miércoles, 22 de octubre de 2014

Capítulo 20. Tomar buenas costumbres

  A primeros del nuevo año, Estrella publicó “Diez mujeres”. Sabía que era su mejor libro porque lo había repasado mucho y puesto mucho de sí en cada párrafo. Además, la experiencia también rendía su fruto, como en todas las cosas. Por aquellas fechas volvió a mandar a la madre a la clínica, a que la recompusieran un poco, y se fue con Puri para presentar la obra por diversas ciudades. La entrevistaron en la tele un par de veces y le dedicaron otro par de pequeños reportajes en la prensa nacional. Estaba clasificada como la "única escritora lésbica española". En uno de los reportajes mencionaban su amistad con Laurie, mucho más famosa e importante que ella. Las fotos que le sacaban mostraban una mujer bella, de ojos grandes y femeninos. Eso ayudaba siempre.

  En febrero llegaron las críticas. Y fueron buenas. El libro no se vendió mucho (eran diez historias, como diez relatos, y eso siempre gusta menos que las novelas), pero gustó al mundo gay y a muchos intelectuales. Tuvo más entrevistas, y siendo todavía tan hermosa, la volvieron a invitar a algunos programas de sobremesa muy populares. ¿Lograría por fin ser una celebridad?

  Cuando en abril estuvieron de vuelta de algunos viajes, el viejo, su padre, se moría. Llegó a ser fastidioso lo de su estado de salud, su decrepitud y su inconsciencia. La senilidad era total. Los cuidados costaban más, pero había dinero, como siempre. Cuando contemplaba su cuerpo escaso, decrépito, trataba de decirse a sí misma que era normal que ese tipo de espectáculo conmoviese. Se tratase de quien se tratase. Y ella había conocido hombres peores que él. Había conocido muchos hombres, y su padre (y su hermano) cabían perfectamente en la definición de "hombres". Eran auténticos "hombres" y tenían muy poco de "personas". Un hombre es un hombre es un hombre.

  Al final se murió. En mayo.

  La madre lloró. La hermana lloró. La tía Reme lloró. Hasta ella, la muy estúpida, lloró. Solo su hermano, que probablemente no era mejor que el muerto, estuvo sin llorar. Ni siquiera fue al entierro.

  A su muerte, dejó poca cosa. Casi todo el dinero del viejo piso se había gastado en la asistencia de su enfermedad. Lo que quedó era la parte de sus hermanos. Su hermano mayor, el que la metía en el cuarto de baño a que lo masturbara (algo que ahora sabía que era bastante común entre los hermanos mayores con sus hermanas pequeñas), no se había hecho rico al final, y quizá lamentaba no haber explotado la riqueza de su hermana, la puta. Ahora había pillado un poquito de la muerte del padre, mientras que el que se había hecho rico gestionando las mal ganadas propiedades de su hermana había sido Álvaro, no él. Ella sentía un poco de asco y un poco de superioridad con respecto a su hermano, que parecía cada vez respetarla más a medida que él envejecía y se veía resignado a la pobreza. Gente de toda España y de fuera de España habían llegado a la Costa del Sol a forrarse dando pelotazos, y él, que era de allí y estaba allí desde el principio, no había logrado nada...

  Quizá su hermano iba ahora a ocupar el lugar que ocupó su padre en vida: el hombre de la casa. Una razón para sentir asco, repulsión y vergüenza del género humano, reducido al error de la masculinidad. Se solazaba pensando que cuando la madre muriese, ella podría tener el consuelo de que cesaría el único motivo para mantener algún vínculo con él. Era como cuando consolidó su "negocio" en Madrid: al otro lado de la puerta, al otro lado de un biombo que ponían en el pasillo, ella recibía a los hombres, todos los hombres. Y al otro lado, cuando terminaba su trabajo y era libre, todo eran mujeres: Patri, su guardaespaldas, Toñi, su asistenta, Chelo, su peluquera. Solo mujeres. La misma perfección que sentía al rozar la entrepierna femenina, perfectamente ajustada, sin irregularidades. La piel de la mujer, los ojos grandes... Solo mujeres.

  Un alivio momentáneo. Porque siempre estaba la sospecha de que el mundo lo habían hecho los hombres. La inferioridad que no había dejado de sentir cuando niña y adolescente, cuando, ingenua y tonta, había querido ser "persona", participar en el mundo "normal", donde las mujeres "eran iguales". Todo eso acabó. Pero quedaba la sospecha, el miedo a la agresividad, fuerza y astucia de los varones. Rechazarlos estaba bien. Huir de ellos. Nada con ellos. Cuando su madre muriera, daría la espalda también a su hermano. Incluso estaba harta de Álvaro y sus quejas, de no atreverse a decirle que desconfiaba de él. Si pudiera encontrar una mujer para sustituirle... Estrella ahora veía poco a Álvaro. un hombre en principio sin grandes ambiciones pero que gracias a ella había logrado ascender en la vida, lo cual inevitablemente lo había cambiado. Él debía de haber superado la antigua pasión. O a lo mejor no, qué importaba. Álvaro era un cincuentón, padre de familia. Tenía su chalecito, vivía bien.

