miércoles, 6 de agosto de 2014

Capítulo 9. Cualquiera puede hacerlo.

   Durante toda la primavera escribió el libro y en mayo lo llevó al editor de Barcelona. En el verano se dedicó a esperar y a disfrutar de todo lo que ya tenía. Se puso a escribir la novela sobre el chico sodomizado (y su amiga, la prostituta de lujo lesbiana), que se iba a llamar “Los amados extranjeros”.

   Aquel verano no viajó. Algunos días iba con su hermana de excursión a las montañas. A Sierra Nevada, a la sierra Tejeda, al Cabo de Gata. A la hermana le había comprado un todo terreno, y fue en aquellas ocasiones cuando las dos más intimaron y se confiaron cosas que antes callaban, sobre todo con respecto al padre y el hermano mayor. Le daba la impresión de que su hermana había ganado cierta madurez como resultado de hablar entre ellas. Luego pensaba que no debía tener en tanto su capacidad de influir en la gente.

    Con el padre medio viviendo en casa (al lado), la vida familiar se había vuelto muy peculiar, pero más entretenida y, de momento, no menos agradable. Recuperado de la operación, el anciano se iba a Torre del Mar (contaba con un viejo cacharro) y allí se reencontraba con algunos amigos de cuando había vivido en el pueblo en su juventud (aquel pueblecito costero se había convertido, mientras tanto, en toda una ciudad turística, con su gran paseo marítimo). Aunque se reinstaló en el viejo piso de clase baja de Málaga, se le seguía viendo mucho por "Villa Orchard". También tenía allí a su hermana Reme, y a veces se juntaba también su hermano el de Granada, que había emparentado con gitanos (había gitanos en la familia) y que era un pequeño comerciante.

    De eso habían hablado durante aquel verano las mujeres de la casa: gitanos, homosexuales y prostitutas en la familia. Y era raro que no fueran chusma, era raro que tuvieran bastante decencia, porque, al fin y al cabo, entre ellos no había delincuentes (sí en la familia política de su hermano). La madre era una buena persona, una mujer triste quizá sin mucho brillo, quizá muy maltratada, pero inocente. La tía Reme era un encanto de campesina animosa y trabajadora. Y Estrella se había hecho a sí misma. Lo demás lo ponía la seguridad económica. A la hermana nunca le faltaría nada y su única obligación era ser lo más feliz posible.

   “Y el trabajo…” decía Reme
   “Yo no he trabajado en mi vida” aseguraba Estrella. “Ni quiero hacerlo. El trabajo embrutece. El trabajo pobre, quiero decir”
   “No, el trabajo dignifica” insistía Reme
   “No. La dignidad de una persona en particular puede aguantarlo todo, más bien. Tú has criado a tus seis hijos y aguantado a tu marido, que es un burro (aunque podía haber sido peor), y trabajado mucho, y has resistido porque esa dignidad la tienes de nacimiento. Y yo pasé por lo que pasé y no me ha ido tan mal, pero porque tomé… mis decisiones… Hacerme lesbiana, leer libros, viajar por el mundo y saber y conocer…”

   Al final del verano hubo una importante novedad. Hanna había pasado una semana en Villa Orchard. Vino con su novia, y no admitieron tríos. Estrella pensó que se había mostrado demasiado precavida cuando la conoció y se limitó a valorarla como a una mujer inteligente y buena, y ya está. Debía haberlo dejado todo en Frankfurt, donde en el fondo no tenía nada importante, y quedarse con aquella encantadora mujer, en Leipzig. Ahora ya le habían pisado la novia.

  Después de sus desengaños con Paula, Irene, Martina y Guenia, se había implicado menos de lo debido y dejado pasar una buena oportunidad de tener amor para toda la vida. Pero, al menos, conservaba la amistad, y la novia de Hanna no era mala, una alemana occidental, un poco bohemia, pero muy inteligente.

  Estrella se daba cuenta de su posición. Era la dueña de la casa y por eso sus errores pasaban más inadvertidos. Estaban obligados a ser indulgentes con ella. Aquella superioridad sin duda era injusta, pero ¿cómo hubiera podido ser feliz, si no? Y el que poseyera una bonita y cómoda casa con árboles frutales, ¿no era una ventaja que hacía que la gente la apreciara más? Era una necedad negarlo. Sus cualidades humanas, que a veces tanto le alababan, no hubieran valido nada sin dinero...

  Era curioso que en aquel momento, con Hanna cerca, no pensaba en Angie como alguien importante en su vida sentimental. La recordaba como parte de su gran viaje. Que era un encanto y que la quería mucho. Pero no pensaba en ella como algo relacionado con su futuro, lo que más adelante le demostraría cómo se seguía equivocando…   Las dos chicas alemanas hablaban de adoptar una niña. No mencionaron la posibilidad de "embarazarse".

