Debido a la enfermedad de la madre, que iba lentamente a peor (apenas podía moverse ya), Estrella ya no recibía visitas ni viajaba ni hacía gran cosa aparte de apesadumbrarse. La cuidadora ucraniana no era suficiente y hubo que contratar a una mujer forzuda (una rumana) para mover a la enferma. Le daban calmantes. La ingresaron varias veces en la mejor clínica de Málaga.
Para el verano, con el calor, se convino que mejor era hospitalizarla para un tratamiento largo. Fue en la Costa, y Estrella tomó uno de sus propios pisos para vivir, abandonándose ya un poco "Villa Orchard", de una forma que presagiaba el abandono total por venir. La muerte de la madre se alargaba. Se trataba de que muriera lo más tarde posible y con el menor dolor posible, pero el cuerpo seguía pesándole demasiado a la pobre mujer y estaba cada vez más débil, de modo que, pese a los calmantes, el dolor estaba presente. Aquel dolor inútil.
Se gastaba mucho dinero (tenía mucho dinero) pero los resultados eran escasos. Aquel verano fue siniestro. Discutió con la hermana y casi con Puri. No escribió nada, ni siquiera leyó mucho.
Hablaba con la madre, y ella medio deliraba, recordaba, se apenaba. Se apenaba por su mala vida. Le reconocía a la hija, a veces, que ésta había mejorado en los últimos veinte años, cuando pudo librarse del marido, ¡pero a qué precio! Una y otra vez volvía al tema del sacrificio de su hija y de la vergüenza de su hija. Todo lo que había hecho Estrella, al final resultaba que había sido para nada. Habría sido más feliz si la hija fracasada en los estudios se hubiera casado con un albañil, hubiera engordado y le hubiera dado nietos.
El periodo de hospitalización, que incluía determinadas terapias de rehabilitación, continuó hasta fin del verano. El médico, que no rechazaba el dinero, pero que en el fondo parecía un poco harto, logró convencerla de que ya estaba lo suficientemente preparada para morir en casa sin dolor. No pasaría del invierno.
Las tres mujeres cuarentonas sentadas frente a él asintieron. Había que pensar en qué alegrías poder darle en esos últimos tres o cuatro meses.
El regreso a Villa Orchard fue un gran desbarajuste, de coches, de personal, de dinero que pagar a unos y a otros. Una enfermera, una sirvienta para la casa y una mujer forzuda para asistir a la enfermera. El médico vendría dos veces por semana.
En Villa Orchard, Estrella se organizó mejor para esperar la muerte de la madre. El huerto se abandonó casi por completo, después de constatar los efectos del descuido de los meses anteriores. Apenas un trocito para mantener verdura fresca. Los árboles se regaban, y a veces ni eso. Le decía a la hermana que se ocupara ella, y la hermana tenía las mismas pocas ganas que ella de hacer cualquier cosa. Estrella se conectaba a Internet, donde tenía un website sobre la sororidad, que no gozaba de mucho éxito. Veía series de televisión, enviaba emails a sus amigas. Volvía a leer. Hacía más deporte a fin de mantenerse como una atractiva cuarentona. Hacía el amor con Puri, pero con nadie más.
Incluso recibió algunas visitas. Le gustó tener a Hanna. La tuvo en la casa. Y también a Patri. A ambas las consideraba sus amigas más estables, las más serenas, a la altura de la muerte de una madre. Li permanecía más distanciada.
El día de su cumpleaños no hubo fiesta, pero sí una pequeña reunión en el huerto. Apenas un día por semana eran capaces de sacar a la madre para que viera los árboles, que a veces le gustaban, aunque se fatigaba enseguida y probablemente no tenía ocasión de darse cuenta de la decadencia generalizada de aquel huerto de frutales que tanto tiempo había necesitado para llegar a su esplendor, fugaz esplendor. La madre, inundada de calmantes, se pasaba casi todo el tiempo dormitando, con lo que al menos no se quejaba ya de dolor.
En la reunión del cumpleaños de la propietaria estuvo Sofía. Parecía más joven de lo que era, cuando tenía casi la misma edad que su hermana Puri. Les comentó que ahora tenía novio. Qué sorpresa. Nunca había tenido ninguno. Estrella tontamente la felicitó, pero todas se dieron cuenta de que en el fondo eso no era nada que mereciera celebración. ¿Por qué no se había hecho lesbiana? Era una especie de traición, pero Sofía era lo bastante inteligente para saber que contaba con la condescendiente simpatía de su cuñada. No era mala cosa que existiera cariño entre ambas. Al menos, en "Villa Orchard" sí funcionaba un poco "la sororidad".
Durante el otoño comentaban lo que se refería a la crisis económica que estaba comenzando. Esperaban que para el 2010 mejorase. Se había acabado el boom inmobiliario (pasó la oportunidad de sacar un fortunón vendiéndolo todo) pero permanecía la riqueza, de todas formas. Y los turistas seguirían alquilando los apartamentos en la Costa del Sol. Nunca había dejado de gustarle el dinero: contarlo, calcularlo. Daba lo mismo entregar a beneficencia cien mil o doscientos mil: lo importante era disponer de ese dinero, no tanto el gastarlo ni conservarlo.
La enfermera, la asistenta y la sirvienta no se llevaban bien. Había que cuidar de todo aquello. Por separado, parecían buenas, pero eran recelosas y, en el fondo, vulgares. Y ocupaban toda la casa. Solo amigas muy íntimas podían venir de visita. Tampoco estaban de humor para nada más.
¿Y el huerto? No perdía toda su belleza a pesar de que su función principal, el consolar a la anciana por la deshonra de su hija, ya la había perdido. Estrella descubrió que no sentía aprecio por aquellos árboles, de los que una vez había dicho que le parecían seres vivos -mentira, ganas de dársela de poeta. Puri era la única que seguía ocupándose un poco de ellos, pero había que pagar a gente, y recuperaron algo de dinero vendiendo los frutos. Lo que sí abandonaron fueron las verduras, salvo alguna lechuga y algún tomate.
Con todo, algo le seguía gustando de los frutales en la primavera y el verano: tumbarse en el suelo húmedo y mirar a través de las ramas. La luz, el verdor. Incluso aunque la belleza coincidiera con su sentir triste, su alegría animal persistía. Encontraba una contradicción entre su tristeza y el azul y el verde luminosos. "Villa Orchard" era un paraíso. Qué triste.
Algunos árboles estaban enfermos. Otros mal regados. Todos mal podados. Pero aún persistía la belleza. Aún la madre seguía viva.
Llegó el frío y la madre disfrutaba viendo el fuego en la chimenea. Esos ojos perdidos de la agonía, un poco estúpidos, un poco espirituales. Por Navidad se volvió más lúcida. Contó sobre abusos sexuales que había padecido en la infancia. Lo habitual: manoseos por parte de parientes varones. A veces traían de visita a la hermana y las sobrinas, las fanáticas religiosas. La prima Loli, su ídolo cuando niña, que le había dirigido tanto desprecio y condescendencia cuando supo que se había metido a puta... ahora se miraban la una a la otra como seres muy extraños y lejanamente hostiles. Se trataban educadamente. Ya no intentaba convertirla. Había dejado de intentarlo desde que se había hecho rica y, por tanto, poderosa.
También venía tía Reme, ya también casi inválida, y eso estaba mejor. Pero a veces las dos ancianas lloraban. Se acordaban del marido y casi parecía que lo echaban de menos. El pobre viejo. Estrella pensaba que él no había tenido una mala muerte.
La muerte de la madre estaba durando mucho. Las impacientaba, a su pesar. Cosas de la medicina moderna. Puri le decía que lo tomara como algo normal. Pero, de todas formas, a ella no se le ocurría mucho que pudiera hacer. Cuando muriera, harían un viaje, aunque fuera adonde siempre, a Alemania a ver a Hanna, a Inglaterra a ver a Laurie y a Li, a Norteamérica a ver a Angie
Habían logrado hacer unas cuantas amigas, al fin y al cabo. Empezó a pensar que cuando la madre muriera ya no tendría motivo para seguir viviendo en España. Recordó que Marcus intentó convencerla de que trajera a su madre a los Estados Unidos, a Florida, donde todo el mundo hablaba español y la mujer no se sentiría sola. Una de las fórmulas que él probó para que ella no lo abandonara.
Llegó enero de 2009, otro año. Los árboles se quedaron pelados, sin fruta. El frío de la costa mediterránea, un frío leve, pero aun así incongruente. Parecía un buen momento para morir. Hospitalización. Renunciaron a podar los árboles.
Mamá no volvió a Villa Orchard. Murió en el hospital a primeros de febrero. Sin mucho dolor, a los 83 años de edad. Estrella incluso lloró en brazos de su hermano y la cerda de su cuñada.
En el fondo, tuvieron la honradez de considerarlo una liberación. Se la enterró en Marbella, ¿por qué no?, qué más daba. Unos pocos parientes, un poco de sacerdote. Ya está. Ya está.
Eso había de ser el fin de Villa Orchard. La casa, sin la madre, ya no tenía sentido. Se había comprado para ella. Para que tuviera un huerto y un orchard. Durante bastante tiempo la madre tuvo a una amiga, la ahora llorosa y decrépita tía Reme.
Además, la casa se quedaba desierta. Se iban los sirvientes, se llevaban y regalaban todos los accesorios para la asistencia de la anciana inválida. No tenía sentido vivir allí. Traía malos recuerdos. Además, tres mujeres solas y no queridas por los nativos (los vecinos pueblerinos, diferentes de la población residencial) podían estar incluso en peligro físico. Estrella sabía que la odiaban, y que la habían tolerado por la anciana porque, a su manera, aquellos seres un poco viles se mostraban compasivos con la pobre mujer, que era una de ellos y tenía una hija puta. Ahora había que marchar.
Cómo había cambiado el paisaje del barrio en veinte años. Cuando llegaron, recién se habían recalificado aquellas huertas para ampliar la pequeña ciudad. Por eso la tentaron con la compra. Ahora la finca amurallada estaba rodeada de pequeños y coloridos bloques de apartamentos, mientras que el barrio pobre quedaba más distanciado. Pero no tan lejos. Los del barrio seguían allí y ellas se marcharían.
Hubo una reunión con Álvaro y Pilar, y finalmente se arregló todo, el abandono y la futura obra en la finca. Fue la última gran operación con Álvaro. Ellos ya no se gustaban, pero la relación de más de veinte años había sido fructífera, sobre todo para él.
Puri y la hermana se dedicaron a buscar dos pisos contiguos en la ciudad de Málaga, mientras ella se iba de vacaciones de duelo. Quiso hacer una especie de road movie melancólica, en solitario, conduciendo por cualquier carretera. Puri, que lo comprendía todo, comprendió también eso. Quizá, en el fondo, Estrella solo había querido librarse de tener que elegir un piso.
Las vacaciones de duelo duraron tres semanas de conducir su viejo Mercedes sin rumbo fijo. Pero a ella nunca le había gustado conducir y se detuvo pronto. Granada. La ciudad más turisteada de Andalucía debido a su monumento. Solo hacía un par de años que Bill Clinton había alabado la belleza de una puesta de sol y los efectos de la celebridad perduraban. Se preguntó cómo habría sido estar en la cama con ese tipo. Sospechaba que habría logrado dejarlo muy complacido y tal vez le hubiera contado alguna cosa que hubiera valido la pena apreciar. La tal Mónica parecía un poco tonta.
Pero lo bueno de Granada era lo poblada que estaba de jóvenes estudiantes guiris. Encontró un alojamiento caro para lo que valía, pero fue suficiente. Desconectó el móvil. Ante el espejo estudió su rostro: una cuarentona guapa guapa. "Elegante", que se dice. Y su madre había muerto. Sin marido ni hijos, la madre era su única familia. No contaba ni a Puri ni a la hermana. No las contaba. Las quería, pero no las contaba. Porque no se daba en el vínculo eso que no puede elegirse. A la hora de vivir, no siempre se puede elegir. La vida ancestral era la que no se elegía. Y los seres humanos somos ancestrales porque morimos. Morir y nacer es ancestral. La familia se compone de nacimientos y muerte.
Paseó sola. Se le acercó algún moscón y lo rechazó con su inglés norteamericano impecable. Cenó sola. Se preguntó si podría conseguir parecer una mujer decente que por circunstancias ha sido dejada sola por su amante marido. Igual que cuando Marcus se sintió tan orgulloso de que la tomaran por su hija.
Le hubiera gustado hablar con alguna chica joven. Las había de rostros dulces. Las típicas estudiantes guiris mochileras. Nunca había dejado de tener atractivo para las chicas jóvenes: una muchacha (o señora) tan bella, con unos ojos tan atentos y una voz tan delicada. Le era fácil ganarse su confianza. Pero nunca había sido capaz de ligar. Nunca había ligado. Lo del gimnasio de American City, tan rápido y tan torpe, era lo único que recordaba. Y aquello de Nueva York. Pero ella no tomó la iniciativa. Simplemente, la reconocieron, la captaron...
No quería ligar. Solo hacer amigas. Nunca había hecho amigas cuando niña y jovencita. Para hacer una amiga por primera vez en su vida tuvo que hacerse lesbiana.
No hizo nada en Granada. Estuvo cuatro días casi sin salir de la habitación. Después conectó el teléfono y se fue una semana con sus
amigas de Madrid (las dos viejas amigas: Patri y Toñi, sus empleadas, cuyo aspecto había cambiado más que el suyo), y el resto del tiempo condujo y vio paisajes. Se alojaba en hoteles y
se pasaba un par de días en la habitación viendo la tele y masturbándose. Ideas
artísticas no le surgieron. Hablaba por teléfono.
De vuelta a casa, la esperaban con una serie de pequeñas cuestiones prácticas. Pequeñísimas en comparación con la pérdida que habían experimentado.
Los dos pisos, ahora que estaban bajando los precios, salieron por 300.000 euros. Eran grandecitos, casi en el centro de Málaga, cerca de un gran centro comercial y con vecinos de clase media-alta. Se pagarían con una cómoda hipoteca que supondría una pequeña merma en el patrimonio de Estrella. La casa en Vélez-Málaga, una vez liberada de muebles y recuerdos, se incorporó al conjunto de bienes. Las dos casas darían una renta. El huerto y el orchard podían ser utilizados para edificación: saldrían otras cuatro casas. Eso suponía una inversión y una complicación de supervisar las obras. Con todo, no era mal momento, porque los precios de la construcción habían bajado con la crisis. Ya entonces pensó que para cuando las cuatro casas estuvieran terminadas la crisis habría amainado y podría venderlas o alquilarlas o hacer cualquier cosa con ellas. En cualquier caso, se acabaron los árboles. Habían vivido veinte años, algunos. Ya no servían para nada. Ladrillo. Cemento. Dinero. Olvidar.
En la nueva casa, donde a lo mejor iba a vivir el resto de su vida, todo era conforme y convencional. Según una contabilidad sensata, estaba a la mitad de su vida, puesto que era verosímil que, cuidando la salud y siendo mujer, alcanzara los noventa. Habría que hacer alguna cosa en ese tiempo.
La hermana vivía en la puerta de al lado, y solían comer juntas las tres. La hermana decía sentirse sola e inútil. Estrella pensaba que la hermana siempre había sido inútil, excepto para sí misma. La verdad es que tenía ya unos conocimientos de botánica bastante buenos, fruto de muchos años de excursionismo organizado y de cuidar de los árboles. Se asoció al Jardín Botánico, donde encontraba a muchas personas de edad parecida. Adquirió una parcela de huerto urbano. A veces iban también Estrella y Puri a ayudar. No era supersticiosa, pero podía pensarse que quería desagraviar los árboles y plantas de "Villa Orchard", sacrificados de una forma casi vengativa.
Estrella se apuntó a un gimnasio. Dedicaba a éste como una hora de ejercicio. Después, leía, veía vídeos, curioseaba la wikipedia o preparaba la visita de sus amigas extranjeras, para las cuales contaba con un par de buenos dormitorios de invitadas. Al principio, era como una máquina que empezaba a funcionar. Debía tratar de poner orden en sus recuerdos. Tenía muchas cartas, y diarios, e intentos de libros fracasados. Había que hacer algo con todo eso.
Un día de mayo tuvieron un momento divertido. Sofía, muy tímida, les dijo que quería presentarles a su novio. ¡Un hombre! Puri ya lo había visto, y decía que era un chico bueno, ¡incluso con ciertas aspiraciones literarias! Para intimidarlo menos, quedaron en un restaurán próximo, tranquilo, donde se podía conversar. Puesto que Estrella era rica (y el novio no), puso como condición que le dejaran pagar a ella.
El novio resultó un hombre ya madurito, pero de talante juvenil, ingenuo. Para el gusto de Estrella, la prostituta, no era un hombre peligroso, sino de los manejables, de los que a ella le gustaban como clientes (aunque el tamaño de las manos hacía pensar que contaba con un pene grande). Parecía bastante culto, tenía unos estudios universitarios (aunque no le habían rendido fruto en cuanto a éxito social) y se podía hablar con él de muchas cosas y con agrado. Y era de Málaga, de clase trabajadora de origen. Sofía lo había conocido por Internet.
La primera conversación fue alegre y entretenida, totalmente centrada en la atención de Estrella, la millonaria escritora, pervertida sexual y cosmopolita. Naturalmente, le dio el aprobado al "chico", y Sofía y Puri quedaron muy contentas. Estrella pensó en lo fácil que era ser buena cuando se tiene poder...
Aquella noche, en la cama, Estrella le comentó a su esposa que le había gustado sentirse tratada como una celebridad. Apenas había ganado dinero con sus libros, las críticas favorables no habían sido muchas y ni siquiera contaba con el apoyo de la comunidad lésbica, pero en una ciudad como Málaga y con alguien como el novio de Sofía, ella podía sentirse un personaje. Incluso la había invitado a presentarse en los clubs de lectura que funcionaban en algunas bibliotecas públicas y librerías de la ciudad. ¿Por qué no?
Se presentó, pues, en un local municipal, donde la recibieron como celebridad una veintena de personas, la mayoría mujeres de mediana edad, que estaban comentando la reciente lectura de Madame Bovary. Todas decían que la Bovary era una tonta.
Con deseo de mostrarse original, ella dijo que la pobre no tenía culpa del tipo de imaginación que había encendido sus ilusiones. Por supuesto, era una andrófila les explicó lo que ella entendía por eso-, pero había que perdonarle porque
bueno, no era una asesina ni nada de eso. Sí, claro, se portaba mal con el pobre señor Bovary, pero pensaba que quien peor se portaba con él era el propio señor Flaubert, el autor. En vez de ponerlo como un tonto, debería haber dado alguna pincelada acerca de que, al fin y al cabo, siendo un hombre bueno, también eso le permitía alcanzar algún tipo de felicidad. No era tan feliz como merecía, pero tampoco tan desgraciado como lo retrataba. La bondad no le parecía a Estrella una mala forma de vida, incluso aunque no fuese correspondida.
Otra vez había hablado demasiado, pero el novio le dijo más tarde que había dejado impresionado a todo el club.
Luego llegó el verano y decidieron llevarse a la hermana a las islas Fidji. Por aquello de que estaban allí, y porque sería el primer y único viaje de ese tipo que harían en la vida. En las islas Fidji comieron langosta, tomaron el sol (con mucha precaución) y se pasaron un mes entero, cuando se trataba de un destino más apropiado para una sola semana.
Para su cuarenta y siete cumpleaños, planeaba otra pasada de quirófano.
A la salida del quirófano tuvo un conflicto final con Álvaro. Ahora, viviendo en Málaga, ella se acercaba más a menudo a inspeccionar el negocio y las cuentas no le parecieron claras No le parecía que había gestionado bien el asunto de las obras de Villa Orchard ni tampoco le convencía el rendimiento de la empresa. El administrador atribuía a la crisis el descenso de ingresos en los alquileres, pero ella veía falta de justificantes. Álvaro en este momento parecía verse en problemas debido a sus otros negocios. Estrella le dijo, simplemente, que sus otros negocios le ocupaban demasiado tiempo y que comenzaría a confiarle la gestión de sus propiedades a otra persona. Ya estaba pensando en el novio de Sofía. Tenía un título universitario y parecía buen tipo. Al fin y al cabo, hacerse cargo de la gestión de los alquileres, el mantenimiento de los apartamentos y el tema de los impuestos no podía estar fuera de sus capacidades. Podía hacerlo con Internet, que era un ámbito en el que se desenvolvía bien. Todavía utilizaba a Pilar y su bufete para las cosas complicadas.
Teniendo en cuenta que se había visto también afectado por la crisis, fue fácil llegar a un acuerdo con el nuevo gerente. En total, era realista pensar en unos ingresos de trescientos mil euros anuales por los alquileres de más de treinta propiedades, más lo que gestionaban de otros propietarios. Él se podría quedar con treinta mil, para él y para Sofía (que trabajaría en la oficina), lo que suponía un sueldito confortable. La hipoteca de los dos pisos nuevos donde vivían Estrella y su hermana, más los gastos de la obra en Velez-Málaga se llevaría otros cien mil. Con diez mil euros al mes, Estrella, Puri y la hermana tenían de sobra. De hecho, seguiría entregando a la caridad (con las correspondientes desgravaciones) buena parte de todo ello.
Le vino bien deshacerse de Álvaro, cuyo carácter empeoraba más y más. Siempre seguiría resentido con ella, por haberle intencionadamente despertado el deseo solo para ganarse su atención como gestor. Pero en realidad él no tenía motivo de queja, porque gracias a eso, al fin y al cabo, era como se había hecho rico. Por sí solo nunca lo habría conseguido.
Para fin del año 2009, casi toda la gestión de sus propiedades había pasado ya al novio. Tuvo que hacer con él un par de viajes a Londres para establecer contacto con una agencia británica que enviaba guiris a la costa. Se llevaron a Sofía y lo disfrutaron. Era incluso posible que Estrella perdiera algo de dinero utilizándolo a él en lugar del experto Álvaro pero Puri estaba feliz por su hermana y ella encontraba mucho más apacible la situación. No le importaba ganar menos si la mala gestión era consecuencia de la torpeza y la inexperiencia y no del engaño deliberado. A la porra con Álvaro.
Además, había proporcionado un puesto de trabajo a un desempleado en plena crisis. A finales de aquel año, la coyuntura económica y social estaba creando el caos y el desastre. El gobierno aseguraba que iba a pasar pronto, pero el optimismo parecía más bien gratuito.
Durante algún tiempo visitó la tumba de su madre. Era idea de Puri, que en muchos aspectos continuaba siendo una pueblerina de ideas tradicionales y que no había asimilado muchas de las extravagantes creencias de Estrella. Dejaron de hacerlo cuando Puri se dio cuenta de que su esposa se sentía forzada a hacer aquellas macabras visitas. No significaba nada. No la consolaba el recuerdo, la ponía en tensión.
Salían del cementerio y paseaban cogidas de la mano. A veces Estrella lloraba un poco. Llorar le recordaba otras lágrimas suyas, surgidas en momentos de tensión, especialmente con hombres, y aquella cosa horrible con Paula. Alguna vez había llorado de amor o de alegría, pero sus llantos en general le recordaban humillantes sufrimientos.
¿Por qué tengo que llorar ahora?, se decía. En cierto modo, aquellos años que venían por delante iban a ser buenos. La madre había tenido unos veinte últimos años buenos. Estrella había tenido una juventud en cierto modo esplendorosa. Ahora tenía derecho a una buena madurez. Algo tranquilo, reinando en un hogar sencillo y amable, una pequeña proyección pública como una celebridad local. Una buena relación de pareja. Buenas amigas. No habría nada que lamentar.
miércoles, 29 de octubre de 2014
miércoles, 22 de octubre de 2014
Capítulo 20. Tomar buenas costumbres
A primeros del nuevo año, Estrella publicó Diez mujeres. Sabía que era su mejor libro porque lo había repasado mucho y puesto mucho de sí en cada párrafo. Además, la experiencia también rendía su fruto, como en todas las cosas. Por aquellas fechas volvió a mandar a la madre a la clínica, a que la recompusieran un poco, y se fue con Puri para presentar la obra por diversas ciudades. La entrevistaron en la tele un par de veces y le dedicaron otro par de pequeños reportajes en la prensa nacional. Estaba clasificada como la "única escritora lésbica española". En uno de los reportajes mencionaban su amistad con Laurie, mucho más famosa e importante que ella. Las fotos que le sacaban mostraban una mujer bella, de ojos grandes y femeninos. Eso ayudaba siempre.
