Durante aquella primavera, un poco como propósito de Año Nuevo, decidió volver a intentar participar más en la comunidad lésbica de Málaga. Sus primeros acercamientos se habían producido quince años atrás, cuando había vuelto de América, rica, glamourosa, ambiciosa y con sus expectativas personales marcadas por el dominio del idioma inglés, que la aproximaba más a la comunidad de visitantes extranjeras propias de una región turística. Por el contrario, lo que había encontrado en el ambiente lésbico local estaba por completo influenciado por el mundo gay, y las chicas lesbianas le habían parecido todas demasiado masculinas, neuróticas y hasta agresivas, un reducto de mujeres perseguidas, tensas y desconfiadas.
Su belleza, su dinero, su cultura y su condición de persona de mundo le habían permitido, sin embargo, ser invitada por todas y objeto del interés de todas. Pero enseguida asomaban antipatías y recelos. Conocía a algunas y todas la conocían a ella. Fue por ellas que encontró a Puri. En los últimos años le pareció que habían mejorado, si tal cosa podía decirse. Hacían ciertos actos culturales, daban pequeñas fiestas, tenían algunas publicaciones. Con la llegada de Internet lograron una notable expansión.
El lesbianismo, por supuesto, siempre estaba de moda, en tanto que atractivo para los voyeurs, y en tanto que sexy para mujeres atrevidas. Pero lo que a Estrella le parecía algo espiritual e intelectual, la mayoría lo veía como algo frívolo.
Fue en Febrero de aquel año que Puri y ella conocieron a Marimar, una joven profesora de universidad procedente de otra zona de Andalucía que acababa de obtener una plaza en Málaga. Marimar no era especialmente glamourosa, pero sí muy inteligente y simpática. Y fue la primera lesbiana local que aceptó irse a la cama con ellas, un poco como las chicas extranjeras que Estrella había conocido. Eso ya lo cambió todo.
Por primera vez, Estrella tuvo una aliada en la que había sido la ciudad de su triste y solitaria adolescencia.
Marimar se parecía un poco a Hanna en su apacible temperamento y solidez intelectual. No estaba obsesionada con encontrar novia y, de momento, aceptaba la relación de trío eventual. A sus cuarenta años, Estrella seguía siendo muy guapa y extraordinariamente hábil en la cama, de modo que conquistar a Marimar fue fácil.
A pesar de eso, la idea de la sororidad la daba Estrella por perdida, y el reflejo de su fracaso era su novela sobre el pobre Antonio, el infeliz e inocuo marginado social que habría sido ella de haber nacido con las cositas colgando. Pagó finalmente para que se publicara en Abril de 2003. Algunas críticas fueron buenas, pero no se vendió.
Una tarde en que cayó furiosa lluvia en Villa Orchard, las tres amigas la pasaron disfrutando de su intimidad. En el piso de abajo, la madre y la hermana veían la tele. En el piso de arriba, tres lesbianas desnudas permanecían abrazadas entre sábanas y edredones, formando ese nido infantil que a Estrella tanto le gustaba y que a cualquier mujer podía llegar a gustarle. En esos momentos podía alcanzarse una gran finura de la sensibilidad.
Estrella concluía que, al igual que su belleza comenzaba a marchitarse aunque las estupendas mujeres maduras estaban muy de moda-, también su carrera literaria se estaba marchitando. Y su carrera de profetisa, por supuesto. Hacía ya muchos años Irene la había llevado ante una sibila que le pronosticó el fracaso. Ésa sí que acertó.
Bien, lo que le quedaba era el testimonio de sus aventuras, de su vida inusual. Dijo que debía dedicarse a organizar sus recuerdos. Había llevado diversos diarios personales y disponía de una gran colección de cartas.
Ése será tu mejor libro, opinó Marimar que era muy sincera cuando opinaba que todos los libros de Estrella adolecían de graves deficiencias.
¿Y si un día la literatura desapareciese y se sustituyera por la redacción de testimonios? Todo serían relatos extractados a partir de diarios. Eso podría ser mejor que la ficción.
