miércoles, 15 de octubre de 2014

Capítulo 19. No se podía hacer menos

  Mientras volaban a Japón, aquel extravagante país, pensaba mucho en su amor por Puri, que iba a su lado sentada. Se tomaban de las manos, se daban algún beso. Puri conocía muy bien sus reacciones emocionales. Sabía que era muy cariñosa y muy buena buenísima en la cama, pero percibió algo especial. Y justo entonces se le ocurrió algo.

  “Sobrevolamos la India” (de Londres a Delhi, la primera escala).

  “Pues muy bien. Pero tú dices que este país te parece feo.”
  “Bueno, pero digo que sobrevolamos la India…”

  Y la miraba. Sobrevolaban la India y justo entonces…

  “Puri, el gobierno del papanatas este…” se refería al gobierno progresista que había llegado al poder en España recientemente

  “¿Sí?”
  “Dicen que van a reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ya lo oíste…”

  Antes de que Puri terminase de darse cuenta la tomó de las manos y le susurró (mientras volaban sobre la India):

  “¿Quieres casarte conmigo?”

  Hubo llantos y abrazos.

  Estuvieron muy íntimas mientras esperaban en el aeropuerto indio. El vuelo a Japón no tardó en salir. Puri no debió de pensar que aquella propuesta de matrimonio formaba parte del deliberado estilo de Estrella de dramatizar las cosas. En la idea de Estrella de vivir, la vida era una sucesión de acciones bien interpretadas. Interpretó el papel de concubina con Marcus, y el de buena hija con su madre. Había sido la buena amiga de muchas. Encontraba placer en hacer bien las cosas con los medios que poseía, que eran también bastantes. Casarse por amor con otra mujer era un gran acto, una gran representación. Correspondía a lo que podía darle a Puri. En el fondo, estaba admitiendo que Puri no era un ser celestial, no era el ángel que había soñado, pero era una mujer bondadosa, era femenina y, sobre todo, era fiel. Con Puri, Estrella podía sentirse regia. Puri nunca se mostró celosa. Fue a las orgías. Aprendió inglés. Sirvió a la madre. Nunca se mostró resentida. Merecía matrimonio. Si no podía concederle el amor inmenso que ella siempre había soñado dar al ángel no hallado (el sueño se concretó cuando se dejó arrastrar por el espejismo de Martina), al menos le ofrecería matrimonio. Pagaría un poco de su deuda.

  “Pero seguro que al final no sacan esa ley”.
  “Podemos casarnos en otro país”.
  “De todas formas, eso no cambia el amor que nos tenemos”
  “Pero quiero darte algo…”
  “Pero si me lo has dado todo…”
  “Te he dado todo lo que he podido. También puedo darte una boda”

  No era verdad que se lo había dado todo. No le había dado su sinceridad. No le había dicho que no alcanzaba a ver cumplidos sus sueños. Tal vez lo sabía y no le importaba. Se estremeció pensando lo inmenso que podía ser decirle eso. Decirle: “sabes que te amo, pero no eres la mujer ideal que siempre soñé”. Y que ella lo aceptara con humildad y bondad. Pero no podía tentar tanto la suerte. A Estrella le encantaba la humildad, pero podía acordarse de Guenia, tan humilde, que de repente se escapó. Puri conocía la historia y despreciaba a Guenia, pero a Estrella le dolía el corazón al recordarla. Era más bonita que Puri, más misteriosa, más mística, más sexy en su esclavitud. Pero se escapó sin darle una explicación. Había sabido que se divorció del primo alemán. Le daba miedo pensar que un día volviese. ¿La engañó?

  Puri era andaluza. Una chica de pueblo. De su pueblo. A la madre y a la hermana les gustaba mucho. A todo el mundo le gustaba mucho.

  Solo una vez la vio celosa: a Estrella le gustaba Sofía, la hermana pequeña. Pero con una mirada Puri le dijo que no. Que eso, no. Y Sofía no se enfrentó a ninguna insinuación. Sofía era muy tierna. Eran dos hermanas que se querían mucho, que lo pasaban estupendamente cuando estaban juntas. Una mujer más de la casa.

