, porque nada más el lavado de sábanas, ropita y toallas, y el correspondiente planchado consumía la mayor parte de su tiempo.
De los primeros tiempos fue cuando en abril del 84 por fin reunieron los primeros millones de pesetas necesarios para comprar la casa de Torremolinos, Estrella necesitó dos testigos para la notaría. Salieron muy de mañana de Madrid, Estrella, Paula y Patri. Estrella condujo a la salida de Madrid. Por la Mancha tomó el volante Patri (Paula aún no tenía el carnet: la habían suspendido por tercera vez). Al mediodía Estrella entró en Málaga. Llevaban diez cheques de diferentes bancos y bastante dinero en efectivo, siguiendo los consejos que le habían dado sobre blanqueo de dinero. Tenía un miedo terrible a que le tironeasen el bolso por el centro de Málaga. Aparcaron y después caminaron hasta la notaría. Allí esperaron a la hermana. Encontró que la hermana estaba un poco asustada mientras Paula y Patri trataban de ganarse su confianza, pero la hermana no podía dejar de pensar que ambas eran también prostitutas.
El papeleo fue un poco tenso, se intercambiaron los cheques y los fajos de billetes ante el notario con cara de poker, probablemente disgustado por la tensión que se observaba en el grupo de mujeres. Se firmó todo. La hermana, una semi-obesa infeliz, sin estudios ni profesión ni amigos, era ya propietaria de una casa. Una casa que Estrella no había visto. Ni la madre tampoco.
“La escritura, para ti. Y toma esto, hay casi un millón para que vayáis tirando: los muebles y eso. Y ponte a sacarte el carnet de conducir. Yo me tengo que volver enseguida a Madrid. Que pongan teléfono cuanto antes, quiero hablar con mamá a cualquier hora, ¿de acuerdo?”
Y besó a su hermana, algo que rara vez había hecho.
Se había gastado casi todo el dinero. Por la noche, ya en Madrid, durmió como un tronco, pero la casa olía a limpio por el trabajo de Toñi. Al día siguiente ganó casi cien mil pesetas.
“Qué buena eres, cariño”, decía ahora, seis años más tarde, la madre de Toñi. “Cuánto has hecho por tu pobre madre”.
“Pero, señora, ¿a usted le habría parecido bien que lo hiciera Toñi?”
“Pero, hija, tú eres lesbiana. Toñi, no. Tú has hecho bien en sacarle dinero a los tíos.”
“Pues lesbiana o no lesbiana”, intervino Toñi. “A veces pienso que también tendría que hacerlo”.
La madre se encogió de hombros, no muy hostil.
“Ya encontrarás un buen hombre que te aprecie, hija. Y un buen trabajo.”
Toñi había empezado a trabajar muy pronto, de dependienta y cosas así. De jovencita le gustaba mucho salir, ir de fiestas. Vagamente había querido ser enfermera. Después había hecho un cursillo de secretariado. Pero no todas las mujeres sin estudios universitarios podían ser enfermeras, secretarias o peluqueras. La verdad era que a Toñi no le interesaba nada en especial. Era alegre, aunque ya parecía haber madurado más.
Mientras Toñi estaba en la heladería, Estrella hacía visitas lésbicas. Poco a poco el ambiente lésbico de Madrid se iba desligando del poderoso ambiente gay de la movida madrileña. Conoció a una chica que también se dedicaba a la prostitución pero su mirada era muy dura, le pareció hasta cierto punto embrutecida.
Habló con un tipo de una editorial, y le explicó el libro que quería escribir. Le ofrecieron publicación si ella ponía dinero para los gastos de edición. Puesto que la editorial era una realidad, de cierto nivel, Estrella no lo descartó. En cualquier caso, pues, su libro se daría a conocer.
“Eres muy atractiva”, le dijo el editor, “eso podría explotarse, con una buena foto en la contraportada y tal…”
“Y que el libro no sea muy malo…”
“Por supuesto. Espero no llevarme un susto cuando me pases el manuscrito”.
Estrella esperaba que no. Pensaba imitar en buena medida el plan de algunos libros parecidos que había adquirido en Estados Unidos.
Conoció a una famosa actriz lesbiana. No le gustó. Había oído hablar de otra famosa actriz lesbiana mucho más interesante, pero no estaba disponible. Se acordó de Marcus. A Marcus le divertía pensar que su esposa pudiera tener un affair lésbico con alguna famosa actriz. Escribieron a tres famosas actrices, adjuntando espectaculares fotografías de la belleza de ojos verdes que se les ofrecía. Pero ninguna respondió. A Stella le habría encantado hacer el amor con Jodie Foster, que decían que era tan inteligente.
Ya a punto de salir para Barcelona, una noche fue a recoger a Toñi de la heladería. Los ojos de su amiga los tenía pícaros en aquella ocasión. La tomó del brazo y se fueron juntas.
“Tengo una sorpresa esta noche para ti”.
Pensó que tal vez había localizado a Chelo, la peluquera, que decían que se había ido a las islas Canarias. Nunca lograron ganarse su confianza, aunque llegó a formar parte del grupo. Con Mari, la estudiante de psicología que empleó de telefonista, tampoco se mantuvo el vínculo.
“Quiero que me hagas el amor. Quiero mi primera experiencia lésbica”.
“¡Pero eso es peligroso!” casi gritó Estrella.
De Madrid a Barcelona recogió a un mochilero. Era el típico hippy vago drogadicto que decía que él quería ser siempre libre. Peligroso no era, desde luego, pero tampoco dio mucha conversación. No volvería a llevar a un tipo de esos, no valía la pena. Lo dejó a la entrada de Barcelona.
“Tía, si te enrollas déjame algo.”
“Pues no.”
Y él se encogió de hombros (no la insultó ni nada). Mientras volvía a arrancar vio cómo al instante se ponía a pedir limosna a los que pasaban por la calle. Toda la gente era vulgar. La inmensa mayoría. Las lesbianas también. Toñi había estado maravillosa, pero había sido solo “una experiencia” (siempre pasaba lo mismo). Qué buena, Toñi. Qué emocionante y qué sabroso.
Así que, en Barcelona, un poco aburrida de lo de siempre (y, encima, el nacionalismo catalán), no hacía más que pensar que las lesbianas realmente buenas eran las que se limitaban a “experiencias”. Su nación no existía. Así surgió una idea.