En febrero llegaron las críticas. Y fueron buenas. El libro no se vendió mucho (eran diez historias, como diez relatos, y eso siempre gusta menos que las novelas), pero gustó al mundo gay y a muchos intelectuales. Tuvo más entrevistas, y siendo todavía tan hermosa, la volvieron a invitar a algunos programas de sobremesa muy populares. ¿Lograría por fin ser una celebridad?
Cuando en abril estuvieron de vuelta de algunos viajes, el viejo, su padre, se moría. Llegó a ser fastidioso lo de su estado de salud, su decrepitud y su inconsciencia. La senilidad era total. Los cuidados costaban más, pero había dinero, como siempre. Cuando contemplaba su cuerpo escaso, decrépito, trataba de decirse a sí misma que era normal que ese tipo de espectáculo conmoviese. Se tratase de quien se tratase. Y ella había conocido hombres peores que él. Había conocido muchos hombres, y su padre (y su hermano) cabían perfectamente en la definición de "hombres". Eran auténticos "hombres" y tenían muy poco de "personas". Un hombre es un hombre es un hombre.
Al final se murió. En mayo.
La madre lloró. La hermana lloró. La tía Reme lloró. Hasta ella, la muy estúpida, lloró. Solo su hermano, que probablemente no era mejor que el muerto, estuvo sin llorar. Ni siquiera fue al entierro.
A su muerte, dejó poca cosa. Casi todo el dinero del viejo piso se había gastado en la asistencia de su enfermedad. Lo que quedó era la parte de sus hermanos. Su hermano mayor, el que la metía en el cuarto de baño a que lo masturbara (algo que ahora sabía que era bastante común entre los hermanos mayores con sus hermanas pequeñas), no se había hecho rico al final, y quizá lamentaba no haber explotado la riqueza de su hermana, la puta. Ahora había pillado un poquito de la muerte del padre, mientras que el que se había hecho rico gestionando las mal ganadas propiedades de su hermana había sido Álvaro, no él. Ella sentía un poco de asco y un poco de superioridad con respecto a su hermano, que parecía cada vez respetarla más a medida que él envejecía y se veía resignado a la pobreza. Gente de toda España y de fuera de España habían llegado a la Costa del Sol a forrarse dando pelotazos, y él, que era de allí y estaba allí desde el principio, no había logrado nada...
Quizá su hermano iba ahora a ocupar el lugar que ocupó su padre en vida: el hombre de la casa. Una razón para sentir asco, repulsión y vergüenza del género humano, reducido al error de la masculinidad. Se solazaba pensando que cuando la madre muriese, ella podría tener el consuelo de que cesaría el único motivo para mantener algún vínculo con él. Era como cuando consolidó su "negocio" en Madrid: al otro lado de la puerta, al otro lado de un biombo que ponían en el pasillo, ella recibía a los hombres, todos los hombres. Y al otro lado, cuando terminaba su trabajo y era libre, todo eran mujeres: Patri, su guardaespaldas, Toñi, su asistenta, Chelo, su peluquera. Solo mujeres. La misma perfección que sentía al rozar la entrepierna femenina, perfectamente ajustada, sin irregularidades. La piel de la mujer, los ojos grandes... Solo mujeres.
Un alivio momentáneo. Porque siempre estaba la sospecha de que el mundo lo habían hecho los hombres. La inferioridad que no había dejado de sentir cuando niña y adolescente, cuando, ingenua y tonta, había querido ser "persona", participar en el mundo "normal", donde las mujeres "eran iguales". Todo eso acabó. Pero quedaba la sospecha, el miedo a la agresividad, fuerza y astucia de los varones. Rechazarlos estaba bien. Huir de ellos. Nada con ellos. Cuando su madre muriera, daría la espalda también a su hermano. Incluso estaba harta de Álvaro y sus quejas, de no atreverse a decirle que desconfiaba de él. Si pudiera encontrar una mujer para sustituirle... Estrella ahora veía poco a Álvaro. un hombre en principio sin grandes ambiciones pero que gracias a ella había logrado ascender en la vida, lo cual inevitablemente lo había cambiado. Él debía de haber superado la antigua pasión. O a lo mejor no, qué importaba. Álvaro era un cincuentón, padre de familia. Tenía su chalecito, vivía bien.
Y llegó el matrimonio gay. En verano. Siendo una de las lesbianas mediáticas más bellas, su boda atrajo interés (tras hacerse unas llamadas para que acudiera la prensa). Fue la boda gay más atrayente del año. Se gastó un dinero en vestidos. Se vistieron de rosa las dos, se adornaron como princesas, con muchas flores. Puri, que no era guapa ni fea, pero sí de figura grácil (y de poco pecho), contribuyó con su juventud y el brillo ilusionado de sus ojos, lo que la volvió más atractiva.
Hasta la madre se emocionó. Fue una auténtica boda, y no aquello que organizó Marcus Ellis en Las Vegas. Estrella recordó otra boda, un poco como la que salía en la peli "Pretty Woman": un cliente la contrató para acompañarlo en una de aquellas celebraciones. Por las mañanas Estrella podía organizarlo sin que le estorbara a sus clientes vespertinos. Se puso guapa y fue del brazo del cliente que a veces no podía evitar besarla y achucharla. Era un pobre tipo que quería que lo vieran con una chica así. Hubo un buen momento. Nadie pensó que era una prostituta, dada su educación, su juventud y su encanto de chica buena. Pero llamó mucho la atención y un grupo de chicas jóvenes cotillas la acorraló en un momento preguntándole si era la novia del tonto aquel. Ella dijo que no, que venía a acompañarlo porque "aquella mañana no tenía nada mejor que hacer". Es un buen chico, dijo ella. Pero te besa. Sí, pobrecito, le hace ilusión. Pero él no te gusta. Oh, sí me gusta. Es un buen chico, ¿no es eso suficiente? Y las tontas se quedaron con la boca abierta. Aquello le encantó. Después fue otra vez hasta él y se colgó de su brazo, ocupando de nuevo su lugar. ¿Qué hay de malo en hacer feliz a la gente y, de paso, coquetear un poco?
Pero su boda pública, mediático, fue algo mejor que eso. Al fin y al cabo, ella de verdad amaba a Puri. Su esposa.
Marimar, su mejor amiga de Málaga, comentó, al besarlas a ambas, que aquella boda había sido su mejor obra. Y que con ella había ayudado a muchas.
Tal vez muchas chicas las habían envidiado. ¡Eso sí que era una boda! Pero a Estrella también le dio un poco de vergüenza, como cuando posó desnuda en las páginas de papel cuché. Se decía a sí misma, de nuevo, que era necesario para ayudar a las chicas, para dar ejemplo.
Según la costumbre, el verano lo dedicaron a viajar, ya de recién casadas. Estuvieron donde siempre, en Alemania y en Inglaterra, a ver a las amigas, como esposas.
Hubo un día una pequeña discusión porque ella dijo que seguían sin darle mucha confianza los gays, pero que pensaba que el cálido vínculo del matrimonio se adaptaba mucho al lesbianismo. Una psicóloga americana decía que la altísima tasa de divorcios solo significaba que se pasaba del matrimonio para toda la vida al matrimonio consecutivo. Stella pensaba que aceptar matrimonios consecutivos era aceptar el fracaso. Sí estaba de acuerdo en los matrimonios acumulativos: a la pareja lésbica podían agregarse más mujeres (la sororidad, en una de sus funciones), pero los gays eran hombres, violentos y posesivos, y, como decía Proust, condenados a la desgracia porque al homosexual no le gustan los otros homosexuales, sino los hombres realmente viriles. Aunque decía solidarizarse con la terrible represión soportada por los hombres gays y aunque tendría que agradecerles a ellos que cedieran mucho de sus espacios organizativos a las pobrecitas lesbianas, no podía evitar sentir desconfianza hacia ellos. Solo una vez sintió simpatía por un gay: cuando le confesó que, en el fondo, consideraba, en efecto, una desgracia haber nacido de tal forma que le atrajeran los hombres. Era lo que muchas mujeres decían. Pero lo decían en privado. Solo ella lo había dicho en público.
Aquel otoño Marimar se fue de Málaga por motivos de trabajo. Siguieron en contacto, pero se vieron poco. Había sido la única amiga verdadera que había hecho entre las lesbianas de Málaga. Para las otras, la boda despertó más envidias que otra cosa, como era habitual. Nunca tendría amigas sinceras entre las lesbianas de la ciudad.
Durante aquel año aún salió un poco en la tele y la invitaron a escribir artículos de prensa. También organizó algo en Internet, un vago intento de resucitar la idea de la sororidad, pero sin resultado
En Inglaterra, cuando vieron a Laurie, ésta había preguntado por sus nuevos proyectos. Laurie, que no sabía nada de español, no había leído nada que Stella hubiera escrito. Solo lo de la sororidad, que era obra suya a medias con la profesora Sarah.
Stella siempre tenía proyectos, pero no solían pasar de un cierto estadio de vaguedad. Un poco por complacer a Laurie, le había relatado la idea de una novela sobre la compra de una esposa. Se acordó de cuando Marcus Ellis presumía de que había comprado una esposa por cien mil dólares mensuales que ningún rico más rico que él hubiera podido conseguir ni por diez veces ese precio. Podía ser una novela de ambiente norteamericano. Podía comentarlo con Angie. Incluso, si Angie quería la historia, la podía escribir ella. Stella se sentía en deuda con Angie: pensaba que había ejercido una mala influencia sobre una chica joven e impresionable. ¿Se hubiera prostituido Angie si no hubiese conocido su propia historia? Lo que había hecho solo podía compensarse si a cambio conseguía un éxito grandísimo. Y no era así. Angie nunca ganaría el premio Pullitzer. Quizá haber buscado aquella experiencia tremenda, aún en el siglo XXI, no había valido la pena. El feminismo estaba en contra. Stella sospechaba que Angie se había arrepentido. Y acabaría culpándola a ella.
Stella, incluso, pensaba ahora que la prostitución difícilmente podría ser asimilada por la sociedad. Las mafias, la ruindad del tráfico, la vulgaridad Por lo que sabía, la prostitución en la década del dos mil era todavía peor que en los años ochenta. En los años ochenta había aún cierta inocencia, pese al susto que ella se llevó al desmentirse sus primeras e ingenuas suposiciones. Con todo, las putas, como Paula y otras, eran solo mujeres pobres. Había droga, sí, pero ese tipo de prostitución se reconocía fácilmente por sus propias características. La pastillita o la coca eran una cosa, y la heroína algo muy distinto. Se bebía mucho, también. Pero no había tantas mafias.
El tipo que llevaba el último club en el que trabajó -la "whiskería"-, Fernando, era un señor bastante tranquilo: el dueño de un bar o un restaurante, interesado sobre todo por el dinero, y que sabía reconocer pronto a las chicas conflictivas, de las que se deshacía rápido. Cuando una periodista entrevistó a Stella sobre el asunto fue ésa la opinión que dio. Sin olvidarse de lo más desagradable que ella había vivido, que no fue poco.
Pero en realidad, no sabía mucho de esas cosas. Una vez se habían parado ante una mulatita con buena pinta que hacía prostitución callejera, Puri y ella. La invitaron a venir, le ofrecieron buen dinero, pero aquella infeliz se negó a subir a un coche con dos mujeres.
De momento, en lugar de investigar ese mundo y en lugar de considerar seriamente que lo más importante de su vida había sido el dinero que había ganado con la prostitución, se dedicó a ese asunto de una manera más indirecta, planeando la novela norteamericana sobre la compra de una esposa, cuyo título podía ser algo así como the best price.
Para fin de año le mandó lo que tenía a Angie, para que le diera la opinión. A Angie le pareció una buena idea.
Para año nuevo, fueron a Nueva York, donde ahora vivía Angie. Angie estaba guapísima y tenía una novia más joven. La vieron mucho mejor, quizá debido a que la chica joven mostraba un amor muy puro. Hicieron el amor las cuatro. La jovencita, una chica judía llamada Rachel, se mostró muy tímida. Se volcaron en ella, y Stella reconoció el amor de Angie por Rachel por la forma en que se organizó el acto. Tendieron a la pequeña Rachel sobre almohadones, quedó Angie dominando su cara, besándola y mimándola, y conformándose solo con ponerse la mano de la pequeña judía entre sus piernas, mientras las dos amigas extranjeras le trabajaban a fondo entre los muslos. Stella se aplicó con toda su sabiduría, hasta que la chica vivió su prolongado orgasmo con los ojos abiertos fijos en los de su amada, que le mantenía apretada la cara con sus dos manos en las ardientes mejillas. Así tenía que ser la sororidad.
Escribe tú la novela, le dijo a Angie. No puedo escribir una novela norteamericana siendo extranjera
Es tu historia.
Tú también fuiste prostituta. Te ayudaré a escribirla, pero debes escribirla tú.
Se quedaron calladas. Rachel, aunque inocente y buena, desconfiaba un poco de la influencia que ejercía sobre su amada aquella europea. Angie quería vencer su orgullo. Puree pensaba que no estaba bien que la otra se quedara con una historia que se le había ocurrido a su esposa.
Pero al final Angie cedió, porque le atrajo la oportunidad. Comenzaron a escribir The best Price entre las dos (o las cuatro). Pero Angie ponía su técnica narrativa, su buena prosa, su capacidad evocadora, en la que siempre superaría a Stella. También añadió una intriga dramática, e hizo los cortes necesarios las elipsis.
A primeros del año siguiente la novela estaba funcionando en el sólido y flexible cerebro de Angie. Y esta vez Estrella no tenía proyectos. Solo que el año siguiente iba a hacerse su primera operación de cirugía estética: estiramientos y rellenos, oh sí. Algo muy diferente a lo de los pechitos que se puso en 1988... aquello lo había hecho con alegría y ahora se trataba de reparar el paso de los años.
A los cuarenta y cinco, su primera operación. A los cincuenta y cinco, su renuncia al esplendor.
Sería una ceremonia que tenía planeada desde que encauzó su vida como prostituta y lesbiana veinte años antes: cortarse el pelo, vestir con chándal, muscular sus miembros, arrancarse los pechos (decían que prevenía el cáncer).
No más mujer. Se acabó. Solo sería intelecto y humanidad. Pero no más mujer. Ser mujer es algo más que tener una vagina. Había logrado serlo, y en el futuro viviría recordando lo que había sido y lo que esto significaba. Si evitaba la decadencia lograría que el recuerdo de su plenitud permaneciera con más fuerza. Pero eso sería en 2017, cuando cumpliera los 55. 55 y no más.
¿Y yo qué?, se quejaba Puri. Ella era diez años más joven.
Tú, haz lo que quieras. Eres mi esposa.
Y por primera vez le sugirió la maternidad. Podían ser madres. El útero de Puri era fértil. La esposa se lo quedó pensando. Ser esposa y madre.
Estrella ya no necesitaba nada. Excepto cuidar de su madre y su hermana. Cuidar de sus amigas. Cuidar de la limitada fama conseguida. Ni sororidad, ni seguidoras, ni nada. Vida tranquila. No había logrado lo que había querido, pero había logrado mucho, y todavía le quedaba mucha felicidad por vivir. Tenía la suerte de poder fijarse en los buenos recuerdos, disfrutar con ellos. Eso daba mayor esplendor a los logros alcanzados.
El huerto seguía tan hermoso. La madre ya necesitaba de silla de ruedas, pero a veces lograba entusiasmarle el aspecto de aquellos árboles frutales y las ordenadas hileras de hortalizas. Conversaba con los cuidadores. Quería mucho a Sofía, la hermana de Puri. A veces la llevaban a ver a la tía Reme o traían a los tíos a Villa Orchard. Incluso se presentaba el hermano con la nieta, una joven de veintitantos, que ya tenía novio con el que se pensaba casar. Esta sobrina le gustaba a Estrella. El novio también. Era un buen chico, muy trabajador, experto en electrónica.
Aquel verano no viajaron, lo pasaron en Villa Orchard. Pero al final hubo una pequeña disrupción: Sofía iba a dejarlas porque le había salido una buena oferta de trabajo en su pueblo. Trabajaría de administrativa, en una oficina. Le parecía que eso era un progreso. Tuvieron que ir contratando inmigrantes. La mejor que encontraron fue una ucraniana madura y obesa, educada.
En octubre viajaron a Norteamérica otra vez. La novela de Angie ya iba bien, y pasaron horas y horas leyéndola, corrigiéndola, añadiendo sugerencias. Estuvieron las cuatro juntas otra vez. Viajaron y buscaron escenarios para la historia. Angie prometió que sería la mejor novela escrita por ella. Se la iba a dedicar a su amiga Stella.
A Stella y a Rachel.
No, solo a ti. Rachel ya me tiene a mí. Tú tendrás la novela.
Una sola dedicatoria que sería un reconocimiento de que, en cierto modo, la novela no era suya. A Puree le pareció bien. Algo es algo.
The best Price se publicó en noviembre de 2006.
Aquellas navidades estuvieron muy pendientes de si la novela triunfaba o no. Laurie estaba entusiasmada: decía que era una historia buenísima y que la veía a ella, Stella, en la novela, y no a Angie. Y era una novela lésbica. Angie había introducido una fantasía frustrada de Stella: el tener esclavas. Siempre lo había deseado, pero nunca se había atrevido. Ni Guenia ni Puri fueron esclavas, pero en el fondo de su corazón, Estrella hubiera querido que se esclavizaran a ella. Hacer que la trataran de usted, vestirlas con uniforme, ordenarles que se agacharan para complacerla.
A lo largo de la primavera de 2007, The best Price comenzó a entrar en las listas de los libros más vendidos. La mejor novela de la joven escritora Angie. Lo consiguió. Estrella consideró que también, por delegación, ella lo había conseguido. La dedicatoria de la novela era clarísima: A Stella. Era todo lo que le había pedido. La fama y la pela se la podía quedar toda Angie. La fama de Angie podría tener mejores consecuencias que la suya. Y dinero, ya tenía. Lo había logrado con el estigma, y convertirse en una gran escritora había, tal vez, de librarla del estigma. Simone de Beauvoir era una libertina, una bisexual, y logró superar el estigma. Tal vez Angie, en el siglo XXI, lo lograra también. Y recordarían a Stella, la española, como la influencia decisiva en su vida.
En mayo, Estrella se metió por primera vez en el quirófano para que la retocaran. Puri reconoció que la habían dejado mejor, sin dejar de ser ella misma. Se había tratado sobre todo de algunos estiramientos, que no habían llegado a deformarla mucho. Crearía un nuevo ser en el otoño del año 2017. Sentía bastante curiosidad por el aspecto que tendría entonces. Claro que, de momento, le gustaba seguir siendo una guapa madurita.
El verano lo volvieron a pasar en Villa Orchard. No quería dejar sola a su madre. Los médicos aseguraban estar haciendo lo que podían por ella. La madre había perdido mucho peso, se la había operado de una hernia y de cataratas, pero la fatiga del corazón no podía curarse. La decadencia se hacía inevitable. Era una octogenaria que había sufrido de obesidad y diabetes, así como un infarto y un accidente vascular. Ya no regía bien. Por las tardes, sobre todo, quedaba como adormecida y balbuceaba recuerdos. Los buenos días de verano la llevaban hasta el huerto, bajo los árboles. Allí estaba mejor. A veces divagaba y rememoraba su infelicidad en la infancia, juventud y matrimonio. Y ni siquiera le compensaba los últimos veinte años, desde que en mayo de 1984 abandonó por fin a su marido y se instaló en el chalecito adosado de Torremolinos. El origen del dinero que su hija había obtenido nunca dejaría de dolerle. Y el lesbianismo. Aunque quería a Puri, todavía lloraba a veces cuando pensaba en cómo su hija había tomado un camino tan extravagante, tan alejado de lo más íntimo de la naturaleza. Su hija rica, escritora, amada No, su hija prostituta, rara, sexualmente pervertida
Una de aquellas noches, con la hermana y Puri presentes, comenzó a recordar los meses de mayo y junio del año 1984, recién instaladas en el chalecito adosado de Torremolinos. No tenían teléfono, la hermana aún no se había sacado el carnet de conducir. Dos pobres mujeres solas, en una urbanización más bien desértica, alejada del centro, con cuatro o cinco muebles que habían comprado apresuradamente, entre unas paredes extrañas. Sin un hombre. Con la hija en Madrid, que había cambiado tanto que apenas la conocían. Que era prostituta y les mandaba dinero a las cuentas de ahorro que les había hecho que abriesen. A veces venían de visita el hijo casado y la tía y las sobrinas. A reprocharles que aceptaran vivir del fruto de la prostitución de su hija de veintiún años. ¿Tan mal estaban en casa que habían abandonado al pobre marido y padre?
Estrella nunca pensó entonces que aquellas semanas antes del verano del 84 habían sido tan dramáticas. Pensó que habían estado contentas, pues la casa era mucho mejor que el pisucho donde siempre habían vivido, y la tenían en propiedad, y, sobre todo, porque se habían deshecho del viejo para siempre No pensó en la soledad de aquellas dos mujeres.
Estrella ya no discutía con ella sobre eso, como cuando estaba mejor de salud. Incluso una vez le había hecho reconocer ala madre que ella, de haber vivido en los nuevos tiempos, tal vez hubiera sido lesbiana también: la madre era de esas mujeres cuyo ideal de hombre era un hombre bueno, sensible y cariñoso, lo que a Estrella le parecía el síntoma decisivo de la lesbiana reprimida. Por supuesto, el marido no había sido nada de eso, pero eso era todo a lo que había aspirado, y había creído que podría encontrarlo en aquel pequeño camarero de pueblo, de aspecto frágil, un tanto femenino, que se había comportado con ella, en el cortejo, con rastrera humildad. Después resultó que siempre había vivido acomplejado de acusaciones de falta de hombría. Bien demostró ser después todo un hombre. Cobarde y fracasado, sí, pero también egoísta, grosero, resentido y cruel con los más débiles que él: todo un hombre.
A la madre siempre le habían gustado las mujeres. A veces, viendo la tele, no podía dejar de admirar la belleza de alguna joven. Estrella reconocía esa actitud. Cualquier mujer reconoce e incluso admira la belleza dulce de una chica, pero no todas las mujeres asocian a ese reconocimiento ideales de intimidad.
Cuando adolescente, cuando era una colegiala empollona y un poco rara, Estrella había sentido un intenso deseo de intimidad con algunas compañeritas especialmente dulces. Entonces había pensado que lo que deseaba era una amistad tierna, femenina. Pero le había avergonzado ese sentimiento. Ahora había comprendido que eso era lesbianismo, la sororidad.
Las ambiciosas investigaciones que había soñado que la doctora Sarah emprendiera, nunca se llevarían a cabo, pero Estrella estaba segura de que más de la mitad de las mujeres eran lesbianas (por defecto, dada la plasticidad y flexibilidad eróticas femeninas). Algunas de ellas necesitarían de vez en cuando pasar por una experiencia brutal de ser hechas mujeres por un macho (igual que los hombres necesitan pelearse o gritar en el fútbol de vez en cuando), pero el número de mujeres que de verdad necesitan amor de hombre le parecía muy inferior. ¿Enamorarse de hombres?
Si hubiera podido hacerle comprender esto a la madre... Ella nunca quiso prolongar las discusiones sobre la cuestión que obsesionaba a su hija. Con la casa llena de lesbianas, la anciana seguía pensando que lo antinatural era algo feo, una enfermedad mental. Que su hija se había vuelto loca por culpa del padre que había tenido. Incluso que por culpa de eso había fracasado en los estudios.