  Y llegó el matrimonio gay. En verano. Siendo una de las lesbianas mediáticas más bellas, su boda atrajo interés (tras hacerse unas llamadas para que acudiera la prensa). Fue la boda gay más atrayente del año. Se gastó un dinero en vestidos. Se vistieron de rosa las dos, se adornaron como princesas, con muchas flores. Puri, que no era guapa ni fea, pero sí de figura grácil (y de poco pecho), contribuyó con su juventud y el brillo ilusionado de sus ojos, lo que la volvió más atractiva.

    Hasta la madre se emocionó. Fue una auténtica boda, y no aquello que organizó Marcus Ellis en Las Vegas. Estrella recordó otra boda, un poco como la que salía en la peli "Pretty Woman": un cliente la contrató para acompañarlo en una de aquellas celebraciones. Por las mañanas Estrella podía organizarlo sin que le estorbara a sus clientes vespertinos. Se puso guapa y fue del brazo del cliente que a veces no podía evitar besarla y achucharla. Era un pobre tipo que quería que lo vieran con una chica así. Hubo un buen momento. Nadie pensó que era una prostituta, dada su educación, su juventud y su encanto de chica buena. Pero llamó mucho la atención y un grupo de chicas jóvenes cotillas la acorraló en un momento preguntándole si era la novia del tonto aquel. Ella dijo que no, que venía a acompañarlo porque "aquella mañana no tenía nada mejor que hacer". Es un buen chico, dijo ella. Pero te besa. Sí, pobrecito, le hace ilusión. Pero él no te gusta. Oh, sí me gusta. Es un buen chico, ¿no es eso suficiente? Y las tontas se quedaron con la boca abierta. Aquello le encantó. Después fue otra vez hasta él y se colgó de su brazo, ocupando de nuevo su lugar. ¿Qué hay de malo en hacer feliz a la gente y, de paso, coquetear un poco?

  Pero su boda pública, mediático, fue algo mejor que eso. Al fin y al cabo, ella de verdad amaba a Puri. Su esposa.

  Marimar, su mejor amiga de Málaga, comentó, al besarlas a ambas, que aquella boda había sido su mejor obra. Y que con ella había ayudado a muchas.

  Tal vez muchas chicas las habían envidiado. ¡Eso sí que era una boda! Pero a Estrella también le dio un poco de vergüenza, como cuando posó desnuda en las páginas de papel cuché. Se decía a sí misma, de nuevo, que era necesario para ayudar a las chicas, para dar ejemplo.

  Según la costumbre, el verano lo dedicaron a viajar, ya de recién casadas. Estuvieron donde siempre, en Alemania y en Inglaterra, a ver a las amigas, como esposas.

  Hubo un día una pequeña discusión porque ella dijo que seguían sin darle mucha confianza los gays, pero que pensaba que el cálido vínculo del matrimonio se adaptaba mucho al lesbianismo. Una psicóloga americana decía que la altísima tasa de divorcios solo significaba que se pasaba del “matrimonio para toda la vida” al “matrimonio consecutivo”. Stella pensaba que aceptar matrimonios consecutivos era aceptar el fracaso. Sí estaba de acuerdo en los matrimonios acumulativos: a la pareja lésbica podían agregarse más mujeres (la sororidad, en una de sus funciones), pero los gays eran hombres, violentos y posesivos, y, como decía Proust, condenados a la desgracia porque al homosexual no le gustan los otros homosexuales, sino los hombres realmente viriles. Aunque decía solidarizarse con la terrible represión soportada por los hombres gays y aunque tendría que agradecerles a ellos que cedieran mucho de sus espacios organizativos a las pobrecitas lesbianas, no podía evitar sentir desconfianza hacia ellos. Solo una vez sintió simpatía por un gay: cuando le confesó que, en el fondo, consideraba, en efecto, una desgracia haber nacido de tal forma que le atrajeran los hombres. Era lo que muchas mujeres decían. Pero lo decían en privado. Solo ella lo había dicho en público.

  Aquel otoño Marimar se fue de Málaga por motivos de trabajo. Siguieron en contacto, pero se vieron poco. Había sido la única amiga verdadera que había hecho entre las lesbianas de Málaga. Para las otras, la boda despertó más envidias que otra cosa, como era habitual. Nunca tendría amigas sinceras entre las lesbianas de la ciudad.

  Durante aquel año aún salió un poco en la tele y la invitaron a escribir artículos de prensa. También organizó algo en Internet, un vago intento de resucitar la idea de la “sororidad”, pero sin resultado…

  En Inglaterra, cuando vieron a Laurie, ésta había preguntado por sus nuevos proyectos. Laurie, que no sabía nada de español, no había leído nada que Stella hubiera escrito. Solo lo de la sororidad, que era obra suya a medias con la profesora Sarah.