En Barcelona también habló con el de una editorial (más importante que la de Madrid) que le dijo más o menos lo mismo que el otro: si pagaba los gastos de edición y la calidad era aceptable, la distribuirían y publicitarían. Volvió a casa antes de Navidad y todavía tuvo tiempo de vivir una de sus mejores aventuras eventuales en su piso picadero: una holandesa llamada Agathe, otra "primera experiencia", dulce de verdad; también la dejo ir, libre, guardando un recuerdo feliz para ambas...
A primeros del año siguiente se trasladó de nuevo a Frankfurt pasando por Paris.
Tenía muchas ganas de ver cuánto habían avanzado las obras en dos meses. Y todo tenía muy buen aspecto. También tenía muchas ganas de que los obreros se largaran. Demasiado ladrillo, demasiado ruido, cuando se trataba de crear un vergel.
Aquellas Navidades de 1989 fueron felices, aunque encontraba alguna dificultad en disfrutar de ello. Ya estaban en la nueva casa, en la que quedaban todavía muchas obras por finalizar. Los árboles ya habían comenzado su hermosa carrera para acercarse al sol, el huerto quedó sembrado y el recinto cerrado con un muro. En un par de meses más, los tíos se mudarían a la casa de al lado que estaba a punto de hacerse habitable también. Para el verano, tendrían piscina, instalación de paneles solares, un invernadero y todos los detalles a punto. Claro está que durante el verano ella habría de quitarse de en medio para que su madre pudiera recibir la visita de su hijo y nietos. Esta humillación no la molestaba cuando, fuera del verano, ella era dueña y señora, y todo tenía sentido. En la casa.
La madre era feliz. Había perdido casi veinte kilos y mejorado su movilidad, a los sesenta y cuatro años. Le encantaba el huerto, la casa en el campo, la vecindad de su cuñada y tener a sus hijas contentas. La hermana hablaba de hacer excursiones por las sierras próximas que tenían tan a la vista, le gustaban las tareas hortícolas y estaba desarrollando la afición a coleccionar plantas y otras cosas. Le gustaba ahora coger su coche y ver a sus numerosas amigas de la asociación naturalista, y chismorrear. Su asexualidad seguía siendo segura, tal como es propio de una mujer sin atractivo.
Estrella contaba con todo el segundo piso de la casa (cuatro dormitorios y dos baños) más una terraza donde esperaba tomar el sol desnuda y broncearse el año siguiente. Pensaba dedicarse seriamente a escribir. Recibiría amigas de vez en cuando, sin escandalizar a su madre (solo traería a chicas buenas, conocidas), y seguiría leyendo. Estaba escribiendo a la vez dos novelas, la que trataba de la utopía feminista, que estaba ambientando en Estados Unidos (tendría que volver a viajar por allí), y la novela social sobre el chico sodomizado, que había titulado “Los amados extranjeros”. Y, sobre todo, comenzaba a escribir su ensayo filosófico feminista-lésbico. Poco a poco, la teoría se iba formando.
Entendía que sus teorías estaban relacionadas con sus vivencias personales, y eso le parecía perfectamente lógico, pues el mismo doctor Freud había desarrollado las suyas mediante el mismo proceso. Sin duda el avance social se relacionaba con la liberación femenina, pero no como una consecuencia directa, sino como subproducto. El cristianismo era una religión que había dado lugar a una relativa liberación de las mujeres, dado que antes ellas eran esclavas que se compraban y vendían, y con el cristianismo pasaban a tener alma y a ser dignas del amor de Dios. Ahora, en la sociedad democrática, las mujeres eran legalmente iguales a los hombres. Entendía Estrella que el lesbianismo era un paso más en esa igualdad (el feminismo es la teoría, el lesbianismo es la práctica).
Antes, a las mujeres se les dejaba lo peor: ser esclavas, ser sirvientas, ser esposas y madres, no podían trabajar, no podían vivir solas, no podían estudiar… y si querían sexo y amor, tenían que conformarse también con lo peor de todo: los hombres. Igual que la familia nuclear iba a desaparecer, también iba a desaparecer la relación amorosa hombre-mujer. Realmente ella no necesitaba a los hombres. Sus vagos deseos amorosos de adolescencia acerca de encontrar a un “príncipe azul” se habían evaporado, y ahora, cuando se tropezaba con un hombre con buen aspecto, culto, educado e interesado en ella, solo se sentía vagamente halagada, pero nada deseosa: se había “limpiado” por completo de heterosexualidad y si pensaba en ello sentía casi euforia, un poco como se sentía cuando pensaba en su dinero y sus propiedades (¡que liberación!). Y ya se había dado cuenta de que las lesbianas con “problemas de identidad sexual” no tenían mucho que ver con ella. Patri y Elena, por ejemplo.
Solo por haberse convertido en lesbiana, ya valía la pena haber sido prostituta. De haber seguido siendo una estudiante buena chica nunca habría dado aquel paso. O lo habría hecho con más de treinta años, como tantas otras...
Y en contraste con esto, en la última carta, Martina le confesaba que ahora se había echado novio (probablemente ya lo tenía cuando se encontraron en Zürich, pero no se lo dijo entonces). A Estrella no le sorprendió: comenzaba a decepcionarse con Martina, tenía reacciones de humor un tanto incoherentes, al estilo de la pobre e inculta Violeta, y no era sincera con ella, que siempre lo había sido. Sospechaba que se trataba de algo habitual en las mujeres, siempre intimidadas por el entorno que les exige contrariar sus verdaderos deseos. Además, Martina creía en Dios, formaba parte de asociaciones cristianas, y no aceptaba la religiosidad atea y filosófica de Estrella. Y no quería ser lesbiana, le interesaba el feminismo, pero un feminismo “en busca de la pareja ideal”. Un feminismo falso. Eso sí, sus estudios como dentista eran todo un acierto y más adelante podría darles un contenido social.
En aquel año que empezaba Estrella fue dándose cuenta de que, aunque su solvencia económica estaba asegurada, su futuro era incierto tanto en lo afectivo como en lo social. No gustaba en los ambientes lésbicos. Atraía sexualmente, pero era demasiado diferente a las demás. Para su sorpresa, su ideología no había logrado interesar a nadie. Irène seguía siendo hostil, aunque le daba la impresión de que ya respetaba su intelecto. Y lo que había visto en Norteamérica (en San Francisco) le parecía una chifladura. Por eso necesitaba clarificarlo todo por escrito.