A Estrella le gustaba mostrarse cariñosa con la anciana, sobre todo entre los árboles llenos de frutos y verdor, pero la anciana lloraba: con lo guapa, inteligente y buena que eres, por qué has tenido que llevar esta vida
No había manera. Puri decía que no había que tomárselo a pecho. Decía que su propia madre lo sentía igual, pero no era cierto. La madre de Puri era una campesina divertida y casi despreocupada, que la quería incondicionalmente y que se sentía feliz si su hija era feliz.
La madre de Estrella poseía cierta capacidad para la infelicidad. Pero tal vez, si las cosas hubieran ido de otra manera
A pesar de todo, aquel verano hubo momentos buenos.
Venía el hijo, con los nietos e incluso con un bisnietillo. Estrella no departía con ellos. Era muy raro que comieran todos juntos. Detestaba a su cuñada, por lo demás, una mujeruca vulgar, hipócrita y malintencionada. Por cierto, que dos de sus hermanos eran también marginales: uno, un preso drogadicto (ya fallecido de Sida) y el otro, un homosexual amanerado que, entre otras cosas, había regentado un club de alterne. La cuñada odiaba a Estrella, quizá, porque ésta, aparte de haber sido puta siempre sería puta por haberlo sido una vez, por supuesto- , además se había hecho millonaria.
Lo de que Puri fuera a ser madre los hacía rabiar. No era nada decidido, pero eso supondría que la criatura que naciera (adoptada o fruto de una fertilización) se llevaría toda la pasta de la herencia. No quedaría nada para los sobrinos.
En cualquier caso, cuando venía la tribu solían llevarse a la hermana de excursión. A Estrella le gustaba mucho subir los montes de Andalucía en verano. Se unían al grupo excursionista de la hermana o se iban por su cuenta, tres mujeres maduras solas. O más de tres. Sofía solía sumarse también. O cualquier amiga más. A veces se reunían siete u ocho mujeres (la mayoría, lesbianas) para recorrer la Sierra de Cazorla o de Grazalema.
Cuando llegó el otoño, Estrella se dedicó a no hacer nada. Ya no más libros, le dijo a Puri. Pero tienes que hacer algo. ¿Y qué haces tú?
¿Qué hacía Puri? Ella no necesitaba hacer algo para vivir. Ella sabía vivir. Incluso sabía vivir antes de conocer a la que ahora era su sofisticada esposa. Ella decía que no, pero Estrella estaba segura de que sí.
En octubre hicieron una escapada a Estados Unidos, a ver a Angie.
Angie estaba en la cumbre de su éxito, y muy metida en su nueva novela, y en el inevitable asunto del guión de Hollywood pendiente para The best Price. El matrimonio español observó dos cosas: que Angie no explicaba ante otras personas quién era Stella salvo que se lo preguntaran, y que Angie no quería hablarles del libro que ahora estaba escribiendo.
Puree se indignó, y Stella se lo tomó muy bien. Era normal que Angie estuviese celosa de la parte de su propio éxito que le debía a su amiga. Y, además, ya no hicieron el amor todas juntas. Angie tenía como nueva novia a una actriz muy presumida y posesiva, no a la pequeña y cariñosa Rachel ("ella ahora está muy bien", decía Angie, "seguimos siendo amigas"). Eso sí le dolió a Stella: la preciosa chica cuyo sexo habían besado había desaparecido sin que Angie diera explicación alguna. Stella no se atrevió a pedirle el email, pero podía haberlo hecho. Había sido también su amiga durante aquellos días.
Después estuvieron en otras partes del país. Vieron a la profesora Sarah, e incluso participó en un pequeño acto público, donde la presentaron como la más conocida escritora lésbica española, lo que no era decir mucho.
Allí estuvo hablando con un tipo que no llegó a saber quién era. Un tipo calvo y de aspecto correcto, con pinta de profesor. Se pusieron hablar de filosofía de la religión. Para qué sirve la religión. La conversación fue muy interesante para ella y aburridísima para Puree que tuvo que buscarse otro pasatiempo.
Después, durante la noche, en la cama, Estrella se lo estuvo explicando a su esposa: iba a diseñar de una vez por todas una religión femenina.
Hay dos formas de cambiar el mundo: la política y la religión. La política cambia el sistema del poder, es decir, la violencia, y es el método de los tíos. La religión cambia la forma de pensar: ésa es la forma buena, y es el método de las tías.
Pero ya hay muchas religiones, y todas las han hecho hombres, y muchas son malísimas
Lo que hace falta es la religión perfecta. Una religión para chicas. La religión de la sororidad. Primero tengo que crear una religión, y solo entonces surgirá la sororidad.
Volvía a pensar en cómo le había impactado aquella comunidad de gandhianos en el sur de Francia, donde conoció a Martina, que después se volvió tonta.
Una buena religión de chicas no consistirá en hacer rituales bonitos y disfrazarse de hadas de los bosques, no señora, no. Una buena religión femenina será una enseñanza de vida, un sistema de condicionamiento de la conducta que nos vuelva a todas santas santas de una puta vez.
De puta a santa. Tú siempre igual
El paraíso no es para los mediocres. Al paraíso se va por la ascesis o por la orgía. Por la degradación. Por la exaltación.
Estás como una cabra. Te quiero con locura.
En noviembre estaban de vuelta en casa. La madre no se encontraba muy mal. Habría una buena Navidad.
A Puri le pareció muy bien que volviera a escribir. Se ponía en contacto con sus conocidas por Internet. Perdía el contacto con muchas mujeres del extranjero (algunas hasta habían muerto) y no ganaba muchas relaciones en España. No había mucho interés en una religión racional para mujeres. De hecho, nadie se interesaba por una religión racional en ninguna parte del mundo.
Había una famosa historiadora de las religiones, que había sido monja y todo, con la que intentó ponerse en contacto a través de Laurie. Pero aquella mujer, cuya idea de la religión era parecida a la que el tipo calvo aquel le había comunicado, no se interesó por sus ideas. La monja no quiso saber nada de la puta. Una santa quizá se hubiera mostrado más comprensiva, pero una monja no.
Para fin de año, ya tenía un esquemita. Se lo enseñó a Puri, que no entendió nada, pero le dio muchos besos.
Resultó un buen entretenimiento para el invierno, pero para primeros del nuevo año ya sabía que la cosa no iba a dar mucho de sí. No tenía capacidad erudita para construir un ensayo coherente. Necesitaría a otra Sarah para eso. Y Sarah misma ya no creía en la historia de la sororidad que había encontrado tan poco eco. En realidad, todo era intrascendente. Quizá resultara más entretenido escribirlo en forma de novela.
Por lo demás, aquel nuevo año que comenzaba iba a girar más en torno a la salud de la madre. Por mucho que se los presionase, los médicos dudaban de que pudiera vivir más de unos cuantos meses. Y su estado mental se deterioraba. A veces tenía algún momento bueno, pero la mayor parte del tiempo estaba quejosa y tristona. Sufría dolores, ya no podía caminar ni unos pocos pasos, se le administraban calmantes, el invierno le estaba sentando mal.
La hermana, Puri y ella hablaban en voz bajita, frente a la chimenea, sobre el futuro, con la madre dormida más allá. Habían puesto un micrófono para oír si respiraba bien. Decían que estaban bajando los precios de las fincas, que estaba estallando ya la burbuja inmobiliaria a la que se debía la temporada de prosperidad y de afluencia de trabajadores inmigrantes que se habían vivido en los últimos años. De momento, no se notaba mucho. Pero ya había pasado la oportunidad de vender todas las propiedades y forrarse. Álvaro había propuesto la venta ya en el 2006. Calculaba que se podían sacar hasta diez millones de euros por venderlo todo, un beneficio de casi cinco veces con respecto a la pasta que ella había reunido en 1989, con los últimos dineros de Marcus, cuando se compró Villa Orchard. Pero no era tan claro que se pudiera sacar tanto.
Álvaro hablaba de métodos originales para evadir los impuestos y llevarlo todo a un gran fondo financiero internacional. Álvaro no era un experto en esas cosas. Llegó a sospechar incluso que quería robarle (pero Estrella siempre podía recurrir a la fiel abogada Pilar). Podía ser un admirador resentido. No valía la pena correr riesgos. En teoría, en un gran fondo sin fondo en el extranjero, si sacaba diez millones de euros, podría conseguir un mínimo de medio millón de euros para ella sola al año. Ahora, explotando los alquileres (treinta de su propiedad y otros tantos de otros propietarios), lo que sacaba eran unos trescientos mil. Un pastizal que dedicaba casi la mitad a obras de caridad (canalizada en buena parte al pueblo de Puri). Los cuidados a su madre costaban bastante, pero la finca incluso producía beneficios por la abundancia de fruta y verduras.
Lo que pasaba también era que Estrella viajaba menos, gastaba menos. Se pasaba el tiempo en casa, con Puri y la hermana. Se iban de excursión por Andalucía. A veces iban a alguna reunión en Málaga e incluso en Vélez-Málaga, con feministas o lesbianas, donde ella todavía gozaba de cierta celebridad, pero poca estima.
Le venía bien pensar en la religión. Le gustaba la religión, no lo podía evitar. De hecho, cuando prostituta, uno de sus grandes éxitos era las representaciones devotas que hacía a sus clientes.
La religión es, sobre todo, recogimiento
¿Y eso qué es? preguntaban la esposa y la hermana.
Pues no lo tenía tan claro. Google y la wikipedia no lo explicaban del todo.
Por encima de todo, alcanzar un estado de benevolencia en comunidad. Amar y ser amado. Es verdad que, aparte de las religiones compasivas, también había otras, de tipo militarista, como las religiones de los aztecas o la de los nazis. Los nazis o el comunismo seguían siendo religiones porque unían a la gente alrededor de determinados mitos, ritos o doctrinas que simbolizaban pautas de comportamiento.
Toda religión, incluso la peor de todas, servía para unir a la gente. A veces se unía la gente en hacer el mal a otra gente, pero eso pasaba con todos los comportamientos de grupo. La religión compasiva era la buena de verdad: se unían en amor dentro del grupo también para amar a los que estaban fuera del grupo.
Para alcanzar ese estado hace falta ser muy benevolente. Estrella había buscado ese estado mediante la sororidad. Había estado cerca de ese estado en las orgías de chicas. Recordaba la orgía primera con Hanna. Y las que había pasado con Puri, Li y Angie. Había escrito sobre ello en Más amor, pero no quedó satisfecha. Lo había relatado, lo mejor que podía, como un estado de dulzura infantil, de amor tierno infinito. Pero no había añadido la palabra religioso, en el sentido de que era algo que podía perdurar una vez se almacenaba como recuerdo.
Recogimiento era algo parecido. Alcanzar un perfecto estado de recogimiento venía a ser alcanzar ese estado de amor infantil de niñas- que había llegado a conocer, pero de forma más barata. No era fácil ser una lesbiana guapa y, encima, adinerada. Ni siquiera era fácil conocer a mujeres tan buenas como Hanna, Puri, Li o Angie. Además, el placer sexual, al ser tan intenso, podía degenerar en pasión. Sí, de acuerdo, parte de la maravilla de aquellos recuerdos se basaba en que ni ella, ni Hanna, ni Puri, ni Angie poseían naturalezas apasionadas
No, no importaba (decidía ahora), no importaba porque, al fin y al cabo, aunque solo unos pocos astronautas hubiesen llegado a la Luna, eso no había impedido que millones y millones compartieran la emoción y el símbolo creados.
Ahora bien, a la hora de definir el recogimiento, no podía evocar, a modo de sentimiento oceánico (aunque probablemente se trataba de otra cosa que lío), el imaginar a cuatro lesbianas jóvenes y guapas, desnudas, enroscadas en un nidito de sábanas, almohadas y edredones, satisfechas y enamoradas, compartiendo té y dulces
Cuando niña, había atesorado imágenes deliciosas de sus catecismos. Un Jesús infantil, cabezón, sonriente y encantador, dando la ostia consagrada a una preciosa niña rubia con hábito monjil, también cabezona y sonriente, pero con los ojos dulcemente cerrados y las manos unidas en devota oración, todo en alegres colores. Eso sí que era potencia y recogimiento. Si se pudiera vivir así
Ahora que ya había cumplido cuarenta y cinco, se daba cuenta de todas las cosas que no había hecho. En el fondo, era una tímida. Nunca había seducido a una heterosexual que hubiese conocido casualmente (siempre recordaba su fracaso con Erika, la dulce profesora de alemán en Frankfurt). No se lo había hecho con Sofía y Puri, las dos hermanas. No había seducido a ninguna niña. ¿Cómo sería el sexo con una niña de doce años, uno de esos ángeles? Ni siquiera ella, a los doce años, había sido todo lo dulce y lo buena que hubiera podido ser. Su madre decía que sí, que era buenísima, que era una niña demasiado buena (insinuando que por ello luego se había desquitado haciéndose puta y viciosa ). Pero Estrella pensaba que podía haber sido todavía más buena. Buena hasta el punto de disfrutar de ello. Porque la bondad normalmente perjudica, pero si la bondad fuese gozosa, entonces la santidad estaría al alcance de la mano.
El problema que solucionaba el recogimiento era que obviaba el hecho de que la santidad estaba lejos. Mediante el recogimiento evocábamos la santidad.
¿Podría escribir un libro con eso? Necesitaría hablar de eso con alguien, pero ¿con quién?, ¿existía una psicología de la santidad y el recogimiento para ateos? Incluso había ateos dados al misticismo. Pero no a la santidad. La sororidad iba en ese sentido, aunque se conformaba con menos: simplemente, que las mujeres se dieran amor en familias extensas, abiertas y flexibles. A lo mejor había sido poco ambiciosa. Aunque lo lógico era pensar que si no se pudo lo menos, aún más imposible sería conseguir lo más
Se le ocurrió pensar que nunca podría escribir un libro de religión. Un libro de religión tiene que ser para todo el mundo, y ella no podía escribir sobre lo que necesitaban los hombres. Hubiera necesitado ser hombre. Igual ella, de haber sido hombre, un hombre desgraciado, débil y humillado, hubiera podido escribir un libro sobre religión, que es algo para los hombres débiles especialmente (es decir: los hombres débiles enseñan a los fuertes cómo debilitarse para beneficiarse después de ello). Claro que mejor haber sido mujer y haber podido disfrutar del amor real. Porque había conocido el amor real. Quizá menos de lo que hubiera podido ser (porque el amor es inmenso, inagotable), pero había tenido bastante.
No escribiría el libro de religión. Podría escribir algo sobre religión, pero no un libro. Escribió lo de la sororidad, y eso era todo lo que podía escribir. La religión la necesitan los hombres, mientras que las mujeres tal vez, algún día, podrían tener la sororidad.
Entonces no escribiría nada. Nada más. ¿Y por qué no?
Y pasó la primavera y llegó otro verano. Y al final no escribía nada. Vagas tentativas. Pero no se angustiaba. Eran etapas que pasaban. Intentó interesarse por el Orchard, pero era demasiado complicado y los campesinos que pagaba para cuidar de los árboles resultaban antipáticos. Debería despedirlos, pero le desagradaba pensarlo.
En febrero llegaron las críticas. Y fueron buenas. El libro no se vendió mucho (eran diez historias, como diez relatos, y eso siempre gusta menos que las novelas), pero gustó al mundo gay y a muchos intelectuales. Tuvo más entrevistas, y siendo todavía tan hermosa, la volvieron a invitar a algunos programas de sobremesa muy populares. ¿Lograría por fin ser una celebridad?
Cuando en abril estuvieron de vuelta de algunos viajes, el viejo, su padre, se moría. Llegó a ser fastidioso lo de su estado de salud, su decrepitud y su inconsciencia. La senilidad era total. Los cuidados costaban más, pero había dinero, como siempre. Cuando contemplaba su cuerpo escaso, decrépito, trataba de decirse a sí misma que era normal que ese tipo de espectáculo conmoviese. Se tratase de quien se tratase. Y ella había conocido hombres peores que él. Había conocido muchos hombres, y su padre (y su hermano) cabían perfectamente en la definición de "hombres". Eran auténticos "hombres" y tenían muy poco de "personas". Un hombre es un hombre es un hombre.
Al final se murió. En mayo.
La madre lloró. La hermana lloró. La tía Reme lloró. Hasta ella, la muy estúpida, lloró. Solo su hermano, que probablemente no era mejor que el muerto, estuvo sin llorar. Ni siquiera fue al entierro.
A su muerte, dejó poca cosa. Casi todo el dinero del viejo piso se había gastado en la asistencia de su enfermedad. Lo que quedó era la parte de sus hermanos. Su hermano mayor, el que la metía en el cuarto de baño a que lo masturbara (algo que ahora sabía que era bastante común entre los hermanos mayores con sus hermanas pequeñas), no se había hecho rico al final, y quizá lamentaba no haber explotado la riqueza de su hermana, la puta. Ahora había pillado un poquito de la muerte del padre, mientras que el que se había hecho rico gestionando las mal ganadas propiedades de su hermana había sido Álvaro, no él. Ella sentía un poco de asco y un poco de superioridad con respecto a su hermano, que parecía cada vez respetarla más a medida que él envejecía y se veía resignado a la pobreza. Gente de toda España y de fuera de España habían llegado a la Costa del Sol a forrarse dando pelotazos, y él, que era de allí y estaba allí desde el principio, no había logrado nada...
Quizá su hermano iba ahora a ocupar el lugar que ocupó su padre en vida: el hombre de la casa. Una razón para sentir asco, repulsión y vergüenza del género humano, reducido al error de la masculinidad. Se solazaba pensando que cuando la madre muriese, ella podría tener el consuelo de que cesaría el único motivo para mantener algún vínculo con él. Era como cuando consolidó su "negocio" en Madrid: al otro lado de la puerta, al otro lado de un biombo que ponían en el pasillo, ella recibía a los hombres, todos los hombres. Y al otro lado, cuando terminaba su trabajo y era libre, todo eran mujeres: Patri, su guardaespaldas, Toñi, su asistenta, Chelo, su peluquera. Solo mujeres. La misma perfección que sentía al rozar la entrepierna femenina, perfectamente ajustada, sin irregularidades. La piel de la mujer, los ojos grandes... Solo mujeres.
Un alivio momentáneo. Porque siempre estaba la sospecha de que el mundo lo habían hecho los hombres. La inferioridad que no había dejado de sentir cuando niña y adolescente, cuando, ingenua y tonta, había querido ser "persona", participar en el mundo "normal", donde las mujeres "eran iguales". Todo eso acabó. Pero quedaba la sospecha, el miedo a la agresividad, fuerza y astucia de los varones. Rechazarlos estaba bien. Huir de ellos. Nada con ellos. Cuando su madre muriera, daría la espalda también a su hermano. Incluso estaba harta de Álvaro y sus quejas, de no atreverse a decirle que desconfiaba de él. Si pudiera encontrar una mujer para sustituirle... Estrella ahora veía poco a Álvaro. un hombre en principio sin grandes ambiciones pero que gracias a ella había logrado ascender en la vida, lo cual inevitablemente lo había cambiado. Él debía de haber superado la antigua pasión. O a lo mejor no, qué importaba. Álvaro era un cincuentón, padre de familia. Tenía su chalecito, vivía bien.
Y llegó el matrimonio gay. En verano. Siendo una de las lesbianas mediáticas más bellas, su boda atrajo interés (tras hacerse unas llamadas para que acudiera la prensa). Fue la boda gay más atrayente del año. Se gastó un dinero en vestidos. Se vistieron de rosa las dos, se adornaron como princesas, con muchas flores. Puri, que no era guapa ni fea, pero sí de figura grácil (y de poco pecho), contribuyó con su juventud y el brillo ilusionado de sus ojos, lo que la volvió más atractiva.
Hasta la madre se emocionó. Fue una auténtica boda, y no aquello que organizó Marcus Ellis en Las Vegas. Estrella recordó otra boda, un poco como la que salía en la peli "Pretty Woman": un cliente la contrató para acompañarlo en una de aquellas celebraciones. Por las mañanas Estrella podía organizarlo sin que le estorbara a sus clientes vespertinos. Se puso guapa y fue del brazo del cliente que a veces no podía evitar besarla y achucharla. Era un pobre tipo que quería que lo vieran con una chica así. Hubo un buen momento. Nadie pensó que era una prostituta, dada su educación, su juventud y su encanto de chica buena. Pero llamó mucho la atención y un grupo de chicas jóvenes cotillas la acorraló en un momento preguntándole si era la novia del tonto aquel. Ella dijo que no, que venía a acompañarlo porque "aquella mañana no tenía nada mejor que hacer". Es un buen chico, dijo ella. Pero te besa. Sí, pobrecito, le hace ilusión. Pero él no te gusta. Oh, sí me gusta. Es un buen chico, ¿no es eso suficiente? Y las tontas se quedaron con la boca abierta. Aquello le encantó. Después fue otra vez hasta él y se colgó de su brazo, ocupando de nuevo su lugar. ¿Qué hay de malo en hacer feliz a la gente y, de paso, coquetear un poco?
Pero su boda pública, mediático, fue algo mejor que eso. Al fin y al cabo, ella de verdad amaba a Puri. Su esposa.
Marimar, su mejor amiga de Málaga, comentó, al besarlas a ambas, que aquella boda había sido su mejor obra. Y que con ella había ayudado a muchas.
Tal vez muchas chicas las habían envidiado. ¡Eso sí que era una boda! Pero a Estrella también le dio un poco de vergüenza, como cuando posó desnuda en las páginas de papel cuché. Se decía a sí misma, de nuevo, que era necesario para ayudar a las chicas, para dar ejemplo.
Según la costumbre, el verano lo dedicaron a viajar, ya de recién casadas. Estuvieron donde siempre, en Alemania y en Inglaterra, a ver a las amigas, como esposas.
Hubo un día una pequeña discusión porque ella dijo que seguían sin darle mucha confianza los gays, pero que pensaba que el cálido vínculo del matrimonio se adaptaba mucho al lesbianismo. Una psicóloga americana decía que la altísima tasa de divorcios solo significaba que se pasaba del matrimonio para toda la vida al matrimonio consecutivo. Stella pensaba que aceptar matrimonios consecutivos era aceptar el fracaso. Sí estaba de acuerdo en los matrimonios acumulativos: a la pareja lésbica podían agregarse más mujeres (la sororidad, en una de sus funciones), pero los gays eran hombres, violentos y posesivos, y, como decía Proust, condenados a la desgracia porque al homosexual no le gustan los otros homosexuales, sino los hombres realmente viriles. Aunque decía solidarizarse con la terrible represión soportada por los hombres gays y aunque tendría que agradecerles a ellos que cedieran mucho de sus espacios organizativos a las pobrecitas lesbianas, no podía evitar sentir desconfianza hacia ellos. Solo una vez sintió simpatía por un gay: cuando le confesó que, en el fondo, consideraba, en efecto, una desgracia haber nacido de tal forma que le atrajeran los hombres. Era lo que muchas mujeres decían. Pero lo decían en privado. Solo ella lo había dicho en público.
Aquel otoño Marimar se fue de Málaga por motivos de trabajo. Siguieron en contacto, pero se vieron poco. Había sido la única amiga verdadera que había hecho entre las lesbianas de Málaga. Para las otras, la boda despertó más envidias que otra cosa, como era habitual. Nunca tendría amigas sinceras entre las lesbianas de la ciudad.
Durante aquel año aún salió un poco en la tele y la invitaron a escribir artículos de prensa. También organizó algo en Internet, un vago intento de resucitar la idea de la sororidad, pero sin resultado
En Inglaterra, cuando vieron a Laurie, ésta había preguntado por sus nuevos proyectos. Laurie, que no sabía nada de español, no había leído nada que Stella hubiera escrito. Solo lo de la sororidad, que era obra suya a medias con la profesora Sarah.