Eso ya se ha intentado muchas veces, y fracasa, le dijo su nueva amiga.
Fracasa porque la gente se atiene a modelos erróneos, contestó ella. Quieren imitar a los personajes de novela, a los grandes hombres. Pero deben ser ellos mismos, deben ser directos y sencillos. Escribir como se habla en el momento en el que somos capaces de atraer la atención de los demás.
Estrella, como era habitual, estaba en medio, entre las dos. Miró a la tierna Puri. La besó y tiró de ella para mostrarla a Marimar: Fíjate en esta criatura: me quiere muchísimo. Apenas lee, y sin embargo me presta atención, le gustan muchas cosas que digo. Sé cuándo la aburro y cuándo me tengo que callar. Y Puri no es como yo, no es rara. Y tampoco es como tú: no pertenece a un estamento intelectual.
"Pero es que yo estoy enamorada de ti objetó Puri, poniendo los ojos grandes y luminosos, estoy tan enamorada de ti que a veces no me lo creo
"
"Todas deberíamos estar un poco enamoradas de todas
"Vuelves a la sororidad
"Podría limitarse a ser un juego literario
Y entonces se le ocurrió reunir historias de lesbianas. Historias reales. Historias de lesbianas españolas. Si salía bien, tal vez Laurie escribiría un libro sobre lesbianas británicas. Y Angie sobre lesbianas norteamericanas
.
Por cierto, Laurie la informaba de que ya estaba rodándose la teleserie sobre lesbianas. Se ambientaría en Los Ángeles, pero se rodaría en Canadá. Había visto los guiones, y no le gustaban. Había intentado también sacar adelante otra sugerencia de Stella: una sátira británica de Sex and the city que se llamaría Crazy for cocks!, ¡Locas por los rabos! (ya había pensado en la traducción española). Stella había sugerido que, si se hacía bien, el grito de "¡locas por los rabos!" podía convertirse en una "catchphrase" que hiciera mucho daño al enemigo, el que condenaba a las mujeres a buscar amor donde solo debía buscarse, si acaso, un poco de pasión animal.
Angie había conseguido un cierto éxito como novelista, pero en el mundo del cine tampoco había logrado introducirse, de momento. Bueno, era joven
Y era rica
Laurie la había puesto en contacto también con una chica que había contado sus experiencias como prostituta de lujo en Inglaterra. Era un poco bisexual, pero le gustaban demasiado los hombres.
En cierto modo, el siglo XXI empezaba bien. Pero solo era un comienzo, y fuese lo que fuese lo que trajera al mundo de las mujeres, estaba claro que Estrella ya no iba a jugar ningún papel importante. Bueno: que fuese Angie. Cada día que pensaba en ella, más se daba cuenta de que aquella chica podía llegar muy lejos. Porque, en cierto modo, había seguido sus pasos. Su sucesora. Ella llevaría la llama.
En "Villa Orchard", la salud de sus padres se deterioraba. El viejo tenía Parkinson y estaba más quejoso y lloroso que nunca. A veces sus amigos venían a visitarlo. Eran unos viejos asquerosos, morbosos e indiscretos, pero se intentaba que no molestaran mucho. Parecía que el padre de Estrella tenía cada vez más miedo de que ella lo echara de casa y lo mandara a un asilo. En realidad, no hubiera sido un gran problema. Con el dinero de su pensión, más lo que se sacara de vender el viejo piso de Málaga (aquel que con tantas ganas ella abandonó hacía veinte años), era factible pagar una buena residencia, e incluso pagar una enfermera particular, pero él no tenía la menor gana de hacer eso. Un viejo en un asilo, eso no.