   Tras llevar a Hanna y a su amiga al aeropuerto, Estrella se pasó por una celebración de gais y lesbianas de Málaga. De vez en cuando se dejaba ver por allí, aunque, hasta ahora, no había encontrado gran cosa y tampoco su presencia despertaba entusiasmos, aunque sí curiosidad. Fue hasta el recinto ferial, donde se daba una especie de fiestecita para celebrar el fin de la Feria de Agosto, durante la cual los gais lo habían pasado estupendamente, dado su gusto por las multitudes.

   En un rinconcito del local encontró a las lesbis. Conocía a algunas. La mitad eran hombrunas, más o menos tristonas o agresivas, el "uno por ciento". La única que a Estrella le gustaba un poco era una profesora universitaria de pelo corto, pero su novia era muy celosa y siempre se entrometía. Una vez le habían dicho que cuando entraba en algún lugar (y le costaba orientarse para ir a cualquier sitio) enseguida se ponía rígida en la puerta, como asustada, mirando ansiosamente en busca de alguien conocido. Sí, se le notaban los viejos miedos, una tensión dolorosa que iba más allá de la coqueta timidez femenina.

   Asomó, pues, el cuello desde el umbral y pudo atisbar a su profesora, a la que se acercó inmediatamente con un trotecillo alegre. “Hay una chica nueva”, le dijo la amiga. Y le contó que era una muchachita pueblerina a la que la nueva crisis económica le había afectado muy duro. Procedía de un pueblo de jornaleros en el centro de Andalucía. Familia pobre en un pueblo pobre. Se la presentaron, lo cual motivó los comentarios irónicos de las otras (“ésta ya está seleccionando la carne fresca…”). Le recordó un poco a Frida, una de las chicas que había conocido en Alemania: buena figura, aunque sin pechos, no muy guapa, pero con ojos dulces. Y pelo largo. Su acento era marcadamente pueblerino. Había trabajado en la Feria como camarera, pero el último día se había permitido festejar con las “hermanas”. Ahora tendría que volver a su pueblo, a depender de los jornales del campo. La cosecha del algodón iba a ser lo primero en empezar.

  Tendría poco más de veinte años. Ella haría cualquier trabajo. No había estudiado debido a la complicación de las becas y por falta de incentivos familiares. A Estrella le gustó.

   “Si necesitas trabajo…” (a Estrella se le ocurrió pensar en Guenia).

   Le dijo que en su casa, en Vélez-Málaga, vendría bien una chica que hiciese las labores de la casa. Nada abusivo: cuarenta horas a la semana, sesenta mil pesetas al mes, cama, comida y piscina. Con seguridad social.

   “Eso es de lujo, vaya. Para lo que se paga en mi pueblo…”
   “Solo tendrías que limpiar … y lo que te dé tiempo. Cuarenta horas a la semana, tal como te las quieras organizar…”
   “Pero ¿de verdad?”
   “Claro, ¿por qué no? Somos hermanas… Hermanas lesbianas… De todas formas, entiendo que ese tipo de trabajo no…”
   “Qué dices, me iría contigo ahora mismo…”
    “No hace falta que sea ahora mismo. Vuelve a tu pueblo, habla con tu familia, y cuando lo decidas, yo paso por allí y te recojo…”

   La chica llamada Puri miró un poco al suelo. “Me han dicho que eres muy rica, y que has ganado el dinero…”

  (Hacía nada que había entrado allí, ¿cómo tan pronto esa chica forastera sabía quién era y toda su historia?)

   “Como puta de lujo. Y esposa de un millonario. O concubina, si lo quieres llamar así… Sí, todo eso es cierto.”
   “Me das un poco de miedo…”
   “Pues soy muy dulce. Y no te voy a obligar a nada de…”
   “No, no… No me refiero a eso…”
   “En la casa viven mi madre y mi hermana. Personas normales y buenas… Hay un ambiente muy bueno.”

   Estuvieron charlando un rato más, después volvió con la profesora, con las otras, y a altas horas de la noche se marchó cada una a su casa. Estrella llevó en su coche -cochazo- a Puri hasta el pisito en Málaga de unos primos que la habían alojado (en el sofá, y no gratis) mientras trabajaba en la Feria. Al día siguiente volvería en autobús a su pueblo.

  Puri llamó solo tres días más tarde. Que quería probar.

   “Pues ya está. Dime cuándo te recojo”.

   La limpieza en la casa de “Villa Orchard” la hacían normalmente unas mujeres del barrio próximo, a las que se pagaba por horas. No les gustó quedarse sin trabajo, pero a la madre sí le pareció bien librarse de ellas, porque las consideraba chismosas e informales.

   “La chica parece buena, ya verás” le dijo Estrella a su madre.
   “La quieres también para tu cama, ¿no?” el gesto de la madre no era simpático al hacer aquel comentario.
  "No le diría que no, pero eso es asunto suyo”.

