jueves, 28 de agosto de 2014

Capítulo 12. Todo está dicho

  Sus tres libros por ahí andaban. Se vendía algo y se había hecho alguna nueva edición, pero eran demasiados libros, así que Estrella ya no tenía prisa por desarrollar nuevos proyectos de esa clase.

  Recibía cartas, pero tampoco eran tantas como esperaba. En octubre vino Laurie y su nueva novia (una periodista de pelo largo y muy coqueta). Hubo sexo (a cinco) y conversaciones ingeniosas. Quizá lo más feliz fue una tarde (después) en que, a petición de Laurie, Stella leyó parte de su única novela a la novelista de éxito británica. Traducía como podía, ya que Laurie no conocía el español. Pero Laurie pareció interesada por la historia. Captó, por ejemplo, que el personaje de la prostituta “Clara” (“Clara” había sido también el nombre que Stella había usado para prostituirse al principio) no era exactamente como su amiga española: era más audaz, incluso llegaba a ser violenta. Y tomaba drogas. Esa diferencia le había parecido una buena idea. En cuanto al chico sodomizado, le preguntó a Stella de dónde había sacado la idea. Le aseguró que se lo había inventado por completo. Nunca había conocido a un chico así. Klaus, el hermano de Hanna, no era así.

  “Podría publicarse en mi país, no sé…”

  Eso a Stella la dejó contenta, aunque no se lo tomó en serio. Tampoco le pareció que Laurie se hubiese limitado a ser amable. La habilidad de Estrella como escritora tal vez no existiese, pero sería necesaria cierta atención para darse cuenta de sus carencias. Ante Laurie, se había apuntado un tanto.

  Cuando se fueron, la madre estaba disgustada. Cinco. Estrella había bajado al primer piso a encender la chimenea justo cuando estaban de visita las terribles sobrinas fanáticas religiosas. Sonrió y dijo que necesitaban más calor.

  “Vosotras en el piso de arriba haciendo vuestras cosas…”
  “Pues apenas hemos hecho ruido…”
  “¿No tienes para eso el piso de Torre del Mar?”
  “Es un poco pequeño…”

  En realidad, el piso ahora apenas lo usaba. Quizá tuviera que ponerlo en alquiler. O venderlo. Tardó tiempo en darse cuenta de que lo usaba mucho menos desde que Puri estaba instalada en casa.

  La madre engordaba otra vez. Habría que llevarla de nuevo a la clínica a que la pusieran a punto. Estrella, por otra parte, ya con treinta y cuatro años, corría un par de kilómetros diarios por el “sendero perimetral” dentro de la finca amurallada. Tres vueltas eran un kilómetro. Después, hacía un poco de pesas y las tablas de gimnasia que le enseñó Patri en el piso de Madrid, más el trabajo en el huerto de vez en cuando. Toda esa disciplina resultaba casi fastidiosa (si una mañana llovía y no podía correr, se sentía aliviada), pero le hubiera resultado insoportable abandonar, descuidarse. Le había ayudado mucho ocuparse de su cuerpo. Porque entonces valía dinero, mucho dinero. Ahora le proporcionaba placer y amistad.

  A veces se sentía incómoda por vivir con su madre. Y eso que la quería mucho, los momentos en que estaban a solas, o apenas con la hermana y la tía Reme (Puri era también bien aceptada) resultaban muy agradables, propiamente familiares; el tono de la conversación era siempre cálido y relajado. La madre veía la tele, paseaba por el huerto (los frutales estaban espléndidos), incluso conversaba con “el viejo” en la otra casa. Tenía motivos para estar contenta. Pero siempre quedaba "eso". Y era como si vivir con la madre equivaliese al reconocimiento de una culpa, de una vergüenza. Viajar mucho no la compensaba. Era millonaria y no siempre se sentía libre.

  Siempre quedaba "eso". Todo estaba dicho.

  En noviembre se publicó “La sororidad” en español, una traducción revisada. Tuvo poca difusión. Concha, sin embargo, le consiguió participar en un par de programas culturales de la tele. Gente educada que, a petición suya, no le preguntaron por su turbio pasado. Le llegaron más propuestas de televisión, pero no del nivel que ella deseaba.

  La Navidad decidió pasarla en Alemania. Puri la pasó en su pueblo, con sus hermanas. Li viajó a Londres, invitada por Laurie. Para año nuevo se les reuniría Stella allí.

  Con Hanna y Brigitte estuvo muy bien. Hanna iba a acabar sus estudios de ingeniería después de siete años de cursos, ampliaciones y prácticas de especialización. Iba a conseguir entrar en un centro de estudios avanzados en la costa báltica. Brigitte la seguiría, como su compañera y tal vez la futura madre de sus hijos. Brigitte tenía la cara pequeña, morena, pecosa, el cuerpecillo huesudo. En cierto modo, recordaba a Puri, pues era muy humilde: trabajaba de camarera y había hecho cursos de peluquería y contabilidad. Eso era práctico: podía acompañar a su amada a cualquier parte y obtener empleo. No hubo mucha charla acerca de colmenas o monjas lesbianas. Pese a su humildad, Brigitte no toleraba los tríos y Stella no sentía un deseo especial por Hanna. Lo que sí sentía era mucho amor. Con su seriedad y su discreción, la joven ingeniera era un modelo de delicadeza de sentimientos. Dedicaron dos días a una larguísima conversación acerca de la maternidad. Hanna quería ser madre. No solo quería criar a una niña (o a un niño) con su novia. Quería sentir su cuerpo hincharse. Estaba al tanto de las incomodidades, pero pensaba que valían la pena. En cuanto estuviera en el Báltico, después de Navidad, se pondría a ello. Querían hacerlo juntas, quedarse embarazadas a la vez, para compartirlo. Stella les ofreció su casa para unas vacaciones relajadas, antes, durante o después. Ella y Puri podían cuidar de las dos sí se diera la feliz casualidad de que quedasen "incapacitadas" al mismo tiempo. "Hoy en día, eso es poco probable", le dijeron, felices de sentirse queridas.