La madre, por su parte, pese a las puestas a punto a las que se sometía con regularidad en la sanidad privada, también se estaba deteriorando de forma alarmante. No podía prescindir del bastón y tenía momentos de mal humor. Le daba demasiado trabajo a la hermana, que siempre había sido indolente. Con la hermana se llevaba siempre bien, pero estaba claro que habría que dar trabajo a alguna otra persona para hacerse cargo de la madre. Fue entonces cuando Puri sugirió emplear a su propia hermana pequeña, Sofía. Estrella conoció a Sofía casi al mismo tiempo que a su hermana, cuando era una muchachita. Era más bonita que Puri, y muy tímida. A pesar de ser inteligente, no había estudiado (como todos los hermanos de aquella familia). Se empleó como dependienta en un comercio del pueblo, después se quedó sin trabajo y había estado haciendo tareas de jornalera en el campo, siempre bajo la supervisión y vigilancia de sus hermanos. Ahora Estrella se daba cuenta de que había podido tomarla bajo su protección y hacer que estudiara. Pero siempre la había rehuido un poco, porque Puri aceptaba bien que Estrella se fuera a la cama con otras pero le perturbaba mucho el evidente interés sexual que su novia sentía por su hermana.
Según las teorías de Estrella, Sofía había de ser tan lesbiana como su hermana por el mero hecho de que era bonita y no parecía interesada en los pretendientes masculinos. Así que mejor tratarla lo menos posible, pero durante aquel verano, la pequeña Sofía (que iba camino de cumplir treinta años) entró a trabajar para cuidar de la madre. En realidad, era el trabajo mejor retribuido que había tenido nunca. Con seguridad social y todo.
Aquel verano, Estrella y Puri lo pasaron en España. Marimar tenía una casita en la costa de Huelva, que era de donde ella procedía. Pasaron allí dos semanas muy estupendas. Después se fueron a Portugal. Las lesbianas portuguesas sorprendieron agradablemente a Estrella: eran casi como alemanas, dulces y amables. Se quedaron más de un mes en Lisboa y participaron en una orgía muy tierna.
Después estuvieron en el País Vasco, pero la modernidad de allí le pareció demasiado artificiosa, con su festival de jazz y sus edificios futuristas que buscaban enmascarar el primitivismo evidente de las pasiones nacionalistas violentas.
Hicieron un par de excursiones por el Pirineo, pero Puri se cansaba pronto de caminar por el campo. Pasaron dos días en una especie de comuna de hippies viejos. Dos lesbianas no sorprendían nada allí. A Estrella le hizo sentir añoranza de su estancia en aquella comunidad religiosa a primeros del 88, cuando se enamoró de Martina, con la que últimamente había perdido el contacto.
Le gustaba el campo. Villa Orchard, pese a sus huertos y frutales, no era realmente campo. No había aquellos paisajes, aquellos barrancos, riscos y bosques. Incluso con fantasmales pueblos abandonados.
Pasaron septiembre en Madrid, viendo a las antiguas amistades. Patri, Toñi
, Concha. Coincidieron con Marimar unos días. Allí Estrella se dio cuenta de que la mejora que había percibido en Málaga era del todo efímera. Simplemente, había tenido suerte con Marimar. Con seis libros publicados, Estrella era la escritora lésbica más importante de España, y eso no significaba nada para las lesbianas españolas. No la respetaban. Era una tipa rara, el tipo de lesbiana que atraía a los hombres viciosos. Quince años hacía que las consideraba a todas unas ingratas. España era un país de segunda. Pero alguien tenía que ocuparse de él... Y estaba ella tan vinculada a aquella lengua, a aquellas costumbres, a aquel pasado...
Hicieron una escapada de una semana al festival de mujeres de la isla de Lesbos. Pero resultó muy ruidoso, con mujeres que se comportaban casi como drag queens. Le había gustado más el festival californiano.
En Madrid conoció a una actriz jovencita que había tenido éxito con una película. Se la presentaron y se gustaron. Montaron una orgía a cinco, con Marimar y otra chica más. Fue muy bueno, mucho mejor que el lío tumultuoso del Mar Egeo, y todas acabaron invitadas a Villa Orchard.
Para cuando regresaron a casa, los cuarenta años se habían convertido en cuarenta y uno, y Estrella necesitaba ya tratamientos de belleza más personalizados. En cuanto a la madre, Sofía había cuidado maravillosamente bien de ella.
