miércoles, 1 de octubre de 2014

Capítulo 17. Planificar el final

  Puri quedó contenta de que el encuentro con su hermano le hubiera servido de algo. A Puri le gustaba la familia, y a Estrella le gustaba que fuera así. Ya se había dado cuenta Estrella de que la familia de su novia, aunque pobretona y un poco simple, estaba bastante bien avenida, lo que no dejaba de ser sorprendente. Y eran cinco hermanos. Todos pobres. Ninguno había estudiado a pesar de que en el colegio se habían aplicado con algún éxito. Una cierta pasividad y conformismo (¿fatalismo?) había hecho que los padres no hicieran mucho por aprovechar las oportunidades que la enseñanza pública ofrecía a sus hijos. Como siempre, para Estrella era muy desagradable pensar en que, en su caso, no fue capaz de hacer uso de ellas. El dictamen del psicólogo aquel de American City no la libraba de la vergüenza.

  Pero todavía no era suficiente material para su libro acerca de un hombre poco masculino. De regreso en casa, hablando de todo aquello con su propia familia, su "consejo de mujeres",  se le ocurrió que quienes debían de contar con más experiencia en el trato con pobres infelices eran seguramente los curas que llevaban la asistencia a los indigentes. Estrella no conocía a ninguno, pero no debía ser tímida.

  Sería mejor buscar un cura de ciudad. Así que una mañana del mes de marzo, ella y Puri se fueron a Málaga.

  Habían conseguido de Internet una dirección en la ciudad, y fueron paseando hasta allí. Encontraron, en efecto, una oficinita donde gente de cierta edad entraba y salía. Eran voluntarios católicos, dirigidos por sacerdotes.

  “Muy buenos días, estábamos buscando a algún responsable de la atención a indigentes, venimos a hacer un donativo…”

  La palabra “donativo” tenía siempre un gran efecto. Además, Estrella se había vestido para la ocasión y estaba impresionante, aunque no sexy: con falda, botas, un abriguito coqueto, en plan Anna Karenina. Puri parecía la sirvienta de la gran señora.

  Y apareció un cura, que a ella le pareció algo a mitad de camino entre un cura conservador y un cura progre, con un poco de barriguita, gafas y vestido con jeans y jersey. Recordó que de adolescente le habían atraído los sacerdotes, que la poca admiración que le despertaba la virilidad la llevaba un poco también a ser la típica chica que se enamora de un cura, un hombre blando, un poco femenino. Aquel cura debía de tener ahora unos cincuenta años y por aquellos tiempos debió de haber mostrado un aspecto más juvenil, doblemente juvenil, porque la juventud por entonces era abundante, nutrida, aunque torpe.

  Entonces Estrella, como vio interesado al cura, se presentó como una escritora, que venía a hacer un donativo, pero también necesitaba información sobre ciertas dramáticas circunstancias. Y que tenía tiempo. Puri era su mejor amiga y le estaba ayudando en su pequeña investigación.

  El cura se llamaba Andrés y se comportó, por supuesto, muy amablemente con la elegante escritora. Lamentaba no haber oído hablar de ella. La mujer pecadora le dijo que, por desgracia, no era muy famosa y que, hasta ahora, había escrito sobre temas frívolos. Le mandaría una obra suya (había sido una tontería no haber traído con ella un ejemplar de “Los amados extranjeros”, su única novela que tenía algún contenido social).

  No quería ocuparle mucho tiempo, él sin duda tendría mucho que hacer. El cura mencionó algo de gran número de jóvenes “subsaharianos” que requerían atención debido a su total desarraigo.

  El cura explicó un poco por encima sus actividades: comedor de indigentes, atención a familias, refugio para los sin hogar y para los inmigrantes que venían de África sin nada…

  “¿Usted trabajaba en estos asuntos en 1985?”

  Le dieron unos cuantos miles de pesetas, lo que aumentó el interés del cura (que procuraba no mirarla directamente a la cara, porque aquella cuarentona era aún muy atractiva), y al final incluso fueron a comer todos juntos a un restaurante barato. Les acompañaban dos colaboradores laicos.