  “Tú, en vez de hijos, tienes libros…”

  Stella sonrió:

  “E igual que los hijos, los quiero lo mismo si son buenos como si son malos…”

  Les comentó que le hubiera gustado recuperar el contacto con Irene. Les habló de cómo la había excomulgado aquella profesora feminista en París.

   Una vez en Londres, se alojó en casa de Laurie. Tenía un poco ganas de hacer sexo, y eso las unió mucho en aquellos días. Li, fuera de “Villa Orchard” se mostraba como más mujer, más madura, más canadiense, y menos “turista”. Expresaba ideas propias y había decidido quedarse más tiempo allí, lo que indicaba, probablemente, que ya estaba dando por concluida su larga estancia en España. La sorprendió como muy partidaria de poner en marcha la colmena. ¿Por qué no en Londres? Había un trío de chicas jóvenes, estudiantes de último año, que se habían puesto en contacto con Sarah y parecían muy interesadas. Laurie misma estaba dispuesta a tomar parte.

  Por un momento, Stella temió alejarse demasiado de su madre y de los queridos frutales pero, por otra parte, Londres estaba como quien dice al lado de Málaga, dado el gran número de vuelos diarios que traían y llevaban turistas.

  Un día de enero acudieron a un programa de la tele británica, Laurie y ella, a hablar de feminismo lésbico. La idea de la “lovely sisterhood” era vagamente conocida gracias a algunos artículos de prensa. El programa se emitió a la hora del té y lo vio bastante gente. Hubo llamadas de personas interesadas.

  A la salida, la agente de Laurie comentó que ahí podía haber algo. Laurie tenía prestigio y Stella estaba muy guapa y contaba con aquel curioso acento difícil de identificar (medio español, medio norteamericano). Las dos habían hablado muy bien, con mucha serenidad y dominio.

  “Yo solo he venido a Londres a pasar unos días contigo…”

  Pasó la última tarde con las tres estudiantes inglesas. Una de ellas era una mulatita que le recordó a las mulatitas que empleó en Estados Unidos cuando era la esposa de un hombre rico que se daba caprichos: una mulatita para aprender inglés, otra para aprender a bailar y otra para…

  Las vio sensatas y entusiastas, las vio bien. Con sus pantalones, su pelo recogido, su apartamento lleno de cojines y peluches. Salvo la mulata, que se había salvado de un entorno poco recomendable, las otras dos procedían de internados femeninos, eran hijas de padres educados y cultos, y querían tener más amigas. Stella les confesó que suponía para ella casi una obsesión el cuantificar la felicidad: si lograba reunir en una casa –colmena- a todas las mujeres que amaba…

  “Y si esa casa pudiera vivir por sí misma… quiero decir que el amor que depositáramos en él revertiera en… la misma casa. Quiero decir, que ese amor se incorporara a la casa. Que cualquier chica que entrara lo percibiera… y que fuera poseído por él…”
  “No ha de ser euforia. La euforia es privada. Ha de ser… hogar…”

  Las chicas asentían, obedientes y atentas.

  “¿Vendría Laurie?”
  “Pues claro”.

  Las chicas asentían.

  Se fue a Málaga a pensarlo, consultó con Puri, en la cama, abrazadas, desnudas, calentadas por los mutuos besos. Puri no lo dijo entonces, pero aquellas semanas separadas de ella, en su pueblo, con sus padres y hermanos, mientras la mujer que amaba departía con sus amigas extranjeras, la habían hecho sentirse abandonada. Había llorado y pasado mucho miedo de quedarse sola. Cuando regresó a "Villa Orchard", a esperarla, la madre y la hermana se dieron cuenta de que aquella muchachita tan alegre estaba profundamente triste porque en la casa no estaba la dueña y señora.

  Pero Estrella había vuelto, y no se podía dudar de la sinceridad de sus besos. Y Li se había quedado en Londres.

  “Vivir en Inglaterra…”
  “Como yo quería cuando era una jovencita virgen, como tú: irme allí a cuidar niños... y a vivir”
  “¿Y esas tres chicas son majas?”
  “Mucho. Son como gatitos.”

  Le hacía ilusión. Por esos días su padre enfermó. Incluso se temió que fuera un cáncer, pero no. Era algo intestinal que tenía arreglo. Sin embargo, quedó más débil y desvalido que nunca. Ya no podía conducir su viejo automóvil.

  “La vejez… es así”, le dijo su hija. Aquel tipo ya no significaba nada para ella. Ya no lo odiaba, como cuando formó aquella pelea atroz con su madre, siendo ella una adolescente. Recordaba su rostro grotesco, cuando la mimoseaba y le daba asco, de niña, aunque ella se negaba a aceptar que era asco. En el fondo, su padre le recordaba a los hombres con los que se había prostituido. Solo que era pobre. Con dinero, por dinero, las relaciones se delimitaban bien y se hacían más tolerables.

  Su padre: su resentimiento, su falsedad, su maldad de hombre cobarde que se desahogaba con la esposa e hijas de las humillaciones que recibía de los otros hombres. Mundo de hombres.

  Su hijo varón, por lo demás, ni siquiera fue a verlo al hospital. Ése no era un cobarde, pero sí falso y canalla.

   Ya es suficiente.

  “¿Y te vas a quedar a vivir allí?” le preguntó la madre, un poco triste, pero no mucho.

  Estaban frente a la chimenea que caldeaba toda la casa. Habían apagado la tele y comido morcillas a la brasa. Estrella temía que la salud de su madre empeorara si la dejaba sola con la hermana y la tía. Iba a comer cualquier cosa y a hacer menos ejercicio. Habría que ingresarla otra vez. Mantenerla con vida, y con salud, a toda costa.

