En la primavera de 1989, tras su poco feliz encuentro con Martina fue a ver a Irene. Hizo trío con la novia de ésta y las dos celebraron sus nuevos pechos. Algo que estuvo bien fue que descubrió que había hecho progresos en cuanto a la forma de relacionarse con los demás y en cuanto a su propia preparación intelectual. Finalmente, fue a Frankfurt en pleno verano. Alemania en verano. No volvió a ver a Martina entonces porque, aunque ésta ya había aprobado todos sus exámenes, se había ido a las montañas con unos amigos, muy rápidamente, y Stella no guardaba buen recuerdo de la excursión a aquellas montañas. Los suizos y sus montañas. Ya iría más tarde. Tal vez se había apresurado a perderse entre sus amigos naturistas o ecologistas para huir de Stella.
De todos modos, la lujosa ex concubina no iba a dejar de ejercitarse en caminar por las montañas. Al fin y al cabo, a ella también le gustaba mucho la naturaleza. Quería desarrollar un cierto gusto racional por las emociones puras: supongamos, se decía, que su amiga Martina se escudaba en sus excursiones y estancias montañesas para eludir el gusto de Estrella por los abrazos tiernos en lugares íntimos, cerrados, entre sábanas limpias y fragancias de champú. Pues bien: el que ella utilizase la naturaleza contra el amor no tenía por qué hacerla despreciar algo tan bonito como los paisajes de bosques, riscos y cielo azul. No, no sufriría un castigo añadido por su rechazo…
Pensar en esas cosas la hacía sentirse feliz, satisfecha de sí misma. Las cosas son las cosas. Las "cosas" siempre son inocentes porque no hay mal donde no hay mal alguno. Lo mismo pasaba con el sexo. Si una chica la rechazaba por otra, eso no condenaba a la otra. Podía ser también una buena chica. O podía no serlo. Dependería exclusivamente de sus circunstancias, no de las de Estrella. Las cosas son las cosas. Pero no siempre era así, y pensaba que también era bueno sentir los errores ajenos, la injustificada hostilidad de quienes se equivocaban.
Por aquella época aprovechó para dar forma a varios proyectos de novela.
Seguía contando con su historia utópica, un poco inspirada por sus breves experiencias rurales en Canadá y Francia, e incluso lo de la epopeya de ciencia-ficción, pero empezó también a elaborar un proyecto de novela costumbrista, una historia que le venía dando vueltas desde hacía tiempo, pero que rechazaba porque tenía mucho que ver con el sexo.
La historia era la siguiente: había leído, en sus lecturas pornográficas que tanto la habían ayudado a ganarse la vida, la historia de un chico de clase humilde que era invitado por unos tíos pudientes a pasar con ellos el verano en un chalé con piscina. Allí resultaba que el sobrinito se convertía en juguete sexual del tito y de la tita. El chico lo pasaba bien con ambos, aunque prefería a la tita. En esa historia había un componente de perversión y abuso familiar que de alguna forma la había excitado. Lo había comentado con algunos de sus clientes. Y uno de ellos, el más cínico y relajado (uno del que nunca esperó que le ofreciera matrimonio o que le declarara su amor), al que llamaba para sí “el Abogado Astuto”, le dijo que conocía bastantes historias como esa. La experiencia de Estrella de abusos sexuales era que de niña su hermano adolescente la obligó a masturbarlo, más los manoseos, toqueteos y besuqueos de su padre que le daban bastante asco. No era mucho (por suerte), en comparación con otras historias. Y el Abogado Astuto fue uno de los primeros en confesarle que tenía la fantasía de sodomizar a un jovencito. Resultaba ser una fantasía común que también se daba en Estados Unidos (quizá allí tuviera más razón de ser por la época de colonización, cuando escaseaban las mujeres).
Además, recordaba cierto día, en diciembre del año 84, cuando Paula y ella viajaron de Madrid a Andalucía para pasar unos pocos días de fiesta por Navidad con sus familias, en el que recogieron a un autoestopista. Era por la Mancha, en una gasolinera, cuando estaba lloviendo. Paula tenía que hacer pis y ella se quedó junto al coche, y entonces vio a un desgraciado que hacía como para acercarse a ella, pero que se detuvo y se quedó donde estaba, un poco encogido, con aspecto de gran abandono. Después el tipo aquel se acercó a un camionero y ella oyó que le pedía que lo llevase, que buscaba trabajo en la aceituna de Jaén. El camionero no le hizo caso y entonces a Estrella se le ocurrió que el tipo no se había acercado a ella porque daba por seguro que unas mujeres jóvenes y guapas no iban a llevar en su automóvil a un vagabundo. Un poco por dárselas de valiente, fue ella la que se acercó a él. Le gustó la timidez y humildad del vagabundo. Cuando Paula salió del baño ya habían metido su bolsa en el maletero.