  Durante la comida (que por supuesto pagaba ella) les explicó lo que andaba buscando en concreto. ¿Recordaban algún pobre del tipo que le interesaba?

  Volvieron por la tarde, tras acompañar en la sobremesa al cura Andrés y alguno de sus colaboradores. Todo aquello le había dado ideas.

  Con dinero se consigue todo. En los días siguientes, el cura Andrés le presentó algunos veteranos de la indigencia. La mayoría eran pícaros ruines, que le recordaron a algunos clientes de cuando trabajó en el “nivel medio” de la prostitución. No era raro que un delincuente con dinero acudiera al burdel. O algún pícaro afortunado. Incluso mendigos. Más tarde se le ocurrió pensar que alguno de aquellos viejos hubiera podido, de hecho, follársela en aquellos tiempos y que podría reconocerla ahora. Buen tema para una novela. De ellos sacó bastante información.

    Pero el mejor de todos acabó siendo un anciano del asilo. Se llamaba Juan Rafael y no era andaluz, sino del norte. El cura Andrés y otros colaboradores lo mimaban bastante, y es que Juan Rafael era un pobre ejemplar. Tenía sesenta años y se había visto en la indigencia por pura torpeza. A los veinte años (había nacido en 1940) su padre, un peón, le había buscado trabajo como dependiente de comercio porque lo consideraba demasiado débil físicamente para las faenas del campo. En aquel trabajo no había ganado más dinero que algunas propinas: solo comer y dormir, y en 1970, el comercio había cerrado y entonces otro familiar le encontró trabajo de mozo de almacén en una pequeña ciudad. Con ello se había seguido alejando del mundo rural, pero también ganaba muy poco y vivía con lo justo. Cuando en los años ochenta, con la crisis, aquel negocio también cerró, a él, un solterón infeliz de cuarenta años, ya no le quedó nada. Avergonzado, se marchó diciendo que volvía con unos familiares aunque él no tenía a nadie ya. O, al menos, nadie a quien le importara. Se convirtió en vagabundo y mendigo, siendo finalmente recogido por la caridad católica. Vivía sobre todo viendo la televisión y leyendo revistas viejas. Chismorreaba, sí, pero no tenía malicia, algo que sorprendió a Estrella.

    Pensó que ella –su Antonio- podía haber sido algo por el estilo. Pero no exactamente igual. Ella (él) no habría tenido el consuelo de creer en Dios. E intelectualmente no le habría bastado con ver la tele.

  Hasta que llegó el verano de aquel año, Estrella visitó a Juan Rafael de vez en cuando. Lo llevaba a comer y a pasear, como si fuese una especie de mascota. Incluso una vez lo llevó hasta “Villa Orchard”, donde su madre no lo recibió muy bien, ya que traer a casa a aquel desgraciado le parecía una extravagancia injustificada incluso para su extravagante hija.

  A Puri al principio le divertía, pero no comprendió la aparente fascinación que le despertaba al ama. El mismo Juan Rafael, que era bastante honrado, tampoco lo entendía.

  Aquella primavera, el “Orchard” de “Villa Orchard” estaba mejor que nunca. Ya habían pasado doce años desde que se plantaron los árboles, y aunque alguno había fallado y se debió de replantar, la mayoría estaban en su máximo esplendor, altos, dando buena sombra, repletos de flor, y algunos ya con fruto. El aroma era magnífico y a Estrella le decepcionaba un poco que ahora su madre no los disfrutara tanto. Su interés por los árboles solo duraba unos minutos mientras paseaba por allí durante las mañanas, acompañada de su “otra hija” (la "hermana").