  “Vendré de vez en cuando. No tengo obligaciones. Para mirar lo de los libros, y eso. Quizá me ponga a escribir en inglés. Laurie me dice que tengo que intentarlo.”
  “¿Puri se va contigo?”. A la madre le gustaba Puri.
  “Claro. Está como loca de contenta: vivir en Inglaterra. Es muy lista, ya ha aprendido inglés solo de estar con Li y conmigo.”
  “A lo mejor se queda un poco sola la casa…”
  “Tus nietos vendrán más, si yo no estoy…”

  La madre se puso a llorar. Hubo que esperar a que se le pasara, sin decir nada.

  En abril, Inglaterra florecía. La gente usaba los teléfonos móviles con mucha más asiduidad que en España. Todo resultaba más colorido y la gente, incluso la gente sencilla, añadía una frase ingeniosa a cualquier comentario casual. En el Metro muchos leían libros y la oferta de espectáculos era una especie de bombardeo constante. A Stella le encantaban el té y las galletas de mantequilla.

  Alquilaron una casa al sur de Londres. Una típica casa inglesa con jardín. Había cuatro baños y diez dormitorios.

     Una noche, después de un día muy divertido, con ocho mujeres en la casa ya instaladas, la agente de Laurie tuvo una conversación con las dos “jefas”.

  Querían hacer un reality show. ¿Qué mejor forma de promover la “lovely sisterhood”? Eso daría dinero, por cierto, pero, sobre todo, haría que la nueva idea fuera conocida por el público en general. A Sarah no le gustaba la tele, pero a los de la tele les gustaba mucho Stella, y Laurie era una novelista de prestigio.

  “Para el público masculino, la idea de entrar en una casa de lesbianas guapas y simpáticas resulta muy sexy. A las chicas, les puede despertar la curiosidad”
  “Esto hay que pensarlo bien. Tú, Laurie, ¿lo aceptas totalmente?”
  “Claro que sí. Pero me tienes que dejar que escriba yo el libro. Tú ya has escrito el tuyo con tu profesora americana.”
  “¿Qué libro?”
  “Uno sobre el show.”

  Todas ganarían. Pero había que convencer a las otras. La toma de decisiones también era un asunto importante. La mulatita dijo que sus padres no volverían a hablarle, pero estaba dispuesta a aceptarlo.

   En cierto modo, existía un precedente de aquella experiencia: unas hippies lesbianas habían montado una comuna urbana en los años setenta a la que le dieron cierta publicidad. Duró poco y eran tipas duras, más bien agresivas y feas, pero lo importante era que había surgido esa idea, de que  tenía sentido pensar en nuevas formas "familiares", expansivas de la sociabilidad femenina. Veintitantos años después, Stella había conocido a alguna de aquellas mujeres durante sus indagaciones en norteamérica. Pero lo que iban a proponer ahora, esperaba, sería distinto, más basado en una feminidad universal, y menos en esquemas combativos dentro del contexto "contracultural", que a ella le seguía pareciendo básicamente masculino.

  Había que discutir los guiones.

  Se decidió que el show se lanzaría en septiembre.

  Fueron unas semanas felices. Estrella hizo un solo viaje a España aquella primavera. No le gustó ver a su madre menos animada y a su hermana más indolente. Faltaba Puri en la casa, y eso se notaba en el desorden. Incluso tía Reme estaba más vieja, un poco enferma. El viejo, muy decaído. Y los nietos no venían tanto como se esperaba. Quizá en verano, cuando pudieran bañarse en la piscina. Los que estaban maravillosos eran los árboles.

  En la colmena inglesa, tendría ella misma que limpiar y fregar. Eso estaba bien. Para el show. De todas formas, cuando Puri limpiaba en "Villa Orchard", ella solía ayudarla. También lo hacía con Toñi, en el piso de Madrid. Poniéndose guantes para preservar sus delicadas manos, por supuesto. Toñi pensaba que lo hacía por magnanimidad de mujer poderosa. En realidad, le explicaría Estrella más tarde, lo hacía como parte de su entrenamiento como "esclava": ante los hombres, ella había de ser humilde y servicial; le convenía asumir el rol en tantos actos de su vida como fuese posible.

  Cuando volvió a Londres, Laurie le presentó a otra voluntaria: una pintora madura y heterosexual. ¿Una colonia de artistas? Las tres estudiantes eran muy modestas: dos iban para farmacéuticas, y la mulatita iba a ser fisioterapeuta (eso estaba bien: hadas buenas, mujeres que curan). La pintora le pareció una persona casi conflictiva, pero había hecho exposiciones y, sin ser rica, se ganaba bien la vida. Se quedó con el dormitorio más iluminado.

   Cuando Laurie y ella se encontraban, consultaban los guiones que estaban planeando. El proyecto le interesaba a Stella cada vez más. Y el sexo estaba bastante bien, de lo mejorcito en su gran experiencia: las tres chicas eran tiernas y Puri se había vuelto muy atrevida. Li, en cambio, se dedicaba a trabajar y a ganar dinero, le gustaba volver a tener un trabajo estable, y no estaba tan pendiente de la vida sentimental como las jovencitas. A Li le sentaba bien vestirse para ir a la oficina donde ya le habían dado un despacho propio. Se le alejaban las utopías y parecía encontrar crecientes recompensas en el mundo iluminado del éxito profesional.

  Durante el verano, se dispersaron. En una rápida visita, Estrella se dio cuenta enseguida de que los nietos habían vuelto ya a “Villa Orchard” y a la madre se le había pasado el decaimiento. Su sobrina tenía ya diecisiete años. Apenas la reconoció. Se quedó un día, pero se supo despreciada desde el primer momento por su hermano. El rechazo era mutuo, así que Estrella se llevó a Puri. Pasaron dos semanas juntas viajando. Fue una experiencia nueva.

  Tenían gente a la que visitar por España, pero sobre todo viajaron en coche. A Puri le gustaba conducir y a Estrella le gustaba verla al volante.

  Y hubo un día que tuvo lugar una extraña historia con una camarerita en un pueblo de Albacete. Habían ido hasta allí solo por el paisaje. No había nadie en el restaurante de carretera.