En cuanto a su talento como escritora, había probado en algunos concursos de cuentos sin conseguir el menor resultado. Le habría venido bien un poco de guía y consejo a ese respecto. Había quienes daban cursos en España, pero sospechaba que se trataba de estafadores. Quizá debería volver a viajar a Estados Unidos para asistir a un curso de escritura, que allí los había buenos. Quizá cuando tuviera más claro qué quería escribir. Desde luego, cualquier cosa al respecto debía hacerla en lengua inglesa. España era solo el país de su madre, la casa de su madre. Viviendo en la costa del Mediterráneo, ella se consideraba una ociosa expatriada angloparlante, como tantas y tantos. Y contaba con el transporte aéreo para ir adonde hiciera falta cuando le apeteciera.
Estrella tenía que resolver lo de su vida sexual. Tenía tantas oportunidades que se sentía frustrada de no sacarles más partido. No le gustaban las drogas, ni las juergas. Lo que le gustaba era el sexo. De pareja, de trío, de más gente. Consideraba que el sexo podía ser una magnífica forma de crear vínculos afectivos, obtener satisfacción física plena y vivir aventuras nada arriesgadas. Pero no había logrado participar en ninguna orgía lésbica aún, tal como soñaba. Había estado con dos o tres chicas, empezando por las dos suecas de 1985 (las primeras vacaciones de su vida), pero no de la forma cálida, íntima y golosa con la que soñaba. Chicas como Heike, Violeta e incluso Martina podían ser amantes magníficas, muy femeninas y sensuales, pero eso no se compartía, se vivía en pareja y con demasiado dramatismo para su gusto. Y las mejores amantes luego resultaban ser las más reticentes al principio.
Sus anuncios personales habían tenido el efecto de que a veces le escribieran o hasta le llamaran por teléfono mujeres a las que no conocía en absoluto pero que habían tenido noticia de ella de alguna forma indirecta, no por haber leído sus anuncios personales. Por lo visto, las lesbianas de Londres o París se pasaban sus datos. Eso no le parecía mal a Estrella, pero exigía tomar ciertas precauciones.
En febrero del 90 fue cuando compró el apartamento baratucho en la próxima barriada costera de Torre del Mar para recibir a una de estas desconocidas y así no imponérsela a su madre. Tuvo que soportar el fastidio de supervisar la obra de reforma, pero creó un habitáculo pintado de blanco, con algunos espejos grandes, un baño muy completo, aire acondicionado. Metió dentro edredones, almohadones, peluches, adornos propios del dormitorio de una niña. Hacía efecto cuando introducía en el apartamento a una invitada. Fue una buena precaución, porque una de las primeras que vino por esas fechas resultó un desastre y al final incluso tuvo que echarla. Habría sido un horror llevarla a casa y demasiado incómodo buscarle un hotel.
Casi cada mes recibía a una mujer desconocida o casi desconocida, obteniendo resultados variables. Con las lesbianas de Málaga, por otra parte, seguía sin tener éxito pero no podía renunciar a ellas. Todas eran del tipo más bien masculino, por mucho que buscaran disimularlo, o bien eran penosamente feas, tontas y tristes, el tipo de pobre mujer que acepta una relación con otra mujer porque esta finge hacer de hombre. Todo era de un nivel muy bajo en cuanto a lo afectivo. Y lo peor era que a ellas les interesaba su dinero e incluso tirársela, y por eso se mostraban hipócritas y falsas, y a veces lograban engañarla. Era peor incluso que cuando buscó mujeres en Madrid, mientras aún era prostituta.
Su primer contacto con ellas fue en la primavera del 88, cuando aún vivía en Torremolinos. En Madrid consiguió la dirección de un grupo gay de Málaga y uno de estos gais, un pintor, la puso en contacto con dos amigas lesbianas de la ciudad. Quedaron a tomar un café en la Plaza de la Merced.
Si las comparaba con las mujeres que había conocido por entonces en Paris (fue poco después de conocer a Irene) o incluso en Madrid, aquellas chicas resultaban personas de muy pobre aspecto. Eso no la sorprendió, pero por lo visto no lo supo disimular lo suficiente. Las chicas le explicaron que estaban intentando empezar a asociarse, siempre un poco llevadas de la mano por el mucho más poderoso movimiento gay masculino.
Estrella se divirtió un poco fascinándolas con su belleza, su dinero y su conocimiento del mundo exterior. Pero con eso también se ganó su resentimiento. Siguieron en contacto y más adelante, muy poco a poco, llegaría a hacer alguna cosa gracias a ellas. La pequeña comunidad lésbica creció y si bien "la millonaria” (o "la puta") nunca dejó de despertar antipatías, era muy conocida por todas y solían llamarla y solicitarla. Incluso hubo algo de sexo porque a Stella el placer le gustaba mucho y le convenía tener a alguna mujer complaciente a mano, cerca de casa, así que durante aquellos años, de forma intermitente, tuvo relaciones con mujeres de Málaga. Las más asiduas, que duraron varios años con contactos esporádicos y más o menos vergonzantes, fueron Merche y Victoria. Con las dos hubo malos momentos, placer suficiente y valiosas enseñanzas acerca de la condición social de las mujeres que no son ni muy bellas, ni muy inteligentes, ni muy bienintencionadas. Sin embargo, no sucedió nada en especial vergonzoso. Las vio durante algún tiempo, se acostó con ellas en ocasiones. Eran de Málaga, de su tierra. Le hicieron ver lo que le hubiera podido esperar en la vida si no hubiese reunido dinero suficiente para organizarse en un mundo más amplio, más extenso y poblado.
En “Villa Orchard” recibía a sus buenas amigas. Las de Madrid, como Patricia o Toñi (que vino con su novio), una pareja de alemanas tímidas y educadas (con las que no tuvo relación sexual), y una semana que las visitó Silvio y su esposa alemana (pero no Violeta, que estaba teniendo un romance un poco conflictivo con un hombre casado). Por cierto, que ella se dio cuenta de que Violeta les había contado ya lo de sus comienzos como prostituta de burdel. Normalmente, Estrella evitaba contar la historia completa. A lo más, contaba lo del ex marido millonario... aunque al final, siempre acababa hablando de más, y el odio y desprecio de las feministas por las prostitutas (a las que consideraban “esclavas”) era algo que iba siempre en contra de sus intereses. Irene no era una excepción. Si discutían, ella siempre tenía a punto el epíteto despectivo. El estigma persistiría siempre.