  Durante aquella primavera hubo visitas de varias amigas fieles, como la misma Angie, la bondadosa Hanna (con su bebé), la triunfadora Laurie y la nunca desconsiderada Li. Llegaban por unos pocos días. Había sexo o no, pero en general era encantador, excepto para la madre, que no gustaba de aquella cháchara en inglés y hasta en alemán, todo el rato. Menos todavía le gustaban las visitas “sexuales” de desconocidas, que seguía organizando esporádicamente con el tibio consentimiento de Puri que ya se había convertido en algo más que su amiga más íntima. Hubo dos encuentros con desconocidas aquella primavera. Una pareja y una chica sola.

  Como todos los veranos, Estrella tenía que elegir a donde marchar a ocultarse para que su hermano y los sobrinos se dignaran ir a visitar a la madre. En el verano del 2002, aprovechando el euro, Estrella decidió viajar por Europa. Hacía mucho que no iba por Francia. Un par de años antes habían conocido a dos buenas chicas de Lyon. Después marcharían al norte de Alemania, para estar con Hanna y ver a algunas otras chicas alemanas. Y pasarían por Londres antes de regresar en septiembre, a tiempo para el cuarenta cumpleaños de Estrella. Durante todo ese tiempo, aparte de excursiones, charlas, paseos y sexo, Estrella elaboraría el borrador definitivo de su novela.

  “No pretendo que yo hubiera sido como Juan Rafael”, le decía a Puri, tranquilizándola.

  De hecho, el honrado Juan Rafael, en los años que había pasado de vagabundo y en albergues de caridad, donde colaboraba siempre con sus protectores trabajando por el buen orden, no recordaba haberse encontrado nunca con un infeliz de veintitantos años, fracasado en sus estudios. Los infelices como él que habían tenido la oportunidad de ir a la escuela habían fallado desde el principio. La poca inteligencia llevaba a la indigencia y, en la mayoría de los casos, al embrutecimiento del mundo delictivo.

  Por aquellos días de primavera, cuando estaba preparando ya su salida hacia Francia, se acercó una vez a su padre, que estaba leyendo el periódico aprovechando el sol. Era un viejo ya bastante patético, que comenzaba a manifestar los síntomas del Parkinson. A ella ahora le tenía miedo, aunque se llevaba bien con la ex esposa, a la que le gustaba charlar con él, como con un familiar, sin calidez ni odio entre ellos. No molestaba mucho.

  “Dime, viejo”, le habló, “si yo hubiera sido un chico, ¿qué habrías hecho conmigo cuando fracasé en los estudios?”

  No necesitó recordarle lo de que, a finales del año 82, cuando ya se atisbaba el fracaso definitivo en la Universidad, le decía, malhumorado, que “si no servía para estudiar” pues que buscara algún trabajo “de mujer”. Y que, “como era guapa, ya se casaría, como tantas mujeres”…

  Eso de “trabajo de mujer”, le había dado ideas.

  El viejo, que siempre temía que lo echaran de la casa y lo mandaran a un asilo, dijo que no entendía, que lo habría apoyado en todo, naturalmente. Era posible que el que dijera eso no se tratara de desfachatez, sino de costumbre de fingimiento y un poco de senilidad. No iba a darle ninguna pista, en cualquier caso.

  Lo miró un poco, encontró cierto placer en intimidarlo y luego lo dejó solo. No, no le habría apoyado. No habría apoyado a un fracasado, sin oportunidad alguna de obtener empleo. Y él –ella- no habría sido viril. Habría estado asustado, angustiado… ¿Qué habría hecho?

  A pesar de las diferencias de carácter, no habría sido diferente a lo que Juan Rafael hizo: largarse, avergonzado, y vagar por las carreteras, a la espera de un golpe de suerte. No tener nada. No ser nada.

  En el fondo, ella tuvo razón: pudo ser puta. Eso también era no tener nada, no ser nada, ser indigna y despreciada... pero podía ganar dinero... dinero que acabó siendo mucho... y ganó, además, el tesoro de su "conversión" al lesbianismo. De ser hombre, no habría podido ganar dinero, y en convertirse en homosexual no hubiera encontrado ventaja alguna, todo lo contrario. Ella sabía, de su experiencia entre prostitutas, que los hombres que se ganaban la vida con el sexo eran o chaperos extremadamente ruines, o chulazos supermasculinos extremadamente crueles (y, por lo tanto, también ruines). Una puta, además de una ruina humana, como tantas eran, también podía ser una infeliz inocente e incluso llegar a ser una puta de éxito. En cambio, para un hombre marcado por la indigencia no había salvación.