  “Son maravillosos estos llanos”

  La chica parecía encantada con las dos visitantes, tan educadas y simpáticas, muy diferentes a la gente que veía todos los días. Se notaba enseguida que quería que la rescatasen de allí.

  “Esperad a que haya tormentas. Son espectaculares.”

  No venía casi nadie por el establecimiento. La chica parecía estar sola. Tenía un aspecto modesto, más rellenita que Puri, que no tenía pechos, con la cara más redondita y formada. Se apetecía.

  “¿Tienes novio?”

  La chica se rió. ¿Por qué preguntaba eso?

  “He salido en la tele alguna vez. ¿no sabes quién soy?”

  La chica abrió mucho los ojos: ¡una famosa!

  “Me gustaría llevarte conmigo. Vamos a hacer un show en la tele”

  Puri estalló a carcajadas, casi se ahogaba.

  “Sí, en Inglaterra. Ya verás, aprender inglés es fácil”

  Entonces fue Estrella la que casi no podía hablar de la risa, intentó decir (y al final lo consiguió):

  “Déjalo todo, y sígueme.”

  La chica se quedó con la boca abierta. Debía de tener veinte años. Probablemente era la hija de la casa. ¿Dispondría de planes de futuro? Era el momento de averiguarlo. ¿Sería aquello cierto? Puri le había contado a Estrella que muchas chicas de pueblo a veces vivían un arrebato y desaparecían. Normalmente, se iban con un tío. O se metían a puta, como la pobre Paula.

  O no salían nunca de casa. No salían nunca del pueblo. Salvo que tomaran el camino de los estudios… si no…

  “Pero… no sé de qué me hablas…”
  “Tienes que venirte conmigo ahora mismo. Ahora, te montas en el coche… Cierras la puerta, dejas una nota a quién sea, y te montas con nosotras… Yo me haré cargo de tu vida…”

  Puri se puso seria y un poco resplandeciente:

  “Conmigo lo hizo… y no me ha ido mal… Yo soy de un pueblecito peor que éste…”

  La chica de verdad se lo estaba tomando en serio. ¿Qué sabía de aquella belleza tan excéntrica? Que había viajado mucho. Que tenía un Mercedes. Que mostraba sensibilidad, buen juicio, dulzura y había leído muchos libros. Que había salido en la tele. Era alguien importante.

  Ni siquiera había dicho su nombre.

  Intentaba sonreír. Entonces entraron dos pueblerinos que se habían bajado de una furgoneta y que demostraban conocer a la chica. Podían ser parientes suyos. Se sobresaltaron al ver su expresión cuando las interrumpieron.

  “Bueno, nos vamos”, dijo Estrella, tontamente acobardada.

  Aquella noche, cuarenta kilómetros más allá, abrazadas las dos en la cama (la señora del hotel no disimuló su disgusto porque pidieron una habitación para dos con cama de matrimonio), comentaron que no lo habían hecho bien. Que al final no lo habían hecho bien.

  “Volvamos mañana a por ella”, insistió Puri.

  Estrella dijo que estaba bien así. No podían hacer eso todos los días.

  “Pero si no lo hemos hecho nunca”.
 
    A la mañana siguiente volvieron y fue un grave error. La chica reconoció enseguida el coche y salió a su encuentro cuando apenas se estaban bajando. Era otra. Estaba enfadada y asustada.

  “Marchaos de aquí. Ya sé quién eres.”

  Esta vez Puri aceptó sin decir nada. No se podía protestar. No hablaron hasta que estuvieron a muchos kilómetros de aquí.

  “Ya está. No pasa nada”. Y no volvieron a hablar de ello.

  Aquel humillante fracaso tuvo la virtud de unirlas más aún. Estrella sospechaba que estaba perdiendo a Li, a la que parecía gustarle la vida en Gran Bretaña. Bueno, precisamente era ése uno de los asuntos que más la interesaban: cómo un amor angélico bien construido permitía afrontar las pérdidas. Cuando hablaba con Puri de ese asunto ella estaba plenamente de acuerdo: no se puede construir un amor desde el punto de vista del deseo de la posesión y la angustia del temor a la pérdida.

  Por eso, cuando al final del verano volvieron a la casa británica, se consideraron muy doctrinalmente unidas.

   Entonces se produjo un reencuentro con Ann. La apacible Ann había perdido más atractivo físico aún (¿por qué engordaba?, ¿no implica eso abandono?), pero resultaba una alumna muy buena. No quiso sexo, ni implicarse en la casa. Tenía su propia vida, una vida inofensiva y, por lo visto, feliz. Solo había venido a ver a sus amigas, y a sentirse querida por ellas. Cuando se fue (no, Ann no era feliz), tras besos y abrazos, Stella se sintió bastante insatisfecha. Era triste. ¿Así es la vida? ¿Y no puede corregirse? Ann había sido su partidaria aparentemente más entusiasta, pero Stella nunca había querido tomarse en serio su entusiasmo.

  Al final, entre Laurie y Concha la habían convencido de no escribir su historia erótica. La escribió para ella, para divertirse. Desde que tenía procesador de texto, escribir era más divertido que nunca. Quizá ya no iba a hacer nada. Sus cuatro libros estaban ahí, y lo de escribir un ensayo a lo “Shere Hite” no tenía mucho sentido, pues ya había escrito la profesora Sarah el suyo. También podía escribir la vieja historia de ciencia-ficción.

  Y podía escribir una novela sobre ella misma cuando fuese una anciana (tenía planes para eso), y otra sobre ella misma si hubiese sido un hombre…

  Podía también escribir su vida, pero, pensándolo bien, era demasiado pronto para eso y, además, no había llegado a hacerse realmente famosa. Ningún crítico literario la había considerado una escritora realmente buena (y habría sido todavía peor de no haber contado con correctores y lectores previos que con sus advertencias permitieron que sus textos alcanzasen un mínimo de estilo). En cuanto a la invención sobre la “sororidad”… le faltaba una base concreta, científica o anecdótica, sobre la que construirse. Solo lo del show británico.

