Debido a la enfermedad de la madre, que iba lentamente a peor (apenas podía moverse ya), Estrella ya no recibía visitas ni viajaba ni hacía gran cosa aparte de apesadumbrarse. La cuidadora ucraniana no era suficiente y hubo que contratar a una mujer forzuda (una rumana) para mover a la enferma. Le daban calmantes. La ingresaron varias veces en la mejor clínica de Málaga.
Para el verano, con el calor, se convino que mejor era hospitalizarla para un tratamiento largo. Fue en la Costa, y Estrella tomó uno de sus propios pisos para vivir, abandonándose ya un poco "Villa Orchard", de una forma que presagiaba el abandono total por venir. La muerte de la madre se alargaba. Se trataba de que muriera lo más tarde posible y con el menor dolor posible, pero el cuerpo seguía pesándole demasiado a la pobre mujer y estaba cada vez más débil, de modo que, pese a los calmantes, el dolor estaba presente. Aquel dolor inútil.
Se gastaba mucho dinero (tenía mucho dinero) pero los resultados eran escasos. Aquel verano fue siniestro. Discutió con la hermana y casi con Puri. No escribió nada, ni siquiera leyó mucho.
Hablaba con la madre, y ella medio deliraba, recordaba, se apenaba. Se apenaba por su mala vida. Le reconocía a la hija, a veces, que ésta había mejorado en los últimos veinte años, cuando pudo librarse del marido, ¡pero a qué precio! Una y otra vez volvía al tema del sacrificio de su hija y de la vergüenza de su hija. Todo lo que había hecho Estrella, al final resultaba que había sido para nada. Habría sido más feliz si la hija fracasada en los estudios se hubiera casado con un albañil, hubiera engordado y le hubiera dado nietos.
El periodo de hospitalización, que incluía determinadas terapias de rehabilitación, continuó hasta fin del verano. El médico, que no rechazaba el dinero, pero que en el fondo parecía un poco harto, logró convencerla de que ya estaba lo suficientemente preparada para morir en casa sin dolor. No pasaría del invierno.
Las tres mujeres cuarentonas sentadas frente a él asintieron. Había que pensar en qué alegrías poder darle en esos últimos tres o cuatro meses.
El regreso a Villa Orchard fue un gran desbarajuste, de coches, de personal, de dinero que pagar a unos y a otros. Una enfermera, una sirvienta para la casa y una mujer forzuda para asistir a la enfermera. El médico vendría dos veces por semana.
En Villa Orchard, Estrella se organizó mejor para esperar la muerte de la madre. El huerto se abandonó casi por completo, después de constatar los efectos del descuido de los meses anteriores. Apenas un trocito para mantener verdura fresca. Los árboles se regaban, y a veces ni eso. Le decía a la hermana que se ocupara ella, y la hermana tenía las mismas pocas ganas que ella de hacer cualquier cosa. Estrella se conectaba a Internet, donde tenía un website sobre la sororidad, que no gozaba de mucho éxito. Veía series de televisión, enviaba emails a sus amigas. Volvía a leer. Hacía más deporte a fin de mantenerse como una atractiva cuarentona. Hacía el amor con Puri, pero con nadie más.
Incluso recibió algunas visitas. Le gustó tener a Hanna. La tuvo en la casa. Y también a Patri. A ambas las consideraba sus amigas más estables, las más serenas, a la altura de la muerte de una madre. Li permanecía más distanciada.
El día de su cumpleaños no hubo fiesta, pero sí una pequeña reunión en el huerto. Apenas un día por semana eran capaces de sacar a la madre para que viera los árboles, que a veces le gustaban, aunque se fatigaba enseguida y probablemente no tenía ocasión de darse cuenta de la decadencia generalizada de aquel huerto de frutales que tanto tiempo había necesitado para llegar a su esplendor, fugaz esplendor. La madre, inundada de calmantes, se pasaba casi todo el tiempo dormitando, con lo que al menos no se quejaba ya de dolor.