  Stella siempre tenía proyectos, pero no solían pasar de un cierto estadio de vaguedad. Un poco por complacer a Laurie, le había relatado la idea de una novela sobre la compra de una esposa. Se acordó de cuando Marcus Ellis presumía de que había comprado una esposa por cien mil dólares mensuales que ningún rico más rico que él hubiera podido conseguir ni por diez veces ese precio. Podía ser una novela de ambiente norteamericano. Podía comentarlo con Angie. Incluso, si Angie quería la historia, la podía escribir ella. Stella se sentía en deuda con Angie: pensaba que había ejercido una mala influencia sobre una chica joven e impresionable. ¿Se hubiera prostituido Angie si no hubiese conocido su propia historia? Lo que había hecho solo podía compensarse si a cambio conseguía un éxito grandísimo. Y no era así. Angie nunca ganaría el premio Pullitzer. Quizá haber buscado aquella experiencia tremenda, aún en el siglo XXI, no había valido la pena. El feminismo estaba en contra. Stella sospechaba que Angie se había arrepentido. Y acabaría culpándola a ella.

  Stella, incluso, pensaba ahora que la prostitución difícilmente podría ser asimilada por la sociedad. Las mafias, la ruindad del tráfico, la vulgaridad… Por lo que sabía, la prostitución en la década del dos mil era todavía peor que en los años ochenta. En los años ochenta había aún cierta inocencia, pese al susto que ella se llevó al desmentirse sus primeras e ingenuas suposiciones. Con todo, las putas, como Paula y otras, eran solo mujeres pobres. Había droga, sí, pero ese tipo de prostitución se reconocía fácilmente por sus propias características. La pastillita o la coca eran una cosa, y la heroína algo muy distinto. Se bebía mucho, también. Pero no había tantas mafias.

  El tipo que llevaba el último club en el que trabajó -la "whiskería"-, Fernando, era un señor bastante tranquilo: el dueño de un bar o un restaurante, interesado sobre todo por el dinero, y que sabía reconocer pronto a las chicas conflictivas, de las que se deshacía rápido. Cuando una periodista entrevistó a Stella sobre el asunto fue ésa la opinión que dio. Sin olvidarse de lo más desagradable que ella había vivido, que no fue poco.

  Pero en realidad, no sabía mucho de esas cosas. Una vez se habían parado ante una mulatita con buena pinta que hacía prostitución callejera, Puri y ella. La invitaron a venir, le ofrecieron buen dinero, pero aquella infeliz se negó a subir a un coche con dos mujeres.

  De momento, en lugar de investigar ese mundo y en lugar de considerar seriamente que lo más importante de su vida había sido el dinero que había ganado con la prostitución, se dedicó a ese asunto de una manera más indirecta, planeando la novela norteamericana sobre la compra de una esposa, cuyo título podía ser algo así como “the best price”.

  Para fin de año le mandó lo que tenía a Angie, para que le diera la opinión. A Angie le pareció una buena idea.

  Para año nuevo, fueron a Nueva York, donde ahora vivía Angie. Angie estaba guapísima y tenía una novia más joven. La vieron mucho mejor, quizá debido a que la chica joven mostraba un amor muy puro. Hicieron el amor las cuatro. La jovencita, una chica judía llamada Rachel, se mostró muy tímida. Se volcaron en ella, y Stella reconoció el amor de Angie por Rachel por la forma en que se organizó el acto. Tendieron a la pequeña  Rachel sobre almohadones, quedó Angie dominando su cara, besándola y mimándola, y conformándose solo con ponerse la mano de la pequeña judía entre sus piernas, mientras las dos amigas extranjeras le trabajaban a fondo entre los muslos. Stella se aplicó con toda su sabiduría, hasta que la chica vivió su prolongado orgasmo con los ojos abiertos fijos en los de su amada, que le mantenía apretada la cara con sus dos manos en las ardientes mejillas. Así tenía que ser la sororidad.

  “Escribe tú la novela”, le dijo a Angie. “No puedo escribir una novela norteamericana siendo extranjera”
  “Es tu historia”.
  “Tú también fuiste prostituta. Te ayudaré a escribirla, pero debes escribirla tú.”

  Se quedaron calladas. Rachel, aunque inocente y buena, desconfiaba un poco de la influencia que ejercía sobre su amada aquella europea. Angie quería vencer su orgullo. Puree pensaba que no estaba bien que la otra se quedara con una historia que se le había ocurrido a su esposa.

  Pero al final Angie cedió, porque le atrajo la oportunidad. Comenzaron a escribir “The best Price” entre las dos (o las cuatro). Pero Angie ponía su técnica narrativa, su buena prosa, su capacidad evocadora, en la que siempre superaría a Stella. También añadió una intriga dramática, e hizo los cortes necesarios –las elipsis.

  A primeros del año siguiente la novela estaba funcionando en el sólido y flexible cerebro de Angie. Y esta vez Estrella no tenía proyectos. Solo que el año siguiente iba a hacerse su primera operación de cirugía estética: estiramientos y rellenos, oh sí. Algo muy diferente a lo de los pechitos que se puso en 1988... aquello lo había hecho con alegría y ahora se trataba de reparar el paso de los años.

  A los cuarenta y cinco, su primera operación. A los cincuenta y cinco, su renuncia al esplendor.”

  Sería una ceremonia que tenía planeada desde que encauzó su vida como prostituta y lesbiana veinte años antes: cortarse el pelo, vestir con chándal, muscular sus miembros, arrancarse los pechos (decían que prevenía el cáncer).