Stella siempre tenía proyectos, pero no solían pasar de un cierto estadio de vaguedad. Un poco por complacer a Laurie, le había relatado la idea de una novela sobre la compra de una esposa. Se acordó de cuando Marcus Ellis presumía de que había comprado una esposa por cien mil dólares mensuales que ningún rico más rico que él hubiera podido conseguir ni por diez veces ese precio. Podía ser una novela de ambiente norteamericano. Podía comentarlo con Angie. Incluso, si Angie quería la historia, la podía escribir ella. Stella se sentía en deuda con Angie: pensaba que había ejercido una mala influencia sobre una chica joven e impresionable. ¿Se hubiera prostituido Angie si no hubiese conocido su propia historia? Lo que había hecho solo podía compensarse si a cambio conseguía un éxito grandísimo. Y no era así. Angie nunca ganaría el premio Pullitzer. Quizá haber buscado aquella experiencia tremenda, aún en el siglo XXI, no había valido la pena. El feminismo estaba en contra. Stella sospechaba que Angie se había arrepentido. Y acabaría culpándola a ella.
Stella, incluso, pensaba ahora que la prostitución difícilmente podría ser asimilada por la sociedad. Las mafias, la ruindad del tráfico, la vulgaridad Por lo que sabía, la prostitución en la década del dos mil era todavía peor que en los años ochenta. En los años ochenta había aún cierta inocencia, pese al susto que ella se llevó al desmentirse sus primeras e ingenuas suposiciones. Con todo, las putas, como Paula y otras, eran solo mujeres pobres. Había droga, sí, pero ese tipo de prostitución se reconocía fácilmente por sus propias características. La pastillita o la coca eran una cosa, y la heroína algo muy distinto. Se bebía mucho, también. Pero no había tantas mafias.
El tipo que llevaba el último club en el que trabajó -la "whiskería"-, Fernando, era un señor bastante tranquilo: el dueño de un bar o un restaurante, interesado sobre todo por el dinero, y que sabía reconocer pronto a las chicas conflictivas, de las que se deshacía rápido. Cuando una periodista entrevistó a Stella sobre el asunto fue ésa la opinión que dio. Sin olvidarse de lo más desagradable que ella había vivido, que no fue poco.
Pero en realidad, no sabía mucho de esas cosas. Una vez se habían parado ante una mulatita con buena pinta que hacía prostitución callejera, Puri y ella. La invitaron a venir, le ofrecieron buen dinero, pero aquella infeliz se negó a subir a un coche con dos mujeres.
De momento, en lugar de investigar ese mundo y en lugar de considerar seriamente que lo más importante de su vida había sido el dinero que había ganado con la prostitución, se dedicó a ese asunto de una manera más indirecta, planeando la novela norteamericana sobre la compra de una esposa, cuyo título podía ser algo así como the best price.
Para fin de año le mandó lo que tenía a Angie, para que le diera la opinión. A Angie le pareció una buena idea.
Para año nuevo, fueron a Nueva York, donde ahora vivía Angie. Angie estaba guapísima y tenía una novia más joven. La vieron mucho mejor, quizá debido a que la chica joven mostraba un amor muy puro. Hicieron el amor las cuatro. La jovencita, una chica judía llamada Rachel, se mostró muy tímida. Se volcaron en ella, y Stella reconoció el amor de Angie por Rachel por la forma en que se organizó el acto. Tendieron a la pequeña Rachel sobre almohadones, quedó Angie dominando su cara, besándola y mimándola, y conformándose solo con ponerse la mano de la pequeña judía entre sus piernas, mientras las dos amigas extranjeras le trabajaban a fondo entre los muslos. Stella se aplicó con toda su sabiduría, hasta que la chica vivió su prolongado orgasmo con los ojos abiertos fijos en los de su amada, que le mantenía apretada la cara con sus dos manos en las ardientes mejillas. Así tenía que ser la sororidad.
Escribe tú la novela, le dijo a Angie. No puedo escribir una novela norteamericana siendo extranjera
Es tu historia.
Tú también fuiste prostituta. Te ayudaré a escribirla, pero debes escribirla tú.
Se quedaron calladas. Rachel, aunque inocente y buena, desconfiaba un poco de la influencia que ejercía sobre su amada aquella europea. Angie quería vencer su orgullo. Puree pensaba que no estaba bien que la otra se quedara con una historia que se le había ocurrido a su esposa.
Pero al final Angie cedió, porque le atrajo la oportunidad. Comenzaron a escribir The best Price entre las dos (o las cuatro). Pero Angie ponía su técnica narrativa, su buena prosa, su capacidad evocadora, en la que siempre superaría a Stella. También añadió una intriga dramática, e hizo los cortes necesarios las elipsis.
A primeros del año siguiente la novela estaba funcionando en el sólido y flexible cerebro de Angie. Y esta vez Estrella no tenía proyectos. Solo que el año siguiente iba a hacerse su primera operación de cirugía estética: estiramientos y rellenos, oh sí. Algo muy diferente a lo de los pechitos que se puso en 1988... aquello lo había hecho con alegría y ahora se trataba de reparar el paso de los años.
A los cuarenta y cinco, su primera operación. A los cincuenta y cinco, su renuncia al esplendor.
Sería una ceremonia que tenía planeada desde que encauzó su vida como prostituta y lesbiana veinte años antes: cortarse el pelo, vestir con chándal, muscular sus miembros, arrancarse los pechos (decían que prevenía el cáncer).
No más mujer. Se acabó. Solo sería intelecto y humanidad. Pero no más mujer. Ser mujer es algo más que tener una vagina. Había logrado serlo, y en el futuro viviría recordando lo que había sido y lo que esto significaba. Si evitaba la decadencia lograría que el recuerdo de su plenitud permaneciera con más fuerza. Pero eso sería en 2017, cuando cumpliera los 55. 55 y no más.
¿Y yo qué?, se quejaba Puri. Ella era diez años más joven.
Tú, haz lo que quieras. Eres mi esposa.
Y por primera vez le sugirió la maternidad. Podían ser madres. El útero de Puri era fértil. La esposa se lo quedó pensando. Ser esposa y madre.
Estrella ya no necesitaba nada. Excepto cuidar de su madre y su hermana. Cuidar de sus amigas. Cuidar de la limitada fama conseguida. Ni sororidad, ni seguidoras, ni nada. Vida tranquila. No había logrado lo que había querido, pero había logrado mucho, y todavía le quedaba mucha felicidad por vivir. Tenía la suerte de poder fijarse en los buenos recuerdos, disfrutar con ellos. Eso daba mayor esplendor a los logros alcanzados.
El huerto seguía tan hermoso. La madre ya necesitaba de silla de ruedas, pero a veces lograba entusiasmarle el aspecto de aquellos árboles frutales y las ordenadas hileras de hortalizas. Conversaba con los cuidadores. Quería mucho a Sofía, la hermana de Puri. A veces la llevaban a ver a la tía Reme o traían a los tíos a Villa Orchard. Incluso se presentaba el hermano con la nieta, una joven de veintitantos, que ya tenía novio con el que se pensaba casar. Esta sobrina le gustaba a Estrella. El novio también. Era un buen chico, muy trabajador, experto en electrónica.
Aquel verano no viajaron, lo pasaron en Villa Orchard. Pero al final hubo una pequeña disrupción: Sofía iba a dejarlas porque le había salido una buena oferta de trabajo en su pueblo. Trabajaría de administrativa, en una oficina. Le parecía que eso era un progreso. Tuvieron que ir contratando inmigrantes. La mejor que encontraron fue una ucraniana madura y obesa, educada.
En octubre viajaron a Norteamérica otra vez. La novela de Angie ya iba bien, y pasaron horas y horas leyéndola, corrigiéndola, añadiendo sugerencias. Estuvieron las cuatro juntas otra vez. Viajaron y buscaron escenarios para la historia. Angie prometió que sería la mejor novela escrita por ella. Se la iba a dedicar a su amiga Stella.
A Stella y a Rachel.
No, solo a ti. Rachel ya me tiene a mí. Tú tendrás la novela.
Una sola dedicatoria que sería un reconocimiento de que, en cierto modo, la novela no era suya. A Puree le pareció bien. Algo es algo.
The best Price se publicó en noviembre de 2006.
Aquellas navidades estuvieron muy pendientes de si la novela triunfaba o no. Laurie estaba entusiasmada: decía que era una historia buenísima y que la veía a ella, Stella, en la novela, y no a Angie. Y era una novela lésbica. Angie había introducido una fantasía frustrada de Stella: el tener esclavas. Siempre lo había deseado, pero nunca se había atrevido. Ni Guenia ni Puri fueron esclavas, pero en el fondo de su corazón, Estrella hubiera querido que se esclavizaran a ella. Hacer que la trataran de usted, vestirlas con uniforme, ordenarles que se agacharan para complacerla.
A lo largo de la primavera de 2007, The best Price comenzó a entrar en las listas de los libros más vendidos. La mejor novela de la joven escritora Angie. Lo consiguió. Estrella consideró que también, por delegación, ella lo había conseguido. La dedicatoria de la novela era clarísima: A Stella. Era todo lo que le había pedido. La fama y la pela se la podía quedar toda Angie. La fama de Angie podría tener mejores consecuencias que la suya. Y dinero, ya tenía. Lo había logrado con el estigma, y convertirse en una gran escritora había, tal vez, de librarla del estigma. Simone de Beauvoir era una libertina, una bisexual, y logró superar el estigma. Tal vez Angie, en el siglo XXI, lo lograra también. Y recordarían a Stella, la española, como la influencia decisiva en su vida.
En mayo, Estrella se metió por primera vez en el quirófano para que la retocaran. Puri reconoció que la habían dejado mejor, sin dejar de ser ella misma. Se había tratado sobre todo de algunos estiramientos, que no habían llegado a deformarla mucho. Crearía un nuevo ser en el otoño del año 2017. Sentía bastante curiosidad por el aspecto que tendría entonces. Claro que, de momento, le gustaba seguir siendo una guapa madurita.
El verano lo volvieron a pasar en Villa Orchard. No quería dejar sola a su madre. Los médicos aseguraban estar haciendo lo que podían por ella. La madre había perdido mucho peso, se la había operado de una hernia y de cataratas, pero la fatiga del corazón no podía curarse. La decadencia se hacía inevitable. Era una octogenaria que había sufrido de obesidad y diabetes, así como un infarto y un accidente vascular. Ya no regía bien. Por las tardes, sobre todo, quedaba como adormecida y balbuceaba recuerdos. Los buenos días de verano la llevaban hasta el huerto, bajo los árboles. Allí estaba mejor. A veces divagaba y rememoraba su infelicidad en la infancia, juventud y matrimonio. Y ni siquiera le compensaba los últimos veinte años, desde que en mayo de 1984 abandonó por fin a su marido y se instaló en el chalecito adosado de Torremolinos. El origen del dinero que su hija había obtenido nunca dejaría de dolerle. Y el lesbianismo. Aunque quería a Puri, todavía lloraba a veces cuando pensaba en cómo su hija había tomado un camino tan extravagante, tan alejado de lo más íntimo de la naturaleza. Su hija rica, escritora, amada No, su hija prostituta, rara, sexualmente pervertida
Una de aquellas noches, con la hermana y Puri presentes, comenzó a recordar los meses de mayo y junio del año 1984, recién instaladas en el chalecito adosado de Torremolinos. No tenían teléfono, la hermana aún no se había sacado el carnet de conducir. Dos pobres mujeres solas, en una urbanización más bien desértica, alejada del centro, con cuatro o cinco muebles que habían comprado apresuradamente, entre unas paredes extrañas. Sin un hombre. Con la hija en Madrid, que había cambiado tanto que apenas la conocían. Que era prostituta y les mandaba dinero a las cuentas de ahorro que les había hecho que abriesen. A veces venían de visita el hijo casado y la tía y las sobrinas. A reprocharles que aceptaran vivir del fruto de la prostitución de su hija de veintiún años. ¿Tan mal estaban en casa que habían abandonado al pobre marido y padre?
Estrella nunca pensó entonces que aquellas semanas antes del verano del 84 habían sido tan dramáticas. Pensó que habían estado contentas, pues la casa era mucho mejor que el pisucho donde siempre habían vivido, y la tenían en propiedad, y, sobre todo, porque se habían deshecho del viejo para siempre No pensó en la soledad de aquellas dos mujeres.
Estrella ya no discutía con ella sobre eso, como cuando estaba mejor de salud. Incluso una vez le había hecho reconocer ala madre que ella, de haber vivido en los nuevos tiempos, tal vez hubiera sido lesbiana también: la madre era de esas mujeres cuyo ideal de hombre era un hombre bueno, sensible y cariñoso, lo que a Estrella le parecía el síntoma decisivo de la lesbiana reprimida. Por supuesto, el marido no había sido nada de eso, pero eso era todo a lo que había aspirado, y había creído que podría encontrarlo en aquel pequeño camarero de pueblo, de aspecto frágil, un tanto femenino, que se había comportado con ella, en el cortejo, con rastrera humildad. Después resultó que siempre había vivido acomplejado de acusaciones de falta de hombría. Bien demostró ser después todo un hombre. Cobarde y fracasado, sí, pero también egoísta, grosero, resentido y cruel con los más débiles que él: todo un hombre.
A la madre siempre le habían gustado las mujeres. A veces, viendo la tele, no podía dejar de admirar la belleza de alguna joven. Estrella reconocía esa actitud. Cualquier mujer reconoce e incluso admira la belleza dulce de una chica, pero no todas las mujeres asocian a ese reconocimiento ideales de intimidad.
Cuando adolescente, cuando era una colegiala empollona y un poco rara, Estrella había sentido un intenso deseo de intimidad con algunas compañeritas especialmente dulces. Entonces había pensado que lo que deseaba era una amistad tierna, femenina. Pero le había avergonzado ese sentimiento. Ahora había comprendido que eso era lesbianismo, la sororidad.
Las ambiciosas investigaciones que había soñado que la doctora Sarah emprendiera, nunca se llevarían a cabo, pero Estrella estaba segura de que más de la mitad de las mujeres eran lesbianas (por defecto, dada la plasticidad y flexibilidad eróticas femeninas). Algunas de ellas necesitarían de vez en cuando pasar por una experiencia brutal de ser hechas mujeres por un macho (igual que los hombres necesitan pelearse o gritar en el fútbol de vez en cuando), pero el número de mujeres que de verdad necesitan amor de hombre le parecía muy inferior. ¿Enamorarse de hombres?
Si hubiera podido hacerle comprender esto a la madre... Ella nunca quiso prolongar las discusiones sobre la cuestión que obsesionaba a su hija. Con la casa llena de lesbianas, la anciana seguía pensando que lo antinatural era algo feo, una enfermedad mental. Que su hija se había vuelto loca por culpa del padre que había tenido. Incluso que por culpa de eso había fracasado en los estudios.
A Estrella le gustaba mostrarse cariñosa con la anciana, sobre todo entre los árboles llenos de frutos y verdor, pero la anciana lloraba: con lo guapa, inteligente y buena que eres, por qué has tenido que llevar esta vida
No había manera. Puri decía que no había que tomárselo a pecho. Decía que su propia madre lo sentía igual, pero no era cierto. La madre de Puri era una campesina divertida y casi despreocupada, que la quería incondicionalmente y que se sentía feliz si su hija era feliz.
La madre de Estrella poseía cierta capacidad para la infelicidad. Pero tal vez, si las cosas hubieran ido de otra manera
A pesar de todo, aquel verano hubo momentos buenos.
Venía el hijo, con los nietos e incluso con un bisnietillo. Estrella no departía con ellos. Era muy raro que comieran todos juntos. Detestaba a su cuñada, por lo demás, una mujeruca vulgar, hipócrita y malintencionada. Por cierto, que dos de sus hermanos eran también marginales: uno, un preso drogadicto (ya fallecido de Sida) y el otro, un homosexual amanerado que, entre otras cosas, había regentado un club de alterne. La cuñada odiaba a Estrella, quizá, porque ésta, aparte de haber sido puta siempre sería puta por haberlo sido una vez, por supuesto- , además se había hecho millonaria.
Lo de que Puri fuera a ser madre los hacía rabiar. No era nada decidido, pero eso supondría que la criatura que naciera (adoptada o fruto de una fertilización) se llevaría toda la pasta de la herencia. No quedaría nada para los sobrinos.
En cualquier caso, cuando venía la tribu solían llevarse a la hermana de excursión. A Estrella le gustaba mucho subir los montes de Andalucía en verano. Se unían al grupo excursionista de la hermana o se iban por su cuenta, tres mujeres maduras solas. O más de tres. Sofía solía sumarse también. O cualquier amiga más. A veces se reunían siete u ocho mujeres (la mayoría, lesbianas) para recorrer la Sierra de Cazorla o de Grazalema.
Cuando llegó el otoño, Estrella se dedicó a no hacer nada. Ya no más libros, le dijo a Puri. Pero tienes que hacer algo. ¿Y qué haces tú?
¿Qué hacía Puri? Ella no necesitaba hacer algo para vivir. Ella sabía vivir. Incluso sabía vivir antes de conocer a la que ahora era su sofisticada esposa. Ella decía que no, pero Estrella estaba segura de que sí.
En octubre hicieron una escapada a Estados Unidos, a ver a Angie.
Angie estaba en la cumbre de su éxito, y muy metida en su nueva novela, y en el inevitable asunto del guión de Hollywood pendiente para The best Price. El matrimonio español observó dos cosas: que Angie no explicaba ante otras personas quién era Stella salvo que se lo preguntaran, y que Angie no quería hablarles del libro que ahora estaba escribiendo.
Puree se indignó, y Stella se lo tomó muy bien. Era normal que Angie estuviese celosa de la parte de su propio éxito que le debía a su amiga. Y, además, ya no hicieron el amor todas juntas. Angie tenía como nueva novia a una actriz muy presumida y posesiva, no a la pequeña y cariñosa Rachel ("ella ahora está muy bien", decía Angie, "seguimos siendo amigas"). Eso sí le dolió a Stella: la preciosa chica cuyo sexo habían besado había desaparecido sin que Angie diera explicación alguna. Stella no se atrevió a pedirle el email, pero podía haberlo hecho. Había sido también su amiga durante aquellos días.
Después estuvieron en otras partes del país. Vieron a la profesora Sarah, e incluso participó en un pequeño acto público, donde la presentaron como la más conocida escritora lésbica española, lo que no era decir mucho.
Allí estuvo hablando con un tipo que no llegó a saber quién era. Un tipo calvo y de aspecto correcto, con pinta de profesor. Se pusieron hablar de filosofía de la religión. Para qué sirve la religión. La conversación fue muy interesante para ella y aburridísima para Puree que tuvo que buscarse otro pasatiempo.
Después, durante la noche, en la cama, Estrella se lo estuvo explicando a su esposa: iba a diseñar de una vez por todas una religión femenina.
Hay dos formas de cambiar el mundo: la política y la religión. La política cambia el sistema del poder, es decir, la violencia, y es el método de los tíos. La religión cambia la forma de pensar: ésa es la forma buena, y es el método de las tías.
Pero ya hay muchas religiones, y todas las han hecho hombres, y muchas son malísimas
Lo que hace falta es la religión perfecta. Una religión para chicas. La religión de la sororidad. Primero tengo que crear una religión, y solo entonces surgirá la sororidad.
Volvía a pensar en cómo le había impactado aquella comunidad de gandhianos en el sur de Francia, donde conoció a Martina, que después se volvió tonta.
Una buena religión de chicas no consistirá en hacer rituales bonitos y disfrazarse de hadas de los bosques, no señora, no. Una buena religión femenina será una enseñanza de vida, un sistema de condicionamiento de la conducta que nos vuelva a todas santas santas de una puta vez.
De puta a santa. Tú siempre igual
El paraíso no es para los mediocres. Al paraíso se va por la ascesis o por la orgía. Por la degradación. Por la exaltación.
Estás como una cabra. Te quiero con locura.
En noviembre estaban de vuelta en casa. La madre no se encontraba muy mal. Habría una buena Navidad.
A Puri le pareció muy bien que volviera a escribir. Se ponía en contacto con sus conocidas por Internet. Perdía el contacto con muchas mujeres del extranjero (algunas hasta habían muerto) y no ganaba muchas relaciones en España. No había mucho interés en una religión racional para mujeres. De hecho, nadie se interesaba por una religión racional en ninguna parte del mundo.
Había una famosa historiadora de las religiones, que había sido monja y todo, con la que intentó ponerse en contacto a través de Laurie. Pero aquella mujer, cuya idea de la religión era parecida a la que el tipo calvo aquel le había comunicado, no se interesó por sus ideas. La monja no quiso saber nada de la puta. Una santa quizá se hubiera mostrado más comprensiva, pero una monja no.
Para fin de año, ya tenía un esquemita. Se lo enseñó a Puri, que no entendió nada, pero le dio muchos besos.
Resultó un buen entretenimiento para el invierno, pero para primeros del nuevo año ya sabía que la cosa no iba a dar mucho de sí. No tenía capacidad erudita para construir un ensayo coherente. Necesitaría a otra Sarah para eso. Y Sarah misma ya no creía en la historia de la sororidad que había encontrado tan poco eco. En realidad, todo era intrascendente. Quizá resultara más entretenido escribirlo en forma de novela.
Por lo demás, aquel nuevo año que comenzaba iba a girar más en torno a la salud de la madre. Por mucho que se los presionase, los médicos dudaban de que pudiera vivir más de unos cuantos meses. Y su estado mental se deterioraba. A veces tenía algún momento bueno, pero la mayor parte del tiempo estaba quejosa y tristona. Sufría dolores, ya no podía caminar ni unos pocos pasos, se le administraban calmantes, el invierno le estaba sentando mal.
La hermana, Puri y ella hablaban en voz bajita, frente a la chimenea, sobre el futuro, con la madre dormida más allá. Habían puesto un micrófono para oír si respiraba bien. Decían que estaban bajando los precios de las fincas, que estaba estallando ya la burbuja inmobiliaria a la que se debía la temporada de prosperidad y de afluencia de trabajadores inmigrantes que se habían vivido en los últimos años. De momento, no se notaba mucho. Pero ya había pasado la oportunidad de vender todas las propiedades y forrarse. Álvaro había propuesto la venta ya en el 2006. Calculaba que se podían sacar hasta diez millones de euros por venderlo todo, un beneficio de casi cinco veces con respecto a la pasta que ella había reunido en 1989, con los últimos dineros de Marcus, cuando se compró Villa Orchard. Pero no era tan claro que se pudiera sacar tanto.
Álvaro hablaba de métodos originales para evadir los impuestos y llevarlo todo a un gran fondo financiero internacional. Álvaro no era un experto en esas cosas. Llegó a sospechar incluso que quería robarle (pero Estrella siempre podía recurrir a la fiel abogada Pilar). Podía ser un admirador resentido. No valía la pena correr riesgos. En teoría, en un gran fondo sin fondo en el extranjero, si sacaba diez millones de euros, podría conseguir un mínimo de medio millón de euros para ella sola al año. Ahora, explotando los alquileres (treinta de su propiedad y otros tantos de otros propietarios), lo que sacaba eran unos trescientos mil. Un pastizal que dedicaba casi la mitad a obras de caridad (canalizada en buena parte al pueblo de Puri). Los cuidados a su madre costaban bastante, pero la finca incluso producía beneficios por la abundancia de fruta y verduras.
Lo que pasaba también era que Estrella viajaba menos, gastaba menos. Se pasaba el tiempo en casa, con Puri y la hermana. Se iban de excursión por Andalucía. A veces iban a alguna reunión en Málaga e incluso en Vélez-Málaga, con feministas o lesbianas, donde ella todavía gozaba de cierta celebridad, pero poca estima.
Le venía bien pensar en la religión. Le gustaba la religión, no lo podía evitar. De hecho, cuando prostituta, uno de sus grandes éxitos era las representaciones devotas que hacía a sus clientes.
La religión es, sobre todo, recogimiento
¿Y eso qué es? preguntaban la esposa y la hermana.
Pues no lo tenía tan claro. Google y la wikipedia no lo explicaban del todo.
Por encima de todo, alcanzar un estado de benevolencia en comunidad. Amar y ser amado. Es verdad que, aparte de las religiones compasivas, también había otras, de tipo militarista, como las religiones de los aztecas o la de los nazis. Los nazis o el comunismo seguían siendo religiones porque unían a la gente alrededor de determinados mitos, ritos o doctrinas que simbolizaban pautas de comportamiento.