  Si hubiera sabido cantar… Si hubiera sabido hacer… cualquier cosa… Pero ella no sabía nada. Luego “él”, su “Antonio”, tampoco habría sabido hacer nada. Y habría sido un cobarde.

  Y, sin embargo, habría existido, habría vivido. Hubiera tenido deseos, esperanzas, sueños... ¡Sorprendente capacidad de la existencia humana!

  Juan Rafael merecía piedad. Era un campeón en tanto que merecedor de piedad. ¿Y “Antonio”?

  En su viaje de verano, Puri y Estrella se turnaron por carreteras secundarias, avanzando hacia Francia sin prisas desde el fondo de Andalucía. Recogieron algunos autoestopistas. Ninguno peligroso, pero todos sucios y vulgares. Solo resultaron agradables una parejita de chicos (chica y chico) de Letonia (con un perro que lo llenó todo de pelos), muy educados, que iban a una comunidad budista en las montañas. Los llevaron hasta allí, pero a Estrella el budismo no le interesaba.

  Cruzaron la frontera por el centro del Pirineo (túnel). Ya en Francia, se alojaron en un hotelito que estaba muy bien, donde estrenaron el euro. Tuvieron un bonito arranque de erotismo y después, en ese momento tan dulce que a Estrella tanto le gustaba, abrazaditas las dos, enamoradas de nuevo, creyó que le surgía la idea:

  “Mi “Antonio” tendría una fe. Sería como Juan Rafael, pero tendría una fe. Yo creía en la “sororidad”. Él tendría que creer en otra cosa.”
  “¿En qué cosa?”
  “Todavía no lo sé”.

  Como ahora llevaba un computador portátil, Estrella podía escribir sobre la marcha, así que durante todo el verano pudo hacerlo de vez en cuando. A veces le leía algo de lo que escribía a Puri, pero a ella no le gustaba. Era una historia muy fea. De hecho, Puri muchas veces le preguntaba por qué no encontraba una historia mejor. “Sugiéreme tú una”. Pero a Puri no se le ocurría nada. “Algo de lesbianas, quizá”, decía. Al fin y al cabo, al igual que la gran Laurie, ella era una escritora lésbica.

   El encuentro en Lyon no fue tan bueno. Las chicas francesas se mostraron desinhibidas, tal como realmente eran, y le parecieron un poco desquiciadas. Ni siquiera el sexo estuvo tan bien como esperaban. Las dos chicas las llevaron a muchos locales, a muchos bares. Esos sitios a Stella la aburrían. Se despidieron sabiendo que no iban a volver a verse, y las chicas fueron muy poco elegantes en ese momento.

  Pero fue muy íntima una tarde que pasó con Hanna. Hanna tenía una casa estupenda, junto a un bosque alemán. Era ingeniera, y vivía como tal. Puri y la novia de Hanna se llevaron al bebé a pasear. La novia de Hanna no hablaba inglés, y Puri no iba a aprender alemán, pero se reían mucho juntas aunque eran personas muy diferentes la una de la otra.

  Hanna había envejecido admirablemente. Estaba completamente madura, era completamente buena e inteligente, como una persona inteligente debe ser. Habían surgido ciertos problemas lingüísticos entre ellas también: el inglés de Hanna no era tan bueno, y Stella había perdido un poco el alemán. Las frases les salían lentas, un poco solemnes, pesadas.

  “El problema de ser una escritora lésbica es que no sé si el lesbianismo es algo más que una circunstancia personal.”
  “Pero puedes escribir sobre personas. Sobre sentimientos, emociones. Puedes escribir sobre… náufragos, o sobre… enfermos… ¿Por qué no sobre lesbianas?”
  “Yo quería que el lesbianismo fuera algo universal. Quería que el lesbianismo… fuese el angelismo.”
  “Comprendo. La perfección humana”
  “Exacto. La pureza. La virtud. ¿En qué hubiera creído mi Antonio? Él no hubiera tenido el recurso de ser lesbiana, y ser gay es la mayor pobreza.”