  Con Puri de nuevo en sus brazos, pasó muchas horas hablando de eso. Algo había aprendido. Algo había hecho. Suficiente como para ser capaz de hacer algo más, algo que tuviera auténtico valor.

  Por otra parte, en aquel año 1998 que iba a empezar, estaría pagada la hipoteca, los diez años. Su dinero disponible se duplicaría. Calculaba que a primeros de 1999 estaría otra vez con un montón de pasta en sus manos. Tendría que hacer algo con eso. Quizá comprarle una casa a Puri. O mandarlo a las oenegés, como quería Martina, que decía que tenía que deshacerse de todo ese sucio dinero, dejar de vivir frívolamente y ponerse a trabajar. Ah, no. Trabajar, no. Ya fue puta. Nunca trabajaría: le debían eso.

  Bueno, entre una cosa y otra, pensándolo bien, aún le quedaba un año para decidirlo. Lo que tenía que hacer era…

  El show acabó antes de Navidad. Había sido un moderado éxito, pero en cuanto detectaron un descenso de la audiencia, Laurie y Stella se desinteresaron. Se quedaron las chicas en la casa, todo funcionaba bien. Objetivo cumplido y muchos besos de despedida. Lo habían hecho bien y Estrella seguía teniendo a su madre.

  El mes de enero fue un reencuentro apacible con una rutina hogareña bien constituida. Los inviernos andaluces eran buenos, nada crudos, suaves y dignos. Tía Reme se subía a la escalera y podaba tranquilamente los frutales. Aquella vieja mujer seguía incansable, ganándose su sueldo como campesina. Y todavía encontraba tiempo para ayudar al marido con sus propios árboles en la otra finca: a veces eran ellos quienes pagaban jornales a otros para recoger frutos. Estrella ya se cansaba viéndolos trabajar. Y la cosa era que, en realidad, ellos no necesitaban trabajar. Lo que hacía Reme no era muy duro, pues lo hacía a su aire y ella también se comía la fruta, pero lo del propio cortijo sí que era duro, sobre todo porque había que bajar y subir laderas muy pendientes. ¿No vivirían mejor en “Villa Orchard” los dos? Con el sueldo de Reme por cuidar el huerto, lo que el tío sacara de que alguien le arrendara sus árboles y alguna chapucilla de vez en cuando…

  Era cosa de orgullo, suponía. En cualquier caso, el tío Eusebio había envejecido y ahora le caía más simpático que antes (los hombres débiles...). Los dos tenían achaques, ya eran ancianos. Claro que, si se quedaba en “Villa Orchard” permanentemente, era posible que Eusebio y el padre de Estrella se pelearan si pasaban más tiempo juntos (ya habían estado cerca de ello, alguna vez). Entonces habría que separarlos. Mandaría a su padre a un asilo. Le costaría dinero, pero lo tendría que hacer. Aunque tal vez no fuese una buena idea, porque ahora el padre y la madre se llevaban bien, se hablaban casi como amigos, y no era cosa de privar a la madre de entretenimientos. Los viejos se ablandan al envejecer. El momento de autoridad y cólera de los viejos solo es un momento, después es todo la búsqueda de la resignación...

  Su pasado, su origen.

  En febrero tuvo de invitados a Concha y a su esposo. Aquella pareja de españoles “normales” le gustó mucho a la madre. Fue una semana agradable, de comidas, paseos por el huerto y excursiones a la playa de Torre del Mar en invierno.

  Concha le comentó que se podía intentar un programa de televisión propio, no un “reality” como el de Inglaterra, sino una especie de documental por capítulos sobre el mundo gay. El que una lesbiana tan guapa como ella, que había viajado tanto y había escrito unos cuantos libros, apareciera en la tele podía atraer audiencia. Doce capítulos de una hora.

  Lo rechazó enseguida: ella no sabía mucho del mundo gay. No creía mucho en eso. Creía en la “plasticidad erótica”. El mundo gay era otra cosa. Era, sobre todo, algo "de tíos". Que lo presentara un tío. No guardaba buen recuerdo de cuando buscaba en Madrid gente que la aceptara entre los gays. Demasiado guapa, demasiado culta, demasiado prostituta. Los gays de la movida no tenían nada que ver con ella. Ella daba todo su apoyo a quienes sufrían rechazo por su condición sexual (o racial, o económica), pero no era su mundo.

  Concha le había arreglado, por otra parte, un reportaje con un famoso periodista televisivo, que tenía un no menos famoso programa de entrevistas. A ella no le gustaba mucho el tipo aquel, pero contaba con mucha audiencia y había que hacerlo "por las chicas"...

  Le comentó a Concha que quizá podía dar por terminada su relación laboral con ella. Al fin y al cabo, ya había conseguido sus objetivos en el mundo de los medios: igual que consiguió su título de "profesora" de inglés, había conseguido su título de “escritora”. Tenía cuatro libros publicados y unos cuantos artículos. También había conseguido elaborar su teoría gracias a la doctora Sarah (Sarah ya era doctora). No parecía haber tenido gran repercusión, pero de vez en cuando le llegaba algún artículo en que se mencionaba la teoría.

  Ya no quedaban más proyectos. En realidad, igual que dejó de “trabajar” como prostituta a los 23 años, cuando se casó con Marcus, igual podía decir que ya había cesado con sus ambiciones literarias. De niña quería ser escritora, pues ya lo era. En adelante, ya no iba a buscar objetivos. Lo que viniera, bien estaría.