Toda religión, incluso la peor de todas, servía para unir a la gente. A veces se unía la gente en hacer el mal a otra gente, pero eso pasaba con todos los comportamientos de grupo. La religión compasiva era la buena de verdad: se unían en amor dentro del grupo también para amar a los que estaban fuera del grupo.
Para alcanzar ese estado hace falta ser muy benevolente. Estrella había buscado ese estado mediante la sororidad. Había estado cerca de ese estado en las orgías de chicas. Recordaba la orgía primera con Hanna. Y las que había pasado con Puri, Li y Angie. Había escrito sobre ello en Más amor, pero no quedó satisfecha. Lo había relatado, lo mejor que podía, como un estado de dulzura infantil, de amor tierno infinito. Pero no había añadido la palabra religioso, en el sentido de que era algo que podía perdurar una vez se almacenaba como recuerdo.
Recogimiento era algo parecido. Alcanzar un perfecto estado de recogimiento venía a ser alcanzar ese estado de amor infantil de niñas- que había llegado a conocer, pero de forma más barata. No era fácil ser una lesbiana guapa y, encima, adinerada. Ni siquiera era fácil conocer a mujeres tan buenas como Hanna, Puri, Li o Angie. Además, el placer sexual, al ser tan intenso, podía degenerar en pasión. Sí, de acuerdo, parte de la maravilla de aquellos recuerdos se basaba en que ni ella, ni Hanna, ni Puri, ni Angie poseían naturalezas apasionadas
No, no importaba (decidía ahora), no importaba porque, al fin y al cabo, aunque solo unos pocos astronautas hubiesen llegado a la Luna, eso no había impedido que millones y millones compartieran la emoción y el símbolo creados.
Ahora bien, a la hora de definir el recogimiento, no podía evocar, a modo de sentimiento oceánico (aunque probablemente se trataba de otra cosa que lío), el imaginar a cuatro lesbianas jóvenes y guapas, desnudas, enroscadas en un nidito de sábanas, almohadas y edredones, satisfechas y enamoradas, compartiendo té y dulces
Cuando niña, había atesorado imágenes deliciosas de sus catecismos. Un Jesús infantil, cabezón, sonriente y encantador, dando la ostia consagrada a una preciosa niña rubia con hábito monjil, también cabezona y sonriente, pero con los ojos dulcemente cerrados y las manos unidas en devota oración, todo en alegres colores. Eso sí que era potencia y recogimiento. Si se pudiera vivir así
Ahora que ya había cumplido cuarenta y cinco, se daba cuenta de todas las cosas que no había hecho. En el fondo, era una tímida. Nunca había seducido a una heterosexual que hubiese conocido casualmente (siempre recordaba su fracaso con Erika, la dulce profesora de alemán en Frankfurt). No se lo había hecho con Sofía y Puri, las dos hermanas. No había seducido a ninguna niña. ¿Cómo sería el sexo con una niña de doce años, uno de esos ángeles? Ni siquiera ella, a los doce años, había sido todo lo dulce y lo buena que hubiera podido ser. Su madre decía que sí, que era buenísima, que era una niña demasiado buena (insinuando que por ello luego se había desquitado haciéndose puta y viciosa ). Pero Estrella pensaba que podía haber sido todavía más buena. Buena hasta el punto de disfrutar de ello. Porque la bondad normalmente perjudica, pero si la bondad fuese gozosa, entonces la santidad estaría al alcance de la mano.
El problema que solucionaba el recogimiento era que obviaba el hecho de que la santidad estaba lejos. Mediante el recogimiento evocábamos la santidad.
¿Podría escribir un libro con eso? Necesitaría hablar de eso con alguien, pero ¿con quién?, ¿existía una psicología de la santidad y el recogimiento para ateos? Incluso había ateos dados al misticismo. Pero no a la santidad. La sororidad iba en ese sentido, aunque se conformaba con menos: simplemente, que las mujeres se dieran amor en familias extensas, abiertas y flexibles. A lo mejor había sido poco ambiciosa. Aunque lo lógico era pensar que si no se pudo lo menos, aún más imposible sería conseguir lo más
Se le ocurrió pensar que nunca podría escribir un libro de religión. Un libro de religión tiene que ser para todo el mundo, y ella no podía escribir sobre lo que necesitaban los hombres. Hubiera necesitado ser hombre. Igual ella, de haber sido hombre, un hombre desgraciado, débil y humillado, hubiera podido escribir un libro sobre religión, que es algo para los hombres débiles especialmente (es decir: los hombres débiles enseñan a los fuertes cómo debilitarse para beneficiarse después de ello). Claro que mejor haber sido mujer y haber podido disfrutar del amor real. Porque había conocido el amor real. Quizá menos de lo que hubiera podido ser (porque el amor es inmenso, inagotable), pero había tenido bastante.
No escribiría el libro de religión. Podría escribir algo sobre religión, pero no un libro. Escribió lo de la sororidad, y eso era todo lo que podía escribir. La religión la necesitan los hombres, mientras que las mujeres tal vez, algún día, podrían tener la sororidad.
Entonces no escribiría nada. Nada más. ¿Y por qué no?
Y pasó la primavera y llegó otro verano. Y al final no escribía nada. Vagas tentativas. Pero no se angustiaba. Eran etapas que pasaban. Intentó interesarse por el Orchard, pero era demasiado complicado y los campesinos que pagaba para cuidar de los árboles resultaban antipáticos. Debería despedirlos, pero le desagradaba pensarlo.
miércoles, 15 de octubre de 2014
Capítulo 19. No se podía hacer menos
Mientras volaban a Japón, aquel extravagante país, pensaba mucho en su amor por Puri, que iba a su lado sentada. Se tomaban de las manos, se daban algún beso. Puri conocía muy bien sus reacciones emocionales. Sabía que era muy cariñosa y muy buena buenísima en la cama, pero percibió algo especial. Y justo entonces se le ocurrió algo.
Sobrevolamos la India (de Londres a Delhi, la primera escala).
Pues muy bien. Pero tú dices que este país te parece feo.
Bueno, pero digo que sobrevolamos la India
Y la miraba. Sobrevolaban la India y justo entonces
Puri, el gobierno del papanatas este se refería al gobierno progresista que había llegado al poder en España recientemente
¿Sí?
Dicen que van a reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ya lo oíste
Antes de que Puri terminase de darse cuenta la tomó de las manos y le susurró (mientras volaban sobre la India):
¿Quieres casarte conmigo?
Hubo llantos y abrazos.
Estuvieron muy íntimas mientras esperaban en el aeropuerto indio. El vuelo a Japón no tardó en salir. Puri no debió de pensar que aquella propuesta de matrimonio formaba parte del deliberado estilo de Estrella de dramatizar las cosas. En la idea de Estrella de vivir, la vida era una sucesión de acciones bien interpretadas. Interpretó el papel de concubina con Marcus, y el de buena hija con su madre. Había sido la buena amiga de muchas. Encontraba placer en hacer bien las cosas con los medios que poseía, que eran también bastantes. Casarse por amor con otra mujer era un gran acto, una gran representación. Correspondía a lo que podía darle a Puri. En el fondo, estaba admitiendo que Puri no era un ser celestial, no era el ángel que había soñado, pero era una mujer bondadosa, era femenina y, sobre todo, era fiel. Con Puri, Estrella podía sentirse regia. Puri nunca se mostró celosa. Fue a las orgías. Aprendió inglés. Sirvió a la madre. Nunca se mostró resentida. Merecía matrimonio. Si no podía concederle el amor inmenso que ella siempre había soñado dar al ángel no hallado (el sueño se concretó cuando se dejó arrastrar por el espejismo de Martina), al menos le ofrecería matrimonio. Pagaría un poco de su deuda.
Pero seguro que al final no sacan esa ley.
Podemos casarnos en otro país.
De todas formas, eso no cambia el amor que nos tenemos
Pero quiero darte algo
Pero si me lo has dado todo
Te he dado todo lo que he podido. También puedo darte una boda
No era verdad que se lo había dado todo. No le había dado su sinceridad. No le había dicho que no alcanzaba a ver cumplidos sus sueños. Tal vez lo sabía y no le importaba. Se estremeció pensando lo inmenso que podía ser decirle eso. Decirle: sabes que te amo, pero no eres la mujer ideal que siempre soñé. Y que ella lo aceptara con humildad y bondad. Pero no podía tentar tanto la suerte. A Estrella le encantaba la humildad, pero podía acordarse de Guenia, tan humilde, que de repente se escapó. Puri conocía la historia y despreciaba a Guenia, pero a Estrella le dolía el corazón al recordarla. Era más bonita que Puri, más misteriosa, más mística, más sexy en su esclavitud. Pero se escapó sin darle una explicación. Había sabido que se divorció del primo alemán. Le daba miedo pensar que un día volviese. ¿La engañó?
Puri era andaluza. Una chica de pueblo. De su pueblo. A la madre y a la hermana les gustaba mucho. A todo el mundo le gustaba mucho.
Solo una vez la vio celosa: a Estrella le gustaba Sofía, la hermana pequeña. Pero con una mirada Puri le dijo que no. Que eso, no. Y Sofía no se enfrentó a ninguna insinuación. Sofía era muy tierna. Eran dos hermanas que se querían mucho, que lo pasaban estupendamente cuando estaban juntas. Una mujer más de la casa.
En Japón se lo pasaron bien también. Visitaron locales de lesbianas japonesas, pero no hubo orgías. Solo hicieron turismo.
Vamos a Australia, dijo ella. Y fueron a Australia. Stella nunca había estado allí. Era invierno austral, lo que daba al entorno un sabor aún más británico. En la muy moderna ciudad de Sydney encontraron lesbianas muy activas y bastante guapas. Fueron con una pareja a hacer el amor, pero de camino a la casa, gracias al teléfono móvil, se apuntaron otras dos mujeres y aquello resultó una orgía muy femenina. En realidad, apenas salieron de la ciudad. Intimaron mucho, entrando y saliendo de la cama. Estrella era una cuarentona de muy buen ver y se sintió apreciada. A Puree la presentó en todas partes como su prometida, su futura esposa. Les sugirieron que adoptaran una niña china. Stella se sintió un poco tentada, pero se dio cuenta de que Puree no se entusiasmaba con el proyecto.
De todas formas, no fueron a China. Lo pasaban tan bien en aquella ciudad, rodeadas de mujeres afectuosas y cultas, que suspendieron también el viaje a Estados Unidos.
Cuando aterrizaron de regreso a casa, pasando del invierno austral al otoño polario, concluyeron que aquel había sido el viaje más feliz de todos, y que no podría repetirse.
Ahora tienes que terminar de escribir tu libro, y Puri volvió a hacerse cargo de la casa.
Aquel otoño se deshicieron del padre. Necesitaba que cuidaran de él puesto que se estaba quedando cada vez más imposibilitado. Hicieron cuentas y resultó que lo más económico era mandarlo a una residencia en Vélez-Málaga, la mejor acondicionada que había, y sería necesario poner algo de dinero encima porque con su pensión y sus ahorros no llegaba. La solución era vender el viejo piso de Málaga donde Estrella había vivido hasta que se marchó a prostituirse. El viejo piso de barrio de su infancia. Llevaba unos años en alquiler, dentro del conjunto de propiedades que Álvaro administraba.
Como eran tres hermanos, se repartieron lo que valía. La parte de Estrella fue a sufragar los gastos de los cuidados especiales que requería el padre.
La madre, ya también decaída, a pesar de los ingresos regulares en la clínica, a veces iba a verlo. Al fin y al cabo, habían vivido muchas cosas juntos. Para la madre suponía un entretenimiento más.
El viejo no le despertaba a Estrella ningún cariño. Sabía que no era el peor hombre del mundo, que los había peores, pero también había muchos mejores. No tuvo suerte con él, con su modelo masculino. Muy macho, pero cobarde y con un miedo terrible a que se dudara de su virilidad. Cruel y violento no lo había sido mucho. Había sido sobre todo egoísta, grosero, retorcido, falso y amargado. Sin embargo, considerándolo todo, no le había ido tan mal en la vida. Desde luego, quedarse solo, como se quedó en mayo del 84, cuando la madre y la hermana se fueron a vivir a la primera casa que Estrella compró, no fue algo malo para él. Fue libre durante los últimos veinte años. Tuvo sus puteríos y su libertad. Después le llegó la enfermedad, como a todos los viejos, y ahora le tocaba morirse.
La madre le preocupaba más. Le costaba caminar y la hermana cuidaba de ella a su manera indolente, por lo que alguna vez las dos hermanas casi se pelearon. Estrella le decía que la llevara en el coche a visitar a sus sobrinas, a la tía Reme e incluso al viejo. Ya se aburría en casa.
A veces la madre recordaba. Lo sucedido hacía veinte años, también. Cuando la hija se fue de casa para prostituirse. Cuando aceptó vivir en la casa que ella les compró con el producto de degradar su cuerpo y entrar en la indignidad social. Muchos le reprocharon que aceptara la casa, el dinero. Pero siempre se justificaba: ella no podía darle la espalda a su hija.
Su hija
El dinero lo había justificado todo. De haber sido un varón, un mendigo desgraciado, el sufrimiento de la madre habría sido mayor. La degradación social, la estigmatización, adopta muchas formas y la prostitución de la mujer, desde luego, se llevaba una de las peores estigmatizaciones pero como había resultado lucrativa eso lo mejoraba mucho en un entorno de pobreza.
Ella nunca ha hecho daño a nadie, y ha hecho mucho por su hermana y por mí , decía la pobre madre a los parientes que le reprochaban su pasiva complicidad.
Pero nunca lo pudo superar. Su hija prostituta
Le leía lo que estaba escribiendo. El libro sobre las diez mujeres. Era el libro que a la madre más le gustaba. Le interesó mucho el episodio sobre Patri. Lo había centrado en su empleo como guardaespaldas de una prostituta. Sí que ha sido una buena amiga, aceptaba la anciana. Patri no le había gustado al principio. Ahora comprendía que era la persona que más lealmente la había ayudado. Su más antigua amiga. Patri y Elena. Ahora, que ya iba planificando el escribir la historia de su vida cuando cumpliera 55 años y se retirara de la belleza (¿o por qué no a los 50, si se aburría antes?), se daba cuenta de que había sido poco más de un año el tiempo que había pasado tan unida a sus empleadas, a las cuatro chicas (o cinco, contando a Elena), que dependían económicamente de ella. Eso fue a partir del momento en el que dolorosamente rompió con Paula. Eso fue en febrero del 85. Y en junio del 86 se separó de Patri (y Elena), Toñi, Mari y Chelo, para irse de vacaciones. Ya no volvió, porque aprovechó el verano para ir a Nueva York y acabó casada con el millonario americano.
Pero ese período anterior de su vida fue bastante dichoso. Y todo giraba en torno a Patri. Patri era la que lideraba la pandilla. Chelo era la más reticente, pero se sentía atraída, no lo podía negar, y a veces arrastraba a su novio, que más tarde fue su marido, a alguna de las pocas ocasiones en que fueron a cenar por ahí. No parecía mal chico (aunque quién sabe). (Incluso Chelo y ella compartieron un secreto: había pensado también en ganar mucho dinero, la consultó sobre eso y Estrella se ofreció a ayudarla, naturalmente, pero después Chelo se asustó y descartó la posibilidad. Le rogó que no se lo contara a nadie. Y Estrella solo se lo había contado a Puri.)
Por entonces quería despejarse, ser más social y más alegre. Le era necesario para ganar dinero. La ruptura con Paula, sus ataques de histerismo, su alcoholismo sobrevenido, sus gritos, sus amenazas de suicidio y hasta de homicidio, las lágrimas , eso le afectaba.
Con aquella crisis, Estrella no funcionaba igual de bien con sus clientes, demasiado próximos a ella (cuerpo, rostro, pensamiento: todo va unido). Empezaban a darse cuenta de lo que le pasaba por dentro. Por entonces ya estaba cobrando veinticinco mil a la hora a los clientes nuevos, pero aquel negocio exigía una perfecta dedicación. Las lágrimas gustaban, y ella sabía llorar, pero la distracción y la ofuscación no gustaban a nadie. Y sus representaciones exigían una cercanía tan extrema que el menor desequilibrio podía afectar.
Toñi aceptaba salir con su "jefa" alguna vez, cuando Estrella se sentía sola, aislada, ya sin Paula, Mari, la estudiante de psicología que hacía de telefonista y que se lo tomaba todo muy a lo tranquilo, no disimulaba que las consideraba una rareza (que la incluía a ella misma), Chelo venía con ellas porque no podía evitar el dejarse llevar y Elena venía por no separarse de Patri, pero era Patri la que llevaba la iniciativa. Quería que Estrella saliese, entre amigas. Amigas, amigas. Patri era algo más que su guardaespaldas, era la chica de carácter, siempre reposada y juiciosa, como una campesina que cuida del huerto, de las vacas, de la cocina y de la reparación del tejado. La persona en la que se confía. Solo una vez se habían besado, y menos mal que no siguieron, pues eso lo habría estropeado todo.
Así que salían, por ejemplo. si el último tío se había marchado a las nueve y media de la noche. En veinte minutos ella se había duchado, puesto otro vestido y salían, las cinco. Iban caminando, y reían. Pronto tuvieron dos o tres sitios adonde ir, donde pronto las conocieron pues el grupo de chicas llamaba mucho la atención. El novio de Chelo se les unía casi enseguida. Llegaba en su moto, le daba un beso nervioso a cada chica y se sentaba apresuradamente al lado de la tímida Chelo, como protegiéndola. El único chico entre cinco mujeres, solo una vez Mari trajo al que presentó como un pretendiente, pero que probablemente era solo un curioso.
Aquello costaba dinero, pero a Estrella, que a pesar de sus gastos cuantiosos no dejaba de ser una tacaña instintiva, le parecía una buena terapia. Podía gastarse hasta diez mil pesetas en que todo el mundo estuviera a gusto. Eso era una semana de sueldo de una dependienta, aunque todas sus chicas ganaban más (Elena no, porque apenas si trabajaba para ella). Ella ganaba veinticinco o treinta a la hora. Cinco o seis veces el precio normal de una prostituta. El doble o el triple de lo que ganaban las que eran guapas, jóvenes y educadas como ella. Ella daba más. Y quizá pudo incluso cobrar más. Su valor nunca quedó adecuadamente establecido, en su opinión.
Estrella solía hacer que Elena se sentara a su lado, porque sabía que sus celos eran terribles, y por eso quedaba interpuesta entre la amenaza y su amada Patri. Al otro lado solía sentarse Toñi, y en alguna ocasión con ella venía cierto novio suyo que duró poco y cuyo aspecto ahora no recordaba.
Las cenas de chicas solían ser más ruidosas de lo que a Estrella le gustaba. Ella soñaba con tener amigas espirituales, intelectuales, de dulce conversación elevada (como Hanna, como Angie), pero, para su situación, Patri y Toñi ya estaban bien. Estrella gustaba de ser generosa y se interesaba por los proyectos de sus empleadas. Patri y Elena estaban ahorrando para comprarse un piso. En los casi tres años que Patri trabajó para ella ahorraron mucho, y Patri, además, se sacó su carrera de Educación Fisica. Elena, en cambio, solo era una dependienta.
Y Toñi también tenía planes. Planes modestos, porque también quería poner un comercio, una tiendecita o algo. Toñi no ganaba tanto y no era un proyecto muy viable. A Estrella le hubiera gustado que Chelo, la peluquera, montase también su negocio y empleara a Toñi. Pero Chelo no era una gran peluquera y tampoco ganaba tanto siendo la peluquera y esteticista particular de la gran prostituta. Ganaba casi lo mismo que si lo hacía para una peluquería, solo que trabajaba mucho menos, recibía muy buen trato y comía gratis. En el fondo, perdía el tiempo, aunque, como se llevaba muy bien con Patri y Toñi, tampoco se aburría. Se pasaba el rato hablando con ellas (nunca en voz muy alta, si Estrella estaba atendiendo a un cliente) o leyendo revistas. A Estrella le dolía no gustar más a Chelo.
Sobrevolamos la India (de Londres a Delhi, la primera escala).
Pues muy bien. Pero tú dices que este país te parece feo.
Bueno, pero digo que sobrevolamos la India
Y la miraba. Sobrevolaban la India y justo entonces
Puri, el gobierno del papanatas este se refería al gobierno progresista que había llegado al poder en España recientemente
¿Sí?
Dicen que van a reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ya lo oíste
Antes de que Puri terminase de darse cuenta la tomó de las manos y le susurró (mientras volaban sobre la India):
¿Quieres casarte conmigo?
Hubo llantos y abrazos.
Estuvieron muy íntimas mientras esperaban en el aeropuerto indio. El vuelo a Japón no tardó en salir. Puri no debió de pensar que aquella propuesta de matrimonio formaba parte del deliberado estilo de Estrella de dramatizar las cosas. En la idea de Estrella de vivir, la vida era una sucesión de acciones bien interpretadas. Interpretó el papel de concubina con Marcus, y el de buena hija con su madre. Había sido la buena amiga de muchas. Encontraba placer en hacer bien las cosas con los medios que poseía, que eran también bastantes. Casarse por amor con otra mujer era un gran acto, una gran representación. Correspondía a lo que podía darle a Puri. En el fondo, estaba admitiendo que Puri no era un ser celestial, no era el ángel que había soñado, pero era una mujer bondadosa, era femenina y, sobre todo, era fiel. Con Puri, Estrella podía sentirse regia. Puri nunca se mostró celosa. Fue a las orgías. Aprendió inglés. Sirvió a la madre. Nunca se mostró resentida. Merecía matrimonio. Si no podía concederle el amor inmenso que ella siempre había soñado dar al ángel no hallado (el sueño se concretó cuando se dejó arrastrar por el espejismo de Martina), al menos le ofrecería matrimonio. Pagaría un poco de su deuda.
Pero seguro que al final no sacan esa ley.
Podemos casarnos en otro país.
De todas formas, eso no cambia el amor que nos tenemos
Pero quiero darte algo
Pero si me lo has dado todo
Te he dado todo lo que he podido. También puedo darte una boda
No era verdad que se lo había dado todo. No le había dado su sinceridad. No le había dicho que no alcanzaba a ver cumplidos sus sueños. Tal vez lo sabía y no le importaba. Se estremeció pensando lo inmenso que podía ser decirle eso. Decirle: sabes que te amo, pero no eres la mujer ideal que siempre soñé. Y que ella lo aceptara con humildad y bondad. Pero no podía tentar tanto la suerte. A Estrella le encantaba la humildad, pero podía acordarse de Guenia, tan humilde, que de repente se escapó. Puri conocía la historia y despreciaba a Guenia, pero a Estrella le dolía el corazón al recordarla. Era más bonita que Puri, más misteriosa, más mística, más sexy en su esclavitud. Pero se escapó sin darle una explicación. Había sabido que se divorció del primo alemán. Le daba miedo pensar que un día volviese. ¿La engañó?
Puri era andaluza. Una chica de pueblo. De su pueblo. A la madre y a la hermana les gustaba mucho. A todo el mundo le gustaba mucho.
Solo una vez la vio celosa: a Estrella le gustaba Sofía, la hermana pequeña. Pero con una mirada Puri le dijo que no. Que eso, no. Y Sofía no se enfrentó a ninguna insinuación. Sofía era muy tierna. Eran dos hermanas que se querían mucho, que lo pasaban estupendamente cuando estaban juntas. Una mujer más de la casa.
En Japón se lo pasaron bien también. Visitaron locales de lesbianas japonesas, pero no hubo orgías. Solo hicieron turismo.
Vamos a Australia, dijo ella. Y fueron a Australia. Stella nunca había estado allí. Era invierno austral, lo que daba al entorno un sabor aún más británico. En la muy moderna ciudad de Sydney encontraron lesbianas muy activas y bastante guapas. Fueron con una pareja a hacer el amor, pero de camino a la casa, gracias al teléfono móvil, se apuntaron otras dos mujeres y aquello resultó una orgía muy femenina. En realidad, apenas salieron de la ciudad. Intimaron mucho, entrando y saliendo de la cama. Estrella era una cuarentona de muy buen ver y se sintió apreciada. A Puree la presentó en todas partes como su prometida, su futura esposa. Les sugirieron que adoptaran una niña china. Stella se sintió un poco tentada, pero se dio cuenta de que Puree no se entusiasmaba con el proyecto.