  Stella había conocido unos cuantos gays. Sobre todo en reuniones de militantes. Sobre todo en España, ya que la única forma de que las lesbianas se reunieran era haciendo uso de los recursos sociales de los gays, que eran mucho mayores que los de ellas. Conocía las teorías antropológicas sobre los gays: la competencia entre grupos de machos habría llegado a ser tan feroz, tan autodestructiva, que la selección natural hizo surgir a los gays para apaciguarlos, a modo de “mansos”. Su función no era creativa, sino meramente amortiguadora. Y los gays sufrían, ya lo había escrito Proust: a ningún gay le gustan los otros gays. Lo que le gustan son los hombres, y los hombres son lo peor de todo, aparte de que a los verdaderos hombres, por supuesto, no les gustan los gays.

    “Tienes que olvidarte de esos ideales. Tienes que olvidarte de los ángeles. Piensa en las personas. Esa chica te quiere mucho. Y Angie se ha convertido en una persona compleja y profunda. Tú la influiste.”
  “Considerando cuántas personas he conocido, tampoco he influido en tantas. Me cuesta trabajo admitir que no voy a cambiar el mundo. No soy la única que cree en los ángeles”
  “Tú hubieras querido tu sororidad: la humanidad unida por una comunidad de ángeles. Pero eso no es posible. Sin embargo, has demostrado que existe el amor. Eres inteligente y buena.”
  “Tal vez no exista hoy. Quizá en el futuro. El siglo XXI acaba de empezar.”

    Por otra parte, no hubo sexo a cuatro. La novia de Hanna no lo permitía. Quizá era mejor así. Hanna, la mejor de las amigas, la más acogedora. Sería una madre estupenda. Ya lo era.

  En Inglaterra estuvieron bien, pero la vieja Ann estaba hundida, deprimida y abandonada. Se la podía ayudar, pero nunca quedaría bien. En cierto sentido, le recordó a su madre. Y Ann había sido la primera que había creído en ella. La hacía sentirse mal por no saber corresponderla.

  Laurie era una estrella. Nunca aburrida, pero ya poco accesible. Eso sí, organizó una orgía lésbica como ninguna. La mayor en la que nunca participó.

  “Por tu cuarenta cumpleaños, preciosa”, le dijo.

  Contaron catorce chicas, de entre veinte y cincuenta años. Más siete que se limitaron a mirar. Como a Stella no le gustaba la música fuerte, eso quedó excluido. Pero se tomó alcohol y un poquito de droga. Fue una especie de carnaval. Casi le recordó a cuando conoció a Marcus.

  De vuelta a casa, los cuarenta años los cumplió en la intimidad. No hicieron fiesta. Las mujeres de la casa: la hermana, la novia, la madre…

  “A los cuarenta y cinco me iré al quirófano, a darme unos retoques. Y a los cuarenta y ocho. Y a los cincuenta. Si me lo organizo bien, seré guapa hasta los cincuenta y cinco. Intentaré los cincuenta y cinco, ¿por qué no? Y entonces, haré el voto solemne de existencia espiritual”

  Era una vieja idea que tenía desde joven. La madre la había oído incluso cuando todavía estaba en el esplendor de su vida como prostituta: no más depilación, no más peluquería, no más maquillaje. Nada. El pelo corto a lo soldado, vestir con un chándal. Una vieja limpia y deportiva, un depósito de sabiduría y recuerdos. Una bruja sabia, modesta y benévola.

  “Tú misma me dijiste que alguna vieja se propuso eso, y luego no pudo renunciar”, comentó Puri, diez años más joven, pero que nunca había sido coqueta.