  En Japón se lo pasaron bien también. Visitaron locales de lesbianas japonesas, pero no hubo orgías. Solo hicieron turismo.

  “Vamos a Australia, dijo ella”. Y fueron a Australia. Stella nunca había estado allí. Era invierno austral, lo que daba al entorno un sabor aún más británico. En la muy moderna ciudad de Sydney encontraron lesbianas muy activas y bastante guapas. Fueron con una pareja a hacer el amor, pero de camino a la casa, gracias al teléfono móvil, se apuntaron otras dos mujeres y aquello resultó una orgía muy femenina. En realidad, apenas salieron de la ciudad. Intimaron mucho, entrando y saliendo de la cama. Estrella era una cuarentona de muy buen ver y se sintió apreciada. A Puree la presentó en todas partes como su prometida, su futura esposa. Les sugirieron que adoptaran una niña china. Stella se sintió un poco tentada, pero se dio cuenta de que Puree no se entusiasmaba con el proyecto.

  De todas formas, no fueron a China. Lo pasaban tan bien en aquella ciudad, rodeadas de mujeres afectuosas y cultas, que suspendieron también el viaje a Estados Unidos.

  Cuando aterrizaron de regreso a casa, pasando del invierno austral al otoño polario, concluyeron que aquel había sido el viaje más feliz de todos, y que no podría repetirse.

  “Ahora tienes que terminar de escribir tu libro”, y Puri volvió a hacerse cargo de la casa.

  Aquel otoño se deshicieron del padre. Necesitaba que cuidaran de él puesto que se estaba quedando cada vez más imposibilitado. Hicieron cuentas y resultó que lo más económico era mandarlo a una residencia en Vélez-Málaga, la mejor acondicionada que había, y sería necesario poner algo de dinero encima porque con su pensión y sus ahorros no llegaba. La solución era vender el viejo piso de Málaga donde Estrella había vivido hasta que se marchó a prostituirse. El viejo piso de barrio de su infancia. Llevaba unos años en alquiler, dentro del conjunto de propiedades que Álvaro administraba.

  Como eran tres hermanos, se repartieron lo que valía. La parte de Estrella fue a sufragar los gastos de los cuidados especiales que requería el padre.

  La madre, ya también decaída, a pesar de los ingresos regulares en la clínica, a veces iba a verlo. Al fin y al cabo, habían vivido muchas cosas juntos. Para la madre suponía un entretenimiento más.

   El viejo no le despertaba a Estrella ningún cariño. Sabía que no era el peor hombre del mundo, que los había peores, pero también había muchos mejores. No tuvo suerte con él, con su modelo masculino. Muy macho, pero cobarde y con un miedo terrible a que se dudara de su virilidad. Cruel y violento no lo había sido mucho. Había sido sobre todo egoísta, grosero, retorcido, falso y amargado. Sin embargo, considerándolo todo, no le había ido tan mal en la vida. Desde luego, quedarse solo, como se quedó en mayo del 84, cuando la madre y la hermana se fueron a vivir a la primera casa que Estrella compró, no fue algo malo para él. Fue libre durante los últimos veinte años. Tuvo sus puteríos y su libertad. Después le llegó la enfermedad, como a todos los viejos, y ahora le tocaba morirse.

   La madre le preocupaba más. Le costaba caminar y la hermana cuidaba de ella a su manera indolente, por lo que alguna vez las dos hermanas casi se pelearon. Estrella le decía que la llevara en el coche a visitar a sus sobrinas, a la tía Reme e incluso al viejo. Ya se aburría en casa.

  A veces la madre recordaba. Lo sucedido hacía veinte años, también. Cuando la hija se fue de casa… para prostituirse. Cuando aceptó vivir en la casa que ella les compró con el producto de degradar su cuerpo y entrar en la indignidad social. Muchos le reprocharon que aceptara la casa, el dinero. Pero siempre se justificaba: ella no podía darle la espalda a su hija”.