De todas formas, no fueron a China. Lo pasaban tan bien en aquella ciudad, rodeadas de mujeres afectuosas y cultas, que suspendieron también el viaje a Estados Unidos.
Cuando aterrizaron de regreso a casa, pasando del invierno austral al otoño polario, concluyeron que aquel había sido el viaje más feliz de todos, y que no podría repetirse.
Ahora tienes que terminar de escribir tu libro, y Puri volvió a hacerse cargo de la casa.
Aquel otoño se deshicieron del padre. Necesitaba que cuidaran de él puesto que se estaba quedando cada vez más imposibilitado. Hicieron cuentas y resultó que lo más económico era mandarlo a una residencia en Vélez-Málaga, la mejor acondicionada que había, y sería necesario poner algo de dinero encima porque con su pensión y sus ahorros no llegaba. La solución era vender el viejo piso de Málaga donde Estrella había vivido hasta que se marchó a prostituirse. El viejo piso de barrio de su infancia. Llevaba unos años en alquiler, dentro del conjunto de propiedades que Álvaro administraba.
Como eran tres hermanos, se repartieron lo que valía. La parte de Estrella fue a sufragar los gastos de los cuidados especiales que requería el padre.
La madre, ya también decaída, a pesar de los ingresos regulares en la clínica, a veces iba a verlo. Al fin y al cabo, habían vivido muchas cosas juntos. Para la madre suponía un entretenimiento más.
El viejo no le despertaba a Estrella ningún cariño. Sabía que no era el peor hombre del mundo, que los había peores, pero también había muchos mejores. No tuvo suerte con él, con su modelo masculino. Muy macho, pero cobarde y con un miedo terrible a que se dudara de su virilidad. Cruel y violento no lo había sido mucho. Había sido sobre todo egoísta, grosero, retorcido, falso y amargado. Sin embargo, considerándolo todo, no le había ido tan mal en la vida. Desde luego, quedarse solo, como se quedó en mayo del 84, cuando la madre y la hermana se fueron a vivir a la primera casa que Estrella compró, no fue algo malo para él. Fue libre durante los últimos veinte años. Tuvo sus puteríos y su libertad. Después le llegó la enfermedad, como a todos los viejos, y ahora le tocaba morirse.
La madre le preocupaba más. Le costaba caminar y la hermana cuidaba de ella a su manera indolente, por lo que alguna vez las dos hermanas casi se pelearon. Estrella le decía que la llevara en el coche a visitar a sus sobrinas, a la tía Reme e incluso al viejo. Ya se aburría en casa.
A veces la madre recordaba. Lo sucedido hacía veinte años, también. Cuando la hija se fue de casa para prostituirse. Cuando aceptó vivir en la casa que ella les compró con el producto de degradar su cuerpo y entrar en la indignidad social. Muchos le reprocharon que aceptara la casa, el dinero. Pero siempre se justificaba: ella no podía darle la espalda a su hija.
Su hija
El dinero lo había justificado todo. De haber sido un varón, un mendigo desgraciado, el sufrimiento de la madre habría sido mayor. La degradación social, la estigmatización, adopta muchas formas y la prostitución de la mujer, desde luego, se llevaba una de las peores estigmatizaciones pero como había resultado lucrativa eso lo mejoraba mucho en un entorno de pobreza.
Ella nunca ha hecho daño a nadie, y ha hecho mucho por su hermana y por mí , decía la pobre madre a los parientes que le reprochaban su pasiva complicidad.
Pero nunca lo pudo superar. Su hija prostituta
Le leía lo que estaba escribiendo. El libro sobre las diez mujeres. Era el libro que a la madre más le gustaba. Le interesó mucho el episodio sobre Patri. Lo había centrado en su empleo como guardaespaldas de una prostituta. Sí que ha sido una buena amiga, aceptaba la anciana. Patri no le había gustado al principio. Ahora comprendía que era la persona que más lealmente la había ayudado. Su más antigua amiga. Patri y Elena. Ahora, que ya iba planificando el escribir la historia de su vida cuando cumpliera 55 años y se retirara de la belleza (¿o por qué no a los 50, si se aburría antes?), se daba cuenta de que había sido poco más de un año el tiempo que había pasado tan unida a sus empleadas, a las cuatro chicas (o cinco, contando a Elena), que dependían económicamente de ella. Eso fue a partir del momento en el que dolorosamente rompió con Paula. Eso fue en febrero del 85. Y en junio del 86 se separó de Patri (y Elena), Toñi, Mari y Chelo, para irse de vacaciones. Ya no volvió, porque aprovechó el verano para ir a Nueva York y acabó casada con el millonario americano.
Pero ese período anterior de su vida fue bastante dichoso. Y todo giraba en torno a Patri. Patri era la que lideraba la pandilla. Chelo era la más reticente, pero se sentía atraída, no lo podía negar, y a veces arrastraba a su novio, que más tarde fue su marido, a alguna de las pocas ocasiones en que fueron a cenar por ahí. No parecía mal chico (aunque quién sabe). (Incluso Chelo y ella compartieron un secreto: había pensado también en ganar mucho dinero, la consultó sobre eso y Estrella se ofreció a ayudarla, naturalmente, pero después Chelo se asustó y descartó la posibilidad. Le rogó que no se lo contara a nadie. Y Estrella solo se lo había contado a Puri.)
Por entonces quería despejarse, ser más social y más alegre. Le era necesario para ganar dinero. La ruptura con Paula, sus ataques de histerismo, su alcoholismo sobrevenido, sus gritos, sus amenazas de suicidio y hasta de homicidio, las lágrimas , eso le afectaba.
Con aquella crisis, Estrella no funcionaba igual de bien con sus clientes, demasiado próximos a ella (cuerpo, rostro, pensamiento: todo va unido). Empezaban a darse cuenta de lo que le pasaba por dentro. Por entonces ya estaba cobrando veinticinco mil a la hora a los clientes nuevos, pero aquel negocio exigía una perfecta dedicación. Las lágrimas gustaban, y ella sabía llorar, pero la distracción y la ofuscación no gustaban a nadie. Y sus representaciones exigían una cercanía tan extrema que el menor desequilibrio podía afectar.
Toñi aceptaba salir con su "jefa" alguna vez, cuando Estrella se sentía sola, aislada, ya sin Paula, Mari, la estudiante de psicología que hacía de telefonista y que se lo tomaba todo muy a lo tranquilo, no disimulaba que las consideraba una rareza (que la incluía a ella misma), Chelo venía con ellas porque no podía evitar el dejarse llevar y Elena venía por no separarse de Patri, pero era Patri la que llevaba la iniciativa. Quería que Estrella saliese, entre amigas. Amigas, amigas. Patri era algo más que su guardaespaldas, era la chica de carácter, siempre reposada y juiciosa, como una campesina que cuida del huerto, de las vacas, de la cocina y de la reparación del tejado. La persona en la que se confía. Solo una vez se habían besado, y menos mal que no siguieron, pues eso lo habría estropeado todo.
Así que salían, por ejemplo. si el último tío se había marchado a las nueve y media de la noche. En veinte minutos ella se había duchado, puesto otro vestido y salían, las cinco. Iban caminando, y reían. Pronto tuvieron dos o tres sitios adonde ir, donde pronto las conocieron pues el grupo de chicas llamaba mucho la atención. El novio de Chelo se les unía casi enseguida. Llegaba en su moto, le daba un beso nervioso a cada chica y se sentaba apresuradamente al lado de la tímida Chelo, como protegiéndola. El único chico entre cinco mujeres, solo una vez Mari trajo al que presentó como un pretendiente, pero que probablemente era solo un curioso.
Aquello costaba dinero, pero a Estrella, que a pesar de sus gastos cuantiosos no dejaba de ser una tacaña instintiva, le parecía una buena terapia. Podía gastarse hasta diez mil pesetas en que todo el mundo estuviera a gusto. Eso era una semana de sueldo de una dependienta, aunque todas sus chicas ganaban más (Elena no, porque apenas si trabajaba para ella). Ella ganaba veinticinco o treinta a la hora. Cinco o seis veces el precio normal de una prostituta. El doble o el triple de lo que ganaban las que eran guapas, jóvenes y educadas como ella. Ella daba más. Y quizá pudo incluso cobrar más. Su valor nunca quedó adecuadamente establecido, en su opinión.
Estrella solía hacer que Elena se sentara a su lado, porque sabía que sus celos eran terribles, y por eso quedaba interpuesta entre la amenaza y su amada Patri. Al otro lado solía sentarse Toñi, y en alguna ocasión con ella venía cierto novio suyo que duró poco y cuyo aspecto ahora no recordaba.
Las cenas de chicas solían ser más ruidosas de lo que a Estrella le gustaba. Ella soñaba con tener amigas espirituales, intelectuales, de dulce conversación elevada (como Hanna, como Angie), pero, para su situación, Patri y Toñi ya estaban bien. Estrella gustaba de ser generosa y se interesaba por los proyectos de sus empleadas. Patri y Elena estaban ahorrando para comprarse un piso. En los casi tres años que Patri trabajó para ella ahorraron mucho, y Patri, además, se sacó su carrera de Educación Fisica. Elena, en cambio, solo era una dependienta.
Y Toñi también tenía planes. Planes modestos, porque también quería poner un comercio, una tiendecita o algo. Toñi no ganaba tanto y no era un proyecto muy viable. A Estrella le hubiera gustado que Chelo, la peluquera, montase también su negocio y empleara a Toñi. Pero Chelo no era una gran peluquera y tampoco ganaba tanto siendo la peluquera y esteticista particular de la gran prostituta. Ganaba casi lo mismo que si lo hacía para una peluquería, solo que trabajaba mucho menos, recibía muy buen trato y comía gratis. En el fondo, perdía el tiempo, aunque, como se llevaba muy bien con Patri y Toñi, tampoco se aburría. Se pasaba el rato hablando con ellas (nunca en voz muy alta, si Estrella estaba atendiendo a un cliente) o leyendo revistas. A Estrella le dolía no gustar más a Chelo.
Mari, la estudiante, era cordial pero deliberadamente distante. Muy pronto Estrella la consideró muy reservada, pero era educada y se notaba que su origen social era un poquito superior al de las otras chicas (sus papas eran pequeños funcionarios). La había elegido por tener una voz bonita y porque le veía el lado divertido al asunto -a lo "comedia madrileña"-, pero soltaba información sobre sí misma a cuentagotas. Estrella no la juzgaba del todo buena: a veces hacía preguntas malintencionadas y se le notaba resentida porque su jefa no insistiera en ganarse su amistad. Sin embargo, todo fue bien entre ellas. Al separarse, nunca volvieron a verse. A Toñi, Chelo y Patri les pagaría ciertas "indemnizaciones" o "finiquito" cuando, tras liarse con Marcus Ellis, las dejó sin los cuatro finales meses de trabajo que ellas esperaban, pero excluyó de ese trato a Mari. No tenía ninguna obligación, al fin y al cabo, y consideraba que sus papás tenían suficiente dinero.
Paula no se llevaba bien con ninguna. A Patri la temía, a Elena la despreciaba. Le gustó intimidar a Chelo durante el breve tiempo en que se conocieron y Toñi y Mari le eran indiferentes. La desaparición de Paula había sido un alivio para todas. Pobre Paula.
Si no hablaban de los planes futuros (Estrella tenía cuidado de no hablar nunca de sus propios planes, salvo que le preguntasen), entonces hablaban de cine o hasta de libros. Patri leía un poco, pero las otras solo eran asiduas a las revistas del corazón. Mari rehuía hablar de libros (Estrella sospechaba que era por ser menos culta de lo que su estatus universitario implicaba). Hablaban de la estúpida Pantoja pese a que la compadecieran por la muerte de su marido torero. Hablaban de la tele. Se contaban chistes. Hablaban de sexo.
Una vez Chelo las sorprendió a todas. Ese día no había venido su novio.
El otro día, él me dijo que te encontraba atractiva.
Se quedaron todas calladas, sin comprender qué podía significar una observación de ese tipo. Chelo era bonita. Por lo menos para el gusto de Estrella.
Pero no entendía lo que eres. No entendía eso del lesbianismo.
En aquella mesa había tres lesbianas y tres heterosexuales.
Casi me enfado con él. Dijo que lo tuyo es demasiado vicioso. Que lo entendía con Patri y Elena, porque sois más sencillas. Pero lo tuyo lo encontraba
¿Perverso?, quiso ayudarla Estrella, que sentía una gran curiosidad por la situación.
¿Nunca has sentido nada por alguno de esos hombres?
No.
Era cierto. Ninguno le despertaba admiración. Realmente, en la mente de Estrella ya no cabían hombres atractivos. Se le ocurrió algo:
¿Sabes, Chelo? Si me gustaran los hombres, no me desagradaría tu chico. Parece bueno. Me acuerdo de cuando estudiaba, antes de fracasar la mención del fracaso era muy importante para Estrella, había un chico que me gustaba un poco. Era educado, tímido, incluso guapo. Y muy inteligente. Yo me hubiera podido casar con un chico así. Hubiera sido lo lógico. Tu chico es mecánico, y como yo quería ser universitaria, no me hubiera correspondido, pero tu chico es también un poco así. Un buen chico. Yo nunca tengo clientes de esa clase. Esos chicos tienen a sus novias, mientras que los que vienen a mí son los que valen poco. Hombres ricos feos, viejos, torpes, calvos, impotentes y de pene pequeño.
La mención de tantas desgracias hizo que Chelo pusiera la cara seria.
Pero entonces nunca vas a conocer el amor
Sueño con encontrar una chica que sea como un ángel Un poco como tú, Chelo, pero de otra forma
Todas se rieron y Chelo se puso muy colorada. Estrella rara vez bromeaba. ¿Tal vez no se atrevía a preguntarle si la deseaba?
¿Tú deseas a Chelo?, preguntó Patri, a la que no se le pasaba nada.
Pues claro. Y añadió: Y también a Toñi. Y a la camarera de este bar. A todas las chicas bonitas. A Patri y a Elena, no, porque son pareja.
Se quedó cruzada de brazos y las miró a todas.
Cuando sea libre, quiero viajar al extranjero. Dicen que hay un montón de chicas lesbianas en Alemania, Suecia, Inglaterra. Me voy a poner las botas. ¿Cómo me van a interesar los hombres? Yo ya lo sé todo sobre los hombres.
Chelo se enfadó:
Pues no. No lo sabes todo. Mi chico me quiere, siempre me dice la verdad. Y es guapo, gusta a otras, me lo envidian.
Se quedaron calladas.
Paula no se llevaba bien con ninguna. A Patri la temía, a Elena la despreciaba. Le gustó intimidar a Chelo durante el breve tiempo en que se conocieron y Toñi y Mari le eran indiferentes. La desaparición de Paula había sido un alivio para todas. Pobre Paula.
Si no hablaban de los planes futuros (Estrella tenía cuidado de no hablar nunca de sus propios planes, salvo que le preguntasen), entonces hablaban de cine o hasta de libros. Patri leía un poco, pero las otras solo eran asiduas a las revistas del corazón. Mari rehuía hablar de libros (Estrella sospechaba que era por ser menos culta de lo que su estatus universitario implicaba). Hablaban de la estúpida Pantoja pese a que la compadecieran por la muerte de su marido torero. Hablaban de la tele. Se contaban chistes. Hablaban de sexo.
Una vez Chelo las sorprendió a todas. Ese día no había venido su novio.
El otro día, él me dijo que te encontraba atractiva.
Se quedaron todas calladas, sin comprender qué podía significar una observación de ese tipo. Chelo era bonita. Por lo menos para el gusto de Estrella.
Pero no entendía lo que eres. No entendía eso del lesbianismo.
En aquella mesa había tres lesbianas y tres heterosexuales.
Casi me enfado con él. Dijo que lo tuyo es demasiado vicioso. Que lo entendía con Patri y Elena, porque sois más sencillas. Pero lo tuyo lo encontraba
¿Perverso?, quiso ayudarla Estrella, que sentía una gran curiosidad por la situación.
¿Nunca has sentido nada por alguno de esos hombres?
No.
Era cierto. Ninguno le despertaba admiración. Realmente, en la mente de Estrella ya no cabían hombres atractivos. Se le ocurrió algo:
¿Sabes, Chelo? Si me gustaran los hombres, no me desagradaría tu chico. Parece bueno. Me acuerdo de cuando estudiaba, antes de fracasar la mención del fracaso era muy importante para Estrella, había un chico que me gustaba un poco. Era educado, tímido, incluso guapo. Y muy inteligente. Yo me hubiera podido casar con un chico así. Hubiera sido lo lógico. Tu chico es mecánico, y como yo quería ser universitaria, no me hubiera correspondido, pero tu chico es también un poco así. Un buen chico. Yo nunca tengo clientes de esa clase. Esos chicos tienen a sus novias, mientras que los que vienen a mí son los que valen poco. Hombres ricos feos, viejos, torpes, calvos, impotentes y de pene pequeño.
La mención de tantas desgracias hizo que Chelo pusiera la cara seria.
Pero entonces nunca vas a conocer el amor
Sueño con encontrar una chica que sea como un ángel Un poco como tú, Chelo, pero de otra forma
Todas se rieron y Chelo se puso muy colorada. Estrella rara vez bromeaba. ¿Tal vez no se atrevía a preguntarle si la deseaba?
¿Tú deseas a Chelo?, preguntó Patri, a la que no se le pasaba nada.
Pues claro. Y añadió: Y también a Toñi. Y a la camarera de este bar. A todas las chicas bonitas. A Patri y a Elena, no, porque son pareja.
Se quedó cruzada de brazos y las miró a todas.
Cuando sea libre, quiero viajar al extranjero. Dicen que hay un montón de chicas lesbianas en Alemania, Suecia, Inglaterra. Me voy a poner las botas. ¿Cómo me van a interesar los hombres? Yo ya lo sé todo sobre los hombres.
Chelo se enfadó:
Pues no. No lo sabes todo. Mi chico me quiere, siempre me dice la verdad. Y es guapo, gusta a otras, me lo envidian.
Se quedaron calladas.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Capítulo 18. En el final
Durante aquella primavera, un poco como propósito de Año Nuevo, decidió volver a intentar participar más en la comunidad lésbica de Málaga. Sus primeros acercamientos se habían producido quince años atrás, cuando había vuelto de América, rica, glamourosa, ambiciosa y con sus expectativas personales marcadas por el dominio del idioma inglés, que la aproximaba más a la comunidad de visitantes extranjeras propias de una región turística. Por el contrario, lo que había encontrado en el ambiente lésbico local estaba por completo influenciado por el mundo gay, y las chicas lesbianas le habían parecido todas demasiado masculinas, neuróticas y hasta agresivas, un reducto de mujeres perseguidas, tensas y desconfiadas.
Su belleza, su dinero, su cultura y su condición de persona de mundo le habían permitido, sin embargo, ser invitada por todas y objeto del interés de todas. Pero enseguida asomaban antipatías y recelos. Conocía a algunas y todas la conocían a ella. Fue por ellas que encontró a Puri. En los últimos años le pareció que habían mejorado, si tal cosa podía decirse. Hacían ciertos actos culturales, daban pequeñas fiestas, tenían algunas publicaciones. Con la llegada de Internet lograron una notable expansión.
El lesbianismo, por supuesto, siempre estaba de moda, en tanto que atractivo para los voyeurs, y en tanto que sexy para mujeres atrevidas. Pero lo que a Estrella le parecía algo espiritual e intelectual, la mayoría lo veía como algo frívolo.
Fue en Febrero de aquel año que Puri y ella conocieron a Marimar, una joven profesora de universidad procedente de otra zona de Andalucía que acababa de obtener una plaza en Málaga. Marimar no era especialmente glamourosa, pero sí muy inteligente y simpática. Y fue la primera lesbiana local que aceptó irse a la cama con ellas, un poco como las chicas extranjeras que Estrella había conocido. Eso ya lo cambió todo. Por primera vez, Estrella tuvo una aliada en la que había sido la ciudad de su triste y solitaria adolescencia.
Marimar se parecía un poco a Hanna en su apacible temperamento y solidez intelectual. No estaba obsesionada con encontrar novia y, de momento, aceptaba la relación de trío eventual. A sus cuarenta años, Estrella seguía siendo muy guapa y extraordinariamente hábil en la cama, de modo que conquistar a Marimar fue fácil.
A pesar de eso, la idea de la sororidad la daba Estrella por perdida, y el reflejo de su fracaso era su novela sobre el pobre Antonio, el infeliz e inocuo marginado social que habría sido ella de haber nacido con las cositas colgando. Pagó finalmente para que se publicara en Abril de 2003. Algunas críticas fueron buenas, pero no se vendió.
Una tarde en que cayó furiosa lluvia en Villa Orchard, las tres amigas la pasaron disfrutando de su intimidad. En el piso de abajo, la madre y la hermana veían la tele. En el piso de arriba, tres lesbianas desnudas permanecían abrazadas entre sábanas y edredones, formando ese nido infantil que a Estrella tanto le gustaba y que a cualquier mujer podía llegar a gustarle. En esos momentos podía alcanzarse una gran finura de la sensibilidad. Estrella concluía que, al igual que su belleza comenzaba a marchitarse aunque las estupendas mujeres maduras estaban muy de moda-, también su carrera literaria se estaba marchitando. Y su carrera de profetisa, por supuesto. Hacía ya muchos años Irene la había llevado ante una sibila que le pronosticó el fracaso. Ésa sí que acertó.
Bien, lo que le quedaba era el testimonio de sus aventuras, de su vida inusual. Dijo que debía dedicarse a organizar sus recuerdos. Había llevado diversos diarios personales y disponía de una gran colección de cartas. Ése será tu mejor libro, opinó Marimar que era muy sincera cuando opinaba que todos los libros de Estrella adolecían de graves deficiencias.
¿Y si un día la literatura desapareciese y se sustituyera por la redacción de testimonios? Todo serían relatos extractados a partir de diarios. Eso podría ser mejor que la ficción. Eso ya se ha intentado muchas veces, y fracasa, le dijo su nueva amiga. Fracasa porque la gente se atiene a modelos erróneos, contestó ella. Quieren imitar a los personajes de novela, a los grandes hombres. Pero deben ser ellos mismos, deben ser directos y sencillos. Escribir como se habla en el momento en el que somos capaces de atraer la atención de los demás.
Estrella, como era habitual, estaba en medio, entre las dos. Miró a la tierna Puri. La besó y tiró de ella para mostrarla a Marimar: Fíjate en esta criatura: me quiere muchísimo. Apenas lee, y sin embargo me presta atención, le gustan muchas cosas que digo. Sé cuándo la aburro y cuándo me tengo que callar. Y Puri no es como yo, no es rara. Y tampoco es como tú: no pertenece a un estamento intelectual.
"Pero es que yo estoy enamorada de ti objetó Puri, poniendo los ojos grandes y luminosos, estoy tan enamorada de ti que a veces no me lo creo "
"Todas deberíamos estar un poco enamoradas de todas
"Vuelves a la sororidad
"Podría limitarse a ser un juego literario
Y entonces se le ocurrió reunir historias de lesbianas. Historias reales. Historias de lesbianas españolas. Si salía bien, tal vez Laurie escribiría un libro sobre lesbianas británicas. Y Angie sobre lesbianas norteamericanas .
Por cierto, Laurie la informaba de que ya estaba rodándose la teleserie sobre lesbianas. Se ambientaría en Los Ángeles, pero se rodaría en Canadá. Había visto los guiones, y no le gustaban. Había intentado también sacar adelante otra sugerencia de Stella: una sátira británica de Sex and the city que se llamaría Crazy for cocks!, ¡Locas por los rabos! (ya había pensado en la traducción española). Stella había sugerido que, si se hacía bien, el grito de "¡locas por los rabos!" podía convertirse en una "catchphrase" que hiciera mucho daño al enemigo, el que condenaba a las mujeres a buscar amor donde solo debía buscarse, si acaso, un poco de pasión animal.