Incluso lo invitaron a tomar un café en Bailén. Incluso Paula (que era de campo) preguntó al del bar si sabía si empleaban a forasteros en la cosecha. El del bar dijo que él no sabía pero, añadió con ostentoso desprecio mirando de reojo al pobre, que el que quiere trabajar encuentra trabajo. Otro hombre en la barra comentó que la cosecha se presentaba bien, y pregunto si él tenía experiencia. El vagabundo dijo que no, por desgracia, pero que siempre se podía probar. Lo dejaron allí.
Conversaron un poco sobre él las dos amigas, camino del pueblo de Paula, en la provincia de Sevilla. Si fuese mujer, ése podría ser como nosotras, comentaron.
En efecto, Estrella pensaba que, de haber sido hombre, no habría podido ser más que un vagabundo infeliz como aquel, que les había contado que hacía poco que había salido de la mili, que su padre le había dicho que se quedara en el ejército porque en casa no había nada para él. Aquel pobre no tenía estudios ni profesión ni amigos ni parientes que lo ayudaran. Su sola aspiración era conseguir un trabajo “tranquilito” y tener una casa. Tal vez una novia. Algo. Ni siquiera contaba con fuerza física. Había intentado ganarse la vida como vendedor a domicilio, pero no sabía vender. No sabía hacer nada. Exactamente como ella. Porque hacer cositas con la boca en los rincones más naturalmente sucios del cuerpo masculino no era saber hacer algo. Era caer en la indignidad tanto como un mendigo.
“Con el talento que tú tienes…” ¿Qué talento? Paula no podía ganar ni la cuarta parte que Estrella simplemente porque, como la inmensa mayoría de las prostitutas, no podía ignorar la condición vil de sus clientes y no les ahorraba gestos mínimos de intencionada frialdad y desprecio que todos percibían. Solo Estrella les sonreía con dulzura, humildad y sumisión. Solo Estrella los trataba "de usted" (o incluso de "señor", "mi señor" o "señorito", según el gusto del tipo), se vestía de novia, se ponía de rodillas, les besaba la punta del capullo hasta que se corrían en su boca y luego, con los labios manchados, les decía, servil, con el tono de voz que usaría una enfermera cariñosa con un niño enfermo, que esperara un segundo, que ahora ella iba a limpiarlo (ella, limpiarlo a él). También les secaba la espalda con una toalla después de que se ducharan, y les besaba los pies y el culo (después de enjabonárselos). Era por eso por lo que le daban tantos millones de pesetas, y no porque fuera educada y les hablase de libros. O porque tuviera unos hermosos ojos verdes y una suave piel blanca y rosada.
Aquel infeliz también lo hubiera hecho… si alguien le hubiera pagado por ello (pero, por lo visto, la prostitución masculina era algo de lo peor; los homosexuales pagaban poco y, en todo caso, apreciaban las grandes y duras pollas). De haber sido ella hombre, seguro que no habría tenido una gran polla, igual que su vagina era estrecha y un poco seca. Habría sido uno de esos hombres débiles entre los que ella siempre había encontrado sus clientes favoritos. Un hombre así no puede satisfacer al homosexual pasivo, que es el que paga. (Los homosexuales hacían sexo anal. Estrella tenía bastante lubricación anal, si bien lo único que le gustaba del sexo rectal era que acentuaba el salvajismo del macho y por eso la hacía sentirse más mujer. Sexualmente era bastante lesbiana: en general, no le gustaba la penetración por ningún conducto. Solo la disfrutaba de verdad cuando estaba muy excitada, y para eso necesitaba estar con chicas.)
Así, a partir de esas historias, reales, auténticas o imaginadas, se fue formando una historia sórdida, mientras más sórdida mejor, acerca de un muchacho violado por sus tíos que, después de la mili, huía a Madrid sin tener nada, con la vaga esperanza de encontrar una mujer que pudiese aprovechar su experiencia sexual. Se le ocurría que podía trabajar de cosechero, como aquel desgraciado. O quizá de camarero. O que un tipo por el estilo de algunos de sus clientes lo utilizara para cumplir una violenta fantasía de abuso.