   No más mujer. Se acabó. Solo sería intelecto y humanidad. Pero no más mujer. Ser mujer es algo más que tener una vagina. Había logrado serlo, y en el futuro viviría recordando lo que había sido y lo que esto significaba. Si evitaba la decadencia lograría que el recuerdo de su plenitud permaneciera con más fuerza. Pero eso sería en 2017, cuando cumpliera los 55. 55 y no más.

  “¿Y yo qué?”, se quejaba Puri. Ella era diez años más joven.

  “Tú, haz lo que quieras. Eres mi esposa.”

  Y por primera vez le sugirió la maternidad. Podían ser madres. El útero de Puri era fértil. La esposa se lo quedó pensando. Ser esposa y madre.
 
  Estrella ya no necesitaba nada. Excepto cuidar de su madre y su hermana. Cuidar de sus amigas. Cuidar de la limitada fama conseguida. Ni sororidad, ni seguidoras, ni nada. Vida tranquila. No había logrado lo que había querido, pero había logrado mucho, y todavía le quedaba mucha felicidad por vivir. Tenía la suerte de poder fijarse en los buenos recuerdos, disfrutar con ellos. Eso daba mayor esplendor a los logros alcanzados.

    El huerto seguía tan hermoso. La madre ya necesitaba de silla de ruedas, pero a veces lograba entusiasmarle el aspecto de aquellos árboles frutales y las ordenadas hileras de hortalizas. Conversaba con los cuidadores. Quería mucho a Sofía, la hermana de Puri. A veces la llevaban a ver a la tía Reme o traían a los tíos a “Villa Orchard”. Incluso se presentaba el hermano con la nieta, una joven de veintitantos, que ya tenía novio con el que se pensaba casar. Esta sobrina le gustaba a Estrella. El novio también. Era un buen chico, muy trabajador, experto en electrónica.

  Aquel verano no viajaron, lo pasaron en “Villa Orchard”. Pero al final hubo una pequeña disrupción: Sofía iba a dejarlas porque le había salido una buena oferta de trabajo en su pueblo. Trabajaría de administrativa, en una oficina. Le parecía que eso era un progreso. Tuvieron que ir contratando inmigrantes. La mejor que encontraron fue una ucraniana madura y obesa, educada.

    En octubre viajaron a Norteamérica otra vez. La novela de “Angie” ya iba bien, y pasaron horas y horas leyéndola, corrigiéndola, añadiendo sugerencias. Estuvieron las cuatro juntas otra vez. Viajaron y buscaron “escenarios” para la historia. Angie prometió que sería la mejor novela escrita por ella. Se la iba a dedicar a su amiga Stella.

  “A Stella y a Rachel.”
  “No, solo a ti. Rachel ya me tiene a mí. Tú tendrás la novela”.

  Una sola dedicatoria que sería un reconocimiento de que, en cierto modo, la novela no era suya. A Puree le pareció bien. Algo es algo.

  “The best Price” se publicó en noviembre de 2006.

  Aquellas navidades estuvieron muy pendientes de si la novela triunfaba o no. Laurie estaba entusiasmada: decía que era una historia buenísima y que la veía a ella, Stella, en la novela, y no a Angie. Y era una novela lésbica. Angie había introducido una fantasía frustrada de Stella: el tener esclavas. Siempre lo había deseado, pero nunca se había atrevido. Ni Guenia ni Puri fueron esclavas, pero en el fondo de su corazón, Estrella hubiera querido que se esclavizaran a ella. Hacer que la trataran de usted, vestirlas con uniforme, ordenarles que se agacharan para complacerla.

      A lo largo de la primavera de 2007, “The best Price” comenzó a entrar en las listas de los libros más vendidos. La mejor novela de la joven escritora Angie. Lo consiguió. Estrella consideró que también, por delegación, ella lo había conseguido. La dedicatoria de la novela era clarísima: A Stella. Era todo lo que le había pedido. La fama y la pela se la podía quedar toda Angie. La fama de Angie podría tener mejores consecuencias que la suya. Y dinero, ya tenía. Lo había logrado con el estigma, y convertirse en una gran escritora había, tal vez, de librarla del estigma. Simone de Beauvoir era una libertina, una bisexual, y logró superar el estigma. Tal vez Angie, en el siglo XXI, lo lograra también. Y recordarían a Stella, la española, como la influencia decisiva en su vida.

    En mayo, Estrella se metió por primera vez en el quirófano para que la retocaran. Puri reconoció que la habían dejado mejor, sin dejar de ser ella misma. Se había tratado sobre todo de algunos estiramientos, que no habían llegado a deformarla mucho. Crearía un nuevo ser en el otoño del año 2017. Sentía bastante curiosidad por el aspecto que tendría entonces. Claro que, de momento, le gustaba seguir siendo una guapa madurita.