Estrella decidió organizar su libro con diez historias de lesbianas españolas. Ella no estaría incluida, pero Puri y Marimar sí. Las otras ocho las buscaría en otra parte. Patri sería una de ellas, eso seguro.
A Estrella le gustaba programar su tiempo, aunque luego los programas no se cumplieran. Ya tenía la idea y tres historias. Tenía también pistas para las siete restantes. Estaba claro que lo valioso no sería lo representativo de esas historias, sino el valor del testimonio, lo evocador en emoción y sensibilidad. Así que hasta fin de año elaboraría sus tres historias para que le sirvieran de modelo... mientras localizaba las otras siete. No sabía si conseguiría a la chica actriz, porque su lesbianismo, por una parte, podía ayudarla a triunfar en su carrera (era buena actriz), pero también perjudicarla. Habría que hablarlo
con su agente.
Durante el otoño, volvieron a recibir visitas. Pero ya no visitas de desconocidas. Solo las viejas amigas y algunas ya un poco olvidadas. Angie, Li y Hanna no faltaron. A veces hacían el amor y otras no. Marimar se convirtió en visitante habitual, aunque en Noviembre le salió un romance con una alumna y todas hubieron de apartarse para hacerles sitio.
La madre echaba de menos a la tía Reme. A veces la traían de visita. Sin la tía Reme, la madre se hacía un poco senil. Le molestaba que alguien pudiera creer que había sentido por su cuñada deseos al estilo de los de su hija, algo que a ésta jamás se le había pasado por la cabeza porque Estrella consideraba que el lesbianismo tenía que ver con la sensualidad de la juventud. Su madre nunca había sido sensual. Y ya tenía 37 años cuando ella nació, luego nada sabía de su juventud, excepto que había sido desgraciada, viviendo bajo la tiranía de una ruin hermana mayor y habiéndose casado con un imbécil después. Para trabajar, solo había hecho de sirvienta y ama de casa.
Así que los buenos días de otoño, que había muchos, cuando se recogían tantos frutos, no resultaban alegres como antes. La madre estaba de mal humor y no se interesaba mucho por los árboles que tanto la habían entusiasmado cuando se plantaron quince años antes.
Sin la tía Reme, quienes acudían a trabajar los huertos eran vecinos de los cortijos próximos. No le gustaban. Estrella no era querida. Era rara y presumida. Prostituta. Millonaria. Lesbiana. Salía en la televisión. Viajaba al extranjero, tenía amigas extranjeras. Viciosa.
Una vez, durante una de las cíclicas crisis económicas, Estrella había cometido un error. Les llegaban pedigüeños que a veces atendían y otras veces no. Un día le llegó una chica que decía que la iban a echar de su vivienda alquilada en Vélez-Málaga por falta de pago. Que tenía dos hijos.
A Estrella no le pareció humilde. Ella valoraba mucho los gestos, el manejo del tono de voz, todo el lenguaje no verbal. Y el lenguaje verbal no era mucho mejor.
Échame una mano. A ti el dinero no te ha costado ganarlo.
¿Ah, sí? Pues si no me ha costado ganarlo, tampoco te costará ganarlo a ti como lo hice yo.
Yo no sirvo para eso.
Pero para pedir sí sirves, ¿eh?, y le cerró la puerta. Oyó sus insultos. Después le tiraron bolsas con excrementos por encima del muro de la casa. La madre se enfadó mucho. Había que tener cuidado con la gente. La gente da muchos problemas.
Sin contar el viejo piso del viejo, cuyo alquiler incrementaba su pensión, y sin contar las dos casas de la hermana, los treinta alquileres que cobraba íntegros -y casi otros tantos que gestionaba su empresa eran de otros propietarios- a través del negocio de gestión inmobiliaria de Álvaro que ya era bastante rico y llegaría a enriquecerse mucho más durante el boom inmobiliario-, le permitían a Estrella hacer donaciones. Y aún sobraba. Estrella pensaba que, al fin y al cabo, la administración de su filantropía era garantía de honestidad, pero no podía ser filántropa sin contar con sus ingresos para gastos personales, que tampoco eran muchos. Aquel verano habían viajado en automóvil. Se habían alojado en hoteles, habían invitado a comer y poco más. No tenían caprichos caros, y siempre beneficiaban a otros a otras.