Violeta había contado algo más: Silvio, un poco molesto, le comentó que su hermana se había quejado de que en Amsterdam quedaron mal porque la lesbiana española... había intentado poco menos que violarla cuando tomaron una habitación para dos en el hotel. ¡La muy embustera! Estrella, indignada, le explicó a Silvio que las dos ya se habían enrollado muy apasionadamente en Frankfurt, y que su hermanita ya había tenido rollos lésbicos en Argentina. Lo de Amsterdam fue un cambio repentino, probablemente relacionado con que le había dado vergüenza quedar públicamente como lesbiana ante el personal del hotel...
Durante la primavera y el principio del verano del 90 hizo bastantes excursiones con la asociación de amigos de la naturaleza de su hermana. Ambas hermanas, la madre y la tía Reme formaban un entorno femenino que le parecía pobre y poco lucido, como de sirvientas, pero cómodo en lo doméstico y no desprovisto de humilde encanto. En cambio, a Estrella le sorprendió el buen nivel social de los miembros de la asociación de amigos de la naturaleza. Entre ellos había personas mayores, de alto estatus. Tenían de bueno que no les sorprendía el dinero, porque casi todos lo tenían. Subían montes, plantaban árboles, coleccionaban plantas y fotografiaban pájaros. También se sumaban algunos guiris, de modo que Estrella hablaba inglés y francés, y mejoraba su alemán.
A mediados de julio, Estrella dejó el campo libre a su hermano y los nietos. Tomó su automóvil e hizo una visita a Madrid de un par de semanas, donde encontró pocas novedades: solo la amistad de Patricia y Toñi, tan simpáticas siempre. Con ellas recordaba, casi con nostalgia, sus tres años “de trabajo”, en sus diversos momentos. Formaron un buen grupo porque eran personas buenas, el trabajo era cómodo (para sus asistentas, porque lo que pasaba en el dormitorio exigía a Estrella poner bastante dedicación) y el dinero fluía. Estrella no era una persona con autoridad como para formar un equipo, pero sus prácticas obscenas eran la fuente de riqueza y todo dependía de ella hasta el punto de que en cualquier momento podía llevarse su valioso cuerpo a otra ciudad (Barcelona, o más lejos) y acabar con todo para perjuicio de todas. Por eso ni Patricia ni Toñi, que eran mujeres con más personalidad, se atrevían a imponérsele: a la más mínima el pájaro precioso podía volar. Y por eso, y porque eran buenas personas, siempre se llevaron bien y siempre fueron amigas. En cambio, cuando buscó mujeres para su placer, obtuvo pobres resultados. Y no fue fácil compaginarlo con su "trabajo". Conoció a unas cuantas (a tres), pero, escarmentada por su fracaso con Paula, interrumpió aquellas relaciones, no muy perfectas, por prevención. No volvió a saber de ellas.
Después se pasó todo el mes de agosto en Paris con una escapada a Londres de una semana. Era una época en que parisinos y londinenses iban y venían de sus vacaciones al tiempo que las dos ciudades estaban llenas de turistas de todas partes. Estuvo a punto de viajar a Europa del Este, a celebrar la caída del muro, pero prefirió dejarlo para otro momento. Mantuvo unas cuantas relaciones sexuales (dos) y conoció mucha gente. Demasiada gente. Si se iban a un bar o a una discoteca, se aburría enseguida, se sentía sola y confusa (ya era capaz de detectar y admitir la existencia de cierta "escasez de habilidades sociales" en su contradictoria personalidad). Si se iba a la casa de alguien, tampoco alcanzaba la intimidad que ambicionaba. Pero aprender, aprendió. Aprendió más. Oyó opiniones y se obligó a sí misma a tomar notas. Solo le gustó una chica francesa, una estudiante, pero ésta tenía mucho éxito y siempre mantuvo cierta distancia, haciendo ver que no buscaba compromisos. Vivió con ella casi una semana en un apartamento compartido. Después la estudiante se fue a los Alpes y no le pidió que la acompañara.
A veces le gustaba vivir en los hoteles. Nunca reservaba por mucho tiempo porque era habitual que la invitaran a casas y camas inesperadas, pero los hoteles le daban seguridad, en ellos se sentía cuidada por la profesional dedicación de la servidumbre. Algo que solo podía obtenerse con dinero. Allá donde iba, el dinero siempre le hacía compañía. Un hotel, un taxi, un libro, un regalo. Para ser una mujer rica, tenía poca ropa, y la que tenía, casi nunca la escogía ella, sino las dependientas de los grandes almacenes. Le gustaba coquetear con las dependientas. Eso también hacía compañía.
El mes de agosto se acercó a su fin, y su hermano volvió a su casa, dejándole “Villa Orchard” a la legítima propietaria. Por esta época él tenía aspiraciones de grandes negocios. Se haría rico también, pero como un trabajador honorable, un hombre de familia, nada como lo que había hecho su hermana, la prostituta. El mutuo desprecio entre ambos se agigantaba, sobre todo a medida que los sobrinos (los nietos de su madre) se iban haciendo mayores. Prácticamente tenían prohibido hablar acerca de su misteriosa tía, aunque lo pasaban muy bien en la piscina y jugando en el amplio jardín.
En septiembre le llegó una chica inglesa que acababa de terminar sus estudios de literatura. Le sorprendió su inteligencia. Quería también ser escritora y enseguida Estrella comprendió que aquella sí que podía llegar a tener éxito. Estaba muy interesada en temas históricos, en el lesbianismo durante la época grecorromana y cosas por el estilo. Dada su inteligencia y su cultura, el sexo resultaba satisfactorio, aunque no era mi muy bonita ni muy femenina. Se llamaba Laurie.
Estrella mandó su novela utópica a un premio literario al final del verano y después se decidió a dar una nueva vuelta al mundo, ya con el otoño avanzado, lo que le parecía a ella más romántico, más evocador. Contaba con direcciones de mujeres con las que llevaba carteándose desde hacía tres años, a las que no había conocido aún, pero a las que había enviado sus sugerentes fotos, que siempre despertaban interés.