  “Su hija…”

  El dinero lo había justificado todo. De haber sido un varón, un mendigo desgraciado, el sufrimiento de la madre habría sido mayor. La degradación social, la estigmatización, adopta muchas formas y la prostitución de la mujer, desde luego, se llevaba una de las peores estigmatizaciones… pero como había resultado lucrativa eso lo mejoraba mucho en un entorno de pobreza.

  “Ella nunca ha hecho daño a nadie, y ha hecho mucho por su hermana y por mí…”, decía la pobre madre a los parientes que le reprochaban su pasiva complicidad.

  Pero nunca lo pudo superar. “Su hija… prostituta…”

  Le leía lo que estaba escribiendo. El libro sobre las diez mujeres. Era el libro que a la madre más le gustaba. Le interesó mucho el episodio sobre Patri. Lo había centrado en su empleo como guardaespaldas de una prostituta. “Sí que ha sido una buena amiga”, aceptaba la anciana. Patri no le había gustado al principio. Ahora comprendía que era la persona que más lealmente la había ayudado. Su más antigua amiga. Patri y Elena. Ahora, que ya iba planificando el escribir la historia de su vida cuando cumpliera 55 años y se retirara “de la belleza” (¿o por qué no a los 50, si se aburría antes?), se daba cuenta de que había sido poco más de un año el tiempo que había pasado tan unida a sus empleadas, a las cuatro chicas (o cinco, contando a Elena), que dependían económicamente de ella. Eso fue a partir del momento en el que dolorosamente rompió con Paula. Eso fue en febrero del 85. Y en junio del 86 se separó de Patri (y Elena), Toñi, Mari y Chelo, para irse de vacaciones. Ya no volvió, porque aprovechó el verano para ir a Nueva York y acabó casada con el millonario americano.

  Pero ese período anterior de su vida fue bastante dichoso. Y todo giraba en torno a Patri. Patri era la que lideraba la pandilla. Chelo era la más reticente, pero se sentía atraída, no lo podía negar, y a veces arrastraba a su novio, que más tarde fue su marido, a alguna de las pocas ocasiones en que fueron a cenar por ahí. No parecía mal chico (aunque quién sabe). (Incluso Chelo y ella compartieron un secreto: había pensado también en ganar mucho dinero, la consultó sobre eso y Estrella se ofreció a ayudarla, naturalmente, pero después Chelo se asustó y descartó la posibilidad. Le rogó que no se lo contara a nadie. Y Estrella solo se lo había contado a Puri.)

  Por entonces quería despejarse, ser más social y más alegre. Le era necesario para ganar dinero. La ruptura con Paula, sus ataques de histerismo, su alcoholismo sobrevenido, sus gritos, sus amenazas de suicidio y hasta de homicidio, las lágrimas…, eso le afectaba.

  Con aquella crisis, Estrella no funcionaba igual de bien con sus clientes, demasiado próximos a ella (cuerpo, rostro, pensamiento: todo va unido). Empezaban a darse cuenta de lo que le pasaba por dentro. Por entonces ya estaba cobrando veinticinco mil a la hora a los clientes nuevos, pero aquel negocio exigía una perfecta dedicación. Las lágrimas gustaban, y ella sabía llorar, pero la distracción y la ofuscación no gustaban a nadie. Y sus representaciones exigían una cercanía tan extrema que el menor desequilibrio podía afectar.

  Toñi aceptaba salir con su "jefa" alguna vez, cuando Estrella se sentía sola, aislada, ya sin Paula, Mari, la estudiante de psicología que hacía de telefonista y que se lo tomaba todo muy a lo tranquilo, no disimulaba que las consideraba una rareza (que la incluía a ella misma), Chelo venía con ellas porque no podía evitar el dejarse llevar y Elena venía por no separarse de Patri,… pero era Patri la que llevaba la iniciativa. Quería que Estrella saliese, entre amigas. Amigas, amigas. Patri era algo más que su guardaespaldas, era la chica de carácter, siempre reposada y juiciosa, como una campesina que cuida del huerto, de las vacas, de la cocina y de la reparación del tejado. La persona en la que se confía. Solo una vez se habían besado, y menos mal que no siguieron, pues eso lo habría estropeado todo.