Cerca de Navidad leyó la novela que había escrito el francés chiflado. Le gustaba aquel escritor. Simpatizaba con las lesbianas, frecuentaba prostitutas, estaba obsesionado con el sexo y despreciaba lo políticamente correcto sin ser irracional. Le interesaba el futuro, la religión y la naturaleza humana, y no era misógino. Estrella pensó que quizá quisiera ponerse en contacto con él. De hecho, vivía en Andalucía.
Llegó un nuevo año, y Estrella, tras comprobar que tanto Puri, Marimar y Patri quedaban satisfechas con la manera en que había contado sus historias, se dirigió a Madrid a consultar con la chica actriz, que aprobó también participar una vez leyó lo que llevaba escrito sobre las otras tres. La presentó a una famosa escritora joven, cuya prosa Estrella admiraba muchísimo. Sin embargo, la chica ni era lesbiana ni simpatizaba con el ideario de Estrella. Era comunista de Fidel Castro, lo que para Estrella era una pura necedad que no precisaba de comentarios. Pero qué bien redactaba sus párrafos, qué excelencia de las frases.
La chica actriz le localizó una historia lésbica muy buena: una anciana sirvienta enamorada de su señora. Ya tenía cinco.
Después chequeó otras tres historias en la zona de Madrid. Una no era una buena historia. La otra sí, pero la mujer no quiso. La siguiente fue la sexta historia: una lesbiana sobrevenida de treinta años que se descubrió a sí misma como acosadora.
Viajó hasta Zaragoza, donde confirmó la séptima historia: una colegiala promiscua que encontró en el lesbianismo su refugio apaciguador. Tuvo sexo con ella.
En Barcelona se empeñó en encontrar una buena historia, pero casi todas contaban con inconvenientes. Finalmente solo encontró una, y no muy buena: la dueña de un bar, una mujer emprendedora, un carácter fuerte. En realidad, aquella tipa le cayó muy mal. No daba una imagen simpática, pero su carácter tiránico y egoísta resultaba verosímil.
Allí, en Barcelona, Estrella y Puri comprobaron que ya no les quedaban tantas historias por encontrar. Solo les faltaban dos. ¿Tendrían que inventarse alguna o modificar algunas de las menos malas de entre las descartadas? Bajaron por Valencia y tantearon un poco el terreno en la correspondiente asociación. Aquella ciudad no la conocían, y tenía leyenda negra: la envenenadora de Valencia. ¿Era lesbiana? Bueno, era de otros tiempos.
Pero una valenciana simpática les dio una buena pista en Ibiza, donde la tradición hippy.
Lo que encontraron en Ibiza fue una buena historia de los años sesenta: una humilde chacha que se hizo lesbiana por la admiración que le despertaron dos chicas extranjeras, dos pintoras danesas que se había establecido allí en los últimos años del franquismo. Era una historia buenísima y, además, aquella mujer, que ahora tenía un bar y varios apartamentos alquilados, les refirió otras historias buenas. Fueron a Madrid a localizar una de ellas, que sería la décima y última. Entonces se produjo el desastre del atentado terrorista del 13 de marzo. Aquel horror las desalentó. Solo eran pobres mujeres.
Volvieron a Villa Orchard y Estrella trabajó las seis historias que tenía. La historia décima la completó antes del verano en un viaje a Madrid: allí conoció a una mujer que le habían referido en Ibiza. Era una lesbiana de los años 90. Tal como interpretó Estrella la historia (y la chica no se opuso a esa interpretación, aunque la consideró demasiado novelada), se trataba de una expansión de la maternidad. La chica había tenido un hijo con diecinueve años con un amor heterosexual que fracasó enseguida. La idea del lesbianismo se había abierto en ella a través del compromiso carnal con su bebé: se había habituado a las peculiaridades de su propio cuerpo, a la carnalidad de su condición femenina. Quiso reforzar la maternidad dando a su hijo una segunda madre. Algo así. Podía haber sido algo así. Desde el punto de vista social, aquella chica, la maternal, se había limitado a su vida femenina de fragilidad necesitada de afecto y apoyo. Nunca había buscado salir de los modelos femeninos: trabajar de limpiadora, o de enfermera o de peluquera, había ejercido los tres trabajos, pero sobre todo había hecho de madre, compañera, ama de casa. Su novia era una chica a la que había seducido trabajosamente, por insistencia. Algo viable con las mujeres... porque son menos asertivas.