  El verano lo volvieron a pasar en “Villa Orchard”. No quería dejar sola a su madre. Los médicos aseguraban estar haciendo lo que podían por ella. La madre había perdido mucho peso, se la había operado de una hernia y de cataratas, pero la fatiga del corazón no podía curarse. La decadencia se hacía inevitable. Era una octogenaria que había sufrido de obesidad y diabetes, así como un infarto y un accidente vascular. Ya no regía bien. Por las tardes, sobre todo, quedaba como adormecida y balbuceaba recuerdos.  Los buenos días de verano la llevaban hasta el huerto, bajo los árboles. Allí estaba mejor. A veces divagaba y rememoraba su infelicidad en la infancia, juventud y matrimonio. Y ni siquiera le compensaba los últimos veinte años, desde que en mayo de 1984 abandonó por fin a su marido y se instaló en el chalecito adosado de Torremolinos. El origen del dinero que su hija había obtenido nunca dejaría de dolerle. Y el lesbianismo. Aunque quería a Puri, todavía lloraba a veces cuando pensaba en cómo su hija había tomado un camino tan extravagante, tan alejado de lo más íntimo de la naturaleza. Su hija rica, escritora, amada… No, su hija prostituta, rara, sexualmente pervertida…

  Una de aquellas noches, con la hermana y Puri presentes, comenzó a recordar los meses de mayo y junio del año 1984, recién instaladas en el chalecito adosado de Torremolinos. No tenían teléfono, la hermana aún no se había sacado el carnet de conducir. Dos pobres mujeres solas, en una urbanización más bien desértica, alejada del centro, con cuatro o cinco muebles que habían comprado apresuradamente, entre unas paredes extrañas. Sin un hombre. Con la hija en Madrid, que había cambiado tanto que apenas la conocían. Que era prostituta y les mandaba dinero a las cuentas de ahorro que les había hecho que abriesen. A veces venían de visita el hijo casado y la tía y las sobrinas. A reprocharles que aceptaran vivir del fruto de la prostitución de su hija de veintiún años. ¿Tan mal estaban en casa que habían abandonado al pobre marido y padre?

  Estrella nunca pensó entonces que aquellas semanas antes del verano del 84 habían sido tan dramáticas. Pensó que habían estado contentas, pues la casa era mucho mejor que el pisucho donde siempre habían vivido, y la tenían en propiedad, y, sobre todo, porque se habían deshecho del viejo para siempre… No pensó en la soledad de aquellas dos mujeres.

  Estrella ya no discutía con ella sobre eso, como cuando estaba mejor de salud. Incluso una vez le había hecho reconocer ala madre que ella, de haber vivido en los nuevos tiempos, tal vez hubiera sido lesbiana también: la madre era de esas mujeres cuyo ideal de hombre era “un hombre bueno, sensible y cariñoso, lo que a Estrella le parecía el síntoma decisivo de la lesbiana reprimida”. Por supuesto, el marido no había sido nada de eso, pero eso era todo a lo que había aspirado, y había creído que podría encontrarlo en aquel pequeño camarero de pueblo, de aspecto frágil, un tanto femenino, que se había comportado con ella, en el cortejo, con rastrera humildad. Después resultó que siempre había vivido acomplejado de acusaciones de falta de hombría. Bien demostró ser después todo un hombre. Cobarde y fracasado, sí, pero también egoísta, grosero, resentido y cruel con los más débiles que él: todo un hombre.

  A la madre siempre le habían gustado las mujeres. A veces, viendo la tele, no podía dejar de admirar la belleza de alguna joven. Estrella reconocía esa actitud. Cualquier mujer reconoce e incluso admira la belleza dulce de una chica, pero no todas las mujeres asocian a ese reconocimiento ideales de intimidad.

  Cuando adolescente, cuando era una colegiala empollona y un poco rara, Estrella había sentido un intenso deseo de intimidad con algunas compañeritas especialmente dulces. Entonces había pensado que lo que deseaba era una amistad tierna, femenina. Pero le había avergonzado ese sentimiento. Ahora había comprendido que eso era lesbianismo, la sororidad.

  Las ambiciosas investigaciones que había soñado que la doctora Sarah emprendiera, nunca se llevarían a cabo, pero Estrella estaba segura de que más de la mitad de las mujeres eran lesbianas (por defecto, dada la “plasticidad” y “flexibilidad” eróticas femeninas). Algunas de ellas necesitarían de vez en cuando pasar por una experiencia brutal de “ser hechas mujeres” por un macho (igual que los hombres necesitan pelearse o gritar en el fútbol de vez en cuando), pero el número de mujeres que de verdad necesitan “amor de hombre” le parecía muy inferior. ¿Enamorarse de hombres?

  Si hubiera podido hacerle comprender esto a la madre... Ella nunca quiso prolongar las discusiones sobre la cuestión que obsesionaba a su hija. Con la casa llena de lesbianas, la anciana seguía pensando que lo antinatural era algo feo, una enfermedad mental. Que su hija se había vuelto loca por culpa del padre que había tenido. Incluso que por culpa de eso había fracasado en los estudios.

  A Estrella le gustaba mostrarse cariñosa con la anciana, sobre todo entre los árboles llenos de frutos y verdor, pero la anciana lloraba: “con lo guapa, inteligente y buena que eres, por qué has tenido que llevar esta vida…”

  No había manera. Puri decía que no había que tomárselo a pecho. Decía que su propia madre lo sentía igual, pero no era cierto. La madre de Puri era una campesina divertida y casi despreocupada, que la quería incondicionalmente y que se sentía feliz si su hija era feliz.