Casi todos sus clientes asiduos la habían sodomizado. Eso sí, Estrella eludía siempre a los que tenían penes gruesos, si bien, no sorprendentemente, la gran mayoría de sus clientes tenían penes pequeños y endebles (los hombres débiles). Cuando le venía uno con un gran pene, siempre ella le decía que, con un pene así, era raro que tuviera que pagar. Y hacía que no volviera.
Además, sodomía aparte, la habían violado por lo menos dos veces. La primera, en el puti-club donde trabajó con Paula nada más llegar a Madrid. El dueño del puti-club había visto algo en ella que lo molestaba y lo provocaba. Le dijo que se lo tenía que hacer en su despacho. Estrella sabía que muchas se negaban a hacerle nada al jefe, lo que a ella le parecía un prejuicio tan tonto como el de no besar en la boca a los clientes que lo solicitaban. Pero exigió pago. El tipo dijo que de eso nada, que se lo haría allí mismo y por la cara. Entonces, ella se fue, y el tipo vino después a pedirle perdón. No pasó nada. Pero rumiaba una venganza para humillarla. Un par de días más tarde, cuando Paula estaba en el reservado, y ella en compañía de otra de las varias que la despreciaban y la odiaban por ser diferente, él vino a decirle que le había salido un trabajo especial, que requería de ella, que era la mejor chica de todas. Estrella fue tan tonta como para salir con él. El tipo la montó en su coche y le dijo que una chica como ella no podía desperdiciarse con las otras en el club, que había clientes especiales que buscaban chicas como ella, tan jóvenes, tan guapas, tan dulces y tan educadas. Estrella habló entonces de que ya empezaba a pensar que podía ganar más. Él dijo que por supuesto, que la iba a llevar a un piso reservado solo para personas de posición, gente de mucho nivel. La hizo subir a un apartamento y allí dijo que se lo tenía que hacer a él. Que él iba a tomarse muchas molestias, muchos gastos, y que eso exigía pago para los beneficios comunes. Estrella se dejó hacer. El tipo ni siquiera se lo había lavado. Después la devolvió al club, diciéndole que lo de los tipos importantes era verdad, pero que solo había querido enseñarle el piso. Estrella volvió llorando. Pero eso no fue todo. Paula se enfadó mucho cuando se enteró, y Estrella dijo que igual valía la pena, si finalmente se hacía como el tipo decía, si ese piso lo iba a usar para clientes importantes. Estrella tenía muchas ganas de salir del club, en donde todos podían verla, y donde ni siquiera la protección de Paula le permitía librarse del acoso y la intimidación de las otras.
A los dos días, el jefe otra vez se la llevó, diciéndole que ahora sí que había un cliente importante. Pero ya en el coche comenzó a sospechar que era otra mentira. En efecto, en el piso no había nadie. La volvió a utilizar. Ella se mostró pasiva, lloró, humillada, y el tipo se reía y se reía. Luego la volvió a devolver al club. Todavía tardó dos días en irse con Paula de aquel sitio. Fueron dos veces, pero ella lo contaba como una sola violación.
La segunda violación fue a pesar de Patri. En los primeros días en el piso le llegó un cliente con mala pinta. Entonces ella solo pedía diez mil pesetas por hora la primera vez (subía a quince mil si querían repetir otro día, y veinte, si querían media hora más). El tipo aquel dijo que sólo quería echar un polvo, no tanta cosa. Estrella le dijo que eran diez mil, igual. El tipo empezó a desabrocharse y dijo que se lo haría rapidito. Mostró un pene erecto y una sonrisa cruel y burlona. Parecía peligroso. Entonces era cuando Estrella tendría que haber corrido hacia la puerta, gritado y aporreado para que entrara Patri, pero en lugar de eso pensó que si era rapidito no pasaba nada, que lo importante sería terminar cuanto antes y no complicarlo llamando a Patri. Fue “rapidito”, el tipo se la metió, haciéndole daño (Estrella siempre tenía problemas con la lubricación) y se corrió dentro del preservativo (al menos, se lo puso). Se abrochó y se marchó sin pagar, muy contento. Eso fue en 1984. Después, nunca más volvió a sucederle algo así. Una vez llamó a Patri y el tipo se largó. Pero a medida que cobraba más, los tipos peligrosos venían menos. Así son las cosas: se abusa más de los pobres y también los pobres son más abusadores. Todo es malo entre los pobres. Y los pobres que se hacen ricos son los peores de entre todos. Marcus era una excepción en eso. Pero Marcus era norteamericano. Protestante. Anglosajón. Se sentía orgulloso de cumplir las reglas.