   De hecho, fue a recoger a Puri después de darse un atracón de sexo con tres chicas suecas que le habían llovido por el mecanismo habitual (los anuncios personales que ella ponía en toda Europa ofreciéndose para la primera experiencia lésbica). Eran casi colegialas. Al principio, una de ellas se había mostrado reticente y se iba a la playa sola dejándolas en el apartamento, pero el segundo día los comentarios de las otras dos la habían animado. Stella lo pasó muy bien con ellas: usó todas sus artes con consoladores, lubricantes y diversas combinaciones amatorias. A la chica inicialmente reticente la usaron para lo que Stella llamaba “un banquete”: la pusieron desnuda sobre una sábana, la untaron de miel, nata y caramelo, y le hicieron de todo. Escucharon sus teorías, pero estaban más interesadas en la práctica.

   A mediodía Stella miró el reloj. Estaba en una colchoneta abrazada a una de las suequitas desnuda, oliendo aún a sudor y sexo tras las emociones de la madrugada. Pero era la hora de ponerse en marcha para ir a recoger a la nueva sirvienta. Todas estaban dormidas, felizmente agotadas de tanto vicio inofensivo, infantil. No le despertaron especial ternura, aunque parecían, desde luego, buenas chicas. No se duchó, sino que después de orinar se fregoteó un poco con una toalla (en la casa había muchas, así como pañuelitos de papel). Observó de paso que la casa estaba hecha un poco desastre: no fregaban los platos, no barrían… estudiantes. Se vistió y se marchó. Las chicas se quedarían aún un par de días más. Seguramente a la tarde iban a bajar a comer pescado en la playa y a tomar el sol.

   Estrella tomó su Mercedes y, usando un mapa, probó una ruta por los montes evitando pasar por la ciudad de Málaga, pese a lo mucho que habían mejorado las carreteras últimamente. Era el fin de otro verano, el de 1994. Pronto llamaría a Barcelona, a ver si se iba a publicar o no su libro para Navidad. Podía ser un buen regalo para las chicas lesbianas: un libro que hablara de ellas, en España y en el mundo. Pero ahora se le habían ocurrido muchas correcciones que no habría oportunidad de añadir. A menos que hubiese una segunda edición. Un libro de ese tipo debía ser mejorado con el tiempo...

   El viaje estuvo bien, por los montes pelados, o apenas repoblados de pinos, con sus casitas blancas, el mundo rural primitivo, el mundo de Puri, la tía Reme y el de su madre hasta que ésta se fue a la ciudad a vivir con la arpía de su hermana, la tendera. Intentó ver el apacible exotismo del sur de Europa con ojos de turista extranjera. Luego cambiaba en su mente a la condición de nativa. Era un buen juego.

   El pueblecito se llamaba Olivares y hasta entonces nunca había oído hablar de él. A Estrella le pareció más grande de lo esperado. Se encontraba en el centro mismo de Andalucía y la pobreza era visible por los jóvenes ociosos en las plazas, con pinta de brutos, y por los automóviles viejos.

  Puri la esperaba en la plaza, muy graciosa, delgadita, con su pelo ensortijado y una bolsa de viaje. Naturalmente, el Mercedes y su bella conductora causaron sensación a todos los que los vieron. Puri le presentó a su madre y a su hermana. La madre parecía resignada, pero no hostil.

   “Ya veremos si la niña se adapta…”
   “Ya sé que no es un gran trabajo, señora, pero, al menos, mientras sale algo…”
   “Aquí, ahora, como están las cosas, nada le va a salir. ¿Y le va a usted a hacer seguro y todo?”
   “Pues claro, yo soy una persona honrada y ella va como trabajadora.”
   “Honradez es lo que hace falta, sí. Anda, hija, dame un beso y a ver cómo te va…”

   Le parecieron personas normales. En realidad, lo que conocía de los pueblerinos próximos a Villa Orchard, era bastante peor, y eso que Vélez ya era una pequeña ciudad. Estrella no conocía nada de aquellos pueblos del interior de Andalucía, aunque no se imaginaba nada bueno del ambiente que reinaría en ellos.

   Bueno, sí conocía un poco el pueblo de Paula, donde habían estado un par de semanas en el verano del 83. Qué tiempos aquellos. Todo era malo. Todo daba miedo. Era una casita miserable, una madre flaca y embrutecida, una niña (la hija de Paula) que tenía mirada de animal. Dos pobres putas de visita a la madre de una de ellas. Durmieron en un colchón en el suelo, apenas había sitio. Qué tiempos.

   A Puri, como a cualquier chica joven y pobre, le gustaba el coche. Y ahora eran dos amigas compartiendo un viaje, la mar de cómodas y felices circulando por las carreteras y los campos. Le habló del viaje que había hecho el verano anterior, con la estudiante americana. Un encanto de chica, tenía ganas de volver a verla. Quizá viajara a Nueva York antes de Navidad solo para eso. Si no le coincidía a la otra con muchos exámenes.