  “Pero no era una chiflada como yo. Además, para mí la coquetería ha tenido un significado. El dinero que gané, la experiencia extravagante para infiltrarme en el mundo real… y el angelismo. Todo estaba explicado. Ahora esa renuncia ascética también lo está. Será apacible. Casi hermoso.”

  “Esa historia que quieres escribir, es una tontería”, dijo la madre, cambiando de tema, sobre su proyecto de novela.

  La tuvo escrita para fin de año. Viajó a Madrid, a buscar editor, y nadie quiso la novela. En Madrid visitaron locales, hablaron con gente. Por primera vez se encontró cómoda en el ambiente lésbico de Madrid: habían mejorado con el tiempo, había chicas nuevas... había algo. Conoció a una chica que había escrito un libro menos ambicioso que “Mundo lesbi” con historias acerca de lesbianas, para orientar a las chicas. Era un marimacho total, aunque no agresiva. Conocía la historia de la sororidad y, como la sabía imposible, no le molestaba. Era inteligente. Aceptaba los roles. Decía que los roles no eran roles. Que la sociedad masculina no tenía derecho a calificar qué era masculino y femenino. Ella era natural, y los roles suponían solo un juego.

  “Yo creo en un solo rol”
  “Ya has visto que eso no existe.”
  “Algún día lo habrá. El futuro será de los ángeles.”

 Se le ocurrió que tenía algo que ver con las ideas transhumanistas. Los seres humanos del futuro serían ángeles. Es decir, mujeres superinteligentes y superfemeninas.

  Llegó el año 2003. Reescribió la novela. Ya había encontrado una teoría para “Antonio”. “Antonio, el pobre” creería en un cristianismo ateo, puritano, estricto, conductista. Las mujeres serían ángeles y los hombres renunciantes, sacerdotes, santos, puritanos. Las mujeres se darían como prostitutas compasivas. Sería para ellos tan horrible que una mujer se diera a un hombre por placer como hoy concebimos una relación incestuosa. Así, Antonio, el vagabundo, el mendigo, predicaría un mundo futuro perfecto gracias a una religión perfecta. Y todos se burlarían de él, pero Antonio se refugiaría en las fantasías.

  Sin embargo, no sería digno, sino patético y ridículo. Viviría así, sufriendo.

  Pensó si escribir esa historia iba a ser su final. ¿Una historia para los hombres?, ¿para el mundo de los hombres que hasta entonces había ignorado? Solo le había interesado –si acaso- el cincuenta por ciento de la humanidad, y ahora, cuando se le estaba agotando la inventiva o, mejor, la fascinación del descubrimiento, quería terminar refiriéndose al ciento por ciento al contar la historia de una víctima.

  En cierto modo, el mundo había sido ganado por una religión que trataba de una víctima ridiculizada, el famoso Jesús. A las niñas se les atraía con que Jesús era un joven apuesto y dulce, un buen marido, viril pero caballeroso hasta la santidad. Eso suponía una contradicción, porque al final todos lo traicionaron, se burlaron de él y le dieron una muerte indigna. No debía de ser tan apuesto, ni tan viril. De hecho, quizá ni siquiera era famoso. Los cronistas de la época apenas guardaban memoria de él. Judas tiene que identificarlo para que lo puedan arrestar, por lo que no debía de ser muy conocido ni para quienes lo perseguían.

  Sí, no estaría mal acabar mirando al mundo de los hombres con una cierta compasión. Los hombres débiles habían sido sus mejores clientes. Se habían enamorado de ella, habían llorado por ella. Solo por unos besos.

  Juan Rafael, o su Antonio de la ficción, eran la humanidad. De sus lecturas de ciencias sociales recordaba que los psicópatas no conocen el miedo (Sigfrido… el Sigfrido de Nietzsche). Por lo tanto, las buenas personas eran los cobardes. Las mujeres eran, en general, cobardes. Los hombres poco viriles, también. La cobardía es lo que une, porque los cobardes siempre necesitan verse rodeados de afecto y apoyo.

  Pues ya está: así terminaría. Además, al final siempre está la muerte y la muerte nos hace cobardes a todos.

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