Fue en el periodo de Frankfurt cuando su novela comenzó a tomar forma. Pero era demasiado sexual. También se le ocurrió otra historia, acerca de una anciana gurú feminista que vivía retirada en una granjita de Norteamérica. Pero de esta novela poco tenía más que el personaje: se imaginaba a sí misma como anciana, con el pelo muy corto y vestida con un chándal. Se inspiraba en una mujer que había visto en la comunidad religiosa de Francia.
Para Estrella, la feminidad era un estado de esplendor artificioso, no una cuestión genital. Para Estrella, una niña de diez años podía ser una mujer si poseía la dulce sensualidad propia de esos años. Y a los cincuenta, una mujer podía ser aún hermosa y maternal. A partir de ahí, se entra en el estatus de ancianidad, donde solo la sabiduría tiene valor. No se es ya más mujer. Algunas personas con vagina no llegaban a serlo nunca. Los marimachos que se encontraba en los locales frecuentados por lesbianas no le parecían mujeres. Su hermana tampoco se lo parecía. Y casi tampoco lo había sido ella cuando no era más que una adolescente tonta, torpe, virgen y estudiante fracasada. Aprender a ser mujer se le aparecía como una iniciación en la excelencia angélica. No muy diferente, pensaba, de lo que sucedía con las obsesiones de hombría de los machos. Solo que la mujer representaba el bien, y el hombre, el mal. La mujer realmente mujer es una santa, y el hombre realmente hombre es un asesino. Los hombres-santos son hombres-mujeres. Y ella no había conocido todavía ni a uno.
Había conocido a algunos gais… y le causaron mala impresión… Más adelante conocería muchos más.
Cuando llegó a Frankfurt, en verano, le pareció una ciudad muy alegre, llena de árboles, flores, fachadas coloreadas y bicicletas. Lo primero que hizo fue encontrarse con su amiga alemana, la que la había visitado en Málaga. Le había buscado un alojamiento compartido con un matrimonio de alemanes. En realidad, la chica era una italiana casada con un alemán. Ella había esperado un piso de chicas y sospechó que Jutta, la alemana, la quería solo para ella y por eso la había alejado de otras lesbianas (luego se enteraría de que, en efecto, había bastantes pisos compartidos por chicas lesbianas o medio lesbianas). Jutta no le había parecido ninguna maravilla, aunque era bastante educada. Después de instalarse, y acompañada por Jutta, Stella se matriculó en una escuelita de alemán para extranjeros muy simpática, que llevaban unos “Verdes” locales. Allí podría ir por las mañanas, a aprovechar el tiempo, ya que a esa hora las chicas que quería conocer estarían estudiando o trabajando.
Por la noche, Jutta la llevó de bares y restaurantes. Por la noche, a la cama con ella, de modo que no estrenó su nuevo alojamiento. Al desayuno descubrió que Jutta sí compartía el piso con dos estudiantes chicas. No sabía si lesbianas.
Se aburrió pronto. Con Jutta visitó varios locales para lesbianas, asociaciones culturales de tías, diversas cosas “alternativas”. Su alemán daba para poco, aunque el inglés le servía más (incluso el francés y el español). Las encontró, como siempre, muy izquierdistas, muy desastradas, un poco masculinas, nada mejor que Paris y no mucho mejor que en Madrid (menos vulgares y antipáticas que en Madrid, eso por supuesto). Sus sugerencias tuvieron poco eco, pero después de sus experiencias con Irene y su un tanto atropellado peregrinaje por Norteamérica, ya estaba acostumbrándose a ser discreta. En realidad, no encontraba ni por dónde empezar. Eran su pueblo, las lesbianas. Y, sin embargo, no atendían a sus profecías.
Durante las dos o tres primeras semanas iba por la mañana a la escuelita de alemán para extranjeros (que era muy barata y no demasiado buena, pensada sobre todo para ayudar a los inmigrantes) y después quedaba con Jutta y sus amigas.
Entre las lesbianas había obreras, estudiantes, un poco de todo, pero en general se trataba de gente joven. Se acercaban a ella para manosearla, para ligársela. Gustaba mucho porque era muy guapa, muy muñequita, y comprobaba que sus nuevos pechitos redondos y firmes hacían efecto. Así que le seguían la corriente con un único interés. Y, además, tenía dinero: la mayoría de aquellas lesbianas alemanas eran pobretonas, estudiantes o desorientadas laboralmente. Stella podía invitarlas, obsequiarlas…
Un poco por predicar sus ideas a favor de la promiscuidad sexual entre chicas, a la cuarta noche se fue a la cama con una pareja de mujeres, lo cual a Jutta no le gustó, el resultado de lo cual fue que a partir de entonces su anterior anfitriona la fue rehuyendo… sin que Estrella (Stella) encontrase tampoco mucho con quien sustituirla.