   “Qué envidia me das. Viajar por todo el mundo…”
   “Pero tú eres joven, chiquilla. Tienes que ponerte a aprender inglés. Podrías hacer lo que yo soñaba a tu edad: irme de au pair a Inglaterra. Con tiempo y con mi ayuda podrías hacerlo.”
   “¿Por qué no lo hiciste tú?”
   “No tenía a nadie que me ayudara. No conocía a nadie, no tenía dinero. No tenía tiempo para organizarlo. Hice lo que hice y me salió bien.”
   “Ahora mismo, cualquier cosa me parecería bien.”

   A Estrella le pareció que tenía la oportunidad de ayudar a personas humildes, y hacerlo de una forma amable y simpática… Era rica, sí, pero el dinero se lo quedaba para ella, y de sus trescientos millones de pesetas (¡dos millones de dólares!) no mucha gente se había beneficiado, aparte de su madre y su hermana. Se lo reprochaban a menudo, no solo la rencorosa Martina.

   Pensó en que por el camino podían parar en cualquier pueblecito a merendar, pero no le apeteció que los lugareños se pusieran a curiosear a las dos chicas (españolas, no turistas extranjeras) que viajaban en un Mercedes por aquellas aldeas. Así que al cabo de una hora y pico ya habían vuelto a cruzar la provincia y llegado a su destino.

   Atardecía. Se hicieron las presentaciones a la madre y a la hermana (y a una prima que estaba por allí: la idiota, la hija del homosexual) y se la llevó al segundo piso, que era donde casi nadie más que Estrella y sus amigas subían. Se irritaba si subía la hermana, y la madre no hubiera podido hacerlo sin esfuerzo, debido a sus problemas de salud.

   “El piso de abajo es de mi madre y mi hermana. Ahí está también la cocina y un baño un poco más grande. Este piso es el mío. Mi dormitorio, el baño, dos dormitorios grandecitos y uno un poco más pequeño, con un aseo. Por ahí se va a la terraza, donde se puede tomar el sol en pelota.”
   “¿Dónde me quedo yo?”
   “Ahora no tengo invitados, así que donde quieras. Pero puedes convertir la habitacioncita pequeña en tu rincón particular, por si eres de las personas que necesitan eso de… eso de crear un ambiente especial”
   “¿Qué quieres decir?”
   “Bueno, yo que sé. Tus detalles…”

   Se quedaron calladas, el ambiente era agradable y fresco, al final del verano y al final de la tarde. Se oían, lejanas y a través de la calma, voces altas que venían del barrio vecino y algún coche que pasaba por la carretera próxima. Y siempre el ladrido de un perro. Se respiraba campo, pero no era un entorno del todo rural.

   “Aquí se está bien, Puri. No tendrás que trabajar mucho, y mi madre y mi hermana son buenas. Podrás ganar algo y pensar en lo que quieres hacer: si aprender una profesión o lo que te dije de probar en el extranjero…”

   La luz de la tarde, a la ventana, volvía el rostro de Puri un poco más feo, pero su sonrisa y sus ojos eran claros, juveniles y tiernos. Curioso efecto.

   “Si quieres dormir conmigo, pues, como tú quieras. Soy muy buena amante, todo el mundo lo dice. Pero eso cada una…”
   “Ah…”

   Puri sonrió y miro para otro lado, quizá coqueteando.

   “Yo estos días, precisamente, estoy bastante bien servida, pero…”
   “Tú hablas mucho…”, rio Puri, y entonces la besó en la boca, agarrándola con fuerza.

   Puri resultó todo un descubrimiento. Era menos bonita y menos misteriosa que Guenia. Era más una amiga y no tanto una esclava. Pronto gustó a todo el mundo, era una trabajadora diligente y aceptaba la vida sexual de su jefa. En noviembre llegó la escritora Laurie, con su novia, que se le parecía un poco. Las alojó en Villa Orchard y Puri participó en los juegos eróticos a cuatro que siguieron. Stella traducía los comentarios en medio de las placenteras agitaciones. Puri era una amante agradecida: gozaba mucho y devolvía los favores.

   A solas, Laurie y Stella comentaron acerca de sus trayectorias, de sus obras. Laurie había ganado certámenes de relatos (Stella había fracasado en todos) y pronto iba a publicar una novela acerca de las lesbianas en la Britania romana. Por lo que le había dejado leer, estaba claro que no era una mala narradora. Estrella iba conociendo la diferencia entre la buena y la mala literatura. Quedaba por ver si eso la ayudaría alguna vez a escribir algo medianamente pasable.