En la reunión del cumpleaños de la propietaria estuvo Sofía. Parecía más joven de lo que era, cuando tenía casi la misma edad que su hermana Puri. Les comentó que ahora tenía novio. Qué sorpresa. Nunca había tenido ninguno. Estrella tontamente la felicitó, pero todas se dieron cuenta de que en el fondo eso no era nada que mereciera celebración. ¿Por qué no se había hecho lesbiana? Era una especie de traición, pero Sofía era lo bastante inteligente para saber que contaba con la condescendiente simpatía de su cuñada. No era mala cosa que existiera cariño entre ambas. Al menos, en "Villa Orchard" sí funcionaba un poco "la sororidad".
Durante el otoño comentaban lo que se refería a la crisis económica que estaba comenzando. Esperaban que para el 2010 mejorase. Se había acabado el boom inmobiliario (pasó la oportunidad de sacar un fortunón vendiéndolo todo) pero permanecía la riqueza, de todas formas. Y los turistas seguirían alquilando los apartamentos en la Costa del Sol. Nunca había dejado de gustarle el dinero: contarlo, calcularlo. Daba lo mismo entregar a beneficencia cien mil o doscientos mil: lo importante era disponer de ese dinero, no tanto el gastarlo ni conservarlo.
La enfermera, la asistenta y la sirvienta no se llevaban bien. Había que cuidar de todo aquello. Por separado, parecían buenas, pero eran recelosas y, en el fondo, vulgares. Y ocupaban toda la casa. Solo amigas muy íntimas podían venir de visita. Tampoco estaban de humor para nada más.
¿Y el huerto? No perdía toda su belleza a pesar de que su función principal, el consolar a la anciana por la deshonra de su hija, ya la había perdido. Estrella descubrió que no sentía aprecio por aquellos árboles, de los que una vez había dicho que le parecían seres vivos -mentira, ganas de dársela de poeta. Puri era la única que seguía ocupándose un poco de ellos, pero había que pagar a gente, y recuperaron algo de dinero vendiendo los frutos. Lo que sí abandonaron fueron las verduras, salvo alguna lechuga y algún tomate.
Con todo, algo le seguía gustando de los frutales en la primavera y el verano: tumbarse en el suelo húmedo y mirar a través de las ramas. La luz, el verdor. Incluso aunque la belleza coincidiera con su sentir triste, su alegría animal persistía. Encontraba una contradicción entre su tristeza y el azul y el verde luminosos. "Villa Orchard" era un paraíso. Qué triste.
Algunos árboles estaban enfermos. Otros mal regados. Todos mal podados. Pero aún persistía la belleza. Aún la madre seguía viva.
Llegó el frío y la madre disfrutaba viendo el fuego en la chimenea. Esos ojos perdidos de la agonía, un poco estúpidos, un poco espirituales. Por Navidad se volvió más lúcida. Contó sobre abusos sexuales que había padecido en la infancia. Lo habitual: manoseos por parte de parientes varones. A veces traían de visita a la hermana y las sobrinas, las fanáticas religiosas. La prima Loli, su ídolo cuando niña, que le había dirigido tanto desprecio y condescendencia cuando supo que se había metido a puta... ahora se miraban la una a la otra como seres muy extraños y lejanamente hostiles. Se trataban educadamente. Ya no intentaba convertirla. Había dejado de intentarlo desde que se había hecho rica y, por tanto, poderosa.
También venía tía Reme, ya también casi inválida, y eso estaba mejor. Pero a veces las dos ancianas lloraban. Se acordaban del marido y casi parecía que lo echaban de menos. El pobre viejo. Estrella pensaba que él no había tenido una mala muerte.
La muerte de la madre estaba durando mucho. Las impacientaba, a su pesar. Cosas de la medicina moderna. Puri le decía que lo tomara como algo normal. Pero, de todas formas, a ella no se le ocurría mucho que pudiera hacer. Cuando muriera, harían un viaje, aunque fuera adonde siempre, a Alemania a ver a Hanna, a Inglaterra a ver a Laurie y a Li, a Norteamérica a ver a Angie
Habían logrado hacer unas cuantas amigas, al fin y al cabo. Empezó a pensar que cuando la madre muriera ya no tendría motivo para seguir viviendo en España. Recordó que Marcus intentó convencerla de que trajera a su madre a los Estados Unidos, a Florida, donde todo el mundo hablaba español y la mujer no se sentiría sola. Una de las fórmulas que él probó para que ella no lo abandonara.