No se estaba haciendo popular pese a su atractivo. Sus ideas eran demasiado extravagantes, no hablaba más que un poquito de alemán y encima, como siempre, ya había contado lo de que tenía dinero porque se había casado con un millonario, historia que rara vez hacía gracia. Comenzó a tener tardes sin nada que hacer. Por supuesto, podía largarse cuando quisiera, pero era demasiado pronto para volver a rondar a Martina por Zurich. Entró en un estado de apatía que rozaba la tristeza. Sus encuentros sexuales no acababan bien. Tampoco discurrían bien. Sus amantes no eran generosas, y algo muy evidente en el sexo lésbico es que todo depende de la actitud personal. No hay orgasmo simultáneo y se goza por el empeño que la otra persona ponga en que una goce. Stella era muy activa y sensible, lo hacía muy bien, pero las otras no solían corresponder o se forzaban a sí mismas a una desganada reciprocidad que demostraba egoísmo y desdén. Aquellas chicas no eran buenas. Por lo menos, se podía decir que no tuvo suerte con ellas en aquellos días. En una ocasión volvió a hacerlo con una pareja y las tipas hablaban entre ellas (sabía poco alemán para entenderlas), intercambiaban miraditas de burla y desconfianza. Se mostraban pasivas, desconsideradas. Se sintió utilizada y despreciada.
A veces le pasaba eso. Se decía que podía hacer cualquier cosa. Podía coger su coche y largarse a Paris, a Berlin, a Hamburgo. Tenía muchas direcciones de bares de lesbianas, de chicas que le habían escrito. Podía ir de compras. Podía ir al cine. Pero a veces se quedaba sola, medio deprimida. O se ponía a masturbarse y a usar sus sofisticados consoladores adquiridos en París, con movimiento, calor y lubricación propios. Para Estrella, que se aburría en los bares y en las fiestas, lo único que le gustaba, fuera de las delicias de la conversación elevada (donde se asomaba el verdadero amor), era el sexo. Pero las chicas que encontraba no eran buenas. No eran generosas. No eran femeninas, a su parecer.
Así fue como, un poco aburrida, comenzó a tratar a Violeta y a su hermano, unos argentinos. Violeta hacía poco que había venido de Argentina, país que pasaba por una de sus cíclicas crisis económicas. Era una muchachita muy graciosa, de baja estatura, de ascendencia italiana, con pinta de hippy y algo artista (dibujaba muy bien). La había conocido después de que, en contra de lo conveniente para aprender alemán, se formase un grupito de hispanohablantes en la escuela de alemán para extranjeros y que Estrella, siempre con dinero en abundancia, convidase a un par de meriendas. Había bastantes vascos, que venían a Frankfurt por cierta conexión de las escuelas de idiomas de allí. Un chico estudiaba Turismo, el otro, que era filósofo (nada menos que especializado en “Filosofía pura”), hacía traducciones del inglés al euskera, una chica gordita y sin gracia quería aprender alemán porque los alemanes iban a poner una fábrica en su pueblo. Y la chica argentina.
Eran gente bastante normal, jóvenes, sin mucho dinero. Se encontró a gusto entre ellos, se divertía sorprendiéndolos: “soy millonaria”, “estuve casada con un millonario americano”, “tengo un Mercedes”, “soy lesbiana”, “quiero desarrollar una ideología lésbico-feminista”. El filósofo era un tipo divertido y bastante educado y la argentinita tenía su encanto. Los llevó en su Mercedes a dar vueltas por la zona.
En la escuela le había surgido, además, otra distracción: le gustaba mucho una de las profesoras, una mujer muy dulce y elegante, de aspecto maternal, que vestía como al estilo de los años cincuenta, con una voz preciosa, y un carácter activo y a la vez un poco triste. Tenía un precioso rostro germánico y su único defecto físico eran las piernas, de feas pantorrillas. Ya había logrado ganarse cierta simpatía especial de ella en un par de conversaciones. Le recordaba un poco a la maravillosa Maggie. Acababa de divorciarse, de modo que era, en teoría, alcanzable (sin tener que dejarse follar por un marido), pero Stella se mostraba tímida, no estaba acostumbrada a la seducción… Se llamaba Gabrielle.