  La madre de Estrella poseía cierta capacidad para la infelicidad. Pero tal vez, si las cosas hubieran ido de otra manera…

  A pesar de todo, aquel verano hubo momentos buenos.

  Venía el hijo, con los nietos e incluso con un bisnietillo. Estrella no departía con ellos. Era muy raro que comieran todos juntos. Detestaba a su cuñada, por lo demás, una mujeruca vulgar, hipócrita y malintencionada. Por cierto, que dos de sus hermanos eran también “marginales”: uno, un preso drogadicto (ya fallecido de Sida) y el otro, un homosexual amanerado que, entre otras cosas, había regentado un club de alterne. La cuñada odiaba a Estrella, quizá, porque ésta, aparte de haber sido puta –siempre sería puta por haberlo sido una vez, por supuesto- , además se había hecho millonaria.

   Lo de que Puri fuera a ser madre los hacía rabiar. No era nada decidido, pero eso supondría que la criatura que naciera (adoptada o fruto de una fertilización) se llevaría toda la pasta de la herencia. No quedaría nada para los sobrinos.

  En cualquier caso, cuando venía la tribu solían llevarse a la hermana de excursión. A Estrella le gustaba mucho subir los montes de Andalucía en verano. Se unían al grupo excursionista de la hermana o se iban por su cuenta, tres mujeres maduras solas. O más de tres. Sofía solía sumarse también. O cualquier amiga más. A veces se reunían siete u ocho mujeres (la mayoría, lesbianas) para recorrer la Sierra de Cazorla o de Grazalema.

  Cuando llegó el otoño, Estrella se dedicó a no hacer nada. Ya no más libros, le dijo a Puri. “Pero tienes que hacer algo”. “¿Y qué haces tú?”

  ¿Qué hacía Puri? Ella no necesitaba “hacer algo” para vivir. Ella sabía vivir. Incluso sabía vivir antes de conocer a la que ahora era su sofisticada esposa. Ella decía que no, pero Estrella estaba segura de que sí.

  En octubre hicieron una escapada a Estados Unidos, a ver a Angie.

   Angie estaba en la cumbre de su éxito, y muy metida en su nueva novela, y en el inevitable asunto del guión de Hollywood pendiente para “The best Price”. El matrimonio español observó dos cosas: que Angie no explicaba ante otras personas quién era Stella salvo que se lo preguntaran, y que Angie no quería hablarles del libro que ahora estaba escribiendo.

  Puree se indignó, y Stella se lo tomó muy bien. Era normal que Angie estuviese celosa de la parte de su propio éxito que le debía a su amiga. Y, además, ya no hicieron el amor todas juntas. Angie tenía como nueva novia a una actriz muy presumida y posesiva, no a la pequeña y cariñosa Rachel ("ella ahora está muy bien", decía Angie, "seguimos siendo amigas"). Eso sí le dolió a Stella: la preciosa chica cuyo sexo habían besado había desaparecido sin que Angie diera explicación alguna. Stella no se atrevió a pedirle el email, pero podía haberlo hecho. Había sido también su amiga durante aquellos días.

  Después estuvieron en otras partes del país. Vieron a la profesora Sarah, e incluso participó en un pequeño acto público, donde la presentaron como “la más conocida escritora lésbica española”, lo que no era decir mucho.

  Allí estuvo hablando con un tipo que no llegó a saber quién era. Un tipo calvo y de aspecto correcto, con pinta de profesor. Se pusieron hablar de filosofía de la religión. Para qué sirve la religión. La conversación fue muy interesante para ella y aburridísima para Puree que tuvo que buscarse otro pasatiempo.

  Después, durante la noche, en la cama, Estrella se lo estuvo explicando a su esposa: iba a diseñar de una vez por todas una religión femenina.

  “Hay dos formas de cambiar el mundo: la política y la religión. La política cambia el sistema del poder, es decir, la violencia, y es el método de los tíos. La religión cambia la forma de pensar: ésa es la forma buena, y es el método de las tías.”

  “Pero ya hay muchas religiones, y todas las han hecho hombres, y muchas son malísimas…”

  “Lo que hace falta es la religión perfecta. Una religión para chicas. La religión de la sororidad. Primero tengo que crear una religión, y solo entonces surgirá la sororidad.”

  Volvía a pensar en cómo le había impactado aquella comunidad de gandhianos en el sur de Francia, donde conoció a Martina, que después se volvió tonta.

  “Una buena religión de chicas no consistirá en hacer rituales bonitos y disfrazarse de hadas de los bosques, no señora, no. Una buena religión femenina será una enseñanza de vida, un sistema de condicionamiento de la conducta que nos vuelva a todas santas santas de una puta vez.”

  “De puta a santa. Tú siempre igual”
  “El paraíso no es para los mediocres. Al paraíso se va por la ascesis o por la orgía. Por la degradación. Por la exaltación.”
  “Estás como una cabra. Te quiero con locura.”

  En noviembre estaban de vuelta en casa. La madre no se encontraba muy mal. Habría una buena Navidad.