Llegó enero de 2009, otro año. Los árboles se quedaron pelados, sin fruta. El frío de la costa mediterránea, un frío leve, pero aun así incongruente. Parecía un buen momento para morir. Hospitalización. Renunciaron a podar los árboles.
Mamá no volvió a Villa Orchard. Murió en el hospital a primeros de febrero. Sin mucho dolor, a los 83 años de edad. Estrella incluso lloró en brazos de su hermano y la cerda de su cuñada.
En el fondo, tuvieron la honradez de considerarlo una liberación. Se la enterró en Marbella, ¿por qué no?, qué más daba. Unos pocos parientes, un poco de sacerdote. Ya está. Ya está.
Eso había de ser el fin de Villa Orchard. La casa, sin la madre, ya no tenía sentido. Se había comprado para ella. Para que tuviera un huerto y un orchard. Durante bastante tiempo la madre tuvo a una amiga, la ahora llorosa y decrépita tía Reme.
Además, la casa se quedaba desierta. Se iban los sirvientes, se llevaban y regalaban todos los accesorios para la asistencia de la anciana inválida. No tenía sentido vivir allí. Traía malos recuerdos. Además, tres mujeres solas y no queridas por los nativos (los vecinos pueblerinos, diferentes de la población residencial) podían estar incluso en peligro físico. Estrella sabía que la odiaban, y que la habían tolerado por la anciana porque, a su manera, aquellos seres un poco viles se mostraban compasivos con la pobre mujer, que era una de ellos y tenía una hija puta. Ahora había que marchar.
Cómo había cambiado el paisaje del barrio en veinte años. Cuando llegaron, recién se habían recalificado aquellas huertas para ampliar la pequeña ciudad. Por eso la tentaron con la compra. Ahora la finca amurallada estaba rodeada de pequeños y coloridos bloques de apartamentos, mientras que el barrio pobre quedaba más distanciado. Pero no tan lejos. Los del barrio seguían allí y ellas se marcharían.
Hubo una reunión con Álvaro y Pilar, y finalmente se arregló todo, el abandono y la futura obra en la finca. Fue la última gran operación con Álvaro. Ellos ya no se gustaban, pero la relación de más de veinte años había sido fructífera, sobre todo para él.
Puri y la hermana se dedicaron a buscar dos pisos contiguos en la ciudad de Málaga, mientras ella se iba de vacaciones de duelo. Quiso hacer una especie de road movie melancólica, en solitario, conduciendo por cualquier carretera. Puri, que lo comprendía todo, comprendió también eso. Quizá, en el fondo, Estrella solo había querido librarse de tener que elegir un piso.
Las vacaciones de duelo duraron tres semanas de conducir su viejo Mercedes sin rumbo fijo. Pero a ella nunca le había gustado conducir y se detuvo pronto. Granada. La ciudad más turisteada de Andalucía debido a su monumento. Solo hacía un par de años que Bill Clinton había alabado la belleza de una puesta de sol y los efectos de la celebridad perduraban. Se preguntó cómo habría sido estar en la cama con ese tipo. Sospechaba que habría logrado dejarlo muy complacido y tal vez le hubiera contado alguna cosa que hubiera valido la pena apreciar. La tal Mónica parecía un poco tonta.
Pero lo bueno de Granada era lo poblada que estaba de jóvenes estudiantes guiris. Encontró un alojamiento caro para lo que valía, pero fue suficiente. Desconectó el móvil. Ante el espejo estudió su rostro: una cuarentona guapa guapa. "Elegante", que se dice. Y su madre había muerto. Sin marido ni hijos, la madre era su única familia. No contaba ni a Puri ni a la hermana. No las contaba. Las quería, pero no las contaba. Porque no se daba en el vínculo eso que no puede elegirse. A la hora de vivir, no siempre se puede elegir. La vida ancestral era la que no se elegía. Y los seres humanos somos ancestrales porque morimos. Morir y nacer es ancestral. La familia se compone de nacimientos y muerte.
