jueves, 21 de agosto de 2014

Capítulo 11. Las experiencias

 Gracias a Li, comenzó a escribir “Primeras experiencias” en inglés y en español. Ya tenía un tema. Con el tiempo, tendría una filosofía.

  En cuanto a la novela “Los amados extranjeros” se publicó en noviembre, pero no se preocupó mucho por promoverla. Concha temía no estar haciendo bien su trabajo. Sin embargo, le consiguió aparecer en varios programas de televisión. La apremiaba un poco para que “Primeras experiencias” saliera cuanto antes, pues veía algo especialmente atractivo en el tema, algo original. Desde el Medio Oeste, la profesora Sarah le mandaba materiales: el libro "importante" se llamaría “The lovely sisterhood”.

  Ahora estaba muy ocupada, y así llegó un nuevo año, el 96. Un año del que esperaba mucho. Un año además, que tenía que ser feliz: su madre contaba con suficiente salud, los árboles estaban crecidos y hermosos, ella seguía siendo una gran belleza, rica y ociosa. Había escrito libros, tenía muchas amigas y por la noche se metía en la cama con dos mujeres que la amaban.

  Su objetivo principal era convertirse por fin en escritora, creía que ahora era factible y tenía un montón de proyectos que discutía diariamente con Puri y Li, y a veces con quienes la visitaban. Por teléfono consultaba con Hanna, Laurie y, por supuesto, Concha.  A Sarah la trataba solo por carta, como si la lejanía al otro lado del océano impusiera el ahorro de teléfono. Li, una experta en informática, la estuvo instruyendo acerca de las posibilidades de utilizar conexión de Internet, una especie de telegramas instantáneos, una herramienta de intercambio de archivos. También se estaban generalizando los teléfonos móviles, aunque parecían aparatosos y fallaban mucho.

  “Los amados extranjeros” no tuvo mala crítica e incluso se hizo una segunda edición. Bueno, ya era novelista, que era lo que buscaba.

  En marzo viajó a Norteamérica, para consultar con Sarah, dejó a Li y a Puri solas en casa. Ese hecho la hizo muy feliz, porque las dos chicas, tan diferentes, y que al principio ni siquiera tenían un idioma común, se habían hecho íntimas, y no se mostraban celosas de que su amada fuese a Norteamérica, no solo a consultar con la austera Sarah, sino también para hacer el amor con Angie.

  A la pequeña pelirroja la encontró tan encantadora como siempre. Vivía con sus dos novias, pero su relación con ellas parecía como más distanciada. Angie le juró que no se habían peleado. Hablaron mucho de la “lovely sisterhood”. Trató de controlar sus emociones durante la visita, porque se daba cuenta de que la intimidad que habían creado en su gran viaje ahora maduraba con el tiempo. Hablaban mucho y hablaban bien. Las otras dos no se entrometían y se iban a pasear juntas, a tomar refrescos en los parques, en un vecindario apacible, de estudiantes, de personas felices y prósperas. Hablaban de la sororidad, de cómo el amor podía perseverar, perdurar. Buscaban palabras para el "amor": vida, ensueño, delicadeza, sensibilidad... Se hacían narcisistas de las palabras y sobre todo de los gestos, de los acentos: el enemigo era la pasión, la locura del paso del tiempo. Se tomaban de la mano, se sonreían tratando de no ruborizarse. Trataban también de evitar las palabras demasiado torpes, admirativas, superlativas... tontas. El amor tiene que ser inteligente, modesto, rico y exacto.

  Entonces se pusieron a hablar de religión. Stella dijo que la religión era sobre todo para amansar a los hombres, pero las mujeres podían vivir en religión a través del amor. Faltaba una religión del amor. Una religión que fuera todo amor. Así el amor no sería sospechoso, demasiado dependiente, ansioso. Una religión del amor sería vivir sin leyes, sin ansiedades y sin ignorancia. La sororidad. Todavía era algo de poesía, de arte. Todavía no era pensamiento. Pero podía llegar a serlo. Lo que caracteriza a la religión es la emotividad ideológica, una unidad de discurso en torno a la cual se produce una identidad emotiva. Por eso, una religión del amor debía incluir una creencia encarnada en símbolos que despertaran emociones de admiración, de trascendencia, que sirvieran para educar a las jóvenes y alentar a las mayores. Y debía contener una visión del mundo, una explicación de todo. La mejor simbología la encontraba en el amor de las muchachas. Stella ya no era una muchacha, y, rodeada allí de estudiantes, añoraba no haber vivido una juventud tierna y cálida, y en su lugar haber padecido la sórdida humillación de los clubs de alterne.