Una media tarde fue a visitar a Violeta, que vivía con su hermano y su cuñada alemana en una residencia para estudiantes (todo un apartamento con dos dormitorios). Silvio, el hermano de Violeta era un indio diez años mayor que ella que no se le parecía físicamente en nada. Pequeño y delgado (su hermana era regordeta), con ciertas facciones andróginas, estaba haciendo un doctorado en Pedagogia. Católico de la Teología de la liberación. Su esposa era una alemana rubia y agradable, muy educada y de buena familia, que hablaba un español perfecto.
Se empezó a encontrar a gusto allí, porque eran gente buena y cálida. Les contaba de sus viajes y sus extravagancias, incluyendo sus progresos en el acercamiento a Gabrielle (lo que divertía a los dos hermanos, aunque no tanto a la alemana católica). También apareció por allí otro doctorando, un centroamericano lascivo que enseguida trató de ligársela (no perdió ocasión de decir que consideraba eso del lesbianismo “una experiencia interesante”).
Cuando el centroamericano vio que no iba a conseguir nada (de hecho, a Estrella cada vez le gustaba más la pequeña y carnosa Violeta) comenzó a mostrar su natural maldad, ¿casarse con un millonario no es como la prostitución?
“Es exactamente eso”, contestó, y lo justificó ideológicamente, sin que ni Silvio ni su esposa alemana lo aceptaran, aunque no demostraron la maldad de su amigo.
En una de aquellas tardes después de clase había llegado a invitar a Gabrielle a comer (el dinero siempre ayudaba). Le contó un poco de su vida, pero de forma discreta. Hablaban en alemán, porque la profesora contaba con un muy limitado inglés. Fue entonces cuando se le ocurrió proponerle que podía darle clases particulares de la lengua de Shakespeare, ya que Stella –y fue estupendo que pudiese afirmarlo con total tranquilidad y bastante honradez- era profesora titulada. A cambio solo quería más clases de alemán, que podían consistir en almuerzos, excursiones y meriendas juntas con mucha conversación en la lengua de Goethe.
Le contó aquellos avances a todo el mundo, en especial a la familia argentina. Estaba encantada. Violeta le decía que se le lanzara una vez estuviera a solas con ella en su apartamento. Durante unos días estuvo tan ilusionada que hasta dejó de pensar en Martina.
Pero enseguida vino el jarro de agua fría: en un tono que no dejaba lugar a dudas, Gabrielle se excusó y cambió de planes, no habría clases de inglés, y sentía que… tenía otras expectativas. No podría decir si Gabrielle se había planteado un rollo con ella o si se le habían hecho demasiado evidentes las intenciones de Stella. Al fin y al cabo, desde el principio, ella había comentado en clase, con algunos de los profesores varones (tipos campechanos, progres) que ella era lesbi y que había venido a Alemania para conocer el feminismo lésbico local. Lo había proclamado en parte para librarse del acoso de algunos compañeros de clase, particularmente los que eran machitos primitivos procedentes de países del Tercer Mundo. Así que Stella finalmente no gozaría de aquella piel suave y cálida, de aquella delicada feminidad, de aquellos ojos y esa voz… Tuvo que conformarse.
Después de eso se centró más en Violeta. Había sido hippy, en efecto: un poco de artesanía y sus dibujos. Empezó a contarle historias, de sus padres burguesitos, de cuando se escapó de casa y de su precocidad sexual. También se había casado muy joven, con otro hippy (era brasileño, lo hicieron por los papeles de residencia), y se había divorciado ya. Cuando se hablaba con ella a solas, de forma intimista, no resultaba una simple locuela: era inteligente, sensata, afectuosa e incluso madura. Luego descubriría que todo cambiaba cuando pasaba al terreno pasional.
Una tarde se habían quedado solas en el dormitorio de la chica, hablando. Estrella le confesó su secreto final: la estancia en burdeles (un burdel “clásico” y cuatro clubs de alterne), el habérselo hecho con entre cincuenta y cien hombres al mes, y que había conocido a su ya ex marido en una orgía para millonarios en Inglaterra que le describió con todos los crudos detalles. “Qué fuerte”, dijo la chica. Entonces ella le contó que en Argentina también había tenido una experiencia lésbica (trío, con “tipo”, marido o amante) que la había hecho sentirse muy rara.
Violeta prestó atención a su teoría sobre el estigma y la androfilia. La teoría, ya casi totalmente perfilada por entonces, venía a ser lo siguiente: menos de la mitad de las mujeres son auténticas andrófilas, es decir, personas a las que, como a los homosexuales hombres, les gustan mucho los varones. La mayoría de las mujeres (Estrella incluía a su misma madre y a su hermana) no gustan de los hombres machos. Cuando una chica busca “un príncipe azul”, es decir, un chico bueno, guapo, cariñoso y enamorado, lo que está buscando, en el fondo, es algo que otra mujer podría darle mucho mejor. Pero el lesbianismo conlleva estigma y ninguna chica quiere ser rara, pues ya se sabe que las mujeres son muy tímidas. Por lo tanto, el lesbianismo tiene que desarrollarse paso a paso, con el cambio de costumbres.