Un poco para despejarse de todas aquellas cuestiones femeninas, decidió aprovechar la audiencia que le ofrecía el francés. Quería conocerlo y un día que hacía buen tiempo tomó el coche y a Puri, y se dirigió ciento y pico kilómetros hacia el Este, hasta un pueblecito que estaba lanzándose poco a poco al turismo masivo, junto al mar. Predominaban los alemanes de cierta edad. La madre de Estrella había vivido su infancia en un diminuto cortijo unos cincuenta kilómetros al Oeste de aquel punto. En la casa no había retrete y ella siempre iba descalza y con piojos.
El francés había querido recibirlas en su casa, pero Estrella insistió en que quedaran en un local tranquilo, con vistas al mar. Ni siquiera estaban seguras de si el tipo acudiría a la cita. Esperarían un poco y luego se largarían. Pero fue casi puntual.
Tenía unos ojos astutos y deliberadamente obscenos. Fumaba y bebía, de modo que era una suerte que pudiera echar el humo al aire libre. Ellas, chicas buenas, tomaban refrescos. Hablaban en inglés. Hablaba Estrella, porque Puri se aburrió pronto. No era una intelectual.
Lamento no haber leído nada escrito por ti
Soy una escritora poco conocida.
¿Cuentas sobre tus experiencias como prostituta?
Le hizo un resumen sobre los seis libros que había escrito. Le interesó lo del libro sobre ella si hubiera sido un hombre. Le interesó la humildad con la que veía la debilidad del carácter femenino. Se le encendieron los ojos por algo muy concreto: ¿eras humilde como prostituta?
Sí. Por eso ganaba tanto dinero
Se enderezó en la silla. Le pidió detalles.
Ella se los dio.
Así pues, te gustaba ser una esclava. Pero no solo físicamente, también lo eras emocionalmente.
Eso es: era una mujer en la manera que más podía complacer a los hombres. Ése era mi trabajo.
El francés era un gran putero. Se quedó unos largos segundos dando chupadas a su asqueroso cigarrillo y mirando el cielo andaluz en primavera.
No es muy habitual. Desde luego que no.
Pero todo eso es debilidad. No me avergüenza reconocerlo.
Te pagaría cualquier cosa por tenerte. Sigues siendo muy guapa.
Ya he cerrado la tienda, como bien sabes.
El tipo siguió mirándola.
Lo de la sororidad, ¿también te parece una tontería?
Sí. Las mujeres y los hombres no son tan diferentes. No creo que fuese posible alcanzar ese nivel de graciosa virtud en las mujeres más de lo que es imposible entre los hombres. Aunque creo que tienes razón sobre lo que dices del deseo de las mujeres. Sentirse mujer al ser follada, excluir al hombre del amor pero concederle ocasionalmente compasión. Sí, eso podría resultar. En eso eres original. Pero de angelismo, nada. Las mujeres también sois malas.
Usted vivió humillaciones terribles cuando era niño, ¿no?
Claro. Todo el mundo lo sabe. Y de ahí mi carácter retorcido
¿Es usted un cobarde?
En general, sí. Aunque no temo a la muerte, porque fumo: ése es el principal motivo por el que no he querido dejar de fumar, para no temer a la muerte.