A Londres fue a encontrarse con Laurie. Lo pasó muy bien. Laurie compartía piso con otras dos chicas lesbis. Era un ambiente muy británico: bebían té, contaban con un sentido del humor agudo y eran cultas. Allí no hizo sexo, porque Laurie estaba ahora comprometida. Quizá lo más interesante fue al final de todo, cuando conoció en una pequeña ciudad a la que habían ido de visita a una lesbiana que se interesó sinceramente por la teoría de Stella. Era una cuarentona que había estado casada muchos años, con dos hijos, interesada en la religión. Había perdido su fe cristiana al tiempo que la heterosexualidad. Se llamaba Ann. Quedaron en contacto. Era la primera vez.
Pegó un salto a Copenhague, donde no vivió nada especial. Después visitó la Rusia de la perestroika. En Moscú ya hacía mucho frío y la ciudad era sorprendentemente cara, pero le sorprendió la facilidad con la que las chicas rusas, que apenas hablaban un poco de inglés, se metían en su cama. Parecían abiertas a cualquier oferta, a cualquier experiencia. Eran increíblemente dóciles. Estuvo un mes en Moscú. Allí conoció a Guenia y a Lara, dos estudiantes pobres. Una de ellas se había prostituido una vez con extranjeros. Las conoció por separado y luego las emparejó. A Stella se le ocurrió que podía llevarse a una (o a las dos) a España, para que ayudaran en la casa como sirvientas. Allí tenían que pagar de vez en cuando para hacer la limpieza (aparte de pagar a la tía Reme y al tío Eusebio para que cuidaran la finca y los huertos) pero a Estrella no le gustaban las mujeres que venían a hacer esas tareas, eran chismosas, vulgares y mal encaradas. La hermana, por su parte, hacía muy poco (aunque le gustaba cultivar verduras en el huerto) y la madre, aunque tenía a su cuñada, a veces necesitaba también ayuda. Las dos rusas podían no costar mucho, y parecían buenas. Por lo demás, Moscú era una ciudad peligrosa para una mujer sola, y la mayor parte del tiempo lo pasó en el hotel. Aunque se había comprado un abrigo muy calentito (no de pieles).
Después voló a Japón: llevaba tiempo queriendo conocer el Lejano Oriente. Las lesbianas japonesas le sorprendieron por su desapego por el sexo. No eran realmente lesbianas. No les gustaba el contacto físico, lo que les gustaba era el coqueteo, el jugar a ser niñas. También encontró lesbianas comunistas, de un stalinismo rabioso. De todas formas, solo fueron diez días. Demasiado poco tiempo en un país demasiado extraño poblado de mujeres muy reservadas.
A primeros de diciembre, California otra vez -San Francisco. Reencontró a una chica muy culta que había conocido en 1988 -en aquella breve visita-, y ahora se sintió intelectualmente preparada para confrontarla, pero eso no llevó a nada. También tuvo un rollo con una bisexual muy sexy. Fue una cosa surgida de forma espontánea, en la calle. Por su timidez, tenía pocas experiencias de ese tipo. Oía contar de ese tipo de historias y, como era guapa y graciosa, muchas mujeres le sonreían y se mostraban amigables… sin estar nunca segura de si podía añadir un roce, una insinuación. Sus años de prostituta la habían acostumbrado a ser muy explícita, a ofrecer sus dones de forma inmediata. El mundo del flirteo se le escapaba y le desagradaba un poco. De todas formas, como solía suceder, las mujeres que se lanzaban a una “primera experiencia” y después cortaban toda relación, como asustadas, eran las mejores amantes, las más íntimas, femeninas e intensas.
Llegó a Málaga a tiempo para la Navidad. Había dado la vuelta al mundo: Europa Occidental, Rusia, Japón, California… Se dijo a sí misma que estaba bien hacer algo así una vez en la vida, pero que en conjunto no suponía más que una extravagancia excesiva. Aunque tampoco era su primera vuelta al mundo. Cuando el año anterior se reunió con Marcus en Filipinas también viajó de oeste a este, pero aquello fue un asunto de negocios, no de placer.
Si quería escribir libros, le convenía viajar, por mucho que a veces viajaba demasiado deprisa, un poco como leía los libros, demasiado deprisa.
Por supuesto, no ganó el certamen de novela, pero su ensayo ya estaba casi listo. O quizá no lo estaba. Pero sí parecía haber llegado al límite para escribirlo.
El cansancio de su viaje le duró unos cuantos meses. La vida en “Villa Orchard” siguió apacible y la madre opinó que ya se le había acabado la época de las tonterías y le convenía asentarse. No dijo en qué consistiría ese cambio, aparte de que ya no iba a viajar tanto. En realidad, la madre no podía imaginarse nada concreto a ese respecto. Solo que la casa estaba más en orden, más organizada, cuando la dueña de todo regresaba de sus aventuras. Charlaban juntas, con la tía. Paseaban por los huertos y trabajaban en ellos. La piscina estaba adaptada para que la madre disfrutara del agua tibia, que aliviaba sus problemas de movilidad; era bonito estar con ella en el agua. A veces salían con el coche. Una buena vida para una anciana que disfrutaba de paz y tranquilidad, de confort, por primera vez en su penosa vida. Pero para alguien como Estrella, naturalmente, ese confort se limitaba a tomarse su tiempo para planear el paso futuro. Iba a cumplir treinta años y por eso el futuro no podía esperar. Le gustaría tener una novia, un amor siempre a mano, pero sin cerrarse a conocer más gente.
En febrero hizo la prueba de hacer venir a una de las chicas rusas, como turista, lo que exigió ciertos papeleos. Resultó muy placentero. La chica era dulce. Solo quería ser amada y trabajar, así que Guenia se quedó. Tenía veintidós años, había intentado compaginar diversos empleos con unos estudios que tampoco le habían ido muy bien y no manifestaba deseo alguno fuera de la paz, el placer y los mimos que su ama le ofrecía. Llevó tiempo hacerle los papeles de residencia, y más tiempo aún que aprendiera algo de español.
Guenia dio a Estrella una estabilidad sexual. La acostaba con ella y una vez la hizo participar en un juego erótico con una chica alemana que vino de visita, cosa que no la molestó. Aparte del sexo, Guenia solo se divertía en la piscina y montando en bicicleta. Aunque era de ciudad, le gustaba el campo, y parecía no tener grandes deseos de nada. Con la hermana, la madre y la tía se llevaba bien.