  En presencia de Puri, comentó que con ella había encontrado el amor y estabilidad deseados. Podía ser feliz. (Puri no hizo ningún comentario entonces, pero más tarde la propietaria supo que aquella ocasión había sido muy importante para ella)

  Concha sonrió y opinó que seguro que pronto se le iba a ocurrir algo nuevo. Se despidieron muy amigablemente. Concha le gustaba mucho: una mujer inteligente, culta, educada y cordial. Representaba a la sociedad a la que siempre había aspirado Estrella desde sus humildes orígenes. Todo muy diferente a lo que había llegado a vivir después en mundos un tanto histéricos y extravagantes, como las prostitutas o las lesbianas.

  Era a lo que aspiraba cuando estudiaba: ser normal en el mundo de “la parte de arriba”. La gente educada y correcta. Para eso, por supuesto, habría tenido que casarse con un buen hombre, sacarse unos estudios, trabajar en un despacho… Una vida quizá menos divertida que la que había llevado, pero con menos sobresaltos. Sin embargo, había conocido el amor, y estaba segura de que era posible conseguir un mundo todavía mejor que el de la normalidad próspera, refinada y cordial.

  En marzo, las dos viajaron a Inglaterra y se quedaron por allí casi un mes. Encontraron a Li tan afectuosa como siempre, pero muy integrada en su nueva vida en Londres, mucho mejor para ella que Málaga. No hubo trío, porque la novia de Li, una lesbiana fea y hombruna, no lo hubiera consentido. A Estrella le sorprendía lo bien que hablaba Puri el inglés. A veces le preguntaba qué había dicho y Puri solo recordaba las frases enteras, y otras veces no entendía lo que se le decía pero lo sacaba por el contexto. Eso es el talento natural.

  A Laurie, por su parte, le iba todo estupendamente, pero tenía muy poco tiempo. Estaba escribiendo una novela de intriga que tenía que ver con el espionaje de la segunda guerra mundial. La que estaba mal era Ann. Su última relación había acabado en desastre y se la veía triste. Le hubiera gustado pasar una temporada en Villa Orchard, pero no podía dejar su trabajo. Físicamente, seguía empeorando. Estrella la complació por compasión, como a un hombre bueno y débil. Vio también a las chicas de la casa, cada vez más bisexual que lésbica. Estaban muy centradas en sus propias historias personales, así que no se quedaron mucho tiempo con ellas.

 Ya andaban pensando en regresar cuando, tras despedirse de Laurie, ésta le sugirió una especie de pequeña orgía lésbica que tal vez fuese de su agrado. Eran buenas chicas, jóvenes y guapas, que se habían sentido muy estimuladas por el show de la sororidad.

  Al principio la cosa no parecía prometer. Un piso en un barrio obrero y cuatro chicas chismosas y ruidosas de diverso origen étnico. Pero cuando apartaron los muebles y sembraron la moqueta de colchoncillos y cojines para después quitarse todas los jerseys y los pantalones, la cosa mejoró extraordinariamente. La iluminación era suave, la música delicada y las miradas y gestos bastante intensos.

  Estrella dirigió la obra de acuerdo con sus conocimientos. Las chicas se iban calentando, después se iban entusiasmando, después se iban autocontrolando y, finalmente, Estrella (Stella) las iban haciendo alcanzar el clímax una a una, siempre ayudada por Puri que conocía perfectamente sus procedimientos. Les metió los consoladores a las cuatro, y dos gritaron de placer, mientras que otra sollozó de placer y la última pareció alcanzar una especie de experiencia mística.

  Y después vino el aftermath, bebiendo refrescos y comiendo dulces (también se fumaron un porro). Estrella era ahora el centro, le daban besos, se turnaban en sus brazos, le contaban sus vidas. De repente se daban cuenta de la presencia de Puri y se ponían también a besarla en la boca. La temperatura atmosférica era la que a Stella le gustaba: todas desnudas, necesitaban de abrazos y de algunas mantas para no enfriarse. Eso beneficiaba mucho la temperatura afectiva. Pero, sobre todo, lo más sexy era siempre la bondad. El sexo lésbico no podía prescindir de la bondad por sus propias características estructurales: al no estar fisiológicamente trazado (no existía algo parecido al coito, que evolutivamente se había diseñado para complacer a cada uno dentro de la pareja: orgasmo simultáneo) se ejecutaba solo en base a la voluntad de dar placer, de modo que la empatía resultaba imprescindible. Ése era el tipo de teorías de las que le gustaba hablar.

  Hablando de su obra como escritora, una de las chicas, la que parecía la más culta, y que era medio india y medio caribeña, comentó que hacía tan bien el amor que quizá debería escribir un libro sobre técnica amorosa lésbica. De esas cosas de las que le gustaba hablar.

  Fue esa idea (y unas cuantas amistades más) lo que se trajo Estrella de vuelta aquella primavera. ¿Por qué no? Uno de los mayores defectos del mundo lésbico parecía ser el sexo. Se decía que las chicas lesbis hacían poco el amor, que era solo amistad femenina cariñosa. Y que cuando lo hacían, imitaban los roles hombre-mujer.

  Puri opinaba que la técnica que había aprendido Estrella en su época de prostituta podía incluso aplicarse mejor a las mujeres. Lo del orgasmo simultáneo de los hombres y mujeres no se podía aplicar a las lesbianas, igual que no se podía aplicar a los clientes de la prostituta, donde hay un complacido y una complaciente. Lo de la bondad. Oh, sí, las putas son "chicas malas"... por eso ganan poco. Estrella recordó que, alguna vez que, animada por Paula, había vuelto a la "whiskería", a ver a sus antiguas compañeras, y que ella había presumido de eso, de que se estaba haciendo millonaria siendo buena. Que lo que en verdad se pagaba era la bondad. Y qué curioso, aquellas tipas, la mayoría de las cuales se habían mostrado antipáticas y hostiles con ella, ahora que sabían que tenía dinero, y solo porque tenía dinero, la escuchaban con atención y, según Paula, incluso con admiración. Eso debió de haber sido en 1984. También Paula se estaba agotando por entonces. Paula desaparecía de su vida. Nunca desapareció de sus recuerdos y Estrella no la recordaba tan solo por las últimas horribles semanas.