Ahora bien, Estrella (que en su adolescencia jamás habría imaginado convertirse en una pervertida y que también soñaba con chicos buenos, guapos y cariñosos), debido al trauma de su fracaso en los estudios se había tirado al suicidio social de convertirse en prostituta antes que malvivir como una mujer pobre (niñera, limpiadora, dependienta, secretaria... ama de casa). Y puesto que la prostitución conlleva un estigma todavía más fuerte que el del lesbianismo no le supuso ninguna incomodidad dar el paso que la llevó primero a la cama de Paula (una prostituta que había conocido en el primer burdel que frecuentó, le explicó a Violeta) y después a la búsqueda de su utopía.
“Déjame que te dé unos besos”… Violeta miró para el suelo, estaba tendida en la moqueta del pequeño dormitorio, Estrella apoyada en la pared. Comenzó a avanzar hacia ella. No se negaba, luego asentía. Fue un beso muy dulce, luego siguió por su cuello. Estaba muy tierna, muy suave y femenina, y no tenía ni veinte años, se apetecía muchísimo, a Estrella se le inflaba el corazón de ternura y deseo. Pero en un momento se resistió: “mi hermano está en el dormitorio de al lado”. Lo dejaron ahí. Con Gabrielle, en su apartamento, no se habría atrevido tan fácilmente.
Y fue entonces, mirándola muy de cerca, cuando Estrella hizo un sorprendente descubrimiento: Violeta y ella tenían el mismo color de ojos. Era raro, porque el tipo de colorido verde-dorado de los ojos de Estrella no era nada común. Sin embargo, Violeta era de ascendencia casi totalmente ajena a España: italiana, un poco alemana y bastante elemento nativoamericano (que se notaba en el hermano, no en ella).
Poco después de aquel bonito incidente, Estrella (Stella) conoció en uno de los locales lésbicos a una chica alemana que no estaba mal. No era nada intelectual ni tampoco muy guapa, pero la encontró femenina y animosa. Ni siquiera era rubia, sino pelirroja. Le dijo que nunca había oído hablar de una teoría como la que defendía Stella. Ella confesó que era una “teoría inventada”, nada serio. Luego la miró de cierta forma y le preguntó, francamente, si quería tener un poco de intimidad. Dijo que sí, que por qué no.
Se llamaba Heike, era pecosa, pelirroja y vivía con sus padres. Hablaba inglés porque había estado de au pair en Inglaterra.
En la calle, después de salir del local lésbico de ligoteo, resultó que no se ponían de acuerdo de adonde ir. A sus padres no les importaba que fuera lesbiana (eso decían), pero habitaban en un piso pequeño y no estaría bien. Stella propuso ir a un hotel. Heike objetó que eso era caro. Stella se sorprendió de que no supiera todavía que ella era rica, ya que la comunidad lésbica era muy chismosa (pero Heike no atendía los chismes; en realidad, se aburría un poco cuando iba por allí; tomaba una cerveza y hablaba con alguna gorda que se quedaba con las ganas).
De camino al hotel, la chica alemana (“chica local”) le contó su pequeña historia (la de Stella era tan larga y complicada que mejor dejarlo para después de las delicias que las aguardaban): hasta hacía poco había tenido una novia, pero la cosa no prosperó. Stella dejó también para después preguntarle qué defecto tenía la chica para que la relación no prosperase.
Se metieron en el coche y fueron a las proximidades del gran aeropuerto, donde no faltaban hoteles. Fue muy fácil conseguir una habitación para dos chicas. Les dieron dos camitas, pero no importaba. Las empujaron para ponerlas juntas.
El sexo estuvo bien, como siempre que Stella llevaba la iniciativa. Y Heike era dócil. Cuando le explicó que el lesbianismo le gustaba por ser un “sexo cariñoso”, la chica le contestó que era virgen, que no conocía otra clase de sexo. También le dijo que quería estudiar para maestra, dedicarse a los niños pequeños (admitía lo limitado de su expediente escolar). Y que quería ser madre y que para ser madre no dudaría en casarse con un hombre, si hacía falta. Quería ser madre pronto. Entonces Stella empezó a contar su historia, comenzando por lo del millonario americano. Qué raro, dijo la otra.