   “Creo que haces bien con tu ensayo. En cuanto a tus teorías… Bueno, yo nunca he sido muy “plástica” en mi erotismo. Siempre he sido lesbiana, siempre me han gustado las chicas.”
   “Pero nunca has querido ser hombre”
   “No, pero siempre he envidiado a los hombres por casarse con mujeres…”
   “¿Y este rollo a cuatro que hemos hecho?, ¿y el que yo te quiera, y que hagamos el amor y no estemos enamoradas? Somos amigas, amigas chicas, íntimas y eróticas.”
   “Bueno… Con otra que no fuese tan guapa, tan dulce y tan lista como tú no lo haría. Tú eres excepcional, Stella. Quién no querría acostarse contigo, hombre, mujer o niño, casada, soltera, lesbiana, en pareja o en trío…”
   “mmm”
   “Le das demasiada significación a lo que solo es un caso excepcional. No conozco a nadie que se parezca a ti.”
   “mmm”

   Y antes de Navidad fue a Nueva York, tenía ganas de ver a Angie otra vez. La encontró igual, pese a que había pasado más de un año. Cariñosa, lista, vestida de cualquier manera. Le contó que ahora formaba un trío con dos lesbianas “mayores”. Dijo que eran un encanto, dos judías muy listas y femeninas. Les gustaría. Otro cuarteto.

   Para cuando regresó, se consideró una persona afortunada. De nuevo ignoró a Angie más allá de una bonita amistad, quizá le daba miedo comprometerse. En cuanto al libro, no se publicó antes de Navidad, así que tendría que esperar a la primavera siguiente. Se hacía evidente que los editores no estaban entusiasmados.

  De todas formas, fueron unas buenas fiestas. Puri fue la alegría del año nuevo. Se bebió y se bailó, pese a que a Estrella tales actividades solo le gustaban por la alegría (que juzgaba fácil) que en ellas hallaban otros. La madre estaba feliz. Había fiesta familiar también en la otra casa, con los tíos y los numerosos primos primeros y segundos, y a veces se mezclaban, yendo de puerta a puerta. Estrella había construido un mundo alegre. Ella. Con su dinero.

   Pero no era muy de fiestas. En cuanto pudo se escapó al huerto de frutales en la noche, sola. Llegaba 1995, y se iba a publicar su libro. Un capricho de mujer rica. Le habían sacado una vistosa foto para la contraportada. Y en la portada se veía a dos chicas coquetas besándose. Bueno, estaba bien. Pero el lesbianismo no era solo algo de chicas bonitas. También había de ser algo para las madres, para las ancianas, para las niñas. Incluso para las feas.

   Lo que más le complacía era que su mundo se limitaba a las mujeres. Casi le parecía que los hombres no existían. Nunca había tenido un amigo y no lo echaba de menos. Silvio, el argentino, el hermano de Violeta, había sido lo más próximo a eso (aún se mantenían en contacto). Marcus, su ex marido, fue también casi un amigo: ella había sabido hacerlo feliz, no era mala persona y sí muy inteligente. Pese a su avidez, a su vulgaridad y a sus complejos. Lo había conocido a fondo, le había abierto su pequeño pero lógico corazón, le había presentado a su anciana madre (gruñona y desconfiada), la había llevado al poblado de mierda, típico “White trash”, donde se había criado, para mostrarse orgulloso de cómo había logrado salir de allí. Incluso le había presentado a su primera esposa (para restregarle a ésta lo guapísima y educada que era su nueva adquisición... un rencor alegre). Incluso la había prestado sexualmente a un amigo de negocios (bueno, eso fue al principio, antes de que le propusiera matrimonio). Le había mostrado el terreno donde pensaba construir su gran casa, con un “Orchard”, recalcándole, con su ironía de vendedor, que no se la había podido construir porque se había gastado todo el dinero que reservaba para ello en su bella esposa de pago. Todo eso había quedado atrás, y contaba con un futuro por delante.

   ¿Hombres?, ¿el mundo de los hombres? Ni siquiera le simpatizaban mucho los gais, a los que había tratado con frecuencia en las reuniones multitudinarias de ambiente reivindicativo. Ahora sospechaba que, ignorando a los hombres, ignoraba también el mundo real.

  El mundo lo hacían los hombres. Las mujeres tenían un papel casi equiparable al de los animales domésticos. Siempre lo había sospechado, pero de adolescente quiso creer todo lo que se decía acerca de la igualdad. En realidad, esa igualdad se limitaba a los estudios y el empleo público. Fuera de eso, no había igualdad alguna (si acaso). Y como ella fracasó, le tocó conocer el viejo mundo de las mujeres. Ser mujer como otros son paralíticos, ciegos u homosexuales.

   Había tenido suerte en la vida, al fin y al cabo. Cuando se fue de casa, con las pocas pesetas que había reunido al prostituirse por primera vez con dos compañeros de clase… Y, después, la primera tarde que estuvo en el burdel.