  De eso hablaban, y lo disfrutaban. Nunca se había sentido tan libre para hablar del amor. Nunca antes había sentido que esa palabra pudiera usarse con tanta precisión y con tanta naturalidad. Decirle a alguien esa palabra con pureza en la voz, pronunciando las sílabas como si fueran besos, sin dudas. Porque aquel amor era puro, sin compromiso ni pasión: de consumación imposible.

  Incluso eso vino bien para su encuentro con Sarah. En el apartamento de su amiga y la novia y maestra de su amiga, se dio el acabado final al libro. Se editaría antes del verano (como lectura para el veraneo) en una pequeña editorial y Stella puso cinco mil dólares para financiarlo y asegurar una buena distribución. “Dulce sororidad” aparecería más tarde en España, pues Concha todavía estaba esperando “Primeras experiencias”.

  Y todavía planeaba escribir la novela erótica para su propia diversión: la historia se iba concretando cada vez más, pero Estrella disfrutaba sobre todo con sus fantasías. Se había agudizado su sensibilidad erótica y todavía rondaba su cabeza una fantasía que no había realizado (bueno, en su cabeza había más de una). Lo comentó con Sarah y su novia y les pareció un poco excesivo, una especie de anti-Lolita, lo del internado de niñas sistemáticamente pervertidas.

  Se le había ocurrido ambientarlo en Suiza: dos chicas alemanas nacidas en 1930 habrían sido violadas en un internado por los soldados rusos invasores en Alemania del Este. Hanna le había hecho algún comentario al respecto de aquellos sucesos (¿los alemanes no habían violado mujeres rusas mientras estuvieron invadiendo por allí?), y después Estrella había leído alguna cosa más (aunque, por supuesto, pensaba documentarse mejor). Transformadas por la agresión masculina, pero unidas por su amor con el que reparaban el daño sufrido, las dos escapaban al Oeste a los veinte años, y en la Alemania de la posguerra tomaban caminos distintos, aunque siempre unidas. Una se hacía profesora y la otra prostituta de lujo.

  Finalmente, se instalaban en la rica Suiza, y una vez la prostituta se hubiera forrado (como Estrella), surgía la idea de poner en marcha el internado para desarrollar una alternativa al mundo masculino. Ya viajaría Estrella a Suiza a buscar entornos adecuados (¿qué habría sido de la quejosa Martina?). El internado empezaría a funcionar en 1965 (la "Alemania del Milagro", la época en que su tío Eusebio emigró) y seleccionarían a profesoras de diversos países. Primero se harían con las profesoras y resto de personal. Una vez consolidado este aspecto, comenzarían a trabajarse a las niñas, un poco como en una historia de terror gótica, pero con libidinosa ternura (¡mucho mejor que en "Mädchen in Uniform"!). Inventaba detalles, escenas… le faltaba aún localizar un momento dramático a partir del cual desarrollar la historia. Estrella comenzaba a pensar en sus propios cuarenta años, cuando esperaba alcanzar su esplendor como hermosa mujer madura y mujer sabia. En su historia, eso sería 1970. Una buena época para el amor…

  En mayo, salió por fin “Primeras experiencias”. Se lamentó con Concha de que se trataba de un libro con no demasiada documentación. Pensándolo bien, ella solo había iniciado en el lesbianismo a una docena de mujeres. Hubieran debido ser más.