  A Puri le pareció muy bien que volviera a escribir. Se ponía en contacto con sus conocidas por Internet. Perdía el contacto con muchas mujeres del extranjero (algunas hasta habían muerto) y no ganaba muchas relaciones en España. No había mucho interés en una religión racional para mujeres. De hecho, nadie se interesaba por una religión racional en ninguna parte del mundo.

  Había una famosa historiadora de las religiones, que había sido monja y todo, con la que intentó ponerse en contacto a través de Laurie. Pero aquella mujer, cuya idea de la religión era parecida a la que el tipo calvo aquel le había comunicado, no se interesó por sus ideas. La monja no quiso saber nada de la puta. Una santa quizá se hubiera mostrado más comprensiva, pero una monja no.

   Para fin de año, ya tenía un esquemita. Se lo enseñó a Puri, que no entendió nada, pero le dio muchos besos.

   Resultó un buen entretenimiento para el invierno, pero para primeros del nuevo año ya sabía que la cosa no iba a dar mucho de sí. No tenía capacidad erudita para construir un ensayo coherente. Necesitaría a otra Sarah para eso. Y Sarah misma ya no creía en la historia de la “sororidad” que había encontrado tan poco eco. En realidad, todo era intrascendente. Quizá resultara más entretenido escribirlo en forma de novela.

  Por lo demás, aquel nuevo año que comenzaba iba a girar más en torno a la salud de la madre. Por mucho que se los presionase, los médicos dudaban de que pudiera vivir más de unos cuantos meses. Y su estado mental se deterioraba. A veces tenía algún momento bueno, pero la mayor parte del tiempo estaba quejosa y tristona. Sufría dolores, ya no podía caminar ni unos pocos pasos, se le administraban calmantes, el invierno le estaba sentando mal.

  La hermana, Puri y ella hablaban en voz bajita, frente a la chimenea, sobre el futuro, con la madre dormida más allá. Habían puesto un micrófono para oír si respiraba bien. Decían que estaban bajando los precios de las fincas, que estaba estallando ya la burbuja inmobiliaria a la que se debía la temporada de prosperidad y de afluencia de trabajadores inmigrantes que se habían vivido en los últimos años. De momento, no se notaba mucho. Pero ya había pasado la oportunidad de vender todas las propiedades y forrarse. Álvaro había propuesto la venta ya en el 2006. Calculaba que se podían sacar hasta diez millones de euros por venderlo todo, un beneficio de casi cinco veces con respecto a la pasta que ella había reunido en 1989, con los últimos dineros de Marcus, cuando se compró “Villa Orchard”. Pero no era tan claro que se pudiera sacar tanto.

  Álvaro hablaba de métodos originales para evadir los impuestos y llevarlo todo a un gran fondo financiero internacional. Álvaro no era un experto en esas cosas. Llegó  a sospechar incluso que quería robarle (pero Estrella siempre podía recurrir a la fiel abogada Pilar). Podía ser un admirador resentido. No valía la pena correr riesgos. En teoría, en un gran fondo sin fondo en el extranjero, si sacaba diez millones de euros, podría conseguir un mínimo de medio millón de euros para ella sola al año. Ahora, explotando los alquileres (treinta de su propiedad y otros tantos de otros propietarios), lo que sacaba eran unos trescientos mil. Un pastizal que dedicaba casi la mitad a obras de caridad (canalizada en buena parte al pueblo de Puri). Los cuidados a su madre costaban bastante, pero la finca incluso producía beneficios por la abundancia de fruta y verduras.

  Lo que pasaba también era que Estrella viajaba menos, gastaba menos. Se pasaba el tiempo en casa, con Puri y la hermana. Se iban de excursión por Andalucía. A veces iban a alguna reunión en Málaga e incluso en Vélez-Málaga, con feministas o lesbianas, donde ella todavía gozaba de cierta celebridad, pero poca estima.

  Le venía bien pensar en la religión. Le gustaba la religión, no lo podía evitar. De hecho, cuando prostituta, uno de sus grandes éxitos era las representaciones devotas que hacía a sus clientes.

  “La religión es, sobre todo, recogimiento”

  “¿Y eso qué es?” preguntaban la esposa y la hermana.

  Pues no lo tenía tan claro. Google y la wikipedia no lo explicaban del todo.

  Por encima de todo, alcanzar un estado de benevolencia en comunidad. Amar y ser amado. Es verdad que, aparte de las religiones compasivas, también había otras, de tipo militarista, como las religiones de los aztecas o la de los nazis. Los nazis o el comunismo seguían siendo religiones porque unían a la gente alrededor de determinados mitos, ritos o doctrinas que simbolizaban pautas de comportamiento.

  Toda religión, incluso la peor de todas, servía para unir a la gente. A veces se unía la gente en hacer el mal a otra gente, pero eso pasaba con todos los comportamientos de grupo. La religión compasiva era la buena de verdad: se unían en amor dentro del grupo también para amar a los que estaban fuera del grupo.