  Y ahora, su experiencia indigna... Al fin y al cabo, ella era una prostituta, y si se es prostituta una vez, se es toda la vida (siempre tuvo eso en cuenta, desde el primer día). ¿Por qué no aprovecharlo? Si se hacía ver que el sexo lésbico podía ser más gratificante que el sexo con hombres… que no era solo un consuelo de mujeres solas y desengañadas, sino una exquisitez... Por otra parte, a los hombres les encantaba el sexo lésbico como espectáculo.

  Le contó a Puri cuando se reencontró con su madre y su hermana después de su fuga. Habían pasado quince años desde entonces, pero parecía otra vida. A mediados de mayo se había largado de Málaga a Sevilla con el dinero que le había sacado a sus dos primeros clientes, aquellos dos chicos admiradores suyos de la Facultad, feos y torpes. No dijo nada en casa. Salió por la mañana, como si fuera a clase, se metió en el tren y a mediodía estaba en Sevilla. Lo primero que hizo al bajar del tren, fue comprar los principales periódicos y buscarse una habitacioncita en la primera pensión que encontró. Allí permaneció encerrada unas horas. Sola. Sola. Muy sola.

  Estrella necesitó unos dos años para llegar a la decisión de convertirse en prostituta. Comenzó a pensarlo cuando se dio cuenta de que iba a fracasar en la universidad. Fracasó también en un intento de sacar unas oposiciones a administrativa. Había un examen en febrero. Se dijo que si lo suspendía se haría prostituta. Como todas las chicas, había oído chismes acerca de estudiantes-prostitutas “a las que les va muy bien”. Chismes que se referían a personas tal vez imaginarias. También había leído, a escondidas, algunas historias procaces en las revistas pornográficas que leía su padre y que guardaba en casa con cierto descuido, pues en aquella casa todo se hacía con descuido. También había novelas: “La dama de las camelias”, “Nana” y “Belle de jour”. En secundaria leyeron "La colmena", donde aparecían prostitutas muy entrañables.

  Esas lecturas la prepararon, pero lo más difícil fue, como siempre, el principio. Localizar a los dos chicos, sus primeros clientes. Ser capaz de citarse con ellos y hacerles la propuesta. Se dijo que, si la rechazaban o, peor todavía, lo contaban luego por ahí, se iría igual sola, virgen, al burdel. Al menos, físicamente lo había solucionado metiéndose objetos lubricados por la vagina.

  En la privacidad de la pensión de Sevilla estuvo mirando los anuncios de ofertas de prostitutas y de empleos de prostituta. Por fin, a media tarde se atrevió a llamar, y esa misma tarde estaba en un burdel.

  Cuando salió del burdel por la noche, con su primer dinero ganado, su vagina dolorida, y ya estigmatizada por siempre (si no iba a estarlo cuando en la Facultad comenzaran a circular los rumores de lo que había hecho con los dos admiradores, uno de los cuales, en efecto, habló), llamó a casa para decir que iba a pasar unos días fuera, porque le había salido un trabajo. Mencionó otra vez aquel cuento de que quería irse de au pair a Inglaterra. A la hora que llamó, el teléfono lo cogió su padre, muy enfadado. Ella estaba harta de él, le pidió que le pusiera con la madre. Se negó a decir dónde estaba.

  No llamó al siguiente día, que fue cuando comenzó a dejar que Paula se le acercara en el burdel. Era la menos hostil con ella. Las otras se daban cuenta de su inexperiencia y, al mismo tiempo, de que gustaba a los tíos: uno de los dos primeros clientes que había tenido el primer día había vuelto al día siguiente preguntando por ella. La alarmó la agresividad que todas, menos Paula, mostraron hacia una chica joven y asustada. Ella había esperado encontrar compañeras. ¿Qué les había hecho para que desde el primer momento la trataran así?

  Pero fue el tercer día cuando se dejó llevar por Paula a su cama, y ya no durmió en la pensión. Fue su gran descubrimiento. Qué delicia y qué emoción, qué diferente a sus dramáticas y hasta físicamente dolorosas experiencias con los hombres (cuando la penetraban). Hablaron un poco. Fue Paula quien le sugirió que contara a su madre por teléfono que estaba trabajando “de camarera”. Diciendo eso, ya darían por sentado lo demás. E incluso le recomendó una frase: “no me hagáis más preguntas o no vuelvo a llamar”. Eso fue lo que dijo el día siguiente. A partir de entonces llamaría una vez por semana, siempre por la mañana, cuando su padre estaba en el trabajo. También fue Paula la que le aconsejó que fuese a una farmacia a ver si le arreglaban el problema de la caspa en el pelo, que el champú no solucionaba (y, más tarde, que usara peluca, cosa que hizo). Muchos pequeños detalles, muy humillantes precisamente por su insignificancia, fueron aliviados por el sentido práctico de Paula. Y por sus deseos de mostrarse dominadora con la pobre chica perdida.

  Así siguió, siempre unida a Paula. Apenas una semana y pico después se fueron las dos a Madrid, donde trabajaron en un club y después en otro club.  Tres mil diarias y el 50 % eran la norma. En el primero las cosas fueron muy mal, aunque ganó dinero y aprendió mucho. En el segundo las cosas fueron mejor. En el mes de julio, cuando Madrid se vacía por las vacaciones y el calor, pasaron un par de semanas en el pueblo de Paula, con su madre y su hija. Aquello era bastante triste y un poco sórdido. La gente las miraba con burla y desprecio, la niña sufría todo eso y se mostraba agresiva y caprichosa, condenada ya. La madre de Paula parecía resignada y amargada, casi animalizada. Eran muy pobres, y el dinero que traía Paula tampoco era mucho y no cambiaba nada las cosas. Sorprendentemente, Paula decía que su pueblo le gustaba y que en él quería comprarse una casa, poner un negocio y hacer su vida… con ella… si ella, a la que tanto amaba, estaba de acuerdo. Estrella le decía a todo que sí. Estaba enamorada de Paula. Se daba cuenta de sus defectos, de sus limitaciones, de su simpleza, pero era su primer amor y la piel suave, perfumada y acolchada de una mujer la fascinaba... tan diferente del cuerpo de los hombres. Era el auténtico placer, el auténtico sexo. Y Paula era su primera amiga íntima, aquello con lo que siempre había soñado de niña.