  Y no había iniciado niñas. Siempre había deseado a las colegialas de los internados religiosos. Desde niña había soñado con ese tipo de amistad íntima. Había ido a un colegio religioso en su barrio (relativamente barato) hasta los trece años, pero ella estaba como externa, y las chicas internas (pueblerinas) tampoco le parecieron tan dulces. De los catorce a los diecisiete estuvo en un “instituto” en el centro de Málaga, público pero por entonces solo femenino. Tampoco allí halló amistad íntima, aunque sí chicas a las que deseó (por supuesto, la horrible perversión sexual del lesbianismo jamás se le hubiera pasado entonces por la cabeza). Fue curiosamente en su último curso de enseñanza media (el último curso en el que fue una alumna brillante) cuando conoció chicas estupendas, de una clase social más elevada que la suya, procedentes precisamente de esos colegios religiosos elitistas que tanto había envidiado. Pero tampoco llegó a hacer amistades íntimas, quizá por timidez e inseguridad, y quizá también porque, al fin y al cabo, hasta los dieciocho años su madre ejercía sobre ella una extrema vigilancia. De hecho, no podía salir sola nunca salvo para ir a clase.

  Después vino su libertad, en la universidad, como estudiante becada. Pero inmediatamente apareció el fracaso y, tras una agonía de dos años, el suicidio social… y cierta fortuna…

  Había necesitado mucho tiempo y mucho dinero, viajar mucho, aprender muchos idiomas y leer muchos libros para poder hacer, por fin, buenas amigas íntimas. Por supuesto que había valido la pena, pero era curioso que para ello hubiera necesitado degradarse socialmente como prostituta. E incluso parecía poco.

  Levantarse una mañana de primavera de 1996 oyendo piar los pájaros en una estupenda casa de campo, con dos chicas tan buenas como Li y Puri, una a cada lado de la cama junto con ella, sabiendo que en el piso de abajo su madre y su hermana vivían bastante felices, y poder dedicarse después a escribir sus libros, leer sus cartas y ordenar sus profundos pensamientos, no era desde luego un fracaso en la vida. Era sin duda un triunfo… pero parecía poco si se consideraba lo lógico que debería ser el vivir rodeadas de un amor universal. ¿Por qué solo esto, y al cabo de tanto tiempo? ¿Qué menos que el mundo entero convertido en una comunidad de bondad, conocimiento, alegría, belleza y placer?

  Los libros que le mandaba Sarah abordaban ese tipo de temas desde el punto de vista científico. Como mujeres, tenían la ventaja de la maternidad y los datos científicos que demostraban que la agresividad era cosa de los machos. Pero no había motivo para la complacencia, porque las mujeres también podían volverse malas, y no solo cuando se peleaban por los hombres (recordaba a algunas putas que había conocido en la época en que con Paula frecuentó los bares de alterne, unas cuantas semanas... demasiadas semanas). Y las mujeres, había que reconocerlo, seguían siendo demasiado débiles, demasiado pusilánimes.

  Puri no aceptaba eso. Li sí. Sarah se atenía a los datos estadísticos. Patri decía que eso podía superarse. Irene se negaba a hablar en esos términos (hacía mucho que no sabía nada de ella). Hanna, como Li, admitía que solo la unión permitía superar la debilidad de carácter. Laurie dudaba de los datos estadísticos que, en todo caso, no eran su campo.

  Cosas de mujeres. Los hombres -los hipócritas- decían amar a las mujeres, pero la mejor forma que tenían ellos de insultar a otro hombre era llamarlo “mujer”.

  Lo último que había leído sobre la cobardía y “falta de carácter” eran descripciones bastante prosaicas. Le había comentado a Sarah que esa flaqueza era un equivalente psicológico de la debilidad física: una apreciación exagerada del peligro, cosa de reflejos. ¿Por qué, sin embargo, se hacía de ello una forma de ataque a la autoestima? Quizá el error era la misma autoestima.

  Bien, sí, las mujeres eran pusilánimes. Los hombres eran valientes. Y puesto que valientes, crueles. Y puesto que crueles, falsos. La violencia del macho iba unida también a su hipocresía y su astucia, las cuales, a su vez, estaban motivadas por su imparable deseo de dominación.

  El desarrollo humano consistía en estimular unos instintos y reprimir otros. Pero no valía la pena estimular aquellos que eran débiles de por sí. Convertir a las mujeres en valerosas luchadoras no iba a servir para equipararlas a los hombres. ¿Y quién quería ser hombre? No, lo que había que estimular era la maternidad, la dulzura de sentimientos, la curiosidad y la alegría.