  Para alcanzar ese estado hace falta ser muy benevolente. Estrella había buscado ese estado mediante la sororidad. Había estado cerca de ese estado en las orgías de chicas. Recordaba la orgía primera con Hanna. Y las que había pasado con Puri, Li y Angie. Había escrito sobre ello en “Más amor”, pero no quedó satisfecha. Lo había relatado, lo mejor que podía, como un estado de dulzura infantil, de amor tierno infinito. Pero no había añadido la palabra “religioso”, en el sentido de que era algo que podía perdurar una vez se almacenaba como recuerdo.

 “Recogimiento” era algo parecido. Alcanzar un perfecto estado de “recogimiento” venía a ser alcanzar ese estado de amor infantil –de niñas- que había llegado a conocer, pero de forma más barata. No era fácil ser una lesbiana guapa y, encima, adinerada. Ni siquiera era fácil conocer a mujeres tan buenas como Hanna, Puri, Li o Angie. Además, el placer sexual, al ser tan intenso, podía degenerar en pasión. Sí, de acuerdo, parte de la maravilla de aquellos recuerdos se basaba en que ni ella, ni Hanna, ni Puri, ni Angie poseían naturalezas apasionadas…

  No, no importaba (decidía ahora), no importaba porque, al fin y al cabo, aunque solo unos pocos astronautas hubiesen llegado a la Luna, eso no había impedido que millones y millones compartieran la emoción y el símbolo creados.

  Ahora bien, a la hora de definir el recogimiento, no podía evocar, a modo de “sentimiento oceánico” (aunque probablemente se trataba de otra cosa… que lío), el imaginar a cuatro lesbianas jóvenes y guapas, desnudas, enroscadas en un nidito de sábanas, almohadas y edredones, satisfechas y enamoradas, compartiendo té y dulces…

  Cuando niña, había atesorado imágenes deliciosas de sus catecismos. Un Jesús infantil, cabezón, sonriente y encantador, dando la ostia consagrada a una preciosa niña rubia con hábito monjil, también cabezona y sonriente, pero con los ojos dulcemente cerrados y las manos unidas en devota oración, todo en alegres colores. Eso sí que era potencia y recogimiento. Si se pudiera vivir así…

  Ahora que ya había cumplido cuarenta y cinco, se daba cuenta de todas las cosas que no había hecho. En el fondo, era una tímida. Nunca había seducido a una heterosexual que hubiese conocido casualmente (siempre recordaba su fracaso con Erika, la dulce profesora de alemán en Frankfurt). No se lo había hecho con Sofía y Puri, las dos hermanas. No había seducido a ninguna niña. ¿Cómo sería el sexo con una niña de doce años, uno de esos ángeles? Ni siquiera ella, a los doce años, había sido todo lo dulce y lo buena que hubiera podido ser. Su madre decía que sí, que era buenísima, que era una niña “demasiado buena” (insinuando que por ello luego se había desquitado haciéndose puta y viciosa…). Pero Estrella pensaba que podía haber sido todavía más buena. Buena hasta el punto de disfrutar de ello. Porque la bondad normalmente perjudica, pero si la bondad fuese gozosa, entonces la santidad estaría al alcance de la mano.

  El problema que solucionaba el “recogimiento” era que obviaba el hecho de que la santidad estaba lejos. Mediante el “recogimiento” evocábamos la santidad.

  ¿Podría escribir un libro con eso? Necesitaría hablar de eso con alguien, pero ¿con quién?, ¿existía una psicología de la santidad y el recogimiento para ateos? Incluso había ateos dados al misticismo. Pero no a la santidad. La sororidad iba en ese sentido, aunque se conformaba con menos: simplemente, que las mujeres se dieran amor en familias extensas, abiertas y flexibles. A lo mejor había sido poco ambiciosa. Aunque lo lógico era pensar que si no se pudo lo menos, aún más imposible sería conseguir lo más…

  Se le ocurrió pensar que nunca podría escribir un libro de religión. Un libro de religión tiene que ser para todo el mundo, y ella no podía escribir sobre lo que necesitaban los hombres. Hubiera necesitado ser hombre. Igual ella, de haber sido hombre, un hombre desgraciado, débil y humillado, hubiera podido escribir un libro sobre religión, que es algo para los hombres débiles especialmente (es decir: los hombres débiles enseñan a los fuertes cómo debilitarse para beneficiarse después de ello). Claro que mejor haber sido mujer y haber podido disfrutar del amor real. Porque había conocido el amor real. Quizá menos de lo que hubiera podido ser (porque el amor es inmenso, inagotable), pero había tenido bastante.

  No escribiría el libro de religión. Podría escribir algo sobre religión, pero no un libro. Escribió lo de la sororidad, y eso era todo lo que podía escribir. La religión la necesitan los hombres, mientras que las mujeres tal vez, algún día, podrían tener la sororidad.

  Entonces no escribiría nada. Nada más. ¿Y por qué no?

  Y pasó la primavera y llegó otro verano. Y al final no escribía nada. Vagas tentativas. Pero no se angustiaba. Eran etapas que pasaban. Intentó interesarse por el “Orchard”, pero era demasiado complicado y los campesinos que pagaba para cuidar de los árboles resultaban antipáticos. Debería despedirlos, pero le desagradaba pensarlo.

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