  Después estuvieron en dos puti-clubs de la costa catalana. Le habían recomendado uno de Salou, pero aquello tenía mala pinta. Había tipos, chulos, vividores, que las rondaban. Mucho alcohol y droga. Lo bueno de aquello de los puti-clubs era que podías elegir porque había muchos y siempre necesitaban chicas. Fueron a otro en Casteldefells, y ése estuvo mejor. Mejor ambiente, más gente, turistas guiris, más dinero.

   Aquel verano, cuando Paula y ella estaban solas en la cama hablaban de lo que podían hacer. Paula hablaba de comprarse una casa y poner una tienda, o un bar. Estrella hablaba de ir a por los banqueros. De poner a prueba hasta cuánto podían ganar. Ya había oído muchas historias de la “prostitución de lujo”. Que había agencias, intermediarios. Chicas finas. Alguien les habían dicho, quizá unas envidiosas, que para eso solo querían azafatas y tipas altas y rubias, con idiomas. Estrella era morena y media uno sesenta y cinco. Tampoco hablaba idiomas, y apenas si sabía vestirse con elegancia.

  Pero también se podía hacer de forma independiente. Decían que eso era arriesgado, porque cualquier tío podía entrar en tu casa y hacerte lo que quisiera. Tan arriesgado como ir a casas particulares. Lo mejor eran los clubs, decían todas, donde entraba y salía la gente. Los burdeles “cerrados”, como aquel donde conoció a Paula tenían riesgo también. Lo mismo pasaba con las “saunas”. Otra opción era ir a los hoteles. Pero así difícilmente podía hacerse más de un par de tíos al día.

  Fue por entonces, por el mes de agosto, que un mediodía que estaban abrazadas en la cama, Estrella le recordó a Paula que en Málaga había conocido a una chica que trabajaba en un gimnasio, hacía lucha libre y, encima, tiro con pistola. En Madrid tenía que haber chicas como aquella: estudiantes, buenas tías, sanas y “normales”, que podían encargarse de su protección. Empezaron a hacer planes. ¿Por qué no intentarlo cuando hubiera podido ahorrar medio kilo y pico?

  Nada más volver a Madrid, puntualmente a primeros de septiembre (la “rentrée”), Estrella puso en marcha su plan. Paula, un poco escéptica, la veía hacer. Era tan buena amiga que le aportaba ideas, aunque no pensaba participar de momento. El hecho era, sin embargo, que ahora Paula era más trabajadora, ahorraba más. Aquel mes de septiembre, en el club de Madrid, cada una ahorró más de doscientas mil pesetas, cuatro veces lo que podía ganar una dependienta trabajando seis días a la semana, de la mañana a la noche. Compartían un dormitorio, con el colchón en el suelo, con otras chicas. Pero Estrella dedicaba las mañanas a otras cosas. Se apuntó con Paula a una autoescuela para sacarse el carnet de conducir (ya pensaba en hacer escapadas para visitar a su madre) y comenzó a buscar un apartamento.

  Mientras tanto seguían trabajando en el club. La "whiskería", un sitio un poco mejor que otros, donde el dueño solo se preocupaba porque se hiciera dinero. Y se hacía. Ahorrar trescientas mil al mes era factible, y eso ya les daba cierta seguridad. Los clientes parecían de más categoría que en el otro club. Pequeños ejecutivos, comerciantes, tipos habituados a llevar trajes y corbata. Eran menos brutos que los albañiles o taxistas. Entre ellos aparecía gente simpática. Unos cuantos clientes se aficionaron a Estrella. Repetían, la miraban con ojos tiernos. Lo peor, como siempre, eran las otras putas. Envidiosas, chismosas, malas. Y cuando había alguna que le caía bien a Estrella, los celos de Paula se interponían. No, todo aquello había que dejarlo atrás. Había que intentar lo del piso por su cuenta.

  Uno de sus pequeños clientes era un hombre más bien pobre, pero muy aficionado a Estrella. El típico gordito acomplejado. Ella sabía ser mimosa con aquellos hombres débiles. Por una parte, le gustaba el efecto que hacía en ellos, y por la otra, los encontraba cómodos. Las otras putas solían preferir los tipos atractivos, masculinos. Aquel pequeño cliente un día salió con Paula y ella, y estuvo llamando a todos los anuncios de chicas que salían en la prensa desde un teléfono público. Así se hicieron una idea acerca de los precios. Algunas chicas se ofrecían por quince mil a la hora, en un hotel. De ahí sacó Estrella la idea de que ella podía pedir quince mil y ahorrar el hotel al cliente, ofreciéndose en un piso.

  Lo del apartamento era lo más problemático. Debía tener dos baños, uno junto al dormitorio. Y tenía que tener teléfono y portero automático, y estar cerca del centro. Ella no era buena compradora. Los de la inmobiliaria o bien la rechazaban cuando se daban cuenta de para qué quería el piso, o bien le imponían precios abusivos. A primeros de octubre, por fin, encontró un apartamento que le gustaba, y fue gracias a la intercesión interesada del gerente de la whiskería. El tipo de la inmobiliaria le pidió una enormidad: ciento y pico mil al mes, doscientas mil de fianza y un polvo. Pero Estrella aceptó. Paula le ayudó: exigió que se firmara bien clarito lo de la fianza y la acompañó en lo del polvo. Estrella se tumbó en la cama, se levantó la falda, se abrió de piernas y se lubricó bien. El tipo se la metió con una cosa corta y dura. Después se quejó de que la había encontrado fría, y le dijo, resentido, que dudaba de que fuera a ganar mucho dinero.

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