  Cada día, Estrella se daba cuenta de que tenía más razón incluso de lo que había pensado en principio: agrupar a las mujeres en comunidad significaba estimularlas a hacer lo que podrían hacer mejor: amar de forma extensa y flexible.

  El pobre doctor Freud pensaba que el amor era escaso, que el amor que se da a uno hay que quitárselo a otro. Eso es lo que se llama “juego de suma cero”. Pero el amor de la mujer no funcionaba así: puede multiplicarse, extenderse. No es un depósito que se vacía, sino una sinergia.

  Si lograba crear esa "lovely sisterhood", ganaría el mundo entero. Si lograba seducir a las colegialas, ganaría el mundo entero. Las posibilidades eran enormes. Se veía como una revolucionaria del pensamiento, una profetisa. Después de Darwin, Freud y Marx, ella, Stella la prostituta.

  No iba a necesitar menos para desprenderse del estigma de la indignidad…

  “Estás loca, pero te adoro…” Eso lo decía Puri.

  Le había costado trabajo aprender a ser amada. Al fin y al cabo, su carácter también tenía defectos. Era pusilánime, por supuesto, pero también hablaba demasiado, y era indiscreta, y demasiado entusiasta y cerrada en sí misma. A veces hería a la gente más susceptible. Necesitaba tener cerca de ella a mujeres pacientes y tranquilas como Hanna o Li. Entonces funcionaba perfectamente. Sus ojos verdes y sus labios funcionaban perfectamente.

  En el fondo, lo había aprendido siendo prostituta. En el fondo, vivir era actuar. Durante año y medio fue la esposa perfecta de Marcus Ellis. ¿Qué le había dicho en los últimos días, cuando temía que él se volviera loco de amor y la asesinase?: le había dicho que la vida consiste en atesorar recuerdos mientras se puede. No se puede vivir eternamente, lo mismo que tampoco se pueden extender las sensaciones eternamente. Durante año y medio se había comprometido consigo misma en hacer feliz a aquel hombre a cambio de millón y pico de dólares. Era un trabajo. Un trabajo, sin duda, para el que tenía cierta vocación. Igual que un médico cura el cáncer para sentirse satisfecho de sí mismo… pero tampoco lo haría gratis.

  Había aprendido, haciendo de puta en Madrid, a mostrarse humilde, sumisa, ingeniosa, sexualmente activa, siempre educada y afectuosa. Había aprendido a mantener las pupilas dilatadas, algo que no es nada fácil (por lo visto, algunas cortesanas de la antigüedad utilizaban colirios para producir ese efecto). Relajar los músculos de la cara. Suavizar su voz.

  Pero para eso tenía que trabajar la mente. “Concienciarse”

  “No entiendo cómo puedes tratarlos así” se indignaba Paula cada vez más.

  “¿Qué hay de malo en que sean felices?”
  “¡No se lo merecen!”
  “Todo el mundo se merece ser feliz. Ellos se comportan educadamente conmigo, y me pagan. Muchos me ofrecen matrimonio creyendo que me hacen un gran honor. Cumplen su parte”

  “¡Pero tú los engañas!” así empezaba Paula sus discusiones. Eso fue cuando estuvo pensando en irse de Madrid para evitar aquellas escenas o que acabara pasándole algo peor.

  “¿Cómo que los engaño? Soy una actriz. Represento una esclava feliz de servir a un buen amo”