Paseó sola. Se le acercó algún moscón y lo rechazó con su inglés norteamericano impecable. Cenó sola. Se preguntó si podría conseguir parecer una mujer decente que por circunstancias ha sido dejada sola por su amante marido. Igual que cuando Marcus se sintió tan orgulloso de que la tomaran por su hija.
Le hubiera gustado hablar con alguna chica joven. Las había de rostros dulces. Las típicas estudiantes guiris mochileras. Nunca había dejado de tener atractivo para las chicas jóvenes: una muchacha (o señora) tan bella, con unos ojos tan atentos y una voz tan delicada. Le era fácil ganarse su confianza. Pero nunca había sido capaz de ligar. Nunca había ligado. Lo del gimnasio de American City, tan rápido y tan torpe, era lo único que recordaba. Y aquello de Nueva York. Pero ella no tomó la iniciativa. Simplemente, la reconocieron, la captaron...
No quería ligar. Solo hacer amigas. Nunca había hecho amigas cuando niña y jovencita. Para hacer una amiga por primera vez en su vida tuvo que hacerse lesbiana.
No hizo nada en Granada. Estuvo cuatro días casi sin salir de la habitación. Después conectó el teléfono y se fue una semana con sus
amigas de Madrid (las dos viejas amigas: Patri y Toñi, sus empleadas, cuyo aspecto había cambiado más que el suyo), y el resto del tiempo condujo y vio paisajes. Se alojaba en hoteles y
se pasaba un par de días en la habitación viendo la tele y masturbándose. Ideas
artísticas no le surgieron. Hablaba por teléfono.
De vuelta a casa, la esperaban con una serie de pequeñas cuestiones prácticas. Pequeñísimas en comparación con la pérdida que habían experimentado.
Los dos pisos, ahora que estaban bajando los precios, salieron por 300.000 euros. Eran grandecitos, casi en el centro de Málaga, cerca de un gran centro comercial y con vecinos de clase media-alta. Se pagarían con una cómoda hipoteca que supondría una pequeña merma en el patrimonio de Estrella. La casa en Vélez-Málaga, una vez liberada de muebles y recuerdos, se incorporó al conjunto de bienes. Las dos casas darían una renta. El huerto y el orchard podían ser utilizados para edificación: saldrían otras cuatro casas. Eso suponía una inversión y una complicación de supervisar las obras. Con todo, no era mal momento, porque los precios de la construcción habían bajado con la crisis. Ya entonces pensó que para cuando las cuatro casas estuvieran terminadas la crisis habría amainado y podría venderlas o alquilarlas o hacer cualquier cosa con ellas. En cualquier caso, se acabaron los árboles. Habían vivido veinte años, algunos. Ya no servían para nada. Ladrillo. Cemento. Dinero. Olvidar.
En la nueva casa, donde a lo mejor iba a vivir el resto de su vida, todo era conforme y convencional. Según una contabilidad sensata, estaba a la mitad de su vida, puesto que era verosímil que, cuidando la salud y siendo mujer, alcanzara los noventa. Habría que hacer alguna cosa en ese tiempo.
La hermana vivía en la puerta de al lado, y solían comer juntas las tres. La hermana decía sentirse sola e inútil. Estrella pensaba que la hermana siempre había sido inútil, excepto para sí misma. La verdad es que tenía ya unos conocimientos de botánica bastante buenos, fruto de muchos años de excursionismo organizado y de cuidar de los árboles. Se asoció al Jardín Botánico, donde encontraba a muchas personas de edad parecida. Adquirió una parcela de huerto urbano. A veces iban también Estrella y Puri a ayudar. No era supersticiosa, pero podía pensarse que quería desagraviar los árboles y plantas de "Villa Orchard", sacrificados de una forma casi vengativa.