Angie había conseguido un cierto éxito como novelista, pero en el mundo del cine tampoco había logrado introducirse, de momento. Bueno, era joven Y era rica Laurie la había puesto en contacto también con una chica que había contado sus experiencias como prostituta de lujo en Inglaterra. Era un poco bisexual, pero le gustaban demasiado los hombres.
En cierto modo, el siglo XXI empezaba bien. Pero solo era un comienzo, y fuese lo que fuese lo que trajera al mundo de las mujeres, estaba claro que Estrella ya no iba a jugar ningún papel importante. Bueno: que fuese Angie. Cada día que pensaba en ella, más se daba cuenta de que aquella chica podía llegar muy lejos. Porque, en cierto modo, había seguido sus pasos. Su sucesora. Ella llevaría la llama.
En "Villa Orchard", la salud de sus padres se deterioraba. El viejo tenía Parkinson y estaba más quejoso y lloroso que nunca. A veces sus amigos venían a visitarlo. Eran unos viejos asquerosos, morbosos e indiscretos, pero se intentaba que no molestaran mucho. Parecía que el padre de Estrella tenía cada vez más miedo de que ella lo echara de casa y lo mandara a un asilo. En realidad, no hubiera sido un gran problema. Con el dinero de su pensión, más lo que se sacara de vender el viejo piso de Málaga (aquel que con tantas ganas ella abandonó hacía veinte años), era factible pagar una buena residencia, e incluso pagar una enfermera particular, pero él no tenía la menor gana de hacer eso. Un viejo en un asilo, eso no.
La madre, por su parte, pese a las puestas a punto a las que se sometía con regularidad en la sanidad privada, también se estaba deteriorando de forma alarmante. No podía prescindir del bastón y tenía momentos de mal humor. Le daba demasiado trabajo a la hermana, que siempre había sido indolente. Con la hermana se llevaba siempre bien, pero estaba claro que habría que dar trabajo a alguna otra persona para hacerse cargo de la madre. Fue entonces cuando Puri sugirió emplear a su propia hermana pequeña, Sofía. Estrella conoció a Sofía casi al mismo tiempo que a su hermana, cuando era una muchachita. Era más bonita que Puri, y muy tímida. A pesar de ser inteligente, no había estudiado (como todos los hermanos de aquella familia). Se empleó como dependienta en un comercio del pueblo, después se quedó sin trabajo y había estado haciendo tareas de jornalera en el campo, siempre bajo la supervisión y vigilancia de sus hermanos. Ahora Estrella se daba cuenta de que había podido tomarla bajo su protección y hacer que estudiara. Pero siempre la había rehuido un poco, porque Puri aceptaba bien que Estrella se fuera a la cama con otras pero le perturbaba mucho el evidente interés sexual que su novia sentía por su hermana.
Según las teorías de Estrella, Sofía había de ser tan lesbiana como su hermana por el mero hecho de que era bonita y no parecía interesada en los pretendientes masculinos. Así que mejor tratarla lo menos posible, pero durante aquel verano, la pequeña Sofía (que iba camino de cumplir treinta años) entró a trabajar para cuidar de la madre. En realidad, era el trabajo mejor retribuido que había tenido nunca. Con seguridad social y todo.
Aquel verano, Estrella y Puri lo pasaron en España. Marimar tenía una casita en la costa de Huelva, que era de donde ella procedía. Pasaron allí dos semanas muy estupendas. Después se fueron a Portugal. Las lesbianas portuguesas sorprendieron agradablemente a Estrella: eran casi como alemanas, dulces y amables. Se quedaron más de un mes en Lisboa y participaron en una orgía muy tierna. Después estuvieron en el País Vasco, pero la modernidad de allí le pareció demasiado artificiosa, con su festival de jazz y sus edificios futuristas que buscaban enmascarar el primitivismo evidente de las pasiones nacionalistas violentas.
Hicieron un par de excursiones por el Pirineo, pero Puri se cansaba pronto de caminar por el campo. Pasaron dos días en una especie de comuna de hippies viejos. Dos lesbianas no sorprendían nada allí. A Estrella le hizo sentir añoranza de su estancia en aquella comunidad religiosa a primeros del 88, cuando se enamoró de Martina, con la que últimamente había perdido el contacto.
Le gustaba el campo. Villa Orchard, pese a sus huertos y frutales, no era realmente campo. No había aquellos paisajes, aquellos barrancos, riscos y bosques. Incluso con fantasmales pueblos abandonados.
Pasaron septiembre en Madrid, viendo a las antiguas amistades. Patri, Toñi , Concha. Coincidieron con Marimar unos días. Allí Estrella se dio cuenta de que la mejora que había percibido en Málaga era del todo efímera. Simplemente, había tenido suerte con Marimar. Con seis libros publicados, Estrella era la escritora lésbica más importante de España, y eso no significaba nada para las lesbianas españolas. No la respetaban. Era una tipa rara, el tipo de lesbiana que atraía a los hombres viciosos. Quince años hacía que las consideraba a todas unas ingratas. España era un país de segunda. Pero alguien tenía que ocuparse de él... Y estaba ella tan vinculada a aquella lengua, a aquellas costumbres, a aquel pasado...
Hicieron una escapada de una semana al festival de mujeres de la isla de Lesbos. Pero resultó muy ruidoso, con mujeres que se comportaban casi como drag queens. Le había gustado más el festival californiano.
En Madrid conoció a una actriz jovencita que había tenido éxito con una película. Se la presentaron y se gustaron. Montaron una orgía a cinco, con Marimar y otra chica más. Fue muy bueno, mucho mejor que el lío tumultuoso del Mar Egeo, y todas acabaron invitadas a Villa Orchard. Para cuando regresaron a casa, los cuarenta años se habían convertido en cuarenta y uno, y Estrella necesitaba ya tratamientos de belleza más personalizados. En cuanto a la madre, Sofía había cuidado maravillosamente bien de ella.
Estrella decidió organizar su libro con diez historias de lesbianas españolas. Ella no estaría incluida, pero Puri y Marimar sí. Las otras ocho las buscaría en otra parte. Patri sería una de ellas, eso seguro.
A Estrella le gustaba programar su tiempo, aunque luego los programas no se cumplieran. Ya tenía la idea y tres historias. Tenía también pistas para las siete restantes. Estaba claro que lo valioso no sería lo representativo de esas historias, sino el valor del testimonio, lo evocador en emoción y sensibilidad. Así que hasta fin de año elaboraría sus tres historias para que le sirvieran de modelo... mientras localizaba las otras siete. No sabía si conseguiría a la chica actriz, porque su lesbianismo, por una parte, podía ayudarla a triunfar en su carrera (era buena actriz), pero también perjudicarla. Habría que hablarlo con su agente.
Durante el otoño, volvieron a recibir visitas. Pero ya no visitas de desconocidas. Solo las viejas amigas y algunas ya un poco olvidadas. Angie, Li y Hanna no faltaron. A veces hacían el amor y otras no. Marimar se convirtió en visitante habitual, aunque en Noviembre le salió un romance con una alumna y todas hubieron de apartarse para hacerles sitio.
La madre echaba de menos a la tía Reme. A veces la traían de visita. Sin la tía Reme, la madre se hacía un poco senil. Le molestaba que alguien pudiera creer que había sentido por su cuñada deseos al estilo de los de su hija, algo que a ésta jamás se le había pasado por la cabeza porque Estrella consideraba que el lesbianismo tenía que ver con la sensualidad de la juventud. Su madre nunca había sido sensual. Y ya tenía 37 años cuando ella nació, luego nada sabía de su juventud, excepto que había sido desgraciada, viviendo bajo la tiranía de una ruin hermana mayor y habiéndose casado con un imbécil después. Para trabajar, solo había hecho de sirvienta y ama de casa.
Así que los buenos días de otoño, que había muchos, cuando se recogían tantos frutos, no resultaban alegres como antes. La madre estaba de mal humor y no se interesaba mucho por los árboles que tanto la habían entusiasmado cuando se plantaron quince años antes. Sin la tía Reme, quienes acudían a trabajar los huertos eran vecinos de los cortijos próximos. No le gustaban. Estrella no era querida. Era rara y presumida. Prostituta. Millonaria. Lesbiana. Salía en la televisión. Viajaba al extranjero, tenía amigas extranjeras. Viciosa. Una vez, durante una de las cíclicas crisis económicas, Estrella había cometido un error. Les llegaban pedigüeños que a veces atendían y otras veces no. Un día le llegó una chica que decía que la iban a echar de su vivienda alquilada en Vélez-Málaga por falta de pago. Que tenía dos hijos.
A Estrella no le pareció humilde. Ella valoraba mucho los gestos, el manejo del tono de voz, todo el lenguaje no verbal. Y el lenguaje verbal no era mucho mejor. Échame una mano. A ti el dinero no te ha costado ganarlo. ¿Ah, sí? Pues si no me ha costado ganarlo, tampoco te costará ganarlo a ti como lo hice yo. Yo no sirvo para eso. Pero para pedir sí sirves, ¿eh?, y le cerró la puerta. Oyó sus insultos. Después le tiraron bolsas con excrementos por encima del muro de la casa. La madre se enfadó mucho. Había que tener cuidado con la gente. La gente da muchos problemas.
Sin contar el viejo piso del viejo, cuyo alquiler incrementaba su pensión, y sin contar las dos casas de la hermana, los treinta alquileres que cobraba íntegros -y casi otros tantos que gestionaba su empresa eran de otros propietarios- a través del negocio de gestión inmobiliaria de Álvaro que ya era bastante rico y llegaría a enriquecerse mucho más durante el boom inmobiliario-, le permitían a Estrella hacer donaciones. Y aún sobraba. Estrella pensaba que, al fin y al cabo, la administración de su filantropía era garantía de honestidad, pero no podía ser filántropa sin contar con sus ingresos para gastos personales, que tampoco eran muchos. Aquel verano habían viajado en automóvil. Se habían alojado en hoteles, habían invitado a comer y poco más. No tenían caprichos caros, y siempre beneficiaban a otros a otras.
Cerca de Navidad leyó la novela que había escrito el francés chiflado. Le gustaba aquel escritor. Simpatizaba con las lesbianas, frecuentaba prostitutas, estaba obsesionado con el sexo y despreciaba lo políticamente correcto sin ser irracional. Le interesaba el futuro, la religión y la naturaleza humana, y no era misógino. Estrella pensó que quizá quisiera ponerse en contacto con él. De hecho, vivía en Andalucía.
Llegó un nuevo año, y Estrella, tras comprobar que tanto Puri, Marimar y Patri quedaban satisfechas con la manera en que había contado sus historias, se dirigió a Madrid a consultar con la chica actriz, que aprobó también participar una vez leyó lo que llevaba escrito sobre las otras tres. La presentó a una famosa escritora joven, cuya prosa Estrella admiraba muchísimo. Sin embargo, la chica ni era lesbiana ni simpatizaba con el ideario de Estrella. Era comunista de Fidel Castro, lo que para Estrella era una pura necedad que no precisaba de comentarios. Pero qué bien redactaba sus párrafos, qué excelencia de las frases.
La chica actriz le localizó una historia lésbica muy buena: una anciana sirvienta enamorada de su señora. Ya tenía cinco. Después chequeó otras tres historias en la zona de Madrid. Una no era una buena historia. La otra sí, pero la mujer no quiso. La siguiente fue la sexta historia: una lesbiana sobrevenida de treinta años que se descubrió a sí misma como acosadora. Viajó hasta Zaragoza, donde confirmó la séptima historia: una colegiala promiscua que encontró en el lesbianismo su refugio apaciguador. Tuvo sexo con ella. En Barcelona se empeñó en encontrar una buena historia, pero casi todas contaban con inconvenientes. Finalmente solo encontró una, y no muy buena: la dueña de un bar, una mujer emprendedora, un carácter fuerte. En realidad, aquella tipa le cayó muy mal. No daba una imagen simpática, pero su carácter tiránico y egoísta resultaba verosímil. Allí, en Barcelona, Estrella y Puri comprobaron que ya no les quedaban tantas historias por encontrar. Solo les faltaban dos. ¿Tendrían que inventarse alguna o modificar algunas de las menos malas de entre las descartadas? Bajaron por Valencia y tantearon un poco el terreno en la correspondiente asociación. Aquella ciudad no la conocían, y tenía leyenda negra: la envenenadora de Valencia. ¿Era lesbiana? Bueno, era de otros tiempos. Pero una valenciana simpática les dio una buena pista en Ibiza, donde la tradición hippy.
Lo que encontraron en Ibiza fue una buena historia de los años sesenta: una humilde chacha que se hizo lesbiana por la admiración que le despertaron dos chicas extranjeras, dos pintoras danesas que se había establecido allí en los últimos años del franquismo. Era una historia buenísima y, además, aquella mujer, que ahora tenía un bar y varios apartamentos alquilados, les refirió otras historias buenas. Fueron a Madrid a localizar una de ellas, que sería la décima y última. Entonces se produjo el desastre del atentado terrorista del 13 de marzo. Aquel horror las desalentó. Solo eran pobres mujeres.
Volvieron a Villa Orchard y Estrella trabajó las seis historias que tenía. La historia décima la completó antes del verano en un viaje a Madrid: allí conoció a una mujer que le habían referido en Ibiza. Era una lesbiana de los años 90. Tal como interpretó Estrella la historia (y la chica no se opuso a esa interpretación, aunque la consideró demasiado novelada), se trataba de una expansión de la maternidad. La chica había tenido un hijo con diecinueve años con un amor heterosexual que fracasó enseguida. La idea del lesbianismo se había abierto en ella a través del compromiso carnal con su bebé: se había habituado a las peculiaridades de su propio cuerpo, a la carnalidad de su condición femenina. Quiso reforzar la maternidad dando a su hijo una segunda madre. Algo así. Podía haber sido algo así. Desde el punto de vista social, aquella chica, la maternal, se había limitado a su vida femenina de fragilidad necesitada de afecto y apoyo. Nunca había buscado salir de los modelos femeninos: trabajar de limpiadora, o de enfermera o de peluquera, había ejercido los tres trabajos, pero sobre todo había hecho de madre, compañera, ama de casa. Su novia era una chica a la que había seducido trabajosamente, por insistencia. Algo viable con las mujeres... porque son menos asertivas.
Un poco para despejarse de todas aquellas cuestiones femeninas, decidió aprovechar la audiencia que le ofrecía el francés. Quería conocerlo y un día que hacía buen tiempo tomó el coche y a Puri, y se dirigió ciento y pico kilómetros hacia el Este, hasta un pueblecito que estaba lanzándose poco a poco al turismo masivo, junto al mar. Predominaban los alemanes de cierta edad. La madre de Estrella había vivido su infancia en un diminuto cortijo unos cincuenta kilómetros al Oeste de aquel punto. En la casa no había retrete y ella siempre iba descalza y con piojos.
El francés había querido recibirlas en su casa, pero Estrella insistió en que quedaran en un local tranquilo, con vistas al mar. Ni siquiera estaban seguras de si el tipo acudiría a la cita. Esperarían un poco y luego se largarían. Pero fue casi puntual. Tenía unos ojos astutos y deliberadamente obscenos. Fumaba y bebía, de modo que era una suerte que pudiera echar el humo al aire libre. Ellas, chicas buenas, tomaban refrescos. Hablaban en inglés. Hablaba Estrella, porque Puri se aburrió pronto. No era una intelectual. Lamento no haber leído nada escrito por ti Soy una escritora poco conocida. ¿Cuentas sobre tus experiencias como prostituta? Le hizo un resumen sobre los seis libros que había escrito. Le interesó lo del libro sobre ella si hubiera sido un hombre. Le interesó la humildad con la que veía la debilidad del carácter femenino. Se le encendieron los ojos por algo muy concreto: ¿eras humilde como prostituta? Sí. Por eso ganaba tanto dinero Se enderezó en la silla. Le pidió detalles. Ella se los dio. Así pues, te gustaba ser una esclava. Pero no solo físicamente, también lo eras emocionalmente. Eso es: era una mujer en la manera que más podía complacer a los hombres. Ése era mi trabajo. El francés era un gran putero. Se quedó unos largos segundos dando chupadas a su asqueroso cigarrillo y mirando el cielo andaluz en primavera. No es muy habitual. Desde luego que no. Pero todo eso es debilidad. No me avergüenza reconocerlo. Te pagaría cualquier cosa por tenerte. Sigues siendo muy guapa. Ya he cerrado la tienda, como bien sabes. El tipo siguió mirándola. Lo de la sororidad, ¿también te parece una tontería? Sí. Las mujeres y los hombres no son tan diferentes. No creo que fuese posible alcanzar ese nivel de graciosa virtud en las mujeres más de lo que es imposible entre los hombres. Aunque creo que tienes razón sobre lo que dices del deseo de las mujeres. Sentirse mujer al ser follada, excluir al hombre del amor pero concederle ocasionalmente compasión. Sí, eso podría resultar. En eso eres original. Pero de angelismo, nada. Las mujeres también sois malas. Usted vivió humillaciones terribles cuando era niño, ¿no? Claro. Todo el mundo lo sabe. Y de ahí mi carácter retorcido ¿Es usted un cobarde? En general, sí. Aunque no temo a la muerte, porque fumo: ése es el principal motivo por el que no he querido dejar de fumar, para no temer a la muerte.
Antes de que llegara el siguiente verano, en plena expansión económica y con un gobierno nuevo que prometía grandes modernidades en materia de libertades civiles (¿matrimonio gay?), incluyó en el diseño de su nuevo libro el denominar a cada relato por un atributo femenino: Campesina (Puri), Luchadora (Patri), Profesora (Marimar), Cómica (la actriz famosa), Sirvienta (de Madrid), Acosadora (de Madrid), Colegiala (de Zaragoza), Empresaria (Barcelona), Soñadora (de Ibiza) y Maternal. Y eran diez. Ya tenía su nuevo proyecto para una vida que se daba cuenta de que iba a ser más apacible y, a la vez, más española. La publicación de su novela Antonio, el pobre pasó desapercibida pero le proporcionó cierta satisfacción y tristeza, aunque Puri lo atribuía todo a su depresión por haber cumplido los cuarenta.
Ahora le faltaba encontrar un título para su nuevo proyecto. Decidió que sería Diez mujeres, porque pensaba defender la idea de que las lesbianas eran las mujeres más mujeres. Sabía que no era cierto. Tal vez llegase a serlo en el caso de las lesbianas de la sororidad, que no existían, pero no era cierto en cuanto a las lesbianas reales.
De todas formas, ella era una escritora, y por la primavera de 2004, participó en algunos actos públicos de poca monta, y el hecho era que participaba en reuniones de lesbianas y gays. Era culta, muy guapa y escritora. Eso significaba algo en una ciudad como Málaga. Y muchas veces se decía (y le contaba a Puri, a la madre y a la hermana) que su vida no era mala. En realidad, era bastante buena.
Cuando llegó el siguiente verano, se preguntó a dónde irían. La costumbre de dejarle la casa libre a la madre para que recibiera a los nietos no le suponía un gran fastidio. Solo que no se le ocurría adonde viajar en verano. Una chica argentina le propuso ese país, pero allí era invierno, y eso suponía un fastidio. En Rusia y Japón ya había estado. ¿Por qué no China? ¿Había lesbianas chinas? Ahora, con Internet, se podía localizar de todo. Dinero no faltaba, sobre todo porque durante la primavera gastaba poco. Podía dar bastante a la caridad y todavía sobraba. Así que decidieron hacer una gira por extremo oriente. Ese tipo de viajes los había hecho antes de conocer a Puri. Planearon un largo viaje, pues: primero Japón, dos semanas (segunda visita a Japón: aún conservaba algunas direcciones), después China, dos semanas, después probarían hacer turismo sexual en Tailandia y después volarían a Estados Unidos, a ver a Angie y a Sarah. Ese tipo de vida. Fue un viaje de amor. A sus cuarentaiún años, Estrella tenía muy claro que Puri era el amor de su vida.
Por un lado, se sentía decepcionada por eso. Puri, desde luego, era mucho mejor que Paula, que había sido su primera expectativa amorosa. Pero no tenía la delicadeza de aquella Maggie que le vino a la costa cuando recién acababa de liberarse de su larga servidumbre a los machos. Ni tenía la espiritualidad que ella había imaginado en Martina poco después, entre los bosques profundos de aquella comunidad religiosa. Estaba muy ansiosa entonces. Quizá su gran amor pudo haber sido Hanna, pero no luchó por ella. O incluso Angie... pero la había visto como demasiado extranjera. Li parecía una buena esposa, pero debido a su inteligencia, a su capacidad para el trabajo (el carecer de ésta avergonzaba a Estrella) nunca podía haber sido dependiente de su amor. Puri era, sin duda, la mejor. Era buena, tenía una gran inteligencia natural y aceptaba todas sus ideas y rarezas por amor. Pero ni era muy bonita, ni era muy delicada, ni era culta.
Quizá ella tampoco era tan maravillosa. No había triunfado como escritora. No había creado la sororidad. Sus teorías no habían sido tenidas en cuenta por nadie. Ni siquiera había logrado que su madre dejase de sufrir al pensar en lo que había hecho, en lo que había sido. Pero ¿su vida no pudo haber sido terrible? ¿Y si la hubiesen dejado embarazada o le hubiesen transmitido una enfermedad? ¿Y si no hubiese contado con la ayuda de Paula y Patri? ¿Y si no se hubiese atrevido a prostituirse?
Su belleza, su dinero, su cultura y su condición de persona de mundo le habían permitido, sin embargo, ser invitada por todas y objeto del interés de todas. Pero enseguida asomaban antipatías y recelos. Conocía a algunas y todas la conocían a ella. Fue por ellas que encontró a Puri. En los últimos años le pareció que habían mejorado, si tal cosa podía decirse. Hacían ciertos actos culturales, daban pequeñas fiestas, tenían algunas publicaciones. Con la llegada de Internet lograron una notable expansión.
El lesbianismo, por supuesto, siempre estaba de moda, en tanto que atractivo para los voyeurs, y en tanto que sexy para mujeres atrevidas. Pero lo que a Estrella le parecía algo espiritual e intelectual, la mayoría lo veía como algo frívolo.
Fue en Febrero de aquel año que Puri y ella conocieron a Marimar, una joven profesora de universidad procedente de otra zona de Andalucía que acababa de obtener una plaza en Málaga. Marimar no era especialmente glamourosa, pero sí muy inteligente y simpática. Y fue la primera lesbiana local que aceptó irse a la cama con ellas, un poco como las chicas extranjeras que Estrella había conocido. Eso ya lo cambió todo. Por primera vez, Estrella tuvo una aliada en la que había sido la ciudad de su triste y solitaria adolescencia.
Marimar se parecía un poco a Hanna en su apacible temperamento y solidez intelectual. No estaba obsesionada con encontrar novia y, de momento, aceptaba la relación de trío eventual. A sus cuarenta años, Estrella seguía siendo muy guapa y extraordinariamente hábil en la cama, de modo que conquistar a Marimar fue fácil.
A pesar de eso, la idea de la sororidad la daba Estrella por perdida, y el reflejo de su fracaso era su novela sobre el pobre Antonio, el infeliz e inocuo marginado social que habría sido ella de haber nacido con las cositas colgando. Pagó finalmente para que se publicara en Abril de 2003. Algunas críticas fueron buenas, pero no se vendió.
Una tarde en que cayó furiosa lluvia en Villa Orchard, las tres amigas la pasaron disfrutando de su intimidad. En el piso de abajo, la madre y la hermana veían la tele. En el piso de arriba, tres lesbianas desnudas permanecían abrazadas entre sábanas y edredones, formando ese nido infantil que a Estrella tanto le gustaba y que a cualquier mujer podía llegar a gustarle. En esos momentos podía alcanzarse una gran finura de la sensibilidad. Estrella concluía que, al igual que su belleza comenzaba a marchitarse aunque las estupendas mujeres maduras estaban muy de moda-, también su carrera literaria se estaba marchitando. Y su carrera de profetisa, por supuesto. Hacía ya muchos años Irene la había llevado ante una sibila que le pronosticó el fracaso. Ésa sí que acertó.