  Paula se mordía los labios de rabia. Tres días antes, Estrella le había explicado, muy contenta, cómo casi había enloquecido de placer a uno de sus clientes por haber perfeccionado –según su gusto- el numerito del vestido de novia. Ella lo había recibido vestida de novia, maquillada y con la corona de flores en el pelo que él mismo le había regalado la otra vez. El tipo, un viejo feo y con cara de pervertido, aristócrata y millonario ocioso, un parásito, la había besado intensamente en la boca, palpado las suavidades y delicadezas –un tanto sobadas ya- del vestido blanco. Luego la hizo dar la vuelta y le ató las manos a la espalda. La puso de rodillas y ella agachó la cabeza. La estuvo contemplando. Una preciosa chica de 22 años, vestida de virgen, atada y arrodillada, con los párpados bajos, silenciosa, a la espera de que la sacrificasen. El viejo se agachó, volvió a besarla, a babearla, a apretarla. Ella pensó que iba a pedirle que hablase, pero no. Temblando de deseo y de indecisión, la puso de pie para echarla a la cama boca abajo, le levantó el vestido, descubrió sus nalgas blancas, redondas, perfectas y abundantes, la lubricó y la sodomizó con un vigor desesperado impensable en un anciano. Estrella no sufrió mucho daño por la punzada, pero temió que, dada su extrema excitación y su edad, el tipo se muriera de un ataque.

  Y cuando se lo contó, la que se puso al borde del ataque fue Paula. Porque no solo Estrella hacía esas cosas sin vergüenza alguna (incluso con cierta fascinación) sino que estaba aprendiendo inglés, leyendo libros, buscando amigas lesbianas por correspondencia. Hablaba mucho con Patri. Hablaba mucho con los clientes. Se había comprado el piso en las afueras de Madrid sin contar con ella (aunque le había dicho que podría usarlo cuando quisiera). No iba a ser la compañera de Paula para toda la vida. No iban a criar a su hija juntas. El verano del año anterior había pagado la mitad del piso comprado en el pueblo de Paula (para su madre y su hija) y cometió la torpeza de decirle que debía devolverle el dinero, poquito a poco, eso sí, pero que no lo olvidara. Tardaría mucho tiempo en darse cuenta del odio -envidia- que despierta el dinero que los demás tienen y tú no.

  ¿De qué le servía a Paula que Estrella insistiera en que siempre iban a quererse? ¡no quería vivir sin ella!

  “¡Esas cosas que haces!” jadeaba “¡y cómo te lo tomas todo, con tus libros de mierda y tus clases de inglés…!”
  “¿Y el amor?, ¿el amor que siento por ti, no vale?”
  “¡Qué amor ni qué cuernos sientes tú! ¡Conmigo también finges!”
  “Yo no finjo. Te quiero. Y no desprecio a los clientes. No se portan mal conmigo…”
  “¡Me quieres, pero no mucho! ¡Ya no me dices lo que me dijiste en Sevilla, las primeras noches!, ¡que yo era tu vida!”
  “Pero es que yo tenía muy poca vida entonces… Siempre serás parte de mi vida…”
  “¡Quiero ser toda tu vida, so guarra!”

  Y entonces temió que le pegase, y Estrella se puso a llorar, como hacen las mujeres. Paula también lloró, la abrazó y siguió quejándose, desfallecida: “no me quieres… no me quieres… Para ti soy poco…”

  Estrella odiaba eso. Li y Puri no se quejaban de tener cada una la mitad o menos de la mitad.

  Sarah le había descubierto, hasta el momento, dos únicos testimonios de amores lésbicos en el mundo antiguo: en China, las obreras textiles de la seda formaban parejas o tríos; en África, las mujeres casadas, cuando sus maridos se iban a cazar búfalos, tomaban a chicas adolescentes para el amor y a aquello lo llamaban “jugar a mamás y a bebés”… No "a marido y mujer”…

  Plasticidad erótica: el paraíso al alcance de un beso…

  ¿Dónde estaría Paula? No se atrevió a buscarla después de que, tras el último arrebato, se fuera amenazando que iba a suicidarse, que ni podía vivir sin Estrella ni podía soportar más que la humillase (por no considerarla “toda su vida”).

  Siempre esperaba saber algo de ella. Al fin y al cabo, conocía la casa de su madre en Torremolinos, habían pasado allí un verano casi feliz, el de 1984. La hija de Paula sería ya una adolescente (no valía mucho aquella niña, eso no ayudó: era falsa, caprichosa, egoísta, mala y vulgar).

  Cuando hizo sus bolsas y se fue, Estrella fue demasiado cobarde para suplicarle que se quedara. En el fondo, tenía demasiado miedo de su violencia. Algo parecido a lo que luego le pasaría con Marcus. No, no siempre había sido todo tan feliz. La gente no sabe amar…

  Si el amor no nos hiciera mejores… entonces, ¿para qué? La pasión es el enemigo.