  Era como si estuviera viendo a otra persona hacerlo. Ella, que quería ser escritora, licenciada, vivir entre personas cultas y humanitarias (distinguidas), allí, con aquella madame agitanada, y las otras fulanas, vestidas de fulanas, novias de delincuentes, adictas a la coca. No lograba sentir miedo porque la vergüenza del fracaso en sus estudios era el sentimiento dominante. Sentía vergüenza también de su cuerpo. No olía bien. No estaba sucia, pero solo olía a jabón (aunque se enteró entonces de que las putas tampoco se perfuman, a fin de que los clientes no levanten después sospechas en casa), y no estaba depilada, y le sobraban algunos kilos.

   “¿Qué?, ¿te animas?” la incitó la madame, después de haberle explicado las cosas.

   “¿Así, como estoy?” dijo ella, por decir algo. Pues hablaban en la cocina del piso, desde donde se veía, por el umbral de la puerta abierta, a las cuatro o cinco putas fumando en la salita chismorreando y curioseando a la nueva que hablaba con la jefa en la cocina. Estrella iba modestamente vestida.

   “Yo te presto algo, ya verás, con la carita tan preciosa que tienes…” (Había tenido que enseñar su carnet de identidad para que quedara claro que no era una menor) Y pidió a las otras putas que la ayudaran con la niña nueva.

  Una iba a levantarse a hacerlo cuando otra se le adelantó y le dijo que se quedara sentada. Todas se rieron. La fulana la llevó a otra habitación donde tuvo que desnudarse delante de ella (le daba igual, le daba igual) y se fue poniendo el uniforme de prostituta con gran torpeza. No sabía llevar tacones…

   “Te cuidas poco, eh” le dijo la fulana, que la miraba con burla, y sin dejar de fumar.
   “Ya ves, a ver qué tal me va…”
   “Si sabes…” observó la otra.
   “Bueno, he hecho mis cosas… pero así todavía no…”
   “Tú, que el tipo se lo pase bien, las tres o cuatro cosas de siempre…”

   La ayudó a ajustarse el sujetador.

   “Qué risa, menos mal que me he levantado yo. La Paula ya te había enfilado, ésa es tortillera y te quería palpar…”

   La buena Paula… cuánto le debía a ella. ¿Y si no hubiera estado Paula? Y cuando Paula se volvió loca y furiosa, ¿qué habría pasado de no haber estado Patri para defenderla?

   Sin Paula, de todas formas, hubiera triunfado. Triunfó el primer día, porque ganó a todas en indignidad y humillación. Y sin Patri, si acaso, se hubiera ido a Barcelona a raíz de la locura de Paula, y hubiera hecho dinero igual. Salvo que la hubieran asesinado o deformado a golpes. Bueno, esas cosas pasan rara vez. Como los accidentes de tráfico.

   Cuando llegaba un tío, la madame convocaba a las “niñas”, a la manera de un burdel clásico, porque eso era de lo que se trataba, y no de una sauna o un club de alterne, como los que vendrían en las semanas siguientes. Las chicas desfilaban, con sus tacones, en sujetador, en body, en picardías… Ahí estaba el tipo, siempre feo y con mirada de vicioso. Se le daban dos besitos y se le decía el nombre. La siguiente… Luego la madame preguntaba al hombre cuál le gustaba más, y le cobraba. La eligieron a la primera.

   “Eso es porque han visto que tienes miedo”, dijo una, despectiva y despiadada, nada envidiosa.

   La madame la guió adonde esperaba “el tío”. Si estaba asustada, lo disimuló.

   “Qué guapa eres…” le  dijo el tipo, que olía a tabaco.

  Había que hacer que se duchara. Y que usara condón, claro. La besó en la boca, y ella no evitó el beso, pero no supo abrir la boca. Pensaba hacer todo lo que le pidiera, salvo dejar que la sodomizara. La madame ya había dicho: “un poco de francés, y que te la meta”.

   El tipo le decía que estaba contento de que fuera una chica nueva tan guapa, se desnudó y se metió en la ducha. Ella seguía en ropa interior, con una sonrisita. No se le ocurría qué decir. Pero cuando el tipo ya se había lavado, entonces vino la iluminación.

  Tomó la toalla.

   “Deja que te seque…” Eso no lo hacía ninguna.
   “Qué servicial eres, corazón…”
   “Pues claro que te sirvo. Yo estoy aquí para servirte. Para hacer lo que tú quieras.”

   Escuchar semejante cosa desconcertó al tipo. Y más todavía su tono de voz, humilde, dulce y educado, sin burla ni ironía. Ella lo secó a conciencia y hasta se agachó para secarle las piernas y el aparato, con suavidad, como si estuviera cuidando a un niño.

   “Eres un encanto, chiquilla…”

   Una vez que él estuvo seco y olía a baño, no le importó lo más mínimo que la abrazara y la besara en la boca, profundamente.