En su momento (demasiado tarde), Estrella descubriría que la humilde inmigrante hubiera preferido casarse con un hombre y ser ama de casa, madre de sus hijos, pero carecía de astucia y en general siempre había confiado en que la inocencia le proporcionara protectores. Su lesbianismo se debía a que la compañía de mujeres la atemorizaba menos que la de los hombres. Hubiera sido también una buena prostituta.
“Pero esta chica, ¿cuánto se va a quedar?”, preguntó la madre.
“Le pagaremos un sueldo, se encargará de la casa”
A la madre no le gustó eso. Era como tener una esclava. Limpiaba, cocinaba y se acostaba con su hija. Sexualmente era perfecta porque seguía las instrucciones de Estrella con docilidad y aplicación, alcanzando ambas un gran placer todos los días. Le gustaban mucho las complicadas penetraciones que Estrella organizaba con sus consoladores. De hecho, nunca se había sentido tan libre para hacer experimentos sexuales como con Guenia: calor, movimiento, intensidad… Lograba dar tanto placer a la chica que ésta tenía que morder la sábana para no alarmar con sus gritos a la madre y hermana que estaban en el piso de abajo. Pero Estrella no era un marido, ni siquiera era fiel.
Al llegar el siguiente verano, Estrella se aprestó a un nuevo viaje. Esta vez los nietos vendrían en julio, así que Estrella lo arregló para ese mes. El problema era llevarse a Guenia. Vagamente había planeado un viaje por España. Habría una especie de festival gay en Cataluña al que las chicas también podían acudir, como siempre ocupando el pequeño espacio que se les concediera (por lo visto, si venían chicas, también venían más periodistas y todo ayudaba a difundir la causa...). Coincidió con que Patri y Elena estaban de celebración porque Patri había aprobado sus oposiciones a profesora de educación física (se había financiado los estudios gracias a lo que había ganado con Estrella). Propuso que fuesen las tres a Cataluña y luego ya verían.
¿Y qué hacía con Guenia? Se le ocurrió que la chica rusa llevaba ya tres meses en España, demasiado apegada a ella, y que le vendría bien quedarse sola, con la madre y la hermana. Le dio la impresión de que eso a ella no la molestaba. Por entonces pensaba que Guenia solucionaría su futuro cuando aprendiera mejor el idioma, en el que no hacía demasiados progresos. Una vez alcanzado ese punto, podría ponerla a estudiar o a aprender una profesión provechosa. Era tan dócil que Estrella contaba con hacerse cargo de su vida sin ninguna complicación. Tendría una “protegida”. Ese tipo de fantasías decimonónicas también le gustaban.
Así fue como, aprovechando la ausencia de la propietaria, uno de los primos de Estrella, un hijo de Eusebio que vino a pasar las vacaciones desde Alemania y que acababa de divorciarse, se encaprichó de ella. Y lo tuvo fácil.
Nunca se le hubiera ocurrido. Hasta que, en una llamada a casa, su madre, bastante incómoda, le comunicó la sorprendente novedad de la fuga de Guenia.
Hasta ese momento, aquel verano había sido bastante bueno. Se divirtieron mucho en el viaje por carretera a la costa catalana (tan diferente al que hizo con Paula, en autobús, las dos pobres putas, en el verano de 1983...), comieron mucho, rieron mucho, llevaron autoestopistas y se sintieron las mejores amigas. En el festival gay encontraron pocas chicas. Se enrolló un poco con una, pero le pareció vulgar. Patri propuso largarse de allí e ir a San Sebastián, cruzando media España, a otra celebración por el estilo. A las afueras de Barcelona encontraron a una autoestopista con mochila (no prostituta de carretera, por tanto). Se llamaba Carmen, no estaba mal y parecía buena chica. Resultó que vivía en una especie de comuna rural cerca de un pantano en el campo del norte de Aragón. Como a Estrella le gustaban el campo y la agricultura la llevaron hasta allí. El lugar era estupendo, muy aislado, rodeado de bosques, en plena naturaleza. El jefe del grupo era un machote hippy llamado Jose, pero su pareja, una mujercita fea y graciosa llamada Piti, les pareció encantadora a todas, una versión contracultural de la tía Reme. Al final se quedaron allí un mes. Fue muy divertido: todo el rato en pelota, trabajando en el campo, haciendo excursiones, bañándose en el pantano y conociendo gente extravagante que iba y venía. El dinero de Estrella, naturalmente, fue muy bien recibido.
Pero acabó mal cuando fueron a un pueblo próximo a hacer compras y llamó a casa y se enteró de lo de Guenia. Trató de disimular el daño que sentía por su abandono. Y más aún porque se dio cuenta de que la rusita probablemente se había sentido a su vez abandonada cuando su ama pensó que le había otorgado libertad. Se fue a Alemania con el primo, el cual se casó con ella para ser más tarde también abandonado. No volvió a verla, Guenia nunca quiso volver por Villa Orchard.
De regreso en casa, sin Guenia, se sintió un poco sola. Había sido como perder a una especie de animal doméstico. Sobre todo porque apenas podían comunicarse verbalmente (y porque a Guenia tampoco parecía gustarle mucho hablar, aunque fuese en su propia idioma). Necesitó un par de días tras el regreso, sola en su gran apartamento privado encima de la casa de su madre, para darse cuenta de la gravedad del error que había cometido. Guenia se había sentido abandonada cuando ella se fue sin ningún motivo especial. Sin palabras, sin compromisos, habían vivido un amor muy intenso y privado. Y entonces Estrella se iba, la dejaba sola con aquella gente a la que apenas había llegado a conocer, en un país lejano cuya lengua no comprendía. El primo lo había tenido fácil.
Y habían vuelto a humillarla. Estrella se solía decir a sí misma que solo por el hecho de ser prostituta no tenía derecho al amor propio y que, además, el amor propio resultaba un estorbo en general. Sin embargo, puesto que estaba sola, el amor propio debía de serle necesario. Su hermano la espantaba todos los veranos, la insultaba con su desprecio al hacerla huir como única forma de que trajese a sus horribles hijos para que la abuela los viera. El primo le había quitado a su novia. Las mujeres del barrio chismorreaban y se burlaban. Envidiaban su dinero y despreciaban su condición, un poco como pasaba con las lesbianas de Málaga. Lo que hacía viajando tanto era huir.
Sin embargo, algunas personas la amaban. Pero no vivía con ellas.