Estrella se apuntó a un gimnasio. Dedicaba a éste como una hora de ejercicio. Después, leía, veía vídeos, curioseaba la wikipedia o preparaba la visita de sus amigas extranjeras, para las cuales contaba con un par de buenos dormitorios de invitadas. Al principio, era como una máquina que empezaba a funcionar. Debía tratar de poner orden en sus recuerdos. Tenía muchas cartas, y diarios, e intentos de libros fracasados. Había que hacer algo con todo eso.
Un día de mayo tuvieron un momento divertido. Sofía, muy tímida, les dijo que quería presentarles a su novio. ¡Un hombre! Puri ya lo había visto, y decía que era un chico bueno, ¡incluso con ciertas aspiraciones literarias! Para intimidarlo menos, quedaron en un restaurán próximo, tranquilo, donde se podía conversar. Puesto que Estrella era rica (y el novio no), puso como condición que le dejaran pagar a ella.
El novio resultó un hombre ya madurito, pero de talante juvenil, ingenuo. Para el gusto de Estrella, la prostituta, no era un hombre peligroso, sino de los manejables, de los que a ella le gustaban como clientes (aunque el tamaño de las manos hacía pensar que contaba con un pene grande). Parecía bastante culto, tenía unos estudios universitarios (aunque no le habían rendido fruto en cuanto a éxito social) y se podía hablar con él de muchas cosas y con agrado. Y era de Málaga, de clase trabajadora de origen. Sofía lo había conocido por Internet.
La primera conversación fue alegre y entretenida, totalmente centrada en la atención de Estrella, la millonaria escritora, pervertida sexual y cosmopolita. Naturalmente, le dio el aprobado al "chico", y Sofía y Puri quedaron muy contentas. Estrella pensó en lo fácil que era ser buena cuando se tiene poder...
Aquella noche, en la cama, Estrella le comentó a su esposa que le había gustado sentirse tratada como una celebridad. Apenas había ganado dinero con sus libros, las críticas favorables no habían sido muchas y ni siquiera contaba con el apoyo de la comunidad lésbica, pero en una ciudad como Málaga y con alguien como el novio de Sofía, ella podía sentirse un personaje. Incluso la había invitado a presentarse en los clubs de lectura que funcionaban en algunas bibliotecas públicas y librerías de la ciudad. ¿Por qué no?
Se presentó, pues, en un local municipal, donde la recibieron como celebridad una veintena de personas, la mayoría mujeres de mediana edad, que estaban comentando la reciente lectura de Madame Bovary. Todas decían que la Bovary era una tonta.
Con deseo de mostrarse original, ella dijo que la pobre no tenía culpa del tipo de imaginación que había encendido sus ilusiones. Por supuesto, era una andrófila les explicó lo que ella entendía por eso-, pero había que perdonarle porque
bueno, no era una asesina ni nada de eso. Sí, claro, se portaba mal con el pobre señor Bovary, pero pensaba que quien peor se portaba con él era el propio señor Flaubert, el autor. En vez de ponerlo como un tonto, debería haber dado alguna pincelada acerca de que, al fin y al cabo, siendo un hombre bueno, también eso le permitía alcanzar algún tipo de felicidad. No era tan feliz como merecía, pero tampoco tan desgraciado como lo retrataba. La bondad no le parecía a Estrella una mala forma de vida, incluso aunque no fuese correspondida.
Otra vez había hablado demasiado, pero el novio le dijo más tarde que había dejado impresionado a todo el club.
Luego llegó el verano y decidieron llevarse a la hermana a las islas Fidji. Por aquello de que estaban allí, y porque sería el primer y único viaje de ese tipo que harían en la vida. En las islas Fidji comieron langosta, tomaron el sol (con mucha precaución) y se pasaron un mes entero, cuando se trataba de un destino más apropiado para una sola semana.
Para su cuarenta y siete cumpleaños, planeaba otra pasada de quirófano.