Bien, lo que le quedaba era el testimonio de sus aventuras, de su vida inusual. Dijo que debía dedicarse a organizar sus recuerdos. Había llevado diversos diarios personales y disponía de una gran colección de cartas. Ése será tu mejor libro, opinó Marimar que era muy sincera cuando opinaba que todos los libros de Estrella adolecían de graves deficiencias.
¿Y si un día la literatura desapareciese y se sustituyera por la redacción de testimonios? Todo serían relatos extractados a partir de diarios. Eso podría ser mejor que la ficción. Eso ya se ha intentado muchas veces, y fracasa, le dijo su nueva amiga. Fracasa porque la gente se atiene a modelos erróneos, contestó ella. Quieren imitar a los personajes de novela, a los grandes hombres. Pero deben ser ellos mismos, deben ser directos y sencillos. Escribir como se habla en el momento en el que somos capaces de atraer la atención de los demás.
Estrella, como era habitual, estaba en medio, entre las dos. Miró a la tierna Puri. La besó y tiró de ella para mostrarla a Marimar: Fíjate en esta criatura: me quiere muchísimo. Apenas lee, y sin embargo me presta atención, le gustan muchas cosas que digo. Sé cuándo la aburro y cuándo me tengo que callar. Y Puri no es como yo, no es rara. Y tampoco es como tú: no pertenece a un estamento intelectual.
"Pero es que yo estoy enamorada de ti objetó Puri, poniendo los ojos grandes y luminosos, estoy tan enamorada de ti que a veces no me lo creo "
"Todas deberíamos estar un poco enamoradas de todas
"Vuelves a la sororidad
"Podría limitarse a ser un juego literario
Y entonces se le ocurrió reunir historias de lesbianas. Historias reales. Historias de lesbianas españolas. Si salía bien, tal vez Laurie escribiría un libro sobre lesbianas británicas. Y Angie sobre lesbianas norteamericanas .
Por cierto, Laurie la informaba de que ya estaba rodándose la teleserie sobre lesbianas. Se ambientaría en Los Ángeles, pero se rodaría en Canadá. Había visto los guiones, y no le gustaban. Había intentado también sacar adelante otra sugerencia de Stella: una sátira británica de Sex and the city que se llamaría Crazy for cocks!, ¡Locas por los rabos! (ya había pensado en la traducción española). Stella había sugerido que, si se hacía bien, el grito de "¡locas por los rabos!" podía convertirse en una "catchphrase" que hiciera mucho daño al enemigo, el que condenaba a las mujeres a buscar amor donde solo debía buscarse, si acaso, un poco de pasión animal.
Angie había conseguido un cierto éxito como novelista, pero en el mundo del cine tampoco había logrado introducirse, de momento. Bueno, era joven Y era rica Laurie la había puesto en contacto también con una chica que había contado sus experiencias como prostituta de lujo en Inglaterra. Era un poco bisexual, pero le gustaban demasiado los hombres.
En cierto modo, el siglo XXI empezaba bien. Pero solo era un comienzo, y fuese lo que fuese lo que trajera al mundo de las mujeres, estaba claro que Estrella ya no iba a jugar ningún papel importante. Bueno: que fuese Angie. Cada día que pensaba en ella, más se daba cuenta de que aquella chica podía llegar muy lejos. Porque, en cierto modo, había seguido sus pasos. Su sucesora. Ella llevaría la llama.
En "Villa Orchard", la salud de sus padres se deterioraba. El viejo tenía Parkinson y estaba más quejoso y lloroso que nunca. A veces sus amigos venían a visitarlo. Eran unos viejos asquerosos, morbosos e indiscretos, pero se intentaba que no molestaran mucho. Parecía que el padre de Estrella tenía cada vez más miedo de que ella lo echara de casa y lo mandara a un asilo. En realidad, no hubiera sido un gran problema. Con el dinero de su pensión, más lo que se sacara de vender el viejo piso de Málaga (aquel que con tantas ganas ella abandonó hacía veinte años), era factible pagar una buena residencia, e incluso pagar una enfermera particular, pero él no tenía la menor gana de hacer eso. Un viejo en un asilo, eso no.
La madre, por su parte, pese a las puestas a punto a las que se sometía con regularidad en la sanidad privada, también se estaba deteriorando de forma alarmante. No podía prescindir del bastón y tenía momentos de mal humor. Le daba demasiado trabajo a la hermana, que siempre había sido indolente. Con la hermana se llevaba siempre bien, pero estaba claro que habría que dar trabajo a alguna otra persona para hacerse cargo de la madre. Fue entonces cuando Puri sugirió emplear a su propia hermana pequeña, Sofía. Estrella conoció a Sofía casi al mismo tiempo que a su hermana, cuando era una muchachita. Era más bonita que Puri, y muy tímida. A pesar de ser inteligente, no había estudiado (como todos los hermanos de aquella familia). Se empleó como dependienta en un comercio del pueblo, después se quedó sin trabajo y había estado haciendo tareas de jornalera en el campo, siempre bajo la supervisión y vigilancia de sus hermanos. Ahora Estrella se daba cuenta de que había podido tomarla bajo su protección y hacer que estudiara. Pero siempre la había rehuido un poco, porque Puri aceptaba bien que Estrella se fuera a la cama con otras pero le perturbaba mucho el evidente interés sexual que su novia sentía por su hermana.
Según las teorías de Estrella, Sofía había de ser tan lesbiana como su hermana por el mero hecho de que era bonita y no parecía interesada en los pretendientes masculinos. Así que mejor tratarla lo menos posible, pero durante aquel verano, la pequeña Sofía (que iba camino de cumplir treinta años) entró a trabajar para cuidar de la madre. En realidad, era el trabajo mejor retribuido que había tenido nunca. Con seguridad social y todo.
Aquel verano, Estrella y Puri lo pasaron en España. Marimar tenía una casita en la costa de Huelva, que era de donde ella procedía. Pasaron allí dos semanas muy estupendas. Después se fueron a Portugal. Las lesbianas portuguesas sorprendieron agradablemente a Estrella: eran casi como alemanas, dulces y amables. Se quedaron más de un mes en Lisboa y participaron en una orgía muy tierna. Después estuvieron en el País Vasco, pero la modernidad de allí le pareció demasiado artificiosa, con su festival de jazz y sus edificios futuristas que buscaban enmascarar el primitivismo evidente de las pasiones nacionalistas violentas.
Hicieron un par de excursiones por el Pirineo, pero Puri se cansaba pronto de caminar por el campo. Pasaron dos días en una especie de comuna de hippies viejos. Dos lesbianas no sorprendían nada allí. A Estrella le hizo sentir añoranza de su estancia en aquella comunidad religiosa a primeros del 88, cuando se enamoró de Martina, con la que últimamente había perdido el contacto.
Le gustaba el campo. Villa Orchard, pese a sus huertos y frutales, no era realmente campo. No había aquellos paisajes, aquellos barrancos, riscos y bosques. Incluso con fantasmales pueblos abandonados.
Pasaron septiembre en Madrid, viendo a las antiguas amistades. Patri, Toñi , Concha. Coincidieron con Marimar unos días. Allí Estrella se dio cuenta de que la mejora que había percibido en Málaga era del todo efímera. Simplemente, había tenido suerte con Marimar. Con seis libros publicados, Estrella era la escritora lésbica más importante de España, y eso no significaba nada para las lesbianas españolas. No la respetaban. Era una tipa rara, el tipo de lesbiana que atraía a los hombres viciosos. Quince años hacía que las consideraba a todas unas ingratas. España era un país de segunda. Pero alguien tenía que ocuparse de él... Y estaba ella tan vinculada a aquella lengua, a aquellas costumbres, a aquel pasado...
Hicieron una escapada de una semana al festival de mujeres de la isla de Lesbos. Pero resultó muy ruidoso, con mujeres que se comportaban casi como drag queens. Le había gustado más el festival californiano.
En Madrid conoció a una actriz jovencita que había tenido éxito con una película. Se la presentaron y se gustaron. Montaron una orgía a cinco, con Marimar y otra chica más. Fue muy bueno, mucho mejor que el lío tumultuoso del Mar Egeo, y todas acabaron invitadas a Villa Orchard. Para cuando regresaron a casa, los cuarenta años se habían convertido en cuarenta y uno, y Estrella necesitaba ya tratamientos de belleza más personalizados. En cuanto a la madre, Sofía había cuidado maravillosamente bien de ella.
Estrella decidió organizar su libro con diez historias de lesbianas españolas. Ella no estaría incluida, pero Puri y Marimar sí. Las otras ocho las buscaría en otra parte. Patri sería una de ellas, eso seguro.
A Estrella le gustaba programar su tiempo, aunque luego los programas no se cumplieran. Ya tenía la idea y tres historias. Tenía también pistas para las siete restantes. Estaba claro que lo valioso no sería lo representativo de esas historias, sino el valor del testimonio, lo evocador en emoción y sensibilidad. Así que hasta fin de año elaboraría sus tres historias para que le sirvieran de modelo... mientras localizaba las otras siete. No sabía si conseguiría a la chica actriz, porque su lesbianismo, por una parte, podía ayudarla a triunfar en su carrera (era buena actriz), pero también perjudicarla. Habría que hablarlo con su agente.
Durante el otoño, volvieron a recibir visitas. Pero ya no visitas de desconocidas. Solo las viejas amigas y algunas ya un poco olvidadas. Angie, Li y Hanna no faltaron. A veces hacían el amor y otras no. Marimar se convirtió en visitante habitual, aunque en Noviembre le salió un romance con una alumna y todas hubieron de apartarse para hacerles sitio.
La madre echaba de menos a la tía Reme. A veces la traían de visita. Sin la tía Reme, la madre se hacía un poco senil. Le molestaba que alguien pudiera creer que había sentido por su cuñada deseos al estilo de los de su hija, algo que a ésta jamás se le había pasado por la cabeza porque Estrella consideraba que el lesbianismo tenía que ver con la sensualidad de la juventud. Su madre nunca había sido sensual. Y ya tenía 37 años cuando ella nació, luego nada sabía de su juventud, excepto que había sido desgraciada, viviendo bajo la tiranía de una ruin hermana mayor y habiéndose casado con un imbécil después. Para trabajar, solo había hecho de sirvienta y ama de casa.
Así que los buenos días de otoño, que había muchos, cuando se recogían tantos frutos, no resultaban alegres como antes. La madre estaba de mal humor y no se interesaba mucho por los árboles que tanto la habían entusiasmado cuando se plantaron quince años antes. Sin la tía Reme, quienes acudían a trabajar los huertos eran vecinos de los cortijos próximos. No le gustaban. Estrella no era querida. Era rara y presumida. Prostituta. Millonaria. Lesbiana. Salía en la televisión. Viajaba al extranjero, tenía amigas extranjeras. Viciosa. Una vez, durante una de las cíclicas crisis económicas, Estrella había cometido un error. Les llegaban pedigüeños que a veces atendían y otras veces no. Un día le llegó una chica que decía que la iban a echar de su vivienda alquilada en Vélez-Málaga por falta de pago. Que tenía dos hijos.
A Estrella no le pareció humilde. Ella valoraba mucho los gestos, el manejo del tono de voz, todo el lenguaje no verbal. Y el lenguaje verbal no era mucho mejor. Échame una mano. A ti el dinero no te ha costado ganarlo. ¿Ah, sí? Pues si no me ha costado ganarlo, tampoco te costará ganarlo a ti como lo hice yo. Yo no sirvo para eso. Pero para pedir sí sirves, ¿eh?, y le cerró la puerta. Oyó sus insultos. Después le tiraron bolsas con excrementos por encima del muro de la casa. La madre se enfadó mucho. Había que tener cuidado con la gente. La gente da muchos problemas.
Sin contar el viejo piso del viejo, cuyo alquiler incrementaba su pensión, y sin contar las dos casas de la hermana, los treinta alquileres que cobraba íntegros -y casi otros tantos que gestionaba su empresa eran de otros propietarios- a través del negocio de gestión inmobiliaria de Álvaro que ya era bastante rico y llegaría a enriquecerse mucho más durante el boom inmobiliario-, le permitían a Estrella hacer donaciones. Y aún sobraba. Estrella pensaba que, al fin y al cabo, la administración de su filantropía era garantía de honestidad, pero no podía ser filántropa sin contar con sus ingresos para gastos personales, que tampoco eran muchos. Aquel verano habían viajado en automóvil. Se habían alojado en hoteles, habían invitado a comer y poco más. No tenían caprichos caros, y siempre beneficiaban a otros a otras.
Cerca de Navidad leyó la novela que había escrito el francés chiflado. Le gustaba aquel escritor. Simpatizaba con las lesbianas, frecuentaba prostitutas, estaba obsesionado con el sexo y despreciaba lo políticamente correcto sin ser irracional. Le interesaba el futuro, la religión y la naturaleza humana, y no era misógino. Estrella pensó que quizá quisiera ponerse en contacto con él. De hecho, vivía en Andalucía.
Llegó un nuevo año, y Estrella, tras comprobar que tanto Puri, Marimar y Patri quedaban satisfechas con la manera en que había contado sus historias, se dirigió a Madrid a consultar con la chica actriz, que aprobó también participar una vez leyó lo que llevaba escrito sobre las otras tres. La presentó a una famosa escritora joven, cuya prosa Estrella admiraba muchísimo. Sin embargo, la chica ni era lesbiana ni simpatizaba con el ideario de Estrella. Era comunista de Fidel Castro, lo que para Estrella era una pura necedad que no precisaba de comentarios. Pero qué bien redactaba sus párrafos, qué excelencia de las frases.
La chica actriz le localizó una historia lésbica muy buena: una anciana sirvienta enamorada de su señora. Ya tenía cinco. Después chequeó otras tres historias en la zona de Madrid. Una no era una buena historia. La otra sí, pero la mujer no quiso. La siguiente fue la sexta historia: una lesbiana sobrevenida de treinta años que se descubrió a sí misma como acosadora. Viajó hasta Zaragoza, donde confirmó la séptima historia: una colegiala promiscua que encontró en el lesbianismo su refugio apaciguador. Tuvo sexo con ella. En Barcelona se empeñó en encontrar una buena historia, pero casi todas contaban con inconvenientes. Finalmente solo encontró una, y no muy buena: la dueña de un bar, una mujer emprendedora, un carácter fuerte. En realidad, aquella tipa le cayó muy mal. No daba una imagen simpática, pero su carácter tiránico y egoísta resultaba verosímil. Allí, en Barcelona, Estrella y Puri comprobaron que ya no les quedaban tantas historias por encontrar. Solo les faltaban dos. ¿Tendrían que inventarse alguna o modificar algunas de las menos malas de entre las descartadas? Bajaron por Valencia y tantearon un poco el terreno en la correspondiente asociación. Aquella ciudad no la conocían, y tenía leyenda negra: la envenenadora de Valencia. ¿Era lesbiana? Bueno, era de otros tiempos. Pero una valenciana simpática les dio una buena pista en Ibiza, donde la tradición hippy.
Lo que encontraron en Ibiza fue una buena historia de los años sesenta: una humilde chacha que se hizo lesbiana por la admiración que le despertaron dos chicas extranjeras, dos pintoras danesas que se había establecido allí en los últimos años del franquismo. Era una historia buenísima y, además, aquella mujer, que ahora tenía un bar y varios apartamentos alquilados, les refirió otras historias buenas. Fueron a Madrid a localizar una de ellas, que sería la décima y última. Entonces se produjo el desastre del atentado terrorista del 13 de marzo. Aquel horror las desalentó. Solo eran pobres mujeres.
Volvieron a Villa Orchard y Estrella trabajó las seis historias que tenía. La historia décima la completó antes del verano en un viaje a Madrid: allí conoció a una mujer que le habían referido en Ibiza. Era una lesbiana de los años 90. Tal como interpretó Estrella la historia (y la chica no se opuso a esa interpretación, aunque la consideró demasiado novelada), se trataba de una expansión de la maternidad. La chica había tenido un hijo con diecinueve años con un amor heterosexual que fracasó enseguida. La idea del lesbianismo se había abierto en ella a través del compromiso carnal con su bebé: se había habituado a las peculiaridades de su propio cuerpo, a la carnalidad de su condición femenina. Quiso reforzar la maternidad dando a su hijo una segunda madre. Algo así. Podía haber sido algo así. Desde el punto de vista social, aquella chica, la maternal, se había limitado a su vida femenina de fragilidad necesitada de afecto y apoyo. Nunca había buscado salir de los modelos femeninos: trabajar de limpiadora, o de enfermera o de peluquera, había ejercido los tres trabajos, pero sobre todo había hecho de madre, compañera, ama de casa. Su novia era una chica a la que había seducido trabajosamente, por insistencia. Algo viable con las mujeres... porque son menos asertivas.
Un poco para despejarse de todas aquellas cuestiones femeninas, decidió aprovechar la audiencia que le ofrecía el francés. Quería conocerlo y un día que hacía buen tiempo tomó el coche y a Puri, y se dirigió ciento y pico kilómetros hacia el Este, hasta un pueblecito que estaba lanzándose poco a poco al turismo masivo, junto al mar. Predominaban los alemanes de cierta edad. La madre de Estrella había vivido su infancia en un diminuto cortijo unos cincuenta kilómetros al Oeste de aquel punto. En la casa no había retrete y ella siempre iba descalza y con piojos.
El francés había querido recibirlas en su casa, pero Estrella insistió en que quedaran en un local tranquilo, con vistas al mar. Ni siquiera estaban seguras de si el tipo acudiría a la cita. Esperarían un poco y luego se largarían. Pero fue casi puntual. Tenía unos ojos astutos y deliberadamente obscenos. Fumaba y bebía, de modo que era una suerte que pudiera echar el humo al aire libre. Ellas, chicas buenas, tomaban refrescos. Hablaban en inglés. Hablaba Estrella, porque Puri se aburrió pronto. No era una intelectual. Lamento no haber leído nada escrito por ti Soy una escritora poco conocida. ¿Cuentas sobre tus experiencias como prostituta? Le hizo un resumen sobre los seis libros que había escrito. Le interesó lo del libro sobre ella si hubiera sido un hombre. Le interesó la humildad con la que veía la debilidad del carácter femenino. Se le encendieron los ojos por algo muy concreto: ¿eras humilde como prostituta? Sí. Por eso ganaba tanto dinero Se enderezó en la silla. Le pidió detalles. Ella se los dio. Así pues, te gustaba ser una esclava. Pero no solo físicamente, también lo eras emocionalmente. Eso es: era una mujer en la manera que más podía complacer a los hombres. Ése era mi trabajo. El francés era un gran putero. Se quedó unos largos segundos dando chupadas a su asqueroso cigarrillo y mirando el cielo andaluz en primavera. No es muy habitual. Desde luego que no. Pero todo eso es debilidad. No me avergüenza reconocerlo. Te pagaría cualquier cosa por tenerte. Sigues siendo muy guapa. Ya he cerrado la tienda, como bien sabes. El tipo siguió mirándola. Lo de la sororidad, ¿también te parece una tontería? Sí. Las mujeres y los hombres no son tan diferentes. No creo que fuese posible alcanzar ese nivel de graciosa virtud en las mujeres más de lo que es imposible entre los hombres. Aunque creo que tienes razón sobre lo que dices del deseo de las mujeres. Sentirse mujer al ser follada, excluir al hombre del amor pero concederle ocasionalmente compasión. Sí, eso podría resultar. En eso eres original. Pero de angelismo, nada. Las mujeres también sois malas. Usted vivió humillaciones terribles cuando era niño, ¿no? Claro. Todo el mundo lo sabe. Y de ahí mi carácter retorcido ¿Es usted un cobarde? En general, sí. Aunque no temo a la muerte, porque fumo: ése es el principal motivo por el que no he querido dejar de fumar, para no temer a la muerte.
Antes de que llegara el siguiente verano, en plena expansión económica y con un gobierno nuevo que prometía grandes modernidades en materia de libertades civiles (¿matrimonio gay?), incluyó en el diseño de su nuevo libro el denominar a cada relato por un atributo femenino: Campesina (Puri), Luchadora (Patri), Profesora (Marimar), Cómica (la actriz famosa), Sirvienta (de Madrid), Acosadora (de Madrid), Colegiala (de Zaragoza), Empresaria (Barcelona), Soñadora (de Ibiza) y Maternal. Y eran diez. Ya tenía su nuevo proyecto para una vida que se daba cuenta de que iba a ser más apacible y, a la vez, más española. La publicación de su novela Antonio, el pobre pasó desapercibida pero le proporcionó cierta satisfacción y tristeza, aunque Puri lo atribuía todo a su depresión por haber cumplido los cuarenta.
Ahora le faltaba encontrar un título para su nuevo proyecto. Decidió que sería Diez mujeres, porque pensaba defender la idea de que las lesbianas eran las mujeres más mujeres. Sabía que no era cierto. Tal vez llegase a serlo en el caso de las lesbianas de la sororidad, que no existían, pero no era cierto en cuanto a las lesbianas reales.
De todas formas, ella era una escritora, y por la primavera de 2004, participó en algunos actos públicos de poca monta, y el hecho era que participaba en reuniones de lesbianas y gays. Era culta, muy guapa y escritora. Eso significaba algo en una ciudad como Málaga. Y muchas veces se decía (y le contaba a Puri, a la madre y a la hermana) que su vida no era mala. En realidad, era bastante buena.
Cuando llegó el siguiente verano, se preguntó a dónde irían. La costumbre de dejarle la casa libre a la madre para que recibiera a los nietos no le suponía un gran fastidio. Solo que no se le ocurría adonde viajar en verano. Una chica argentina le propuso ese país, pero allí era invierno, y eso suponía un fastidio. En Rusia y Japón ya había estado. ¿Por qué no China? ¿Había lesbianas chinas? Ahora, con Internet, se podía localizar de todo. Dinero no faltaba, sobre todo porque durante la primavera gastaba poco. Podía dar bastante a la caridad y todavía sobraba. Así que decidieron hacer una gira por extremo oriente. Ese tipo de viajes los había hecho antes de conocer a Puri. Planearon un largo viaje, pues: primero Japón, dos semanas (segunda visita a Japón: aún conservaba algunas direcciones), después China, dos semanas, después probarían hacer turismo sexual en Tailandia y después volarían a Estados Unidos, a ver a Angie y a Sarah. Ese tipo de vida. Fue un viaje de amor. A sus cuarentaiún años, Estrella tenía muy claro que Puri era el amor de su vida.
Por un lado, se sentía decepcionada por eso. Puri, desde luego, era mucho mejor que Paula, que había sido su primera expectativa amorosa. Pero no tenía la delicadeza de aquella Maggie que le vino a la costa cuando recién acababa de liberarse de su larga servidumbre a los machos. Ni tenía la espiritualidad que ella había imaginado en Martina poco después, entre los bosques profundos de aquella comunidad religiosa. Estaba muy ansiosa entonces. Quizá su gran amor pudo haber sido Hanna, pero no luchó por ella. O incluso Angie... pero la había visto como demasiado extranjera. Li parecía una buena esposa, pero debido a su inteligencia, a su capacidad para el trabajo (el carecer de ésta avergonzaba a Estrella) nunca podía haber sido dependiente de su amor. Puri era, sin duda, la mejor. Era buena, tenía una gran inteligencia natural y aceptaba todas sus ideas y rarezas por amor. Pero ni era muy bonita, ni era muy delicada, ni era culta.
Quizá ella tampoco era tan maravillosa. No había triunfado como escritora. No había creado la sororidad. Sus teorías no habían sido tenidas en cuenta por nadie. Ni siquiera había logrado que su madre dejase de sufrir al pensar en lo que había hecho, en lo que había sido. Pero ¿su vida no pudo haber sido terrible? ¿Y si la hubiesen dejado embarazada o le hubiesen transmitido una enfermedad? ¿Y si no hubiese contado con la ayuda de Paula y Patri? ¿Y si no se hubiese atrevido a prostituirse?
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