   A primeros de junio fue a Madrid a presentar el libro y vio a las amigas. Toñi se había casado con un tío: un buenazo que se ganaba muy bien la vida con la electrónica.

  El chico estaba un poco intimidado en la cena que se dieron y en la que él era el único hombre, pero Estrella cada vez dominaba mejor las artes de su propio encanto. Supo fascinar sin ofender. Patri y Elena estaban muy bien. Habían tenido un pequeño fracaso económico (un gimnasio), pero salían adelante. Aunque no se decía, estaba claro que contaban con la ayuda económica de Estrella por si todo iba muy mal. Puri y Li también asistían, y se lo pasaban bien. Li hablaba ya un español perfecto.

  Aquella cena precedió al acto que se dio en el mismo Ateneo, con participación de algún famoso (un escritor homosexual muy popular y no malo) y fue posterior a una comida muy cordial con Concha y su marido. Fue un momento feliz, de triunfo.

  “Tengo tres libros publicados pero apenas gano dinero con ellos. Puede que gane algo con algunas colaboraciones en prensa que me van a ofrecer… Sin embargo, las críticas no son malas, y eso me hace feliz. Pronto tendré el libro bueno en la calle, mi gran obra, y entonces ya seré feliz del todo. Solo me tocará divertirme.”

  “¿Vas a viajar este verano?” preguntó Patri, que apenas viajaba.

  “Sí… en el fondo, a mi madre le gusta que le deje los dos meses del verano libre… Conmigo en la casa mi hermano no le trae sus nietos a que los vea… Tengo una sobrina de dieciséis años… Mi hermano no quiere que se me acerque. Apenas la conozco, ciertamente. Y lo mismo pasa con una primita que me gusta mucho.”

  “Eso es bueno. Si te temen, es porque saben que tienen sus razones” observó Puri.

  “Yo le conté a Jose el rollete nuestro, y no le pareció mal”, semejante revelación pública de un episodio que Estrella suponía secreto fue una sorpresa por parte de Toñi. La sorpresa de la noche. El pobre Jose se ruborizó tanto como Estrella misma, cuya sorprendente timidez encantó a todos.

  “Pero eso fue… curiosidad” se atrevió a comentar la autora de “Primeras experiencias”, que pensó entonces que había sido igual el tema del libro lo que había impulsado a Toñi a hacer la confesión.

  “Si los hombres te gustaran, éste te gustaría”, afirmó Toñi modestamente, refiriéndose al joven enamorado y caballeroso que guardaba un intimidado silencio.

  Estrella sonrió pero no dijo nada. Hubiera podido decir aquello de que, simplemente, Jose era un hombre débil.

  El día siguiente fue un gran éxito. La sala estaba llena, le hicieron muchas preguntas y se vendieron un montón de libros.

  “No deberías irte ahora”, opinó Concha.
  “Mañana tengo que ir a la tele, ¿no?”
  “Sí, pero quédate más tiempo… algo más saldrá”

  No, no valía la pena. Le dio un beso a Concha en la mejilla.

  Aquel verano se fue a Alemania y Puri la acompañó: nunca había viajado en avión. Li, por su parte, voló a Canadá sola, a ver a sus padres

  En Alemania estuvieron con Hanna y su novia, y después fueron todas juntas a Suiza, a ver escenarios para la posible novela lésbica. Volvió a ver a Martina, que estaba con un tío muy macho, un rubio muy guapo. Eso no iba a funcionar nunca. La amistad tampoco funcionó. Martina era rencorosa y poco sincera.

  Quizá la había sobrevalorado cuando la conoció en aquel entorno tan romántico del sur de Francia, ocho años atrás. O quizá Martina se había estropeado. Seguía creyendo en Dios y en la agricultura ecológica. Volvió a reprocharle a Estrella su frivolidad y su dinero.