  Así que salían, por ejemplo. si el último “tío” se había marchado a las nueve y media de la noche. En veinte minutos ella se había duchado, puesto otro vestido y salían, las cinco. Iban caminando, y reían. Pronto tuvieron dos o tres sitios adonde ir, donde pronto las conocieron pues el grupo de chicas llamaba mucho la atención. El novio de Chelo se les unía casi enseguida. Llegaba en su moto, le daba un beso nervioso a cada chica y se sentaba apresuradamente al lado de la tímida Chelo, como protegiéndola. El único chico entre cinco mujeres, solo una vez Mari trajo al que presentó como un pretendiente, pero que probablemente era solo un curioso.

  Aquello costaba dinero, pero a Estrella, que a pesar de sus gastos cuantiosos no dejaba de ser una tacaña instintiva, le parecía una buena terapia. Podía gastarse hasta diez mil pesetas en que todo el mundo estuviera a gusto. Eso era una semana de sueldo de una dependienta, aunque todas sus chicas ganaban más (Elena no, porque apenas si trabajaba para ella). Ella ganaba veinticinco o treinta a la hora. Cinco o seis veces el precio normal de una prostituta. El doble o el triple de lo que ganaban las que eran guapas, jóvenes y educadas como ella. Ella daba más. Y quizá pudo incluso cobrar más. Su valor nunca quedó adecuadamente establecido, en su opinión.

  Estrella solía hacer que Elena se sentara a su lado, porque sabía que sus celos eran terribles, y por eso quedaba interpuesta entre la amenaza y su amada Patri. Al otro lado solía sentarse Toñi, y en alguna ocasión con ella venía cierto novio suyo que duró poco y cuyo aspecto ahora no recordaba.

  Las cenas de chicas solían ser más ruidosas de lo que a Estrella le gustaba. Ella soñaba con tener amigas espirituales, intelectuales, de dulce conversación elevada (como Hanna, como Angie), pero, para su situación, Patri y Toñi ya estaban bien. Estrella gustaba de ser generosa y se interesaba por los proyectos de sus empleadas. Patri y Elena estaban ahorrando para comprarse un piso. En los casi tres años que Patri trabajó para ella ahorraron mucho, y Patri, además, se sacó su carrera de Educación Fisica. Elena, en cambio, solo era una dependienta.

   Y Toñi también tenía planes. Planes modestos, porque también quería poner un comercio, una tiendecita o algo. Toñi no ganaba tanto y no era un proyecto muy viable. A Estrella le hubiera gustado que Chelo, la peluquera, montase también su negocio y empleara a Toñi. Pero Chelo no era una gran peluquera y tampoco ganaba tanto siendo la peluquera y esteticista particular de la gran prostituta. Ganaba casi lo mismo que si lo hacía para una peluquería, solo que trabajaba mucho menos, recibía muy buen trato y comía gratis. En el fondo, perdía el tiempo, aunque, como se llevaba muy bien con Patri y Toñi, tampoco se aburría. Se pasaba el rato hablando con ellas (nunca en voz muy alta, si Estrella estaba atendiendo a un cliente”) o leyendo revistas. A Estrella le dolía no gustar más a Chelo.

  Mari, la estudiante, era cordial pero deliberadamente distante. Muy pronto Estrella la consideró muy reservada, pero era educada y se notaba que su origen social era un poquito superior al de las otras chicas (sus papas eran pequeños funcionarios). La había elegido por tener una voz bonita y porque le veía el lado divertido al asunto -a lo "comedia madrileña"-, pero soltaba información sobre sí misma a cuentagotas. Estrella no la juzgaba del todo buena: a veces hacía preguntas malintencionadas y se le notaba resentida porque su jefa no insistiera en ganarse su amistad. Sin embargo, todo fue bien entre ellas. Al separarse, nunca volvieron a verse. A Toñi, Chelo y Patri les pagaría ciertas "indemnizaciones" o "finiquito" cuando, tras liarse con Marcus Ellis, las dejó sin los cuatro finales meses de trabajo que ellas esperaban, pero excluyó de ese trato a Mari. No tenía ninguna obligación, al fin y al cabo, y consideraba que sus papás tenían suficiente dinero.