   “¿Quieres que te lo haga de rodillas, como estás ahora?”
   “¡Sí!”

   Eso tampoco lo hacía ninguna. Se arrodilló ante él, tomó su pene y comenzó a besarlo y acariciarlo despacio, tocándole los testículos, humedeciéndolo. No conocía mucho del sexo de los hombres, era solo su tercer hombre. Por eso trataba de ser precavida, para no hacerle daño. El resultado fue que el placer que alcanzó el tipo fue intenso.

     “Vamos a la cama”.

   Ella se desnudó, y en la cama le preguntó si su cuerpo le parecía bien. Depilada estaría mejor. Maquillada estaría mejor. Le sobraba algún kilito, pero no le importaba. Qué guapa eres. Qué ojos tienes. ¿Qué edad tienes? Qué educada eres. Qué buena eres. Toda una señorita.

   “Tú tienes que decirme lo que te gusta”.

   El tipo le dio indicaciones. Lo besó en el pecho, en el cuello, otra vez en el sexo. Comparándolo con las fotografías de las revistas porno que conocía, estaba claro que aquel tipo no tenía el pene grande. Ni el Primero ni el Segundo tampoco lo habían tenido grande. Muy pronto desarrollaría su preferencia por los hombres de pene pequeño (manos pequeñas) y aspecto poco viril. Los mejores clientes. Los más fieles y agradecidos.

   “Espera, que te voy a…”

   Le dolió, maldita sea. Todavía tuvo que sufrir más dolor en los días siguientes hasta que Paula le indicó cómo usar la lubricación artificial y cómo ensanchárselo dejándose metido cualquier objeto durante horas. Torpezas así cometió unas cuantas al principio. Ese tipo volvió al día siguiente preguntando por ella, y como él volvieron muchos, buscando sus besos, su sumisión, su humillación. Al cabo de una semana, la madame la echó “por viciosa”. Para entonces Paula ya se había enamorado de ella, y se fueron juntas, a Madrid. ¿Y si no hubiera estado Paula?

   De todo eso pensaba Estrella en el jardín de frutales, en la madrugada de año nuevo, diez años después. Sí, había vivido la indignidad, pero era una indignidad significativa. Eso pensaba. Su historia tenía sentido. Se acordó entonces, no sabía por qué, del infeliz que Paula y ella habían subido a su coche en la gasolinera. El infeliz sucio y triste que buscaba un jornal cogiendo aceitunas y que solo aspiraba a encontrar un trabajo “tranquilito”. Un infeliz sin oficio ni beneficio. Un hombre débil, solo y tonto. Un mendigo y un vagabundo ridículo. En cambio, aunque muchos juzgaran que su historia no tenía sentido alguno, ella, al menos, había sido hermosa, había impresionado a los hombres, había ganado dinero, había viajado por el mundo, aprendido inglés (incluso se las arregló para hacerse con un título "de profesora").

   Y había descubierto el lesbianismo: aquellas orgías deliciosas… tiernas e intensas… hasta el cuello de miel… Y Laurie, una intelectual auténtica, alababa su carácter. ¿Y si ella hubiese sido hombre? ¡qué horror! Tenía sentido la indignidad siendo mujer, pues el lugar asignado a la mujer en la sociedad es el de la esclavitud. Pero ser hombre exige ser amo.

   Ella nunca hubiera servido para hombre. Sabía algo de eso por sus clientes: perdedores y ganadores. Y Marcus, tan representativo de la sociedad norteamericana, Marcus, que era auténtico wasp, White trash: un tipo flacucho, calvo y feo. De niño abusaron de él en el colegio solo al principio, porque pronto supo imponerse y tampoco se burlarían de él en el pueblo. Era pequeño y un poco ridículo, pero rápido y duro, con nervio. Se ganó la vida como vendedor, y hasta los treinta fue solo tirando. A partir de entonces empezó a vivir bien, y a los cuarenta era rico. Había trabajado. Había estudiado comercio. Se había metido en el mercado internacional. Lo habían invitado a aquella orgía británica de alto nivel donde conoció a Stella. Allí había jeques árabes, grandes potentados, miembros de la casa real británica. Sí, había ganado. Marcus era un triunfador. Presumió mucho de cuando conoció a aquel millonario texano que, teniendo más dinero que él, había comprado una esposa mucho peor que Stella.

   El mundo de los hombres era un espanto. Siempre estaban hostigándose unos a otros. Intimidándose, humillándose, hiriéndose. Odio, desprecio, burla, engaño, abuso… Nada le parecía más característico de los hombres que cuando alababan a las mujeres: sus princesas, sus reinas, su razón para vivir… pero, al mismo tiempo, cuando insultaban a otro hombre, lo peor que podían hacer era compararlo a una mujer… Simios de porquería…

   Dijera Laurie lo que dijera, ella daría a conocer su paraíso, su angelismo lésbico. Lo que había hecho en “Villa Orchard” no estaba tan mal, para empezar. Era verdad que cualquiera podía hacerlo contando con dinero. Y que, en realidad, no había elegido.