A la salida del quirófano tuvo un conflicto final con Álvaro. Ahora, viviendo en Málaga, ella se acercaba más a menudo a inspeccionar el negocio y las cuentas no le parecieron claras No le parecía que había gestionado bien el asunto de las obras de Villa Orchard ni tampoco le convencía el rendimiento de la empresa. El administrador atribuía a la crisis el descenso de ingresos en los alquileres, pero ella veía falta de justificantes. Álvaro en este momento parecía verse en problemas debido a sus otros negocios. Estrella le dijo, simplemente, que sus otros negocios le ocupaban demasiado tiempo y que comenzaría a confiarle la gestión de sus propiedades a otra persona. Ya estaba pensando en el novio de Sofía. Tenía un título universitario y parecía buen tipo. Al fin y al cabo, hacerse cargo de la gestión de los alquileres, el mantenimiento de los apartamentos y el tema de los impuestos no podía estar fuera de sus capacidades. Podía hacerlo con Internet, que era un ámbito en el que se desenvolvía bien. Todavía utilizaba a Pilar y su bufete para las cosas complicadas.
Teniendo en cuenta que se había visto también afectado por la crisis, fue fácil llegar a un acuerdo con el nuevo gerente. En total, era realista pensar en unos ingresos de trescientos mil euros anuales por los alquileres de más de treinta propiedades, más lo que gestionaban de otros propietarios. Él se podría quedar con treinta mil, para él y para Sofía (que trabajaría en la oficina), lo que suponía un sueldito confortable. La hipoteca de los dos pisos nuevos donde vivían Estrella y su hermana, más los gastos de la obra en Velez-Málaga se llevaría otros cien mil. Con diez mil euros al mes, Estrella, Puri y la hermana tenían de sobra. De hecho, seguiría entregando a la caridad (con las correspondientes desgravaciones) buena parte de todo ello.
Le vino bien deshacerse de Álvaro, cuyo carácter empeoraba más y más. Siempre seguiría resentido con ella, por haberle intencionadamente despertado el deseo solo para ganarse su atención como gestor. Pero en realidad él no tenía motivo de queja, porque gracias a eso, al fin y al cabo, era como se había hecho rico. Por sí solo nunca lo habría conseguido.
Para fin del año 2009, casi toda la gestión de sus propiedades había pasado ya al novio. Tuvo que hacer con él un par de viajes a Londres para establecer contacto con una agencia británica que enviaba guiris a la costa. Se llevaron a Sofía y lo disfrutaron. Era incluso posible que Estrella perdiera algo de dinero utilizándolo a él en lugar del experto Álvaro pero Puri estaba feliz por su hermana y ella encontraba mucho más apacible la situación. No le importaba ganar menos si la mala gestión era consecuencia de la torpeza y la inexperiencia y no del engaño deliberado. A la porra con Álvaro.
Además, había proporcionado un puesto de trabajo a un desempleado en plena crisis. A finales de aquel año, la coyuntura económica y social estaba creando el caos y el desastre. El gobierno aseguraba que iba a pasar pronto, pero el optimismo parecía más bien gratuito.
Durante algún tiempo visitó la tumba de su madre. Era idea de Puri, que en muchos aspectos continuaba siendo una pueblerina de ideas tradicionales y que no había asimilado muchas de las extravagantes creencias de Estrella. Dejaron de hacerlo cuando Puri se dio cuenta de que su esposa se sentía forzada a hacer aquellas macabras visitas. No significaba nada. No la consolaba el recuerdo, la ponía en tensión.
Salían del cementerio y paseaban cogidas de la mano. A veces Estrella lloraba un poco. Llorar le recordaba otras lágrimas suyas, surgidas en momentos de tensión, especialmente con hombres, y aquella cosa horrible con Paula. Alguna vez había llorado de amor o de alegría, pero sus llantos en general le recordaban humillantes sufrimientos.
¿Por qué tengo que llorar ahora?, se decía. En cierto modo, aquellos años que venían por delante iban a ser buenos. La madre había tenido unos veinte últimos años buenos. Estrella había tenido una juventud en cierto modo esplendorosa. Ahora tenía derecho a una buena madurez. Algo tranquilo, reinando en un hogar sencillo y amable, una pequeña proyección pública como una celebridad local. Una buena relación de pareja. Buenas amigas. No habría nada que lamentar.
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