Pensó que tenía que ponerse de una vez con su libro. No con las novelas, sino con el ensayo sobre el lesbianismo. Lo escribiría en español y, por tanto, exigía que conociera mejor los ambientes lésbicos en la España de su época. Así que en septiembre comenzó otra gira.
Tuvo que empezar por Madrid y Barcelona. De Málaga había poco que contar: las lesbianas dependían por completo de la comunidad gay, de los tíos, que se organizaban mucho mejor. Conocía a algunas, le contaban historias. No la querían, pero aprendía de ellas.
En Madrid había algo de todo. Se alojó con Toñi, que no era lesbiana, pero sí una buena amiga. Con Patri no podía ser: la luchadora y antigua guardaespaldas tenía una novia muy celosa y eso no tenía arreglo. Y por cierto que el piso de Patri y Elena se había comprado en parte con dinero prestado por Estrella (y el otro dinero, claro está, era el que Patri había ahorrado cuando trabajaba para Estrella). Toñi vivía con su vieja madre en un piso de barrio, pero contaban con un dormitorio libre. Le dijo que nada de hotel. Que con ella.
Era la primera vez que se alojaba así (sin sexo). Toñi era muy alta, divertida y más bien bonita. La madre era una mujer del pueblo simpática, animosa, que la acogió con afecto. Otra de esas grandes mujeres de la clase popular. El padre se había largado hacía tiempo. Los otros hijos, independizados. Solo Toñi seguía en casa, tras una convivencia fracasada con el novio que una vez Estrella había alojado también en su casa durante unas vacaciones (se hacía el buen chico, parecía inofensivo). Toñi ahora trabajaba en una heladería y no ganaba mucho.
El cochazo, Estrella lo metió en un parking vigilado, porque no era cosa de aparcar el Mercedes en un barrio popular. La madre de Toñi lo sabía todo sobre ella, y se divertía con sus historias de prostitución, lesbianismo y millonarios. Mientras que a la madre de Estrella no le gustaba hablar de semejantes temas, a aquella mujer (como a la tía Reme) se le ocurrían toda clase de preguntas. No procaces, sino ingeniosas y a veces muy agudas.
Toñi recordaba aquellos dos años y medio en que trabajó como limpiadora (o "asistenta") de una prostituta de lujo. Estrella la había contratado en febrero de 1984, cuando había empezado a cobrar veinte mil pesetas a la hora. Todavía no había comprado la casa en Torremolinos, pero ya ganaba bien y no quería seguir limpiando ella. No tenía por qué. Por tres mil pesetas diarias era fácil conseguir una limpiadora para todo el día, y había muchísimos anuncios de mujeres que buscaban trabajo. Ella lo subiría hasta cuatro mil y la comida. Patri era vecina suya y fue quien la recomendó.
“Lo más grave es lo de mi dormitorio. Tienes que estar cerca cuando yo estoy con el tío, pendiente de cuando termine. En cuanto se va, tienes media hora para arreglarlo todo mientras yo me baño, y después arreglar el baño, claro. Cambiar las toallas, las sábanas, todo. El resto del tiempo, tranquilamente: haces la cocina, el resto de la casa, la lavadora, planchas un poco, a tu ritmo… puedes hacerte de comer lo que quieras. Tú misma eliges lo que comes…”
Le dijo que no iba a estar sola, porque aparte de Patri, iba a contratar también a una peluquera (en realidad, tardó casi un año más en decidirse por lo de la peluquera, fue en enero del 85). Serían muchas mujeres. Y de vez en cuando vería también a su novia, Paula. Más las frecuentes visitas de Elena, la novia de Patri (que acabó trabajando también, ayudando algunas horas a Toñi, que no daba abasto). Y, finalmente, hasta contrató a una "telefonista" para que atendiera las llamadas de los clientes. Todo mujeres. Así Toñi se enteró de lo de su segundo estigma, lo cual no le extrañó, ya que era conocida de Patri.
Toñi dijo que sí, que se atrevía, que no habría pegas. Y esa misma tarde se quedó allí.
Aquella primavera de 1984 fue estresante para Estrella en muchas cosas, pero hubo bastantes días buenos. Solía encontrar “huecos” en su horario "de atención al público". Porque no tenía suficientes citas, o porque uno fallaba (más adelante encontró la forma de evitar que quedasen demasiados “huecos”, sancionando a los que no avisaban y utilizando sustitutos, "comodines", a precio más barato y que acudían en taxi a aprovechar la oportunidad). Lo pasaban muy bien, chismorreando. A Estrella le gustaba ser la jefa, a pesar de sus obvios problemas de carácter. Paula, que seguía en el puti-club, solía pasarse, a vigilar, celosa también. Patri, la lesbiana un poco hombruna, se mantenía seria, pero cordial, cada vez más digna de confianza y generadora de tranquilo afecto.
Y la más divertida era siempre Toñi, la limpiadora. Paula se daba cuenta de que a Estrella le gustaba Toñi y de que a Patri le gustaba Estrella, pero que Patri no quería serle infiel a Elena, que no era menos celosa que Paula. Elena daba problemas. Llegó a pedir que le pagara más a Patri cuando ella subió los precios a los clientes. Estrella trató de no perder la calma. Recordó que ahora los tíos eran mucho más fáciles, casi todos clientes fijos, que muchos días la mandaba a casa antes porque no necesitaba realmente a Patri (cuando no entraban clientes nuevos) y que, en todo caso, si el trato no les gustaba, ella podía buscarse a otra guardaespaldas por menos precio. Elena nunca perdonó eso a Estrella. Además, se dio cuenta de que Patri no quería perder la amistad de Estrella y por eso hizo todo lo que pudo para evitar que hubiera pelea. Esto sucedió en 1985, después de que Paula desapareciese (aquella crisis las había unido mucho a Patri y ella). Por otra parte, ayudaba a la convivencia el que Estrella a veces pagara a Elena para que ayudase a Toñi con la limpieza, porque nada más el lavado de sábanas, ropita y toallas, y el correspondiente planchado consumía la mayor parte de su tiempo.