Antes de que llegara el siguiente verano, en plena expansión económica y con un gobierno nuevo que prometía grandes modernidades en materia de libertades civiles (¿matrimonio gay?), incluyó en el diseño de su nuevo libro el denominar a cada relato por un atributo femenino: Campesina (Puri), Luchadora (Patri), Profesora (Marimar), Cómica (la actriz famosa), Sirvienta (de Madrid), Acosadora (de Madrid), Colegiala (de Zaragoza), Empresaria (Barcelona), Soñadora (de Ibiza) y Maternal. Y eran diez.
Ya tenía su nuevo proyecto para una vida que se daba cuenta de que iba a ser más apacible y, a la vez, más española. La publicación de su novela Antonio, el pobre pasó desapercibida pero le proporcionó cierta satisfacción y tristeza, aunque Puri lo atribuía todo a su depresión por haber cumplido los cuarenta.
Ahora le faltaba encontrar un título para su nuevo proyecto. Decidió que sería Diez mujeres, porque pensaba defender la idea de que las lesbianas eran las mujeres más mujeres. Sabía que no era cierto. Tal vez llegase a serlo en el caso de las lesbianas de la sororidad, que no existían, pero no era cierto en cuanto a las lesbianas reales.
De todas formas, ella era una escritora, y por la primavera de 2004, participó en algunos actos públicos de poca monta, y el hecho era que participaba en reuniones de lesbianas y gays. Era culta, muy guapa y escritora. Eso significaba algo en una ciudad como Málaga. Y muchas veces se decía (y le contaba a Puri, a la madre y a la hermana) que su vida no era mala. En realidad, era bastante buena.
Cuando llegó el siguiente verano, se preguntó a dónde irían. La costumbre de dejarle la casa libre a la madre para que recibiera a los nietos no le suponía un gran fastidio. Solo que no se le ocurría adonde viajar en verano. Una chica argentina le propuso ese país, pero allí era invierno, y eso suponía un fastidio. En Rusia y Japón ya había estado. ¿Por qué no China? ¿Había lesbianas chinas? Ahora, con Internet, se podía localizar de todo. Dinero no faltaba, sobre todo porque durante la primavera gastaba poco. Podía dar bastante a la caridad y todavía sobraba. Así que decidieron hacer una gira por extremo oriente. Ese tipo de viajes los había hecho antes de conocer a Puri.
Planearon un largo viaje, pues: primero Japón, dos semanas (segunda visita a Japón: aún conservaba algunas direcciones), después China, dos semanas, después probarían hacer turismo sexual en Tailandia y después volarían a Estados Unidos, a ver a Angie y a Sarah. Ese tipo de vida.
Fue un viaje de amor. A sus cuarentaiún años, Estrella tenía muy claro que Puri era el amor de su vida.
Por un lado, se sentía decepcionada por eso. Puri, desde luego, era mucho mejor que Paula, que había sido su primera expectativa amorosa. Pero no tenía la delicadeza de aquella Maggie que le vino a la costa cuando recién acababa de liberarse de su larga servidumbre a los machos. Ni tenía la espiritualidad que ella había imaginado en Martina poco después, entre los bosques profundos de aquella comunidad religiosa. Estaba muy ansiosa entonces. Quizá su gran amor pudo haber sido Hanna, pero no luchó por ella. O incluso Angie... pero la había visto como demasiado extranjera. Li parecía una buena esposa, pero debido a su inteligencia, a su capacidad para el trabajo (el carecer de ésta avergonzaba a Estrella) nunca podía haber sido dependiente de su amor. Puri era, sin duda, la mejor. Era buena, tenía una gran inteligencia natural y aceptaba todas sus ideas y rarezas por amor. Pero ni era muy bonita, ni era muy delicada, ni era culta.
Quizá ella tampoco era tan maravillosa. No había triunfado como escritora. No había creado la sororidad. Sus teorías no habían sido tenidas en cuenta por nadie. Ni siquiera había logrado que su madre dejase de sufrir al pensar en lo que había hecho, en lo que había sido.
Pero ¿su vida no pudo haber sido terrible? ¿Y si la hubiesen dejado embarazada o le hubiesen transmitido una enfermedad? ¿Y si no hubiese contado con la ayuda de Paula y Patri? ¿Y si no se hubiese atrevido a prostituirse?
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