La relación con Heike impidió que la amistad con Violeta derivase a lo pasional. Además, quería acercarse a Zurich a ver a Martina, que ya había terminado sus exámenes muy exitosamente (y cuando se vieron, charlaron como buenas amigas, hablaron de religión y de la vida en la naturaleza, pasearon en bicicleta). Jutta ya no contaba, pero de todas formas volvió a Frankfurt.
Fue en esto cuando Silvio y su esposa fueron a Argentina a pasar unas vacaciones. Violeta se quedó sola en el apartamento. Tuvieron entonces la relación completa y Stella descubrió que Violeta era sexualmente explosiva, la primera chica que conocía así: qué intensidad en los gestos amorosos. Después le entraba vergüenza, confusión, se ponía rarísima.
No siempre era sincera porque estaba acostumbrada a la falsedad de los hombres con los que coqueteaba. Estrella le propuso mecenazgo. Era incapaz de juzgar si era una artista de talento. Tal vez lo fuese. Así que dijo que podría ayudarla económicamente si la tenía al tanto de sus progresos como pintora. La mención del dinero le hizo endurecer el gesto a la argentinita. En ese momento, Estrella no se dio cuenta, pero más tarde sabría que se equivocaba cada vez que comenzaba a alardear de sus grandes recursos de millonaria. A la gente le gusta el dinero, pero no les gusta que sean otros quienes lo tengan, y menos aún depender de ellos.
Para explorar aquel carácter, se llevó a Violeta a Amsterdam, que era un lugar del que la joven hippy había oído contar grandes cosas. De Heike se despidió con un beso y le ofreció unas vacaciones en España cuando quisiera. Y así fue como dejó Frankfurt, donde pensaba que había pasado ya demasiado tiempo (y no había aprendido mucho alemán). Más tarde pensó que se había perdido lo de Gabrielle y no había sabido sacarle partido a lo de Heike. Siempre se equivocaba un poco.
En Amsterdam, en verano, se alojaron en un hotel lleno de turistas. Violeta se mostraba cada vez más desorientada. De repente, comenzó a rehuir el sexo. Conocieron a un chileno hippy que vendía artesanía en la calle y que las invitó a fumar porros. Las llevó a una especie de squatter lleno de hippies, alemanes, ingleses, de todas partes. A Stella aquello la aburrió. Una tarde, dejó a Violeta allí y aprovechó para visitar a las lesbianas holandesas, que eran bastante parecidas a las alemanas, con la diferencia de que todas hablaban inglés. Por la noche, Violeta no fue al hotel y Estrella comenzó a preocuparse.
Necesitó dos días para encontrarla en el squatter, donde la argentina se estaba acostando con un inglés después de haberlo hecho con el chileno hippy. Pero si tú no hablas inglés. Y sin embargo Violeta tenía talento natural para entenderse con los hombres. Eres una andrófila, le dijo.
“¡Vos y tus etiquetas!” se quejó la chica, extrañamente furiosa. Y luego le dijo que le cortaba el ambiente. No bebía, no fumaba, no se drogaba, no bailaba, solo le interesaban las teorías raras y comer conchas de mujer. Y no por eso dejaba de ser una prostituta que besaba los pies y los culos de los oligarcas por dinero.
Estrella se enfadó (con buen motivo, pensaba ella), pero también le sorprendió la insistencia de Violeta en crear una situación violenta. No debía de querer que los demás se apercibieran de sus relaciones carnales. Por lo visto, se resistía a tener en cuenta que a los hombres el lesbianismo los excita porque consideran que delata la condición hipersexual y viciosa de todas las mujeres.
Al final, allí se separaron, aunque eso suponía un compromiso, porque Violeta tenía dieciocho años y no era lo convenido cuando comenzaron el viaje (¿qué pensaría su hermano, el buen Silvio?). Tuvo que volver a Frankfurt sola y dejar recado de la decisión de la chica de no volver por una temporada. La había dejado en un squatter con poco dinero (aunque aceptó que Estrella le comprara algunas chucherías hippies que ella portaba) en medio de una enorme oferta de droga y posibles enfermedades de transmisión sexual. Y, para colmo, le habían robado el pasaporte italiano que, como inmigrante argentina en Europa que era, suponía su más valiosa posesión.
Para dar la novedad, en Frankfurt solo encontró al centroamericano. Fue a su apartamento para contarle un poco de todo. Él se rió y dijo que a la chica no iba a pasarle nada, que no se preocupara porque su hermano se enfadase. Después se le lanzó y tuvo que empujarlo, llamarlo imbécil de mierda y marcharse. Ya había dado el recado.
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