     Después de viajar tanto, ahora se quedaba en “Villa Orchard”, semanas y meses. A primeros de Diciembre hizo un viaje rápido a Nueva York para ver a Angie, unos diez días, y no había vuelto a viajar. Tampoco se había ausentado durante el verano, y el hermano la castigó no llevándole los nietos a la madre por ello.

   Se encontraba a gusto en su casa. La hipoteca estaba a medio pagar (no había prisa). Su libro estaba terminado. Con Puri había completado su hogar y su cama. Los árboles plantados tenían ya un lindo tamaño, daban fruto y pronto estarían en su plenitud. El huerto, repleto de bienes. Parecía inminente que empezaran las obras en los terrenos circundantes, de modo que la finca iba a dejar de ser rural, a las afueras de una pequeña ciudad, con un mal barrio en las proximidades. Ella ahora quería que se urbanizara todo. Quería estar rodeada de chalets con piscinas. Aunque por lo visto, lo que planeaban era construir pequeños bloques de apartamentos…

   Durante el invierno, se había adaptado a una buena rutina. Por las mañanas se levantaba de la cama, que la tierna Puri le había calentado. Ronroneaba cuando ella se vestía para ir a correr. No salía de la finca para ello. Daba vueltas por el perímetro. Diez vueltas en media hora. A veces la perra corría a su lado. Contemplaba el amanecer entre los árboles y el muro que la protegía de los vecinos. Todavía no podía verse la sierra, a veces nevada, tan cerca del mar. Después, desayunaban todas juntas. Las dos hermanas, la madre. Puri. Veían las noticias en la tele. Ese espanto de Yugoslavia, donde violaban a las mujeres. Hablaban del huerto, de los árboles, de la hipoteca. Después subía a escribir y a leer, mientras Puri se dedicaba a las tareas caseras. La madre se iba enseguida al huerto, donde se encontraba con su cuñada. Siempre tenían de qué hablar.

 En febrero el libro entró en máquinas. Por fin. Ella estaba en Barcelona. Se alojaba en un hotel, pues ninguna lesbiana barcelonesa le había gustado mucho. Se había estado acostando con una especie de expunkie reconvertida en burguesa, llamada Lala. Después de algunos años de aventura, de vagabunda, guerrillera urbana y viciosa (con drogas, hombres y mujeres), había montado un bar de moda con otra tipa. Y le iba bien. No era, en teoría, la clase de mujer que prefería, pero se gustaban sexualmente, y llevaba bastante tiempo sin salir, sin aventuras. Le publicaron el libro y se acabó aquella aventura molestamente frívola. No le gustaba Barcelona: muchas pretensiones. Madrid, en cambio, no podía pretender nada. 

  En Barcelona, el editor al final parecía moderadamente entusiasmado. Una lesbiana tan guapa, una mujer culta e inteligente. Las lesbianas aparecían en muchas teleseries, y Estrella se parecía mucho a la fantasía lésbica del mundo masculino. Por eso, tipas como Lala la consideraban una falsa lesbiana. Casi una falsa mujer.

   “Te deseo que fracases, Estrellita. Tu teoría es un asco. Monjas lesbianas, qué cosa…”
   “Pues a ti no te va tan mal conmigo…”
   “Eso es por tu cuerpo, y lo bien que lo usas… Y que eres lista, pero para tu utopía lo que buscas son tontas…”

   Y así.

   También estaba la revista, pero probablemente iba a dejar de editarse. No era por la pérdida económica, que no era tanta, sino porque las colaboradoras desertaban. Había interés en leerla, pero no en publicarla, lo que no dejaba de ser irónico (en las revistitas de vanguardia, solía ser al revés). Hubiera tenido que dedicarle más tiempo.

   Siempre volvía a Villa Orchard, con su madre.

   Podía haberse llevado a Puri con ella a Barcelona, pero se dijo que había hecho bien cuando dejó a Guenia sola. Se fue porque quiso. Puri también podía irse si quería. En su caso, no iría más allá de su pueblo, a menos de cien kilómetros de distancia. Guenia desapareció en Alemania. Abandonó al primo, no supieron más. Siempre podía volver. Y a veces se preguntaba lo que iba a hacer si volvía. La abrazaría y le daría un beso. Le ofrecería un dormitorio para ella sola, lo mismo que antes: que se hiciera papeles, que trabajara, que estudiara… Solo que ahora no le daría trabajo. La tendría solo de invitada. Y nunca le reprocharía nada por la forma en que se marchó. Ella podía vivir sola. Merecía ser amada.

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