  Estrella comparó a Hanna (acompañada por su discreta novia, Brigitte) con Martina y pensó que todo aquello era absurdo. Mujeres como Paula, como Martina, como Violeta… Qué frágiles son las mujeres…

  Después voló a América, se reunió con Angie, y en Indianapolis se juntaron todas con la profesora Sarah, en una cabaña junto a un lago azul. Pero no encontraron arándanos cuando pasearon por los bosques. Puri resplandecía entre tanto verdor y tantas flores, qué diferente de la ardiente Andalucía de las cosechas de aceituna y algodón.

  “No escribas esa novela pornográfica, Stella. No te diviertas tanto”, le reprochó Sarah.

   “La verdad es que no tengo prisa por escribirla… tengo más proyectos… tengo tantos… Pienso también en producir películas lésbicas, pornografía. Quiero hacer atractivo el lesbianismo. Mi amiga Laurie, la escritora inglesa, dice que podemos sacarle partido a la popularidad del lesbianismo. Es una belleza objetiva, y la plasticidad erótica está de nuestra parte. Puede ser solo una circunstancia personal, pero así es como funciona la evolución natural, ¿no? Los peces tenían la vejiga natatoria y la acabaron usando los anfibios para respirar; los dinosaurios tenían plumas para calentarse y las acabaron usando los pájaros para volar. Aprovechemos que yo he sido prostituta y lesbiana elegante para promover nuevas formas de vida. El objetivo es alcanzar la colmena, el reino de las hadas, el convento lésbico. Da igual que se trate de adaptaciones oportunistas…”

  “En biología se las llama exaptaciones…”

  “Eso. A muchas chicas les da vergüenza ser vírgenes, y se buscan novio para no ser menos que las otras. Mejor que se hagan prostitutas y ganen dinero, como yo hice. Les será más fácil que a mí… De hecho, estoy pensando en escribir un manual para orientar a las chicas que quieran hacerlo… Fíjate tú: ¿qué chica querrá buscar novio, si su novio puede obtener placer de una prostituta fuera del mundo de la marginalidad? Si se pierde el estigma de la prostitución, las relaciones hombre-mujer perderán su carácter sacramental. Acostarse con un tío no será nada especial: solo una forma inteligente de negociar con los sentidos y los instintos.”

  “Estoy de acuerdo en superar los prejuicios… Pero todo eso hará depender de nuevo a la mujer de su atractivo para el hombre… Las lesbianas se promoverán porque a los hombres les gusta verlas… Las chicas se independizarán de los roles sociales complaciendo a los hombres…”

  “Pero al final de ese camino seremos libres, Sarah… Piénsalo: lo esencial es que el amor no se desperdicie, que las mujeres no derrochen su amor en el hombre. Es una ruina: es un juego de suma cero, mientas que la suma positiva es mi propuesta de amor plural.”

  “No podemos saber cómo lo van a entender los demás, Stella… No puedes precipitarte así en sacar conclusiones…”

  “No es sacar conclusiones: es hacer una propuesta. No podemos quedarnos en la indefinición, sin hacer nada. Yo haré una propuesta, y si fracaso, de mi fracaso algo se aprenderá…”

  Sarah había dado a su libro un giro más general. Había recopilado ensayos acerca de comunidades femeninas. Había aceptado las ideas de Stella, pero no les había dado el protagonismo. Lo que interesaba a Sarah era la amistad íntima femenina y el hecho de que no se explotaban sus posibilidades. Las posibilidades de la amistad íntima femenina no explotadas eran especialmente dos: el placer sexual lésbico, por supuesto, pero también la comunidad plural: las mujeres podían vivir juntas, buscando placeres sexuales o no, en parejas, trios o cuartetos, criar a sus hijos juntas, adoptar uniones flexibles: mujeres heterosexuales, lesbianas, estudiantes adolescentes, profesionales, jubiladas.

 “También algún hombre”, aceptaba Stella.

  Sarah había recopilado incluido testimonios de mujeres que recordaban su época de felicidad en internados o residencias universitarias. Había aceptado todas las sugerencias de Stella acerca de realizar actividades de “counselling” para desarrollar la pureza de sentimientos. Incluso habían logrado una buena definición del comportamiento dulce, del angelismo psicológico.

  “Es el fin de las feministas rabiosas”, sonrió Sarah.

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