De los primeros tiempos fue cuando en abril del 84 por fin reunieron los primeros millones de pesetas necesarios para comprar la casa de Torremolinos, Estrella necesitó dos testigos para la notaría. Salieron muy de mañana de Madrid, Estrella, Paula y Patri. Estrella condujo a la salida de Madrid. Por la Mancha tomó el volante Patri (Paula aún no tenía el carnet: la habían suspendido por tercera vez). Al mediodía Estrella entró en Málaga. Llevaban diez cheques de diferentes bancos y bastante dinero en efectivo, siguiendo los consejos que le habían dado sobre blanqueo de dinero. Tenía un miedo terrible a que le tironeasen el bolso por el centro de Málaga. Aparcaron y después caminaron hasta la notaría. Allí esperaron a la hermana. Encontró que la hermana estaba un poco asustada mientras Paula y Patri trataban de ganarse su confianza, pero la hermana no podía dejar de pensar que ambas eran también prostitutas.
El papeleo fue un poco tenso, se intercambiaron los cheques y los fajos de billetes ante el notario con cara de poker, probablemente disgustado por la tensión que se observaba en el grupo de mujeres. Se firmó todo. La hermana, una semi-obesa infeliz, sin estudios ni profesión ni amigos, era ya propietaria de una casa. Una casa que Estrella no había visto. Ni la madre tampoco.
“La escritura, para ti. Y toma esto, hay casi un millón para que vayáis tirando: los muebles y eso. Y ponte a sacarte el carnet de conducir. Yo me tengo que volver enseguida a Madrid. Que pongan teléfono cuanto antes, quiero hablar con mamá a cualquier hora, ¿de acuerdo?”
Y besó a su hermana, algo que rara vez había hecho.
Se había gastado casi todo el dinero. Por la noche, ya en Madrid, durmió como un tronco, pero la casa olía a limpio por el trabajo de Toñi. Al día siguiente ganó casi cien mil pesetas.
“Qué buena eres, cariño”, decía ahora, seis años más tarde, la madre de Toñi. “Cuánto has hecho por tu pobre madre”.
“Pero, señora, ¿a usted le habría parecido bien que lo hiciera Toñi?”
“Pero, hija, tú eres lesbiana. Toñi, no. Tú has hecho bien en sacarle dinero a los tíos.”
“Pues lesbiana o no lesbiana”, intervino Toñi. “A veces pienso que también tendría que hacerlo”.
La madre se encogió de hombros, no muy hostil.
“Ya encontrarás un buen hombre que te aprecie, hija. Y un buen trabajo.”
Toñi había empezado a trabajar muy pronto, de dependienta y cosas así. De jovencita le gustaba mucho salir, ir de fiestas. Vagamente había querido ser enfermera. Después había hecho un cursillo de secretariado. Pero no todas las mujeres sin estudios universitarios podían ser enfermeras, secretarias o peluqueras. La verdad era que a Toñi no le interesaba nada en especial. Era alegre, aunque ya parecía haber madurado más.
Mientras Toñi estaba en la heladería, Estrella hacía visitas lésbicas. Poco a poco el ambiente lésbico de Madrid se iba desligando del poderoso ambiente gay de la movida madrileña. Conoció a una chica que también se dedicaba a la prostitución pero su mirada era muy dura, le pareció hasta cierto punto embrutecida.
Habló con un tipo de una editorial, y le explicó el libro que quería escribir. Le ofrecieron publicación si ella ponía dinero para los gastos de edición. Puesto que la editorial era una realidad, de cierto nivel, Estrella no lo descartó. En cualquier caso, pues, su libro se daría a conocer.
“Eres muy atractiva”, le dijo el editor, “eso podría explotarse, con una buena foto en la contraportada y tal…”
“Y que el libro no sea muy malo…”
“Por supuesto. Espero no llevarme un susto cuando me pases el manuscrito”.
Estrella esperaba que no. Pensaba imitar en buena medida el plan de algunos libros parecidos que había adquirido en Estados Unidos.
Conoció a una famosa actriz lesbiana. No le gustó. Había oído hablar de otra famosa actriz lesbiana mucho más interesante, pero no estaba disponible. Se acordó de Marcus. A Marcus le divertía pensar que su esposa pudiera tener un affair lésbico con alguna famosa actriz. Escribieron a tres famosas actrices, adjuntando espectaculares fotografías de la belleza de ojos verdes que se les ofrecía. Pero ninguna respondió. A Stella le habría encantado hacer el amor con Jodie Foster, que decían que era tan inteligente.
Ya a punto de salir para Barcelona, una noche fue a recoger a Toñi de la heladería. Los ojos de su amiga los tenía pícaros en aquella ocasión. La tomó del brazo y se fueron juntas.
“Tengo una sorpresa esta noche para ti”.
Pensó que tal vez había localizado a Chelo, la peluquera, que decían que se había ido a las islas Canarias. Nunca lograron ganarse su confianza, aunque llegó a formar parte del grupo. Con Mari, la estudiante de psicología que empleó de telefonista, tampoco se mantuvo el vínculo.
“Quiero que me hagas el amor. Quiero mi primera experiencia lésbica”.
“¡Pero eso es peligroso!” casi gritó Estrella.
De Madrid a Barcelona recogió a un mochilero. Era el típico hippy vago drogadicto que decía que él quería ser siempre libre. Peligroso no era, desde luego, pero tampoco dio mucha conversación. No volvería a llevar a un tipo de esos, no valía la pena. Lo dejó a la entrada de Barcelona.
“Tía, si te enrollas déjame algo.”
“Pues no.”
Y él se encogió de hombros (no la insultó ni nada). Mientras volvía a arrancar vio cómo al instante se ponía a pedir limosna a los que pasaban por la calle. Toda la gente era vulgar. La inmensa mayoría. Las lesbianas también. Toñi había estado maravillosa, pero había sido solo “una experiencia” (siempre pasaba lo mismo). Qué buena, Toñi. Qué emocionante y qué sabroso.
Así que, en Barcelona, un poco aburrida de lo de siempre (y, encima, el nacionalismo catalán), no hacía más que pensar que las lesbianas realmente buenas eran las que se limitaban a “experiencias”. Su nación no existía. Así surgió una idea.
En Barcelona también habló con el de una editorial (más importante que la de Madrid) que le dijo más o menos lo mismo que el otro: si pagaba los gastos de edición y la calidad era aceptable, la distribuirían y publicitarían. Volvió a casa antes de Navidad y todavía tuvo tiempo de vivir una de sus mejores aventuras eventuales en su piso picadero: una holandesa llamada Agathe, otra "primera experiencia", dulce de verdad; también la dejo ir, libre, guardando un recuerdo feliz para ambas...
A primeros del año siguiente se trasladó de nuevo a Frankfurt pasando por Paris.
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