  Paula no se llevaba bien con ninguna. A Patri la temía, a Elena la despreciaba. Le gustó intimidar a Chelo durante el breve tiempo en que se conocieron y Toñi y Mari le eran indiferentes. La desaparición de Paula había sido un alivio para todas. Pobre Paula.

  Si no hablaban de los planes futuros (Estrella tenía cuidado de no hablar nunca de sus propios planes, salvo que le preguntasen), entonces hablaban de cine o hasta de libros. Patri leía un poco, pero las otras solo eran asiduas a las revistas del corazón. Mari rehuía hablar de libros (Estrella sospechaba que era por ser menos culta de lo que su estatus universitario implicaba). Hablaban de la estúpida Pantoja pese a que la compadecieran por la muerte de su marido torero. Hablaban de la tele. Se contaban chistes. Hablaban de sexo.

  Una vez Chelo las sorprendió a todas. Ese día no había venido su novio.

  “El otro día, él me dijo que te encontraba atractiva.”

  Se quedaron todas calladas, sin comprender qué podía significar una observación de ese tipo. Chelo era bonita. Por lo menos para el gusto de Estrella.

  “Pero no entendía lo que eres. No entendía eso del lesbianismo.”

  En aquella mesa había tres lesbianas y tres heterosexuales.

  “Casi me enfado con él. Dijo que lo tuyo es demasiado vicioso. Que lo entendía con Patri y Elena, porque sois más… sencillas. Pero lo tuyo lo encontraba…”

  “¿Perverso?”, quiso ayudarla Estrella, que sentía una gran curiosidad por la situación.

  “¿Nunca has sentido nada por alguno de esos hombres?”
  “No.”

  Era cierto. Ninguno le despertaba admiración. Realmente, en la mente de Estrella ya no cabían hombres atractivos. Se le ocurrió algo:

  “¿Sabes, Chelo? Si me gustaran los hombres, no me desagradaría tu chico. Parece bueno. Me acuerdo de cuando estudiaba, antes de fracasar” la mención del fracaso era muy importante para Estrella, “había un chico que me gustaba un poco. Era educado, tímido, incluso guapo. Y muy inteligente. Yo me hubiera podido casar con un chico así. Hubiera sido lo lógico. Tu chico es mecánico, y como yo quería ser universitaria, no me hubiera correspondido, pero tu chico es también un poco así. Un buen chico. Yo nunca tengo clientes de esa clase. Esos chicos tienen a sus novias, mientras que los que vienen a mí son los que valen poco. Hombres ricos feos, viejos, torpes, calvos, impotentes y de pene pequeño.”

  La mención de tantas desgracias hizo que Chelo pusiera la cara seria.

  “Pero entonces nunca vas a conocer el amor…”
  “Sueño con encontrar una chica que sea como un ángel… Un poco como tú, Chelo, pero de otra forma…”

  Todas se rieron y Chelo se puso muy colorada. Estrella rara vez bromeaba. ¿Tal vez no se atrevía a preguntarle si la deseaba?

  “¿Tú deseas a Chelo?”, preguntó Patri, a la que no se le pasaba nada.

  “Pues claro”. Y añadió: “Y también a Toñi. Y a la camarera de este bar. A todas las chicas bonitas. A Patri y a Elena, no, porque son pareja.”

    Se quedó cruzada de brazos y las miró a todas.

  “Cuando sea libre, quiero viajar al extranjero. Dicen que hay un montón de chicas lesbianas en Alemania, Suecia, Inglaterra. Me voy a poner las botas. ¿Cómo me van a interesar los hombres? Yo ya lo sé todo sobre los hombres.”

  Chelo se enfadó:

  “Pues no. No lo sabes todo. Mi chico me quiere, siempre me dice la verdad. Y es guapo, gusta a otras, me lo envidian.”

  Se quedaron calladas.

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